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viernes, 12 de marzo de 2021

El Reino de Dios en el mundo es su amor en el corazón del hombre

 EVANGELIO DEL DÍA: Mc 12, 28b-34: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?.  | Cursillos de Cristiandad - Diócesis de Cartagena - Murcia

El cometido principal de la obra de Jesús es el establecimiento del Reino de Dios en el mundo. Es la instrumentación de aquello que Dios quiso desde el principio, al emprender su obra de creación, colocando al hombre en el centro de todo y llenándolo de su amor y de sus favores. El Reino de Dios es la presencia de Dios en el corazón del hombre que, al poseerlo plenamente, lo hará presente también en todas sus circunstancias vitales, en su entorno humano, invitando a todos a hacer lo mismo, a aceptar que Dios, en Jesús, sea el verdadero Rey de sus vidas. Ese Reino posee las mejores cualidades para la humanidad, pues tiene su fundamento en el amor. La identidad profunda de Dios dará la identidad profunda al mundo en el que Él es Rey. Esa obra que realiza Jesús con su encarnación, su entrega y su sacrificio en la cruz, pasa por crear las condiciones para que esa presencia de las cualidades del Reino se haga real. En los hombres debe darse una conversión auténtica, que haga deponer las actitudes contrarias a la verdad, a la vida, a la santidad, a la gracia, a la justicia, al amor, a la paz, que son propias del Reino de Dios. La propuesta de Dios para establecer su Reino se inicia con su presentación al hombre, en la búsqueda de que sea el mismo hombre el que prepare el terreno para el sí que esté dispuesto a dar. El Reino de Dios no es, de ninguna manera, una entelequia imaginaria propuesta como una utopía irrealizable. Es una verdad absolutamente real que depende de que el hombre se ponga del lado de procurar que se vaya haciendo cotidiana. Jesús mismo afirmó que era una realidad que ya estaba en medio del mundo: "El Reino de Dios ya está entre ustedes".

El sacrificio de Jesús, su entrega, su muerte en cruz y su resurrección, logra el perdón de los pecados de toda la humanidad. Ésta debe aceptar ese perdón y acercarse al Dios de amor para que ese perdón se haga realidad en su vida. Esa humanidad está llamada a aceptar a Dios, a recibir sus encomiendas, a aceptar vivir cumpliendo su voluntad convencida de que ese es el camino para alcanzar la felicidad y la plenitud añoradas. El hombre debe convencerse de que un camino distinto al que propone Dios, por lo tanto, un camino distinto al establecimiento del Reino en su corazón y en el corazón de todos, es un camino que no lo conducirá a esa felicidad que añora y que más bien, por el contrario, lo llevará a su total frustración. Cuando Israel, luego de sufrir en la oscuridad y en el dolor, se convence de que su situación es la consecuencia de haber elegido un camino distinto al que Dios proponía, recapacita y en ese resto significativo que quería ser fiel a Dios, se decide a retomar el camino justo. Esa decisión del pueblo atrae de nuevo la bendición de Dios: "'Curaré su deslealtad, los amaré generosamente, porque mi ira se apartó de ellos. Seré para Israel como el rocío, florecerá como el lirio, echará sus raíces como los cedros del Líbano. Brotarán sus retoños y será su esplendor como el olivo, y su perfume como el del Líbano. Regresarán los que habitaban a su sombra, revivirán como el trigo, florecerán como la viña, será su renombre como el del vino del Líbano. Efraín, ¿qué tengo que ver con los ídolos? Yo soy quien le responde y lo vigila. Yo soy como un abeto siempre verde, de mí procede tu fruto'. ¿Quién será sabio, para comprender estas cosas, inteligente, para conocerlas? Porque los caminos del Señor son rectos: los justos los transitan, pero los traidores  tropiezan en ellos". La determinación de conversión de Israel, atrae de Dios la promesa del establecimiento de su Reino de amor.

