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sábado, 8 de mayo de 2021

Sin el Espíritu Santo, alma de la Iglesia, somos un cuerpo muerto

 El Periódico de México | Noticias de México | Columnas-VoxDei | "Si el mundo  os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros"

San Lucas, en los relatos de los primeros pasos de la Iglesia que se iba expandiendo por todo el mundo conocido, va dando parte de la acción de cada uno de los apóstoles, centrando su mirada, primero, en Pedro, el primer Papa, y luego en Pablo, el elegido por Jesús para ser su anunciador en tierras de gentiles. Es muy llamativo que hasta este relato de los pasos que van dando, en los que van estableciendo comunidades, iglesias cristianas, con la alegría de los conversos, todo es narrado en tercera persona, como de alguien que ha recibido noticias que simplemente está transmitiendo, por supuesto, con la alegría de servir como multiplicador para el conocimiento de las maravillas que iba haciendo Dios por medio de los enviados, tal como el mismo Lucas lo anuncia en la introducción de su libro. Y lo llamativo es que desde la llegada a Tróade y la visión sobre el macedonio que pide que sus tierras sean visitadas, el relato pasa a ser hecho en primera persona, lo cual indica que desde esos momentos el relator no es un simple narrador de acontecimientos de los cuales va teniendo conocimiento, sino que va narrando ahora lo que él mismo va constatando en su experiencia personal junto a Pablo. La experiencia personal de Lucas va en aumento, pues de ser un narrador de sucesos, pasa a ser actor directo e incluso protagonista. Lo que narrará de ahora en adelante será lo que vivirá personalmente, y lo que experimentará en carne propia. Es un itinerario muy significativo y clarificador, por cuanto nos da a todos una indicación de cómo debemos también nosotros avanzar en nuestra experiencia personal de renovación en el amor, hasta llegar a vernos involucrados esencialmente en ella, en primera persona, para ser verdaderos y legítimos instrumentos en el anuncio de la mejor noticia que puede recibir la humanidad.

La primera y más importante constatación que hacen los enviados es la de la presencia del Espíritu como alma, inspirador y guía de los pasos de esa comunidad de salvación que es la Iglesia. Sin la presencia del Espíritu como vitalizador de esa comunidad, todo quedará simplemente en una experiencia entusiasmante para los anunciadores y en palabras muy hermosas para los que las oigan. Pero sin trascendencia. Si la obra de aquellos primeros anunciadores tuvo alguna trascendencia y logró el cambio en tantas personas que los oían, no era solo por la contundencia de sus palabras, sino por la obra del Espíritu que los impulsaba, los sostenía, los inspiraba, y hacía que el corazón de los oyentes se moviera a aceptarlo. El Espíritu es el alma de la evangelización e indicará qué es lo que hay que decir y dónde y cuándo debe ser dicho. Por eso vemos cómo llega incluso a impedir la entrada en algunas poblaciones y encaminarlos hacia otras. Él tiene muy claro lo más conveniente y los tiempos ideales para realizarlo: "Las iglesias se robustecían en la fe y crecían en número de día en día. Atravesaron Frigia y la región de Galacia, al haberles impedido el Espíritu Santo anunciar la palabra en Asia. Al llegar cerca de Misia, intentaron entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió. Entonces dejaron Misia a un lado y bajaron a Tróade. Aquella noche Pablo tuvo una visión: se le apareció un macedonio, de pie, que le rogaba: 'Pasa a Macedonia y ayúdanos'. Apenas tuvo la visión, inmediatamente tratamos de salir para Macedonia, seguros de que Dios nos llamaba a predicarles el Evangelio". Esa presencia del Espíritu, que inspira la acción de la Iglesia, sigue siendo activa hoy, cuando vemos que va inspirando carismas nuevos que hacen falta en un mundo necesitado, y va lanzando hombres y mujeres como misioneros que se ponen dócilmente a su disposición para lograr llegar a cada vez más hermanos en el mundo.

