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jueves, 17 de junio de 2021

El tesoro de amor de Dios es eterno y nos abre el cielo

 Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni ladrones - ReL

Una de las realidades que los discípulos de Jesús jamás podremos dejar de lado es la de nuestra condición humana que da marco a todas nuestras actuaciones. Somos seres indigentes, cuya existencia está esencialmente marcada por nuestro origen divino, que se basa en el amor infinito de quien en un momento de su historia eterna, decidió que todo lo que no fuera Él existiera. Sabemos que fue una decisión absolutamente libérrima, en la que Dios "hipotecó" su propia libertad, pues desde ese momento, solo movido por la necesidad de su amor, se lanzó a esa aventura maravillosa de la creación, que lo ató eternamente a su criatura. Dios asumió su compromiso con toda la carga de amor, de paternidad, de providencia. Y nos dejó nuestra naturaleza como marca de origen. Por ello, a su imagen y semejanza, nos llenó de sus propias cualidades: nos dio la libertad, nos dio la inteligencia y la voluntad, nos dio la capacidad de amar, nos regaló a los hermanos para que diéramos muestras de nuestro ser fraternos en la solidaridad. A nada de eso podemos nunca renunciar pues está en nuestra genética original. Y en esa variedad riquísima con la que nos ha creado, debemos saber descubrir que nada de eso puede convertirse en pobreza, pues al haber surgido de la voluntad creadora del Señor, será siempre bueno, pues Dios nunca quiere que exista nada que no se convierta en un tesoro en la vida de los hombres. Es imposible que el Señor que nos ha creado desde su amor y para el amor, permita que no haya una sola realidad que no sea una riqueza. Por ello, nos encontramos en la vida ordinaria con ese abanico de conductas, de conocimientos, de vivencias, que a veces consideramos invasivas a nuestras maneras de ser, pero que con un discernimiento más profundo, podemos llegar a descubrir que, por su presencia, la vida se presenta más bella y más atractiva. La variedad es, sin duda alguna, una manera de enriquecer la vida de todos.

Es tan sorprendente esto, que nos quedamos asombrados ante las reacciones que incluso los seguidores más fieles del Señor pueden tener ante el ministerio que les ha tocado llevar adelante. El apóstol San Pablo nos sale luminoso al encuentro, dirigiéndose a su amada comunidad de los Corintos, ante los cuales se siente tan responsable, tan pastor, tan padre, y en un gesto de confianza extrema con ellos, desnuda completamente su espíritu y da rienda suelta a "chiquilladas" apostólicas. No tiene ningún problema en presentarse como es, pues se considera totalmente libre. Sabe bien que el ocultamiento no es el mejor camino. Habiendo cumplido fielmente con su tarea, anunciando la verdad de Jesús y de su salvación, habiendo conquistado sus corazones para el amor, impulsándolos a la vida fraterna en el Espíritu de Dios, asumió el derecho que tenía para poner sobreaviso acerca de los posibles caminos equivocados que la comunidad pudiera recorrer. Por ello, sin ningún ambage, se trasparenta completamente: "Hermanos: Puesto que muchos se glorían de títulos humanos, también yo voy a gloriarme. A lo que alguien se atreva - lo digo disparatando -, también me atrevo yo. ¿Que son hebreos? También yo; ¿Que son israelitas? También yo. ¿Que son descendientes de Abrahán? También yo. ¿Que son siervos de Cristo? Voy a decir un disparate: mucho más yo. Más en fatigas, más en cárceles, muchísimo más en palizas y, frecuentemente, en peligros de muerte. De los judíos he recibido cinco veces los cuarenta azotes menos uno; tres veces he sido azotado con varas, una vez he sido lapidado, tres veces he naufragado y pasé una noche y un día en alta mar. Cuántos viajes a pie, con peligros de ríos, peligros de bandoleros, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos, trabajo y agobio, sin dormir muchas veces, con hambre y sed, a menudo sin comer, con frío y sin ropa. ¿Quién enferma sin que yo enferme?; ¿Quién tropieza sin que yo me encienda? Si hay que gloriarse, me gloriaré de lo que muestra mi debilidad". No es jactancia lo que demuestra. Es la realidad de lo que le ha costado su obra misionera. Más aún, se cuida mucho de darse a sí mismo el mérito, pues reconoce claramente que la gloria es de Dios, que ha sabido sostenerlo en su debilidad. Aun cuando él se ha puesto en la total disponibilidad para el servicio del Evangelio, sabe muy bien que todo lo que ha logrado hubiera sido imposible si no hubiera recibido la gracia, la fuerza, la inspiración del Espíritu que lo había ungido. Esa es la clave de su orgullo: nunca atribuirse la gloria a sí mismo, sino a Dios. Su único mérito estaba en dejarse conducir.

De este modo, se entiende el remate que coloca Jesús a los seguidores. Debemos colocar el corazón en lo que no perece. Equivocamos el camino cuando lo ponemos en lo que pasa, en lo que desaparece. Un auténtico discípulo de Cristo no puede pretender que su existencia sea tan perecedera como todo lo que lo rodea. Estamos llamados a muchísimo más, pues estamos llamados a la eternidad. Nunca nada tiene mayor valor que eso. Nuestra inmanencia no se resuelve en el final de las cosas. Trasciende hacia una eternidad que le da sentido, y que hace elevar nuestra mirada, nuestras añoranzas, nuestros sueños, nuestras metas, sobre lo que sabemos dejará de existir en algún momento. Esto no se debe entender como un desprecio a la realidad en la que estamos asentados, pues al fin y al cabo todo es parte del plan de salvación. Más aun, es desde esa realidad desde la cual vamos a trascender, por lo cual de ninguna manera podemos despreciarla. Solo asumiéndola, es decir poniéndola en lo esencial que le corresponde, podremos dar el salto cualitativo y gigantesco que deberemos dar en el momento en que seamos convocados. Solo asentados firmemente en nuestra realidad actual, pisando firme en ella, podremos ascender. Debemos mirar y pisar firme sobre el horizonte actual, con la añoranza de la eternidad, que es nuestra meta. Es el compromiso del cristiano que nunca debe renunciar a luchar por un mundo mejor, más humano, más fraterno, más justo, más pacífico. Ese será el legado que debe dejar cada uno de nosotros: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'No atesoren para ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesoren tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los roen, ni ladrones que abran boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!" Por ello, entendemos que estamos llamados a cosas mayores. Nada hay más importante que el amor, que nuestra salvación y la salvación de nuestro hermanos. Nuestros tesoros no pueden ser los que se coman la polilla. Deben ser los que prevalecen para la eternidad. En medio de nuestra realidad existencial, a la cual jamás podremos renunciar, pues forma parte de nuestra esencia, debemos siempre apuntar a lo superior, que es a lo que estamos llamados por el amor eterno que Dios nos tiene. A eso nos llama y con esperanza allí llegaremos.

