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jueves, 25 de marzo de 2021

La Encarnación en el seno de María es el inicio del rescate del hombre

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Dios es responsable y fiel cumplidor de su palabra. Nunca deja de cumplir lo que promete, pues su palabra es veraz. Su palabra es verdadera y creadora. Cuando pronuncia, crea, hace existir, trae a la vida. Cuando el hombre y la mujer pecaron, sintió la frustración por la traición de sus seres amados, pero desde ese mismo amor que tenía por ellos, prometió no dejarlos al arbitrio del demonio ni del mal. Con la misma determinación con la que creó todo lo existente y con la que puso en medio al hombre como su criatura predilecta, ofreció el rescate enfrentándose al mal, anunciando su acción futura en la que vencerá al demonio para que triunfara el amor y la vida. Dice al demonio: "Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Un descendiente de Ella te pisará la cabeza, mientras tú lo hieres en el talón". En el desarrollo de la historia humana, se dio siempre el enfrentamiento entre el bien y el mal. Hubo hombres que se alinearon con Dios, siendo fieles a su voluntad, siguiendo su camino, viviendo el bien y procurándolo para sí mismos y para los demás, tratando de lograr un mundo mejor para todos. Pero hubo también quienes se dejaron conquistar por el mal, haciendo lo contrario de lo que quería Dios, haciéndolo ausente de sus vidas y sirviéndose a sí mismos o a los ídolos que se iban construyendo, creando una sociedad de enemigos y adversarios, muy lejos del ideal de fraternidad que estaba diseñado originalmente. Esa historia llegó a su punto culminante cuando arribó al momento del cumplimiento de la promesa: "En la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley". El Dios fiel y veraz vio el tiempo cumplido para llevar adelante su promesa.

En esta historia hermosa que nos acerca los hechos que certifican nuestra salvación, la figura de nuestra Madre María es fundamental. Algunos podrán pretender despreciar la figura de la Virgen, pero nunca podrán negar la centralidad de su papel importante para el periplo que inicia Dios en su búsqueda de rescatar al hombre que se había perdido por su pecado. El Fiat -"Hágase"- de María, es el Fiat de toda la humanidad que añora ser rescatada. Esa sencilla y núbil jovencita, amante de Dios y de la ley, israelita cabal que esperaba la venida del Salvador, recibe la visita del Ángel y le es anunciada su elección como la Madre del Redentor. Su fe, su humildad, su disponibilidad son puestas a tope en función de lo que le pedía el Ángel. No es constreñida a aceptar, sino que es esperada su aprobación para dar el paso más gigantesco que puede vivir la humanidad, al poder recibir a Dios como huésped, haciéndose carne en el vientre más limpio y puro que había sobre el mundo. Ella, naturalmente, sorprendida por la propuesta quiere detalles: "¿Cómo será esto si no conozco varón?" No es una oposición a la propuesta, sino el natural deseo de conocer mejor los hechos que se darán en Ella. Y al confirmar su voluntad de aceptar la propuesta, su "Hágase en mí según tu palabra", abrió las puertas del cielo, permitiendo el baño de gracia, de amor, de paz y de justicia, que se derramaría sobre el hombre y sobre el mundo. Por ello la llamamos con propiedad "Puerta del cielo", pues Ella abre esas puertas para que se derrame el Verbo en el mundo. Y luego, para que por su mediación por nosotros -"Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte"- podamos encontrar esas puertas abiertas para vivir la felicidad absoluta e inmutable en nuestro futuro de eternidad.

La aceptación de María, desde su absoluta disponibilidad ante Dios, habiendo sido elegida desde la eternidad para ser la Madre del Redentor, y habiendo sido también preparada como Nueva Arca de la Alianza, inaugura el tiempo del cumplimiento de la promesa divina. Ella, la Inmaculada Concepción, fue purificada anticipadamente por el poder y el amor de Dios para dar hogar al Verbo que venía a encarnarse. Se ha convertido en el sitio más sagrado sobre el mundo para dar acogida nada más y nada menos que a toda la gloria divina en el Verbo eterno que se hace carne en Ella. El Hijo de Dios toma carne humana de Ella para asumir la naturaleza a la que viene a rescatar. Dios consideró que ese era el camino correcto para realizar su rescate desde dentro mismo de la humanidad que venía a salvar. La ofensa del pecado tenía que ser restañada por uno de la misma naturaleza del que la cometió, y que a su vez tenía el poder de hacerlo. "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros". Y así lo afirma el autor de la Carta a los Hebreos: "Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre". María da cuerpo al Verbo para que realice su obra de redención. No es posible menospreciar su intervención en nuestra historia de salvación. Ella no la realiza, pero sí la hace posible con su amor a Dios, con su humildad, con su obediencia, con su disponibilidad: "El ángel, entrando en su presencia, dijo: 'Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo'. Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: 'No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin'". La anunciación y la aceptación de María dan paso a la Encarnación del Verbo. Y se da inicio a esa renovación total de la creación que realiza el Hijo de Dios por encargo del Padre. Y María es el instrumento principal del que se vale Dios para empezar esta obra, la más grande que viene a realizar el Hijo, que supera infinitamente a la primera creación. Esta segunda creación, la de la Redención, nos hace elevarnos al máximo en el amor de Dios. Y ha sido posible gracias al Sí de aquella jovencita de Nazaret, humilde y sencilla, que se hizo inmensa a los ojos de Dios y se convierte para todos nosotros en Causa de Nuestra Alegría, pues nos ha hecho posible la presencia del Dios que ha venido a salvarnos.

martes, 25 de marzo de 2014

Una historia de Amor eterno

La Anunciación del Ángel a María es la Encarnación del Verbo eterno en su vientre... Son dos los protagonistas de este acontecimiento: María y su Hijo, el Hijo de Dios... Además, como es lógico en todo portento divino, aparecen personajes que hacen tremendo el misterio, como llenando de un hálito de magnificencia todo lo que está sucediendo. Están el Ángel Gabriel, el enviado de Dios para ser el anunciador de las mejores noticias para los hombres y, por supuesto, el Espíritu Santo, que es quien "cubrirá con su sombra" a María para que en Ella sea engendrado el cuerpo del Verbo eterno de Dios...

