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martes, 2 de febrero de 2021

Comienza el nuevo tiempo del Amor que hace nuevas todas las cosas

 Catholic.net - Presentación de Jesús al templo (Fiesta de la Candelaria)

La Presentación de Jesús en el Templo nos plantea varias cuestiones que vale la pena tener en cuenta, pues nos conectan directamente con ese plan de salvación que Dios tiene diseñado para el hombre desde el origen. En primer lugar destaca el amor de ese Hijo de Dios que ha aceptado la encomienda del Padre para rescatar al hombre que Él ha creado para sí y que, en el disfrute de todos los beneficios que ha puesto en sus manos, lo hace llegar a la plenitud en el uso de su libertad plena, aun a expensas de un alejamiento que incluso es indeseable para el mismo Creador. Ese Niño Dios, que es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, en la doble naturaleza que posee, asume esa humanidad como el instrumento formal para emprender el camino de rescate, no en el uso de todo su poder y de toda su magnificencia, lo que le correspondería naturalmente por ser Dios, sino en la demostración más clara de la humildad, de la sencillez y del respeto a lo que es el hombre que ha surgido de las manos del Creador. El mismo sometimiento a la ley humana es una demostración clara de su intencionalidad de demostrar al hombre cuál es el verdadero fin que persigue. No es un sometimiento de la humanidad sino su deseo de que sea la humanidad la que finalmente caiga sometida suavemente por convicción y experiencia personal, al amor infinito que Dios le muestra y que está definitivamente dispuesto a seguir demostrando para siempre. La voz de júbilo del anciano Simeón no es otra cosa que la voz de toda la humanidad que hasta ese momento espera la irrupción de la salvación mediante el envío de Aquel que viene a ponerlo todo por parte de Dios para que la vida del hombre sea una vida realmente nueva: "Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: 'Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel'". Simeón había recibido por revelación que ese Niño que estaba en sus brazos era el esperado de los tiempos que venía ya a establecer el reino del amor y de la justicia. Y gozaba al experimentarlo.

La asunción de la naturaleza humana de parte del Verbo Eterno de Dios era un paso necesario que debía dar Dios para poder ofrecer la satisfacción necesaria a la afrenta de la humanidad contra Dios. El rechazo del hombre contra Dios, poniéndose de espaldas a Él, era la peor elección que podía haber hecho, pues lo colocaba en franca oposición a todos los beneficios que Él quería derramar, entonces y eternamente. La satisfacción necesitaba ser infinita. Y la asume el Hijo de Dios: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". Y desde Niño la asume y la lleva adelante. Por ello su obra es total. Satisface plenamente. Asume lo que no es su culpa y la toma sobre sus hombros para lograr que todos los hombres de la historia obtengan la satisfacción que no se ganan ellos, sino que gana Jesús para ellos: "Lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos. Noten ustedes que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar los pecados del pueblo. Pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados. Esa naturaleza asumida no sirve solo para parecerse a nosotros, sino para hacer suyas también las afrentas que el hombre con su pecado comete contra el mismo Dios. Sufre el daño con el objeto de que cada hombre asuma que ese daño es reparador, pues lo vive Aquel que es el Hijo de Dios que se ha hecho hombre.

José y María, los padres del niño, conscientes de que en el Él se estaba haciendo presente la obra de la Gracia, obviamente sin poder asumir en toda su magnitud la obra grandiosa que se estaba iniciando, sí podían intuir que algo grandioso se estaba dando. Que ese Niño que tenían ellos en brazos ya había sido presentado de diversas maneras como un personaje que se convertiría en trascendental en la historia futura de la humanidad. Lo que le decían Simeón y Ana no eran cosas que se de le decían a cualquiera. Eran palabras que significaban algo mucho más grande. Se estaba iniciando una historia nueva. Estaba empezando la experiencia de un hombre nuevo. Se estaba gestando un mundo nuevo. Y era el mundo definitivo, aquel para el cual el Creador había salido de sí mismo para colocar su corazón en las manos de aquel por el que todo lo estaba haciendo nuevo. Era el mundo que había soñado. Un mundo de felicidad plena en el que los hombres vivieran la fraternidad absoluta, sin obstáculos, sin fin: "Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: 'Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones'. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con Él". La Presentación es la presentación del Mesías Redentor a todos. Empieza la realidad del mundo nuevo. En el que viviremos eternamente todos, en la plenitud de la felicidad.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Jesús es "El Señor nuestra Justicia". Su Justicia nos salva

 José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa» – Reporte  Católico Laico

