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jueves, 24 de junio de 2021

Confianza y humildad, para recibir toda la ternura de Jesús

 La petición de un leproso a Jesús: "Si quieres, puedes limpiarme" -  Evangelio - COPE

Nuestras relaciones con Dios deberían tender siempre a ser lo más fluidas posibles. No está reñido el que sean relaciones serias, maduras, sopesadas, conscientes, con el que tratemos de que sean sencillas, cercanas, tiernas, amorosas, joviales. Tendemos a colocar el listón tal alto, que nuestra relación, siendo seria y profunda, la llevamos muchas veces al extremo de hacerla excesivamente formal, incluso llegando al acartonamiento, logrando con ello un cierto alejamiento de la figura cercana, fresca, amorosa, de un Dios que es Padre amoroso, comprensivo y que busca y lo hace todo para que nos sintamos en absoluta confianza ante Él, pues lo que desea es que estemos siempre a su lado, mientras Él derrama todos sus beneficios sobre nosotros. La clave de la confianza en Dios no está nunca, ni nunca lo estará, en mantenerlo lejos de lo afectivo, tan esencial para la vida de la los hombres. Por ello debemos siempre luchar por ni siquiera dar la impresión de tener a un Dios lejano, que no tiene ternura hacia nosotros, o que es también lejano, como si procurara mantener una distancia que no tiene sentido. El buen estado de ánimo, en este sentido, juega un papel muy importante. Quienes se sienten cercanos a Dios, están siempre bañados por el bienestar. Y ese bienestar Dios lo convierte en alegría, en buen carácter, en jovialidad. Sobretodo en lo que refiere en la relación personal con Él, pero que también tendrá repercusiones en la relaciones con los demás, produciendo en todos una sensación de paz y de serenidad tan necesarias en esas relaciones. El seguidor de Dios se convierte así en factor de armonía que, indudablemente, deja su semilla en otros. Y no es que vaya a vivir en un mundo de fantasía, como queriendo dar a entender que no asume su realidad con la seriedad de cada caso. La asume, y quizás con mayor solidez que cualquiera. Solo que ha añadido el sabroso ingrediente de la confianza en Dios, pues sabe que ante cualquier circunstancia vital, Él está presente con su amor, con su poder, y con la inyección de la esperanza.

Cuando se da esa combinación fabulosa de la confianza extrema en Dios y de la alegría, la ternura, el afecto de saberlo siempre allí y que nunca faltará, se dan los casos de mayores beneficios que compensan infinitamente a quien vive esa fidelidad radical. De nuevo nos sale al encuentro la figura gigante de Abraham, nuestro padre en la fe, que ha llegado a un punto extremo de esto que llevamos diciendo. Es tremenda la cascada de bendiciones que Dios está dispuesto a derramar sobre su elegido. Sorprende la cantidad de detalles que Dios tiene con él. Pero es razonable que así sea, pues es el elegido para la obra augusta de la creación de ese nuevo pueblo que será la puerta de entrada para la bendición de la humanidad entera. No puede Dios actuar de otra manera, sino siempre a favor de ese que será personaje fundamental en esa larga y gloriosa historia de salvación que el Señor va escribiendo. En esta ocasión asistimos a la promesa maravillosa de bendecir a Abraham con descendencia. En su ancianidad, ya había permitido que tuviera un descendiente en Ismael. Condescendiendo por la esterilidad de su mujer, le permite unirse a la esclava y de ella tiene a su primer hijo. Pero Dios adelanta su don y hace que Sara, su mujer, pueda tener un hijo, carne de la pareja, con lo cual quedan bendecidos por partida doble. Un regalo de amor que será quien producirá la existencia de esa pléyade de humanidad que invadirá el mundo con la alegría de la Redención futura. La alianza de esa situación de felicidad plena que hará Dios con Abraham tiene su prenda en Isaac. Es tanta la confianza que tiene el patriarca con Dios que se atreve incluso a sonreír en su presencia, en un gesto de incredulidad por la magnitud de la promesa y de la alianza que Dios está dispuesto a hacer por su elegido: "Cuando Abrán tenía noventa y nueve años, se le apareció el Señor y le dijo: 'Yo soy el Dios todopoderoso, camina en mi presencia y sé perfecto'. El Señor añadió a Abrahán: 'Por tu parte, guarda mi alianza, tú y tus descendientes en sucesivas generaciones. Esta es la alianza que habrán de guardar, una alianza entre yo y ustedes y tus descendientes: sea circuncidado todo varón entre ustedes'. El Señor dijo a Abrahán: 'Saray, tu mujer, ya no se llamará Saray, sino Sara. La bendeciré, y te dará un hijo, a quien también bendeciré. De ella nacerán pueblos y reyes de naciones'. Abrahán cayó rostro en tierra y se dijo sonriendo, pensando en su interior: '¿Un centenario va a tener un hijo y Sara va a dar a luz a los noventa?' Y Abrahán dijo a Dios: 'Ojalá pueda vivir Ismael en tu presencia'. Dios replicó: 'No, es Sara quien te va a dar un hijo, lo llamarás Isaac; con él estableceré mi alianza y con sus descendientes, una alianza perpetua. En cuanto a Ismael, escucho tu petición: lo bendeciré, lo haré fecundo, lo haré crecer sobremanera, engendrará doce príncipes y lo convertiré en una gran nación. Pero mi alianza la concertaré con Isaac, el hijo que te dará Sara, el año que viene por estas fechas'. Cuando el Señor terminó de hablar con Abrahán, se retiró". Las bendiciones sobre Abraham nunca cesaron. Y hoy somos todos beneficiarios de ellas.

Por esa confianza madura y tierna, serena y feliz, de estos personajes que entendieron que el Señor nunca pone barreras para que nos sintamos a gusto junto a Él, se obtienen los mayores favores de su mano amorosa y poderosa. Tener a Dios en el corazón, en la actitud más cercana que podamos alcanzar, como respuesta a su amor, confiando radicalmente que esa alegría que produce estar seguros de que con Él nunca será traicionada, produce las alegrías mayores. Y nos lanza a manifestar nuestra confianza de que jamás seremos rechazados. Dios nunca rechazará a quien se acerca a Él manifestando la mayor de las confianzas. El amor no actúa así jamás. Más bien atrae y confirma en el amor. Por eso, en esa comprensión clara de quién es Dios, aquel leproso se lanzó en los brazos del amor. Conocedor de su situación legal, que lo lanzaba a la mayor execración legal y social, asumía su condición dolorosa con resignación. Expulsado socialmente, se atrevió a sobrepasar las restricciones que se le imponían, y con la confianza de saber que estaba delante de quien todo lo podía, se le acerca con humildad y confianza a solicitar el mayor  favor que podía recibir: "Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente. En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: 'Señor, si quieres, puedes limpiarme'. Extendió la mano y lo tocó, diciendo: 'Quiero, queda limpio'. Y en seguida quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: 'No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio'". En ese extremo de humildad y confianza, no exige. La decisión final es la de Jesús. Él es el Dios poderoso que tiene el amor suficiente para concederle el don. Y en sus manos lo deja. "Si quieres..." Y por supuesto, Jesús siempre quiere. "Quiero, queda limpio". Jesús ha venido para hacer el bien. Y todo el que se acerca a Él para recibir el beneficio, lo recibirá. A ninguno de nosotros nos dejará a un lado, sin manifestarnos su amor y su ternura. Todos somos beneficiarios de ese amor y de ese poder. Solo que ante Él debemos ser nosotros también tiernos en esa relación, manifestando nuestra madurez en nuestra experiencia, y abriendo nuestro corazón, dispuestos a recibir ese amor profundo, y a responder profundizando cada vez en la confianza y la humildad delante de quien es el más tierno de todos, nuestro Dios de amor.

jueves, 4 de marzo de 2021

Alcancemos la bendición de Dios confiando en Él y sirviéndole en nuestros hermanos

 Bautizados en Mision: 26to. Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo C TEXTO  BIBLICO: Lucas 16, 19-31

Maldecir se encuentra entre las cosas más desagradables y disonantes que podemos escuchar. "Decir mal" es reconocer que esa persona vive en la maldad, desprecia el bien, sirve al mal para perjudicar a los demás. Entre nuestro pueblo cae tan mal cuando se llama a alguien maldito, que se considera incluso pecado, y se hace solo en casos muy extremos en los que se considera que ya no queda otra opción para una maldad mayor. Maldecir a alguien es afirmar que esa persona ha caído en lo más bajo posible y que ya no hay opción para seguir rebajándose. En las Sagradas Escrituras se utiliza en varias ocasiones la expresión, cuando se refiere sobre todo a quien ha decidido seguir al mal y servir al pecado, en detrimento de la unión con Dios y de la experiencia de fraternidad. Sería maldito quien voluntariamente elige el mal como estilo de vida, quien se aleja de Dios y no lo reconoce como el autor de su vida, quien se aleja del amor a Dios y a los hermanos prefiriendo amarse y servirse a sí mismo en la errada conciencia de que su vida así será mejor, procurándose a sí mismo fraudulentamente los bienes que necesita para subsistir, en un autoengaño absurdo que lo hará encaminarse al abismo del dolor y de la tristeza. No es maldito por decreto, sino por decisión personal. Es una maldición que alcanza para sí mismo, al alejarse de la voluntad divina y de su amor, poniendo como base para el desarrollo de su vida su propio ser, confiando exclusivamente en sí mismo, en un egoísmo enfermizo que es su principal destrucción. La soberbia lo ha carcomido y ha cancelado en él todo resquicio de bondad. A menos que se convierta y se arrepienta de esta decisión que ha tomado, se encamina hacia su perdición para toda la eternidad.

