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viernes, 16 de agosto de 2019

Mi historia es historia de salvación


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Israel es el pueblo elegido de Dios. Esa elección que hizo Dios implicó para Él el compromiso real de hacerlo suyo, de acompañar su historia, de protegerlo de las asechanzas de los enemigos, de hacer que su presencia en medio de ellos fuera algo natural. Habiéndolo invitado a ser su pueblo y realizado su alianza con ellos, los invitó a adentrarse en el desierto para conducirlos a la tierra "que mana leche y miel". Así condujo a Jacob y a sus hijos largo tiempo. En esa historia, que es historia humana, se presentó de nuevo el pecado y la infidelidad del pueblo. Los hijos de Jacob, celosos de uno de sus hermanos, José, lo venden como esclavo para deshacerse de él, causando gran dolor a su padre por la pérdida de su hijo, supuestamente devorado por las fieras en el desierto... Dios convirtió este hecho bajo y ruin en la causa de la salvación de Israel y sus hijos, por cuanto José, habiendo llegado a ser el segundo de Egipto, mano derecha del Faraón, los atrajo a él y los salvó de la muerte segura por hambre y sed en el desierto. Dios no podía permitir que aquel pueblo, con el cual Él había hecho su alianza y con el que se había comprometido, se perdiera. José es prefiguración de Jesús, vendido como esclavo y salvador de la humanidad que muere por el hambre y la sed que produce el pecado. Esa historia de salvación se trueca de nuevo en desgracia por responsabilidad del mismo hombre. Israel llega a vivir en Egipto la peor de sus suertes, convirtiéndose en esclavo de Egipto. Pero Yahvé no falla a su promesa. De nuevo hace alarde de su alianza y portentosamente libera a Israel de la esclavitud y lo hace encaminarse de nuevo a la conquista de la tierra prometida. La meta es alcanzada, luego de miles de avatares. Israel toma posesión de la promesa...

Esta historia marca la vida del pueblo de Israel. Es prácticamente su carta de identidad, pues reconoce esta obra de Dios como la razón última de su existencia y de su supervivencia. Si Dios no hubiera estado presente en esta historia y no hubiera obrado las maravillas que obró en medio de Israel, sencillamente Israel no existiría. Tan claro como eso... Dios es el autor de la historia de Israel y el actor principal para que esa historia se fuera desarrollando como se ha desarrollado. Israel es el pueblo de Dios, es su propiedad. Pero es también el pueblo amado por el cual ha realizado maravillas y portentos para rescatarlo siempre y conducirlo a la tierra prometida. La historia de Israel es historia de salvación...

En esta historia del pueblo de Israel está reflejada la historia de la humanidad. Dios no se ha desentendido de su creación. Su pueblo es ahora toda la humanidad. Israel es ahora el nuevo Israel, la Iglesia, que está en el mundo entero. Y de esa Iglesia formamos parte cada uno de los bautizados, por lo que nuestra historia, ciertamente, está en las manos de Dios. Él es autor y actor de la vida de cada uno de nosotros. En cada acontecimiento que se verifica en nuestras vidas está presente Dios, con su amor, con su providencia, con su misericordia. Nuestra vida está plagada de milagros cotidianos en los cuales está involucrado directamente Dios. Él sigue haciendo que el universo siga su itinerario natural, con el ciclo del tiempo y de las estaciones. Él sigue haciendo salir el sol, manar el agua, surgir el oxígeno. Sigue creando las condiciones para que nuestra vida se desarrolle con naturalidad. Él nos sigue proveyendo de inteligencia y de voluntad para que seamos emperadores de nuestros pensamientos, de nuestras acciones, de nuestras realizaciones. Y los hombres, a veces lamentablemente, seguimos siendo señores de nuestra vida, y en ocasiones seguimos dejando que nuestros intereses quieran opacar la obra divina. Seguimos siendo como los hermanos de José, dejándonos llevar por los celos, las envidias, los rencores, los egoísmos... Es una historia con un claroscuro evidente. Por un lado, Dios iluminando y eligiendo continuamente a cada hombre, y los hombres, en ocasiones, negándonos a ser iluminados y elegidos.

