Mostrando las entradas con la etiqueta exigencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta exigencia. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de junio de 2021

Estemos dispuestos siempre a vivir la sorpresa del amor

 Archidiócesis de Granada :: - "Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os  persiguen"

En la creciente exigencia de la vida en el amor de Dios, los hombres nos encontramos ante una dialéctica esencial. O asumimos la radicalidad que se nos exige, o nos quedamos como simples espectadores desde fuera. Al parecer, la respuesta común es esta segunda, pues en la experiencia de vida que conocemos en nuestro mundo que da demasiadas demostraciones de una indiferencia, de un inmanentismo extremo, en el que el centro se coloca en el egoísmo y la vanidad, no se perciben estos signos de radicalidad que se exigen al hombre renovado en el amor. No es extraño que esto suceda, por cuanto ciertamente la calidad que se pide es muy alta. Aparece el temor de no ser capaces de llegar a esa estratosfera del amor. Se considera que no se tiene la capacidad de llegar, y la sensación es la de asumir con frustración la propia imposibilidad. No se puede simplemente despreciar esta realidad, por cuanto es una experiencia real que se puede tener, a menos que se asuma que la respuesta no se puede dar si no se asume querer hacerla desde una condición vital distinta a la vivida ordinariamente. El camino es totalmente distinto al que se ha avanzado previamente. Ante esos retos tan fuertemente marcados en la diferencia de lo que somos, nuestra psicología se resiente y prácticamente construye un muro a nuestro alrededor que buscaría "protegernos" de experiencias nuevas que podrían dañarnos y dejarnos heridos. Es un proceso muy humano, y por lo tanto comprensible, de nuestra conducta. Sin embargo, se da el caso de que hay quienes se sienten ciertamente atraídos para asumir el reto. Cuando se da el paso de la conversión y de la renovación total, se eleva la mirada y se asume que se debe tomar un camino distinto para dar respuesta a la vivencia del amor que se ha recibido. Se asume que ese nuevo camino tiene nuevas rutas que deben ser transitadas. Que esa nueva vida no puede ser la misma de siempre. El espíritu se enriquece y entra la añoranza de lo mejor. Se ha entrado en la tónica profunda del amor.

La transformación sustancial comienza a abarcar todos los órdenes de la vida. Y al ser hombres que viven de la materia y del espíritu, ningún aspecto queda fuera. La fraternidad resalta incluso en la solidaridad material, y va más allá denotando la conversión personal. No se trata de un simple compartir los bienes, sino de compartir el ser total. La conversión del hombre no se reduce a lo tangible, aunque sí es este un signo sólido. Compartir bienes, sintiéndose responsable del bienestar del hermano, de modo que no tenga crueles faltas de bienes, inscritas en la consecuencia del egoísmo producido por el hedonismo a veces exacerbante, es un signo de fraternidad, de solidaridad, de caridad: "Les informamos, hermanos, de la gracia que Dios ha concedido a las Iglesias de Macedonia: en las pruebas y tribulaciones ha crecido su alegría, y su pobreza extrema se ha desbordado en tesoros de generosidad. Puesto que, según sus posibilidades, se lo aseguro, e incluso por encima de sus posibilidades, con toda espontaneidad nos pedían insistentemente la gracia de poder participar en la colecta a favor de los santos. Y, superando nuestras expectativas, se entregaron a sí mismos, primero al Señor y los demás a nosotros, conforme a la voluntad de Dios. En vista de eso, le pedimos a Tito que concluyera esta obra de caridad entre ustedes, ya que había sido él quien la había comenzado. Y lo mismo que ustedes sobresalen en todo - en fe, en la palabra, en conocimiento, en empeño y en el amor que les hemos comunicado - sobresalgan también en esta obra de caridad. No se lo digo como un mandato, sino que deseo comprobar, mediante el interés por los demás, la sinceridad de su amor. Pues conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por ustedes para enriquecerlos con su pobreza". Es el gesto de donación total, que surge espontáneo en quien al convertirse se comienza a sentir responsable de todos los demás, y se hace consciente de que no puede desentenderse de ellos. Sabe que vive para ellos y no los puede abandonar.

Es esta la clave de un mundo nuevo, de un mundo mejor. Mientras no se asuma esta necesidad de solidaridad, no solo como una cuestión sociológica, sino totalizante del ser, que abarque a todo el hombre, el mundo seguirá siendo cruel y agresivo con los más pobres y desvalidos. Los cristianos debemos sentir la llamada del amor, que nos compromete profundamente. La Iglesia no es una ONG que se encargue de procurar el bienestar material de todos. La realidad es que, aun dando lo mejor de nosotros, no podremos llegar a tantas necesidades. Pero sí debemos poner lo mejor. Elevando nuestro ser a lo que nos ha procurado el Señor con nuestra conversión, debemos apuntar no solo a dar, sino a darnos nosotros mismos. En lo material y en nuestro ser total. Vivir de amor, y hacer vivir de amor a los hermanos. Un gesto de cercanía y de cariño, una caricia oportuna, una manifestación de interés sin aspavientos. Maestra de esto fue Santa Teresa de Calcuta, que recogió la esencia de ese amor compartido. Parafraseando su criterio de amor y tratando de tomar el espíritu de lo que promulgaba, podríamos afirmar su criterio básico de amor a los desplazados del mundo: "No me interesa otra cosa sino que sepan que aun en el momento último de su vida hubo alguien que los amó. Que sepan que en su último momento, ese último suspiro lo dio junto a alguien que lo amó con amor auténtico". Es el culmen de la entrega al hermano. Se trata de sobrepasar el límite en el amor. No quedarse en la simpleza de lo ordinario, sino en el ir siempre más allá, hasta llegar a la sorpresa que sorprende a todos: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Ustedes han oído que se dijo: 'Amarás a tu prójimo' y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si aman solo a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto'". Ir más allá, pues el amor va siempre más allá. Hasta la sorpresa, hasta lo inesperado, hasta donde pensamos que no podemos avanzar más. Siempre podremos hacerlo, pues el amor no tiene límites, y cuando nos unimos a él, podremos llegar hasta más allá de lo natural. Lo hace posible el amor de Dios que es siempre sorprendente.

