Nuestra historia es una historia de amor. No se puede pensar en ella si la desconectamos de nuestro origen, de nuestro ámbito de desarrollo y de nuestra meta. Todo está en el amor de Dios, que es nuestro Creador, nuestro Sustentador y nuestro Fin. Ni siquiera cuando nos apartamos de Dios dejamos de estar en su amor, pues Él quiere rescatarnos para tenernos de nuevo a su lado... Es la historia del hombre, que no puede ser jamás echada a un lado y debe ser el mejor acicate que debemos tener para desear mantenernos en ese ámbito de amor...
Por eso, en el itinerario de la vida, debemos en primer lugar reconocer nuestra tendencia natural a ser infieles al amor de Dios. Dijo el Papa Pablo VI: "En el corazón del hombre está la línea que divide el bien del mal". El haber cometido la torpeza de ponernos de espaldas a Dios pretendiendo hacernos como Él, sustituirlo, colocarnos nosotros mismos en el centro, que es el sitio en el que Él debe siempre estar, representó para nosotros nuestra más terrible tragedia, pues iniciamos así una historia en la que empezó a reinar el dolor, la tristeza, la oscuridad, la insatisfacción... Nos salimos del sitio en el que debíamos estar para tener la plenitud y, siguiendo espejismos absurdos, emprendimos un camino en el que cada vez nos hundimos más en la desesperación. No hay cosa más frustrante que perseguir una felicidad ofrecida que no es tal, que sólo deja más insatisfacción. Es el camino en el que se piensa que las cosas pueden satisfacer, pero que nos amarran más, nos esclavizan más, pues sólo producen satisfacción momentánea, teniendo por efecto una mayor ansiedad, un deseo de más, una sensación de derrota que va calando más hondo cada vez...
Pero el otro lado de la historia es el luminoso. No hay solo un camino de frustración o de oscuridad. Hay un camino de plenitud y de luz, que es el que ha diseñado Dios como alternativa feliz al de la destrucción que nosotros mismos nos hemos construido. Ese Dios que nos había creado para sí, no iba a ser jamás infiel a su propio designio... "Si somos infieles, Dios se mantiene fiel, pues no puede Él negarse a sí mismo". Si el plan que Él tiene para el hombre es el de hacerlo feliz, el de hacerle sentir siempre su amor, el de llevarlo suavemente por los caminos de la realización plena y feliz, hasta alcanzar la meta de la salvación, ninguna fuerza humana, ni siquiera la más fuerte que ha existido, que es la del pecado, podía hacer que el plan de Dios no siguiera adelante... Jamás será más poderosa la fuerza del pecado que la de la gracia, no puede vencer nunca el odio al amor, pues el amor es de Dios y Él está por encima de todo. Ningún pecado podrá reivindicar jamás una victoria sobre el perdón del Dios, que es Todopoderoso...
Hace unos días concelebré una Misa funeral con un Sacerdote. En su homilía, le decía a la gente, dirigiéndose principalmente, como era natural, a los deudos del difunto, que Dios, que lo había creado, iba a luchar por él. Y que iba a ganar la lucha, pues ya Él venció una vez, y esa victoria es definitiva... Y dijo algo que me quedó dando vueltas en la cabeza: "Dios es Todopoderoso, porque es todo amor. El amor es la fuerza más impresionante del universo. Del amor salió todo lo creado, del amor se sostiene, y al amor está llamado... Y como Dios es Todopoderoso, y lucha, y vence porque nos ama infinitamente, podemos llamar a Dios, Todocariñoso"... Dios Todocariñoso nos hace presente el poder del amor de ese Dios que todo lo puede, porque todo lo ama...
En efecto, todo lo que Dios hace lo hace desde el poder infinito de su amor. No es un poder que podamos ver solo desde lo gigantesco, lo terrible, lo tremebundo... Un poder que para muchos es más bien algo que produce temor. Ese poder de Dios se basa en el amor, y ese amor es tierno, entrañable, constructor de paz, dador de serenidad... Principalmente cuando se expresa en su forma más cercana y cariñosa, que es la del perdón... No existe sensación mayor de ser abrazados amorosamente, acariciados, protegidos tiernamente, que la que da el perdón que Dios nos regala...
Por eso, la única actitud posible es la del abandono en los brazos de ese Dios Todocariñoso... Lo mejor que podemos hacer es dejar que ese poder infinito de su amor se derrame sobre nosotros. Es increíble que alguien se quiera negar a esto, cuando es la experiencia más satisfactoria que jamás podremos sentir y vivir... Hay que colocarse con humildad ante Él. Con la humildad del que se sabe absolutamente necesitado del perdón, del que quiere dejar que se exprese ese poder del amor en la propia vida... No es más fuerte el que no muestra su necesidad de perdón. Ese se queda en la debilidad de su soberbia y de su autoafirmación. Es infinitamente mucho más fuerte el que reconoce que el perdón viene del amor, que es la fuerza más poderosa. El que se deja llenar de ese amor-perdón y simultáneamente se llena de la fuerza más grande, la que viene del Dios Todocariñoso...
Hay que abrirse a ese amor, que se transforma en perdón para el pecador... Decirle al Señor: "De ti, Señor, procede el perdón, porque eres el amor, la fuente de ese amor para el mundo y para el hombre concreto. Necesito ardientemente ese amor que se derrama sobre mí como perdón, así como el que está en el desierto necesita del agua urgentemente para refrescar su garganta. Ya es muy largo este desierto mío, y te necesito a Ti, fuente de toda frescura... Si no me lleno de tu amor que es perdón, seguiré empeñado en andar los caminos de la frustración total, y eso es muy doloroso. Ya no quiero más eso. Quiero sentirme amado, quiero sentirme perdonado... Quiero sentir la ternura de tu abrazo, quiero sentirme acunado en tu regazo, quiero que me acaricies y cures con tu mano amorosa todas mis heridas, las que yo mismo he infligido en mi ser por empeñarme en estar lejos de ti. Deseo con todo mi corazón sentirme curado, y sé que es sólo tu amor, Dios Todocariñoso, el que lo logrará... Me abandono en tu amor. Me abandono en tu perdón. Dámelo para tener tu mayor poder en mí, el poder
que da el amor. Y al recibirlo y vivirlo entrañablemente, quiero hacerme anuncio de ese poder tuyo, que se basa en el amor, para los hermanos. Gritarles con mi vida que no se queden fuera de esta experiencia extraordinaria, en la que sólo vivirán plenitud, felicidad, sentido, cielo adelantado..."
¡Gracias, Señor, por hacer mío tu mayor poder! ¡Gracias por darme tu perdón, que es expresión clara del inmenso poder de tu amor!
Ramón Viloria. Operario Diocesano. Ocupado en el anuncio del Amor de Dios y en la Promoción de la Verdad y la Justicia
jueves, 17 de octubre de 2013
miércoles, 16 de octubre de 2013
No sembremos castigos... sembremos gloria...
El momento más glorioso del sembrador no es el de la siembra, sino el de la cosecha. La satisfacción de recoger los frutos no tiene parangón. Más aún cuando ese fruto recogido es el que se espera o mejor que el que se espera. Evidentemente, ese momento será trágico si el fruto recogido es de mala calidad por razones extrañas al esfuerzo que se ha hecho para la siembra: clima, plagas, lluvias copiosas, granizadas... Pero será igualmente trágico si en la siembra se ha sido irresponsable, si no se ha preparado bien el terreno, si no se escogió bien la semilla, si no se hizo en el tiempo oportuno... O si en el tiempo de consolidación de lo sembrado no se fue cuidadoso, no se limpió la hierba indeseada, no se regó bien, no se defendió de agentes destructores...
Sembrar es exigente. Pero no es el fin. La siembra tiene una meta concreta: la cosecha. En sí misma, la siembra compromete, pues el resultado final es a largo plazo, no es inmediato. Pero tiene una motivación importante que consiste en la esperanza de que el resultado sea bueno. Y en eso se va la vida del sembrador. El esfuerzo que se hace durante la siembra y su cuidado tiene sentido únicamente por la esperanza que se tiene en los frutos futuros... Si se quedara solo en el trabajo pesado de la siembra, sería una verdadera desgracia, pues la compensación es muy baja. Quedaría solo en haber hecho un trabajo completo, quizá bueno, pero del cual no se verán nunca los resultados...
Además, la siembra tiene una lógica propia. Se siembra lo que se quiere recoger. Es absurdo pensar en querer recoger manzanas si se ha sembrado semillas de naranjas... El que quiere recoger buenas manzanas, tiene que escoger bien la semilla, buscar el terreno propicio para una cosecha de manzanas, sembrar en el momento más oportuno para ellas, dar el tiempo que se necesita para consolidar el fruto, utilizar en la recogida los instrumentos a propósito para recoger manzanas... La siembra es lógica, y hay que respetar su lógica si se quieren tener buenos resultados...
Así es la vida de los hombres. Desde que tenemos conciencia de nosotros mismos, nuestra labor es sembrar para apuntar a frutos buenos. Y aquello que sembremos y cuidemos es lo mismo que cosecharemos. Es proverbial el dicho: "Quien siembra vientos, cosecha tempestades"... Eso quiere decir que no se puede esperar un fruto distinto de lo que se ha sembrado, o que, si se ha sembrado lo malo, jamás se puede pretender recoger una cosecha de bien... Pero, igualmente, en el sentido positivo de esta misma lógica, imposible obtener frutos malos si se ha sembrado el bien, si se ha cuidado, si se ha hecho un buen esfuerzo para sostenerlo, si se mira con esperanza ese futuro bueno de recogida de los frutos de bien que dé la semilla que se sembró...
Es necesario pensar mucho en esto. Lamentablemente, no asumimos con seriedad esto a lo que nos llama nuestra responsabilidad de siembra de nuestra vida. En lo humano, nadie puede pretender obtener cercanía, dulzura, solidaridad, si no es lo que se ha sembrado... Ayer mismo yo hablaba con una señora encargada de un grupo de atención de personas de la tercera edad, y me comentaba sobre una señora de unos 80 años que insistía en su deseo de morir porque estaba muy sola. Su esposo había muerto hace algunos años, y sus hijos y nietos ni siquiera la visitaban. Nos lamentábamos de esa sensación de soledad que debía estar viviendo. Y nos confirmábamos en la intención de ofrecerle todo el apoyo que necesitara, Pero también comentábamos que probablemente esa actitud de los suyos no era gratuita. Me comentó que esa señora nunca fue cercana, que siempre fue muy dura con los suyos, que aún ahora, estando en la situación en que se encuentra, lo único que destila es amargura... El signo de su actitud actual es evidente: se encontraba sola en la mesa de juegos mientras los otros ancianos estaban reunidos en una mesa jugando todos juntos... Ellos le huían... No justifico la actitud de sus hijos y sus nietos, pero sí la comprendo. Normalmente una abuela es para querer, para dejarse alcahuetear por ella, para malcriar... Algo raro había sucedido con ella, que no producía ese efecto en sus nietos... No había sembrado buena semilla...