La Virgen María es aquella que ha sido anunciada en las profecías: "Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros". Dios mismo se había comprometido a dar esa señal a los hombres. Con ella, empezaba esa historia de amor concreto, en la cual el Hijo de Dios se encargaba Él mismo de entrar en la historia de la humanidad, ya no como Creador o Sustentador, sino como actor y protagonista principal de toda la obra. Y había sido elegida esta mujer sencilla y humilde para ser la puerta de entrada de ese Dios que venía a rescatar a la humanidad. Ella misma no tenía idea de lo que para todos significaría el paso que se estaba dando en la historia. En Ella ya se habían dado pasos fundamentales con los cuales Dios estaba preparando el momento culminante de su obra de rescate. Ella había sido pre-redimida, cuando había sido preservada del pecado original en el momento de su concepción. Su persona, que iba a ser depositaria de la presencia del Verbo eterno de Dios, tenía que ser una morada digna para contener toda la gloria de Dios. Era "repugnante" pensar en la posibilidad de que Dios viniera a un sitio que no era digno de Él. Había que purificarlo. Y Dios lo hizo, en atención a los méritos que con su muerte y resurrección ganaría su Hijo para todos los hombres en el futuro. Lo que hizo Dios fue traer lo que alcanzaría el Redentor unos 50 años después, y hacer que fuera efectivo en María anticipadamente. En Dios el futuro y el pasado son un eterno presente. Es todopoderoso, ama infinitamente a María, por ser la Madre de su Hijo, y por eso lo hace...

Esa mujer sencilla es la mujer que mejor podía ejercer el papel de Madre de Dios. Ella misma se reconoce como "la esclava del Señor". Anuncia, con toda su humildad, que será "proclamada Bienaventurada por todas las generaciones", no por Ella misma, sino porque "el Señor ha obrado maravillas en mí". Jamás se arroga a sí misma los méritos de lo maravilloso que le sucede, sino que se reconoce simplemente un instrumento fiel en las manos del Dios del amor. Ese "Fiat", "Hágase en mí según tu Palabra", es el principio de la historia culminante de amor de Dios en favor de todos los hombres. Es el decir a Dios: "Estoy dispuesta a servir para que todos mis hermanos reciban el regalo del amor, el perdón de sus pecados, la posibilidad de entrar como hijos en el seno del Padre en el cielo para toda la eternidad"... Es un paso felicísimo de una de las nuestras para alcanzara nuestra salvación...

El Verbo eterno es quien está eternamente presente ante el Padre. Es de quien dice San Juan: "Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo para el rescate de todos". Es la expresión de amor más pura y elevada que el mismo Dios ha podido hacer hacia la humanidad, habiendo sido infinitas ya todas las muestras. En esta entrega del Hijo, por amor del Padre, Dios estalla literalmente. Dios nos demuestra que ama infinitamente al entregarnos a su Hijo para nuestro rescate, para pagar el precio de nuestra redención, para satisfacer plenamente con su sacrificio lo que era necesario para salir de las tinieblas... Y el mismo Verbo eterno, delante del Padre, nos demuestra también su amor redentor y misericordioso, cuando le dice al Padre: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". San Juan afirma el amor infinito de Jesús cuando dice: "No existe amor más grande que el de dar la vida por sus amigos". Jesús es el Verbo de Dios que asume un cuerpo humano para aprender el amor como hombre. Su experiencia personal es la experiencia de quien da sus primeros pasos. Era Omnisciente, por ser Dios, en lo divino. Pero como hombre tuvo que dar los mismos pasos de aprendizaje de cualquiera. San Palo dice que Jesús "aprendió, sufriendo, a obedecer".

El aprendizaje de Jesús fue total. El Verbo de Dios, el eterno en gloria y magnificencia, el todo portentoso, se redujo casi a la nada. Es un ser en gestación, un óvulo fecundado, un feto formándose en el vientre de su madre. Y todo lo asume por amor. Es el canto más maravilloso de la vida, pues es el autor de la vida el que se hace a sí mismo pasar por aquello que Él ha creado. Es la imagen más maravillosa que podemos tener a la vista, pues en el vientre de María está la explosión del amor divino. No hay imagen más entrañable que la de la Virgen Madre llevando en su seno, creciendo como ser humano, al que es el Autor de todo lo creado...

Ante ese gesto no nos queda más que prorrumpir, como María en un canto de alabanza al Dios que nos ama y nos regala a su Hijo para salvarnos, y al Hijo mismo que asume toda nuestra condición humana plenamente, desde el inicio de la existencia, como cualquiera, para darnos todo su amor redentor: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador... Su Nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación".