lunes, 21 de junio de 2021

Responder a Dios con amor por encima de todo

 No puedes sacar al otro la mota de su ojo con una viga en el tuyo - ReL

En las Sagradas Escrituras nos encontramos la historia de la salvación, lugar en el que Dios, como primer actor, aparece por supuesto como el primer protagonista. Es quien tiene la iniciativa de la creación, de alguna manera renunciando a su intimidad totalmente satisfactoria, no en un sentido narcisista, sino en una especie de necesidad a abrirse a un amor de donación para enriquecer a otros seres con ese gran tesoro oculto y misterioso que ocultaba. Podríamos afirmar que Dios, en un momento de ese infinito que le pertenece, decidió que fuera compartido por aquellos que existirían fuera de Él, de modo que en esa experiencia hubiera un compartir único y también satisfactorio para aquellos sobre los cuales derramaba su amor. Evidentemente, Dios no perdía nada de lo que poseía, sino que alimentaba su ser con las ansias de donación a la criatura. En esta historia de salvación, por esa voluntad libérrima y solo movida por el amor, aparece en segunda instancia, el otro protagonista de toda la historia, el hombre. También de alguna manera esencial, pues era la razón última de esa salida de Dios fuera de sí mismo. Ambos protagonistas tienen sus roles bien definidos. Dios, creador, providente, dispuesto a ayudar al hombre con la concesión de todos los beneficios necesarios, por un lado. Y por el otro, el hombre, consciente de ser solo receptor de beneficios, pues es incapaz de cederse a sí mismo lo que Dios le da. Nunca debe tener la pretensión de ser causa de sus propios beneficios, pues la fuente de todos ellos es Dios y su amor por Él. Evidentemente, en esa línea de donación el hombre no puede permanecer inerte y pasivo, pues el mismo hecho de ser receptor lo debe transformar inmediatamente en ser agradecido y en asumir una responsabilidad que viene concomitante con el don, respecto a los otros iguales que son colocados en sus manos por Dios como regalos para su ser. En general, la única  manera de que esta sociedad funcione es que cada uno asuma su rol. De parte de Dios nunca habrá problema, pues Él es inmutable y eternamente fiel en su amor. La dificultad se presenta cuando es el hombre el que tiene su turno. A este se le presentarán siempre las dos opciones: la de ser fiel o la de buscar su autonomía dejando que el egoísmo lo exacerbe. Es parte de la esencia de la historia de la salvación. Y esta es la razón última del progresivo involucramiento de Dios, que busca que esa serenidad de la historia sea recuperada siempre.

Así nos encontramos con sorprendentes personajes que, en el extremo de la búsqueda de la fidelidad a Dios y a su amor, ponen toda su vida, su voluntad, su entendimiento, en las manos de quien han descubierto que solo quiere su bien, por lo cual asumen que desplazarse hacia otro lugar es un absurdo. El caso más claro de esto es Abraham, quien era un trashumante que había tenido en alguna ocasión había tenido experiencias con un Dios que prácticamente era desconocido, pero de quien percibía era bondad y amor. La invitación que le hace Dios es inusitada. Elegido para ser padre de naciones, con las grandes promesas de bendiciones extraordinarias, pues le promete conducirlo a tierras benditas que pondrá en sus manos y enriquecerlo con grandes bienes: "En aquellos días, el Señor dijo a Abrán: 'Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo'. Abrán marchó, como le había dicho el Señor, y con él marchó Lot. Abrán tenía setenta y cinco años cuando salió de Harán. Abrán llevó consigo a Saray, su mujer, a Lot, su sobrino, todo lo que había adquirido y todos los esclavos que había ganado en Harán. Salieron en dirección de Canaán y llegaron a la tierra de Canaán. Abrán atravesó el país hasta la región de Siquén, hasta la encina de Moré. En aquel tiempo habitaban allí los cananeos. El Señor se apareció a Abrán y le dijo: 'A tu descendencia le daré esta tierra'. Él construyó allí un altar en honor del Señor, que se le había aparecido. Desde allí continuó hacia las montañas al este de Betel, y plantó allí su tienda, con Betel a poniente y Ay a levante; construyó allí un altar al Señor e invocó el nombre del Señor. Abrán se trasladó por etapas al Negueb". Ha sido un abandono extraordinario, pues colocaba todo su bienestar, su futuro, sus bienes, en las manos de prácticamente un desconocido. Su respuesta fue fantástica, pues la prenda de esa promesa era simplemente una voz que le hablaba desde el cielo.

Es necesario buscar una razón lógica a esta respuesta. Nuestra acuciosidad y nuestra curiosidad de seres limitados, necesita sustentar esta respuesta en una razón que le dé lógica, para poder tenerla como emblema para nuestra propia conducta ante las peticiones que nos pueda hacer Dios, que seguramente irán siempre en la misma línea. Dios nunca suele pedirnos cosas distintas, pues sabe perfectamente hasta dónde podemos llegar. Su delicadeza es extrema. Y por eso también al comprendernos, nunca pondrá a alguien una exigencia mayor de la natural. Serán siempre demostraciones de su amor por nosotros. A la par que pone la exigencia, nos abre la perspectiva de la solución, pues al sabernos limitados está muy consciente que con frecuencia nos sentiremos desventajados para lograrlo, y por ello se ofrecerá siempre como el primer apoyo. De este modo, entendemos que en su deseo de nuestro mejoramiento, nos pondrá a la vista su exigencia de avanzar en la asunción de los compromisos. No lo debemos entender como una imposición tiránica en la que Él quiera demostrar su dominio o su poder sobre nosotros. Al contrario, movido por su amor, es una nueva manifestación de él, pues sabe muy bien que avanzando en ese camino de exigencia y de abandono en su voluntad está nuestra felicidad, tal como lo comprendió Abraham, y por ello llegó con alegría a disfrutar de todos los beneficios que se le habían prometido: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'No juzguen y no los juzgarán; porque los van a juzgar como juzguen ustedes, y la medida que usen, la usarán con ustedes. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: 'Déjame que te saque la mota del ojo', teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano". La meta es la perfección. Y es la perfección convivida con los hermanos, a los cuales siempre debemos considerar superiores a nosotros. Es la clave de la serenidad personal, y la de poder adelantar cada vez más hacia nuestra meta final. Así como Abraham, y otros grandes personajes de esta sagrada historia de la salvación, fueron capaces de entenderlo, así mismo lo somos cada uno de nosotros. Ellos entendieron que esa era el camino hacia la meta. Y ese es nuestro mismo camino.

