La Anunciación del Ángel a María es la Encarnación del Verbo eterno en su vientre... Son dos los protagonistas de este acontecimiento: María y su Hijo, el Hijo de Dios... Además, como es lógico en todo portento divino, aparecen personajes que hacen tremendo el misterio, como llenando de un hálito de magnificencia todo lo que está sucediendo. Están el Ángel Gabriel, el enviado de Dios para ser el anunciador de las mejores noticias para los hombres y, por supuesto, el Espíritu Santo, que es quien "cubrirá con su sombra" a María para que en Ella sea engendrado el cuerpo del Verbo eterno de Dios...
La Virgen María es aquella que ha sido anunciada en las profecías: "Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros". Dios mismo se había comprometido a dar esa señal a los hombres. Con ella, empezaba esa historia de amor concreto, en la cual el Hijo de Dios se encargaba Él mismo de entrar en la historia de la humanidad, ya no como Creador o Sustentador, sino como actor y protagonista principal de toda la obra. Y había sido elegida esta mujer sencilla y humilde para ser la puerta de entrada de ese Dios que venía a rescatar a la humanidad. Ella misma no tenía idea de lo que para todos significaría el paso que se estaba dando en la historia. En Ella ya se habían dado pasos fundamentales con los cuales Dios estaba preparando el momento culminante de su obra de rescate. Ella había sido pre-redimida, cuando había sido preservada del pecado original en el momento de su concepción. Su persona, que iba a ser depositaria de la presencia del Verbo eterno de Dios, tenía que ser una morada digna para contener toda la gloria de Dios. Era "repugnante" pensar en la posibilidad de que Dios viniera a un sitio que no era digno de Él. Había que purificarlo. Y Dios lo hizo, en atención a los méritos que con su muerte y resurrección ganaría su Hijo para todos los hombres en el futuro. Lo que hizo Dios fue traer lo que alcanzaría el Redentor unos 50 años después, y hacer que fuera efectivo en María anticipadamente. En Dios el futuro y el pasado son un eterno presente. Es todopoderoso, ama infinitamente a María, por ser la Madre de su Hijo, y por eso lo hace...
Esa mujer sencilla es la mujer que mejor podía ejercer el papel de Madre de Dios. Ella misma se reconoce como "la esclava del Señor". Anuncia, con toda su humildad, que será "proclamada Bienaventurada por todas las generaciones", no por Ella misma, sino porque "el Señor ha obrado maravillas en mí". Jamás se arroga a sí misma los méritos de lo maravilloso que le sucede, sino que se reconoce simplemente un instrumento fiel en las manos del Dios del amor. Ese "Fiat", "Hágase en mí según tu Palabra", es el principio de la historia culminante de amor de Dios en favor de todos los hombres. Es el decir a Dios: "Estoy dispuesta a servir para que todos mis hermanos reciban el regalo del amor, el perdón de sus pecados, la posibilidad de entrar como hijos en el seno del Padre en el cielo para toda la eternidad"... Es un paso felicísimo de una de las nuestras para alcanzara nuestra salvación...
El Verbo eterno es quien está eternamente presente ante el Padre. Es de quien dice San Juan: "Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo para el rescate de todos". Es la expresión de amor más pura y elevada que el mismo Dios ha podido hacer hacia la humanidad, habiendo sido infinitas ya todas las muestras. En esta entrega del Hijo, por amor del Padre, Dios estalla literalmente. Dios nos demuestra que ama infinitamente al entregarnos a su Hijo para nuestro rescate, para pagar el precio de nuestra redención, para satisfacer plenamente con su sacrificio lo que era necesario para salir de las tinieblas... Y el mismo Verbo eterno, delante del Padre, nos demuestra también su amor redentor y misericordioso, cuando le dice al Padre: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". San Juan afirma el amor infinito de Jesús cuando dice: "No existe amor más grande que el de dar la vida por sus amigos". Jesús es el Verbo de Dios que asume un cuerpo humano para aprender el amor como hombre. Su experiencia personal es la experiencia de quien da sus primeros pasos. Era Omnisciente, por ser Dios, en lo divino. Pero como hombre tuvo que dar los mismos pasos de aprendizaje de cualquiera. San Palo dice que Jesús "aprendió, sufriendo, a obedecer".
El aprendizaje de Jesús fue total. El Verbo de Dios, el eterno en gloria y magnificencia, el todo portentoso, se redujo casi a la nada. Es un ser en gestación, un óvulo fecundado, un feto formándose en el vientre de su madre. Y todo lo asume por amor. Es el canto más maravilloso de la vida, pues es el autor de la vida el que se hace a sí mismo pasar por aquello que Él ha creado. Es la imagen más maravillosa que podemos tener a la vista, pues en el vientre de María está la explosión del amor divino. No hay imagen más entrañable que la de la Virgen Madre llevando en su seno, creciendo como ser humano, al que es el Autor de todo lo creado...
Ante ese gesto no nos queda más que prorrumpir, como María en un canto de alabanza al Dios que nos ama y nos regala a su Hijo para salvarnos, y al Hijo mismo que asume toda nuestra condición humana plenamente, desde el inicio de la existencia, como cualquiera, para darnos todo su amor redentor: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador... Su Nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación".
Ramón Viloria. Operario Diocesano. Ocupado en el anuncio del Amor de Dios y en la Promoción de la Verdad y la Justicia
martes, 25 de marzo de 2014
lunes, 24 de marzo de 2014
La Verdad no me gusta
No nos gusta que nos digan las verdades a la cara... Preferimos que nos den lisonjas, que nos den honores, que nos reconozcan aun aquello que sea falso, pero que nos enaltezcan... Nuestra vanidad y los deseos de aparentar nos ganan muchas veces la partida... Una de las tentaciones más fuertes que tenemos los hombres es la del poder. Son tres los ídolos a los que los hombres servimos: Tener, Poder y Placer. El tener nos gana de manera ostensiva. Nos vamos llenando de cosas, casi sin darnos cuenta, y vamos creando dependencias absurdas de ellas, incluso fabricadas artificialmente, y el ídolo del tener teje su telaraña imperceptiblemente hasta que nos tiene totalmente a su servicio... El poder nos va gustando poco a poco. Lamentablemente hay servidores que son felices en el servicio en búsqueda del bien de los demás, movidos incluso por un amor altruista que busca satisfacerlos. Pero basta que se le dé un poquito de poder para que vaya envenenando su conciencia y su conducta y vaya buscando cada vez más formas de poder para someter a los demás, dejando así de servir y buscando más bien ser servido... Y el placer, al ser basado en el gusto, se presenta cada vez más atractivo, en cuanto va produciendo sensaciones "sabrosas" en quien los va percibiendo. El cuerpo no piensa... El cuerpo exige. Y si se le da algo que le plazca, lo añorará luego continuamente, pues "se la ha pasado muy bien". Los placeres van minando la capacidad de discernimiento y llega un momento en que ya no importa nada lo que sea bueno o malo, sino que el acento se pone en el "me gusta" o el "no me gusta"...
Todos estos ídolos van sustituyendo paulatinamente la bondad del hombre y lo van haciendo cada vez más egoísta, pues pone todas sus fuerzas en lograr dar satisfacción a aquellos dioses a los cuales se ha puesto al servicio. No hablemos aún de la realidad de la presencia de Dios en la vida de alguien, el cual sería absurdamente sustituido por las criaturas. Esta realidad de la idolatría es, sencillamente, horizontal. Los ídolos sustituyen a la bondad natural del hombre y lo encierran en sí mismo. Los grandes males de nuestro mundo vienen de la mano de colocarse al servicio de la idolatría del tener, del poder y del placer. Cuando los hombres nos colocamos a nosotros mismos en el centro, desmontamos toda la armonía que quiso originariamente Dios para todo lo creado. Más aún cuando no somos ni siquiera nosotros los que estamos en el centro, sino que colocamos a las criaturas inferiores a nosotros en él... Es el colmo de la autoesclavitud...
Pero en la base de todo se debe colocar la soberbia, que es el pecado cometido por Adán y Eva. El "serán como Dios" que les dijo la serpiente fue la frase cautivadora. ¿Cómo no querer estar a la altura del mismo Dios, del mismo Creador? ¿Cómo no querer tener su poder y su inteligencia? ¿Cómo no querer romper las "cadenas" que nos ataban a Él, haciéndonos poco más que sus esclavos? El ser como Dios implica tomar las riendas de la propia vida, ordenar todo según el propio criterio de utilidad, colocar todo al servicio personal, imponer el honor que se debe a quien está por encima de todo... Y eso a los hombres nos encanta... No hay como las lisonjas, los reconocimientos, los honores, las adulancias, el ocultamiento de las debilidades, para sentir las caricias narcotizadoras del ego... Que nos digan todas las cosas bellas que tenemos, y las que no también, y que nos oculten las malas... Recuerdo que el P. Cesáreo Gil decía siempre lo que sucedía con el pavo real... Se "empavonaba" -nunca mejor dicho- extendiendo sus bellas plumas y daba vueltas para que todos lo admiraran, pero cuando él mismo se veía las patas -horribles como son- las plumas instantáneamente se le caían... No era capaz de aceptar que en sí hubiera algo tan horrible como sus propias patas...
Así mismo somos los hombres... Recuerdo una escena final de una película sobre el diablo, en la que supuestamente el bien lo había vencido... La táctica para recuperar la victoria fue acercarse de nuevo al abogado joven que lo había vencido, acariciarle el ego, hablarle de sus inmensas capacidades, animarlo a seguir adelante pues de seguro triunfaría porque era muy capaz... Y así, lo conquistó para sí... La frase final del demonio fue algo así como: "Me encantan los hombres, porque son soberbios"...
Jesús vivió lo mismo... Cuando le dijo a los judíos la verdad en su cara, lo mejor que pensaron fue eliminarlo, sacarlo de en medio, callar su voz... "Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba"... La voz de Jesús, que les echaba en cara que habían rechazado a Dios desde el principio y por eso Dios mismo había buscado caminos diversos, abriendo el arco de la salvación para los demás habitantes de la tierra, les resultaba insoportable... Es preferible callar la verdad, pues es muy dolorosa... En nosotros debe haber lugar sólo para los reconocimientos. Que nadie venga a decirnos lo malo que estamos haciendo, sino que nos digan, aunque sea inventando, lo bueno que hay en nosotros... Que nos engañen diciéndonos que en nosotros sólo hay cosas buenas. No importa. Es música para nuestros oídos y para nuestro corazón y lo queremos oír siempre...
Jesús se alejaba... Es lo que hace cuando le cerramos la puerta a su Verdad, a su amor. Es lo que logramos con nuestra actitud de soberbia, de vanidad, de egoísmo... No seamos torpes queriendo alcanzar un lugar que no nos corresponde. Nuestro lugar es con Dios, el único que nos puede dar la plenitud. Fuera de Él es imposible toda compensación. Nosotros mismos jamás nos la daremos...
