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lunes, 20 de abril de 2020

Convierte, Señor, mi noche en día, y hazme luz para mis hermanos

Jesús y Nicodemo – Bendiciones Cristianas

El Evangelio de San Juan está plagado de simbolismos. En él, todo lo que escribe tiene un fundamento histórico sólido, pero algunas cosas las quiere narrar haciendo recurso de la simbología, de modo de hacer una construcción teológica y narrativa atractiva y concluyente entre su auditorio. Recursos como el del agua, las parábolas, los sentimientos, las realidades circundantes utilizadas por Jesús para hacer llegar sus mensajes, tienen en San Juan un uso casi litúrgico. Así, nos encontramos con este encuentro de Jesús con Nicodemo, quien se acerca de noche a hablar con Jesús. "Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche". Evidentemente, al pertenecer al grupo de los fariseos, acérrimos adversarios de Jesús y foco de sus ataques más frontales por su hipocresía y aprovechamiento de las cosas sagradas en contra del pueblo sencillo, además de que entraba en la categoría de "jefe", lo hacía recurrir a Jesús amparado por las sombras de la noche. Seguramente se sentía muy atraído por todo lo de Jesús. Sus palabras y sus obras probablemente lo habían hecho cuestionarse profundamente, y por eso sentía la necesidad urgente de acercarse a Jesús para plantearle sus inquietudes. Pero no podía hacerlo abiertamente, pues su categoría como fariseo y jefe lo colocaban en la acera opuesta a Jesús. Debía hacerlo a escondidas. Por eso escoge la noche como aliada para acercarse a Cristo. Este encuentro es emblemático de lo que vive quien se acerca a Jesús, haciéndolo con espíritu acucioso, sin prejuicios, limpio de toda pretensión de convencer de sus propias ideas, sino abierto a dejarse convencer y arrebatar. Nicodemo se acerca de noche a Jesús. Esta noche no solo se refiere a la realidad meteorológica, aunque ciertamente el encuentro se da en horas nocturnas. La noche, para el San Juan simbólico, está también reinando en el alma de Nicodemo. Él se encuentra en la oscuridad por percatarse de la equivocación de la conducta que ha vivido hasta ahora. Las palabras de Jesús han hecho mella en él, lo han hecho cuestionarse. Está inquieto. Es una noche que no es perjudicial, sino que preludia y anuncia un amanecer. Veremos como ese encuentro termina siendo ya de día. Después de pasar toda la noche hablando ambos, se hizo de día. Ciertamente en la realidad exterior los dos personajes estuvieron hablando toda la noche. Podemos imaginarnos a Jesús y Nicodemo intercambiando criterios. Nicodemo preguntando y Jesús respondiendo. Ambos eran conocedores de la Escritura, por lo cual podemos suponer el ir y venir de argumentaciones. Al final, Nicodemo se deja conquistar. Vemos como en el Evangelio luego aparece junto a José de Arimatea como discípulo secreto de Jesús. Para Nicodemo se había hecho también el día en su alma. La luz de Jesucristo lo había iluminado. Él vino con la noche en su alma, se acercó a la Luz que es Jesús y se alejó de Él lleno de esa iluminación divina.

