Según el mismo Jesús, la oración ante el Padre debe ser insistente. Él nos invita a no desfallecer ni a desconfiar de su escucha... El ejemplo que coloca del amigo inoportuno es excelente para ilustrar lo que nos quiere decir. Y por eso concluye con la ya muy conocida invitación a ser insistentes: "Pidan y se les dará. Busquen y hallarán. Llamen y se les abrirá. Pues quien pide recibe, quien busca halla y al que llama se le abre"... La figura del Padre está muy lejos de ser similar a la del vecino que no quiere abrir al amigo inoportuno, alegando que es tarde y que ya él y sus hijos están acostados... Pero, en todo caso, sirve para ilustrar muy bien la respuesta del Padre ante la insistencia, aunque sea inoportuna...
Dios es un Dios bueno, amoroso y providente. Nos ha prometido que jamas nos faltará lo necesario para que nuestra vida se desarrolle bien, en términos de normalidad. No se trata de pensar que Dios va a cumplir con concedernos caprichos innecesarios, sino que, por Él mismo o a través de otros, nos dará siempre lo que necesitemos... En otro pasaje, Jesús nos pone el ejemplo de las aves del cielo y de las flores del campo, a las que no les falta nada porque el Padre providente y amoroso se encarga de que tengan comida y vestido... Jesús mismo nos dice: "Si mi Padre del cielo se ocupa así de ellas, ¿cómo no se va a ocupar de ustedes, que son sus criaturas predilectas?" El hombre, está claro, es mucho más que un ave o que una flor. Ha sido creado en el culmen de la obra creadora. Dios mismo, al terminar la creación, afirmó que "todo era muy bueno", pues ya existía el hombre, el rey de todo lo creado, para quien fue creado todo lo que existe... Antes del hombre, al terminar cada día de la creación, Dios veía que "todo era bueno". Al haber creado al hombre, todo pasó a ser "muy bueno". Es un superlativo que tiene inmensa importancia, pues sugiere que todo alcanzó su plenitud con la presencia del hombre, para quien fue creado todo...
De esta manera, los hombres debemos alimentar en nosotros una confianza extrema en el Dios Creador y Providente, que nos ha traído de la nada por amor, no para lanzarnos a una existencia de continua necesidad o indigencia, sino a una en la que brille siempre su amor por nosotros. Y no quiere decir esto que no vaya a haber necesidad del concurso del hombre para su propio bienestar. En absoluto. Dios no quiere robots que tengan sólo las bocas, las manos y los brazos abiertos para recibir, sino que ha querido que el hombre sea también protagonista de su propia existencia. Para ello nos enriqueció con nuestra inteligencia y nuestra voluntad, para que seamos capaces de planificar, de organizar, de programar acciones, de ponerlas por obra luego de sopesar los pro y los contra de cada una, de manera que sintamos la satisfacción del logro de las metas propias, sin perder de vista que todo ha sido posible por el Dios que nos ha surtido de lo necesario para alcanzarla...
Pero, sabiéndonos limitados, pues nuestras posibilidades siempre tendrán un techo, no se ha querido desentender de nuestras tareas. Dios nos lanza al ruedo de la vida, pero se queda siempre a la mano para estar presto a darnos su ayuda cuando lo requerimos. Por eso Jesús insiste en la idea del Padre providente que está atento a escuchar al hombre en su necesidad. Si nos colocamos a las puertas de la estancia del Padre y tocamos su puerta insistentemente, Dios responderá presto.No porque seamos inoportunos, sino porque nos ama. El vecino en un primer momento se negó porque ya estaban sus hijos y él acostados para dormir. Pero tenía en casa lo que le pedía el amigo. No se negaba por no tenerlo, sino por lo inoportuno del momento... Dios es muy distinto. Dios siempre tendrá en sus manos lo que le pedimos. Y si en algún momento niega o retarda la respuesta, no es porque seamos inoportunos o lo molestemos, sino porque nadie mejor que Él sabe qué y cuándo nos conviene mejor todo...
Es interesante lo que esto significa... Dios nos ha provisto de lo que necesitemos para subsistir. Pero no de todo. De manera que tengamos necesidad de recurrir a Él para pedir lo que nos haga falta. Así, el hombre jamás será realmente autosuficiente y podrá rechazar la tentación de ensoberbecerse, creyéndose un dios... Lamentablemente no todos hemos podido evitar caer en esa tentación. Los avances humanos han hecho creer a muchos que ya Dios no es necesario. Que la "idea" de Dios era necesaria cuando el hombre estaba en el oscurantismo, pues le hacía falta para justificar sus carencias o para culparlo de sus faltas... Que hoy ya no es necesario, pues el hombre ha demostrado que no tiene fronteras para sus posibilidades... Pero la realidad es que el hombre es un ser que sigue siendo necesitado, contingente, que necesita tocar humildemente a las puertas de la estancia divina para implorar de Dios su providencia infinita... Hay un "hasta aquí" en el que el hombre debe bajar su cabeza y colocarse humildemente delante de Dios con las manos extendidas para recibir de Dios la añadidura...
Esto requiere del hombre tres cosas: Amor, Humildad y Confianza. Amor, para estar siempre unido al Dios que lo ha creado y que no lo dejará jamás solo en el camino. Amor con el que se asegure el hombre de que Aquél que lo lanzó al mundo jamás lo abandonará a su suerte, pues es un Dios fiel, que se compromete con su criatura predilecta, porque quiere lo mejor para ella. Amor que es respuesta de compromiso ante los dones con los cuales Dios lo ha enriquecido, para usarlos al máximo con la mayor responsabilidad, procurando para sí y para los hermanos el mayor bienestar posible que él pueda planificar y poner en práctica.
Humildad para saber que jamás se puede deslindar de ese Dios que ha dejado en su corazón una huella de profunda añoranza de Él mismo; que lo convenza de que por sí mismo puede lograr maravillas, pero que existe un umbral en el que tendrá que reconocer que no puede avanzar más sin la ayuda de Dios; que lo haga reconocer la verdad de sus capacidades casi ilimitadas, pero que, con todo, no es un dios que pueda desechar al verdadero Dios que es Dueño y Señor de todo lo que existe. Es una humildad, además, que lo debe convencer de que en el mundo no está solo, que su paso por él es simplemente una estación para ponerse al servicio de los demás, que todo lo que haga es para beneficio de los hermanos, a los que debe servir con el mayor amor y con la mejor de las ilusiones...
Confianza que se abandona inocentemente en las manos del Dios Providente. Que deja a Dios ser Dios. Que no le "exige", sino que le suplica que sea verdadero Padre, pero que sabe que, por ser Dios, nadie mejor conoce el momento oportuno y la realidad de lo que necesitamos. Que sabe que misteriosamente estamos cubiertos por un amor que siempre ha estado a nuestro lado, desde el primer momento de nuestra existencia y que jamás nos ha fallado. Que en el misterio del desarrollo de ese amor puede entender que a veces, lo que aparentemente es un mal se convertirá en un bien; que el mejor momento no es el que nosotros creemos, pues puede convertirse más bien en el momento más trágico para recibirlo, sino que sabe que en la mente de Dios todo está perfectamente cuadrado, pues Él es Dios, y es bueno, y nos ama...
Total, que nuestra oración debe ser insistente... Debemos "fastidiar" a Dios, como un niño que no sabe esperar; pero saber que esa oración debe enriquecerse con amor, humildad y confianza, dejando a Dios ser Dios, pues Él sabe serlo muy bien. Con toda seguridad, lo sabe mucho mejor que nosotros...
Ramón Viloria. Operario Diocesano. Ocupado en el anuncio del Amor de Dios y en la Promoción de la Verdad y la Justicia
jueves, 10 de octubre de 2013
miércoles, 9 de octubre de 2013
Me molesta que seas compasivo y misericordioso
El caso de Jonás es un caso curiosísimo... Muchos entendidos afirman que es un personaje que nunca existió, ficticio, una creación de la imaginaria hebrea, como una gran parábola, diseñada para convencer a los hebreos sobre la inmensa misericordia de Dios, inexplicable para buena parte de la mentalidad hebrea, pues la aplica a pueblos impíos e infieles al único Dios. Jonás es considerado un profeta, pues es convocado por Dios para anunciar a Nínive su inminente destrucción. La infidelidad de Nínive ya es inaguantable para Dios, por lo que ha decidido simplemente destruirla...
En un primer momento Jonás huye de Dios. Se niega a ser su palabra ante Nínive. Ya esto es muy llamativo, pues a pesar de saberse convocado por Dios a cumplir una misión específica, su actitud es de absoluto rechazo. Jonás prefiriese ser voz de destrucción, mas no de invitación a la conversión... Dios le encarga dirigirse a Nínive con la amenaza terrible de su desaparición si persisten en su infidelidad. Pero para Jonás no está bien que Dios ofrezca una salida. Para él estaría muy bien que Dios, simplemente, la destruyera sin dar más opciones. Esa es la razón de su molestia y de su huida... Jonás pretende "esconderse" de Dios huyendo lejos en un barco. Pero Dios persiste en su convocatoria, y hace aparecer una gran borrasca en el mar, que hace que el barco casi naufrague. Los otros que van en el barco descubren que esta desgracia les sobreviene porque Jonás está huyendo de su Dios. Él mismo lo reconoce y les sugiere que lo lancen al mar, como "sacrificio", para calmar su furia... Y lo hacen. Dios, misericordioso incluso con quien pretende huir de Él, lo salva, haciéndolo tragar por una gran ballena que luego de tres días lo vomita y lo lanza a la orilla del mar.
Luego de esta odisea, Jonás es de nuevo invitado por Dios a ser su voz. Ya en esta segunda oportunidad, y luego de haber vivido tan portentosos momentos, a Jonás no le queda más remedio que ponerse en acción, según le ha sugerido Dios. Va a Nínive y proclama la destrucción de la gran ciudad y de todos sus habitantes y ganados, si no se convierten a Dios. El rey y todos los habitantes proclaman un gran ayuno, ofreciendo sacrificios a Yahvé, implorando su perdón y prometiéndole fidelidad. Se había cumplido el objetivo que perseguía Dios al enviar a Jonás... Por eso, tal como lo dice el relato, "al ver Dios lo que hacían y cómo se habían convertido, se arrepintió y no llevó a cabo el castigo con que los había amenazado"...
Pero esto, lejos de complacer a Jonás, lo enfurece aún más contra Dios, llegando incluso a reclamarle su bondad: "Señor, ¿no es esto lo que me temía yo en mi tierra? Por eso me adelanté a huir a Tarsis, porque sé que eres compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, que te arrepientes de las amenazas. Ahora, Señor, quítame la vida; más vale morir que vivir"... ¡Jonás se molesta con Dios porque es infinitamente compasivo y misericordioso! ¡Para él, ante la infidelidad sólo vale la destrucción producto de la ira de Dios! ¡Y como esto no se da, prefiere morir! ¡El colmo!
En este relato destacan varias cosas. La primera de todas, la insistencia de Dios en convocar a Jonás, a pesar de su negativa y de su huida. Dios es persistente en la llamada a ser instrumentos suyos. No se cansa jamas de llamar y llamar. Recuerdo la frase sobre la llamada de Jesús: "Mira que estoy a la puerta llamando... Si alguno me abre, entraré y cenaremos juntos... Yo con él y él conmigo". Dios siempre estará insistentemente convocando, llamando, queriendo unir a su obra. No dejará de insistir ante las negativas. Es infinito también en la espera. Basta que se le abra para entrar y quedarse junto a uno. Lo definió muy bien Lope de Vega en su extraordinario soneto: "¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? / ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, / que a mi puerta, cubierto de rocío, / pasas las noches del invierno oscuras..." La elección de Dios no es capricho... Es amor. Y como no deja nunca de amar, nunca dejará de convocar...
Destaca también, por supuesto, la infinita misericordia de Dios. La infidelidad de Nínive era grande. Tanto, que para Jonás no merecía otra cosa que la destrucción. ¡Y punto...! Pero los gestos de arrepentimiento y de conversión que realizaron el rey y sus habitantes, "robaron" el corazón de Dios... El Dios que se llama "inmutable", ha cambiado. Se podría llegar afirmar que el arrepentimiento del hombre es más poderoso que la decisión de Dios, pues le hace cambiarla. Los gestos de humillación de los ninivitas y su promesa de conversión, logran que Dios cambie de parecer... La humildad y el arrepentimiento de los hombres, tienen el inmenso poder de hacer que Dios desista de sus amenazas y dé su perdón.¡Son infinitamente poderosos, tanto, que Dios llega incluso a cambiar! ¡El inmutable, por la humildad, muta su ira en compasión!
Y finalmente, destaca Jonás, por su obcecación delante de la misericordia de Dios. Su molestia es extrema. Dios, según él, no actúa con la firmeza que debe actuar. Dios sería "demasiado flojo", y poco exigente. Pero eso ya lo sabía Jonás. Por eso, en la primera llamada decidió huir... Al conseguir la conversión de Nínive y el arrepentimiento de Dios de sus amenazas, prefiere incluso morir... No quiere ser "cómplice" del Dios de misericordia y de perdón... El detalle del ricino que le da sombra y luego es comido por el gusano y quemado por el calor, es hermosísimo. Jonás se molesta porque pierde el ricino que le daba algo de sombra. Dios se aprovecha para enseñarle que así como él se molesta por la desaparición del ricino, en cuya aparición no había tenido ningún concurso, Él se entristecería por la desaparición de Nínive que le había costado tanto a su mano creadora y amorosa...
¡Cuántos Jonás podríamos contar hoy! Si en algo somos ricos los hombres de hoy, es en envidia... A muchos nos molesta que a otros les vaya bien. Peor aún, si, en nuestro criterio, es gente que no se lo merece, o que son "malos". Nos molesta y preguntamos: "¿Por qué a los buenos les va mal y a los malos les va bien?" "¿Por qué Dios es tan injusto?" Es la mismísima actitud de Jonás. Y si se tratara de acoger a alguien arrepentido, no dejamos de guardar una suspicacia "natural" ante ellos. No nos terminamos de creer que en realidad hayan cambiado, y mantenemos siempre cierta distancia... Somos ágiles para condenar, pero extraordinariamente lentos para absolver. Si Dios siguiera nuestros mismos criterios, podríamos pensar que serían muy pocos los que sean perdonados y salvados, ¡empezando por nosotros mismos!. Como Jonás, condenaríamos a la inmensa mayoría. Quizá se salvarían "los nuestros", los de "mi grupito", nuestros familiares y algunos amigos (¡no todos!)... Debemos agradecer que el criterio de Dios es prácticamente opuesto al nuestro... Así como Dios quiso, y lo hizo, salvar a Nínive, quiso acercar a Jonás también, igual que quiso acercar al hijo mayor de la parábola del hijo pródigo. Ambos son muy parecidos... Son "los fieles", "los puros", "los incorruptibles"... Son figura muy cercana a los fariseos, a los que tanto criticó Jesús...
En fin... Debemos sentirnos convocados por Jesús a anunciar la conversión y la salvación, a anunciar su amor infinito y misericordioso. Aunque nos neguemos, Él insistirá. Por eso, es absurdo negarse, pues al final, Él siempre ganará "la batalla"... Seamos voz de Dios que invita a los demás a acercarse confiados al Dios que es todo compasión y perdón. Y jamás nos molestemos porque Dios perdone. Lo hará siempre, pues el amor es así: misericordioso, compasivo, lento a la cólera y rico en piedad. Lo será con nosotros. Lo mejor es desearlo para todos. Molestarse es pedir a Dios que no sea lo que es... Y eso sí es realmente imposible...
En un primer momento Jonás huye de Dios. Se niega a ser su palabra ante Nínive. Ya esto es muy llamativo, pues a pesar de saberse convocado por Dios a cumplir una misión específica, su actitud es de absoluto rechazo. Jonás prefiriese ser voz de destrucción, mas no de invitación a la conversión... Dios le encarga dirigirse a Nínive con la amenaza terrible de su desaparición si persisten en su infidelidad. Pero para Jonás no está bien que Dios ofrezca una salida. Para él estaría muy bien que Dios, simplemente, la destruyera sin dar más opciones. Esa es la razón de su molestia y de su huida... Jonás pretende "esconderse" de Dios huyendo lejos en un barco. Pero Dios persiste en su convocatoria, y hace aparecer una gran borrasca en el mar, que hace que el barco casi naufrague. Los otros que van en el barco descubren que esta desgracia les sobreviene porque Jonás está huyendo de su Dios. Él mismo lo reconoce y les sugiere que lo lancen al mar, como "sacrificio", para calmar su furia... Y lo hacen. Dios, misericordioso incluso con quien pretende huir de Él, lo salva, haciéndolo tragar por una gran ballena que luego de tres días lo vomita y lo lanza a la orilla del mar.