Como se ha afirmado, el Reino de Dios es Reino de amor. Por eso la principal cualidad que debe brillar es la del amor. De él se desprenderá todo lo demás. Sin el amor, no tiene sentido hablar de las otras cualidades del Reino. Para un discípulo que quiera profundizar en su fidelidad, esta debe ser la primera de las preocupaciones. La pregunta que debe surgir en su corazón es la de qué debe hacer para lograr que ese Reino llegue a su corazón. Cuál debe ser su primera obligación, por encima de todas las exigencias que existen en la fe. Por eso, aquel maestro de la ley se le acercó a Jesús a consultarle sobre el Mandamiento principal de todos. Jesús le hizo la simplificación más clara y auténtica que podía existir: "En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: '¿Qué mandamiento es el primero de todos?' Respondió Jesús: 'El primero es: 'Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser'. El segundo es este: 'Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. No hay mandamiento mayor que estos'". El Maestro de la ley luego hizo suyas esas palabras, las asumió y logró de Jesús el elogio por lo que había entendido: "'Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios'. Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: 'No estás lejos del Reino de Dios'". El Reino de Dios es el amor en el corazón del hombre. Es lo que debemos procurar cada uno de los que queremos seguir a Jesús, para que se haga una realidad en nuestros corazones la presencia del Reino de Dios. Que el Reino de Dios esté presente en nuestras vidas nos colmará del amor de Dios y nos llenará de la felicidad más grande que jamás podremos imaginar.

jueves, 4 de febrero de 2021

El Reino de Dios ya está entre nosotros porque Jesús ya está entre nosotros

 Jóvenes Papones De León - #EvangelioDelDía Lectura del Santo Evangelio  según San Marcos 6, 7-13 En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue  enviando de dos en dos, dándoles

El relato que hace la Carta a los Hebreos sobre el nuevo Sacerdocio de Jesús abarca desde lo que ha sucedido con el antiguo sacerdocio superado por Cristo hasta los tiempos nuevos que serán inaugurados con su presencia que lo abarcará todo y le dará forma a todo el estilo de vida que se vivirá en la eternidad. La acción de Jesús ha sido una acción totalmente renovadora. En ella, aun cuando se habían experimentado acciones similares puntuales en la historia anterior, se va dando ya la confirmación definitiva de lo que se vivirá definitivamente, inmutablemente. Él es quien viene a hacer todo de nuevo y esa novedad será ya la que se tendrá por toda la eternidad. La finalidad de Dios, motivado por su amor a lo creado, es que todo alcance la plenitud. El mal que ha convivido con el hombre desde el principio, empezó a recibir sus derrotas más estruendosas con la obra de renovación del Verbo hecho carne. La muerte del Redentor en la Cruz fue, siendo como fue, cruenta y terrible, la jugada maestra de Dios para dar a entender al demonio que ya su tiempo había pasado. Esa "victoria" obtenida con la muerte de Jesús fue la trampa en la que cayó, pues el resultado de la resurrección posterior del Mesías Redentor logró que el mal, con su jefe al frente, quedara totalmente anulado y vencido para siempre. Aún hoy el gran derrotado es el demonio. Su poder está totalmente anulado cuando contemplamos al Crucificado muerto en el altar de la Cruz, pero luego victorioso y glorioso junto al Padre, habiendo dejado vacío y solitario al sepulcro. Y esa victoria es nuestra, pues así lo ha determinado Dios. El hombre, causante del mal por haberse dejado embaucar por el demonio y por haberse puesto a su servicio en contra de Dios y de sus mismos hermanos, sigue siendo beneficiario de una victoria de la cual había estado tan lejos. La obra de rescate del Salvador es obra de rescate incluso para aquellos que estaban lejos, o porque estaban engañados o porque se habían colocado en una situación de oposición frontal a la voluntad divina. En este caso, todos tienen entrada franca en el camino del restablecimiento de la relación con el Dios del amor. Basta que al percibir las acciones que Dios sigue llevando adelante, se convenzan de que no hay mejor posibilidad para la felicidad eterna que unirse a la obra de amor del Dios que lo quiere con Él.