lunes, 25 de mayo de 2020

Señor, Tú quieres que florezca allí en el jardín en que me sembraste

Tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo. - ReL

El encuentro que tiene Jesús con los apóstoles en la Última Cena, que nos relata con tanto detalle el evangelista San Juan, con lo cual se comprueba que quien narra los acontecimientos es realmente un testigo presencial, oyente directo de todo lo que es pronunciado por Cristo, y que aquello que escuchó lo dejó profundamente impresionado y lo marcó para todo su futuro, es determinante para definir el compromiso en la misión que les correspondería llevar a todos ellos en el mundo. "Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios". Aquellas palabras de Jesús, prácticamente en su despedida de su periplo terrenal, son de tal densidad que pasan a ser inolvidables, aun cuando se hace presente en ellas un cierto reproche a ellos por el momento que están a las puertas de vivir con su prendimiento y su pasión: "Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que ustedes se dispersen cada cual por su lado y a mí me dejen solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre". Podríamos afirmar sin error que Jesús contaba con esto, por cuanto conoce perfectamente a aquellos a los que ha elegido, y sabe bien que aún están sumidos en una especie de engaño que los tiene convencidos de que Jesús sería invencible, pues ha demostrado un poder infinito hasta ahora sobre los espíritus y sobre la materia. Ha derrotado frente a ellos en varias ocasiones al demonio liberando a muchos poseídos, y ha realizado portentos maravillosos dominando la naturaleza. Ante esas demostraciones, ¿cómo suponer que haya algo o alguien que pueda demostrar más poder que Él? Los acontecimientos que están por sucederse serán, sin duda, totalmente sorprendentes para ellos, pues verán a ese al que consideran imbatible, en la mayor de las debilidades, humillado y golpeado, sumido en el más profundo dolor hasta llegar a la muerte. Las palabras proféticas de Jesús denotan no solo su tristeza por el futuro abandono de los suyos, sino que descubren una cierta comprensión de su reacción, pues su espíritu estará inmaduro hasta que no vivan el gozo de su resurrección y reciban al Espíritu Santo que los consolidará en la experiencia de fe y en la esperanza cierta de la salvación. El amor inmenso de Jesús por los suyos no podía quedarse solo en el reproche. No había venido Él a confrontar al hombre con su propia inmundicia, sino a elevarlo y rescatarlo de ella, de modo que contando con su obra de amor no volviera a recorrer esas rutas de lejanía del amor. Por ello, sabedor de la profunda transformación que vivirá cada uno después de la experiencia de su victoria sobre la muerte y de haber abierto su corazón para recibir la fuerza del Espíritu Santo que se convertía en su aliado, supone que asumen su responsabilidad, aceptan la encomienda y salen animados al mundo a anunciar su amor.

Pero así como ha sido claro al hablarles de la reacción que tendrán, lo es también al respecto de la experiencia que vivirán en ese mundo al que son enviados: "Les he hablado de esto, para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán luchas; pero tengan valor: yo he vencido al mundo". Evidentemente, Él es el Maestro, y le corresponde como tal indicar el camino y poner sobre aviso acerca de las experiencias que tendrán en él. Sobre todo, indicar los peligros y escollos con los que se encontrarán en su momento. Pero se dará una verdadera transformación en la conducta de cada uno de ellos. Si en el momento de su prendimiento los apóstoles se dispersaron y huyeron, dejándolo solo en el dolor, ahora, después de haber vivido su triunfo maravilloso y pertrechados de la fuerza del Espíritu, su reacción será radicalmente distinta. No es que se consideren superhombres que estarán exentos de sufrimientos y de dolores, incluyendo hasta la muerte, sino que saben que todo tiene sentido porque el final será siempre la victoria en Jesús. No estará el peso en lo negativo que ellos puedan vivir, sino en lo que debe llegar al mundo y a cada hombre. El pertenecer al grupo de los discípulos de Cristo los hace militantes de una obra superior en la que no estará permitido luchar por mantenerse en la zona de la propia comodidad, sino en el empeño continuo de que el amor de Jesús se haga real y activo en cada hombre de este mundo. Para ellos el primer lugar lo ocupa Jesús y cada hermano al que le debe llegar su amor. Ellos serán solo un instrumento del amor. Y mientras lo sean estarán felices pues estarán cumpliendo su cometido. Su meta no será salir incólumes en el cumplimiento de la tarea que les corresponda, sino sumar cada vez más gente a la fila de los salvados. Y si eso llegara a implicar en algún momento la entrega incluso de la propia vida, lo harán felices. Esta es la mentalidad que mueve a los mártires. No importa la vida propia, sino el amor que Jesús derrama en los demás si llegara el momento de entregarla. Evidentemente, pesa el premio personal, pero solo como consecuencia de la entrega. Como lo pensó San Josecito, mártir de la Guerra Cristera en México: "Nunca ha sido tan fácil llegar al cielo". O el Beato Pedro Ruiz de los Paños, al despedirse de sus Discípulas de Jesús: "Os doy el adiós hasta el cielo". La vida que entregaban por amor a Dios y a los hermanos la recuperaban plenamente en la eternidad junto al Padre y junto a Cristo. Y el beneficiario era cada hombre de la historia. Ese Jesús que ha "vencido al mundo", seguirá venciendo. Eso ya no cambiará jamás, por cuanto el demonio ha sido abatido y no se levantará más. Solo lo hará si nosotros nos separamos de Jesús y ponemos poder en sus manos. Cristo lo ha dejado en la máxima debilidad. Y nosotros con Cristo lo mantendremos derrotado.

