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viernes, 2 de octubre de 2020

Tenemos un ángel que nos guía y nos protege

 Los ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial »

Una de las hermosas tradiciones de nuestra fe que casi todos hemos recibido de nuestros abuelos y nuestros padres es la de la presencia de los ángeles que nos acompañan, nos guían, nos iluminan y nos protegen. Seguramente tenemos en nuestros recuerdos mejor atesorados las veces cuando éramos conducidos a dormir a nuestras camas y nuestros padres nos invitaban a tener un contacto con los ángeles antes de dormir y a dirigirnos a ellos, particularmente a nuestro Ángel de la Guarda, a quien nos dirigíamos con aquella oración que todos tenemos aún en nuestra mente: "Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes solo que me perdería. Hasta que amanezca en los brazos de Jesús, José y María. Amén". Está en el recuerdo de nuestra infancia y puede ser que haya sido de alguna manera una baza para el fortalecimiento de nuestra fe desde esas edades primeras. Esta identificación de la unión de nuestra vida de infancia con los ángeles custodios pudo haber venido al traste cuando ya nos hicimos grandes, pues quizá llegamos a considerarla ya superada en nuestra madurez y habernos mantenido en ella se hubiera podido entender como una falta de crecimiento, por infantil e inmadura. Lamentablemente nuestra pretendida madurez humana pudo habernos hecho una mala jugada haciendo que no solo perdiéramos esa frescura infantil tan entrañable, sino que llegáramos incluso a alejarnos de nuestra conciencia de hijos amados, siempre bien guardados en el corazón amoroso de nuestro Padre Dios. Para Él siempre seremos sus hijos amados, al punto que las imágenes más delicadas que nos expresan esa cercanía de su corazón hacia nosotros son las extraídas de esa relación de ternura de los padres y las madres con sus hijos pequeños: "¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste!" ... "¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, y dejar de amar al hijo que ha dado a luz? Pues, aun cuando ella lo olvidara, ¡yo no te olvidaré! Te llevo esculpido en las palmas de mis manos". La unión entrañable de Dios con nosotros jamás estará desconectada de esa imagen del padre que ama con ternura infinita a sus hijos. Por ello, la madurez humana no debe hacernos perder nunca la conciencia de hijos amados, acunados en los brazos amorosos y poderosos de nuestro Padre. Y si eso implica dar rienda suelta a esa experiencia filial cariñosa, entrañable, cercana, familiar, debemos luchar por vivirla con intensidad de modo que nuestra relación con Dios, apoyada en la cercanía de quienes nos la hacen posible, se mantenga siempre viva.

Esa fe en la que hemos crecido nos enseña que los ángeles forman parte de esa creación espiritual, también surgida de las manos poderosas de Dios, que son parte de ese mundo invisible que escapa a nuestros sentidos, pero que están realmente presentes en el universo, como criaturas que tienen una tarea que llevar adelante. El mismo Jesús lo afirma concretamente cuando se refiere a los niños: "Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque les digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial". Los ángeles son esos seres que acompañan a cada niño y que están además en la eterna presencia de Dios en continua adoración. No significa que su presencia solo está asegurada para la infancia, sino que es una presencia continua para cada hombre, en la que no solo están al servicio suyo para acompañarlo, para iluminarlo, para guiarlo y para protegerlo, sino para servirle incluso de conexión con Dios. El ángel sería, en cierto modo, un puente que une al hombre con Dios, cuando esa presencia se hace consciente y el hombre permite que el ángel cumpla en él su tarea. La Angelología (la disciplina teológica que estudia la doctrina sobre los ángeles), llega incluso a afirmar que Dios a cada realidad humana le ha fijado la protección y el patrocinio de un ángel, llegando a afirmar que las naciones, las ciudades, las instituciones humanas, poseen cada una su ángel protector. Durante toda la historia de la espiritualidad nos encontramos con grandes personajes que promueven la unión a los ángeles del país, de la ciudad, de las instituciones. Esto estaría de acuerdo con la idea del Dios providente que se ocupa del hombre y de todas las cosas que tienen que ver con él y con el desarrollo de su vida. Una corriente materialista, incluso laicista, que ha ido invadiendo cada vez más la espiritualidad cristiana, ha ido haciendo caer en el desprecio a esta espiritualidad que acentúa la infancia espiritual. Solo lo tangible tiene sentido que forme parte del desarrollo actual de la fe, por lo que estas ideas espiritualistas que tienen rancio sabor, deben ir siendo abandonadas. Lo ideal, por supuesto, no sería en ningún modo su desprecio y mucho menos su supresión, sino buscar la manera de rescatarlas para reincorporarlas al bagaje cristiano. Toca discernir cuál sería el camino para que el materialismo no tiranice también las mentes de los cristianos y nos haga sucumbir a la invitación injusta de suprimir la existencia de este mundo espiritual que puede dar mucha riqueza a nuestro tesoro de la fe.

