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sábado, 26 de junio de 2021

La fuente de la vida y del amor manará siempre para nosotros

 Catholic.net - Señor, no soy digno de que entres en mi casa

De entre las cosas que desea Dios, nuestro Padre, si es que adoleciera de algo, es una inmensa añoranza porque sus criaturas tengamos una confianza inconmovible en Él y en su amor. Es una añoranza de ninguna manera enfermiza, por cuanto se inscribe en el ámbito del amor que lo ha movido hacia fuera de sí y que tiene como único objetivo procurar la mayor felicidad del hombre surgido de sus manos amorosas y poderosas. En esta línea de acción divina solo busca una respuesta también de amor de quien experimenta continuamente ese amor benévolo. Es natural que se dé este movimiento, pues, aunque para Dios no existe ninguna necesidad, ya que en sí mismo es autosuficiente, la aventura de la creación en la que se inscribió, busca esa respuesta no para sentirse satisfecho, sino para que el hombre entienda que ese es el camino de su plena felicidad. Por eso, quienes han entendido esta manera de obrar y han sido dóciles a estas inspiraciones amorosas del Creador, el responder afirmativamente a estas insinuaciones del Dios de amor se transforma en fuente de serenidad incesante, y en prontitud en el descubrimiento de estos tesoros que sin duda llegan a ser la mayor de las riquezas que pueden obtener. La lluvia de bendiciones se transforma en una fuente incesante de vida y de gozo. Incluso en medio de las mayores dificultades y problemas, entienden que tener el corazón pronto para asumir con docilidad las experiencias del Espíritu, es con mucho, la mejor ruta. Es esto lo que Dios quiere que viva cada hombre elegido y salvado por su amor. La elevación de la mirada para poder percibir, en medio del tráfago del mundo, lo que verdaderamente tiene valor. Es por ello que la relación con Dios para estos hombres se convierte en fuente segura de confianza, de seguridad, incluso de satisfacción confiada en Él. Es hermoso tener confianza con Dios y manifestar esa confianza sin restricción. De esa manera, la relación con Dios se transforma en algo completamente satisfactorio, sin quiebres y llena de compensaciones sin par.

Fue esta la experiencia de vida que tuvo Abraham en las manos de Dios. Su experiencia de fe, abandonado totalmente en la voluntad divina, sin dejar de tener desencuentros y frustraciones, muestra que su seguridad la había puesto totalmente en las manos de Dios. No era él que decidía su suerte. Al máximo se colocaba en el camino del amor para seguir recibiendo la cascada de bendiciones por ser el elegido para ser el padre de una humanidad nueva que nacería al final de los tiempos y del cual él se había convertido en personaje central y primario. Es llamativa esta excelente disposición, por cuanto lo único que tenía en sus manos era una promesa de grandes maravillas. Y nada más. Establece así una relación de tal intimidad con el Señor que en el único sitio en el que encontraba seguridad y confianza era a la vera de su Elector. Al punto que de esa relación fluida y fresca, su misma esposa Sara toma también esa frescura de Dios, aún estando más ocupada en otras cosas más banales. La promesa de descendencia que reciben es tomada con agrado, pero con cierta incredulidad por Sara, en el atrevimiento mayor de desconfiar de ella. Dentro de lo maravilloso de las actuaciones divinas, Sara reacciona como reaccionaría cualquiera. Una pareja de ancianos, secos y estériles, reciben la mayor bendición que pueden recibir. Su hijo Isaac será quien concrete la alianza nueva que transformará la historia del mundo. Una tarea impresionante para quien vive solo de la humildad. Es la humildad necesaria delante de Dios para ser receptor de grandes bendiciones: "'Cuando yo vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo. Sara estaba escuchando detrás de la entrada de la tienda. Abrahán y Sara eran ancianos, de edad muy avanzada, y Sara ya no tenía sus periodos. Sara se rió para sus adentros pensando: 'Cuando ya estoy agotada, ¿voy a tener placer, con un marido tan viejo?' Pero el Señor dijo a Abrahán: -'¿Por qué se ha reído Sara, diciendo: 'De verdad que voy a tener un hijo, yo tan vieja?' ¿Hay algo demasiado difícil para el Señor? Cuando vuelva a visitarte por esta época, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo'. Pero Sara, lo negó: 'No me he reído', dijo, pues estaba asustada. Él replicó: 'No lo niegues, te has reído'". Es muy simpática la reacción de Sara, pero absolutamente natural. 

Esta confianza radical en Dios nos mueve a todos a presentarnos delante de Dios con esa humildad necesaria, pues solo así, reconociendo su amor y su poder que siempre estará a nuestro favor en medio de todas nuestra tribulaciones. El ejemplo lo tenemos en aquel centurión, seguramente hombre recio, de disciplina militar, muy consciente del orden jurídico, seguramente conocedor de Jesús por referencias de otros que, reconociendo que en ese personaje no está simplemente un profeta taumaturgo, que realizaba maravillas en medio del pueblo, sino un hombre que buscaba siempre hacer el bien, se le acerca sin ninguna duda para solicitar un  favor extraordinario, con la certeza de que no será desatendido. No pide algo para sí, sino para un criado. Incluso llega al extremo de confesar su fe de manera extraordinaria, cuando reconoce que Jesús puede hacer el milagro a la distancia. Apela a su propio ejemplo como personaje de autoridad para fundamentar que en Jesús hay una fuerza superior, pues es una confesión tácita de que para Dios no existe nada imposible: "'Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho'. Le contestó: 'Voy yo a curarlo'. Pero el Centurión le replicó: 'Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: 'Ve' y va; al otro: 'Ven', y viene; a mi criado: 'Haz esto', y lo hace'. Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: 'En verdad les digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac, y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes'. Y dijo al centurión: -'Vete; que te suceda según has creído'. Y en aquel momento se puso bueno el criado". Esa confianza radical tuvo la compensación mayor. Es la compensación que da la fe por encima de todo. Dios es la fuente de todas las bondades. Y esa fuente está abierta siempre. No se cierra jamás. Nosotros solo debemos ascender en el espíritu para que nuestra mano esté siempre tendida hacia esa fuente de amor, que será causa de nuestro gozo, ya que manará siempre a nuestro favor. Y así, nunca fallará, como nunca ha fallado.