Pero, con todo, no es una historia con tinte fatalista. Es una historia de triunfo, pues es historia de salvación. Dios tendió la mano y no dejará jamás de tenderla al hombre. José sirvió para salvar a Jacob y sus hijos, a pesar de la envidia de sus hermanos. Moisés sirvió para conducir con éxito hasta la tierra prometida al pueblo, a pesar de su continua rebeldía. Y la historia se sigue repitiendo. En nuestra vida siguen surgiendo personajes enviados por Dios, que colocan la historia en el lugar que debe ser. Cada uno va asumiendo que Dios es el Señor de la historia. Que es absurdo querer ignorar esta realidad absoluta.

Nuestra meta es la salvación. Es la llegada al cielo. Y Dios seguirá procurando que ese sea el itinerario que cada uno de nosotros cumplamos. A pesar de nosotros mismos, en medio de nuestras rebeldías, Dios quiere hacernos entender que Él seguirá insistiendo para que nuestra historia sea una verdadera historia de salvación. Él seguirá creando providencialmente las condiciones para que nos salvemos. Si lo aceptamos así, y dejamos que Él sea actor importante en nuestra historia, ella será para nosotros una feliz historia de salvación.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Todo lo que hacemos tiene consecuencias

En la historia de Israel, el ciclo de loa Macabeos es impresionante. El Rey Antíoco Epífanes había pretendido subyugar a la fuerza a los israelitas, mediante el derramamiento de la sangre de los que no se rindieran ante él, y abdicaran de su fe en el único Dios de Israel. Fueron muchos los prevaricadores que acabaron sacrificando a los dioses "enemigos" de Yahvé. Pero, naturalmente, no fueron estos los que pasaron a la historia, sini los que se opusieron a la pretensión de Antíoco y llegaron al extremo de morir por su fe. Así recordamos al anciano Eleazar, que se negó, a sus 90 años, a ser un mal ejemplo para todos los que eran testigos de su martirio, incluso con la estratagema que le proponían para engañar a los torturadores -comer carne preparada por él mismo haciendo creer que comía carne de los sacrificios a los dioses-, o a los 7 hermanos macabeos que, a pesar de su juventud y azuzados por su propia madre, jamás tuvieron ni siquiera la tentación de ser infieles al Dios de Israel... Antíoco se creyó, por ello, casi un Dios. Su sobrenombre "Epífanes" -"El Magnífico"-, le calzó muy bien, al creerse invencible y todopoderoso...

Nunca pensó Antíoco que algunos de ese pueblo subyugado se atrevieran a oponerse con la fuerza a la invasión y a la esclavitud con la que quería someterlos. Pero surgieron las figuras de Matatías y de Judas, tremendos guerreros, que organizaron una especie de "guerrilla" contra las fuerzas de los ejércitos del Rey invasor. Este "resto", conformado por hombres apertrechados más en la fe, en la confianza en el Dios único, en la voluntad firme de no serle infieles, más que en las armas o en el poder físico, le hizo sufrir su derrota más humillante. Vencido, habiendo sido desmontado de esa "magnificencia" que le daa sólo su sobrenombre, habitando en tierra extranjera, cae en una tremenda depresión, al verse como lo que realmente era, un cobarde parapetado en fuerza bruta, sin más... No tenía otro valor... Tiene que reconocer: "¡A qué tribulación he llegado, en qué violento oleaje estoy metido, yo, feliz y querido cuando era poderoso! Pero ahora me viene a la memoria el daño que hice en Jerusalén, robando el ajuar de plata y oro que había allí, y enviando gente que exterminase a los habitantes de Judá, sin motivo. Reconozco que por eso me han venido estas desgracias. Ya ven, muero de tristeza en tierra extranjera." Al desaparecer la magnificencia, desparece el fundamento de su vida. Aquél que había colocado su ser, su esencia, en lo pasajero, sufre la debacle, pues aquello efectivamente pasó, desapareció. Su vida cayó en el vacío absoluto... Habiéndose querido enseñorear posándose sobre sí mismo, sobre su poder, sobre su ejército, probó lo amargo que es tener el fundamento más endeble sobre el cual se puede edificar una vida y verlo desaparecer...

