viernes, 20 de junio de 2014

No hay tesoro mayor que el amor

Los hombres nos empeñamos en no ser felices. Es triste, pero es así. Hemos sido creados en el amor, por el amor, para el amor, y preferimos ir contra nuestra propia naturaleza. Sustituimos al amor por sucedáneos menores, que no llenan, que frustran, que siempre dejan un sinsabor, una "resaca" espiritual. Pareciera que vamos en búsqueda del bien mayor, pero nos contentamos con los bienes menores, o con los males, que nos ofrecen con bombos y platillos... Y el mundo, en general, es bueno. Dios nos ha puesto en él para que en él desarrollemos nuestra vida y de él extraigamos todo lo que nos sirva de provecho para avanzar hacia Él. Si no fuera así, no nos hubiera colocado y mantenido en él... Pero no todo en el mundo es bueno. Ya Jesús mismo, cuando oraba al Padre, lo advertía: "No te pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal". En el mundo hay mal. No hay duda. Y muchas veces, ese mal aparentemente tiene mucha fuerza y vence... Por eso, continuamente la enseñanza de Jesús y de los apóstoles nos anima a luchar contra esas fuerzas del mal en el mundo y a mantenernos fieles en el amor...

Existe, por lo tanto, una lucha continua en el interior del hombre. ¿Qué debo hacer en mi vida para lograr la felicidad mayor? ¿Cuál es el camino para alcanzar la plenitud? ¿Cuáles son los bienes que puedo aprovechar del mundo y cuáles los males de los cuales me debo defender? Las respuestas busca darlas hasta el mismo mal del mundo para lograr adeptos. "Tienes que destacar sobre todos y lograr dominarlos para ser el más privilegiado". "Tienes que luchar por obtener muchas riquezas, pues quien mucho tiene es más respetado y admirado". "Tienes que darte todos los gustos posibles, pues esta vida es una sola y hay que disfrutarla, sin perder un segundo". "Si para descollar sobre los demás necesitas dividir y sembrar intrigas, odios y rencores, hazlo.Lo importante es que tú estés de primero". "Todo lo que te fastidie elimínalo de tu vida. Si un niño por venir será un fastidio, no permitas que nazca. Si un anciano es una carga, elimínalo. Si alguien se opone a tus pretensiones, anúlalo". "Si para obtener las riquezas que necesitas debes dejar de ser honesto, deja de serlo. Es más importante lo que logras que lo que abandonas". "Odia, divide, véndete, pisotea al otro, excluye..., no importa nada más, sino sólo lo que buscas. Tienes que tenerlo por todos los medios"... "Eso sí, tienes que dar la apariencia de bueno, para que no te rechacen. La clave está en eso: en ser admirado, aunque seas una piltrafa humana... Ya sabrás cómo hacerlo"... Y en ese camino vamos muchos... Y por ser un camino que es realmente de frustraciones, lo andamos cada vez con más determinación... "No he encontrado la felicidad que busco por aquí, pero este debe ser el camino... Seguiré con más empeño..." Y nos hundimos más y más. Se necesita que venga alguien a iluminarnos el camino, a decirnos que estamos errados, que andamos una vía que no conduce a la verdadera felicidad...

Se necesita que alguien como Josebá que escondió a Joás, hijo del rey Ocozías, para evitar que Atalía, quien se autoproclamó reina, lo asesinara, nos presente al verdadero rey... Atalía no contaba con eso. El pueblo aceptó a Joás, pues era el verdadero heredero del trono y asesinó a Atalía. E Israel vio restituida la monarquía verdadera... El mundo nos presentará siempre a muchas Atalías, y sin duda, logrará algunas alegrías para nosotros. Mientras Atalía fue reina, aun cuando el pueblo era humillado, también obtuvo algunas cosas buenas. Pero no tenía el bien mayor. Eso mismo logra el mal del mundo. Como sentimos algunas satisfacciones, como sentimos placeres, como nos damos algunos gustos con las riquezas, creemos que estamos bien. Pero al final del día, cuando hacemos el balance, nos percatamos de que sigue existiendo una frustración inexplicable que subyace... Algo falla. Algo no va bien. Algo hace falta... Tiene que venir Josebá, que sabe quién es el verdadero rey, a darnos la solución. Josebá es cualquiera que nos llame al botón y nos diga que el camino es otro, que es el amor el que nos da la plenitud, que es el perdón de Dios el que nos da la felicidad, que es el cielo que se nos promete el que nos dará el verdadero sentido en el camino que avanzamos, que es la fraternidad la que llenará nuestros vacíos más profundos... Que debemos vivir en la fe y en la confianza del Dios que nos ama más que lo que nos amamos nosotros mismos. Basta que sepamos que en las manos de Josebá está el verdadero rey y que ella generosamente nos lo está regalando...

Es necesario que no discernamos siempre como bueno lo que nos da alguna satisfacción. "No todo lo que brilla es oro", dice el adagio popular. No todo lo que se nos presenta se debe convertir en tesoro. Hay tesoros que dañan, que empobrecen, que sólo crean frustración y dejan tal insatisfacción que se busca más y más, dejando una mayor insatisfacción... Por eso Jesús nos dice: "No atesoren tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesoren tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman, ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón". Nuestro tesoro es el amor. Ese amor en el que hemos sido creados y para el que hemos sido creados. Fuera de él no hay otra realidad que nos dé la mayor felicidad y nos llene más. Amor a Dios y a los hermanos... He ahí lo que nos dará la plenitud. Nuestra plenitud está en nuestro origen y en nuestra meta. Es el amor. No permitamos que el mundo nos engañe de nuevo, y pongamos el corazón en lo que de verdad vale la pena...

jueves, 19 de junio de 2014

¡Qué bello es tener un Padre!

Jesús nos revela lo más entrañable de Dios. Nos lo describe como lo que es en su papel más determinante. Dios es Padre (y Madre) y Dios es Amor. No hay figura más entrañable para el hombre que la de aquellos que le han dado el ser, los que lo han criado y cuidado, los que lo protegen y procuran para él todos los bienes posibles, los mejores y en la mayor cantidad posible... Para el hombre, sobre todo en sus primeros años de vida, la vida es la de los padres. Sin ellos sería imposible la subsistencia. Y, alcanzada una edad superior, sin haber contado con aquellas manos protectoras providentes de los inicios, sería imposible haber llegado. Se sostienen también en el afecto, en la cercanía, en la escucha de su palabra, de sus consejos, de su sabiduría... Cuando Jesús nos invita a llamar a Dios Padre, no está simplemente poniéndole un nombre a Dios, sino que nos está descubriendo su lado más cercano y esencial para la humanidad...

En este sentido, el Padre se convierte para los hombres en la referencia más importante. Aun en la inconsciencia de vivir lejos de Él, no deja de realizar las obras paternas que cumple a la perfección. Dios sigue amando como Padre, sigue proveyendo como Padre, sigue protegiendo como Padre, sigue aconsejando como Padre, sigue inspirando como Padre, sigue animando como Padre, sigue dando como Padre la fortaleza que se necesita para avanzar... Quien lo hace consciente lo vive con la mayor intensidad. Y quien no, de todas maneras lo tiene asegurado, porque el Padre ama a todos por igual y a ninguno deja de dar sus riquezas...