Todos estos ídolos van sustituyendo paulatinamente la bondad del hombre y lo van haciendo cada vez más egoísta, pues pone todas sus fuerzas en lograr dar satisfacción a aquellos dioses a los cuales se ha puesto al servicio. No hablemos aún de la realidad de la presencia de Dios en la vida de alguien, el cual sería absurdamente sustituido por las criaturas. Esta realidad de la idolatría es, sencillamente, horizontal. Los ídolos sustituyen a la bondad natural del hombre y lo encierran en sí mismo. Los grandes males de nuestro mundo vienen de la mano de colocarse al servicio de la idolatría del tener, del poder y del placer. Cuando los hombres nos colocamos a nosotros mismos en el centro, desmontamos toda la armonía que quiso originariamente Dios para todo lo creado. Más aún cuando no somos ni siquiera nosotros los que estamos en el centro, sino que colocamos a las criaturas inferiores a nosotros en él... Es el colmo de la autoesclavitud...
Pero en la base de todo se debe colocar la soberbia, que es el pecado cometido por Adán y Eva. El "serán como Dios" que les dijo la serpiente fue la frase cautivadora. ¿Cómo no querer estar a la altura del mismo Dios, del mismo Creador? ¿Cómo no querer tener su poder y su inteligencia? ¿Cómo no querer romper las "cadenas" que nos ataban a Él, haciéndonos poco más que sus esclavos? El ser como Dios implica tomar las riendas de la propia vida, ordenar todo según el propio criterio de utilidad, colocar todo al servicio personal, imponer el honor que se debe a quien está por encima de todo... Y eso a los hombres nos encanta... No hay como las lisonjas, los reconocimientos, los honores, las adulancias, el ocultamiento de las debilidades, para sentir las caricias narcotizadoras del ego... Que nos digan todas las cosas bellas que tenemos, y las que no también, y que nos oculten las malas... Recuerdo que el P. Cesáreo Gil decía siempre lo que sucedía con el pavo real... Se "empavonaba" -nunca mejor dicho- extendiendo sus bellas plumas y daba vueltas para que todos lo admiraran, pero cuando él mismo se veía las patas -horribles como son- las plumas instantáneamente se le caían... No era capaz de aceptar que en sí hubiera algo tan horrible como sus propias patas...
Así mismo somos los hombres... Recuerdo una escena final de una película sobre el diablo, en la que supuestamente el bien lo había vencido... La táctica para recuperar la victoria fue acercarse de nuevo al abogado joven que lo había vencido, acariciarle el ego, hablarle de sus inmensas capacidades, animarlo a seguir adelante pues de seguro triunfaría porque era muy capaz... Y así, lo conquistó para sí... La frase final del demonio fue algo así como: "Me encantan los hombres, porque son soberbios"...
Jesús vivió lo mismo... Cuando le dijo a los judíos la verdad en su cara, lo mejor que pensaron fue eliminarlo, sacarlo de en medio, callar su voz... "Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba"... La voz de Jesús, que les echaba en cara que habían rechazado a Dios desde el principio y por eso Dios mismo había buscado caminos diversos, abriendo el arco de la salvación para los demás habitantes de la tierra, les resultaba insoportable... Es preferible callar la verdad, pues es muy dolorosa... En nosotros debe haber lugar sólo para los reconocimientos. Que nadie venga a decirnos lo malo que estamos haciendo, sino que nos digan, aunque sea inventando, lo bueno que hay en nosotros... Que nos engañen diciéndonos que en nosotros sólo hay cosas buenas. No importa. Es música para nuestros oídos y para nuestro corazón y lo queremos oír siempre...
Jesús se alejaba... Es lo que hace cuando le cerramos la puerta a su Verdad, a su amor. Es lo que logramos con nuestra actitud de soberbia, de vanidad, de egoísmo... No seamos torpes queriendo alcanzar un lugar que no nos corresponde. Nuestro lugar es con Dios, el único que nos puede dar la plenitud. Fuera de Él es imposible toda compensación. Nosotros mismos jamás nos la daremos...
domingo, 23 de marzo de 2014
Lo que propone Dios es mejor
Definitivamente, la Palabra de Dios nos pone la vida de cabeza... Y es que, en la mente de Dios, está claro que la felicidad del hombre está en vivir de cabeza, es decir, al contrario de lo que nos dicta nuestra razón acomodaticia, que busca siempre lo fácil, lo que no nos exija nada... ¿Como no confiar en que lo que nos propone Dios es el camino correcto, cuando Él es el Omnisciente, la Sabiduría Eterna e Infinita? Lógicamente, cuando nos propone algo directamente o nos pone un ejemplo que podamos seguir, debemos suponer que Él ya sabe todas las consecuencias y conoce perfectamente la compensación plena que produce... Por eso, nuestra razón debe saber elegir entre lo que se propone ella misma como mejor y lo que propone Dios que, con seguridad, será con mucho, infinitamente más compensador...
San Pablo nos pone a la vista una afirmación que frecuente, y lamentablemente, pasa por debajo de la mesa. Demasiado frecuentemente, pues la verdad es que es revolucionaria: "Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atreviera uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros". Es sobre la muerte redentora de Jesús, la cual significó asumir sobre sus hombros los pecados de la humanidad, incluyendo los mas detestables, y llevarlos a la Cruz para vencer sobre ellos. Pero la cosa va más allá... No es simplemente al pecado, que al fin es una "cosa". Como el buen pastor que es, se carga sobre sus hombros al pecador, para no dejarlo matar -lo cual, en la posición más radical, sería el "castigo" que le correspondería- sino para morir en vez de él... Es decir, Jesús en la Cruz lleva la violación, el asesinato, el robo, la pederastia, la mentira, la opresión, la esclavitud de los débiles... Pero no sólo eso... Jesús lleva sobre sus hombros también al violador, al asesino, al ladrón, al pederasta, al mentiroso, al opresor, al esclavista...
San Pablo afirma que alguien quizá se ofrezca a morir en vez de un justo... Pensemos un poco... Si alguien se enterara de que a la Madre Teresa de Calcuta la condenan a muerte,es muy probable que muchos de nosotros nos ofrezcamos a morir en vez de ella. Fue una mujer buena, que hizo mucho bien y que, estando viva, hubiera podido hacer muchísimo más por los más pobres del mundo. Vale la pena que siga viviendo. Prácticamente no costaría nada decir: "Me ofrezco a morir por ella, para que el bien se siga haciendo entre los más necesitados"... Pero sigue San Pablo diciendo que la prueba del amor de Dios es que Cristo murió por los pecadores, es decir, en vez de ellos... Sigamos pensando... El violador de la niña es condenado a muerte. ¿Alguno de nosotros será capaz de decir: "No lo maten a él... Mátenme a mí en vez de él"? Está claro que no...Más aún, seguramente pensamos en lo más profundo que es lo que se merece, que es un castigo adecuado para alguien que ha cometido tal vileza... Pero, al margen del castigo justo que se merece tal acción deleznable, en Jesús la reacción es absolutamente contraria... Él se coloca entre el Padre y el violador y le dice: "Padre, no lo mates a él, aunque se lo merezca... Yo me ofrezco a morir por él. Mátame a mí en vez de a él..." Es, verdaderamente, impresionante... Pero es lo que sucede... Jesús ha muerto en vez de todos los pecadores que se merecían la muerte. No es sólo el pecado lo que lleva a la Cruz a Jesús. Es cada persona de cada pecador, pues Él se ofrece a morir en vez de los que merecen la muerte... Muere por ti y por mí. Por tus pecados y por los míos... Muere en vez de ti y en vez de mí... Es el amor mayor, pues "No hay amor más grande que el de dar la vida por los amigos", en vez de los amigos...
Dios nos rescata del pecado a través de la muerte de Jesús. Y salva nuestra vida sacrificando a su propio Hijo por amor a nosotros, haciéndolo morir en vez de nosotros... No existe manera de medir ese amor, por cuanto las cifras de medición nuestras no llegan tan alto. Simplemente bastará decir que es infinito y que es lo que nos propone Dios para llegar a la plenitud, que es donde Él vive... La felicidad no está, de esa manera hay que entenderlo, en lo que nos dictaría nuestra razón maquinadora y pretendidamente objetiva... Está en lo que nos propone Dios, según lo que Él mismo hace... Aunque parezca el absurdo mayor. El absurdo en Dios, según el hombre, es la felicidad del hombre...
Y Jesús va más allá. No sólo nos rescata del pecado. No sólo se ofrece a morir en vez de nosotros. No sólo nos evita la muerte que nos merecíamos, sino que apunta más alto... Nos quiere dar una nueva Vida, superior a la que nosotros teníamos... Por eso le dice a la Samaritana: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva". Es su propia Vida la que nos ofrece, que es el agua refrescante que surge de su pozo de amor. Jesús no sólo quita o evita lo peor para nosotros, que es el pecado y la muerte, sino que nos da lo mejor. Nos quiere vaciar de nosotros mismos para llenarnos de Él, de su Vida de Gracia, de la Vida que de verdad vale la pena: "El que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna"... Vivir esa Vida que nos ofrece Jesús es abrirse las puertas para la eternidad feliz junto al Padre. Es ganarse el premio más grande jamás imaginado. Es avanzar para ganar el tesoro más valioso que nos podemos imaginar. Ni todo el oro del mundo, ni una eternidad de vida en este mundo, ni todas las alegrías que podamos vivir sumadas en un sólo momento, ni sumados todos los honores o privilegios que podamos recibir, pueden equipararse a lo que significa vivir eternamente felices en el cielo, junto a Dios, disfrutando de ese abrazo de amor indisoluble e inmutable... Es de verdad, inimaginable...
Y esa es la Redención... En eso consiste... Jesús nos vacía del pecado, nos vacía de nosotros mismos, nos rescata de la muerte segura, muriendo Él en vez de nosotros, pero nos eleva a su condición divina regalándonos su propia Vida y abriéndonos las puertas del cielo. La Redención es el camino inverso del pecado. Si el pecado nos destruyó totalmente, la Redención nos reconstruyó y nos puso en la senda de la plenitud de la felicidad, que es la vivencia eterna del amor de Dios en nuestros corazones...