Esa presencia de Dios en Jesús, nuevo Sacerdote de la nueva etapa de salvación, es una presencia que llena de júbilo. Atrás quedan aquellas acciones estruendosas de Dios, en la que en algunas ocasiones se presentaba ante el pueblo produciendo temor y llenando de portentos todo. Con Jesús las cosas son más sosegadas, pues apuntan a entender que ese nuevo tiempo es el tiempo de la felicidad serena. Hay que empezar a vivir ese gozo de saber que Dios está en medio de nosotros, produciendo todos los beneficios propios del Reino que se va instaurando. Esa presencia de Jesús entre nosotros no anula la presencia del mal, pero sí va haciendo que el hombre se vaya convenciendo cada vez más de que el camino de esa felicidad añorada debe irse avanzando con una mayor unión creciente con Él. Por un lado, el mal seguirá obteniendo algunas victorias pues algunos hombres seguirán estando a su servicio, y aun cuando no tiene ya el poder, tendrá el que el mismo hombre ponga en sus manos para seguir obteniendo victorias. Y por el otro en el presenciar la lucha del mal contra el bien, algunos de esos hombres irán haciéndose a la convicción de que no tiene sentido seguir sirviendo al mal, pues su derrota es evidente: "Ustedes no se han acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni han oído aquella voz que el pueblo, al oírla, pidió que no les siguiera hablando. Y tan terrible era el espectáculo, que Moisés exclamó: 'Estoy temblando de miedo'. Ustedes se han acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel". Quien se acerca así a Jesús, nuevo Sacerdote, se acerca a la fiesta anticipada de la alegría interminable.

Esa instauración del Reino, de sus valores, de las acciones amorosas de Dios, que son preludio de lo que se vivirá eternamente, comienza a tener algunos atisbos en la obra de Jesús. Cada uno de los discípulos de Cristo, aquellos que fueron convocados por Él para acompañarlo, para escuchar su mensaje, para ser testigos de las maravillas que iba realizando, no solo podían ser contempladores pasivos de lo que percibían. En la didáctica de Jesús, llegaba el momento de que también ellos fueran actores en ese Reino nuevo que estaba siendo instaurado. No podían quedarse solo como simple espectadores de lo que hacía Jesús. Jesús los quiso activos, instrumentos eficaces de la renovación. Y por eso los envía con una tarea que era la misma que Él vino a cumplir: establecer el Reino, sembrar sus valores, decir a los hermanos que estaba llegando algo nuevo, anunciar que la alegría prometida era una realidad total, pues ya la estaba viviendo cada uno de ellos con sus acciones. Era Jesús el que lo hacía posible. Ese tiempo ya estaba presente, porque ya estaba presente Jesús: "En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y decía: 'Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel sitio. Y si un lugar no los recibe ni los escucha, al marcharse sacúdanse el polvo de los pies, en testimonio contra ellos'. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban". Se estaba iniciando ese tiempo nuevo. Era el tiempo del Reino de Dios.

domingo, 31 de enero de 2021

Jesús es el gran Profeta que implanta el Reino de Dios en el mundo

 EVANGELIO DEL DÍA: Mc 1,21-28: Enseñaba con autoridad | Cursillos de  Cristiandad - Diócesis de Cartagena - Murcia

La aparición en el futuro de un gran Profeta de Dios que superará incluso a Moisés, es una de las promesas que Israel guardaba como uno de sus grandes tesoros. Con todo lo que representaba el gran Moisés y todos los grandes personajes que se fueron sucediendo en la historia de Israel, liberado portentosamente del yugo egipcio, llevado con mano suave y poderosa por el desierto, haciéndolo vencer a todos los pueblos que se le enfrentaban, y finalmente introduciéndolo triunfante en esa tierra prometida que "manaba leche y miel", ese personaje anunciado por el mismo Moisés será el que lleve a su culminación la obra grandiosa de Dios en favor del hombre que había creado y del pueblo que se había elegido para sí. No será, por supuesto, una obra que favorecerá solo a ese pueblo elegido. Israel es la representación de la humanidad completa que recibirá absolutamente todos los beneficios que Dios quiere derramar, pues la humanidad y el mundo entero surgieron de sus manos para recibir toda ella y todo él el beneficio para el cual el Señor lo creó. Ningún hombre, sea del origen que sea, sea de las fronteras que sean, deja de haber surgido de las manos amorosas del Padre y por ello todos están destinados a disfrutar eternamente de todos los beneficios divinos. Israel se convierte así en el emblema de lo que vivirá toda la humanidad en ese mundo nuevo que es el Reino de Dios que ha venido a implantar Jesús. Él es es gran Profeta anunciado que viene a establecer ese tiempo nuevo, que es el tiempo del amor eterno que se vivirá en el Reino que será implantado estable y eternamente por Jesús: "Moisés habló al pueblo diciendo: 'El Señor, tu Dios, te suscitará de entre los tuyos, de entre tus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharán. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb el día de la asamblea: 'No quiero volver a escuchar la voz del Señor mi Dios, ni quiero ver más ese gran fuego, para no morir'. El Señor me respondió: 'Está bien lo que han dicho. Suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá todo lo que yo le mande. Yo mismo pediré cuentas a quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá'". Jesús es ese Profeta que asegura la presencia eterna del Padre, sus beneficios, su salvación y su amor eterno.