domingo, 20 de junio de 2021

Nuestra vida es la barca en la que Jesús calma las tormentas

 Parroquia de la Asunción de Ntra. Sra. Albaida - UNA FE EN PAÑALES Escrito  en 28 Enero 2017. Evangelio según san Marcos (4,35-41) Aquel día, al  atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «

Con mucha frecuencia los hombres nos encontramos en situaciones límite que ponen a prueba nuestra solidez y nuestra confianza en nosotros mismos. Son situaciones en las que resaltan nuestra fragilidad y nuestra debilidad de criaturas, pues aunque hemos sido creados desde el amor todopoderoso de Dios, no dejamos, ni dejaremos nunca, de ser criaturas surgidas de una mano que nos quiere suyos siempre, y que por lo tanto, ha dejado impreso en nuestro ser la necesidad de su amor y de la confianza en Él. Si hubiera puesto en nosotros capacidades superiores a las que ya poseemos, seguramente nuestra natural inclinación al egoísmo, hubiera ya desechado esa unión necesaria con el Creador. Ha sido ya una tentación cumplida en la humanidad, pues asistimos al ensoberbecimiento humano que ha llegado a creerse superior a lo que realmente es, y ha pretendido echar de su vida al Dios del amor, viviendo una vida aparentemente mejor, en la tranquilidad ilusa de la falta de necesidad de referencia a lo trascendente. La vida del hombre se convierte así en una carrera de autosatisfacción vanidosa, en la que los demás, lejos de ser hermanos, como lo son por la naturaleza social con la cual hemos sido creados, son competidores que hay que ir eliminando y dejando tirados en el camino. Se exacerba el egoísmo y se piensa que la vida está solo en las propias manos, por lo cual se hace innecesario otro apoyo. A esta tentación puede llegar a sucumbir incluso el que busca la fidelidad en Dios como su norte, pero que a fuerza de dolores y decepciones no recibe sino solo agravios. Es la sensación de soledad y abandono del favor de Dios lo que en esos momentos prevalece. Le sucedió al fiel Job, azotado por la tragedia, por lo cual Dios le tiende la mano tratando de convencerlo de que incluso en aquello trágico que Él permite que suceda, su favor no ha sido desplazado y que por encima de todo debe mantener su unión a su amor y su confianza radical, pues esa fidelidad al final tendrá su premio: "El Señor habló a Job desde la tormenta: '¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando escapaba impetuoso de su seno, cuando le puse nubes por mantillas y nubes tormentosas por pañales, cuando le establecí un límite poniendo puertas y cerrojos, y le dije: 'Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas?'". Esa ternura y la demostración de su amor es lo que debe surgir triunfante. Dios no quiere el mal del hombre, sino todo lo contrario. Y por ello, a su criatura le permite vivir su indigencia para que caiga en la cuenta de que solo unido a Él podrá encontrar la solidez añorada.

Quien asume esa parte esencial de la vida y la experiencia de la fe, llega a un punto en el que no hay más allá, sino solo abandono. En medio de su vida cotidiana todo quedará coloreado con el color del amor y de la confianza. Ciertamente es un camino de solidez, de madurez y de confianza, que necesitamos recorrer para llegar a esa novedad que nos plantea la exigencia del amor. La novedad absoluta de lo que implica ser cristiano tiene en esto un signo que lo debe evidenciar. Somos hombres nuevos, que deben vivir en la superación continua de una realidad que no puede quedarse en los mínimos. Esta madurez es un trabajo arduo que debe ser realizado sin descanso. Es difícil el camino, pues implica renunciar a las propias seguridades en las que nos podemos sentir tan cómodos. Para muchos es preferible contentarse con pisar firme donde están, que salir de la zona de confort en la que se han ubicado, pues así se evitan problemas y confrontaciones con el mundo y con los hermanos. Pero, al haber sido convocados a más, no podemos dar espacio libre al conformismo y a la pasividad, pues no hemos sido llamados a eso. En medio de incertidumbres y de inestabilidades, nuestra convicción debe apuntar a que estamos llamados a algo más y mejor. Somos los hombres nuevos del amor, y tenemos en Jesús la capacidad de deslastrarnos de lo ordinario, apuntando a lo máximo: "Hermanos: Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así. Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo". Y lo nuevo es hermoso, atractivo, totalmente compensador. Por ello, vale la pena dar los pasos necesarios para llegar a esa plenitud.

En esa línea está la oferta de Jesús. La llamada es acuciante, pues es para que avancemos continuamente en esa ruta de abandono en su amor y no nos detengamos. Él nos lanza al mundo, confiando inmensamente en sus salvados. Es la gracia que nos demuestra cuando coloca en nuestras manos esa responsabilidad. Es el mundo entero y cada hermano el que nos ha colocado como tarea. Ese mundo y esos hermanos son regalos de su amor puestos en nuestras manos. Son demostraciones de su amor y de su confianza infinitas por nosotros. No podemos hacernos los ignorantes ante tamaño favor. La criatura responsabilizada de lo creado. Pero Jesús lo hace buscando hacernos entender que necesitamos asumir que esa obra no será lograda en el ejercicio de una especie de poder sobrehumano que nos haya sido donado, sino en nuestra condición de indigencia, pues jamás dejaremos de ser simples criaturas que existen gracias a su gesto de amor. Esa referencia nunca debe faltar, pues es esencial para lograr avanzar. El episodio del mar calmado después de la tormenta es emblemático de esto. El mar embravecido es el mundo malo que se revelará a las insinuaciones amorosas del Señor. No comprende ese mundo que el único objetivo de Dios al permitir avatares, dolores, sufrimientos, no tiene nada que ver con movimientos de mal, pues jamás tienen como objetivo ese. Dios nunca actuará así, sino que apunta a que el hombre pruebe la necesidad que tiene de Dios y de su amor para subsistir. La aparente ausencia de bien no es tal, sino que es la ocasión para poder elevar la mirada y descubrir la altura a la que se nos llama. Por ello, aunque aparentemente duerma, Jesús está presto para alzar su mano en defensa de los suyos: "Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: 'Vamos a la otra orilla'. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre su cabezal. Lo despertaron, diciéndole: 'Maestro, ¿no te importa que perezcamos?' Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: '¡Silencio, enmudece!' El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: '¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?' Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: '¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen!'". Es la barca de nuestra vida. En ella va Jesús fortaleciéndonos y calmando lo que nosotros no podemos calmar. Es, en signo teológico, la barca de la Iglesia que también sufre en el mundo y lucha contra muchas tempestades. Pero es también nuestra vida la que lucha por bogar hasta el mar en calma que es el amor infinito de Dios y al que queremos llegar para vivir eternamente felices. Necesitamos la fe para lograrlo. Y Jesús nos tiende la mano para que la tengamos y nos abandonemos en ella.