Luego de esta odisea, Jonás es de nuevo invitado por Dios a ser su voz. Ya en esta segunda oportunidad, y luego de haber vivido tan portentosos momentos, a Jonás no le queda más remedio que ponerse en acción, según le ha sugerido Dios. Va a Nínive y proclama la destrucción de la gran ciudad y de todos sus habitantes y ganados, si no se convierten a Dios. El rey y todos los habitantes proclaman un gran ayuno, ofreciendo sacrificios a Yahvé, implorando su perdón y prometiéndole fidelidad. Se había cumplido el objetivo que perseguía Dios al enviar a Jonás... Por eso, tal como lo dice el relato, "al ver Dios lo que hacían y cómo se habían convertido, se arrepintió y no llevó a cabo el castigo con que los había amenazado"...
Pero esto, lejos de complacer a Jonás, lo enfurece aún más contra Dios, llegando incluso a reclamarle su bondad: "Señor, ¿no es esto lo que me temía yo en mi tierra? Por eso me adelanté a huir a Tarsis, porque sé que eres compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, que te arrepientes de las amenazas. Ahora, Señor, quítame la vida; más vale morir que vivir"... ¡Jonás se molesta con Dios porque es infinitamente compasivo y misericordioso! ¡Para él, ante la infidelidad sólo vale la destrucción producto de la ira de Dios! ¡Y como esto no se da, prefiere morir! ¡El colmo!
En este relato destacan varias cosas. La primera de todas, la insistencia de Dios en convocar a Jonás, a pesar de su negativa y de su huida. Dios es persistente en la llamada a ser instrumentos suyos. No se cansa jamas de llamar y llamar. Recuerdo la frase sobre la llamada de Jesús: "Mira que estoy a la puerta llamando... Si alguno me abre, entraré y cenaremos juntos... Yo con él y él conmigo". Dios siempre estará insistentemente convocando, llamando, queriendo unir a su obra. No dejará de insistir ante las negativas. Es infinito también en la espera. Basta que se le abra para entrar y quedarse junto a uno. Lo definió muy bien Lope de Vega en su extraordinario soneto: "¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? / ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, / que a mi puerta, cubierto de rocío, / pasas las noches del invierno oscuras..." La elección de Dios no es capricho... Es amor. Y como no deja nunca de amar, nunca dejará de convocar...
Destaca también, por supuesto, la infinita misericordia de Dios. La infidelidad de Nínive era grande. Tanto, que para Jonás no merecía otra cosa que la destrucción. ¡Y punto...! Pero los gestos de arrepentimiento y de conversión que realizaron el rey y sus habitantes, "robaron" el corazón de Dios... El Dios que se llama "inmutable", ha cambiado. Se podría llegar afirmar que el arrepentimiento del hombre es más poderoso que la decisión de Dios, pues le hace cambiarla. Los gestos de humillación de los ninivitas y su promesa de conversión, logran que Dios cambie de parecer... La humildad y el arrepentimiento de los hombres, tienen el inmenso poder de hacer que Dios desista de sus amenazas y dé su perdón.¡Son infinitamente poderosos, tanto, que Dios llega incluso a cambiar! ¡El inmutable, por la humildad, muta su ira en compasión!
Y finalmente, destaca Jonás, por su obcecación delante de la misericordia de Dios. Su molestia es extrema. Dios, según él, no actúa con la firmeza que debe actuar. Dios sería "demasiado flojo", y poco exigente. Pero eso ya lo sabía Jonás. Por eso, en la primera llamada decidió huir... Al conseguir la conversión de Nínive y el arrepentimiento de Dios de sus amenazas, prefiere incluso morir... No quiere ser "cómplice" del Dios de misericordia y de perdón... El detalle del ricino que le da sombra y luego es comido por el gusano y quemado por el calor, es hermosísimo. Jonás se molesta porque pierde el ricino que le daba algo de sombra. Dios se aprovecha para enseñarle que así como él se molesta por la desaparición del ricino, en cuya aparición no había tenido ningún concurso, Él se entristecería por la desaparición de Nínive que le había costado tanto a su mano creadora y amorosa...
¡Cuántos Jonás podríamos contar hoy! Si en algo somos ricos los hombres de hoy, es en envidia... A muchos nos molesta que a otros les vaya bien. Peor aún, si, en nuestro criterio, es gente que no se lo merece, o que son "malos". Nos molesta y preguntamos: "¿Por qué a los buenos les va mal y a los malos les va bien?" "¿Por qué Dios es tan injusto?" Es la mismísima actitud de Jonás. Y si se tratara de acoger a alguien arrepentido, no dejamos de guardar una suspicacia "natural" ante ellos. No nos terminamos de creer que en realidad hayan cambiado, y mantenemos siempre cierta distancia... Somos ágiles para condenar, pero extraordinariamente lentos para absolver. Si Dios siguiera nuestros mismos criterios, podríamos pensar que serían muy pocos los que sean perdonados y salvados, ¡empezando por nosotros mismos!. Como Jonás, condenaríamos a la inmensa mayoría. Quizá se salvarían "los nuestros", los de "mi grupito", nuestros familiares y algunos amigos (¡no todos!)... Debemos agradecer que el criterio de Dios es prácticamente opuesto al nuestro... Así como Dios quiso, y lo hizo, salvar a Nínive, quiso acercar a Jonás también, igual que quiso acercar al hijo mayor de la parábola del hijo pródigo. Ambos son muy parecidos... Son "los fieles", "los puros", "los incorruptibles"... Son figura muy cercana a los fariseos, a los que tanto criticó Jesús...
En fin... Debemos sentirnos convocados por Jesús a anunciar la conversión y la salvación, a anunciar su amor infinito y misericordioso. Aunque nos neguemos, Él insistirá. Por eso, es absurdo negarse, pues al final, Él siempre ganará "la batalla"... Seamos voz de Dios que invita a los demás a acercarse confiados al Dios que es todo compasión y perdón. Y jamás nos molestemos porque Dios perdone. Lo hará siempre, pues el amor es así: misericordioso, compasivo, lento a la cólera y rico en piedad. Lo será con nosotros. Lo mejor es desearlo para todos. Molestarse es pedir a Dios que no sea lo que es... Y eso sí es realmente imposible...
martes, 8 de octubre de 2013
¿Jesús alaba el "dolce far niente"?
Confieso que cada vez que me encuentro con los personajes de Marta y María me entran muchas dudas sobre lo que dice Jesús en este evangelio. Y me esfuerzo mucho en tratar de comprender de manera correcta lo que dice. Es una escena de mucha intimidad familiar, pues se nota que Jesús era asiduo en las visitas a las hermanas de Lázaro, y al mismo Lázaro, "su amigo del alma". Hay que recordar la otra escena en la que aparecen ambas, cuando ha muerto ya su hermano, en la que se nos dice que Jesús lloró por la muerte de su amigo entrañable... Significa que había mucha cercanía entre esta familia de tres hermanos y Jesús...Y al haber mucha cercanía, por supuesto, había mucha confianza entre ellos. El reclamo que le hacen las hermanas a Jesús ante la muerte de Lázaro nos descubre esa confianza extrema: "Si hubieras estado aquí, nuestro hermano no habría muerto", le dice Marta a Jesús. Era una confianza sabrosa, no descarada. Ella, junto a María, sabía que Jesús hubiera podido hacer algo por evitar la muerte de Lázaro. Tanto, que después Jesús efectivamente realiza uno de los más grandes portentos que realiza en toda su vida: la resurrección de Lázaro...
De cualquier modo, la escena que nos presenta hoy el evangelio denota esta vida de confianza e intimidad entre ellos. Jesús está en casa de los hermanos, María está a sus pies escuchando atenta lo que Él dice, y Marta está atareada con las cosas de la casa. La confianza desbocada de Marta le reclama, no a María, la supuesta "desconsiderada" de la escena, sino a Jesús, quien tiene la menor "culpa" de todo, por esa "desconsideración" de su hermana... "¿No te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio?", le dice a Jesús. Imagino a Marta empeñada en la limpieza y en la cocina, para atender mejor a Jesús que está de visita, "para dar abasto con el servicio"... El "atareo" de Marta es absolutamente razonable. Cualquiera que quiera atender bien a quien está de visita estaría haciendo lo mismo. Marta hace lo que la razón pide a cualquiera que haga en un momento similar...
Pero Jesús le responde a Marta de manera misteriosa... Es una respuesta sorprendente, pues es casi un panegírico a la "desconsideración" que critica Marta: "Marta, Marta; andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán..." Repito... Quiero entender de la manera más "lógica" lo que dice Jesús.
Jesús no hace, de ninguna manera, una alabanza al "dolce far niente", al "dulce no hacer nada"... Jesús hace aquí una diferenciación de momentos. En consecuencia, una declaración de importancia de lo que se debe vivir en cada momento de la vida. Su presencia en la casa de Marta y María, siendo ese "gran Profeta" anunciado por las Escrituras, del cual se hablaba ya tanto, para María era una oportunidad de colocarse a los pies de la fuente para beber de primera mano. Era un momento precioso, que no se podía dejar pasar, para colocarse con el corazón y la mente abiertos para recibir de Él absolutamente toda la Luz que irradiaba, para beber de esa agua fresca que sólo Él daba, para recibir el consuelo mayor, para sentir la presencia del Dios que Él había venido a traer... María es el ejemplo perfecto de los contemplativos, que se colocan ante Cristo para dejarse llenar de Él. No simplemente para "hablar" con Él, sino para dejarse llenar de su íntima locución, para "escuchar" lo que en palabras inefables Él quiera transmitir, para entrar en una relación de intimidad que puede sentir sólo la intuición espiritual de quien se ha vaciado de sí mismo y se ha dejado llenar sólo de su amor... Es un momento, sin duda, de honda experiencia espiritual, que María estaba disfrutando al máximo. Por eso, "en ese momento", María había escogido la mejor parte, pues se estaba llenando de ese Jesús que estaba allí para llenarla...
Esto, no obstante, no desmerece en absoluto de lo que hace Marta. Jesús no la critica por lo que hace, sino por cuándo lo está haciendo. De ninguna manera Jesús critica la laboriosidad de Marta, sino la oportunidad. Ya llegará el momento de ponerse a trabajar en las labores de la casa. Es como si Jesús le dijera: "Marta, en este momento no confundas las prioridades. Estoy aquí ofreciéndome como fuente para saciar tu sed de Dios, y tú estás barriendo y cocinando... A cada momento le basta su fatiga. Ahora, entrégate a mí, y luego te sobrará tiempo para hacer lo que quieras..." Pienso en lo que sucedería en el día a día de la casa de Nazaret. Estoy seguro que a Jesús jamás se le hubiera ocurrido criticar a su Madre María cuando, como toda buena ama de casa, tenía que empeñarse en hacer la comida, en mantener la casa limpia y arreglada... Cuando llegaban José y Jesús del taller, luego del trabajo fatigoso, para darse el gustazo de estar en casa para comer y descansar, disfrutando de lo que María había preparado y arreglado... Entonces llegaba el momento de estar juntos, de compartir, de disfrutar no solo de la comida y el descanso, sino de la intimidad familiar en el cariño cotidiano...
Esto mismo es lo que debemos vivir todos los cristianos... En cada momento, una sola cosa es necesaria. Sin ellas, el cristiano no puede vivir. Sería incompleto. La oración sin acción es un pietismo paralizante e infructuoso. Y la acción sin oración es un activismo sin espíritu ni contenido. En cada momento de nuestra vida tenemos que saber buscar el equilibrio. Mucho mejor si sabemos compaginarlo sabiamente, de modo que nuestra vida sea una contemplación activa, o una acción contemplativa, continuamente... Al laicado se le exige la sabiduría de lograrlo. Y hacia allí debe tender la espiritualidad del laicado: A ser "contemplativos en la acción", idea que se atribuye originalmente a San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales... Se trata de que en todo momento el cristiano esté en la presencia de Dios, contemplándolo en su misterio de amor, y viviendo en cada acción la sensación de ser instrumento de ese amor de Dios... La espiritualidad laical no puede ser entendida sólo como la ocasión de hacer oración sosegada y tranquila. Debe alimentarse de esos momentos, que serán ciertamente muy importantes. Pero debe ser la conciencia clara de ser de Dios, de ser sus instrumentos, de ser portadores de esa presencia para todos los que están alrededor... Es el estilo de vida. Espiritualidad es estilo de vida impreso por el Dios que se lleva siempre dentro...
La dialéctica "Marta o María" no existe. Existe la complementariedad "Marta y María". María se nutre en la intimidad del corazón del Jesús sabroso, íntimo, compensador, espiritual... Marta se nutre de la presencia de Jesús que acompaña en todo momento y que lanza a la acción de amor en favor de los demás. Recuerdo que existe una Congregación religiosa femenina que se llama así: "Marta y María", que recoge lo fundamental de ambas. Que vive la contemplación y la acción como realidades complementarias, no contrapuestas.. Ese debe ser el nombre de los laicos cristianos... Cada uno debe llamarse "Marta y María" como queriendo dar a entender a todos que nos alimentamos del Jesús, fuente de frescura y luz que ilumina y llena de fuego el corazón, y que nos lanza al mundo para que cumplamos el mandamiento del amor a los hermanos de la manera más perfecta...
De cualquier modo, la escena que nos presenta hoy el evangelio denota esta vida de confianza e intimidad entre ellos. Jesús está en casa de los hermanos, María está a sus pies escuchando atenta lo que Él dice, y Marta está atareada con las cosas de la casa. La confianza desbocada de Marta le reclama, no a María, la supuesta "desconsiderada" de la escena, sino a Jesús, quien tiene la menor "culpa" de todo, por esa "desconsideración" de su hermana... "¿No te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio?", le dice a Jesús. Imagino a Marta empeñada en la limpieza y en la cocina, para atender mejor a Jesús que está de visita, "para dar abasto con el servicio"... El "atareo" de Marta es absolutamente razonable. Cualquiera que quiera atender bien a quien está de visita estaría haciendo lo mismo. Marta hace lo que la razón pide a cualquiera que haga en un momento similar...
Pero Jesús le responde a Marta de manera misteriosa... Es una respuesta sorprendente, pues es casi un panegírico a la "desconsideración" que critica Marta: "Marta, Marta; andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán..." Repito... Quiero entender de la manera más "lógica" lo que dice Jesús.
Jesús no hace, de ninguna manera, una alabanza al "dolce far niente", al "dulce no hacer nada"... Jesús hace aquí una diferenciación de momentos. En consecuencia, una declaración de importancia de lo que se debe vivir en cada momento de la vida. Su presencia en la casa de Marta y María, siendo ese "gran Profeta" anunciado por las Escrituras, del cual se hablaba ya tanto, para María era una oportunidad de colocarse a los pies de la fuente para beber de primera mano. Era un momento precioso, que no se podía dejar pasar, para colocarse con el corazón y la mente abiertos para recibir de Él absolutamente toda la Luz que irradiaba, para beber de esa agua fresca que sólo Él daba, para recibir el consuelo mayor, para sentir la presencia del Dios que Él había venido a traer... María es el ejemplo perfecto de los contemplativos, que se colocan ante Cristo para dejarse llenar de Él. No simplemente para "hablar" con Él, sino para dejarse llenar de su íntima locución, para "escuchar" lo que en palabras inefables Él quiera transmitir, para entrar en una relación de intimidad que puede sentir sólo la intuición espiritual de quien se ha vaciado de sí mismo y se ha dejado llenar sólo de su amor... Es un momento, sin duda, de honda experiencia espiritual, que María estaba disfrutando al máximo. Por eso, "en ese momento", María había escogido la mejor parte, pues se estaba llenando de ese Jesús que estaba allí para llenarla...