domingo, 16 de mayo de 2021

La Ascensión de Jesús nos abre el cielo y nos compromete con el mundo

 Salí del Padre y vine al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre

La Ascensión del Señor a los cielos cierra el ciclo terrenal de Jesús. Él ya ha cumplido con la encomienda de rescate de la humanidad que le ha dado el Padre. Lo ha hecho de manera perfecta y grandiosa, logrando el triunfo de su divinidad encarnada sobre el poder de la muerte, del pecado, de la oscuridad. Los hombres han sido restaurados en su filiación divina y han recuperado su condición de imagen y semejanza del Dios de amor. Para ello, necesitó "despojarse de su condición, pasando por uno de tantos", pues solo un hombre podía satisfacer por la traición que el mismo hombre había hecho. Y ese hombre tenía que tener el poder de dar la vuelta a todo lo que había sido destruido con el pecado, por lo que era necesario que tuviera el mismo poder divino, es decir, que tenía que ser el mismo Dios quien asumiera la humanidad para lograr llevar adelante la gesta de la redención. Ese periplo terrenal del Verbo eterno de Dios fue necesario para lograr la restauración de todas las cosas. Pero tenía que llegar a su final. Jesús, habiendo dejado entre paréntesis la gloria natural que le correspondía, tenía que recuperarla, volviendo al Padre, de donde había surgido. Ya la había empezado a recuperar con su resurrección de entre los muertos. Y después de ella, permaneció unos días más entre los discípulos para dar los últimos toques de su obra, antes de retomar definitivamente su gloria eterna en la Ascensión, para volver a colocarse a la derecha del Padre. Es el gesto por el cual la Iglesia naciente festeja ese triunfo. La Ascensión del Señor es la confirmación de que toda la obra de Jesús ha sido cumplida con todo éxito. El Señor vuelve al Padre, pues ya ha realizado la encomienda. Y con ella, ha favorecido a toda la humanidad, por lo cual los hombres vivimos en la alegría de la salvación. Jesús que asciende repite con su gesto las palabras de la Cruz: "Todo está consumado". La Ascensión de Jesús es un resumen perfecto de los favores con los que nos enriquece Dios y de los compromisos que asume la humanidad redimida.

La entrada al cielo del Jesús triunfante, Dios hecho hombre que se ha entregado para salvar a la humanidad, se da con su condición encarnada. Con Él entra toda la humanidad al cielo. La naturaleza humana que nos corresponde a todos, entra con el Jesús triunfante, en el cielo junto al Padre. El hombre irrumpe en el cielo con Jesús. De esa manera, se abre el cielo para todos. La entrada de Jesús en la gloria del Padre, es la entrada de todo hombre, pues en el Señor estamos todos. Ese será el fin del periplo de todo hombre y de toda mujer, ya que Jesús abre el camino y despeja la ruta que seguiremos cada uno de nosotros: "Me voy a prepararles sitio. Cuando vaya y les prepare sitio, volveré y los llevaré a todos conmigo", es la promesa final de Jesús, que disfrutaremos todos los hombres, en la que alcanzaremos la plenitud añorada desde el principio. Y nadie nos la arrebatará, pues Jesús la ha ganado para todos. Esta era la convicción de los discípulos que anunciaban a Jesús a todos, haciéndolos apuntar hacia la realidad trascendente y eterna de la plenitud final: "El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de su corazón para que comprendan cuál es la esperanza a la que los llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y 'todo lo puso bajo sus pies', y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos". Es la plenitud final que anuncia la Ascensión del Señor para todos los hombres. Nuestra realidad no se acaba en lo que vivimos hoy, sino que apunta a una eternidad de felicidad plena, la que nunca se acabará en la presencia del Padre.

Sin embargo, la esperanza en esa eternidad feliz no nos desvincula de lo que vivimos y que debemos seguir viviendo hoy. Cuando Jesús asciende a los cielos, aquellos testigos que se quedaban mirando al cielo extasiados, reciben una suave reprimenda de los ángeles: "Cuando miraban fijos al cielo, mientras Él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: 'Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre ustedes y llevado al cielo, volverá como lo han visto marcharse al cielo'". La Ascensión de Jesús no es punto de llegada. Es más bien el punto de inicio para el compromiso de los creyentes. Jesús asciende, pero deja el mundo en manos de los hombres: "'Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos'. Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a predicar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban". El mundo es tarea de los discípulos del Ascendido. La realidad actual no es extraña a ellos. Aun cuando tengamos la mirada puesta en los cielos a los que ha ascendido Jesús, seguimos teniendo los pies bien firmes en nuestra realidad. Más aún, la llegada a esa realidad trascendente de la eternidad feliz junto al Padre, será posible solo en la ocasión de que asumamos nuestro mundo como tarea irrenunciable. Sólo ascenderemos si tenemos plena conciencia de que estamos abajo. El cielo es añorado solo por los que están en la tierra, sólidamente fundados en ella, comprometidos con hacerla ascender también a ella. La Ascensión de Jesús será también nuestra ascensión si nos hacemos acompañar por toda nuestra realidad. Nuestra cotidianidad será nuestro trampolín. No será un lastre. Al contrario será el impulso que necesitaremos para poder irrumpir gloriosamente también nosotros en las praderas del cielo.

lunes, 14 de septiembre de 2020

Llegar al gozo pleno, exige nuestro compromiso para alcanzarlo

 El Hijo del hombre será elevado | | Radio María Costa Rica

Los binomios oscuridad-luz, abismo-altura, derrota-triunfo, muerte-vida, dan la pauta para una correcta comprensión del itinerario en la fe. Aun cuando la meta será invariablemente luminosa, el camino presentará escollos insalvables, incluso necesarios, para que la llegada al punto final sea triunfante, gozosa, bien valorada. Lo que no exige un esfuerzo personal no producirá el gozo de poseerlo. Solo se valora justamente lo que ha costado, lo que ha implicado entrega y exigencia, lo que ha necesitado de la aplicación de las mejores energías. El profesional valora más el ejercicio de su profesión cuando más le ha costado su proceso de formación, sus estudios, las veladas interminables de repaso de libros y de apuntes. Si el título de su especialidad se lo gana en una rifa, no será jamás un buen profesional, pondrá en riesgo a todas las personas que deberían ser beneficiadas por sus labores, y finalmente no sentirá ni el gozo de su título ni el compromiso con la tarea que debe desarrollar. Solo el que alcanza la meta después de un esfuerzo titánico que le ha exigido día tras día una responsabilidad creciente, cada vez mayor, que le ha costado sudores y desvelos, que lo ha llamado a una actualización cada vez más consciente y urgente en lo propio de su campo, sentirá el orgullo sano del objetivo alcanzado y lo valorará en su justa dimensión, pues solo él sabrá todo lo que ha costado haber llegado. Es el compromiso que se espera de todos los que asumen una responsabilidad, no porque simplemente la deben asumir como tal, sino porque la misma sociedad los ha considerado aptos, luego de un itinerario exigente de formación, para ejercer dicha responsabilidad. Al fin y al cabo es un compromiso social, por cuanto todo ejercicio profesional tiene una componente comunitaria que jamás puede ser dejada a un lado. La llegada a la meta, en efecto, no debe ser considerada solo un éxito personal, sino como lo es en realidad, un éxito de la sociedad, pues ha ganado un nuevo servidor. El gozo de quien alcanza la meta, además de servir para su sano orgullo, debe servir también para saberse deudor de un mundo que espera de sus buenos oficios. Todo esto se enmarca en esos binomios que se señalaban arriba. Ahora bien, si esto es una realidad en la vida cotidiana, lo es de igual manera y con la misma importancia, en la vida de la fe. La llegada a la meta de la felicidad plena, que es el estado al que se nos promete llegar a todos los seguidores de Cristo, no será después de seguir un sendero en el que falte la exigencia y el esfuerzo. Y al igual que la meta humana profesional, solo llenará de gozo si se han sabido enfrentar y sortear todas las exigencias que se presenten, avanzando cada vez más en el camino, hasta poder decir que se ha llegado a la meta y la alegría plena se haga presente. Entonces todo mutará en la felicidad añorada.