Nuestro mundo necesita cada vez más de la presencia del amor, de la verdad, de la paz y de la justicia. Debemos cuidarnos mucho de no absolutizarlo, tal como nos pone sobre aviso el mismo Jesús, sin confundir ni concluir en un error al demonizar al mundo, como algo esencialmente malo. Si así fuera no querría Jesús que fuera conquistado para el amor: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación". Lo que quiere Jesús es que el mundo sea el coto para el Reino de Dios que Él ha venido a establecer. Y cada cristiano es un enviado para lograrlo, en medio de todas las posibles contradicciones que se puedan encontrar en la misión: "Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya, pero como no son del mundo, sino que yo los he escogido sacándolos del mundo, por eso el mundo los odia. Recuerden lo que les dije: 'No es el siervo más que su amo'. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la de ustedes. Y todo eso lo harán con ustedes a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió". Es el Espíritu la fuerza de esa comunidad de salvación. El mundo no es malo esencialmente, pues su origen es el amor de Dios por el hombre, al que se lo ha entregado para que sea su casa. Ese mundo, con todo lo natural que el mismo Dios creador ha puesto en él, con todas sus criaturas y todos los seres inanimados, con todo lo que lo conforma, ha sido puesto en las manos del hombre para que se sirva de él y avanzar en su camino hacia la plenitud. Es un mundo que ha avanzado tecnológicamente y en la conformación de instituciones que facilitan la vida social. En ese mundo, la Iglesia tiene que dar su aporte para sembrar en él las semillas de la verdad, del amor y de la justicia. Y lo logrará si cada uno de nosotros, discípulos del Señor, nos dejamos inspirar e impulsar por el Espíritu de Dios, que es quien nos mantiene vivos y nos llena de fuerzas e ilusión para cumplir nuestra tarea.

martes, 4 de mayo de 2021

La Paz que nos da Cristo no es pasividad, sino búsqueda de la unidad en el amor

 El Evangelio del 12 de mayo: "La paz os dejo, mi paz os doy" - Evangelio -  COPE

Entre la inmensa cantidad de regalos que deja Jesús a la humanidad, en los que nos encontramos su propio Cuerpo y su propia Sangre como alimento para la Vida eterna y compañía para fortalecer el caminar de la vida de todos, el rescate del hombre que estaba perdido con su entrega a la muerte y su resurrección, el mandamiento del amor fraterno para una vida comunitaria solidaria y en caridad, la posibilidad de perdón y salvación para todos los hombres mediante el bautismo que da la nueva vida, hallamos también desde Él el regalo de la Paz. En su vida previa al sacrificio final, y luego, en sus apariciones como el Resucitado a los discípulos, su saludo es siempre proverbial: la entrega de su paz y el deseo de que sea también patrimonio de todos los que se encuentran con Él. Ciertamente el saludo de paz, y ese deseo hermoso de que lo viva cada uno, es tradicional en el pueblo hebreo. Cuando dos personas se encuentran siempre manifiestan este deseo de paz para su amigo. Pero en Jesús es más que un mero formalismo. No es un  simple saludo que se da para cumplir con una tradición social. Es un verdadero deseo que surge del corazón de quien realmente lo añora para los suyos y llega al extremo de buscar que se haga realidad con las obras que lleva adelante y con las palabras que pronuncia. Jesús manifiesta a los suyos y a todo con el que se encuentra, el deseo de que tenga paz, y da un paso más, realizando la obra que hará que esa paz se logre verdaderamente, que es su entrega a la muerte para suprimir todo aquello que pueda perturbar la paz de los hombres. En este sentido, la verdadera paz es la que surge de un corazón que ha sido tocado por la armonización interior que produce en el espíritu la entrega del Hijo de Dios. Jesús es el Príncipe de la Paz, y está en sus manos hacerla llegar a todos, y en la decisión de cada hombre dejarse llenar de ella.

Es tan claro que el saludo de Jesús huye del mero formalismo, que incluso llega a explicar a los discípulos el alcance de ese deseo expresado al darlo: "La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe su corazón ni se acobarde. Me han oído decir: “Me voy y vuelvo al lado de ustedes”. Si me amaran se alegrarían de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda crean. Ya no hablaré mucho con ustedes, pues se acerca el príncipe del mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo yo". La paz que entrega Jesús al mundo no es un "falso irenismo" que consistiría en la simple ausencia de conflictos y en procurar que todo siga igual para evitar problemas. Es una auténtica búsqueda de la unidad de espíritus, en la que la lucha por lograr el bienestar de todos, en persecución del Bien Común, elimine los egoísmos y las soberbias propias de quien no vive la paz interior sino que está en constante lucha contra quienes considera que ponen en riesgo la satisfacción de su vanidad. La paz de Jesús es una paz que acerca, que avecina, que promueve el amor fraterno. En esa búsqueda no dejará de haber contratiempos, pues "el príncipe de este mundo", que no es otro que el demonio, necesita del clima de conflicto para sustentar su dominio. "Divide y vencerás", es su lema preferido. Mientras que el de Jesús es: "Une y tendrás la paz". Es la paz que se busca aun en medio del conflicto y que se vive espiritualmente en la unión íntima con el Dios que nos ha lanzado al mundo para que lo hagamos el lugar de su Reino de Paz, en donde Él sea el principal actor, alrededor del cual nos reunimos todos y vivimos el idilio del amor con Él y entre los que perseguimos esa Paz como estilo esencial de vida.