La claridad que Nicodemo obtiene de la Luz que es Jesús no se da sin dificultades. El argumento de Jesús en un primer momento le parece fatuo, imposible. Empieza reconociendo en Jesús una condición extraordinaria: "Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él". Sabiamente, quizá lo hace para suavizar de entrada a Jesús, alabándolo. Lo reconoce como maestro y como enviado de Dios. Pero Jesús, prácticamente sordo a estas adulaciones, va en barrena: "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios". Le plantea ya la necesidad de dejarse hacer hombre nuevo para realmente aceptarlo. No hay otro camino. Es necesario dejar todo lo anterior y llenarse de todo lo nuevo. Algo que es incomprensible para Nicodemo. "¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?" Esta realidad propuesta por Jesús es algo radicalmente nuevo, y por eso no lo comprende. La radicalidad de la nueva vida ofrecida por Jesús es total. No hay términos medios. Es necesario hacerse de una vida nueva. Jesús, al resucitar hará esto posible, por cuanto esa novedad de vida la obtiene Él en primer lugar y la hace luego derramarse sobre todos. La resurrección de Cristo es la posibilidad del nuevo nacimiento para toda la humanidad. Ese nuevo nacimiento que ofrece Jesús es un renacimiento espiritual. Es el hombre en su interior el que debe ser transformado en el amor. Este amor vivido en la radicalidad como lo vivió el mismo Jesús en su entrega es el que dará un tinte nuevo a todo. La novedad no es en los años de vida, sino en la calidad de vida del espíritu. Dejándose llenar de ese Espíritu de Dios se obtendrá un nuevo ser en la experiencia vital delante de Dios y de los hermanos. Será una transformación que tendrá repercusión no solo en quien nace de nuevo, sino en todos los que sean testigos de esa novedad que vive el renacido. "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu". No debe ser solo la carne, en adelante, la que dictará las pautas de la vida, sino que será también el Espíritu. Viviendo en la misma vida cotidiana que se poseía, al renacer, esa vida nueva en el Espíritu obtendrá tintes luminosos que harán que el nuevo ser sea como una antorcha que va llenando de luz toda su realidad circundante. Habiéndose hecho de día en el alma oscura del renacido, la claridad de ese día nuevo la llevará a toda su vida.

Ese Espíritu que plenifica al nuevo hombre, que lo llena de Luz y lo hace día para todos a su alrededor hace su obra no sólo de renovación, sino también de acompañamiento al renacido. El nuevo día que se hace realidad en el ser del que ha nacido de nuevo es de tal magnitud, que marca toda su existencia. No se trata solo de alegrarse por sentir que esa nueva vida llena de fe y de esperanza en un futuro de eternidad seguro para quien lo recibe y lo aprecia, sino para todo el que fijándose en esa novedad que vive el renacido abre también su corazón para dejarse hacer de día en su alma. Es la alegría del que se hace instrumento de la luz y sabe que la riqueza del mundo trasciende con mucho a la simple realidad material y se refiere desde su experiencia personal a todo, incluyendo como parte primordial a la realidad espiritual, invisible, a la que prácticamente se había dejado a un lado, haciendo sentir un vacío existencial que solo se llena con esa presencia del Espíritu en el alma del renovado. El cambio radical de vida se refiere a la conversión, a ese proceso que se inicia cuando hay noche en el alma y se produce el acercamiento a la Luz que es Jesús, y se siente como poco a poco su palabra y su acción van venciendo a las sombras espirituales y van iluminando todos los rincones del propio ser. Así, lo que adquiere sentido es la vida en el Espíritu de Dios. Todo se llena de su color y de su presencia. La vida pasa a girar en torno a esa realidad que prevalecerá en la eternidad, por la cual vale la pena esforzarse por defenderla en sí mismo y por hacerla patrimonio de todos, pasando por encima de cualquier obstáculo o estorbo. Por eso, los apóstoles asumieron su parte en esa tarea titánica. Lo hicieron con alegría e ilusión, haciendo acopio total de sus fuerzas y de su energía, y dejándose llenar de la valentía necesaria para no desfallecer ante las adversidades y persecuciones: "'Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía; extiende tu mano para que realicen curaciones, signos y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús'. Al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios". La novedad que traía Jesús los llenaba del deseo de ser servidores de ella. No podía el mundo seguir siendo antiguo, cuando Jesús, el Renovador resucitado, había entregado su vida para que esa novedad llegara a todos y a todo. Por eso valía la pena asumir cualquier riesgo, con tal de hacer que todo fuera hecho de nuevo. Esa es la tarea de todo cristiano, que debe ser asumida con alegría e ilusión, y siendo valientes ante cualquier adversidad. Hacer que el mundo salga de la oscuridad de la noche en la que se encuentra y pase a vivir el día, lleno de la Luz que es Cristo.

