jueves, 10 de abril de 2014

¡Qué triste es morir para siempre!

Morir es la experiencia más misteriosa que podemos vivir los hombres. La muerte ha sido siempre una especie de tabú entre nosotros. Cuando somos niños, ni siquiera se nos ocurre pensar en ella. No es época para eso. Cuando somos jóvenes creemos que es el mundo el que nos debe a nosotros, por lo tanto, una deuda como la muerte está muy lejos aún de ser necesario saldarla. Ya de adultos, creemos que estamos hechos para la eternidad, que la muerte no es un tema que ni siquiera deba ser considerado, porque hay muchas otras ocupaciones prioritarias. Las fuerzas nos las consumen nuestras responsabilidades cotidianas: familia, trabajo, amistades, diversiones... Ya de ancianos empezamos a verla como una posibilidad real, la cual hay que considerar inminente, pero sobre la que preferimos dejar a un lado, pues nos asusta. Es preferible no pensar mucho en ella, que ya vendrá... Todos estamos con esa espada de Damocles sobre nuestra cabeza, pero es en la ancianidad o en los estadios más avanzados de nuestra adultez donde la cosa empieza a tener que ser pensada por necesidad...

Para los ancianos y adultos avanzados que sí piensan en ella, la actitud ante la muerte es una opción sobre la que realmente pueden elegir. A mí me sorprende la variedad con la que en este punto uno se encuentra. He tenido la oportunidad de conversar con muchísima gente al respecto y algunos me llenan de angustia con su propia angustia ante la inminencia de una realidad tan definitiva. Otros me llenan de una santa envidia porque ven la muerte simplemente como un paso más dentro de todo lo que es el conjunto de la vida. De ninguna manera la ven como morir, sino como continuar con una mejor vida. Otros le temen tanto que preferirían no pensar en ella... Hay ancianos que se confiesan una y otra vez, incluso de los mismos pecados, porque no quieren dejar absolutamente ninguna deuda pendiente para el momento de su muerte. Yo les insisto en la necesidad de confiar en Dios y en su misericordia, en que Dios no es un dios malo que esté sólo esperando el momento de la muerte para "cobrarse" todas las que le deben, menos aún cuando ya la persona se ha arrepentido y lo ha confesado... Pero no hay modo... Quieren tener inmaculado el espíritu, y están convencidos de que esa es la única manera...

La angustia ante la muerte se convierte ya en un verdadero purgatorio en vida. Tienen una fe inquebrantable, pues saben de la existencia de Dios, del cielo y del infierno, saben muy bien que nuestra realidad no se acaba con esta que vivimos hoy. Pero tienen una tara inmensa que es la idea de un Dios que sólo castiga y que tiene "dificultades" en ser misericordioso. Su aprendizaje ha sido errado. Para ellos Dios ama, sin duda, pero es como si ellos no fueran dignos de ese amor por los pecados que alguna vez cometieron... Por el contrario, hay quienes ven ese momento más como de liberación, de entrada a la plenitud, aun cuando no están muy claros en cómo será. Basta que sea el cumplimiento de la multitud de promesas que ha hecho Dios desde el principio sobre aquellos que le han sido fieles. No tienen grandes pesos de conciencia y, del otro lado, tienen una infinita confianza en el amor y la misericordia de Dios. Se reconocen imperfectos, pero saben que esa imperfección sólo se resuelve con el poder de la misericordia divina... Y así lo viven. A la espera de ese momento, que para ellos, sin ninguna duda, será de encuentro feliz y de gloria definitiva...

Definitivamente todos estamos llamados a la muerte. Y todos podemos optar por una actitud lógica ante ella, basada en la confianza en Dios, en su amor, en su misericordia. Será el momento de encuentro ya definitivo con ese Dios que nos ha creado para Él. No es un momento para dejar pasar por debajo de la mesa, pues es la puerta de entrada a la realidad inmutable, a la vida final y eterna, a la alegría definitiva junto al amor. O, si no lo asumimos como una certeza, será la realidad que nos convierta en los hombres más tristes de la historia, pues esa muerte, lejos de convertirse en vida eterna, será para quien ha sido infiel, burlándose de esa realidad sobre la cual suficientemente se nos ha puesto en guardia, la muerte eterna... Lo dice el mismo Jesús: "Les aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre". Guardar la Palabra de Jesús es la clave para poder estar ante la muerte con una actitud positiva. No se trata de no pecar, pues todos somos pecadores, sino de confiar en el amor y la misericordia de Dios. En la búsqueda de la fidelidad a la palabra de Jesús, evitar el pecado y abandonarse en su perdón cuando caemos. Caminar erguidos hacia la meta final, y levantarse inmediatamente cuando lamentablemente caemos.

Por supuesto, Dios es un Dios de vivos y no de muertos. Para quien muere eternamente, Dios dejará se existir, pues quedará para siempre apartado de su amor. Ese es el infierno, la muerte eterna: la separación definitiva, para siempre, de Dios y de su amor, de su compasión, de su abrazo tierno y entrañable. Para quien vive para la eternidad, la muerte no es más que un paso hacia la vida plena, la que en sombras vivió en su cotidianidad, elevando su mirada y suspirando por el encuentro definitivo de amor con Dios, en el cual Él mismo será la compensación plena, y por cuya existencia no será necesaria ninguna otra compensación...

miércoles, 9 de abril de 2014

Cuidado con los manipuladores de oficio

La esclavitud no es sólo cuestión de cadenas físicas. Ciertamente, en la época pasada, cuando la esclavitud era un "comercio normal" y hasta "legal", se distinguía a los esclavos porque los llevaban encadenados para ser vendidos, y luego eran tratados como "cosas", muy lejos de ser considerados personas con derechos. Un esclavo pierde todos sus derechos, sólo tiene obligaciones. Y jamás debe ocurrírsele oponerse a los dictámenes del "amo", pues eso le acarrearía hasta la muerte. Una "cosa" que no sirve para lo que se compró, ya no es útil, y simplemente se desecha, se hace desaparecer... Gracias a Dios, esta tara inmensa que vivió la humanidad por tantos años, ha desaparecido... Pero lamentablemente, aun cuando ya no hay esta esclavitud física -al parecer hay algunos focos aún en algunas sociedades más primitivas, que pronto, seguramente, terminarán también desapareciendo-, hay una esclavitud más sutil, maquiavélica, goebbeliana, que precisamente por ser más sutil es más malévola...

Se trata de la esclavitud de las voluntades y las conciencias, la que domina no con cadenas físicas, sino con cadenas espirituales, psicológicas, insensibles... Es la manipulación de los poderosos que pretenden dominar  a los débiles con la mentira, con la manipulación, con las dádivas ocasionales, con el disfraz de amigo cuando en realidad son sus más grandes explotadores. Es, realmente, una esclavitud detestable, pues requiere de un muy bien programado artilugio que incluye sadismo, sufrimiento provocado, colocar al borde del abismo, crear necesidades primarias, suscitar esperanzas inmediatas para paliar pero no para resolver. Las mentes que planifican estas esclavitudes son, sin duda alguna, demoníacas...