En efecto, la Paz no se puede confundir con pasividad. Si hay algo que moviliza a los enviados del Señor es su deseo de hacer llegar a todos los hombres el mensaje de salvación, de rescate de la muerte, de novedad radical de vida. Y esto, por encima de todo interés personal, pues lo que pesa es el ser instrumentos dóciles de la voluntad salvífica del Señor y el sentirse felices de servir a la causa que renueva la vida de la humanidad. La Paz de Jesús es la consecuencia última de la redención. Es alcanzar un grado de elevación sublime en la cual se vive la armonía espiritual total al saber que se está en la presencia más valiosa del tesoro del amor. Quien se sabe amado con la calidad de amor eterno e infinito, no necesita ninguna otra seguridad para sentir y vivir la Paz que da Jesús. Por eso se entrega sin ambages a la causa de la Paz, asumiendo con la mayor naturalidad todas las circunstancias por las que atravesará al hacerse su instrumento: "En aquellos días, llegaron unos judíos de Antioquía y de Iconio y se ganaron a la gente; apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, dejándolo ya por muerto. Entonces lo rodearon los discípulos; él se levantó y volvió a la ciudad. Al día siguiente, salió con Bernabé para Derbe. Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y de ganar bastantes discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios". Así es. Vivir en la Paz que da Jesús no asegura la ausencia de conflictos. Casi podríamos decir que es todo lo contrario, pues el mal tratará siempre de sacudirse todo lo que ponga en lisa su hegemonía. Por ello, hay que comprenderla como el estado de quien vive una concordia esencial que le da la fe y el saber que está en las manos de Príncipe de la Paz, quien lo ha convocado para hacerlo suyo y enviarlo al mundo entero como embajador de su Paz. Eso lo debemos vivir todos los que nos sabemos enviados del Señor de la Paz.

lunes, 26 de abril de 2021

Ser sal de la tierra y luz del mundo, con la Verdad de Jesús, es nuestra misión

 EVANGELIO DEL DÍA: Mt 5,13-16: Vosotros sois la luz del mundo. | Cursillos  de Cristiandad - Diócesis de Cartagena - Murcia

Jesús es un Maestro excepcional. Siendo Dios y, por lo tanto, teniendo la Sabiduría infinita consistente con su divinidad y que le hace tener siempre presente y con la máxima claridad todos los misterios que se pueden conocer y en los cuales se puede profundizar, lo cual estaría vedado para cualquier mente humana que podría en algún caso barruntar nadando en la oscuridad del misterio, pero quedándose siempre en la frontera de la nube oscura a la que le es permitido llegar por su limitación delante de Dios, Él conoce perfectamente la Verdad, pues, como lo ha afirmado Él mismo, Él es la Verdad. Se conoce perfectamente, pues el misterio de ninguna manera está vedado para Él, pues es el autor de todo y el conocedor absoluto de todo, y porque, además, Él es la Verdad en su esencia. Toda otra verdad surge de Sí mismo, origen y causa final de un todo que ha puesto en las manos del hombre. Y conociendo la limitación del hombre que ha surgido de sus manos todopoderosas, habiéndole permitido adentrarse en algo del misterio profundo de su Verdad, pues le dio la capacidad de pensar y de discernir al haberlo creado "a su imagen y semejanza", no ha dejado que sea solo el esfuerzo humano el que aparezca para entrar en la profundidad de ella, sino que ha querido acercar al hombre la luz para que pudiera bucear más profundamente en el misterio. Ya no será solo el esfuerzo humano el que se aplique para lograr conocer y comprender a la divinidad, tal como se dio claramente en la labor de los grandes filósofos griegos que llegaron a la conclusión de la necesidad de la existencia de un Ser superior, sino que es el mismo Dios el que se hace el encontradizo, se revela desde su amor a los hombres y les permite con su revelación que se adentren en su misterio, por supuesto, conservando aún para sí lo más profundo, que conoceremos solo en la eternidad, cuando lo veremos "tal cual es". Pero esta Verdad de Dios, revelada por Jesús, debía ser hecha a la altura de la comprensión del hombre. Por eso el Maestro Jesús, pedagogo excepcional, la acerca a los hombres de la manera más sencilla posible, haciéndolo con imágenes de lo cotidiano, pero desvelando con ellas las profundas verdades de la fe.