Esto, no obstante, no desmerece en absoluto de lo que hace Marta. Jesús no la critica por lo que hace, sino por cuándo lo está haciendo. De ninguna manera Jesús critica la laboriosidad de Marta, sino la oportunidad. Ya llegará el momento de ponerse a trabajar en las labores de la casa. Es como si Jesús le dijera: "Marta, en este momento no confundas las prioridades. Estoy aquí ofreciéndome como fuente para saciar tu sed de Dios, y tú estás barriendo y cocinando... A cada momento le basta su fatiga. Ahora, entrégate a mí, y luego te sobrará tiempo para hacer lo que quieras..." Pienso en lo que sucedería en el día a día de la casa de Nazaret. Estoy seguro que a Jesús jamás se le hubiera ocurrido criticar a su Madre María cuando, como toda buena ama de casa, tenía que empeñarse en hacer la comida, en mantener la casa limpia y arreglada... Cuando llegaban José y Jesús del taller, luego del trabajo fatigoso, para darse el gustazo de estar en casa para comer y descansar, disfrutando de lo que María había preparado y arreglado... Entonces llegaba el momento de estar juntos, de compartir, de disfrutar no solo de la comida y el descanso, sino de la intimidad familiar en el cariño cotidiano...
Esto mismo es lo que debemos vivir todos los cristianos... En cada momento, una sola cosa es necesaria. Sin ellas, el cristiano no puede vivir. Sería incompleto. La oración sin acción es un pietismo paralizante e infructuoso. Y la acción sin oración es un activismo sin espíritu ni contenido. En cada momento de nuestra vida tenemos que saber buscar el equilibrio. Mucho mejor si sabemos compaginarlo sabiamente, de modo que nuestra vida sea una contemplación activa, o una acción contemplativa, continuamente... Al laicado se le exige la sabiduría de lograrlo. Y hacia allí debe tender la espiritualidad del laicado: A ser "contemplativos en la acción", idea que se atribuye originalmente a San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales... Se trata de que en todo momento el cristiano esté en la presencia de Dios, contemplándolo en su misterio de amor, y viviendo en cada acción la sensación de ser instrumento de ese amor de Dios... La espiritualidad laical no puede ser entendida sólo como la ocasión de hacer oración sosegada y tranquila. Debe alimentarse de esos momentos, que serán ciertamente muy importantes. Pero debe ser la conciencia clara de ser de Dios, de ser sus instrumentos, de ser portadores de esa presencia para todos los que están alrededor... Es el estilo de vida. Espiritualidad es estilo de vida impreso por el Dios que se lleva siempre dentro...
La dialéctica "Marta o María" no existe. Existe la complementariedad "Marta y María". María se nutre en la intimidad del corazón del Jesús sabroso, íntimo, compensador, espiritual... Marta se nutre de la presencia de Jesús que acompaña en todo momento y que lanza a la acción de amor en favor de los demás. Recuerdo que existe una Congregación religiosa femenina que se llama así: "Marta y María", que recoge lo fundamental de ambas. Que vive la contemplación y la acción como realidades complementarias, no contrapuestas.. Ese debe ser el nombre de los laicos cristianos... Cada uno debe llamarse "Marta y María" como queriendo dar a entender a todos que nos alimentamos del Jesús, fuente de frescura y luz que ilumina y llena de fuego el corazón, y que nos lanza al mundo para que cumplamos el mandamiento del amor a los hermanos de la manera más perfecta...
lunes, 7 de octubre de 2013
Amar a Dios y amar al prójimo
El cristianismo es, por encima de todo, una cuestión de amor. Quien entiende que su vida debe moverse en el ámbito del amor, ha entendido lo que es la esencia de su fe... Sacar cualquier consideración de la vida cristiana de ese ámbito de amor, es hacerle un vaciado total... Es natural que así sea, pues en el origen de todo está el mismo Dios, que es amor. Todo ha salido de sus manos, todo lo ha creado desde el amor, todo lo sostiene en él, todo lo destina para que viva en el amor, y todo lo conduce a la meta final que es la perfección en el amor...
El cristiano tiene plena conciencia de "nadar" siempre en ese amor, pues ha surgido de ese Dios que es amor, que lo ha creado desde su amor, que lo sostiene en él y que todo lo ha diseñado de manera que tenga su fin en el mismo amor por toda la eternidad. Los hombres existimos por un misterioso designio del amor de Dios. Si vamos a las razones más profundas de nuestra existencia no encontraremos jamás una de necesidad. Somos absolutamente contingentes, pues de ninguna manera es "necesario" que existamos. No hay razón suficientemente válida para la existencia del hombre. Todas las razones que conseguimos son posteriores a nuestra existencia. Es decir, hoy encontramos alguna validez al argumento de necesidad en función del "sostenimiento" o del "mantenimiento" de lo que existe. Pero no la encontraremos nunca lo suficientemente sólida para justificar nuestra existencia en los momentos previos a la existencia de todo lo demás... Lo único que justifica nuestra existencia es el amor de Dios. Existimos por un designio eterno de amor de Dios.
Somos, podríamos decirlo, resultado de una especie de "explosión de amor" que se sucedió en el corazón de Dios. Sin ser necesarios para Él, sucedió en Dios como un "exceso" de amor, que no pudo llegar a contener. Y de esa "explosión" ha surgido todo lo que existe. Dios es suficiente en sí mismo y no necesita de más nada, para ser más de lo que es... De allí que nuestro origen se conecte directamente con lo que puede ser más compensador, más entrañable, más íntimo... ¡Está directamente relacionado con Dios-Amor, con su movimiento natural de darse! Y, como el amor es esencialmente entrega, Dios se ha entregado plenamente a nosotros...
Ese amor, siendo absolutamente desinteresado en quien lo da, es decir, en Dios, sí que es comprometedor para quien lo recibe. Los hombres, receptores de la vida por amor y sujetos eternos de ese amor creador, providente y oblativo de Dios, quedamos en deuda con quien nos lo da. No porque Él lo exija como respuesta, sino porque un corazón que valora el amor que recibe, naturalmente responde también con amor. Por eso, ese amor que debe ser respuesta del hombre que es amado, quedaría muy reducido si llega a ser considerado sólo como un "mandamiento". No debe amar el hombre porque se le obligue a hacerlo.. El amor más puro es el que se da en respuesta entusiasmada e ilusionada al amor que se recibe, Más, si es el amor más limpio, más puro, más desinteresado, más alto que se pueda jamás recibir...
Cuando el Maestro de la Ley se le acerca a Jesús para preguntarle lo que debe hacer para ganar la vida eterna, se queda en el ámbito de lo obligado. La respuesta que da a Jesús lo saca de esa mentalidad de obligación y lo coloca en la de la respuesta gratuita e ilusionada... "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser". No se puede "obligar" al corazón o al alma, a amar. O lo hace con toda libertad, con toda la buena disposición, o no será jamás, realmente, amor.
No existe movimiento más dulce del corazón humano que el que produce el amor como motor inagotable. Menos aún, cuando se vive ya en el ámbito del amor más grande que se puede recibir, que es el de Dios. Ese amor invita al compromiso más profundo que se puede asumir, que es el de la respuesta generosa e ilusionada a lo que el mismo amor pide. Ese compromiso es de entrega, de vivencia para ese solo amor, de respuesta positiva a lo que exige, pues se tiene la seguridad de que al amar, no exigirá nunca nada que pueda ir en perjuicio del amado. Amar a Dios es tener la plena seguridad de que vivir en ese amor es, con toda seguridad, la experiencia más entrañable que se pueda tener. Quien ha experimentado de verdad el amor de Dios, no encontrará jamás una experiencia que lo compense más que esa. Y por eso, si esa experiencia ha sido sincera y completamente real, nunca tendrá como opción alejarse de esa misma vivencia sublime...
Pero el compromiso del amor va más allá... La respuesta del Maestro tiene una segunda parte que exige abrir el corazón a una experiencia más concreta, por lo que significa de materialidad: "Amarás al prójimo como a ti mismo". Jesús, incluso, llega a poner el ejemplo práctico en la parábola del Buen Samaritano. Lo comprendió perfectamente ese Maestro de la Ley, y los discípulos de Jesús de la primera hora. San Juan dice rotundamente: "Quien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano a quien ve, está mintiendo"... El amor al prójimo es el signo más fehaciente del amor a Dios que podemos vivir. En el hermano está el mismo Jesús, Dios hecho hombre. Él mismo afirmó: "Cada vez que le hicieron un bien a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí mismo me lo hicieron". El amor al prójimo, en última instancia, es amor al Dios hecho hombre, que se ha hecho, además, pobre, ciego, inválido, indigente, necesitado... No se trata de amar al pobre o al necesitado simplemente porque está en situación de necesidad. Esto, en sí mismo, ya sería bueno. Pero se quedaría solo en altruismo o bondad sociológica. Los cristianos amamos al necesitado y le tendemos la mano porque sufre, y porque en él, sufre Cristo. Es una motivación más elevada, sin que por ello se desprecie a quien no lo hace en este sentido superior...
Es la plenitud de la Ley, como dice San Pablo: "La perfección de la ley es el amor", o en otra traducción: "Amar es cumplir la ley entera". Esta es nuestra última razón de ser cristianos. Un cristiano que no ama a Dios y no ama al prójimo, tiene que revisar su esencia, pues está, lamentable y muy tristemente, desenfocada. El amor es nuestra vida. Sin él, no tiene sentido nuestra existencia. Si queremos ser verdaderos cristianos, debemos vivir en el amor. Y no simplemente porque nos lo manden, sino porque tenemos conciencia de que sin él, no somos nada....
El cristiano tiene plena conciencia de "nadar" siempre en ese amor, pues ha surgido de ese Dios que es amor, que lo ha creado desde su amor, que lo sostiene en él y que todo lo ha diseñado de manera que tenga su fin en el mismo amor por toda la eternidad. Los hombres existimos por un misterioso designio del amor de Dios. Si vamos a las razones más profundas de nuestra existencia no encontraremos jamás una de necesidad. Somos absolutamente contingentes, pues de ninguna manera es "necesario" que existamos. No hay razón suficientemente válida para la existencia del hombre. Todas las razones que conseguimos son posteriores a nuestra existencia. Es decir, hoy encontramos alguna validez al argumento de necesidad en función del "sostenimiento" o del "mantenimiento" de lo que existe. Pero no la encontraremos nunca lo suficientemente sólida para justificar nuestra existencia en los momentos previos a la existencia de todo lo demás... Lo único que justifica nuestra existencia es el amor de Dios. Existimos por un designio eterno de amor de Dios.
Somos, podríamos decirlo, resultado de una especie de "explosión de amor" que se sucedió en el corazón de Dios. Sin ser necesarios para Él, sucedió en Dios como un "exceso" de amor, que no pudo llegar a contener. Y de esa "explosión" ha surgido todo lo que existe. Dios es suficiente en sí mismo y no necesita de más nada, para ser más de lo que es... De allí que nuestro origen se conecte directamente con lo que puede ser más compensador, más entrañable, más íntimo... ¡Está directamente relacionado con Dios-Amor, con su movimiento natural de darse! Y, como el amor es esencialmente entrega, Dios se ha entregado plenamente a nosotros...
Ese amor, siendo absolutamente desinteresado en quien lo da, es decir, en Dios, sí que es comprometedor para quien lo recibe. Los hombres, receptores de la vida por amor y sujetos eternos de ese amor creador, providente y oblativo de Dios, quedamos en deuda con quien nos lo da. No porque Él lo exija como respuesta, sino porque un corazón que valora el amor que recibe, naturalmente responde también con amor. Por eso, ese amor que debe ser respuesta del hombre que es amado, quedaría muy reducido si llega a ser considerado sólo como un "mandamiento". No debe amar el hombre porque se le obligue a hacerlo.. El amor más puro es el que se da en respuesta entusiasmada e ilusionada al amor que se recibe, Más, si es el amor más limpio, más puro, más desinteresado, más alto que se pueda jamás recibir...
Cuando el Maestro de la Ley se le acerca a Jesús para preguntarle lo que debe hacer para ganar la vida eterna, se queda en el ámbito de lo obligado. La respuesta que da a Jesús lo saca de esa mentalidad de obligación y lo coloca en la de la respuesta gratuita e ilusionada... "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser". No se puede "obligar" al corazón o al alma, a amar. O lo hace con toda libertad, con toda la buena disposición, o no será jamás, realmente, amor.
No existe movimiento más dulce del corazón humano que el que produce el amor como motor inagotable. Menos aún, cuando se vive ya en el ámbito del amor más grande que se puede recibir, que es el de Dios. Ese amor invita al compromiso más profundo que se puede asumir, que es el de la respuesta generosa e ilusionada a lo que el mismo amor pide. Ese compromiso es de entrega, de vivencia para ese solo amor, de respuesta positiva a lo que exige, pues se tiene la seguridad de que al amar, no exigirá nunca nada que pueda ir en perjuicio del amado. Amar a Dios es tener la plena seguridad de que vivir en ese amor es, con toda seguridad, la experiencia más entrañable que se pueda tener. Quien ha experimentado de verdad el amor de Dios, no encontrará jamás una experiencia que lo compense más que esa. Y por eso, si esa experiencia ha sido sincera y completamente real, nunca tendrá como opción alejarse de esa misma vivencia sublime...
Pero el compromiso del amor va más allá... La respuesta del Maestro tiene una segunda parte que exige abrir el corazón a una experiencia más concreta, por lo que significa de materialidad: "Amarás al prójimo como a ti mismo". Jesús, incluso, llega a poner el ejemplo práctico en la parábola del Buen Samaritano. Lo comprendió perfectamente ese Maestro de la Ley, y los discípulos de Jesús de la primera hora. San Juan dice rotundamente: "Quien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano a quien ve, está mintiendo"... El amor al prójimo es el signo más fehaciente del amor a Dios que podemos vivir. En el hermano está el mismo Jesús, Dios hecho hombre. Él mismo afirmó: "Cada vez que le hicieron un bien a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí mismo me lo hicieron". El amor al prójimo, en última instancia, es amor al Dios hecho hombre, que se ha hecho, además, pobre, ciego, inválido, indigente, necesitado... No se trata de amar al pobre o al necesitado simplemente porque está en situación de necesidad. Esto, en sí mismo, ya sería bueno. Pero se quedaría solo en altruismo o bondad sociológica. Los cristianos amamos al necesitado y le tendemos la mano porque sufre, y porque en él, sufre Cristo. Es una motivación más elevada, sin que por ello se desprecie a quien no lo hace en este sentido superior...
Es la plenitud de la Ley, como dice San Pablo: "La perfección de la ley es el amor", o en otra traducción: "Amar es cumplir la ley entera". Esta es nuestra última razón de ser cristianos. Un cristiano que no ama a Dios y no ama al prójimo, tiene que revisar su esencia, pues está, lamentable y muy tristemente, desenfocada. El amor es nuestra vida. Sin él, no tiene sentido nuestra existencia. Si queremos ser verdaderos cristianos, debemos vivir en el amor. Y no simplemente porque nos lo manden, sino porque tenemos conciencia de que sin él, no somos nada....
domingo, 6 de octubre de 2013
¡Auméntanos la fe...!
¡Cuántos pedimos lo mismo en nuestra oración! ¡Cuántos no pedimos, junto a este aumento, que nuestra comprensión del misterio sea pleno, que tengamos una fe inquebrantable, que nuestra fe sea siempre firme como la roca! San Agustín, experto en ver el interior del hombre y en expresarlo en frases impresionantes, decía algo así como: "La fe busca comprender, y cuando comprende, cree mejor"... Sabemos que la fe y la razón de ninguna manera están contrapuestas. Los últimos Papas han dejado esto bastante claro. Dios nos enriqueció con nuestra inteligencia y nuestra voluntad para que pudiéramos comprenderlo mejor, aun cuando su misterio jamás será abarcado plenamente. La razón, en este caso, puede servir de apoyo para alcanzar una mejor comprensión de Dios y de su misterio, pero, podríamos decirlo así, tiene su campo restringido pues jamás llegará a abarcar el misterio total de Dios... Es el umbral en el que el hombre debe abandonarse y probar realmente la fe que posee...
Los hombres, prácticamente desde el inicio de nuestra existencia y en el uso de la prerrogativa sagrada que nos regaló el mismo Dios al darnos nuestra inteligencia, nuestra capacidad de razonamiento, hemos querido ascender al ámbito superior. Los grandes filósofos de la historia desarrollaron la "teología racional", la sabiduría sobre Dios. Es una "teología filosófica", técnicamente llamada "Teodicea" o "Teosofía", en la que el pensamiento humano podía llegar, de manera natural, al umbral del encuentro con esa figura del Ser, trascendente, infinito, origen de todo, pero tan elevado que prácticamente la única conclusión cierta que se podía tener de él es que debía existir... Es necesaria su existencia... Por eso, en la filosofía más pura, que busca al Ser por esencia, se concluyó que ese Ser superior era: Uno, Bueno, Verdadero y Bello... ¡Sólo con el pensamiento el hombre llegó a la esencia divina! San Pablo afirmó que es totalmente posible un conocimiento, aunque evidentemente parcial, de nuestro Dios: "Desde la creación del mundo, todo lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se ha hecho visible a través de las cosas creadas".
