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sábado, 13 de marzo de 2021

Dios quiere el sacrificio de nuestro corazón humilde y transparente

 Archidiócesis de Granada :: - "El que se enaltece será humillado, y el que se  humilla será enaltecido"

Los hombres, en nuestra tendencia natural a la vanidad, al reconocimiento, por el egoísmo con que nos ha enfermado y contaminado el pecado, hemos confundido nuestra experiencia de fe con la realización de obras buenas que resulten evidentes a la vista de todos. Desde el mismo principio, añoramos el reconocimiento de los demás y el ser considerados buenos por las buenas obras que hagamos a la vista de todos, sin importar si en ello está comprometido verdaderamente nuestro corazón y nuestro ser completo. Llegamos al extremo de involucrar a Dios en esta intencionalidad, pretendiendo absurdamente con ello incluso hacer creer a Dios que somos muy buenos por las obras que hacemos, sin tener en cuenta que a Dios no lo podremos engañar jamás y que toda nuestra realidad, la más evidente y la más íntima, está siempre en su presencia de la manera más diáfana. No hay nada de lo nuestro que no sea evidente a Dios. Nada de lo nuestro le está oculto. Él percibe lo externo y lo interno. En nuestra pretensión de ocultar lo malo ante los demás podremos seguramente tener grandes éxitos. Pero jamás lo tendremos delante de Dios, pues Él ve hasta lo oculto que poseemos y que nos empeñamos en esconder delante de todos. Somos hechura suya y estamos grabados en las palmas de sus manos. Para lo bueno y para lo malo. Así como nos ama infinitamente y por ello procura para nosotros todos los bienes necesarios y nos anima a estar con Él pues esa es nuestra felicidad plena, así mismo conoce perfectamente nuestros caminos, nuestras palabras y nuestras obras, antes incluso que los emprendamos, que las pronunciemos o que las realicemos. Por ello, ante Él solo es posible una actitud: la de la transparencia, la de la coherencia, la de la honestidad. Al estar toda nuestra realidad delante de Él con toda claridad, es absurda la pretensión de querer ocultarle algo que conoce perfectamente.

En ese sentido, Dios pide de nosotros sus fieles la entrega total de nuestro ser. No se satisface con los sacrificios externos que podamos ofrecerle, pues ellos no necesariamente representan nuestra intimidad. Siempre pueden quedar fuera de nosotros, cuando el corazón no está entregado en ese mismo sacrificio y por tanto no es ofrenda que agrade a Dios. Nunca para Él es satisfactorio un sacrificio externo, que sea solo el cumplimiento de un formalismo vacío de vida, que no involucre todos los pensamientos y las obras del hombre. Se puede realizar un gran gesto externo, con el sacrificio de animales o de cosas muy valiosas, pero si en ello no está puesto el corazón del hombre, siempre será una representación externa, un teatro, de lo que verdaderamente debería estar sucediendo en el corazón del hombre. Cuando Dios, en el Antiguo Testamento, exigía los sacrificios del pueblo, lo hacía con la esperanza de que ese gesto fuera manifestación de lo que estaba sucediendo en el corazón de los israelitas. Lamentablemente, cuando constató que esos sacrificios no los representaban, comenzó a rechazarlos: "Ya no me satisfacen las ofrendas y holocaustos de ustedes". Por eso pidió al pueblo un cambio, y el pueblo buscó responder con autenticidad: "'Vamos, volvamos al Señor. Porque Él ha desgarrado, y Él nos curará; Él nos ha golpeado, y Él nos vendará. En dos días nos volverá a la vida y al tercero nos hará resurgir; viviremos en su presencia y comprenderemos. Procuremos conocer al Señor. Su manifestación es segura como la aurora. Vendrá como la lluvia, como la lluvia de primavera que empapa la tierra'. ¿Qué haré de ti, Efraín, qué haré de ti, Judá? El amor de ustedes es como nube mañanera, como el rocío que al alba desaparece. Sobre una roca tallé mis mandamientos; los castigué por medio de los profetas con las palabras de mi boca. Mi juicio se manifestará como la luz. Quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos".

Esta misma conducta la exigió Jesús a sus discípulos. No es, por tanto, nuevo lo que pide a quienes quieran ser sus seguidores, pues es la misma conducta que exigió Yhavé a su pueblo antiguamente. No se trata de que queramos justificarnos solo con las buenas obras. Esas obras buenas hay que realizarlas y procurar que sean cada vez más y que nos identifiquen más claramente. No hay duda de que el mundo adolece de hombres y mujeres que estén entregados a Dios, que amen a sus hermanos, que realicen las obras que el mismo Dios pide que sean realizadas. Pero la respuesta no está en montar teatros hermosos y grandilocuentes en los que no esté comprometido el corazón del hombre. Lo que Dios quiere es que esas obras de bien, los sacrificios que se le ofrezcan, la fraternidad añorada con los demás, surjan de corazones que estén convencidos, de corazones que hayan sido transformados por el amor, de corazones que no necesiten ocultar nada pues son transparentes y totalmente coherentes con lo que reflejan sus obras buenas. Son corazones que no necesitan convencer a nadie, pues delante de todos, primeramente de Dios, demuestran lo que son con total luminosidad y sin necesidad de presentar una doble cara. Así lo ejemplifica Jesús: "En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: 'Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: 'Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo'. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: 'Oh, Dios!, ten compasión de este pecador'. Les digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido". Ante Dios, es lo que nos enseña Jesús, no podemos montar escenas de teatro. Él conoce perfectamente lo que hay en nuestro corazón. La única opción que tenemos es abrir nuestro ser a Él y dejarlo en sus manos, siendo totalmente transparentes, humildes y honestos, para alcanzar así su amor y su salvación y ser plenamente felices.