sábado, 19 de junio de 2021

Nunca habrá en Jesús la exclusión de nadie al amor y a la salvación

 la semilla de cada dia: Aprendamos a mirar con una mirada nueva y limpia a  los demás igual que Jesús supo contar con el publicano Mateo para hacerlo  su apóstol y evangelista

Las elecciones de Jesús son totalizantes. No deja nada al acaso, sino que mira ya al final de la meta, pues su objetivo no es simplemente ganar adeptos a su causa de amor, sino la incorporación a ese ejército de personas que asuman el compromiso de la respuesta positiva que den. Es un gesto de confianza y de amor extremo por esos elegidos, pues de alguna manera indica que los incorpora a su obra de amor, que es la procura de la salvación de la humanidad entera, a la cual apunta desde el origen de la raza humana, y que lleva adelante con su misión de entrega en el sacrificio extremo de su abandono a la muerte en manos de aquellos que viene a salvar. No hay manera de deslastrarse de esta verdad contundente, pues su actuación concuerda con toda la que Dios ha demostrado desde el inicio de la historia. No es posible que en algún momento de esa historia, el ánimo del Salvador transmute a otro distinto. No actúa Dios jamás así, pues su amor es inmutable, como es su misma esencia. Por ello vemos a Dios siempre actuando en consecuencia con el mismo amor, sin cambiar un ápice el sentido de su conducta. Es de tal manera inmutable, que las continuas bendiciones caerán siempre como cascada sobre sus elegidos, pues Él se ha comprometido a que así sea. La vida de los fieles al Señor será una vida que tendrá siempre bendiciones evidentes, por encima de las exigencias que pueda tener. Quien se ha decidido a estar con Dios será un continuo receptor de bendiciones. La vida de Abraham es una muestra de ello. Lo vemos colmado de las bendiciones de Dios por haber sido fiel. Incluso ya al final de sus días lo vemos en continua recepción de bondades y de bendiciones, ya no para sí, sino incluso para su familia. Al morir su esposa, su heredero inaugura el camino nuevo de cumplimiento de esas promesas de generaciones que serán sus hijos, iniciando el caminar solidario del pueblo que se sabe lleno de bendiciones. Ya no es una cuestión particular, sino que afectará la historia de la humanidad. El matrimonio de Isaac asegura que la bendición es para la humanidad entera, por lo cual en el cumplimiento de la promesa estamos todos incluidos. Se convierte en algo familiar, por lo cual esa familia entera se convierte en bendición para el mundo entero.

Isaac, consciente de ser objeto de tales bendiciones, demuestra ser hijo de buen padre y de buena madre, y se acerca confiado al amor de Dios, abandonando su suerte en sus manos, y recibe así nuevas bendiciones. Lo toma incluso casi de manera natural, pues ya ha tenido manifestaciones previas de esa preferencia, ya que se sabe convocado a ser, por Abraham, padre de naciones: "Isaac había vuelto del pozo de Lajay Roi. Por entonces habitaba en la región del Negueb. Una tarde, salió a pasear por el campo y, alzando la vista, vio acercarse unos camellos. También Rebeca alzó la vista y, al ver a Isaac, bajó del camello. Ella dijo al criado: '¿Quién es aquel hombre que viene por el campo en dirección a nosotros?' Respondió el criado: 'Es mi amo'. Entonces ella tomó el velo y se cubrió. El criado le contó a Isaac todo lo que había hecho. Isaac la condujo a la tienda de su madre Sara, la tomó por esposa y con su amor se consoló de la muerte de su madre". Recibe el consuelo por el luto de su madre y la inminente partida de su padre, en atención a la tarea que le correspondía como el elegido del Señor para llevar adelante su papel de ser germen de la Iglesia, el instrumento que fundará Jesús para llevar su salvación a toda la humanidad y que está representado en ese pequeño grupo incipiente que surgía para el futuro de todos. Su papel está claro. Asumir sobre sus espaldas el inaugurar ese camino glorioso que recorrerá toda la humanidad llevada de su mano. Reconoce su misión y su papel en esta tarea que marcará indeleblemente la historia del mundo y que no cambiará nunca, pues está detrás el Dios fiel que lo ha elegido.