Cuando se siembra el bien, la solidaridad, el amor, la simpatía, la cercanía, el fruto es seguro. Los demás van a reaccionar de la misma manera. Cuando no sucede esto, sin duda es efecto de una desadaptación de los otros. Y al menos queda la satisfacción de haber sembrado una semilla que de ninguna manera va a producir amargura en sí mismo... Pero si, por el contrario, sembramos semillas de discordia, de suspicacias, de rencores, de egoísmo, de falta de solidaridad, no esperemos de los demás una respuesta distinta. Recogeremos aquello que hemos sembrado. Y seremos unos desgraciados, pues seremos aislados totalmente. A nadie le agrada tener a su lado a una persona que es toda amargura...
Elevemos esta consideración a lo trascendente. Apuntemos al futuro de eternidad al que estamos llamados. Además de construir y sembrar para nuestro mundo, debemos hacerlo para el mundo futuro. Y esa siembra, aunque sea apuntando a la eternidad, se hace en el tiempo, en esta vida, en nuestro aquí y ahora... Debemos asumir con responsabilidad esta tarea. No es poco lo que nos jugamos. Hay que pensar más en esto. Lamentablemente, pensamos que nuestros actos no tienen consecuencias de eternidad. Y resulta que es en esa eternidad donde los actos que realicemos, es decir, las semillas, que sembremos hoy, tendrán su fruto... Un siembra de solidaridad con los necesitados, producirá para nosotros la solidaridad de nuestro Dios. Una siembra de amor con el hermano que tenemos al lado, producirá el fruto del amor eterno de nuestro Dios. Una siembra de simpatía al sonreír, saludar cariñosamente, apoyar a quien la está pasando mal, producirá frutos de simpatía eterna de Dios hacia nosotros... Es una siembra exigente, porque no es fácil tener una buena disposición continua. Son muchos los factores que querrán desestabilizarnos y desencajarnos. Pero, así como el sembrador se sobrepone a cualquier mala condición, pensando en los frutos futuros, alimentando la esperanza hermosa de que sean los mejores, así mismo debemos nosotros no quedarnos en la contemplación de los desaguisados actuales, sino fijar nuestra mirada en la esperanza de tener el mejor fruto posible: El de la vida en Dios por toda la eternidad, en la cual estaremos gozando del abrazo de amor interminable y dándonos el gustazo de disfrutar del mejor fruto posible, que es el de vivir en Dios para siempre...
Sembrar es exigente. Pero no es el fin. La siembra tiene una meta concreta: la cosecha. En sí misma, la siembra compromete, pues el resultado final es a largo plazo, no es inmediato. Pero tiene una motivación importante que consiste en la esperanza de que el resultado sea bueno. Y en eso se va la vida del sembrador. El esfuerzo que se hace durante la siembra y su cuidado tiene sentido únicamente por la esperanza que se tiene en los frutos futuros... Si se quedara solo en el trabajo pesado de la siembra, sería una verdadera desgracia, pues la compensación es muy baja. Quedaría solo en haber hecho un trabajo completo, quizá bueno, pero del cual no se verán nunca los resultados...
Además, la siembra tiene una lógica propia. Se siembra lo que se quiere recoger. Es absurdo pensar en querer recoger manzanas si se ha sembrado semillas de naranjas... El que quiere recoger buenas manzanas, tiene que escoger bien la semilla, buscar el terreno propicio para una cosecha de manzanas, sembrar en el momento más oportuno para ellas, dar el tiempo que se necesita para consolidar el fruto, utilizar en la recogida los instrumentos a propósito para recoger manzanas... La siembra es lógica, y hay que respetar su lógica si se quieren tener buenos resultados...
Así es la vida de los hombres. Desde que tenemos conciencia de nosotros mismos, nuestra labor es sembrar para apuntar a frutos buenos. Y aquello que sembremos y cuidemos es lo mismo que cosecharemos. Es proverbial el dicho: "Quien siembra vientos, cosecha tempestades"... Eso quiere decir que no se puede esperar un fruto distinto de lo que se ha sembrado, o que, si se ha sembrado lo malo, jamás se puede pretender recoger una cosecha de bien... Pero, igualmente, en el sentido positivo de esta misma lógica, imposible obtener frutos malos si se ha sembrado el bien, si se ha cuidado, si se ha hecho un buen esfuerzo para sostenerlo, si se mira con esperanza ese futuro bueno de recogida de los frutos de bien que dé la semilla que se sembró...
Es necesario pensar mucho en esto. Lamentablemente, no asumimos con seriedad esto a lo que nos llama nuestra responsabilidad de siembra de nuestra vida. En lo humano, nadie puede pretender obtener cercanía, dulzura, solidaridad, si no es lo que se ha sembrado... Ayer mismo yo hablaba con una señora encargada de un grupo de atención de personas de la tercera edad, y me comentaba sobre una señora de unos 80 años que insistía en su deseo de morir porque estaba muy sola. Su esposo había muerto hace algunos años, y sus hijos y nietos ni siquiera la visitaban. Nos lamentábamos de esa sensación de soledad que debía estar viviendo. Y nos confirmábamos en la intención de ofrecerle todo el apoyo que necesitara, Pero también comentábamos que probablemente esa actitud de los suyos no era gratuita. Me comentó que esa señora nunca fue cercana, que siempre fue muy dura con los suyos, que aún ahora, estando en la situación en que se encuentra, lo único que destila es amargura... El signo de su actitud actual es evidente: se encontraba sola en la mesa de juegos mientras los otros ancianos estaban reunidos en una mesa jugando todos juntos... Ellos le huían... No justifico la actitud de sus hijos y sus nietos, pero sí la comprendo. Normalmente una abuela es para querer, para dejarse alcahuetear por ella, para malcriar... Algo raro había sucedido con ella, que no producía ese efecto en sus nietos... No había sembrado buena semilla...
Cuando se siembra el bien, la solidaridad, el amor, la simpatía, la cercanía, el fruto es seguro. Los demás van a reaccionar de la misma manera. Cuando no sucede esto, sin duda es efecto de una desadaptación de los otros. Y al menos queda la satisfacción de haber sembrado una semilla que de ninguna manera va a producir amargura en sí mismo... Pero si, por el contrario, sembramos semillas de discordia, de suspicacias, de rencores, de egoísmo, de falta de solidaridad, no esperemos de los demás una respuesta distinta. Recogeremos aquello que hemos sembrado. Y seremos unos desgraciados, pues seremos aislados totalmente. A nadie le agrada tener a su lado a una persona que es toda amargura...
Elevemos esta consideración a lo trascendente. Apuntemos al futuro de eternidad al que estamos llamados. Además de construir y sembrar para nuestro mundo, debemos hacerlo para el mundo futuro. Y esa siembra, aunque sea apuntando a la eternidad, se hace en el tiempo, en esta vida, en nuestro aquí y ahora... Debemos asumir con responsabilidad esta tarea. No es poco lo que nos jugamos. Hay que pensar más en esto. Lamentablemente, pensamos que nuestros actos no tienen consecuencias de eternidad. Y resulta que es en esa eternidad donde los actos que realicemos, es decir, las semillas, que sembremos hoy, tendrán su fruto... Un siembra de solidaridad con los necesitados, producirá para nosotros la solidaridad de nuestro Dios. Una siembra de amor con el hermano que tenemos al lado, producirá el fruto del amor eterno de nuestro Dios. Una siembra de simpatía al sonreír, saludar cariñosamente, apoyar a quien la está pasando mal, producirá frutos de simpatía eterna de Dios hacia nosotros... Es una siembra exigente, porque no es fácil tener una buena disposición continua. Son muchos los factores que querrán desestabilizarnos y desencajarnos. Pero, así como el sembrador se sobrepone a cualquier mala condición, pensando en los frutos futuros, alimentando la esperanza hermosa de que sean los mejores, así mismo debemos nosotros no quedarnos en la contemplación de los desaguisados actuales, sino fijar nuestra mirada en la esperanza de tener el mejor fruto posible: El de la vida en Dios por toda la eternidad, en la cual estaremos gozando del abrazo de amor interminable y dándonos el gustazo de disfrutar del mejor fruto posible, que es el de vivir en Dios para siempre...
martes, 15 de octubre de 2013
En el día de Santa Teresa de Jesús
Me pareció muy interesante colocar hoy estas tres poesías de Santa Teresa de Jesús, gran mística y maestra de la intimidad con Jesús, para ambientar el día en el que la recordamos en la liturgia...
NADA TE TURBE
|
Nada te turbe,
nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: Sólo Dios basta.
Eleva tu pensamiento,
al cielo sube, por nada te acongojes, nada te turbe.
A Jesucristo sigue
con pecho grande, y, venga lo que venga, nada te espante.
¿Ves la gloria del mundo?
Es gloria vana; nada tiene de estable, todo se pasa.
Aspira a lo celeste,
que siempre dura; |
fiel y rico en promesas,
Dios no se muda.
Ámala cual merece
bondad inmensa; pero no hay amor fino sin la paciencia.
Confianza y fe viva
mantenga el alma, que quien cree y espera todo lo alcanza.
Del infierno acosado
aunque se viere, burlará sus furores quien a Dios tiene.
Vénganle desamparos,
cruces, desgracias; siendo Dios tu tesoro nada te falta.
Id, pues, bienes del mundo;
id dichas vanas; aunque todo lo pierda, sólo Dios basta. |
VUESTRA SOY
|
Vuestra soy,
para Vos nací,
¿Qué mandáis hacer de mí?
Soberana Majestad,
Eterna sabiduría, Bondad buena al alma mía; Dios, alteza, un ser, bondad, La gran vileza mirad, Que hoy os canta amor así. ¿Qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, pues me criaste,
Vuestra, pues me redimiste, Vuestra, pues que me sufriste, Vuestra, pues que me llamaste, Vuestra, porque me esperaste, Vuestra, pues no me perdí. ¿Qué mandáis hacer de mí?
¿Qué mandáis, pues, buen Señor,
Que haga tan vil criado? ¿Cuál oficio le habéis dado A este esclavo pecador? Veisme aquí, mi dulce Amor, Amor dulce, veisme aquí, ¿Qué mandáis hacer de mí?
Veis aquí mi corazón,
Yo le pongo en vuestra palma, Mi cuerpo, mi vida y alma, Mis entrañas y afición; Dulce Esposo y redención Pues por vuestra me ofrecí. ¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme muerte, dadme vida:
Dad salud o enfermedad, Honra o deshonra me dad, Dadme guerra o paz crecida, Flaqueza o fuerza cumplida, Que a todo digo que sí. ¿Qué queréis hacer de mí?
Dadme riqueza o pobreza,
Dad consuelo o desconsuelo, Dadme alegría o tristeza, Dadme infierno, o dadme cielo, Vida dulce, sol sin velo, Pues del todo me rendí. ¿Qué mandáis hacer de mí? |
Si queréis, dadme oración,
Sí no, dadme sequedad, Si abundancia y devoción, Y si no esterilidad. Soberana Majestad, Sólo hallo paz aquí, ¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme, pues, sabiduría,
O por amor, ignorancia, Dadme años de abundancia, O de hambre y carestía; Dad tiniebla o claro día Revolvedme aquí o allí ¿Qué mandáis hacer de mí?
Si queréis que esté holgando,
Quiero por amor holgar. Si me mandáis trabajar, Morir quiero trabajando. Decid, ¿dónde, cómo y cuándo? Decid, dulce Amor, decid. ¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme Calvario o Tabor,
Desierto o tierra abundosa, Sea Job en el dolor, O Juan que al pecho reposa; Sea' viña frutuosa O estéril, si cumple así. ¿Qué mandáis hacer de mí?