La preocupación de aquellos primeros discípulos era cómo hacer que la presencia de ese gran Profeta, Jesús, fuera de tal manera influyente que de verdad transformara una realidad en la que los hombres quedaban desplazados por la carga legalista de la fe que propugnaban las autoridades religiosas. Ellos, quizás por defender su primacía, quizás por no perder todas las prebendas de las que gozaban, quizás por sostener su bota sobre el cuello de ese pueblo que quería ser fiel a Dios, se empeñaban en sostener sobre todo a los más débiles, a los más sencillos, a los más humildes y a los desposeídos sometidos a sus dictámenes. Los apóstoles encaminaron a ese pueblo a la correcta comprensión de lo que Dios quería de ellos. No era tanto seguimiento de doctrinas o prescripciones sino la experiencia de una vida que asumiera que debían hacer presente a Dios y los valores del Reino en todo lo que vivían. Lo importante es el es amor, es la vida de fe, es la vida comunitaria en la que todos demuestren lo que conocen. Conocer sin vivir no tiene sentido. El conocimiento solo tendrá sentido si se lleva a la práctica en la vida de lo cotidiano: "Hermanos: Quiero que se ahorren preocupaciones: el no casado se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido. También la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, de ser santa en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido. Les digo todo esto para su bien; no para ponerles una trampa, sino para inducirlos a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones". Lo que importa es ser del Señor y que, en el estado en que sea, se viva siempre en la presencia de Dios y en el amor a los hermanos.

Por eso Jesús, en su primera aparición pública, además de enseñar con autoridad, mejor que los escribas, sustenta su enseñanza con las maravillas que hace. El Reino de Dios ya está entre nosotros. El Evangelista Marcos, más que preocuparse de lo que enseñaba Jesús, está interesado en demostrar cómo se debe vivir lo que enseña Jesús. Él ha llegado para liberar al hombre, para sanarlo. Él ha venido a establecer el Reino y sus valores de amor, de poder divino, de justicia, de fraternidad. Los gestos de sanaciones y liberaciones no son otra cosa sino la afirmación de que hay un nuevo tiempo. De que los deseos de dominio de unos sobre otros, sobre todo de los poderosos sobre los débiles, son ya tiempo pasado, pues en el Reino que se está estableciendo, eso ya no tiene cabida. Es el tiempo de Dios, que ya nunca se acabará. Y quien quiera disfrutar eternamente de todos sus beneficios, tendrá que abrir su corazón a ese Dios que está en Jesús y quiere inaugurar el tiempo nuevo del amor, que es para todos: "En la ciudad de Cafarnaún, el sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: '¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios'. Jesús lo increpó: '¡Cállate y sal de él!' El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos: '¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen'. Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea". Será la obra de Jesús iniciada con su presencia en medio de nosotros y que llevará adelante durante toda la historia futura, pues es el futuro que nos espera a todos.

jueves, 28 de enero de 2021

Hagamos que brille la Luz de Cristo en nosotros para todos

 Dios también habla hoy: Jueves de la 3 a. Semana – Ciclo C | Mensaje a los  Amigos

