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sábado, 23 de noviembre de 2013

Todo lo que hacemos tiene consecuencias

En la historia de Israel, el ciclo de loa Macabeos es impresionante. El Rey Antíoco Epífanes había pretendido subyugar a la fuerza a los israelitas, mediante el derramamiento de la sangre de los que no se rindieran ante él, y abdicaran de su fe en el único Dios de Israel. Fueron muchos los prevaricadores que acabaron sacrificando a los dioses "enemigos" de Yahvé. Pero, naturalmente, no fueron estos los que pasaron a la historia, sini los que se opusieron a la pretensión de Antíoco y llegaron al extremo de morir por su fe. Así recordamos al anciano Eleazar, que se negó, a sus 90 años, a ser un mal ejemplo para todos los que eran testigos de su martirio, incluso con la estratagema que le proponían para engañar a los torturadores -comer carne preparada por él mismo haciendo creer que comía carne de los sacrificios a los dioses-, o a los 7 hermanos macabeos que, a pesar de su juventud y azuzados por su propia madre, jamás tuvieron ni siquiera la tentación de ser infieles al Dios de Israel... Antíoco se creyó, por ello, casi un Dios. Su sobrenombre "Epífanes" -"El Magnífico"-, le calzó muy bien, al creerse invencible y todopoderoso...

Nunca pensó Antíoco que algunos de ese pueblo subyugado se atrevieran a oponerse con la fuerza a la invasión y a la esclavitud con la que quería someterlos. Pero surgieron las figuras de Matatías y de Judas, tremendos guerreros, que organizaron una especie de "guerrilla" contra las fuerzas de los ejércitos del Rey invasor. Este "resto", conformado por hombres apertrechados más en la fe, en la confianza en el Dios único, en la voluntad firme de no serle infieles, más que en las armas o en el poder físico, le hizo sufrir su derrota más humillante. Vencido, habiendo sido desmontado de esa "magnificencia" que le daa sólo su sobrenombre, habitando en tierra extranjera, cae en una tremenda depresión, al verse como lo que realmente era, un cobarde parapetado en fuerza bruta, sin más... No tenía otro valor... Tiene que reconocer: "¡A qué tribulación he llegado, en qué violento oleaje estoy metido, yo, feliz y querido cuando era poderoso! Pero ahora me viene a la memoria el daño que hice en Jerusalén, robando el ajuar de plata y oro que había allí, y enviando gente que exterminase a los habitantes de Judá, sin motivo. Reconozco que por eso me han venido estas desgracias. Ya ven, muero de tristeza en tierra extranjera." Al desaparecer la magnificencia, desparece el fundamento de su vida. Aquél que había colocado su ser, su esencia, en lo pasajero, sufre la debacle, pues aquello efectivamente pasó, desapareció. Su vida cayó en el vacío absoluto... Habiéndose querido enseñorear posándose sobre sí mismo, sobre su poder, sobre su ejército, probó lo amargo que es tener el fundamento más endeble sobre el cual se puede edificar una vida y verlo desaparecer...

Antíoco, en cierto modo, somos todos... En algún momento de nuestras vidas nos hemos creído "magníficos". Es el pecado que marca a la humanidad entera desde Adán y Eva. La misma tendencia que tuvieron nuestros padres la tenemos todos los hombres. Es el pecado de la soberbia, que nos hacer creernos capaces de "sustituir" al único Dios, colocándonos nosotros mismos en su lugar, o colocando allí nuestras cosas. Todas, absolutamente pasajeras... Quitar a Dios de nuestro fundamento, como lo hizo Antíoco y pretendiuó que lo hiciera Israel, es caer en la provocación más absurda en la que podemos estar. Dios es el único Absoluto, y por encima de Él no hay nada, ni siquiera nosotros mismos. Mucho menos las "cosas" a las que pretendemos servir como ídolos... Cometemos el absurdo más grande cuando quitamos a Dios del fundamento y colocamos las cosas banales, temporales, pasajeras. Todas ellas, en su momento desaparecerán. Y al desaparecer, desaparecerá el fundamento, y nos quedaremos en el aire...