Sea Josef puesto en cadenas,
O de Egipto Adelantado, O David sufriendo penas, O ya David encumbrado, Sea Jonás anegado, O libertado de allí, ¿Qué mandáis hacer de mí?
Esté callando o hablando,
Haga fruto o no le haga, Muéstreme la Ley mi llaga, Goce de Evangelio blando; Esté penando o gozando, Sólo Vos en mí viví, ¿Qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, para Vos nací
¿Qué mandáis hacer de mí? |
VIVO SIN VIVIR EN MI
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Vivo sin vivir en mí
Y tan alta vida espero Que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí,
Después que muero de amor; Porque vivo en el Señor, Que me quiso para sí: Cuando el corazón le di Puso en él este letrero, Que muero porque no muero.
Esta divina prisión,
Del amor con que yo vivo, Ha hecho a Dios mi cautivo, Y libre mi corazón; Y causa en mí tal pasión Ver a Dios mi prisionero, Que muero porque no muero.
¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros! ¡Esta cárcel, estos hierros En que el alma está metida! Sólo esperar la salida Me causa dolor tan fiero, Que muero porque no muero.
¡Ay, qué vida tan amarga
Do no se goza el Señor! Porque si es dulce el amor, No lo es la esperanza larga: Quíteme Dios esta carga, Más pesada que el acero, |
Que muero porque no muero.
Sólo con la confianza
Vivo de que he de morir, Porque muriendo el vivir Me asegura mi esperanza; Muerte do el vivir se alcanza, No te tardes, que te espero, Que muero porque no muero.
Mira que el amor es fuerte;
Vida no me seas molesta, Mira que sólo te resta, Para ganarte, perderte; Venga ya la dulce muerte, El morir venga ligero Que muero porque no muero.
Aquella vida de arriba,
Que es la vida verdadera, Hasta que esta vida muera, No se goza estando viva: Muerte, no me seas esquiva; Viva muriendo primero, Que muero porque no muero.
Vida, ¿qué puedo yo darte
A mi Dios, que vive en mi, Si no es el perderte a ti, Para merecer ganarte? Quiero muriendo alcanzarte, Pues tanto a mi amado quiero, Que muero porque no muero. |
Limpios... ¿Y también sucios?
Es conocido el enfrentamiento de Jesús con los fariseos. Les echaba en cara su hipocresía, su doble faz, el huir de los compromisos con los que cargaban a los demás... Los fariseos eran una secta del judaísmo que había nacido originalmente con una finalidad loable. La palabra aramea "fariseo" significa "puro", "limpio", "santo". Llamarlo secta no debe entenderse con el acento peyorativo que le damos hoy. Surgió como una especie de "reforma" del judaísmo, para apuntar a la recuperación de la pureza, de la fidelidad, de la santidad de los judíos... Y, lo suponemos, en sus tiempos de origen tuvo una positiva influencia entre los israelitas. Crecieron y se hicieron fuertes, conquistando muchos adeptos, quizá entre los judíos que querían crecer en fidelidad a Yahvé, en su celo por ser solo de Él y de defender la pureza originaria de la religión judía, que se veía siempre tan amenazada por los diversos paganismos que profesaban los pueblos de alrededor y que estaban siempre acechando a los israelitas con resultados verdaderamente indeseables, pues eran muchos los que se dejaban "conquistar" por los dioses paganos... El fariseísmo buscaba una solidez de la fe hebrea, que sirviera para no dejarse "embaucar" por esos paganismos. Y tuvo que haber sido, en sus buenos tiempos, muy atractivo, pues, según lo dice el mismo San Pablo, él fue fariseo, discípulo de Gamaliel, al que encontramos entre los grandes maestros del Judaísmo. Pablo no era una presa fácil de roer, por lo que las ideas del fariseísmo tuvieron que resultarle tremendamente sólidas. Y es que jamás un llamado a la profundización puede ser, en sí misma mala. De alguna manera, todos estamos llamados a ello...
Lamentablemente, los fariseos no mantuvieron el espíritu originario, que los llamaba a ellos mismos a ser más radicales en la fidelidad a Yahvé y, habiéndose convertido en un grupo religioso importante dentro del Judaísmo, comenzaron a convertir la importancia de su reforma y la influencia que estaban teniendo, en las de un grupo de poder, de presión, de "prestigio", absolutamente alejado de la idea fundacional. En vez de ser servidores en búsqueda de la fidelidad, se erigieron en ser "merecedores" del servicio... Comenzaron a exigir a los demás las conductas que eran bandera del fariseísmo, pero quedándose ellos al margen, como si eso no los implicara, en primer lugar, a ellos mismos. Tenían un prestigio bien ganado entre todos, por sus conductas originalmente coherentes, pero se enfermaron de poder y se envenenaron de incoherencia, de hipocresía, de falsedad... Dios dejó de ser el ideal, y se pusieron ellos como "quasidioses" a los que había que servir. Evidentemente, esto los hizo erigirse como "conciencia moral sin moral", apelando a las leyes sólo como manera de coartar a los demás y de mantenerlos sometidos a sus designios... Pero sin sentirse ellos interpelados por aquello que promulgaban...
Para Jesús esto es lo peor que puede hacer un hombre. Tanto, que sus peores expresiones contra alguien, las más duras, las más inusitadamente reveladoras, son las que dice a los fariseos: "Sepulcros blanqueados", "raza de víboras", "hipócritas", "necios"... Ninguna lindura salió de los labios de Jesús para ellos. La doblez de conducta, la incoherencia, la presentación de una falsa bondad, son lo más terrible que considera Jesús en una persona. Y por eso es inclemente en la acusación... Llama la atención, no obstante, que Jesús le dice a la gente: "Hagan lo que ellos dicen, pero no hagan lo que ellos hacen..." Lo cual quiere decir que la maldad no estaba en lo que ellos exigían a los israelitas, sino en el corazón que lo exigía, que era un corazón vacío de Dios, lleno solamente de sí mismo, un corazón que buscaba solo el reconocimiento vano de los hombres, pero muy alejado de poder obtener el reconocimiento del mismísimo Dios al que aparentemente servían...
Estos fariseos se atrevieron a criticar a Jesús porque no se había limpiado las manos antes de comer, lo cual era un ritual exigido entre los judíos, para poder estar "puros" para la comida. La respuesta de Jesús se fue en barrena contra la actitud de hipocresía y de falsa bondad que pretendían dar: "Ustedes, los fariseos, limpian por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosan de robos y maldades..." Una conducta que para nada es extraña en los hombres de todos los tiempos; mucho menos para los de hoy también... ¡Qué triste acudir hoy al espectáculo de hombres y mujeres que repiten exactamente la misma conducta de los fariseos a los cuales azuzaba Jesús...! ¡Qué triste que existan hombres y mujeres que den más importancia a ofrecer "una buena imagen" con el fin de ser "reconocidos", que a ser buenos de verdad...! ¡Qué triste que el hombre de hoy esté más dispuesto a servirse a sí mismo, o a poner a los demás a su servicio, que a servir al Dios del Amor, de la Justicia, de la Verdad y de la Paz...!
Hoy asistimos a espectáculos verdaderamente deprimentes cuando vemos a los nuevos fariseos rasgándose las vestiduras ante la corrupción, mientras engordan cada vez más sus cuentas con dólares robados de lo que debía servir al pueblo para aplacar sus inmensas necesidades... Cuando vemos a grandes personajes exigir una fidelidad ciertamente debida a los cónyuges y a la familia, pero que tienen ocultamente amantes o no pierden la "oportunidad" cuando alguien "se les resbala"... Cuando vemos que muchos se rasgan las vestiduras ante el pisoteo de los derechos humanos de los más débiles, pero por debajo de cuerda abortan o invitan a abortar o facilitan el aborto, para mantener incólume "el qué dirán" o simplemente para evitar "una carga más", o buscan la manera de quitar de en medio a quien "fastidia" porque está muy enfermo o es ya un anciano que poco más tiene que aportar a la sociedad... Cuando vemos que se retratan con pobres al hacer un aporte significativo, pero que cuando ya no los está viendo nadie se alejan de ellos como si fueran leprosos indeseables, pues sienten repugnancia hasta de su olor... ¿Qué les dirá Jesús a esos hoy? Con absoluta certeza podemos afirmar que no sería diferente a lo que ya les dijo hace dos mil años: "¡Sepulcros blanqueados, raza de víboras, hipócritas, necios!"
Y no es que Jesús quiera que se condenen. No es ese el Jesús del Evangelio, pues Él "quiere que todos los hombres se salven". Como dice la Escritura: "Dios hace salir el sol sobre buenos y malos, sobre justos e injustos". Su Luz quiere que sea la Luz de todos, también para los fariseos de ayer y de hoy. Quiere la conversión de todos los hombres, particularmente de quienes más la necesitan. Por eso, invita a los fariseos: "Den limosna de lo de dentro, y así lo tendrán limpio todo"... Es decir, invita a vaciarse de sí mismos, a dejar de vivir de las apariencias, a ser de una sola faz... A que todos depongan actitudes de vanagloria, de vanidad, de hipocresía, y dejen de tener zonas oscuras que haya que ocultar. ¡Qué hermosa sensación la de ser uno mismo sin tener que estar ocultando nada! ¡Que sensación tan refrescante la de no tener esquinas en las que sea desagradable pararse! ¡Y qué insuperable es la sensación de saberse en la presencia de Dios, con la frente en alto, recibiendo completamente su amor y su misericordia, para ser instrumento del amor para todos los demás! Eso no tiene precio. Ser de Jesús, llenarse de Él y de su amor, para poder llevarlo sin impurezas a los demás, es lo que debe motivar nuestra vida aquí y ahora. Y en hacerlo estará nuestra más alta compensación, pues estaremos llenos de Dios y viviendo frente a frente en su presencia...
Lamentablemente, los fariseos no mantuvieron el espíritu originario, que los llamaba a ellos mismos a ser más radicales en la fidelidad a Yahvé y, habiéndose convertido en un grupo religioso importante dentro del Judaísmo, comenzaron a convertir la importancia de su reforma y la influencia que estaban teniendo, en las de un grupo de poder, de presión, de "prestigio", absolutamente alejado de la idea fundacional. En vez de ser servidores en búsqueda de la fidelidad, se erigieron en ser "merecedores" del servicio... Comenzaron a exigir a los demás las conductas que eran bandera del fariseísmo, pero quedándose ellos al margen, como si eso no los implicara, en primer lugar, a ellos mismos. Tenían un prestigio bien ganado entre todos, por sus conductas originalmente coherentes, pero se enfermaron de poder y se envenenaron de incoherencia, de hipocresía, de falsedad... Dios dejó de ser el ideal, y se pusieron ellos como "quasidioses" a los que había que servir. Evidentemente, esto los hizo erigirse como "conciencia moral sin moral", apelando a las leyes sólo como manera de coartar a los demás y de mantenerlos sometidos a sus designios... Pero sin sentirse ellos interpelados por aquello que promulgaban...
