martes, 19 de noviembre de 2013

Montado en mi árbol...

Entre los personajes simpáticos del Evangelio siempre he incluido a Zaqueo... No por su vida, pues para los mismos judíos era un traidor, sino por el gesto que nos relata San Lucas. No se detuvo Zaqueo en consideraciones. No pensó en el ridículo que probablemente iba a hacer delante de todos, montándose en un árbol. Para él, en ese momento, lo más importante era ver pasar a Jesús... Y eso valía cualquier gesto, aunque fuera absurdo...

Los publicanos entre los judíos eran considerados grandes pecadores. En una sociedad en la que lo religioso y lo político estaban íntimamente imbricados, quien faltara a cualquiera de los dos campos era un tremendo transgresor... Un publicano era un judío que se había "vendido" al Imperio romano, pues cobraba impuestos para él, traicionando el único servicio que se debía a Yahvé y a su pueblo elegido... Quien se atreviera a ponerse en contra del pueblo de Israel, se ponía simultáneamente en contra de Dios. Y este pecado era peor si se pertenecía al mismo pueblo judío, pues traicionaba a los suyos, se traicionaba a sí mismo, a su gloria, a su dignidad. Por ello, los publicanos eran tan aborrecidos y rechazados por el pueblo sencillo y por las autoridades religiosas de Israel. Por eso, los fariseos y los escribas hipócritas se horrorizaban de que Jesús entrara en casa de publicanos, y no tuviera ningún empacho hasta en sentarse a la mesa a comer con ellos. Era el caso de Zaqueo... Y entre ellos, entre los publicanos, se daba lo que con frecuencia se da entre quienes cobran impuestos, con honrosas excepciones... Se enriquecían a costa de meter la mano en la bolsa para sacar de lo que no les pertenecía, o abultaban las exigencias para engordar sus propios bolsillos. No estaban con muchos miramientos morales, pues el "dios dinero" los había amarrado fatalmente...

Zaqueo, además de ser publicano, era "jefe de publicanos y rico", lo cual lo hacía estar un escalón más alto en el desprecio de los judíos. Si ya era aborrecible ser publicano, se podrán imaginar cuánto más lo era quien era como el "gerente", el "encargado", el que dirigía las "batallas", contra el pueblo sencillo de Israel... No tenía que ser muy atractivo estar en los zapatos de Zaqueo, a no ser que se haga la consideración sólo desde el punto de vista crematístico, en donde aventajaba con mucho a los demás, pues, como dice Lucas "era rico"... Está claro que para Zaqueo no era una situación ideal... Probablemente estaba llegando a aborrecer lo que hacía, no quería sentirse el centro de los desprecios de todos, no quería sentirse más un pecador traicionando al Dios de Israel... Es muy probable que en Zaqueo ya Dios estuviera haciendo una labor de "aflojamiento" que tuvo su culminación en la estocada que le va a dar Jesús. Por eso, al enterarse de que "ese Jesús", del cual seguramente había escuchado ya mucho, demasiado quizá, iba a pasar cerca de su lugar de trabajo, teniendo el gusanillo de la insatisfacción carcomiéndolo por dentro desde hacía tiempo, no dudó en acercarse para "verlo pasar". Es tremendo... Zaqueo se contentaba simplemente con "ver pasar" a Jesús delante de sus ojos. Esa era su única intención. Ninguna más...

Por eso se acercó a la calle donde estaba previsto que pasaría "ese Jesús", para ser testigo de su paso... Pero Zaqueo era muy pequeño. Y ya la aglomeración era tan grande que no le permitía divisar la calle por la que pasaría y así se perdería la oportunidad que quería... Ni corto ni perezoso, hace lo impensable... "Si quieren entrar en el Reino de los Cielos, háganse como niños". Nunca mejor dicho... Zaqueo "se hizo como niño" y, seguramente recordando sus años de infancia, se montó en el árbol que encontró más a la mano. Y allí esperó el tiempo necesario para "ver a Jesús". Me imagino las burlas, las risas socarronas, los comentarios a bajo volumen mientras esperaban... ¡Zaqueo, el jefe de publicanos, montado en un árbol, haciendo el ridículo delante de los ojos de todos!. Y él, tranquilo... Estaba a punto de lograr lo que quería... "Ver a Jesús"...

Cuando llega el momento, la sorpresa de Zaqueo es mayúscula. Él, que se contentaba simplemente con ver pasar a Jesús, atrae la mirada del Redentor. Él había salido a ver a Cristo, ¡y es Cristo el que lo ve a él! La mirada de Jesús descubre lo más íntimo, las más grandes interrogantes, las expectativas crecientes, las insatisfacciones que ya se van haciendo monstruosas... Y quiere repararlas todas... Ve a Zaqueo y descubre sus añoranzas de algo más, de algo distinto, de algo superior... Y Jesús se ofrece, pues ha venido para eso. Jesús quiere ser para Zaqueo, ¡para todos!, el que dé la plenitud, el que satisfaga completamente, el que colme todas las expectativas... "Aquí estoy. Y estoy para ti. Para llenarte, para darte la satisfacción plena, para que no busques más". "Zaqueo, baja del árbol, que hoy quiero hospedarme en tu casa". Palabras impresionantes. Jesús se "autoinvita" a la casa de Zaqueo. Es lo que hace con todos. Quiere estar en la casa de todos. Quiere convivir con todos...

Zaqueo baja entusiasmado. Feliz por la sorpresa inesperada, prepara un banquete en su casa. Me imagino la locura de los de su casa. Su mujer atareada para preparar lo mejor pasa "ese Jesús". Todos queriendo que "ese Jesús" la pase lo mejor posible en casa... En medio de las críticas de los escribas y fariseos, era feliz. Jesús se había dignado no sólo dejarse ver pasar, sino que lo había visto a él, había ido a su casa, estaba comiendo con él... ¡Qué más podía pedir! Sus esperanzas estaban colmadas... Por eso, con el entusiasmo propio del momento, se pone en pie y dice: "Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres; y si a alguno le he robado, le devuelvo cuatro veces lo que le robé". Zaqueo había experimentado la locura del amor de Jesús. Y él se había vuelto loco por Jesús. Sólo un loco, siendo publicano, puede decir lo que él acaba de decir... No hay duda... Está loco... Y esa locura, produce la locura de respuesta de Jesús: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa"... ¡Ya quisiéramos muchos escuchar de los labios de Cristo esta sentencia...! ¡La salvación, la locura de amor de Dios, por la locura de Zaqueo! ¡Qué buen negocio!

Jesús... Yo quiero ser como Zaqueo... Me monto en el árbol de mis expectativas, de mis añoranzas, para poder verte pasar... Me contento con saber que estás allí, en mi vida, pasando constantemente, para que yo te pueda ver y tener la seguridad de tu compañía, de tu amor, de tu mano firme que me sostiene... Pero, Señor, quisiera que me sorprendieras como a Zaqueo. Autoinvítate a mi casa. Dame la alegría de querer estar conmigo, en mi mesa, bajo mi propio techo... Yo me adelanto, ofreciéndotelo todo. Toma mi ser, mi corazón, mi inteligencia, mi voluntad, mi casa, mi familia. Me doy yo mismo por entero, con tal de escuchar de ti lo que le dijiste a Zaqueo: "Hoy ha llegado la salvación a tu casa, a ti y a los tuyos". No me dejes montado en el árbol. Invítame a bajar para ponerme en tus brazos, que es el sitio más seguro en el que puedo estar...

lunes, 18 de noviembre de 2013

¿Cambiar a Dios? ¡Qué tontería!

La vida los mártires es un verdadero testimonio de fidelidad, particularmente en sus momentos finales... Sin duda, el martirio es también una vocación, pues es imposible ofrecer la vida por ser fieles a Dios, si no es la misma gracia de quien lo llena a uno y le da la fuerza para confesarlo valientemente, la que lo hace posible... Ser mártires es el extremo de la donación por amor a Dios. Y es la compensación plena de la entrega que Él mismo ha hecho por nosotros. Sólo tiene sentido cuando se ha colocado lo que es superior por encima de la propia vida... En las argumentaciones puramente humanas, el martirio sería, claramente, un absurdo mayor. ¡Dar la vida por algo de lo que no se tiene absoluytamente ninguna seguridad, ninguna prueba fehaciente, ninguna demostración evidente ni científicamente comprobable?