martes, 20 de abril de 2021

Añoremos el Pan de Vida que nos da Jesús, que es Él mismo

 LECTURAS DEL DOMINGO XVIII DEL T. ORDINARIO 5 DE AGOSTO (VERDE) | MISAL  DIARIO

Existe entre los hombres, sobre todo en aquellos que quisieran ser seguidores de Jesús, una continua diatriba entre los beneficios que se pueden obtener en ese seguimiento, particularmente si ellos son materialmente favorables o no. Se confunde el seguimiento de Jesús con una especie de seguro contra males. Quienes están cerca de Cristo, siendo fieles a su amor, cumpliendo su voluntad, haciendo lo que Él pide, frecuentemente creen que por ello están exentos de todo mal. Incluso muchos que ya están en el camino de la fidelidad quieren convencer a los otros a acercarse también ellos para lograr que todos los males desaparezcan de su vida. Está claro que Dios puede hacer que los males se alejen de los suyos. Pero en la realidad, quien funda su fidelidad en no sufrir males por estar cercano a Dios, ha puesto una base muy endeble a su fe. Se puede verificar que muchos hombres y mujeres buenos, que viven su seguimiento a Dios con fidelidad, siguen sufriendo males, persecuciones, rechazos, enfermedades, y hasta la muerte, por ser fieles. No es cierto, entonces, que ponerse al lado de Dios inmuniza contra lo malo que puede vivir el hombre. Si es así, ¿qué es entonces lo que haría atractivo seguir con ilusión y fidelidad a Dios? ¿Cuál sería la ganancia que se obtiene por estar cerca de Dios, si no se gana nada mejor de lo que se vivía antes de seguirlo? Es necesario, entonces, hacer el discernimiento de la ventaja que representa querer ser de Dios, pues en múltiples ocasiones nos percatamos de que los que sirven al mal, reciben muchas más compensaciones materiales que los que sirven al bien. Incluso muchos buenos llegan a ver hasta con envidia a los malos, pues son mucho más favorecidos a su entender que ellos mismos.

Es una inquietud que ha estado presente siempre. Muchos de los salmos del Antiguo Testamento son un reclamo a Dios por el mal que sufren los que son fieles, frente a todos los bienes que reciben los malos. Se hace necesario que haya entonces un itinerario distinto en el discernimiento. No se debe partir de los beneficios que se alcancen actualmente, los temporales y pasajeros, sino de los que se obtienen establemente y que nunca desaparecerán. Puede ser que haya bienes que se obtengan en lo cotidiano. Dios también puede hacerlo, pues no hay nada imposible para Él. Podríamos ubicar en esa categoría los milagros que conocemos como obras portentosas y maravillosas que realiza Dios, por intercesión de sus santos. Pero son eso, portentos. No es la manera normal de su actuación. Por ello, a pesar de que siempre podremos obtener favores y beneficios, como en efecto sucede en nuestras vidas, es cierto que nuestra expectativa no puede agotarse en ello, pues estamos llamados a algo más elevado. Dios nunca nos promete la ausencia del dolor. Lo que sí nos promete es su presencia que nos consuela, nos alivia y nos fortalece, en medio del sufrimiento en su nombre y por fidelidad a Él. Y esta es la experiencia de todos aquellos elegidos suyos para ser sus anunciadores en medio de un mundo que sigue valorando más lo material que lo espiritual. Lo vivió San Esteban, el primer mártir cristiano, que se entregó de lleno al anuncio y obtuvo como compensación física su muerte: "Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: 'Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios'. Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: 'Señor Jesús, recibe mi espíritu'. Luego, cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo: 'Señor, no les tengas en cuenta este pecado'. Y, con estas palabras, murió". Su premio no fue una vida muelle o desahogada. Su fidelidad le atrajo la muerte. Y él la asumió con gallardía, con valentía y con ilusión, pues había valorado y discernido bien en qué consistía la plenitud a la que era convocado por su fidelidad.

En ese camino de fidelidad que deben emprender los discípulos de Jesús, en medio de los sufrimientos y persecuciones, no nos deja el Señor desamparados, a nuestra merced. Él mismo se monta en la barca que nos invita a hacer bogar en el mar del mundo y nos acompaña. Pero no solo eso. Va más allá, ofreciéndonos el alimento que nos fortalece y que nos renueva para poder seguir llenos de ilusión en la misión que nos encomienda, que no es otra que la de seguir su misma obra de salvación en nuestro tiempo y en el tiempo de cada enviado: "En aquel tiempo, el gentío dijo a Jesús: '¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”'. Jesús les replicó: 'En verdad, en verdad les digo: no fue Moisés quien les dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo'. Entonces le dijeron: 'Señor, danos siempre de este pan'. Jesús les contestó: 'Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás'". No promete Jesús ausencia de conflictos o de sufrimiento, sino alimento para la fortaleza en el testimonio que deben dar. Y es en esto en que los discípulos debemos poner el acento. La compensación no es la ausencia del dolor, sino la presencia suya en nosotros que nos llena de paz y de consolación, y que nos da la fortaleza que necesitamos para mantenernos en el camino de la fidelidad, que es el que dará la plenitud del gozo. La presencia de Jesús en el corazón del hombre llena de alegría, da la mayor ilusión para seguir adelante, nos anima a seguir en nuestro camino, en medio de nuestro mundo muchas veces hostil, pues nos asegura que estamos avanzando hacia la plenitud que nos pertenece ya en promesa, pero que será realidad plena cuando lleguemos después de nuestro periplo a la presencia del Padre del amor y vivamos la felicidad total en su presencia por toda la eternidad.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