Para Jesús esto es lo peor que puede hacer un hombre. Tanto, que sus peores expresiones contra alguien, las más duras, las más inusitadamente reveladoras, son las que dice a los fariseos: "Sepulcros blanqueados", "raza de víboras", "hipócritas", "necios"... Ninguna lindura salió de los labios de Jesús para ellos. La doblez de conducta, la incoherencia, la presentación de una falsa bondad, son lo más terrible que considera Jesús en una persona. Y por eso es inclemente en la acusación... Llama la atención, no obstante, que Jesús le dice a la gente: "Hagan lo que ellos dicen, pero no hagan lo que ellos hacen..." Lo cual quiere decir que la maldad no estaba en lo que ellos exigían a los israelitas, sino en el corazón que lo exigía, que era un corazón vacío de Dios, lleno solamente de sí mismo, un corazón que buscaba solo el reconocimiento vano de los hombres, pero muy alejado de poder obtener el reconocimiento del mismísimo Dios al que aparentemente servían...
Estos fariseos se atrevieron a criticar a Jesús porque no se había limpiado las manos antes de comer, lo cual era un ritual exigido entre los judíos, para poder estar "puros" para la comida. La respuesta de Jesús se fue en barrena contra la actitud de hipocresía y de falsa bondad que pretendían dar: "Ustedes, los fariseos, limpian por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosan de robos y maldades..." Una conducta que para nada es extraña en los hombres de todos los tiempos; mucho menos para los de hoy también... ¡Qué triste acudir hoy al espectáculo de hombres y mujeres que repiten exactamente la misma conducta de los fariseos a los cuales azuzaba Jesús...! ¡Qué triste que existan hombres y mujeres que den más importancia a ofrecer "una buena imagen" con el fin de ser "reconocidos", que a ser buenos de verdad...! ¡Qué triste que el hombre de hoy esté más dispuesto a servirse a sí mismo, o a poner a los demás a su servicio, que a servir al Dios del Amor, de la Justicia, de la Verdad y de la Paz...!
Hoy asistimos a espectáculos verdaderamente deprimentes cuando vemos a los nuevos fariseos rasgándose las vestiduras ante la corrupción, mientras engordan cada vez más sus cuentas con dólares robados de lo que debía servir al pueblo para aplacar sus inmensas necesidades... Cuando vemos a grandes personajes exigir una fidelidad ciertamente debida a los cónyuges y a la familia, pero que tienen ocultamente amantes o no pierden la "oportunidad" cuando alguien "se les resbala"... Cuando vemos que muchos se rasgan las vestiduras ante el pisoteo de los derechos humanos de los más débiles, pero por debajo de cuerda abortan o invitan a abortar o facilitan el aborto, para mantener incólume "el qué dirán" o simplemente para evitar "una carga más", o buscan la manera de quitar de en medio a quien "fastidia" porque está muy enfermo o es ya un anciano que poco más tiene que aportar a la sociedad... Cuando vemos que se retratan con pobres al hacer un aporte significativo, pero que cuando ya no los está viendo nadie se alejan de ellos como si fueran leprosos indeseables, pues sienten repugnancia hasta de su olor... ¿Qué les dirá Jesús a esos hoy? Con absoluta certeza podemos afirmar que no sería diferente a lo que ya les dijo hace dos mil años: "¡Sepulcros blanqueados, raza de víboras, hipócritas, necios!"
Y no es que Jesús quiera que se condenen. No es ese el Jesús del Evangelio, pues Él "quiere que todos los hombres se salven". Como dice la Escritura: "Dios hace salir el sol sobre buenos y malos, sobre justos e injustos". Su Luz quiere que sea la Luz de todos, también para los fariseos de ayer y de hoy. Quiere la conversión de todos los hombres, particularmente de quienes más la necesitan. Por eso, invita a los fariseos: "Den limosna de lo de dentro, y así lo tendrán limpio todo"... Es decir, invita a vaciarse de sí mismos, a dejar de vivir de las apariencias, a ser de una sola faz... A que todos depongan actitudes de vanagloria, de vanidad, de hipocresía, y dejen de tener zonas oscuras que haya que ocultar. ¡Qué hermosa sensación la de ser uno mismo sin tener que estar ocultando nada! ¡Que sensación tan refrescante la de no tener esquinas en las que sea desagradable pararse! ¡Y qué insuperable es la sensación de saberse en la presencia de Dios, con la frente en alto, recibiendo completamente su amor y su misericordia, para ser instrumento del amor para todos los demás! Eso no tiene precio. Ser de Jesús, llenarse de Él y de su amor, para poder llevarlo sin impurezas a los demás, es lo que debe motivar nuestra vida aquí y ahora. Y en hacerlo estará nuestra más alta compensación, pues estaremos llenos de Dios y viviendo frente a frente en su presencia...
lunes, 14 de octubre de 2013
¿A qué Jesús seguimos?
Nunca está de más insistir en esto... El seguimiento de Jesús es la clave de nuestra vivencia como cristianos. Seguir a Jesús exige, en primer lugar, conocerlo, saber de sus orígenes, incluso de su prehistoria, que es rica por la cantidad de promesas y anuncios que hay en el Antiguo Testamento de Aquél que "pisa la cabeza de la serpiente". Éste es el que llaman los entendidos, el "Protoevangelio", el primer Evangelio, el primer anuncio de la Buena Nueva de rescate de la humanidad caída por el pecado. Y fue proclamado instantes después de que el hombre se hubiera puesto de espaldas a Dios, despreciando su figura paterna, su autoridad, su amor... Se inició en ese momento la epopeya divina para rescatar al hombre. Y a partir de este anuncio, se desarrolla toda una historia de seguridad futura por la llegada de aquel Mesías Redentor, presentado tantas veces de manera oscura, incluso confusa e incomprensible para aquellos que esperaban la salvación, la actuación de Dios para "liberar" a Israel. Pero siempre el objetivo era ir sembrando la esperanza de aquello bueno que guardaba Dios para Israel, su pueblo amado.
Jesús es, de esta manera, el "esperado de las naciones". Imagino la cantidad de añoranza que acumuló su espera. Imagino los suspiros, las lágrimas, los dolores que esperaban ser aliviados por su presencia cuando fuera ya definitiva... Cada Profeta revelaba un nuevo aspecto de ese que era el Esperado. Cada uno echaba una nueva luz sobre cómo sería ese personaje, sobre cómo sería su obra, sobre cómo llevaría adelante su misión y cumpliría el encargo del Padre. Y ya eran tantas luces las que estaban encendidas en el camino de Israel, que todo estaba muy bien iluminado. Que el camino por el que iba a venir el Mesías ya ofrecía plena seguridad para andarlo, pues la señalización era ya casi completa... Sólo faltaba que Él, ese Mesías prometido y anunciado tantas veces, Aquél que venía a liberar a Israel de la esclavitud, el que iba a hacer presente en medio de todos los pueblos el poder y el amor infinitos del Dios que había tomado a Israel como pueblo suyo, se hiciera presente, que empezara a andar ese camino de venida hacia los hombres...
Y llegó Jesús, el esperado, el añorado. Y realizó su obra fabulosa de Redención. Es el Dios que se ha hecho hombre, en un arrebato extraordinario de amor del Padre, que se despoja de su propio Hijo para "regalarlo" a los hombres, para que hicieran con Él lo que les viniera en ganas, como en efecto lo hicieron. Al gesto de amor del Padre, donándonos a su Hijo; y del mismo Hijo, aceptando la misión que el Padre le encomendaba, el odio y el pecado de los hombres los hicieron reaccionar de la manera más vil. Al que venía a dar sólo amor, le respondimos con odio. Al que venía sólo a dar perdón, le respondimos con venganza. Al que venía a sembrar la paz, le respondimos con la violencia más cruel... Al que venía a darnos vida, lo asesinamos. Sí... En aquellos hombres despiadados que humillaron, hirieron y mataron a Jesús, estamos representados todos...
Pero Jesús, Dios hecho hombre, no podía quedar vencido... Es más, no fue jamás vencido. En la apariencia de su derrota más cruel, obtuvo la mayor de sus victorias, pues su muerte fue la muerte del pecado, y su resurrección el sello definitivo de su gloria... Es la obra total de Jesús: Encarnación, anuncio del mensaje de amor, de paz y de perdón, sufrimiento, pasión, muerte y resurrección.. No se debe quitar nada, pues el mensaje que nos da Jesús con su vida es integral. Lo que quiere decirnos es que Él ha decidido que su vida sea para nosotros; que nos ama tanto que ha decidido poner su gloria entre paréntesis con tal de que nosotros la tuviéramos; que la derrota del pecado en la Cruz, pasando por el sufrimiento extremo del dolor y de su propia muerte, la asumió para que el pecado fuera derrotado en nosotros por su amor; que su resurrección gloriosa es la que todos vamos a vivir como gran victoria que no hemos obtenido, sino que Él ha obtenido para nosotros, que nos la regala sin haber hecho nosotros nada...
Es el Jesús total el que es nuestro... Un Jesús mutilado es el de los intereses creados, por lo tanto no es el de la humanidad, no es el que ha venido a salvar a los hombres. Es otro Jesús. Cuando no aceptamos a ese Jesús total, estamos haciendo a un Jesús distinto al de las Escrituras, al Prometido, al que nació de la Virgen, al que vivió entre nosotros, al que dijo e hizo maravillas, al que sufrió por la muerte del amigo, al que asumió la pasión como parte de su misión, al que resucitó gloriosamente. Un Jesús resucitado, ya glorioso exclusivamente, no existe. Si no hubiera muerto, hubiera sido imposible su resurrección... Un Jesús que sólo sufre y lleva eternamente la Cruz a cuestas, tampoco existe. Un Jesús que sólo echa a los mercaderes del templo, no es el real. Un Jesús que sólo exige amar a los enemigos, no ha existido jamás...
Existe el Jesús que muere en la Cruz, pero que resucita glorioso. Existe el Jesús que llevó su Cruz a cuestas y murió en ella como en su altar en el gesto de amor más grande, pero no se quedó allí muerto, sino que resurgió victorioso. Existe el Jesús que echó a los mercaderes del templo, pero también el que convoca a todos, ricos y pobres, a ser hermanos, y por eso va a la casa de Zaqueo y de Simón el Fariseo; por eso convoca a Mateo al grupo de los suyos, por eso le dice al joven rico que lo deje todo para seguirlo... Existe el Jesús que nos dice que hay que amar y perdonar a todos y siempre, pero también el que nos dice que hay que hacer la corrección fraterna para que no se sigan cometiendo injusticias... Existe el Jesús que dice que son bienaventurados los que pasan hambre, pero existe también el que multiplica los panes para que los hombres no tengan hambre... Existe el Jesús que dice desde la Cruz: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen", pero también existe el Jesús que le reclama al soldado cuando le da una bofetada injustamente...
No queramos reducir a Jesús a un gran héroe que no sufrió, o a un personaje que sólo sufrió. O a alguien que nos pide que seamos casi bobalicones. O al revolucionario que vino sólo para exigir reivindicaciones sociales o económicas. O al idealista que nos invitó a elevar la mirada al cielo desentendiéndonos de nuestra realidad cotidiana.... Esos no existen. Ese Jesús es parcial. Es como si pretendiéramos ser nosotros mismos quedándonos solo con nuestro lado derecho, o el izquierdo, o solo con la mitad de arriba o la de abajo... No somos nosotros... Jesús es total. Su mensaje es integral. Quiere salvar al hombre todo y a todos los hombres. No manipulemos su persona, ni su mensaje, ni su obra. Ya no sería atractivo de esa manera. Lo que vale de Jesús, lo verdaderamente esencial en Él, es todo. Nada lo podemos dejar a un lado...