Pero Dios, siempre amoroso y providente, sabe que somos limitados. Que nuestra capacidad de inteligencia jamás podrá abarcar por si misma y con la sola ayuda material de lo creado, lo que es Dios en sí mismo. Y, conocedor de nuestra sed de eternidad, de nuestra curiosidad por las cosas superiores y misteriosas, no quiso que nos quedáramos a medio camino, sabiendo que el hombre ha querido siempre recorrer el camino hasta Él, y que en su recorrido ha emprendido rutas que a veces lo han llevado a equívocos. Subir desde lo inferior para llegar a lo infinitamente superior por las propias fuerzas, tiene riesgos graves. Y esos riesgos han sucedido de verdad... De allí la existencia de rutas de oscuridad: el esoterismo, la brujería, el espiritismo, la santería, la hechicería, la nueva era, el gnosticismo, la cienciología... Son rutas en las que el hombre ha querido recorrer sin compañía el camino que lleva a Dios, pero que evidentemente, han sido erradas... Su empeño por "dominar" lo desconocido, lo ha llevado a ser él mismo el "dominado" por ideas y caminos absurdos, en lo que no encuentra respuestas veraces, sino sólo las de la superstición o las de negación de lo que realmente es Dios. Creyendo haber encontrado respuestas, lo que ha hecho es responderse a sí mismo con las fantasías absurdas que él mismo se ha creado...
Decíamos que Dios es amoroso y providente... Por eso, en clara respuesta de amor a la añoranza de Él que tiene el hombre y con la plena conciencia de su incapacidad de llegar a Él por sí mismo, ha venido a recorrer el camino inverso. No ha esperado a que el hombre "llegara a Él", sino que ha salido Él "al encuentro del hombre". El Beato Papa Juan Pablo II, en la Bula de convocatoria a la celebración de la llegada del Tercer Milenio del cristianismo, "Tertio Millennio Adveniente", afirmó que el cristianismo es la única religión en la que ya no es el hombre el que sale al encuentro de Dios, sino que es Dios el que sale al encuentro del hombre... "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros"... En el gesto más manifiestamente claro de su infinito amor por el hombre, Dios ha "condescendido", y no nos ha dejado solos en nuestra búsqueda, sino que ha abierto el camino más claro, más seguro, más firme, para poder "agarrarlo": Él mismo. Por eso Jesús se autodefinió: "Yo soy el Camino"... Ya no existen rutas diversas para el encuentro con Dios, pues Jesús es esa ruta segura y única. No necesitamos de más...
Por eso tiene sentido la petición que hacen los apóstoles: "Señor, ¡auméntanos la fe...!" Es decir, ya que te has hecho uno más de nosotros, que has venido a nuestro encuentro, que has abierto el camino para poder "agarrar" a Dios, haznos avanzar cada vez más en ese camino... No nos dejes con la sed de Dios, con la añoranza de tenerlo plenamente. No dejes que nuestro camino se pierda en alguna esquina. Danos cada vez más solidez en la comprensión y en la vivencia de lo que Tú quieres de nosotros... Danos el deseo firme de abandonarnos siempre en Ti, sabedores de que lo que propones y pides es siempre lo mejor para nosotros, que esperar de Ti eso mejor es siempre oportuno, que se dará cuando Tú lo consideres mejor, no cuando nosotros pensemos que es el mejor momento. Que nadie mejor que Tú sabe el momento y las circunstancias mejores para concedernos el bien...
Y esa petición que hacemos es profundamente comprometedora... Porque pedir más fe es estar también dispuesto a responder cada vez mejor a lo que nos exige esa misma fe... Quien tiene fe y se deja llevar por ella no considera ningún triunfo personal lo que hace en función de demostrar la fe que vive... La respuesta de Jesús a los apóstoles, relatando la tarea que realizan los siervos del gran señor, es tremendamente clarificadora de esto: "Somos siervos inútiles, no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer..." ¿Es que acaso hay que felicitar al que cumple su obligación? La fe tiene compromisos que son absolutamente normales y a los que hay que responder. Y quien tiene fe, no siente como carga alguna cumplirlos... Más aún, quien pide que su fe sea aumentada, asume también que estará dispuesto a cumplir más fielmente aquello que le exija la mayor vivencia de la fe...
La fe es un camino hermoso... Caminar por ella es como caminar por caminos rodeados de verdor y de frescura. La fe nos sostiene y nos anima a seguir adelante. Por la fe, somos capaces de percibir el amor de Dios por nosotros y la llamada que nos hace a vivir eternamente con Él. La fe está, por lo tanto, íntimamente ligada a la Caridad y a la Esperanza, virtudes teologales como ella. Y nos llama a un compromiso mayor. Quien camina por caminos verdes, frescos y esperanzadores, tiene el compromiso de mantener el verdor, la frescura y la esperanza. Y para dar más intensidad a su vivencia, debe vivirlo más seriamente cada vez... Pedir al Señor más fe es querer amarlo más intensamente, es esperar más de Él. Y es comprometerse a estar cada vez más conscientemente con Él...
Los hombres, prácticamente desde el inicio de nuestra existencia y en el uso de la prerrogativa sagrada que nos regaló el mismo Dios al darnos nuestra inteligencia, nuestra capacidad de razonamiento, hemos querido ascender al ámbito superior. Los grandes filósofos de la historia desarrollaron la "teología racional", la sabiduría sobre Dios. Es una "teología filosófica", técnicamente llamada "Teodicea" o "Teosofía", en la que el pensamiento humano podía llegar, de manera natural, al umbral del encuentro con esa figura del Ser, trascendente, infinito, origen de todo, pero tan elevado que prácticamente la única conclusión cierta que se podía tener de él es que debía existir... Es necesaria su existencia... Por eso, en la filosofía más pura, que busca al Ser por esencia, se concluyó que ese Ser superior era: Uno, Bueno, Verdadero y Bello... ¡Sólo con el pensamiento el hombre llegó a la esencia divina! San Pablo afirmó que es totalmente posible un conocimiento, aunque evidentemente parcial, de nuestro Dios: "Desde la creación del mundo, todo lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se ha hecho visible a través de las cosas creadas".
Pero Dios, siempre amoroso y providente, sabe que somos limitados. Que nuestra capacidad de inteligencia jamás podrá abarcar por si misma y con la sola ayuda material de lo creado, lo que es Dios en sí mismo. Y, conocedor de nuestra sed de eternidad, de nuestra curiosidad por las cosas superiores y misteriosas, no quiso que nos quedáramos a medio camino, sabiendo que el hombre ha querido siempre recorrer el camino hasta Él, y que en su recorrido ha emprendido rutas que a veces lo han llevado a equívocos. Subir desde lo inferior para llegar a lo infinitamente superior por las propias fuerzas, tiene riesgos graves. Y esos riesgos han sucedido de verdad... De allí la existencia de rutas de oscuridad: el esoterismo, la brujería, el espiritismo, la santería, la hechicería, la nueva era, el gnosticismo, la cienciología... Son rutas en las que el hombre ha querido recorrer sin compañía el camino que lleva a Dios, pero que evidentemente, han sido erradas... Su empeño por "dominar" lo desconocido, lo ha llevado a ser él mismo el "dominado" por ideas y caminos absurdos, en lo que no encuentra respuestas veraces, sino sólo las de la superstición o las de negación de lo que realmente es Dios. Creyendo haber encontrado respuestas, lo que ha hecho es responderse a sí mismo con las fantasías absurdas que él mismo se ha creado...
Decíamos que Dios es amoroso y providente... Por eso, en clara respuesta de amor a la añoranza de Él que tiene el hombre y con la plena conciencia de su incapacidad de llegar a Él por sí mismo, ha venido a recorrer el camino inverso. No ha esperado a que el hombre "llegara a Él", sino que ha salido Él "al encuentro del hombre". El Beato Papa Juan Pablo II, en la Bula de convocatoria a la celebración de la llegada del Tercer Milenio del cristianismo, "Tertio Millennio Adveniente", afirmó que el cristianismo es la única religión en la que ya no es el hombre el que sale al encuentro de Dios, sino que es Dios el que sale al encuentro del hombre... "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros"... En el gesto más manifiestamente claro de su infinito amor por el hombre, Dios ha "condescendido", y no nos ha dejado solos en nuestra búsqueda, sino que ha abierto el camino más claro, más seguro, más firme, para poder "agarrarlo": Él mismo. Por eso Jesús se autodefinió: "Yo soy el Camino"... Ya no existen rutas diversas para el encuentro con Dios, pues Jesús es esa ruta segura y única. No necesitamos de más...
Por eso tiene sentido la petición que hacen los apóstoles: "Señor, ¡auméntanos la fe...!" Es decir, ya que te has hecho uno más de nosotros, que has venido a nuestro encuentro, que has abierto el camino para poder "agarrar" a Dios, haznos avanzar cada vez más en ese camino... No nos dejes con la sed de Dios, con la añoranza de tenerlo plenamente. No dejes que nuestro camino se pierda en alguna esquina. Danos cada vez más solidez en la comprensión y en la vivencia de lo que Tú quieres de nosotros... Danos el deseo firme de abandonarnos siempre en Ti, sabedores de que lo que propones y pides es siempre lo mejor para nosotros, que esperar de Ti eso mejor es siempre oportuno, que se dará cuando Tú lo consideres mejor, no cuando nosotros pensemos que es el mejor momento. Que nadie mejor que Tú sabe el momento y las circunstancias mejores para concedernos el bien...
Y esa petición que hacemos es profundamente comprometedora... Porque pedir más fe es estar también dispuesto a responder cada vez mejor a lo que nos exige esa misma fe... Quien tiene fe y se deja llevar por ella no considera ningún triunfo personal lo que hace en función de demostrar la fe que vive... La respuesta de Jesús a los apóstoles, relatando la tarea que realizan los siervos del gran señor, es tremendamente clarificadora de esto: "Somos siervos inútiles, no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer..." ¿Es que acaso hay que felicitar al que cumple su obligación? La fe tiene compromisos que son absolutamente normales y a los que hay que responder. Y quien tiene fe, no siente como carga alguna cumplirlos... Más aún, quien pide que su fe sea aumentada, asume también que estará dispuesto a cumplir más fielmente aquello que le exija la mayor vivencia de la fe...
La fe es un camino hermoso... Caminar por ella es como caminar por caminos rodeados de verdor y de frescura. La fe nos sostiene y nos anima a seguir adelante. Por la fe, somos capaces de percibir el amor de Dios por nosotros y la llamada que nos hace a vivir eternamente con Él. La fe está, por lo tanto, íntimamente ligada a la Caridad y a la Esperanza, virtudes teologales como ella. Y nos llama a un compromiso mayor. Quien camina por caminos verdes, frescos y esperanzadores, tiene el compromiso de mantener el verdor, la frescura y la esperanza. Y para dar más intensidad a su vivencia, debe vivirlo más seriamente cada vez... Pedir al Señor más fe es querer amarlo más intensamente, es esperar más de Él. Y es comprometerse a estar cada vez más conscientemente con Él...
sábado, 5 de octubre de 2013
Has revelado tus cosas a los sencillos...
Durante toda su historia, la humanidad ha demostrado que la inteligencia no tiene límites... Cada vez quedamos más sorprendidos con las cosas de las que somos capaces de lograr e inventar. Desde la "invención" del fuego, que no es realmente, invención, sino el descubrimiento de la forma de "fabricarlo" y de dominarlo, pasando por la invención de la rueda, por la locomoción, por conquistar el reino del aire con el vuelo, por la llegada a la luna, por las telecomunicaciones... hasta los extraordinarios avances que estamos experimentando hoy con todo lo del ciberespacio, con las investigaciones y los avances en el campo de la salud y de la medicina, en la tecnología de gran escala y de escala milimétrica, tenemos que decir que cada vez quedamos más con la boca abierta... ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? ¿Cuál es nuestro límite?
Dios nos ha enriquecido a los hombres con nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Son prerrogativas suyas que nos ha regalado por su expreso deseo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza", es decir, capaz de pensar, de crear y de actuar "como nosotros". La imagen y semejanza de Dios en nosotros no es sólo la capacidad de amar, de ser libres infinitamente... Tiene que ver también con esa capacidad de estar siempre inventando, ingeniándonosla para hacer nuestra propia vida mejor. Es deseo expreso de Dios que así sea... En este sentido, Dios nos creó casi "como dioses". El salmista lo expresa con sencillez: "Hiciste al hombre poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mano sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies..." El hombre ha llegado a esas alturas porque Dios lo ha querido y lo ha permitido, porque, en cierto modo, es camino que Él mismo ha establecido para que sea recorrido hasta llegar a Él. Se conecta directamente con el aprovechamiento de "los talentos" que Dios ha colocado en nuestras manos para que "los multipliquemos"..
Paradójicamente, el mismo hombre que ha dominado todos esos espacios "exteriores", en lo macro y en lo micro, a nivel de galaxias y de átomos, ha sido incapaz de "conquistarse a sí mismo". Tristemente, esa conquista que el hombre ha realizado de lo que está fuera de él, ha sobrepasado en una proporción absurdamente ilógica la conquista de su íntima profundidad. Aparentemente, para el hombre de hoy, esa conquista de lo interior, al no dar réditos atractivos ni intereses crematísticos, no representa ningún atractivo.. Tenemos grandísimas ganancias en lo externo, pero inmensas e irreparables pérdidas en el tesoro interior...
Lo más grave que ha sucedido es que el hombre se ha hecho, de sí mismo, el nuevo ídolo. Así como Israel en el desierto se construyó un toro con el oro, la plata y las riquezas que cada uno aportaba, y se postraron ante él diciendo que era "el dios que los había sacado de Egipto", hoy el hombre se ha construido ese nuevo ídolo, que es él mismo, con sus logros tecnológicos, con sus avances científicos, con sus ganancias de espacio exterior... Se ha hecho una estatua a sí mismo hecha con sus metas alcanzadas y se ha dicho: "Este es tu dios, el que te ha sacado de la ignorancia, el que te ha hecho avanzar tanto, el que te ha llevado a esas alturas insospechadas en las que te encuentras"... Y se ha puesto a adorarlo... El hombre es el nuevo ídolo, el dios de los hombres...
Los Obispos en Puebla afirmaron magistralmente: "El pecado mortal consiste en la absolutización de lo no absolutizable"... Y es esto lo que ha hecho el hombre de hoy: Se ha absolutizado a sí mismo. Se cree por encima de toda realidad, incluso por encima del Dios que lo ha creado y lo ha enriquecido con sus ilimitadas capacidades. Ha dejado de reconocer que todo lo ha recibido de Dios y ha llegado a pensar que todo lo que logra lo hace simplemente porque ha tenido su origen en él mismo... Se ha ensoberbecido y ha pretendido ser el origen de todo lo que hace, que es, realmente, donación divina... Se está llegando al mismo punto al que llegaron los habitantes de Babel, cuando pretendieron que ya habían avanzado tanto que eran capaz de llegar hasta el cielo para destronar al Dios que habitaba en las alturas...
El hombre es un gigante tecnológico, pero un enano espiritual... Lo científico y lo tecnológico lo han obnubilado de tal manera que ha llegado a pensar que ya no es necesario más nada. La única satisfacción estaría, de este modo, en la conquista de nuevas metas tecnológicas para imponerse unas nuevas, y emprender de nuevo su conquista... Esta es la razón de la inexplicable insatisfacción continua del hombre... No se trata de que no haga esas conquistas externas, pues ellas son queridas también por Dios. Para eso le ha dado las capacidades inimaginables que tiene. El problema radica en que esa conquista exterior sobrepasa en mucho la conquista interior. A la par de esos avances debe haber un adentrarse cada vez más en la profundidad del yo, donde se consigue al mismísimo Dios. San Agustín decía: "Dios es más íntimo a mí que yo mismo". Jamás podrá el hombre llegar a Dios como lo pretendían los habitantes de Babel. El rascacielos que debemos construir es el de nuestro interior. A medida que cavemos más y más dentro de nosotros estaremos más cerca de encontrarnos con Dios...
Pero para eso se necesita desmontarse de la peana en la que nos hemos colocado nosotros mismos. Se necesita ser humildes, reconociendo que lo que hemos logrado ha sido gracias a las capacidades que Dios ha colocado en nosotros. Lo comprendió perfectamente el salmista, cuando decía: "No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da la gloria"... Y es la misma actitud que tuvieron aquellos que reconocieron: "Siervos inútiles somos... No hemos hecho más que lo que teníamos que hacer". Si Dios nos ha dado esas capacidades, lo menos que espera es que hagamos lo que a ellas corresponde. No es, por lo tanto, una iniciativa que tiene su origen en nosotros mismos, sino en Dios...
