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jueves, 6 de mayo de 2021

Solo seremos auténticos hombres siendo hombres libres

 Parroquia Inmaculada a Twitter: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus  discípulos: "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi  amor." #EvangelioDelDia… https://t.co/S8Wkeo1VXP"

La libertad que produce Jesús en la persona humana es uno de los tesoros más valiosos entre los que nos ha legado el Señor. La marca del pecado es la esclavitud, pues arrebata al hombre la capacidad de acercarse a Dios con confianza desde el amor y lo encadena a sí mismo o a los ídolos que se haya construido, buscando una satisfacción que jamás encontrará allí, pues el mismo Dios creador ha puesto en el hombre la semilla de la añoranza de trascendencia que solo puede ser satisfecha con aquello que nunca pasará, que es Él mismo, y nunca lo será con las cosas pasajeras y temporales, ni siquiera sirviéndose a sí mismo. La esclavitud incapacita para tomar decisiones en favor del bien, oscurece el panorama de la eternidad pues impide elevar la mirada a lo trascendente. Quien se empeña en atarse a lo inmanente frustra en sí mismo la búsqueda de aquello único que lo hace elevarse, despegándose de su limitada realidad, que es en definitiva el objetivo que persigue Dios para el hombre, al ofrecerle la plenitud. Ella será lograda solo siguiendo la ruta propuesta por el Dios del amor. Se trata de que el hombre sea capaz de romper las cadenas que lo esclavizan, se haga dueño de sí mismo, y de que, siendo poseedor absoluto de su propio ser, decida ponerlo en las manos del amor, donde alcanzará su mayor elevación y donde se hará absolutamente libre, pues ha llegado al lugar de la felicidad y de la paz duraderas. Los hombres hemos sido creados para la libertad, y la obra de rescate que Jesús ha llevado a cabo apunta a la rotura total de nuestras cadenas. Si el pecado se empeña en mantenernos atados, la obra de la Gracia divina es deshacer esas cadenas y elevarnos, alcanzando de nuevo la libertad originaria. Por ello, la vida de todo cristiano debe ser un reflejo de esa libertad, don que nos eleva a la condición del mismo Dios, el verdaderamente libre. Es libertad para el bien, como es la libertad de Dios. Él, siendo el ser más libre que existe, nunca usa la libertad para el mal o para imponer sus criterios, sino que usa su libertad buscando siempre el bien y respetando la libertad de todos. No hay formulismos, normas, imposiciones, obligaciones, que estén por encima de la libertad que da el amor.

Por ello, al comprender lo que es ser libre en el Señor, los primeros discípulos, al encontrarse con un conflicto interno en la comprensión de la ley y de las tradiciones hebreas, apelaron a la correcta comprensión de la libertad. Por un lado, acertaron al reconocer que Dios es absolutamente libre. El Espíritu Santo sopla donde quiere, pues no está conminado a nada. Y esa misma libertad la transmitía a quienes se pusieran a su disposición como alma de la Iglesia. No tenía límites esa libertad del amor y por ello se manifestaba como el viento, llegando hasta donde la libertad los lanzaba. Él era el que dirigía los pasos de aquella Iglesia que nacía, y hacía que las obras que realizaban todos fueran las obras del amor y produjeran la sensación de libertad que llenaba a todos de alegría. Era el don de Dios que disfrutaban al máximo: "Después de una fuerte discusión, se levantó Pedro y dijo a los apóstoles y a los presbíteros: 'Hermanos, ustedes saben que, desde los primeros días, Dios me escogió entre ustedes para que los gentiles oyeran de mi boca la palabra del Evangelio, y creyeran. Y Dios, que penetra los corazones, ha dado testimonio a favor de ellos dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros. No hizo distinción entre ellos y nosotros, pues ha purificado sus corazones con la fe. ¿Por qué, pues ahora intentan tentar a Dios, queriendo poner sobre el cuello de esos discípulos un yugo que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar? No; creemos que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús". Basta dejarse bañar por la gracia de Cristo para ser salvados y vivir según lo que esa gracia exige. No hay más. Basta cumplir con requerimientos mínimos para vivir en la libertad de los hijos de Dios: "Santiago tomó la palabra y dijo: ... A mi parecer, no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios; basta escribirles que se abstengan de la contaminación de los ídolos, de las uniones ilegítimas, de animales estrangulados y de la sangre. Porque desde tiempos antiguos Moisés tiene en cada ciudad quienes lo predican, ya que es leído cada sábado en las sinagogas". Imperó el respeto a la libertad del Espíritu Santo en su acción y la que quería el Espíritu que viviera cada uno de los convertidos a Jesús.