viernes, 26 de junio de 2020

Dejarse vencer por Dios es ganar la más importante de las batallas

Oración del jueves: «Si quieres, puedes purificarme» - MVC

El Señor se regodea en los humildes. Al contemplar la historia de la salvación y echar la vista sobre los acontecimientos en los cuales se enseñorea el poder, aparentemente vence la violencia y el favor lo obtienen quienes subyugan a los más sencillos y débiles, no podemos perder la perspectiva de la verdadera victoria. Los que ostentan el poder y pisotean las vidas de aquellos a los que dominan, a la vista de cualquiera, serían los que se llevan las mieles del triunfo. Regodeándose en la contemplación de su propia fuerza, de la fiereza de sus ejércitos ante los cuales todos los enemigos sucumben, de la desbandada humillante de sus rivales vencidos, de la rapacidad que demuestra al arramblar con todos los tesoros que poseían sus enemigos derrotados, no le debería quedar otro camino al vencedor que el de la felicitación a sí mismo, el del orgullo por su invencibilidad, el del disfrute de todos los reconocimientos, incluyendo el de sus víctimas. Son esas grandes victorias las que van marcando su paso y le van adquiriendo la fama de invencible, de gran señor, de absoluto dominante y regidor de los pueblos conquistados. Los grandes imperios fueron así acrecentando su grandiosidad y en el devenir de los años cada uno de sus grandes regidores competían entre sí para aumentar los laureles del propio imperio y así también ir marcando su propia historia con los grandes triunfos que iban acumulando. De esa manera, a su entender, escribían en los anales de la historia su propio nombre y consecuentemente los iban perfumando con el aroma de la heroicidad. Sin embargo, como se ha apuntado, no se puede perder la perspectiva de la verdadera victoria, por cuanto en la mente divina, la del Dios que es el Señor y Rey absoluto de la historia de la humanidad, el criterio humano de la fuerza física y el poder de las armas no es el determinante, por cuanto ese nivel queda totalmente obnubilado, ya que el suyo, pudiendo ser absolutamente superior que el de cualquiera que se rija por esas medidas, se basa sobre todo en una victoria no ostentosa ni ruidosa, que se obtuviera en una batalla no sobre el terreno físico de alguna explanada propicia, sino aquella que se obtuviera en el terreno del corazón y el del espíritu. Aquellos derrotados militarmente, que resultaban humanamente humillados y pisoteados por el poderoso invasor, pueden ser, y en el caso de Dios y de su pueblo Israel efectivamente así es, en esa dimensión superior, por el contrario, los vencedores. Son humillados, pero son ensalzados. Son derrotados, pero vencen. Resultan desvalijados de todos sus bienes, pero son favorecidos con las mayores riquezas.

Es necesario que desmontemos, por lo tanto, el itinerario de nuestras argumentaciones y le demos el justo viso que deben adquirir. Aquellos que disfrutan del boato del imperio y del poder cruelmente a expensas de aquellos a los que han humillado, han vaciado de toda humanidad sus propios corazones y por ello han perdido la única riqueza que vale la pena, que es la del corazón que es solidario y se conduele de la desgracia de los más pequeños. Quienes hacen que el hermano muera de hambre al desvalijar sus despensas y abandonarlo a su suerte, han vaciado totalmente la propia despensa de su corazón en la que se debería encontrar su propio alimento que en primer lugar debe ser el del amor y la fraternidad. Quien pisotea la cabeza del vencido y se burla de él humillándolo y afrentándolo, está poniendo su pie sobre su propio ser, burlándose de sí mismo y dejándose totalmente postrado delante del Dios que no aprecia esa victoria sino que se pone del lado de los humillados. Quien a fuerza del poder que ostenta expulsa de sus tierras a sus habitantes y los hace deambular sin rumbo mientras no encuentran ni siquiera un techo bajo el cual resguardarse ni alimento para sobrevivir, se ha hecho a sí mismo indigente, se ha expulsado de las sabanas de la tranquilidad, se ha expulsado a sí mismo del oasis y se hace caminar perdido en las estepas del desierto espiritual. Estos han renunciado a toda compensación espiritual por cuanto buscan su contento solo en las satisfacciones que se dan a sí mismos en este nivel del goce material. Y, en la "pobreza" que han pretendido dejar a sus derrotados, más bien han favorecido que ellos tengan que acercarse al único que puede darles el consuelo al haber perdido absolutamente cualquier otro sustento, con lo cual los han "obligado" a enriquecerse con la riqueza que tiene más sentido, pues es la única que jamás desaparecerá, ya que no se basa en ningún triunfo humano, sino solo en la bondad irrestricta del amor. La deben buscar, y allí la encuentran, únicamente en las manos del Dios que es amor y consuelo infinitos. Sucedió con ese resto mínimo de israelitas que quedaron en Jerusalén luego de la victoria estruendosa de Nabucodonosor y la traición de algunos miembros del pueblo. "El jefe de la guardia dejó algunos de los pobres del país para viñadores y labradores". Esos pocos israelitas que quedaron en la ciudad, siguieron en esa tierra prometida, ejerciendo sus cargos de viñadores y labradores, pero disfrutando de los bienes que había prometido el Señor a su pueblo elegido, cosa que no pudieron hacer más todos los deportados, que se llevaron a su ciudad grabada en sus corazones. Aquellos que traicionaron a su pueblo y en él, al Dios que lo había elegido, perdieron a la ciudad santa físicamente y además la expulsaron de su corazón. Fueron los más tremendos perdedores.