En nuestras grandes sociedades, marcadas por el individualismo, por el egoísmo, por el aprovechamiento, por el mercantilismo, por el colectivismo que difumina y no deja identidad personal, esta táctica está inmensamente extendida. El capitalismo sin corazón se cansa de crear necesidades que no existían previamente, con tal de no perder a los clientes. No ha terminado de surgir alguna novedad que ha arrasado en el mercado, cuando ya está surgiendo otra que, según sus creadores, supera infinitamente a la anterior, y es imprescindible tenerla... Los compradores son como esas filas de esclavos que iban unos detrás de otros, azotados para aercarlos al gran templo que es el local comercial. Me impresiona realmente ver, cuando surge un nuevo producto, las colas de gente a las puertas de los negocios que los van a vender en exclusiva... Nada lo diferencia de las colas de esclavos... O el signo distinto, cuando se crean necesidades de productos de primera necesidad, y se asume la exclusiva de su distribución y comercialización, para dar la apariencia de ser los salvadores, los redentores, creando así una cadena que esclaviza y ata indefectiblemente, pues quien tiene necesidad sólo fija su mirada en quien se la pueda resolver. Esa apariencia de cordero, siendo en realidad un lobo feroz que engulle las conciencias y las voluntades, es realmente diabólica... El pobre, el humilde, el débil, no tendrá tiempo de discernir porqué se ha llegado a esa situación, pues la necesidad le obnubila la conciencia y simplemente buscará resolver la necesidad por la que pasan él y sus hijos...

Los manipuladores, los esclavistas, tienen muchos signos. Se acusan mutuamente, pero actúan de la misma manera. Se publicitan ellos mismos como los salvadores contra los esclavizadores, pero lo que proponen en el fondo es simplemente un cambio de signo de la esclavitud... Por eso, Jesús nos propone la Verdad como el arma más eficaz para lograr la libertad: "La Verdad los hará libres". Por definición, la Verdad es el acoplamiento de la percepción con la realidad. Y la realidad es múltiple. La Verdad ilumina a la realidad, la hace caminar por rutas correctas, la hace valer la pena cuando se la conduce por las vías de la plenitud. Por eso hará libre. Quien sigue a la Verdad tendrá siempre la posibilidad de ver el camino por el que debe andar con una óptica distinta, animadora, esperanzadora, pues llegará siempre a buen puerto, ya que la Verdad nunca engaña, porque es la Verdad en sí misma...

El imperio de los manipuladores es el de la mentira. Es el del sometimiento mediante tácticas maquiavélicas de la población. Es la técnica propia del demonio, que engañó a Adán y a Eva con la sugerente frase de "Serán como Dios"... Con eso ganó el apoyo de los débiles, de los manipulados, de los esclavizados. E inició la historia de la más terrible esclavitud del hombre, la de su espíritu. Desde ese momento, la debilidad extrema en la que quedó el hombre lo destruyó. Habiendo estado fundado en Dios, el Todopoderoso, quedó a merced del demonio, pues se fundó en sí mismo, criatura débil e indigente... Es el peor favor que se ha podido hacer a sí mismo: Abandonar a Dios, la fortaleza inexpugnable, y refugiarse en sí mismo, absolutamente débil y necesitado...

La Verdad libera. Y la Verdad es Dios. Pilato preguntó a Jesús "¿Y cuál es la Verdad?". No recibió respuesta. Jesús le respondió con su silencio. Pilato tenía la Verdad frente a él, y no fue capaz de descubrirla. La Verdad es Jesús mismo -"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida"- y quien lo sigue a Él con fidelidad es verdaderamente libre. Nadie es libre si no sigue a Jesús... El único y verdadero liberador es Dios, en su Hijo Jesús. Los tres jóvenes fueron liberados del fuego por Dios al cual ellos se mantuvieron fieles. Mantener la fidelidad a Dios es tener a favor su poder liberador. No hay otra verdad que nos haga plenamente libres. Seguir a Dios es ser libres. Seguir a los manipuladores de oficio es la peor esclavitud...

martes, 8 de abril de 2014

Dios se sintió bien siendo hombre

Jesucristo se distancia sabiamente de lo malo del mundo. A los fariseos que lo acechaban continuamente les dice: "Ustedes son de aquí abajo, yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo". Quien decidió hacerse "de este mundo", encarnándose en el vientre de María, el Dios que dejó entre paréntesis toda su gloria y su felicidad inmutable, por libre voluntad, ofreciéndose al Padre para cumplir la obra que éste le encomendaba, dice no ser "de este mundo". Está claro que el origen de Jesús no es el humano. Él es el Verbo Eterno, el Hijo de Dios, el que existía desde el principio, que en un momento de nuestra historia humana quiso hacerse parte de ella, asumiendo un cuerpo tomando la carne de la Virgen María. Con ello, cumplía la Escritura, como lo reconoció Marta, la hermana de Lázaro: "Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo"... Desde el mismo inicio de la historia del pecado, que coincide prácticamente con el inicio de la historia de la humanidad, el Padre había prometido el envío del descendiente de la mujer que pisaría la cabeza de la serpiente...

No es, entonces, literalmente que Jesús no sea de este mundo. Es que no tiene su origen en este mundo. Es que no ha asumido lo malo haciéndolo parte de su vida cotidiana, pues lo malo, el pecado, el poder demoníaco que hace infiel al hombre respecto de Dios, lo deja a un lado. Ciertamente tomará sobre sus espaldas los pecados de los hombres, pero no como algo suyo, sino como una carga que debe llevar para desecharla en la Cruz con su muerte y vencerla definitivamente en la Resurrección gloriosa... "Ustedes son de este mundo. Yo no soy de este mundo", significa que su origen es anterior al mundo y que lo malo de ese mundo no ha sido asumido. De ninguna manera significa que Jesús no haya asumido plenamente la humanidad, exceptuando la condición pecadora, pues, la verdad, Jesús se sintió muy bien siendo hombre. El Verbo de Dios aprendió de los hombres cómo es amar con corazón humano, se alegró inmensamente con las alegrías de los hombres, se hizo solidario plenamente con los que lloraban y estaban tristes, y lo demostró totalmente cuando se unió al llanto de Marta y de María por su hermano Lázaro, cuando se condolió hasta el extremo al ver a la viuda de Naím que llevaba a enterrar a su hijo único, cuando miró con ternura infinita a la mujer que le refutó diciéndole que los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los señores, cuando levantó a la mujer pecadora que se lanzó a sus pies llorando y enjugándole los pies con sus lágrimas... Todos esos momentos son demostración de que Jesús se sentía bien siendo hombre, siendo "de este mundo". Así cumplía la tarea que el Padre le había encomendado.

Pero, para ser el Redentor del mundo, debía seguir siendo de "allá arriba", no ser "de este mundo", es decir, debía mantener su condición divina, eterna, omnipotente, espiritual, pura, inmutable. Debía tener la virtud divina de la Redención, de la Curación, del Rescate. Tenía que ser el cumplimiento de lo que ya había sido figurado en el Antiguo Testamento: "'Haz una serpiente venenosa y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla'. Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a uno, él miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado". Él debía ser esa serpiente de bronce que, sustituyendo a la serpiente original que fue causa del pecado y de la muerte, resultara en la curación de todos los que eran emponzoñados por el veneno mortal del demonio y del pecado, de la sombra y de la tragedia.

Por eso, el mismo Jesús dice: "Cuando levanten al Hijo del hombre, sabrán que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada". La obra de Jesús, siendo asumida por Él -"Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad"-, es la obra encomendada por el Padre. Y la voluntad del Padre es "que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad". Esa salvación es realizada mediante el proceso de Redención, es decir, de entrega y de muerte "en vez de..." Es en la Cruz donde se da ese extraordinario intercambio. En Jesús, muerto en la Cruz, está cada hombre, con sus pecados, clavado para vencer al demonio. Los miles de millones de hombres y mujeres de toda la historia, que han debido ser crucificados en vez de Cristo, realmente lo están en su lugar, por expresa voluntad suya. "Cargó sobre sus espaldas nuestras inmundicias... Por sus llagas hemos sido curados".