La sal que da sabor a la comida y la luz que dan las velas en la casa, son realidades en las que se mueven los hombres cotidianamente. El Maestro Jesús se aprovecha de ellas para dejar su enseñanza. No es desconocido este modo de actuar, que hemos visto ya cuando echa mano a las figuras del sembrador en el campo, de la viña y de la vid, del pastor de las ovejas, de los árboles que dan fruto, de la vid y los sarmientos, de los niños que tocan música en la plaza... Son incontables las ocasiones en las que Jesús echa mano de las figuras de la cotidianidad para dejar su enseñanza de la Verdad. Y estas imágenes de la sal y de la luz son usadas en una de esas ocasiones, para dejar clara la responsabilidad que tienen sus discípulos, aquellos que se han dejado conquistar por su amor y se han puesto de su lado, con el mundo en el que viven. La sal y la luz tienen una utilidad específica y el sentido de su existencia es que hagan aquello para lo que existen. Si no es así, deben ser desechadas. El discípulo de Jesús, además de disfrutar del inmenso don del amor y de la salvación, tiene como esencia el ser propagador de esta novedad de vida. No puede quedarse solo en el disfrute de la donación, sino que debe convertirse en multiplicador del don para los demás. Si no, su ser discípulo no tiene ningún sentido y deberá ser desechado como discípulo del amor: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en el cielo". La sal y la luz existen para algo concreto, y deben cumplir con eso, a riesgo de que sean desechadas. Así mismo los discípulos del amor.

Y esto deben hacerlo con la conciencia clara de su obligación, pero también con la de ser transmisores de una Verdad que no les pertenece, sobre la cual no tienen dominio, pues la han recibido de la fuente que los ha elegido y los ha enviado. Es la conciencia de instrumentalidad que debe tener todo el que es enviado a anunciar la Verdad de Dios, tal como la tuvo meridianamente clara San Pablo: "Yo mismo, hermanos, cuando vine a ustedes a anunciarles el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. También yo me presenté a ustedes débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que la fe  de ustedes no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. Sabiduría, sí, hablamos entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria". San Pablo tenía clara noción de su misión y dejaba establecida su instrumentalidad. De no ser por la condescendencia divina y del inmenso amor del Señor por la humanidad, de ninguna manera tendría la posibilidad de acercarse a la Verdad, ni de ser instrumento de ella para la salvación de los hombres. Es por el amor de Dios por cada hombre y por cada elegido, que se da la ocasión de salvación del que escuche el anuncio de la Verdad y del amor. Y desde esa manera de actuar de cada discípulo del amor es que se dará la oportunidad de hacerse sal y luz de la tierra, y de servir para que el sabor de Dios y su iluminación le llegue a cada hombre del mundo, recibiendo así el amor y la salvación. El Maestro Jesús nos lo deja muy claro con las imágenes de la sal y de la luz.

jueves, 4 de febrero de 2021

El Reino de Dios ya está entre nosotros porque Jesús ya está entre nosotros

 Jóvenes Papones De León - #EvangelioDelDía Lectura del Santo Evangelio  según San Marcos 6, 7-13 En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue  enviando de dos en dos, dándoles