San Pablo nos pone a la vista una afirmación que frecuente, y lamentablemente, pasa por debajo de la mesa. Demasiado frecuentemente, pues la verdad es que es revolucionaria: "Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atreviera uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros". Es sobre la muerte redentora de Jesús, la cual significó asumir sobre sus hombros los pecados de la humanidad, incluyendo los mas detestables, y llevarlos a la Cruz para vencer sobre ellos. Pero la cosa va más allá... No es simplemente al pecado, que al fin es una "cosa". Como el buen pastor que es, se carga sobre sus hombros al pecador, para no dejarlo matar -lo cual, en la posición más radical, sería el "castigo" que le correspondería- sino para morir en vez de él... Es decir, Jesús en la Cruz lleva la violación, el asesinato, el robo, la pederastia, la mentira, la opresión, la esclavitud de los débiles... Pero no sólo eso... Jesús lleva sobre sus hombros también al violador, al asesino, al ladrón, al pederasta, al mentiroso, al opresor, al esclavista...
San Pablo afirma que alguien quizá se ofrezca a morir en vez de un justo... Pensemos un poco... Si alguien se enterara de que a la Madre Teresa de Calcuta la condenan a muerte,es muy probable que muchos de nosotros nos ofrezcamos a morir en vez de ella. Fue una mujer buena, que hizo mucho bien y que, estando viva, hubiera podido hacer muchísimo más por los más pobres del mundo. Vale la pena que siga viviendo. Prácticamente no costaría nada decir: "Me ofrezco a morir por ella, para que el bien se siga haciendo entre los más necesitados"... Pero sigue San Pablo diciendo que la prueba del amor de Dios es que Cristo murió por los pecadores, es decir, en vez de ellos... Sigamos pensando... El violador de la niña es condenado a muerte. ¿Alguno de nosotros será capaz de decir: "No lo maten a él... Mátenme a mí en vez de él"? Está claro que no...Más aún, seguramente pensamos en lo más profundo que es lo que se merece, que es un castigo adecuado para alguien que ha cometido tal vileza... Pero, al margen del castigo justo que se merece tal acción deleznable, en Jesús la reacción es absolutamente contraria... Él se coloca entre el Padre y el violador y le dice: "Padre, no lo mates a él, aunque se lo merezca... Yo me ofrezco a morir por él. Mátame a mí en vez de a él..." Es, verdaderamente, impresionante... Pero es lo que sucede... Jesús ha muerto en vez de todos los pecadores que se merecían la muerte. No es sólo el pecado lo que lleva a la Cruz a Jesús. Es cada persona de cada pecador, pues Él se ofrece a morir en vez de los que merecen la muerte... Muere por ti y por mí. Por tus pecados y por los míos... Muere en vez de ti y en vez de mí... Es el amor mayor, pues "No hay amor más grande que el de dar la vida por los amigos", en vez de los amigos...
Dios nos rescata del pecado a través de la muerte de Jesús. Y salva nuestra vida sacrificando a su propio Hijo por amor a nosotros, haciéndolo morir en vez de nosotros... No existe manera de medir ese amor, por cuanto las cifras de medición nuestras no llegan tan alto. Simplemente bastará decir que es infinito y que es lo que nos propone Dios para llegar a la plenitud, que es donde Él vive... La felicidad no está, de esa manera hay que entenderlo, en lo que nos dictaría nuestra razón maquinadora y pretendidamente objetiva... Está en lo que nos propone Dios, según lo que Él mismo hace... Aunque parezca el absurdo mayor. El absurdo en Dios, según el hombre, es la felicidad del hombre...
Y Jesús va más allá. No sólo nos rescata del pecado. No sólo se ofrece a morir en vez de nosotros. No sólo nos evita la muerte que nos merecíamos, sino que apunta más alto... Nos quiere dar una nueva Vida, superior a la que nosotros teníamos... Por eso le dice a la Samaritana: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva". Es su propia Vida la que nos ofrece, que es el agua refrescante que surge de su pozo de amor. Jesús no sólo quita o evita lo peor para nosotros, que es el pecado y la muerte, sino que nos da lo mejor. Nos quiere vaciar de nosotros mismos para llenarnos de Él, de su Vida de Gracia, de la Vida que de verdad vale la pena: "El que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna"... Vivir esa Vida que nos ofrece Jesús es abrirse las puertas para la eternidad feliz junto al Padre. Es ganarse el premio más grande jamás imaginado. Es avanzar para ganar el tesoro más valioso que nos podemos imaginar. Ni todo el oro del mundo, ni una eternidad de vida en este mundo, ni todas las alegrías que podamos vivir sumadas en un sólo momento, ni sumados todos los honores o privilegios que podamos recibir, pueden equipararse a lo que significa vivir eternamente felices en el cielo, junto a Dios, disfrutando de ese abrazo de amor indisoluble e inmutable... Es de verdad, inimaginable...
Y esa es la Redención... En eso consiste... Jesús nos vacía del pecado, nos vacía de nosotros mismos, nos rescata de la muerte segura, muriendo Él en vez de nosotros, pero nos eleva a su condición divina regalándonos su propia Vida y abriéndonos las puertas del cielo. La Redención es el camino inverso del pecado. Si el pecado nos destruyó totalmente, la Redención nos reconstruyó y nos puso en la senda de la plenitud de la felicidad, que es la vivencia eterna del amor de Dios en nuestros corazones...
sábado, 22 de marzo de 2014
Dios siempre quiere perdonarnos
La Parábola del Hijo Pródigo se debería llamar la Parábola del Padre Misericordioso. Aun siendo el Hijo menor el personaje alrededor del cual se desarrolla toda la trama, no es menos cierto que es el Padre el que realiza la obra maravillosa que destaca en el mensaje que quiere dar Jesús: A pesar de haber sido abandonado y en cierto modo traicionado por la conducta del Hijo menor, jamás dejó de tener esperanza en su retorno. Además, el gesto final de abrazar y besar a su Hijo que vuelve, sin siquiera una reconvención que hubiera estado totalmente justificada, habla de un amor que es mayor que el dolor que pudo haber sufrido... Sin duda, nosotros nos hubiéramos comportado distinto...
Jesús nos desnuda cómo es el corazón de Dios, de nuestro Padre de Amor. Es un corazón que a pesar de haber sufrido el desprecio, el rechazo, el dolor por la separación de sus criaturas predilectas, de ninguna manera se deja llevar por los deseos de escarmentar, y mucho menos de venganza. Su corazón es tan elevado en la cuestión del afecto, es tan puro en los sentimientos nobles, que no guarda ningún rencor, sino que se deja abrasar de amor por sus criaturas... No es Dios de castigo, sino de perdón. No es Dios de venganza, sino de misericordia. No es Dios de destrucción, sino de reconstrucción. Su intencionalidad original e inmutable, que no será destruida ni siquiera por el mayor de los desprecios, es el de procurar el mayor bien posible, pues su motor principal es el del amor. No dejará pasar la ocasión para reeducar a quien se desvía del camino del bien, pero en el momento del perdón no pestañeará un sólo segundo en otorgarlo. Así es el amor... Y cuando es sólido, firme, revelador de la más profunda esencia, es, además, inquebrantable, inmutable...
El profeta, en su meditación, reconoce admirado la esencia amorosa y misericordiosa de Dios: "¿Qué Dios como tú, que perdonas el pecado y absuelves la culpa al resto de tu heredad? No mantendrá por siempre la ira, pues se complace en la misericordia. Volverá a compadecerse y extinguirá nuestras culpas, arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos"... De no comportarse así, no sería Dios, pues la esencia de Dios, su identidad más característica y profunda es la del amor. Y el amor es, por naturaleza, misericordioso...
Por eso, en nuestro caminar cotidiano, tenemos que tener la certeza continua de ese amor que perdona y que procura la reconstrucción de quien se ha destruido a sí mismo por el pecado... Es un intercambio gozoso el que podemos vivir continuamente. De eso se trata la conversión: de reconocer lo que hemos perdido, el abismo en el que nos encontramos, la oscuridad que hemos elegido, para colocarnos en la senda del encuentro con quien nos puede elevar e iluminar: "Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros". Es la actitud de humildad, de reconocimiento, de arrepentimiento y de ponerse en camino hacia la casa del Padre, que es absolutamente necesaria asumir para recibir el regalo entrañable de la misericordia divina. Si no se da este paso, no se recibe el perdón. Y no porque Dios no quiera otorgarlo, pues Él es esencialmente perdón, sino porque no le damos la ocasión de dárnoslo al no acercarnos... Dios sólo hará lo que sabe hacer: "Echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo", e invita a compartir su alegría a todos los de casa: "Saquen en seguida el mejor traje y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero cebado y mátenlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado"...
Esto podemos vivirlo cotidianamente cuando somos humildes, cuando abrimos el corazón al amor de Dios, cuando dejamos que ese amor nos conquiste y le dé sentido a nuestras vidas... Los cristianos tenemos a la mano el mejor elemento para vivir esto, con sólo acercarnos al Sacramento de la Penitencia, a la Confesión, a la Reconciliación. El Sacerdote, en la Reconciliación, es como el Padre de la Parábola. Jesús estableció que ese poder del amor que perdona, quedara en el ejercicio del Sacramento del Perdón. "A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados. A quienes se los retengan, les quedan retenidos", le dijo a los Apóstoles, los primeros Sacerdotes... Y ese canal de la gracia de la misericordia y del perdón está siempre a la disposición. Basta que nos acerquemos a nuestros Sacerdotes para sentir el abrazo y los besos de nuestro Padre que nos espera en la casa para reintegrarnos a ella y hacer fiesta por nuestro retorno...
Si somos desdichados en el pecado, más desdichados aún lo somos cuando nos mantenemos obstinadamente en él por cobardía, por soberbia, por indiferencia. Aumentamos nuestra culpa de esa manera. Cualquier obstáculo que pongamos desde nuestro ser al ejercicio del amor de Dios en el perdón hacia nosotros mismos, es, realmente, una estupidez. Nos aislamos y nos prohibimos a nosotros mismos la experiencia más entrañable y amorosa que podemos vivir: la del perdón de Dios que nos quiere abrazar y besar, haciéndonos de nuevo suyos y dejándonos habitar de nuevo en su casa...
viernes, 21 de marzo de 2014
Mala consejera es la envidia...
La envidia es uno de los peores sentimientos de los que podemos adolecer los hombres. Por ella se crean animadversiones terribles contra aquellos a los que más bien deberíamos admirar e incluso tratar de imitar, si el camino que han recorrido ha sido bueno y honesto. Es, en última instancia, una confesión de la propia incapacidad, por la cual, declarándose inhábil para estar en el mismo lugar del otro, se prefiere incluso hasta hacerlo desaparecer. En general, es un sentimiento individual que carcome a su víctima, haciéndole simplemente un frustrado, con una ilimitada insatisfacción, que sólo será "curada" cuando ya no esté la causa de ella... Pero es más terrible aún cuando el envidioso tiene la posibilidad de influir en otros, creando una inexistente envidia previa en los débiles que lo rodean, difamando a quien ha alcanzado honestamente una meta que denota progreso y solidez. El maquiavelismo del envidioso se luce creando un mal ambiente a quien no se lo merece, pues ha alcanzado un bienestar quizás con mucha dedicación y responsabilidad. Otra cosa es que se haya alcanzado metas pasando por encima de los otros, aprovechándose de la debilidad o de la necesidad de algunos, humillándolos hasta la esclavitud... En este caso, lo que debe surgir es un deseo de justicia, social y moral, que ponga de nuevo las cosas en su lugar y dé el castigo a quien ha oprimido aprovechándose de la necesidad de otros...