Jesús es elevado en la Cruz, como Moisés levantó a la serpiente en el desierto para que quienes la vieran fueran curados por su virtud, y con ello, todos somos sanados, rescatados, redimidos... Él es la nueva arma que usa Dios para curar la enfermedad terrible del pecado. Él es ahora el levantado. La serpiente de bronce no era más que un signo que preludiaba la realidad gloriosa de la Redención que Jesús alcanzaría para todos. Él es el que es levantado en la Cruz a la vista de todos, para que quienes pongan en Él su mirada y coloquen en Él toda la fe, alcancen la definitiva y eterna curación. Su ser levantado es la apertura definitiva de las puertas del cielo para todos. Y con esa puerta abierta ya tenemos entrada franca a la felicidad eterna junto al Padre, conviviendo todos como hermanos suyos y entre nosotros e hijos amados de Dios...

lunes, 7 de abril de 2014

Perdonar no significa ser injusto

Los hombres somos expertos y raudos en condenar. Basta con que una cosa no cuadre en nuestros criterios o que nos sorprenda fuera de sitio inesperadamente y nos deje en evidencia para declarar nuestra condena inmediata. "La mejor defensa es el ataque" o "Hay que huir hacia adelante", de modo que la atención se centre no en nuestras carencias, sino en las de los demás. Desplazamos el centro de atención a nuestra condena de los otros antes que a la mirada a nuestra debilidades... Si Jesús hubiera hecho "condenas express", como lo hacemos nosotros, la adúltera descubierta en flagrante adulterio no hubiera pasado a la historia por el rescate de la que fue objeto por Jesús, sino por haber sido asesinada con la anuencia del Dios hecho hombre. Y lo hubiera sido "legítimamente", pues eso era lo que contemplaba la ley de los fariseos para ese delito... Jesús no hubiera hecho nada "malo"... Tampoco a aquella pecadora arrepentida le hubiera sido permitido entrar en la sala del comedor donde podían estar sólo hombres, en la casa de Simón el Fariseo, pues su reputación de prostituta, por lo tanto de impura, hacía "legítimo" el que fuera expulsada e incluso impedida de tocar a nadie, pues le contagiaba su impureza... Jesús, según los cánones vigentes en ese momento, tenía pleno derecho a no dejarse ni siquiera tocar por ella para no incurrir Él mismo en impureza... Hay muchos casos más en los cuales hubiera podido, "legítimamente", condenar raudamente. Y no lo hizo... Porque esa no era su misión. Él mismo lo dijo: "No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos... He venido a rescatar lo que estaba perdido... Hay más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepiente que por 99 justos que no necesitan arrepentirse"...

Y no es que Jesús se hiciera la vista gorda ante el pecado. En absoluto. En todos los casos deja bien clara su repulsión a la infidelidad al amor de Dios y de los hermanos... A la adúltera le dice: "Yo tampoco te condeno. Vete y en adelante no peques más". Es decir, "Yo a ti no te condeno, pero sí condeno el pecado que has cometido. No lo vuelvas a cometer". El hecho de que Jesús perdone no significa que deje pasar como si nada al pecado. En repetidas oportunidades a quienes les hace favores, les advierte que no vuelvan a pecar, "no sea que te ocurra algo peor"... Y es que el amor, aun cuando no condena al pecador o a la persona, por supuesto no puede estar reñido con la justicia, y por eso sí condena al pecado. No es posible que alguien, habiendo cometido una falta grave contra un hermano, quede impune. No es así el perdón ni la misericordia. No es así el amor. Queriendo ser misericordioso con unos, se puede ser injusto con los ofendidos, de no haber escarmiento o invitación a la conversión...

La invitación a no pecar más incluye el resarcimiento del daño que pudo haberse cometido. Por ejemplo, quien roba tiene que restituir lo robado. Pero además, si de alguna manera dañó a la sociedad con su delito, debe resarcir a esa misma sociedad... No debe robar más, debe restituir y debe pagar la deuda contraída con la sociedad... Todo como responsabilidad personal. Dios lo perdona, pero sólo cuando ha cumplido con todo lo que le exige la conversión que debe realizar...

Son dos cosas las que hay que saber conjugar, entonces, en la dinámica del perdón... La primera de ellas es la de no condenar jamás a la persona. Toda persona humana es susceptible del amor de Dios, por lo tanto, también de nuestro amor. No podemos nosotros sustraernos de la obligación cordial del amor. Si Dios nos ama a todos, no somos quienes para decidir a quienes amar y a quienes no... Además, todos somos susceptibles de conversión. El condenar definitivamente a alguien sugeriría que esa persona ya no tiene posibilidad de cambio. Si eso fuera así, Jesús no hubiera muerto en la Cruz. El canto más firme a la esperanza de la conversión hasta de los más grandes pecadores es precisamente el que entona Jesús desde la Cruz, muriendo por todos los pecadores y por todos los pecados, incluyendo los peores cometidos en la historia de la humanidad. De haber tenido la absoluta certeza de que alguien no podía convertirse, hubiera considerado absurdo morir por ese que no se convertiría, y de hecho no se hubiera dejado crucificar... En efecto, podemos y debemos condenar al pecado, pero nunca presuponer la condenación definitiva de ninguno, ni siquiera del peor pecador de la historia...

La segunda, considerar la maldad intrínseca del pecado, por ser obra demoníaca, el origen de todo mal. Él, el demonio, presenta la opción a cada hombre y a cada mujer de la historia. Acaricia el "ego" de cada uno, obnubilándolo con sugerencias que enaltecen su orgullo y sugestionan hasta el colmo de la soberbia, incluso desplazando al Dios del Amor. Ante ellos se presentan los dos caminos: ser fieles a Dios y a su Amor, mantenerse como criaturas amadas y recibir de ello la compensación absoluta, o querer "ser como Dios", colocándose en un supuesto primer lugar que no es tal, sino por el contrario, el último de la fila... Quien se coloca a su favor, por ende, lo hace con absoluta libertad. Y cuando así se asume, se deben asumir también responsablemente las consecuencias de la elección. Cuando se elige hacer el mal, cometer el pecado, se tiene plena conciencia de lo que se está haciendo. Se sabe que uno se está colocando de espaldas a Dios, que está rechazando su amor, que está sirviendo a la destrucción de las bases de la convivencia pacífica y justa de los hombres... Por ello, aun cuando no se condene al pecador y se le dé la posibilidad de conversión, sí se debe condenar lo que ha hecho daño a la humanidad con el delito cometido... La Justicia humana debe actuar. Y, sin duda alguna, también la divina actúa, quizá con mayor seguridad que la civil... La justicia humana puede tener serias taras que jamás tendrá la divina. Aun cuando pueda fallar la justicia humana por favoritismo, parcialidad, impunidad, lentitud, abuso de poder, la divina nunca tardará, actuará en su momento y será absolutamente justa...