En el cumplimento de nuestra tarea debemos ser testimonio vital para cada hermano que esté a nuestro lado. No podemos quedarnos de brazos cruzados al comprobar que haya alguno que no conozca a Jesús, que no sepa de su amor, que no tenga noticias de su propia salvación. Muchos de ellos están ansiosos de alguna noticia que mueva las bases de su propia historia y los haga vivir algo superior. Es la sed de Dios, que la sufren muchos de ellos, sin saber de qué se trata. Aquella sed de trascendencia que surge espontánea del alma humana, que es natural pues hemos sido creados para lo eterno, se debate interiormente en el espíritu en la búsqueda de ser saciada. Nosotros somos poseedores de la ruta que conduce a la fuente que la sacia. No podemos dejar de hacer lo que nos corresponde. Lamentablemente muchos de nuestros hermanos se pierden de vivir el gozo de ser saciados porque nos hemos quedado callados. Ya es demasiado largo el tiempo de nuestro silencio. Debemos ser voz que convoque a la fuente y les facilite todas las herramientas que les hagan beber ágiles y felices de ese manantial de eternidad. Así lo hicieron los apóstoles: "'¿Recibieron el Espíritu Santo al aceptar la fe?' Contestaron:
'Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo'. Él les dijo: 'Entonces, ¿qué bautismo han recibido?' Respondieron: 'El bautismo de Juan'. Pablo les dijo: 'Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en el que iba a venir después de él, es decir, en Jesús'. Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo". La noticia no puede ser parcial. No podemos contentarnos con echar apenas un barniz donde Jesús quiere que todo se transforme. Nuestra labor debe apuntar a la renovación total de la humanidad. Cada uno debe procurarlo en su propio ámbito. A otros les corresponderá llegar a otras latitudes. A nosotros solo se nos pide hacerlo en nuestro entorno. Y no podemos callar pues esa es nuestra tarea. Jesús nos ha colocado en donde estamos sembrados. Y es allí donde debemos florecer. Y nuestras flores deben ser las más bellas del jardín, pues son las flores del amor de Jesús, que hace bello al mundo y quiere que todos lo disfruten al máximo. En el cumplimiento de nuestra tarea no debemos tener temor, pues estamos con Jesús, que ya ha vencido al mundo. Podrán venir embates terribles y hasta mortales. No importa. Lo que importa es que Jesús sea conocido, que sea amado, y que sea seguido. Esa es nuestra gala y nuestro orgullo. Y haciéndolo, entraremos a la eternidad feliz.

viernes, 22 de mayo de 2020

La tristeza no es duradera. La alegría en ti, Señor, es la duradera

Volveré a veros, os alegraréis y nadie os quitará vuestra alegría ...

La Última Cena, tal como la relata San Juan en su Evangelio, es un compendio de intimidad y de ternura de Jesús con los suyos. Después de la salida de Judas a cumplir su cometido de traición, se queda Jesús solo con los Once fieles, y les empieza a hablar de las cosas más profundas y entrañables de su relación con ellos. Las enseñanzas más emblemáticas se dan en este momento, como si Jesús estuviera avizorando que ya no habrá más encuentros como este en el futuro. Se viene sobre Él la debacle de la pasión y su muerte, y posteriormente se dará la gloria de su resurrección. El encuentro final será el anterior a su ascensión a los cielos, donde les encomendará al mundo como tarea. Es necesario, por tanto, que se hable de estas cosas, pues ya no habrá más oportunidad. Esta conversación de Jesús es, sin duda, la que más desnuda su espíritu ante los apóstoles. Es de esperar que el ambiente que se vive sea de una gravedad y de una seriedad sin par. Los discípulos, avasallados por tan profundas revelaciones, escuchan atentos todas las palabras que van surgiendo de los labios del Redentor. Se trata ya no solo de verdades reveladas, sino de un corazón que se va desnudando delante de ellos y que se muestra sin ningún ocultamiento. Sabe Jesús que no todo lo que resta se podrá decir en esta ocasión. Pero aprovecha cada segundo para decir lo más importante. Y por ello, además, anuncia el envío de su Espíritu para que "los conduzca a la verdad plena". Es imposible que se agote todo el contenido. No bastaría una vida completa para lograrlo. Pero sí están echadas ya las bases para que se inicie la construcción de todo el edificio. Es evidente que a Jesús le ha gustado haber asumido el ser hombre. Jesús disfruta en medio de la humanidad. Y le costará mucho tener que despedirse en algún momento de ese grupo de sus amados. "Los amó hasta el extremo", dice San Juan. Ese extremo es el de la muerte, pero es también el de un amor infinito que fue creciendo en su periplo terrenal. Es el amor que vive al lado, que respira el mismo aire, que camina junto al otro, que comparte las experiencias, que conoce a cada uno, que sabe lo que es el otro y puede adelantarse a sus reacciones, que persigue solo el bien del amado, que finalmente se entrega en vez del amado para ahorrarle el dolor y el sufrimiento. Es un amor que conoce perfectamente y vaticina lo que se vivirá en el interior del otro. Por eso, Jesús les dice a los apóstoles: "En verdad, en verdad les digo: ustedes llorarán y se lamentarán, mientras el mundo estará alegre; ustedes estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría". 