El relato que hace la Carta a los Hebreos sobre el nuevo Sacerdocio de Jesús abarca desde lo que ha sucedido con el antiguo sacerdocio superado por Cristo hasta los tiempos nuevos que serán inaugurados con su presencia que lo abarcará todo y le dará forma a todo el estilo de vida que se vivirá en la eternidad. La acción de Jesús ha sido una acción totalmente renovadora. En ella, aun cuando se habían experimentado acciones similares puntuales en la historia anterior, se va dando ya la confirmación definitiva de lo que se vivirá definitivamente, inmutablemente. Él es quien viene a hacer todo de nuevo y esa novedad será ya la que se tendrá por toda la eternidad. La finalidad de Dios, motivado por su amor a lo creado, es que todo alcance la plenitud. El mal que ha convivido con el hombre desde el principio, empezó a recibir sus derrotas más estruendosas con la obra de renovación del Verbo hecho carne. La muerte del Redentor en la Cruz fue, siendo como fue, cruenta y terrible, la jugada maestra de Dios para dar a entender al demonio que ya su tiempo había pasado. Esa "victoria" obtenida con la muerte de Jesús fue la trampa en la que cayó, pues el resultado de la resurrección posterior del Mesías Redentor logró que el mal, con su jefe al frente, quedara totalmente anulado y vencido para siempre. Aún hoy el gran derrotado es el demonio. Su poder está totalmente anulado cuando contemplamos al Crucificado muerto en el altar de la Cruz, pero luego victorioso y glorioso junto al Padre, habiendo dejado vacío y solitario al sepulcro. Y esa victoria es nuestra, pues así lo ha determinado Dios. El hombre, causante del mal por haberse dejado embaucar por el demonio y por haberse puesto a su servicio en contra de Dios y de sus mismos hermanos, sigue siendo beneficiario de una victoria de la cual había estado tan lejos. La obra de rescate del Salvador es obra de rescate incluso para aquellos que estaban lejos, o porque estaban engañados o porque se habían colocado en una situación de oposición frontal a la voluntad divina. En este caso, todos tienen entrada franca en el camino del restablecimiento de la relación con el Dios del amor. Basta que al percibir las acciones que Dios sigue llevando adelante, se convenzan de que no hay mejor posibilidad para la felicidad eterna que unirse a la obra de amor del Dios que lo quiere con Él.

Esa presencia de Dios en Jesús, nuevo Sacerdote de la nueva etapa de salvación, es una presencia que llena de júbilo. Atrás quedan aquellas acciones estruendosas de Dios, en la que en algunas ocasiones se presentaba ante el pueblo produciendo temor y llenando de portentos todo. Con Jesús las cosas son más sosegadas, pues apuntan a entender que ese nuevo tiempo es el tiempo de la felicidad serena. Hay que empezar a vivir ese gozo de saber que Dios está en medio de nosotros, produciendo todos los beneficios propios del Reino que se va instaurando. Esa presencia de Jesús entre nosotros no anula la presencia del mal, pero sí va haciendo que el hombre se vaya convenciendo cada vez más de que el camino de esa felicidad añorada debe irse avanzando con una mayor unión creciente con Él. Por un lado, el mal seguirá obteniendo algunas victorias pues algunos hombres seguirán estando a su servicio, y aun cuando no tiene ya el poder, tendrá el que el mismo hombre ponga en sus manos para seguir obteniendo victorias. Y por el otro en el presenciar la lucha del mal contra el bien, algunos de esos hombres irán haciéndose a la convicción de que no tiene sentido seguir sirviendo al mal, pues su derrota es evidente: "Ustedes no se han acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni han oído aquella voz que el pueblo, al oírla, pidió que no les siguiera hablando. Y tan terrible era el espectáculo, que Moisés exclamó: 'Estoy temblando de miedo'. Ustedes se han acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel". Quien se acerca así a Jesús, nuevo Sacerdote, se acerca a la fiesta anticipada de la alegría interminable.

Esa instauración del Reino, de sus valores, de las acciones amorosas de Dios, que son preludio de lo que se vivirá eternamente, comienza a tener algunos atisbos en la obra de Jesús. Cada uno de los discípulos de Cristo, aquellos que fueron convocados por Él para acompañarlo, para escuchar su mensaje, para ser testigos de las maravillas que iba realizando, no solo podían ser contempladores pasivos de lo que percibían. En la didáctica de Jesús, llegaba el momento de que también ellos fueran actores en ese Reino nuevo que estaba siendo instaurado. No podían quedarse solo como simple espectadores de lo que hacía Jesús. Jesús los quiso activos, instrumentos eficaces de la renovación. Y por eso los envía con una tarea que era la misma que Él vino a cumplir: establecer el Reino, sembrar sus valores, decir a los hermanos que estaba llegando algo nuevo, anunciar que la alegría prometida era una realidad total, pues ya la estaba viviendo cada uno de ellos con sus acciones. Era Jesús el que lo hacía posible. Ese tiempo ya estaba presente, porque ya estaba presente Jesús: "En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y decía: 'Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel sitio. Y si un lugar no los recibe ni los escucha, al marcharse sacúdanse el polvo de los pies, en testimonio contra ellos'. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban". Se estaba iniciando ese tiempo nuevo. Era el tiempo del Reino de Dios.