Antíoco, en cierto modo, somos todos... En algún momento de nuestras vidas nos hemos creído "magníficos". Es el pecado que marca a la humanidad entera desde Adán y Eva. La misma tendencia que tuvieron nuestros padres la tenemos todos los hombres. Es el pecado de la soberbia, que nos hacer creernos capaces de "sustituir" al único Dios, colocándonos nosotros mismos en su lugar, o colocando allí nuestras cosas. Todas, absolutamente pasajeras... Quitar a Dios de nuestro fundamento, como lo hizo Antíoco y pretendiuó que lo hiciera Israel, es caer en la provocación más absurda en la que podemos estar. Dios es el único Absoluto, y por encima de Él no hay nada, ni siquiera nosotros mismos. Mucho menos las "cosas" a las que pretendemos servir como ídolos... Cometemos el absurdo más grande cuando quitamos a Dios del fundamento y colocamos las cosas banales, temporales, pasajeras. Todas ellas, en su momento desaparecerán. Y al desaparecer, desaparecerá el fundamento, y nos quedaremos en el aire...

No se puede hablar de "castigo de Dios". Es, más bien, el escarmiento que es sólo consecuencia de los propios actos. Antíoco sufrió el escarmiento que significó lo que él mismo hizo. No fue Dios el que le mandó un "castigo", sino que él mismo se ganó la situación de desgracia en la que cayó por haberlo retado. Nadie delante de Dios podrá ser victorioso contra Él. Es absurdo querer oponerse a Dios, pues Él es el único Todopoderoso. Toda batalla "contra Dios" es derrota segura. Cuando los hombres nos oponemos a que Él sea el fundamento, correremos la peor de la suerte. Y repito, no es por castigo de Dios, sino consecuenia de los propios actos, que nos colocan al margen de la felicidad que sólo Dios mismo puede darnos...

Todo acto humano tiene una consecuencia. Los Macabeos vivieron la alegría indescriptible de la reconstrucción del Templo y de la reconsagración del altar que había sido mancillado por Antíoco y sus sacrificios a los dioses. Y lo celebraron por ocho días seguidos. Y fue decretado que cada año, por las mismas fechas, se repitieran las fiestas del recuerdo de esta gesta heroica de Israel... Y por su parte, Antíoco, moría de tristeza al darse cuenta de las barbaridades que había cometido contra Israel y su Dios... Pagaba las consecuencias de sus actos... Es exactamente lo que sucede a quien se atreve a oponerse a que Dios sea el fundamento de su vida. Pagará las consecuencias de quedarse con las criaturas, que desaparecen y dejan la vida en el aire... Todo lo que hacemos tiene consecuencias... Y hay que asumirlas responsablemente, sean alegres o tristes...

Por eso, Jesús nos invita a colocar en nuestro fundamento al único Dios, al Dios de vivos, no de muertos..Al único que puede ser fundamento sólido, pues es el único Absoluto, el único que trasciende, el único que no desaparecerá jamás y no dejará nunca ninguna frustración... Colocar otro fundamento distinto es equivocarse fatalmente. Es el "Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob", que están vivos eternamente en su presencia, porque nunca permitieron que otro dios fuera el fundamento de sus vidas... Lo mismo podremos vivir nosotros por toda la eternidad...

jueves, 3 de octubre de 2013

No estén tristes, pues el gozo en el Señor es la fortaleza de ustedes...