sábado, 11 de abril de 2020

El sepulcro no tiene poder para mantenerte cautivo

Mateo 27:57–60 Jesús es puesto en un sepulcro - YouTube

Hay noche en el mundo. El que es la Luz del mundo está oculto en el sepulcro, negando esa luz momentáneamente. Jesús mismo había dicho de sí: "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida". Isaías, viendo la perspectiva de la llegada del Salvador que venía a rescatar a los hombres, escribe: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande". Jesús es esa Luz que elimina toda tiniebla, que llena de la alegría de la iluminación por su vida al pueblo que triste caminaba dando tumbos pues no veía el camino con claridad. El pecado había echado todas las sombras sobre la humanidad y la hacía caminar sin ninguna perspectiva. La tristeza, el desasosiego, la frustración, eran los sentimientos que dominaban. No obstante, prevalecía la esperanza de que los anuncios antiguos se cumplieran y llegara un tiempo nuevo en el que resplandeciera la luz de la alegría y de la liberación. La llegada de Jesús, con toda su carga de dicha, con las manos llenas del amor que el Padre le encomendaba llevar a los hombres y de las obras que revelaban la llegada de un tiempo nuevo, daban una expectativa nueva. La luz que Él era y que hacía brillar, daban una nueva coloración a los hombres. Por eso, se vivía una perspectiva de cumplimiento, de libertad. Era el aire nuevo que prometía Dios a los que iban a ser liberados de su carga de esclavitud, del yugo bajo el cual se encontraban por las cadenas del pecado que los acusaba y los destruía. El entusiasmo era total. Se terminaban los días de frustración y de desesperanza. "¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!", gritaban entusiasmados. Sin embargo, en el itinerario sufren una inmensa decepción. Aquel que representaba la mayor esperanza se encontró con el muro infranqueable de los malos y de los injustos. Fue sometido por ellos, llevado a sufrir los mayores escarnios, elevándose sobre Él para humillarlo y acallarlo. Si era incómodo para el poder, sencillamente se le eliminaba. Muerto quien produce la incomodidad, desaparece la incomodidad y siguen tan campantes. La Luz es apagada y se erige la noche y la oscuridad. Hay dolor en el mundo porque no hay Luz. La oscuridad del sepulcro es la misma oscuridad que vive cada hombre. Triunfa la desazón, como la que vivieron aquellos discípulos que salían de Jerusalén cabizbajos y explicaban sus sensaciones, pues iban hablando de lo que sucedió: "Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió".

Jesús entra en el sepulcro asumiendo la inmensa soledad que en él se vive. Nunca antes en toda su vida tuvo Jesús una sensación tan amarga. Ni siquiera en los momentos más álgidos de su periplo terrenal experimentó Jesús tal soledad. El momento de las crisis de Cafarnaúm en el que fue rechazado por muchos por la extrañeza ante las palabras que pronunciaba, no llegó a ser tan determinante: "Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él". Jesús preguntó a los más cercanos si querían también dejarlo, pero Pedro, en nombre de todos, le prometió su compañía por encima de todo: "'¿También ustedes quieren marcharse?' Le respondió Simón Pedro: 'Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios'". La soledad nunca fue signo de la vida de Jesús previamente. Es la muerte la que trae consigo esta realidad. La muerte viene acompañada por una soledad ensordecedora, que ya había tenido su preludio en la Pasión. Podemos imaginar a ese Jesús que había sido siempre acompañado al menos por sus discípulos, probar la hiel amarga del abandono de todos, incluso de aquellos que eran los más cercanos y que habían llegado al extremo de prometerle que jamás lo dejarían solo. "Aunque todos te abandonen, yo no", había vociferado Pedro. Puesto a prueba en los inicios de la Pasión, su cobardía le hace una mala jugada y sale huyendo de los verdugos de Cristo. Esa soledad en la Pasión es rota exclusivamente por la compañía amorosa de quienes no podían jamás abandonarlo por el amor inmenso que sentían por Él: su madre María, Juan y la Magdalena, que llegan incluso hasta el pie de la cruz. Pero en el sepulcro la cosa es ya radical. Muerto Jesús es colocado solo en él. No lo acompaña nadie. Es la soledad inmensa que sufre el que ha cumplido su tarea de entrega. "Todo está consumado". Es la soledad del que ya no tiene otra realidad en la cual sustentarse sino solo la presencia del Padre que acoge su sacrificio: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". En el sepulcro se encuentra únicamente ese cuerpo sagrado del hombre que era Dios. Nada más. Es la sensación de derrota más pesada. No hay más nadie. Solo el que se entregó y murió por amor.