Esa libertad, siendo don valioso de Dios a los hombres, es el fruto de la liberación de la esclavitud del pecado que logra Jesús con su obra redentora. No quiere decir que a partir de ese momento el hombre puede hacer lo que le venga en gana. No es esa la verdadera libertad, sino aquella que surge del corazón liberado del pecado que busca siempre el bien. No se es libre para hacer lo que nos viene en gana, sino para hacer el bien, porque nos viene en gana. Nada nos impele al mal, solo una voluntad desencaminada víctima del imperio del mal, de la oscuridad y de la muerte. Solo el hombre libre puede vivir realmente en el amor. "Para vivir en libertad nos liberó Cristo", nos enseña San Pablo. Es tarea del hombre libre defender su libertad. Y para ello, tiene el mejor aliado, que es el mismo Jesús liberador, que enriquece con el tesoro del amor, que es el que nos hace totalmente libres: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Como el Padre me ha amado, así les he amado yo; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud". Esta libertad está en el culmen de los tesoros que Dios nos dona a los hombres, pues es el signo evidente de la experiencia personal del amor. Solo el amor nos hace libres. Cualquier otro sentimiento opuesto, nos esclaviza. Debe ser, de esa manera, un tesoro que nos enriquece personalmente, pero que es a la vez patrimonio de todos, pues la verdadera libertad y el verdadero amor serán auténticos y plenos solo en la ocasión de que sean compartidos con los demás. No vivimos ni la libertad ni el amor para nosotros solos, sino para convivirlos con nuestros hermanos.

domingo, 7 de marzo de 2021

Dios no nos "debe" nada. Nos ha regalado todo su ser y todo su amor

 Formación Pastoral para Laicos: Jesús expulsa a los mercaderes del Templo

En nosotros los hombres existe siempre una tentación muy fuerte en referencia a la relación con Dios. Creemos que podemos llegar a "dominar" a Dios, al punto que pretendemos manipularlo logrando su favor por algunas acciones buenas que cumplimos, con lo cual llenaríamos la "cuota" que lo satisface, por lo que Él ya no tendría otra opción que concedernos el beneficio de lo que le pedimos. Es una práctica antiquísima, pero no por eso en desuso, pues hoy nos encontramos con miles de cristianos que aún mantienen esta mentalidad de pretensión de dominio sobre la voluntad divina. Las famosas cadenas de oración o de acciones que prometen lograr una meta específica, "arrancándole" a Dios su favor, son una muestra de esto. Son signo de una fe totalmente inmadura, que no ha comprendido la forma de acción de Dios ni de su amor, ni la necesidad de una fidelidad radical a su voluntad, lo que hará que podamos recibir los beneficios, no como "premios" que nos concede Dios por buena conducta, sino como consecuencia natural de la misma fidelidad que mostramos a Dios y a su amor. Por eso Dios ha considerado necesario "regular" nuestra relación con Él y con los hermanos, precisamente para evitar estos equívocos tan frecuentes y tan arraigados en la humanidad. Los Mandamientos que Dios da al pueblo son la demostración del amor del Señor que quiere que el hombre tenga claro cómo debe ser su relación con Él y entre ellos. No son prohibiciones impuestas, sino luces que el Señor pone en el camino de los hombres para iluminar el camino, de manera que la ruta se haga expedita hacia su amor. Son señales que nos van indicando cuál es el itinerario a seguir para ir avanzando hacia la plenitud. No podemos pensar que sean fruto de un Dios caprichoso que quiere confirmar su supremacía sobre todo, en particular sobre el hombre. Son fruto de un Dios que ama y que indica el camino correcto para poder vivir en plenitud los beneficios de ese amor. Después de exigir colocarlo a Él en el primer lugar de todo, indica cómo debe ser la relación entre los hermanos: "Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días en la tierra, que el Señor, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás falso testimonio contra tu prójimo. No codiciarás los bienes de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo". El amor, de esta manera no puede ser expresado solo hacia Dios, sino que deberá ser manifestado también claramente en la relación con los hermanos. No hay confusión posible, entonces, para justificar el equívoco de pretender manipular a Dios.