Cuando la exigencia personal no se asume como parte integrante del camino de avance en la fe, y se espera que todo sea solo donación, se estará pensando que en ese caminar se tienen solo derechos y que no existen los deberes. Se caerá en la injusticia de pensar que solo Dios debe hacer el esfuerzo en su providencia, sin que nosotros sintamos el compromiso de la exigencia personal. Se tildará a Dios de mal intencionado, cuando vemos que nos ha "lanzado" al mundo y que su favor no actúa cada segundo enfrentando las dificultades que se nos presenten y resolviendo todos nuestros problemas, cuando en realidad Dios ha sido ya providente en medio de ellas, dándonos la capacidad intelectual y corporal para que podamos discernir una solución en cada caso y ponerla en práctica. Es la tentación en la que cayó Israel, después de que Dios mostró su amor y su poder a su favor al liberarlo de la esclavitud en Egipto y lo hizo encaminarse por el desierto para conducirlo finalmente a la tierra prometida, "tierra que manaba leche y miel", en la que viviría la plenitud de la felicidad: "El pueblo se cansó de caminar y habló contra Dios y contra Moisés: '¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náuseas ese pan sin sustancia'". Dios había hecho perfectamente su parte, por cuanto había usado de su poder en contra de Egipto, les había anunciado el regalo generoso de la tierra prometida y esperaba la respuesta confiada y comprometida del pueblo que tendría que haber estado dispuesto a realizar la parte que le correspondía en el pacto de liberación. Pero, en cambio, recibía solo reprobación y exigencias, y una ausencia total de compromiso personal en la asunción de la responsabilidad que debía ser asumida. De tal manera que, para que al pueblo le quedara bien claro cómo era la dinámica del acuerdo -"Ustedes serán mi pueblo y Yo seré su Dios"-, tuvo que usar del escarmiento necesario para que el pueblo reaccionara: "El Señor envió contra el pueblo serpientes abrasadoras, que los mordían, y murieron muchos de Israel. Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo: 'Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes'". Si no querían entenderlo por las buenas, tenían que entenderlo por las malas. El camino hacia la tierra prometida debía ser exigente, debía costar, para que la entrada en ella fuera un verdadero momento de gozo y de alegría por la esperanza cumplida, más plenificante porque costó el esfuerzo personal a cada uno.

Cuando el pueblo asume su parte, Dios asume de nuevo, desde su compromiso de amor, la conducción y el liderazgo que espera una buena disposición de seguimiento de los súbditos: "Moisés rezó al Señor por el pueblo y el Señor le respondió: 'Haz una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla'. Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida". Seguía Dios comprometido con el pueblo y llegaba a hacer incluso los portentos necesarios para que pudiera avanzar en su itinerario. Y de la misma manera actúa Jesús: "Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna". Él asume que cada seguidor fiel deberá también pasar por el binomio muerte-vida que es componente esencial del itinerario que desembocará en la plenitud de la felicidad. Él mismo sufrió el dolor y la humillación de la muerte en esa Cruz que contemplamos como altar de entrega final, que significó para Él el dolor mayor, para poder luego alcanzar el gozo pleno de la resurrección y de la ascensión a los cielos para la recuperación de su gloria natural. Así deberá ser asumido el mismo itinerario por parte de los cristianos. Mientras no lo hagamos nos consideraremos, como Israel, con todos los derechos pero con ningún deber, y acusaremos al mismísimo Dios de ser malo, pues no nos da todo lo que necesitamos para llegar sin obstáculos a la tierra prometida, que es el cielo en el que estaremos viviendo solo la felicidad y el amor que nunca se acaban. Estaremos empeñándonos en no emprender una ruta de valoración real de lo que Dios pone en nuestras manos, con el riesgo de que al llegar a la meta lo que nos invada sea una sensación de vaciedad, de absurdo, de expectativa no cumplida, pues al no habernos costado nada no la valoraremos en su verdadero valor infinito. Es el riesgo que corren los que se ubican en el pensamiento de que el cielo será la llegada del momento de no hacer nada, por lo cual allí se vivirá solo un aburrimiento interminable. Lo cierto es que poner nuestro mejor empeño y hacer el mayor esfuerzo nos asegura, en primer lugar, la vivencia de una expectativa creciente por alcanzar esa felicidad inmutable, y en segundo lugar, la llegada gozosa a esa realidad en la que estaremos viviendo en la plenitud del amor y de la felicidad que no nos podemos siquiera imaginar, por lo cual estaremos en la absoluta compensación de la vida eternamente nueva: "Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios". Por ello, debemos asumir hoy esa parte del binomio: oscuridad, abismo, derrota, muerte, con esperanza y responsabilidad, para luego poder disfrutar de la otra parte: luz, elevación, victoria, vida, a la que estamos llamados y en la que viviremos eternamente.