Jesús es, de esta manera, el "esperado de las naciones". Imagino la cantidad de añoranza que acumuló su espera. Imagino los suspiros, las lágrimas, los dolores que esperaban ser aliviados por su presencia cuando fuera ya definitiva... Cada Profeta revelaba un nuevo aspecto de ese que era el Esperado. Cada uno echaba una nueva luz sobre cómo sería ese personaje, sobre cómo sería su obra, sobre cómo llevaría adelante su misión y cumpliría el encargo del Padre. Y ya eran tantas luces las que estaban encendidas en el camino de Israel, que todo estaba muy bien iluminado. Que el camino por el que iba a venir el Mesías ya ofrecía plena seguridad para andarlo, pues la señalización era ya casi completa... Sólo faltaba que Él, ese Mesías prometido y anunciado tantas veces, Aquél que venía a liberar a Israel de la esclavitud, el que iba a hacer presente en medio de todos los pueblos el poder y el amor infinitos del Dios que había tomado a Israel como pueblo suyo, se hiciera presente, que empezara a andar ese camino de venida hacia los hombres...
Y llegó Jesús, el esperado, el añorado. Y realizó su obra fabulosa de Redención. Es el Dios que se ha hecho hombre, en un arrebato extraordinario de amor del Padre, que se despoja de su propio Hijo para "regalarlo" a los hombres, para que hicieran con Él lo que les viniera en ganas, como en efecto lo hicieron. Al gesto de amor del Padre, donándonos a su Hijo; y del mismo Hijo, aceptando la misión que el Padre le encomendaba, el odio y el pecado de los hombres los hicieron reaccionar de la manera más vil. Al que venía a dar sólo amor, le respondimos con odio. Al que venía sólo a dar perdón, le respondimos con venganza. Al que venía a sembrar la paz, le respondimos con la violencia más cruel... Al que venía a darnos vida, lo asesinamos. Sí... En aquellos hombres despiadados que humillaron, hirieron y mataron a Jesús, estamos representados todos...
Pero Jesús, Dios hecho hombre, no podía quedar vencido... Es más, no fue jamás vencido. En la apariencia de su derrota más cruel, obtuvo la mayor de sus victorias, pues su muerte fue la muerte del pecado, y su resurrección el sello definitivo de su gloria... Es la obra total de Jesús: Encarnación, anuncio del mensaje de amor, de paz y de perdón, sufrimiento, pasión, muerte y resurrección.. No se debe quitar nada, pues el mensaje que nos da Jesús con su vida es integral. Lo que quiere decirnos es que Él ha decidido que su vida sea para nosotros; que nos ama tanto que ha decidido poner su gloria entre paréntesis con tal de que nosotros la tuviéramos; que la derrota del pecado en la Cruz, pasando por el sufrimiento extremo del dolor y de su propia muerte, la asumió para que el pecado fuera derrotado en nosotros por su amor; que su resurrección gloriosa es la que todos vamos a vivir como gran victoria que no hemos obtenido, sino que Él ha obtenido para nosotros, que nos la regala sin haber hecho nosotros nada...
Es el Jesús total el que es nuestro... Un Jesús mutilado es el de los intereses creados, por lo tanto no es el de la humanidad, no es el que ha venido a salvar a los hombres. Es otro Jesús. Cuando no aceptamos a ese Jesús total, estamos haciendo a un Jesús distinto al de las Escrituras, al Prometido, al que nació de la Virgen, al que vivió entre nosotros, al que dijo e hizo maravillas, al que sufrió por la muerte del amigo, al que asumió la pasión como parte de su misión, al que resucitó gloriosamente. Un Jesús resucitado, ya glorioso exclusivamente, no existe. Si no hubiera muerto, hubiera sido imposible su resurrección... Un Jesús que sólo sufre y lleva eternamente la Cruz a cuestas, tampoco existe. Un Jesús que sólo echa a los mercaderes del templo, no es el real. Un Jesús que sólo exige amar a los enemigos, no ha existido jamás...
Existe el Jesús que muere en la Cruz, pero que resucita glorioso. Existe el Jesús que llevó su Cruz a cuestas y murió en ella como en su altar en el gesto de amor más grande, pero no se quedó allí muerto, sino que resurgió victorioso. Existe el Jesús que echó a los mercaderes del templo, pero también el que convoca a todos, ricos y pobres, a ser hermanos, y por eso va a la casa de Zaqueo y de Simón el Fariseo; por eso convoca a Mateo al grupo de los suyos, por eso le dice al joven rico que lo deje todo para seguirlo... Existe el Jesús que nos dice que hay que amar y perdonar a todos y siempre, pero también el que nos dice que hay que hacer la corrección fraterna para que no se sigan cometiendo injusticias... Existe el Jesús que dice que son bienaventurados los que pasan hambre, pero existe también el que multiplica los panes para que los hombres no tengan hambre... Existe el Jesús que dice desde la Cruz: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen", pero también existe el Jesús que le reclama al soldado cuando le da una bofetada injustamente...
No queramos reducir a Jesús a un gran héroe que no sufrió, o a un personaje que sólo sufrió. O a alguien que nos pide que seamos casi bobalicones. O al revolucionario que vino sólo para exigir reivindicaciones sociales o económicas. O al idealista que nos invitó a elevar la mirada al cielo desentendiéndonos de nuestra realidad cotidiana.... Esos no existen. Ese Jesús es parcial. Es como si pretendiéramos ser nosotros mismos quedándonos solo con nuestro lado derecho, o el izquierdo, o solo con la mitad de arriba o la de abajo... No somos nosotros... Jesús es total. Su mensaje es integral. Quiere salvar al hombre todo y a todos los hombres. No manipulemos su persona, ni su mensaje, ni su obra. Ya no sería atractivo de esa manera. Lo que vale de Jesús, lo verdaderamente esencial en Él, es todo. Nada lo podemos dejar a un lado...
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domingo, 13 de octubre de 2013
"Es de bien nacidos, / ser agradecidos..."
Mi vocación sacerdotal tiene muchos "cultores". Haber nacido y crecido en una familia profundamente cristiana, con unos padres que nos llevaron a todos los hijos por los caminos de la fe es, sin duda, el primero de ellos. Puedo decir que soy privilegiado por haber tenido los padres que tuve, que nos enseñaron a amar a Dios, a la Iglesia, a los hermanos, con amor tierno y profundo. De ellos recibí la semilla que luego germinó en el deseo de entregarme a servir sin más... En mi familia tuve y sigo teniendo a mis hermanos que son un llamado constante a ser bueno, acicateado por la conducta de ellos. Son testimonio de entrega, de responsabilidad, de amor a sus familias, de vivencia consciente y sentida de su fe. Ellos me invitan a ser cada día mejor, pues soy "el cura" de la familia y no puedo "quedarme atrás". Por lo menos, aunque con mucho esfuerzo, tengo que equiparar su ritmo... Y, entre muchos otros actores, destaca sobre todos el P. Cesáreo Gil... Desde niño ha sido una presencia constante en mi vida. En un primer momento, imponente y hasta atemorizador, con su sotana negra, que no se quitaba jamás -supongo que sí para dormir-, y precedido de su fama de cura gallego intransigente y duro, de mal carácter y férrea voluntad ultraexigente... Era buen amigo de mis padres, y mis padres de él... Una vez nos visitó en nuestra casa e hizo una de las suyas. Nos puso a mi hermano y a mí de espaldas uno contra el otro, supuestamente para ver cual de los dos era más alto... En una "gamberrada" -gallegada, diría yo-, tomó nuestras dos cabezas y las golpeó durísimo. Allí comprobé que eso de ver estrellitas era absolutamente cierto...
Luego, la Providencia quiso que fuera mi Director Espiritual, y desde allí comenzó un relación tremendamente cercana. Me trataba como un verdadero hijo -más bien. nieto, pues sus hijos eran mi padres-, y empecé a conocer al Sacerdote santo, dulce, tierno, amante de Dios y de la Iglesia, que estaba escondido bajo esa sombra negra de su sotana... Mis confesiones con él empezaban con un temor reverencial por desnudar ante esa figura imponente mis fallas, pero en minutos se convertían en un baño de gracia, de misericordia, de perdón. Me sentía abrazado y abrasado por Dios y por su amor. Si no fuera una herejía, diría que el P. Gil lo hacía a uno sentirse casi "privilegiado" de haber pecado, pues merecía el abrazo amoroso y perdonador de Dios. Allí experimenté en carne propia la frase de San Agustín: "¡Feliz culpa la que nos mereció tal Redentor!"... Si de lejos el P. Gil parecía "una suegra", de cerca era "una madre", y en la intimidad era "una abuela"... Por supuesto, en las largas conversaciones que teníamos, me enseñaba, me animaba, me invitaba a ser mejor. Sus enseñanzas calaron muy hondamente en mí. Y son muchísimas, de las cuales aún saco mucho provecho y siguen siendo para mí referencias constantes...
Una de esas enseñanzas es la frase que ha servido de título a este escrito. Hablando de todas las cosas con las que el Señor me había enriquecido, con las que me había demostrado que me amaba con amor sólido y paternal, sin absolutamente ningún merecimiento de mi parte, pues casi lo único que había en mí era debilidad e infidelidad hacia su amor, me dijo: "En mi pueblo se dice: 'Es de bien nacidos, ser agradecidos', porque no podemos ser descorteses con Dios". Y esa frase se me quedó grabada como con un hierro candente... No podía yo seguir recibiendo de Dios tantas bendiciones, tantos regalos de amor, tantas manifestaciones de su preferencia, y quedarme tan tranquilo... Esos regalos amorosos de Dios me comprometían, y yo, responsablemente, debía actuar en consecuencia con ellos...
Yo debía hacer como el único leproso de los diez que Jesús curó milagrosamente, que se regresó feliz por el favor que había recibido. Los otros nueve no dejaron de recibir también su regalo de curación. El haber sido "malagradecidos" no les retiró el favor de Jesús, pero sí los dejó muy mal parados a ellos. Y yo no quiero quedar mal parado como ellos. "Es de bien nacidos, ser agradecidos", y yo soy un bien nacido, un privilegiado, uno que ha experimentado de manera inimaginable el favor de Dios... ¡Cuantas lepras no ha limpiado Jesús en mí! ¡Cuántas infidelidades no han sido borradas con su plumazo de amor! Imposible no ser agradecido con Jesús, cuando lo único que he experimentado de Él es amor, perdón, misericordia infinita. Cuando en mi vida realmente me he sentido solo un bendecido...