La cuestión está, entonces, en vivir este tesoro que tenemos con la máxima intensidad posible, para estar en la plenitud, en la felicidad mayor, en la respuesta de amor que nos llena en primer lugar a nosotros mismos, más que al mismo Dios. Nuestra plenitud está en responder a Dios positivamente. No se le aumenta nada a Dios con eso. Somos nosotros los enriquecidos, pues ya Él es infinito en todo. Vivirlo en plenitud nos favorece a nosotros, pues es el regalo de amor que siempre ofrece Dios y que está siempre a nuestra disposición, pues está siempre amándonos...

Por eso, nos conviene a nosotros amar a Dios como Padre. Se trata de reconocer, en primer lugar, que ese amor es absolutamente gratuito. Que existimos por un designio puro de amor, en el que no hay de ninguna manera una razón de necesidad. No es necesario que el hombre exista. Dios no necesita de nosotros. Sólo existimos por un decreto de amor puro y sin lógica. La existencia del hombre y de todo lo creado, siendo una prueba del poder infinito que Dios posee naturalmente, no es en absoluto necesaria, pues Dios no tiene que probar su poder delante de nadie, pues Él es el superior por antonomasia. Lo que debemos hacer es reconocerlo. Y con ello, no le damos nada de lo que Él ya posee... Por ello, la única explicación posible a nuestra existencia es la del amor. Dios nos ama y por ello nos crea... Y ese amor lo hace anidar en nuestros corazones. Dejarse llevar por esa convicción produce en el hombre la respuesta lógica del amor. Si no existes sino por un designio de amor, en el cual no hay ninguna necesidad, debes responder con amor agradecido a quien te ha dado la existencia... Llamar a Dios Padre (y Madre) es reconocer su amor y responder con amor con todo lo que esa palabra -Padre y Madre- implica para cada hombre...

Además, nos conviene escuchar al Padre. Él es la sabiduría infinita. Más aún, es la fuente de cualquier otra sabiduría. Sin Dios no existe ni inteligencia ni voluntad. Lo que poseemos en este orden es también gratuidad de su amor de donación. Sólo en la escucha atenta a sus inspiraciones, tendremos la posibilidad de estar en lo correcto. Jamás nosotros sabremos más de lo que sabe Dios. Y aunque nos parezca absurdo e infantil escuchar siempre su Palabra y atenderla para hacerla nuestra, es allí donde está la seguridad de nuestro camino sólido y firme... Sin la Palabra de Dios no tenemos las indicaciones necesarias para avanzar firmes...

Nos conviene obedecer al Padre. Aun cuando en ocasiones no entendamos lo que nos pide e incluso nos parezca absurdo o imposible, su sabiduría eterna y su "experiencia" de existencia eterna nos aseguran que jamás lo que pida será absurdo o malo para nosotros. No hay como una buena voz de la experiencia para estar seguros de que lo que dicen es lo mejor y de que lo que piden es el camino correcto... Además el amor suficientemente demostrado nos asegura de que lo que Dios nos pide nunca podrá ser contraproducente para el hombre. Quien nos ama infinitamente no podrá jamás lanzarnos al precipicio. Al contrario, sus indicaciones son la manera más segura de alejarnos de él, aunque a veces nos parezca lo contrario. La lógica de Dios es superior a la nuestra. Y eso debemos aceptarlo dócilmente...

A Dios se le añora como a los padres. Quienes tenemos ya a nuestros padres en el cielo, añoramos siempre tener aunque sea un segundo nuevo a su lado, para dejarnos amar con las caricias, los besos y los abrazos que nos daban en vida. ¡Cuántas añoranzas de sus afectos tenemos los que ya no los tenemos a nuestro lado! Nos queda vivir la alegría del recuerdo del beso sonoro, del abrazo apretado, de la palabra sabia, del regaño merecido, de la mano tendida con amor... Es la añoranza que queremos ver repetida y cumplida de nuevo en la eternidad feliz del cielo... Lo mismo debe suceder con nuestro Dios de amor... Añorar a ese Dios que es puro amor, en el que obtendremos la mayor de la compensaciones que jamás podremos recibir...

Dios Padre es la suma de las riquezas de los hombres. Sin Él no tendremos jamas la plenitud. Con Él estaremos en la situación más sólida y firme que podemos. No debemos nunca despreciar el llamarlo Padre (y Madre), pues en ese nombre está la suma de los tesoros que podemos recibir los hombres. Nada hay más grande que esto y nada habrá mayor como regalo amoroso de Dios para nosotros...

miércoles, 18 de junio de 2014

Te darás sólo si antes te posees

La historia de Elías y Eliseo es la historia del maestro y su discípulo. Elías, el estandarte del profetismo israelí, se convierte en referencia para todo el que pertenezca a esta institución. Ningún profeta se le equipara en docilidad, en disponibilidad, en instrumentalidad. Por eso Eliseo le pide nada más y nada menos que los dos tercios de su espíritu como herencia. Y lo obtiene, pues cumple la condición que le había impuesto Elías: "Si logras verme cuando me aparten de tu lado, lo tendrás; si no me ves, no lo tendrás". Para Eliseo eran suficientes los dos tercios, pues el espíritu completo de Elías era inalcanzable y prácticamente imposible, pues era demasiado espíritu para otro profeta...  La prueba de que había logrado lo que le pedía es que con el manto de Elías, arrebatado portentosamente a los cielos, golpea el río y éste se abre de par en par, como había sucedido con Elías... Eliseo había logrado lo que deseaba...

Elías pudo dar dos tercios de su espíritu a Eliseo porque lo tenía. Parece una perogrullada, pero no lo es. Elías dejó huella en Eliseo porque antes de imprimirla, la tenía en sí mismo. Dejar marca requiere antes tener esa marca en sí. De lo contrario, es imposible hacerlo. Cuando Elías parte a los cielos arrebatado, deja como herencia lo que tenía. No puede ser donado lo que no se posee. Para donarse, antes hay que poseerse. Es el mismo dinamismo de la vocación. Sólo puede darse a Dios, que llama, quien antes se ha poseído plenamente. Si no, no se tiene nada que dar. La respuesta de donación es antes un realidad de pertenencia. Porque uno se pertenece plenamente es capaz de donarse. Si no fuera así, no hay nada que dar... Elías fue capaz de imprimir su huella en Eliseo, fue capaz de donarle dos tercios de su espíritu, porque su espíritu era plenamente suyo, porque era absolutamente libre, porque no estaba esclavizado a nada que lo atara y le impidiera hacerlo. La herencia que deja Elías a Eliseo es totalmente suya, sin ocultamientos ni rebuscamientos, sin disfraces o esquinas ampulosas. Su transparencia era total, su coherencia era plena, su consistencia era completamente sólida...