Si hiciéramos un ejercicio interesante de recopilación de los títulos que se han puesto al Mesías, desde el mismo principio en el que es anunciada su presencia futura en el mundo, y dando la importancia de la obra que va a realizar en el rescate amoroso que diseña Dios cuando el mismo hombre trajo la desgracia sobre su vida, sobre la de sus hermanos y sobre la del mundo, tendríamos que ser muy acuciosos en ese compendio de cada uno de ellos. Casi en cada página de las Sagradas Escrituras aparece alguna referencia de algún título. Será, sin duda, una tarea titánica. Y es natural que sea así, por cuanto nos estaríamos adentrando en la búsqueda de una descripción del personaje más importante de la historia, el que ha transformado la manera de ver la vida, el que ha dado un vuelco a los criterios simplemente naturales con los cuales nos regimos para llevar adelante nuestro día a día, haciendo que trastabillen tantos y tantos criterios que nosotros consideramos que son los mejores. Y lo mejor es que muchos de esos nombres no se refieren a grandes disquisiciones teológicas que hayan sido hechas como para alimentar la inteligencia de la fe, sino que han surgido de la pluma, la mente y los corazones de profetas, patriarcas, apóstoles, en momentos en los que simplemente lo que buscaban era rendirse ante la figura de quien sabían ellos vendría a realizar la obra de rescate maravillosa, ordenada por el Padre de amor y aceptada también amorosamente por Jesús mismo, pues su motivación sigue siendo, y lo será siempre, ser el reflejo de ese amor que ha existido desde el origen y que se ha mantenido por toda la historia. Y se mantendrá para siempre. Más que títulos, podríamos hablar de alabanzas. Cada nombre es una alabanza a Jesús.

Hoy el Profeta Jeremías nos trae uno de esos títulos hermosos: "El-Señor-nuestra-justicia". Es una descripción extraordinaria de lo que será Jesús. La justicia filosóficamente hablando se define como el "Principio moral que inclina a obrar y juzgar respetando la verdad y dando a cada uno lo que le corresponde". Es justo ser justo con el se debe serlo. Quien se merece beneficios, merece que los tenga. Igualmente, quien se merece castigo o escarmiento, también se los ha ganado. Lo justo es que los tenga. No obstante, hemos de tener en cuenta que en lo que se refiere a la justicia divina, aun cuando la realidad general se mueve en los mismos términos, es ampliamente sobrepasada. La justicia de Dios no es la misma de la de los hombres. El mismo salmo nos dice: "La misericordia vence sobre la justicia". En Dios no se trata solo de ser justo sino de ser misericordioso, pues su esencia es la del amor y eso jamás puede desaparecer. Es por ello que nos encontramos con ese "El Señor nuestra justicia", que le da una solidez impresionante a nuestra experiencia del amor: "Miren que llegan días —oráculo del Señor— en que daré a David un vástago legítimo: reinará como monarca prudente, con justicia y derecho en la tierra. En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro. Y le pondrán este nombre: 'El-Señor-nuestra-justicia'. Así que llegan días —oráculo del Señor— en que ya no se dirá: 'Lo juro por el Señor, que sacó a los hijos de Israel de Egipto', sino: 'Lo juro por el Señor, que sacó a la casa de Israel del país del norte y de los países por donde los dispersó, y los trajo para que habitaran en su propia tierra'". En medio de las infidelidades del pueblo, el Señor que es nuestra justicia, sigue siendo fiel a su amor y no dejará de favorecer nunca a los suyos. Y con ellos, todos los hombres de toda la historia seguiremos siendo favorecidos. Esa misericordia y esa justicia nunca se apartarán de nosotros.