sábado, 5 de diciembre de 2020

Somos los brazos largos del amor de Cristo al mundo

 Rogad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies

Es impresionante la confianza que Dios tiene en el hombre. Desde el momento de su creación su actitud ante el hombre ha sido siempre transparente, sin rebuscamientos, sin vericuetos que puedan hacer sospechar en algún momento una reticencia de su parte de dejar de dar al hombre todo lo que necesite, favoreciéndolo siempre con lo mejor para su vida. Esto, evidentemente, tiene que ver con la razón última de su decisión de hacerlo existir y de ponerlo en medio de todo como usufructuario primero de todo lo que ha surgido de las manos divinas. Pero es que a eso, además, se suma un respeto casi reverencial hacia su propia criatura pues, habiendo surgido de sus manos, lo dotó de casi su misma capacidad creadora y ordenadora, poniéndolo así en una situación de privilegio que no puede tener otra explicación que la de haberse dejado arrebatar el corazón ante la contemplación de aquel al que ama más de lo que el mismo hombre puede amarse a sí mismo. En ese sentido, los hombres somos totalmente privilegiados por cuanto jamás encontraremos la razón suficiente para poder desear o añorar objetivamente un amor distinto. Cuando nos percatamos de esta realidad y la comenzamos a vivir con el corazón convencido de que nunca podrá existir un mayor amor, y por lo tanto, privilegios tan altos como los que se nos han concedido, nuestra vida entra en una espiral de serenidad que se convierte incluso en razón de vida. No existirá fuerza suficiente que pueda llegar a destruir esa sensación de armonía interior.

El privilegio que tiene el hombre desde su origen, con la convicción de la confianza que Dios deposita sobre él, no goza, sin embargo, de un seguro absoluto. Precisamente por haber surgido de las manos creadoras con todos los privilegios, nos ha hecho también enriquecernos con aquella libertad única de Dios que ha querido hacer también nuestra. Y en ese campo, Dios respetuoso y reverente, no entra, aunque pudiera hacerlo para manipularlo. Así nos creó y así nos quiere siempre. El privilegio también consiste en que el hombre demuestre que con las capacidades regaladas puede responder a la finalidad de bienestar para el hombre y para el mundo que Él ha establecido. Por ello, porque el hombre muchísimas veces no ha terminado de entender su privilegio, han sucedido los tremendos daños que se ha infligido a la humanidad, con responsabilidad directa del mal que el hombre ha provocado. Aún así, Dios es fiel eternamente, y su promesa es inamovible: "Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, no tendrás que llorar, se apiadará de ti al oír tu gemido: apenas te oiga, te responderá. Aunque el Señor te diera el pan de la angustia y el agua de la opresión ya no se esconderá tu Maestro, tus ojos verán a tu Maestro. Si te desvías a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una palabra a tus espaldas que te dice: 'Éste es el camino, camina por él'. Te dará lluvia para la semilla que siembras en el campo, y el grano cosechado en el campo será abundante y suculento; aquel día, tus ganados pastarán en anchas praderas; los bueyes y asnos que trabajan en el campo comerán forraje fermentado, aventado con pala y con rastrillo. En toda alta montaña, en toda colina elevada habrá canales y cauces de agua el día de la gran matanza, cuando caigan las torres. La luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol será siete veces mayor, como la luz de siete días, cuando el Señor vende la herida de su pueblo y cure las llagas de sus golpes". Nunca se apartará del hombre esa amor de privilegio.

