Mostrando las entradas con la etiqueta encarnación. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta encarnación. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de julio de 2021

La carne del hermano es la carne de Cristo

 Trae tu mano y métela en mi costado (Jn 20,19-31)

Las experiencias que viven los apóstoles en la presencia del Salvador, en sus encuentros con Él, que les van dando la idea auténtica sobre quién es Él, sobre la tarea que viene a cumplir asumiendo la misión que le ha encomendado el Padre, que es nada más y nada menos que la restitución del mundo al orden original que existía, abriendo de nuevo la perspectiva de la filiación divina establecida y perdida por el pecado del hombre, pero que ha asumido con el mayor agrado, pues es el fin al que se dirige la humanidad entera por designio divino, ya que es la meta final a la que debe dirigirse. Esta experiencia, siendo paulatina en los años en los que cada uno de los apóstoles fue elegido para formar parte de ese grupo de privilegiados, necesariamente tuvo que ser así, pues era urgente que esas experiencias quedaran bien asentadas en el alma y en el corazón de cada uno de ellos. Así podían tomar en toda su profundidad esa condición de esencialidad. Por ello, Jesús toma con delicadez esta tarea, de modo que sus apóstoles fueran adquiriendo con cada vez mayor solidez también su propia elección. Con ellos había una intencionalidad muy concreta. No eran simplemente unos elegidos fortuitos, sino que sobre ellos descansaría la principal responsabilidad: la de la salvación del hombre y del mundo. No era despreciable, por tanto, todo esfuerzo que se pudiera hacer en función de esa ansiada solidez. El empeño de Jesús es totalmente razonable, pues buscaba que ellos fueran roca firme sobre la cual se asentaba el futuro de la humanidad, y concretamente, el de la Iglesia, el instrumento de salvación que fundaría para su obra salvífica del hombre y del mundo.

Esta toma de conciencia de los apóstoles, siendo paulatina y progresivamente más sólida, se da, principalmente en la convicción de la asunción, por parte del Hijo de Dios, de una carne que lo hace uno más de entre los hombres. Es Dios, y es eternamente Dios. Nunca dejará de serlo pues es su primera naturaleza, pero añade a esa condición la de hombre, lo cual es una ganancia de la experiencia de ese Hijo amado del Padre. Más que un lastre al que decide atarse, es el modo de estar tan cercano al hombre, que pasa a formar parte de él. Ya nunca más podrá separarse de eso. De ahí que en esa condición, desde esa carne humana, invita a toda la humanidad a percatarse de que esa carne sagrada asumida por el Hijo de Dios, es carne también divina que debe ser asumida como esencial en el proceso de salvación. Ese encuentro de Jesús con el apóstol Santo Tomás no es simplemente el encuentro de dos amigos, sino que es el anuncio nuevo de que toda carne, como la del Verbo encarnado, es sagrada. Por ello Jesús se acerca para dejarse tocar, como lo había exigido Tomás. Se trata de tener tanta delicadeza de espíritu que se llega a ser capaz de no quedarse solo en la evidencia de lo que está a la vista, sino en ampliar la mira para descubrir que en esa carne que se toca está cada hombre y cada mujer de la historia. La carne del hermano es la carne de Jesús que se entrega por ellos. Por ello es terreno que debe ser pisado con toda reverencia: "Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: 'Hemos visto al Señor'. Pero él les contestó: 'Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo'. A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: 'Paz a ustedes'. Luego dijo a Tomás: 'Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Contestó Tomás: '¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: '¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto'". La comprensión de esta verdad fundamental de nuestra fe, produce inmediatamente la paz en el corazón de los apóstoles, tal como el regalo de amor que da Jesús a sus creyentes. "Paz a ustedes", es la añoranza de todos los discípulos de Cristo. Es a cada uno a quien nos invita Jesús a rescatar esa paz que nos llena de amor y de serenidad.

Hacia esa meta de paz y de sosiego en Dios, debemos dirigirnos sin dudarlo un instante. Fue esta la clave de lo que vivieron los apóstoles y que supieron transmitir a todos los que se decidían a ser discípulos de Señor. Vivir en la paz y en el sosiego que se da cuando se sabe que se está en la presencia del dador de todos los bienes, el que nos promete el alivio y el consuelo en cada una de nuestras circunstancias vitales, por lo cual no debemos preocuparnos en exceso por el qué se vivirá cada día, pues "a cada día le basta su agobio", aunque sí tengamos el deber de hacer nuestra parte, pues no estamos llamados a la pasividad ni al inmovilismo, debe ser vivida en plenitud. Apuntar a mayores y no quedarnos en lo mínimo. La cantidad de beneficios con los que somos enriquecidos nos deben hacer caer en la cuenta de que nuestro destino es superior a lo que ya estamos viviendo, con toda la carga de alegría y de satisfacción que ya tiene. El crecimiento exponencial de lo bueno, es superior a lo que en ningún momento nos podemos imaginar. Dios no se deja ganar jamás en generosidad. Y nosotros ni siquiera deberíamos intentar encontrar algo mejor, pues nunca lo encontraremos, y del esfuerzo nos quedará solo el cansancio: "Hermanos: Ustedes ya no son extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios. Ustedes están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por Él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por Él también ustedes entran con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu". Es una edificación que tiene las bases más firmes y sólidas que pueden existir. Son los elegidos del Señor, sobre los cuales Él ha hecho descansar el futuro de la humanidad hasta el fin de los tiempos. Ellos son las piedras sobre la que se funda la Iglesia.Y nos indican el camino que debemos seguir todos. Él los ha puesto como nuestro referencial, para que sepamos cuál es el camino que también a nosotros nos toca transitar. Ellos son las piedras sólidas. Nosotros somos sus seguidores, siendo seguidores de Jesús nuestro Maestro y nuestro Salvador. Unidos a ellos, estamos seguros de que estamos unidos a Jesús. Y solo allí tendremos nuestra solidez y nuestro sosiego.

