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martes, 20 de abril de 2021

Añoremos el Pan de Vida que nos da Jesús, que es Él mismo

 LECTURAS DEL DOMINGO XVIII DEL T. ORDINARIO 5 DE AGOSTO (VERDE) | MISAL  DIARIO

Existe entre los hombres, sobre todo en aquellos que quisieran ser seguidores de Jesús, una continua diatriba entre los beneficios que se pueden obtener en ese seguimiento, particularmente si ellos son materialmente favorables o no. Se confunde el seguimiento de Jesús con una especie de seguro contra males. Quienes están cerca de Cristo, siendo fieles a su amor, cumpliendo su voluntad, haciendo lo que Él pide, frecuentemente creen que por ello están exentos de todo mal. Incluso muchos que ya están en el camino de la fidelidad quieren convencer a los otros a acercarse también ellos para lograr que todos los males desaparezcan de su vida. Está claro que Dios puede hacer que los males se alejen de los suyos. Pero en la realidad, quien funda su fidelidad en no sufrir males por estar cercano a Dios, ha puesto una base muy endeble a su fe. Se puede verificar que muchos hombres y mujeres buenos, que viven su seguimiento a Dios con fidelidad, siguen sufriendo males, persecuciones, rechazos, enfermedades, y hasta la muerte, por ser fieles. No es cierto, entonces, que ponerse al lado de Dios inmuniza contra lo malo que puede vivir el hombre. Si es así, ¿qué es entonces lo que haría atractivo seguir con ilusión y fidelidad a Dios? ¿Cuál sería la ganancia que se obtiene por estar cerca de Dios, si no se gana nada mejor de lo que se vivía antes de seguirlo? Es necesario, entonces, hacer el discernimiento de la ventaja que representa querer ser de Dios, pues en múltiples ocasiones nos percatamos de que los que sirven al mal, reciben muchas más compensaciones materiales que los que sirven al bien. Incluso muchos buenos llegan a ver hasta con envidia a los malos, pues son mucho más favorecidos a su entender que ellos mismos.

Es una inquietud que ha estado presente siempre. Muchos de los salmos del Antiguo Testamento son un reclamo a Dios por el mal que sufren los que son fieles, frente a todos los bienes que reciben los malos. Se hace necesario que haya entonces un itinerario distinto en el discernimiento. No se debe partir de los beneficios que se alcancen actualmente, los temporales y pasajeros, sino de los que se obtienen establemente y que nunca desaparecerán. Puede ser que haya bienes que se obtengan en lo cotidiano. Dios también puede hacerlo, pues no hay nada imposible para Él. Podríamos ubicar en esa categoría los milagros que conocemos como obras portentosas y maravillosas que realiza Dios, por intercesión de sus santos. Pero son eso, portentos. No es la manera normal de su actuación. Por ello, a pesar de que siempre podremos obtener favores y beneficios, como en efecto sucede en nuestras vidas, es cierto que nuestra expectativa no puede agotarse en ello, pues estamos llamados a algo más elevado. Dios nunca nos promete la ausencia del dolor. Lo que sí nos promete es su presencia que nos consuela, nos alivia y nos fortalece, en medio del sufrimiento en su nombre y por fidelidad a Él. Y esta es la experiencia de todos aquellos elegidos suyos para ser sus anunciadores en medio de un mundo que sigue valorando más lo material que lo espiritual. Lo vivió San Esteban, el primer mártir cristiano, que se entregó de lleno al anuncio y obtuvo como compensación física su muerte: "Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: 'Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios'. Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: 'Señor Jesús, recibe mi espíritu'. Luego, cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo: 'Señor, no les tengas en cuenta este pecado'. Y, con estas palabras, murió". Su premio no fue una vida muelle o desahogada. Su fidelidad le atrajo la muerte. Y él la asumió con gallardía, con valentía y con ilusión, pues había valorado y discernido bien en qué consistía la plenitud a la que era convocado por su fidelidad.