La felicidad la construimos solo en la fidelidad a Dios y a su amor

 Las Bienaventuranzas - David Araúz

El discurso central de Jesús es el de las Bienaventuranzas. En ellas hace un resumen perfecto de lo que es la nueva ley. No es una ley que suspenda la anterior, como lo adelantó Él mismo -"No crean que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud"-, sino que es una invitación a asumir una actitud nueva ante la ley, pues Él viene a cumplirla estrictamente y a hacerla superior basándola en el amor perfecto. En la mentalidad anterior, asumir la ley para cumplirla significaba obtener beneficios que apuntaban incluso al bienestar material, pues quien se comprometía con ella indudablemente recibía las bendiciones de Dios y tenía como consecuencia su progreso integral. De cierta manera se cumplía la ley buscando una compensación de parte de Dios, el cual quedaba como "obligado" a corresponder al sujeto porque era bueno. Existía, por tanto, una motivación que tendía al egoísmo y que frecuentemente era solo crematística en quien asumía la ley como norma de vida. De algún modo, es una mentalidad que subyace aún hasta nuestros días, en primer lugar, en muchos miembros del mismo pueblo judío para quienes la amistad con Dios debe siempre traer réditos muy favorables, y en segundo lugar, en muchos cristianos que tienen la convicción de que mantenerse junto a Dios y ser fieles a Él traería siempre todas las bendiciones y alejaría de todos los males y de todos los peligros e incluso del sufrir miserias. Acercarse a Dios, mantenerse con Él, serle fiel, es para ellos como un talismán del progreso y del bienestar y una prenda de seguridad y de protección. Para quienes así piensan el programa que les presenta Jesús en las Bienaventuranzas es muy poco auspiciable, pues viene a dar al traste con esa mentalidad ventajista, y apunta exactamente al sentido contrario al que los sustenta en la motivación para cumplir la ley. Jesús no ofrece ninguna ventaja inmediata y más bien augura sufrimiento y dolor, haciendo la promesa de una compensación no inmediata, sino futura aunque cierta, no palpable en cifras favorables. La compensación inmediata, en todo caso, es la de saberse en el camino correcto por hacer lo que el mismo Jesús indica como el camino auténtico del cristiano, para el cual la felicidad no consiste en el disfrute del regalo que le puede ofrecer el mundo, aunque tiene derecho a ello, sino en el guardar con celo en el alma y en el corazón el amor a Dios y a los hermanos, demostrándolo en el servicio fiel y desinteresado a ellos. Las Bienaventuranzas colocan la razón de la felicidad justamente donde es: No en el hombre por sí mismo, sino en el hombre que es amado por Dios y que consecuentemente le sirve a Él y a los hermanos por amor. He ahí la gran novedad de lo que enseña Jesús. No se cumplen los mandamientos para ser felices como fin, sino que se cumplen para demostrar el amor a Dios y a los hermanos y servirles con ese mismo amor, siendo este el fin, que tiene además como consecuencia la felicidad de quien lo hace porque se sabe en el camino correcto. No es que la fidelidad al amor asegure el sufrimiento como única vía posible, sino que asume que este se puede presentar y se debe entender como signo del seguimiento fiel a Dios, lo cual sí compensa en el corazón.

En el Evangelio de San Lucas, las Bienaventuranzas son ciertamente más concentradas y concretas. La versión de San Mateo las presenta de manera más extensa y detallada, de modo que pueden crear un mayor sosiego, pues explican de mejor manera el itinerario prácticamente completo presentando un abanico de posibilidades: ser pobres, ser mansos, llorar, tener hambre y sed, ser misericordiosos, ser limpio de corazón, trabajar por la paz, padecer persecución... Son todas situaciones en las que se pueden ver envueltos los cristianos, y en ellas deben saber responder como fieles de Dios y amantes de los hombres. Por la conducta favorable en estas circunstancias se recibirán siempre bendiciones y consolaciones. San Lucas, mucho más concreto, las presenta así: "Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios. Bienaventurados ustedes los que ahora tienen hambre, porque quedarán saciados. Bienaventurados ustedes los que ahora lloran, porque reirán. Bienaventurados ustedes cuando los odien los hombres, y los excluyan, y los insulten y proscriban su nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían sus padres con los profetas". No se da en esta versión un sentido solo "espiritual" ni a la situación personal ni a la promesa de la compensación que será inmediata, aunque existe también una promesa de recompensa en la eternidad, mientras que en San Mateo el sentido es puramente espiritual. Ambas versiones son válidas, pues en todo caso llegan a ser complementarias y no contradictorias. El sentido último es el de la felicidad que debe vivir el cristiano en su situación actual, fruto de su fidelidad, precisamente por ser fiel, lo cual le da la seguridad de estar haciendo lo correcto. La misma definición de "Bienaventuranza" le da el sentido, pues significa "Felicidad". Quien es bienaventurado es un hombre feliz. Por otro lado, San Lucas añade lo que se conoce como "Los Ayes", que son las lamentaciones que producen los que se consideran que están ya muy seguros en esta vida pasajera, pues han basado su felicidad y su seguridad en lo que desaparece y no en lo que abrirá las puertas a una eternidad de amor: "¡Ay de ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que están saciados, porque tendrán hambre! ¡Ay de ustedes los que ahora ríen, porque harán duelo y llorarán! ¡Ay si todo el mundo habla bien de ustedes! Eso es lo que sus padres hacían con los falsos profetas". No es que sea malo lo que viven, sino la actitud con la que lo viven, pues han creído que la vida consiste en eso y se termina en eso, por lo que la centran en ello.

San Pablo, a los cristianos de su tiempo, hombres y mujeres que ya vivían el gozo de la redención de Jesús y que habían recibido con alegría el mensaje de la salvación, los llamaba con urgencia a asumir una actitud de relativización de la realidad que vivían, es decir, a no absolutizar de ninguna manera lo que no era absolutizable. La única realidad absoluta del cristiano es la de su pertenencia a Jesús, pues a cada uno Él lo ha comprado con su sangre derramada en la cruz. Todo lo demás es accesorio. La única preocupación honesta y con sentido que debe tener el cristiano es la de permanecer en la fidelidad al amor de Dios y a los hermanos. Si esto se da y se coloca siempre en el primer lugar de todas las prioridades, todo lo demás es secundario, aunque no deje de ser importante. El mismo Jesús invitó a cada cristiano a saber colocar los acentos prioritarios: "Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás se les dará por añadidura". Así se lo expresaba Pablo a ellos: "Digo esto, hermanos, que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina". En la base está el mismo argumento de Jesús. La Bienaventuranza consiste en la búsqueda de la felicidad y en su vivencia en las cosas que permanecen y no en las que pasarán. El hombre tiene derecho a buscar su felicidad y a empeñarse en su progreso incluso material. Y está además comprometido en el amor que tiene a los hermanos a procurar el bien para todos ellos, poniéndose a su servicio, por lo cual debe contribuir también al progreso del mundo para el beneficio de todos. Pero a lo que no tiene derecho es a convertir ese empeño en algo absoluto en lo que se le irá toda la vida, viviendo solo para ello. No tiene derecho a absolutizarse a sí mismo ni a absolutizar a los hermanos. No tiene derecho a absolutizar la materia. El único absoluto que existe es Dios y lo único absoluto es su amor. Es en la vivencia de ello en lo que al hombre se le debe ir la vida, aunque eso implique para él, ocasionalmente, dolor, sufrimiento, persecución. La compensación no está en el disfrute de los bienes, sino en la fidelidad a Dios en medio de todo, incluso de esa posibilidad de disfrute. Dios no asegura un bienestar actual, aunque tampoco lo niega. Lo que sí asegura, en las palabras de Jesús es que, de presentarse el dolor, Él estará presente para ser consuelo y fortaleza. Y en las Bienaventuranzas, el premio de felicidad en los días de la vida del hombre por su fidelidad y la compensación eterna por haber sido un hijo fiel.

jueves, 21 de mayo de 2020

Tú transformas cualquier tristeza en alegría. Tu Espíritu es el Espíritu de la alegría

El Periódico de México | Noticias de México | Columnas-VoxDei ...