viernes, 11 de junio de 2021

El Corazón de Jesús es fuente inagotable de amor y de vida

 Amazon.com: Sagrado Corazón de Jesús Póster, 13" x 17" – fabricado en  Italia: Home & Kitchen

La Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que celebramos jubilosamente los cristianos todos los meses de Junio, en memoria del signo físico del amor de Jesús por todos nosotros,  es fiesta que descubre, entre otras cosas, una faceta usual de Dios, pero que no ha sido suficientemente evidenciada, aun cuando es una de las que nos toca más íntimamente, pues se trata de un componente que es esencial en nuestra experiencia de fe, que contempla como parte esencial lo emotivo, lo afectivo, sin lo cual nuestra vida en Dios corre el riesgo de hacerse seca e intrascendente en lo que se refiere a experimentar su amor y su ternura divina. Se debe conectar teológicamente con la de la Encarnación y la Navidad, pues nos hace entrar en la realidad corporal de Jesús, al presentarnos a nuestra vista la sede de todos los sentimientos humanos, el corazón del hombre, que es una de las riquezas que aporta la carne de María, elegida para ser sitio de entrada del Hijo de Dios que se hace hombre. No podemos desconectarla de Ella, por cuanto la carne de ese corazón del Hijo de Dios encarnado tiene como único origen la carne de la Madre que se pone en plena disposición en manos del Padre y bajo la acción de su Espíritu divino. No se trata de que contemplemos solo la realidad material de la víscera humana que late y hace llegar la sangre a todo el cuerpo. No puede ser tan reductiva la consideración, por cuanto todas las realidades de la esfera divina, asumiendo la materialidad siempre, apuntan a la realidad superior y misteriosa que está alrededor de Dios. Contemplamos, sin duda, la realidad material del cuerpo total de Jesús, santo y puro, pero debemos elevar nuestra mirada a lo que trasciende. El corazón de Jesús es la fuente de la sangre que nos da la vida, y eso es lo que le da sentido a que lo admiremos como el tesoro para nuestra vida de amor en Dios. Podemos afirmar que el hecho de que ese amor esté entre nosotros como signo indeleble del amor divino, es una muestra más del amor que quiso vivir Jesús como Dios encarnado. A Jesús le gustó ser hombre, y ha asumido amar a todos también con corazón humano. No se contentó con amarnos como Dios, con amor tierno e infinito, sino que quiso vivir la experiencia que ni siquiera Dios mismo había tenido, que era el amar con corazón de hombre. Establece así, una línea clara: Si ha llegado al extremo de hacerse hombre, asumiendo completamente todas las condiciones que requería serlo, lo hace porque quiere hacer continuas demostraciones del amor, es decir, cumplir con su compromiso de amor con toda la humanidad. Y ese amor será paternal, delicado, tierno, comprensivo: "Esto dice el Señor: 'Cuando Israel era joven lo amé y de Egipto llamé a mi hijo. Era yo quien había criado a Efraín, tomándolo en mis brazos; y no reconocieron que yo lo cuidaba. Con lazos humanos los atraje con vínculos de amor. Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas. Me incliné hacia él para darle de comer. Mi corazón está perturbado, se conmueven mis entrañas. No actuaré al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín, porque yo soy Dios, y no hombre; santo en medio de ustedes, y no me dejo llevar por la ira'". Quien creó por amor, no va a permitir que ninguna realidad arrebate de sus manos a quien ama. La promesa de la ternura de Dios hacia la humanidad es eterna y nunca dejará de cumplirse.

De tal manera transforma esta experiencia del amor de Dios en Jesús, que cada hombre que la recibe, la experimenta y la vive, es elevado a una nueva condición, totalmente inédita. Por la obra del Corazón de Jesús entramos en una perspectiva totalmente nueva, que se eleva con mucho por encima de lo que podemos tener a la mano como tangible. La mirada puesta en ese Corazón amoroso del hombre que es Dios, arrebata nuestro propio corazón y lo coloca a su lado, de modo que entra en una nueva dimensión, la del Espíritu de Dios, Espíritu de amor y de consuelo infinito. La experiencia del amor de Jesús, representada en su Sagrado Corazón, nos invita a vivir el mismo sentimiento hacia Él. No puede quedar indiferente el hombre que prueba las maravillas y las dulzuras de ese amor. Es como entrar en el ámbito nuevo que da todas las compensaciones que necesitamos, por cuanto hemos sido creados en él y para él. Es cierto que no faltarán las ocasiones en que podamos llegar a dudar de la realidad de ese amor. Los avatares de la vida pueden llegar a hacernos incapaces de sostener totalmente nuestra convicción de amor. Pero en la base debe estar siempre presente la convicción más profunda de que nunca, ni en la fortuna ni en el dolor, Dios y su amor dejan de estar presentes. Aunque realmente se nos haga difícil poder lograrlo, nunca debemos cejar en el empeño de conservarlo, pues es nuestro derecho, el que nos ha dado nuestro Creador de amor: "Mediante la Iglesia, los principados y potestades celestes conocen ahora la multiforme sabiduría de Dios, según el designio eterno, realizado en Cristo, Señor nuestro, por quien tenemos libre y confiado acceso a Dios por la fe en Él. Por eso doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, pidiéndole que les conceda a ustedes, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su Espíritu en su hombre interior; que Cristo habite por la fe en sus corazones; que el amor sea su raíz y su cimiento; de modo que así, con todos los santos, logren abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento. Así llegará a su plenitud, según la plenitud total de Dios". No se trata de una simple convicción intelectual, sino de una experiencia vital real, que da base y fundamento a lo que creemos y vivimos.