Esto es lo que nos pide Jesús cuando exige que nuestros actos de donación, de entrega, de oración, surjan de un corazón transparente, limpio, sin complejidades ni complicaciones. "Cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha... Cuando tú vayas a rezar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido... Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido..." De nada valen sacrificios, limosnas, oraciones, si no son hechas en la presencia de Dios principalmente. Se podrá hacer mucho bien a los demás, pero si ese bien no surge de un corazón convencido, no se está dando uno mismo, que es, en definitiva, lo que se requiere. En la limosna, en el ayuno, en la oración, debe estar nuestro espíritu. Debe ser el mismo movimiento de Elías con Eliseo. Si Elías no hubiera tenido su espíritu no lo hubiera podido dar a Eliseo.

Se trata de una riqueza personal que se da. La donación personal no puede reducirse a un teatro, a una pantomima que quedará seguramente muy hermosa, pero que no implica lo más profundo del hombre. Si su espíritu no está involucrado en la donación, no se está dando nada, aunque se esté dando mucho dinero, se lo esté pasando muy mal por el ayuno, se estén diciendo muchas palabras bonitas en la oración. Dios conoce perfectamente nuestra intimidad, mejor que nosotros mismos. San Agustín lo decía perfectamente: "Dios es más íntimo a mí que yo mismo". En lo más profundo de nuestro ser está Dios. Y sabe muy bien cuáles son nuestras motivaciones más profundas, nuestras alegrías y satisfacciones, nuestras tristezas y dolores. Sabe bien cuáles son las cosas que realmente nos mueven y nos animan a darnos. Más aún, sabe mejor que nadie si nos estamos dando de verdad o si estamos ocultando nuestro ser en acciones buenas, como disfraces...

Si queremos hacer donación de nosotros mismos, poséamonos antes totalmente. No podremos jamás dar lo que no tenemos. Y si no nos poseemos no podremos dar nada, aunque lo demos todo. Es lo que nos pide Jesús. Que en cada una de nuestras acciones esté implicado nuestro ser, que estemos dando nuestro espíritu como lo hizo Elías con Eliseo, que se poseyó totalmente y por eso pudo darse completamente...

martes, 17 de junio de 2014

Si pides perdón, ¿por qué no lo quieres dar?

Sin duda, muchas de las conductas de Dios y de las que nos exige a los hombres son humanamente incomprensibles... La lógica divina es en ocasiones muy distinta a la nuestra. Para nosotros sería mucho más sencillo que Dios pensara y se comportara como un hombre más y que, haciéndolo, no nos pida cosas que consideramos van en contra de nuestra propia naturaleza... Esa lógica de Dios sobrepasa lo que nosotros podemos llegar a comprender e incluso a aceptar... Para hacerlo, tendríamos que deshacernos de nuestras estructuras mentales y afectivas normales, y asumir las de Dios, lo cual nos exigiría dejar de ser nosotros mismos y ser otro distinto... Pues bien, precisamente de eso es de lo que se trata. Que seamos cada vez más parecidos a Dios, que avancemos más en la identificación con Él, pues en esa tendencia es que se encuentra nuestra perfección y nuestra plenitud... Llegar a ese punto es la meta de todos los cristianos. Ya lo dijo San Pablo: "Vivo yo, mas ya no soy yo. Es Cristo quien vive en mí". Llegó a asimilarse de tal modo al estilo de Jesús, a su manera de pensar y de actuar, que se atrevió a decir: "Sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo". Él se erige en modelo ejemplar, en el prototipo al que hay que tender. Y se propone, sin atisbo alguno de soberbia o de engreimiento, sino con la máxima humildad, como el ejemplo a seguir...

En esas exigencias divinas, las que nos propone nuestra fe, nos encontramos con llamadas a la perfección que se nos antojan inalcanzables: "Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen y recen por los que los persiguen y calumnian". El movimiento natural que tenemos es a buscar venganza si alguien ha venido a hacernos mal. De ninguna manera es a acogerlos, a orar por ellos, a hacerles el bien. Nadie tiene derecho a hacernos el mal. Y si lo llegara a hacer, pues se ganará nuestra repulsa, nuestra reacción, nuestra venganza. Ese es el movimiento natural humano. Nadie puede venir a pedirnos una manera diversa de actuar y de reaccionar. Pero ese camino no es el perfecto... En primer lugar, porque si fuéramos nosotros mismos los que hacemos el mal, quisiéramos que se fuera comprensivo con nosotros. Quien hace el mal jamás se cree merecedor de los castigos que justamente le corresponderían. Aun cuando pueda aceptar parte de la culpa, pide indulgencia. ¡Qué tranquilidad de espíritu cuando, habiendo hecho algún mal, sabemos que somos perdonados, sabemos que se usa la indulgencia con nosotros, sabemos que el castigo merecido es trasmutado por el amor...! Pues bien, si eso sentimos y vivimos, ¿por qué no desear la misma sensación para los demás que han fallado también? Nadie es perfecto. Ni nosotros ni ellos. Nadie ha nacido con una estrella particular de recepción de buenos tratos. Pero sí queremos que exista esa estrella para nosotros, aunque sepamos que hemos fallado... Entonces, ¿qué hay de malo en que se nos exija a nosotros lo que quisiéramos que se nos aplicara a nosotros mismos? Pensar en esto, hacerlo consciente, discernirlo en profundidad, debe hacernos caer en la cuenta de que no es una exigencia extraterrestre, pues la deseamos nosotros mismos...

Pero, además, es un pensamiento y una conducta que ha asumido el mismo Jesús en su vida. Si alguien hubiera tenido derecho a pedir escarmiento grave para sus ofensores fue Él. El único inocente de toda la historia humana fue al peor que hemos tratado. Quien nunca falló fue el que recibió de los hombres los peores males. Sin haber pecado ni fallado jamás, cargó sobre sí la culpa de todos y asumió el castigo reparador que Dios debía aplicar a los pecadores... Lo que Jesús nos pide no es  extraño a Él. A los ofensores, que llegaron incluso a asesinarlo, les devolvió bien por mal, oró por ellos, los amó hasta el extremo. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos". Fue lo que hizo Jesús. Nos consideró amigos, aun cuando fuimos los que lo llevamos a la Cruz. Y desde el altar del sufrimiento y de la muerte, nos encomendó al Padre: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Si alguien está pidiendo algo que ha cumplido en sí mismo, si alguien está hablando de algo que sí sabe, es este Jesús, entregado hasta el fin por las culpas de quienes han hecho los mayores males. No nos pide nada extraño a lo que ha hecho Él, sino que nos pide lo que Él, Dios y hombre verdadero, ha cumplido en sí mismo...