Y es que además, llega al extremo de que en medio de toda una historia tortuosa por razón de las acciones destructivas del hombre, Jesús nos viene a confirmar que a pesar de nosotros mismos, que hemos creado tanta zozobra, la confianza de Dios nunca desaparecerá. Él ha venido a hacer la obra más grande de la historia para rescatar al hombre de su propia destrucción. Y demuestra que no lo quiere hacer solo. Quiere seguir dando pruebas del amor y la dignidad que nos ha regalado, pues pudiendo haber hecho esta otra obra de rescate de mil maneras distintas, haciendo estruendosas demostraciones de su poder, sigue manifestando la confianza sobre su criatura. Al ver al mundo necesitado no sale Él en una epopeya individual, sino que quiere unir a todos los que decidan ser de Él: "Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, 'como ovejas que no tienen pastor'. Entonces dice a sus discípulos: 'La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies". Jesús es Dios. Y tiene todo el poder en sus manos. La redención la puede realizar de la manera que le plazca. Pero nos respeta y confía en nosotros. Por ello nos convoca a cada uno a unirnos con alegría e ilusión a su obra: "Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: 'Vayan a las ovejas descarriadas de Israel. Vayan y proclamen que ha llegado el reino de los cielos. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, arrojen demonios. Gratis han recibido, den gratis". Somos nosotros los enviados al mundo. Él realizará su obra. Pero cuenta con nosotros y con nuestra acción convencida. Somos los brazos largos del amor de Cristo a los hermanos.

sábado, 23 de mayo de 2020

Jesús me ama y me lleva al Padre para ser amado con amor eterno e infinito

Salí del Padre y vine al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre

La extensión del anuncio de la salvación a los hombres fue un hecho que se fue verificando claramente. Esa predicación fue llegando a todos por vías diversas, a veces sorprendentes, por cuanto muchas veces se dio como reacción a una prohibición que, lejos de impedirla, la facilitó y la posibilitó, haciendo que traspasara fronteras donde quizá ni siquiera un buen planificador hubiera pensado. La libertad de Dios y de su Palabra quedaba demostrada en esto. Nadie que tuviera poder de gobierno sobre el mundo podía impedir que la fuerza del amor y de la gracia divinas se difundieran por sí mismas. Las mismas persecuciones iniciadas contra los primeros seguidores de Jesús fueron las plataformas de lanzamiento de los enviados de Jesús a otras latitudes. Recordemos el encuentro de Felipe con el eunuco etíope, que se da justamente porque Felipe va huyendo de la persecución que se había decretado en Jerusalén contra los cristianos. Ese decreto había hecho posible, en última instancia, que el eunuco, gentil, de la corte de Candace, temeroso de Dios y anhelante de la salvación, recibiera la palabra que lo llenaría de luz y lo llevaría finalmente a recibir el bautismo que lo justificaba y lo salvaba, recibiendo así la redención que Jesús había procurado con su muerte y su resurrección. La huida de muchos cristianos de sus sitios de origen debida a los decretos de muerte que declaraban la prohibición del anuncio del Cristo redentor, no podía de ninguna manera encadenar la Palabra de Dios, libre por esencia, ni impedir que el beneficio que Jesús había logrado para todos quedara en suspenso. Igualmente, quienes pretendían encadenar esa Palabra de salvación, eran testigos de la libertad superior que ella poseía y que seguía haciendo la obra de salvación que quería. Fue la experiencia que tuvieron los apóstoles, particularmente San Pablo, cuando hecho prisionero, aquel terremoto lo liberó de las cadenas y todo terminó con la conversión y el bautismo de su carcelero y de toda su familia. No hay, por lo tanto, posibilidades de que fuera impedida la gracia que Dios quería derramar en el mundo. Por un lado, porque esa gracia no es algo material a la que se le pueda confinar como con un dique de contención, y por el otro, porque los discípulos, enviados por Jesús a toda la tierra, tenían muy claro a quién debían obedecer y cuál era la autoridad que los regía: "Juzguen ustedes mismos si es lícito obedecer a los hombres antes que a Dios". Quien tiene bien clara en su mente la idea de la superioridad de Dios, de su amor y de su salvación, jamás dudará sobre a quién debe obedecer.