viernes, 12 de junio de 2020

Jesús no me deja solo. Me exige y me da la fuerza para lograrlo

La plenitud del amor

Para los cristianos está claro que Jesús no quiere medias tintas ni mediocridades. Cuando Jesús llama, lo hace desde el amor que plenifica y fortalece. Es un amor que comprende al hombre perfectamente porque lo conoce perfectamente. En Jesús hay un doble movimiento: exigencia y comprensión. Al haber surgido, desde nuestro primer momento de existencia, de sus manos creadoras, todopoderosas y amorosas, tenemos la seguridad de que no hay absolutamente nada de nosotros que le pueda permanecer oculto. Nos conoce mejor que lo que nosotros mismos nos conocemos. Sabe de lo que somos capaces, cuáles son nuestras fuerzas para avanzar, cuáles con las cosas que nos ilusionan y que nos atraen más. Pero también conoce muy bien cuáles son nuestras limitaciones, cuál es el límite de nuestras fuerzas, ante qué obstáculos sucumbiremos. Aunque nosotros nos empeñemos en querer ocultarle algo, tenemos que estar conscientes de que jamás lo lograremos, pues toda nuestra vida está siempre en su presencia. Quizá podremos llegar a ocultarlo ante otras personas. Incluso quizá podremos convencerlos de que poseemos virtudes o capacidades que realmente no tenemos. Pero, en ese caso, al único que no podremos jamás engañar es a Jesús, pues ante Él nuestra vida es prístina y transparente. Por estar consciente de nuestras capacidades es que nos exige. Sabe muy bien hasta dónde podremos llegar. Pero a esto se añade que está siempre a nuestro lado, haciendo posible que lleguemos incluso más allá de lo que nuestras fuerzas nos permitan. Su exigencia es, en cierto modo, una exigencia a sí mismo, pues sería de esta manera una respuesta suya a la convicción humana de la propia imposibilidad y de la necesidad de que haya una fuerza superior que lo soporte y lo impulse, lo que hace necesaria siempre su buena disposición. Es necesario que Jesús, al colocar la exigencia, coloque también su disponibilidad a apoyar, a dar sustento, a fortalecer. "Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos". Es, en cierta manera, la afirmación de esa disponibilidad continua que hay en Él, para que el hombre sepa que no está solo en el camino de respuesta a las exigencias mayores de Jesús. Conociendo perfectamente al hombre, sabe hasta dónde es capaz de llegar y cuándo debe ofrecer su brazo robusto de Dios poderoso y misericordioso para fortalecer al hombre en su avance hacia la perfección.

No es absurdo, por lo tanto, conocer las exigencias de Jesús: "Han oído ustedes que se dijo: 'No cometerás adulterio'. Pero yo les digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la 'gehenna'. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la 'gehenna'". La invitación es a la pureza de corazón, en la que se invita, realmente, a la mirada limpia que logra tener quien abre su corazón a Dios y lo hace habitar en él. Esta plenitud, lo sabe Jesús, es el producto de un camino de perfeccionamiento en el que se avanza esforzadamente y que solo se logra cuando el hombre ha llegado a la convicción de no poder contar solo con sus propias fuerzas, pues estas lo traicionarán cuando menos lo piense. Si se decide a caminar solo por estas rutas, únicamente obtendrá derrotas y frustraciones. Será entonces que tomará la convicción total de necesitar un apoyo superior. "Sin mí no pueden hacer nada", dice Jesús. Y esta es la clave para comprender y descubrir cuál es la manera ideal con la que se podrá avanzar sin escollos. Si Jesús afirma que sin Él no podremos hacer nada, nos está haciendo entender que con Él lo podremos hacer todo. No son nuestras solas fuerzas las que lograrán que avancemos en el camino de la perfección, sino que junto a ellas podemos contar con la fuerza todopoderosa de Jesús que nunca nos falla. Él está siempre disponible. Será por lo tanto, nuestra convicción absoluta de que cuando Jesús pide algo no lo deja solo a nuestro arbitrio, sino que se está comprometiendo con nosotros a hacerlo posible, pues Él se embarca con nosotros en esa aventura de perfeccionamiento. Él pide y exige, pero deja implícito que comprendamos que también está disponible para apoyar. Con la ayuda de Jesús, la perfección será posible. Sin la ayuda de Jesús, será imposible. Abrir el corazón para que venga Jesús a habitar en Él es, entonces, imprescindible para avanzar en ese camino. Cuando desde nuestra lejanía de Jesús, si es lo que vivimos, conocemos de sus exigencias, siempre nos parecerá imposible e incluso inhumano el que se nos exijan tales cosas. Una persona que no tiene experiencia religiosa de encuentro con Jesús, al percatarse de las exigencias que pone, lejos de sentirse animada a seguirlo, tendrá la tentación de huir de Él y alejarse más. Por ello, lo primero, antes de colocar las exigencias como avales para el seguimiento de Cristo, debemos colocar su oferta de amor y de compañía, y la confianza que podemos tener en su amor que nunca nos faltará.

Un cristiano que realmente se deje arrebatar el corazón por estas cosas, lejos de sentir angustia por la exigencia de avance en la perfección que pone Jesús ante la vista, al convencerse de que no será solo con su esfuerzo que lo logrará, sino que lo hará con esa ayuda segura de Jesús que nunca le faltará, pues su disponibilidad es total y absoluta, siente una gran paz. En cierto modo, vive con la convicción de que su responsabilidad así no es solo suya, sino además de quien le está poniendo la exigencia y pondrá también en él las fuerzas que lo harán capaces de responder adecuadamente a ella. Es la paz que se siente cuando sabes que tienes que hacer tu parte, pero estás convencido de que el esfuerzo siempre llegará a buen puerto pues en su momento contarás con una fuerza superior invencible de la que al final depende todo y con la que con toda seguridad se terminará venciendo. Esa misma paz es la que vivió el profeta Elías, cuando pasó Dios frente a la cueva en la que se refugiaba. Lo descubrió en la brisa suave y pacífica, no en la debacle: "Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva". Dios no estaba en lo que creaba angustia y destrucción. Es signo del hombre que tiene la inquietud en su corazón por las exigencias que pone el Señor en su vida. Dios estaba en la brisa suave, que es signo de la paz que vive quien se sabe en las manos de Dios y que en todo lo que Él pida siempre tendrá su ayuda y su amor todopoderoso que lo anima y lo capacita. Es lo que siente el cristiano. Un verdadero cristiano no se desespera por lo que le pide Dios, sino que siente la paz en su corazón, pues está convencido de que su respuesta no dependerá solo de él que, por supuesto, tiene que poner sus fuerzas en acción, pero que sabe que podrá hacer solo lo que sus mismas fuerzas le permitan y que tendrá que dejar paso en su momento a la fuerza del amor de Dios que completará el trayecto. Cumplir esa meta es su búsqueda final, porque tiene a Dios tan arraigado en él que no quiere fallarle. Dice lo mismo que dijo Elías: "Ardo en celo por el Señor, Dios del universo". Su alegría es ser fiel, avanzar en el camino de perfección, confiar radicalmente en el Señor que lo ama, lo elige y le exige. Es el amor el que hace posible todo este movimiento. Dios elige por amor, exige por amor, comprende por amor y capacita por amor.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Pones en mí, como regalos de tu amor, lo que me pides

Resultado de imagen de no he venido a abolir, sino a dar plenitud.

Una de las máximas que nos llena de más alegría y esperanza es aquella de San Pablo en la que nos asegura: "Los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables". Es una verdad absoluta pues, en todo lo que depende de Dios, su inmutabilidad no solo se refiere a su ser sino también a sus acciones. Desde el mismo inicio de nuestra existencia, cuando nos creó a su imagen y semejanza y sopló en nuestras narices insuflándonos su propia vida, dejándonos así sus primeros dones, ellos jamás dejarán de ser nuestros, a menos que nosotros mismos los rechacemos y los echemos de nuestro ser. De parte de Dios, en todo lo que depende de su voluntad amorosa, tendremos siempre esa imagen y semejanza impresas esencialmente en nuestro ser y conservaremos siempre su vida, que es la gracia, por la cual seremos también participantes de su naturaleza. La mayor desgracia que hemos podido atraer nosotros mismos a nuestro ser es haber rechazado ambos dones. El pecado, por iniciativa de nosotros mismos, en el cual por supuesto no hubo nunca participación de Dios sino de quien se opuso radicalmente a Él desde la eternidad y atrajo a su reino de oscuridad y muerte al hombre, el demonio, destruyó en nosotros todo lo que de noble existía en nosotros. Canceló la imagen y semejanza de Dios que poseíamos y echó fuera de nosotros la vida divina que Dios había introducido en nuestro ser, dejándonos así totalmente desfigurados, muertos a la vida de Dios y habitando en la mayor oscuridad por haber caído en el precipicio que representan los dominios del diablo. Ciertamente los dones de Dios son irrevocables, pero solo en lo que depende de Él, pues su respeto a nuestra libertad es infinito. Pero esa voluntad suya de que poseamos siempre los regalos que nos ha dado, es lo que ha dado pie al diseño del plan de rescate que el mismo Dios diseñó para que pudiéramos recuperar esos dones que Él, obstinadamente, quiere que sean nuestros. El, plan de redención cumplido en Jesús es, en cierto sentido, el plan que hará que el hombre recupere los regalos del origen.

En este sentido podríamos afirmar que en relación con Dios todas sus exigencias irán siempre de acuerdo con la irrefutabilidad de sus dones. Siempre irá en progreso su deseo de donarse y siempre sus exigencias irán de acuerdo con esa propia donación suya. Nunca el Señor nos pedirá algo que sobrepase lo que Él mismo nos da. Lo entendió muy bien San Agustín cuando compuso aquella preciosa oración: "Señor, dame lo que me pides, y pídeme lo que quieras". Es decir, Dios nunca nos pedirá nada que antes no nos haya hecho capaces de cumplir. La ley divina siempre será progresiva, como siempre será progresiva su donación a nosotros. Por eso Jesús es capaz de decirle a sus oyentes: "No crean que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad les digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley". Se trata de que entendamos que Dios siempre dará un paso más adelante en su propia donación, la que se inició desde nuestra creación, por lo cual también dará un paso más adelante en su exigencia. En Jesús llega a su máxima donación, pues se entrega incluso hasta la muerte: "De tal manera amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna". Por eso, al ser extremo su amor que llega hasta la muerte, nos pide a nosotros también la entrega de la vida: "En esto conocemos el amor: en que El dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestras vidas por los hermanos". De esta manera, entendemos también que el Señor no quiere que nos perdamos en la mediocridad por falta de vigilancia, sino que mantengamos siempre nuestro avance por las rutas de la perfección, pues es a ella a la que se nos llama: "Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto". Él es el Dios perfecto que habita en nosotros, por lo cual, nuestra meta debe ser siempre esa perfección divina. No debemos perdernos en las ramas, sino que debemos apuntar a la raíz. Siempre mantendremos nuestra condición de criaturas, por lo cual la imperfección será siempre nuestra compañera, pero en atención a esa llamada de Jesús, desde esa imperfección natural que poseemos debemos dar pasos adelante hacia la meta de la perfección. De este modo entenderemos que Dios no se contentará jamás con el simple cumplimiento de la ley, mucho menos si se hace solo como formalismo, sino que pedirá de parte nuestra la radicalidad que exige el amor y la perfección hacia la que debemos tender.

Nuestra meta, en efecto, es la perfección. La progresividad en la donación de Dios a nosotros lo hace posible. Él no nos pidió esa perfección desde el inicio, pues la posibilidad no estaba aún a nuestro alcance. Solo nos acercábamos a Dios, antes de la donación en Jesús, de una manera oculta y misteriosa, que fue develada en parte por la encarnación del Verbo, lo que hizo que esa posibilidad estuviera más a la mano. San Pablo trata de explicarlo así: "Hablamos de sabiduría entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria". En Jesús entramos en la posibilidad de conocer esa profundidad divina parcialmente, pues el misterio de Dios permanecerá siempre oculto, hasta la eternidad. En Jesús, que nos regala su Espíritu, hemos entrado en esa zona reservada: "Como está escrito: 'Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman. Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios´". Las exigencias de Dios, por lo tanto son mayores, pues mayor ha sido su donación. De nuestra parte está el esforzarnos en responder a ellas, o el despreciar a ese llamado que se nos hace. Así como fuimos libres para hacer desaparecer los dones de Dios con el pecado de origen, lo seguimos siendo para responder ahora, en la etapa de rescate y de recuperación del plan salvífico que Dios ha diseñado para nosotros: "Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera", nos dice el mismo Dios. Somos nosotros los que escogeremos. Ese Dios es infinito en todo. Y es infinito en su amor y en la concesión de sus dones de amor. Pero es también infinito en el respeto al don de la libertad que nos ha hecho: "Grande es la sabiduría del Señor, fuerte es su poder y lo ve todo. Sus ojos miran a los que le temen, y conoce todas las obras del hombre. A nadie obligó a ser impío, y a nadie dio permiso para pecar". Él nunca nos dejará de amar y por eso nunca nos dejará de exigir. Desde nuestra libertad y con la fuerza que Él mismo nos da, podemos responder a su llamada a la perfección.

sábado, 24 de agosto de 2019

Una puerta demasiado estrecha... Y una puerta demasiado ancha...

Resultado de imagen para Lc 13,22-30

La pregunta que le hace ese curioso a Jesús es tremenda: "Señor, ¿serán pocos los que se salven?" Y la respuesta de Jesús no lo es menos: "Esfuércense en entrar por la puerta estrecha. Les digo que muchos intentarán entrar y no podrán". Pero, ¿qué es eso de la puerta estrecha? Si hay una puerta estrecha quiere decir que existe una puerta ancha por la que también se puede ir. Y así es. En el camino de nuestra vida existen siempre dos puertas, dos caminos por el que podemos transitar. 

Una es la ancha, la del camino fácil. Significa la vida holgada, suave, sin complicaciones ni compromisos con nadie sino consigo mismo. Es la vida de quien todo lo quiere fácil, sin esforzarse para nada. La del que que solo va en busca de sí mismo y de sus complacencias. Persigue que todos lo reconozcan, le rindan pleitesía y honores, tener el dominio sobre muchos. Procura siempre vivir los máximos placeres en todos los órdenes de su vida, sin importar cómo obtenerlos. Centra su vida en la acumulación de riquezas cada vez mayores, sea como sea, aunque los métodos no sean los más honestos, y aunque no las obtenga, gasta su vida entera en perseguir esa meta. Es el egoísmo y la soberbia exacerbados.

La otra puerta es la estrecha, a la que hace referencia Jesús. Es una puerta que se basa en la asunción del compromiso cristiano real, que exige crecer en el amor hacia Dios y hacia los hermanos, en entender que la vida es un continuo responder a la llamada a ser más hombre, no porque se tenga más prestigio o más riquezas o porque se experimenten más placeres, sino porque se cultiva más el dominio de sí, la inteligencia y la voluntad, el ejercicio de la verdadera libertad, la cercanía y la solidaridad con el hermano más necesitado. No se debe entender como un camino de negación, como lamentablemente lo pintan los que pretenden ridiculizarlo. Es más bien el de la más grande afirmación, por cuanto es el camino del verdadero desarrollo humano y cristiano. No hay mayor afirmación de sí mismo que el continuo crecimiento en valores personales y en virtudes humanas y cristianas.

Nuestros tiempos, lamentablemente, no nos facilitan para nada la comprensión de esta invitación de Jesús. Todo lo presentan superficial, y la falta de compromiso la revisten tan hermosamente de "libertad", que muchos son atraídos por ese camino. Es más feliz quien más se desentiende de las cosas serias de la vida, el que tiene que hacer menos esfuerzos. Y quien se empeña en esforzarse por elevar su condición humana, asumiendo compromisos duraderos y estables, es un tonto que se ha esclavizado. La libertad se entiende como "hacer lo que me da la gana", cuando realmente es "hacer lo que tengo que hacer porque me da la gana". Es la asunción seria y responsable de los compromisos vitales que me harán mejor persona y mejor cristiano.

La exigencia no deshumaniza. Deshumaniza la falta de exigencia. Quien me exige, me quiere bien. Quien no me exige no me hace ningún favor. Cuando Jesús me invita a esforzarme en entrar por la puerta estrecha, en cierto modo me está invitando también a acercarme a quien me exige y a alejarme de quien me contamina con su falta de compromiso. La Carta a los Hebreos tiene una sentencia que ilumina muy bien al respecto: "Hijo mío, no rechaces el castigo del Señor, no te enfades por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos. Acepten la corrección, porque Dios los trata como a hijos, pues, ¿qué padre no corrige a sus hijos?"

La pregunta, así, tiene sentido. ¿Serán pocos los que se salven? Si para salvarse hay que esforzarse por ser más exigente consigo mismos, el camino que llevamos muchos nos pondrá cada vez más lejos de la salvación. Se trata, por tanto, de tener la mira larga. De apuntar al fin y no sólo al ahora. La salvación es un camino a largo plazo que hay que emprender de inmediato. Y es un camino lleno de plenitud y de satisfacciones, pues es el ir alcanzando metas progresivamente, hasta llegar a la meta final deseada, la salvación eterna...

domingo, 23 de febrero de 2014

Amar así, para mí solo, es imposible...

Cuando se ama, se quiere y se procura lo mejor para el amado. Al mismo tiempo, cuando se ama -sin llegar a ser un condicionante para amar-, se espera del amado también lo mejor. El padre y la madre dan todo a su hijo, y dan lo mejor. -Recuerdo que mi mamá y mi papá me decían que si tenían que quitarse el pan de la boca para dármelo a mí, lo harían sin titubear...-. Pero igualmente, esperan del hijo una respuesta comprometida al amor, apuntando a ser más responsable, mejor alumno, mejor hermano, que ayude más en la casa... El esposo o la esposa dan todo su amor al otro, y a la vez esperan siempre que su cónyuge sea cada día mejor cónyuge, que demuestre más amor, que tenga más detalles, que la relación entre ambos vaya siendo de más calidad... No es que condicionen el amor. No llegan a decir "¡Si no lo haces así, no te amaré más!" El amor verdadero y perfecto es benevolente, no concupiscente. Es decir, lo da todo, y no espera nada a cambio. Aunque si se le da algo a cambio, se siente más hermoso...

Así es el amor de Dios, y aun mejor, pues es la fuente de todo amor. Y la fuente es la perfección del amor. No hay amor mayor ni mejor que el de Dios. Por eso, Dios "se atreve" a poner la exigencia al hombre. Desde prácticamente el inicio de la historia de la humanidad, Dios puso al hombre la norma clave de la convivencia: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". A través de Moisés, nos hace llegar la regla más básica, pero también la más importante, para vivir como verdaderos hijos de Dios.

Jesús es el Dios que se hace hombre y que nos trae el amor encarnado del Dios que nos ama. Y pone la exigencia del amor en un escalón aun más alto: "No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud". Desde su amor, Dios nos pide que seamos mejores, que no nos contentemos con medias tintas, que apuntemos a la excelencia. Jesús apunta a la perfección: "Sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto". En el amor, la única medida razonable es la de la perfección. Ya lo decía San Agustín: "La medida del amor es el amor sin medida". Lo comprendió perfectamente. El amor no puede ser medido, como no puede ser medida la presencia de Dios. No se puede estar "medio lleno" de Dios. Si se tiene a Dios, se le tiene completo o no se le tiene. Como la mujer que no puede decir que está "medio embarazada". O lo está o no lo está...

Por eso, Jesús da la segunda medida del amor. La primera era "como a ti mismo". La segunda es "como yo los he amado". Es el amor del Dios que se hace hombre. Y al encarnarse, encarna también el amor de Dios, un amor que jamás estará restringido, medido, dosificado. Para nosotros, amar como hombres es ya difícil. Amar como Dios es, por decir lo menos, imposible... Somos hombres y nunca seremos dioses. A primera vista, parecería que Jesús estaría siendo injusto con nosotros, pidiéndonos algo que sabe muy bien que jamás podremos lograr...

Leer el Evangelio y percatarse bien de lo que Jesús nos exige es convencerse del absurdo que nos pide: "Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica; dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas... Amen a sus enemigos, y recen por los que los persiguen..." Ante esto, sólo resta decir: "Para mí es imposible... Yo solo no puedo..." Y es allí donde está la clave para poder lograrlo: Convencerse de que nosotros jamás podremos lograrlo con nuestras solas fuerzas...  El secreto para lograrlo nos lo da Pablo: "¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?" La clave está en dejar actuar a ese Dios del que somos morada. La perfección a la que estamos llamados es a la humana, no a la divina, pues para nosotros la segunda es imposible. -La traducción de lo que nos dice Jesús sería: "Así como Dios es perfecto en su divinidad, sean ustedes perfectos en su humanidad"-. Pero, se puede alcanzar si lo dejamos en las manos de Dios: "Señor, yo no puedo por mis propias fuerzas. Pero si me lo pides es porque Tú lo harás posible en mí. Ven a mí y lógralo Tú". Dejarse invadir por Jesús, por su pensamiento y su actitud, por su fuerza y su gracia, es lo que hará posible alcanzarlo. "Todo lo puedo en Aquél que me conforta". El ser perfectos como el Padre, tal como nos lo pide Jesús, significa el vaciarse totalmente de uno mismo y dejar que Él habite en nosotros. "Negarse a sí mismo". Es la verdadera perfección. La perfección humana es humana. Y desde ella somos impulsados a dejar el espacio a Dios, para llegar a la perfección divina que se nos pide. Sólo seremos perfectos como el Padre celestial cuando lo dejemos habitar y actuar plenamente en nosotros...

Hay que reconocerse inútiles en este intento. "Que nadie se engañe. Si alguno de ustedes se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios"Así lo entendió San Agustín, cuando en su oración, cayó vencido delante de Dios. Lo había intentado por sí mismo y nunca lo logró. Ante el Señor, se reconoció como tal, y no tuvo más opción que decirle: "Señor, dame lo que me pides, y pídeme lo que quieras..."

martes, 12 de noviembre de 2013

¿Por qué felicitarte, si hiciste lo que debías?

En general, los hombres somos gentiles en el agradecimiento. Se podría decir que somos tendientes naturalmente a ser agradecidos, cuando vemos que alguien hace bien las cosas, cuando nos hacen un favor, cuando percibimos que se es responsable y se cumple con sus compromisos... No somos mezquinos en eso. Por supuesto que existen también excepciones, cuando alguien se cree merecedor de todos los favores y se ubica a sí mismo en la cresta de la ola, y por supuesto, no agradece nada de lo que se haga. Gracias a Dios, son los menos... Pero de todo hay en la viña del Señor...

En todo caso, es muy significativo que sea el mismo Jesús el que nos ponga en la pista de la comprensión del verdadero sentido del agradecimiento. "¿Tienen ustedes que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado?", nos pregunta Jesús. Y finaliza diciendo: "Cuando ustedes hayan hecho todo lo mandado, digan: Somos unos pobres siervos, no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer". No nos invita Jesús a no ser corteses -muy lejos de Él algo así-, sino a tomar las cosas en su justa dimensión. Se trata de que, por un lado, los responsables asuman sus compromisos con la seriedad y gravedad que implican, sobre todo en lo que se refiere al servicio para el cual han sido designados. Y por el otro, que todos sepan exigir y ser dignos en el momento de recibir las realizaciones de quien está encargado para hacerlas... Es decir, que los que deben servir no crean que están "haciendo un favor" cuando hacen lo que deben hacer, y que los beneficiarios no crean que "se les hace un favor" cuando el que sirve hace lo que debe hacer...

Hoy, tristemente, asistimos a un desenfoque en esta realidad... Los que han sido elegidos para el servicio del gobierno se creen con el derecho de retrasar lo que deben hacer, de no hacerlo, de hacerlo mal, o incluso de servirse ellos casi exclusivamente de lo que hacen... Creen equivocadamente en muchas ocasiones que el haber sido elegidos para dirigir les da patente de corso para hacer lo que les viene en gana, en un evidente mal uso del poder que se les ha conferido, abusando de las facultades que les corresponden y pensando que están incluso por encima de las leyes y de los deberes... Pero también, por otro lado, están los que en vez de exigir al que debe servir el cumplimiento de sus obligaciones, ven las pocas realizaciones que llevan a cabo casi como un favor que hay que agradecer sumisamente. Si en una ciudad, un alcalde pavimenta una calle, se le agradece como si hubiera hecho algo heroico; si la luz no se corta en un día, se le dan las gracias al encargado de asegurar el servicio eléctrico a la población; si llega agua a las tuberías de la casa, se agradece a quien está al frente de los acueductos... Es la perversión total... Quien está al frente se pavonea y envalentona por lo que se le reconoce, y quien es servido se somete más a la autoridad en un evidente desfase de su propia autoestima...

Cristo es muy claro... No se trata de no ser agradecidos, sino de saber qué es lo que hay que agradecer. No se agradece el servicio que se debe cumplir, sino el interés que se ponga en hacerlo, el querer hacerlo cada vez mejor, el procurar que el servicio sea impecable. Y se anima a quien debe recibir el servicio a darse su lugar, a no menospreciarse, a no creer que cuando quien sirve hace lo que debe hacer está haciendo una concesión graciosa y extraordinaria... Nuestra sociedad se está enfermando en una doble dirección. La primera, en la dirección de la sobrestima de quien debe servir, que cree que se le ha dado poder para ser servidos y para poner a todos a su disposición. Y la segunda, en la dirección de la baja estima de quien debe ser servido, quien se cree menos e incluso merecedor de lo malo que venga...

Pero hay una tercera responsabilidad que es muy importante tener en cuenta... La de los que deben inyectar los valores en la sociedad que vemos que se enferma. No podemos seguir asistiendo callados, como testigos mudos, al deterioro de lo que se ha construido con tanto empeño... El desdén de los espectadores no sólo los hace testigos, sino cómplices. Si vemos que el que ejerce el poder se inflama cada vez más en él, creyéndose con todos los derechos, se le debe recordar su papel de servicio. Jesús es muy claro al decir que la autoridad mejor ejercida es la del servicio por amor. La autoridad, en todo caso, está al servicio de la población, y no al revés. Quien ejerce el poder lo debe hacer para buscar el bien superior para la mayoría, cuando no para todos. Si percibimos que está creciendo el descontento por la falta de servicios, debemos procurar que se haga una exigencia cívica de los derechos a los que se debe tener acceso. No es justo que se quiera acallar una protesta cuando es evidente el deterioro y la falta de cumplimiento de quien tiene la responsabilidad de cubrirlos. Tampoco es justo que el descontento se convierta en caldo de cultivo de quien, por un lado, quiere tapar sus faltas con anarquía, o por el otro, de quien quiere aprovecharse de él para sembrar violencia y desbancar al poder...

Hace falta una labor de rescate de la paz cívica. No es posible que quienes vivan los valores y tengan conciencia del tesoro que poseen, se queden sumidos en la indiferencia. En medio de la lucha de los extremos, debe estar quien catalice los ánimos y se ponga al servicio para perseguir la paz y la armonía, buscando que se imponga la justicia y la solidaridad social...