Es impresionante como los hombres, en muchas ocasiones, nos sentimos casi como "con derecho" de recibir todos los regalos de amor que Dios nos da cotidianamente. Ni siquiera pensamos en la inmensa riqueza que representa el estar vivos por un expreso deseo de Dios. Que si Dios decretara nuestra desaparición, eso sucedería instantáneamente. Que es un regalo de su amor el que hace que sigamos existiendo, que se sigan dando las condiciones para que nuestra vida biológica sea posible. Jamás pensamos que el designio de Dios sigue haciendo posible que tengamos el regalo maravilloso del sol cotidiano que se eleva todas las mañanas, que nos alumbra y nos calienta; que por las noches tengamos la presencia sugerente de la luna y las estrellas, apasionadas por nosotros, dándonos su luz nocturna para que no estemos en la absoluta penumbra; que en los laboratorios científicamente imposibles de las plantas se siga laborando sin descanso para que podamos tener el oxígeno que nos permite seguir respirando y se siga purificando el aire de los gases con los que nosotros mismos lo hacemos impuro; que siga haciendo nacer cada uno de los animalitos que nos rodean y que nos hacen feliz la vida, pues el perro que ladra y nos menea el rabo, el gato que ronronea y se acaricia a sí mismo con nuestra pierna, el pájaro que canta feliz en la mañana y nos llena de música el día, son signos del Dios que se ocupa de cada uno de ellos, pero que se ocupa de nosotros con más amor que el que usa para ellos; que cada planta que nos regala su verdor, sus bellas flores, sus frutos sabrosos, salen de esa mano de Dios que los viste, que les da sabor y belleza, para que seamos nosotros los que lo disfrutemos; que siga permitiendo que para nosotros la vida de los hermanos sea una compañía insuperable, pues son ellos, esposos, esposas, hijos, hijas, familiares, amigos, compañeros de trabajo y de diversiones, vecinos, los que nos dicen que la vida sigue bullendo, que un saludo de ellos es, en cierto modo, una bendición que Dios nos da, pues cada uno nos dice: "Aquí sigo estando para ti, para que sigas seguro de que vives, para que puedas hacerme el bien que necesito..." Todos, son regalos del amor de Dios, que nos convencen de que nos ama infinitamente, de que todo lo ha hecho de tal manera que no nos falte nada, que seamos realmente privilegiados...
Y por si fuera poco, es un Dios que se desprendió de su más preciado tesoro, su propio Hijo, para darlo en rescate de quienes no le somos agradecidos, para que le seamos agradecidos... "Es de bien nacidos, ser agradecidos..." No podemos seguir siendo descorteses con el Dios que lo da todo, sin dejarse nada para sí. No nos exige mucho, pues es infinitamente más lo que recibimos. Si lo hacemos, no quedaremos "malparados" como los nueve leprosos curados que no se volvieron a agradecer. Y seremos reconocidos como el único extranjero curado, el leproso samaritano, que se devolvió a agradecer el milagro de su curación, al cual Jesús le dijo: "Vete en paz. Tu fe te ha salvado". Agradecer a Dios es nuestra salvación. ¡Tremenda ganancia, sólo por ser agradecidos! No nos cuesta nada, y lo ganamos todo...
Luego, la Providencia quiso que fuera mi Director Espiritual, y desde allí comenzó un relación tremendamente cercana. Me trataba como un verdadero hijo -más bien. nieto, pues sus hijos eran mi padres-, y empecé a conocer al Sacerdote santo, dulce, tierno, amante de Dios y de la Iglesia, que estaba escondido bajo esa sombra negra de su sotana... Mis confesiones con él empezaban con un temor reverencial por desnudar ante esa figura imponente mis fallas, pero en minutos se convertían en un baño de gracia, de misericordia, de perdón. Me sentía abrazado y abrasado por Dios y por su amor. Si no fuera una herejía, diría que el P. Gil lo hacía a uno sentirse casi "privilegiado" de haber pecado, pues merecía el abrazo amoroso y perdonador de Dios. Allí experimenté en carne propia la frase de San Agustín: "¡Feliz culpa la que nos mereció tal Redentor!"... Si de lejos el P. Gil parecía "una suegra", de cerca era "una madre", y en la intimidad era "una abuela"... Por supuesto, en las largas conversaciones que teníamos, me enseñaba, me animaba, me invitaba a ser mejor. Sus enseñanzas calaron muy hondamente en mí. Y son muchísimas, de las cuales aún saco mucho provecho y siguen siendo para mí referencias constantes...
Una de esas enseñanzas es la frase que ha servido de título a este escrito. Hablando de todas las cosas con las que el Señor me había enriquecido, con las que me había demostrado que me amaba con amor sólido y paternal, sin absolutamente ningún merecimiento de mi parte, pues casi lo único que había en mí era debilidad e infidelidad hacia su amor, me dijo: "En mi pueblo se dice: 'Es de bien nacidos, ser agradecidos', porque no podemos ser descorteses con Dios". Y esa frase se me quedó grabada como con un hierro candente... No podía yo seguir recibiendo de Dios tantas bendiciones, tantos regalos de amor, tantas manifestaciones de su preferencia, y quedarme tan tranquilo... Esos regalos amorosos de Dios me comprometían, y yo, responsablemente, debía actuar en consecuencia con ellos...
Yo debía hacer como el único leproso de los diez que Jesús curó milagrosamente, que se regresó feliz por el favor que había recibido. Los otros nueve no dejaron de recibir también su regalo de curación. El haber sido "malagradecidos" no les retiró el favor de Jesús, pero sí los dejó muy mal parados a ellos. Y yo no quiero quedar mal parado como ellos. "Es de bien nacidos, ser agradecidos", y yo soy un bien nacido, un privilegiado, uno que ha experimentado de manera inimaginable el favor de Dios... ¡Cuantas lepras no ha limpiado Jesús en mí! ¡Cuántas infidelidades no han sido borradas con su plumazo de amor! Imposible no ser agradecido con Jesús, cuando lo único que he experimentado de Él es amor, perdón, misericordia infinita. Cuando en mi vida realmente me he sentido solo un bendecido...
Es impresionante como los hombres, en muchas ocasiones, nos sentimos casi como "con derecho" de recibir todos los regalos de amor que Dios nos da cotidianamente. Ni siquiera pensamos en la inmensa riqueza que representa el estar vivos por un expreso deseo de Dios. Que si Dios decretara nuestra desaparición, eso sucedería instantáneamente. Que es un regalo de su amor el que hace que sigamos existiendo, que se sigan dando las condiciones para que nuestra vida biológica sea posible. Jamás pensamos que el designio de Dios sigue haciendo posible que tengamos el regalo maravilloso del sol cotidiano que se eleva todas las mañanas, que nos alumbra y nos calienta; que por las noches tengamos la presencia sugerente de la luna y las estrellas, apasionadas por nosotros, dándonos su luz nocturna para que no estemos en la absoluta penumbra; que en los laboratorios científicamente imposibles de las plantas se siga laborando sin descanso para que podamos tener el oxígeno que nos permite seguir respirando y se siga purificando el aire de los gases con los que nosotros mismos lo hacemos impuro; que siga haciendo nacer cada uno de los animalitos que nos rodean y que nos hacen feliz la vida, pues el perro que ladra y nos menea el rabo, el gato que ronronea y se acaricia a sí mismo con nuestra pierna, el pájaro que canta feliz en la mañana y nos llena de música el día, son signos del Dios que se ocupa de cada uno de ellos, pero que se ocupa de nosotros con más amor que el que usa para ellos; que cada planta que nos regala su verdor, sus bellas flores, sus frutos sabrosos, salen de esa mano de Dios que los viste, que les da sabor y belleza, para que seamos nosotros los que lo disfrutemos; que siga permitiendo que para nosotros la vida de los hermanos sea una compañía insuperable, pues son ellos, esposos, esposas, hijos, hijas, familiares, amigos, compañeros de trabajo y de diversiones, vecinos, los que nos dicen que la vida sigue bullendo, que un saludo de ellos es, en cierto modo, una bendición que Dios nos da, pues cada uno nos dice: "Aquí sigo estando para ti, para que sigas seguro de que vives, para que puedas hacerme el bien que necesito..." Todos, son regalos del amor de Dios, que nos convencen de que nos ama infinitamente, de que todo lo ha hecho de tal manera que no nos falte nada, que seamos realmente privilegiados...
Y por si fuera poco, es un Dios que se desprendió de su más preciado tesoro, su propio Hijo, para darlo en rescate de quienes no le somos agradecidos, para que le seamos agradecidos... "Es de bien nacidos, ser agradecidos..." No podemos seguir siendo descorteses con el Dios que lo da todo, sin dejarse nada para sí. No nos exige mucho, pues es infinitamente más lo que recibimos. Si lo hacemos, no quedaremos "malparados" como los nueve leprosos curados que no se volvieron a agradecer. Y seremos reconocidos como el único extranjero curado, el leproso samaritano, que se devolvió a agradecer el milagro de su curación, al cual Jesús le dijo: "Vete en paz. Tu fe te ha salvado". Agradecer a Dios es nuestra salvación. ¡Tremenda ganancia, sólo por ser agradecidos! No nos cuesta nada, y lo ganamos todo...
sábado, 12 de octubre de 2013
Oímos... pero no ponemos en práctica
He colocado "oímos", en vez de "escuchamos", a propósito... Escuchar refiere a poner cuidado a lo que se está diciendo, a dejarse involucrar en ello, a discernir, a analizar, a profundizar... Oír es simplemente "sentir" que se está diciendo algo, que hay algún ruido... Es quedarse en contemplar lo superficial, en si es bonito o feo, si es agradable o desagradable... Pero no va a más... ¡Cuántos nos quedamos simplemente en oír la Palabra de Dios, sin realmente escucharla! ¡Cuántos nos quedamos en admirar la belleza de una frase bíblica, del Antiguo o del Nuevo Testamento, incluso dicha por el mismo Jesús, pero nos quedamos superficialmente en la sensiblería del efecto emotivo que produce, pero no vamos a más! Decimos: "¡Qué bello lo que dice Jesús!", pero nos quedamos en la periferia de lo que eso signifique, y nos contentamos con el momento emotivo, quizás derramando incluso hasta una lagrimita, hasta que otra cosa nos llame más la atención... Sí... Decimos que la frase es bella, pero que no está hecha para nosotros. Es, para muchísimos, simple idealismo estéril, imposible de llevar a la práctica o, en el mejor de los casos, la dejamos a un lado, para echar otra lagrimita en otro momento más adelante, cuando necesitemos desahogarnos...
Jesús responde a quien quiere piropear a María, la que lo llevó en su vientre y la de los pechos que lo amamantaron. Es bello imaginarse a nuestra Madre, siendo Madre de Jesús en lo cotidiano, desde que ese recién nacido lloraba en su cuna reclamando la leche materna que le calmara el hambre que podía sentir. Y es tremendo pensar que ese Niñito que lloraba es el mismísimo Dios que había decidido hacerse hombre, tan solidario con cada hombre y cada mujer de la historia, que no dejó a un lado ninguna de las experiencias originales de la humanidad. Sólo el pecado quedó fuera, pues, estrictamente hablando, no era de esa naturaleza original, creada por el Padre, libre, pura, inmaculada. El pecado lo había añadido el mismo hombre a instancias del demonio... Pues bien, si María, la Madre dulce y entrañable de Jesús, no tomaba al Niño recién nacido y lo pegaba a su pecho para que comiera, ese Niñito ¡se moría de hambre!... Hasta ese extremo había llegado el amor del Verbo encarnado por nosotros...