El profeta Jeremías, uno de los grandes profetas del Antiguo Testamento, siendo voz de Dios para el pueblo, lo pone sobre aviso acerca de lo que es la maldición y la bendición. El profeta coloca la maldición y la bendición en el orden de la confianza y de la entrega o no a Dios. Será maldito quien abandona a Dios y coloca su confianza en el hombre, en la criatura, en lo creado. Quien confía en sí mismo o en las cosas más que en Dios, creyendo que lo que ha surgido de las manos del Creador es más que el mismo Creador. El pecado no está en confiar en ello, pues al fin y al cabo Dios lo ha puesto en las manos de los hombres para que se sirvan de ello y para hacer su vida mejor. El pecado está en haberlos convertido en ídolos a quien servir, en vez de a Dios, dejando al autor de todo lo creado a un lado. La maldición se la atrae el mismo hombre cuando prefiere rebajar el objeto de su entrega a lo que ha surgido de Dios: "Esto dice el Señor: 'Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor. Será como cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia; habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita. Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto. Nada hay más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo conoce? Yo, el Señor, examino el corazón, sondeo el corazón de los hombres para pagar a cada cual su conducta según el fruto de sus acciones'". En contraposición, la bendición será siempre para quien confía radicalmente en el Señor y ha puesto su vida en las manos del Creador, sabiendo que en el servicio a Él y en el cumplimiento de su voluntad está el camino para la auténtica promoción personal y para la verdadera fraternidad enriquecedora. Ser bendecidos o ser maldecidos está en las manos del mismo hombre. Dependerá de su elección sobre a quién servir y entregarse.

La meta para todos nosotros, la que quiere Dios para cada una de sus criaturas, es la de la bendición eterna. Es fundamental para lograr la bendición colocar la confianza exclusivamente en Dios y servirle a Él y a los hermanos. Está claro que será una bendición por la fe y por las obras. La fe nos hará entregarnos confiadamente en las manos de Aquel que solo quiere nuestro bien. Y las obras dirán a todos esa convicción que vivimos y será la demostración de que avanzamos por ese camino de la bendición. La parábola que relata Jesús del rico que banqueteaba a sus anchas y el pobre Lázaro que estaba en la puerta de su casa y solo pasaba hambre y necesidad, es un claro ejemplo de la maldición que había elegido el rico, viviendo solo para sí sin tener en cuenta la situación terrible del pobre que estaba a sus puertas. Suponemos que el pobre confiaba en Dios y esperaba la mano tendida de los que sí tenían. El resultado para ambos es diametralmente opuesto. Lázaro obtuvo la bendición eterna. El rico obtuvo la maldición eterna: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado". Está en nuestras manos obtener la bendición o la maldición. En nuestros tiempos tomar esta decisión es quizás más urgente. Nuestro mundo necesita con urgencia la acción de los bendecidos de Dios, de los que confían en Él y en su amor, de los que se saben hermanos de todos y están obligados a procurar bienes para ellos, siendo solidarios y caritativos con los más necesitados, como aquel pobre a las puertas de la casa del rico. ¡Cuántos hermanos hoy son como Lázaro, que están a las puertas de nuestras casas y necesitan con urgencia el auxilio de los que pueden! Alcancemos la bendición confiando en Dios y haciéndonos solidarios con los hermanos más necesitados de nuestro mundo.

viernes, 1 de enero de 2021

María, Madre de Dios, es el puente del amor y de la salvación

 Encontraron a María y a José, y al niño. Y a los ocho días, le pusieron por  nombre Jesús | InfoVaticana

Iniciamos este año con el mejor pórtico posible. Es la figura de nuestra Madre, en el misterio más profundo que la puede definir como el personaje más importante de toda la humanidad, luego de su propio Hijo Jesús, Dios que se hace hombre en el vientre sagrado de la Mujer más santa de todas. Es un personaje misterioso que aparece ya anunciado desde las primeras páginas de la Palabra revelada, que poco a poco va adquiriendo relevancia, pues Ella será aquella cuya descendencia pisará la cabeza de la serpiente; será la nueva Eva, madre de la nueva humanidad que creará con su portento su Hijo Jesús; será la nueva Arca de la Alianza, lugar donde se asienta gloriosamente la Palabra de Dios y que acompañará al pueblo iluminándolo y guiándolo en su caminar; será aquella jovencita virgen que habiendo sido elegida se pone en absoluta disponibilidad delante de Dios; será aquella que pondrá a la disposición total de Dios su ser, pues ha entendido perfectamente que Dios cuenta con Ella para la entrada de la salvación al mundo. Ella sabe perfectamente que no es la importante de la historia, aunque sí, con la sencillez de la que es poseedora en grado sumo, reconoce: "Me llamarán bienaventurada todas las generaciones". Pero ese reconocimiento, lo sabe muy bien, se le hace "porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí". No se arroga Ella, no sería consecuente con lo que ha sido hasta ahora, los méritos, sino que está muy consciente de quién son. Concuerda perfectamente con lo que Ella misma ha sido hasta ahora. María entra por la puerta grande en la historia de la salvación, pero sabe que quien es el importante y que entrará gloriosamente por esa puerta es su Hijo, a quien Ella le posibilita la entrada.