Por eso, la batalla más importante que deberán enfrentar los hombres no se dará en el terreno físico ni con las armas más poderosos y sofisticadas. Se dará en el corazón. De nada valdrán todos los triunfos que se obtengan, si no se obtiene el más importante de todos, el que se debe obtener en el corazón. Es asociándose al ejército divino, tomándose de la mano de Dios y confiando radical y absolutamente en su poder y en su amor, que podrá darse esa victoria. Solo asociándolo a Él a nuestro ejército, o mejor, asociándonos nosotros a su ejército, podemos asegurar que en esa batalla de nuestra vida obtengamos la más contundente victoria. Será la victoria sobre nosotros mismos, sobre nuestra soberbia y nuestro orgullo, sobre nuestros pensamientos y nuestras conductas, sobre nuestros gustos y nuestros placeres. Así podremos dejar que sean los gustos y criterios de Dios los que estén en nuestro corazón, los que guíen siempre nuestras acciones, los que hagan imperar las tendencias a la solidaridad, a la fraternidad, a la justicia, a la paz, a la caridad. Los que hagan que nos convenzamos que no es en el dominio sobre el otro sino en el servicio por amor a él, siendo justos sin egoísmos, procurando siempre el bien de todos, que podremos construir una verdadera sociedad en la que Dios sea el único vencedor. Solo cuando lleguemos al extremo al que llegó aquel leproso que demostró sin ningún resquicio su confianza en el poder y en el amor de Dios, demostrando un respeto reverente a su voluntad, podremos decir que Dios está venciendo en nosotros, y que nosotros mismos estamos venciendo con Él: "Se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: 'Señor, si quieres, puedes limpiarme'. Extendió la mano y lo tocó, diciendo: 'Quiero, queda limpio'. Y en seguida quedó limpio de la lepra". Esa es la única victoria que Jesús quiere que obtengamos. A Él poco le importa que obtengamos victorias contundentes sobre los hermanos, mucho menos a costa del sacrificio de ellos, si esas victorias no pasan por la victoria sobre sí mismo, sobre el propio orgullo, sobre la vanidad, sobre el egoísmo, sobre la humillación pretendida al otro. Es la victoria que demuestra el leproso que Dios ha obtenido en su corazón, pues se acerca a Él con la máxima humildad, consciente de su amor y su poder, pero dejando constancia de ese respeto a su voluntad, que sabe que al final se pondrá siempre a su favor, pues en lo más profundo de su corazón sabe que Dios estará siempre en el corazón de quien se ha dejado vencer por Él, y se ha rendido totalmente a su voluntad y a su amor. Esa es la mayor de todas las victorias.

viernes, 19 de junio de 2020

A Dios le gustó amarnos con corazón humano en Jesús

Entronización al Sagrado Corazón de Jesús – Devoción al Sagrado ...

Entre las "riquezas" que pudimos aportar los hombres a Dios, si es que le pudimos haber aportado alguna, es la de tener corazón. Dios es espíritu puro, por lo tanto en lo más puro de su naturaleza no tiene carne, pues para Él la carne representaría más bien una limitación al haber ella surgido de sus manos creadoras y estar atada a la existencia en el tiempo y en el espacio. Su amor divino, que es eterno e infinito, existió desde siempre, desde toda la eternidad, y existirá para siempre. No desaparecerá jamás pues es su esencia y le da su identidad profunda. Lo afirma San Juan en su Primera Carta: "Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él". Está claro que Dios no empezó a amar en la encarnación de Cristo, que fue cuando empezó a tener carne humana, pues amó desde siempre en su existencia eterna, pero sí hizo que su amor pasara a formar parte de la vida de sus criaturas preferidas, los hombres. Cuando decretó la existencia de los hombres "a nuestra imagen y semejanza", colocó en ellos esa capacidad natural que existía en Él, que es la de amar. El don más valioso que Dios daba al hombre era esa capacidad de su amor, pues en ella iba Él mismo. Si Dios es amor, haber creado al hombre con la capacidad de amar es haberle regalado su misma esencia. El hombre, así, era algo parecido a Dios, una especie de dios menor, por cuanto compartía en el amor algo de la esencia divina. El corazón humano ha sido tradicionalmente considerado la sede de los sentimientos. El hombre, según eso, ama con el corazón. Un hombre sin corazón, así lo entendemos, es un hombre que no es capaz de amar. Es, sin duda, un reduccionismo romántico esta fijación del amor en el corazón del hombre, pues la realidad es que el amor es un movimiento de todo el ser. El amor no es solo idealismo o romanticismo. El amor es una decisión activa y comprometedora, en cuanto es el hombre entero el que tiende con todo su ser a vivir ese amor y a vivirlo de acuerdo a lo que él implica. El amor lanza hacia el amado, impulsa a buscar su bien, compromete en la búsqueda de su felicidad. Y en eso está implicado todo el hombre. El corazón es una víscera del cuerpo, por lo que no podemos reducir el amor a algo solo visceral. Con todo, siendo un reduccionismo, no está mal que lo ubiquemos concretamente en el corazón, por cuanto necesitamos tener algo específico a lo cual referirnos cuando hablamos del amor.