Por ello, porque nosotros lo desearíamos para nosotros mismos, y porque lo cumplió perfectamente el mismo que nos lo está pidiendo, no podemos hacernos los oídos sordos a esta petición de Jesús. Ese es el camino de la verdadera felicidad. No el de alimentar las ansias de venganza o de retaliación, sino el de poner todo en las manos de Dios. Que sea Él el que juzgue, el que salga en nuestra defensa. Nosotros hagamos lo que nos pide la perfección, que es dejarlo en las manos de Dios, orando por el bien de ellos, por su conversión. En todo caso, Él es el justo por excelencia. Él sabrá a quiénes corresponderá castigo, a quiénes perdón, a quiénes conversión... Como el rey Ajab que arrepentido, habiendo hecho el mal mayor a alguien, como es matarlo, se abandonó a la misericordia de Dios, quien consideró sincera su conversión, y lo perdonó... "¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado ante mí, no lo castigaré mientras viva; castigaré a su familia en tiempo de su hijo". La justicia de Dios es extraña. Pero es la justicia de Dios. Ya llegará a explicarnos en algún momento ese castigo a su hijo por la culpa de su padre convertido... En todo caso, nos habla de un corazón que está dispuesto a perdonar porque nos ama. Lo mismo que debemos hacer nosotros con nuestros hermanos, todos los hombres...

lunes, 16 de junio de 2014

Difamar es matar

El quinto mandamiento es "No matarás". Su referencia directa es a procurar arrebatar a otro la vida, a asesinar a alguien. Si los mandamientos en general se resumen, como lo hizo Cristo, en el mandamiento del amor -"Amarás a Dios con todas tus fuerzas, con toda tu mente y con todo tu ser, y al prójimo como a ti mismo"-, el mandamiento de No matarás es implicación directa al respeto por la vida porque se ama a Dios y al prójimo. Sólo el amor bastaría para cumplir todos lo mandamientos. Los que se refieren directamente a Dios y los que se refieren directamente al prójimo. No se necesitaría más. Pero, lamentablemente, los hombres necesitamos de "ayas" para poder avanzar en esta comprensión. El amor, muchas veces y tristemente, no es el fuerte de muchos. Por eso son necesarios los mandamientos, en el sentido de propuestas que hacen tener claridad en el aprecio que debemos tener por Dios y por los demás, en todos los sentidos. A fuerza de cumplirlos debemos caer en la cuenta de lo importante que son y de su fundamento principal que es el amor...

Para Jesús el centro de todo es el hombre. Él mismo nos lo ha dicho: "No es el hombre para el sábado, sino que es el sábado para el hombre". Incluso desde el mismo gesto creador del Padre en el Antiguo Testamento, podemos concluir que el hombre es el centro. Allí fue colocado por el mismo Yahvé en el sexto día de la creación, después de haberlo creado todo. Todas las cosas creadas fueron puestas en sus manos, para que él las administrara e hiciera uso de ellas para su propio progreso. Debía echar adelante el mundo, todo lo creado, estando él mismo en el centro. Sin embargo, el hombre, al parecer ha entendido mal el mensaje de Dios. Al haber sido colocado en el medio de todo como centro de gravitación, se consideró a sí mismo como insuperable. Se llenó de soberbia y, colocándose él mismo en ese centro, todo lo puso simplemente bajo su dominio, incluso a los otros hombres... Cuando Dios coloca al hombre en el centro no lo hace para que se crea superior, sino para que se crea servidor de todos. "Yo estoy entre ustedes como el que sirve", ha dicho Jesús, quizás el que más tenía derecho a "sentirse superior". "No he venido a ser servido sino a servir"... "Lo que he hecho lo he hecho para que ustedes hagan lo mismo entre ustedes", dijo después de haber limpiado los pies a los apóstoles. Estar a los pies de los hermanos... A eso se refiere Dios cuando nos dice que estamos en el centro. No a colocarnos allí de modo que vengan a servirnos, pisoteando a los demás, creyéndonos superiores a nadie...

Al comprender bien esto, entendemos entonces que el "No matarás" no se refiere sólo al respeto por la vida física, sino por la vida en general. Todo lo que haga el hombre en función de la búsqueda del bien de los hermanos, en cierto modo va directamente en favor del mandamiento. Y todo lo que haga que dañe a los demás, va contra el mandamiento. Se incumple el No matarás cuando, evidentemente, asesinamos a mansalva. Pero también cuando difamamos, cuando mentimos sobre otra persona, cuando le impedimos por nuestras acciones el acceso a una mejor calidad de vida, cuando promovemos acciones que favorecen a unos sobre otros o contra otros, cuando nuestros intereses personales están por encima e incluso en contra de los intereses generales o de alguien en particular.

El ejemplo de Jezabel en el Antiguo Testamento es clarísimo al respecto. Propone a su esposo, el rey Ajab, escribir un decreto contra Nabot para hacerse de su viña, a lo que se había negado Nabot por ser la herencia de sus padres. El mandato decía así: "Proclamen un ayuno y sienten a Nabot en primera fila. Sienten en frente a dos canallas que declaren contra él: 'Has maldecido a Dios y al rey'. Lo sacan afuera y lo apedrean hasta que muera". Es el colmo de la difamación y de la mentira. El colmo de la búsqueda de privilegios y de satisfacciones personales. El colmo del odio y del ensañamiento contra quien se cruza en el camino de los propios objetivos... Al final, Nabot es asesinado y Ajab queda satisfecho por haber logrado lo que quería. No importaba cómo. Importaba simplemente el qué...

Aun siendo un ejemplo terrible, somos muchos los que seguimos el mismo procedimiento. Nuestras ansias de poder, de riquezas, de privilegios, nos llevan a seguir este mismo itinerario. Nuestro mundo está lleno de muchos Ajabs y de muchas Jezabeles. Pero, dolorosamente, para que hayan muchos Ajabs y muchas Jezabeles, deben también haber muchos Nabots. ¡Cuántos hermanos nuestros han sido pisoteados, hasta procurarles muertes físicas, psicológicas y morales, con tal de obtener los privilegios que se persiguen! Quien así actúa está atentando directamente contra el "No matarás". No se mata sólo asesinando físicamente. Se mata hablando mal del prójimo, mintiendo, difamando, pisoteando famas y nombres de muchos... Quien así actúa, no sólo está asesinando, sino que se está suicidando, pues Dios saldrá en defensa de quien ha sufrido el agravio. Es directamente Él quien defiende al desvalido, al humillado, al perjudicado. El asesino no queda impune, gozando de su victoria mal habida, sino que será escarmentado terriblemente por la ira del Dios que ama a los humildes...