Cuando Israel logró reentrar en Jerusalén, y Nehemías, como gobernador había logrado la restauración, todos los del pueblo vivían con orgullo la seguridad de la presencia de Dios. Ese Dios que los había elegido no los había abandonado, a pesar de las infidelidades que habían cometido. Incluso en la deportación dolorosa que habían sufrido, viviendo desterrados de la Ciudad Santa y habiendo sido destruido su Templo, bastión de su orgullo como nación perteneciente y favorecida por Dios, el mismo Dios les había demostrado que seguía con ellos. No podía Él desdecirse a sí mismo, y por eso mantenía su fidelidad incólume hacia su pueblo...

Llegó el momento no sólo de retomar la tierra, sino de reemprender el camino espiritual. Israel, a fuerza de estar desperdigado, de no vivir la unidad sólida que le daba estar todos asentados en un mismo lugar, de haber sido "conquistados" por paganos y desterrados a lugares en los que se adoraba a miles de ídolos diversos como si fueran los dioses absolutos, había también perdido el norte de su vida religiosa. Yahvé prácticamente había desaparecido de sus corazones, de sus rituales, de su adoración. Sólo un pequeño resto -"el Resto de Israel", fue llamado-, mantuvo su fidelidad inmutable al Dios que los había convocado como pueblo. Haber perdido sus tierras no sólo fue una pérdida material, sino que fue, trágica y dolorosamente, también una pérdida espiritual. La restauración que se emprendió tenía que ser, por lo tanto, no sólo de la infraestructura -casas, mercados, calles, templo-, sino que había que realizar una más profunda, más significativa, más identificadora, que era la restauración espiritual del pueblo...

La voz cantante de esta restauración, animado y apoyado por el gobernador Nehemías, la llevó el sacerdote Esdras. En la pérdida de la Ciudad Santa se había perdido todo, hasta los Libros de la Ley. Y en la restauración fue momento importantísimo el "redescubrimiento" de estos libros sagrados que daban detalles sobre al elección de Israel como pueblo de exclusiva propiedad de Yahvé, que narraban las vicisitudes por las cuales había pasado Israel en toda su historia previa -desierto, hambre, llegada a Egipto, esclavitud, liberación portentosa, de nuevo desierto y, finalmente, llegada a la Tierra Prometida "que manaba leche y miel"-, y que dictaban y sistematizaban la vida religiosa del pueblo. Para la inmensa mayoría de los israelitas que había sufrido el destierro, esto ya no era conocido. Sólo el "Resto de Israel" lo mantenía en la memoria y en el corazón. Pero en general, esta memoria no existía y, por ende, el "orgullo" de ser pueblo de Dios, nación consagrada a Dios, estaba totalmente desaparecido.

Cuando Esdras y los levitas dedicaron prácticamente un día completo a la lectura y explicación del Libro de la Ley a los israelitas que habían retomado y reconstruido la Ciudad Santa, el pueblo entero se encontró de frente con el reproche de sus mismas conciencias por haber abandonado a ese Dios que describía el Libro sagrado. Ese Dios había realizado verdaderas maravillas en su favor, con las cuales les manifestaba y confesaba ardientemente su inmenso amor por ellos, y ellos le habían respondido olvidándolo y sirviéndole a otros dioses paganos... El dolor de Israel fue inmenso. El llanto fue general. Israel se sentía traidor de ese Dios que sólo había demostrado por ellos infinita fidelidad, en medio incluso de los actos de infidelidad y rebeldía que en su misma presencia habían realizado, pero ante los cuales Dios se mantuvo obstinadamente fiel, pues su amor era mucho mayor que las infidelidades de Israel...

Nehemías, Esdras y los levitas reprendieron al pueblo... Ese era un día de gozo, no de luto. Israel se había encontrado de nuevo con el Dios que les había demostrado su amor, su misericordia, su fidelidad, su favor. Ese Dios que describían los Libros de la Ley era el mismo que los había sostenido incluso en el dolor de la deportación, el mismo que había movido el corazón de Ciro, Rey de Persia, para permitirles volver a la reconstrucción de Jerusalén y del Templo Santo, el mismo que ahora les había hecho redescubrir su Palabra y hacía posible que el pueblo tuviera de nuevo conciencia de su historia maravillosa de amor y providencia... No había razón para el luto. Sólo para un arrepentimiento que desembocara en el reencuentro gozoso del infiel con el eternamente fiel. Si Dios los había hecho llegar a este punto no era para reprocharles eternamente su infidelidad, sino para acogerlos de nuevo, abiertos los brazos, para seguirle demostrando su amor, su perdón, su misericordia...

Ese es el Dios de Israel. Y ese es el Dios que hace presente también Jesús a los hombres de hoy... Somos ese nuevo Israel, que a fuerza de vivir "desterrados" de nuestra santidad, de nuestra inocencia, que a fuerza de haber sido invadidos por ídolos a los cuales estamos sirviendo, hemos abandonado al único y verdadero Dios de amor. A pesar de las demostraciones ostensibles de poder que hacen esos ídolos, el realmente poderoso es nuestro Dios único. Su poder más grande es el del amor que lo hace mantener los brazos abiertos para recibirnos, que lo hace esperar pacientemente a la vera del camino, como el padre del hijo pródigo, nuestro regreso. Cuando los hombres descubrimos la desgracia de haber estado alejados de ese amor infinito, que es la mayor riqueza que jamás podremos imaginar tener, viviremos también las ansias de poseerlo nuevamente. Y será necesario, también, llorar nuestra infidelidad, dolernos de haber abandonado al Dios amor, misericordia y providencia infinitos. Pero jamás deberemos quedarnos en el llanto eterno. En Dios, incluso el dolor por los pecados cometidos significa gozo, pues es el primer paso para abrazarse con ternura a su perdón. Arrepentirse de lo oscuro que hemos vivido es simultáneamente acercarnos a la Luz del perdón y de la Misericordia. Nunca la vida del cristiano puede quedar sumida en la penumbra, en el dolor, en el abismo, en la muerte... Su final siempre será de luz, de altura, de felicidad, de vida... Por eso, jamás debemos dar puesto fijo a la tristeza...

Los cristianos somos los hombres de la felicidad, de la alegría. No es comprensible un cristiano con "cara larga", si "el gozo del Señor es nuestra fortaleza". ¿Alguien en sus cinco sentidos podrá negar que Dios es más fuerte que todo lo que puede dañar al hombre? ¡Y esa fortaleza de Dios es nuestra! ¡Y es nuestra porque Él mismo ha querido dárnosla! Jesús en la Cruz, aparentando ser la criatura más débil en aquel terrible momento, seguía siendo Dios. Fue el más poderoso contrincante que tuvo la muerte, el pecado, el demonio. Muriendo no demostró en absoluto ninguna debilidad. Al contrario, al morir, con Él murió la misma muerte, y por ello la venció contundentemente. La muerte quedó en el sepulcro y Él resurgió victorioso. Y su victoria es la nuestra. El gozo de la nueva vida nos lo regaló a cada uno de nosotros. Y por eso, ese gozo en el Jesús resucitado es nuestra fortaleza...

No nos quedemos sólo con el Jesús inerme en la Cruz. Es cierto que ese es el altar de su victoria. Pero miremos más adelante, al Jesús resurgiendo del sepulcro, lleno de luz, victorioso. Él nos ha llevado con Él a la Cruz, para vencer nuestro pecado. Pero, más importante aún, nos ha sacado de la oscuridad del sepulcro en el que Él se ocultó voluntariamente, para elevarnos al sol de su amor, de su redención, de su victoria. No demos cabida jamás a la tristeza destructora. Incluso en los momentos duros de nuestra vida, que seguramente serán muchos y dolorosos, tengamos siempre presente que más sentido tiene el gozo en el Señor resucitado, que pasó por todo porque nos ama, y que jamás dejará de estar a nuestro lado para recordárnoslo. No perdamos esa riqueza inmensa que está ante nuestros ojos, quedándonos mirando las minucias que ante ella, grande y esplendorosa, representan el dolor y el pesar...

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Reconstruir nuestro Templo interior

La historia de Israel es una historia de encuentros y desencuentros, de fidelidades e infidelidades, de premios y castigos... Desde su elección como pueblo, hecha la alianza de Yahvé con Abraham, al que Dios exigió que dejara sus seguridades, pasando por la portentosa liberación de la esclavitud en Egipto y la entrada en la Tierra prometida, hasta la deportación y la posterior recuperación de Jerusalén como ciudad santa, simbolizada por el hecho maravilloso de la reconstrucción del Templo, percibimos a grandes rasgos lo que es la historia de la misma humanidad en su relación con Dios...

En esa historia hay personajes radicalmente fieles al Señor, que no dejan ver jamás un atisbo de alejarse de Él. Los hay que, habiendo sido extremadamente fieles, en un momento se dejan llevar por sí mismos, por las voces de la soberbia, y le dan la espalda a Dios. Y, como es natural, existen en esa historia los que jamás fueron conquistados por el amor de Yahvé... Del otro lado de entre los protagonistas de esta historia nos encontramos con Yahvé, que jamás dejó de ser fiel a su pueblo, que jamás dejó de amarlo, que siempre tuvo tendida su mano a los israelitas para que se tomaran confiadamente de ella. Destaca sobre todo, el empeño de los escritores sagrados por mostrar los rasgos "humanos" de Yahvé, al describir su ira por las infidelidades del pueblo, su dolor, su decepción (actitudes extremadamente humanas, "antropomorfizaciones" -dirían los sabios-, con las cuales poder comprender algo de las reacciones divinas), pero inmediatamente hacen brillar la actitud realmente divina, que es la del perdón, la de la reconciliación, la de la misericordia, la de la comprensión, la de la exculpación justificándolas por la libertad y la debilidad del hombre... Muchas veces encontramos a Yahvé "arrepentido del castigo que había decidido dar a Israel"...

Y, como decíamos, en esta historia del pueblo de Israel, descubrimos la historia de la humanidad, la historia del hombre concreto... En cada instante de esa historia, tenemos, por un lado, a Dios que está siempre del lado de la humanidad. Es el Dios Creador de todo y de todos, que en el inicio de cada historia personal espera confiadamente que cada uno le sea verdaderamente fiel. Que le demuestra su amor cotidianamente al hombre, con los milagros diarios que hacen salir el sol para iluminarlo, que hacen surgir el oxígeno para su respiración, que lo llenan de ideas en su mente para emprender proyectos nuevos, que dan vigor a sus músculos para llevar adelante sus obras... Que lo mira siempre como su criatura predilecta, por la cual fue capaz de llegar al extremo de donarle a su propio Hijo para que ofreciera el sacrificio póstumo al entregarse a la muerte para servir de propiciación por sus pecados... Que luego de la gesta redentora sigue ofreciendo su amor reconciliador y llamándonos a todos a vivir como hermanos... Y de la otra parte, en los mismos instantes de esa historia, encontramos al hombre que se toma amorosamente de la mano de Yahvé, y que se deja conducir por Él y por su amor, que realiza acciones heroicas en favor de sus hermanos en nombre del amor, que lucha por construir un mundo mejor basado en la vida y en la justicia que ofrece Dios. Y junto a ellos, encontramos hombres que "se cansaron" de ser fieles a Dios y prefirieron la suerte de los malos "a los que todo les sale bien y la pasan mejor que los buenos", que se dejan ganar por su soberbia, por su materialismo, por su egoísmo, por la idolatría absurda de las cosas, del poder o del placer, y se dejan embaucar por los "cantos de sirenas" del mundo, y se van hacia las tinieblas... Y a los que, con culpa propia o sin ella, jamás escuchan la llamada del amor de Dios y viven su vida simplemente como "criaturas predilectas", pero no como "hijos de Dios"...