Cuando la envidia es azuzada para que surja en los demás, en los que quizá antes ni siquiera existía, se crea un clima de resentimiento terrible que puede ser agudizada hasta el extremo, y llegar a no tener fin hasta que se cree un clima de confrontación de "los débiles" contra "los poderosos". La labor del primero que envidió es realmente funesta. Va creando una sensación de "injusticia", que se resolvería únicamente con la venganza contra el "injusto", que quizá haya obtenido sus metas con toda la honestidad de la que puede ser capaz...
No es nuevo esto... El caso de la esclavitud de Israel en Egipto comenzó con un movimiento que se desarrolló en esta línea. Los hermanos de José se sentían envidiosos con él, "el de los sueños", pues veían que su padre, Jacob, le tenía una solicitud y un cariño especial. Esto los incomodaba tremendamente. Por eso, en la primera ocasión que tuvieron, se confabularon para quitarlo de en medio: "Ahí viene el de los sueños. Vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe; luego diremos que una fiera lo ha devorado; veremos en qué paran sus sueños". Su envidia era tal que planean incluso su muerte. Remordidos por una conciencia mínima de respeto a la sangre de su hermano, cambian de parecer. "No le quitemos la vida... No derramen sangre; échenlo en este aljibe, aquí en la estepa; pero no pongan las manos en él". Finalmente, al ver que se acercaba una caravana de madianitas, deciden venderlo como esclavo: "Vamos a venderlo a los ismaelitas y no pondremos nuestras manos en él, que al fin es hermano nuestro y carne nuestra"... Toda una estrategia maligna para eliminar la razón de su envidia... Ese es el principio de la terrible tragedia que vive luego Israel en Egipto. El hecho, ciertamente, en ese momento sirvió para que Israel superara el acontecimiento trágico de la inmensa hambre, pues José, finalmente, fue quien los rescató de una muerte segura en el desierto. El que fue vendido como esclavo llegó a ser el segundo del Faraón, lo cual le valió a Israel su salvación... Pero así se iniciaron los 400 años de esclavitud que vivió Israel bajo el dominio perverso de los Faraones...
La envidia tuvo como consecuencia la esclavitud... No se tiene jamás buen final cuando el primer paso es motivado por sentimientos perversos. Lo que le pasó a Israel, su esclavitud, la terrible desgracia de ser humillados como pueblo, sometidos a un poder extranjero, tuvo su razón última en un gesto de envidia de los hermanos hacia José... Es inimaginable la consecuencia desastrosa que cualquier gesto motivado por una envidia malsana puede tener... No es buena consejera una mente que se mueve por sentimientos innobles. Mucho menos cuando para alcanzar sus bajos objetivos, busca asociar a su locura a los débiles que se dejan manipular fácilmente...
En general, si llegara a surgir la envidia como primer movimiento, ésta debe ser mudada a un sentimiento de revisión personal. Debe apuntar a percibir la propia capacidad que se tiene y estimularla para transitar vías personales de progreso que lleven a la satisfacción al alcanzar metas por el propio esfuerzo. El "arrebato" de lo que otros tienen y que han obtenido por esfuerzo honesto y responsable, no es satisfacción de ninguna manera. Es, sencillamente, robo. No es haciendo desaparecer a quien sirve de modelo como deja de existir la meta buena... Ya lo decía el mismo Jesús, refiriéndose al rechazo a su propia persona: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente"... Quienes pretendieron quitar a Jesús de en medio, prefirieron la oscuridad en la que se encontraban, atrayendo para sí la mayor debilidad. Echar a quien nos anima a ser mejores, no deja a un lado nuestro compromiso de hacerlo. Estamos llamados a la perfección y es Jesús quien nos pone en el camino para lograrlo y nos da las herramientas que necesitamos. Quitarlo de nuestra vista sólo nos hace perder la oportunidad de tener el camino de la perfección a la mano... "Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos", es la sentencia de Jesús a quien no se aprovecha de su persona, de su mensaje, de sus obras, para avanzar en el camino de la perfección. Son los que se quedan en la envidia, carcomiéndose interiormente por los logros de los demás, y planificando su ruina. Al final, será su propia ruina. Trágico final...
jueves, 20 de marzo de 2014
Maldición o bendición hoy y para la eternidad...
Hay expresiones en la Biblia que ponen los pelos de punta... Es Palabra de Dios revelada, que se usa con el fin de que nos quede claro a sus destinatarios el mensaje que Dios quiere que nos llegue sin equívocos, unidireccionales, absolutos... No permiten segundas acepciones o acomodamientos a los intereses particulares... Dios habla, así en claroscuro, de modo que haya que tomar partido y decidirse por una vía única. Así, nos topamos con la expresión de Jeremías: "Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita". No hay lugar a malos entendidos... El camino del hombre que se aparta de Dios y confía en el hombre -en sí mismo o en los demás, sin la referencia espiritual- es un camino de perdición, de tragedia, de frustración total, de muerte, de oscuridad...
Igualmente, la afirmación inversa es también absoluta... "Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto". Es la doble cara de la moneda de la relación con Dios. Una es terrible, desastrosa, trágica. La otra es dichosa, esperanzadora, rica en frutos y en metas alcanzadas y logros positivos... Realmente, entre ambas no existe comparación...
En nuestra historia humana tenemos miles de ejemplos de hombres y mujeres que se han decidido por alguno de los dos caminos... Y conocemos los resultados. Los que se han decidido por seguir al hombre apartando a Dios de sus vidas, han tenido vidas trágicas, realmente. Los grandes tiranos de la historia que han subyugado a naciones enteras, a sus mismos pueblos, que han promovido guerras, que se han aprovechado materialmente de miles, que han esclavizado a pueblos enteros, que han explotado a los sencillos y los humildes, generalmente han terminado sus días terriblemente mal. En nuestros días hemos visto el final de grandes tiranos, que creyeron que su poder era omnímodo, indestructible. Su fin ha sido también inhumano, procurado con saña inaceptable, pero lamentablemente buscada por sus mismas actuaciones. No se puede esperar recibir flores cuando se le ha lanzado a los suyos balas y bombas... Una cosa es procurar justicia y otra muy distinta es procurar venganza... Quienes promueven la venganza se han dejado vencer por el odio de aquellos a los que quieren derrotar. Con una victoria así, están confesando su propia derrota... La destrucción de aquellos que se alejan de Dios es tan profunda y apunta tanto a la esencia de la humanidad, que logran incluso deshumanizar a sus oponentes... Es terrible el camino que recorren... Algunos llegan incluso al cinismo de invocar el nombre de Dios como bandera para justificar y hasta disfrazar como buenas sus terribles pretensiones... No sólo echan a Dios a un lado, sino que lo convierten en un "muñeco" del cual aprovecharse ante los sencillos y humildes... Son malditos porque con eso se atraen sólo desgracias para sus vidas, y una condena para la eternidad. Es la mayor maldición...
Por el contrario, encontramos también a grandes personajes, muy conocidos unos y anónimos otros, que han decidido poner a Dios en el primero de los lugares, el que le corresponde por derecho, y viviendo en el amor con el que Él los llena, viven en la solidaridad fraterna y caritativa con los demás... Para ellos, no existe diferenciación, pues todos son hermanos, incluso aquel tirano que necesita convertirse. Por eso son valientes en la denuncia de las injusticias, cantándole sus verdades a ellos en sus propias caras, atrayéndose en múltiples ocasiones el desprecio del poder y la persecución. Pero atrayéndose también el favor de Dios, la ilusión con la que Él los llena continuamente, el ánimo, la fortaleza y la serenidad que necesitan para seguir adelante en este camino lleno de obstáculos, de violencia, de incomprensión... Son benditos porque con eso apuntan a la eternidad en felicidad plena, llenan su camino de la esperanza de lograr para sí mismos y para el mundo entero la armonía de la justicia y de la paz, de la solidaridad y de la igualdad.. Con esa siembra, tendrán una cosecha copiosa de felicidad en la eternidad...
Es la suerte diversa que explica Jesús en la parábola de Lázaro y el rico epulón. Dios le explica al rico: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces". El rico puso su confianza en el hombre, en sus riquezas, en sus bienes... Por eso recibe en la eternidad sólo maldiciones. Había echado de su vida a Dios y la consecuencia es que Dios quedó eternamente fuera de su vida... Lázaro no tenía en quién confiar sino sólo en Dios, por eso fue bendecido con la eternidad junto al Padre en la plenitud del amor y de la felicidad... No hay comparación. La desesperación del rico es terrible, pero ya no podía echar atrás. Su maldición es para toda la eternidad. Y la bendición de Lázaro jamás se acabará...
No es buen negocio apartarse de Dios. Vivir junto a Él en el amor, llenarse de ese amor para convivirlo con los hermanos, dejarse llevar por la ilusión y el ánimo de ser solidarios con los demás, particularmente con los más necesitados, tendrá resultados fabulosos. Es la bendición plena del hombre. Lo contrario sólo logrará la maldición absurda, oscura, trágica...
Igualmente, la afirmación inversa es también absoluta... "Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto". Es la doble cara de la moneda de la relación con Dios. Una es terrible, desastrosa, trágica. La otra es dichosa, esperanzadora, rica en frutos y en metas alcanzadas y logros positivos... Realmente, entre ambas no existe comparación...
En nuestra historia humana tenemos miles de ejemplos de hombres y mujeres que se han decidido por alguno de los dos caminos... Y conocemos los resultados. Los que se han decidido por seguir al hombre apartando a Dios de sus vidas, han tenido vidas trágicas, realmente. Los grandes tiranos de la historia que han subyugado a naciones enteras, a sus mismos pueblos, que han promovido guerras, que se han aprovechado materialmente de miles, que han esclavizado a pueblos enteros, que han explotado a los sencillos y los humildes, generalmente han terminado sus días terriblemente mal. En nuestros días hemos visto el final de grandes tiranos, que creyeron que su poder era omnímodo, indestructible. Su fin ha sido también inhumano, procurado con saña inaceptable, pero lamentablemente buscada por sus mismas actuaciones. No se puede esperar recibir flores cuando se le ha lanzado a los suyos balas y bombas... Una cosa es procurar justicia y otra muy distinta es procurar venganza... Quienes promueven la venganza se han dejado vencer por el odio de aquellos a los que quieren derrotar. Con una victoria así, están confesando su propia derrota... La destrucción de aquellos que se alejan de Dios es tan profunda y apunta tanto a la esencia de la humanidad, que logran incluso deshumanizar a sus oponentes... Es terrible el camino que recorren... Algunos llegan incluso al cinismo de invocar el nombre de Dios como bandera para justificar y hasta disfrazar como buenas sus terribles pretensiones... No sólo echan a Dios a un lado, sino que lo convierten en un "muñeco" del cual aprovecharse ante los sencillos y humildes... Son malditos porque con eso se atraen sólo desgracias para sus vidas, y una condena para la eternidad. Es la mayor maldición...