domingo, 15 de junio de 2014

Dios se presenta como es: Padre, Hijo y Espíritu Santo

Jesús nos revela la intimidad más profunda de lo que es Dios. Nos da su cédula de identidad al enviarnos a "anunciar el Evangelio a toda la creación, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". En su tiempo terreno, Jesús siempre nos habló misteriosamente de esta realidad trinitaria de Dios. Hace diferenciaciones claras sobre la Persona del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo, colocándolas a cada una en un ámbito propio y específico. El Padre es quien lo ha enviado, el Hijo es quien ha aceptado la misión encomendada y el Espíritu es el enviado por ambos para sostener a la Iglesia y a cada uno de los discípulos en la Verdad y en el ánimo de dar testimonio de la salvación.  Más aún, al menos en dos ocasiones el Evangelio nos describe a este Dios Trinitario que se hace presente y se deja percibir como tal. En el Bautismo de Jesús en el Jordán, se escucha la voz del Padre y se ve al Espíritu Santo en forma de paloma descender sobre Cristo. Y en la Transfiguración del Señor aparece prácticamente la misma imagen...No es extraña, por lo tanto, esta revelación en la obra de Cristo. Pero sí es extraordinaria, por lo absolutamente nueva. Si alguna revelación nueva nos trajo Jesús, fue la de la intimidad de Dios. Ciertamente, hay atisbos de ella en el Antiguo Testamento, pero no hay claridad, pues se presta a percibirlo todo como una sola realidad. El Espíritu de Dios revoloteaba sobre todo lo creado. La voz de Dios es potente, tanto, como para hacer que cada Palabra pronunciada por Dios sea capaz de hacer existir lo que no existe... En la revelación que hace Dios desde el principio de sí mismo, ya hay esbozada un cierta teología trinitaria.

Evidentemente, esta revelación aún estaba tan en ciernes que era imposible llegar a una conclusión clara sobre esa intimidad más profunda de Dios. Los judíos creían en un Dios único, absolutamente único, sin más complicaciones. Su monoteísmo era radical, sin rebuscamientos ni esquinas ni sombras. Creían, y siguen creyendo, en un único Dios, y no hay espacio para otras ideas distintas. Hablarles, por lo tanto, de "Personas" en Dios, no tiene sentido. Si es un Dios, es uno solo y punto. Eso de Personas distintas en un único Dios no tiene cabida... Y sin embargo, por no aceptar esta realidad, no avanzaron en la comprensión y en la asunción de la Nueva Alianza que vino a establecer la Segunda Persona de la Santísima Trinidad... Llegar a esta conclusión no es fácil, por lo incomprensible. No se llega a ella por razonamientos esquemáticos, sistemáticos o lógicos. No se puede llegar a ella sin fe, sin la vivencia del amor de Dios y sin la confianza que se tiene en quien nos ama y se revela como es y como quiere que lo asumamos. Los santos padres de la Iglesia, teólogos lejanos a la sospecha, al positivismo, al agnosticismo y al racionalismo, simplemente concluyeron lo más sencillo, lo más pertinente: "Dios se revela como es"... Si Dios se revela como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo, es porque es Padre, es Hijo y es Espíritu Santo. Sin más...

Ante esto, los creyentes tenemos dos vías: asumir o no asumir. Con el derecho absoluto que nos ha dado Dios a comprenderlo, pues nos ha enriquecido con la inteligencia y con la voluntad, con lo cual San Pablo ha concluido: "Desde la creación del mundo, todo lo escondido de Dios, su infinito poder y su divinidad, ha quedado revelado por medio de las cosas creadas", podemos profundizar cada vez más en su conocimiento. Pero ademas de este derecho, tenemos el deber de reconocer que ese conocimiento que podemos tener de Dios es necesariamente limitado, pues Dios sigue siendo una realidad infinita a la que estaríamos intentando meter en una contenedor que no lo es... Avanzando en el conocimiento y la comprensión de Dios, debemos avanzar también en la fe en Él y aceptar, aun cuando no lo podamos comprender o explicar totalmente, lo que hay de misterioso y escondido en su ser más íntimo. La comprensión total se dará sólo cuando ya estemos frente a frente con Él, sin mediaciones que nos pueden entorpecer. Seremos infinitos como Él y podremos estar a su altura para poder asumirlo total y racionalmente...

Podemos negarnos a aceptarlo. Si llegáramos a razonar como los positivistas, tendremos que concluir que no existe, pues no se puede comprobar científicamente su existencia. Si lo hacemos como los agnósticos, nos quedaremos perplejos ante su existencia, pues no se puede creer en algo que no se puede demostrar ni en su existencia ni en su no existencia... Y nos perderemos la vivencia más hermosa que podemos tener los hombres, que es el abandono en el amor, la compensación más radical que podemos tener cualquier criatura humana, que es dejarse amar y cobijar en la fe, aun cuando no se perciba totalmente lo razonable de aquello de lo que se cree...  Es la vivencia plena de lo que nos dice el mismo Jesús sobre la motivación última del Padre: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". Es el amor la clave para la comprensión plena de Dios y de su intimidad. No se trata de que lo comprendamos completamente, aun cuando tengamos derecho a intentarlo. Se trata de que la revelación de Dios más importante es la de su amor por nosotros. El hijo no se siente feliz porque conoce la cédula de identidad de su padre, de su madre, de sus hermanos. Se siente feliz porque sabe que su padre, su madre y sus hermanos, lo aman profundamente y darían su vida por él. Sabe de su existencia no porque nadie se lo haya explicado o porque sepa perfectamente cómo ha sido el funcionamiento de la existencia de ellos, sino porque en esa existencia, de la cual está seguro, ha sentido que lo aman y que viven para él... Así debe ser la vida del creyente y la vivencia de sus convicciones. Sabemos que Dios existe como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo, porque nos ama como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo. Y esto no necesita explicación. Requiere sólo de la convicción que da la vivencia de ese amor. Sé que el Padre existe porque me ha amado como Padre. Sé que el Hijo existe porque me ha amado como hermano. Sé que el Espíritu Santo existe porque me ama como Espíritu Santo y me ha inundado de su amor para que lo pueda vivir a diario en cada momento de mi existencia. Y para que, viviéndolo, pueda yo ser instrumento de ese amor en el mundo para todos mis hermanos....

sábado, 14 de junio de 2014

Deja huella en los demás

Elías es el prototipo de la institución profética de Israel. Es el Profeta por excelencia, considerado por los israelitas el profeta más grande que ha existido. Curiosamente no escribió ningún libro, como sí lo hicieron Isaías, Jeremías, Ezequiel, Baruc y los profetas menores. No tiene un "tema profético" que lo caracterice, como sí se puede decir que lo tengan los otros profetas, sino que simplemente es admirado por su disponibilidad y su docilidad a Dios, a su Espíritu y a sus inspiraciones... Tan grande es que Dios mismo lo coloca en lugar privilegiado. Recordemos el portento maravilloso de la Transfiguración de Jesús, en el cual aparecen Moisés y Elías junto a Jesús transfigurado y reluciente. Moisés y Elías, podría decirse sin dudarlo, representan el resumen de todo el Antiguo Testamento. Moisés es, por antonomasia, el representante de todos los Patriarcas de Israel, quien recibió la Alianza más destacada, quien llevó a Israel por el desierto luego de la portentosa liberación de la esclavitud en Egipto. Es, de esta manera, el emblema de la Ley, con la cual Dios establece su relación con Israel. Y Elías es el representante de los Profetas. Carga sobre sus hombros la representatividad de todos los profetas del Antiguo Testamento, a través de los cuales Dios quiso comunicarse con su pueblo y con los otros pueblos circundantes a los cuales reveló su preferencia por Israel. Moisés, la Ley. Elías, los Profetas. En ellos está todo el Antiguo Testamento. Al aparecerse con Jesús que se transfigura ante los apóstoles, de alguna manera Dios quiere dejar bien claro que hay una nueva realidad, que Moisés y Elías, resumen de todo el Antiguo Testamento, de la Antigua Alianza, están dando el relevo a Jesús, que es en sí mismo la Nueva Alianza que hace Dios con la humanidad. Están en ese gesto entregando el testigo de la carrera de la salvación de la humanidad a Jesús. Como si dijeran "hasta aquí llegamos nosotros... Ahora te toca a ti..."