Jesús mismo nos dice: "El que pierde su vida por mí y por mi causa, la ganará..." Si la convicción profunda del mártir no está fundada en la confianza plena de que estas palabras se cumplirán, la verdad es que su gesto de entrega se convertiría en un total absurdo... Su vida entraría en la vaciedad absoluta de lo que es un túnel negro sin salida ni luz que sugiera su final... Pero la experiencia de los que lo han hecho nos dice que en ellos había una motivación totalmente alta, de compensación infinitamente superior a la de seguir viviendo a costa de renegar de eso superior, aun en medio de posibles comodidades extremas, prometidas por lisonjeras voces que procuraban por cualquier medio atraerlos a la molicie... Los casos se conocen... Hubo en la historia quienes se sintieron temerosos de los sufrimientos, y se echaron atrás en su fidelidad a Dios. Y recibieron, por contraprestación, inmensas compensaciones materiales. Pero, en su conciencia quedó el haber traicionado a quien jamás han debido traicionar, lo que hizo que su felicidad se transformara sólo en una resaca moral impresionante que los carcomía por dentro. Algunos, después de su traición, no pudiendo cargar con el peso moral que ella representaba, se echaron atrás, y regresaron ante los torturadores a entregarse y a morir en la fidelidad a Dios...

El mártir, sin duda, sufre las peores de las atrocidades. Muchos, antes de ser asesinados, son torturados terriblemente. Son impresionantes muchos de los relatos que nos traen las historias de los mártires. Ni siquiera es provocativo traerlos aquí, pues son tan atroces que lo que producen es repulsión total. Basta con que sepamos que la fortaleza de los mártires hasta el fin no pudo haber sido una simple fuerza de voluntad humana que los sostenía, sino que era el mismo Dios al que quisieron mantenerse fieles, el que los llenaba de esa fuerza necesaria y de esa consolación en medio de los tormentos que sufrían... No es posible otra explicación... Si nos alejamos de esto, caemos en el precipicio del sinsentido...

En efecto, es interesante comprobar que esta fortaleza no se ha dado sólo en la historia del cristianismo. El pueblo de Israel prácticamente en toda su historia, sufrió también los embates de quienes los quisieron apartar de la fidelidad al Dios de la Alianza. Muchísimos fueron los enemigos que se empeñaron en hacer que fueran traidores a su fe y a la Alianza con Yahvé.Y también son muchísimos los testimonios de heroicidad en la confesión de la fe que hacían ellos... Miles fueron los israelitas que murieron a manos de sus torturadores, en una cruenta manera de torcer el brazo de la unidad que sostenía sólidamente al pueblo, alrededor de la única fe en el único Dios. Era necesario que eso que los conglomeraba tan sólidamente fuera destruido... El "Resto de Israel" fue ese número pequeño de judíos que se mantuvon firme y sólido en la confesión de su fe.

Con todo, siendo tremendamente admirable el testimonio final de los mártires entregando su vida por fidelidad al Dios del Amor y de la Misericordia, es un testimonio que exige el decir Sí a ese Dios en los momentos de dolor, que al fin y al cabo, con ser inmensos, son breves... El mártir asegura su entrada a la eternidad feliz con sólo mirar al cielo mientras sufre, con sobreponerse al dolor pensando en el gozo que le depara ese mismo sufrimiento y que estará viviendo con toda seguridad instantes después de esos terribles minutos... Es, por así decirlo, hasta "sencillo" -si cabe esa palabra-, por la infinita compensación inmediata que se está seguro que se recibirá...

Hay otro martirio, el continuo, el cotidiano, que también exige mucho... Y cuidado si no más. Es el del que quiere mantenerse fiel a Dios en medio de los avatares cotidianos, en medio de los ataques, de los desprecios, de las indiferencias, de las burlas de los que está alrededor, a veces, incluso de los más cercanos... Duele sentirse solo en el deseo de ser fieles a Dios en medio de un mundo que valora muchísimo más su traición, y te invita a hacerlo tú también con inmensas lisonjas, poniéndote como un bobo cuando no te dejas llevar por la corriente. Un mundo que te invita a ser infiel, que te dice que no puedes ser más tonto que los demás, que te dice que si te puedes enriquecer de cualquier manera lo debes hacer sin mirar a los lados, que te dice que no te dejes colocar a nadie por encima pues tú no tienes porqué soportarlo, que te insiste en que es bueno todo lo que es gustoso y que no debes pararte en consideraciones morales bobaliconas.... Esta fidelidad en un mundo así es también un martirio. Y más fuerte, pues es hoy, mañana, pasado mañana... siempre... Y hay que estar muy sólido interiormente para poder soportarlo con alegría, poniendo también siempre por delante el valor superior, que es amor de Dios y el ser fieles a Él... El mártir debe decir que sí en el momento del sufrimiento y de la muerte.... El mártir cotidiano debe decir siempre sí, a cada instante, a cada día, a cada mes... Y así, ambos se salvarán... Viéndolo bien, se salva más fácilmente el que sufre el martirio cruento, que el que sufre el martirio lento, cotidiano...

Algunos tendrán la gracia del martirio cruento. Derramarán su sangre por amor en el momento crucial de sus vidas... Otros tendrán la gracia del martirio lento... Cada latido de su corazón será un derramamiento de sangre que probará su fidelidad a Dios y a su amor... Pidamos a Dios ue seamos fieles en cualquier circunstancia. Él, en ninguno de los casos nos fallará. Desde nosotros mismos estará dándonos la fuerza que necesitamos para ser fieles siempre...

domingo, 17 de noviembre de 2013

Todo será destruido... ¿Pero no debemos tener miedo?

A medida que nos acercamos al final del año litúrgico, y nos acercamos al tiempo de Adviento, la liturgia de la Iglesia va adquiriendo un sabor apocalíptico. Nos va encaminando a las espiritualidad de espera que tanto se acentúa como preparación  para la venida del Salvador. La cercanía del tiempo de la Navidad es caracterizada por la insistencia a preparar los corazones, no sólo para recordar aquella primera venida entrañable del Dios que se hace hombre, se rebaja al máximo, hasta un niño recién nacido, para irrumpir en la historia de los hombres y desde las entrañas mismas de la humanidad realizar el rescate prodigioso de las garras de la muerte y del abismo del pecado en el que éste se encontraba sumido, sino para insistir también en la necesidad de estar en espíritu de adviento continuo, esperando la futura venida en gloria del Redentor, la Parusía, cuando ya absolutamente todo será restablecido para ser colocado a los pies del Señor... Será el tiempo de la plena armonía, de la definitiva Nueva Creación, de la restauración global de todo lo que existe...

Evidentemente, el que esto suceda requerirá de que todo lo malo que exista sea anulado. Las cosas pasarán, pues todo lo relativo dejará de ser para dar paso a lo que es absoluto. Las pretensiones de divinización de las cosas que el hombre hizo durante toda su historia quedarán al descubierto y dejarán en evidencia lo absurdo que eran. Esa divinización de lo relativo es lo que configuró la condición de pecadora de la humanidad... Así lo dijeron los Obispos en Puebla de Los Ángeles, México, en 1979: "El pecado mortal consiste en la absolutización de lo que no es absolutizable". Los hombres, en nuestra soberbia y autosuficiencia, pretendimos sustituir a Dios, el único absoluto, por lo que es pasajero, lo que no tiene subsistencia en sí mismo, lo relativo... A lo relativo le dimos categoría de absoluto. Por eso, llegamos a pensar que nosotros mismos éramos esenciales para el mundo, olvidando que nuestro origen era sólo una manifestación amorosa de la libérrima voluntad de Dios, el cual, si lo hubiera deseado de cualquier otra manera, no nos habría colocado en el centro de sus preferencias. Si los hombres llegamos a estar en el centro de todo lo creado, como su culminación y su zénit, no fue por nuestra propia iniciativa. Si Dios no lo hubiera querido así, ni siquiera existiríamos. Tal es nuestra relatividad...

Peor aún cuando ni siquiera somos nosotros, los seres más amados de Dios, a los que colocamos en lo absoluto... Llegamos a ser tan absurdos en nuestras rutas, que hemos llegado a colocar a lo que ni siquiera tiene vida en sí mismo en los primeros lugares. Así hemos sido capaces de llegar a lo absolutamente desnaturalizador de endiosar a lo inanimado. Unas veces es el dinero, otras veces las posesiones... Unas veces es el poder o los honores, otras veces el placer desenfrenado... Los hemos idolatrado, poniéndonos nosotros mismos al servicio de ellos, rebajando a lo mínimo nuestra propia dignidad... Así, en vez de adorar a lo único que es absoluto, nos hemos empeñado en destruir nuestra propia esencia adorando a lo relativo, lo que es pasajero: nuestra inteligencia o nuestra voluntad, las cosas, nuestras propias construcciones, los seres inanimados, el dinero, las posesiones, los honores o el poder, los placeres pasionales...

Y la verdad es que todo eso pasará... Y no pensemos que pasará por un "momento de ira" de Dios, sino sencillamente porque deberán pasar, pues ninguna de ellas son realidades estables o absolutas. Esa experiencia, en todo caso, seguramente la hemos tenido ya. No en la medida, quizás, de la que se plantea en el apocalipsis que nos describe Lucas, pero sí en menor escala. ¡Cuántas veces hemos hecho planes que se nos van por el desagüe! ¡Cuántas "quiebras" económicas habremos sufrido en nuestra vida! ¡Cuántas veces nos hemos sentido traicionados por quienes a lo mejor antes eran nuestros más grandes aduladores! ¡Cuántas veces, después de un gran momento de placer, no hemos sentido más que la resaca moral! No serán, por lo tanto, experiencias totalmente novedosas, pues de alguna manera estas frustraciones ya han estado presentes en nuestras vidas... Podríamos decir que es una especie de didáctica divina para que pongamos el acento donde realmente debe estar... Lo que sucede es que somos muy "cabezaduras" y no terminamos de aprender...

Al final, todas estas cosas desaparecerán, no en esa especie de cuentagotas como han sucedido hasta ahora en nuestras vidas, sino todo de un golpe... Y el Señor nos pide que antes hayamos echado mano de una verdadera fidelidad. Que hayamos colocado el acento en lo que es realmente esencial. Que lo hayamos colocado a Él en ese primer lugar que le corresponde y del cual jamás tuvo que haber salido. Si eso lo hemos hecho, si hemos vivido con Él como el único absoluto, el que es el único que jamás pasará, y hemos colocado todas las cosas en función de su relatividad, sin haberlas colocado en condición de esenciales o absolutas, aquel momento final no será más que la confirmación de lo que ya ha sucedido en nuestras vidas... Sólo deberán temer quienes no lo hayan hecho, pues lo que han construido como "su mundo", basado en estas cosas accidentales, se les vendrá abajo...

Por eso el Señor nos invita a no tener pánico... En todo caso, para el que haya vivido en la amistad íntima con Dios, dándole el lugar que le corresponde, haciéndolo su único absoluto, aquel momento será la confirmación definitiva de esa amistad entrañable. Ya después de eso no habrá ninguna otra realidad que se interponga para que el estar juntos se ponga en peligro. Se confirma así definitivamente lo que se vivió en lo cotidiano, y ya no tendrá ningún cambio. Por toda la eternidad. Quien ha vivido en Dios, ese momento será el momento de su gloria definitiva, del cumplimiento de su añoranza más firme... Y no importará lo doloroso que seguramente sea el ver que todo pasa y que incluso, a lo mejor, hasta familiares y amigos con los cuales se haya convivido, serán echados a un lado, pues la compensación absoluta estará en el único que lo trasciende todo y que será quien llenará cada vacío que haya quedado...

Efectivamente, todo será destruido. Pero para el que haya tenido conciencia de lo que es realmente absoluto eso no será sino la confirmación de lo que ya vivió: El único absoluto es Dios. Y es Él el que queda. Y es la relación amorosa y eterna con Él lo que dará la plenitud a lo que se vivirá. En el abrazo de amor eterno todo lo demás quedará en la penumbra, pues el Sol de Justicia brillará eternamente...

sábado, 16 de noviembre de 2013

El poder de Dios es nuestro

La Sabiduría, como hemos visto, es el Espíritu de Dios, sublime, creador, todopoderoso, inspirador de todo lo bueno, sustentador de todo lo que existe... En el Antiguo Testamento tenemos ya esbozos muy específicos de lo que es, y de las maravillas que es capaz de hacer en favor de todos los hombres. No se arredra ese Espíritu cuando toca ponerse del lado de los hombres. Y es lógico que así sea, pues el Dios Creador e infinitamente misericordioso con el hombre, siendo a la vez Providente de todo lo bueno para él, no es lógico que lo hubiera creado y lo hubiera abandonado a su suerte... Sabe muy bien que habrá mucha bondad en el mundo, pero tampoco está oculto para Él que la maldad brotará a borbotones... Por eso, ese Espíritu de Dios, Sabiduría infinita, habiendo asumido la vida de los hombres en su mano, es su principal aval para defenderlo y conducirlo siempre por las rutas de su bienestar.

La Sabiduría es Dios mismo. Ya ha quedado claro, por la revelación que nos ha traído posteriormente Jesús, que esa Sabiduría divina es la tercera persona de la Trinidad Santísima, que fue la revelación más alta que Él nos trajo. Jesús nos descubrió cuál sería su tarea en el mundo. El Espíritu está a la misma altura de las otras dos personas de la Trinidad. Por eso el mismo Jesús dice: "Es necesario que yo me vaya para que venga el Espíritu". Él llevará a plenitud la obra que realizó Jesús, la hará llegar a todos los hombres. Siendo el alma de la Iglesia la inspirará para que sea verdadero y dócil instrumento de la salvación de todos los hombres sobre la tierra.  sta tarea del Espíritu, en cierto modo, es la continuación de lo que ya la Sabiduría venía haciendo en favor de los hombres elegidos en el pueblo de Israel. No puede haber discontinuidad en Él ni en su obra...

Esa Sabiduría de Dios, que revoloteaba sobre las aguas como una paloma, tal como nos lo describe el Libro del Génesis, es Espíritu Creador. Es el hálito de vida que Dios insufla en las narices de los hombres recién creados. Es quien da la participación en la naturaleza divina que Dios coloca en los hombres al hacerlos "a su imagen y semejanza". La condición espiritual de los hombres está sustentada en la presencia de la Sabiduría en sus almas. Y todas las inspiraciones que Dios da a los hombres de Israel, protegiéndolos y haciéndolos avanzar resueltamente hacia la tierra prometida, vienen de esa fuente inagotable que es la Sabiduría... Es impresionante hacer un recorrido por la historia de Israel, por sus aciertos y avatares, para percibir la inmensa presencia del Espíritu defensor e inspirador, el que los anima y los llena de la ilusión de seguir avanzando, a pesar de las inmensas dificultades...

Pero más aún es llamativa su acción siempre en favor del pueblo elegido, en todas las circunstancias... Fue esa Sabiduría la que llenó de espíritu de fidelidad a Abraham, en el momento de hacer caso a la invitación de dejarlo todo, con la promesa de que sería padre de multitudes. Es el Espíritu el que mantuvo fiel a Lot, por lo cual pudo salvarse de la destrucción de Sodoma y Gomorra. Es el Espíritu el que inspiró a los hermanos de José la venta a los esclavistas del desierto, para asegurar su llegada a Egipto, de modo que por él se salvara a Israel  de morir de hambre en el desierto. Es el espíritu el que hizo surgir de entre los israelitas esclavos en Egipto a Moisés, que obtuvo el favor de la hija del Faraón, por lo cual tuvo el ascendiente suficiente para revelarse y conducir al pueblo a la liberación de la esclavitud. Es el Espíritu el que hizo brotar las plagas contra Egipto, e hirió a los primogénitos, para que se dieran cuenta los esclavistas de que Dios estaba a favor de este pueblo al que ellos tenían mancillado bajo su poder. Es el Espíritu el que hizo abrir las aguas del mar Rojo, de modo que pudieran pasar por en medio los israelitas y engullera luego de su paso a los egipcios que lo perseguían...

Ese Espíritu de Dios no sólo actuó bajo la "advocación" de la Sabiduría, sino que sigue presente en nuestra historia. Es el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, el que envía el Padre y el Hijo para seguir presente en la historia de la Iglesia y en la historia de cada cristiano. Ese mismo Espíritu, en la plenitud de los tiempos, cubrió absolutamente con su presencia a la Virgen María, haciéndola concebir al que iba a ser el Redentor de la humanidad. Fue el que inspiró los cánticos de Zacarías, de Simeón, de Ana, d la misma Virgen María, cuando reconocieron todos las maravillas que Dios seguía haciendo en favor de los hombres... Ese mismo Espíritu no sólo inspiraba a los fieles a Él, sino que seguía haciendo en verdad esas maravillas sobre el mundo...

Y ese mismo Espíritu es el que está en la Iglesia como su alma. El que descendió sobre los Apóstoles y María el día de Pentecostés, haciendo que naciera oficialmente la Iglesia, y lanzando a los Apóstoles a la aventura más maravillosa de toda la historia, que es la de llevar el amor y la salvación de Dios a todos los hombres, sus hermanos. El Espíritu inspiró a los apóstoles, los llenó de su presencia que es amor infnitio, les dio el celo amoroso para lograr la salvación de la mayor cantidad posible, y sigue haciendo que hoy, hombres y mujeres fieles, se empeñen por amor a hacer que todos conozcan a Dios, a Jesús, lo amen y se quieran salvar, viviendo fielmente junto al Dios de la felicidad eterna...

Así como en toda la historia estuvo presente para lograr que la voluntad divina se cumpliera, así como fue fortaleza para Jesús en la Cruz ignominiosa, así como lo arrancó de la muerte de manera maravillosa en la Resurrección gloriosa, así mismo sigue hoy presente en la historia de cada uno de nosotros. No estamos solos en este caminar hacia Dios. No nos defendemos solos, pues ese poder infinito de Dios que está en su Espíritu, está con nosotros, individualmente y como miembros de la Iglesia. El poder de Dios es nuestro, porque nuestro es su Espíritu. Él mismo nos lo ha dejado como la mejor prenda para nuestro caminar. Él nos sigue inspirando, sigue abriendo los caminos para cada uno de nosotros, sigue inspirando las palabras y las acciones que necesitamos para avanzar, nos sigue protegiendo y defendiendo de todos los peligros.... Sólo tenemos que dejarnos acompañar fielmente por Él, y dejar que su poder se exprese cada vez que lo necesitamos. No nos quedemos débiles rechazáandolo o siendo indiferentes a su presencia. Seamos inteligentes, y pongamos a nuestro favor, como Él quiere hacer, toda su fuerza para vencer en todas las cosas...

viernes, 15 de noviembre de 2013

Mucho gusto... Soy Dios...

Entre las cosas más evidentes que tenemos en nuestra historia personal, está la de la presencia de Dios en nuestras vidas. Desde el mismo principio de nuestra existencia Dios mismo se encargó de que esta fuera una de las convicciones más sólidas que pudiéramos tener. El relato que nos hace el autor sagrado del libro del Génesis nos deja bien clara esta intencionalidad divina. Dios no simplemente creó al hombre, dejándolo abandonado a su suerte, sino que se quiso hacer íntimo de él. Es entrañable la forma como se nos presenta a Yahvé bajando todas las tardes al Edén para tener un encuentro amistoso con el hombre, criatura predilecta suya y charlar "largo y tendido". Es precisamente en una de esas veces que Dios bajaba a encontrarse con el hombre que Él "descubre" que el hombre ha sido infiel a su amistad, pues no lo encuentra, al estar éste escondido para que no lo descubriera desnudo...

Esa historia Dios ha querido mantenerla siempre. Él es inmutable y fiel. Por lo tanto, jamás cambiará su forma de ser y buscará con empeño al hombre para tener esos encuentros de intimidad continuos. Y las vías serán innumerables. Muchas serán las formas en las cuales Dios se nos hará el encontradizo para que nos enriquezcamos con su presencia. La primera y más básica, siendo la que tenemos todos más a la mano, es la que se nos presenta con solo vivir con la conciencia de estar rodeados por esa presencia suya que "todo lo llena". Como dice la bella frase: "Donde quiera que extiendo los brazos, nado en el esplendor de Dios". Es la capacidad que Dios ha colocado en cada uno de nosotros para que podamos descubrirlo en todo lo que está a nuestro alrededor. En la línea de San Pablo, que nos dice que "Desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se ha hecho visible",e coloca el autor del Libro de la Sabiduría: "Por la magnitud y belleza de las criaturas, se descubre por analogía el que les dio el ser..." Es el conocimiento natural de Dios, al que podemos llegar descubriéndolo como superior de aquello que ha salido de sus manos creadoras...

Lamentablemente, muchos se han quedado en la belleza y magnificencia de lo creado, y no han usado esto como trampolín para saltar a lo superior. Se quedan en la admiración de lo creado, llegando incluso a adorarlo, rindiéndole el culto que sólo se debe a la Causa final de todo lo que existe, que es Dios. Es la lamentación que hace el escritor de la Sabiduría: "Fascinados por su hermosura, los creyeron dioses..." Es la historia que se repite una  y otra vez... Los hombres quedan fascinados de las cosas, de lo que él mismo ha logrado, de lo que es él mismo, de la tecnología, de las ciencias, de sus construcciones maravillosas..., y detienen allí sus ansias de infinito, quedándose con la criatura. El camino queda truncado y las ansias de más se detienen allí, dejando una sensación continua de insatisfacción. Por eso, como el hombre queda con hambre, busca más y más por el mismo camino, con la consecuencia de alejarse más y más de la meta añorada...

Ante esta realidad, habiendo querido Dios darse a conocer por lo que salió de sus manos, y no habiéndolo logrado del todo, ya no deja las cosas así, sino que emprende un camino inédito en todas las religiones. Si en cualquiera de las rutas por las cuales el hombre puede ponerse en contacto con Dios, es decir, en cualquiera de las religiones, el camino lo emprende el hombre para poder llegar lo más alto posible pretendiendo llegar hasta Dios, en el cristianismo la ruta se hace inversa. Ya no es el hombre el que va en busca de Dios -con el consecuente y comprobado peligro de equivocar la ruta-, sino que es Dios el que sale al encuentro del hombre. "Y el Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros". La ruta del encuentro con Dios la abre Él mismo en Jesús, que es el Dios que se hace hombre, para traernos todo lo infinito ya no de forma sugerida en las criaturas, sino invadiendo con su misma presencia la historia de la humanidad. Oculto en el Niño de Belén está ese Dios que se ha hecho infinitamente solidario con el hombre, asumiendo nuestra condición indigente... La historia humana se enriquece con el personaje más maravilloso que la ocupa. El hombre Jesús, en el cual está Dios. Dios se ha hecho de un cuerpo para ocupar un espacio físico entre nosotros, caminando junto a nosotros en nuestra historia cotidiana, sufriendo nuestros mismos dolores, compartiendo nuestras mismas alegrías. Nos ha traído su amor y lo ha hecho carne para que no quede sólo en idea, sino en realidad absolutamente tangible...

Ese Jesús nos ha dicho quién es Dios, cómo es Él con nosotros, hasta dónde es capaz de llegar. Nos ha revelado su misterio más profundo y escondido, aun cuando queda todavía en la penumbra hasta que no haya plenitud en la eternidad junto a Él, cuando vivamos esa condición del amor sublime y sin velos... Jesús nos ha dicho a cada uno: "Mucho gusto... Yo soy Dios. Soy el que te ha creado, el que ha querido revelarse a través de todo lo creado. Pero como he visto que no has sido capaz de descubrirme del todo y algunas veces te has equivocado de ruta, he querido hacerme presente para que ya no tengas necesidad de más nada para conocerme. Mucho gusto... Te doy mi amor entero. Estoy dispuesto a lo que sea con tal de que me conozcas en mi más profunda intimidad. Ya verás de lo que soy capaz de hacer por ti, porque te amo infinitamente, más de lo que tú te puedes imaginar, más de lo que tú mismo te puedes amar, más de lo que te podrá amar nadie sobre la tierra... Quiero hacerme el camino para que llegues a Dios. Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Sin mí no podrás hacer nada... Pero precisamente como te amo, te digo que así como sin mí no puedes hacer nada, conmigo lo puedes hacer todo... Mi amor, mi presencia en ti, te hará invencible en el camino hacia el Padre... Yo soy el Pontífice, el que hace el puente, entre la humanidad y la divinidad... Úsame para que puedas llegar a Él. No me eches a un lado, pues me he hecho hombre para ser tu puente... Te amo infinitamente y doy mi vida por ti..."

Ese Dios tiene la mano tendida hacia nosotros. Se presenta y quiere que nosotros tomemos su mano y nos presentemos también. "Hola Dios... Soy fulanito de tal... Y estoy profundamente necesitado de Ti. Lléname de tu amor"

jueves, 14 de noviembre de 2013

No hagan caso a charlatanes

A los hombres no encanta el misterio. Todo lo que sea oculto, esotérico, misterioso, nos llama la atención. No es extraño que así sea, pues habiendo sido creados por el Dios invisible, siendo sostenidos por Él misteriosamente en su amor, y teniendo como meta vivir en ese misterio totalmente develado a nuestros ojos, todo lo que se refiera a lo oculto ejerce un atractivo sin igual sobre nuestra mente y nuestro corazón... Al haber sido creados por Dios con ansias de eternidad, tendemos naturalmente a lo religioso. En toda la historia de la humanidad conocemos testimonios de la búsqueda insaciable del hombre de aquello que es superior a él, de saber más de eso, de llegar a los límites en los cuales se puede revelar completamente su ocultamiento... Incluso de la búsqueda pretenciosa de "dominar" aquello misterioso y oculto, en una demostración de un "poder" que no se tiene pero que se quiere adquirir a toda costa...

No es ilícito querer conocer de Dios, de su misterio oculto, de su infinitud, de su poder inimaginable. Dios mismo, lo hemos dicho, puso en el hombre esa añoranza. Y nos dio la capacidad de avanzar en su conocimiento, de adentrarnos en su misterio progresivamente, al darnos nuestra inteligencia, nuestra razón. Y más aún, en su designio amoroso a nuestro favor, al crearnos "a su imagen y semejanza", nos regaló la condición espiritual que es esencial para entrar en una "simpatía" -"con el mismo ánimo"-, que nos pone "en la misma onda", nos hace de alguna manera iguales a Él, y con ello nos facilita la comprensión de lo que Él es, aunque sólo sea por aproximación y comparación con nosotros mismos... Esto, evidentemente, siempre quedará en lo insuficiente. Nuestra inteligencia es totalmente limitada, y aun cuando puede avanzar cada vez más y alcanzar a sobrepasar límites insospechados, jamás será capaz de abarcar a lo infinito que es Dios. Y tampoco nuestro espíritu, por sí mismo, podrá hacerlo, pues necesita de la "invasión" de la gracia divina para poder hacerlo... Es necesario que nuestro espíritu sea colocado en la "frecuencia de transmisión" del Espíritu de Dios, de su Sabiduría, para poder hacerlo con éxito...

Por eso el mismo Dios nos aclara que su Sabiduría, "entrando en las almas buenas de cada generación, va haciendo amigos de Dios y profetas". La condición indispensable es de tener "alma buena". Eso significa un alma que sabe cuál es su lugar, que se basa en la humildad de la conciencia de ser infinitamente inferior a Dios, de que su conocimiento no es un logro de la autosuficiencia humana -a pesar de que conocerlo es posible, hasta cierto límite humano- sino de una concesión amorosa de Él mismo, de que es un absurdo la pretensión de "dominar" la esfera de la divinidad con las solas fuerzas humanas que se creen superiores... El alma buena sabe cuál es su lugar y jamás pretenderá someter a la divinidad a su arbitrio...

Esa Sabiduría no es simple riqueza intelectual. Es el espíritu divino que dona la santificación del hombre al entrar en él, haciéndolo más como Dios. Es el regalo que Dios da a cada uno para que se acerque a Él, haciéndolo cada vez más similar, amigo y profeta. Quien es amigo de Dios llega a poseer su mismo espíritu. San Juan de La Cruz decía que a los amigos, "la amistad, o los encuentra iguales, o los hace iguales". Y, en general, la amistad es definida como: "Un cierto compartir bienes". Dios, al hacer amigo suyo al hombre, lo hace igual a Él y le hace compartir su mayor bien, que es su misma vida divina, la gracia... Y además, lo hace profeta, es decir, anunciador de su Reino, de su justicia, de su amor, de su vida, a los demás...No se puede ser amigo de Dios "impunemente". El amigo de Dios se debe hacer su mejor propagandista, en primer lugar con su vida de "alma buena", pues "Dios ama sólo a quien convive con la Sabiduría". Esa vida será la mejor promoción de la misma amistad de Dios, de su absoluta compensación, de la alegría de vivir en Él. Los demás percibirán lo bueno de Dios, viendo lo bueno de Dios en el "alma buena".

Y más que querer dominar el ámbito divino, el verdadero amigo de Dios tiene como su máximo honor y dignidad el ser él el dominado por el mismo Dios... Es absurdo pretender llegar a la altura divina por las propias fuerzas, como queriendo dar una demostración soberbia del propio poder sobre Dios. Son muchos los que lo intentan, demostrando su egocentrismo exacerbado... Y son muchos los que obnubilados por algunos aciertos, absolutamente lógicos, por lo demás, de estos charlatanes del espíritu, se rinden a sus pies maravillados y haciéndose seguidores incondicionales... El mismo Jesús habla contra ellos, cuando hace referencia a quienes anuncian la llegada de su Reino: "Si les dicen que está aquí o está allí, no se vayan detrás. Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día"...

Insiste Jesús en que los hombres vivamos en nuestro interior la presencia del Reino de Dios: "El Reino de Dios está dentro de ustedes". No sucederán las cosas buenas porque lo diga un charlatán. No dominaremos lo bueno porque hagamos los "rituales esotéricos" a los que nos invitan los charlatanes. Nuestra vida no puede estar en las manos de unas aguas, de unos perfumes, de unos colores, de unas velas, de unas piedras... Somos mucho más que eso, como para pensar seriamente que las cosas inanimadas e inferiores a nosotros puedan dominar nuestra vida. Dios nos ha hecho para Él, y si el Reino de Dios está dentro de nosotros, mal podremos pensar que una simple y absurda realidad creada, inanimada e inferior a nosotros mismos, pueda condicionar nuestra realidad, nuestra felicidad, nuestro futuro...

Seamos "almas buenas" que se llenen de la Sabiduría de Dios. Seamos verdaderos amigos suyos, dándole a Él el lugar que le corresponde y a nosotros mismos el nuestro. No dejemos que estos estúpidos charlatanes del espíritu nos envuelvan en su manto de esoterismo, llevándonos a creernos dominadores de lo espiritual o del mismísimo Dios... No demos lugar a los absurdos...

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Presten atención los que gobiernan

Una tentación frecuente de los hombres es la de "borrar" textos de las Escrituras y quedarse sólo con los que les convienen. Existen textos que son verdaderamente incómodos para muchos, y por eso, hacen "como si no existieran". No es jugar limpio eso. La Escritura es integral, como integral es el hombre. Tiene llamadas importantes para la vida espiritual, pero también tiene partes esenciales para la vida cotidiana, material, social. No es honesto quien pretende "manipular" a su favor lo que dice Dios, ocultando buena parte de lo que ha dicho, porque le es incómodo... Lo honesto, lo verdaderamente justo, es dejar decir a Dios lo que debe y dejarse interpelar siempre por ello, pues al fin y al cabo será la norma para una mejor vida integral, aunque sea duro enfrentarse plenamente con la verdad, sobre todo si es en contra de algo que estoy haciendo mal. Dios no dirá jamás nada que pueda dañar al hombre. Al contrario, cuando se trata de exigir lo justo, lo bueno, lo honesto, podemos estar absolutamente seguros que surgirá de Dios, que es la fuente de todo bien. Y, acentuadamente, será más clara su posición cuando se trata de defender al débil, al humilde, al sencillo, al que no tiene quien lo defienda. Dios se coloca decididamente en favor de los más necesitados y oprimidos...

En San Pablo encontramos un llamado al respeto y la veneración por la autoridad... Afirma claramente que "toda autoridad viene de Dios". Es natural que así sea, pues Dios es el origen de todas las cosas. También Dios se encargó de responder a la necesidad de que existiera alguien que dirigiera las sociedades, para asegurar el orden, la paz y la justicia. Por eso, en la vida social debemos aceptar que la existencia de la autoridad es un deseo explícito de Dios. También Pablo nos invita a orar por las autoridades. Es esencial el apoyo que debe dar el pueblo a quien está encargado de ejercer el poder. La oración es el principal de esos apoyos. Pero también cada ciudadano debe entender que su papel en la sociedad debe ser de igual manera reverencialmente cumplido, en todo lo que se refiere al cumplimiento de los deberes, al ejercicio responsable y cívico de los derechos, a la promoción de la paz social, a la exigencia justa de un buen gobierno que asegure el bien para todos sin distinción... En el entramado social, tanto las autoridades como el pueblo tienen papeles fundamentales que deben ser estrictamente llevados adelante. Cuando uno de los dos falla, falla todo el entramado...

En la doctrina de San Pablo sobre la autoridad también está establecida claramente su responsabilidad respecto del bien. La autoridad es "un instrumento de Dios para ayudar a hacer el bien", lo cual implica que el fin que ella debe tener siempre debe apuntar a la búsqueda del bien y a procurarlo para todos... De tal manera es esencial esto, que se deslegitima la autoridad cuando no persigue este objetivo y se pone al servicio de otros intereses bastardos... Cuando se coloca al margen de lo más débiles protegiendo a los más fuertes, cuando usa el poder sólo para beneficio personal, cuando busca su riqueza de cualquier manera sin importar las formas deshonestas, cuando favorece a un grupo de ciudadanos por encima e incluso en contra de otros, cuando excluye de su "servicio" a quienes no lo apoyan, cuando no respeta las leyes en el momento en que no lo favorecen... Son tantas las razones por las cuales se podría deslegitimar el poder... Y es lógico que así sea, pues el que tiene mayor responsabilidad, sin duda, tiene mayores riesgos y debe tener muchas más cosas en mente para poder hacer bien su tarea...

El texto del Libro de la Sabiduría sobre los gobernantes es terrible en las consideraciones sobre el cumplimento justo de su tarea... En primer lugar, de nuevo habla del origen de la autoridad: "El poder les viene del Señor, y el mando del Altísimo". Quiere decir que nadie se puede arrogar a sí mismo el origen de su autoridad. Es una concesión divina, y al ser así, debe cumplirse según lo que Dios quiere. Nadie tiene derecho a traicionar el designio de Dios. Si Él ha establecido la existencia de quien ejerce el servicio de gobierno, es para que se cumpla según lo que Él establece, no según lo que le viene en gana a quien lo recibe. Es traición hacerse del poder que Dios concede, para luego ponerse de espaldas a sus designios... Y esta traición no quedará sin escarmiento. Dios es un Dios celoso y se colocará siempre en favor del pueblo, de los débiles. Si en algo hay que estar claro es en que Dios jamás permitirá que la autoridad quede impune cuando ha faltado a su tarea de servicio a todos, en particular a los más sencillos: "A los poderosos les aguarda un control riguroso"... El favor de Dios con los más humildes es entrañable... Pero la ira de Dios contra los poderosos cuando no cumplen con su deber, es terrible, imponente... No quisiera yo estar en los zapatos de quien no ha cumplido bien con su servicio de autoridad y es traidor a los designios de Dios... "Ustedes no gobernaron rectamente, ni guardaron la ley, ni procedieron según la voluntad de Dios. Repentino y estremecedor vendrá sobre ustedes, porque a los encumbrados los juzga implacablemente"... Esto hace temblar a cualquiera... "Los fuertes sufrirán una fuerte pena..."

Es verdad... Toda autoridad viene de Dios y a ella los pueblos le deben honor y reverencia. Pero esa autoridad existe para ayudar a buscar el bien para todos, sin excepciones ni favoritismos, teniendo a todos en el mismo nivel... Todos debemos apoyar a la autoridad con nuestra oración, el cumplimiento de nuestros deberes y el ejercicio y la exigencia justa de nuestros derechos... Y debemos tener en mente siempre que cuando la autoridad no cumple, particularmente cuando traiciona a los más débiles, Dios mismo sale en defensa de éstos. Y cuando Dios defiende, no hay fuerza contraria que le pueda, por mucho poder que haya recibido. El mismo Dios que ha puesto en sus manos el poder, se lo arrebatará y lo dejará completamente derrotado, a expensas de la justicia que le exigirá por no haber cumplido correctamente. No debe el pueblo jamás sentirse abandonado por el Dios del amor, que se coloca siempre en favor de los últimos. Si hay que exigir al poder, hay que hacerlo. Dios está del lado del débil. Y nadie, ninguna fuerza sobre la tierra, podrá jamás negar este derecho a quien debió haber recibido el favor del poder y no lo hizo... La protesta justa, cívica y pacífica, pero firme e inapelable, es un derecho que Dios mismo nos da. Y en ella, Él sale en primer lugar, encabezando la exigencia justa del cumplimiento de la búsqueda del bien por parte del poder, e incluso, quitándoselo de las manos y dejándolo totalmente derrotado si lo ha traicionado vilmente a Él y al pueblo...

martes, 12 de noviembre de 2013

¿Por qué felicitarte, si hiciste lo que debías?

En general, los hombres somos gentiles en el agradecimiento. Se podría decir que somos tendientes naturalmente a ser agradecidos, cuando vemos que alguien hace bien las cosas, cuando nos hacen un favor, cuando percibimos que se es responsable y se cumple con sus compromisos... No somos mezquinos en eso. Por supuesto que existen también excepciones, cuando alguien se cree merecedor de todos los favores y se ubica a sí mismo en la cresta de la ola, y por supuesto, no agradece nada de lo que se haga. Gracias a Dios, son los menos... Pero de todo hay en la viña del Señor...

En todo caso, es muy significativo que sea el mismo Jesús el que nos ponga en la pista de la comprensión del verdadero sentido del agradecimiento. "¿Tienen ustedes que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado?", nos pregunta Jesús. Y finaliza diciendo: "Cuando ustedes hayan hecho todo lo mandado, digan: Somos unos pobres siervos, no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer". No nos invita Jesús a no ser corteses -muy lejos de Él algo así-, sino a tomar las cosas en su justa dimensión. Se trata de que, por un lado, los responsables asuman sus compromisos con la seriedad y gravedad que implican, sobre todo en lo que se refiere al servicio para el cual han sido designados. Y por el otro, que todos sepan exigir y ser dignos en el momento de recibir las realizaciones de quien está encargado para hacerlas... Es decir, que los que deben servir no crean que están "haciendo un favor" cuando hacen lo que deben hacer, y que los beneficiarios no crean que "se les hace un favor" cuando el que sirve hace lo que debe hacer...

Hoy, tristemente, asistimos a un desenfoque en esta realidad... Los que han sido elegidos para el servicio del gobierno se creen con el derecho de retrasar lo que deben hacer, de no hacerlo, de hacerlo mal, o incluso de servirse ellos casi exclusivamente de lo que hacen... Creen equivocadamente en muchas ocasiones que el haber sido elegidos para dirigir les da patente de corso para hacer lo que les viene en gana, en un evidente mal uso del poder que se les ha conferido, abusando de las facultades que les corresponden y pensando que están incluso por encima de las leyes y de los deberes... Pero también, por otro lado, están los que en vez de exigir al que debe servir el cumplimiento de sus obligaciones, ven las pocas realizaciones que llevan a cabo casi como un favor que hay que agradecer sumisamente. Si en una ciudad, un alcalde pavimenta una calle, se le agradece como si hubiera hecho algo heroico; si la luz no se corta en un día, se le dan las gracias al encargado de asegurar el servicio eléctrico a la población; si llega agua a las tuberías de la casa, se agradece a quien está al frente de los acueductos... Es la perversión total... Quien está al frente se pavonea y envalentona por lo que se le reconoce, y quien es servido se somete más a la autoridad en un evidente desfase de su propia autoestima...

Cristo es muy claro... No se trata de no ser agradecidos, sino de saber qué es lo que hay que agradecer. No se agradece el servicio que se debe cumplir, sino el interés que se ponga en hacerlo, el querer hacerlo cada vez mejor, el procurar que el servicio sea impecable. Y se anima a quien debe recibir el servicio a darse su lugar, a no menospreciarse, a no creer que cuando quien sirve hace lo que debe hacer está haciendo una concesión graciosa y extraordinaria... Nuestra sociedad se está enfermando en una doble dirección. La primera, en la dirección de la sobrestima de quien debe servir, que cree que se le ha dado poder para ser servidos y para poner a todos a su disposición. Y la segunda, en la dirección de la baja estima de quien debe ser servido, quien se cree menos e incluso merecedor de lo malo que venga...