Pero, ¿cómo había llegado a ese extremo de preferencia la Virgen Madre? ¿Por qué Dios puso su mirada en Ella, eligiéndola desde la eternidad para que fuera la Madre del Verbo que venía a rescatar a la humanidad de su más cruda tragedia, del pecado? San Agustín nos da la clave para entender esta "preferencia" de Dios: "Antes de concebirlo en su seno, María lo había concebido en su corazón". Más aún, si no hubiera sido así, hubiera sido imposible concebirlo físicamente en su vientre. María fue capaz de hacerlo porque había sido hija fiel, porque había elegido libremente servir sólo a Dios y no dejarse arrebatar de ninguna manera del lado de Dios. ¡Si alguien escuchó la Palabra de Dios y la puso en práctica, la primera de todas fue María! Por eso, para cada uno de nosotros, María es el mejor modelo. Y la expresión de Jesús, lejos de despreciar a su Madre, denota que es por Ella por la que siente la mayor admiración, al ser la primera en lograrlo...
Este debe ser nuestro itinerario. Escuchar la Palabra de Dios, de modo que nos sintamos interpelados por ella, que sepamos que va dirigida a cada uno, personalmente. Que se te dirige a ti, Carlos, Manuel, Luisa, Pedro, Isabel, Raquel, José, Helena... Que ninguno está fuera de ella, pues Jesús se da a todos y quiere ser recibido por todos. Que su obra vino a realizarla por ti, y que quedará eternamente infructuosa en ti, si tú no lo escuchas y pones en práctica lo que te dice...
La Palabra de Dios, aunque tiene mucho de emotividad y de afectivo, no debe quedarse jamás sólo en eso. Sería lamentablemente un efecto superficial, que no profundiza, que no llega a los tuétanos de nuestra espiritualidad. Esa Palabra debe "informar", es decir, dar forma a nuestra vida. Debe marcar nuestro estilo, y no convertirse simplemente en una "banderita" que echamos al aire cuando decimos que somos cristianos. Es muy bello saber que Jesús nos llama a amar a los enemigos; a perdonar a quien nos hace daño hasta setenta veces siete; a dar incluso la camisa a quien nos pide la chaqueta; a aceptar a todos como hermanos y amarlos "como yo los he amado", es decir, hasta la entrega final; a sentirnos dichosos -bienaventurados- cuando tengamos hambre o sed, o cuando seamos perseguidos por la justicia, o cuando demos incluso nuestra vida en favor de los demás, poniéndonos a sus pies para limpiarlos con amor... Son frases que no pueden quedar como hermosas declaraciones de intención, sino que deben dar forma a nuestra vida. Es así como Cristo quiere que vivamos. Es esto lo que quiere que pongamos en práctica...
Nos hemos acostumbrado a pensar que esas palabras no están dirigidas a nosotros. Más aún, en el criterio del mundo, ponerlas en práctica significaría debilidad, "ser medio tontos" o "tontos enteros"... O peor aún, las ponemos en nuestros labios para exigirles a los demás lo que deben hacer, sin tener la más mínima intención de cumplirlas nosotros... ¡Cuántos políticos no se llenan las palabras hablando del ejercicio del poder como servicio, pensando sólo en que se les sirva a ellos o en servirse ellos de los demás! ¡Cuántos no hablan de la pulcritud y de la honestidad, siendo ellos los primeros corruptos! ¡Cuántos no hablan de entrega a los demás sin distinción reservándose ellos mismos sólo para su grupito particular o para sus propios y exclusivos -¡excluyentes!- intereses! Así como se hace referencia a los políticos, podemos hacerlo en todos los órdenes de la vida cotidiana, hasta hogareña...
No es tonto quien decide escuchar de verdad la Palabra de Dios, y ponerla en práctica. Para María significó asumir su propia Pasión... "Una espada atravesará tu corazón..." Quien lo hace, es un verdadero héroe. Se aleja millones de millas de ser tonto. Ya quisiéramos nosotros tener la valentía de asumir con todas las consecuencias nuestro ser cristiano, ese "escuchar al Palabra de Dios y ponerla en práctica". No hacerlo significará para siempre en nosotros la máxima frustración. Significará saber que hemos sido llamados a ser héroes, pero que no hemos respondido por cobardes, y nos hemos quedado sólo con ser "buenos", o "mediocres". Y quedaremos siempre frustrados de no haber hecho lo que nos llenaría de la máxima dignidad, lo que nos elevaría por encima de todos, hasta llegar al umbral de Dios, en el cual se vivirá la máxima de las compensaciones...
Con mucho, tiene mayor satisfacción escuchar y poner en práctica, que sólo oír y quedarse en simple admiración. Y lo tiene, porque es a lo que hemos sido llamados. Nuestra meta es la plenitud, no la infantil sorpresa ante lo bello que se dice. La madurez cristiana nos exige la asunción de los compromisos con seriedad. De lo contrario, siempre estaremos en el infantilismo de quien simplemente se sorprende, admira, y no llega a más...
Jesús responde a quien quiere piropear a María, la que lo llevó en su vientre y la de los pechos que lo amamantaron. Es bello imaginarse a nuestra Madre, siendo Madre de Jesús en lo cotidiano, desde que ese recién nacido lloraba en su cuna reclamando la leche materna que le calmara el hambre que podía sentir. Y es tremendo pensar que ese Niñito que lloraba es el mismísimo Dios que había decidido hacerse hombre, tan solidario con cada hombre y cada mujer de la historia, que no dejó a un lado ninguna de las experiencias originales de la humanidad. Sólo el pecado quedó fuera, pues, estrictamente hablando, no era de esa naturaleza original, creada por el Padre, libre, pura, inmaculada. El pecado lo había añadido el mismo hombre a instancias del demonio... Pues bien, si María, la Madre dulce y entrañable de Jesús, no tomaba al Niño recién nacido y lo pegaba a su pecho para que comiera, ese Niñito ¡se moría de hambre!... Hasta ese extremo había llegado el amor del Verbo encarnado por nosotros...
Pero, ¿cómo había llegado a ese extremo de preferencia la Virgen Madre? ¿Por qué Dios puso su mirada en Ella, eligiéndola desde la eternidad para que fuera la Madre del Verbo que venía a rescatar a la humanidad de su más cruda tragedia, del pecado? San Agustín nos da la clave para entender esta "preferencia" de Dios: "Antes de concebirlo en su seno, María lo había concebido en su corazón". Más aún, si no hubiera sido así, hubiera sido imposible concebirlo físicamente en su vientre. María fue capaz de hacerlo porque había sido hija fiel, porque había elegido libremente servir sólo a Dios y no dejarse arrebatar de ninguna manera del lado de Dios. ¡Si alguien escuchó la Palabra de Dios y la puso en práctica, la primera de todas fue María! Por eso, para cada uno de nosotros, María es el mejor modelo. Y la expresión de Jesús, lejos de despreciar a su Madre, denota que es por Ella por la que siente la mayor admiración, al ser la primera en lograrlo...
Este debe ser nuestro itinerario. Escuchar la Palabra de Dios, de modo que nos sintamos interpelados por ella, que sepamos que va dirigida a cada uno, personalmente. Que se te dirige a ti, Carlos, Manuel, Luisa, Pedro, Isabel, Raquel, José, Helena... Que ninguno está fuera de ella, pues Jesús se da a todos y quiere ser recibido por todos. Que su obra vino a realizarla por ti, y que quedará eternamente infructuosa en ti, si tú no lo escuchas y pones en práctica lo que te dice...
La Palabra de Dios, aunque tiene mucho de emotividad y de afectivo, no debe quedarse jamás sólo en eso. Sería lamentablemente un efecto superficial, que no profundiza, que no llega a los tuétanos de nuestra espiritualidad. Esa Palabra debe "informar", es decir, dar forma a nuestra vida. Debe marcar nuestro estilo, y no convertirse simplemente en una "banderita" que echamos al aire cuando decimos que somos cristianos. Es muy bello saber que Jesús nos llama a amar a los enemigos; a perdonar a quien nos hace daño hasta setenta veces siete; a dar incluso la camisa a quien nos pide la chaqueta; a aceptar a todos como hermanos y amarlos "como yo los he amado", es decir, hasta la entrega final; a sentirnos dichosos -bienaventurados- cuando tengamos hambre o sed, o cuando seamos perseguidos por la justicia, o cuando demos incluso nuestra vida en favor de los demás, poniéndonos a sus pies para limpiarlos con amor... Son frases que no pueden quedar como hermosas declaraciones de intención, sino que deben dar forma a nuestra vida. Es así como Cristo quiere que vivamos. Es esto lo que quiere que pongamos en práctica...
Nos hemos acostumbrado a pensar que esas palabras no están dirigidas a nosotros. Más aún, en el criterio del mundo, ponerlas en práctica significaría debilidad, "ser medio tontos" o "tontos enteros"... O peor aún, las ponemos en nuestros labios para exigirles a los demás lo que deben hacer, sin tener la más mínima intención de cumplirlas nosotros... ¡Cuántos políticos no se llenan las palabras hablando del ejercicio del poder como servicio, pensando sólo en que se les sirva a ellos o en servirse ellos de los demás! ¡Cuántos no hablan de la pulcritud y de la honestidad, siendo ellos los primeros corruptos! ¡Cuántos no hablan de entrega a los demás sin distinción reservándose ellos mismos sólo para su grupito particular o para sus propios y exclusivos -¡excluyentes!- intereses! Así como se hace referencia a los políticos, podemos hacerlo en todos los órdenes de la vida cotidiana, hasta hogareña...
No es tonto quien decide escuchar de verdad la Palabra de Dios, y ponerla en práctica. Para María significó asumir su propia Pasión... "Una espada atravesará tu corazón..." Quien lo hace, es un verdadero héroe. Se aleja millones de millas de ser tonto. Ya quisiéramos nosotros tener la valentía de asumir con todas las consecuencias nuestro ser cristiano, ese "escuchar al Palabra de Dios y ponerla en práctica". No hacerlo significará para siempre en nosotros la máxima frustración. Significará saber que hemos sido llamados a ser héroes, pero que no hemos respondido por cobardes, y nos hemos quedado sólo con ser "buenos", o "mediocres". Y quedaremos siempre frustrados de no haber hecho lo que nos llenaría de la máxima dignidad, lo que nos elevaría por encima de todos, hasta llegar al umbral de Dios, en el cual se vivirá la máxima de las compensaciones...
Con mucho, tiene mayor satisfacción escuchar y poner en práctica, que sólo oír y quedarse en simple admiración. Y lo tiene, porque es a lo que hemos sido llamados. Nuestra meta es la plenitud, no la infantil sorpresa ante lo bello que se dice. La madurez cristiana nos exige la asunción de los compromisos con seriedad. De lo contrario, siempre estaremos en el infantilismo de quien simplemente se sorprende, admira, y no llega a más...
viernes, 11 de octubre de 2013
Todo reino en guerra civil va a la ruina
La unidad es la mejor defensa para que una nación no se desplome. Ser capaces de aglomerar la diversidad, llegando a acuerdos, respetando las diferencias, acogiendo con objetividad a quien no comparte las propias ideas, escuchando a quien propone caminos diferentes pero posibles y enriquecedores, de ninguna manera puede ser una desventaja. Quien tiene el deber de dirigir una sociedad debe dirigirla a toda, no tener la idea de que sirve sólo a una parte de ella. Eso sería traicionar la intencionalidad primera de quien puso en sus manos esa dirección. Es ta claro esto, que hasta Jesús lo pone como ejemplo para desmontar la crítica que le hacían... Supuestamente Jesús expulsaba demonios por el poder del mismo demonio. Es decir, Satanás estaba en contra de sí mismo. Es decir, era el absurdo mayor. Por eso Jesús sentencia: "Todo reino en guerra civil va a la ruina y se desploma casa tras casa. Si también Satanás está en guerra civil, ¿cómo mantendrá su reino?"