El anuncio del Evangelio se realiza en medio de una inmensa cantidad de vicisitudes y realidades humanas. Es todo un abanico de sentimientos, una montaña rusa, en la que está montada la presentación de la salvación que quiere hacer llegar a Jesús a los suyos. El paso de la alegría a la tristeza, de la esperanza a la desilusión, de la dicha al sufrimiento, está a pedir de boca. Es el espíritu humano el que entra en juego y es en él donde se encuentra este sube y baja de actitudes. Mientras no se consiga llegar a la convicción absoluta de la felicidad plena en Cristo, las pasiones estarán desbordadas y serán tan cambiantes que parecerá un carnaval de sentimientos. Será necesario tener la experiencia sublime del encuentro definitivo con Jesús, experimentando en lo más profundo del propio ser su amor infinito y la salvación que regala, para poder llegar a la estabilidad emocional que da solo el sosiego de saberse amado y salvado. Mientras tanto, el intercambio de sentimientos, la variabilidad extrema en el que se encuentra quien va en búsqueda de Jesús, marcará su itinerario. Súmese a esto la diversidad extraordinaria de ofertas de felicidad que presenta el mundo en el que se encuentra quien quiere ser agraciado por la sensación de paz y de tranquilidad. Todo hombre y mujer de la historia debe vivir esto en su espíritu, pues será su propia experiencia la que dictará la pauta para encaminarse hacia la plenitud. Es una variable con la que contó el mismo Jesús y de la que tuvo experiencia personal con el grupo de los apóstoles. Quizá fue en ellos donde lo vivió más claramente y donde percibió que esa sería la marca en la experiencia de toda la humanidad: "En verdad, en verdad les digo: ustedes llorarán y se lamentarán, mientras el mundo estará alegre; ustedes estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría". El mundo ofrecerá la alegría de su supuesto triunfo ante Jesús, que con su mensaje de amor y bien se oponía a la maldad y al odio que quería imperar en el mundo. La muerte de Cristo es el triunfo del mal. De allí su alegría. Esa realidad de la muerte de Jesús es la victoria del empeño de quitar de en medio a quien lo ponía en evidencia, quien debilitada sus fortalezas y dinamitaba sus fundamentos. Esa será la razón de la alegría del mundo y de la tristeza de los discípulos. Pero será también razón futura para el cambio radical de sensaciones. Ese aparente triunfo del mundo será trastocado totalmente en su derrota más estruendosa. La victoria será la de Jesús. Y esa será la razón última de la alegría de los seguidores de Cristo.

Jesús cuenta con esta variabilidad del espíritu humano. Está claro que debe ser así, pues de sus manos creadoras hemos surgido todos, y nos conoce mejor que nosotros mismos. Sabe bien cuáles son nuestras expectativas, por dónde nos movemos, cuáles intereses nos motivan más. Y nos ha enriquecido además con nuestra componente espiritual, en la cual ha colocado añoranzas superiores que no se satisfacen solo con logros meramente materiales o humanos, sino que ha elevado su caracterización a realidades espirituales y sobrenaturales. Si el mundo se queda solo en la expectación de metas horizontales, Jesús invita a los hombres a la búsqueda de metas más elevadas. Cuando Jesús dice: "Su tristeza se convertirá en alegría", está invitando a no quedarse solo en las consideraciones horizontales, más a la mano, sino a una búsqueda más profunda, que no se queda solo en la obtención de compensaciones inmediatas. Lo estable, lo eterno, lo definitivo, llega por vías diferentes a las ordinarias. Llega por la experiencia de lo interno, de lo íntimo, de lo espiritual, de lo que no pasa y se acaba. Es definitivamente más estable, pues no depende del aire del momento. La experiencia que tendrán los apóstoles será la del prendimiento de Jesús, de su humillación al extremo, de la demostración máxima de debilidad al contemplarlo pendiente inerte en una cruz, de su abandono en un sepulcro solitario y oscuro. Era la tristeza máxima, por cuanto ese era el líder espiritual al que habían decidido seguir y en el que habían colocado sus esperanzas. Todo eso se venía abajo. Pero Jesús, vaticinándoles el cambio de tristeza a gozo, los invita a no quedarse solo en la búsqueda de compensaciones materiales o mundanas y por lo tanto esperando solo manifestaciones inmediatas, sino a elevar las expectativas y esperar en lo que es superior. Lo que dará satisfacciones no pasajeras, sino estables y permanentes. Esa alegría será la que procurará la victoria de Jesús sobre el poder del mundo. Pero vendrá también potenciada por el cumplimiento de la promesa de Jesús, en la que pone el futuro de los discípulos y de la Iglesia en la obra tremendamente sólida que llevará adelante su Espíritu de amor. El envío del Espíritu Santo como alma de la Iglesia, y como prenda de la alegría que vivirán los discípulos del Señor, será una obra épica que llevará adelante Dios en toda la historia futura. El Espíritu Santo completará la revelación, acompañará a los apóstoles en su misión, abrirá los corazones de los destinatarios, y será el encargado de hacer vivir esa alegría definitiva anunciada por Jesús.