Tanto la libertad infinita del mismo Dios y de su Palabra, como la clara conciencia de los enviados de Jesús sobre el peso de la autoridad verdadera a la cual se debe obedecer, dieron como resultado una extensión impresionante de la mejor noticia que jamás pudo escuchar la humanidad: Dios los ama a todos con amor eterno e infinito, y está dispuesto a hacer que ese amor, convertido en misericordia y salvación, le llegue a cada hombre y mujer de la historia, pasando por encima de todos los obstáculos e impedimentos que las autoridades humanas quieran poner. Una verdad irrefutable y verificada en aquella Iglesia naciente que fue testigo de las grandes maravillas de Dios, por sí mismo o a través de la obra de quienes se ponían a su disposición. Ese anuncio iba llegando a todos, por las vías diversas que el mismo Dios disponía. Incluso se podría afirmar, con sorpresa de los mismos discípulos. El acontecimiento de la llegada de Apolo a Antioquía, "natural de Alejandría, hombre elocuente y muy versado en las Escrituras", es emblemático de esto. Coinciden con él en la ciudad Áquila y Priscila, compañeros de San Pablo, y quedan sorprendidos, por cuanto no era alguien conocido ni de su grupo. ¿Cómo había llegado tan lejos este personaje, con noticias tan claras de Jesús? Estaba predicando valientemente la salvación de Cristo: "Lo habían instruido en el camino del Señor y exponía con entusiasmo y exactitud lo referente a Jesús, aunque no conocía más que el bautismo de Juan". Ciertamente su formación, con ser de primera, adolecía de vacíos. Pero era lo de menos. Apolo era un buen instrumento del Señor, y fuera como haya sido su elección y su misión, estaba bien dispuesto a ser instrumento de Jesús para anunciar su amor a los hombres. Bastaba solo con pulir su instrucción, prepararlo mejor para la misión que estaba llevando adelante y enviarlo ya con todos los rudimentos necesarios para que siguiera cumpliendo esa tarea que había asumido con responsabilidad. "Cuando lo oyeron Priscila y Áquila, lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios". Se erigió, así, en un excelente discípulo de Cristo, anunciando con valentía y autoridad al Salvador: "Decidió pasar a Acaya, y los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos de allí que lo recibieran bien. Una vez llegado, con la ayuda de la gracia, contribuyó mucho al provecho de los creyentes, pues rebatía vigorosamente en público a los judíos, demostrando con la Escritura que Jesús es el Mesías".

Lo importante, en todo caso, era preparar el camino para la llegada de Jesús al corazón de todos los hombres. Quien se ponía a la disposición de este anuncio no podía menos que hacerse instrumento dócil de Jesús, para que ordinaria o extraordinariamente, fuera utilizado por el amor para manifestarse. Es apuntar a alcanzar la meta del encuentro con ese Jesús de amor y de misericordia que revela el amor infinito del Padre, que es la meta de cualquier evangelización. Ni siquiera el mismo Jesús es la meta. La meta es el Padre. Jesús mismo es un enviado de amor para lograr que el hombre encuentre la ruta del amor de Dios Padre y viva la mayor compensación que jamás pueda imaginar. "Hasta ahora ustedes no han pedido nada en mi nombre; pidan, y recibirán, para que su alegría sea completa. Les he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que les hablaré del Padre claramente". La tarea de Jesús, más allá del rescate de la humanidad de las garras de la muerte, es la de conducirla al encuentro del Padre. Ese es el objeto de la Redención. Se redime para colocar en las manos del Padre todo. El amor del Padre es el mayor tesoro que vivirán los hombres redimidos. Será la auténtica meta del rescate. El amor a Jesús y a su obra de amor que pueda surgir del corazón de cada redimido, confluirá naturalmente hacia el amor al Padre. No se puede amar a Jesús sin amar al Padre. Y ese amor a Jesús nunca quedará sin compensación: "Aquel día pedirán en mi nombre, y no les digo que yo rogaré al Padre por ustedes, pues el Padre mismo los ama a ustedes, porque ustedes me aman y creen que yo salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre". Si en el amor de Jesús encontramos los hombres una experiencia insuperable, pues contemplamos en él su entrega gratuita, sin espera de recompensa, solo con el objetivo de ser satisfacción con su muerte por nuestro pecado, podremos imaginarnos la compensación insuperable que podremos obtener en la experiencia del amor infinito y eterno del Padre, que es el origen de toda la obra de Redención del Hijo, en el cual nos demuestra que nada está por encima de nosotros en su corazón. Sabernos amados por Jesús es algo que llena nuestro corazón de alegría desbordante. Pero sabernos amados en mayor grado por el Padre, sabiendo además que ese amor nos conducirá paternalmente y con la mayor ternura a su encuentro, en una eternidad feliz que jamás tendrá fin, nos hace infinita y eternamente felices. Dios procurará por todos los medios lograrlo. Nunca dejará de hacer lo que sea necesario para que estemos con Él. Es infinita y absolutamente libre. Y su Palabra correrá siempre veloz con la mayor libertad para traernos la convicción feliz de ser amados por Él con amor tierno y eterno.