De ahí que ponernos delante de ese misterio profundo de amor es la base de cualquiera de nuestras seguridades. En la Cruz, elevando nuestros ojos para ver al que atravesaron, confirmamos ese misterio absoluto del amor. El soldado atraviesa el costado de Jesús y desgarra su corazón, como queriendo decirnos a todos que hasta lo más íntimo de ese que está muerto en Cruz, ha sido donado. Nos ha dejado el mejor regalo de su amor, entregando su Cuerpo y su Sangre y regalándolos para que actualicemos sus efectos en nosotros -"cada vez que comamos de este pan y bebamos de este cáliz"-, pero va más allá, por cuanto nos deja la posibilidad de admirar concreta y materialmente ese amor hecho total realidad cuando vemos a ese Corazón que solo tiene latidos de amor por nosotros. La víscera de Jesús no es solo el órgano que hace llegar la sangre humana a todo su cuerpo, sino que es la fuente del amor y de la ternura de Dios. Es la fuente de la vida, pues al "manar sangre y agua" del Corazón de Cristo, se abren las puertas para que los canales de la Gracia divina, los sacramentos, sean fuente de vida que nos renueve y nos consolide en el camino que avanzamos. Esa vida de Gracia, que surge del costado abierto de Jesús y de la fuente inagotable de su corazón, la tenemos asegurada, pues nunca dejará de manar. Se derramará hasta el fin de los tiempos y no existe ya manera de detenerla. Es una cascada que no tiene fin, pues Dios nunca se acaba: "Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con Él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también ustedes crean. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: 'No le quebrarán un hueso'; y en otro lugar la Escritura dice: 'Mirarán al que traspasaron'". El Sagrado Corazón de Jesús es fuente inagotable de amor, de vida, de Gracia. Desde que fue traspasado se convirtió en el manantial que nos impulsa a vivir en el amor, a responder a ese mismo amor, y a ser testimonios de ese amor que nunca se acabará, pues viene de Dios. Y Dios nunca pasa.

jueves, 25 de marzo de 2021

La Encarnación en el seno de María es el inicio del rescate del hombre

 Imágenes de Anunciación de María | La anunciacion de maria, Imagen virgen  maria, La anunciacion

Dios es responsable y fiel cumplidor de su palabra. Nunca deja de cumplir lo que promete, pues su palabra es veraz. Su palabra es verdadera y creadora. Cuando pronuncia, crea, hace existir, trae a la vida. Cuando el hombre y la mujer pecaron, sintió la frustración por la traición de sus seres amados, pero desde ese mismo amor que tenía por ellos, prometió no dejarlos al arbitrio del demonio ni del mal. Con la misma determinación con la que creó todo lo existente y con la que puso en medio al hombre como su criatura predilecta, ofreció el rescate enfrentándose al mal, anunciando su acción futura en la que vencerá al demonio para que triunfara el amor y la vida. Dice al demonio: "Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Un descendiente de Ella te pisará la cabeza, mientras tú lo hieres en el talón". En el desarrollo de la historia humana, se dio siempre el enfrentamiento entre el bien y el mal. Hubo hombres que se alinearon con Dios, siendo fieles a su voluntad, siguiendo su camino, viviendo el bien y procurándolo para sí mismos y para los demás, tratando de lograr un mundo mejor para todos. Pero hubo también quienes se dejaron conquistar por el mal, haciendo lo contrario de lo que quería Dios, haciéndolo ausente de sus vidas y sirviéndose a sí mismos o a los ídolos que se iban construyendo, creando una sociedad de enemigos y adversarios, muy lejos del ideal de fraternidad que estaba diseñado originalmente. Esa historia llegó a su punto culminante cuando arribó al momento del cumplimiento de la promesa: "En la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley". El Dios fiel y veraz vio el tiempo cumplido para llevar adelante su promesa.

En esta historia hermosa que nos acerca los hechos que certifican nuestra salvación, la figura de nuestra Madre María es fundamental. Algunos podrán pretender despreciar la figura de la Virgen, pero nunca podrán negar la centralidad de su papel importante para el periplo que inicia Dios en su búsqueda de rescatar al hombre que se había perdido por su pecado. El Fiat -"Hágase"- de María, es el Fiat de toda la humanidad que añora ser rescatada. Esa sencilla y núbil jovencita, amante de Dios y de la ley, israelita cabal que esperaba la venida del Salvador, recibe la visita del Ángel y le es anunciada su elección como la Madre del Redentor. Su fe, su humildad, su disponibilidad son puestas a tope en función de lo que le pedía el Ángel. No es constreñida a aceptar, sino que es esperada su aprobación para dar el paso más gigantesco que puede vivir la humanidad, al poder recibir a Dios como huésped, haciéndose carne en el vientre más limpio y puro que había sobre el mundo. Ella, naturalmente, sorprendida por la propuesta quiere detalles: "¿Cómo será esto si no conozco varón?" No es una oposición a la propuesta, sino el natural deseo de conocer mejor los hechos que se darán en Ella. Y al confirmar su voluntad de aceptar la propuesta, su "Hágase en mí según tu palabra", abrió las puertas del cielo, permitiendo el baño de gracia, de amor, de paz y de justicia, que se derramaría sobre el hombre y sobre el mundo. Por ello la llamamos con propiedad "Puerta del cielo", pues Ella abre esas puertas para que se derrame el Verbo en el mundo. Y luego, para que por su mediación por nosotros -"Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte"- podamos encontrar esas puertas abiertas para vivir la felicidad absoluta e inmutable en nuestro futuro de eternidad.