Siguiendo esta línea de razonamiento, podríamos agregar que, en cierto modo, esa riqueza que Dios ha obtenido de los hombres haciéndose de un corazón humano en Jesús, es consecuencia de un "aprendizaje" que Él quiso hacer desde nosotros. Desde toda la eternidad Dios nos amó a lo divino. En la encarnación obtuvo un corazón humano, el de Cristo, nacido de la Virgen María, y desde ese momento "aprendió" como nosotros a amar con corazón humano. Dios, que no tenía hasta ese momento de la historia corazón de carne, empezó a tenerlo, y tuvo que "aprender" de José y de María a amar también con ese corazón que estaba estrenando. Aquel amor divino que en sí mismo era infinito y eterno, pues era Él mismo, al entrar a formar parte integrante y activa de la historia humana como uno más de entre nosotros, se convirtió en el amor humano de Dios, que se hizo aún más cercano y asequible para cada uno de nosotros. Así hizo más sencillo para nosotros el vivir en el amor, pues lo puso a nuestra vista no desde la inmensidad de su trascendencia infinita e inalcanzable, sino desde ese corazón humano del Dios que se había hecho hombre como uno más de nosotros. De esta manera, entendimos que el amor que nos pide Jesús que tengamos en nuestro corazón es el mismo que Él nos tiene. Por eso el mismo Jesús transformó la medida del amor del mandamiento. Antes era: "Ama a tu prójimo como a ti mismo", pues la referencia más cercana que poseíamos del amor mayor era el del que teníamos más a la mano, que era el amor a nosotros mismos. Con su encarnación ya teníamos a la mano su amor como referencia humana: "Ámense los unos a los otros como Yo los he amado". Es el amor divino hecho humano, por lo tanto ya convertido en una referencia posible para nosotros, y más cercana. Aquel amor humano del Dios que se hizo hombre lo entendemos mejor. Por ello sabemos que nuestro amor debe ser como el del Jesús que ama con amor compadecido a la viuda de Naím que ha perdido a su hijo, que ama con amor henchido de ternura a la anciana que echa en el cepillo del templo las últimas monedas que le quedaban para sobrevivir, que ama con amor misericordioso a la adúltera que le es presentada para ser juzgada y lapidada, que ama con amor piadoso a la mujer que se lanza llorando a sus pies y los limpia con sus lágrimas en la casa de Simón el Fariseo, que ama con amor salvífico a Zaqueo trepado al árbol para poderlo ver mejor cuando pasa, que ama con amor comprensivo a Nicodemo que se acerca escondido y de noche a hablar con Él, que ama con amor fraterno a Marta cuando le reclama por la muerte de su hermano Lázaro...

En toda esa gama de amores Jesús, Dios encarnado, se sintió cómodo. Evidentemente las había tenido siempre en su experiencia personal como Dios. Pero en su experiencia como hombre eran totalmente nuevas para Él. Y le gustó tenerlas. Las disfrutó y las vivió con intensidad. Y porque fueron tan agradables y compensadoras para Él, deseó que también nosotros las tuviéramos para vivir esa compensación infinita del amor divino hecho humano. Amar como Jesús amó nos hace amar como Dios amó humanamente. Incluso en el amor más radical e inobjetable como el de su entrega a la muerte en la Cruz. "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados". El Hijo aceptó esta encomienda del Padre porque nos amaba infinitamente. Y esa misma fue su total compensación. Su corazón nos amó de tal modo que sintió inmensa alegría al hacerlo. Y está plenamente consciente de que esa será también nuestra alegría. Por eso, al haberlo entendido, San Juan nos invita a hacer lo mismo: "Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud". Nuestra dicha plena estará en lo mismo que vivió Jesús: "En esto conocemos el amor: en que Él entregó su vida por nosotros; también nosotros debemos entregar nuestras vidas por los hermanos". Es de tal manera compensadora esta experiencia del amor humano de Dios, que habiéndola vivido Jesús en sí mismo, nos ofrece no solo su testimonio para poderlo seguir, sino su apoyo para que no tengamos desilusiones ni cansancio al hacerlo: "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera". Esa oferta es eterna en el tiempo. Nunca dejará de estar Jesús con la mano tendida hacia nosotros, pues habiéndolo experimentado Él en su propio corazón humano, quiere que la tengamos cada uno de nosotros en nuestro propio corazón: "Él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones".

miércoles, 12 de febrero de 2020

Que mis hermanos te descubran viendo mis obras, Señor

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Delante de Dios no podemos presentarnos con la pretensión de ocultar algo. Es imposible, pues todo lo oculto es evidente para Él. Él descubre lo más íntimo de cada uno. Decía San Agustín: "Dios es más íntimo a mí que yo mismo". Está en lo más profundo de nuestro ser, llenándonos de su amor, dándonos su guía y protección, regalándonos su propia vida, que es la gracia con la cual nos santifica. Inspira en nosotros los movimientos de amor y solidaridad hacia los hermanos y mueve nuestros corazones para que se inclinen hacia los más necesitados. Nos hace tener una conciencia que se guía por la fidelidad a Él y que se mueve a cumplir su voluntad. Quiere que evitemos todo mal y todo lo que nos pueda alejar de su amor. Nos enriquece continuamente con sus dones espirituales, que nos inclinan a movernos siempre hacia Él y a tender a vivir la fraternidad. Es quien forma nuestra conciencia para el bien. Y así como es íntimo para procurar todos estos bienes, también lo es para descubrir en nosotros cuando no actuamos de acuerdo a eso que Él quiere inspirarnos. Por eso, aunque no queramos que alguna cosa salga a la luz, aun cuando no sea mala, eso igualmente estará siempre inmediatamente delante de Dios, pues para Él no hay nada oculto. Él es omnisciente, es decir, lo sabe todo, lo conoce todo, todo está al descubierto ante Él. Es la causa de la existencia de todo y en su infinito amor y providencia ha previsto estar en nosotros inspirando lo bueno y evitando lo malo. Este conocimiento de la intimidad de cada uno lo demostró Jesús en muchos de los intercambios con los fariseos. Él conocía lo que había en sus corazones, descubría sus pensamientos. Por eso, "viendo los pensamientos del corazón de ellos", los ponía en evidencia. No era necesario que expresaran lo que pensaban, pues incluso esos pensamientos ya estaban en la presencia de Dios.

Esta es una verdad de fe. Dios conoce lo más íntimo de cada uno de nosotros. Pero a esto Jesús añade una consideración más amplia. La conducta de los hombres hace evidente lo que hay en el corazón de cada uno. Es decir, nuestra intimidad queda al descubierto también ante los demás, cuando ellos ven lo que hacemos. Jesús mismo, hablando de lo que sale del hombre bueno y del hombre malo, afirma que no puede salir algo distinto de lo que hay en el corazón, porque "de la abundancia del corazón habla la boca". Es el corazón la fuente de lo bueno y de lo malo, y eso queda patentizado en la conducta externa. Para todos queda evidenciado lo que hay dentro de nosotros cuando ven nuestra conducta. El gran Papa San Juan Pablo II fue también un gran filósofo que se inscribió en la línea del personalismo cristiano. La tesis de Karol Wojtyla sobre la persona se basaba precisamente en que el interior de cada uno quedaba al descubierto al ver sus acciones. "La persona se descubre en la acción", era su afirmación primordial. Es evidente, si seguimos la misma línea de razonamiento de Jesús. Por eso es que el hombre dejará al descubierto su intimidad en lo que hace. Ese interior es el que beneficiará o dañará a cada uno. Lo que está dentro del hombre es su riqueza o su pobreza. Eso determinará su fidelidad, su salvación o su condenación. "Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre", dice Jesús. Lo que guarde el hombre en su corazón y pase a formar parte de su ser, determinará su calidad delante de Dios. Es por ello que debemos estar continuamente vigilantes de lo que tenemos en nuestra mente y en nuestro corazón. Debemos procurar vivir siempre según lo bueno que ha sido puesto en nosotros, esa semilla de vida en santidad que Dios mismo ha colocado en cada uno. De lo contrario, se cumplirá el refrán popular: "Quien no vive como piensa, terminará pensando como vive". Nuestras acciones no solo descubren lo que somos y lo que tenemos dentro, sino que nos consolidarán en ello o al contrario destruirán totalmente nuestra riqueza: "Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón, sino en el vientre y se echa en la letrina ... Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre".

El testimonio que demos, en efecto, descubre lo que hay dentro de nosotros. No lo conocerá, por tanto, solo Dios, sino que será evidente incluso ante los demás. Todos verán nuestras obras y serán testigos de lo que somos, que queda al descubierto en ellas. También lo afirmó Jesús: "Así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos". Si por el contrario, nuestras obras desdicen de la luz que debemos reflejar, estaremos sirviendo para que ellos también se alejen de Dios, con lo cual estaremos sumando condenación a nuestra vida. Todo lo que somos y hacemos, si queremos ser de verdad fieles a Dios, debe servir para que otros alaben a Dios y se acerquen a Él y a su amor. Lo supo hacer Salomón cuando fue visitado por la Reina de Saba. Después de haber experimentado la sabiduría inmensa que poseía, y de haber conocido que esa sabiduría le venía de Dios, la Reina no pudo más que bendecir al Señor: "Bendito sea el Señor, tu Dios, que se ha complacido en ti y te ha situado en el trono de Israel. Pues, por el amor eterno del Señor a Israel, te ha puesto como rey para administrar derecho y justicia". Lo que ella vio, lo que experimentó al acercarse a Salomón, fue la presencia de Dios que lo había llenado de sabiduría, de poder y de riquezas. Por eso no pudo menos que reconocer esa acción de Dios en la persona de Salomón. Quedó prendada de su obra y bendijo al que había hecho que todo fuera así. Así mismo debe suceder con nosotros. Que todo hermano que se acerque a nosotros experimente la acción de Dios en nuestras vidas. Que nuestras palabras y nuestras acciones no sean sino reflejo de esa presencia de Dios en nosotros, que llena nuestro corazón y le da forma a todos nuestros pensamientos y acciones. Que hablemos de la riqueza que hay en nuestro corazón con las obras de fidelidad y de amor hacia nuestro Dios y hacia nuestros hermanos.

martes, 11 de febrero de 2020

Dios quiere corazones rendidos a Él, con amor y fe

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El cuidado de lo externo es algo deseable. Es siempre muy hermoso encontrar un sitio bien ordenado, bien cuidado, perfumado, que refleje el cuidado bajo el que se encuentra. Por el contrario, es muy poco atractivo un lugar desordenado, sucio, maloliente, que refleje un descuido total. En general, pudiéramos decir que el cuidado externo o el descuido, reflejan de alguna manera la experiencia interior. Recuerdo en mis tiempos de seminarista, cuando entraba en alguna de las habitaciones de mis hermanos seminaristas, que al ver en qué condiciones se encontraba todo, descubría cómo estaba su vida interna. Si lo que veía era desorden, me acercaba a preguntarle qué le estaba pasando. Generalmente podían estar viviendo una de esas crisis naturales que se viven en el proceso de formación. Y era una oportunidad para tenderle la mano y ayudarle en su crisis al menos escuchándole, pues no tenía a la mano aún los medios para ayudarlo en otros órdenes. También me sucedía a mí mismo. Cuando veía que mi habitación estaba fuera del orden habitual en el que procuraba mantenerla, tenía que ponerme a revisar mi propia vida para ver qué podía estar fallando. Y descubría que podía haber bajado en mi vida de oración, o que me estaba dejando ganar por la flojera en los estudios, o que estaba pensando en realidades diferentes a las que tenía que pensar estando en un proceso de formación hacia el sacerdocio. Es decir, el orden externo puede ser signo de que lo interno está bien. Y al contrario, el desorden externo puede ser signo de que algo malo hay en el interior de la persona. Este puede ser un criterio que nos sirva para ayudarnos a nosotros mismos y para ayudar a otras personas que lo necesiten. Obviamente no es un criterio infalible. Puede darse el caso de que exteriormente una persona y su entorno estén impecables, pero por dentro tenga graves desórdenes. O al revés, que haya un desorden grande en el ámbito exterior, pero el interior esté andando perfectamente. Con esto se encontró Jesús al enfrentarse con los fariseos, enfermos del orden exterior.

Encontramos a los fariseos acercándose a Jesús para criticar que sus discípulos eran desordenados: "¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?" Era una grave falta externa no purificarse para la comida. La tradición antigua lo exigía como norma de buena conducta, incluso religiosamente. El cumplimiento de estas tradiciones era fundamental en el criterio de los fariseos, que se fijaban casi exclusivamente en esta norma de orden externo. La respuesta de Jesús es demoledora contra esta actitud parcial de supuesta perfección: "Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito: 'Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos'. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres". El orden externo, con ser necesario, nunca podrá estar por encima de la necesidad absoluta del orden interno. Más aún, ese orden externo deberá ser necesariamente signo del orden que se vive en lo interior. Si no es así, no tendrá ningún sentido. La preocupación por lo que hace o deja de hacer el hermano debe surgir de un corazón cercano a su necesidad, que se preocupa primero por la situación del hermano en sí mismo. Nunca puede estar la exigencia del cumplimiento de la ley por encima del hombre, de su situación personal, de su necesidad. Es lo que ha enseñado Jesús: "El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado". El apego excesivo a lo mandado puede ser un refugio que se busque para ocultarse de la obligación que surge de la fe y que nos llama y nos compromete en el amor. Antes de exigirle al hermano, hay que amarlo. Quien solo exige en lo exterior adolece totalmente de amor. Y por ello pierde la autoridad para exigir el cumplimento de la ley. La ley nunca puede estar por encima del amor. Así lo sentencia Dios: "La misericordia vence sobre la justicia".

Quien pone el acento únicamente en lo exterior se desconecta incluso de quien supuestamente ellos son heraldos. Los fariseos eran los "vigilantes" de Dios, que estaban pendientes de las cosas que aparentemente agradaban a Dios. Pero no estaban conectados con Dios. Solo se servían a ellos mismos. Habían desnaturalizado por completo su tarea, negando incluso su origen. La secta de los fariseos había nacido para recuperar la pureza de la fe judía, en el servicio leal a Dios. Pues bien, ellos no servían a Dios. Se habían enamorado del poder y del dominio sobre el pueblo, usando como arma la ley tiranizante. Algo bueno lo habían convertido en algo despreciable. Con ello manipulaban al pueblo a su antojo. Esa desconexión con Dios había hecho que perdieran la noción de quién era Él realmente. Salomón, al construir el templo para Dios, tuvo la experiencia perfecta de quién era Aquel al que servía: "Señor, Dios de Israel, no hay Dios como tú arriba en los cielos ni abajo en la tierra, tú que guardas la alianza y la fidelidad a tus siervos que caminan ante ti de todo corazón. ¿Habitará Dios con los hombres en la tierra? Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos este templo que yo te he erigido!" Salomón comprendió que Dios está por encima de todo y que siendo fiel y amoroso espera también fidelidad en los suyos. Una fidelidad que surja de un corazón rendido a su amor y a su misericordia. Ese es el verdadero Dios. No el monstruo castigador y tirano que pretendían presentar los fariseos. Por eso se debe ser capaz de decirle confiado en su amor y en su providencia: "Atiende la plegaría que tu servidor entona en este lugar. Escucha la súplica que tu siervo y tu pueblo Israel entonen en este lugar. Escucha tú, desde el lugar de tu morada, desde el cielo, escucha y perdona". Es un Dios que quiere corazones rendidos a Él. Que no quiere el simple cumplimiento de la ley, es decir, solo un orden externo, sino que si se cumple, se haga por la convicción profunda de la necesidad de tener en orden todo lo interno, es decir, de estar ante el Dios que es todopoderoso, pero que es ante todo el Padre de amor y de misericordia que siempre tiende la mano a su hijo débil y necesitado de su amor.