Para quien no tiene otra perspectiva de futuro, sino solo la de la temporalidad que vive, la muerte es la desaparición de toda expectativa, de toda meta, de todo deseo. La muerte es la derrota de la vida. Para quien no tiene más futuro, la muerte es la frustración de toda realidad. Morir será la desaparición de todo. Ni siquiera las obras realizadas ni las metas alcanzadas lograrán llenar esa sensación de vacío. Pero el que está en el sepulcro no es un hombre cualquiera. Es el hombre que es Dios. Dios no muere. De esta manera se debe entender que la existencia de ese hombre y Dios debe trascender. Y de tal manera trasciende el sepulcro, que incluso en aquellos momentos amargos de oscuridad y soledad, Dios sigue trabajando. Realizando su obra de rescate con aquellos que precedieron a su venida y murieron antes que Él, "en el espíritu (Cristo) fue también a predicar a los espíritus encarcelados". Su obra de Redención no era solo para los de su presente o su futuro, sino también para los de su pasado, todos aquellos que lo habían precedido en la historia. Y aún más. La realidad de la muerte no es una realidad definitiva. La muerte es el paso necesario para la demostración gloriosa del poder divino. El sufrimiento de Jesús y su muerte fueron pasos previos necesarios y reales para llevar a plenitud la obra de rescate de la humanidad. De tal manera que para el que trasciende lo simplemente horizontal, lo temporal, y se abre a lo vertical, a lo eterno, la muerte no es sino solo un paso más de la existencia que nunca se acaba. Bellamente lo describió José Luis Martín Descalzo en su poesía: "Morir sólo es morir. Morir se acaba. / Morir es una hoguera fugitiva. / Es cruzar una puerta a la deriva / y encontrar lo que tanto se buscaba". Más aún en Jesús. La muerte de Jesús es la más fructífera que se ha dado en toda la historia. Ha sido muerte transformada en vida, en triunfo, en eternidad. La sensación de derrota se muta en victoria monumental. La sensación de soledad se trastoca en vida comunitaria feliz eternamente junto al Padre. La sensación de oscuridad cambia radicalmente a luz inmarcesible que alcanzará para iluminar la existencia de todos los hombres. De esta manera, debemos decir que el sepulcro nunca será vencedor. Ninguna de las realidades que lo implican tendrá duración. Ni la oscuridad, ni la soledad, ni la frialdad, ni la muerte, son las que ganan. Gana la vida, y con una victoria contundente. Del sepulcro resurgirá triunfante Jesús. Y se acabará la muerte. Y quedará humillado el poder del pecado, de la muerte, del demonio, pues el verdadero y único vencedor es Jesús, el Dios hecho hombre, que así completará su itinerario y pondrá a los pies del Padre la vida de cada uno de nosotros, rescatados por su amor eterno. 

martes, 3 de septiembre de 2019

Hijos de la Luz e hijos del día, no hijos de la oscuridad ni de la noche

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"¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y estos se salen". La gente que presenció la expulsión del demonio que acababa de realizar Jesús, no cabía en sí de su asombro. Jesús no se queda solo en palabras bonitas, sino que actúa eficazmente, y con la máxima autoridad. Inclusive las fuerzas malignas quedan sometidas totalmente a Él. Quizás ellos estaban ya muy acostumbrados a la gente que hablaba mucho pero actuaba poco. Quizás eran ya muchas las voces que los habían cansado con discursos muy bien hilvanados, pero que se quedaban solo en eso. Palabras bonitas pero vacías, sin concreción. Jesús era todo lo contrario. Todo lo que decía lo basaba sólidamente en acciones concretas. Hablaba con autoridad y actuaba con autoridad. Al extremo de que la fuerza de esa autoridad era superior a cualquiera de las fuerzas contrarias y malignas. Jesús vencía al demonio cada vez que se enfrentaban.