La experiencia que vivirán los apóstoles será de tal manera determinante que marcará para siempre sus vidas. De ella dependerá la resolución con la que asumirán la tarea que Jesús les encomendará para el resto de sus días. Será, sin duda, una experiencia que afectará profundamente sus vidas, por cuanto verán a Aquel que les ha acompañado por esos tres ricos años, a quien han escuchado con agrado en todos los mensajes que les dirigió, al que vieron realizar señales prodigiosas y portentos irrepetibles, pendiente de una cruz en la que se le escapaba la vida a chorros hasta entregar la última gota de sangre y morir por amor a cada uno de ellos. No puede haber otro sentimiento en sus corazones que dolor y tristeza. Ver al que estaba tan lleno de vida y que regalaba tanta vida a todos, muerto en la cruz, no podía producir otra reacción en sus almas. "Estarán tristes..." Es lo natural. No se podía esperar otra cosa. Pero esa tristeza mutará radicalmente, por cuanto ese que tenía tanta vida y que regalaba tanta vida, no podía ser vencido por la muerte. Él era la Vida. Así lo había afirmado Él mismo: "Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida". Él es dueño de la vida, y si en algún momento esa vida le era arrebatada, de ninguna manera podía ser una situación definitiva e inmutable. "Si entrego mi vida es para recuperarla de nuevo", había dicho. Se esperaba entonces ese momento de recuperación. Y llegó. "Al tercer día resucitó de entre los muertos". La Vida no podía ser detenida por la muerte, la Luz no podía ser vencida por la oscuridad, la Verdad no podía ser anulada por la mentira. Es natural entonces que Jesús claramente les dijera a los discípulos que esa tristeza era pasajera. "Su tristeza se convertirá en alegría". La resurrección es la fiesta de la Vida. Es su triunfo definitivo. La muerte se había sentido orgullosa de haber vencido. Pero queda totalmente humillada cuando la Vida resurge victoriosa y la deja sola. "También ustedes ahora sienten tristeza; pero volveré a verlos, y se alegrará su corazón, y nadie les quitará su alegría. Ese día no me preguntarán nada". El periplo de muerte y vida era necesario, para que la soberbia de la muerte fuera vencida. Para que la muerte se percatara de su debilidad extrema. Es la Vida la triunfadora. De ninguna manera el mal podrá tener jamás la última palabra, aunque de momento obtuviera alguna victoria. Así como debían quedar convencidos de ello los apóstoles, también lo debe hacer cada cristiano de toda la historia. El mal obtendrá victorias, no hay duda. Y nos producirá alguna tristeza y algún dolor. Pero ninguna situación en la que impere el mal es definitiva. La victoria final la obtendrá el que tiene el poder absoluto e infinito. No es la muerte. Es Jesús. El Dios todopoderoso que se ha hecho hombre y obtiene su victoria para donárnosla a cada uno.

Esa experiencia la tuvieron los apóstoles, cuando ya seguros de la victoria de Jesús salieron felices al mundo a anunciar el triunfo de la Vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, del bien sobre el mal. El anuncio de la Redención de Jesús no era otro que el anuncio del amor y de la salvación de todos, alcanzada mediante la victoria sobre la muerte. No se trata de convencer de que no habrá sufrimiento. No es eso lo que anuncia Jesús. Se trata de que el final será de gozo. El itinerario deberá pasar siempre por la demostración a la muerte de que ella no es la victoriosa, a pesar de que gane algunas batallas. De que la victoria final de la guerra la tendrá la alegría de la Vida. De que será la vida la que tendrá la última palabra, por cuanto es el amor, es la salvación, es la Vida, las que de verdad son de Dios, el todopoderoso. Jesús es quien llevará el hilo de la historia. Algunas veces ahorrará sufrimientos, otras veces los anuncia como parte del proceso. Pero siempre vaticina el triunfo del amor. San Pablo lo vivió en carne propia: "Le dijo el Señor en una visión: No temas, sigue hablando y no te calles, pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño, porque tengo un pueblo numeroso en esta ciudad". Así, en la historia del mismo San Pablo vemos cómo unas veces es acompañado por el escudo de Jesús que le evita sufrimientos y dolores, o por su fuerza que lo alivia en las persecuciones y en los sufrimientos que le son infligidos. La experiencia de San Pablo, al igual que la de todos los apóstoles, no se basa en la seguridad de la falta de dolores o tristezas, sino en la convicción de que, sea feliz o sea cruenta la experiencia que viva, está siempre en las manos de Jesús que es quien dirige los hilos. La contemplación de ese Jesús inerte en la cruz debe estar complementada por la visión del sepulcro vacío. Ciertamente Jesús experimentó la muerte, pero no quedó en la soledad del sepulcro. Esa oscuridad mutó en luz inmarcesible. Es esto lo que tiene que quedar claro en la mente del enviado. Podrán venir borrascas, incluso devenir en situaciones terribles de destrucción y muerte. Pero, al igual que Jesús, la última palabra no la tiene esa oscuridad, sino que la tiene la luz. No es la muerte ni la tristeza las que dictan la pauta. Es la vida y la alegría las que lo hacen. No saquemos conclusiones cuando sintamos que las cosas van mal. Veamos dónde estamos fundados, cuál es nuestra seguridad. Y así podremos percatarnos de que la solidez no está en la ausencia de conflictos, sino en la seguridad de que estamos con Jesús, de que Él nos lleva en sus brazos y mutará toda tristeza en alegría final y definitiva.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Te conozco mejor cada vez, gracias al Espíritu de la Verdad que me has regalado

Pablo en el Areópago: Una clase magistral en evangelización ...