La Iglesia naciente, sin duda, tuvo esta experiencia de acompañamiento del Espíritu. No se puede explicar de otra manera la responsabilidad extrema con la que los discípulos de aquella primera hora asumieron su tarea. Su gozo estribaba en la asunción de su misión y en llevarla con la mayor fidelidad. No buscaban su acomodamiento. Nada pesaba su comodidad. Lo que importaba era sentirse útiles y fieles a Dios, por encima de los propios intereses. Es como si ellos hubieran desaparecido y solo existiera Dios y su Reino, su amor y su salvación. El Espíritu los iba llevando, era Él el que permitía entrar en alguna comunidad, el que inspiraba lo que había que decir, decidía cuánto tiempo se debían mantener en medio de una comunidad y cuándo correspondía salir hacia otras tierras. No eran ellos los que tomaban estas decisiones. Su gozo era el estar absolutamente abandonados en sus decisiones. La experiencia de San Pablo es un ejemplo claro de esto. Cuando llega a Corinto está al completo arbitrio de lo que sugiere el Espíritu Santo. En un primer momento vive como uno más de los habitantes, incluso procurándose para su sustento lo necesario por intermedio de su trabajo propio: "Allí encontró a un tal Áquila, judío natural del Ponto, y a su mujer, Priscila; habían llegado hacía poco de Italia, porque Claudio había decretado que todos los judíos abandonasen Roma. Se juntó con ellos y, como ejercía el mismo oficio, se quedó a vivir y trabajar en su casa; eran tejedores de lona para tiendas de campaña". Allí predicó los sábados en la sinagoga a los judíos. Y luego, cuando recibió la oposición de estos, se decidió, inspirado por el Espíritu, irse solo a los paganos a anunciarles a Jesús: "La sangre de ustedes recaiga sobre su cabeza. Yo soy inocente y desde ahora me voy con los gentiles". El Espíritu Santo lanzaba a San Pablo ya definitivamente al mundo pagano. Por eso es conocido como "el Apóstol de los Gentiles". El Evangelio, de esta manera, impulsado por la fuerza del Espíritu Santo, se abría camino de universalidad. "Se marchó de allí y se fue a casa de un cierto Ticio Justo, que adoraba a Dios y cuya casa estaba al lado de la sinagoga. Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su familia; también otros muchos corintios, al escuchar a Pablo, creían y se bautizaban". Sin duda, iba quedando cada vez más claro que esa Palabra de Dios no estaba encadenada, que la compensación no se recibía de las mismas expectativas del mundo sino de algo muy superior, que el Espíritu tenía la última palabra y era el que llenada de gozo al colocarse enteramente en sus manos para recibir sus indicaciones. La alegría es la de Dios, no la del mundo. Y así la debemos vivir todos.

martes, 17 de septiembre de 2019

Mi vida se inicia cada segundo

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La nueva creación que trae Jesús es novedad en todo. Todo lo que entra en el ámbito de esa renovación adquiere un tinte de novedad tal, que es un inicio absoluto. Jesús hace nuevo todo: "He aquí que hago nuevas todas las cosas". Hay una nueva relación con Dios, una nueva relación con los hermanos, una nueva relación con las cosas. Hay, incluso una nueva relación con las experiencias personales que se pueden vivir. La relación con Jesús es tan fluida, su presencia en la vida personal de quien se ha dejado renovar por Él es tan viva y eficaz, que la misma vida adquiere un tinte dramáticamente nuevo. Es una relación de libertad y de paz, de concordia y de serenidad sin parangón. No es una relación culpabilizante, en la que se está continuamente censurado o perseguido, sino confiado en el amor y la benevolencia. La libertad de la que se disfruta es de tal magnitud que no hay necesidad de buscar compensaciones fuera de la relación con Él. La armonía que se respira es absolutamente compensatoria.

En esa relación nueva con Dios el hombre experimenta esa cercanía que sana y cura, que libera y da la paz. Que da la vida y que eleva a la altura del amor divino. No existe la sensación de abandono o de olvido, pues Dios está con su presencia y su providencia ocupándose de todo. "Ni un solo cabello de sus cabezas perecerá". "Hasta los cabellos de sus cabezas están contados. Ustedes valen mucho más que los pájaros del cielo". Dios mismo es el aval, Él es quien asegura la sensación de solidez basada en la certeza de su amor y su ocupación por los amados. Y no es una seguridad basada en la ausencia de las experiencias dolorosas, que siempre estarán entre las posibilidades de futuro. Es la certeza de que en medio de esas tormentas, siempre estará la mano tendida del que nos ama más de lo que jamás podremos amarnos nosotros mismos. La novedad es la del amor. Y en el amor, el dolor también es una realidad posible.

Por eso, nuestra confianza, al abandonarnos en la realidad de ese amor nuevo, puede esperar siempre lo mejor. No entran, por tanto, la desesperación, la angustia, la ansiedad, la incertidumbre. Se basa en la misma confianza que tiene el niño que confía radicalmente en su padre que lo lanza al aire, y sonríe porque sabe que no lo dejará caer jamás. No hay temor en el amor ni en la confianza. Hay certeza de apoyo y de rescate. Hay un futuro luminoso, pues quedan eliminadas las penumbras y los temores de un futuro incierto. En el futuro de los hombres nuevos está siempre el amor que espera, que protege, que provee, que perdona, que salva. Si hay algo seguro en el futuro de los redimidos es la mano amorosa del Dios que no permitirá que se pierda ni uno solo de sus hijos y que luchará contra el mismo hombre rebelde que lo rechace. Solo quien se obstine en mantenerse lejos y de espaldas al amor, se lo perderá. Pero ese amor del Señor estará siempre disponible para él. Bastará que se acerque y se voltee hacia Dios, para que el amor se derrame sobre él.

La experiencia de la ternura divina se agudiza aun más con quien vive el dolor intenso. Él quiere ser la compensación absoluta ante el dolor profundo. Quien sufre en carne propia una situación profundamente dolorosa, siente en su corazón un deseo irrefrenable de consuelo y de serenidad. Aparentemente nada puede amainar el desasosiego. Solo un poder superior podría aliviar el desconsuelo. Y es allí entonces donde entra el amor infinito y benevolente del Dios que no quiere el sufrimiento sin sentido del hombre. A la viuda de Naín, que sufría desconsolada por la muerte de su hijo, se le acerca Jesús. "No llores". ¿Cómo no llorar ante la pérdida del único ser amado que le quedaba? La razón de su vida había desaparecido con la muerte de su hijo. Para él vivía y ya no existía razón para seguir viviendo. Jesús pasa a abrirle una nueva perspectiva. Con Él nada está perdido. Todo lo contrario. Él da un nuevo inicio a la existencia. Le da un color y un aire nuevos. En Jesús la vida, con toda su carga, del signo que sea, tiene una nueva perspectiva. El amor y la confianza hacen emprender de nuevo el camino, con la recuperación de las ganas que se habían perdido.