El ejemplo en este sentido nos lo ha dado el mismo Jesús. La pretensión de dominio sobre Dios parte de la idea de que Dios es manipulable, de que la búsqueda de beneficios personales sin importar el beneficio que se le debe a los demás, no tiene nada que ver con la relación que se pueda tener con Dios. Una cosa no quitaría la otra. Se podría pretender mantener una buena relación con Dios sin importar la relación con los hermanos. Jesús, con su acción, nos dice que esto es totalmente imposible. Siendo Dios, mantuvo una relación de intimidad profunda con el Padre y llevó al culmen esa relación con su entrega en favor de los hombres, por encima de las convenciones que afirmaban que no tenía sentido lo que hacía. La mayor expresión de su fidelidad a la voluntad divina la realizó en la entrega en favor de los hombres, sus hermanos, para rescatarlos del pecado y de la muerte. No permitió que su condición de Dios lo sustrajera de la manifestación del mayor amor por el hombre que venía a rescatar: "Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres". La mayor ignominia sufrida por Jesús, su muerte en cruz, no fue un acto que estuviera fuera de lo que Dios exigía para el rescate de la humanidad. Esa redención hubiera podido haber sido hecha de cualquier otra manera, pero Jesús la asumió de la forma más clara de demostración de amor, negando lo que había en la mentalidad de los "manipuladores" de Dios, que exigían demostraciones de poder o de sabiduría infinitos. La que decidió hacer Jesús fue la de la mayor humildad por amor a la humanidad.

En esa búsqueda de impedir esa mentalidad del hombre que pretende el dominio sobre Dios, manipularlo y manejarlo a su antojo, nos encontramos con el episodio de Jesús enfrentándose con los mercaderes en el templo. Habían convertido a Dios en una mercadería más, de la que podían sacar provecho. El templo era un mercado de compra-venta, en el que se tenía más ventaja si se ofrecía más. Para Dios bastaría una buena oferta para cumplir la voluntad del oferente. En este sentido, se puede entender que Dios fuera un servidor de la moneda, casi un ídolo más al que había que ofrecer el propio sacrificio monetario para lograr su favor. No se diferencia mucho de lo que hoy pretenden tantos "cristianos", que ofrecen a Dios sus "sacrificios" para hacerse de sus favores. Jesús, evidentemente, reacciona ante esta mentalidad. Él no ha venido a rescatar al hombre a cambio de sus dádivas. En todo caso, la única dádiva que exige es la del corazón rendido a su amor. Y por eso se molesta cuando los hombres no terminan de entender esto y se empeñan en seguir un camino que buscaría ventajas o "pagos" generosos de parte de Dios. El amor de Dios es gratuito, máxime cuando lo que pide es que se haga lo que ha sido establecido como su voluntad de donar la plenitud a quien se mantenga a su lado: "'Quiten esto de aquí: no conviertan en un mercado la casa de mi Padre'. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: 'El celo de tu casa me devora'. Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: '¿Qué signos nos muestras para obrar así?' Jesús contestó: 'Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré'. Los judíos replicaron: 'Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?' Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús. Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre". Nuestra vida como discípulos no puede estar basada en la pretensión de que Dios nos deba algo y podamos manipularlo para lograr que nos lo conceda. Debe estar basada en el reconocimiento de un amor que no tiene parangón, que nos pide que nos mantengamos junto a Él, y que demostremos el amor que le tenemos, amando a los hermanos que Él mismo ha puesto en nuestras manos para conformar la gran familia de los que aman a Dios.

jueves, 9 de julio de 2020

Hemos recibido todo de Dios, para darlo todo a los hermanos

Vayan y proclamen que ha llegado el reino de los cielos» – Reporte ...