Por el contrario, encontramos también a grandes personajes, muy conocidos unos y anónimos otros, que han decidido poner a Dios en el primero de los lugares, el que le corresponde por derecho, y viviendo en el amor con el que Él los llena, viven en la solidaridad fraterna y caritativa con los demás... Para ellos, no existe diferenciación, pues todos son hermanos, incluso aquel tirano que necesita convertirse. Por eso son valientes en la denuncia de las injusticias, cantándole sus verdades a ellos en sus propias caras, atrayéndose en múltiples ocasiones el desprecio del poder y la persecución. Pero atrayéndose también el favor de Dios, la ilusión con la que Él los llena continuamente, el ánimo, la fortaleza y la serenidad que necesitan para seguir adelante en este camino lleno de obstáculos, de violencia, de incomprensión... Son benditos porque con eso apuntan a la eternidad en felicidad plena, llenan su camino de la esperanza de lograr para sí mismos y para el mundo entero la armonía de la justicia y de la paz, de la solidaridad y de la igualdad.. Con esa siembra, tendrán una cosecha copiosa de felicidad en la eternidad...
Es la suerte diversa que explica Jesús en la parábola de Lázaro y el rico epulón. Dios le explica al rico: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces". El rico puso su confianza en el hombre, en sus riquezas, en sus bienes... Por eso recibe en la eternidad sólo maldiciones. Había echado de su vida a Dios y la consecuencia es que Dios quedó eternamente fuera de su vida... Lázaro no tenía en quién confiar sino sólo en Dios, por eso fue bendecido con la eternidad junto al Padre en la plenitud del amor y de la felicidad... No hay comparación. La desesperación del rico es terrible, pero ya no podía echar atrás. Su maldición es para toda la eternidad. Y la bendición de Lázaro jamás se acabará...
No es buen negocio apartarse de Dios. Vivir junto a Él en el amor, llenarse de ese amor para convivirlo con los hermanos, dejarse llevar por la ilusión y el ánimo de ser solidarios con los demás, particularmente con los más necesitados, tendrá resultados fabulosos. Es la bendición plena del hombre. Lo contrario sólo logrará la maldición absurda, oscura, trágica...
miércoles, 19 de marzo de 2014
San José: Amor, Silencio, Humildad y Obediencia
San José es el Patrono Universal de la Iglesia, de la Familia, de los Seminarios, del Trabajo... Es al que le confiamos los cristianos obtener la gracia de una buena muerte... Es impresionante lo destacado de la figura de San José, luego de que en tantos años, al inicio de la Iglesia, fuera casi ignorado. Se cumple justicia, pues esa figura de San José es, a pesar de él mismo, un puntal de la Historia de la Salvación. Por San José, a pesar de ser padre putativo y no biológico de Jesús, le viene a Cristo la estirpe davídica, que en la tradición hebrea se aseguraba por la sangre del padre, no de la madre. En todo caso, también María era descendiente de la familia de David, por lo cual, por encima de lo legal, también por lo genético, se aseguraba esa ascendencia real...
Pero esa figuración altísima de San José en la Historia de la Salvación va más allá de lo tradicional o legal. Incluso va más allá de una simple contemplación piadosa de su persona. Va en la constatación de la meridiana claridad con la que él comprendió su misión en esa historia que se desarrollaba por los designios divinos, a través de la cual se iba desmadejando la intención salvífica del Dios del amor... José era un actor principal en esa historia. Así lo quiso Dios, y en esa disponibilidad se puso el padre de Jesús... Y por eso se alineó totalmente de acuerdo a la voluntad divina... Desde el principio y hasta el final de sus días...
En San José destacan cuatro aspectos que son fundamentales para comprender su figura: El Amor, el Silencio y la Escucha, la Humildad y la Obediencia. Sin estos aspectos es imposible asumir correctamente la personalidad del Patriarca...
Por el Amor que vivió José fue elegido para ser el padre de Jesús. Cierto que la elección primera Dios la hace sobre María, la Virgen, concebida desde el principio de su existencia sin pecado, pues iba a ser el templo en el cual tomaría carne el Hijo de Dios. Pero esa Virgen, tal como lo dice el Evangelio, "estaba desposada con un hombre llamado José"... La elección de María implicó simultáneamente la elección de aquel con el cual estaba desposada. En la mente de Dios esto estaba ya claro. Y ese hombre era "un hombre justo", es decir, santo. A nadie más -sólo uno más, que fue propuesto como candidato para sustituir a Judas Iscariote-, se le da este reconocimiento. El ser justo en el lenguaje bíblico no es un simple nombre o una característica sin más. Implica rotundamente un estar justificado delante de Dios. Y la justicia de Dios es amarlo a Él, aceptar su voluntad, vivir como su amigo. José cumplía todo esto... Además, amaba profundamente a María, con la cual estaba desposado. Por eso, cuando se entera de su embarazo, recibiendo con eso un golpe duro contra ese amor que sentía, que hería incluso hasta su hombría, decide no denunciarla públicamente -a lo que hubiera tenido derecho, lo cual hubiera traído consecuencias funestas para su amada María-, decide "repudiarla en secreto", para no atraer esas terribles consecuencias para ella... Y con amor infinito de padre asume la crianza en todos los aspectos de Jesús, su hijo. Lo defiende, lo educa, lo sostiene, lo forma... Todos son gestos del inmenso amor que vivió en su corazón...
Por el Silencio y la Escucha, José tuvo la plena disponibilidad de estar en contacto de intimidad con Dios. El Evangelio no nos refiere ni siquiera una sola palabra pronunciada por José... Quizá fue por esto que aparece tan tardíamente destacado entre los personajes principales de la historia de Jesús. Es impresionante cómo se ha tejido toda la historia de José sin éste haber pronunciado palabra. Y es esto lo que lo hace destacar. Su Silencio y su Escucha dejó hablar a Dios. No quiso él estorbar con su palabra a lo que Dios quería decir. Su capacidad de escucha, el haber tenido su oído bien dispuesto para Dios, fue lo que le aclaró su papel en la historia de su Hijo...
Por la Humildad, José nos enseña cuál es la actitud para estar en el primer lugar en el corazón de Dios, como él estuvo... En ninguna de las escenas en las que aparece hace algún comentario contrario, sino que se coloca al servicio pleno. Nunca se consideró importante, al extremo de que ni siquiera en el Evangelio aparece el momento de su enfermedad ni de su muerte. Incluso en el "reclamo" que María hace al joven Jesús, que se había perdido en el templo, María coloca la autoridad del padre por encima, sino que coloca a los dos en el mismo nivel, haciendo referencia más a la preocupación que sentían por no encontrarlo que a la molestia que eso hubiera podido haber causado... Era un hombre dócil, que había asumido muy bien el papel que le correspondía en la educación de Jesús y en la guía de la familia...
Por la Obediencia, José cumplió estrictamente lo que Dios le pedía en cada momento. Recibió a su mujer como esposa en su casa. Llevó al Hijo en el vientre de María a Belén por la exigencia de la ley humana. Lo resguardó llevándolo a Egipto. Al pasar el peligro lo trajo de nuevo a Nazaret... Todas fueron indicaciones de Dios. En ningún momento hubo ni siquiera un atisbo en él de oponerse a lo que Dios establecía. Era el designio de Dios y para él, por venir del Dios del amor, era lo correcto. Y punto. La obediencia extrema. Nos sirve a cada uno, acostumbrados a ponerlo todo en tela de juicio, incluso lo que viene de Dios, de modelo ejemplar...
Por todo esto, y más cosas loables en José, es el gran Patrono que recordamos. No importa que no haya hablado. Nos basta que nos haya mostrado el camino de la santidad, que pasa por ese amor, por ese silencio y esa escucha, por esa humildad y por esa obediencia que él vivió al extremo. Nos dice cuál es la ruta. Nos guía y va delante de nosotros. Nos invita, sin decir palabra sino con su solo ejemplo, a lo mismo que nos invita María: "Hagan lo que Él les diga"...
Pero esa figuración altísima de San José en la Historia de la Salvación va más allá de lo tradicional o legal. Incluso va más allá de una simple contemplación piadosa de su persona. Va en la constatación de la meridiana claridad con la que él comprendió su misión en esa historia que se desarrollaba por los designios divinos, a través de la cual se iba desmadejando la intención salvífica del Dios del amor... José era un actor principal en esa historia. Así lo quiso Dios, y en esa disponibilidad se puso el padre de Jesús... Y por eso se alineó totalmente de acuerdo a la voluntad divina... Desde el principio y hasta el final de sus días...
En San José destacan cuatro aspectos que son fundamentales para comprender su figura: El Amor, el Silencio y la Escucha, la Humildad y la Obediencia. Sin estos aspectos es imposible asumir correctamente la personalidad del Patriarca...
Por el Amor que vivió José fue elegido para ser el padre de Jesús. Cierto que la elección primera Dios la hace sobre María, la Virgen, concebida desde el principio de su existencia sin pecado, pues iba a ser el templo en el cual tomaría carne el Hijo de Dios. Pero esa Virgen, tal como lo dice el Evangelio, "estaba desposada con un hombre llamado José"... La elección de María implicó simultáneamente la elección de aquel con el cual estaba desposada. En la mente de Dios esto estaba ya claro. Y ese hombre era "un hombre justo", es decir, santo. A nadie más -sólo uno más, que fue propuesto como candidato para sustituir a Judas Iscariote-, se le da este reconocimiento. El ser justo en el lenguaje bíblico no es un simple nombre o una característica sin más. Implica rotundamente un estar justificado delante de Dios. Y la justicia de Dios es amarlo a Él, aceptar su voluntad, vivir como su amigo. José cumplía todo esto... Además, amaba profundamente a María, con la cual estaba desposado. Por eso, cuando se entera de su embarazo, recibiendo con eso un golpe duro contra ese amor que sentía, que hería incluso hasta su hombría, decide no denunciarla públicamente -a lo que hubiera tenido derecho, lo cual hubiera traído consecuencias funestas para su amada María-, decide "repudiarla en secreto", para no atraer esas terribles consecuencias para ella... Y con amor infinito de padre asume la crianza en todos los aspectos de Jesús, su hijo. Lo defiende, lo educa, lo sostiene, lo forma... Todos son gestos del inmenso amor que vivió en su corazón...