Jesús es el gran revelador del Padre. Su presencia en medio de los hombres trajo a cada uno la mayor revelación posible de lo que es Dios. En el Antiguo Testamento los judíos solo oyeron de la presentación de Yahvé, el Dios todopoderoso, creador y sustentador, que eligió a Israel como pueblo suyo para mostrarse al mundo, juez y Señor de la historia. En la mentalidad y la fe hebreas no cabía otra forma de creer en Dios sino en un Dios único, sin competencia ni compañía. La revelación de Jesús se encontraba de frente con este monoteísmo rígido y radical del judaísmo, que no encontraba posible y razonable la diversidad que Jesús vino a presentar. Jesús no contradecía aquel monoteísmo hebreo, pero sí le daba un giro inesperado. Presentaba en su anuncio un monoteísmo trinitario, ciertamente muy difícil de comprender dentro del ámbito rígido del judaísmo. En algunos textos de la revelación recibida por los hebreos había algunos atisbos de esta complejidad de personas en Dios. Se habla del Espíritu de Dios que revoloteaba sobre las aguas, de la Palabra de Dios, del dedo de Dios, de la sabiduría de Dios, del Enviado de Dios, del Hijo del hombre, del Siervo sufriente. Todas estas presentaciones asoman una cierta diversidad en Dios pero quedaban en la oscuridad del misterio y adquirirán finalmente su claridad solo en la revelación posterior que hace Jesús. Él llega a identificarse con el Padre: "El Padre y yo somos una misma cosa, somo uno", le dice a Felipe y a los apóstoles. Es una identificación definitiva con el Yahvé del Antiguo Testamento. Y anuncia el envío de su Espíritu: "Es necesario que yo me vaya para que venga mi Espíritu". Evidentemente con estas afirmaciones se tambaleaba aquel monoteísmo rígido que caracterizaba a la fe judía. La comprensión de esta unidad trinitaria en Dios fue paulatina en la Iglesia y en la teología naciente. San Juan da un paso gigantesco en esta comprensión y nos lo demuestra en la introducción de su Evangelio: "El Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios". Afirmaba la diversidad de personas en la intimidad divina. Sin duda, fue una verdad absoluta que no fue ni ha sido comprendida aún del todo, pues es el misterio íntimo de Dios que se mantiene y se mantendrá hasta la eternidad en la oscuridad. En todo caso, es un misterio en el que lícitamente podemos bucear, por cuanto hemos sido enriquecidos por el mismo Dios con nuestra inteligencia y nuestra capacidad de razonamiento para que así podamos hacerlo. Además, Jesús nos ha prometido su Espíritu, al que ha identificado como Espíritu de la Verdad, para que nos acompañe en esta aventura de adentrarnos en el misterio divino: "Muchas cosas me quedan por decirles, pero no pueden cargar con ellas por ahora; cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena".

Esta revelación de Dios, hecha originalmente solo al pueblo hebreo, a partir del envío de Jesús a los apóstoles "al mundo entero", debía ser anunciada a toda la humanidad. Es la universalidad de los hombres la que está llamada a conocer a Dios en su intimidad. Lógicamente ese conocimiento de Dios no debía empezar en un conocimiento basado en la realidad intelectual del razonamiento humano, sino en la realidad de las acciones de amor en favor de cada hombre de la historia. El conocimiento de Dios se da y conquista en primer lugar a los hombres no por sus verdades doctrinales, sino por el amor puesto en sus acciones. Lo dice San Pablo claramente en la presentación de la posibilidad de un conocimiento natural del Dios infinito: "Lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables". Fue lo que con suma inteligencia dijo a los atenienses en su visita al areópago: "De uno solo creó el género humano para que habitara la tierra entera, determinando fijamente los tiempos y las fronteras de los lugares que habían de habitar, con el fin de que lo buscasen a él, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban; aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos". Ese conocimiento natural era, por lo tanto, un primer paso que podía dar el hombre hacia Dios. Sin embargo, Dios en su infinita bondad y providencia en favor del hombre, determinó también darse a conocer con sus obras a los hombres del Antiguo Testamento y posteriormente, con su obra máxima de amor, en Jesús, de modo que, ahora sí, no hubiera ninguna excusa para no acercarse a Él. Jesús, revelando la intimidad divina y la obra que cada uno de Ellos llevaba adelante en favor de los hombres, completa esa revelación divina y encomienda al Espíritu Santo la tarea de ir echando luces sobre lo que es Dios, su verdad, su amor, su intimidad: "No hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y les comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso les he dicho que recibirá y tomará de lo mío y se lo anunciará a ustedes". En esta tarea, el Espíritu se hace socio principal de la Iglesia, su alma y su protagonista en cuanto a la revelación de la verdad divina. No solo aclara la verdad, sino que la hace asequible a todos. Hace posible que haya una mejor comprensión en las diversas mentalidades.

Es emblemática la situación que se presenta a San Pablo en Atenas. Impresiona percibir el conocimiento de la cultura griega del que hace gala el Apóstol cuando dirige su discurso a los atenienses, y sobre todo su ingenio cuando se vale de las cosas de su propia cultura para darles a conocer lo que es Dios y lo que quiere llegar a enseñarles: "Atenienses, veo que ustedes son en todo extremadamente religiosos. Porque, paseando y contemplando sus monumentos sagrados, encontré incluso un altar con esta inscripción: 'Al Dios desconocido'. Pues eso que ustedes veneran sin conocerlo se lo anuncio yo. 'El Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene', siendo como es Señor de cielo y tierra, no habita en templos construidos por manos humanas, ni lo sirven manos humanas, como si necesitara de alguien, Él que a todos da la vida y el aliento, y todo". El discurso de San Pablo se convierte así en un ejemplo clarísimo de lo que es la inculturación del Evangelio, que empezó con la misma encarnación de Jesús, el Verbo eterno del Padre, haciéndose así uno más de aquellos a los que quería rescatar, es decir, alcanzando la más perfecta inculturación. De esa manera, el Espíritu de la Verdad cumple perfectamente su misión, aclarando las ideas de los anunciadores y sugiriendo los métodos mejores para llegarles más fácilmente. Es una experiencia que tenemos todos los que debemos anunciar a Jesús, cuando somos sorprendidos por la inspiración de contenidos y de métodos en los que jamás hubiéramos pensado, pero que pone el Espíritu en nuestras mentes y en nuestros labios para poder llegarle mejor a los destinatarios. Con esta convicción, San Pablo siguió su discurso: "No está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos; así lo han dicho incluso algunos de los poetas de ustedes: 'Somos estirpe suya'. Por tanto, si somos estirpe de Dios, no debemos pensar que la divinidad se parezca a imágenes de oro o de plata o de piedra, esculpidas por la destreza y la fantasía de un hombre. Así pues, pasando por alto aquellos tiempos de ignorancia, Dios anuncia ahora en todas partes a todos los humanos que se conviertan". Con todo esto, Dios no hace más que seguir demostrando a todos su inmenso amor por nosotros. No solo ha realizado la obra mayor de amor con la entrega del Hijo, sino que sigue dejándose mover por ese infinito amor procurando que su salvación alcance a todos, sin escatimar lo que haya que hacer para que ese itinerario se cumpla perfectamente. Definitivamente Dios nos ama y hará todo lo posible para que vivamos en ese amor.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Vamos de pesca con Jesús

Resultado de imagen para de ahora en adelante serás pescador de hombres

Cuando uno se encuentra de improviso con un personaje renombrado e importante, instintivamente se pregunta a sí mismo cómo se está presentando uno ante él. Si está bien vestido, si tiene los zapatos limpios, si está bien peinado... Uno quiere dar la mejor impresión ante esa persona, y esconder los puntos negativos, los defectos, las deficiencias que pueda tener. Es natural que uno quiera presentar la mejor imagen de sí mismo, para que a esa persona se le quede grabada. Si, por desgracia, uno está en una mala facha, más bien busca esconderse para no dar mala impresión.