Está claro que en Jesús el ser "El Señor nuestra justicia" tiene una connotación esencial. Si el Dios que se hace hombre, que asume a la humanidad como su tarea amorosa, que además toma sobre sus hombros los pecados de toda la humanidad pasada, presente y futura, los carga con Él en la pasión horrorosa hasta morir, no es justo, es imposible que cumpla con su misión. En este caso, lo justo en la mente y en el corazón del Mesías es hacerlo, porque la magnitud del pecado del hombre ha sido tal, que solo el poder, la fuerza y el amor del mismísimo Dios podía remediarlo. Es una máxima teológica la afirmación "Lo que no es asumido no es redimido". Por eso en la mente y el corazón de quien nos ama infinitamente más de lo que nos amamos nosotros mismos hubo un entendimiento luminoso de que debía hacerlo. Nadie más hubiera podido hacerlo. De allí que en cierto modo Él mismo nos explica su manera de actuar: "La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: 'José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados'. Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por medio del profeta: 'Miren: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa 'Dios-con-nosotros'. Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer". No solo viene a hacer lo justo, sino que se rodea de justicia. El Patriarca San José es uno de los poquísimos personajes bíblicos a los que se le reconoce con el título de Justo. Es impresionante como este jovencito, humilde y obediente, se rinde ante el Arcángel, recibiendo los argumentos que quizás no eran del todo los más satisfactorios, pero atendiendo a que era la voz de Dios la que se dirigía a él, consideró lo justo aceptarlo con sencillez. Un hombre profundamente enamorado de su esposa María y, por supuesto de Aquel que estaba viniendo: "Dios con nosotros". Jesús, Dios que salva. Emmanuel, Dios con nosotros. Y por el otro lado, María, la Madre de Dios, la más justa entre las justas, que nunca dudó en colocarse en las manos del amor divino como instrumento esencial para la historia de la salvación. Estamos, entonces, ante este Señor de amor que es nuestra justicia. Su justicia es nuestra. Espera de nosotros nuestra respuesta, pero no condiciona la suya a que la demos. Esa misericordia y esa justicia son ya nuestras, pues así está decretado desde el principio, y como Él es justo, nunca dejará de cumplirla. Por ello podemos decir que, a pesar de nosotros mismos, somos los hombres más felices pues la esperanza de nuestro futuro de eternidad es firme y nada la destruirá.

sábado, 12 de julio de 2014

Para crecer, hay que disminuir

Jesús es el Dios que se ha hecho hombre. Habiendo asumido nuestra condición humana, mantiene en sí mismo todas las prerrogativas y aptitudes divinas. Siendo Dios, es infinito, todopoderoso, omnisciente, omnipresente. Por haber asumido la humanidad, es limitado infinitamente en su condición natural de Dios, pues para poder desarrollar su vida en solidaridad total con los hombres, tuvo que anonadarse, aniquilarse, rebajarse en su condición natural, la que tuvo eternamente, pues de otro modo no hubiera asumido realmente lo que somos para poder redimirnos desde dentro de nuestra condición humana... No es que haya perdido sus características propias como Dios, sino que las ha dejado como "en suspenso" durante el tiempo en el que vivió terrenalmente...No perdió nada de lo que le pertenece por esencia, sino que "lo escondió". Su vida humana la desarrolló en la absoluta normalidad de cualquiera: nació de una mujer, fue criado en una familia humana por un padre y una madre amorosos, creció en estatura y en sabiduría, tuvo amistades, sintió hambre y sed, vivió la alegría y el dolor de los que estaban a su alrededor, sufrió en sí mismo gozos y dolores... Murió como debemos morir todos los hombres, aunque su muerte haya sido el acontecimiento más significativo, unido al de su resurrección, para toda la historia de la humanidad...

Pero, en el desarrollo de su vida humana jamás dejó de ser Dios. Esa condición divina que no podía dejar a un lado, aunque se hubiera rebajado hasta la muerte al asumir la condición carnal, fue la que hizo posible que todos sus actos humanos fueran redentores. Hay quien afirma que hasta el llanto del Niño Jesús fue redentor. No hubiera podido redimir si el Jesús que llora y ríe no es Dios, si el mismo que se ve que multiplica los panes y cura las enfermedades no es el Verbo Eterno, si el que resucita a los muertos y expulsa a los demonios no es la Segunda Persona del Trinidad, si el que perdona a la Magdalena y ve a Zaqueo montado en el árbol no es el Hijo de Dios... Ese Jesús es Dios y hombre, y porque mantiene su doble naturaleza incólume es el Redentor y es el Maestro mejor que pueden tener los hombres. En su humanidad nos enseña a todos lo que debemos asumir de Dios para poder ser cada vez mejores. Nuestra riqueza humana no está en mantenernos tozudamente en lo que somos, sino en adquirir lo que realmente puede enriquecernos. Y si eso viene de Dios, infinitamente mejor. No se trata de defender lo nuestro dejando lo de Dios a un lado, queriendo erigirnos nosotros en nuestros propios dioses, pretendiendo poder tener todo lo divino sin recurrir a Dios. Ese aniquilamiento que vivió el Verbo Eterno de Dios para poder redimirnos, debemos vivirlo nosotros también en sentido inverso para poder ser redimidos, para poder dejarnos redimir...