Después del Sacerdocio asumido por el Hijo de Dios hecho hombre, todo ejercicio del sacerdocio pasa necesariamente por el único válido, que es el de Jesús, que ha completado totalmente su obra mediante la implantación de los valores del Reino, que serán los imperecederos, los que nunca pasarán, pues serán los que ha establecido Dios que prevalezcan luego de la obra de rescate por la entrega del hombre Jesús, su Hijo hecho hombre, con lo cual ha ofrecido el sacrificio definitivo y totalmente satisfactorio. Ya no hay necesidad de ofrecer más sacrificios, como tenía que hacer el sacerdote antiguo cada vez que entraba en el santuario. La entrada de Jesús es definitiva y totalmente satisfactoria, por cuanto ningún sacrificio de animal contiene lo que representa. La única entrega definitiva, que hace ya absurda cualquier otra entrega, es la del Dios que se ha hecho hombre, sacrificado una vez y para siempre, y que hace ya innecesaria otras entregas que serían solo simbólicas, pero que no contendrían ya de ninguna manera posible lo que sí contiene el sacrificio del Redentor. Jesús rescata a la humanidad, la trae a la presencia del Padre y la coloca a sus pies, con tal de que ella misma acepte que ese sacrificio logra la meta final del establecimiento definitivo del Reino entre los hombres. A menos que el mismo hombre se niegue a recibir todo el tesoro que ello representa, la realidad de la novedad absoluta del hombre y del mundo es ya un logro alcanzado para el hombre y para el mundo. Solo el que se empeñe en mantener por soberbia, pretendiendo con ello hacerse más que el mismo Dios, esa autonomía radical, una emancipación que no tiene otra meta superior sino solo la de autoafirmarse en sí mismo, oscureciendo con ello su propio futuro que quedará en la nada pues no tendrá visos de eternidad, frustrará en sí ese futuro de plenitud hacia el cual él está encaminado.

Ese perjuicio lamentablemente dañará no solo su propia vida, sino que pretenderá, con la fuerza del mal, atraer a otros hermanos a esa perdición, cuando el engaño de una supuesta superioridad delante de Dios los conquistará absurdamente. La fuerza del mal hará que sus aliados en el daño a otros sean cada vez más, tiñendo de oscuridad un futuro que puede ser realmente luminoso, cuando se colocan bajo la iluminación de un bien que será inobjetable, por cuanto será la realidad que al final imperará eternamente. No será de ninguna manera una nueva situación que apunte al individualismo, pues el discipulado de Jesús y el servicio a su sacerdocio se aleja diametralmente del egoísmo o de la vanidad personal, y más bien apunta a una experiencia de fraternidad que hace de la humanidad una experiencia de solidaridad en la que se debe procurar que todos avancen por las mismas rutas de la experiencia de los valores del Reino: el amor, la solidaridad, la justicia, la fraternidad, la paz. Nadie en esa nueva realidad del Reino establecido por el sacrificio de Jesús será ya un ser aislado, sino que formará parte de ese gran pueblo nuevo, hecho nuevo en el amor de entrega y en el sacrificio de instauración de la nueva realidad en el mundo: "Hermanos, teniendo entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que Él ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea, de su carne, y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura. Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa; fijémonos los unos en los otros, para estimularnos a la caridad y a las buenas obras. No deserten de las asambleas, como algunos tienen por costumbre, sino anímense tanto más cuanto más cercano ven el Día". La meta es la vida de comunidad, como un solo hombre, bajo un mismo Dios, guiados bajo la batuta del único Dios que se hizo hombre.

Es por ello que esa luz que recibimos de la obra de entrega de Jesús, su muerte que no solo perdona nuestros pecados, sino que nos hace a todos una misma cosa, como es su deseo final, busca que nuestro camino siempre esté iluminado con la luz de los valores del Reino que imperarán. Toda oscuridad que pretenda imponerse en esta novedad del Reino encontrará en la luz del Resucitado su más firme fuerza opuesta, por cuanto es la luz que resplandecerá eternamente. Ese es el objetivo que Dios ha establecido para el hombre y para el mundo. La oscuridad de ninguna manera tendrá cabida, y quien pretenda ponerse al servicio de la penumbra, se encontrará con la luz resplandeciente que lanzará Jesús, que será la luz de la vida y del alcance de todo lo que de bien existirá eternamente cuando se establezca definitivamente el Reino eterno del Padre: "En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre: -'¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero? Si se esconde algo, es para que se descubra; si algo se hace a ocultas, es para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga'. Les dijo también: -'Atención a lo que están oyendo: la medida que usen la usarán con ustedes, y con creces. Porque al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”. Lo nuestro es el Reino. Hacia allá estamos llamados todos. Y esa realidad, a menos que nosotros mismos nos pongamos en la línea de equivocación, nadie podrá quitárnosla.