Fue lo que sucedió con los dos ancianos que pretendieron, con falso testimonio, condenar a Susana, la Casta, por haberse negado a satisfacer sus instintos bajos. Ellos quisieron aprovecharse de su nombre, de su prestigio, de su poder, de su sitial de "honor" delante de Israel, pero Dios mismos salió en defensa de la vilipendiada... No es un Dios que deja impune la maldad de los malos. Los pone en evidencia y cobra caro su afrenta... Y cuando el pueblo sencillo y humilde, que había sido presa de la manipulación de los poderosos pudo percibir la acción directa de la justicia de Dios, se aprestó a hacer efectiva esa justicia: "Toda la asamblea se puso a gritar bendiciendo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra los dos ancianos a quienes Daniel había dejado convictos de falso testimonio por su propia confesión. Según la ley de Moisés, les aplicaron la pena que ellos habían tramado contra su prójimo y los ajusticiaron. Aquel día se salvó una vida inocente"... La vida de los inocentes está en las manos de Dios. Más cuando son los poderosos los que pretenden hacer burla de ella, de la justicia, del mismo Dios. No hay que perder la esperanza. Dios condena al pecado, pero no al pecador. Dios defiende al justo, con sus propias manos, cuando ya no hay otra opción. La mano de Dios es poderosa contra los que pretenden hacer burla de su ley de amor...

domingo, 6 de abril de 2014

El demonio nos secuestra... Jesús nos rescata

Jesús es el Dios que se ha hecho hombre y que ha asumido nuestra naturaleza humana radicalmente, con todas las consecuencias de ello, al extremo de llegar incluso a sufrir como cualquier humano las tentaciones que todos sufrimos. Lo ha hecho para realizar desde dentro mismo de nuestra naturaleza, de nuestra historia, de nuestro ser, la labor de rescate que le encomendó el Padre Dios. Los hechos que fue realizando en su vida terrena fueron convirtiéndose en símbolo de lo que lograría al final, con la obra culminante de su entrega en la Cruz. En el encuentro con la Samaritana, al borde del pozo de Jacob, se identifica claramente con el Agua Viva que Él viene a dar a los hombres para que en todos se instale "un manantial de agua que hará saltar hasta la vida eterna". La curación del ciego de nacimiento, al darle la capacidad de ver, no es simplemente un gesto que daba una capacidad física que no poseía, sino la capacidad de ver lo que verdaderamente es importante: "-¿Crees en el hijo del hombre? -¿Quién es, Señor, para creer en Él? -Es éste, que estás viendo y con quien estás hablando... -¡Creo, Señor!"... Jesús es el Dios que se hace hombre, que da el Agua Viva que nos hace llegar a la vida eterna, y que nos da la capacidad de ver lo importante, en medio de toda nuestra realidad material... Esto, podríamos decir, es el resumen de los cuatro primeros Domingos de Cuaresma que hemos vivido...

El V Domingo, el último antes del inicio de la Semana Santa, que abre sus puertas con el Domingo de Ramos, en el que presenciaremos la entrada triunfal de Jesús en la Ciudad Santa, Jerusalén, nos presenta el gesto maravilloso que Jesús viene a realizar con toda la humanidad. Es el rescate final y definitivo que se convertirá en el paradigma de la obra redentora, por cuanto es el arrebato que hará Jesús de cada hombre y de cada mujer de la historia de las garras terribles de la muerte y de la oscuridad del sepulcro... En Lázaro, resucitado después de cuatro días de muerto y oculto en la soledad del sepulcro, está cada uno de nosotros. Es a cada hombre y mujer a los que Jesús lanza el grito victorioso: "¡Lázaro, sal fuera!" La obra de Jesús, que consiste en su propia entrega a la muerte, es como el pago de un rescate de alguien que ha sido secuestrado. El secuestrador es el demonio, el pecado, la muerte, la sombra maléfica. El sepulcro es el sitio de reclusión, donde el demonio oculta a su "presa". Es como el trofeo del cual el demonio está seguro que posee definitivamente. Pero aparece el rescatador, que ofrece al demonio un intercambio que para él resulta muy interesante. "Me ofrezco yo en vez de ellos. Tómame a mí, y yo muero en vez de ellos y quedaré también oculto en el sepulcro, en su oscuridad, en su soledad, en su frío..." Delante del sepulcro, Jesús, Dios hecho hombre, lanza el reto al demonio, que acepta gustoso el intercambio, sin saber que esa será su perdición definitiva. Jesús lanza a Lázaro el grito de la victoria total: "¡Lázaro, sal fuera!"... "Tu lugar no es la muerte, sino la Vida. No estás para quedarte en la soledad y la oscuridad del sepulcro, sino para tener el Agua y la Luz de la Vida. Estás para vivir eternamente feliz en la presencia del Padre amoroso, que me ha enviado a rescatarte..."

Es la voz estruendosa del Dios victorioso, del Dios que jamás será vencido, del Dios que acepta pasar por la humillación de la Cruz y del sepulcro, pero sólo como paso previo a la más estruendosa de las victorias y la más humillante de las derrotas que será infligida al demonio... Ya lo hemos dicho... Lázaro somos cada uno de nosotros. Somos nosotros los que vencemos en Jesús. La muerte no tiene ningún poder sobre el hombre, pues Jesús mantiene su presencia frente a los sepulcros donde ha pretendido mantenernos secuestrados el demonio, y su voz sigue resonando fuertemente: "¡Sal fuera!"... "¡Salgan fuera todos ustedes, los que han muerto por el pecado! ¡No los ha creado mi Padre para la muerte, sino para la vida! ¡Él no permitirá que su obra se pierda!"

La resurrección de Lázaro, al entender de muchos teólogos, no es verdaderamente tal. La forma correcta de llamarla, según ellos, es "reviviscencia", por cuanto a pesar de que Lázaro revivió, en su momento debió morir de nuevo, como cualquier humano... Pero sí es un signo, un símbolo, un preludio, de la resurrección gloriosa que viviremos los hombres al final de los tiempos. En todo caso, sería una "primera resurrección" que se daría cuando somos bautizados y cuando son perdonados nuestros pecados en la confesión. Pero que será definitiva e inmutable cuando seamos ya resucitados al final de los tiempos, para la vida eterna... Será el cumplimiento total de la visión de Ezequiel: "Yo mismo abriré los sepulcros de ustedes, y los haré salir de sus sepulcros, pueblo mío, y los traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra sus sepulcros y los saque de sus sepulcros, pueblo mío, sabrán que soy el Señor. Les infundiré mi espíritu, y vivirán; los colocaré en su tierra y sabrán que yo, el Señor, lo digo y lo hago". Es el Señor el que hace que esta visión sea una realidad. La resurrección de Lázaro no es más que un adelanto de lo que, sin posibilidad de echar atrás, hará Dios con el hombre al fin de los tiempos...

Será la realidad final, gloriosa, dichosa, que viviremos todos los hombres. Es a lo que vino Jesús. Y lo cumplió perfectamente. Jesús murió en la Cruz para lograrlo. Pero esa muerte no tuvo el poder para contenerlo. La fuerza del sepulcro no fue suficiente, pues el poder de Dios es infinito. La resurrección de Jesús es la puerta que se abre para la resurrección de todos nosotros. "Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también sus cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en ustedes". Nuestro final, al mantenernos unidos a Jesús, es la gloria. No es posible que Aquél que venció a la muerte por su propia virtud para rescatarnos, hoy no siga haciendo lo mismo. El grito que lanza a Lázaro nos lo lanza a cada uno. Y será una resurrección para la Vida Eterna feliz junto al Padre, en la felicidad plena de la que ni siquiera nos imaginamos su magnitud, en la que seremos totalmente compensados por mantenernos fieles a su amor, a su misericordia, viviendo en su esperanza...

sábado, 5 de abril de 2014

El mal gana batallas, pero el Bien gana la guerra

En nuestra sociedad hay muchas cosas buenas. Muchas más que las malas. También son muchas las malas, pero éstas son sobrepasadas inmensamente por las que valen la pena. El caso es que las buenas no tienen publicidad, y las malas hacen mucho ruido. El bien es silencioso, no es jactancioso. Un experto en marketing estaría realmente frustrado si le tocara vender el material que producen los buenos, pues aparentemente hay interés en mantenerlo escondido... Y como lo malo es tan estruendoso, llama mucho la atención, se ve mucho, y por ende, pone en el ánimo un signo negativo que llega a alcanzar la frustración, el desánimo, el desgano por seguir haciendo el bien. Se llega a afirmar que no vale la pena hacerlo, porque el mal va ganando, porque no hay espacio para el bien en un mundo que está perdido, porque a los malos les va muy bien con el mal que hacen...  La sombra del pesimismo se yergue tenebrosa sobre el bueno...