En esta convocatoria estamos incluidos todos. El hecho que en el caso de Abraham y su familia haya unos personajes concretos, de ninguna manera se debe entender como exclusividad. La llamada es global. Para todos y cada uno de los hombres. Y de alguna manera, entendemos que será preferencial para aquellos que necesitan más conversión. Cristo no necesita llamar a los ya conversos. Esos ya están ganados a la causa de salvación propia, de los hermanos y del mundo. No necesitan de médico los sanos sino los enfermos. Es la insistencia del Papa Francisco cuando nos hablas de la Iglesia en salida. Los que están ya en la serenidad por la correcta decisión de entrega al amor, ya tienen el camino avanzado. A los que hay que convocar es a los que dudan, a los que no terminan de dar el paso adelante, quizás por temor a sí mismos y a sus capacidades, a los dolores y sufrimientos que han tenido, a las persecuciones y burlas de los otros, o simplemente por indiferencia o ignorancia, o por una maldad expresa que les cierra la mirada a una realidad distinta y superior. En el encuentro de San Mateo con Jesús queda demostrado que Jesús está dispuesto a llegar al tuétano de la cuestión. Incluso enfrentando lo que los tradicionalistas defendían, la llamada a Mateo es una provocación para todos. Mateo era un pecador público. Un lacayo del Imperio romano invasor y tiránico. Todo judío que se pusiera al servicio de él, era un traidor y como tal debía ser tratado. Por eso no era lógica la conducta de Jesús ante un personaje tan deleznable a la vista de un buen judío. Lo correcto era el rechazo y la execración. No la cercanía. Jesús se coloca por encima de estos criterios, pues lo único que lo mueve es el amor: "En aquel tiempo, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: 'Sígueme'. Él se levantó y lo siguió. Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: '¿Cómo es que su maestro come con publicanos y pecadores?' Jesús lo oyó y dijo: 'No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Vayan, aprendan lo que significa 'Misericordia quiero y no sacrificio': que no he venido a llamar a justos, sino a pecadores". Jesús tiene muy claro lo que lo mueve y lo que lo ha movido desde que asumió su misión de rescate. No es el rechazo a nadie, sino la llamada a todos por amor. Y nada lo distraerá de eso. Ni siquiera una tradición que lo llamaba al rechazo y a la exclusión. No es ese su papel y nunca buscará ejercerlo así. Su motor es el amor, la inclusión, la llamada amorosa a todos. Y es la llamaba que nos hace a cada uno, sin dejar uno solo de nosotros por fuera. Nos quiere a todos con Él. Y en eso se la irá la vida.

viernes, 18 de junio de 2021

La plenitud es segura. Es el regalo amoroso de Dios

 Buscad primero el Reino de Dios

La lógica del amor y de la fe supera con mucho a la lógica simplemente humana. Para nosotros es especialmente importante tratar de cuadrar todas las cosas en explicaciones razonables que nos dejen satisfechos, con una conciencia de claridad y de tranquilidad, pues de lo contrario siempre estaremos caminando inseguros, con la sensación de que no estamos pisando en firme, y por lo tanto, con la intranquilidad de un posible desequilibrio que nos crea desasosiego. En cierto modo, es esto lo que nos motiva a mejorar y a procurar que nuestro mundo y nuestros hermanos mejoren, pues hemos sido creados para la felicidad y para procurar la felicidad de los demás. Es nuestra tarea y no podemos renunciar a ella. Dios nos ha hecho responsables de ello, y en procurarlo se nos debe ir la vida. Junto a esto, es necesario que tomemos la trascendencia de nuestras acciones, pues al ser llamados a la eternidad, este progreso no se puede detener cuando aparezcan los obstáculos que seguramente nos encontraremos en el camino. Los primeros serán los que ponemos nosotros mismos, al considerarnos incapaces de llevar adelante semejante tarea. Sin embargo, esto, más que escollos en el camino son la verdadera oportunidad que nos pone el Señor para que asumamos que esa lógica, la del amor y de la fe, supera nuestra simple expectativa humana que, al ser limitada, porque lo somos naturalmente, nos llama a precisar nuestra mirada más allá de lo natural. Nuestra condición de seres complejos, que se mueven ante su propia naturaleza regalada por el amor al haber surgido del amor infinito de Dios, y la de nuestra trascendencia que nos tira hacia la eternidad divina, en el regalo de la participación de la naturaleza divina que nos enriquece extraordinariamente de parte del amor de Dios, debemos aplicar la sabiduría que se nos ha regalado. Por ello, debemos apuntar siempre hacia arriba, sin quedarnos varados en la realidad tangible de nuestra vida ordinaria. Teniéndola en cuenta, pues es la parte natural que nos toca asumir, debemos hacernos dóciles a las inspiraciones divinas que nos llaman a no quedarnos en lo horizontal, sino a apuntar a lo que permanecerá eternamente. Es la docilidad necesaria para poder asumir correctamente el ser también cada uno elevado a la lógica de Dios.

Lo primero que debemos asumir es nuestra propia debilidad. No somos súper hombres. El mundo de los súper héroes es un mundo de fantasía que nos hemos forjado para vivir en el espejismo de lo que por nosotros mismos somos incapaces de lograr. Es el ideal del hombre: llegar al punto en el que nada nos podrá vencer, que nada nos puede dañar, que somos inmunes a cualquier ataque o persecución, que somos poderosos ante cualquier dolor o sufrimiento. Es el ideal de la incolumidad, en el que somos inmunes a todo, pero que lamentablemente no es el mundo real. Ese mundo es muy distinto a este que nos podemos forjar. El mundo real, aun cuando tiene hermosas compensaciones, es en ocasiones un mundo cruel e inhumano. Muchas veces por responsabilidad de lo que nosotros mismos hacemos, pero frecuentemente más por lo que otros cargan sobre nuestras vidas. Todo esto nos dice que nuestra condición pasajera marca la pauta con nuestra debilidad: "Hermanos: ¿Hay que gloriarse?: sé que no está bien, pero paso a las visiones y revelaciones del Señor. Yo sé de un hombre en Cristo que hace catorce años - si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe - fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé que ese hombre - si en el cuerpo o sin el cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe - fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables, que un hombre no es capaz de repetir. De alguien así podría gloriarme; pero, por lo que a mí respecta, sólo me gloriaré de mis debilidades. Aunque, si quisiera gloriarme, no me comportaría como un necio, diría la pura verdad; pero lo dejo, para que nadie me considere superior a lo que ve u oye de mí. Por la grandeza de las revelaciones, y para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría. Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido: 'Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad'. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte". Esta es la clave del sosiego. Lejos de lo que podemos imaginarnos, en la añoranza del ser poderosos para poder vencer en todo por la propia virtud, la experiencia espiritual del encuentro con el amor y la fe, nos da esa sensación de seguridad, pues nos ponemos en las manos del realmente poderoso y el que nos enriquece con su fuerza y la ilusión de ser de Él. Incluso las sublimes experiencias espirituales que podamos vivir, que el amor de Dios nos pueda regalar en su inmenso amor por nosotros, deben desencajarnos de nuestra experiencia vital ordinaria, pues en todo caso serán siempre dádivas de su amor, sobre las cuales nunca podremos tener el control. Hay que asumirlas como lo que son, es decir, como dones extraordinarios que nos son regalados misteriosamente.