Hay que hacer buenas las palabras que expresamos en el Credo de nuestra fe, en el que afirmamos creer "en un solo Dios ... creador de todo lo visible y lo invisible". Los ángeles son parte de ese mundo invisible que está ahí también para nosotros. Siguen teniendo un papel importante en el desarrollo de nuestra historia de salvación, por cuanto siguen siendo acompañantes de Dios y de sus enviados, pues estando eternamente en la presencia de Dios y en continua adoración a su figura, nos hacen presente ese espíritu de unión con el Señor para que también nosotros podamos unirnos a ellos adquiriendo en nosotros ese gusto por el encuentro continuo con Dios y su amor. Cuando confiamos en su presencia en nuestras vidas, experimentamos de manera maravillosa sus inspiraciones que nos iluminan en la toma de decisiones, nos facilitan las relaciones humanas, nos ponen sobre aviso en los peligros, nos inspiran las mejores rutas, nos fortalecen en las luchas espirituales y morales. Son innumerables las posibilidades de actuación y con ello de beneficios que podemos disfrutar. El camino de una renovación espiritual del hombre de hoy, hijo de un mundo que es heredero y deudor de ese materialismo que aleja de lo espiritual, no puede nunca avanzar por el desprecio del mundo espiritual e invisible de nuestra fe. El tesoro de la fe no se mide por la actualidad que tenga o por la moda imperante. Se debe medir por lo que de contenido de verdad haya en él y lo que de beneficioso pueda tener para cada cristiano. Nada de lo que Dios mismo ha colocado en nuestras manos como riqueza de fe puede ser despreciado y mucho menos desechado, por cuanto cada cosa tiene su sentido y llena de sentido la existencia. Hay que luchar para que en ese retorno espiritual que se está dando en nuestro mundo, que es una especie de convencimiento de que el hombre no tiene todas las respuestas siempre a la mano, se puedan retomar esas experiencias que pudieron haber llegado a ser consideradas pueriles, pero que han demostrado ser una tremenda riqueza que sostuvo y puede seguir sosteniendo la fe de tantos, tal como sostuvo la nuestra cuando nos conectó inocentemente con la presencia de esos seres angelicales que tienen que ver con nosotros y que hicieron que nuestra vida en esos años infantiles se enriqueciera con una sensación de que no nos faltaría nunca su protección y su guía, que nos daban una sensación sólida de firmeza y esperanza. Así se cumple la promesa del Señor: "Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado. Respétalo y obedécelo. No te rebeles, porque lleva mi nombre y no perdonará tus rebeliones. Si lo obedeces fielmente y haces lo que yo digo, tus enemigos serán mis enemigos, y tus adversarios serán mis adversarios. Mi ángel irá por delante". No nos miente Dios ni nos puede engañar. Su promesa es eterna, pues "los dones de Dios son irrevocables".