domingo, 24 de enero de 2021

Cambiar de vida y servir para instaurar el Reino de Dios

 VENID EN POS DE MÍ Y OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES

La obra de Jesús, Dios que se ha hecho hombre para el rescate de la humanidad que había perdido el rumbo del encuentro con el Padre, llega a su culminación no solo con su entrega definitiva en la Cruz del sacrificio con el que manifiesta su intención última de ganar a los hombres de nuevo para Dios, sino que busca echar las bases definitivas para alcanzar el establecimiento de aquella situación idílica de plenitud que es el objetivo final del amor del Padre al crear al hombre y al mundo. La Redención de Jesús es, sin duda alguna, el punto más alto de demostración de amor de Dios por la humanidad, al enviar a su propio Hijo para que realizara el gesto de entrega que rescatara a ese hombre que en su soberbia había decidido emprender rutas, motivado por su soberbia y su egoísmo, que lejos de afianzarlo más en una verdadera humanidad, lo alejaba de ella, y lo hacía cada vez menos hombre. El hombre, lejos de Dios, se colocaba también cada vez más lejos de su propia humanidad. Es una historia que se ha repetido una y otra vez, y que ha tenido ejemplos clarísimos anteriormente. Mientras el hombre se aleja de Dios, su Creador, una y otra vez, ofrece la posibilidad de que la humanidad tome conciencia de su propia debacle y hace ver con su acción de amor el deseo de que el mismo hombre caiga en la cuenta de qué es lo que más le conviene. Incluso lo hace echando mano de pueblos paganos, opresores, a los que invita a la conversión y al cambio de conducta: "El Señor dirigió la palabra a Jonás: 'Ponte en marcha y ve a la gran ciudad de Nínive; allí les anunciarás el mensaje que yo te comunicaré'. Jonás se puso en marcha hacia Nínive, siguiendo la orden del Señor. Nínive era una ciudad inmensa; hacían falta tres días para recorrerla. Jonás empezó a recorrer la ciudad el primer día, proclamando: 'Dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada'. Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron con rudo sayal, desde el más importante al menor. Vio Dios su comportamiento, cómo habían abandonado el mal camino, y se arrepintió de la desgracia que había determinado enviarles. Así que no la ejecutó". La invitación a la conversión tuvo su efecto en Nínive.

La llegada de Jesús da la impronta de urgencia a esa llamada a la conversión. Ya no hay más tiempo. El Antiguo Testamento era el tiempo de la preparación, de la espera. Todo hombre y toda mujer que viviera en esa espera tenía que disponer bien su corazón para convencerse de la necesidad de abrir espacio para la llegada de Aquel que estaba prometido y que venía. La llegada del Mesías Redentor no era solo la llegada del rescate prometido, sino que era la llegada del establecimiento de la novedad radical de vida que representaba el Reino de Dios que se venía a instaurar con la irrupción del amor divino hecho humano en Jesús. Los valores del Reino quedarían como ese legado definitivo, estable y eterno para los hombres y para el mundo: "Digo esto, hermanos, que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina". Hay una situación de absoluta novedad, inédita, por cuanto ya no es una promesa, sino un cumplimiento definitivo. La situación del mundo y del hombre es totalmente nueva y hay que esforzarse en vivirla en esa total novedad. Es el mundo nuevo que está irrumpiendo con el Hombre Nuevo, Jesús.

Por eso la llamada no es solo a la conversión, sino que da un paso más allá. Es una invitación a creer en el Evangelio. Esto significa no solo arrepentirse del camino equivocado que se ha tomado, sino a asumir el camino nuevo del Reino, en el que es rechazado todo lo que aleje del amor. Creer en el Evangelio significa asumir las bondades del Reino: el amor, la justicia, la paz, la fraternidad, la solidaridad. Es dejar a un lado todo lo que tenga sabor a egoísmo, a soberbia, a vanidad, a ventajismo. Es querer integrarse a esa comunidad que quiere vivir ya el Reino, aquí y ahora, y entrar a formar parte de ese grupo de discípulos que quiere integrarse a establecer el Reino en todo. No solo busca creer en Jesús, arrepentirse de los pecados, ser mejores, sino hacerse obreros en la causa del Reino: "Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: 'Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio'. Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: 'Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres'. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él". Cada uno de esos llamados somos nosotros mismos. Ya no buscamos solo el perdón de nuestros pecados, sino que queremos ser socios de Jesús en el establecimiento del Reino en el mundo.