La aceptación de María, desde su absoluta disponibilidad ante Dios, habiendo sido elegida desde la eternidad para ser la Madre del Redentor, y habiendo sido también preparada como Nueva Arca de la Alianza, inaugura el tiempo del cumplimiento de la promesa divina. Ella, la Inmaculada Concepción, fue purificada anticipadamente por el poder y el amor de Dios para dar hogar al Verbo que venía a encarnarse. Se ha convertido en el sitio más sagrado sobre el mundo para dar acogida nada más y nada menos que a toda la gloria divina en el Verbo eterno que se hace carne en Ella. El Hijo de Dios toma carne humana de Ella para asumir la naturaleza a la que viene a rescatar. Dios consideró que ese era el camino correcto para realizar su rescate desde dentro mismo de la humanidad que venía a salvar. La ofensa del pecado tenía que ser restañada por uno de la misma naturaleza del que la cometió, y que a su vez tenía el poder de hacerlo. "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". Y así lo afirma el autor de la Carta a los Hebreos: "Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre". María da cuerpo al Verbo para que realice su obra de redención. No es posible menospreciar su intervención en nuestra historia de salvación. Ella no la realiza, pero sí la hace posible con su amor a Dios, con su humildad, con su obediencia, con su disponibilidad: "El ángel, entrando en su presencia, dijo: 'Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo'. Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: 'No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin'". La anunciación y la aceptación de María dan paso a la Encarnación del Verbo. Y se da inicio a esa renovación total de la creación que realiza el Hijo de Dios por encargo del Padre. Y María es el instrumento principal del que se vale Dios para empezar esta obra, la más grande que viene a realizar el Hijo, que supera infinitamente a la primera creación. Esta segunda creación, la de la Redención, nos hace elevarnos al máximo en el amor de Dios. Y ha sido posible gracias al Sí de aquella jovencita de Nazaret, humilde y sencilla, que se hizo inmensa a los ojos de Dios y se convierte para todos nosotros en Causa de Nuestra Alegría, pues nos ha hecho posible la presencia del Dios que ha venido a salvarnos.

domingo, 14 de marzo de 2021

Solo por amor Dios nos entrega a su Hijo para salvarnos

 PASTORAL ABISAL: TANTO AMÓ DIOS AL MUNDO...

En opinión muy personal, la frase que resume perfectamente la obra de Dios, su actitud ante el pecado del hombre, su misericordia infinita por encima del escarmiento debido por la traición al amor en la que había incurrido el hombre, es aquella con la que resume idealmente el mismo Jesús lo que Dios se ha atrevido a hacer en favor del hombre pecador: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". La historia del pueblo Israel en referencia a su relación con Dios es un compendio de desaciertos. Desde el pecado de Adán y Eva el camino se hizo tortuoso y pesado, pues era el camino sin Dios, en la vanidad y en el egoísmo extremo, en la búsqueda de regalos para exacerbar su individualismo, pretendiendo vivir sin referencias externas que los llamaran a algo distinto, algo que los elevara en vivencia personal, que los hiciera más y mejores hombres, que profundizara su experiencia comunitaria para vivir como verdaderos hermanos. El egoísmo radical los alejó de tal modo de Dios y de los hermanos que el panorama se oscureció totalmente y ante ellos se presentó solo un abismo de destrucción total. Ante esta elección de los hombres, a Dios no le quedó más remedio que, aceptando ese mal uso de la libertad que Él les había otorgado, asistir a la debacle que empezó a vivir como pueblo, siendo expulsados de la tierra bendecida, obligados a adorar ídolos extranjeros, prácticamente esclavizados de nuevo, viviendo una experiencia similar a la que habían vivido en Egipto. Los imperios poderosos de los alrededores se cebaron con Israel y lo subyugaron totalmente. El exilio babilónico, primero, y el persa, después, rememoraron la experiencia de esclavitud anterior de la cual Dios se había encargado de liberarlos. Y es un extranjero, Ciro, Rey de Persia, quien movido por Dios, se conduele de la experiencia espiritual de Israel, y les permite volver a la ciudad santa, e incluso reconstruir el templo como centro de la fe judía y restaurar así el contacto con Dios. Yahvé, habiendo sido testigo de la debacle que el mismo Israel se procuraba por su desprecio a Él, es quien hace posible que se rescate la experiencia de pueblo y la expresión religiosa en la relación con Él.

El amor de Dios por su pueblo elegido no le permitía quedarse de brazos cruzados, y siendo el Dios todopoderoso y lleno de amor por Israel, logra que las aguas vayan volviendo paulatinamente a su cauce. La culminación de esta accidentada historia que se desarrolla con el pueblo elegido llega con el envío de su Hijo al mundo. El rescate debe ser total, y solo Dios mismo es capaz de llevarlo adelante. La traición del hombre y del pueblo es tan brutal y de tal magnitud, que solo el ofendido, en este caso Dios mismo, es quien puede lograr la satisfacción por su obra de tan grande afrenta. El mal que se ha procurado el hombre, ofendiendo a Dios, traicionando su amor y enemistándose con su familia humana, solo podía ser restañado por una obra del mismo Dios ofendido. El envío del Hijo no es otra cosa que el reflejo claro de lo que es Dios en sí mismo: amor y misericordia. Siendo incapaz el hombre de restaurar lo dañado, el amor de Dios hace su parte, enviando al Hijo para que haga la labor que correspondería al hombre. El Hijo de Dios se encarna, se hace hombre, para, como hombre, realizar la tarea que corresponde a la humanidad para ser rescatada: "Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia están ustedes salvados–, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con Él. Así muestra a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque ustedes están salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a ustedes, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que Él nos asignó para que las practicásemos". Nuestra compensación por haber sido perdonados y salvados será dedicarnos a las buenas obras con el corazón. Será responder al amor de Dios con todo nuestro ser y vivir la fraternidad con sentido amoroso y solidario.