Por ello, ya en los primeros años de la predicación del Evangelio era tan importante el anuncio del puente que hace esa Mujer, que asegura la unión con la naturaleza humana. Sin ser un Evangelio mariano, San Pablo en la Carta a los Gálatas quiere dejar muy claro lo importante que es el concurso de María, pues es Ella la que asegura la pertenencia del Redentor a las dos riberas del río: la humanidad y la divinidad. Ella ofrece su ser entero para donarlo a Dios y que tome de él lo que necesita para asegurar la perfecta humanidad del Verbo que se hace carne. Y Dios, habiendo recibido su entrega total, hace de su vientre el templo perfecto mediante el cual hará su entrada triunfante al mundo para realizar la obra de rescate de la humanidad: "Hermanos: Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial. Como son hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: '¡Abba, Padre!' Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios. El Sí de María se convierte en el sí de la humanidad que está añorante de la salvación y que sabe que el camino para que llegue pasa por el vientre de esta Mujer que cambia la historia. Su Sí no solo transformará la historia de aquellos involucrados, sino la de todos, por cuanto la venida del Espíritu Santo sobre todos nos transforma de esclavos en hijos de Dios. De esa manera, se entiende también que esta es la época de la bendición de Dios sobre la humanidad. La llegada del Redentor al mundo no puede resultar en otra cosa que en bendición. Aquella bendición que recibe Moisés de Yahvé para que sea transmitida al pueblo por el Sacerdote Aarón, es la bendición que recibirán todos los hombres que acepten la venida del Mesías prometido: "El Señor habló a Moisés: 'Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendeciréis a los hijos de Israel: 'El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz'. Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré".

Es una bendición que recae sobre cada hombre y cada mujer de la historia, alcanzada gracias a ese misterio grandioso de la Mujer que se ha puesto en la plena disposición de entrega al Padre del amor. Su motivación única es la de ser instrumento eficiente en esa historia de salvación que transformará la historia de la humanidad. María "guardaba todas estas cosas en su corazón", pues en su condición de joven virgen, a pesar de saberse instrumento, se sentía sobrepasada con la cantidad de acontecimientos maravillosos que se estaban desarrollando a su alrededor. Su fe la sustentaba, pues el hecho de que Dios contara con Ella era suficiente para hacerse consciente de que aquello era algo bueno. De un Dios bueno y poderoso nunca podrá surgir nada malo, máxime cuando lo que ha motivado su entrega a ese Dios ha sido el amor y la confianza absoluta en Él. En este caso vemos a los más sencillos, y quizás a los más rechazados de la sociedad, los últimos en el escalafón social, como los encargados de anunciar la llegada del Mesías esperado. ¿Por qué escoger a los últimos para dar la noticia más gloriosa de la historia? Es la enseñanza que nos quiere dar Jesús. Aun cuando Él ha venido para todos, sus preferidos son los desplazados, los rechazados. Es para ellos para los que principalmente ha venido. También María fue rechazada, pero Ella sabía que ese rechazo era signo de lo que sufrirían todos los que se alegran con la llegada del Redentor del mundo. Será su gozo total. Saber que sus hijos, los hermanos de su Hijo que les dejó como misión desde la Cruz de amor, serán recibidos con un corazón lleno de amor, como el del Padre y como el de la Madre María: "En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción". Jesús, Dios que salva. Es el Dios que viene a salvarnos, de la mano de su Madre que nos llena de su amor y junto con su Hijo quiere siempre lo mejor para nosotros.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Lo único necesario e imprescindible es ser de Jesús