Pero hay una tercera responsabilidad que es muy importante tener en cuenta... La de los que deben inyectar los valores en la sociedad que vemos que se enferma. No podemos seguir asistiendo callados, como testigos mudos, al deterioro de lo que se ha construido con tanto empeño... El desdén de los espectadores no sólo los hace testigos, sino cómplices. Si vemos que el que ejerce el poder se inflama cada vez más en él, creyéndose con todos los derechos, se le debe recordar su papel de servicio. Jesús es muy claro al decir que la autoridad mejor ejercida es la del servicio por amor. La autoridad, en todo caso, está al servicio de la población, y no al revés. Quien ejerce el poder lo debe hacer para buscar el bien superior para la mayoría, cuando no para todos. Si percibimos que está creciendo el descontento por la falta de servicios, debemos procurar que se haga una exigencia cívica de los derechos a los que se debe tener acceso. No es justo que se quiera acallar una protesta cuando es evidente el deterioro y la falta de cumplimiento de quien tiene la responsabilidad de cubrirlos. Tampoco es justo que el descontento se convierta en caldo de cultivo de quien, por un lado, quiere tapar sus faltas con anarquía, o por el otro, de quien quiere aprovecharse de él para sembrar violencia y desbancar al poder...

Hace falta una labor de rescate de la paz cívica. No es posible que quienes vivan los valores y tengan conciencia del tesoro que poseen, se queden sumidos en la indiferencia. En medio de la lucha de los extremos, debe estar quien catalice los ánimos y se ponga al servicio para perseguir la paz y la armonía, buscando que se imponga la justicia y la solidaridad social...

Cuando Cristo dice que no se puede agradecer al siervo que haga lo que tenía que hacer, nos está diciendo a todos lo mismo. A quien ejerce el poder, no se le puede agradecer que sirva. A quien reciba el servicio del poder, no se le puede agradecer que haga su parte exigiendo el servicio. A quien vive los valores, no se le puede agradecer que los siembre y procure que todos los vivan...

lunes, 11 de noviembre de 2013

Si quieres ser libre, perdona

Un tema que es casi tabú entre los cristianos es el del perdón que debemos dar. Nos encanta hablar y saber conscientemente del perdón que Dios nos da, y que está siempre dispuesto a dar. Y estamos conscientes de que la sensación que se vive al recibir el perdón de Dios es insuperable. Es la demostración más íntima de amor que Dios puede darnos, pues sin méritos de nuestra parte, sólo el del arrepentimiento, Dios se derrama enteramente en amor y perdón sobre nosotros. Después de haberlo ofendido, de habernos alejado de Él por nuestra soberbia y nuestro odio, basta que nos acerquemos humildemente a Él, con el arrepentimiento como base, que nos hace añorar estar de nuevo en la casa de Dios, para que Él, sin chistar ni dudarlo un segundo, nos perdone y nos acoja de nuevo en su regazo. Jamás se negará a hacerlo, pues es un Dios de amor y de misericordia. San Bernardo llegó a afirmar que al terminar la creación, Dios "vio que todo era muy bueno" porque al fin tenía a quién perdonar... Es impresionante esta afirmación, pues sugiere que Dios no nos hizo existir sólo para amarnos en lo bueno, sino para amarnos también en lo malo, en lo que nos aleja de Él, en el pecado y, de esa manera, poder manifestar con claridad irrefutable, su amor en la prueba más dura que debe pasar, que es la del perdón...

Por eso, por ser una prueba tan dura al amor, cuando hablamos del perdón que debemos dar los hombres, empezamos a recular... Lo queremos hacer tan racional, que puede llegar a perder el sentido del amor. Para muchos el perdón es casi una operación matemática en la que los resultados deben ser absolutamente racionales y, más aún, siempre a favor nuestro... Si llegáramos a sentir que en algún momento salimos perdiendo en la operación aritmética del perdón, nos lo pensamos dos y tres veces a ver si nos conviene, y normalmente terminamos por decidirnos a no perdonar hasta que no aseguremos esa ganancia...

Por eso Pedro se atrevió a preguntarle a Jesús hasta cuántas veces tenía que perdonar. "¿Hasta siete veces?", le pregunta él a Jesús, como poniendo un límite heroico al perdón... Me imagino a Pedro esperando de Jesús una respuesta absolutamente racional. Según la lógica de Pedro, Jesús ha debido aplaudirlo por estar dispuesto a perdonar ¡hasta siete veces! Quizás Pedro esperaba que Jesús le dijera: "En verdad, en verdad, te digo... Es correcto. Hasta siete veces. Después de la séptima, da rienda suelta a la venganza, y le das su porrazo al ofensor..." Es la respuesta que quisiéramos escuchar todos. No lo neguemos. Está muy lejos nuestra lógica de la de Jesús. Si Cristo hubiera aplicado esta misma lógica nuestra a su perdón, ni siquiera se hubiera planteado subir al cadalso de la Cruz. En ella, Jesús está perdonando una, siete, cien, mil veces, mis pecados, sin negarse jamás... ¡Cuántas veces nos acercamos a la confesión con la frase: "Padre, lo mismo de la otra vez, y de la otra, y de la otra..."! Y lo cierto es que Jesús en la Cruz es el hombre más libre de toda la historia. La Cruz, lejos de ser sólo un ara de sacrificio, fue para Él una plataforma de libertad. Tanto, que Jesús fue capaz de decir desde ella, muriendo en manos de sus asesinos: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". ¡Hace falta ser muy libre para llegar a ese extremo en el perdón! Imagínemonos a Cristo amargado en la Cruz, lamentándose de su suerte y echando pestes contra los que lo estaban matando... La verdad es que la obra redentora no hubiera llegado a su plenitud así...

Por eso, el perdón libera. No existe sensación más placentera que sentirse libre de odios, de rencores, de deseos de venganza, de suspicacias. No los tuvo Cristo en la Cruz. Y así fue el hombre más libre. La libertad no es nada más la ausencia de cadenas físicas. Hay muchos que no tienen cadenas físicas, pero que están encadenados por cadenas espirituales. ¡Cuántos no viven pendientes de encontrarse con quien los ha ofendido para echarles en cara su falta! ¡Cuántos no están "esperando en la bajadita" a quien le ha hecho algún daño, y se gastan la vida en amargarse imaginándose "lo dulce que será la venganza"! ¡Cuántos no están llenos de resquemores, de recuerdos amargos, de heridas que no sanan, de vueltas y vueltas a las ofensas sufridas! Mientras no se liberen de eso, seguirán viviendo en la amargura, seguirán encadenados y como consecuencia jamás serán libres así...

El perdón no sólo hace bien al ofensor... Por supuesto que representa un bien para quien ha ofendido, pues se le quita de sus espaldas un peso que por amor no queremos que cargue más... Evidentemente, será completo el perdón cuando se resarza el daño que se ha procurado. El perdón no está reñido con la justicia. En Dios, "la misericordia vence sobre el juicio", porque en su tribunal los hombres siempre somos ganadores... Pero entre los hombres una ofensa puede haber sido, además, un delito. Para el perdón sacramental se debe cumplir también con la sanción debida por el delito... Pero debe haber perdón siempre... Y, como decíamos, más que un bien al ofensor, el perdón favorece absolutamente al ofendido. Lo libera del peso de la amargura, del recuerdo dañoso, del pensamiento que roe la paz interior. Cuando se perdona, se está poniendo por encima la propia paz interior, más valiosa que el oro fino. Y lo mejor, se está dejando que se exprese el amor que se vive. Poniéndolo a prueba con el perdón debido, lo hacemos acrisolarse haciéndose puro y limpio, sin añadidos desagradables ni escoria que lo empobrezca...