Por el Silencio y la Escucha, José tuvo la plena disponibilidad de estar en contacto de intimidad con Dios. El Evangelio no nos refiere ni siquiera una sola palabra pronunciada por José... Quizá fue por esto que aparece tan tardíamente destacado entre los personajes principales de la historia de Jesús. Es impresionante cómo se ha tejido toda la historia de José sin éste haber pronunciado palabra. Y es esto lo que lo hace destacar. Su Silencio y su Escucha dejó hablar a Dios. No quiso él estorbar con su palabra a lo que Dios quería decir. Su capacidad de escucha, el haber tenido su oído bien dispuesto para Dios, fue lo que le aclaró su papel en la historia de su Hijo...
Por la Humildad, José nos enseña cuál es la actitud para estar en el primer lugar en el corazón de Dios, como él estuvo... En ninguna de las escenas en las que aparece hace algún comentario contrario, sino que se coloca al servicio pleno. Nunca se consideró importante, al extremo de que ni siquiera en el Evangelio aparece el momento de su enfermedad ni de su muerte. Incluso en el "reclamo" que María hace al joven Jesús, que se había perdido en el templo, María coloca la autoridad del padre por encima, sino que coloca a los dos en el mismo nivel, haciendo referencia más a la preocupación que sentían por no encontrarlo que a la molestia que eso hubiera podido haber causado... Era un hombre dócil, que había asumido muy bien el papel que le correspondía en la educación de Jesús y en la guía de la familia...
Por la Obediencia, José cumplió estrictamente lo que Dios le pedía en cada momento. Recibió a su mujer como esposa en su casa. Llevó al Hijo en el vientre de María a Belén por la exigencia de la ley humana. Lo resguardó llevándolo a Egipto. Al pasar el peligro lo trajo de nuevo a Nazaret... Todas fueron indicaciones de Dios. En ningún momento hubo ni siquiera un atisbo en él de oponerse a lo que Dios establecía. Era el designio de Dios y para él, por venir del Dios del amor, era lo correcto. Y punto. La obediencia extrema. Nos sirve a cada uno, acostumbrados a ponerlo todo en tela de juicio, incluso lo que viene de Dios, de modelo ejemplar...
Por todo esto, y más cosas loables en José, es el gran Patrono que recordamos. No importa que no haya hablado. Nos basta que nos haya mostrado el camino de la santidad, que pasa por ese amor, por ese silencio y esa escucha, por esa humildad y por esa obediencia que él vivió al extremo. Nos dice cuál es la ruta. Nos guía y va delante de nosotros. Nos invita, sin decir palabra sino con su solo ejemplo, a lo mismo que nos invita María: "Hagan lo que Él les diga"...
martes, 18 de marzo de 2014
El amor es infinito... El pecado, no...
El pecado tiene una fuerza increíblemente destructora. El sólo hecho de constatar que logró desencajar absolutamente la armonía de lo creado, que Dios había establecido como su reino de amor, haciendo que todo pasara de una bondad original a una maldad de perversión, ya nos dice lo que es capaz de hacer... Ese proceso de destrucción tiene niveles diversos, cada uno muy lamentable. El primer nivel es el que se refiere al mismo Dios. Por el pecado, el hombre le da la espalda a su Creador, lo excluye de su vida, prefiere la oscuridad a la Luz que Él le proporciona. Ya su vida no tiene referencia directa a lo que Dios quiere de él, sino que él se da sus propias normas... El segundo nivel es el de los demás, el de los hermanos. El hombre rompe también toda relación armoniosa con el otro, destruyendo la posibilidad de una convivencia establemente pacífica, de concordia y de ayuda mutua. El otro se convierte, así, en una carga, en un estorbo para las propias pretensiones, alguien al que hay que tener envidia, del que hay que sospechar continuamente y al que hay que sobrepasar a como dé lugar... Y el tercer nivel es el íntimo, el de sí mismo, en el cual el hombre se encuentra delante de sí y comprueba su desnudez, su poca valía, su continua insatisfacción, que lo lleva a buscar la compensación en las cosas, en los honores, en el poder, en el placer. Así, el hombre se hace "uno más de la creación", no el predilecto, y en su afán de satisfacer sus ansias de más, se llega inclusive a hacer esclavo de las mismas cosas creadas... Ciertamente, al destruir todos estos niveles, en los cuales existía la armonía y la compensación plenas originalmente, el pecado ha destruido todo, demostrando así su poder...
Pero hay un poder que es superior. Es el poder creador de Dios. Jamás el poder destructor será mayor que el poder creador... El poder creador de Dios ha sido capaz de sacar desde la no existencia todo lo que existe. El poder destructor usa lo que ya existe para desbalancear lo creado. El poder divino se ha mostrado aún mayor en la redención alcanzada por el Hijo de Dios hecho hombre, por cuanto ha restablecido al orden original lo que había sido destruido por el pecado. Se tiene más poder en re-crear desde la negatividad del pecado que en crear desde la neutralidad de la no existencia. El salto cualitativo es mucho mayor. Se recorre más "distancia" desde lo negativo a lo positivo, que desde lo neutro a lo positivo. Se requiere más poder para lograrlo... Y el poder de Dios es infinito. Si demostró que es grande su poder al crearlo todo de la nada, lo demostró aún mayor cuando lo re-creó todo del pecado...
Esa obra de redención es obra de restitución. Si el poder inmenso del pecado destruyó aquella armonía originaria, la redención llegó para restituir las buenas relaciones en esos mismos tres niveles. De esa manera, quedó destruido el poder del mal. Así quedó totalmente derrotado el demonio y su instigación continua. Ya el poder no es el del pecado, sino el del Dios Redentor. Y podemos afirmar con contundencia que desde ese momento, el demonio ha quedado totalmente derrotado y no se levanta más... A menos que nosotros le demos esa posibilidad, colocando en sus manos el poder que ya no tiene... Lamentablemente, con frecuencia es lo que sucede... Ponemos en manos del demonio el poder con el cual nos destruirá a nosotros. Es como si nos hiciéramos sus cómplices en contra de nosotros mismos...
Las reconciliaciones en los tres niveles son la meta alcanzada por Jesús en la Cruz y en la Resurrección. Esa fue su obra demoledora del pecado... Somos de nuevo amigos de Dios, y mejor aún, sus hijos recuperados... Somos de nuevo amigos y hermanos de los demás hombres creados desde el amor de Dios... Y podemos vernos de nuevo en el espejo sin complejos, habiendo recuperado nuestra "autoestima espiritual", sabiéndonos débiles, pero apoyados en el amor de Dios que es la fuerza mayor... Pero esto último a veces es el paso más difícil de dar... Quizás el paso reconciliador que hace falta para alcanzar la tercera armonía, con nosotros mismos, es el que más nos cuesta. Se nos hace muy difícil, en ocasiones, perdonarnos a nosotros mismos cuando hemos pecado. Pareciera que en el momento del perdón los más duros para darlo somos nosotros mismos... Es impresionante lo injustos que podemos ser con nosotros mismos, cuando decimos: "No tengo perdón de Dios... Es pecado que he cometido es muy grande, y Dios no puede perdonarlo... He sido demasiado infiel a Dios y a su amor, y eso no puede ser perdonado..." Y esa actitud nos cierra el camino para las otras dos reconciliaciones...
Lo cierto es que no hay ningún pecado mayor que el amor de Dios. Por muy grande que sea nuestro pecado, siempre será mayor el amor misericordioso de Dios, pues es infinito, y el pecado no lo es... Con todo el poder destructor que tiene el pecado, nunca será mayor que el poder re-creador que tiene el amor de Dios... Por eso nos dice Dios a todos: "Aunque sus pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana"... Dios es el poderoso, y el demonio es el derrotado. También sucede con el pecado. Por eso no tiene sentido que, si estamos arrepentidos y adoloridos por haberle fallado al amor de Dios, desconfiemos de ese mismo amor que nos ofrece el perdón. La reconciliación con nosotros mismos es absolutamente necesaria. No dejemos de acercarnos a pedir el perdón, ni por soberbia ni por desconfianza en el amor. No somos tan malos, aunque tampoco seamos tan buenos. Pero Dios quiere que, asumiendo como somos, nos abandonemos en sus manos para hacernos mejores. Y eso empieza por aceptarnos como somos, que hemos pecado, que sólo el amor de Dios remedia nuestros males, y que es su perdón el que logrará nuestra re-creación...
Pero hay un poder que es superior. Es el poder creador de Dios. Jamás el poder destructor será mayor que el poder creador... El poder creador de Dios ha sido capaz de sacar desde la no existencia todo lo que existe. El poder destructor usa lo que ya existe para desbalancear lo creado. El poder divino se ha mostrado aún mayor en la redención alcanzada por el Hijo de Dios hecho hombre, por cuanto ha restablecido al orden original lo que había sido destruido por el pecado. Se tiene más poder en re-crear desde la negatividad del pecado que en crear desde la neutralidad de la no existencia. El salto cualitativo es mucho mayor. Se recorre más "distancia" desde lo negativo a lo positivo, que desde lo neutro a lo positivo. Se requiere más poder para lograrlo... Y el poder de Dios es infinito. Si demostró que es grande su poder al crearlo todo de la nada, lo demostró aún mayor cuando lo re-creó todo del pecado...
Esa obra de redención es obra de restitución. Si el poder inmenso del pecado destruyó aquella armonía originaria, la redención llegó para restituir las buenas relaciones en esos mismos tres niveles. De esa manera, quedó destruido el poder del mal. Así quedó totalmente derrotado el demonio y su instigación continua. Ya el poder no es el del pecado, sino el del Dios Redentor. Y podemos afirmar con contundencia que desde ese momento, el demonio ha quedado totalmente derrotado y no se levanta más... A menos que nosotros le demos esa posibilidad, colocando en sus manos el poder que ya no tiene... Lamentablemente, con frecuencia es lo que sucede... Ponemos en manos del demonio el poder con el cual nos destruirá a nosotros. Es como si nos hiciéramos sus cómplices en contra de nosotros mismos...