El demonio, experto en destrucción, en mentira, en soberbia, sin duda utiliza la táctica de la división para vencer. De ninguna manera la utiliza contra sí mismo. Él no es tonto. Siembra la semilla de la discordia en los hombres para poder tenerlos mejor dominados. Mientras más separados estén, mejor campo para hacer de las suyas... Su mismo nombre significa eso... "Diablo" viene de "dia-bolos", palabra compuesta griega que significa "Lo que separa". Es lo contrario de "sim-bolos", que significa "Lo que une"... El diablo es "El que separa". Esa es su esencia más profunda, lo que más lo identifica. Y ha sido su tarea desde el origen. Busca siempre separar al hombre de Dios. Lo logró con Adán y Eva, "acariciándole" el orgullo y la soberbia, de manera que el hombre creyera que el interés de Dios era simplemente que no se parecieran a Él, y por eso les había prohibido acercarse a comer del árbol del fruto del bien y del mal... El diablo logró separar al hombre de Dios. Y lo sigue haciendo, pues un mundo que da más oído a la necesidad de superexaltar el ego, que convence al hombre cada vez más de su supuesta capacidad ilimitada de creación tecnológica y científica, que bajo el disfraz de unos supuestos "derechos humanos" y en orden a "mejorar" el nivel de vida de la humanidad se propone eliminar a niños sin nacer o a ancianos supuestamente inútiles, Dios va siendo cada vez más incómodo y es necesario expulsarlo de la vida cotidiana... Sigue triunfando el demonio en su siembra de la semilla de la división...
Pero ha ido más allá... La semilla de la división sembrada por el diablo ha germinado con mucho éxito entre los mismo hombres. Ya no es sólo que el hombre se ha separado de Dios, sino que también, cada vez más trágicamente, la humanidad está dividida. Las naciones se miran entre sí con desdén, con suspicacia o con agresividad. Basta que seas extranjero en un país para ser visto como "un invasor" al que prácticamente se le suspenden todos los derechos humanos. Quienes se rasgan las vestiduras adoloridos por el pisoteo de los derechos de ciertos grupos humanos o hasta de animales, muchas veces son los primeros que erigen las banderas contra los que vienen a "quitar el trabajo a los connacionales" y a "robar la comida de sus hijos". El diablo promueve las guerras fratricidas simplemente con el objetivo de establecer una hegemonía racial, económica, religiosa, o de cualquier tipo...
Dentro de las misma fronteras de un país ha sido capaz de obtener inmensas victorias en el establecimiento de barreras ideológicas, políticas, económicas... Es triste ver como un país que a lo mejor vivió momentos gloriosos, gestas heroicas, en aras de lograr su unidad como nación, ha sido minado en sus bases. El diablo, con los socios que jamás les faltarán, ha logrado situaciones de división, de exclusión, de "apartheid", que han desdibujado casi por completo la noción de país... Esos socios han preferido su bienestar egoísta, su enriquecimiento personal, el establecimiento brutal de su primacía, por encima de la consideración de que todos los habitantes conforman la misma nación... Es la trágica verificación de la sentencia de Jesús: "Todo reino en guerra civil va a la ruina". El diablo simplemente está sentado esperando que la ruina ya venga sobre ese país, o simplemente ya está celebrando que se haya logrado su victoria...
Pero el demonio ha sido vencido por Jesús en la Cruz. En la más clara imagen de debilidad se dio, por el contrario, su mayor fortaleza. La muerte de Cristo fue la muerte del poder del pecado y del demonio. Por eso, jamás el hecho de que obtenga victorias en algunas batallas, significa que obtendrá la victoria en la guerra. La guerra la gana Jesús. La ganó ya. Y ya jamás será vencido. Restablecer la unidad con Dios, a través de Jesucristo, es asegurarse la propia victoria. Unirse al vencedor es hacernos vencedores. Y esto, sencillamente porque Jesús aplica su victoria a nosotros aunque no hayamos tomado parte en la batalla final. Su amor nos asocia a su victoria, y nos hace vencedores. Su amor nos hace fuertes para vencer siempre al demonio en su pretensión de ganar al mundo dividiéndolo.
Los hombres hemos sido restituidos en la unidad con Dios. Y podemos ser restituidos en la unidad entre nosotros. Basta que nos dejemos "conquistar" por quien nos une a Dios y nos une entre nosotros. Quien hace la perfecta amalgama en la unidad, conglomerándola en un solo corazón que busque intereses comunes, persiguiendo el Bien Común que enriquezca a todos. Ese es Jesús, el artífice y reconstructor de la unidad. Siempre se ha dicho que "en la unión está la fuerza" y "divide y vencerás". Nuestra fortaleza no será jamás mayor si nos quedamos solos. Así seremos los más débiles sobre la tierra. Nuestra fortaleza será mayor unidos a Dios y unidos entre nosotros... Es necesario rechazar a quien con cantos de sirenas nos quiera conquistar a su causa de división. No debemos hacernos instrumentos de destrucción de la unidad...
Una melodía es más bonita cuando los diversos sonidos de los instrumentos se conjugan en una armonía que hace la música, no cuando se eliminan los instrumentos que suenan distinto. Eso la empobrecería totalmente. Hay que ser capaces de sumar el sonido de nuestro instrumento, diverso pero enriquecedor, al de todos los demás, para que seamos una verdadera orquesta sinfónica que logre acordes hermosos sacando la mejor música...
El demonio, experto en destrucción, en mentira, en soberbia, sin duda utiliza la táctica de la división para vencer. De ninguna manera la utiliza contra sí mismo. Él no es tonto. Siembra la semilla de la discordia en los hombres para poder tenerlos mejor dominados. Mientras más separados estén, mejor campo para hacer de las suyas... Su mismo nombre significa eso... "Diablo" viene de "dia-bolos", palabra compuesta griega que significa "Lo que separa". Es lo contrario de "sim-bolos", que significa "Lo que une"... El diablo es "El que separa". Esa es su esencia más profunda, lo que más lo identifica. Y ha sido su tarea desde el origen. Busca siempre separar al hombre de Dios. Lo logró con Adán y Eva, "acariciándole" el orgullo y la soberbia, de manera que el hombre creyera que el interés de Dios era simplemente que no se parecieran a Él, y por eso les había prohibido acercarse a comer del árbol del fruto del bien y del mal... El diablo logró separar al hombre de Dios. Y lo sigue haciendo, pues un mundo que da más oído a la necesidad de superexaltar el ego, que convence al hombre cada vez más de su supuesta capacidad ilimitada de creación tecnológica y científica, que bajo el disfraz de unos supuestos "derechos humanos" y en orden a "mejorar" el nivel de vida de la humanidad se propone eliminar a niños sin nacer o a ancianos supuestamente inútiles, Dios va siendo cada vez más incómodo y es necesario expulsarlo de la vida cotidiana... Sigue triunfando el demonio en su siembra de la semilla de la división...
Pero ha ido más allá... La semilla de la división sembrada por el diablo ha germinado con mucho éxito entre los mismo hombres. Ya no es sólo que el hombre se ha separado de Dios, sino que también, cada vez más trágicamente, la humanidad está dividida. Las naciones se miran entre sí con desdén, con suspicacia o con agresividad. Basta que seas extranjero en un país para ser visto como "un invasor" al que prácticamente se le suspenden todos los derechos humanos. Quienes se rasgan las vestiduras adoloridos por el pisoteo de los derechos de ciertos grupos humanos o hasta de animales, muchas veces son los primeros que erigen las banderas contra los que vienen a "quitar el trabajo a los connacionales" y a "robar la comida de sus hijos". El diablo promueve las guerras fratricidas simplemente con el objetivo de establecer una hegemonía racial, económica, religiosa, o de cualquier tipo...
Dentro de las misma fronteras de un país ha sido capaz de obtener inmensas victorias en el establecimiento de barreras ideológicas, políticas, económicas... Es triste ver como un país que a lo mejor vivió momentos gloriosos, gestas heroicas, en aras de lograr su unidad como nación, ha sido minado en sus bases. El diablo, con los socios que jamás les faltarán, ha logrado situaciones de división, de exclusión, de "apartheid", que han desdibujado casi por completo la noción de país... Esos socios han preferido su bienestar egoísta, su enriquecimiento personal, el establecimiento brutal de su primacía, por encima de la consideración de que todos los habitantes conforman la misma nación... Es la trágica verificación de la sentencia de Jesús: "Todo reino en guerra civil va a la ruina". El diablo simplemente está sentado esperando que la ruina ya venga sobre ese país, o simplemente ya está celebrando que se haya logrado su victoria...
Pero el demonio ha sido vencido por Jesús en la Cruz. En la más clara imagen de debilidad se dio, por el contrario, su mayor fortaleza. La muerte de Cristo fue la muerte del poder del pecado y del demonio. Por eso, jamás el hecho de que obtenga victorias en algunas batallas, significa que obtendrá la victoria en la guerra. La guerra la gana Jesús. La ganó ya. Y ya jamás será vencido. Restablecer la unidad con Dios, a través de Jesucristo, es asegurarse la propia victoria. Unirse al vencedor es hacernos vencedores. Y esto, sencillamente porque Jesús aplica su victoria a nosotros aunque no hayamos tomado parte en la batalla final. Su amor nos asocia a su victoria, y nos hace vencedores. Su amor nos hace fuertes para vencer siempre al demonio en su pretensión de ganar al mundo dividiéndolo.
Los hombres hemos sido restituidos en la unidad con Dios. Y podemos ser restituidos en la unidad entre nosotros. Basta que nos dejemos "conquistar" por quien nos une a Dios y nos une entre nosotros. Quien hace la perfecta amalgama en la unidad, conglomerándola en un solo corazón que busque intereses comunes, persiguiendo el Bien Común que enriquezca a todos. Ese es Jesús, el artífice y reconstructor de la unidad. Siempre se ha dicho que "en la unión está la fuerza" y "divide y vencerás". Nuestra fortaleza no será jamás mayor si nos quedamos solos. Así seremos los más débiles sobre la tierra. Nuestra fortaleza será mayor unidos a Dios y unidos entre nosotros... Es necesario rechazar a quien con cantos de sirenas nos quiera conquistar a su causa de división. No debemos hacernos instrumentos de destrucción de la unidad...
Una melodía es más bonita cuando los diversos sonidos de los instrumentos se conjugan en una armonía que hace la música, no cuando se eliminan los instrumentos que suenan distinto. Eso la empobrecería totalmente. Hay que ser capaces de sumar el sonido de nuestro instrumento, diverso pero enriquecedor, al de todos los demás, para que seamos una verdadera orquesta sinfónica que logre acordes hermosos sacando la mejor música...
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