 evangelio – Página 6 – Semilla de Fe

El mundo, en el lenguaje bíblico, en general tiene una carga de malignidad, es malo y dañino, procura atraer al hombre para perderlo, se le identifica en esa triada de "mundo, demonio y carne", como uno de los componentes contra los cuales debe luchar frontal y valientemente el hombre que quiera avanzar por las rutas de la perfección. Pero es, a la vez, también en el mismo lenguaje bíblico, el lugar de habitación del hombre, el que debe llenar y dominar -"Llenen la tierra y sométanla", ordenó Yahvé al hombre-, desde el cual debe disfrutar de la providencia divina, y al cual debe ir a proclamar la salvación: "Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda la creación". De esta manera, debemos entender que cuando la Palabra de Dios se refiere al mundo como ese lugar en el que prevalece el mal, se refiere a lo malo que hay en el mundo, no necesariamente al mundo en sí mismo. De otra forma no se entendería el deseo de Jesús de que el mundo sea sujeto de anuncio y de salvación. De nuevo hay que afirmar que no es el mundo en sí mismo el que debe ser salvado, sino a quien está en el mundo, que es al hombre y a la creación que es susceptible también ella de la redención de Cristo, como lo afirma San Pablo:  "Porque la creación fue sometida a vanidad, no de su propia voluntad, sino por causa de aquel que la sometió, en la esperanza de que la creación misma será también liberada de la esclavitud de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera a una gime y sufre dolores de parto hasta ahora". No todo lo que hay en el mundo, en efecto, es para condenación, sino que existe también un componente de liberación, de bondad, del cual el hombre debe saber disfrutar y respetar, sin hacerlo caer en la desgracia de la esclavitud. Lo que debe quedar siempre salvado, en esta presencia del mundo en la vida del hombre, y en la definitiva influencia que sin duda tiene en su vida, para bien o para mal, es que el mundo entra como parte del tesoro de donación que va en el paquete completo con el cual Dios ha bendecido al mismo hombre, por lo cual jamás puede éste engreírse ni jactarse pues es propietario de algo que le ha sido donado y que no ha dependido de su accionar para hacerlo existir ni para poseerlo. Por eso San Pablo llama la atención a los cristianos para que no caigan en la trampa de la soberbia: "Aprendan de Apolo y de mí a jugar limpio y no se engrían el uno contra el otro. A ver, ¿quién te hace tan importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado?"

El cristiano debe estar bien preparado, en todo caso, a saber vivir en cualquiera de las circunstancias que su vida en el mundo le procura en cada momento. Unas veces deberá estar pronto a luchar contra ese mal que está presente en el mundo y a enfrentarlo con valentía y decisión, de modo que no lo gane para su ejército de perdición. Otras veces deberá saber discernir el mejor uso de lo bueno que se presenta en ese mismo mundo, evitando hacerse esclavo de ello cayendo en la idolatría de lo creado, por muy buena que se presente la oportunidad y utilizando la sabiduría cristiana para saber colocar las cosas en el lugar propicio deseado por el Creador. También tendrá la oportunidad de hacer uso de las cosas para ponerlas al servicio de todos en la categoría de bien común, huyendo de la posible tentación de usarlas solo en provecho propio con el fin de usufructuar de ellas pisoteando a los demás y llegando incluso a someterlos abusando del poder que le da la posesión de bienes. Y en el peor de los casos deberá estar también dispuesto a vivir en la ausencia de los bienes, sin dejar de agradecer a Dios que dé la posibilidad de vivir en la escasez, reconociendo en ella una ocasión para saber disponer el espíritu de modo que esté pronto a afirmar como único bien absolutamente necesario e imprescindible el amor providente del Dios que nos ha creado. San Pablo nos invita a dar gracias a Dios "en toda ocasión", por lo cual todo lo debemos reconocer como ocasión para el beneficio del hombre, en el entendido de que no hay nada que Dios permita que suceda que finalmente no guarde una bendición para todos y que por lo tanto no sea bueno para nosotros: "He aprendido a contentarme con lo que tengo. Sé andar escaso y sobrado. Estoy acostumbrado a todo y en todo: a la saciedad y al hambre; a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en Aquel que me conforta". Se entiende, así, que toda ocasión sirve para una unión más profunda con el Señor, pues Él es la fuente de todo bien y el único sustento necesario para el hombre. De allí que San Pablo resalte las diversas maneras de desarrollar el seguimiento de Cristo, resaltando la diferencia entre la vida de los apóstoles, llamados a la escasez, y los otros cristianos, bendecidos en la abundancia: "A nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos; como condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres. Nosotros unos locos por Cristo, ustedes, sensatos en Cristo; nosotros débiles, ustedes fuertes; ustedes célebres, nosotros despreciados; hasta ahora pasamos hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio, nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos; nos calumnian y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy". A todo debe estar preparado el discípulo de Cristo.