Las reconciliaciones en los tres niveles son la meta alcanzada por Jesús en la Cruz y en la Resurrección. Esa fue su obra demoledora del pecado... Somos de nuevo amigos de Dios, y mejor aún, sus hijos recuperados... Somos de nuevo amigos y hermanos de los demás hombres creados desde el amor de Dios... Y podemos vernos de nuevo en el espejo sin complejos, habiendo recuperado nuestra "autoestima espiritual", sabiéndonos débiles, pero apoyados en el amor de Dios que es la fuerza mayor... Pero esto último a veces es el paso más difícil de dar... Quizás el paso reconciliador que hace falta para alcanzar la tercera armonía, con nosotros mismos, es el que más nos cuesta. Se nos hace muy difícil, en ocasiones, perdonarnos a nosotros mismos cuando hemos pecado. Pareciera que en el momento del perdón los más duros para darlo somos nosotros mismos... Es impresionante lo injustos que podemos ser con nosotros mismos, cuando decimos: "No tengo perdón de Dios... Es pecado que he cometido es muy grande, y Dios no puede perdonarlo... He sido demasiado infiel a Dios y a su amor, y eso no puede ser perdonado..." Y esa actitud nos cierra el camino para las otras dos reconciliaciones...
Lo cierto es que no hay ningún pecado mayor que el amor de Dios. Por muy grande que sea nuestro pecado, siempre será mayor el amor misericordioso de Dios, pues es infinito, y el pecado no lo es... Con todo el poder destructor que tiene el pecado, nunca será mayor que el poder re-creador que tiene el amor de Dios... Por eso nos dice Dios a todos: "Aunque sus pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana"... Dios es el poderoso, y el demonio es el derrotado. También sucede con el pecado. Por eso no tiene sentido que, si estamos arrepentidos y adoloridos por haberle fallado al amor de Dios, desconfiemos de ese mismo amor que nos ofrece el perdón. La reconciliación con nosotros mismos es absolutamente necesaria. No dejemos de acercarnos a pedir el perdón, ni por soberbia ni por desconfianza en el amor. No somos tan malos, aunque tampoco seamos tan buenos. Pero Dios quiere que, asumiendo como somos, nos abandonemos en sus manos para hacernos mejores. Y eso empieza por aceptarnos como somos, que hemos pecado, que sólo el amor de Dios remedia nuestros males, y que es su perdón el que logrará nuestra re-creación...
lunes, 17 de marzo de 2014
Seamos sinceros con Dios
Los hombres debemos ser siempre sinceros, honestos y humildes delante de Dios. Realmente para nosotros no existe otra opción, pues delante de Dios estamos totalmente al desnudo. Él sabe bien lo que somos, qué cualidades tenemos -¡nos las ha dado Él mismo!-, de qué adolecemos, cuáles son nuestra virtudes y nuestros defectos, cuáles son nuestros pecados... No hay manera de que podamos engañarlo, pues Él escruta nuestra intimidad mejor que lo que podemos hacerlo nosotros mismos... Decía San Agustín: "Dios es más íntimo a mí que yo mismo"... Y, paradójicamente, esta sinceridad delante de Dios es el mejor remedio, es la mejor curación, pues es el primer paso para que Él pueda hacer su labor... Ser sinceros delante de Dios es abonarle el camino hacia nuestro corazón, en el cual Él hará su labor de santificación y de elevación hasta el infinito de nuestro ser...
En este proceso de reconocimiento de nosotros mismos y de lo que somos, tendemos a transitar por dos rutas que son equivocadas. O nos vemos a nosotros mismos muy bien, o nos vemos muy mal... Algunos creemos que somos cuasi perfectos... Nos cuesta reconocernos nuestros defectos, nuestros errores. Tendemos a pensar que somos mucho mejores que los demás. Incluso llegamos a condolernos de que los otros no tengan nuestras virtudes. Nos erigimos casi en norma moral y de conducta para los que están a nuestro alrededor... "Fulanito debería hacer las cosas como las hago yo... Así le saldrían mucho mejor..." "Yo no entiendo cómo se les ocurre pensar así... Yo jamás hubiera pensado eso..." "No entiendo cómo la gente se enreda tanto la vida... Deberían hacer como hago yo para que todo se les haga más fácil..." Llegamos a pretender hacer girar el mundo a nuestro alrededor, como si cuando nosotros no estemos sucederá la debacle total...
Algunos, por el contrario, sólo ven en sí mismos defectos. Se consideran peores que todos los otros, y llegan incluso a lamentarse de su propia existencia. "Soy un desastre... No encuentro en mí sino defectos..." "Lo único que hago es meter la pata... No pego una...." "¿Por qué el Señor no me hizo como fulanito, que es excelente y todo le sale bien... No es justo..." Son los pesimistas de oficio que piensan que todas las desgracias le suceden a ellos, que sólo ellos sufren... Que los demás, aun siendo malos, pareciera que la vida les sonríe continuamente y que jamás sufren... "Las desgracias, dicen, son para los buenos. Los malos vienen es a gozar..."
La realidad es, sin duda, una suma de ambas actitudes... Una vez escuché a un sacerdote decir que nuestra realidad es como el promedio de varias "realidades". Si nos vemos muy bien, o muy mal, ninguna de las dos visiones es la real. La verdadera es el promedio. No somos tan buenos, pero tampoco somos tan malos. Si nosotros nos vemos muy bien, generalmente los demás no nos ven tan bien. La realidad es, así un promedio. Si por el contrario, nos vemos muy mal, generalmente los demás no nos ven tan mal. De nuevo, la realidad es un promedio entre ambas visiones...
Por eso, delante de Dios, coloquémonos los ojos de la objetividad. La objetividad es humilde, pues sólo reconoce la realidad. No la adorna, no la exagera, no la oculta. Ante Dios sólo hay que hacer lo que en los momentos de sinceridad Israel hizo: "Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos, los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, padres y terratenientes". Este es el primer paso para que Dio actúe. En el camino de la vida es necesario hacer un alto para dejar a Dios que inicie su labor de rescate. Ese alto es la mirada interior que debemos hacer, en el reconocimiento objetivo del pecado. Si no se hace esto, se corre el peligro de quedarse en la ignominia...
Quien se reconoce sólo perfecciones, no está dejando paso para que Dios actúe. ¿Qué va a curar, si en ti todo es perfección? Y la verdad es que la "perfección humana" delante de Dios no sirve para nada. Y al revés, si no consideras que tienes remedio, aunque reconozcas tus defectos, pero no reconoces que puedes ser mejor, que hay quien puede borrar tus deficiencias, tampoco tienes puerta franca para la acción de Dios... No te consideres perfecto, ni te consideres sin remedio, pues ambas actitudes le cierran el paso al amor de Dios... Simplemente sé sincero, humilde, objetivo, veraz...
Haciendo esto, entraremos en la verdadera dinámica divina, que actúa sólo por amor, aceptando el reconocimiento sincero y humilde que hagamos de lo que somos, y actuando en favor nuestro. Ese es su objetivo. Esa es su alegría: colocarse en favor de los hombres que reconocen la necesidad de su actuación por amor. Por eso, Jesús nos invita: "Sean compasivos como su Padre es compasivo; no juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados; den, y se les dará: les verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que usen, la usarán con ustedes". No hay como ponerse delante de Dios con sinceridad y humildad, reconociendo lo que somos. No existe sensación más grandiosa que la de saber que Dios actúa en tu vida para remediar tus males y potenciar tus bienes. Y la de, luego, ser instrumento de Dios para llevar su amor y su perdón a los demás...
En este proceso de reconocimiento de nosotros mismos y de lo que somos, tendemos a transitar por dos rutas que son equivocadas. O nos vemos a nosotros mismos muy bien, o nos vemos muy mal... Algunos creemos que somos cuasi perfectos... Nos cuesta reconocernos nuestros defectos, nuestros errores. Tendemos a pensar que somos mucho mejores que los demás. Incluso llegamos a condolernos de que los otros no tengan nuestras virtudes. Nos erigimos casi en norma moral y de conducta para los que están a nuestro alrededor... "Fulanito debería hacer las cosas como las hago yo... Así le saldrían mucho mejor..." "Yo no entiendo cómo se les ocurre pensar así... Yo jamás hubiera pensado eso..." "No entiendo cómo la gente se enreda tanto la vida... Deberían hacer como hago yo para que todo se les haga más fácil..." Llegamos a pretender hacer girar el mundo a nuestro alrededor, como si cuando nosotros no estemos sucederá la debacle total...
Algunos, por el contrario, sólo ven en sí mismos defectos. Se consideran peores que todos los otros, y llegan incluso a lamentarse de su propia existencia. "Soy un desastre... No encuentro en mí sino defectos..." "Lo único que hago es meter la pata... No pego una...." "¿Por qué el Señor no me hizo como fulanito, que es excelente y todo le sale bien... No es justo..." Son los pesimistas de oficio que piensan que todas las desgracias le suceden a ellos, que sólo ellos sufren... Que los demás, aun siendo malos, pareciera que la vida les sonríe continuamente y que jamás sufren... "Las desgracias, dicen, son para los buenos. Los malos vienen es a gozar..."
La realidad es, sin duda, una suma de ambas actitudes... Una vez escuché a un sacerdote decir que nuestra realidad es como el promedio de varias "realidades". Si nos vemos muy bien, o muy mal, ninguna de las dos visiones es la real. La verdadera es el promedio. No somos tan buenos, pero tampoco somos tan malos. Si nosotros nos vemos muy bien, generalmente los demás no nos ven tan bien. La realidad es, así un promedio. Si por el contrario, nos vemos muy mal, generalmente los demás no nos ven tan mal. De nuevo, la realidad es un promedio entre ambas visiones...
Por eso, delante de Dios, coloquémonos los ojos de la objetividad. La objetividad es humilde, pues sólo reconoce la realidad. No la adorna, no la exagera, no la oculta. Ante Dios sólo hay que hacer lo que en los momentos de sinceridad Israel hizo: "Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos, los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, padres y terratenientes". Este es el primer paso para que Dio actúe. En el camino de la vida es necesario hacer un alto para dejar a Dios que inicie su labor de rescate. Ese alto es la mirada interior que debemos hacer, en el reconocimiento objetivo del pecado. Si no se hace esto, se corre el peligro de quedarse en la ignominia...
Quien se reconoce sólo perfecciones, no está dejando paso para que Dios actúe. ¿Qué va a curar, si en ti todo es perfección? Y la verdad es que la "perfección humana" delante de Dios no sirve para nada. Y al revés, si no consideras que tienes remedio, aunque reconozcas tus defectos, pero no reconoces que puedes ser mejor, que hay quien puede borrar tus deficiencias, tampoco tienes puerta franca para la acción de Dios... No te consideres perfecto, ni te consideres sin remedio, pues ambas actitudes le cierran el paso al amor de Dios... Simplemente sé sincero, humilde, objetivo, veraz...