Se trata de que hagamos nuestra propia "kénosis", nuestro propio rebajamiento. Es hacer el reconocimiento de que nosotros no somos lo mejor, sino de que necesitamos de lo mejor, que es lo de Dios, para poder ascender. Rebajarnos de lo que somos, destruyendo soberbia y egoísmo, pretensiones personales, búsqueda de prerrogativas ventajistas, para vaciarnos de ellas y llenarnos de las de Dios. Es hacer lo que hace Isaías ante el espectáculo divino que se presenta ante sus ojos y que es la demostración del Dios poderoso: "¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos". Reconocer lo que somos, sin temores de ningún tipo, pues es el primer paso para la ascensión personal a lo que es Dios, que es, con mucho, infinitamente mejor que lo que somos nosotros... Ante ese reconocimiento, Yahvé no hace otra cosa que enriquecernos con lo suyo. Ya nos hemos vaciado de nosotros y hemos abierto la puerta para adquirir el mayor tesoro: "Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado". No tiene sentido querer permanecer tontamente en lo que somos, si lo que podemos ser es mucho mejor. En ese diálogo de amor y de perdón, Dios nos propone que vayamos con Él a hacer el mismo trueque en los demás hermanos: "'¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?' Contesté: 'Aquí estoy, mándame'". Es la disponibilidad que da el llenarse del amor de Dios, que quiere el bien para todos. Llenarse de Dios es llenarse de su amor, es vivirlo y por eso es querer el bien de los hermanos, De allí la disponibilidad de ir a todos a hacerles llegar el tesoro del amor de Dios.

Pero hay que tener la conciencia clara de que jamás seremos más que nuestro Redentor y Maestro: "Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro, y al esclavo como su amo". El único que sigue siendo Dios y hombre es Él. Nosotros, por más que hayamos adquirido características divinas, seguimos siendo hombres. Enriquecidos y hechos mucho mejor por lo que Dios nos regala, pero hombres al fin. Con el tesoro del amor divino en nuestros corazones, pero todavía hombres. Adquirimos características divinas, que nos "divinizan", pero no dejamos de ser hombres. Por eso jamás seremos iguales al único Maestro, al único Redentor, aunque Él sea nuestro tesoro. El único que ha muerto en Cruz por nosotros es Él. El único que ha resucitado resurgiendo victorioso de las tinieblas de la muerte es Él, con lo cual nos sacó a nosotros de esas mismas tinieblas del pecado, del abismo, de la muerte... Pero en ese camino de identificación con Él, aunque no seamos Dios, debemos avanzar en su semejanza. Unirnos a Él para vencer como Él, aun en medio de los tormentos que se puedan sufrir: "No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, teman al que pueda destruir con el fuego alma y cuerpo". Eso lo vivió Él mismo en su carne, y aun así venció. Y quiere que venzamos con Él, con su fuerza, con su valentía. Y eso nos llevará al triunfo de la eternidad: "Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo". La clave está en ser cada vez más parecidos a Él, sabiendo que no somos Él. El Maestro y el Señor es Él. El Redentor es Él. Nosotros, al máximo, podemos hacernos cada vez más parecidos a Él, para poder ayudarlo en la tarea de redención del mundo, de nuestros hermanos, cuando vivamos en el mismo amor que Él...

lunes, 23 de junio de 2014

No es malo tener un Superior: ¡Es Dios!

La clave de la felicidad es el reconocimiento de Dios como Creador, como Redentor y como Santificador del hombre. En la medida en que el hombre reconozca a Dios como su superior, por encima del cual no hay nada más, ni siquiera él mismo, en esa misma medida vivirá en armonía. Es la armonía deseada para sentir la paz espiritual que es la base de la felicidad. Fuera de esto, es imposible lograrlo. El empeño del demonio es convencer al hombre de que puede ser feliz sin Dios, haciéndose un dios para sí y para los demás, queriendo "enmendar la plana a Dios", o construyéndose dioses a la medida propia, de modo de tener la aprobación a todas sus barbaridades y desafueros... O, muy frecuente también, asumiendo dioses de otros que se presentan como atractivos, pues son permisivos, adaptables y se hacen la vista gorda ante situaciones conflictivas moralmente... Nuestra sociedad sufre mucho por esto. Cree que en la promulgación absoluta de la libertad para elegir el propio dios está una de las claves de su autonomía y que la satisfacción plena irá por allí...