Porque se ama, se perdona. Es el movimiento natural en Dios... Si ponemos el tema del perdón que debemos dar entre los temas "tabú", quizás debamos pensar que nos está faltando amor. La vivencia del verdadero amor hace más fácil el perdón. Amar implica perdonar. Quien no ama de verdad, siempre lo tendrá difícil cuando tenga que perdonar... Siempre estará sacando cuentas antes de perdonar. ¡Qué libertad tan grande saber que perdonas sin cuentas! ¡Qué libertad tan grande cuando sabes que porque perdonas sin pensarlo, tus cuentas de amor se enriquecen y te dan los mejores dividendos! No dejemos que nuestras cuentas se empobrezcan sólo con lo conveniente. Hagámoslas engordar con lo loco del perdón por amor, y seamos plenamente libres en ese amor convertido en perdón...

domingo, 10 de noviembre de 2013

Para ser felices

La existencia del hombre es un verdadero misterio. Buscar su razón última es un verdadero rompedero de cabezas. Podríamos buscar miles de justificaciones para explicar por qué existe el hombre, pero la verdad es que llegar hasta el último escalón de esas razones, nos lleva a un vacío tremendo, si no tomamos el camino correcto... Nada de lo que existe es necesario. Si no estuviera el hombre sobre el mundo, ninguna cosa tendría un sustento racional. Nada lo podría disfrutar conscientemente. No se trata, por supuesto, de hacer caer todo en el nihilismo, que lo echa todo a la nada y pone el final de la historia en un vacío infinito. No... Y esta respuesta negativa es lógica, pues no es posible que saliendo todo de las manos de Dios, no tenga un sentido absolutamente razonable...

Por eso es necesario siempre preguntarse sobre el porqué de nuestra propia existencia. Esta pregunta es la misma que se ha hecho el hombre desde que tiene consciencia de sí mismo. Haya sido por evolución, haya sido por creación, en el momento en que el hombre tuvo consciencia de sí mismo, se hizo la gran pregunta sobre sí mismo: "Quién soy yo? ¿Quién es éste que está pensando? ¿Cuál es el objetivo de mi presencia en este mundo? ¿Para qué estoy aquí  y ahora?"... Y en la búsqueda de la respuesta a estas interrogantes se va la vida de tantos... Todos los sistemas filosóficos e ideológicos, en cierto modo, han nacido para buscar e intentar dar las respuestas necesarias a la gran interrogante. E igualmente, todos los entramados sociales, todas las construcciones económicas, todos los sistemas de poder, se han construido sobre una concepción concreta del hombre surgida de las respuestas que se hayan ido dando al respecto...

Evidentemente, como hemos dicho, no hay una respuesta de necesidad absoluta al porqué de la existencia del hombre. Sólo surge una posible: El hombre existe por un designio amoroso, infinito y eterno, de Dios. No hay otra explicación posible, ni siquiera desde una mente absolutamente acuciosa y científica. No es necesario el hombre. No es necesario nada de lo que existe. Sólo es necesario el que es origen de todo. Y por ello, desde ese origen, que es Dios, únicamente se puede explicar que exista todo lo demás sólo desde su libérrima voluntad todopoderosa. Eso que Él ha hecho que exista no aumenta en nada su gloria, su poder, su omnipresencia... Dios mismo no necesita de nada para ser más. Él es suficiente en sí mismo... Y basta... Pero ha querido que su amor "explotara" hacia todo lo creado. Y lo creó todo para llenarlo de su amor. Y en el medio de todo ha puesto al hombre, dándole lo mejor de ese mismo amor. El hombre es el sujeto privilegiado del amor divino... En efecto, el amor es el último porqué de toda la existencia...

Surge, entonces, la segunda pregunta. No es necesario responder sólo al porqué, sino al para qué... Si existo por un designio de amor de Dios, ¿para qué me ha colocado entonces en el mundo, en el centro? ¿Para qué ha querido Dios traerme a la existencia? Y, en base al amor que es la razón y la causa última de mi existencia, la respuesta tiene que ser consecuente con esa causa... El amor siempre quiere el bien del amado. Todo lo ordena en función de que el sujeto amado sea feliz. Y lo hace todo para que así sea. En el amor de Dios, que es puramente oblativo, de donación y de benevolencia, no puede haber una expresión más pura que la de procurar siempre el bien del amado, y con ello, la búsqueda de su felicidad... Dios nos ha creado por amor y para que seamos felices, en función de su ser puro de amor...

La felicidad es el ámbito de nuestra existencia, es el camino por el que andamos, es la meta hacia la cual nos dirigimos. Esta felicidad es lo que Dios quiere siempre para nosotros. Y es en ese ámbito de felicidad donde tendremos la sensación de que nuestra vida tiene sentido. Por eso, en el hombre existe siempre la añoranza de ser feliz, pues él sabe muy bien que esa es su plenitud... Cuando el hombre no es feliz, siente que todo pierde sentido, que su camino no es el correcto, que es necesario tomar una senda que haga retomar la felicidad...

Entonces surge una tercera pregunta, absolutamente razonable: Si Dios me creó por amor y quiere que yo sea feliz, ¿por qué sufro, por qué la tristeza, el dolor, el sufrimiento, los conflictos? ¿No contradice esta experiencia del dolor lo que debería estar en la base de mi existencia, que es la felicidad? Aparentemente sí... ¡Pero no! La felicidad es un estado interior que no depende de momentos tristes o dolorosos que podamos vivir. Si nuestra conciencia de haber sido llamados a la felicidad reposa sobre la convicción de haber sido creados por amor, no dependerá entonces de factores externos. Dependerá de esa profunda convicción. No se trata de que la felicidad se agote en los "momentos alegres" que podamos vivir, sino en algo mucho más íntimo, más profundo, que va más a la esencia profunda de nuestro ser... La felicidad tiene que ver más con lo interior que con lo exterior. La libertad con la que el amor de Dios nos ha dotado, hace que la "alegría" de los hombres esté siempre en la cuerda floja. Por esa misma libertad, que, repito, es consecuencia del amor infinito de Dios desde el cual nos ha creado, los hombres podemos tomar rutas equivocadas. Y podemos con ello, procurarnos a nosotros mismos tristezas y desgracias, y procurarlas también a los demás... En cierto modo, nuestra libertad, con ser un  regalo del amor, es una arma de doble filo que, usada de manera equivocada, puede traernos muy buenas o muy malas consecuencias... Y allí ni siquiera Dios mismo puede intervenir. Si llegara a querer impedir el uso de nuestra libertad, la misma que Él nos ha regalado, se estaría negando a sí mismo, siendo infiel a su amor...

Entonces, ¿en qué se basa esa felicidad? Se basa, fundamentalmente, en el amor que Dios nos da y por el cual nos ha creado. No en la inexistencia de tristezas, de sufrimientos o de dolores, sino en la certeza de seguir siendo amados, en medio de ellos. Cristo nunca nos prometió que no sufriríamos. Más aún, nos advirtió que en nuestra vida tendríamos sufrimientos y que en ella tendríamos que enfrentar situaciones muy desagradables... Pero lo más grande de su amor se demuestra en que en medio de esos dolores y sufrimientos nos prometió que jamás nos dejaría solos... "Vengan a mí los que están cansados y agobiados, que yo mismo los aliviaré"... Es la promesa que nos da la certeza más sólida que podemos tener de no estar solos en el dolor. Es la certeza de tener esa mano tendida de la cual siempre podremos tomarnos para resistir los embates del sufrimiento, que pretenderá dañarnos... ¡Qué tristeza la del que, en la tristeza, no tiene quién lo tome, quien lo arrulle, quien lo consuele, quien lo alivie! En una situación así, es verdad que la vida pierde todo su sentido. Es por ello que muchos se suicidan, pues no se han tomado de quien les da un sustento, así sea en el dolor. ¡Y qué felicidad la de saber que en medio del dolor, en medio de cualquier sufrimiento, tenemos la mano firme, sólida, suave y amorosa de Jesús, que jamás nos deja solos! ¡Es el mismo Jesús que murió por mí en la Cruz, y que no sólo entregó su vida por amor a mí, sino que se ha quedado para ser el mejor consuelo y el más suave alivio en medio de mis dificultades! No estoy solo en el dolor. Y eso es lo que me hace feliz. Puedo sufrir. Es seguro que alguna vez sufriré. Pero más seguro que eso es que tengo a Jesús, con la mano tendida por amor hacia mí, para que mi vida no se vaya por el desfiladero, sino para que pueda elevarla por encima del dolor, colocándola a su lado, para sentir que aún así, está en la plenitud...