El periplo a seguir es muy claro. Se trata de aceptar y de vivir ese rescate que Dios ha realizado a través de su Hijo enviado por amor, de modo que entendamos la altura en la que nos coloca. Dios no hace su parte por otra motivación distinta que la del amor. Ninguno de nosotros es necesario para Él. No le agregamos ni gloria, ni poder, ni tamaño, ni sabiduría. Existimos solo por un decreto totalmente gratuito de su amor. Pero eso no implica que no esté comprometido con nosotros. El amor con el que nos ha creado ya lo compromete en sí mismo y Él nunca dejará de honrar su compromiso. El amor nunca desaparece, así como nunca desaparecerá Dios. Por eso, nuestra certeza absoluta es que siempre estará a nuestro lado favoreciéndonos y haciendo siempre lo necesario para tenernos con Él. El auténtico amor nunca abandona y siempre está sustentando al amado. Así hace Dios con nosotros: "Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios". De esta manera, estamos llamados a dar respuesta a ese amor infinito. No podemos vivir impunemente ese amor que sabemos que Dios nos tiene y que nos lo ha hecho patente en el Hijo que muere y resucita por nosotros. Nuestra respuesta debe ser similar. Debe ser de amor a Dios y a los hermanos, de entrega, de buenas obras, de vida en fraternidad y solidaridad. Es la vida de los rescatados y salvados. Debemos vivir como salvados, conscientes del gran amor que Dios nos tiene.

viernes, 19 de junio de 2020

A Dios le gustó amarnos con corazón humano en Jesús

Entronización al Sagrado Corazón de Jesús – Devoción al Sagrado ...

Entre las "riquezas" que pudimos aportar los hombres a Dios, si es que le pudimos haber aportado alguna, es la de tener corazón. Dios es espíritu puro, por lo tanto en lo más puro de su naturaleza no tiene carne, pues para Él la carne representaría más bien una limitación al haber ella surgido de sus manos creadoras y estar atada a la existencia en el tiempo y en el espacio. Su amor divino, que es eterno e infinito, existió desde siempre, desde toda la eternidad, y existirá para siempre. No desaparecerá jamás pues es su esencia y le da su identidad profunda. Lo afirma San Juan en su Primera Carta: "Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él". Está claro que Dios no empezó a amar en la encarnación de Cristo, que fue cuando empezó a tener carne humana, pues amó desde siempre en su existencia eterna, pero sí hizo que su amor pasara a formar parte de la vida de sus criaturas preferidas, los hombres. Cuando decretó la existencia de los hombres "a nuestra imagen y semejanza", colocó en ellos esa capacidad natural que existía en Él, que es la de amar. El don más valioso que Dios daba al hombre era esa capacidad de su amor, pues en ella iba Él mismo. Si Dios es amor, haber creado al hombre con la capacidad de amar es haberle regalado su misma esencia. El hombre, así, era algo parecido a Dios, una especie de dios menor, por cuanto compartía en el amor algo de la esencia divina. El corazón humano ha sido tradicionalmente considerado la sede de los sentimientos. El hombre, según eso, ama con el corazón. Un hombre sin corazón, así lo entendemos, es un hombre que no es capaz de amar. Es, sin duda, un reduccionismo romántico esta fijación del amor en el corazón del hombre, pues la realidad es que el amor es un movimiento de todo el ser. El amor no es solo idealismo o romanticismo. El amor es una decisión activa y comprometedora, en cuanto es el hombre entero el que tiende con todo su ser a vivir ese amor y a vivirlo de acuerdo a lo que él implica. El amor lanza hacia el amado, impulsa a buscar su bien, compromete en la búsqueda de su felicidad. Y en eso está implicado todo el hombre. El corazón es una víscera del cuerpo, por lo que no podemos reducir el amor a algo solo visceral. Con todo, siendo un reduccionismo, no está mal que lo ubiquemos concretamente en el corazón, por cuanto necesitamos tener algo específico a lo cual referirnos cuando hablamos del amor.

Siguiendo esta línea de razonamiento, podríamos agregar que, en cierto modo, esa riqueza que Dios ha obtenido de los hombres haciéndose de un corazón humano en Jesús, es consecuencia de un "aprendizaje" que Él quiso hacer desde nosotros. Desde toda la eternidad Dios nos amó a lo divino. En la encarnación obtuvo un corazón humano, el de Cristo, nacido de la Virgen María, y desde ese momento "aprendió" como nosotros a amar con corazón humano. Dios, que no tenía hasta ese momento de la historia corazón de carne, empezó a tenerlo, y tuvo que "aprender" de José y de María a amar también con ese corazón que estaba estrenando. Aquel amor divino que en sí mismo era infinito y eterno, pues era Él mismo, al entrar a formar parte integrante y activa de la historia humana como uno más de entre nosotros, se convirtió en el amor humano de Dios, que se hizo aún más cercano y asequible para cada uno de nosotros. Así hizo más sencillo para nosotros el vivir en el amor, pues lo puso a nuestra vista no desde la inmensidad de su trascendencia infinita e inalcanzable, sino desde ese corazón humano del Dios que se había hecho hombre como uno más de nosotros. De esta manera, entendimos que el amor que nos pide Jesús que tengamos en nuestro corazón es el mismo que Él nos tiene. Por eso el mismo Jesús transformó la medida del amor del mandamiento. Antes era: "Ama a tu prójimo como a ti mismo", pues la referencia más cercana que poseíamos del amor mayor era el del que teníamos más a la mano, que era el amor a nosotros mismos. Con su encarnación ya teníamos a la mano su amor como referencia humana: "Ámense los unos a los otros como Yo los he amado". Es el amor divino hecho humano, por lo tanto ya convertido en una referencia posible para nosotros, y más cercana. Aquel amor humano del Dios que se hizo hombre lo entendemos mejor. Por ello sabemos que nuestro amor debe ser como el del Jesús que ama con amor compadecido a la viuda de Naím que ha perdido a su hijo, que ama con amor henchido de ternura a la anciana que echa en el cepillo del templo las últimas monedas que le quedaban para sobrevivir, que ama con amor misericordioso a la adúltera que le es presentada para ser juzgada y lapidada, que ama con amor piadoso a la mujer que se lanza llorando a sus pies y los limpia con sus lágrimas en la casa de Simón el Fariseo, que ama con amor salvífico a Zaqueo trepado al árbol para poderlo ver mejor cuando pasa, que ama con amor comprensivo a Nicodemo que se acerca escondido y de noche a hablar con Él, que ama con amor fraterno a Marta cuando le reclama por la muerte de su hermano Lázaro...