Es la manera de quitar de nuestros ojos y de nuestros corazones el velo que nosotros mismos nos hemos colocado. Es sabernos siempre delante de Dios y enriquecidos por Él. La ciencia no es la negación de Dios, sino que es la manera más "sistematizada" de hacerlo presente en la vida diaria. La inteligencia y la voluntad no nos las ha dado Dios para expulsarlo de nuestras vidas, sino para que en ellas también sepamos siempre descubrirlo y colocarlo en el lugar que a Él le corresponde por derecho. Por no haberlo hecho, nos hemos llenado de soberbia y nos hemos colocado nosotros mismos en el centro, invadiendo un lugar que no nos corresponde y que nos llevará a la ruina total, pues cuando no está Dios, no hay nada... Por muchos avances que logremos...
Tiene muchísimo más sentido saberse "sabios incansables" por la voluntad divina, que por nosotros mismos. La satisfacción que sentiría el hombre por pensar en metas alcanzadas "por virtud propia", jamás tendrá el mismo dulce sabor de aquellas que se piense que se logran por el inmenso amor que Dios ha colocado en cada paso que damos para llegar a ellas... Por eso Dios se goza en la humildad, y la compensa infinitamente... Cada paso que demos tendrá la compensación del amor y de la satisfacción que Dios siente... Colocarse con humildad delante de Él es, con mucho, infinitamente más compensador que quedarse delante del vacío, de la nada... La mayor pobreza del hombre no está en no conquistar la metas, en no progresar, en no dominar lo creado... La más grande pobreza, la más triste, la más destructora, es no tener a quien ofrecer todos los avances infinitos, es sentirse delante de la nada, es arar en el vacío... Y cuando está Dios, da más capacidades, las multiplica y las bendice... Y les da el sentido pleno... Por eso, Jesús agradece al Padre que estas cosas, las de la intimidad, las del corazón, las del amor, las haya revelado a los humildes y sencillos, a los que se han "atrevido" a avanzar en la presencia de Dios todo el camino que han avanzado y le den todo su reconocimiento a Él, y las haya ocultado a los sabios y entendidos, a los que se han ensoberbecido en sí mismos, cerrándose a la compensación máxima, que es la del reconocimiento de la infinita superioridad de Dios y de su amor...
Dios nos ha enriquecido a los hombres con nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Son prerrogativas suyas que nos ha regalado por su expreso deseo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza", es decir, capaz de pensar, de crear y de actuar "como nosotros". La imagen y semejanza de Dios en nosotros no es sólo la capacidad de amar, de ser libres infinitamente... Tiene que ver también con esa capacidad de estar siempre inventando, ingeniándonosla para hacer nuestra propia vida mejor. Es deseo expreso de Dios que así sea... En este sentido, Dios nos creó casi "como dioses". El salmista lo expresa con sencillez: "Hiciste al hombre poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mano sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies..." El hombre ha llegado a esas alturas porque Dios lo ha querido y lo ha permitido, porque, en cierto modo, es camino que Él mismo ha establecido para que sea recorrido hasta llegar a Él. Se conecta directamente con el aprovechamiento de "los talentos" que Dios ha colocado en nuestras manos para que "los multipliquemos"..
Paradójicamente, el mismo hombre que ha dominado todos esos espacios "exteriores", en lo macro y en lo micro, a nivel de galaxias y de átomos, ha sido incapaz de "conquistarse a sí mismo". Tristemente, esa conquista que el hombre ha realizado de lo que está fuera de él, ha sobrepasado en una proporción absurdamente ilógica la conquista de su íntima profundidad. Aparentemente, para el hombre de hoy, esa conquista de lo interior, al no dar réditos atractivos ni intereses crematísticos, no representa ningún atractivo.. Tenemos grandísimas ganancias en lo externo, pero inmensas e irreparables pérdidas en el tesoro interior...
Lo más grave que ha sucedido es que el hombre se ha hecho, de sí mismo, el nuevo ídolo. Así como Israel en el desierto se construyó un toro con el oro, la plata y las riquezas que cada uno aportaba, y se postraron ante él diciendo que era "el dios que los había sacado de Egipto", hoy el hombre se ha construido ese nuevo ídolo, que es él mismo, con sus logros tecnológicos, con sus avances científicos, con sus ganancias de espacio exterior... Se ha hecho una estatua a sí mismo hecha con sus metas alcanzadas y se ha dicho: "Este es tu dios, el que te ha sacado de la ignorancia, el que te ha hecho avanzar tanto, el que te ha llevado a esas alturas insospechadas en las que te encuentras"... Y se ha puesto a adorarlo... El hombre es el nuevo ídolo, el dios de los hombres...
Los Obispos en Puebla afirmaron magistralmente: "El pecado mortal consiste en la absolutización de lo no absolutizable"... Y es esto lo que ha hecho el hombre de hoy: Se ha absolutizado a sí mismo. Se cree por encima de toda realidad, incluso por encima del Dios que lo ha creado y lo ha enriquecido con sus ilimitadas capacidades. Ha dejado de reconocer que todo lo ha recibido de Dios y ha llegado a pensar que todo lo que logra lo hace simplemente porque ha tenido su origen en él mismo... Se ha ensoberbecido y ha pretendido ser el origen de todo lo que hace, que es, realmente, donación divina... Se está llegando al mismo punto al que llegaron los habitantes de Babel, cuando pretendieron que ya habían avanzado tanto que eran capaz de llegar hasta el cielo para destronar al Dios que habitaba en las alturas...
El hombre es un gigante tecnológico, pero un enano espiritual... Lo científico y lo tecnológico lo han obnubilado de tal manera que ha llegado a pensar que ya no es necesario más nada. La única satisfacción estaría, de este modo, en la conquista de nuevas metas tecnológicas para imponerse unas nuevas, y emprender de nuevo su conquista... Esta es la razón de la inexplicable insatisfacción continua del hombre... No se trata de que no haga esas conquistas externas, pues ellas son queridas también por Dios. Para eso le ha dado las capacidades inimaginables que tiene. El problema radica en que esa conquista exterior sobrepasa en mucho la conquista interior. A la par de esos avances debe haber un adentrarse cada vez más en la profundidad del yo, donde se consigue al mismísimo Dios. San Agustín decía: "Dios es más íntimo a mí que yo mismo". Jamás podrá el hombre llegar a Dios como lo pretendían los habitantes de Babel. El rascacielos que debemos construir es el de nuestro interior. A medida que cavemos más y más dentro de nosotros estaremos más cerca de encontrarnos con Dios...
Pero para eso se necesita desmontarse de la peana en la que nos hemos colocado nosotros mismos. Se necesita ser humildes, reconociendo que lo que hemos logrado ha sido gracias a las capacidades que Dios ha colocado en nosotros. Lo comprendió perfectamente el salmista, cuando decía: "No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da la gloria"... Y es la misma actitud que tuvieron aquellos que reconocieron: "Siervos inútiles somos... No hemos hecho más que lo que teníamos que hacer". Si Dios nos ha dado esas capacidades, lo menos que espera es que hagamos lo que a ellas corresponde. No es, por lo tanto, una iniciativa que tiene su origen en nosotros mismos, sino en Dios...
Es la manera de quitar de nuestros ojos y de nuestros corazones el velo que nosotros mismos nos hemos colocado. Es sabernos siempre delante de Dios y enriquecidos por Él. La ciencia no es la negación de Dios, sino que es la manera más "sistematizada" de hacerlo presente en la vida diaria. La inteligencia y la voluntad no nos las ha dado Dios para expulsarlo de nuestras vidas, sino para que en ellas también sepamos siempre descubrirlo y colocarlo en el lugar que a Él le corresponde por derecho. Por no haberlo hecho, nos hemos llenado de soberbia y nos hemos colocado nosotros mismos en el centro, invadiendo un lugar que no nos corresponde y que nos llevará a la ruina total, pues cuando no está Dios, no hay nada... Por muchos avances que logremos...
Tiene muchísimo más sentido saberse "sabios incansables" por la voluntad divina, que por nosotros mismos. La satisfacción que sentiría el hombre por pensar en metas alcanzadas "por virtud propia", jamás tendrá el mismo dulce sabor de aquellas que se piense que se logran por el inmenso amor que Dios ha colocado en cada paso que damos para llegar a ellas... Por eso Dios se goza en la humildad, y la compensa infinitamente... Cada paso que demos tendrá la compensación del amor y de la satisfacción que Dios siente... Colocarse con humildad delante de Él es, con mucho, infinitamente más compensador que quedarse delante del vacío, de la nada... La mayor pobreza del hombre no está en no conquistar la metas, en no progresar, en no dominar lo creado... La más grande pobreza, la más triste, la más destructora, es no tener a quien ofrecer todos los avances infinitos, es sentirse delante de la nada, es arar en el vacío... Y cuando está Dios, da más capacidades, las multiplica y las bendice... Y les da el sentido pleno... Por eso, Jesús agradece al Padre que estas cosas, las de la intimidad, las del corazón, las del amor, las haya revelado a los humildes y sencillos, a los que se han "atrevido" a avanzar en la presencia de Dios todo el camino que han avanzado y le den todo su reconocimiento a Él, y las haya ocultado a los sabios y entendidos, a los que se han ensoberbecido en sí mismos, cerrándose a la compensación máxima, que es la del reconocimiento de la infinita superioridad de Dios y de su amor...
viernes, 4 de octubre de 2013
Quien a ustedes los escucha, a mí me escucha
En los primeros años de la Iglesia, cuando ella se expandía sorprendentemente en medio de las crueles persecuciones a las que eran sometidos los cristianos -o gracias a ellas-, fueron muchos los convertidos por el testimonio valiente que aquellos daban de su fe. Un escritor latino de aquellos primeros años -supongo que después de una meditación profunda sobre la razón por la cual se lograban tantas conversiones, a pesar de la aparente debilidad de aquellos hombres y mujeres que morían a cientos, torturados, masacrados, comidos por bestias, crucificados, decapitados, desollados, quemados... bajo la burla infame de sus asesinos-, el gran Tertuliano, definió al cristiano de una manera magistral: "El cristiano es otro Cristo". ¡Es tremendo esto que dice Tertuliano! Pero, en realidad, no es más que la continuidad de lo mismo que le dice Jesús a los discípulos: "Quien a ustedes los escucha, a mí me escucha; quien a ustedes los rechaza, a mí me rechaza"... Jesús, con sus mismos labios y con su misma voz, le da a sus discípulos, y en ellos a todos nosotros, la tarea más sublime que jamás puede ser pensada para criatura alguna... ¡La de ser Él mismo en el mundo!
Nuestra fe se mueve en la realidad "sacramental". Por ser hombres materiales, por estar basada nuestra existencia en la corporeidad, necesitamos de la expresión material de todo lo que existe para poder "agarrar", comprender y "abarcarlo" todo. Más aún, si esa realidad es la espiritual, que es parte esencial de nuestra existencia como cristianos, de nuestra fe. Nuestra limitación en este campo espiritual es extrema. Somos en esto realmente indigentes. Pero Dios, sabedor perfecto de nuestra condición -¡hemos salido de sus propias manos!-, y amoroso infinitamente en todo lo que respecta al hombre, ha "condescendido" con nosotros, y en su designio amoroso ha establecido que esa realidad espiritual, absolutamente real aunque invisible, se hiciera "evidente" para los hombres que percibimos todo a través de nuestros sentidos, mediante la posibilidad de "hacerla sensible" mediante signos específicos que nos remiten a esa misma realidad espiritual y que la contienen y nos la hacen presente... Esto es lo que llamamos "Sacramento". Nuestra fe se mueve, por lo tanto, en niveles de "sacramentalidad". Nuestra fe es una realidad sacramental.
En ese sentido, Jesús es el primero de todos los sacramentos, pues es quien nos hace evidente y presente a Dios Padre, como Él mismo lo dice: "Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre"... Jesús es "Sacramento del Padre". Es lo que los teólogos llaman "Sacramento original originante", pues es el primero de todos y el que da origen a toda la realidad sacramental que disfrutamos los hombres de la Nueva Alianza... Igualmente, la Iglesia es "Sacramento de Cristo", pues Jesús estableció a su Iglesia para que llevara adelante su obra de salvación a todos los hombres, mediante la presentación que ella hiciera de su Fundador. Tan cierto es esto que Jesús a Pablo, perseguidor implacable de los primeros cristianos, le reprochó: "Pablo, ¿por qué me persigues?" Está claro que cuando Pablo perseguía a la Iglesia, estaba realmente persiguiendo a Cristo. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo también en este sentido... Ella, conformada por los bautizados, contiene como su tesoro más preciado y hace presente en el mundo en todo lugar en el que ella se encuentre, al mismísimo Jesús...
Y, como aterrizaje de esta "sacramentalidad" de nuestra vivencia de fe, está la afirmación de Tertuliano: "El cristiano es otro Cristo"... No porque el mismo cristiano se arrogue tal dignidad, sino porque el mismo Jesús lo afirma: "Quien a ustedes los escuche, a mí me escucha..." El cristiano es sacramento de Cristo. Los cristianos somos presencia de Jesús en el mundo. Jesús se hace presente ante los hombres del mundo en la infinita diversidad de los bautizados. Jesús es europeo, americano, asiático, africano, oceánico. Jesús tiene rasgos dulces o fuertes, ojos negros, marrones o azules, se hace presente en el hombre o la mujer, en la piel blanca, amarilla u oscura... Jesús está en cada uno, y cada uno lo lleva al mundo, a su mundo...
Pero más importante que los diversos rasgos físicos a través de los cuales Jesús se hace presente, están los rasgos espirituales que dejamos que descubran al Jesús que todos llevamos. Poco importa que Jesús tenga los rasgos que tenga... Importa mucho que Jesús se presente a través de las mejores condiciones espirituales al mundo. Nuestra dignidad es infinita, pues Jesús en nosotros, quiere llevar adelante exactamente la misma obra que Él realizó. Desde nosotros Jesús quiere seguir redimiendo a cada hombre y a cada mujer de la historia. Desde nosotros Jesús quiere seguir entregándose como lo hizo en la Cruz, hasta el extremo, para que todos entiendan su amor infinito, sin límites. Desde nosotros Jesús quiere seguir hablando a los hombres del Reino de los Cielos, de la justicia que en el mundo debe vivirse, de la paz que Él quiere infundir en todos los corazones, de la solidaridad que es signo del amor más profundo al prójimo, del perdón que Él ha venido a traer a los hombres y que quiere que se siga dando en los corazones de los que lo acepten... Los cristianos debemos hacer exactamente lo mismo que hizo Jesús. Sólo así seremos creíbles, y más importante aún, sólo así haremos realmente que otros vean a Jesús...
Es de tal trascendencia esta misión de los cristianos en el mundo que, gracias a ella, se cumple aquella palabra de Jesús: "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo". Gracias a ella, los hombres que no conocen a Jesús y que, por descuido, por indiferencia o incluso por oposición, ni siquiera ofrecen asomo de querer hacerlo, sólo podrán tener acceso a Él por lo que nosotros les presentemos. Los cristianos para muchos -¡quizás mejor hacerse consciente de que para todos!- seremos el Evangelio no escrito. En nuestras vidas es donde "leerán", "escucharán", "se enterarán" de quién era Jesús. De lo que nosotros vivamos deberán entender que Jesús los ama inmensamente, que se entregó en la Cruz para poder alcanzar el perdón de todos los delitos que han cometido, que nos llama a todos a vivir como hermanos y a amarnos y perdonarnos sin más, que Jesús los invita a cada uno a ser solidario con los hermanos, particularmente con los que más necesitan, los más sencillos y los más humildes... Los cristianos somos "Evangelio viviente y andante"... A través de nuestra vida, los hermanos escucharán el Sermón de la Montaña, las Bienaventuranzas, la invitación al amor de todos... Somos el Evangelio, la Buena Nueva de Jesús para el mundo.
Es triste que no lo hayamos entendido así aún... Es triste que desechemos esta dignidad infinita con la que nos ha revestido el mismo Jesús a nosotros, ¡la más grande, pues se refiere a la obra por la cual Él dejó su gloria entre paréntesis para alcanzar la salvación a cada hombre y a cada mujer con los que nos cruzamos en el camino!