De ninguna manera es así. Si el mal estuviera venciendo ya el mundo habría desaparecido... El poder del mal puede ser inmenso, porque depende del poder que tiene el hombre para ponerse a su favor. El mal ha sido ya vencido, pero revive cada vez que el hombre se coloca en su línea. Cada vez que el hombre lo hace "resucita" su poder, que es ya nulo, pero le hace coger un  segundo, un tercero, un cuarto aire, para que pueda seguir enseñoreándose en el espíritu de los hermanos. Dios ha dado una capacidad al hombre, que es inmensa, de bondad, de bien, de solidaridad y de amor. Pero el hombre puede revertir el signo y colocar toda esa capacidad, esa fuerza, esa potencia infinita, a favor del mal... He ahí el peligro del mal. Basta colocarse a su favor para que el mal, que ha sido ya vencido en la Cruz y en la Resurrección de Cristo, en ese momento y para siempre, vuelva a tener la vida que ya le fue arrebatada por Jesús...

Y cuando los hombres nos ponemos a favor del mal, podemos hacer barbaridades. Nuestra historia nos enseña de lo que somos capaces. Veamos las guerras mundiales, la utilización equivocada de grandes inventos que hubieran facilitado la vida de millones de personas, la hegemonía que se erige entre hermanos basada sólo en una supuesta superioridad de raza o de ideología o de poder o de religión, las heridas que se infligen a los débiles o a los oprimidos o a los humildes... Razón tenía quien afirmó: "El hombre es el lobo de los hombres"... Los peores males no vienen de la naturaleza, pues ella sigue sus propias normas, e incluso a veces somos los hombres los que hacemos que ella misma las viole. Los peores males, las más grandes desgracias, las tragedias más terribles, las hemos procurado nosotros mismos... Nos basamos casi únicamente en sospechas, en prejuicios, en ideas preconcebidas para hacer fracasar un buen  proyecto, para oponernos irracionalmente a quien puede estar buscando un bien para muchos... Lo sufrió Jesús: "Otros decían: '¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?' Y así surgió entre la gente una discordia por su causa. Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima". Y añadían los fariseos, amenazando a quien osaba ponerse a su favor: "¿También ustedes se han dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la Ley son unos malditos"...

La clave está en la pregunta que hizo Nicodemo: "¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?" ¡Cuántas respuestas equivocadas a esta pregunta! ¡Para cuántos es suficiente simplemente el que se piense distinto para condenar sin ni siquiera oír alegatos! La historia de los hombres, lamentablemente, es poco creativa. Adolecemos, dolorosamente, de las mismas cosas...Es impresionante cómo somos incapaces de aprender de la historia, la mejor maestra de todas... Pero, como ha dicho acertadamente San Agustín: "Dios es experto en sacar consecuencias buenas de lo malo que hacen los hombres". Si la historia es maestra, Dios es Sabio. Y jamas se dejará ganar en su Sabiduría infinita. La maldad del hombre, porque ha sido vencida ya en la Cruz y porque no es ni de lejos más poderosa que el Bien Supremo que es Dios, nunca podrá vencer. Obtendrá victorias parciales, pero la victoria final, rotunda y definitiva, es del Bien...

El proceso del Bien es totalmente victorioso. El mal, con ser ruidoso y con haber obtenido algunas victorias, jamás será el vencedor final. No lo fue, ni lo será nunca. Si ya ha sido vencido, ha quedado postrado totalmente. Y Dios, después de haber obtenido la victoria más brillante de todas sobre el mal, nunca podrá "empezar a perder"... Es razonable preocuparse por las victorias del mal. Siempre harán daño. Y siempre atraerán desgracias sobre la humanidad. Por eso hay que apertrecharse contra el mal. Pero esa preocupación nunca debe destruir la esperanza en la que vivimos quienes creemos en la victoria definitiva de Jesús. Es lo que ya percibían los hombres desde el Antiguo Testamento: "Yo, como cordero manso, llevado al matadero, no sabía los planes homicidas que contra mí planeaban: 'Talemos el árbol en su lozanía, arranquémoslo de la tierra vital, que su nombre no se pronuncie más' Pero tú, Señor de los ejércitos, juzgas rectamente, pruebas las entrañas y el corazón; veré mi venganza contra ellos, porque a ti he encomendado mi causa". Es la voz del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, la del que vence, la del que nunca será vencido, aunque en la Cruz aparecerá como el mayor derrotado. Y no es así. Ese que pende muerto en la Cruz de ninguna manera ha sido derrotado. Aun cuando lo parezca, es el mayor vencedor, el que ha obtenido la victoria más rotunda y estruendosa sobre el mal. Es el que ha dado muerte al mal, al pecado, a las pretensiones de enseñorear el mal sobre el mundo... Con su muerte ha dado muerte a la sombra y ha lanzado la luz más esplendorosa sobre el mundo...

Al final, el triunfo será el de la justicia, el de la redención, el de la paz, el de la fraternidad. Es el triunfo de Jesús. El mal querrá seguir haciendo ruido, querrá seguir ganando adeptos -y los ganará-, querrá removerse en su sepulcro para salir de él y llenar al mundo de sombras, pero el bien ya lo ha anulado. Está totalmente neutralizado. Quien se ponga del lado del Bien gozará con la victoria final. Quien se ponga del lado del mal, dándole de nuevo el poder que ya ha perdido, al final no verá sino derrota, humillación, muerte... El ruido es del mal, pero la victoria es del Bien...

viernes, 4 de abril de 2014

El malo siempre querrá eliminar al bueno

Los malos tienen victorias, no hay duda... Su bandera es el abuso del poder, la opresión, la humillación de los débiles y justos, la eliminación de todo el que ponga en evidencia sus malas obras. Y, como generalmente tienen el poder, obtienen victorias con frecuencia. No se contentan sólo con hacer el mal, sino que deben también eliminar a quien los denuncia. Cualquier persona que se atreva a oponerse a su maldad será objeto de sus dardos envenenados, de su violencia, de sus balas... En el fondo, son unos pobres desgraciados, pues esas mismas acciones dejan claro que saben que están haciendo el mal y que se han puesto al servicio del pecado, de la muerte, del demonio... Buscan anular a los buenos pues son la más fuerte denuncia de su maldad. Pretenden que eliminando a quien los denuncia, su maldad deja de ser mala, pues no habrá quien se les oponga ni quien los denuncie... Su obcecación es tal que llegan al extremo de retar a quien promueve el Bien, al mismísimo Dios. "Si "ese" existe, que salga en defensa de los débiles", dicen en el colmo de su perturbación maligna...