martes, 29 de septiembre de 2020

Arcángeles para nuestro servicio, nuestra compañía y nuestra defensa

 TÚ ERES EL HIJO DE DIOS

Todo lo que existe fuera de Dios ha surgido de su mano poderosa. El universo entero existe por un decreto expreso de su voluntad que quiso que todo surgiera en aquella decisión eterna de dar el paso grandioso fuera de sí, movido por su solo amor que determinó que todo confluyera para el bien de aquél al que colocaba en medio de lo creado, el hombre. Ese paso inédito en la eternidad, en el cual empezó a existir lo que no era Dios, entre otros, el hombre, habiendo sido creado única y exclusivamente por una razón de amor, comenzó su existencia acunado por su providencia y conducido amorosamente durante toda su vida para ser encaminado hacia la plenitud, que es ya la experiencia inmutable y eterna de la felicidad y del amor. El hombre ha sido creado desde el amor, es sostenido en ese mismo amor y es conducido hacia la meta del amor en la que es esperado con ilusión por el mismo Dios Creador. De esa manera se entiende que Dios no solo se coloca como aval para el bienestar del hombre, sino que Él lo ordena todo para que ese sea siempre el camino firme por el que transite cada hombre: "Para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito". Absolutamente todo lo que existe tiene un único fin: el bienestar del hombre. Ahora bien, la creación de Dios no tiene que ver solo con lo material o lo visible, sino con todo lo que existe fuera de sí. También el mundo espiritual ha surgido de sus manos poderosas. Dios es el Creador no solo de lo que somos capaces de ver, sino de todo aquello que escapa a nuestros sentidos. Siendo una realidad puramente espiritual, no por ello lo que no sea Él deja de haber sido creado por Él, como lo afirmamos en nuestro Credo: "Creo en un solo Dios… Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles", entre las cuales, evidentemente, se encuentra el mundo espiritual. Por ser una realidad que escapa a nuestro pretendido dominio absoluto de todo, al ser puramente espiritual, las tendencias materialistas del pensamiento, de las cuales son deudores también no pocos pensadores cristianos, han caído en la tentación de negar la existencia de este mundo espiritual, aduciendo muchas veces, incluso razonablemente, el que la mentalidad bíblica es heredera, y por lo tanto, ha sido influenciada, por corrientes míticas orientales desde las cuales se alimentó, y que por lo tanto la afirmación de la existencia de los ángeles como parte importante de nuestro bagaje de fe es sencillamente una contaminación desde dichas mitologías. No deja de ser atractiva esta afirmación, pero para ser aceptada totalmente habría que aceptar a su vez que en las expresiones de Jesús, Dios hecho hombre y autor por tanto de aquella creación espiritual, no existiera esa contaminación que sería indeseable de no ser que por el contrario fuera una verdad absoluta.

Entre los mensajes que Jesús lanza a los hombres existen los que hacen referencia expresa de ese mundo invisible y espiritual: "En verdad, en verdad les digo: verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre". En el juicio final que relata Jesús a los discípulos, afirma: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; entonces apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos". Por supuesto, los ángeles de Dios son nombrados con toda naturalidad por Jesús como seres existentes, que están al servicio de Dios y serán incluso elementos importantes para su presencia en la gesta reveladora y salvadora. Negar, por lo tanto, la existencia de los ángeles necesitaría la cancelación total de estas expresiones de Jesús que afirman su existencia. Sería una mutilación ilegítima de la palabra revelada extraída de los mismos labios del Mesías. Jesús es el Dios hecho hombre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo eterno que estuvo presente en la creación de todo lo que existe, por lo tanto, Creador Él mismo, pues toda la obra creadora es producto de la acción íntima de las Tres Divinas Personas, presentes todas en aquella gesta inmensa. Mal podría entonces afirmarse que quien es el autor de todo lo creado haga referencia al mundo espiritual solo por contaminación de ideas externas. No es concorde con nuestra fe, definitivamente, la negación de la existencia de los ángeles, ni tampoco de todo lo que por revelación hemos recibido acerca de ellos: que los ángeles existen; que son seres de naturaleza espiritual; que fueron creados por Dios; que fueron creados al comienzo del tiempo; que los ángeles malos o demonios fueron creados buenos, pero se pervirtieron por su propia acción. Y, por supuesto, en la línea de la centralidad del hombre en el universo creado, debemos aceptar que también los ángeles están colocados para servir al hombre como apoyo en su caminar hacia Dios y hacia el alcance de la felicidad y del amor eternos. Aun cuando los ángeles en cierto modo gozan de una prerrogativa que podría ser considerada superior a la de los hombres, están sirviendo a Dios eternamente en su presencia, y también han sido puestos como aval para el hombre, a quien "hiciste poco inferior a los ángeles", según el salmista en referencia a la altura del hombre como criatura predilecta. Los ángeles son personajes importantes en la historia de la salvación, surgidos de las manos creadoras de Dios.