En ese camino de fidelidad que deben emprender los discípulos de Jesús, en medio de los sufrimientos y persecuciones, no nos deja el Señor desamparados, a nuestra merced. Él mismo se monta en la barca que nos invita a hacer bogar en el mar del mundo y nos acompaña. Pero no solo eso. Va más allá, ofreciéndonos el alimento que nos fortalece y que nos renueva para poder seguir llenos de ilusión en la misión que nos encomienda, que no es otra que la de seguir su misma obra de salvación en nuestro tiempo y en el tiempo de cada enviado: "En aquel tiempo, el gentío dijo a Jesús: '¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”'. Jesús les replicó: 'En verdad, en verdad les digo: no fue Moisés quien les dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo'. Entonces le dijeron: 'Señor, danos siempre de este pan'. Jesús les contestó: 'Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás'". No promete Jesús ausencia de conflictos o de sufrimiento, sino alimento para la fortaleza en el testimonio que deben dar. Y es en esto en que los discípulos debemos poner el acento. La compensación no es la ausencia del dolor, sino la presencia suya en nosotros que nos llena de paz y de consolación, y que nos da la fortaleza que necesitamos para mantenernos en el camino de la fidelidad, que es el que dará la plenitud del gozo. La presencia de Jesús en el corazón del hombre llena de alegría, da la mayor ilusión para seguir adelante, nos anima a seguir en nuestro camino, en medio de nuestro mundo muchas veces hostil, pues nos asegura que estamos avanzando hacia la plenitud que nos pertenece ya en promesa, pero que será realidad plena cuando lleguemos después de nuestro periplo a la presencia del Padre del amor y vivamos la felicidad total en su presencia por toda la eternidad.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Quien nos creó para sí no dejará que se pierda ni uno solo de los suyos

 Las moradas del Padre

Una de las cosas que más inquietan al hombre es el pensamiento sobre su futuro inmediato después de la muerte. El supuesto desconocimiento de ese futuro, a muchos les crea angustia y desasosiego. Los más jóvenes viven en una condición algo distinta por cuanto esa inquietud la perciben aún muy lejana. Todavía no es el tiempo de asumir esas preocupaciones. Ya llegará el tiempo de pensar en ellas. Mientras que en los que han avanzado en edad y empiezan a plantearse la posibilidad de ese futuro que se hace cada vez más posible, la inquietud empieza a hacerse presente y a crear alguna incomodidad, aunque sea mínima. En muchas ocasiones, nuestra experiencia humana, marcada por el día a día, nos ha ido introduciendo en una mentalidad inmediatista que poco se ocupa de lo que viene en el futuro, haciéndonos asumir casi inconscientemente que toda la realidad se reduce a lo que vivimos aquí y ahora, en el día a día de lo cotidiano, sin que haya otra realidad de la que se debe el hombre preocupar. Es muy variada, por tanto, la reacción de los hombres ante una realidad que es totalmente cierta para todos. Unos, no se ocupan de ella, por cuanto ven eso aún muy lejano. O son jóvenes a los que la vida les sonría con sus regalos, por lo cual no tiene sentido dañar el momento que se vive con preocupaciones absurdas para las que ya llegará el momento. Otros, consideran la vida solo como una ocasión de disfrute, sin que exista nada más que lo que se puede vivir y disfrutar mientras tanto. No hay más allá, sino solo el más acá en el que se viva hoy, por lo cual es absurdo disponer la mente y el corazón en realidades distintas a las que se ofrecen aquí y ahora. No hay que crearse inquietudes por cosas de las que no tenemos ninguna certeza y plantean el desarrollo de una vida distinta a la del disfrute. Y existen también quienes al acercarse al ocaso de sus vidas comienzan a plantearse con seriedad una posibilidad distinta, un futuro real, una presencia en una realidad posterior a la vivida hasta ahora, Quizás han sido personas que sí han asumido esa posibilidad desde el principio y la han contemplado siempre como parte del desarrollo de la vida, viéndola incluso de manera natural y hasta con esperanza, pero que al llegar la cercanía de ese momento comienzan a sentir la inquietud de cómo será esa vida futura en la eternidad, cuestionándose sobre si han llevado bien lo que le correspondía para procurar que ese futuro eterno fuera bueno, y llegan a sentir incluso un temor doloroso que los carcome ante lo que les puede esperar.