Los hombres han logrado, de esa manera, excluir a Dios de sus vidas. En un grito aparentemente reivindicador de los derechos y de las libertades, han acallado la voz del verdadero Dios, lo han excluido de sus vidas, lo han confinado al rincón oscuro del encuentro privado, pues nadie tendría absolutamente ningún derecho a querer "imponer" a Dios a ninguna de las personas, pues éstas son libres y ellas deciden por sí mismas... En la base de la argumentación podría concederse una razón objetiva y válida. Los hombres somos libres y debemos tener la capacidad de la elección. Es un derecho que nos ha otorgado el mismo Dios al crearnos con inteligencia y voluntad, es decir, con capacidad de elección. Pero, en este revestimiento de cordero se esconde un lobo que destruye al hombre, pues le quita, en esa misma reivindicación, la posibilidad de conocer al Dios por el cual se puede decidir... No hablar de Dios, eliminar todo signo de su presencia en la vida, esconderlo y confinarlo a lo oscuro del cuarto de los trastes, es, en definitiva, decirle a la gente que no existe, que es absurdo elegir una entelequia. Se elimina a Dios, pero se abarrota a la gente de otros dioses, de los ídolos, de soberbia haciéndole considerarse ídolo a sí mismo, pero se le impide conocer al Amor, al Creador, al Redentor, al Santificador...

Es muy cómodo no tener a un superior. Es muy cómodo hacerse unas normas a la medida de las propias conveniencias. Para el asesino es muy cómodo hacerse una ley en la que el asesinato esté permitido. Para el violador es muy cómodo hacerse una ley en la que se permita alcanzar el placer a cualquier costo, incluso con la violencia y el sometimiento de otros. Para el drogadicto es muy cómodo tener una ley que despenalice las drogas, y que por lo tanto deje de ser delito su distribución y su consumo... Para el abortista es muy cómodo hacerse una ley en la que no se reconozca la entidad humana del óvulo fecundado o del feto avanzado en gestación, por lo cual prescindir de él es absolutamente inocuo... No tener un superior que haga que la bondad o la maldad de los actos sea, no una opción de conveniencia, sino una determinación totalmente objetiva, es realmente el paraíso del libertinaje, de la idolatría, del caprichismo. De esa manera la bondad no es algo inamovible e inmutable, sino algo que depende del aire que pegue en el momento...

Israel vivió esta tensión. Se balanceó entre la fidelidad extrema a Dios o entregarse a los ídolos de los pueblos vecinos e invasores... "Sirviendo a otros dioses, los israelitas habían pecado contra el Señor, su Dios, que los había sacado de Egipto, del poder del Faraón, rey de Egipto; procedieron según las costumbres de las naciones que el Señor había expulsado ante ellos y que introdujeron los reyes nombrados por ellos mismos". Mientras Israel fue fiel a Dios obtuvo de Él todas las bendiciones y fue objeto de su fidelidad, de su defensa, de su fortaleza... Cuando decidió ponerse de espaldas a Él y servir a otros dioses, Dios retiró su favor y vinieron al pueblo todas las calamidades... "Rechazaron sus mandatos y el pacto que había hecho el Señor con sus padres, y las advertencias que les hizo. El Señor se irritó tanto contra Israel que los arrojó de su presencia. Sólo quedó la tribu de Judá". Dios, siendo amor y fidelidad extrema, no es tonto. Cuando no lo quieren ni lo aceptan, Él respeta la libertad de la elección, pero deja que corran las consecuencias de la opción que se toma. Retira su favor y se pierden así todas las ventajas de ser de Él. Se queda al arbitrio y bajo el dominio del mal, de las desgracias, de las tragedias que significan estar lejos de Dios... Es lo que vive nuestro mundo hoy. Nunca antes se había vivido una esclavitud mayor, nunca se había vivido un egoísmo superior, nunca hubo tanto daño a la humanidad en aras de una libertad mal entendida, nunca se aprovechó el hombre de su hermano como ahora, nunca la carrera armamentista fue tan agresiva, nunca hubo tanta hambre en el mundo, nunca se sufrió tanta sed, nunca hubo una persecución religiosa tan marcada, nunca hubo tantos asesinatos, abortos, ancianos abandonados...

Pero en medio de todo esto, surge siempre la esperanza. Hay que ver la viga en el ojo propio para poder percibir la curación del que tiene una paja en el suyo... Es la consideración del otro como hermano... Curiosamente Jesús, cuando invita a ver la viga en el ojo propio, lo hace considerando al otro como hermano... "Sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano". La clave es considerar a Dios como Padre y en consecuencia, al otro como hermano. No somos islas. Somos hermanos, miembros todos de una misma familia que avanza al encuentro de Dios. Así es como debemos avanzar. Y es así como lograremos que el mundo cambie. En el logro de la fraternidad está la clave. No dejemos que el egoísmo nos consuma. Si seguimos ese camino, nuestro fin será nuestra destrucción...