Esa figura de Elías es tan significativa que Eliseo, su sucesor, le exige para serlo, parte de su espíritu. Y le es concedido. Cuando los testigos ven las maravillas que hace Eliseo, no pueden hacer más que aclamar diciendo: "¡El espíritu de Elías se ha posado sobre Eliseo!", con lo cual Eliseo pasó a ser respetado y escuchado tanto como Elías, el Profeta por excelencia... Elías le había traspasado, como lo había pedido Eliseo, dos tercios de su espíritu, con lo cual se aseguró Dios de que su voz seguiría siendo escuchada por el legado de Elías... El gesto de Elías es significativo... Deja su espíritu y así establece e instituye a un sucesor... El que había sido elegido por Yahvé, se asegura de que su obra tenga continuidad. Es elección y sucesión. Es haber sido llamado, haber respondido, haber convocado a otro y haber dejado huella... Es la mejor manera de asegurarse de que la obra de Dios será continuada...

Es un llamado a todo el que sea seguidor de Dios en Jesús. La llamada ha sido lanzada a todos los hombres a los que Jesús quiere salvar, rescatándolos y poniéndolos a su servicio. Así como Elías fue llamado y convocado por Dios para ser su Profeta, así cada cristiano es llamado por Jesús para ser también el anunciador de su obra de salvación. Pero igualmente cada uno es invitado, como Elías, a dejar sucesor. A convocar a quienes lo escuchen a ser sus seguidores, para que sean seguidores de Cristo. Es lo que vivió y entendió perfectamente San Pablo al decir a sus discípulos: "Sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo". Elías pasa su manto sobre los hombros de Eliseo y le transmite su espíritu. Pablo ha anunciado a Jesús y les ha transmitido a los suyos su salvación, su redención. Cada cristiano debe hacer lo mismo. No es pretenciosa la afirmación de Pablo, pues al fin y al cabo la invitación es a imitar a Jesús: "Como yo lo soy de Cristo..." Cada cristiano debe ser capaz de afirmar lo mismo. Y para ello, debe dejar huella. Elías lo hizo con su manto, Pablo con su palabra. Cada cristiano debe hacerlo con su vida. Hay que dejar "descendencia" que continúe los pasos hacia Jesús. No puede el cristiano pasar por el mundo sin dejar una huella que pueda ser seguida por otros. Sus pasos deben ser anhelados por otros. Los hermanos deben querer seguir el mismo itinerario. Esa  es la huella que deben dejar los cristianos, como lo hicieron Elías y Pablo.

Esta será la manera de escuchar realmente la palabra de Cristo, que invita a todos a ser un Sí y un No en su palabra. Un Sí al seguimiento radical de Jesús, a dejarse conquistar por su amor y su salvación, a ser anunciador para todos de esa salvación que Él les alcanzó, a la disposición de dejar huella en los demás para hacerlos seguidores de Jesús y de su amor... Y un No a todo lo que signifique alejarse de Él y despreciar el amor que nos da, a permitir que nuestra vida pase sin resonancia ante los demás, a ser mediocres en el cumplimiento de nuestro ser apostólico... Por ello, como Elías, debemos asumir nuestra condición de elegidos y de enviados por el amor al mundo con toda responsabilidad, a dejar huella en todos, de modo que vean en nosotros a Jesús y se animen a seguirlo y a dejarse amar eternamente por Él...

viernes, 13 de junio de 2014

La violencia expulsa a Dios

Un señor con cara de pocos amigos entra en un ascensor repleto de gente, se abre paso a codazos y entre improperios. La gente que venía ensimismada en sus propios pensamientos, despierta del letargo en el que se encontraba y comienza a hacer reprobaciones contra el comportamiento del señor. Éste responde mandando a todos al peor sitio del mundo. Se inicia una discusión que casi termina a los golpes... Un señor, al abrirse la puerta del ascensor y percatarse de que viene lleno, esboza una sonrisa de lamentación, se queda parado en la puerta sin entrar y saluda amablemente a todos, dándoles los buenos días. La gente comienza a apiñarse para abrirle un espacio. Aun cuando tienen que apretarse más unos contra otros, logran un espacio pequeño en el que el señor a duras penas puede acomodarse. Todos están un poco más incómodos, pero de alguna manera se sienten satisfechos con lo que han hecho. Uno de ellos hace un chiste: "¡Vamos como sardinas en lata!". Todos sonríen la gracia y en ese clima llegan al destino... Se despiden con una sonrisa en los labios...

Un profesor comienza sus clases queriendo demostrar quién es el que manda. Empieza a decirles a sus alumnos sobre su fama de tirano. Hasta les revela el sobrenombre que le han puesto: "Puente Roto", porque nadie lo pasa... Los alumnos le convencen de que están atemorizados con su fama, pero en realidad lo que están es burlándose de su empeño en meterles el miedo en los huesos... Sus clases son las menos atendidas, sus alumnos los que menos estudian, los que sacan las más bajas notas. Su materia es la menos atractiva para todos, y por lo tanto en la que peor preparados salen... Un profesor llega a su salón a la primera clase. En su introducción dice que el que se inicia será un camino en el que todos van a avanzar juntos, en el que todos sentirán la ilusión de ir descubriendo el mundo que la materia les irá desvelando. Que todos se preocuparán unos de otros, pues el camino será más alegre si todos van al mismo ritmo. Hace que cada alumno se sienta protagonista en lo que va aprendiendo y que sienta los deseos de hacer participes a sus compañeros. La materia es la mejor de todas, en la que todos se sienten felices y con ganas de más...

Un papá recibe a su hijo que llega tardísimo a la casa, después de una noche de juerga. Los gritos que le da se oyen en toda la cuadra. Lo golpea, lo castiga con varias cosas, le promete que logrará que le haga caso a golpes, aunque lo vuelva a repetir una y otra vez. El hijo, herido más en su orgullo que en su cuerpo, se retira a su habitación planificando su próxima gamberrada... Un papá se levanta en la mañana y se acerca a su hijo que ha llegado tarde para conversar sobre lo que pasó la noche anterior. Le pregunta cómo le fue, le habla de los peligros de ir tan tarde por la calle, sobre todo en una época de tanta inseguridad. Le propone un futuro de responsabilidad, en el que buena parte de la marcha de la sociedad descansará sobre sus hombros, por lo cual debe ir ya asumiendo un rol de preparación, descartando lo que pueda ser lastre, sin dejar de divertirse como joven que es. Le habla de la necesidad de elegir bien las amistades, en cuanto lo enriquecen como hombre y no lo empobrecen y lo hacen menos hombre... Le da un escarmiento que lo eduque, no que lo humille o lo haga sentir una piltrafa humana...