La muerte, en sí misma, será siempre una realidad sobrecogedora. No hay duda de que lo desconocido siempre impone respeto. Los cristianos tenemos una manera de verla de modo constructivo. No es para nosotros una realidad totalmente desconocida, por cuanto en las enseñanzas de Jesús y de los apóstoles siempre aparecen luces para comprender cómo será esa realidad futura. San Pablo nos enseña la verdad definitiva de lo que será nuestra vida futura: "Si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya. Comprendamos que nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores y nosotros libres de la esclavitud al pecado, porque el que muere ha quedado absuelto del pecado. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él". Nuestra vida futura está inscrita en la vida de Jesús. No tiene sentido por lo tanto, vivir en el desasosiego de quien no conoce su futuro, pues para nosotros está muy claro: El futuro del hombre está en Jesús. Y así como Él se encargó de rescatarnos de la muerte eterna al vencer nuestro pecado, lleva a plenitud su obra para que ganemos no solo la vida que nos procura con su muerte, sino también la de la victoria final que nos coloca en su propia plenitud. Jesús ha muerto por nosotros y ha resucitado para nosotros. Su resurrección es la nuestra y siendo vida en eternidad que no se acaba, será nuestra misma suerte. Por ello, al ser este nuestro camino futuro y nuestra meta, ya no hay temor. Lo único que puede haber es ilusión y esperanza en el Dios que nos ama infinitamente: "Apenas me acuerdo de ti, me lleno de esperanza. La misericordia del Señor nunca termina y nunca se acaba su compasión; al contrario, cada mañana se renuevan. ¡Qué grande es el Señor! Yo me digo: 'El Señor es la parte que me ha tocado en herencia', y en el Señor pongo mi esperanza. El Señor es bueno con aquellos que en Él esperan, con aquellos que los buscan. Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor". Esa esperanza no dejará de existir jamás, pues el Señor es bueno ahora y siempre. Y lo será con todos, principalmente, por supuesto, con los que dirigen sus pasos para ese final llenos de ilusión.

El Dios que nos ha creado por amor, para que fuéramos suyos, por lo cual jamás dejará de desear nuestra presencia delante de Él, nos marca con su amor y nos coloca en ese camino que nos conduce a la plenitud. Quien habiendo sido fiel a Dios, viviendo la expectativa de la plenitud total en la eternidad, mal puede crearse expectativas absurdas de hundimiento o de rechazo del amor. Los temores de quien sabe que su vida terrena llega a su meta no tienen absolutamente ningún fundamento, pues la única realidad futura es la de apertura de las puertas de esa eternidad gloriosa. No serán suficientes para destruir la esperanza ni siquiera las debilidades y las fallas que se pudieron haber cometido en algún momento de la propia vida, pues Jesús conoce perfectamente quienes somos y sabe que vivimos en la tendencia del pecado, pero que también sabemos de arrepentimiento y de confianza en la misericordia. Quien nos ama de modo eterno e infinito no nos lanzará a la perdición, pues les hemos costado muy caro. Él mismo nos lo asegura, haciéndonos llenar de ilusión y de esperanza en su amor: "No pierdan la calma: crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararles sitio. Cuando vaya y les prepare sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estén también ustedes. Y adonde yo voy, ustedes ya saben el camino. Tomás le dice: - Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Jesús le responde: - Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí". Es la esperanza más firme y hermosa que podemos tener. Jesús no nos dejará a nuestra suerte. Nuestra suerte es la de Él, que venció y ganó para nosotros, y que nos regala su victoria para que la vivamos por toda la eternidad. No somos seres para la muerte, sino para la vida. Millones ya disfrutan de esa condición de gozo eterna. La inmensa mayoría son héroes anónimos que ya están disfrutando del gozo eterno. Algunos han sido reconocidos formalmente por la Iglesia. Pero la mayoría son anónimos que gozan de Dios para siempre. De ellos podemos llegar a formar parte nosotros. Y lo seremos. No estaremos excluidos de ese futuro. Nuestra vida se mueve en la esperanza del amor, y jamás seremos excluidos por el Dios que nos ama infinitamente y que quiere hacerlo eternamente.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Como el amor juvenil