Pues bien, esto exactamente fue lo que le sucedió a Pedro ante Jesús. Éste se había presentado ante los apóstoles de improviso. Ellos venían de faenar toda la noche, tratando de pescar, pero no habían tenido buena fortuna. No habían pescado nada. Ellos estaban seguros que era mal momento para empeñarse a seguir pescando. No había peces en el lago. Por eso estaban resignados, limpiando las redes a la orilla.  Jesús había estado con una multitud. Cada vez eras más gente la que le seguía. Al punto que se agolpaban tanto alrededor de Él, que casi no tenía espacio para moverse. En "un abuso de confianza", Jesús se monta en la barca de Pedro y la utiliza como escenario desde el cual dirigía su discurso a la multitud. Al terminar de hablar, empezó a dispersarse la gente y quedó Jesús con los discípulos. "Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: 'Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar'". Pedro no se caracterizaba por quedarse callado. Más bien era muy primario siempre en sus reacciones. Por eso dice lo primero que le viene a la mente: "Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra echaré las redes". Hermosa esta reacción de quien será el primer Papa de la Iglesia. Asume objetivamente la realidad, pero se abandona en la voluntad de Jesús.

La sorpresa de todos es que, habiendo ellos mismos experimentado la frustración de la noche de pesca infructuosa, por la palabra de Jesús aparecen todos los peces. "Cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a ayudarlos. Vinieron ellos y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían". Era extraordinario lo que estaba sucediendo. Quien les había ordenado echar las redes no podía ser simplemente uno más. Era alguien con tal poder que hacía aparecer los peces casi de la nada. Era la demostración de que en Jesús residía un poder superior. Fácilmente se ataban cabos, después de haber presenciado otras maravillas. En Jesús había una presencia divina. Por ello, Pedro se llega a sentir desnudo delante de Jesús, este ser que hacía tantas maravillas. Ese era capaz de ver no solo lo exterior de su persona, sino de escrutar lo más íntimo que hubiera en su interior. "Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: '¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!'" Pedro sabía que estaba en evidencia ante esta persona extraordinaria. Pedro sabía muy bien quién era Jesús. Y sabía muy bien quién era él mismo. Sentía vergüenza de lo que podía descubrir Jesús en él. Pero Jesús no ha salido en busca de los perfectos. Esos no existen. Lo sabe muy bien. Jesús sale en busca de los que están dispuestos a ponerse en sus manos  a dejarse moldear por Él. "No temas; desde ahora serás pescador de hombres", le dice finalmente a Pedro.

Pedro eres tú y soy yo. Esta es la historia de todos los que nos sabemos indignos de ser llamados a ser de los de Jesús. Le sucedió a Isaías, a Jeremías, a Gedeón. La pregunta primera que surge ante la elección de Jesús es "¿Por qué yo? ¿Cómo es posible que te fijes en mí, indigno como soy? ¿No es mejor que te alejes de mí, porque es posible que yo ensucie tu santidad infinita con mi suciedad?" Al fin y al cabo, ninguno de nosotros es digno de ser llamado. No son nuestros méritos de santidad los que hacen que Jesús nos llame a ser suyos, pues están generalmente ausentes. Si fuera así, ninguno de nosotros seríamos llamados. Es únicamente el amor infinito que nos tiene el que lo mueve. Y el amor infinito que tiene a todos, el que nos invita a ser pescadores de hombres para conquistar a más para que se vayan con Él.

Sentirse impuro, sucio, indigno, delante de Jesús, es casi una condición para ponerse en sus manos. Es el reconocimiento de que por nosotros mismos no valemos nada. De que el que hace que valgamos algo es Jesús. Sería una soberbia terrible el sentirse satisfecho de que Jesús nos llame por nuestras supuestas cualidades. Ante Él somos nada. Lo entendió perfectamente Pablo: "Muy a gusto presumo de mis debilidades porque entonces residirá en mí la fuerza de Cristo. Cuando soy débil, soy fuerte". Así que, ante la invitación a pescar que nos hace Jesús, tomemos nuestros aperos, no nos quedemos paralizados. Él es quien hace posible la pesca. Los hermanos están allí esperando. Vamos de pesca con Jesús, dejemos que Él dirija la barca y nos diga dónde lanzar las redes. Nosotros solo debemos hacer nuestra parte insignificante, que Él se encarga de lo demás.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Jesús no es solamente mío

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"También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado." Esta fue la respuesta que Jesús dio a los que, entusiasmados por los portentos que realizaba en medio de ellos, pretendían que se quedara para siempre con ellos. Había curado a la suegra de Pedro de unas fiebres que la tenían azotada y había además realizado otros milagros, siempre maravillosos, con otros enfermos y poseídos. "Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios.»" La obra de Jesús conquistaba sus corazones y los dejaba tan satisfechos que en el colmo de la emoción querían que se quedara allí con ellos.

Nuestro movimiento natural es ese. Lo que nos hace bien, lo que nos beneficia, lo queremos siempre para nosotros. Que nunca se vaya, que nunca nos abandone. Queremos asegurarnos que siempre nos produzca el bienestar que nos mantiene felices. Es difícil, lo cual es humana y naturalmente comprensible, querer deshacerse de eso. Querer dejar a Jesús en mí, para que me siga llenando de su amor, para que siga haciendo sus maravillas en mí, para que me siga haciendo más hombre y mejor persona, es absolutamente natural. Ciertamente es lo que Jesús también quiere de mí. Que lo desee siempre ardientemente para estar conmigo llenándome y compensándome entrañablemente. Cuando llego a ese punto, Jesús siente la satisfacción de que yo mismo desee que esté conmigo y no quiera dejarlo partir.