Comos éstos, podrían ser citados miles de casos. El del sacerdote que se empeña en infundir miedo en los feligreses y el del que entiende que está al servicio de todos con humildad y sencillez. El del vecino que sólo está pendiente de ir descubriendo y de chismear con los defectos de los otros y el del que se ofrece como buena amistad para dar su apoyo en las cosas en las que están a su alcance. El del compañero de trabajo al que nadie se le acerca pues anda todo el tiempo de mal humor y tratando mal a sus compañeros, y el del que es buscado por todos para conversar, para consultar, para estar simplemente un rato con él...

La presencia de Dios no es sólo en la Iglesia o cuando estamos rezando. La presencia de Dios es en todo momento de nuestra vida. Nos equivocamos cuando reservamos nuestras buenas conductas sólo cuando estamos en una actividad religiosa. Así lo que hacemos es engañar a la gente, y hasta a Dios. Presentamos una faceta que no es la verdadera, sino el disfraz de "religioso" que nos toca ponernos en las actividades religiosas, pero que nos quitamos y nos desenfrenamos cuando ya no estamos en ellas... Si Dios está con nosotros siempre, debemos demostrarlo. Dios no es un "quita y pon" a placer. Quien lo tiene siempre en sí y vive en su presencia continuamente, no puede sino vivir en la serenidad que es contagiosa, que crea buen clima en todos, que hace que otros deseen vivir en la misma serenidad. Dios no está ni en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego: "Vino un huracán tan violento que descuajaba los montes y hacía trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego". Dios está en la brisa suave y fresca, en el aire sereno que produce paz y armonía: "Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva". Allí sí estaba Dios, y Elías salió a conversar con Él... Es en ese clima de sosiego y no en el de conflicto en el que está Dios, en el que lo hacemos presente y en el que hacemos que todos se acerquen a Él...

Tenemos mucho que aprender, para tener mucho que dar. Estamos ya cansados de tanta violencia, de tanta soberbia de los hombres, de tanta exclusión de los demás, de tanta pretensión de imponernos unos sobre otros... Eso no es signo de Dios. Él no está allí. Él está en lo que atrae, en lo que arrastra, en la buena convivencia, en la inclusión, en la justicia, en la paz, en la armonía. Nos toca a nosotros sembrarlo allí, haciendo que todas esas cosas sean verdaderas, para hacer que Él pase por la vida de todos los hermanos, como la brisa fresca y sosegada de Elías...

jueves, 12 de junio de 2014

Un Sacerdote perfecto

"Todo Sacerdote es un hombre tomado de entre los hombres, y puesto en favor de los hombres, en lo que toca al culto de Dios, para ofrecer oraciones y sacrificios por los pecados de los demás y los propios". Así describe, de manera general, el autor de la Carta a los Hebreos la función del Sacerdote. Partiendo de esta descripción podemos hacernos una idea de lo que es el Sacerdocio de Cristo. Aun cuando el camino que recorre Jesús es inverso, por cuanto Él es el origen de todo Sacerdocio... Por Él todos los demás que somos Sacerdotes podemos ejercer nuestro oficio, pues es Él quien le da el sustento y el sentido al ejercicio del ministerio... Cristo es el Sacerdote perfecto, por cuanto es el eslabón ideal que une lo divino con lo humano y lo humano con lo divino... Jesucristo es Dios y hombre, por lo tanto, tiene un pie en la divinidad y el otro en la humanidad, haciendo el puente perfecto entre ambas naturalezas a las que quiere poner en contacto mediante el ejercicio de su Sacerdocio. Por eso es puente, es "Pontífice", el que hace el puente entre las dos realidades a las que quiere unir de nuevo. El Verbo eterno del Padre es en su naturaleza Dios y asume la naturaleza humana en obediencia perfecta a la voluntad del Padre: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". La encarnación del Verbo en el seno de la Virgen María es el cumplimiento perfecto del inicio del ejercicio del Sacerdocio de Cristo...

El Verbo estuvo en la Creación de todo lo que existe. La Palabra pronunciada por el Padre es Palabra creadora, por cuanto al decir, "hágase", "exista", "pulule la tierra", el Verbo del Padre hacía que todo viniera de la nada a la existencia. "Por Él fueron creadas todas las cosas, y todo se mantiene en Él", nos dice San Juan, lo cual lo coloca en el principio y en la razón de la existencia de todo lo creado. Y "en la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley"... La encarnación del Verbo fue la asunción perfecta de la naturaleza a la que venía a rescatar, mediante el sacrificio póstumo y definitivo de su propia vida humana... El niño Dios, nacido del vientre de María empieza a ser Sacerdote perfecto desde el primer momento de su existencia. Hay quien dice que el llanto del Niño Jesús era ya un llanto redentor... Para el Verbo eterno del Padre, su encarnación es el inicio de su sacrificio, por cuanto representa su abajamiento absoluto, su aniquilación total, pues ha dejado entre paréntesis, escondida, la gloria que le correspondía naturalmente, para hacerse uno más de aquellos a los que viene a rescatar...

El Sacerdote es el que entra en el templo para ofrecer los sacrificios necesarios para aplacar a Dios, para hacer al hombre satisfactorio para Él, para obtener el perdón de los pecados. El Dios hecho hombre entra e el templo sagrado del mundo creado por Dios para hacer de toda su vida terrena el sacrificio que satisfaga por todos los hombres. Al ser el Dios que ha asumido a la humanidad, el sacrificio que ofrece ya no es igual al que ofrecían los Sacerdotes del Antiguo Testamento. Aquellos debían ser repetidos una y otra vez, pues los Sacerdotes no tenían la virtud para satisfacer completamente al Padre. Y lo que ofrecían eran sacrificios de animales que no tenían un precio alto. El sacrificio de Jesús, que se inicia desde su encarnación, es el sacrificio del Dios que se ha hecho hombre, por lo tanto, tiene el valor infinito que sólo el ser Dios puede darle. No es necesario repetirlo una y otra vez como en el Antiguo Testamento, pues el sacrificio de Jesús asume todos los pecados de toda la humanidad -pasada, presente y futura-, y los lleva a la Cruz, que es el cadalso terrible en el que están contenidos todos esos pecados. El peso que cargaba del Verbo hecho carne es infinito. Es inimaginable lo que Jesús llevaba sobre sus hombros. Y no hablamos sólo del peso de la Cruz física, sino del de la Cruz espiritual que estaba conformada por todas las maldades del hombre...