El amor ilusiona. Y más aún cuando es un amor nuevo, fresco, juvenil. Ninguno de nosotros olvida jamás al "primer amor", por lo que significa de novedad, de aventura primera en los terrenos de la ilusión y de los afectos... Sin duda, cuando amamos por primera vez nos sentimos gozosos, poderosos, creemos que nada nos podrá vencer. Ese amor se hace más fuerte cuando es totalmente correspondido y se está seguro de la respuesta afirmativa a nuestra propuesta... Cuando dos jóvenes sienten que se aman, se sienten también los más importantes sobre el mundo... Es cierto que en este amor pesa muchísimo la ilusión, es decir, puede tener bases endebles, pues se necesita de su maduración para que sea firme y sólido. Pero la experiencia en sí misma, por lo que significa de apertura a vivencias nuevas y por descubrir es, en sí misma, valiosísima. Nos abre al mundo del sentimiento hacia alguien diverso a los nuestros. Ya no es el amor al padre o a la madre o a los hermanos o a ningún familiar... Es alguien "extraño" que irrumpe en nuestra intimidad y comienza a "robarnos" nuestros pensamientos y nuestros suspiros...

Este proceso de cortejo es el que Dios quiere que vivamos todos en Él. Dios es "el Amado" que es como "un gamo.., un cervatillo", que llega "saltando sobre los montes, brincando por los collados". Sus movimientos de acercamiento son gráciles y audaces, y atraen toda la atención. No hay en Él nada de improvisación, pues sabe muy bien que lo que hará será siempre atractivo. Para el que está sediento de amor, el acercamiento afectuoso del Dios del amor será siempre muy atrayente y lo llenará de ilusión. Es el alma del hombvre que está en búsqueda de lo que lo colme plenamente. Aun sin saberlo, sin que sea consciente en el hombre esta necesidad, Dios sabe muy bien que Él es lo único que le dará plenitud, y por eso se ofrece maravillosamente. Es lo que comprendió perfectamente San Agustín, al decir: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti"... Sólo en Dios "descansa el alma", sólo Dios da la serenidad al hombre que está siempre en búsqueda de ese "algo" que lo llenará de armonía interior. No vivir en ese amor será siempre desconcertante, frustrante, inquietante... La oscuridad sombría será la única característica que definirá el estilo de vida de quien no vive en el amor de Dios...

Lo mejor de este amor refrescante, juvenil, que llena de ilusión y de fuerzas, es que siempre será así. La madurez, en este caso, sólo logrará que ese amor se solidifique. La madurez en el amor de Dios hace que la ilusión sea mayor, que llene más de alegría, que dé más plenitud...Es "el amor primero" que sólo puede ser el de Dios, pues Él es la fuente del amor. Todo amor primero viene de Dios, pues es el que surge de quien es la fuente, y por ello, siempre será fresco y joven. La alegría del que vive en el amor de Dios es que siempre estará viviendo en la primera ilusión. Cuando el amor "envejece" no es por causa de quien es la fuente, sino de quien lo recibe. Ha dejado que se vaya perdiendo la ilusión, no lo ha "cuidado", no ha "regado el jardín" donde crecen las flores más lindas del amor. Ha permitido que haya otras realidades inferiores que ocupen la ilusión, con la consecuente pérdida de la intensidad, pues nunca nada llenará de mayor ilusión que el mismo amor de Dios...

Dios nos dice continuamante como dice el amado a la amada: "¡Levántate, amada mía, hermosa mía, ven a mí! Porque ha pasado el invierno, las lluvias han cesado y se han ido, brotan flores en la vega, llega el tiempo de la poda, el arrullo de la tórtola se deja oír en los campos; apuntan los frutos en la higuera, la viña en flor difunde perfume". Y esa llamada se hace concreta en Jesús, que viene a cortejarnos. Es la voz de Jesús que nos dice a cada uno: "Ya ha pasado el invierno, ya estoy yo aquí para darte de nuevo la ilusión. Déjate amar por mí, y siente  de nuevo la frescura de ese amor primero que has descuidado y que has dejado a un lado. Ya no tengo más nada contra ti, pues yo mismo me entrego para que tu deuda quede saldada. Yo soy tu amor primero y quiero siempre serlo. Te renuevo y te lleno de ilusión..."