En la misma vida de Jesús y de la Iglesia tienen una tarea ingente y esencial. Así lo afirma el Catecismo de la Iglesia: "El ángel Gabriel anuncia el nacimiento del Precursor y el de Jesús (cf Lc 1, 11.26)". "De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo encarnado está rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles. Cuando Dios introduce 'a su Primogénito en el mundo, dice: ‘Adórenle todos los ángeles de Dios’ (Hb 1, 6). Su cántico de alabanza en el nacimiento de Cristo no ha cesado de resonar en la alabanza de la Iglesia: 'Gloria a Dios…' (Lc 2, 14). Protegen la infancia de Jesús (cf Mt 1, 20; 2, 13.19), sirven a Jesús en el desierto (cf Mc 1, 12; Mt 4, 11), lo reconfortan en la agonía (cf Lc 22, 43), cuando Él habría podido ser salvado por ellos de la mano de sus enemigos (cf Mt 26, 53) como en otro tiempo Israel (cf 2 M 10, 29-30; 11,8). Son también los ángeles quienes 'evangelizan' (Lc 2, 10) anunciando la Buena Nueva de la Encarnación (cf Lc 2, 8-14), y de la Resurrección (cf Mc 16, 5-7) de Cristo. Con ocasión de la segunda venida de Cristo, anunciada por los ángeles (cf Hb 1, 10-11), éstos estarán presentes al servicio del juicio del Señor (cf Mt 13, 41; 25, 31; Lc 12, 8-9)". "De aquí que toda la vida de la Iglesia se beneficie de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles (cf Hc 5, 18-20; 8, 26-29; 10, 3-8; 6-11; 27, 23-25)". Son servidores de los hombres, como sabemos que han actuado los tres Arcángeles de los cuales conocemos sus nombres por revelación: Miguel, Gabriel y Rafael (Los arcángeles son siete, pero solo conocemos los nombres de tres, por tanto hay que huir de los charlatanes que proponen otros nombres). Miguel ha sido puesto como el defensor ante quien quiera enfrentarse a Dios y a su criatura el hombre. Gabriel es el encargado de poner a nuestro alcance la palabra divina, siendo el enviado para comunicar su mensaje de amor y de salvación. Y Rafael es quien está a disposición de todos para alcanzarnos el favor de Dios acompañándonos en nuestro caminar y mediante la sanación física. Todos estos seres espirituales están en la misma línea de la acción favorecedora de Dios para con los hombres, pues son enviados para nosotros. Su tarea está siempre a nuestro favor. De esta manera lo afirma San Agustín: "El nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel". Así, por ser ángeles, están siempre a nuestro favor, ocupándose de nosotros, defendiéndonos de los peligros, encaminándonos hacia el bien, hasta hacernos avanzar al punto final de nuestro recorrido, el encuentro eterno con el amor.

martes, 4 de agosto de 2020

Seamos inteligentes. No escojamos guías ciegos

La parábola de los ciegos (Brueghel, 1568) | Fragments de vida

Las experiencias de otros suelen ser pedagógicas. De ellas podemos extraer enseñanzas y sugerencias de actuación para nosotros mismos. Ellas van quedando como señas en el camino de cada uno. Más aún, de esas experiencias nos vamos aprovechando no solo en el orden intelectual o espiritual, sino incluso en el material, en cuanto que las cosas que van creando cada uno de los hombres, sus inventos o instrumentos pioneros, suelen servir luego a todos para un mejor aprovechamiento de la materia y del tiempo. Somos hijos del pasado, vivimos nuestro presente aprovechando lo aprendido y miramos hacia el futuro queriendo dejar también nuestro aporte para las generaciones que vengan. Cuando somos sabios y nos apropiamos de las experiencias positivas que otros han tenido, podemos enriquecer nuestra propia existencia, pues no debemos empezar de cero, sino de donde otros han dejado su tesoro. Y lo propio es que esa conciencia de riqueza que cada hombre puede aportar a sus hermanos sea un norte de vida que la oriente siempre hacia el bien. Incluso los que actúan mal desean dejar, por encima de su maldad, un legado positivo. El mal, aunque sea vivido en un momento como forma egoísta y soberbia de surgir por encima de los otros, nunca es pretendido como aporte a dejar para otros. Incluso el que lo usa como forma de vida se avergonzaría de que ello fuera así. Si cayera en cuenta de que estaría dejando como herencia para otros, incluso para los suyos, lo que pueda perjudicarlos, quizá pensaría mejor seguir actuando desalmadamente. Sin embargo, a pesar de que estas consideraciones sean acertadas, surge desde el corazón del hombre aquella semilla del mal que ha sido incrustada y provoca conductas nada deseables. Por un lado, está el que se vanagloria de su maldad y se sustenta cada vez más empecinadamente en ella, sin importarle la valoración de lo que está dejando como legado personal para el futuro. Y por el otro, el que vive en la ignorancia y la inconsciencia del peso histórico que puede tener lo que vive y hace para los que vengan después de él. Ambos se han colocado una venda totalmente oscura que los hace despreciar las consecuencias que podrán acarrear sus conductas. De ese modo, lo pedagógico de su accionar puede resultar en tragedia o desgracia para quienes quieran fijarse en ellos y en sus experiencias de vida.