El problema se presenta cuando uno siente que hay exclusividad. Que soy yo el único que tiene derecho a esa felicidad que Él produce, que nadie más puede acercarse a esa felicidad que a mí me hace sentir Jesús. Es el sentimiento de egoísmo que deja al final un sabor amargo. El egoísmo, a la larga, va minando la felicidad vivida. El sentimiento humano de felicidad es naturalmente difusivo, como el amor. Felicidad que no se difunde va trastocándose y se muta en cansancio, en rutina, en modorra. La felicidad compartida es más feliz. Así como el amor compartido es más amor. Por eso, quien se encierra en su propia felicidad y no hace a otros partícipes de ella, simplemente se cansa de estar feliz solo, y comienza a vivir más bien la tristeza de no tener con quién disfrutarla.

Ser feliz, y querer compartir la felicidad que se vive, es el punto de arranque del espíritu apostólico. Así mismo, ser feliz con Jesús mueve al apóstol a querer compartir la causa de su felicidad, que es Jesús mismo. Por eso, a Jesús hay que dejarlo partir hacia otros. Ese gesto asegura que mi felicidad sea plena. "Para que la alegría de ustedes llegue a plenitud", nos dice Jesús. Cuando el apóstol Pablo invita a los filipenses: "Estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén alegres y den a todos muestras de un espíritu muy abierto", no está haciendo otra cosa que invitando a compartir la causa de la alegría. Un apóstol es feliz no solo porque se sabe amado y salvado por el Jesús Redentor, sino porque está compartiendo la razón de su felicidad, y está logrando que los otros vivan esa misma razón y se entreguen también a ella.

Por eso, debo huir de la pretensión de querer hacerme propietario exclusivo de Jesús. Él no es solamente mío. Es más, no quiere ser solamente mío. Quiere ser de todos. Quiere ser causa de la felicidad de todos, de la mayor cantidad posible. Y cuenta conmigo. Cuando nos dice: "También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios", nos está diciendo: "Déjame ir también a los demás, que quieren también ser felices. Es más, hazme tú mismo llegar también a ellos. Si me dejas llegar a ellos, tu felicidad será mayor y podrás vivirla a plenitud. Eres más feliz dejándome partir hacia ellos, pues me quedo en ti y la felicidad de ellos será también la tuya".

viernes, 30 de mayo de 2014

Es imposible no hablar de Jesús

Ser apóstol no es un añadido para los cristianos. Cometemos un gravísimo error cuando consideramos el dar testimonio como una cuestión optativa, cuando en realidad es la más pura expresión del ser cristiano. Así como podemos afirmar que un hombre está vivo porque lo vemos respirar, así mismo podemos decir que un cristiano está vivo porque lo vemos dar testimonio de su fe. El apostolado es al cristiano como la respiración al hombre. Una de las cuestiones esenciales que puso Cristo sobre el tapete para cada uno de los que lo seguirían en el futuro fue el anuncio del Evangelio. "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación". Es necesario asumir que previamente hubo la fe, pero que esa fe se manifestaría viva sólo en la ocasión de dar testimonio de ella.
Pero el testimonio no es sólo manifestación de la fe que se vive. En esa condición indispensable se funda, pero va más allá. Ser cristiano es una cuestión de amor. Uno se sabe cristiano cuando ha aceptado la obra que ha realizado Jesús por amor al hombre. Lo que Jesús procuró para todos fue el mayor bien, que es la recuperación de la Gracia, de la inocencia, con la cual se logra el único modo de acceso a la felicidad eterna. La ganancia para Jesús fue simplemente cumplir con lo que lo impulsaba a hacer el amor. Nada más. La gloria que Jesús obtiene con su resurrección y su ascensión a los cielos no es ganancia, es recuperación de lo que era suyo y que había puesto entre paréntesis temporalmente. Al ser obra del amor, el hombre se transforma en un ser que vive el amor. De esa manera, compartir lo que vive no es sólo el cumplimiento de un mandato, sino dejar que la naturaleza del amor salga a flote. El amor es difusivo y tiende a salir de sí para darse completamente. Un amor que se queda en el sujeto no es tal. Es narcisismo. Y así, muere, pues pierde su esencia oblativa. La negación de la esencia de algo es la pérdida de su ser y por lo tanto, su muerte.
Pero hay más. Sólo en quien comparte se puede verificar la alegría que vive. Nadie que reciba una noticia que le dé máxima satisfacción puede guardarse esa alegría. También la alegría es difusiva y busca donarse, busca ser compartida, busca hacerse mayor al extenderse. Lo dice el mismo Jesús: "Les he dicho todo esto para que su alegría llegue a plenitud". También Cristo vivió la alegría de su obra completada y ella fue máxima cuando la compartió. Dar a todos la noticia feliz de la salvación hace que la noticia llene más de alegría. Una alegría que es de muchos es más propia y más grande.
Y el apostolado, además, es conciencia clara de instrumentalidad y de acompañamiento. En la fe, el cristiano no es protagonista. Tampoco en el apostolado. Su conciencia debe ser siempre la de la instrumentalidad. De ninguna manera él es la raíz de la buena noticia, sino sólo su difusor. Cuando el cristiano asume su puesto correcto en la obra de la evangelización, jamás caerá en la tentación de enmendar la plana ni a Jesús ni al Espíritu Santo. Es Dios quien debe ser presentado por el testimonio del salvado. El cristiano lo hace con su vida y su palabra. Ellas deben reflejar lo que Dios ha hecho en él. Nunca deben ni oscurecer ni obstaculizar lo que Jesús quiere que llegue a todos los hombres. Es lo de Jesús lo que debe ser transmitido y lo del cristiano sólo debe reflejarlo y no impedirlo. Pero además, es una obra en la que la seguridad de saberse acompañado hace que el cristiano se sienta más audaz en su obra de testimonio. San Pablo recibió esta seguridad de labios del mismo Jesús: "No temas, sigue hablando y no te calles, que yo estoy contigo, y nadie se atreverá a hacerte daño". ¿Cómo callar cuando se sabe que es el mismo Jesús quien lo acompaña? ¿Cómo ahogar la voz del Cristo Salvador, que "me amó y se entregó a la muerte por mí", cuando Él mismo quiere darse a otros a través de mí para ser también la salvación de ellos? Imposible no hablar cuando se tiene la convicción absoluta que nos da Cristo.
Es en el amor que se funda el testimonio. Es también en la alegría que quiere ser compartida para ser más grande. Es por un mandato de Cristo que debemos ser apóstoles para demostrar que estamos vivos. Pero es igualmente por ocupar el lugar de instrumentalidad en la obra salvadora, sabiendo que Jesús va con nosotros y que desde nosotros quiere seguir dándose a cada hombre y mujer a los que ama infinitamente...