Es la experiencia más gratificante que podemos vivir los hombres... Cuando recibimos ese amor y dejamos que nos invada plenamente y nos llene de toda la ilusión que puede darnos, somos como Juan Bautista que saltó de gozo en el vientre de su madre: "En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre"... Incluso hasta los seres en gestación, como Juan, son capaces de descubrir la ilusión fresca y joven que Dios puede darles... Con mayor razón lo pdemos hacxer los que ya estamos avanzando por la vida...

Tenemos que hacernos como Juan Bautista, reconociendo en Jesús al que nos hace saltar de alegría. Al que viene a conquistarnos como ese gamo o ese cervatillo que viene saltando por los montes, haciendo piruetas para atraer nuestra atención. Que el saber que nuestro Dios, en Jesús, se hace el encontradizo con su amor, para darnos ese amor que es el único que nos dará la ilusión continua, y que por lo tanto será siempre joven y fresco, y que nos renovará continuamente. En el amor de Dios derramado sobre nosotros en Jesús, nunca envejeceremos. Siempre seremos jóvenes y viviremos la ilusión de los jóvenes que se enamoran y suspiran siempre viendo un panorama de ensueño...

sábado, 16 de noviembre de 2013

El poder de Dios es nuestro

La Sabiduría, como hemos visto, es el Espíritu de Dios, sublime, creador, todopoderoso, inspirador de todo lo bueno, sustentador de todo lo que existe... En el Antiguo Testamento tenemos ya esbozos muy específicos de lo que es, y de las maravillas que es capaz de hacer en favor de todos los hombres. No se arredra ese Espíritu cuando toca ponerse del lado de los hombres. Y es lógico que así sea, pues el Dios Creador e infinitamente misericordioso con el hombre, siendo a la vez Providente de todo lo bueno para él, no es lógico que lo hubiera creado y lo hubiera abandonado a su suerte... Sabe muy bien que habrá mucha bondad en el mundo, pero tampoco está oculto para Él que la maldad brotará a borbotones... Por eso, ese Espíritu de Dios, Sabiduría infinita, habiendo asumido la vida de los hombres en su mano, es su principal aval para defenderlo y conducirlo siempre por las rutas de su bienestar.

La Sabiduría es Dios mismo. Ya ha quedado claro, por la revelación que nos ha traído posteriormente Jesús, que esa Sabiduría divina es la tercera persona de la Trinidad Santísima, que fue la revelación más alta que Él nos trajo. Jesús nos descubrió cuál sería su tarea en el mundo. El Espíritu está a la misma altura de las otras dos personas de la Trinidad. Por eso el mismo Jesús dice: "Es necesario que yo me vaya para que venga el Espíritu". Él llevará a plenitud la obra que realizó Jesús, la hará llegar a todos los hombres. Siendo el alma de la Iglesia la inspirará para que sea verdadero y dócil instrumento de la salvación de todos los hombres sobre la tierra.  sta tarea del Espíritu, en cierto modo, es la continuación de lo que ya la Sabiduría venía haciendo en favor de los hombres elegidos en el pueblo de Israel. No puede haber discontinuidad en Él ni en su obra...

Esa Sabiduría de Dios, que revoloteaba sobre las aguas como una paloma, tal como nos lo describe el Libro del Génesis, es Espíritu Creador. Es el hálito de vida que Dios insufla en las narices de los hombres recién creados. Es quien da la participación en la naturaleza divina que Dios coloca en los hombres al hacerlos "a su imagen y semejanza". La condición espiritual de los hombres está sustentada en la presencia de la Sabiduría en sus almas. Y todas las inspiraciones que Dios da a los hombres de Israel, protegiéndolos y haciéndolos avanzar resueltamente hacia la tierra prometida, vienen de esa fuente inagotable que es la Sabiduría... Es impresionante hacer un recorrido por la historia de Israel, por sus aciertos y avatares, para percibir la inmensa presencia del Espíritu defensor e inspirador, el que los anima y los llena de la ilusión de seguir avanzando, a pesar de las inmensas dificultades...