La responsabilidad no solo recae en quien llega a ser "modelo" a seguir, sino también, en buena parte, en quien corresponde hacer la elección de su maestro. Cada hombre, además de ser responsable de su propia conducta, atendiendo a normas superiores y a lo que de aprendizaje puede obtener de la conducta de otros, es también responsable de la elección de su propio modelo. Cada uno se va construyendo su experiencia vital recibiendo diversos aportes. Está el aporte de la lay superior, la ley natural, lo que va imprimiendo Dios mismo en la conciencia del hombre, lo que le dice naturalmente lo que es mejor para él y para los otros, lo que es bueno y lo que es malo. De allí extrae normas razonables de conducta e indicaciones por las cuales hará mejor su propia vida y procurará que sean también mejores las vidas de los demás. Está el aporte de la ley positiva de Dios, que surge de alguna manera de esa misma ley natural que tiene también como fuente al mismo Creador, en la que entra un actor principal que es Él mismo. De esta manera, queda regulada también la existencia en cuanto relación no solo con los hombres, sino con el que representa la transcendencia a la que está llamado cada sujeto, por lo cual entiende perfectamente que su paso por esta vida no está solo bajo el signo de la temporalidad sino que se eleva al signo de la eternidad. Está también el aporte del entorno, de los otros actores de la vida, de su experiencia, sus pensamientos y sus conductas, de los cuales puede extraer también enseñanzas para conocer los mejores caminos para perseguir el bien para sí mismo y evitar el mal que nunca se desea. Y por último, está la propia capacidad de discernimiento, por la que se es capaz de argumentarse a sí mismo y de discurrir acerca de la conveniencia o no de cada uno de los diversos caminos que se presentan. No empieza, como hemos apuntado, del vacío total, desde cero, sino del inmenso bagaje que le aporta lo positivo de las normas naturales o las divinas, la experiencia de vida de los demás, y el propio raciocinio. Cuando se desprecia este aporte, se está cerrando a sí mismo la posibilidad sólida de acierto dejándolo solo al acaso de lo fortuito, arriesgando además que surja la posibilidad más que cierta de errar.

Jesús, en su rica enseñanza, nos dejó un llamado de atención ante esto. "Se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y le preguntaron: '¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?' Y, llamando a la gente, les dijo: 'Escuchen y entiendan: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre'. Se acercaron los discípulos y le dijeron: '¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?' Respondió Él: 'La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. Déjenlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo'". Es este el ejemplo perfecto de lo que llevamos dicho. Existe una conducta previa, tradicional, que interesadamente, con el objeto de ridiculizar a los discípulos de Jesús, y en ellos al mismo Cristo, es esgrimida como argumento. Existe el criterio divino, que expresa claramente Jesús. Y finalmente existe el propio discernimiento sobre la oportunidad de la conducta asumida previamente. La conclusión apunta a la soberanía de la libertad del hombre, que debe mantenerse siempre por encima de la tiranía de la ley opresora, máxime cuando el mismo autor de la ley suprema está presente y sentencia a favor del hombre, en contra de lo que pretende encadenarlo, invitando a despejar la visión para poder seguir al bien y no a quien pretenda llevarlo al abismo. Por encima de todo, hay que quitar la venda de los ojos para poder ver la claridad y no quedarse en lo tenebroso de la sola ley opresora de la libertad que da el amor. Todo apunta a la supremacía del hombre, a la procura de su plenitud, la que da solo la unión estrecha con Dios que indicaría siempre cuál es el camino correcto para alcanzar el mayor bien posible: "Cambiaré la suerte de las tiendas de Jacob, voy a compadecerme de sus moradas; reconstruirán la ciudad sobre sus ruinas, su palacio se asentará en su puesto. De allí saldrán alabanzas, voces con aire de fiesta. Haré que crezcan y no mengüen, que sea reconocida su importancia, que no sean despreciados. Serán sus hijos como antaño, su asamblea, estable en mi presencia; yo castigaré a sus opresores". La experiencia de los buenos será buena maestra. La historia demostrará que seguir ese camino propuesto por Dios, como lo han hecho los que se han querido mantener fieles a Él, son los que han probado la miel de su amor todopoderoso y se han beneficiado llegando a asumir el verdadero bien y no el espejismo que han seguido, y que pretendan que otros sigan, los que han servido al mal y han vivido la tragedia del desamor en su propia existencia.