Lo propio del hombre de fe, el que ha sido arrebatado por el amor infinito, es saber reconocer estos dones, no para engreírse, sino para vivir agradecido por ellos. Nuestra parte humana, necesariamente limitada, puede llegar a ser incapaz de reconocer este efecto de la gracia, y pretender atribuirse el mérito. Es una tentación natural. Llegar a creer que ha sido el esfuerzo personal el que ha logrado llegar a esa altura. El hombre de fe debe saber discernir bien el origen de la gracia. Y éste está en el deseo divino de superación que ha puesto en su criatura, en el cual el hombre, sin duda, tiene participación, pero cuya causa final es la capacidad que el mismo Dios coloca en el espíritu acucioso y fiel que busca ser solo de Él. Por eso Jesús insiste en la necesidad de discernimiento correcto que se debe tener en el acento exacto. Es desplazar todo lo que pueda estorbar en el camino hacia la conciencia de esa plenitud a la que estamos convocados. Y en sustraer de ese caminar todo lo que pueda ser incómodo para avanzar en el camino. El tesoro que se debe perseguir es el más valioso. Y nunca lo encontraremos por nosotros mismos, aunque tengamos el derecho de hacer nuestra parte. La condición es la de que sepamos descubrir la verdadera riqueza del abandono en Dios, en su amor y en su providencia augusta en favor de nosotros. La torpeza puede darse cuando no damos instancia a lo que nos propone Jesús, sabiendo que será siempre mucho mejor que lo que nosotros mismos podamos proponernos: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No pueden servir a Dios y al dinero. Por eso les digo: No estén agobiados por su vida pensando qué van a comer, ni por su cuerpo pensando con qué se van a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Miren los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, su Padre celestial los alimenta. ¿No valen ustedes más que ellos? ¿Quién de ustedes, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué se agobian por el vestido? Fíjense cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y les digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? No anden agobiados, pensando qué van a comer, o qué van a beber, o con qué se van a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se les dará por añadidura. Por tanto, no se agobien por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia". Nuestra vida está en las manos de Dios. Y es maravilloso cuando lo hacemos más consciente y experiencial, pues entramos en el sosiego mayor que es el del amor de Dios. Es nuestro tesoro. Al que tenemos derecho, pues es el regalo amoroso de nuestro Dios. Nunca tengamos la tentación de desaprovecharlo.

San Pedro y San Pablo, pilares sólidos de la Iglesia

 Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» , XXI Domingo del Tiempo Ordinario  (Ciclo A) – Parroquia San Miguel

Contemplar nuestra historia de salvación, desde el principio, constatando cómo Dios mismo se convierte en el artista más delicado y amoroso con su obra, nos hace confirmarnos en que todo lo que va bellamente escribiendo el Creador solo busca un objetivo: cortejar al hombre, la criatura por la que se embarcó en esta aventura creadora, a la que ha hecho existir solo por su amor de expansión, en la búsqueda de que fuera solo suyo y poder derramar sobre él todo el bienestar y la felicidad que cupiera, que será siempre mucho más de lo inimaginable, pues proviene de la fuente inagotable de vida y de gozo que es Él mismo. En Dios no se pueden buscar nunca remilgos. Jamás encontraremos un arrepentimiento de haber sido el más generoso. Incluso cuando pudo haber pensado, con dolor, que el hombre en algún momento debía desaparecer por su infidelidad y su traición al amor, a pesar de las innumerables muestras del favor de Dios, o por sí mismo, o por aquellos que intercedía en favor de sus hermanos, cambiaba de parecer y daba paso a su misericordia y a su perdón. Siempre da una nueva oportunidad para el arrepentimiento y la conversión. Es este el primer paso para la serenidad de espíritu en el hombre. No hay como estar seguros de que existe un Dios que ama profundamente, que está siempre dispuesto al perdón, para Él no hay otro valor que el de la vida feliz de su criatura. En efecto, en esa historia de amor que Dios está siempre empeñado a escribir, nos encontramos con  personajes que han tenido una luminosidad clarísima al respecto. Y por haberlo asumido con la radicalidad y pureza de espíritu requerida, no solo estuvieron convencidos de ello, sino que lo vivieron en grado extremo. San Pedro es el primero de ellos, experimentando las maravillas del poder de Dios sobre él: "Las cadenas se le cayeron de las manos, y el ángel añadió: 'Ponte el cinturón y las sandalias'. Así lo hizo, y el ángel le dijo: 'Envuélvete en el manto y sígueme'. Salió y lo seguía, sin acabar de creerse que era realidad lo que hacía el ángel, pues se figuraba que estaba viendo una visión. Después de atravesar la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la ciudad, que se abrió solo ante ellos. Salieron y anduvieron una calle y de pronto se marchó el ángel. Pedro volvió en sí y dijo: 'Ahora sé realmente que el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo de los judíos'". Esta experiencia mística de liberación de Pedro de las cadenas que lo ataban, fue la prueba fehaciente de que su entrega, su disposición al sacrificio, su deseo de fidelidad intachable al Dios que lo había elegido, estaba por encima de todo para sentir el gozo de su compañía. No fueron suficientes los contratiempos con los que se topaba. Esos estaban allí, y seguirían siempre allí. El mérito, en todo caso era el de fidelidad. Solo al Señor había que dar la gloria.