"Dijo Jesús: 'Joven, yo te lo mando: levántate.'" Le devuelve a la madre la razón de su vida. Le da una nueva razón para seguir adelante con el ánimo en alto. Jesús nunca permitirá que ninguno de los que Él ha hecho nuevos pierdan el sentido de su vida. No hay razón suficiente para caerse. Existe la razón última y definitiva para tener siempre la alegría y la esperanza para seguir adelante, a pesar de todos los escollos. Es el amor. Es la providencia. Es la fuerza favorable del Dios que nos ha renovado y que hace que de nuestro corazón surja el susurro sentido e íntimo del agradecimiento: "Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo." Es el Mesías esperado, el anunciado por generaciones. El que ha venido a salvarnos y a llenarnos del amor infinito del Dios que nos quiere suyos. El que ha venido a visitarnos para quedarse entre nosotros y asegurarnos un presente de amor providente y un futuro de amor eterno.

viernes, 11 de julio de 2014

Convéncete: ¡Aunque sufras, estás venciendo!

El Papa Francisco ha afirmado que nuestros tiempos son más martiriales que los de la primera Iglesia, perseguida por los poderosos imperios del tiempo. Los judíos radicales, los romanos y los otros paganos hacían estragos en medio de los discípulos del Señor. Ya San Juan Pablo II había afirmado lo mismo hace unos años. Hoy en muchísimos países los cristianos son perseguidos, humillados, silenciados, discriminados, asesinados... Casi no hay un día en el que no se lea que cristianos son maltratados y martirizados, que iglesias son quemadas y destruidas, que hacen presos por llevar una Biblia o por hablar en público sobre su fe, que son condenados algunos por convertirse al cristianismo... Es una persecución frontal... Y a ésta hay que sumar la persecución silenciosa, disfrazada de tolerante, en la que por "defender" derechos de otros se pretende acallar la voz de los que quieren dar testimonio de su fe. La misma libertad de culto que promueven para todos, se la niegan a los cristianos que quieren dar testimonio. Se prohíbe la exhibición de crucifijos en lugares públicos para no "herir la susceptibilidad religiosa" de otros no cristianos, se acusa de católicos recalcitrantes a quienes defienden la vida en contra del aborto, la eutanasia y otros atentados contra la vida, se somete a burla a quienes promueven valores cristianos como la castidad, la honestidad, la responsabilidad, la laboriosidad, el dominio de sí, el sacrificio... No es una persecución directa, pero sí es una infravaloración de lo que significa ser cristiano. Y viviendo en fidelidad a los propios criterios y conductas cristianos, son aislados, ignorados, sometidos a burla, excluidos de los grupos sociales propios...

Sin duda, en lo humano, no son buenos tiempos éstos para los cristianos. Quien quiera mantenerse firme en sus criterios y actitudes cristianos debe revestirse de fortaleza, debe ser muy sólido interiormente, debe tener una convicción y una persuasión a prueba de grandes experiencias negativas... Humanamente hay que estar dispuesto a ser héroes de la fe, pues la fuerza contraria es poderosa. Los Medios de Comunicación Social, la publicidad, incluso la política interesada, van creando una mentalidad de indiferencia, de hedonismo, de desboque, que hace caer en el relativismo, cuando no llama a hacer batalla frontal a quienes se les quieran oponer. Recuerdo la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, en la que algunos jóvenes esperaban en las bocas del Metro a los que asistían a los diversos actos para burlarse de ellos e incluso agredirlos físicamente. A más de uno lo golpearon. La respuesta de muchísimos de ellos era ponerse de rodillas y orar... Los que agredían se sentían "héroes de la libertad religiosa" contra indefensos jóvenes cristianos. Es la imagen de una sociedad que busca excluir lo religioso, porque les resulta incómodo echándole en cara su deterioro progresivo al alejarse de los principios, de los valores y de las virtudes...

Pues bien, lo que sucede no es nada extraño. Si algo tiene el mensaje de Jesús es su transparencia, su claridad, su sinceridad. Nunca dijo Jesús que la vida de los cristianos sería un lecho de rosas en la que no se presentarían dificultades: "A ustedes los entregarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas y los harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio ante ellos y ante los gentiles... Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, los padres a los hijos; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán. Todos los odiarán por mi nombre". El conocido dicho popular "soldado avisado no muere en guerra", se aplica perfectamente en este caso. Un cristiano que pretenda pasar por el mundo "sin sufrir roncha", o es un iluso, o es un irresponsable, o no es verdadero cristiano. La prueba de la fe ha sido anunciada suficientemente. Y ha sido vivida por millones en la historia de la fe. No es posible vivir el cristianismo responsablemente en nuestro mundo sin encontrarse adversarios que llegarán a perseguir y herir, incluso a asesinar, o al menos a oponerse pasivamente mediante burlas, aislamientos, exclusiones...

No es posible, entonces, hacerse el desentendido ante esta situación. Por un lado, hay que pertrecharse de lo necesario para la solidez que hay que tener. En primer lugar, de la conciencia clara de que esto sucederá. No se puede pasar por inocente o sorprenderse porque suceda lo que está anunciado. Hay que asumirlo. Los cristianos seremos perseguidos, y esa persecución se podrá presentar de mil diversas maneras, hasta la violencia y la muerte. No es nada atractivo humanamente. Muchos pensarán que es mejor entonces no ser cristianos si se va a sufrir. Están equivocados. El ser cristiano no es lo que hace sufrir. Lo que hace sufrir es el ataque por ser cristianos. Nuestra fe nos da la compensación espiritual más elevada que se pueda imaginar. En medio del sufrimiento el ser fieles da solidez, gozo íntimo de seguir en las manos del Señor, felicidad de saber que se está en el camino correcto. Es lo que experimentaron todos los mártires de la historia. No porque la mayoría se nos oponga tienen la razón. La estadística no es norma de fe... En medio de la corrupción generalizada, el ser honestos no es una locura. Es la mayor sensatez... Así mismo sucede con la fe...