Es exactamente la misma manera de actuar de todos los malos. "Nada de lo que me estorbe debe subsistir"... "Si el niño concebido es incómodo, hay que eliminarlo. Promovamos el aborto..." "Si el anciano o el enfermo ya es una carga para todos, eliminémoslo. Promovamos la eutanasia..." "Si el que denuncia la corrupción ya está demasiado cansón, vamos a inventarle un cuento para sacarlo de en medio. Difamémoslo..." "Si el que promueve la caridad ya nos está dejando a nosotros los opresores en clara evidencia, digamos que se roba los dineros. Abrámosle un juicio"... "Si alguien se atreve a denunciar nuestra injusticia, nuestra maldad, nuestro abuso de poder, saquémoslo de en medio. Digamos que está contra las leyes y la Constitución, inventándole cualquier delito que nos sirva para eso..." "Si alguien se atreve a oponerse a nuestras pretensiones hegemónicas, pasémosle la aplanadora por encima. Metámoslo preso por desestabilizador..." Son exactamente las mismas historias en todas partes. Ninguna nación, ningún pueblo que haya sufrido la presencia de los bárbaros, de los impíos, de los tiranos, se ha salvado de estos esquemas de pensamientos. Ya lo denunciaba el profeta en el Antiguo Testamento: "Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; declara que conoce a Dios y se da el nombre de hijo del Señor; es un reproche para nuestras ideas y sólo verlo da grima; lleva una vida distinta de los demás, y su conducta es diferente; nos considera de mala ley y se aparta de nuestras sendas como si fueran impuras; declara dichoso el fin de los justos y se gloría de tener por padre a Dios... Lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él". Es impresionante la actualidad de estas palabras. Son un calco de la situación que viven hoy muchas sociedades. Hoy lo sufren varios países del mundo...

El bien, la bondad, para ellos, es el peligro más importante. Por eso, fue llevado Jesús, el primero de los justos, al cadalso de la Cruz. Fue la única manera que se le ocurrió a los malos para quitarlo de en medio... Cuando ya empezó a ser insoportable su denuncia continua de la maldad, los ánimos de quienes quedaban en evidencia se encendían. Se notaba en el ambiente ya una tensión insoportable, en la que el Justo era acechado para quitarlo de en medio... "Algunos que eran de Jerusalén dijeron: "¿No es éste el que intentan matar?" Ese Jesús, que los dejaba desnudos ante todos, tenía que ser eliminado. Con ello, pretendían hacer bueno lo que hacían, pues eliminaban quien les decía que eran servidores de la maldad y del pecado... La técnica del avestruz...

Si Jesús hubiera huido ante la acechanza del demonio, no se habría dado la redención de la humanidad. Su denuncia del mal lo llevó a la muerte. Pero esa fue la vida de los hombres. Por ella los hombres fuimos rescatados. El final no fue la muerte, sino la vida. En todas sus acciones Jesús fue rectísimo en la búsqueda de la justicia. Llamó a la paz, a la concordia y al perdón. Pero no a la estupidez de dejar pasar el mal, como pretenden los "pasivistas" que entienden mal el mensaje de Jesús. Si Jesús no hubiera hecho la denuncia del mal, poniendo en evidencia la verdad de su existencia, si no hubiera realizado gestos concretos en contra de la injusticia, ni siquiera habría muerto... Habría pasado simplemente como un gran hombre, pero no sería el Redentor del mundo. Si no hubiera alzado su voz contra los que pretendían apedrear a la adúltera, ella habría muerto asesinada "legalmente". Si no hubiera agarrado el látigo para echar a los mercaderes del templo, todos los templos serían hoy grandes centros comerciales. Si no le hubiera reclamado al soldado el golpe que le dio injustamente, todas las torturas serían consideradas caricias amorosas... Él corrió con todas las consecuencias de lo que hizo. Y la mayor, la mejor de todas, fue nuestra salvación, la salvación de toda la humanidad. La muerte de uno, sucedida por ser fiel a la verdad, a la justicia, al amor, a la dignidad, sirvió para dar la vida a miles de millones de toda la historia, de todos los tiempos y de todas las latitudes... Jesús entendió muy bien que la pasividad era neutralidad, era complicidad. Y no quiso hacerse cómplice del mal. Su llamado a la fraternidad empezó por asumir que hay que oponerse frontalmente contra los que no quieren ser hermanos de sus hermanos y los tratan injustamente, con malignidad.

Defender al hombre, al justo, al que lucha por la Verdad y la Justicia, es defender la obra de Jesús. "¿No saben ustedes que sus cuerpos son templos de Dios? Glorifiquen, pues, a Dios con sus cuerpos", dijo San Pablo... Herir al hombre es herir al templo de Dios. No se puede permanecer indiferente ante la inmensa cantidad de heridas físicas, psicológicas y espirituales que se hacen a los hombres hoy. Quien lo hace no puede declararse cristiano.  "Reconoce, oh, cristiano, tu dignidad", gritó el Papa San León Magno. No debe ser sólo un reconocimiento de sí mismo, sino de todos. Cada uno debe reconocer la dignidad del otro. Mientras no se haga esto, estaremos siempre tentados a dañarlos, a hacerlos esclavos, a someterlos, a herirlos, a matarlos...

Hay que asumir las consecuencias. El dicho popular,  "el que se mete a redentor muere crucificado", puede ser una realidad. Pero es el camino más puro para la recuperación de la propia dignidad y la de los hermanos. No se puede callar. Un Cristo callado es un Cristo nulo. Un Cristo callado es un Cristo sin Cruz. Y un Cristo sin Cruz es, al final, un Cristo sin Resurrección. Y sin Resurrección no hay Redención. El final de la historia, cuando se asume valientemente en la lucha por la Verdad, por la Justicia, por la Fraternidad, por el Amor, es glorioso. Es la Resurrección. Es la Redención. Es la Salvación. No hay otro camino...

jueves, 3 de abril de 2014

Intercedo por ti porque te amo

La intercesión es necesaria. Delante de Dios, no hay duda, está todo. Todas nuestras necesidades, nuestras penurias, nuestros dolores y tristezas, junto con todos nuestros logros, nuestras alegrías, nuestras curaciones, absolutamente toda nuestra realidad, está siempre en la presencia de Dios. A Él no se le escapa nada, pues es el Omnisciente, el que lo sabe todo... Estrictamente hablando, Dios no debería necesitar de la mediación de nadie para enterarse de las necesidades de alguien. Pero no debemos ver la intercesión sólo desde la óptica del conocimiento de Dios, que es infinito, sino desde la óptica del amor fraterno, que debe ser siempre probado y demostrado. Intercedemos unos por otros porque nos amamos. Así demostramos el amor que nos tenemos. Y en esa misma línea está la intercesión de los santos por cada uno de nosotros. Por eso los llamamos Patronos. El Patrono es el protector, el modelo, el intercesor. Tenemos a nuestro Patrono para que nos sirva de guía y de prototipo en el camino de la fidelidad al amor de Dios, para que nos proteja espiritualmente -y ¿por qué no?, también físicamente- en toda circunstancia, y para que ponga delante de Dios, porque nos ama inmensamente, toda nuestra realidad para que el Señor la torne siempre favorable a nosotros...

En toda la historia de nuestra salvación ha habido personajes que han sido grandes intercesores. Moisés es uno de ellos. Su figura siempre se interpuso delante de Dios a favor de Israel, a pesar de las tremendas infidelidades del pueblo. Su amor al pueblo, a su Israel amado, al que había servido para liberarlo desde la primera vez en la que salió en defensa de un judío contra el egipcio abusador, hasta todo su camino por el desierto, fue una constante presencia delante de Dios para frenar su brazo vengador y recurrir a lo que sabía abundaba en Dios, a su Misericordia infinita... Y no era que Israel no se mereciera todos los castigos que Dios estaba dispuesto a darle. Muchas eran las razones, justas y objetivas, por las que Dios hubiera debido castigar a su pueblo elegido. Se lo había ganado a pulso. Habían sido grandes traidores de su amor y de su poder, habían echado por la borda todas las demostraciones de que Dios estaba fielmente a su lado, no habían apreciado bien las demostraciones de su infinito poder y de su amor en toda circunstancia, empezando por la portentosa liberación de la esclavitud en Egipto, hasta las quejas por el hambre y la sed que sufrían en el desierto, que fueron resueltas con milagros estruendosos... No había en Israel ninguna razón para no castigarlos...