viernes, 25 de abril de 2014

No hay más redentores

Siempre he escuchado que los hombres en general somos caudillistas... Y no es falso. Cada tanto aparecen personajes que descuellan y se convierten en "salvadores" de la humanidad. No es falso ni es nuevo... En todas las épocas de la historia han aparecido hombres que con su personalidad, con sus recursos de poder, con su labia, con los instrumentos con los que puedan a bien hacerse, logran conquistar masas, obnubilarlas y embaucarlas... Parecerían narcotizadores de oficio que han aprendido muy bien su tarea. Y en contraparte, siempre ha habido gente para ellos... "Todos los días nace un tonto, y el primero que lo vea es de él...", reza el fatal y terrible dicho popular. Los que buscan dominar masas lo saben bien y están al acecho para ganarse a sus seguidores. Así como hay embaucadores de oficio, hay apoyadores de oficio... Son esos que viven una situación de dolor, de postración, de dificultad, de necesidad, que llega incluso a ser extrema, y están a las espera de una mano que los pueda apoyar y sacar de su postración...

En todas las épocas ha habido gente que vive situaciones de dificultad extremas. Son los que viven la miseria en muchos órdenes: social, económica, intelectual, afectiva, espiritual... Se convierten así, en profundamente necesitados de ayuda externa para poder ver algo de luz en su penumbra personal. Hay quienes se acercan a ellos con buenas intenciones... Conocemos de personas que ven en ellos a unos hermanos que hay que ayudar, tendiéndoles la mano con la verdadera caridad necesaria. Son los que han entendido el llamado de Jesús: "Cada vez que lo hicieron con uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron..." Y así vemos en la historia miles de personajes que han visto a estos pequeños sufridos como alguien que por amor a Dios no pueden dejar solos en su ignominia... Son los santos de la caridad cristiana que buscan llevar algún alivio...

Pero, lamentablemente hay quienes más bien sacan buen provecho de esta situación de los hombres para establecer su dominio, su imperio. Construyen sobre la vida en ruina de muchos. Son verdaderamente detestables, pues llegan incluso a buscar el sostenimiento de esta situación de necesidad de sus hermanos para poder mantener el poder de dominio y de esclavitud sobre ellos... No sólo los buscan con el interés falso de ayudarlos, sino para hacerles ver que ellos serán los únicos que podrán ayudarlos a resolver su situación, cerrándoles la visión para otras opciones, ofreciendo una única vía, para hundirlos cada vez más y hacerlos más dependientes de sus ayudas de limosna y de extorsión... Es posible que en un primer momento haya habido una buena intención, pero ésta se ha envenenado al probar la posibilidad de dominio sobre los débiles, y aquella primera buena intención cambia radicalmente de sentido...

Ante esto, es fundamental decir que la ayuda a los otros es absolutamente imprescindible, sobre todo para aquellos que son los preferidos del Señor los débiles, los humildes, los sencillos. A ellos sale su mano protectora en primer lugar a defenderlos y a ofrecer su providencia amorosa. Y a ellos ofrece su protección. Quien se atreve a usarlos para beneficio propio debe atenerse a las consecuencias de meterse directamente con Jesús, pues esos son los suyos... El amor cristiano, el que nos ha sido dado como mandamiento y que ha sido ratificado con mayor profundidad por Jesús, nos obliga. No sólo porque está mandado, sino porque es la manera de demostrar el amor a Dios. Amar al hermano, ayudarlo en su necesidad, es la prueba de que amamos a Dios: "Quien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano a quien ve, miente", dice San Juan... Es clarísimo...

Y más allá... Hay que saber que sólo uno ha dado su vida por nosotros y ha resucitado para confirmar su victoria que se nos ha anotado a todos. No hay más redentores. Sólo Jesús, sólo su nombre, sólo su vida y su poder, son los que han venido en nuestra ayuda para rescatarnos de la indigencia mayor, la del pecado, y para invitarnos a vivir la más sólida fraternidad basada en el amor... No tiene sentido que queramos colocar a la misma altura del Redentor a personajes que han surgido en la historia como "mesías chucutos", menos aún cuando ha quedado en evidencia que sus fines han sido absolutamente retorcidos, habiendo a lo mejor tenido un buen inicio, hasta con buenas intenciones... "Empobrecen a la gente para luego hacerla depender de ellos", ha dicho el Card. Bergoglio, hoy Papa Francisco, en su época de Arzobispo de Buenos Aires...