Lo importante para San Pablo, en conclusión, es no quedarse en lo accesorio, sino en la conciencia clara de saber de dónde venimos y hacia dónde vamos, en dónde se debe tener fundada la vida y la esperanza, de quién proviene la bendición de vivir en la escasez o en la abundancia, cuál debe ser el objeto de nuestra mirada y cuál el fundamento de la propia vida, de dónde surge la razón de nuestra felicidad y hacia dónde debemos caminar para avanzar en la búsqueda de la única plenitud posible: "Ahora que ustedes están en Cristo tendrán mil tutores, pero padres no tienen muchos; por medio del Evangelio soy yo quien los ha engendrado para Cristo Jesús". Nada debe distraernos de la verdad fundamental que sustenta cualquier camino que tengamos que recorrer para llegar a esa plenitud deseada por Dios para todos: Hemos sido engendrados para Jesús, a Él pertenecemos, de Él recibimos todas las bendiciones, con Él nos quiere en cualquier circunstancia, sea de escasez o de abundancia, pues estar con Él es la mayor de las bendiciones y el preludio de nuestra plenitud definitiva. Es lo que sostuvo a los apóstoles en el seguimiento terreno de Jesús, en el que fueron bendecidos con la mayor de las bendiciones, que fue la de tener a Jesús a su lado y por el cual fueron capaces de aceptar vivir en la abundancia o en la escasez, pues era suficiente tenerlo a Él, felicidad fundamental y plena del cristiano: "Iba Jesús caminando por medio de un sembrado y sus discípulos arrancaban y comían espigas, frotándolas con las manos. Unos fariseos dijeron: '¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?' Respondiendo Jesús, les dijo: '¿No han leído ustedes lo que hizo David, cuando él y sus compañeros sintieron hambre? Entró en la casa de Dios, y tomando los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, comió él y dio a los que estaban con él'. Y les decía: 'El Hijo del hombre es señor del sábado'". Teniendo a Jesús al lado y viviendo solo para Él, nada es más importante. David y sus soldados servían a Dios, estaban con Él y vieron en la escasez la mano providente del Señor que ponía a su alcance incluso lo que era reservado, pues era el pan de la proposición. Así mismo lo vivieron los apóstoles. No importaba que fuera sábado, pues estaba Jesús con ellos. Él ponía en sus manos lo necesario, pues Él es "señor del sábado". Lo esencial, lo que verdaderamente importaba, era seguirlo, ser suyos, ponerse en sus manos, recibir su presencia como la mayor de las bendiciones, por encima de la abundancia o de la escasez. Lo importante, así lo entendieron ellos y así nos lo enseñan a todos, es tener conciencia de que la mayor bendición, la única verdaderamente importante y la que le da sentido a toda la vida del cristiano por encima de cualquier circunstancia, es ser de Jesús, seguirlo y recibir de sus manos amorosas la salvación y la plenitud añoradas.

jueves, 12 de marzo de 2020

Me esfuerzo por confiar cada vez más en ti para ganar tu bendición

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Todo lo que existe fuera de Dios ha surgido de su mano creadora todopoderosa. Nada hay que esté a su mismo nivel, pues nada hay que no sea criatura suya. Es su voluntad infinitamente libre la que ha querido que todo lo que está fuera de Él exista. Por lo tanto, el único ser que subsiste por sí mismo, sin el concurso de algo o alguien superior, que no necesita de nada ni de nadie más para mantenerse en la existencia, es Dios. Él está por encima de todo y todo se mantiene en la existencia por su suprema voluntad. Dios no es, como lo pretenden algunos, un ser que surge de la entelequia humana, que ha necesitado del pensamiento del hombre para existir, que por lo tanto no es real, sino ideal, creado por la inteligencia humana. El mismo hecho de que el hombre quiera obligar la existencia de Dios con criterios solamente intelectuales, podrá servir para concluir que la aceptación de la necesidad de la existencia de un ser superior que explique de alguna manera la existencia de todo lo demás, que no es Él, con lo que ello implica de orden, libertad y movimiento, es a la vez, aceptación de su misma existencia. Los ateos intelectuales darían, así, el mejor argumento para afirmar que hay un ser preexistente, absolutamente superior, suficiente en sí mismo y fuente de la existencia de todo. No existiría, entonces, la posibilidad de un ateísmo intelectual puro e incontaminado. A esto podemos añadir la inmensa condescendencia de Dios que no ha querido dejar al intelecto humano en la soledad de sus argumentos, sino que ha querido revelarse, dándose a conocer a los hombres, particularmente a quienes añoran tener un contacto de intimidad ya no solo de conocimiento racional, sino de afectos con aquel que han entendido que no puede ser solo un ente totalmente ascéptico pues es un ser existente con el cual se puede entrar en contacto personal y que, por ser infinito en todos sus atributos, lo es también en su amor por lo que ha salido de sus manos. Evidentemente, al ser la causa de todo lo que existe y un ser con el cual se puede entrar en relación afectiva, se le acepta como superior, como la causa de la propia existencia, ante el cual no se puede tener otra actitud que la reverencia, el amor y la obediencia. Pretender sustituirlo por otro u otros entraría en el terreno de lo absurdo. Él está en el primer lugar, por encima de todo lo que existe. Nada merecería la reverencia que le corresponde solo a Él.