En toda esa gama de amores Jesús, Dios encarnado, se sintió cómodo. Evidentemente las había tenido siempre en su experiencia personal como Dios. Pero en su experiencia como hombre eran totalmente nuevas para Él. Y le gustó tenerlas. Las disfrutó y las vivió con intensidad. Y porque fueron tan agradables y compensadoras para Él, deseó que también nosotros las tuviéramos para vivir esa compensación infinita del amor divino hecho humano. Amar como Jesús amó nos hace amar como Dios amó humanamente. Incluso en el amor más radical e inobjetable como el de su entrega a la muerte en la Cruz. "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados". El Hijo aceptó esta encomienda del Padre porque nos amaba infinitamente. Y esa misma fue su total compensación. Su corazón nos amó de tal modo que sintió inmensa alegría al hacerlo. Y está plenamente consciente de que esa será también nuestra alegría. Por eso, al haberlo entendido, San Juan nos invita a hacer lo mismo: "Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud". Nuestra dicha plena estará en lo mismo que vivió Jesús: "En esto conocemos el amor: en que Él entregó su vida por nosotros; también nosotros debemos entregar nuestras vidas por los hermanos". Es de tal manera compensadora esta experiencia del amor humano de Dios, que habiéndola vivido Jesús en sí mismo, nos ofrece no solo su testimonio para poderlo seguir, sino su apoyo para que no tengamos desilusiones ni cansancio al hacerlo: "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera". Esa oferta es eterna en el tiempo. Nunca dejará de estar Jesús con la mano tendida hacia nosotros, pues habiéndolo experimentado Él en su propio corazón humano, quiere que la tengamos cada uno de nosotros en nuestro propio corazón: "Él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones".

lunes, 1 de junio de 2020

Qué hermoso es tener una Madre como María

Íbero-Mormonidades: Tradición 1 - ¿Quién fue el discípulo que se ...

En la teología cristiana, la figura de la Virgen María ha ido agigantándose cada vez más, adquiriendo la importancia que tiene en la historia de la salvación, que ha ido siendo aceptada incluso por aquellos que la adversaban más enconadamente. Bien es sabido que la Palabra de Dios es tremendamente simbólica y figurativa, por lo cual en ella se debe siempre saber escudriñar pues es un tesoro inacabable del cual siempre se pueden obtener riquezas inmensas. Un equipo teológico interconfesional conformado por católicos, ortodoxos y protestantes, miembros todos de iglesias históricas, que ha sido creado para profundizar en estas verdades conflictivas de la fe, y que entre ellas ha estudiado la figura de María en la historia de la salvación, presente incluso de modo profético en las Escrituras del Antiguo Testamento, ha concluido que no se puede negar el papel preponderante de la Virgen en esa historia, y que ha estado presente prácticamente desde el inicio, cuando fue anunciada la verdad de la Redención en el protoevangelio (primer evangelio): "Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza, cuando tú la hieras en el talón". Esa descendencia de la mujer es Jesús, quien aplastará la cabeza de la serpiente. Y esa mujer, evidentemente, es María. Elegida desde la eternidad para hacer posible el paso más gigantesco que puede haber dado la historia de la humanidad, cuando recibe entre sus actores a Dios mismo, encarnado en su vientre gracias a su absoluta disponibilidad, fue cubierta por ese amor misericordioso e infinito de Dios que la eligió para ser la Madre de su Hijo. Su figura es la del Arca de la Alianza que contuvo siempre la Palabra de Dios en su interior durante todos los avatares de Israel, el pueblo elegido. María es la Nueva Arca de la Alianza pues contiene a quien es la Palabra, el Verbo eterno de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Así como aquella Arca del Antiguo Testamento fue construida con el material más noble y puro y como fue preservada pues no podía ser abierta sino solo por el Sumo Sacerdote, también María, al ser cumplimiento de aquella antigua figura, fue hecha con material noble y puro y solo fue "invadida" por Dios mismo, figurado por el Sumo Sacerdote. De allí que se puede concluir con absoluta certeza de fe que María fue preservada del pecado, pues es impropio de Dios habitar en un sitio impuro, y también, como el Arca, se mantuvo siempre virgen, inviolada, entrando en Ella solo Dios. Por eso, además, es la Madre de Dios, pues desde su seno, el hombre que era Dios vio la luz del mundo. Toda mujer que da a luz es madre, por lo tanto, la mujer que da a luz al hombre que es Dios, es la Madre de Dios.

María es, en efecto, la Madre de Jesús, Dios hecho hombre. Es quien con su Sí maravilloso hace posible que el cielo irrumpa en la tierra: "Aquí está la esclava del Señor. Que se cumpla en mí según tu palabra". Por eso la llamamos Puerta del Cielo. No es un personaje divino. Es necesario siempre evitar la divinización de la criatura. Aun cuando Ella es personaje fundamental en esta historia de salvación, no es causa de redención ni de salvación. Ese es el papel que le corresponde a su Hijo. Ella facilita las cosas cuando se pone en plena disponibilidad en las manos del Creador. Su intervención es instrumental, pero es en esa instrumentalidad un elemento activo y voluntario en toda la historia, que utiliza Dios para llevar adelante su obra redentora. Por eso mismo es perfecta intercesora, pues su instrumentalidad no es de ninguna manera pura pasividad. Lo vemos claro cuando acude en apoyo a su prima Isabel a la que tiende la mano ya como aquella que es portadora de Dios: "Cómo es que viene a mí la Madre de mi Señor". O como cuando en las Bodas de Caná intercede por los jóvenes esposos que pasan por el apuro del agotamiento del vino de la fiesta y se acerca a Jesús para presentarle la necesidad por la que están pasando: "No tienen vino... Hagan lo que Él les diga". Esa maternidad de María es, sin duda, maternidad de amor, que está siempre pendiente de las necesidades de los que están cubiertos por el amor de su Hijo y que los viene a salvar y a ayudar y consolar en sus situaciones diversas. Al dar a luz a su Hijo, da a luz, en cierta manera, a todos los que estarán unidos esencialmente a Él, en ese cuerpo místico que será su Iglesia, la continuadora de su obra salvadora en la historia. Así lo afirma San Pablo: "Él es también la cabeza del cuerpo que es la Iglesia; y Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, a fin de que Él tenga en todo la primacía". Cuando María da a luz a la cabeza, da a luz a todo el cuerpo. Por ello, María, por ser la Madre de Cristo, es Madre de todo su cuerpo, es decir, es Madre de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Esta maternidad de María no es una afirmación caprichosa de la teología cristiana, sino una consecuencia completamente lógica de toda la reflexión que se ha podido hacer sobre su figura, que no ha sido siempre muy serena, pero que se ha ido aclarando sólidamente. Existe un libro con un título muy sugerente, que denota todos los tumbos que ha ido dando la mariología como ciencia cristiana: "Nuestra Señora de los Herejes". En la búsqueda de aclarar teológicamente la figura de Jesús, la reflexión sobre el papel de María está también paralelamente siempre sobre el tapete. Y así como los teólogos de la historia han cometido graves errores en la consideración de la figura de Jesús, han arrastrado también a María en esas reflexiones. Hoy, con la bendición y la iluminación de Dios, esas consideraciones han ido mejor encaminadas y podemos decir que tenemos una idea clara sobre quién es Jesús y quién es María.