No se puede hablar de "castigo de Dios". Es, más bien, el escarmiento que es sólo consecuencia de los propios actos. Antíoco sufrió el escarmiento que significó lo que él mismo hizo. No fue Dios el que le mandó un "castigo", sino que él mismo se ganó la situación de desgracia en la que cayó por haberlo retado. Nadie delante de Dios podrá ser victorioso contra Él. Es absurdo querer oponerse a Dios, pues Él es el único Todopoderoso. Toda batalla "contra Dios" es derrota segura. Cuando los hombres nos oponemos a que Él sea el fundamento, correremos la peor de la suerte. Y repito, no es por castigo de Dios, sino consecuenia de los propios actos, que nos colocan al margen de la felicidad que sólo Dios mismo puede darnos...

Todo acto humano tiene una consecuencia. Los Macabeos vivieron la alegría indescriptible de la reconstrucción del Templo y de la reconsagración del altar que había sido mancillado por Antíoco y sus sacrificios a los dioses. Y lo celebraron por ocho días seguidos. Y fue decretado que cada año, por las mismas fechas, se repitieran las fiestas del recuerdo de esta gesta heroica de Israel... Y por su parte, Antíoco, moría de tristeza al darse cuenta de las barbaridades que había cometido contra Israel y su Dios... Pagaba las consecuencias de sus actos... Es exactamente lo que sucede a quien se atreve a oponerse a que Dios sea el fundamento de su vida. Pagará las consecuencias de quedarse con las criaturas, que desaparecen y dejan la vida en el aire... Todo lo que hacemos tiene consecuencias... Y hay que asumirlas responsablemente, sean alegres o tristes...

Por eso, Jesús nos invita a colocar en nuestro fundamento al único Dios, al Dios de vivos, no de muertos..Al único que puede ser fundamento sólido, pues es el único Absoluto, el único que trasciende, el único que no desaparecerá jamás y no dejará nunca ninguna frustración... Colocar otro fundamento distinto es equivocarse fatalmente. Es el "Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob", que están vivos eternamente en su presencia, porque nunca permitieron que otro dios fuera el fundamento de sus vidas... Lo mismo podremos vivir nosotros por toda la eternidad...

domingo, 17 de noviembre de 2013

Todo será destruido... ¿Pero no debemos tener miedo?

A medida que nos acercamos al final del año litúrgico, y nos acercamos al tiempo de Adviento, la liturgia de la Iglesia va adquiriendo un sabor apocalíptico. Nos va encaminando a las espiritualidad de espera que tanto se acentúa como preparación  para la venida del Salvador. La cercanía del tiempo de la Navidad es caracterizada por la insistencia a preparar los corazones, no sólo para recordar aquella primera venida entrañable del Dios que se hace hombre, se rebaja al máximo, hasta un niño recién nacido, para irrumpir en la historia de los hombres y desde las entrañas mismas de la humanidad realizar el rescate prodigioso de las garras de la muerte y del abismo del pecado en el que éste se encontraba sumido, sino para insistir también en la necesidad de estar en espíritu de adviento continuo, esperando la futura venida en gloria del Redentor, la Parusía, cuando ya absolutamente todo será restablecido para ser colocado a los pies del Señor... Será el tiempo de la plena armonía, de la definitiva Nueva Creación, de la restauración global de todo lo que existe...