En los momentos en que el hombre ha querido desmontar esta evidencia en sí misma ineludible, han surgido en la historia de la humanidad los momentos más oscuros. Los grandes imperios que conocemos en la historia universal han tenido sus debacles cuando el hombre ha querido desplazar a Dios del lugar preeminente que le corresponde por esencia. No es un lugar que se haya ganado en la disputa con algunos otros seres, sino que le corresponde por naturaleza. Se fuerza la barra cuando se pretende ir por rutas distintas a esta. La idolatría que ha pretendido sustituir a Dios lleva a la destrucción del mismo hombre. Lo hemos vivido y lo estamos viviendo. El hombre se encamina hacia el abismo cuando se oscurece en su propio caminar eliminando a quien es la Luz. Por eso tiene mucho sentido lo que afirma el profeta: "Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor. Será como cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia; habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita". No es una maldición que hace caer Dios sobre la humanidad, sino que se atrae el mismo hombre al pretender sustituir a Dios. Por el contrario, cuando el hombre mantiene su confianza en Dios y alimenta su añoranza de Él, su deseo de mantener un encuentro personal con Aquel que es la causa de su existencia, sus ansias de intercambiar con la fuente del amor, alcanza la bendición: "Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto". Éste alcanza la solidez que da solo el mantenerse unido al que es la fuente, la razón última de la existencia, quien da la savia vital que mantiene a tope todo lo que existe.

Esta unión con el Dios de la existencia tiene el efecto inmediato de desembocar en la unión con los hermanos. Es imposible que no haya este contacto pues al estar todos unidos a la misma fuente, al recibir todos la misma vida y el mismo amor, hace que todos tengan una absoluta cercanía que es coesencial a la propia existencia. No son islas que tienen conexión exclusivista con la fuente. Son todos parte de un mismo conglomerado que se mantiene unido a Él mientras mantenga la unión mutua. Por eso de alguna manera somos todos corresponsables unos de otros. Nadie, mucho menos los más necesitados, los humildes, los pobres, los sencillos, escapan de esta corresponsabilidad que se tiene. Ellos son colocados en las manos de los que más han sido favorecidos para que se hagan cargo. No hacerlo es demostración de su inconsciencia, pues quiere decir que confían más en sí mismos que en Dios, que es quien les ha procurado todos sus bienes y quien ha puesto esta responsabilidad en sus manos. El rico anónimo del Evangelio no se hizo cargo del pobre Lázaro, que estaba a las puertas de su mansión esperando su generosidad. Por ello, en la vida eterna obtuvo lo que en justicia le correspondía: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado". Ese rico confió solo en sí mismo -"Maldito quien confía en el hombre"-, y no confió en Dios, como Lázaro -"Bendito quien confía en el Señor"-. Se trata, por lo tanto, de asumir que por encima de todo está el Dios creador y providente, fuente de la vida y de los beneficios de todos, que distribuye sus bienes y los pone en nuestras manos para que seamos sus administradores y no nos creamos superiores a nadie. Solo Dios está por encima y todos simplemente somos sus criaturas, por lo tanto, somos todos hermanos y estamos responsabilizados unos de otros, viviendo en ese mismo amor que Dios derrama. Él pone su amor en nuestros corazones, y quiere que todos respondamos con ese mismo amor que nos da, y que nos amemos entre nosotros de la misma manera que Él nos ama.

jueves, 13 de febrero de 2020

Tu amor es para todos y me acerco a Ti para recibirlo

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En el corazón de cada cristiano debe haber dos convicciones profundas y sólidas, de las cuales nunca se debe dudar. La primera es la de que el amor de Dios es para todos los hombres. Sería muy pretencioso pensar que ese amor de Dios es solo para algunos, y más pretencioso aún, que es solo para mí o para los que presumamos de estar cerca de Él, despreciando con ello a todos los demás, a los que consideraríamos indignos de ser amados por Dios. La segunda, es que cada uno de nosotros debe acercarse a Dios para recibir ese amor. Aun cuando Dios derrama ese amor sobre todos, tenemos la obligación, para recibirlo, de ser humildes y reconocerlo como nuestro Dios y Señor, como nuestro Dueño, como Aquel que nos cubre con su providencia, que nos ha creado, que no nos ha echado a un lado a pesar de nuestro pecado, y que está siempre dispuesto al perdón y a la misericordia. Ese perdón es la expresión máxima del amor, pues es en el cual Dios derrama toda su clemencia y su ternura sobre sus hijos necesitados, débiles y llenos de fallas. Dios demuestra su amor en todas nuestras circunstancias, procurando siempre para nosotros nuestro bienestar mayor, siendo infinita y continuamente providente hacia nosotros, estando siempre a nuestro favor. Pero su amor de misericordia es el que descubre más claramente su corazón clemente y paciente con nosotros, pues "nadie tiene amor más grande que Aquel que da la vida por sus amigos". Es lo que ha hecho Jesús, siendo quien descubre con más claridad ese amor infinito y eterno de Dios que se traduce en el perdón. Jesús es el enviado del Padre que acepta la misión que éste le encomienda, siempre motivado por un amor del todo incomprensible, pues es hacia quienes lo han traicionado y ofendido. "Apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir. Mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros". Al hacerse hombre, Jesús asumió la tarea de que tuviéramos esas convicciones muy claras. El amor infinito de Dios es para todos, y nunca negará su amor a quien se acerca confiado y humilde a pedirlo, para ser aliviado, auxiliado y rescatado.