En la misma línea destaca el otro gran apóstol de aquella Iglesia que nacía. En este sentido sus vidas son casi un calco una de la otra. La fidelidad extrema con la que asumió San Pablo su conversión en el Camino de Damasco representó para él una de las experiencias de transformación más dramáticas de la historia de la salvación. De perseguidor obcecado a los pertenecientes a la nueva 'secta' de los cristianos, arrestándolos para facilitar incluso su muerte. El Señor tenía la mira muy buen puesta sobre él. A Pedro lo había elegido para anunciar la salvación a los seguidores provenientes del judaísmo. A Pablo lo elige para asignarle una tarea mucho más amplia: el anuncio del amor de Jesús que se derramaba sobre todo aquel que viniera de la gentilidad, no del judaísmo, lo que ampliaba inmensamente el abanico de la salvación. Consciente de que esa tarea era ingente, la asume, atendiendo a su vez con todas las consecuencias. Este nuevo camino representaba el abandono de una vida anterior que lo llamaba a cosas muy distintas. Era una novedad absoluta en la que se sumía, llamado no a hacerse la ilusión de que las cosas materialmente fueran mejor. Le esperaban en el camino sufrimientos, dolores, persecuciones, azotes, burlas, e incluso la muerte. Y él lo sabía. Pero en atención a su elección, lo asumía con gravedad, e incluso con alegría, pues sabía que ese era el camino de su propia plenitud y la de los hermanos a los que era enviado. Eso bastaba: "Querido hermano: Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación. Mas el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará llevándome a su reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén". Ciertamente, es enternecedora esta conciencia serena y pacífica que ha adquirido, solo motivada por su amor a Dios y a los hermanos a los que ha entregado toda su vida. De nuevo, se constata esta conciencia apostólica de postergarse a sí mismo, con tal de que brille siempre el amor de Dios. Era la seguridad de ellos, y no requerían nada más.

En ambos apóstoles, los personajes descollantes de la historia de la Iglesia que nacía, nos encontramos el modelo ideal que debemos asumir todos los cristianos. Seguramente nunca llegaremos a este grado supremo de convicción y de entrega. Pero no por ello debemos dejar de pugnar por avanzar en ese camino. No podemos pensar que por hacerlo obtendremos algún beneficio personal o egoísta. Quizás sea más bien lo contrario. En el camino de la fidelidad los escollos están allí. Los que cambiamos somos nosotros. No es el mundo el que cambiará en su empeño por oponernos a Dios. El nuestro debe seguir siendo el de convertir a ese mundo para que mire más a Dios, para que valore lo que Dios ha hecho, para que se entregue también a ese amor misericordioso y poderoso del Señor. Esa debe ser nuestra tarea, en el entendido que hemos comprendido el requerimiento del amor, y que lo hemos puesto por encima de nuestra propia vida, pues es mucho más valioso de lo que poseemos. Al elegir a Pedro como el jefe del grupo de los apóstoles, y consecuentemente, de la Iglesia que está fundando como instrumento de salvación para todos los hombres, está poniendo a un hombre débil, pescador, pudiéramos decir ignorante de las cosas de la fe, pero que fue capaz de identificar la esencia pura del Hijo de Dios, el esperado de las naciones, por el cual suspiró toda su historia el pueblo de Israel, el elegido, por lo cual en esa convicción profunda Jesús se 'arriesgó'. Miró más al hombre de fe, que había sucumbido ante la verdad más luminosa de la historia, para encargarlo de la tarea más majestuosa: la salvación del hombre y del mundo: "En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: '¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?' Ellos contestaron: 'Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas'. Él les preguntó: 'Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?' Simón Pedro tomó la palabra y dijo: 'Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo'. Jesús le respondió: '¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos'". Su elección sobre Pedro, refrendada en este momento de gloria eclesial, y el envío de Pablo a los gentiles, inauguran el nuevo orden establecido por Jesús para la Iglesia. El ejemplo de entrega de ambos, son el modelo de entrega para todos los cristianos. Es el mismo caminar que debemos asumir. Ese nuevo orden nos dice que ya no somos los mismos. Que somos hombres nuevos en las manos de Dios. Es ese el mejor lugar en el que nos podemos colocar, pues en ningún otro podremos encontrar nuestro alivio, nuestro sosiego, nuestro descanso. Debe ser nuestro futuro, pues es el regalo de amor que nos tiene reservado nuestro Dios de amor para toda la eternidad.

jueves, 17 de junio de 2021

El tesoro de amor de Dios es eterno y nos abre el cielo

 Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni ladrones - ReL

Una de las realidades que los discípulos de Jesús jamás podremos dejar de lado es la de nuestra condición humana que da marco a todas nuestras actuaciones. Somos seres indigentes, cuya existencia está esencialmente marcada por nuestro origen divino, que se basa en el amor infinito de quien en un momento de su historia eterna, decidió que todo lo que no fuera Él existiera. Sabemos que fue una decisión absolutamente libérrima, en la que Dios "hipotecó" su propia libertad, pues desde ese momento, solo movido por la necesidad de su amor, se lanzó a esa aventura maravillosa de la creación, que lo ató eternamente a su criatura. Dios asumió su compromiso con toda la carga de amor, de paternidad, de providencia. Y nos dejó nuestra naturaleza como marca de origen. Por ello, a su imagen y semejanza, nos llenó de sus propias cualidades: nos dio la libertad, nos dio la inteligencia y la voluntad, nos dio la capacidad de amar, nos regaló a los hermanos para que diéramos muestras de nuestro ser fraternos en la solidaridad. A nada de eso podemos nunca renunciar pues está en nuestra genética original. Y en esa variedad riquísima con la que nos ha creado, debemos saber descubrir que nada de eso puede convertirse en pobreza, pues al haber surgido de la voluntad creadora del Señor, será siempre bueno, pues Dios nunca quiere que exista nada que no se convierta en un tesoro en la vida de los hombres. Es imposible que el Señor que nos ha creado desde su amor y para el amor, permita que no haya una sola realidad que no sea una riqueza. Por ello, nos encontramos en la vida ordinaria con ese abanico de conductas, de conocimientos, de vivencias, que a veces consideramos invasivas a nuestras maneras de ser, pero que con un discernimiento más profundo, podemos llegar a descubrir que, por su presencia, la vida se presenta más bella y más atractiva. La variedad es, sin duda alguna, una manera de enriquecer la vida de todos.