El entusiasmo en su persona era creciente. La gente se sentía cada vez más atraída hacia Él. Pero a la par crecía también la incomodidad que producía en los que detentaban el poder, pues quedaban en evidencia ante lo que Jesús decía y hacía. Los gestos de Jesús eran denuncia de su obrar maléfico y ventajista. Su poder iba siendo minado por quien era verdaderamente coherente en su palabra y su obrar. Ellos hacían discursos altisonantes, culpabilizantes, incriminatorios. Eran discursos muy bellamente expuestos, pero que dejaban cargas enormes sobre las espaldas de los oyentes, sin lograr la liberación y la paz que lograban las palabras de Jesús, que sí eran acompañadas de obras liberadoras y pacificadoras. A Jesús valía la pena escucharlo. Los otros eran cada vez más despreciados.

Se iban haciendo así dos bandos muy claramente contrapuestos y enfrentados. Los que estaban con Jesús, con la coherencia, con la libertad y con la paz. Y los que estaban con la apariencia, con el poder, con la culpabilización, con la esclavización usando el miedo y el chantaje espiritual. Eran los hijos de la oscuridad y de la noche, que pretendían mantener en la misma oscuridad al pueblo para someterlos a sus arbitrios. Hoy podemos encontrar ambos bandos muy claramente presentes en nuestra sociedad.

Hay quienes se mantienen en la oscuridad y en la noche del pecado. Quienes sirven al demonio, a las tinieblas. Son tantos los que rechazan la Luz que Jesús quiere darles. Son los que prefieren dar rienda suelta a los instintos, sin dejarse llevar por la cordura del amor. Quienes viven solo para sí mismos y para sus propósitos egoístas y ventajistas. Someten a los demás a su placer, llegando incluso a la manipulación promoviendo una supuesta libertad que, al contrario, hace más esclavos... Detentan poderes que deberían usar para el servicio, y lo han destruido usándolo solo para servirse de él. Se declaran con sus acciones hijos de la oscuridad y de la noche.

Pero, gracias a Dios, hay también quienes han decidido hacerse hijos de la luz e hijos del día. Son quienes luchan por una mejor sociedad, en la que todos vivan como hermanos, procurando y promoviendo el bien común, sin ventajismos ni intereses malsanos. No se dejan tiranizar por sus instintos, sino que actúan con racionalidad y dominio de sí. Son quienes aportan de sus riquezas materiales, espirituales y morales para lograr la construcción de una sociedad mejor, de la así llamada Civilización del Amor. Son los que hacen que valga la pena la vida, el esforzarse por ser mejores, el asumir compromisos y mantenerlos a largo plazo, el vivir la mortificación como crecimiento personal y no como negación masoquista. Se colocan bajo la Luz que es Cristo, para ser ellos luz del mundo, que la vayan transmitiendo a todos, de manera de lograr un mundo iluminado y esplendoroso.

Vale la pena ponerse del lado de Jesús, quien ejerce la autoridad como servicio de salvación, de iluminación y liberación del hombre. Vale la pena ponerse del lado de quien no solo hace discursos bonitos, sino que hace obras bonitas. Aquellas obras que van implantando el Reino de Dios en el mundo, a través de la obra de la Iglesia, instrumento de salvación para todos. Vale la pena pertenecer al bando de quienes están bajo la luz del que es la Luz, para ser luz en el Señor.

domingo, 30 de marzo de 2014

¿Ver para qué?