Si nos decidimos y asumimos con responsabilidad nuestra altísima dignidad, Cristo estará recorriendo nuevamente todos los caminos, como recorrió las estrechas calles de Jerusalén, como se llenó del polvo de camino en los desiertos que recorrió, como bogó el mar en las barcas de los apóstoles... Caminará por las calles hacia tu trabajo, se subirá en el ascensor en el que vas al piso en el que vives o trabajas, se bajará en el automercado en el que entrarás a comprar, irá a visitar a tu amigo enfermo o preso, irá al consultorio a que lo vea tu médico, entrará en el estadio a ver el juego de tu equipo, se bañará en la piscina o la playa a las que vayas, irá a la peluquería donde te arreglan el cabello... Porque "el cristiano es otro Cristo". Porque tú lo haces presente en todo lo tuyo. Porque Él quiere seguir amando y salvando al mundo, a cada hombre y a cada mujer desde ti...
Nuestra fe se mueve en la realidad "sacramental". Por ser hombres materiales, por estar basada nuestra existencia en la corporeidad, necesitamos de la expresión material de todo lo que existe para poder "agarrar", comprender y "abarcarlo" todo. Más aún, si esa realidad es la espiritual, que es parte esencial de nuestra existencia como cristianos, de nuestra fe. Nuestra limitación en este campo espiritual es extrema. Somos en esto realmente indigentes. Pero Dios, sabedor perfecto de nuestra condición -¡hemos salido de sus propias manos!-, y amoroso infinitamente en todo lo que respecta al hombre, ha "condescendido" con nosotros, y en su designio amoroso ha establecido que esa realidad espiritual, absolutamente real aunque invisible, se hiciera "evidente" para los hombres que percibimos todo a través de nuestros sentidos, mediante la posibilidad de "hacerla sensible" mediante signos específicos que nos remiten a esa misma realidad espiritual y que la contienen y nos la hacen presente... Esto es lo que llamamos "Sacramento". Nuestra fe se mueve, por lo tanto, en niveles de "sacramentalidad". Nuestra fe es una realidad sacramental.
En ese sentido, Jesús es el primero de todos los sacramentos, pues es quien nos hace evidente y presente a Dios Padre, como Él mismo lo dice: "Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre"... Jesús es "Sacramento del Padre". Es lo que los teólogos llaman "Sacramento original originante", pues es el primero de todos y el que da origen a toda la realidad sacramental que disfrutamos los hombres de la Nueva Alianza... Igualmente, la Iglesia es "Sacramento de Cristo", pues Jesús estableció a su Iglesia para que llevara adelante su obra de salvación a todos los hombres, mediante la presentación que ella hiciera de su Fundador. Tan cierto es esto que Jesús a Pablo, perseguidor implacable de los primeros cristianos, le reprochó: "Pablo, ¿por qué me persigues?" Está claro que cuando Pablo perseguía a la Iglesia, estaba realmente persiguiendo a Cristo. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo también en este sentido... Ella, conformada por los bautizados, contiene como su tesoro más preciado y hace presente en el mundo en todo lugar en el que ella se encuentre, al mismísimo Jesús...
Y, como aterrizaje de esta "sacramentalidad" de nuestra vivencia de fe, está la afirmación de Tertuliano: "El cristiano es otro Cristo"... No porque el mismo cristiano se arrogue tal dignidad, sino porque el mismo Jesús lo afirma: "Quien a ustedes los escuche, a mí me escucha..." El cristiano es sacramento de Cristo. Los cristianos somos presencia de Jesús en el mundo. Jesús se hace presente ante los hombres del mundo en la infinita diversidad de los bautizados. Jesús es europeo, americano, asiático, africano, oceánico. Jesús tiene rasgos dulces o fuertes, ojos negros, marrones o azules, se hace presente en el hombre o la mujer, en la piel blanca, amarilla u oscura... Jesús está en cada uno, y cada uno lo lleva al mundo, a su mundo...
Pero más importante que los diversos rasgos físicos a través de los cuales Jesús se hace presente, están los rasgos espirituales que dejamos que descubran al Jesús que todos llevamos. Poco importa que Jesús tenga los rasgos que tenga... Importa mucho que Jesús se presente a través de las mejores condiciones espirituales al mundo. Nuestra dignidad es infinita, pues Jesús en nosotros, quiere llevar adelante exactamente la misma obra que Él realizó. Desde nosotros Jesús quiere seguir redimiendo a cada hombre y a cada mujer de la historia. Desde nosotros Jesús quiere seguir entregándose como lo hizo en la Cruz, hasta el extremo, para que todos entiendan su amor infinito, sin límites. Desde nosotros Jesús quiere seguir hablando a los hombres del Reino de los Cielos, de la justicia que en el mundo debe vivirse, de la paz que Él quiere infundir en todos los corazones, de la solidaridad que es signo del amor más profundo al prójimo, del perdón que Él ha venido a traer a los hombres y que quiere que se siga dando en los corazones de los que lo acepten... Los cristianos debemos hacer exactamente lo mismo que hizo Jesús. Sólo así seremos creíbles, y más importante aún, sólo así haremos realmente que otros vean a Jesús...
Es de tal trascendencia esta misión de los cristianos en el mundo que, gracias a ella, se cumple aquella palabra de Jesús: "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo". Gracias a ella, los hombres que no conocen a Jesús y que, por descuido, por indiferencia o incluso por oposición, ni siquiera ofrecen asomo de querer hacerlo, sólo podrán tener acceso a Él por lo que nosotros les presentemos. Los cristianos para muchos -¡quizás mejor hacerse consciente de que para todos!- seremos el Evangelio no escrito. En nuestras vidas es donde "leerán", "escucharán", "se enterarán" de quién era Jesús. De lo que nosotros vivamos deberán entender que Jesús los ama inmensamente, que se entregó en la Cruz para poder alcanzar el perdón de todos los delitos que han cometido, que nos llama a todos a vivir como hermanos y a amarnos y perdonarnos sin más, que Jesús los invita a cada uno a ser solidario con los hermanos, particularmente con los que más necesitan, los más sencillos y los más humildes... Los cristianos somos "Evangelio viviente y andante"... A través de nuestra vida, los hermanos escucharán el Sermón de la Montaña, las Bienaventuranzas, la invitación al amor de todos... Somos el Evangelio, la Buena Nueva de Jesús para el mundo.
Es triste que no lo hayamos entendido así aún... Es triste que desechemos esta dignidad infinita con la que nos ha revestido el mismo Jesús a nosotros, ¡la más grande, pues se refiere a la obra por la cual Él dejó su gloria entre paréntesis para alcanzar la salvación a cada hombre y a cada mujer con los que nos cruzamos en el camino!
Si nos decidimos y asumimos con responsabilidad nuestra altísima dignidad, Cristo estará recorriendo nuevamente todos los caminos, como recorrió las estrechas calles de Jerusalén, como se llenó del polvo de camino en los desiertos que recorrió, como bogó el mar en las barcas de los apóstoles... Caminará por las calles hacia tu trabajo, se subirá en el ascensor en el que vas al piso en el que vives o trabajas, se bajará en el automercado en el que entrarás a comprar, irá a visitar a tu amigo enfermo o preso, irá al consultorio a que lo vea tu médico, entrará en el estadio a ver el juego de tu equipo, se bañará en la piscina o la playa a las que vayas, irá a la peluquería donde te arreglan el cabello... Porque "el cristiano es otro Cristo". Porque tú lo haces presente en todo lo tuyo. Porque Él quiere seguir amando y salvando al mundo, a cada hombre y a cada mujer desde ti...
jueves, 3 de octubre de 2013
No estén tristes, pues el gozo en el Señor es la fortaleza de ustedes...
Cuando Israel logró reentrar en Jerusalén, y Nehemías, como gobernador había logrado la restauración, todos los del pueblo vivían con orgullo la seguridad de la presencia de Dios. Ese Dios que los había elegido no los había abandonado, a pesar de las infidelidades que habían cometido. Incluso en la deportación dolorosa que habían sufrido, viviendo desterrados de la Ciudad Santa y habiendo sido destruido su Templo, bastión de su orgullo como nación perteneciente y favorecida por Dios, el mismo Dios les había demostrado que seguía con ellos. No podía Él desdecirse a sí mismo, y por eso mantenía su fidelidad incólume hacia su pueblo...
Llegó el momento no sólo de retomar la tierra, sino de reemprender el camino espiritual. Israel, a fuerza de estar desperdigado, de no vivir la unidad sólida que le daba estar todos asentados en un mismo lugar, de haber sido "conquistados" por paganos y desterrados a lugares en los que se adoraba a miles de ídolos diversos como si fueran los dioses absolutos, había también perdido el norte de su vida religiosa. Yahvé prácticamente había desaparecido de sus corazones, de sus rituales, de su adoración. Sólo un pequeño resto -"el Resto de Israel", fue llamado-, mantuvo su fidelidad inmutable al Dios que los había convocado como pueblo. Haber perdido sus tierras no sólo fue una pérdida material, sino que fue, trágica y dolorosamente, también una pérdida espiritual. La restauración que se emprendió tenía que ser, por lo tanto, no sólo de la infraestructura -casas, mercados, calles, templo-, sino que había que realizar una más profunda, más significativa, más identificadora, que era la restauración espiritual del pueblo...
La voz cantante de esta restauración, animado y apoyado por el gobernador Nehemías, la llevó el sacerdote Esdras. En la pérdida de la Ciudad Santa se había perdido todo, hasta los Libros de la Ley. Y en la restauración fue momento importantísimo el "redescubrimiento" de estos libros sagrados que daban detalles sobre al elección de Israel como pueblo de exclusiva propiedad de Yahvé, que narraban las vicisitudes por las cuales había pasado Israel en toda su historia previa -desierto, hambre, llegada a Egipto, esclavitud, liberación portentosa, de nuevo desierto y, finalmente, llegada a la Tierra Prometida "que manaba leche y miel"-, y que dictaban y sistematizaban la vida religiosa del pueblo. Para la inmensa mayoría de los israelitas que había sufrido el destierro, esto ya no era conocido. Sólo el "Resto de Israel" lo mantenía en la memoria y en el corazón. Pero en general, esta memoria no existía y, por ende, el "orgullo" de ser pueblo de Dios, nación consagrada a Dios, estaba totalmente desaparecido.
Cuando Esdras y los levitas dedicaron prácticamente un día completo a la lectura y explicación del Libro de la Ley a los israelitas que habían retomado y reconstruido la Ciudad Santa, el pueblo entero se encontró de frente con el reproche de sus mismas conciencias por haber abandonado a ese Dios que describía el Libro sagrado. Ese Dios había realizado verdaderas maravillas en su favor, con las cuales les manifestaba y confesaba ardientemente su inmenso amor por ellos, y ellos le habían respondido olvidándolo y sirviéndole a otros dioses paganos... El dolor de Israel fue inmenso. El llanto fue general. Israel se sentía traidor de ese Dios que sólo había demostrado por ellos infinita fidelidad, en medio incluso de los actos de infidelidad y rebeldía que en su misma presencia habían realizado, pero ante los cuales Dios se mantuvo obstinadamente fiel, pues su amor era mucho mayor que las infidelidades de Israel...
Nehemías, Esdras y los levitas reprendieron al pueblo... Ese era un día de gozo, no de luto. Israel se había encontrado de nuevo con el Dios que les había demostrado su amor, su misericordia, su fidelidad, su favor. Ese Dios que describían los Libros de la Ley era el mismo que los había sostenido incluso en el dolor de la deportación, el mismo que había movido el corazón de Ciro, Rey de Persia, para permitirles volver a la reconstrucción de Jerusalén y del Templo Santo, el mismo que ahora les había hecho redescubrir su Palabra y hacía posible que el pueblo tuviera de nuevo conciencia de su historia maravillosa de amor y providencia... No había razón para el luto. Sólo para un arrepentimiento que desembocara en el reencuentro gozoso del infiel con el eternamente fiel. Si Dios los había hecho llegar a este punto no era para reprocharles eternamente su infidelidad, sino para acogerlos de nuevo, abiertos los brazos, para seguirle demostrando su amor, su perdón, su misericordia...
Ese es el Dios de Israel. Y ese es el Dios que hace presente también Jesús a los hombres de hoy... Somos ese nuevo Israel, que a fuerza de vivir "desterrados" de nuestra santidad, de nuestra inocencia, que a fuerza de haber sido invadidos por ídolos a los cuales estamos sirviendo, hemos abandonado al único y verdadero Dios de amor. A pesar de las demostraciones ostensibles de poder que hacen esos ídolos, el realmente poderoso es nuestro Dios único. Su poder más grande es el del amor que lo hace mantener los brazos abiertos para recibirnos, que lo hace esperar pacientemente a la vera del camino, como el padre del hijo pródigo, nuestro regreso. Cuando los hombres descubrimos la desgracia de haber estado alejados de ese amor infinito, que es la mayor riqueza que jamás podremos imaginar tener, viviremos también las ansias de poseerlo nuevamente. Y será necesario, también, llorar nuestra infidelidad, dolernos de haber abandonado al Dios amor, misericordia y providencia infinitos. Pero jamás deberemos quedarnos en el llanto eterno. En Dios, incluso el dolor por los pecados cometidos significa gozo, pues es el primer paso para abrazarse con ternura a su perdón. Arrepentirse de lo oscuro que hemos vivido es simultáneamente acercarnos a la Luz del perdón y de la Misericordia. Nunca la vida del cristiano puede quedar sumida en la penumbra, en el dolor, en el abismo, en la muerte... Su final siempre será de luz, de altura, de felicidad, de vida... Por eso, jamás debemos dar puesto fijo a la tristeza...
Los cristianos somos los hombres de la felicidad, de la alegría. No es comprensible un cristiano con "cara larga", si "el gozo del Señor es nuestra fortaleza". ¿Alguien en sus cinco sentidos podrá negar que Dios es más fuerte que todo lo que puede dañar al hombre? ¡Y esa fortaleza de Dios es nuestra! ¡Y es nuestra porque Él mismo ha querido dárnosla! Jesús en la Cruz, aparentando ser la criatura más débil en aquel terrible momento, seguía siendo Dios. Fue el más poderoso contrincante que tuvo la muerte, el pecado, el demonio. Muriendo no demostró en absoluto ninguna debilidad. Al contrario, al morir, con Él murió la misma muerte, y por ello la venció contundentemente. La muerte quedó en el sepulcro y Él resurgió victorioso. Y su victoria es la nuestra. El gozo de la nueva vida nos lo regaló a cada uno de nosotros. Y por eso, ese gozo en el Jesús resucitado es nuestra fortaleza...
No nos quedemos sólo con el Jesús inerme en la Cruz. Es cierto que ese es el altar de su victoria. Pero miremos más adelante, al Jesús resurgiendo del sepulcro, lleno de luz, victorioso. Él nos ha llevado con Él a la Cruz, para vencer nuestro pecado. Pero, más importante aún, nos ha sacado de la oscuridad del sepulcro en el que Él se ocultó voluntariamente, para elevarnos al sol de su amor, de su redención, de su victoria. No demos cabida jamás a la tristeza destructora. Incluso en los momentos duros de nuestra vida, que seguramente serán muchos y dolorosos, tengamos siempre presente que más sentido tiene el gozo en el Señor resucitado, que pasó por todo porque nos ama, y que jamás dejará de estar a nuestro lado para recordárnoslo. No perdamos esa riqueza inmensa que está ante nuestros ojos, quedándonos mirando las minucias que ante ella, grande y esplendorosa, representan el dolor y el pesar...
Llegó el momento no sólo de retomar la tierra, sino de reemprender el camino espiritual. Israel, a fuerza de estar desperdigado, de no vivir la unidad sólida que le daba estar todos asentados en un mismo lugar, de haber sido "conquistados" por paganos y desterrados a lugares en los que se adoraba a miles de ídolos diversos como si fueran los dioses absolutos, había también perdido el norte de su vida religiosa. Yahvé prácticamente había desaparecido de sus corazones, de sus rituales, de su adoración. Sólo un pequeño resto -"el Resto de Israel", fue llamado-, mantuvo su fidelidad inmutable al Dios que los había convocado como pueblo. Haber perdido sus tierras no sólo fue una pérdida material, sino que fue, trágica y dolorosamente, también una pérdida espiritual. La restauración que se emprendió tenía que ser, por lo tanto, no sólo de la infraestructura -casas, mercados, calles, templo-, sino que había que realizar una más profunda, más significativa, más identificadora, que era la restauración espiritual del pueblo...