¿Cómo no estar convencidos de que el sacrificio de Jesús es plenamente satisfactorio, cuando es Dios y hombre completamente? Por ser hombre se hizo uno más de nosotros y asumió con alegría todo lo nuestro. Quiso tener todas las experiencias humanas, desde la infancia, pasando por la juventud y llegando a la adultez. Jesús se sintió bien siendo hombre, lo disfrutó. Por eso, en la Cruz quiso redimir a los niños, con los cuales compartió la infancia. Quiso redimir a ese niño que lloraba cuando tenías hambre, que reía cuando veía a los animalitos de la casa, que estiraba los brazos cuando veía que se acercaba su madre... Quiso redimir al joven que soñaba con un futuro grandioso, que se dolía cuando era despreciado por los mayores, que cayó en la desgracia del robo o de la droga o de la bebida... Quiso redimir a ese adulto que luchaba por lograr el sustento para sí y para su familia, que quería ser responsable y honesto en todas sus tareas, y al que se ensució las manos con dinero mal habido, al que fue infiel a su familia y a su matrimonio... Todo eso lo vivió plenamente, fue testigo de primera mano. Y eso fue lo que lo hizo perfectamente Sacerdote para la humanidad. Su pie en la divinidad le mantenía la gloria, el poder, el amor infinitos. Su pie en la humanidad le hizo compartir las alegrías y las tristezas de la humanidad, sus dolores y anhelos, sus virtudes y sus pecados... Y por ser el Sacerdote perfecto, alcanzó la satisfacción plena desde el seno del amor del Padre...

Los hombres sólo debemos hacer que ese sacrificio valga de verdad la pena para cada uno, para mí y para ti. Que ese sacrificio de Jesús no quede infructuoso, no haya sido hecho en vano... Ciertamente no es así, pues el sacrificio de Jesús es válido y ya ha alcanzado del Padre la Redención para todos los hombres. Pero el efecto sí debe procurarse que llegue a todos, que todos abran su corazón para que vivan el amor redentor de Jesús. Y en esa tarea, nosotros ejercemos nuestro Sacerdocio humano... El Sacerdocio de hacer que todos disfruten del amor, de la redención y de la salvación que Jesús les ha alcanzado en el ejercicio perfecto de su Sacerdocio eterno...

miércoles, 11 de junio de 2014

Decir a todos cuánto te ama Dios

Bernabé significa "el hijo de la consolación" o "el hijo de la profecía". Por extensión podría significar "el consolador", "el hijo del profeta" o "el profeta"... Lo cierto es que su padre o algún familiar muy cercano pudo haber sido considerado profeta. O al menos muy comprometido con la causa de Yahvé en medio de Israel. Por eso seguramente le ponen ese nombre... Pero más allá de sus orígenes, Bernabé destaca por su misión. Curiosamente es llamado por el título de "Apóstol", a pesar de no haber pertenecido al grupo original de los Doce que Jesús había elegido. Al igual que Pablo, es Apóstol de la segunda época, inmediata a la Ascensión de Jesús. No podemos decir que fuera un "convertido" como Pablo, por cuanto la impresión que da el tratamiento de Lucas a Bernabé en los Hechos de los Apóstoles, es el que se da a alguien que ya tenía un cierto peso propio en el grupo de los discípulos cristianos. "En aquellos días, gran número creyó y se convirtió al Señor. Llegó noticia a la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor". No es, por lo tanto, un recién llegado, sino que seguramente era un miembro prominente entre los cristianos de Jerusalén.

Incluso da la impresión de que en los primeros tiempos de la misión de Pablo, se considera superior a Bernabé, pues se trata su labor con una cierta consideración de autoridad. "Más tarde, salió para Tarso, en busca de Saulo; lo encontró y se lo llevó a Antioquía. Durante un año fueron huéspedes de aquella iglesia e instruyeron a muchos". Al parecer, en el momento de este relato, Bernabé se considera con una cierta autoridad sobre Pablo, al que incluso va a buscar para llevarlo a otro sitio a anunciar el Evangelio... No sería esto razonable si Pablo tuviera la autonomía que le daba el tener una autoridad superior... Podemos inferir de esto que Bernabé era considerado Apóstol pues era de los primeros cristianos de Jerusalén, era evangelizador nato, conocía perfectamente la vida de Jesús, sus palabras y sus obras, su obra redentora, y por eso era enviado desde la Iglesia madre, Jerusalén, a las otras comunidades que iban conociendo a Jesús. Su tarea era la de "pulir" a los discípulos en los conocimientos y en la vivencia del amor de Dios en Jesucristo...

"Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: 'Apártenme a Bernabé y a Saulo para la misión a que los he llamado'. Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron". La disponibilidad de espíritu de Pablo y Bernabé queda absolutamente confirmada. El Espíritu ordena que los aparten a los dos para una misión concreta a la que los envía. Y la docilidad de ellos es providencial Bernabé y Pablo están a la disposición de Dios. Lo que importa es lo que el Espíritu Santo depare para ellos. Nada importa lo que ellos puedan pensar o desear. Su vida está en las manos de Dios. Y eso basta... Ciertamente, la personalidad, la obra, la fuerza apostólica de Pablo lo hará luego destacar y descollar sobre Bernabé. Se ha llegado a decir alguna vez que Bernabé es el autor de la Carta a loa Hebreos, y que ésta sería una recopilación de discursos y sermones de Pablo... Bernabé siguió teniendo su puesto prominente en el grupo apostólico de segunda línea...

Lo esencial en el Apóstol es el saberse elegido, amado, llamado y enviado... "Vayan y proclamen que el reino de los cielos está cerca. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, echen demonios. Lo que han recibido gratis, denlo gratis", dijo Jesús a sus Apóstoles. Y es lo mismo que repite a cada uno de los que son llamados a anunciar el Evangelio. La motivación última, la que está en la base de todo, es el amor a Dios y el amor a los hermanos a los que se les quiere llevar la salvación. "Lo que han recibido gratis, denlo gratis". Eso es el amor. Es el amor el que se ha recibido gratuitamente, sin mérito alguno de parte del amado. Lo que hemos hecho los hombres, en todo caso, ha sido desmerecer continuamente el amor de Dios. Y Él, tenazmente, a pesar de nosotros mismos, nos sigue llenando de su amor. Con gratuidad absoluta. Por eso, al recibirlo gratuitamente no podemos hacer otra cosa que darlo gratuitamente, al igual que lo recibimos.

Todos tenemos la capacidad de hacerlo. Como Bernabé, que "era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe", todos podemos llegar a serlo también. Basta que nos sintamos amados inmensamente por Jesús, por hacernos cada vez más conscientes de que nos ha amado al extremo de entregarse por nosotros, los que le hemos sido infieles, los que hemos despreciado su amor desde el principio, para percibir la magnitud de ese amor y no tener otra opción que sucumbir a su cortejo continuo y tenaz. De esa manera, nos haremos también nosotros hombres de bien y llenos del Espíritu Santo y de fe, poniéndonos en sus manos con absoluta docilidad para que Él nos envíe donde quiera, donde su deseo de seguir amando nos lance, donde dejemos que fluya su amor a los que Él quiera...