Es tan sorprendente esto, que nos quedamos asombrados ante las reacciones que incluso los seguidores más fieles del Señor pueden tener ante el ministerio que les ha tocado llevar adelante. El apóstol San Pablo nos sale luminoso al encuentro, dirigiéndose a su amada comunidad de los Corintos, ante los cuales se siente tan responsable, tan pastor, tan padre, y en un gesto de confianza extrema con ellos, desnuda completamente su espíritu y da rienda suelta a "chiquilladas" apostólicas. No tiene ningún problema en presentarse como es, pues se considera totalmente libre. Sabe bien que el ocultamiento no es el mejor camino. Habiendo cumplido fielmente con su tarea, anunciando la verdad de Jesús y de su salvación, habiendo conquistado sus corazones para el amor, impulsándolos a la vida fraterna en el Espíritu de Dios, asumió el derecho que tenía para poner sobreaviso acerca de los posibles caminos equivocados que la comunidad pudiera recorrer. Por ello, sin ningún ambage, se trasparenta completamente: "Hermanos: Puesto que muchos se glorían de títulos humanos, también yo voy a gloriarme. A lo que alguien se atreva - lo digo disparatando -, también me atrevo yo. ¿Que son hebreos? También yo; ¿Que son israelitas? También yo. ¿Que son descendientes de Abrahán? También yo. ¿Que son siervos de Cristo? Voy a decir un disparate: mucho más yo. Más en fatigas, más en cárceles, muchísimo más en palizas y, frecuentemente, en peligros de muerte. De los judíos he recibido cinco veces los cuarenta azotes menos uno; tres veces he sido azotado con varas, una vez he sido lapidado, tres veces he naufragado y pasé una noche y un día en alta mar. Cuántos viajes a pie, con peligros de ríos, peligros de bandoleros, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos, trabajo y agobio, sin dormir muchas veces, con hambre y sed, a menudo sin comer, con frío y sin ropa. ¿Quién enferma sin que yo enferme?; ¿Quién tropieza sin que yo me encienda? Si hay que gloriarse, me gloriaré de lo que muestra mi debilidad". No es jactancia lo que demuestra. Es la realidad de lo que le ha costado su obra misionera. Más aún, se cuida mucho de darse a sí mismo el mérito, pues reconoce claramente que la gloria es de Dios, que ha sabido sostenerlo en su debilidad. Aun cuando él se ha puesto en la total disponibilidad para el servicio del Evangelio, sabe muy bien que todo lo que ha logrado hubiera sido imposible si no hubiera recibido la gracia, la fuerza, la inspiración del Espíritu que lo había ungido. Esa es la clave de su orgullo: nunca atribuirse la gloria a sí mismo, sino a Dios. Su único mérito estaba en dejarse conducir.

De este modo, se entiende el remate que coloca Jesús a los seguidores. Debemos colocar el corazón en lo que no perece. Equivocamos el camino cuando lo ponemos en lo que pasa, en lo que desaparece. Un auténtico discípulo de Cristo no puede pretender que su existencia sea tan perecedera como todo lo que lo rodea. Estamos llamados a muchísimo más, pues estamos llamados a la eternidad. Nunca nada tiene mayor valor que eso. Nuestra inmanencia no se resuelve en el final de las cosas. Trasciende hacia una eternidad que le da sentido, y que hace elevar nuestra mirada, nuestras añoranzas, nuestros sueños, nuestras metas, sobre lo que sabemos dejará de existir en algún momento. Esto no se debe entender como un desprecio a la realidad en la que estamos asentados, pues al fin y al cabo todo es parte del plan de salvación. Más aun, es desde esa realidad desde la cual vamos a trascender, por lo cual de ninguna manera podemos despreciarla. Solo asumiéndola, es decir poniéndola en lo esencial que le corresponde, podremos dar el salto cualitativo y gigantesco que deberemos dar en el momento en que seamos convocados. Solo asentados firmemente en nuestra realidad actual, pisando firme en ella, podremos ascender. Debemos mirar y pisar firme sobre el horizonte actual, con la añoranza de la eternidad, que es nuestra meta. Es el compromiso del cristiano que nunca debe renunciar a luchar por un mundo mejor, más humano, más fraterno, más justo, más pacífico. Ese será el legado que debe dejar cada uno de nosotros: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'No atesoren para ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesoren tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los roen, ni ladrones que abran boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!" Por ello, entendemos que estamos llamados a cosas mayores. Nada hay más importante que el amor, que nuestra salvación y la salvación de nuestro hermanos. Nuestros tesoros no pueden ser los que se coman la polilla. Deben ser los que prevalecen para la eternidad. En medio de nuestra realidad existencial, a la cual jamás podremos renunciar, pues forma parte de nuestra esencia, debemos siempre apuntar a lo superior, que es a lo que estamos llamados por el amor eterno que Dios nos tiene. A eso nos llama y con esperanza allí llegaremos.

miércoles, 16 de junio de 2021

Que brille la luz de Cristo desde nosotros al mundo

 El evangelio del 3 de marzo: "Cuando recéis, no uséis muchas palabras" -  Evangelio - COPE