La voz cantante de esta restauración, animado y apoyado por el gobernador Nehemías, la llevó el sacerdote Esdras. En la pérdida de la Ciudad Santa se había perdido todo, hasta los Libros de la Ley. Y en la restauración fue momento importantísimo el "redescubrimiento" de estos libros sagrados que daban detalles sobre al elección de Israel como pueblo de exclusiva propiedad de Yahvé, que narraban las vicisitudes por las cuales había pasado Israel en toda su historia previa -desierto, hambre, llegada a Egipto, esclavitud, liberación portentosa, de nuevo desierto y, finalmente, llegada a la Tierra Prometida "que manaba leche y miel"-, y que dictaban y sistematizaban la vida religiosa del pueblo. Para la inmensa mayoría de los israelitas que había sufrido el destierro, esto ya no era conocido. Sólo el "Resto de Israel" lo mantenía en la memoria y en el corazón. Pero en general, esta memoria no existía y, por ende, el "orgullo" de ser pueblo de Dios, nación consagrada a Dios, estaba totalmente desaparecido.
Cuando Esdras y los levitas dedicaron prácticamente un día completo a la lectura y explicación del Libro de la Ley a los israelitas que habían retomado y reconstruido la Ciudad Santa, el pueblo entero se encontró de frente con el reproche de sus mismas conciencias por haber abandonado a ese Dios que describía el Libro sagrado. Ese Dios había realizado verdaderas maravillas en su favor, con las cuales les manifestaba y confesaba ardientemente su inmenso amor por ellos, y ellos le habían respondido olvidándolo y sirviéndole a otros dioses paganos... El dolor de Israel fue inmenso. El llanto fue general. Israel se sentía traidor de ese Dios que sólo había demostrado por ellos infinita fidelidad, en medio incluso de los actos de infidelidad y rebeldía que en su misma presencia habían realizado, pero ante los cuales Dios se mantuvo obstinadamente fiel, pues su amor era mucho mayor que las infidelidades de Israel...
Nehemías, Esdras y los levitas reprendieron al pueblo... Ese era un día de gozo, no de luto. Israel se había encontrado de nuevo con el Dios que les había demostrado su amor, su misericordia, su fidelidad, su favor. Ese Dios que describían los Libros de la Ley era el mismo que los había sostenido incluso en el dolor de la deportación, el mismo que había movido el corazón de Ciro, Rey de Persia, para permitirles volver a la reconstrucción de Jerusalén y del Templo Santo, el mismo que ahora les había hecho redescubrir su Palabra y hacía posible que el pueblo tuviera de nuevo conciencia de su historia maravillosa de amor y providencia... No había razón para el luto. Sólo para un arrepentimiento que desembocara en el reencuentro gozoso del infiel con el eternamente fiel. Si Dios los había hecho llegar a este punto no era para reprocharles eternamente su infidelidad, sino para acogerlos de nuevo, abiertos los brazos, para seguirle demostrando su amor, su perdón, su misericordia...
Ese es el Dios de Israel. Y ese es el Dios que hace presente también Jesús a los hombres de hoy... Somos ese nuevo Israel, que a fuerza de vivir "desterrados" de nuestra santidad, de nuestra inocencia, que a fuerza de haber sido invadidos por ídolos a los cuales estamos sirviendo, hemos abandonado al único y verdadero Dios de amor. A pesar de las demostraciones ostensibles de poder que hacen esos ídolos, el realmente poderoso es nuestro Dios único. Su poder más grande es el del amor que lo hace mantener los brazos abiertos para recibirnos, que lo hace esperar pacientemente a la vera del camino, como el padre del hijo pródigo, nuestro regreso. Cuando los hombres descubrimos la desgracia de haber estado alejados de ese amor infinito, que es la mayor riqueza que jamás podremos imaginar tener, viviremos también las ansias de poseerlo nuevamente. Y será necesario, también, llorar nuestra infidelidad, dolernos de haber abandonado al Dios amor, misericordia y providencia infinitos. Pero jamás deberemos quedarnos en el llanto eterno. En Dios, incluso el dolor por los pecados cometidos significa gozo, pues es el primer paso para abrazarse con ternura a su perdón. Arrepentirse de lo oscuro que hemos vivido es simultáneamente acercarnos a la Luz del perdón y de la Misericordia. Nunca la vida del cristiano puede quedar sumida en la penumbra, en el dolor, en el abismo, en la muerte... Su final siempre será de luz, de altura, de felicidad, de vida... Por eso, jamás debemos dar puesto fijo a la tristeza...
Los cristianos somos los hombres de la felicidad, de la alegría. No es comprensible un cristiano con "cara larga", si "el gozo del Señor es nuestra fortaleza". ¿Alguien en sus cinco sentidos podrá negar que Dios es más fuerte que todo lo que puede dañar al hombre? ¡Y esa fortaleza de Dios es nuestra! ¡Y es nuestra porque Él mismo ha querido dárnosla! Jesús en la Cruz, aparentando ser la criatura más débil en aquel terrible momento, seguía siendo Dios. Fue el más poderoso contrincante que tuvo la muerte, el pecado, el demonio. Muriendo no demostró en absoluto ninguna debilidad. Al contrario, al morir, con Él murió la misma muerte, y por ello la venció contundentemente. La muerte quedó en el sepulcro y Él resurgió victorioso. Y su victoria es la nuestra. El gozo de la nueva vida nos lo regaló a cada uno de nosotros. Y por eso, ese gozo en el Jesús resucitado es nuestra fortaleza...
No nos quedemos sólo con el Jesús inerme en la Cruz. Es cierto que ese es el altar de su victoria. Pero miremos más adelante, al Jesús resurgiendo del sepulcro, lleno de luz, victorioso. Él nos ha llevado con Él a la Cruz, para vencer nuestro pecado. Pero, más importante aún, nos ha sacado de la oscuridad del sepulcro en el que Él se ocultó voluntariamente, para elevarnos al sol de su amor, de su redención, de su victoria. No demos cabida jamás a la tristeza destructora. Incluso en los momentos duros de nuestra vida, que seguramente serán muchos y dolorosos, tengamos siempre presente que más sentido tiene el gozo en el Señor resucitado, que pasó por todo porque nos ama, y que jamás dejará de estar a nuestro lado para recordárnoslo. No perdamos esa riqueza inmensa que está ante nuestros ojos, quedándonos mirando las minucias que ante ella, grande y esplendorosa, representan el dolor y el pesar...
miércoles, 2 de octubre de 2013
A sus ángeles ha dado órdenes para que te protejan...
Uno de los recuerdos más bellos que tengo de mi infancia es cuando nos acostaban a dormir nuestros padres. No por lo que representaba el descanso, sino por lo que yo hacía, en mi inocencia y mi hermosa ingenuidad, lamentablemente muy lejanas... Al acostarme, yo trataba de acomodarme bien a un lado de la cama, dejando casi la mitad de ella para que allí se pudiera también acomodar mi Ángel de la Guarda. Mis padres nos habían enseñado su existencia. Muy interesado escuchaba de ellos lo que significaba el Ángel de la Guarda para el hombre... Era como el amigo invisible que jamás nos dejaba solos, que nos protegía de todo peligro, que nos inspiraba las cosas buenas y nos hacía desistir de las malas, que se sentía feliz cuando hacíamos las cosas buenas, y se ponía muy triste cuando lo que hacíamos era malo. Recuerdo a mi mamá diciéndome: "No hagas llorar a tu Ángel de la Guarda". En fin, era un compañero de camino continuo con el cual podía contar sin ninguna duda... Con esa idea se desarrolló siempre mi vida en mis primeros años. Yo tenía a mi Ángel de la Guarda. Yo contaba con él, y pensaba siempre que él estaba conmigo. Y lo más importante, era el que me había regalado Dios apenas fui concebido...
Cuando crecí, no por oponerme sino por indiferencia, esta idea tan hermosa se fue difuminando en mi mente. No es que empezara a "ser malo" o a comportarme mal, sino que lentamente fue ocultándose. Quizá alguna vez haya pensado que aquello era simplemente "cosas de niños", y que ya yo estaba "grande" para seguir pensando en esas infantiladas... Y el "ser maduro", para mi desgracia, me robó la inocencia y la sana ingenuidad de contar con mi Ángel de la Guarda... Me duele muchísimo haberlo perdido en esos tiempos, pues quizá por no contar con mi Ángel de la Guarda perdí muchísimas riquezas que él mismo me estaba presentando y me sucedieron cosas que su presencia consciente me hubiera ahorrado.
Al andar el tiempo, empecé a tener contacto con la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos y con su Fundador, el Beato Manuel Domingo y Sol. Cuando leí su historia, se hizo de nuevo presente la figura del Ángel de la Guarda. Y vino como un relámpago, como un rayo de luz esplendoroso. En la enseñanza de Mosén Sol parte importante era la doctrina sobre el Ángel de la Guarda de cada hombre y de cada mujer. Me pareció estar de nuevo en mi bella infancia, escuchando otra vez a mis padres hablándome de la necesidad de tener en cuenta al Ángel de la Guarda, de contar con él para todo lo que hagamos, de confiar cuando sentimos que nos sugiere un camino, o una decisión, o nos previene de algo malo; de hacerme consciente de que está siempre ahí, pues es la orden que Dios mismo le ha dado, y no puede él oponerse a su esencia... Mosén Sol enseñaba que hasta la nación tiene su Ángel de la Guarda. Él, español, le pedía a la gente que orara al Ángel de la Guarda de España por el país, que lo protegiera, que lo inspirara y lo llevara por los caminos del progreso, de la paz, de la justicia...
En mis conversaciones con el P. Cesáreo Gil, fiel discípulo del Beato Mosén Sol, tuve de nuevo un refrescamiento de esta vivencia. Y la fui asumiendo de nuevo, feliz por recuperar esta riqueza de la espiritualidad cristiana, ya no con la "inmadurez" del niño, sino con la "madurez" de quien discierne y sopesa bien las enseñanzas de nuestra fe. El Ángel de la Guarda no es un capricho de la Iglesia, una enseñanza absurda para engañar incautos. Está en plena correspondencia con lo que nos ha revelado el mismísimo Dios en su Palabra. El salmista nos dice: "El Señor a sus ángeles ha dado órdenes para que te protejan dondequiera que vayas". El mismo Jesús afirma: "Sus ángeles (los de los niños), en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo". ¿Es que acaso alguien que acepte a Dios como el Dios amoroso y bueno, el que nos ama infinitamente, el que se entrega radicalmente por nosotros, el que quiere siempre nuestro bien, podría al mismo tiempo querer engañarnos con cuenticos infantiles? Radicalmente no...Cuando Dios, por tanto, nos dice de la existencia de este "mundo espiritual" en el que hay arcángeles, tronos, dominaciones, potestades, ángeles, serafines, querubines..., este mundo existe realmente. Es parte de nuestra confesión de fe. La existencia de la creación del mundo espiritual fue declarada como doctrina firme de la Iglesia en el Concilio de Trento, como reacción a la pretensión de algunos de menospreciar e incluso negar su existencia...
En mi experiencia personal de esta creencia que, repito, ha sido muy bien sopesada y discernida, basado en la confianza firme en lo que Dios, que es Amor, enseña y en lo que nos regala a los hombres, he tenido experiencias interesantísimas alrededor de los Ángeles de la Guarda. Por supuesto, en lo personal, cada mañana me encomiendo a mi Ángel de la Guarda, el que me regaló Dios para mí, para que me proteja, me guíe, me ilumine, me inspire lo bueno, me haga desistir de lo malo... Y puedo decir, con absoluta certeza, que he sentido este apoyo, aunque no siempre, para mi pesar, le he sido fiel... Pero más interesante aún es lo que ha sucedido con algunas personas que se me han acercado para plantearme dificultades y consultarme sobre cómo enfrentar una conversación con alguien con el que ha habido problemas o desencuentros. O sobre cómo plantear un tema que puede crear conflictos importantes con alguien con el que se tiene que hablar... Yo les he recomendado que, antes de la conversación, oren a su Ángel de la Guarda. Y que le pidan al Ángel de la Guarda propio y al de la persona con la que se va a hablar, que conversen entre ellos primero y busquen caminos de encuentro y de concordia que puedan sugerir a sus protegidos en la conversación que vayan a desarrollar... Y sorprendentemente, cuando lo hacen, han logrado resultados increíbles. Parece un cuento de niños o de hadas, pero es la absoluta verdad. Tan verdad es, como que yo mismo he probado el método y me ha resultado de maravillas...
¡Cuánto hemos perdido los hombres al no promover en nosotros una espiritualidad que nos una más a nuestras Ángeles de la Guarda! ¡Cuántos problemas nos habríamos ahorrado si hubiéramos hecho más presente al Ángel de la Guarda en nuestras vidas! Es un regalo que Dios nos ha dado, pero que lamentablemente lo tenemos olvidado, escondido, abandonado en una gaveta de nuestro espíritu... Por no creer en ese mundo espiritual, que existe verdaderamente y está ahí, aunque no lo veamos, hemos también dejado de creer en el demonio, como ángel que se rebeló a Dios y nos empuja a hacer lo mismo. ¡Cuántas desgracias no se habrán producido en el mundo por dejar que el demonio vaya a sus anchas! ¡En cuántas trampas habremos caído por no estar vigilantes ante sus argucias trágicas!
Aceptemos la invitación de Dios a abrir nuestro corazón a la presencia de los ángeles que Él nos ha regalado para ser nuestros guías y protectores. Despojémonos de la idea de que "son cosas de niños", y de que "ya estamos creciditos para creer en esas tonterías", y más bien volvamos a nuestra infancia espiritual, a nuestra sana ingenuidad, confiando nuestra vida a la protección que los ángeles enviados por Dios nos ofrecen, en obediencia plena a su mandato...
Yo, por mi parte, tengo la tentación de empezar de nuevo a dejar un espacio en mi cama para que mi Ángel de la Guarda pueda dormir cómodo a mi lado... Y creo que no lucharé mucho para "no caer en la tentación"...
Cuando crecí, no por oponerme sino por indiferencia, esta idea tan hermosa se fue difuminando en mi mente. No es que empezara a "ser malo" o a comportarme mal, sino que lentamente fue ocultándose. Quizá alguna vez haya pensado que aquello era simplemente "cosas de niños", y que ya yo estaba "grande" para seguir pensando en esas infantiladas... Y el "ser maduro", para mi desgracia, me robó la inocencia y la sana ingenuidad de contar con mi Ángel de la Guarda... Me duele muchísimo haberlo perdido en esos tiempos, pues quizá por no contar con mi Ángel de la Guarda perdí muchísimas riquezas que él mismo me estaba presentando y me sucedieron cosas que su presencia consciente me hubiera ahorrado.
Al andar el tiempo, empecé a tener contacto con la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos y con su Fundador, el Beato Manuel Domingo y Sol. Cuando leí su historia, se hizo de nuevo presente la figura del Ángel de la Guarda. Y vino como un relámpago, como un rayo de luz esplendoroso. En la enseñanza de Mosén Sol parte importante era la doctrina sobre el Ángel de la Guarda de cada hombre y de cada mujer. Me pareció estar de nuevo en mi bella infancia, escuchando otra vez a mis padres hablándome de la necesidad de tener en cuenta al Ángel de la Guarda, de contar con él para todo lo que hagamos, de confiar cuando sentimos que nos sugiere un camino, o una decisión, o nos previene de algo malo; de hacerme consciente de que está siempre ahí, pues es la orden que Dios mismo le ha dado, y no puede él oponerse a su esencia... Mosén Sol enseñaba que hasta la nación tiene su Ángel de la Guarda. Él, español, le pedía a la gente que orara al Ángel de la Guarda de España por el país, que lo protegiera, que lo inspirara y lo llevara por los caminos del progreso, de la paz, de la justicia...
En mis conversaciones con el P. Cesáreo Gil, fiel discípulo del Beato Mosén Sol, tuve de nuevo un refrescamiento de esta vivencia. Y la fui asumiendo de nuevo, feliz por recuperar esta riqueza de la espiritualidad cristiana, ya no con la "inmadurez" del niño, sino con la "madurez" de quien discierne y sopesa bien las enseñanzas de nuestra fe. El Ángel de la Guarda no es un capricho de la Iglesia, una enseñanza absurda para engañar incautos. Está en plena correspondencia con lo que nos ha revelado el mismísimo Dios en su Palabra. El salmista nos dice: "El Señor a sus ángeles ha dado órdenes para que te protejan dondequiera que vayas". El mismo Jesús afirma: "Sus ángeles (los de los niños), en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo". ¿Es que acaso alguien que acepte a Dios como el Dios amoroso y bueno, el que nos ama infinitamente, el que se entrega radicalmente por nosotros, el que quiere siempre nuestro bien, podría al mismo tiempo querer engañarnos con cuenticos infantiles? Radicalmente no...Cuando Dios, por tanto, nos dice de la existencia de este "mundo espiritual" en el que hay arcángeles, tronos, dominaciones, potestades, ángeles, serafines, querubines..., este mundo existe realmente. Es parte de nuestra confesión de fe. La existencia de la creación del mundo espiritual fue declarada como doctrina firme de la Iglesia en el Concilio de Trento, como reacción a la pretensión de algunos de menospreciar e incluso negar su existencia...