Evidentemente, el que esto suceda requerirá de que todo lo malo que exista sea anulado. Las cosas pasarán, pues todo lo relativo dejará de ser para dar paso a lo que es absoluto. Las pretensiones de divinización de las cosas que el hombre hizo durante toda su historia quedarán al descubierto y dejarán en evidencia lo absurdo que eran. Esa divinización de lo relativo es lo que configuró la condición de pecadora de la humanidad... Así lo dijeron los Obispos en Puebla de Los Ángeles, México, en 1979: "El pecado mortal consiste en la absolutización de lo que no es absolutizable". Los hombres, en nuestra soberbia y autosuficiencia, pretendimos sustituir a Dios, el único absoluto, por lo que es pasajero, lo que no tiene subsistencia en sí mismo, lo relativo... A lo relativo le dimos categoría de absoluto. Por eso, llegamos a pensar que nosotros mismos éramos esenciales para el mundo, olvidando que nuestro origen era sólo una manifestación amorosa de la libérrima voluntad de Dios, el cual, si lo hubiera deseado de cualquier otra manera, no nos habría colocado en el centro de sus preferencias. Si los hombres llegamos a estar en el centro de todo lo creado, como su culminación y su zénit, no fue por nuestra propia iniciativa. Si Dios no lo hubiera querido así, ni siquiera existiríamos. Tal es nuestra relatividad...

Peor aún cuando ni siquiera somos nosotros, los seres más amados de Dios, a los que colocamos en lo absoluto... Llegamos a ser tan absurdos en nuestras rutas, que hemos llegado a colocar a lo que ni siquiera tiene vida en sí mismo en los primeros lugares. Así hemos sido capaces de llegar a lo absolutamente desnaturalizador de endiosar a lo inanimado. Unas veces es el dinero, otras veces las posesiones... Unas veces es el poder o los honores, otras veces el placer desenfrenado... Los hemos idolatrado, poniéndonos nosotros mismos al servicio de ellos, rebajando a lo mínimo nuestra propia dignidad... Así, en vez de adorar a lo único que es absoluto, nos hemos empeñado en destruir nuestra propia esencia adorando a lo relativo, lo que es pasajero: nuestra inteligencia o nuestra voluntad, las cosas, nuestras propias construcciones, los seres inanimados, el dinero, las posesiones, los honores o el poder, los placeres pasionales...

Y la verdad es que todo eso pasará... Y no pensemos que pasará por un "momento de ira" de Dios, sino sencillamente porque deberán pasar, pues ninguna de ellas son realidades estables o absolutas. Esa experiencia, en todo caso, seguramente la hemos tenido ya. No en la medida, quizás, de la que se plantea en el apocalipsis que nos describe Lucas, pero sí en menor escala. ¡Cuántas veces hemos hecho planes que se nos van por el desagüe! ¡Cuántas "quiebras" económicas habremos sufrido en nuestra vida! ¡Cuántas veces nos hemos sentido traicionados por quienes a lo mejor antes eran nuestros más grandes aduladores! ¡Cuántas veces, después de un gran momento de placer, no hemos sentido más que la resaca moral! No serán, por lo tanto, experiencias totalmente novedosas, pues de alguna manera estas frustraciones ya han estado presentes en nuestras vidas... Podríamos decir que es una especie de didáctica divina para que pongamos el acento donde realmente debe estar... Lo que sucede es que somos muy "cabezaduras" y no terminamos de aprender...

Al final, todas estas cosas desaparecerán, no en esa especie de cuentagotas como han sucedido hasta ahora en nuestras vidas, sino todo de un golpe... Y el Señor nos pide que antes hayamos echado mano de una verdadera fidelidad. Que hayamos colocado el acento en lo que es realmente esencial. Que lo hayamos colocado a Él en ese primer lugar que le corresponde y del cual jamás tuvo que haber salido. Si eso lo hemos hecho, si hemos vivido con Él como el único absoluto, el que es el único que jamás pasará, y hemos colocado todas las cosas en función de su relatividad, sin haberlas colocado en condición de esenciales o absolutas, aquel momento final no será más que la confirmación de lo que ya ha sucedido en nuestras vidas... Sólo deberán temer quienes no lo hayan hecho, pues lo que han construido como "su mundo", basado en estas cosas accidentales, se les vendrá abajo...