Pero más aún es llamativa su acción siempre en favor del pueblo elegido, en todas las circunstancias... Fue esa Sabiduría la que llenó de espíritu de fidelidad a Abraham, en el momento de hacer caso a la invitación de dejarlo todo, con la promesa de que sería padre de multitudes. Es el Espíritu el que mantuvo fiel a Lot, por lo cual pudo salvarse de la destrucción de Sodoma y Gomorra. Es el Espíritu el que inspiró a los hermanos de José la venta a los esclavistas del desierto, para asegurar su llegada a Egipto, de modo que por él se salvara a Israel  de morir de hambre en el desierto. Es el espíritu el que hizo surgir de entre los israelitas esclavos en Egipto a Moisés, que obtuvo el favor de la hija del Faraón, por lo cual tuvo el ascendiente suficiente para revelarse y conducir al pueblo a la liberación de la esclavitud. Es el Espíritu el que hizo brotar las plagas contra Egipto, e hirió a los primogénitos, para que se dieran cuenta los esclavistas de que Dios estaba a favor de este pueblo al que ellos tenían mancillado bajo su poder. Es el Espíritu el que hizo abrir las aguas del mar Rojo, de modo que pudieran pasar por en medio los israelitas y engullera luego de su paso a los egipcios que lo perseguían...

Ese Espíritu de Dios no sólo actuó bajo la "advocación" de la Sabiduría, sino que sigue presente en nuestra historia. Es el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, el que envía el Padre y el Hijo para seguir presente en la historia de la Iglesia y en la historia de cada cristiano. Ese mismo Espíritu, en la plenitud de los tiempos, cubrió absolutamente con su presencia a la Virgen María, haciéndola concebir al que iba a ser el Redentor de la humanidad. Fue el que inspiró los cánticos de Zacarías, de Simeón, de Ana, d la misma Virgen María, cuando reconocieron todos las maravillas que Dios seguía haciendo en favor de los hombres... Ese mismo Espíritu no sólo inspiraba a los fieles a Él, sino que seguía haciendo en verdad esas maravillas sobre el mundo...

Y ese mismo Espíritu es el que está en la Iglesia como su alma. El que descendió sobre los Apóstoles y María el día de Pentecostés, haciendo que naciera oficialmente la Iglesia, y lanzando a los Apóstoles a la aventura más maravillosa de toda la historia, que es la de llevar el amor y la salvación de Dios a todos los hombres, sus hermanos. El Espíritu inspiró a los apóstoles, los llenó de su presencia que es amor infnitio, les dio el celo amoroso para lograr la salvación de la mayor cantidad posible, y sigue haciendo que hoy, hombres y mujeres fieles, se empeñen por amor a hacer que todos conozcan a Dios, a Jesús, lo amen y se quieran salvar, viviendo fielmente junto al Dios de la felicidad eterna...

Así como en toda la historia estuvo presente para lograr que la voluntad divina se cumpliera, así como fue fortaleza para Jesús en la Cruz ignominiosa, así como lo arrancó de la muerte de manera maravillosa en la Resurrección gloriosa, así mismo sigue hoy presente en la historia de cada uno de nosotros. No estamos solos en este caminar hacia Dios. No nos defendemos solos, pues ese poder infinito de Dios que está en su Espíritu, está con nosotros, individualmente y como miembros de la Iglesia. El poder de Dios es nuestro, porque nuestro es su Espíritu. Él mismo nos lo ha dejado como la mejor prenda para nuestro caminar. Él nos sigue inspirando, sigue abriendo los caminos para cada uno de nosotros, sigue inspirando las palabras y las acciones que necesitamos para avanzar, nos sigue protegiendo y defendiendo de todos los peligros.... Sólo tenemos que dejarnos acompañar fielmente por Él, y dejar que su poder se exprese cada vez que lo necesitamos. No nos quedemos débiles rechazáandolo o siendo indiferentes a su presencia. Seamos inteligentes, y pongamos a nuestro favor, como Él quiere hacer, toda su fuerza para vencer en todas las cosas...