Ella, en el momento culminante de la obra redentora de su Hijo, cuando cumple ya la encomienda del Padre, está a los pies de la cruz de Jesús. "Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena". No podía la Madre dejar de estar con su Hijo en el momento de mayor dolor y de mayor densidad de salvación. Si estuvo presente en el inicio de toda la obra, tenía que estar también presente en el momento de su culminación. Presencia la muerte de su Hijo, dolorosa para Ella en extremo, como le había sido profetizado: "A ti, una espada te atravesará el corazón". Podemos imaginarnos el dolor de la Madre que presencia la agonía y la muerte de su Hijo. Y luego recibe Ella en primer lugar el baño de aquella sangre y agua que surge de aquel corazón traspasado por la lanza del soldado, que es signo de estar traspasado de amor hasta el derramamiento de la sangre: "Uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua". Esa sangre y agua son signo de la gracia que Jesús derrama sobre el mundo. Es otro momento de la constitución de la Iglesia también allí, pues ella es instrumento y canal de la gracia para todos los hombres. Y en ese momento no podía dejar de estar presente María. Desde la cruz, su Hijo Jesús, confirma esa maternidad espiritual sobre todos los hombres, representados en Juan, el discípulo amado: "Dijo a su madre: 'Mujer, ahí tienes a tu hijo'. Luego, dijo al discípulo: 'Ahí tienes a tu madre'". No la deja a Ella sola, ni nos deja a nosotros, todos los hombres de la historia, solos. Nos regala a su propia Madre. Es el regalo más entrañable que hemos podido recibir en toda nuestra existencia. Ella vive luego la alegría inmensa de la resurrección, por lo cual se asienta mejor en su conciencia de que su Hijo se erigía en el verdadero Mesías Redentor, que no podía ser vencido ni por la muerte ni por la oscuridad. Y luego de aquella inmensa alegría vivida por la victoria de su Hijo, junto al grupo de apóstoles obedece a su Hijo en la espera del envío del Espíritu Santificador. "Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos". Ella se unía a todos en la espera del regalo hermoso de Jesús. Y al estar presente en el momento glorioso del nacimiento oficial de la Iglesia, pues recibe allí a su alma, el Espíritu Santo, en Pentecostés se oficializa también la maternidad de María, como Madre de la Iglesia. Ella es Madre de la Iglesia por haber dado a luz a su cabeza, por haber sido donada por Jesús como Madre de cada hombre de la historia, por haber recibido el baño de la sangre y del agua signos de los sacramentos de la Iglesia, y por haber estado presente en el día de Pentecostés en la venida del Espíritu Santo, cuando la Iglesia es ya presentada formalmente al mundo como la continuadora y consolidadora de la obra de redención de los hombres. María es nuestra Madre, es Madre tuya y mía. Es el corazón femenino de Dios que, al ser la Madre del Amor Hermoso, Jesús, se hace cargo de ti y de mí, y nos toma de su mano maternal, suave y amorosa, y nos lleva siempre a la presencia de su Hijo para que recibamos todos su amor.

domingo, 24 de mayo de 2020

"Dios se hizo hombre, para que el hombre se hiciera Dios". San Agustín

Jesús regresa al cielo (La ascensión de Jesús) | Lecciones de la ...

El itinerario terrenal de Jesús tiene su punto culminante en el momento central del cumplimiento de su obra redentora, en su pasión, muerte y resurrección, que conocemos como Triduo Pascual. Todo lo anterior, incluyendo toda la historia del Antiguo Testamento con lo que ella implica de elección, de alianzas, de liberación, de anuncios, de prefiguraciones, apuntaba a este momento en el que se lograba la victoria de la Vida sobre la muerte. Jesús es quien alcanza este punto culminante. La historia no ha tenido en todo lo anterior un momento tan denso. La presencia inobjetable de Dios en él, en el que el ofrecimiento del Hijo hace posible la satisfacción plena que se debía al Padre por la ofensa infinita que había recibido cuando el hombre decidió dar la espalda a su amor, en el que el Padre recibe el espíritu del Hijo puesto totalmente a su disposición desde la Cruz, cuando estaba rindiendo su vida en favor de la humanidad, en el que la vida escapa totalmente de aquel hombre que era Dios y que luego es colocado en la soledad fría del sepulcro, en el que el resurgir victorioso de esa vida arrebatada declaraba la derrota total del mal y de la muerte, lo convierte en la cima de la historia. Es la plenitud de los tiempos, cuando Dios realiza la obra más importante en favor de los hombres, cuando hace que ese momento alcance su zenit por cuanto es el de mayor derramamiento imaginable de amor sobre el hombre para hacer su corazón plenamente digno de recibir la demostración más fehaciente de misericordia, de piedad, de paciencia divinas. No hay en toda la historia de la humanidad un momento que produzca una más profunda transformación esencial en cada hombre. Dios, con sus manos amorosas, arranca del pecho de todos los hombres aquel corazón que había quedado convertido en piedra por el poder del pecado, y colocaba en su lugar un corazón de carne que fuera capaz de ser arrebatado por el amor. El amor de Dios llenaba el corazón de los hombres y lo hacía capaz de responder con un amor similar. Esa obra quedaba completamente cumplida. La voluntad del Padre estaba satisfecha plenamente. La finalidad de la encarnación del Verbo estaba cumplida totalmente. El periplo terreno del Hijo llegaba a su fin, por cuanto había cumplido la misión que le había sido encomendada. Tocaba ya regresar a su situación de normalidad. Lo extraordinario ya había pasado. "Todo está consumado". El ciclo debía ser cerrado: "Como descienden de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelven allá sino que riegan la tierra, haciéndola producir y germinar, dando semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía sin haber realizado lo que deseo, y logrado el propósito para el cual la envié". Es la voz del Padre el que sentencia este fin.