En segundo lugar, llenarse de la presencia del Espíritu que ha sido enviado para ser apoyo, firmeza, fortaleza, sabiduría, valentía: "Cuando los arresten, no se preocupen de lo que van a decir o de cómo lo dirán; en su momento se les sugerirá lo que tienen que decir; no serán ustedes los que hablen, el Espíritu de su Padre hablará por ustedes"... ¿Qué mejor defensa, qué mayor fortaleza, qué más grande valentía, podremos tener que la del mismísimo Dios que estará a nuestro favor, que estará dentro de nosotros mismos? Nadie es más fuerte que Dios. Dejarse llenar de su presencia, hacer de Él nuestra fuerza, permitir que sea Él el que hable y nos defienda, es asegurar la más contundente victoria. No se auspicia una victoria a lo humano, en la que el poder físico se yergue sobre los débiles. Lo más probable es que la victoria del cristiano no sea en ese estilo. La victoria del cristiano debe ubicarse en otra óptica. Está en no dejar que esa violencia física nos haga dar el brazo a torcer, renunciando a los criterios y conductas del amor. Esa sería la mayor de las derrotas, aunque nos lleguemos a unir a quienes son fuertes en lo humano, y "venzamos"... Será nuestra mayor derrota...

El criterio, de nuevo, es distinto a lo lógico humanamente. Es la lógica del amor, que vence en la debilidad, que perdona incluso a quien ofende, que devuelve bien por mal, que procura el bien mayor incluso para el que lo rechaza con todas las fuerzas de su ser. Esa es la victoria del cristiano. Y es en eso en que debe estar firme para lograr obtener la más contundente victoria... "Los mando como ovejas entre lobos; por eso, sean sagaces como serpientes y sencillos como palomas... Todos los odiarán por mi nombre: el que persevere hasta el final, se salvará..." La sagacidad nos dice que venceremos. La mansedumbre nos dice que estaremos en el cielo junto al Padre, viviendo una eternidad de amor que ya hemos adelantado al ser firmes aquí y ahora en la vivencia del amor y de la fe...

jueves, 29 de mayo de 2014

Sé que me amas, pero hazme sentir tu amor

El amor, en sí mismo, es altamente compensador. De otra forma, no se entendería que seamos capaces de colocarnos en segundo lugar en función del amor. Hasta Dios mismo lo hizo. El Verbo eterno de Dios, Dios mismo, segunda Persona de la Santísima Trinidad, el primero, por lo tanto, de todos los seres existentes, se puso de último porque amó al hombre hasta el infinito... "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo..." Es lo que explica su sacrificio cruento y sufriente en la Pasión y la Muerte... En esa entrega definitiva, ¿sintió compensación el Verbo eterno? Respondo sin titubeos que sí. porque el fin era el rescate de la humanidad de la situación de tinieblas en la que se encontraba, porque la amaba inmensamente. Y su gesto lo logró. El hecho de haber cumplido su objetivo ya, en sí mismo, es altamente compensador. Pero por ser Dios, esa satisfacción tuvo que haberse multiplicado por el infinito que es Él... No es que Dios la necesitara para sentirse bien, pues Él es la compensación de todo, por lo cual, podríamos decir que Él vive en una compensación continua. Para Él basta ser el amor para vivir en una eterna satisfacción personal. No necesita de más. Pero eso no significa que no sienta compensación por las cosas logradas, sobre todo si tienen que ver con gestos de su amor...

Igualmente, la respuesta agradecida del hombre, que no lo engrandece en nada porque Él es ya infinito en sí mismo, le causa, sin duda, una satisfacción. Que le digamos con una vida transformada, con unas acciones de fidelidad que enmarquen todas nuestras obras, con unas actitudes y conductas que denoten nuestra renovación interior por el logro de la Redención en nosotros, es satisfactorio para Él. Quien ama, no ama para recibir amor, pero sí se siente satisfecho cuando lo recibe. El amor más puro, el verdadero, es el amor oblativo, el de donación, el que se da porque sí, sin más.El amor puro y real no ama para ser amado. Puede que esa respuesta llegue a existir, pero no es condición para amar. Cuando se ama para recibir amor, hay de por medio un amor interesado, que puede tender al egoísmo. Es el amor concupiscente, que sólo ama en cuanto hay una respuesta que satisfaga, y ama en cuanto el amado represente un bien recibido que se dona a quien lo ama... El amor más elevado es el de benevolencia, el de "querer bien", el de desear lo mejor para el amado, sin importar ni siquiera si intuye quién se lo está procurando... Pero, somos humanos, y nos movemos también en sensibilidades y afectos. Los hombres necesitamos sabernos amados, nos gusta que nos agradezcan, no como un reconocimiento absolutamente necesario para hacer el bien, sino hasta como una cuestión de cortesía...

Las esposas y las novias están continuamente preguntándole a sus maridos o novios si las aman. No porque no lo sepan sino porque para ellas es "sabroso" escucharlo. Es compensador saberse amado, y esa compensación aumenta cuando los gestos, las palabras, las acciones, lo hacen evidente. El componente afectivo en la convicción es importante. No basta simplemente que "se sepa", pues es muy importante "sentirlo", "que me lo digan"...

Así es nuestra fe. Ella tiene un doble componente que es esencial. Por un lado, el componente intelectual, el que se refiere a las ideas, que es fundamental, pues es la base de todo el entramado construido con las ideas que sustentan lo que creemos. El intelecto en la fe tiene una importancia de primer orden por cuanto sobre esas ideas bien sólidas y firmes se construirá todo el edificio de las acciones y los afectos que la fe tendrá como expresión exterior... Pero no puede quedarse sólo en lo intelectual o lo de razonamiento. Es tremendamente necesario que la componente afectiva destaque también, pues el sentimiento del amor apunta igualmente a lo espiritual. El espíritu se alimenta de ideas, pero se mueve por afectos. El saberse amados debe estar complementado por el sentirse amados. Eso lo hizo Jesús a la perfección. Los apóstoles sabían que Jesús se iría y por eso se sintieron tristes. Pero Jesús, que "los amó hasta el extremo", les dio la alegría de su presencia continua. Dejó la Eucaristía, con el fin de que los apóstoles y con ellos todos los cristianos sintiéramos el "los sigo amando hasta el extremo", por toda la eternidad...