martes, 21 de enero de 2020

Tú descubres completamente lo que hay en mi corazón

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Entre las cosas que más nos cuesta entender a los cristianos de la doctrina que Jesús nos enseña es la de la compaginación del cumplimiento de la ley y la convicción que debe haber en el corazón. Muchos defendemos que ya es suficiente con de vez en cuando hacer algo bueno para que se nos tenga en cuenta en nuestra página de balance personal. Pretendemos que una acción considerada buena sirva para borrar todas las otras que no son tan buenas en las que también estamos involucrados. Da la impresión, incluso, de que pretendemos que Dios nos aplauda cuando hacemos algo bueno, a pesar de que quizá estamos sumergidos en la maldad. ¡Cuántas veces se escucha decir: "Yo estudié en un colegio de curas o de monjas", "Yo di una limosna una vez", "Yo fui a la misa de difunto de un gran amigo mío", "Yo estuve presente en la boda de unos amigos", "Yo fui al bautizo del hijo de fulanita", "Yo todos los días me hago la señal de la cruz y rezo un padrenuestro al levantarme"! Y lo dicen con una convicción total de que eso ya sería suficiente para que Dios los aplauda y les diga: "¡Ya no hagas más. Has hecho demasiado. Que no se te pase la mano!" Es como una especie de chantaje a Dios, en el cual Él debe estar agradecido de que yo haga tales acciones "heroicas". Sería realmente trágico para Dios que en algún momento de mi vida yo me decidiera a dejar de hacerlas. Súmese a esto el que por realizarlas nos creemos con el derecho de exigirle a Dios cualquier cosa. Como alguna vez recé un padrenuestro, Dios debería hacer todas las cosas que yo le pido. Y si no la cumple, pues sencillamente lo castigo, no rezándole más. Él se lo gana. Muchos entendemos nuestra vida de fe casi como un intercambio mercantil entre Dios y yo. Yo doy, pero también Dios debe darme. Si no me da, se rompe el contrato. De este modo, dejamos nuestra vida de fe solo en el ámbito externo del cumplimiento de unas obras basadas, sí, en algo bueno como es el cumplimiento de la ley, pero que se queda y permanece siempre en lo exterior, sin que nuestro corazón esté realmente involucrado en nuestras acciones. Seré bueno en la medida en que haga algunas buenas acciones. Y si en algún caso hago algo malo, o cometo algún pecado, o hago algo que pueda disgustar a Dios, ya alguna buena acción mía borrará todo eso.

Jesús es muy insistente en la necesidad de que en nuestra fe esté involucrado todo nuestro ser. Que haya una confesión de fe de nuestros labios, pero que esa confesión surja desde lo profundo de un corazón conquistado por el amor. Asumiendo la expresión del profeta Isaías, le echa en cara a quienes así actúan: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres. Dejando el precepto de Dios, ustedes se aferran a la tradición de los hombres". No se opone a que le rindan el culto debido a Dios, sino a que sea un culto vacío que no está sustentado en una convicción de vida, en un corazón que está lleno del amor de Dios. No es lo exterior lo que vale. Es lo de dentro, lo del corazón. Desde siempre fue así. Dios elige por lo que hay en el corazón del hombre no por lo que aparenta. En la elección del gran rey David, su criterio difirió precisamente en eso del de Samuel: "El Señor dijo a Samuel: 'No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón'". La mirada del Señor es profunda, descubre lo que hay dentro de cada uno. No se queda en lo superficial, como lo haríamos nosotros. En Dios lo esencial es la transparencia, la humildad, la sencillez de corazón, la rendición a su voluntad. No le importan las apariencias, ni las obras ocasionales, ni aquellas que pretendan manipular o disfrazar de bien al que es malo. Por eso, su mirada, que descubre todo lo más íntimo, jamás se dejará engañar. Elige con un criterio único, basado en su amor: David "era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel: 'Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es este'. Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante". La elección del Señor hace que el elegido cambie. Pasa a ser pertenencia de Dios, lo cual, en definitiva, solo sería una confirmación de lo que ya se vivía, pues el corazón del elegido ya estaba rendido a Dios.