Esa transformación radical del hombre es, de esta manera, una realidad ya definitiva. El hombre no es el mismo que era antes de Cristo. La Redención lo ha recreado de nuevo y lo ha elevado a una condición absolutamente distinta. La encarnación del Verbo no había logrado solo su rebajamiento total, como segunda Persona de la Santísima Trinidad, que "a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos", sino que tomó a la humanidad consigo, elevándola a su condición divina. De alguna manera se dio un intercambio de condiciones que hizo posible la asunción de la tarea que debía ser realizada y que apuntó a atisbar la meta a la que se quería arribar. La humanización de Dios apuntaba a la divinización del hombre. "Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios", apuntó San Agustín. Esta divinización de la humanidad no se alcanzaba solo por su condición de morada divina, como afirmó Jesús: "Si alguno me ama, cumplirá mis mandamientos y mi padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él". Esta es una transformación espiritual deseable, en la que se persigue que el hombre se haga digno de recibir a Dios en su ser. Pero la divinización de la humanidad es algo que va más allá de la simple condición doméstica. Apunta a que esa esencia divina lo impregne todo, que Dios "sea todo en todos", incluso en cada hombre y mujer de la historia. Que en ellos haya una verdadera participación en la naturaleza divina. El rebajamiento del Verbo apunta a una real transformación en sentido contrario del hombre. Es su elevación total. Con esa encarnación, uno de nuestra raza es Dios. Con la redención, se persigue que todos sean Dios. Se cumplirá en sentido estrictamente contrario el vaticinio que había sentenciado el demonio para engañar a la mujer y conquistarla para sí: "Serán como dioses". No son "dioses". La redención y el arrebato de sus manos diabólicas, los hacían a todos Dios. Es el punto más alto al que llega la humanidad redimida y liberada. En cada hombre se establece formal y establemente la condición divina. Aquella participación deseada de la naturaleza divina es una realidad no solo doméstica, sino total. La carne del hombre es ahora carne divina, pues la carne de Jesús es la carne del hombre que es Dios y se la ha trasladado a cada hombre de la historia con su muerte y resurrección.

Esta nueva condición es de tal manera misteriosa que solo bajo el influjo del mismo Dios podremos comprenderla. Por eso San Pablo manifiesta su deseo de que bajo ese influjo "comprendan ustedes cuál es la esperanza a la que los llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo ... Y 'todo lo puso bajo sus pies', y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos". Somos miembros de ese cuerpo del hombre que es Dios. Y desde la encarnación, ya la segunda Persona de la Trinidad será para siempre también hombre. No ha renunciado ni renunciará jamás a su doble condición. Desde que empezó a existir como hombre en el vientre de nuestra Madre María, ya jamás dejará de serlo, y en su Ascensión a los cielos ha llevado a la humanidad con Él. Nos ha llevado a cada uno. Es la naturaleza humana la que ha irrumpido en las moradas celestiales con Jesús. Cada uno de nosotros, al irrumpir Jesús en los cielos, está también sentado a la derecha del Padre. Nuestra raza, unida a Jesús y a María, que han subido al cielo en carne gloriosa, ha subido con ellos. Si María "es el orgullo de nuestra raza", lo es no solo por haber sido elegida para ser la Madre de Dios, sino también porque ha sido la primera de todos nosotros, después de Jesús, que ha roto el celofán celestial de los solamente hombres para entrar triunfante en el cielo. Y no será Ella sola, pues lo que ha hecho es abrir las puertas del cielo para todos nosotros, siguiendo las huellas de su Hijo Jesús. Es el orgullo también por ser la primera en dar estos pasos que daremos todos después de Ella. Ella marca el itinerario que seguiremos todos. La Ascensión de Jesús es el cumplimiento justo de lo que debía suceder. Jesús había dejado entre paréntesis su gloria infinita por el tiempo de su periplo terreno. Volver a los cielos no es más que lo que debía suceder. Pero sí es para nosotros un paso gigantesco, por cuanto con Él entramos todos. "'No les toca a ustedes conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibirán la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra'. Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista". Mientras esperamos nuestro triunfo definitivo, seguimos en el tiempo del Espíritu, que nos acompaña en la Iglesia. Mientras tanto, nuestra esperanza es real. Seguimos adelante hacia la meta final. Nada nos la arrebatará. Y debemos procurar que la alcancen todos. Por eso, los ángeles de Dios nos siguen diciendo: "¿Qué hacen ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre ustedes y llevado al cielo, volverá como lo han visto marcharse al cielo". Esperemos activos, haciendo que otros hermanos también guarden esa alegre esperanza de estar definitivamente en Dios y ser definitivamente Dios.