miércoles, 2 de octubre de 2013

A sus ángeles ha dado órdenes para que te protejan...

Uno de los recuerdos más bellos que tengo de mi infancia es cuando nos acostaban a dormir nuestros padres. No por lo que representaba el descanso, sino por lo que yo hacía, en mi inocencia y mi hermosa ingenuidad, lamentablemente muy lejanas... Al acostarme, yo trataba de acomodarme bien a un lado de la cama, dejando casi la mitad de ella para que allí se pudiera también acomodar mi Ángel de la Guarda. Mis padres nos habían enseñado su existencia. Muy interesado escuchaba de ellos lo que significaba el Ángel de la Guarda para el hombre... Era como el amigo invisible que jamás nos dejaba solos, que nos protegía de todo peligro, que nos inspiraba las cosas buenas y nos hacía desistir de las malas, que se sentía feliz cuando hacíamos las cosas buenas, y se ponía muy triste cuando lo que hacíamos era malo. Recuerdo a mi mamá diciéndome: "No hagas llorar a tu Ángel de la Guarda". En fin, era un compañero de camino continuo con el cual podía contar sin ninguna duda... Con esa idea se desarrolló siempre mi vida en mis primeros años. Yo tenía a mi Ángel de la Guarda. Yo contaba con él, y pensaba siempre que él estaba conmigo. Y lo más importante, era el que me había regalado Dios apenas fui concebido...

Cuando crecí, no por oponerme sino por indiferencia, esta idea tan hermosa se fue difuminando en mi mente. No es que empezara a "ser malo" o a comportarme mal, sino que lentamente fue ocultándose. Quizá alguna vez haya pensado que aquello era simplemente "cosas de niños", y que ya yo estaba "grande" para seguir pensando en esas infantiladas... Y el "ser maduro", para mi desgracia, me robó la inocencia y la sana ingenuidad de contar con mi Ángel de la Guarda... Me duele muchísimo haberlo perdido en esos tiempos, pues quizá por no contar con mi Ángel de la Guarda perdí muchísimas riquezas que él mismo me estaba presentando y me sucedieron cosas que su presencia consciente me hubiera ahorrado.

Al andar el tiempo, empecé a tener contacto con la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos y con su Fundador, el Beato Manuel Domingo y Sol. Cuando leí su historia, se hizo de nuevo presente la figura del Ángel de la Guarda. Y vino como un relámpago, como un rayo de luz esplendoroso. En la enseñanza de Mosén Sol parte importante era la doctrina sobre el Ángel de la Guarda de cada hombre y de cada mujer. Me pareció estar de nuevo en mi bella infancia, escuchando otra vez a mis padres hablándome de la necesidad de tener en cuenta al Ángel de la Guarda, de contar con él para todo lo que hagamos, de confiar cuando sentimos que nos sugiere un  camino, o una decisión, o nos previene de algo malo; de hacerme consciente de que está siempre ahí, pues es la orden que Dios mismo le ha dado, y no puede él oponerse a su esencia... Mosén Sol enseñaba que hasta la nación tiene su Ángel de la Guarda. Él, español, le pedía a la gente que orara al Ángel de la Guarda de España por el país, que lo protegiera, que lo inspirara y lo llevara por los caminos del progreso, de la paz, de la justicia...