No hay que echar en saco roto la exigencia del intercambio de afectos en la fe.No apuntemos sólo a las convicciones, que con ser importantísimas y esenciales, deben ser complementadas por los afectos. Es muy hermoso saberse amados, pero más hermoso aún saberlo y sentirlo. Por eso Jesús insiste a los apóstoles de la compensación que recibirán cuando Él envíe al Espíritu, y cuando Él mismo retorne como rey del universo: "Pues sí, les aseguro que llorarán y se lamentarán ustedes, mientras el mundo estará alegre; ustedes estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría"... Es decir, recibiremos la compensación plena. Jesús se va, pero se queda. Jesús se va, pero volverá. Y nos seguirá gritando con todas sus palabras y sus obras, que nos ama hasta el infinito. Y sentiremos la compensación plena que nos hará plenamente felices...

jueves, 28 de noviembre de 2013

Seremos lo que somos

En la literatura apocalíptica tendemos siempre a poner el acento en el miedo que hay que tener por la cantidad de desastres que sucederán... Ciertamente las cosas que Jesús anuncia no son nada agradables. Es natural que ante estas cosas que están por venir, cualquiera sienta aprehensión... Seria preferible que no sucedieran. Pero lo cierto es que sucederán, por cuanto Jesús no puede estar engañándonos. Por otro lado, el anuncio del fin, por necesidad, tiene que causar siempre ese cierto temor, pues se trata de la desaparición de todo lo que existe, tal como lo conocemos actualmente... Para nosotros, quizás, sería mucho mejor que todo se mantuviera tal como está...

La consecuencia del final, en todo caso, será absolutamente superior. Como la madre que la pasa mal en los trabajos del parto, que sufre dolores indescriptibles en el momento de dar a luz, pero cuyos malestares no son más que el preludio de la nueva vida que está regalando al mundo. El malestar, el dolor, los momentos de sufrimiento, son la puerta de entrada para una nueva vida. Es la "crisis" que se necesita para que lo que viene, que es infinitamente mejor, entre victoriosamente. Se trata, en este caso, del momento más glorioso que vivirá la humanidad, después de las inmensas glorias que ha vivido en la Creación y en la Redención. Es la Nueva Creación en su estado más puro y más definitivo. Después de ese momento ya no habrá absolutamente nada que se le oponga, pues todo será puesto como "escabel" a los pies de Jesús, el Rey del Universo. Ya todo estará bajo su mando, su amor será la norma única, la armonía será la regidora de las relaciones humanas, la felicidad plena será el sentimiento que embargará a todos...

Por eso tiene mucho sentido que Jesús nos diga: "Cuando empiece a suceder todo esto, levántense, alcen la cabeza: se acerca su liberación"... Nuestro sentimiento natural de rechazo a lo que está por suceder debe ser trocado por el de la esperanza... Es el "sonido de la trompeta" que anunciará que ya todo será restituido en Jesús. Y bajo su mando, que es un yugo suave y ligero, todo será mucho mejor. Todas las cadenas que oprimen al hombre, las tentaciones de alejarse de Dios, los intentos de separación entre hermanos, todo eso, quedará dominado. Ya no existirá absolutamente nada que pondrá en entredicho el reinado absoluto de Dios sobre todas las cosas...

El temor en los que han sido fieles, en los que han luchado contra las cadenas que pretendían esclavizarlos, no tiene, en este sentido, cabida. Los que sí deben temer son los que se han dejado dominar por sentimientos que los alejaban de Dios. Los que sustituyeron a Dios por ídolos pasajeros y mortales. Los que prefirieron servirse a sí mismo o servir a las criaturas antes que a Dios. Todos esos ídolos con pies de barro desaparecerán y de ellos no quedará absolutamente nada. El apoyo en el que tenían los idólatras puestos sus pies, desaparecerá. Y quedarán totalmente frustrados... Perdieron la oportunidad de "renacer" en aquel momento glorioso de la Nueva Creación que se impone como nueva realidad plena...

Quien haya sido dominado por su ego, no tendrá ya la posibilidad de adorarse, pues la adoración será exclusiva para Dios. Quien haya vivido en el odio y en los rencores, ya no tendrá la posibilidad de dar rienda suelta a esos sentimientos, pues no tendrá espacio en el nuevo reino en el que dominará sólo el amor. Quien haya vivido en el egoísmo y la ausencia total de solidaridad no tendrá lugar en la nueva realidad existente, pues allí existirá sólo la fraternidad y la solidaridad plena... Por eso, quienes hayan vivido en esos sentimientos no podrán ser parte de la Nueva Creación, sino que serán echados fuera, para que sigan dando rienda suelta a su egolatría, a su odio, a su egoísmo, a su falta de solidaridad. Es la actitud que se vivirá en el infierno, donde la única posibilidad será la de retorcerse furiosamente en los propios sentimientos negativos, sin conseguir jamás una compensación que no se buscó y que por eso jamás se tendrá... Es lo que se conoce como la "resurrección para la muerte", pues el hombre que se encuentre en esa situación eterna, jamás podrá ver plenamente satisfechas sus necesidades. La esperanza la ha perdido del todo...

Por el contrario, para quien haya luchado por mantener su fidelidad a Dios, al amor, a la fraternidad, al servicio y a la entrega por amor a los demás, aquella Nueva Creación será la plenitud de esa misma vivencia... Quien haya vivido el amor, será amor pleno. Quien haya vivido fidelidad devendrá en fidelidad absoluta. Quien haya sido solidario, vivirá la solidaridad del mismísimo Dios con él... Todo lo que haya vivido como actitud previa en su andar cotidiano, se hará vivencia permanente, inmutable.. Quien vivió el amor, será en sí mismo amor, pues entrará a ser parte del que es el Amor, de Dios. Quien haya alimentado siempre la esperanza, será en sí mismo esperanza cumplida. Quien haya intentado profundizar en su vivencia de fe, será confianza plena y certeza absoluta en Dios Creador, Sustentador y Compensador... Por eso, seremos lo que actualmente somos...

No habrá cambios radicales, sino sólo cumplimiento radical... Quien ha vivido condenado, será condenado eternamente. Quien ha vivido como salvado, será eternamente salvado... Quien tuvo a Dios a su lado, eternamente lo tendrá y nada se lo arrebatará jamás... Será la vivencia plena de la felicidad. Será la felicidad suprema en la que se dará el premio a la fidelidad y será la tristeza absoluta donde se dará el escarmiento al alejamiento de Dios... Quienes esperen con esperanza firme ese momento, aunque de momento será trágico por todo lo que pasará, deberán verlo como la llegada de todo lo que han esperado. Será el momento del cumplimiento de todas las expectativas, por las cuales siempre se suspiró y se estuvo incluso dispuesto a asumir cualquier riesgo que implicara, pues el premio final lo justifica... Seremos lo que somos ya, no nada distinto... Y se multiplicará, pues se estará junto al que es Eterno, al que es Infinito, al que ha prometido la compensación total...