El camino de la Cuaresma está impregnado de simbología. La Iglesia pretende con ello que podamos comprender cuál es el camino por el que debemos andar. En cada uno de los Domingos que sirven de hitos en la ruta cuaresmal, hay un aspecto que debe ser acentuado, pues de esa manera nos vamos imbuyendo de la espiritualidad que debe ser asumida para crecer en el proceso de la conversión que se propone a cada cristiano...

El primer Domingo fue presentada la humanidad de Jesús, al ser tentado por el demonio en el desierto. La naturaleza humana de Jesús no fue un cuento bonito que se nos relató para que viviéramos de ilusiones. Fue una realidad plenamente asumida, al punto que sufrió, como cualquier hombre, las tentaciones. Como Dios, las venció, pues Dios no puede pecar. Pero también las venció como hombre, pues tuvo la fuerza y el deseo de mantener su fidelidad al Padre, el cual en cada tentación le sirvió como argumento. El segundo Domingo se nos reveló la divinidad sustentadora de la persona de Jesús. La Transfiguración nos mostró la gloria natural en la que vivía Jesús, la que estaba también el mundo realizando la obra redentora. Esa visión sirvió para no quedarse sólo con la imagen futura del Jesús muerto en la Cruz y oculto en el sepulcro, sino para recordar que ese que está inerme es Dios que jamás dejará su gloria y que, por lo tanto, vencerá inexorablemente. El tercer Domingo nos presentó lo que ese Jesús, Dios y Hombre verdadero, venía a traernos: su propia vida. Él es el Agua Viva que produce en el hombre que la bebe un manantial que lo hará saltar hasta la Vida eterna. Toda la obra redentora es obra vivificante, refrescante, producida por el Agua de Vida que es Jesús.

En el cuarto Domingo se nos presenta un nuevo símbolo: el de la Luz. Jesús da la vista al Ciego de nacimiento, sin que éste ni siquiera se lo solicite. Quizá no lo pide como favor, pues era ciego de nacimiento, por lo tanto, no tenía idea de qué era de lo que se estaba perdiendo. Pero Jesús sí lo sabe. Jesús le da la vista no sólo para que el Ciego pueda ver, sino para que pueda ver lo que vale la pena... Al final del texto que nos relata el milagro, en el diálogo que se establece entre los dos, se da la clave de la comprensión principal: "¿Crees tú en el Hijo del hombre?" Él contestó: "¿Y quién es, Señor, para que crea en él?" Jesús le dijo: "Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es." Él dijo: "Creo, Señor." Y se postró ante él"... "Lo estás viendo", es decir, "La capacidad de ver que te he dado es para que percibas lo que realmente importa. No basta con que veas, sino que es necesario que veas lo esencial, lo que te da la plenitud, lo que se convertirá para ti en la causa de tu salvación". La Luz que lanza Jesús sobre el alma de los hombres no es una luz que simplemente sirve para eliminar la tiniebla meteorológica, sino la del corazón, la de la mente, la del espíritu. Podemos tener los mejores faros de luz, pero permanecer en las tinieblas más oscuras...

La Luz de Dios no nos da sólo la capacidad de ver, sino la de ver como ve Dios. Ya lo dijo Yahvé a Samuel: "Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón". Hay una iluminación, la que da Dios, que no se queda sólo en lo superficial, en lo material, en lo exterior, sino que va más allá, más adentro, más profundo, pues lo hace a uno sumergirse en lo íntimo, en lo sustancial... Es la mirada de Dios que escruta hasta lo más profundo del hombre, y quiere que cada uno vaya a la misma profundidad. Es en eso más íntimo donde está la verdadera esencia del hombre. Lo externo, lo aparente, no es lo sustancial. Eso es simplemente la vestidura de lo que está en la base de todo...