Todo lo que tenemos los hombres es donación amorosa de nuestro Dios. Echando la mirada a todas nuestras posesiones y haciendo una especie de inventario y de estudio de proveniencia, nos percataremos sin duda de que en toda la lista aparecerá invariablemente la denominación de origen divina. Nada de lo que logra el hombre puede afirmar que sea exclusivamente por sí mismo, pues incluso todo lo que le haya costado el esfuerzo de su inteligencia y su voluntad, lo habrá podido alcanzar justamente porque previamente ha sido dotado de esa inteligencia y esa voluntad con las que lo ha enriquecido el Creador. Tendrá, evidentemente, el mérito de haber puesto a funcionar correctamente esas riquezas, no desdeñando el poner a tope esas capacidades y superando todos los posibles escollos que haya podido encontrar, pero siempre será un mérito mayor cuando se dé el reconocimiento de que nada de eso lo tendría en las manos si no hubiera habido una expresa voluntad divina de ponerlo en ellas. Aun cuando haya habido un esfuerzo claro de parte suya, todo adquirirá mayor mérito no en la consideración de la absoluta autonomía con la que habría actuado, lo cual, por otra parte, no es verdad, sino en el reconocimiento agradecido de haber sido enriquecido por el mismo Dios con la capacidad de hacerlo. En el momento de la creación del hombre, esa "imagen y semejanza" que le imprimió Dios, lo hizo no solo en el mismo objeto que donaba, sino que fue más allá, pues debía conservarse esa "imagen y semejanza" también en la finalidad que tiene la posesión de cada una de las cualidades divinas. Poseer cualidades divinas, más allá de hacernos participar de alguna manera de su naturaleza, por concesión amorosa del Creador, implica para el hombre "hacerse como Dios", no en el sentido de la tentación diabólica puesta delante de Adán y Eva, sino como consecuencia lógica y natural, y más allá, santificante, de la posesión de esas cualidades. No se les dan al hombre para que se coloque embelesado frente a un espejo a contemplarse divinamente, sino para que en su vida cotidiana sea reflejo de Aquel del que le vienen tales virtudes. La posesión de las cualidades divinas no es dardo paralizante para el hombre, sino un acicate para hacer presente a Dios en el mundo mediante sus pensamientos y sus comportamientos. La mejor manera de rendir pleitesía agradecida al Creador por haberlo hecho digno de sí, es hacer que sus propias virtudes y capacidades, con las cuales lo ha enriquecido, se manifiesten libremente a través de sus acciones. Es el derecho que tiene Dios y el deber que tiene el hombre.

Esa actuación de Dios es totalmente lógica y congruente con lo que Él es. Desde el mismo principio enriqueció a los hombres con sus propias cualidades y jamás cambiará su deseo de seguir enriqueciéndolos. Dios nunca se arrepiente de sus decisiones, pues cada una de ellas las ha tomado sin depender de otros. Si así fuera, nuestra vida sería un tremendo carnaval de rutas y desembocaduras distintas, pues dependería de la volubilidad del carácter humano, del cual sabemos no tiene como característica peculiar su estabilidad. Pero como sí depende de la inamovilidad del genio de Dios, sabemos de su total estabilidad. Él no cambia decisiones dependiendo de la conducta del tercero en discordia, del hombre. Su decisión ha sido tomada previamente a la infidelidad humana por lo cual no ha dependido de ella. Habiendo cambiado el hombre la dirección de su vida para alejarse de Dios, Él se mantiene incólume en su intención de enriquecer al hombre continuamente para que se decida a ser suyo. Y en eso no cambiará jamás. Por eso el mismo Dios trae a su corazón las imágenes enternecedoras de aquel amor entrañable que tiene a cada hombre, como el del padre que ama a su criatura con ese amor protector y dulce que le procurará siempre lo mejor y que jamás dejará de hacerlo porque tendrá siempre la imagen presente de aquel niño que está abandonado en sus brazos, aunque haya crecido y se haya declarado su enemigo. En ese que se declara rebelde, Dios siempre descubrirá al niño al que ama y defiende, y al que siempre enriquecerá con ternura y amor eternos e infinitos. "Con amor eterno te amé", les recordará siempre: "Cuando Israel era joven lo amé y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí: sacrificaban a los baales, ofrecían incienso a los ídolos. Pero era yo quien había criado a Efraín, tomándolo en mis brazos; y no reconocieron que yo los cuidaba. Con lazos humanos los atraje, con vínculos de amor". Es ese recuerdo el que perdura en el corazón y en la mente de Dios. Y no está al arbitrio de los cambios humanos. El amor de Dios al hombre no depende del hombre, sino de Dios. Es el regalo que Dios quiso darle al hombre y del que jamás se arrepentirá: "Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas. Me incliné hacia él
para darle de comer. Mi corazón está perturbado, se conmueven mis entrañas. No actuaré en el ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín, porque yo soy Dios, y no hombre; santo en medio de ustedes, y no me dejo llevar por la ira".