Cuando Cristo dice que no se puede agradecer al siervo que haga lo que tenía que hacer, nos está diciendo a todos lo mismo. A quien ejerce el poder, no se le puede agradecer que sirva. A quien reciba el servicio del poder, no se le puede agradecer que haga su parte exigiendo el servicio. A quien vive los valores, no se le puede agradecer que los siembre y procure que todos los vivan...

martes, 5 de noviembre de 2013

Si eres mediocre, no sirves

Hace algunos años empecé a escuchar mucho de "La Calidad Total". Se afincaba el tema, sobre todo, en la tecnología, que debía no sólo avanzar en logros y conquistas, sino en calidad, la cual tenía cada vez que ser mayor. Incluso se puso como "prototipo" de esa excelencia la "Calidad Toyota", por el alto nivel que se imponía para lograr los mejores productos en la inmensa gama que esta marca ofrece... Recuerdo que se hablaba de que los carros Toyota eran de los mejores, porque se imponían un nivel de tolerancia mínimo en el ajuste de sus partes, lo cual exigía una precisión milimétrica en la fabricación y el ensamblaje de cada carro y de cada una de sus partes... Esta exigencia no se quedó sólo en lo tecnológico, sino que empezó a dar color a prácticamente todo lo que tenía que ver con el hombre. En el campo estrictamente humano, hubo muchos escritores, de esos de autoayuda, de autoestima y de promoción humana, que se dedicaron a escribir prolíficamente páginas y páginas sobre la necesidad que tiene el hombre de apuntar a la excelencia en todo, particularmente en la consideración y en la exigencia de sí mismo...

Fue, y sigue siendo aún, prácticamente una revolución en el campo humano. La autoestima de los hombres corre ciertamente grandes peligros. Y es necesario apuntalarla. Por la baja autoestima de muchos, sin duda, se ha dado paso a la permisividad en el abuso de los poderosos, de los políticos, de los ricos, hacia los que son más débiles, menos decisivos, más desposeídos... Esa baja autoestima los lanza a añorar las limosnas que se les ofrecen, las cuales perciben como grandes dádivas, surgidas de los "corazones generosos" de quienes se las aportan... Por esa baja autoestima el mundo sigue siendo un espacio con dos realidades realmente opuestas: Ricos-Pobres, Poderosos-Débiles, Soberbios-Humildes... No es equivocado el camino de promover esta subida de la autoestima de todos, buscando que la meta sea la igualdad, la mutua consideración, el respeto y la ayuda justa a los necesitados...

Pero, lamentablemente, somo sucede en todo lo que el hombre tiene metida la mano, esta ola novedosa de la promoción de la excelencia, buena en sí misma, ha servido a muchos para descentrar el verdadero objetivo, que debería apuntar al servicio del hombre, a la búsqueda del bien para todos, basados en una igualdad de base en la dignidad y con un objetivo de vida comunitaria con más sentido. Esta conciencia de excelencia personal ha servido para una superexaltación del ego, que ha sido caldo de cultivo ideal para alimentar la soberbia, el egoísmo, el endiosamiento del mismo hombre. Y han surgido líneas de pensamiento, organizaciones, escuelas, pseudo religiones, que han colocado al hombre como el ídolo al que hay que adorar, haciéndolo dios, y haciendo que él mismo se coloque para ser "adorado". Todas esas tendencias han servido para que el hombre, haciéndose dios a sí mismo, se aleje más de sus hermanos y los considere a todos casi como súbditos que deben servirle... Las ideas de "Tú eres insuperable", "Tu eres dios", "Todo gira alrededor de ti", "Nada tiene sentido sin ti", "Sólo con pensarlo lo haces posible", "Atrae para ti las buenas energías", "Puedes si crees que puedes"..., que son, verdaderamente muy atractivas, no se diferencian en casi nada de la voz seductora de la serpiente en el Paraíso que embaucó a Adán y a Eva: "Ustedes serán como dioses"... Es la exacerbación de la buena consideración sobre sí mismo, hasta hacerla explotar en una soberbia impresionante...

El camino debe tomar otra dirección... Si seguimos por esas sendas, el individualismo será cada vez peor, la explotación de los débiles será una tragedia más dolorosa, la separación de los hermanos será más tormentosa... Se debe apuntar a la excelencia, por supuesto... Pero esa excelencia no deberá jamás alimentar mi ego hasta hacerme soberbio, sino lanzarme a ser excelente con los demás y para los demás. Debe apuntar a hacerme consciente de que jamás seré verdaderamente excelente sin contar con los demás, principalmente con Dios. Jamás una excelencia será tal sin Dios. Sólo Dios es quien da la excelencia al hombre. Fuera de Él todo es mediocridad... Y en esa conciencia, el cristiano debe apuntar a ser el mejor, y a hacer las cosas de manera insuperable... No es cristiano ser mediocre. Recuerdo una frase que le escuché al P. Hermógenes Castaño, en una de las excelentes charlas que daba: "Está mal lo que estando bien, puede estar mejor..." Es tremendo esto...

El cristiano no puede quedarse contento con hacer las cosas simplemente bien. Su misma experiencia de Dios y su experiencia de fraternidad, deben hacerlo buscar cada vez lo más alto, lo mejor. No debe nunca apuntar a los mínimos, pues eso lo dejaría simplemente en la mediocridad. Y eso no lo quiere Jesús. Por eso al joven rico le puso la exigencia mayor. Este joven era muy bueno -¡ya quisiera cualquiera de nosotros poder decir lo que él dijo sobre el cumplimento de los mandamientos desde niño! ¡Yo, no me atrevería!-. Y, sin embargo, siendo bueno, Jesús le puso la marca más arriba... "Dale todo a los pobres y vente conmigo". Para Jesús no existen los términos medios, las medias tintas, las mediocridades... Jesús lo quiere todo. Y esto mismo nos lo exige a cada uno de los que queremos seguirle... En nuestra vivencia de fe, debemos apuntar a la excelencia. Cuando el tirador de arco apunta al blanco, debe hacerlo algo más arriba... El peso de la flecha la hace descender un poco en su recorrido. No se puede apuntar directamente, sino algo más arriba. Así mismo debemos hacer nosotros. Hay que apuntar más alto para dar en la diana. No podemos apuntar simplemente a ser buenos, pues quizás sólo llegaremos a mediocres. Debemos apuntar a ser excelentes para quizás llegar a ser buenos...

Y todo, en función del amor, que es la condición indispensable del que quiere ser excelente. El amor es la excelencia mayor, si cabe la expresión comparativa. El cristiano debe ser excelente porque tiene el amor de Dios, porque debe responder con el mismo amor a ese Dios que lo ama, y porque debe amar intensamente a los hermanos. Y esa excelencia apunta, entonces, a lo mismo que apunta el amor: Al servicio, a la donación, a la entrega de sí mismo. A apuntar al bien para todos y a un bien que sea cada vez mejor para ellos... Si no se vive en esta tensión hacia la exigencia, la mediocridad consumirá el ser del cristiano. Será como el cáncer que mata al hombre. La mediocridad es el cáncer del cristiano. Poco a poco lo consume, hasta que lo hace desaparecer... Luchemos contra este cáncer... Apuntemos a la Calidad Total cristiana, viviendo el amor a tope y dando lo mejor de nosotros, de manera que la excelencia sea nuestro sello...