Cuando los hombres nos dejamos invadir por esa Luz de Dios, dejamos a un lado las tinieblas en las que vivíamos: "En otro tiempo ustedes eran tinieblas, ahora son luz en el Señor. Caminen como hijos de la luz -toda bondad, justicia y verdad son fruto de luz-, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas". La Luz no sólo elimina las tinieblas, sino que las rechaza y las denuncia. Con la Luz de Dios los hombres pasamos de esa oscuridad terrible de la muerte que nos produce el pecado, a la Luz maravillosa de la Gracia divina -la que nos da el Agua Viva que es Jesús, y produce en nosotros un manantial que nos hace saltar hasta la Vida eterna-, y nos hacemos activistas en la denuncia de la oscuridad. Quien ha recibido la iluminación de Dios se convierte en faro de luz para su mundo, para su entorno, para los suyos. No sólo ilumina, sino que se opone a lo que pretenda establecer de nuevo la oscuridad. Denuncia y pone en evidencia, enfrenta y lleva a la Luz... Para el que recibe la Luz de Dios se plantea, de esa manera, un reto inapelable, que es el de ser testimonio de la Luz. Cuando la oscuridad quiera enseñorearse de nuevo, después de haber sido vencida por quien es la Luz, Jesús, los llenos de esa Luz deben presentarse como un cuerpo sólido que enfrenta esa pretensión... "Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo descubierto es luz. Pero eso dice: "Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz".

Para el cristiano se plantea, en efecto, una ruta muy específica. Haberse llenado de la Luz reparadora de Jesús sirve para eliminar las propias penumbras. Sale así de su oscuridad y ve con los mismos ojos de Dios. Pero esa nueva mirada lo responsabiliza inmensamente, pues la mirada de Dios no se queda tranquila cuando percibe nuevas tinieblas o nuevas pretensiones de resurgir en la misma tiniebla. Cuando la oscuridad lucha por levantar de nuevo su espada, la espada del que ha recibido la Luz de Jesús debe estar pronta. Debe denunciar, debe iluminar, debe oponerse. Es un compromiso grave. El cristiano no puede quedarse silencioso cuando la oscuridad del pecado, de la muerte, de la injusticia, de la violencia, de la mentira, de la soberbia, del odio, de la exclusión, de la intolerancia, de la venganza..., quiera imponerse. Su ser Luz en el Señor lo llama a asumir su reto con seriedad. No puede dejar de ser luz, no puede ocultarla, no puede mirar hacia otro lado. Hacerlo sería hacerse cómplice de la oscuridad. Y el cómplice de la oscuridad es cómplice del demonio, el destructor del hombre, de la fraternidad, del Reinado de Dios. Mejor ser socios de Dios, en la iluminación del mundo y en la denuncia y el trabajo para destruir las tinieblas, que ser cómplices del demonio en su tarea de esparcir la oscuridad en el mundo...

martes, 24 de diciembre de 2013

Nos visitará el Sol que nace de lo alto

Entre las expresiones que más me gustan para definir la venida del Redentor está esta: "Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz". El Niño Dios que nace en medio de la más grande sencillez, de la más inmensa pobreza, sin ni siquiera tener dónde hacerlo cómodamente, que está envuelto en pañales y recostado en un pesebre, es el Sol que nace de lo alto... Entre los paganos existía una fiesta que se llamaba "El Nacimiento del Sol Invicto", que hacía referencia al solsticio de invierno, coincidente plenamente con esta fecha del 25 de diciembre... Hay quienes afirman que la fecha de la Navidad se estableció originalmente en este día para "bautizar" esta fiesta pagana... Sea como sea, la venida del Salvador del mundo es el "encendido" de esta luz esplendorosa que viene a acabar con las tinieblas del mundo y a colocar al hombre en la más alta luminosidad, arrancándolo de las cerradas tinieblas, las que él mismo se había procurado con su pecado...

Así lo dice también el profeta Isaías: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, una luz resplandeció sobre ellos"... Es la expresión de la transformación radical de la que gozará el mundo y la humanidad entera por la llegada del Redentor... En esa transformación es necesario que los hombres pongamos nuestro granito de arena, pues la Luz de Jesús será eficaz sólo en la medida en que permitamos que brille también para nosotros...