Por ello, en el cumplimento de toda justicia, el hombre no se puede arrogar la decisión sobre un desprecio a la finalidad que tienen las capacidades con las cuales el Señor lo ha enriquecido. Dios se las ha donado no para que haga con ellas lo que le venga en ganas, sino para que sean puestas a funcionar exactamente como Él las usa, siendo su fuente. Por eso, el mandato de Jesús sobre los apóstoles a los que envía al mundo, se inscribe en la lógica de este movimiento: "Vayan y proclamen que ha llegado el reino de los cielos. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, arrojen demonios. Gratis han recibido, den gratis". Todas estas maravillas de ninguna manera pueden hacerlas los hombres por sí mismos. Si las hacen es porque el mismo Jesús les ha dado esa capacidad. No pueden sentirse "propietarios" de esas capacidades, pues las han recibido por amor. A ellos y a los que serán los beneficiarios de ellas. Por eso la sentencia final, "Gratis han recibido, den gratis", es absolutamente lógica. El apóstol no tiene ningún derecho a convertirse en dique de la gracia o del amor. Por el contrario, debe ser un canal a través del cual debe transcurrir libremente el amor que Jesús quiere que sea de todos. No la han recibido para regodearse egoístamente en su posesión, sino para entender que la mayor riqueza al poseerlas, es dejarlas pasar a los hermanos. Así, paradójicamente, será mayor también en ellos mismos. No podemos, por lo tanto, decidir dejar de dar amor, o de intentar hacer la vida de los hermanos más feliz, o de tender la mano a los más necesitados, o de sembrar la justicia y la paz a nuestro alrededor, o de sentir compasión por las miserias que viven los más humillados, o de buscar para todos el mayor bien, o de tratar bien el entorno natural en el que todos desarrollamos nuestra vida, o de servir siempre con alegría e ilusión a todos, o de proclamar la verdad y defenderla contra toda manipulación, o de fomentar nuestra religiosidad promoviendo el contacto con Dios... No tenemos derecho a no hacerlo. Todas esas riquezas, y muchas más, las hemos recibido. Y somos sus propietarios, pero no para resguardarlas celosamente en nuestro interior negándolas a los demás, sino con el único sentido con el que se nos han dado: para que poseyéndolas y haciéndolas nuestras, dejando que marquen nuestra vida, las dejemos salir hacia el hermano, para que también se sirva de esos tesoros de amor que Dios quiere que pertenezcan a todos.

sábado, 7 de diciembre de 2013

El amor es gratis

La característica más resaltante del amor es su gratuidad. Si no fuera así, no sería algo tan discutido, tan ambivalente, y por eso, tan valioso. Para quien vive del amor sincero, es el tesoro más valioso, aunque no le haya costado nada materialmente, mientras que para los que ven todo desde una mentalidad mercantilista, lo ven como una "cosa" que se puede vender y comprar, y que en cierto modo es rentable... Es la tergiversación total de lo que es realmente el amor...

Hoy estamos en una sociedad en la que como todo se compra y se vende, se llega a pensar que se puede también comprar al amor. El concepto puro, límpido, transparente del amor, que es el de la entrega absoluta, sin consideraciones egoístas, que coloca al otro por encima de sí mismo, que busca su bien por cualquier vía honesta, ya no es el que está de moda... Hoy el amor se considera bueno en cuanto retorna un beneficio... No se trata de amar, sino de recibir amor. El hombre está más ganado a la idea de "aprovecharse" del amor, que de dar amor... Muchos de los estados de angustia, de depresión, de sensación de soledad, están basados en el empeño de creerse sólo con el derecho de recibir amor y no con el deber de darlo... A lo máximo, se está dispuesto a dar amor en la medida en que se recibe... Doy sólo cuando estoy satisfecho al recibirlo...

Y esto está influyendo negativamente en infinidad de campos humanos. Los esposos y las esposas sólo están dispuestos a dar amor si reciben amor. Ciertamente el amor esponsal es también concupiscente, en el sentido de que hay más satisfacción cuando se recibe una compensación, cuando se está seguro de que se es amado. Hay mejor disposición para amar cuando uno se sabe amado y recibe los beneficios de ese amor del otro... Pero si ambos se sientan a esperar que el otro dé señas de su amor, llegará el momento en que se morirán de mengua en la espera... Los gobernantes responden sólo a los grupos que los apoyan, y si sienten de alguna manera que hay un grupo que no le sirve de soporte, sino que les es contrario, dejan de cumplir su obligación con ellos. Su tarea de procurar el bien también para ellos, pues son parte de la población a la que deben servir, queda suspendida... Los dueños de empresas dan mayores beneficios a los empleados que se confiesan fieles súbditos, e ignoran a quienes son indiferentes, aunque cumplan fielmente sus labores... Todo es un intercambio de intereses...