Para Dios lo que más importa es el hombre. Y por ello, su vida la entrega absolutamente toda sin dejar nada para sí, con tal de conquistar al hombre, de rescatarlo del abismo, y de elevarlo de nuevo a la condición de hijo de Dios, abriéndole nuevamente las puertas del cielo. El hombre es quien revela la gloria de Dios por cuanto por él es que Jesús deja entre paréntesis su ser glorioso para hacerse uno más entre los hombres y caminar junto a él para llevarlo de nuevo al Padre. "La gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios", afirma el gran San Ireneo. Por ello, todo lo que obstaculice que esa gloria de Dios se manifieste y que el hombre obtenga la vida que Jesús quiere transmitirle, será echado a un lado y desechado. Incluso si fuera algo bueno. Porque lo que importa es el hombre. El hombre está en el centro, e incluso si la ley pretendiera dañarlo, será puesta a un lado. Cuando los fariseos le reclaman el incumplimiento de la ley de parte de los apóstoles, el diálogo deja muy claro lo que está en el corazón de Cristo: "'¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?' Él les responde: '¿No han leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre, como entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que sólo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a los que estaban con él?'. Y les decía: 'El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado'". Poco importa la ley si va en contra del hombre. Ninguna ley puede estar por encima de la vida del hombre, que es la gloria de Dios. Lo externo jamás podrá estar por encima de lo interno. Las formas nunca podrán sustituir el fondo. La conducta nunca será más importante que la vivencia profunda de lo que hay en el corazón. "El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo de su mal saca lo malo: porque de la abundancia del corazón habla su boca". Así es la conducta delante de Dios. Solo de lo bueno que hay en el corazón es que Dios sacará provecho para el mismo hombre. No pretendamos engañar a Dios con algunos gestos buenos. A Dios nunca podremos "comprarlo". Tengamos un corazón conquistado por su amor, y desde ese corazón saquemos todo lo bueno que puede haber para manifestar a Jesús nuestro amor, poniendo en evidencia que Él está en el centro de nuestras vidas y que somos exclusivamente suyos.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

No te gusta el ruido ni el escándalo. Tu reino es paz

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La Sabiduría de Dios tiene infinitas cualidades. La más importante de todas es que es de Dios, y por lo tanto, comparte con Él su esencia eterna, su infinitud y su invisibilidad. En la tradición teológica a esa Sabiduría divina y eterna se la ha identificado con la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo Eterno de Dios, el Hijo de Dios, que en un momento de la historia de la humanidad, fue enviado por el Padre y aceptó voluntariamente ese encargo, para entrar Él mismo en esa historia, para hacerse parte de esa historia y hacerla llegar a su culminación perfecta. "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva". Esa sabiduría divina es "un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, móvil, penetrante, inmaculado, lúcido, invulnerable, bondadoso, agudo, incoercible, benéfico, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, todopoderoso, todo vigilante, que penetra todos los espíritus inteligentes, puros, sutilísimos". Para nosotros es la mayor riqueza que hemos podido recibir en toda nuestra existencia. Su presencia entre nosotros es la mejor noticia que podremos recibir jamás, por cuanto la hemos hecho venir en un arrebato de amor de Dios, por algo terrible que nosotros mismos habíamos hecho, poniéndonos de espaldas a esa misma Sabiduría. Dios no ha querido dejar que nuestra empresa de rebeldía tuviera éxito, sino que ha opuesto su fortaleza más grande a esa pretensión humana, basada en su amor eterno e infinito por cada uno de nosotros.

Acercarse a la Sabiduría, llenarse de ella, dejar que haga su obra de amor en nosotros, nos atrae todas las bendiciones. Es lo que quiere hacer el Verbo eterno hecho hombre, que no ha escatimado absolutamente nada de lo que haya podido hacer para lograr nuestro rescate. "Se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz". La Sabiduría eterna de Dios se hizo lo más bajo que podía ser para elevarnos a todos de nuevo a la condición de hijos de Dios, llenos de su Gracia y de su amor. "Entrando en las almas buenas de cada generación, va haciendo amigos de Dios y profetas; pues Dios ama sólo a quien convive con la sabiduría". Esa obra es obra silenciosa, sin aspavientos, sin ruidos, sin escándalos. Es obra sutil, como es ella, pues se trata de un encuentro de intimidad de corazones que se aman. El amor no hace ruido. El amor es suave y sereno. "Es reflejo de la luz eterna, espejo nítido de la actividad de Dios e imagen de su bondad. Siendo una sola, todo lo puede; sin cambiar en nada, renueva el universo". Es obra de amor a amor, de corazón a corazón, de novedad esencial a corazón renovado.

Por eso Jesús es insistente en dar a entender la presencia de Dios silenciosamente, como actúa la Sabiduría: "El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque miren, el reino de Dios está dentro de ustedes". Es absurdo que esperemos acciones estrambóticas de parte del Espíritu de la Sabiduría, por cuanto ese no es su estilo. Él es sutil y sereno. Nuestra naturaleza está muy ganada por lo espectacular, por lo sonoro, por lo ruidoso. Nos encantan los milagros, los portentos, las maravillas. Y Dios, infinitamente generoso, porque nos conoce mejor que lo que nos conocemos nosotros mismos, nos lo concede en ocasiones. Pero no es su manera de actuar normal. Prefiere un corazón rendido a Él, que lo acepte en la serenidad del amor que se encuentra con su amor suave y sutil. Es el amor de nuestro Dios que no hace escándalo, sino que solo busca la serenidad de un corazón bien dispuesto a dejarse amar, amándolo eternamente. Se quiere derramar como un aceite de bendición en el corazón que se abre a su presencia. Que ese sea nuestro corazón. Que acepte la suavidad de Dios que sólo busca hacernos de nuevo hijos suyos, que busca un corazón que lo acoja y lo ame en la serenidad, ahora y para toda la eternidad.