Vivimos en un mundo que está oscurecido por muchas circunstancias diversas. El Dios que debía ser la luz del mundo, ha sido echado a un lado... Los hombres hemos preferido, dolorosamente y en un gesto inaudito de autoperjuicio, mantener una situación en la que carecemos de la luz necesaria para andar libremente... La oscuridad nos ha impedido saber los caminos que nos conducen a la felicidad, y en un empeño por buscarla de cualquier manera, sin recurrir a quien la da plenamente, nos hemos empeñado en recorrer un camino que nos lleva a metas desagradables, a lugares que nos dan sólo frustración. Algunas veces sentimos como si la felicidad pasajera y frágil que alcanzamos ocasionalmente ha sido fruto de haber recorrido el camino correcto, pero la realidad se nos revierte y en muchísimas ocasiones lo que nos deja es un sabor amargo de resaca impresionante...

El más grave problema de los hombres no es ya ni siquiera el pecado que hemos cometido, sino el empeñarnos en mantener a Dios fuera de nuestras vidas. Sin Él, ella se llena de frustración, no tiene ninguna dulzura, es sólo oscuridad y penumbra... La ausencia del Sol que nace de lo alto es el mejor camino para la destrucción del hombre. Donde no está Dios no hay fraternidad, no hay solidaridad, no hay ilusión, no hay ideales elevados... Donde no está Dios sólo hay frustración, desasosiego, inmediatismo, materialismo, odios, rencores, venganzas... Donde no está Dios falta todo y no hay nada... Por el contrario, donde está Dios hay todo: hay esperanza, hay amor, hay caridad con el más necesitado, hay justicia, hay verdad, hay paz... La luz que derrama ese Sol que nace de lo alto le da una coloración diversa, hermosa, atrayente, a todo lo que es vida... La vida se hace atractiva y no es un simple sucederse de minutos y de horas, sino que es una continua sorpresa deparada por la experiencia del amor...

Esa "gran Luz" que ve el pueblo que camina en tinieblas transforma toda la realidad. Para eso ha venido ese Sol que nace de lo alto. Es necesario que el hombre se deje llenar de su luz. Que deje de esconderse de ella, que ponga todas sus oscuridades bajo ella. El signo más llamativo de Dios es la luz que ilumina y destruye toda tiniebla. Cuando el hombre no está bajo esa luz, su vida está conformada sólo por matices y no por colores vivos y vivificantes. Sólo un hombre que se deja iluminar es capaz de ser también luz para los demás. Sólo quien se deja construir se convertirá en constructor. Sólo quien se deja refrescar, será frescura para su mundo...

La visita del "Sol que nace de lo alto" quiere ser una visita estable. No viene para estar sólo un tiempo, sino que quiere quedarse para siempre entre nosotros. "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros"... Basta con recibirlo llenos de la máxima ilusión para ser transformados radicalmente: "A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios"... Jesús, el Niño Dios que contemplamos con ternura en el pesebre, el Dios que se hace hombre por el amor infinito que nos tiene, posee la capacidad de transformarnos totalmente. De simples criaturas, aunque las más predilectas, por Él y por su amor, somos transformados en hijos de Dios, somos elevados a la máxima categoría, somos llamados a participar de la naturaleza divina, como Él quiso participar plenamente de la humana... En esa visita que hace Dios a los hombres, somos ganadores absolutos. Nada hay de pérdida para nosotros en el gesto amoroso de Jesús y del Padre. No dejarse iluminar sería la más rotunda derrota autoinfligida que podemos vivir. Por el contrario, colocarse bajo esa luz, dejarse iluminar en todas las tinieblas que poseemos, es la más dulce de las ganancias...

Hagamos de nuestro mundo una digna morada para el Sol Invicto, para Jesús. Abramos todas las ventanas, todas las puertas, quitemos todos los techos, para que los rayos de su luz nos envuelvan plenamente y eliminen cualquier sombra de muerte que exista entre nosotros. Para eso ha venido, porque nos ama. Dejémonos amar con toda la intensidad posible y seremos los hombres más felices sobre la tierra... Y el Sol que nace de lo alto habrá cumplido plenamente su misión...