La oración de intercesión de Moisés no pide a Dios hacerse la vista gorda ante las infidelidades del pueblo, sino a su inmenso poder y amor por él...: "¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto, con gran poder y mano robusta? ¿Tendrán que decir los egipcios: "Con mala intención los sacó, para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra"? Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo". Es osado Moisés... Le pide a Dios que se arrepienta de las amenazas que ha lanzado contra Israel... Pero es que en la mente de Moisés pesa más el amor de Dios por su pueblo que la ira que le pueda producir su infidelidad. A eso recurre. Quien ha estado siempre dispuesto delante de Dios, le pide que ahora deponga su ira por la misma obra que ya ha realizado previamente a su favor. No puede Dios desdecir lo que ha hecho por amor, en una intención de venganza que estaría totalmente justificada...

La respuesta de Dios no se hace esperar. Dios se deja llevar más por su amor que por su justicia. En este caso, como dice la Escritura, "la Misericordia vence sobre la Justicia"... "Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo"... Dios ama a Israel. Y Dios ama inmensamente a Moisés, su elegido como gran liberador de Israel... El peso de la personalidad de Moisés delante de Dios es muy significativo. Aquél al que había llamado para ser su mediador ante el Faraón, era el que le estaba solicitando su Misericordia... Y Dios no se podía negar... El mismo Jesús reconoce la primacía de Moisés en el juicio que lanzará Dios sobre el mundo: "No piensen que yo los voy a acusar ante el Padre, hay uno que los acusa: Moisés, en quien ustedes tienen su esperanza. Si creyeran a Moisés, me creerían a mí, porque de mí escribió él. Pero, si no dan fe a sus escritos, ¿cómo darán fe a mis palabras?"

Esta misma intercesión es la que hacemos unos por otros. Porque nos amamos, nos colocamos delante de Dios para orar por lo hermanos, para pedir por sus necesidades, para solicitar de Dios su misericordia, para que haga lo posible para suavizar la situación de los demás... Por eso confiamos en la intercesión de los santos por cada uno de nosotros, pues sabemos que ellos viven en el amor eterno. No lo hacen porque Dios no sepa lo que nos pasa y lo que necesitamos, sino porque ponen su amor por nosotros delante de Dios para que se conduela, nos conceda lo que necesitamos y nos dé el alivio que nos hace tanto bien. Esa es la oración de intercesión que podemos hacer unos por otros. Es la oración en la que estamos todos más unidos que nunca: los santos, los que esperan su paso al cielo y los que estamos aún en la tierra. Es la perfecta comunión en la que demostramos que somos uno...

miércoles, 2 de abril de 2014

La eternidad ya está aquí

Una de las cosas más atractivas de nuestra fe es la de la certeza que tenemos de que nuestro Dios es nuestro consuelo más sólido y firme. Son innumerables las ocasiones en las que el Dios del Amor y de la Misericordia se compromete con el hombre a ser su alivio, su refresco, su fuerza... No existe, por lo tanto, ninguna realidad de la vida de los hombres en la que nos encontremos absolutamente solos. Ni en la salud o la enfermedad, ni en la alegría o la tristeza, ni en luz o la oscuridad, caminamos solos. Dios mismo es el compañero de camino seguro que tenemos. Y es que es su Palabra la que ha empeñado, la que nos ha prometido esa compañía inmutable. Es la Palabra del mismo que nos creó, que nos prometió el Redentor, que nos lo envió para nuestra salvación y rescate. Es la Palabra de quien ha cumplido perfectamente todas y cada una de sus promesas. No puede, por tanto, de un momento a otro cambiar. Si ha cumplido siempre, también cumplirá ahora. Si nos promete ser nuestro alivio, lo será sin duda... Prometió al Redentor y lo envió. Prometió que su Hijo nos salvaría con sus yagas, y lo cumplió. Prometió que ese Hijo moriría entre ladrones, y lo cumplió. Prometió que la muerte no sería la vencedora final, y lo cumplió...

La actitud que debe movernos es, entonces, la de la espera feliz de que una nueva promesa se cumplirá. Aun cuando la Cuaresma es tiempo de penitencia, de reflexión personal, de conversión de lo malo a lo bueno, de arrepentimiento, no es tiempo de tristeza. Es, sin duda, tiempo de esperanza, de alegría, de mirar a lo que se avizora en el futuro, que no es más que armonía total, felicidad plena, vivencia única y definitiva del amor... A eso nos invita la escritura, y a eso debemos tender, sin quedarnos sólo en lamentaciones o añoranzas vanas...: "Exulta, cielo; alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados". Esta es la realidad en la que se compromete el mismo Dios. Es tan cierto, tan real, tan serio el compromiso que el mismo Dios asume, que no lo delega en nadie. Es Él mismo, con su amor, con sus entrañas misericordiosas, el que saldrá al encuentro del hombre necesitado, arrepentido, expectante de la felicidad plena: "¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré". Dios promete ser Él, sin mediadores ni dilaciones, el que saldrá al encuentro del hombre necesitado.

¿Qué imagen más entrañable para los hombres que la de la madre que se ocupa amorosa y tiernamente de su hijo de pecho? Pues es la imagen que Dios usa para explicarnos cuál es su actitud ante nosotros, expectantes y añorantes de su amor y de su misericordia. Dios se describe ya no sólo como Padre, sino que asume la cualidad de Madre. Dios es Padre y Madre, abandonando la mentalidad sexista que coloca al hombre como el único importante, como el dador de la vida, como el sustento de lo esencial. La cualidad materna, que apunta al cuidado extremo, a la ternura, a dar incluso la vida por su hijo, es reflejo de lo que Dios hará por sus hijos, por nosotros. Recuerdo una vez que mi mamá me dijo: "Si tuviera que sacarme la comida de mi boca para dártela, lo haría sin pensarlo dos veces..." Es lo que Dios hace. Nos da la vida, desde su abandono. Nos coloca por encima incluso de sí mismo, siendo Él el Eterno, el Omnipotente, rebajándose al máximo, con tal de que nosotros quedemos por encima de todo dolor y sufrimiento...

En este caminar en la certeza de la misericordia y del perdón de Dios es necesario el concurso del hombre, en el sentido de hacerse acreedor. No se trata de una ganancia automática, en la que la felicidad eterna se logra sin ningún esfuerzo. No es el mérito del hombre el que lo alcanza, pues ha sido el Hijo el que lo ha logrado para todos, pero sí es su demostración de la búsqueda de la felicidad y la concreción en hechos y palabras de esa añoranza, la que hace que Dios la conceda... "Los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio", dice Jesús. Es la obra en favor del bien, es el alinearse en la misma actitud de la salvación, la que logrará que Dios aplique su infinita misericordia y conceda la felicidad eterna a los hombres...