Por eso el Señor nos invita a no tener pánico... En todo caso, para el que haya vivido en la amistad íntima con Dios, dándole el lugar que le corresponde, haciéndolo su único absoluto, aquel momento será la confirmación definitiva de esa amistad entrañable. Ya después de eso no habrá ninguna otra realidad que se interponga para que el estar juntos se ponga en peligro. Se confirma así definitivamente lo que se vivió en lo cotidiano, y ya no tendrá ningún cambio. Por toda la eternidad. Quien ha vivido en Dios, ese momento será el momento de su gloria definitiva, del cumplimiento de su añoranza más firme... Y no importará lo doloroso que seguramente sea el ver que todo pasa y que incluso, a lo mejor, hasta familiares y amigos con los cuales se haya convivido, serán echados a un lado, pues la compensación absoluta estará en el único que lo trasciende todo y que será quien llenará cada vacío que haya quedado...

Efectivamente, todo será destruido. Pero para el que haya tenido conciencia de lo que es realmente absoluto eso no será sino la confirmación de lo que ya vivió: El único absoluto es Dios. Y es Él el que queda. Y es la relación amorosa y eterna con Él lo que dará la plenitud a lo que se vivirá. En el abrazo de amor eterno todo lo demás quedará en la penumbra, pues el Sol de Justicia brillará eternamente...

domingo, 1 de septiembre de 2013

Acercarse al Misterio... con humildad

Somos hijos de lo tangible. Para nosotros, hombres del S. XXI, la realidad se acerca hecha ya evidencia. Al extremo de que tenemos mentes prácticamente positivistas, pues en nuestra cotidianidad aceptamos como real sólo aquello que podemos tocar, que podemos experimentar, que podemos ver con nuestro propios ojos. Somos herederos de aquel Santo Tomás, que dijo: "Si no lo veo, no lo creo..." En cierto modo, esta actitud tiene su punto positivo, pues nuestra corporalidad exige lo corporal. Y así nos creó Dios, seres materiales, que necesitamos de lo material, de lo tangible, para existir. Nuestra materialidad se sustenta en lo material. Y Dios ha provisto que eso esté bien cubierto para todos. Al crearnos en el último día de la creación, ya había hecho el mundo que sustentaría nuestra existencia. Y lo colocó en nuestras manos para que viviéramos holgadamente. Nos creó como último ser existente y nos colocó en el primer lugar, poniéndonos en el centro y dándonos todo lo anteriormente creado para que lo domináramos... Todas las cosas creadas fueron puestas a nuestro servicio.

El pecado del hombre consistió en el trastocamiento de ese orden establecido por Dios. De servirnos de lo creado, pasamos a servir a lo creado. De ser reyes de lo existente, pasamos a ser esclavos de ello. Los Obispos en Puebla lo resumieron perfectamente: "El pecado mortal consiste en absolutizar lo no absolutizable". Hemos hecho absoluto lo que es relativo, sustituyendo al único Absoluto, a Dios. Y al absolutizar aquello, nos hemos puesto a servirle y a adorarle, descentrándonos completamente y coloreando nuestra vida con el absurdo. Dejar de absolutizar a Dios, el único Absoluto, ha quitado el sustento de la vida, el más sólido, el incólume, el único que le daba estabilidad. Al colocar como fundamento de nuestras vidas lo mutable, lo relativo, nuestra vida está sometida a los cambios, a la relatividad total, a la mutación continua. Hemos preferido la inestabilidad a la estabilidad y la solidez..