Por eso sorprende mucho el episodio que nos relata el encuentro de Jesús con la mujer sirofenicia que se acerca confiada a Jesús para pedir por la liberación de su hijita. "Una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró en seguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies. La mujer era pagana, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija". Esta mujer demuestra una confianza profunda en el poder de Jesús. Quizá ya había escuchado de las muchas maravillas que Él iba realizando por donde pasaba, y por eso se acerca a pedir el favor de Jesús. Lo hace, además, en una actitud de humildad extrema. "Se le echó a los pies", nos dice el Evangelio. No se atreve a pedir el favor sino casi oculta, en la posición de sierva. No está exigiendo, sino implorando con la mayor humildad. Jesús es sorprendentemente duro en su respuesta: "Deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos". Ella es pagana, es decir, no judía. Jesús da a entender que los judíos son los primeros que deben recibir el favor de Dios, y los paganos quedan excluidos de esas primicias. Son desplazados a un lugar secundario. Con esto Jesús se hace eco de una convicción que había en muchos judíos, que afirmaba que solo ellos eran los beneficiarios de la salvación que traía Dios a los hombres a través del Mesías. No obstante, si es sorprendente lo que dice Jesús, lo es más la respuesta que le da la mujer: "Señor, pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños". Ella, lo hemos dicho antes, no ha venido a Jesús a exigirle, sino a implorarle con la mayor humildad. Acepta el "maltrato" de Jesús y demuestra con esa humildad su confianza en que Dios no puede desatenderla y que es un Dios de poder y de amor para todos, incluso para aquellos que no pertenecen al pueblo judío. Ella sabe muy bien que ese amor de Dios no puede ser exclusivo para nadie. Esa firmeza y confianza de la mujer desmonta totalmente la "dureza" de Jesús y lo hace sacar el lado tierno y piadoso del amor divino: "Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija". En otra versión del Evangelio, Jesús no puede sino reconocer la fe de la mujer: "Oh mujer, grande es tu fe; sea hecho contigo como quieres". Hay quien afirma que Jesús actuó así de manera didáctica, para que quedara claro para todos que el amor de Dios trascendía las fronteras de Israel.

Recibir el amor de Dios, como hemos dicho, requiere que nos acerquemos humildes ante Él, como lo hizo la sirofenicia. Ciertamente el amor de Dios es para todos, pero Él quiere que nos hagamos buenos receptores de ese amor. Tiene las manos tendidas hacia nosotros continuamente. Mientras estemos unidos a Él sentiremos siempre su compañía, su alivio, su consuelo. No es que nos prometa que no tendremos problemas o dificultades, tristezas o dolores. Lo que nos promete es que, tomados de su mano, jamás sucumbiremos, pues seremos aliviados, fortalecidos y confortados por su amor. Pero, al contrario, también será cierto que si nos despegamos de sus manos y nos alejamos de Él, atraeremos a nuestra vida desgracias. La peor de todas, la ausencia de su amor y de su auxilio. No porque Él los retire, sino porque nosotros los rechazamos. Con ello, nos hacemos infinitamente débiles, pues nos faltará la fuerza de su gracia. Nos faltará el alivio y la fortaleza que Él nos promete. Si estando con Él tenemos resuelta nuestra debilidad -"Cuando soy débil, soy fuerte", nos dice San Pablo-, alejándonos de Él seremos los más débiles, como nos lo dice Él mismo: "Sin mí, no pueden hacer nada". Alejarnos de Jesús es nuestra mayor desgracia. Así lo experimentó el Rey Salomón, que había recibido de Dios las mayores bendiciones, cuando decidió alejarse de Él: "Por haberte portado así conmigo, siendo infiel al pacto y a los mandatos que te di, te voy a arrancar el reino de las manos para dárselo a un siervo tuyo. No lo haré mientras vivas, en consideración a tu padre David; se lo arrancaré de la mano a tu hijo. Y ni siquiera le arrancaré todo el reino; dejaré a tu hijo una tribu, en consideración a mi siervo David y a Jerusalén, mi ciudad elegida". El que había gozado de las mayores bendiciones, las perdió casi totalmente por haberse alejado de Dios. No permitamos que nos suceda lo mismo a nosotros. Seamos como la sirofenicia, no como Salomón. Vivamos convencidos en lo más íntimo de que Dios nos ama y estemos siempre unidos a Él para recibir todas las bendiciones que quiere derramar en nuestras vidas.