Pues bien, en esta historia la presencia del Dios reconciliador es y será eterna. Es la misma presencia del Dios que movió el corazón de Ciro, Rey de Persia durante la deportación de Israel, para permitirle al pueblo volver a Jerusalén y reconstruir su Templo. Y que puso todo a la disposición del pueblo para que esa reconstrucción llegara a buen término... ¡Qué alegría la de Israel al ver su Templo, símbolo de la presencia de Dios en medio de ellos, reconstruido! Ese fue un signo inequívoco de que Dios no se había olvidado de ellos. De que a pesar de los "castigos" que habían sufrido por sus infidelidades, la misericordia, como expresión del amor infinito de Dios, no la habían perdido... De que Dios no se había olvidado de ellos y, al contrario, se había valido incluso de un "pagano" para hacerles ver que Él seguía allí, amándolos, demostrando su preferencia por sus elegidos, llevándolos a la plenitud de su felicidad... Ese Dios es el mismo de hoy. El que nos ve a cada uno "deportado", fuera del camino de la salvación, entregado a placeres, egoísmos, soberbia, materialismo... idolatrías... Añorantes, quizás inconscientemente, de algo más, de algo superior... Pensando que la realidad no se puede agotar en "esto que vemos y tocamos", sino que tiene que haber algo más, que dé la plenitud, que dé la felicidad mayor...

Y Dios se vale de lo "pagano" para eso. Los hombres se cansan de lo que viven. Se dan cuenta de que su añoranza no se sacia con lo horizontal. Es lo "pagano" los que los convence de ello. Llega un momento en que el mismo hombre se da cuenta de que la vida entera no puede consistir sólo en eso... Llega el momento de la reconstrucción del Templo interior...

Reconstruir el Templo interior significa echar abajo todos los añadidos indeseables a lo que Dios colocó en el origen. Y poner de nuevo lo que lo hace hermoso, lo que hace vivible, lo que lo hace divino... Los hombres necesitamos sacar de nosotros todo lo que no es de Dios. Debemos expulsar los odios, los rencores, las suspicacias, las injusticias, la falta de solidaridad... Debemos poner freno y encaminar bien las pasiones desenfrenadas. Debemos poner nuestra esperanza en lo que es absoluto y no en lo que es pasajero. Y debemos poner en la base de nuestro Templo, de nuevo, a Jesús. Él es "la piedra que desecharon los arquitectos y es ahora la piedra angular"...Debemos poner las paredes de las virtudes teologales de la Fe, la Esperanza y la Caridad; la vivencia de los valores más sólidos; la experiencia de los principios constructores de una sociedad mejor. Debemos poner en el techo de todo, como defensa sin la cual no podemos vencer, al amor: el amor de Dios por nosotros, que saldrá siempre a nuestro favor, como lo ha demostrado en toda nuestra historia; nuestro amor a Él, que nos motiva siempre a serle fiel, a valorarlo como lo mejor que podemos experimentar, a sentirnos preferidos por encima de todo, incluso por encima de nuestro propio pecado; y el amor a los hermanos, que nos hará entregarnos en el servicio desinteresado a todos, buscando para ellos los bienes superiores, los más valiosos, todos los bienes, lo cual revertirá en beneficio de nosotros mismos...

Sí es posible reconstruir nuestro Templo interior. Dios mismo está de por medio para hacerlo posible. Y donde esta Dios y su amor, nada es imposible... Sólo se necesita que nos decidamos a dejarnos reconstruir y a poner nosotros mismos nuestro aporte para lograrlo portentosamente...