En mis conversaciones con el P. Cesáreo Gil, fiel discípulo del Beato Mosén Sol, tuve de nuevo un refrescamiento de esta vivencia. Y la fui asumiendo de nuevo, feliz por recuperar esta riqueza de la espiritualidad cristiana, ya no con la "inmadurez" del niño, sino con la "madurez" de quien discierne y sopesa bien las enseñanzas de nuestra fe. El Ángel de la Guarda no es un capricho de la Iglesia, una enseñanza absurda para engañar incautos. Está en plena correspondencia con lo que nos ha revelado el mismísimo Dios en su Palabra. El salmista nos dice: "El Señor a sus ángeles ha dado órdenes para que te protejan dondequiera que vayas". El mismo Jesús afirma: "Sus ángeles (los de los niños), en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo". ¿Es que acaso alguien que acepte a Dios como el Dios amoroso y bueno, el que nos ama infinitamente, el que se entrega radicalmente por nosotros, el que quiere siempre nuestro bien, podría al mismo tiempo querer engañarnos con cuenticos infantiles? Radicalmente no...Cuando Dios, por tanto, nos dice de la existencia de este "mundo espiritual" en el que hay arcángeles, tronos, dominaciones, potestades, ángeles, serafines, querubines..., este mundo existe realmente. Es parte de nuestra confesión de fe. La existencia de la creación del mundo espiritual fue declarada como doctrina firme de la Iglesia en el Concilio de Trento, como reacción a la pretensión de algunos de menospreciar e incluso negar su existencia...

En mi experiencia personal de esta creencia que, repito, ha sido muy bien sopesada y discernida, basado en la confianza firme en lo que Dios, que es Amor, enseña y en lo que nos regala a los hombres, he tenido experiencias interesantísimas alrededor de los Ángeles de la Guarda. Por supuesto, en lo personal, cada mañana me encomiendo a mi Ángel de la Guarda, el que me regaló Dios para mí, para que me proteja, me guíe, me ilumine, me inspire lo bueno, me haga desistir de lo malo... Y puedo decir, con absoluta certeza, que he sentido este apoyo, aunque no siempre, para mi pesar, le he sido fiel... Pero más interesante aún es lo que ha sucedido con algunas personas que se me han acercado para plantearme dificultades y consultarme sobre cómo enfrentar una conversación con alguien con el que ha habido problemas o desencuentros. O sobre cómo plantear un tema que puede crear conflictos importantes con alguien con el que se tiene que hablar... Yo les he recomendado que, antes de la conversación, oren a su Ángel de la Guarda. Y que le pidan al Ángel de la Guarda propio y al de la persona con la que se va a hablar, que conversen entre ellos primero y busquen caminos de encuentro y de concordia que puedan sugerir a sus protegidos en la conversación que vayan a desarrollar... Y sorprendentemente, cuando lo hacen, han logrado resultados increíbles. Parece un cuento de niños o de hadas, pero es la absoluta verdad. Tan verdad es, como que yo mismo he probado el método y me ha resultado de maravillas...

¡Cuánto hemos perdido los hombres al no promover en nosotros una espiritualidad que nos una más a nuestras Ángeles de la Guarda! ¡Cuántos problemas nos habríamos ahorrado si hubiéramos hecho más presente al Ángel de la Guarda en nuestras vidas! Es un regalo que Dios nos ha dado, pero que lamentablemente lo tenemos olvidado, escondido, abandonado en una gaveta de nuestro espíritu... Por no creer en ese mundo espiritual, que existe verdaderamente y está ahí, aunque no lo veamos, hemos también dejado de creer en el demonio, como ángel que se rebeló a Dios y nos empuja a hacer lo mismo. ¡Cuántas desgracias no se habrán producido en el mundo por dejar que el demonio vaya a sus anchas! ¡En cuántas trampas habremos caído por no estar vigilantes ante sus argucias trágicas!

Aceptemos la invitación de Dios a abrir nuestro corazón a la presencia de los ángeles que Él nos ha regalado para ser nuestros guías y protectores. Despojémonos de la idea de que "son cosas de niños", y de que "ya estamos creciditos para creer en esas tonterías", y más bien volvamos a nuestra infancia espiritual, a nuestra sana ingenuidad, confiando nuestra vida a la protección que los ángeles enviados por Dios nos ofrecen, en obediencia plena a su mandato...

Yo, por mi parte, tengo la tentación de empezar de nuevo a dejar un espacio en mi cama para que mi Ángel de la Guarda pueda dormir cómodo a mi lado... Y creo que no lucharé mucho para "no caer en la tentación"...