Haciendo esto, entraremos en la verdadera dinámica divina, que actúa sólo por amor, aceptando el reconocimiento sincero y humilde que hagamos de lo que somos, y actuando en favor nuestro. Ese es su objetivo. Esa es su alegría: colocarse en favor de los hombres que reconocen la necesidad de su actuación por amor. Por eso, Jesús nos invita: "Sean compasivos como su Padre es compasivo; no juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados; den, y se les dará: les verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que usen, la usarán con ustedes". No hay como ponerse delante de Dios con sinceridad y humildad, reconociendo lo que somos. No existe sensación más grandiosa que la de saber que Dios actúa en tu vida para remediar tus males y potenciar tus bienes. Y la de, luego, ser instrumento de Dios para llevar su amor y su perdón a los demás...
domingo, 16 de marzo de 2014
No hay Resurrección sin muerte
Jesús es todo un maestro. Después de anunciar a los apóstoles su futuro amargo y doloroso, a pesar de que adelanta también su resurrección gloriosa al tercer día, toma consigo a los tres apóstoles primeros, Pedro, Santiago y Juan, los lleva a la montaña y delante de ellos se transfigura, mostrando toda su gloria. Los apóstoles, resistidos ante ese futuro cruento que les anuncia el Maestro, reciben la revelación de la otra cara de la moneda: la de la gloria, la del triunfo, la de la divinidad indestructible... Era necesario. En el proceso pedagógico de Jesús no queda nada oculto. Ciertamente sufrirá, pero será sólo un paso previo al final glorioso. La meta no es la muerte, sino la vida. La meta no es el sufrimiento, sino la gloria. La meta no es la oscuridad, sino la luz inmarcesible...
Esto tiene varios sentidos... El primero de ellos, revelar a los apóstoles su profunda identidad. Ya ha quedado clara la humanidad de Jesús. Su nacimiento; el desarrollo de su vida bajo la tutela, el cuidado y la protección de María y José, sus padres; su crecimiento en estatura, en sabiduría, en gracia; eran ya muestras suficientes de esa humanidad asumida con plenitud. Pero Jesús quiso ir más allá... Las tentaciones en el desierto fueron como la cima de la demostración, previa al sufrimiento de la pasión y de la muerte en Cruz, de esa humanidad que había sido asumida con todas sus consecuencias, haciéndose uno más de aquellos a los que venía a rescatar. Jesús es tentado como cualquier hombre. Pero, por supuesto, no cae en la tentación, pues por ser Dios no podía pecar. En todo caso, también su humanidad es capaz de vencer las tentaciones, habiendo luchado con las sugerencias engañosas del demonio... Estaba claro, sin duda, que Jesús era verdadero hombre... Pero faltaba demostrar lo que sustentaba todo su ser, la persona que era el fundamento de todo lo que Él era... Faltaba demostrar a los hombres su divinidad...
En cierto modo, la Transfiguración es un adelanto del Jesús pascual, del Jesús resucitado. Él demuestra a sus apóstoles predilectos, como si con ello estuviera dándoles el encargo delicado de hacerse eco de esta verdad profunda, quién es... No es solamente el hombre que han visto recorrer con ellos los caminos, que han visto sudar, cansarse, llorar, que han visto ser solidario con los más necesitados incluso llegando a realizar prodigios, que han escuchado en sus discursos que invitan al amor y al perdón y que llama a una vida de verdaderos hermanos... Hay algo más en ese hombre... Es como si Jesús, después de haberles anunciado su pasión y su muerte, les dijera: "Tengan esta imagen de mi gloria en su mente. Cuando me vean derramando sangre en la pasión, golpeado, ultrajado, humillado, escupido, clavado en la Cruz, hasta contemplar mi cuerpo ya inerme en ese altar, no se olviden lo que han visto hoy. Además de ese que yacerá muerto en la Cruz, Yo soy éste, el que les muestra su gloria infinita, el que el Padre reconoce como su Hijo amado, el que toma el testigo de la carrera que le entregan Moisés y Elías... Así soy yo. Esta es mi esencia definitiva. Este será el resultado final de todo mi itinerario: la gloria junto al Padre, a la cual los llevaré a todos ustedes conmigo, conduciéndolos con mano de amor..."
Así, Jesús les demuestra su naturaleza compleja... Es Dios y hombre. No es una sola, sino dos naturalezas... Y ambas se han unido en Jesús para realizar la obra más maravillosa de la historia, superior a la creación. Será la Nueva Creación, gloriosa y portentosa, pues todo será hecho de nuevo, después de la destrucción que ha alcanzado para ella la infidelidad del hombre, el pecado que por sugerencia del demonio había entrado en el mundo...
Los apóstoles tienen que decidirse, como se decidió Abraham, como se decidieron todos los que lo siguieron, para seguir con fidelidad a Jesús. Ciertamente ese futuro está aún por cumplirse en la historia de ellos. Pero es Jesús el que se los está mostrando. No los engaña... Abraham creyó "contra toda esperanza", sin ninguna muestra, sólo la de una voz estruendosa y magnífica que resonaba en sus oídos... Los apóstoles tienen la visión real de lo que sucederá para la eternidad... Es lo que ellos deben discernir. Y lo que todos nosotros debemos discernir... Es nuestra decisión, pues ya Dios ha puesto las opciones: "Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo". Es la misma propuesta que Dios nos hace a todos. Sabemos que Jesús es Dios y hombre. Nos lo ha demostrado. Podríamos decir que estamos en ventaja respecto a Abraham e incluso a los apóstoles...
Nuestra meta es la salvación, si llegamos a aceptar a Jesús, Dios y hombre que ha venido a salvarnos... "Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio".
La Transfiguración nos pone nuestro futuro a la vista. No estamos destinados sólo a la realidad tangible, pasajera. Ésta, con ser esencial para nuestra salvación, desaparecerá. La que quedará, la definitiva, es la gloria de la eternidad, la que nos muestra adelantada Jesús al transfigurarse... Será necesario pasar por la muerte. No habrá resurrección ni gloria sin ella. Pero a la muerte sucede la gloria. Es necesario el sufrimiento para la Redención. Es necesaria la muerte para que el pecado muera. Pero el final será la resurrección y el pecado quedará muerto. Jesús resurgirá triunfante y el pecado quedará derrotado en la oscuridad del sepulcro. No saldrá con Jesús. Será su derrota y su desaparición...
Esto tiene varios sentidos... El primero de ellos, revelar a los apóstoles su profunda identidad. Ya ha quedado clara la humanidad de Jesús. Su nacimiento; el desarrollo de su vida bajo la tutela, el cuidado y la protección de María y José, sus padres; su crecimiento en estatura, en sabiduría, en gracia; eran ya muestras suficientes de esa humanidad asumida con plenitud. Pero Jesús quiso ir más allá... Las tentaciones en el desierto fueron como la cima de la demostración, previa al sufrimiento de la pasión y de la muerte en Cruz, de esa humanidad que había sido asumida con todas sus consecuencias, haciéndose uno más de aquellos a los que venía a rescatar. Jesús es tentado como cualquier hombre. Pero, por supuesto, no cae en la tentación, pues por ser Dios no podía pecar. En todo caso, también su humanidad es capaz de vencer las tentaciones, habiendo luchado con las sugerencias engañosas del demonio... Estaba claro, sin duda, que Jesús era verdadero hombre... Pero faltaba demostrar lo que sustentaba todo su ser, la persona que era el fundamento de todo lo que Él era... Faltaba demostrar a los hombres su divinidad...
En cierto modo, la Transfiguración es un adelanto del Jesús pascual, del Jesús resucitado. Él demuestra a sus apóstoles predilectos, como si con ello estuviera dándoles el encargo delicado de hacerse eco de esta verdad profunda, quién es... No es solamente el hombre que han visto recorrer con ellos los caminos, que han visto sudar, cansarse, llorar, que han visto ser solidario con los más necesitados incluso llegando a realizar prodigios, que han escuchado en sus discursos que invitan al amor y al perdón y que llama a una vida de verdaderos hermanos... Hay algo más en ese hombre... Es como si Jesús, después de haberles anunciado su pasión y su muerte, les dijera: "Tengan esta imagen de mi gloria en su mente. Cuando me vean derramando sangre en la pasión, golpeado, ultrajado, humillado, escupido, clavado en la Cruz, hasta contemplar mi cuerpo ya inerme en ese altar, no se olviden lo que han visto hoy. Además de ese que yacerá muerto en la Cruz, Yo soy éste, el que les muestra su gloria infinita, el que el Padre reconoce como su Hijo amado, el que toma el testigo de la carrera que le entregan Moisés y Elías... Así soy yo. Esta es mi esencia definitiva. Este será el resultado final de todo mi itinerario: la gloria junto al Padre, a la cual los llevaré a todos ustedes conmigo, conduciéndolos con mano de amor..."
Así, Jesús les demuestra su naturaleza compleja... Es Dios y hombre. No es una sola, sino dos naturalezas... Y ambas se han unido en Jesús para realizar la obra más maravillosa de la historia, superior a la creación. Será la Nueva Creación, gloriosa y portentosa, pues todo será hecho de nuevo, después de la destrucción que ha alcanzado para ella la infidelidad del hombre, el pecado que por sugerencia del demonio había entrado en el mundo...
Los apóstoles tienen que decidirse, como se decidió Abraham, como se decidieron todos los que lo siguieron, para seguir con fidelidad a Jesús. Ciertamente ese futuro está aún por cumplirse en la historia de ellos. Pero es Jesús el que se los está mostrando. No los engaña... Abraham creyó "contra toda esperanza", sin ninguna muestra, sólo la de una voz estruendosa y magnífica que resonaba en sus oídos... Los apóstoles tienen la visión real de lo que sucederá para la eternidad... Es lo que ellos deben discernir. Y lo que todos nosotros debemos discernir... Es nuestra decisión, pues ya Dios ha puesto las opciones: "Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo". Es la misma propuesta que Dios nos hace a todos. Sabemos que Jesús es Dios y hombre. Nos lo ha demostrado. Podríamos decir que estamos en ventaja respecto a Abraham e incluso a los apóstoles...
Nuestra meta es la salvación, si llegamos a aceptar a Jesús, Dios y hombre que ha venido a salvarnos... "Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio".
La Transfiguración nos pone nuestro futuro a la vista. No estamos destinados sólo a la realidad tangible, pasajera. Ésta, con ser esencial para nuestra salvación, desaparecerá. La que quedará, la definitiva, es la gloria de la eternidad, la que nos muestra adelantada Jesús al transfigurarse... Será necesario pasar por la muerte. No habrá resurrección ni gloria sin ella. Pero a la muerte sucede la gloria. Es necesario el sufrimiento para la Redención. Es necesaria la muerte para que el pecado muera. Pero el final será la resurrección y el pecado quedará muerto. Jesús resurgirá triunfante y el pecado quedará derrotado en la oscuridad del sepulcro. No saldrá con Jesús. Será su derrota y su desaparición...
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