En mi experiencia personal de esta creencia que, repito, ha sido muy bien sopesada y discernida, basado en la confianza firme en lo que Dios, que es Amor, enseña y en lo que nos regala a los hombres, he tenido experiencias interesantísimas alrededor de los Ángeles de la Guarda. Por supuesto, en lo personal, cada mañana me encomiendo a mi Ángel de la Guarda, el que me regaló Dios para mí, para que me proteja, me guíe, me ilumine, me inspire lo bueno, me haga desistir de lo malo... Y puedo decir, con absoluta certeza, que he sentido este apoyo, aunque no siempre, para mi pesar, le he sido fiel... Pero más interesante aún es lo que ha sucedido con algunas personas que se me han acercado para plantearme dificultades y consultarme sobre cómo enfrentar una conversación con alguien con el que ha habido problemas o desencuentros. O sobre cómo plantear un tema que puede crear conflictos importantes con alguien con el que se tiene que hablar... Yo les he recomendado que, antes de la conversación, oren a su Ángel de la Guarda. Y que le pidan al Ángel de la Guarda propio y al de la persona con la que se va a hablar, que conversen entre ellos primero y busquen caminos de encuentro y de concordia que puedan sugerir a sus protegidos en la conversación que vayan a desarrollar... Y sorprendentemente, cuando lo hacen, han logrado resultados increíbles. Parece un cuento de niños o de hadas, pero es la absoluta verdad. Tan verdad es, como que yo mismo he probado el método y me ha resultado de maravillas...
¡Cuánto hemos perdido los hombres al no promover en nosotros una espiritualidad que nos una más a nuestras Ángeles de la Guarda! ¡Cuántos problemas nos habríamos ahorrado si hubiéramos hecho más presente al Ángel de la Guarda en nuestras vidas! Es un regalo que Dios nos ha dado, pero que lamentablemente lo tenemos olvidado, escondido, abandonado en una gaveta de nuestro espíritu... Por no creer en ese mundo espiritual, que existe verdaderamente y está ahí, aunque no lo veamos, hemos también dejado de creer en el demonio, como ángel que se rebeló a Dios y nos empuja a hacer lo mismo. ¡Cuántas desgracias no se habrán producido en el mundo por dejar que el demonio vaya a sus anchas! ¡En cuántas trampas habremos caído por no estar vigilantes ante sus argucias trágicas!
Aceptemos la invitación de Dios a abrir nuestro corazón a la presencia de los ángeles que Él nos ha regalado para ser nuestros guías y protectores. Despojémonos de la idea de que "son cosas de niños", y de que "ya estamos creciditos para creer en esas tonterías", y más bien volvamos a nuestra infancia espiritual, a nuestra sana ingenuidad, confiando nuestra vida a la protección que los ángeles enviados por Dios nos ofrecen, en obediencia plena a su mandato...
Yo, por mi parte, tengo la tentación de empezar de nuevo a dejar un espacio en mi cama para que mi Ángel de la Guarda pueda dormir cómodo a mi lado... Y creo que no lucharé mucho para "no caer en la tentación"...
martes, 1 de octubre de 2013
Hemos oído que Dios está con ustedes...
El Profeta Zacarías pertenece al tiempo posterior a la deportación y desarrolla su labor de anuncio durante la restauración de la Ciudad Santa, Jerusalén. Su voz es, por tanto, voz de consolación y de ánimos, voz de invitación al gozo por sentir la presencia de Dios en la historia de Israel, quien lo ha conducido por sendas quizás tortuosas, pero que tienen como meta la posesión de nuevo de aquella tierra prometida desde la elección de Abraham...
En la profecía de Zacarías, que significa "Dios se acuerda", hay una constante referencia a esa preferencia de Dios por su pueblo elegido, una intención muy clara de anunciar un futuro de paz absoluta, el anuncio de aquel personaje futuro que logrará la restauración definitiva de la condición de primacía de Israel sobre todos los demás pueblos. No se ahorra nada Zacarías para anunciar un futuro de felicidad, de bienestar total, de alcance del favor de Dios...Tanto, que ese buen tiempo que vivirá Israel será un reclamo para todos los demás pueblos que rodean a Israel para querer acercarse al Dios poderoso que ha favorecido tanto a su pueblo... "En aquellos días, diez hombres de cada lengua extranjera agarrarán a un judío por la orla del manto y le dirán: "Vamos con ustedes, pues hemos oído que Dios está con ustedes." Llamará tanto la atención de los demás el favor que ha alcanzado Israel de su Dios, que otros querrán seguir su vida, acompañarlos en el mismo camino, recorrer las mismas sendas, recibir las mismas consolaciones del Dios de Israel...
En definitiva, Israel se convierte, así, en pueblo que demuestra a todos que Dios es poderoso, que los conduce con mano firme y amorosa, que estará siempre a su lado para defenderlo de los embates de los enemigos, que incluso en las más duras condiciones de la deportación, es capaz de tocar el corazón de los "esclavistas extranjeros" para permitirles la reconstrucción de su templo, con lo cual se reafirma la presencia de Dios en medio de su pueblo y su amor en favor de Israel en cualquiera de las condiciones en las que viva... Israel es el mejor testimonio para convencer a los pueblos que lo rodean de que Dios es el único Dios, el que verdaderamente ama y favorece a su pueblo, que es más poderoso que todos los demás ídolos a los que rinden culto los vecinos... El Dios de Israel hace que la obra que realiza en medio del pueblo sea el grito más estruendoso de su realidad, de su amor, de su poder, de su unicidad...
Los miembros del pueblo con su conducta al dejarse reconstituir como pueblo, al ser dóciles a la voluntad de restauración de su Dios, al vivir con gozo extremo la realidad de la posesión renovada de la Ciudad Santa, al agradecer a Dios que aun en medio de las penurias, de la deportación, del castigo por las infidelidades, los mantuviera bien resguardados bajo sus alas, son para los demás la demostración clara de quién es Dios, de cuánto es su amor y su poder, de que jamás apartará de su providencia amorosa al pueblo que Él mismo se había elegido... Por eso, sin ninguna duda, dicen a Israel: "Vamos con ustedes, pues hemos oído que Dios está con ustedes." El testimonio que Israel dio sobre la presencia de Dios en medio de ellos, arrastró a los demás pueblos vecinos...
Esa es la verdad de Dios siempre. Y esa debe ser la verdad de sus elegidos siempre. La vida de cada hombre y de cada mujer debe ser un grito a todos los que están a su alrededor de la presencia de Dios en ella. Porque esa es la verdad. No hay una sola ocasión, buena o mala, en la que los hombres no podamos tener la seguridad de la presencia providente y consoladora del Dios del amor. Por eso, como la vida de Israel, la vida de cada cristiano debe ser un grito al mundo que le diga: "¡Dios está aquí, con nosotros, conduciéndonos, llevándonos adelante, sosteniéndonos en el dolor y en las tristezas, procurándonos todas las alegrías, sustentando nuestra vida incluso en lo material!" Porque es la verdad. Porque Dios es un Dios que jamás nos abandona, que siempre está cuidando de nosotros, más que a las aves del cielo y a las flores del campo, pues somos sus criaturas predilectas...
Estamos llamados a dar testimonio del amor de Dios en nuestras vidas; de la entrega de Jesús por nosotros, con lo cual nos arrancó de las manos de las tinieblas y nos condujo a la luz admirable del amor; del servicio más importante que prestó Jesús a la humanidad cuando alcanzó de Dios el perdón de todos los pecados que la condenaban y le cerraba las puertas del cielo; de esa fraternidad a la que nos llama Jesús como distintivo de nuestra pertenencia al grupo de sus seguidores y que será signo de que somos creíbles ante los demás... Nuestro testimonio es fundamental para que los que está a nuestro lado crean en el Dios del amor, crean que Él es el único Dios, el que procura el bienestar de todos porque los ama, el que pide un compromiso de amor por respuesta y nos dice que debemos ser todos uno como Él y el Padre lo son...
No podemos ocultar ante los demás lo que es evidente. No nos empeñemos en no dar el testimonio que nos corresponde. Tenemos un compromiso por el bien del mundo, pues ellos conocerán a Dios a través de nosotros. Muchos de nuestros hermanos no tendrán otra noticia del amor de Dios que la que leen en nuestras vidas. No podemos ser tan indiferentes que no les permitamos que lean esa noticia... Pero aún más, no vivamos como si lo que somos, lo que tenemos, de lo que nos orgullecemos, no viniera del amor providente de nuestro Dios. No pensemos que son solo nuestras propias fuerzas o nuestra única iniciativa las que han alcanzado para nosotros la situación en la que nos encontramos. Reconozcamos que todo nos viene de Dios, que Él cuenta con nosotros para que lo alcancemos, pero que son su bondad y su misericordia las principales responsables de nuestros logros...
Que, al ver en nuestras vidas el testimonio claro de la presencia de Dios que todo lo alcanza para nosotros, que todo lo da, que se da a sí mismo para que tengamos lo mejor, otros quieran seguir con nosotros en el camino que llevamos. Que sean cada vez más hermanos los que nos digan: "Queremos ir contigo, porque vemos que realmente Dios está contigo". Que nuestra vida sea una invitación a los que están a nuestro alrededor a seguir a Dios, a seguir a Jesús, a caminar nuestras mismas rutas hacia el encuentro amoroso con el Señor. ¡Qué hermoso que podamos ser instrumentos del amor! ¡Que hermoso que podamos decirle al mundo con el grito de nuestras vidas, que Dios está con nosotros, que nos sentimos muy felices de su presencia en nosotros, que nuestra alegría será completa solo en la medida en que ellos vengan con nosotros a disfrutar de ese mismo Dios, de ese mismo amor, de esa misma providencia! No nos neguemos a nosotros mismos esa máxima dicha...
En la profecía de Zacarías, que significa "Dios se acuerda", hay una constante referencia a esa preferencia de Dios por su pueblo elegido, una intención muy clara de anunciar un futuro de paz absoluta, el anuncio de aquel personaje futuro que logrará la restauración definitiva de la condición de primacía de Israel sobre todos los demás pueblos. No se ahorra nada Zacarías para anunciar un futuro de felicidad, de bienestar total, de alcance del favor de Dios...Tanto, que ese buen tiempo que vivirá Israel será un reclamo para todos los demás pueblos que rodean a Israel para querer acercarse al Dios poderoso que ha favorecido tanto a su pueblo... "En aquellos días, diez hombres de cada lengua extranjera agarrarán a un judío por la orla del manto y le dirán: "Vamos con ustedes, pues hemos oído que Dios está con ustedes." Llamará tanto la atención de los demás el favor que ha alcanzado Israel de su Dios, que otros querrán seguir su vida, acompañarlos en el mismo camino, recorrer las mismas sendas, recibir las mismas consolaciones del Dios de Israel...
En definitiva, Israel se convierte, así, en pueblo que demuestra a todos que Dios es poderoso, que los conduce con mano firme y amorosa, que estará siempre a su lado para defenderlo de los embates de los enemigos, que incluso en las más duras condiciones de la deportación, es capaz de tocar el corazón de los "esclavistas extranjeros" para permitirles la reconstrucción de su templo, con lo cual se reafirma la presencia de Dios en medio de su pueblo y su amor en favor de Israel en cualquiera de las condiciones en las que viva... Israel es el mejor testimonio para convencer a los pueblos que lo rodean de que Dios es el único Dios, el que verdaderamente ama y favorece a su pueblo, que es más poderoso que todos los demás ídolos a los que rinden culto los vecinos... El Dios de Israel hace que la obra que realiza en medio del pueblo sea el grito más estruendoso de su realidad, de su amor, de su poder, de su unicidad...
Los miembros del pueblo con su conducta al dejarse reconstituir como pueblo, al ser dóciles a la voluntad de restauración de su Dios, al vivir con gozo extremo la realidad de la posesión renovada de la Ciudad Santa, al agradecer a Dios que aun en medio de las penurias, de la deportación, del castigo por las infidelidades, los mantuviera bien resguardados bajo sus alas, son para los demás la demostración clara de quién es Dios, de cuánto es su amor y su poder, de que jamás apartará de su providencia amorosa al pueblo que Él mismo se había elegido... Por eso, sin ninguna duda, dicen a Israel: "Vamos con ustedes, pues hemos oído que Dios está con ustedes." El testimonio que Israel dio sobre la presencia de Dios en medio de ellos, arrastró a los demás pueblos vecinos...
Esa es la verdad de Dios siempre. Y esa debe ser la verdad de sus elegidos siempre. La vida de cada hombre y de cada mujer debe ser un grito a todos los que están a su alrededor de la presencia de Dios en ella. Porque esa es la verdad. No hay una sola ocasión, buena o mala, en la que los hombres no podamos tener la seguridad de la presencia providente y consoladora del Dios del amor. Por eso, como la vida de Israel, la vida de cada cristiano debe ser un grito al mundo que le diga: "¡Dios está aquí, con nosotros, conduciéndonos, llevándonos adelante, sosteniéndonos en el dolor y en las tristezas, procurándonos todas las alegrías, sustentando nuestra vida incluso en lo material!" Porque es la verdad. Porque Dios es un Dios que jamás nos abandona, que siempre está cuidando de nosotros, más que a las aves del cielo y a las flores del campo, pues somos sus criaturas predilectas...
Estamos llamados a dar testimonio del amor de Dios en nuestras vidas; de la entrega de Jesús por nosotros, con lo cual nos arrancó de las manos de las tinieblas y nos condujo a la luz admirable del amor; del servicio más importante que prestó Jesús a la humanidad cuando alcanzó de Dios el perdón de todos los pecados que la condenaban y le cerraba las puertas del cielo; de esa fraternidad a la que nos llama Jesús como distintivo de nuestra pertenencia al grupo de sus seguidores y que será signo de que somos creíbles ante los demás... Nuestro testimonio es fundamental para que los que está a nuestro lado crean en el Dios del amor, crean que Él es el único Dios, el que procura el bienestar de todos porque los ama, el que pide un compromiso de amor por respuesta y nos dice que debemos ser todos uno como Él y el Padre lo son...
No podemos ocultar ante los demás lo que es evidente. No nos empeñemos en no dar el testimonio que nos corresponde. Tenemos un compromiso por el bien del mundo, pues ellos conocerán a Dios a través de nosotros. Muchos de nuestros hermanos no tendrán otra noticia del amor de Dios que la que leen en nuestras vidas. No podemos ser tan indiferentes que no les permitamos que lean esa noticia... Pero aún más, no vivamos como si lo que somos, lo que tenemos, de lo que nos orgullecemos, no viniera del amor providente de nuestro Dios. No pensemos que son solo nuestras propias fuerzas o nuestra única iniciativa las que han alcanzado para nosotros la situación en la que nos encontramos. Reconozcamos que todo nos viene de Dios, que Él cuenta con nosotros para que lo alcancemos, pero que son su bondad y su misericordia las principales responsables de nuestros logros...
Que, al ver en nuestras vidas el testimonio claro de la presencia de Dios que todo lo alcanza para nosotros, que todo lo da, que se da a sí mismo para que tengamos lo mejor, otros quieran seguir con nosotros en el camino que llevamos. Que sean cada vez más hermanos los que nos digan: "Queremos ir contigo, porque vemos que realmente Dios está contigo". Que nuestra vida sea una invitación a los que están a nuestro alrededor a seguir a Dios, a seguir a Jesús, a caminar nuestras mismas rutas hacia el encuentro amoroso con el Señor. ¡Qué hermoso que podamos ser instrumentos del amor! ¡Que hermoso que podamos decirle al mundo con el grito de nuestras vidas, que Dios está con nosotros, que nos sentimos muy felices de su presencia en nosotros, que nuestra alegría será completa solo en la medida en que ellos vengan con nosotros a disfrutar de ese mismo Dios, de ese mismo amor, de esa misma providencia! No nos neguemos a nosotros mismos esa máxima dicha...
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