En efecto, sólo quien labora por la vida tendrá la vida. Y la vida es el día a día, es lo cotidiano. No quiere Dios separarnos de nuestra realidad cotidiana para que nos hagamos suyos. Es exactamente al revés. Quiere que seamos cada vez más suyos, estando cada vez más comprometidos con nuestra realidad cotidiana. Es el día a día lo que debe servir para poder manifestar nuestra añoranza de eternidad. Sólo quien está firmemente asentado sobre su realidad alcanzará manifestar su añoranza correctamente, pues es esa realidad la que desea cambiar y colocar a los pies de Jesús. El Reinado de Cristo no es una reinado extraterrestre, sino que es esencialmente terreno. Es el reinado en el cual los valores y los principios cristianos se hacen realidad, se hacen naturales, se hacen vivencia cotidiana en cada uno de los hombres. No habrá reinado futuro en la eternidad si éste no empieza a desarrollarse en lo del día a día... Quien añora la salvación eterna, la añora temporal. Quien añora vivir la felicidad eterna, añora hacerla realidad ahora. Quien añora la Justicia divina, no mira a otro lado cuando percibe la injusticia ahora. Quien añora la paz sólida, no se hace el desentendido ante la violencia. Quien añora la riqueza de Dios, no puede ser indiferente ante la pobreza y la miseria actual de los hermanos...

Sobre esto se basará el juicio final. No en cuánto se suspiró inútilmente por la realidad futura, sino en cuánto esos suspiros nos motivaron por poner manos a la obra. En cuánto nos movimos por lograr que el Reinado de Cristo empezara cuanto antes entre nosotros, en las realidades cotidianas que vivimos, en nuestros ambientes familiar, laboral, de amistades, de diversiones... En cuánto hicimos en concreto, no en cuánto soñamos. Ese juicio pertenece a Jesús. Así como Él mismo se compromete a ser el alivio y el consuelo de los hombres, sin delegar a nadie -"Vengan a mí los que están cansados y agobiados, que Yo los aliviaré"-, así mismo a Él corresponderá juzgarnos: "El Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo el juicio de todos, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió". Es Jesús quien tendrá en sus manos la decisión sobre nuestro futuro de eternidad. Y su decisión se basará en lo que hayamos honrado al Padre con nuestras obra y nuestras palabras... Con el compromiso que hayamos cumplido en procurar que la felicidad eterna se adelantara en nuestra realidad diaria...

martes, 1 de abril de 2014

No tengo a nadie que me ayude...

La Justicia Social tiene un origen esencialmente bíblico. La misma definición de la virtud es: "Dar a cada quien lo que le corresponde", lo cual no es más que, en cierto modo, hacer llegar a cada uno lo que Dios quiere que llegue. En lenguaje bíblico, la justicia tiene referencia directa a la santidad. El hombre justo es el hombre santo. Y esto tiene un sentido muy claro: ser Santo, es decir, ser Justo, es dar a Dios lo que le corresponde. A Dios se le responde, en primer lugar, siendo justos con Él, pues es el origen de todo. Ser justos con Dios es poner en sus manos lo que es suyo, y a Él, estrictamente hablando, le corresponde todo. Al ser el origen de todo, todo debe confluir hacia Él, y por eso, lo justo es poner el ser completo en sus manos, porque a Él le corresponde. Partiendo de esta definición bíblica de Justicia, podemos colegir lo que se desprende de la vivencia de la virtud en el nivel humano, en el cotidiano, en el del día a día...

Individualmente cada uno de nosotros está llamado a practicar la Justicia. Con los que tenemos a nuestro alrededor debemos ser justos. Debemos dar a todos los que tenemos a nuestro lado lo que le debemos. La corresponsabilidad no es una cosa añadida, sino de naturaleza. La Creación, desde su origen, fue coronada con la presencia del hombre, quien para Dios no podía permanecer en la soledad, sino vivir esencialmente en comunidad: "No es bueno que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda adecuada". Nuestra condición comunitaria, fraterna, solidaria, es connatural a nuestra existencia. El primer paso para cumplir con la justicia es, de esta manera, el de reconocer que somos hechos uno para todos, que no somos islas que nos podamos desentender de los demás... El pecado social más grande que podemos cometer es pretender no tener nada que ver con los hermanos. Fue el pecado de Caín, quien después de haber matado a su hermano Abel, responde a Yahvé: "¿Y qué tengo yo que ver con mi hermano? ¿Soy yo acaso su guardián?" El primer pecado de asesinato en la humanidad tuvo su origen en el haberse sentido desconectado del hermano, en el no sentirse unido esencialmente a él, en el pretender ser un individuo absolutamente completo en sí mismo. La muerte física procurada en el hermano fue producto de la que ya se había verificado en el corazón del asesino...

Esta vivencia individual de la Justicia tiene una expresión concreta hacia fuera. Es la sociedad humana, finalmente, la beneficiaria de la práctica de la Justicia. Por ello, no tiene sentido hablar sólo de una Justicia personal, pues al fin y al cabo ella se refiere siempre a la vida en comunidad. Podemos ser justos con nosotros mismos, procurando también los bienes que en justicia nos corresponden y que Dios mismo quiere para nosotros.. Pero esa vivencia personal de la justicia tendrá también, por la dinámica de la fe, de la esperanza y del amor, una repercusión directa en la experiencia vital de la comunidad humana. Todos somos corresponsables de todos. Todos debemos ser justos con todos. Todos debemos procurar el bien para todos. Todos debemos estar siempre dispuestos a impulsar la recepción del bien que le corresponde a todos...

El lamento del hombre que está a la orilla de la piscina con el que se encuentra Jesús, es el grito de toda la humanidad que necesita:  "Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado"... No tengo a nadie... Es la humanidad entera la que está representada en ese hombre paralítico que no puede moverse por sí mismo y que necesita de una mano solidaria que lo haga llegar al agua sanadora. Jesús hace el milagro, pero quiere que en su milagro estemos involucrados todos. Si hubiera habido alguien solidario que hubiera cargado al paralítico y lo hubiera hecho llegar al agua vivificadora, no se habría necesitado del milagro de Jesús. El milagro cotidiano es la solidaridad de los que pueden, de los que ayudan, de los que se saben lanzados a los demás... Esa es la justicia social. Es el dar al que necesita la ayuda, el prestar sus brazos, sus manos, su corazón, sus fuerzas, para que pueda acceder al agua sanadora de Dios, que libera de lo malo y llena de vida todo lo que toca: "Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida"...

La Justicia Social es profundamente comprometedora. Todos somos responsables de la buena marcha de nuestra sociedad. Ella nos compromete a identificar las injusticias que se puedan estar cometiendo. El primer paso de la justicia es la lucha contra la injusticia. Ser justos es asumir la misión profética de denunciar todo lo que se opone a la Justicia. No se es justo mientras se deje imperar lo injusto. Callar, permanecer silenciosos ante la injusticia, es hacerse cómplices por omisión, es elegir el lado de la injusticia. Un cristiano que quiere ser de verdad justo, no puede callar ante la injusticia. Su ser profeta en el mundo no se lo permite. Se debe hacer eco de la impotencia del necesitado ante la injusticia: "No tengo a nadie que me meta en la piscina". Y su labor de implantación de la Justicia, lo hace no sólo denunciar, sino descubrir y allanar el camino para que ella se imponga. Debe hacerse brazos de Cristo que quiere hacer el milagro de dar vida a las piernas del paralítico, que quiere curarlo a través de los brazos de los justos...

Sentirnos solidarios con las necesidades de los más débiles es la forma más pura de la Justicia. Jamás seremos buenos cristianos si ante las injusticias que sucedan en nuestra sociedad nos quedamos callados o no nos prestamos como brazos de Dios para que se haga justicia. Una injusticia siempre será un atentado contra la vida, y los cristianos no podemos permitirla. Esa vida de Dios quiere llegar a todos y somos nosotros los encargados de hacer todo lo posible para que así sea: "Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente". Somos nosotros los canales por los cuales quiere llegar esa vida para todos. Hay que quitar todos los obstáculos que lo impidan e incorporar cada vez más canales para que el agua vivificadora llegue abundante a todos...