Y en esta locura en que hemos convertido nuestra vida, nos hemos creído que estábamos haciendo lo mejor. Hemos escuchado la voz de la serpiente que sedujo a Adán y Eva, creyendo que desvinculándonos del Absoluto, podríamos a llegar a ser como Él, y que estaríamos a su misma altura. La realidad es que no hay más Absoluto. Que por más que lo relativo, incluyéndonos nosotros mismos, se empeñe en hacerse absoluto, no tiene esa capacidad. Lo inferior jamás tendrá la capacidad propia de hacerse superior por sí mismo, a menos que Aquello superior se la done y lo haga encumbrarse por encima de sí mismo. Esto último fue lo que pasó en la Redención. El Superior, Dios mismo, el Esencialmente Absoluto, dio a lo relativo, es decir, al hombre, la capacidad de hacerse como Absoluto, como Dios, en el arrebato máximo de amor. Nos ha elevado a su categoría divina al redimirnos, nos ha hecho morada suya, nos ha identificado con Él, regalándonos la categoría divina. Por eso, Pablo pudo decir: "Vivo yo, mas ya no yo, es Cristo quien vive en mí". Es un reconocimiento que nace, no en la jactancia de lo que se ha logrado por sí mismo, sino en el reconocimiento de lo que se ha logrado gracias al don que Dios nos ha regalado y ha colocado en nosotros...

Por eso, para llegar a estas alturas en las que el hombre siempre ha querido estar, paradójicamente, es condición indispensable, reconocerse incapacitado de hacerlo. Es necesario acercarse con humildad a ese misterio que es Dios, reconociéndose infinitamente inferior a Él y totalmente necesitado de su don para llegar a hacerse uno con Él. También lo entendió perfectamente Pablo al decir: "Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque entonces residirá en mí la fuerza de Cristo". La única manera de hacerse como Él es reconocerse incapaz de serlo. Es la paradoja de lo Absoluto, puerta de entrada para la concesión amorosa de la capacidad que no se tiene...

Nos acercamos con reverencia al misterio de Dios, reconociendo que nuestro ser no es sólo material. Que hemos sido creados también seres espirituales. Reconocemos que nuestra realidad no se agota en esta cotidianidad, sino que se eleva infinitamente cuando se desprende del "peso" de lo material que le impide su vuelo. Reconocemos que somos cuerpos espirituales o espíritus encarnados, es decir, que poseemos lo mejor de ambos aspectos, de ambas realidades, porque así nos lo ha querido conceder nuestro Creador... Pero reconocemos también que el disfrute pleno de nuestra realidad corporal y espiritual está en el mantener en perfecto equilibrio a las dos. En que sepamos servirnos de lo tangible con la objetividad necesaria para poder discernir y concluir que ello debe elevarnos hacia Dios, hacernos progresar, hacernos mejores, hacernos profundizar en nuestra condición de seres comunitarios. En que sepamos elevar nuestra mirada añorando lo superior, la vida eterna feliz, el abrazo interminable e infinito en el amor con nuestro Dios... El perfecto equilibrio se dará exclusivamente cuando sepamos tener los pies bien puestos sobre la tierra, sirviéndonos de todo lo creado, amando a Dios y a los hermanos, pero elevando nuestra mirada a lo trascendental, a lo eterno, a lo superior, añorando ese futuro para vivirlo eternamente...

Nos acercamos a ese misterio que es Dios. Es el misterio de la Jerusalén celestial, de la Ciudad de Dios, que empezamos a construir, ladrillo a ladrillo, en el día a día, en el aquí y el ahora. Es el misterio que resumirá toda nuestra vida y la colocará a los pies de nuestro Dios. Es el fruto de nuestra humildad, del reconocimiento de que lo tangible, siendo esencial para nuestras vidas, es sólo esencial cuando hacemos consciente su relatividad. Las semillas que sembremos ahora, con consciencia, con humildad, con denuedo, con inmenso amor, darán sus frutos en el futuro. Y será cosecha de eternidad sólo si somos humildes, reconociendo que eso tangible es necesario, pero no absoluto...

Aunque seamos hijos de lo tangible, somos más hijos del Absoluto. Viviendo en medio de lo material, apuntamos a lo espiritual, a lo eterno, a lo intangible. Necesitando de lo temporal, nuestra meta es la eternidad. No entorpezcamos nuestro itinerario, absolutizando lo que no es absolutizable, aunque sea importante...