El amor se ha llegado a considerar un bien con el cual puedo obtener más o menos ganancias y es una especie de material de trueque... Se ha llegado a banalizar de tal manera que hasta recibir favores sexuales se ha llegado a calificar de "hacer el amor", no importa si lo que menos hay es amor, y lo que impera es simplemente la pasión y el deseo básico de satisfacción del instinto animal... En todo caso, la entrega íntima y mutua de los esposos por amor, lo que menos hace es el amor, pues ya en ellos está hecho, está en la base de la entrega, y el acto de la intimidad sólo hace que sea la expresión más sublime del amor que ya existe entre ellos... Nuestra mentalidad de banalización ha llegado a jugar al extremo con lo más puro que podemos vivir y algunos lo han hecho sólo una expresión del instinto básico que asegura la procreación de la especie humana... Lo han vaciado de todo lo que implica la entrega de la persona en lo que más expresa su intimidad y que lo deja "desnudo" -nunca mejor dicho- ante el otro... Se es totalmente del otro, al punto de que nada de lo mío ya queda oculto para él o para ella...

En todo caso, Jesús nos pone en la senda de la comprensión de lo que mueve al mundo en sus más profundas raíces... Cuando nos invita a "dar gratis lo que hemos recibido gratis", nos está diciendo que revisemos en profundidad lo que está en la base de nuestro ser... Nuestra vida, todo lo que existe en ella, todo lo que la mueve más sólidamente, los verdaderos tesoros que poseemos, absolutamente todo, lo hemos recibido gratis... Nadie ha comprado su vida, nadie ha comprado el aire que respira, nadie ha comprado los paisajes con los que se regodea, nadie ha comprado el verdor de los bosques, nadie ha comprado el agua de los ríos o de los mares... Todo eso lo hemos recibido gratuitamente, desde el amor infinito que Dios nos tiene. Lo ha puesto en nuestras manos y es de los más grandes tesoros que poseemos. ¿A quién se le ocurre colocarle precio a una puesta del sol preciosa, o a un amanecer esplendoroso en el que el sol brilla invicto sobre el horizonte? ¿A quién se le ocurre ponerle precio a una flor que se abre orgullosa para llenar de belleza y de aromas sutiles su entorno? ¿A quién se le ocurre ponerle precio a la contemplación del baile acompasado de una bandada de aves sobre la siembra del arroz o de cualquier semilla, o sobre la ciudad que asiste asombrada a la perfecta armonía que demuestran miles de aves como si estuvieran todas unidas a un único cerebro? Es el regalo gratis de la vida que nos ha dado Dios. Su amor da para eso, y para mucho más...

Nos ha regalado no sólo lo hermosísimo de todo lo que nos rodea, sino también nos ha regalado su amor infinito en el perdón y en la misericordia, que no nos hemos merecido para nada. Su mensaje de amor no está sólo en la naturaleza que nos acaricia diariamente, sino en el gesto extraordinario de un Dios que se ha hecho hombre y se ha entregado a la muerte ignominiosa. Ya no es la naturaleza irracional la que es su regalo. Es Él mismo, la Segunda Persona de la Trinidad, el que se ha entregado hasta el máximo, hasta el último suspiro. Su amor no está fuera de Él, sino que está en Él... Es Él mismo. Pleno, limpio, puro, sin ocultamientos, sin guardarse nada. Todo lo ha puesto en nuestras manos. Y se convierte así en nuestras salvación plena... Lo hemos recibido gratis. No hemos hecho nada para obtenerlo. Si algo hemos hecho es más bien no merecerlo jamás... Pero Él no se para en considerar cuanto nos merecemos, sino cuanto nos ama Él mismo. Y nos ama infinitamente... Y Jesús nos invita a hacer lo mismo que hizo Él... Dar gratis... No calcular cuánto ganamos, sino cuánto estamos dispuestos a amar... En el amor no hay pérdidas jamás. Siempre hay ganancias, pues ya amar es la ganancia.  Quien se queda calculando ganancias, ya está perdiendo, pues pierde la gesta más hermosa que puede hacer: amar gratuitamente...

Los hombres ganamos amando... Perdemos calculando cuánto amor damos. En el amor se gana dándolo todo. Jesús obtuvo su mayor ganancia porque se entregó todo. Así debemos hacer nosotros. No calculemos. Caer en la tentación de calcular el amor, es lamentablemente perder... Ganemos siempre, dando todo el amor. Darlo todo es ganarlo todo... Hacerse dueños del tesoro más grandioso que podemos tener que es el amor de Dios, vivir en su corazón, hacer de ese corazón nuestra más valiosa posesión...