El Señor nos hace siempre la llamada a la humildad, a la entrega y al servicio. No dejará nuca de hacerlo, por cuanto es condición desde que somos sus criaturas amadas, para avanzar en el camino de la felicidad que nos tiene reservada. Su deseo más profundo es el de que seamos felices, llenos de su amor eterno, y apuntando con ilusión a alcanzar la meta de la plenitud. Ese es el verdadero camino de la felicidad y no existe una alternativa distinta. Por eso, una y otra vez insiste sobre el mismo punto. En nuestra comprensión y en la asunción de este hecho está el sentido de nuestra vida. En medio de sus situaciones tan variantes, aun de las que más nos pueden trastocar, siendo experiencias a veces terribles de dolor y sufrimiento, de enfermedad y de desprecio de los hermanos, de las mayores injusticias que podamos sufrir, de las experiencias de miseria y destrucción personales o de las que podamos ser testigos, debemos siempre reponernos, pues sabemos que no pueden ser situaciones que Dios desee para nadie. El hecho del respeto solemne que Dios tiene por la libertad que nos ha concedido como seres creados a su imagen y semejanza, nos hace a todos esa mala jugada, pues todo lo ha dejado a nuestro arbitrio, y ni siquiera Él puede hacer nada contra ello. Nos sorprendemos, pues ante un Dios que sin duda es todopoderoso, asistimos prácticamente a la confesión de su debilidad total ante la libertad que ha cedido al hombre, dejándose llevar por su inmenso amor por la criatura. Más que confesión de debilidad sería entonces de su poder, que es capaz de respetar, cuando lo más sencillo para Él sería forzar a que las cosas se den todas en un sentido positivo, con ausencia de sufrimiento y de dolor. Él sabe que aun cuando tenemos en nuestra genética la bondad natural, ella ha sido envenenada por la tragedia del pecado y del gen del mal, que nos hace tanto daño a todos. Si nos rendimos ante él, seremos inexorablemente siempre vencidos. Pero si nos dejamos llenar de su fuerza de espíritu, tenemos la seguridad de la victoria, pues Él nunca se dejará vencer sin luchar ni trasladar a nosotros esa misma fuerza suya.

En este sentido, la comprensión de los primeros anunciadores del amor de Dios al mundo en Jesús, fue la de la asunción de su absoluta necesidad de abandonarse a sí mismos, sin poner su confianza en ellos, sino abandonando toda pretensión de personalismo, aun cuando aparentemente fuera lícito, pues lo que debía brillar era Jesús, su amor y su salvación, y su deseo de que esa salvación que había procurado no fuera eclipsada ni por asomo por tentaciones de individualismos estériles. Si era necesario ceder el paso a la voluntad amorosa de Jesús, había que hacerlo sin dudarlo un instante. Es el reconocimiento de la extrema debilidad por nuestra condición de criaturas. Saber que aun cuando somos capaces de cosas extraordinarias, que incluso pueden llegar a ser cada vez mayores, no nos podemos atribuir a nosotros lo que corresponde a su amor y a su poder. De tal manera, que en ese reconocimiento encontremos incluso nuestro sosiego, pues lo dejaremos todo en las manos amorosas de nuestro Dios que siempre inspirará lo mejor para sus hijos. Por ello, San Pablo fue capaz y sabio al abandonar completamente su voluntad a las inspiraciones de Dios en favor del pueblo al que amaba entrañablemente. Sabía muy bien qué era lo mejor para ellos, y se postergó a sí mismo en favor de su bienestar, sabiendo que lo que ofrecía Dios era con mucho lo mejor. Pudiendo alzarse con su personalidad, con sus conocimientos, con su deslumbrante manera de ser, siempre consideró mejor lo del Señor: "Hermanos:¡Ojalá me tolerasen algo de locura! Aunque ya sé que me la toleran. Tengo celos de ustedes, los celos de Dios; pues los he desposado con un solo marido, para presentarlos a Cristo como una virgen casta. Pero me temo que, lo mismo que la serpiente sedujo a Eva con su astucia, se perviertan sus mentes, apartándose de la sinceridad y de la pureza debida a Cristo. Pues, si se presenta cualquiera predicando un Jesús diferente del que les he predicado, o se propone recibir un espíritu diferente del que recibieron, o aceptar un Evangelio diferente del que aceptaron, lo toleran tan tranquilos. No me creo en nada inferior a esos súper apóstoles. En efecto, aunque en el hablar soy inculto, no lo soy en el saber; que en todo y en presencia de todos se lo hemos demostrado. ¿O hice mal en abajarme para elevarlos a ustedes, anunciando de balde el Evangelio de Dios? Para estar a su servicio tuve que despojar a otras comunidades, recibiendo de ellas un subsidio. Mientras estuve con ustedes, no me aproveché de nadie, aunque estuviera necesitado; los hermanos que llegaron de Macedonia atendieron a mis necesidades. Mi norma fue y seguirá siendo no serle gravoso en nada. Por la verdad de Cristo que hay en mí: nadie en toda Grecia me quitará esta satisfacción. ¿Por qué?, ¿porque no los quiero? Bien sabe Dios que no es así". El amor de Dios en el corazón de Pablo era su último y su único motor.

Esa postergación de sí mismo es la clave de comprensión para hacerse anunciador del amor. No hay otro camino, sino solo el de abandonarse totalmente, en criterios y en voluntad, al arbitrio de Dios. No se debe buscar hacerse brillar a sí mismo, sino que se debe apuntar a que sea el Señor el que brille. Al fin y al cabo, es su luz la inmarcesible, no la nuestra. Nuestra luz, en muchas ocasiones, logrará el efecto contrario, pues es luz de criatura, no de fuente, y llevará más bien la oscuridad que no seremos capaces jamás de cubrir, a menos que sea luz que adquiramos de Aquél que es la fuente de toda iluminación. Seremos luz que valga la pena si llegamos a ser verdaderos reflejos de la luz de Cristo y la de su amor. No por nosotros mismos, que solo lograremos, si nos quedamos aislados, sin echarnos nosotros mismos a un lado, oscurecer siempre el panorama. Y no es que no sea importante lo que podamos hacer, pues Jesús nos ha dejado el mundo como tarea, pero eso importante no es lo que nosotros hagamos, sino lo que Él hará a través de nosotros, abandonados a su amor: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Cuando recen, no usen muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No sean como ellos, pues su Padre sabe lo que les hace falta antes de que lo pidan. Ustedes oren así: 'Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal'. Porque si perdonan a los hombres sus ofensas, también los perdonará su Padre celestial, pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas'". Es la parte que nos corresponde: sucumbir al amor a Dios y a los hermanos, haciendo desaparecer nuestras apetencias en función de la transparencia, de la fraternidad, del amor mutuo. Es a lo que estamos llamados: a desaparecer nosotros mismos a fin de que aparezca Jesús y su amor desde nosotros. Camino de justicia y de amor, por el cual debemos transitar sin dudar para alcanzar la felicidad verdadera.