San Pedro ha dicho: "Jesús es la piedra que desecharon ustedes, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos"... Es muy claro. No existe otro redentor, no hay otro mesías. Los que se coloquen en la misma línea amorosa de ayuda a los demás, en la de Jesús, serán simples instrumentos que envía la Providencia divina a los hermanos. Quien quiera desplazarlo, haciéndose a sí mismo redentor y mesías, simplemente es un usurpador. Y nosotros mismos debemos cuidarnos de hacer esa sustitución... No debemos ser caudillistas. Nuestro único Caudillo es Jesús, porque es nuestro único Redentor. No hay más. Sólo uno se ha dejado matar por amor a nosotros, sólo uno estuvo escondido en el sepulcro tres días, sólo uno resucitó para refrendar su victoria sobre la muerte y sobre el pecado... Ese es Jesús. Nadie más...

viernes, 27 de septiembre de 2013

Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

Para Jesús había llegado la hora de hacer un balance de la labor realizada hasta ese momento... Todo buen emprendedor tiene que hacerlo en algún momento. El éxito de una empresa no se basa sólo en la buena planificación, en el estudio de las circunstancias y del entorno que están alrededor de lo que se quiera hacer, en el establecimiento de objetivos (principal, específicos, intermedios...), en el inventario de los recursos humanos y materiales que se tengan a la mano, en los tiempos que se dispongan parta el cumplimiento de las metas... Esta es la base sin la cual no se puede iniciar el camino. Pero hay que apuntar a la evaluación ocasional de la marcha del proyecto, y a una gran evaluación final para descubrir el impacto, el éxito o el fracaso de la empresa, y poder así corregir sobre la marcha, incidir en los puntos positivos, incluir objetivos que se perciba que falten para apuntar a lo óptimo... Y finalmente, celebrar, continuar o recomenzar... Si no, se puede llegar a perder la perspectiva de lo que se está haciendo y todo se va por un desfiladero. Muchos emprenden grandes trabajos, muy interesantes y atractivos, pero les van perdiendo el interés, los descuidan, se imaginan que "marchan solos"... Y eso no es así... Nada más cierto que el dicho que reza: "El ojo del amo engorda el ganado"...

La "empresa" de Jesús era la más importante que hubiera iniciado personaje alguno en toda la historia de la humanidad: Nada más y nada menos que la salvación de cada hombre y de cada mujer que habían recorrido esa misma historia. Los que ya habían pasado, los que estaban en ese momento y todos los que vinieran en el futuro... Nada más delicado en las manos de un puñadito de hombres que el mismo Jesús se había elegido para que lo acompañaran en esta "aventura", que calificaba el futuro eterno de todos esos hombres y mujeres... ¡Casi nada!

Era natural, entonces, que ante tan delicada tarea, Jesús quisiera hacer "un alto en el camino" para hacer una evaluación sobre cómo iban las cosas... El éxito de su empresa pasaba por la comprensión de quién era Él; por la asunción de su Persona como la del que venía a realizar esa obra esencial para la salvación de la humanidad entera; por aceptar que Él no era uno más de entre las numerosas voces a través de las cuales había hablado Dios a los hombres en toda la historia, sino que era "La Voz -la Palabra, el Verbo- de Dios" que ya no hablaba por terceros, sino que eran sus mismos labios los que pronunciaban cada palabra... Esto era fundamental para entender que sí, que lo que hiciera Jesús iba a ser fundamental para la Redención del hombre, pues era el mismísimo Dios que había venido al mundo, que había asumido la humanidad haciéndose uno más, pues, como dijeron los Santos Padres de la Iglesia, "lo que no es asumido, no es redimido"... Dios "tenía" que venir al mundo, "tenía" que hacerse hombre, "tenía" que asumir la condición humana con todas sus consecuencias, para poder llegar a satisfacer, en lugar del mismo hombre pecador, para alcanzar el perdón y abrir de nuevo las puertas del cielo, que se habían cerrado por la obcecación del hombre... El éxito de la empresa de Jesús se basaba en la aceptación de su persona, de su mensaje, de sus obras, de su amor... Por eso era tan importante saber "cómo iban las cosas"...

"¿Quién dice la gente que soy yo?"... Un examen general... "Los demás, el pueblo, los que han oído algo del mensaje, los que han sido testigos de algunas de mis maravillas, ¿quién dicen que soy yo?" Era de esperarse la respuesta... Al no haber convivido con Jesús, ellos se maravillaban de los que hacía. Se repetían muchas de las cosas que relataba la tradición judía,  lo que habían hecho grandes personajes de su historia... Por eso, para muchos, Jesús no era más que un personaje importante, sí, pero uno más de los que se valía Dios para de vez en cuando decirle al pueblo que Él seguía allí presente. El hecho de que dijeran que era Elías, Juan Bautista, o un gran profeta, los acercaba al reconocimiento de Jesús como una gran personaje, de los que ya estaban "acostumbrados", pues Dios nunca había abandonado a su pueblo... Para Jesús eso resultó "natural". Total... No había llegado aún la hora de su manifestación plena... Ya llegará...

Pero más importante para Jesús que lo que dijera la gente, era lo que dijeran "los suyos". Los Apóstoles habían sido testigos de todos y de cada uno de los milagros que había realizado, habían escuchado todas y cada una de las palabras que había pronunciado. No eran testigos ocasionales, sino vitales. Eran sus íntimos. Era muy importante qué habían percibido ellos, por cuanto al partir Él, serían ellos los encargados de anunciar su obra y su mensaje, su Persona, a todos... "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Me imagino la sorpresa que se llevaron los Apóstoles ante esta pregunta de Jesús... Pero Pedro, siempre el que llevaba la voz cantante del grupo como primero de todos, respondió sin titubear: "Tú eres el Mesías de Dios". El paralelo de Mateo descubre la sorpresa y satisfacción de Jesús ante semejante respuesta... No tanto por lo que Pedro mismo hubiera entendido de lo que dijo (¡probablemente, el primer sorprendido fue él mismo!), sino por lo que significaba de la inspiración que había recibido del Padre... Quizás a Jesús no le importaba tanto el que tuvieran claridad absoluta sobre su Persona, sino el que fueran, y llegaran a serlo del todo, instrumentos dóciles en las manos de Dios para poder cumplir la tarea posterior... Después de esto, según los evangelistas, Jesús prohibió a los apóstoles revelarlo a nadie más, hasta que llegara la hora, y descubrió para ellos cuál iba a ser el itinerario futuro, plagado de sufrimientos, de pasión y de muerte, pero desembocando en la gloriosa Resurrección...

Ese es Jesús... El Mesías de Dios... El Redentor que había sido anunciado tantas veces en el Antiguo Testamento. El que cumplía la promesa hecha por Dios desde el pecado del hombre, al decirle a la serpiente: "Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Ella te pisará la cabeza, mientras tú le muerdes el talón..." Jesús es esa descendencia de la mujer que pisa la cabeza de la serpiente... Sufrirá su mordedura en la Pasión y la Muerte en Cruz, pero vencerá pues con su muerte, morirá el poder del pecado, el poder de la descendencia de la serpiente... Es a ese Jesús al que hay que aceptar. Él es el Dios hecho hombre que ha salido al rescate de la humanidad, que se ha hecho hermano para unirnos a todos a la gran familia de Dios, restableciendo en nosotros la imagen y la semejanza suya que había sido destruida por el pecado... El que realiza esta obra movido sólo por una cosa: el inmenso amor que Dios nos tiene y que sería la única explicación razonable para todo lo que hace a nuestro favor... Rendirnos a esa evidencia es la mejor manera en la que podemos responder sobre quién es Jesús para nosotros.

A nosotros también nos pregunta Jesús: "¿Quién soy yo para ti?" Si se nos presenta en este mismo instante y nos pregunta esto, ¿qué le respondemos? No cometamos la torpeza de quedarnos callados. Seamos sinceros con Él. Muchos lo tenemos como "talismán", como "muleta", como "milagrero", como "muerto en la Cruz"... ¿Qué respuesta le podemos dar a Jesús hoy, en este momento? Ojalá nos suceda como a Pedro. Que Dios nos tome como instrumento y nos inspire. Quizás no comprendamos perfectamente quién es Jesús, pero si somos sus instrumentos dóciles, podremos dejarnos inspirar por Dios y decirle a los hermanos quién es. Y que lo vivamos en lo más íntimo de nuestro corazón, de nuestro ser. Que en esa intimidad del corazón podamos decirle a Jesús: "Señor, Tú eres mi Dios, el que vino a rescatarme haciéndose hombre, el que murió por mí, el que se entregó para morir en vez de mí. Siento tu amor infinito en mi corazón y me rindo a ese amor. Y por eso, porque me haces infinitamente feliz al sentir tu inmenso amor, quiero hacer a mis hermanos partícipes de mi alegría. Quiero darte a conocer a los demás, para que Tú seas también para ellos, la plenitud de la felicidad, para que derrames sobre sus corazones tu amor redentor y les abras también a ellos las puertas del cielo..."