viernes, 27 de diciembre de 2013

Gritarlo, para ser plenamente feliz

En el mismo ámbito de la alegría vivida por la llegada del Niño Dios, en la cual se inscribe también la fiesta de la Vida plena alcanzada por San Esteban, cuya muerte no fue sino la confirmación de su llegada a la felicidad absoluta junto al Padre, por haber sido fiel y haber reproducido en su vida la misma vida de Cristo, tanto, que su muerte tiene un paralelismo impresionante con la muerte de Jesús, recordamos la vida de San Juan, Apóstol y Evangelista, "el Discípulo al que Jesús amaba", como se autodenomina en su Evangelio.

Las dos introducciones de sus principales escritos, el Evangelio y la Primera Carta, son realmente impresionantes por la altura que alcanzan en sus consideraciones teológicas. Por eso a su Evangelio se le identifica con el signo del águila. Según los entendidos, su intención fue hacer frente a las pretensiones gnósticas de reducirlo todo al conocimiento. Y por ello busca demostrar, prácticamente con el mismo vocabulario de los gnósticos, sus errores y el camino correcto para comprender la centralidad del misterio del Dios que se hace hombre, que trae su amor, que habita entre los hombres y que se entrega para que tengamos la Vida eterna... Y, por supuesto, lo hace con la autoridad de quien no sólo ha tenido noticias de ese acontecimiento central, sino de quien lo ha vivido con la mayor intimidad y siendo incluso protagonista de toda la gesta... "Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, les damos testimonio y les anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó", son las palabras con las que afirma que no ha sido un conocimiento de segunda, sino de primerísima mano, pues ha estado presente en esa manifestación de la Vida... Juan no habla de memoria, sino desde su experiencia...

Pensemos que, según los escrituristas, Juan Evangelista escribe su Evangelio y sus Cartas hacia el año 100. Era un joven cuando formó parte del grupo de los apóstoles. Se calcula que rondaba los 16-18 años. Podemos estimar que escribió sus obras alrededor de sus 80 años. Es de imaginar que luego de su experiencia con Jesús, después de una larga vida de testimonio, en la que incluso llegó a sufrir el martirio, aunque no murió en él -fue el único de los apóstoles que no murió mártir, pues la tradición afirma que, habiendo sido lanzado en una olla gigante con aceite hirviendo, Dios lo preservó de la muerte e incluso de las heridas-, tuvo tiempo más que suficiente para recordar, revivir en su espíritu, meditar con la máxima profundidad, todo el misterio de amor que había experimentado y ponerlo por escrito para compartirlo con los amados... Es un testigo ocular de todo lo acontecido con Jesús, del amor con el que pasó haciendo el bien en su transcurso terrenal, de su entrega final por el amor que rezumaba por los hombres... Hasta del acontecimiento fundamental de la fe de los cristianos, la Resurrección de Cristo... Luego de escuchar la noticia del sepulcro vacío que había traído María Magdalena, él y Pedro corren al lugar para verificar la información, y al hacerlo, él, en su mismo Evangelio -escrito en tercera persona, como es su estilo-, afirma que él, el discípulo amado, "vio y creyó"... Para él, constatar que el sepulcro estaba vacío, casi en perfecto orden, fue la prueba fehaciente de que Jesús ya no estaba oculto ni en la muerte ni en la oscuridad del sepulcro, sino que había vencido a ambas y había resurgido triunfante, refrendando con ello su obra redentora... Era la noticia más feliz que podía vivirse y que podía transmitirse: Jesús, que había yacido muerto en la Cruz y que había sido recostado inerme en el sepulcro, no estaba ya en las garras del demonio, sino que su poder, su amor y su redención habían sido más fuertes que él y le habían infligido la derrota más contundente...

Juan entendió que esta noticia no podía quedar sin ser gritada a los cuatro vientos. Entendió que su ser apóstol le obligaba, no jurídicamente, sino efectiva y afectivamente, a ser proclamador del acontecimiento más grandioso que vivía la humanidad. Dios había vencido en Jesús de Nazaret a la muerte y, en ella, al pecado y con ello había roto las ataduras que encadenaban al hombre a un futuro de muerte eterna. Ahora para el hombre estaban abiertas las puertas del cielo, por el amor infinito, misericordioso y omnipotente del Dios que había vencido para regalarle su victoria... No puede haber mayor alegría que ésta. No puede haber vínculo que uniera más firmemente a todos que éste... Por eso, Juan afirma: "Eso que hemos visto y oído se lo anunciamos, para que estén unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo"...

La noticia de la salvación de Jesús para todos los hombres, así lo entendió Juan, es el vínculo de unión más fuerte. La redención que alcanza Cristo nos une íntimamente a Él y nos ata a los demás. El redimido ya no es una isla, sino que pasa a conformar el cuerpo íntegro del Jesús místico, el de la Iglesia, y se une a los hermanos en un vínculo indisoluble, en el cual el eslabón más fuerte es el del mismo Padre y el de su Hijo Jesucristo... Cuando se tiene conciencia de ser redimidos es imposible sentirse un individuo aislado. Esa misma conciencia abate las barreras del egoísmo, de la vanidad, de la soberbia, del individualismo, y coloca al individuo en medio de su realidad de comunidad, de familia, de grupo compacto, en el cual la cabeza y la voz cantante las tiene Dios mismo...

Y hacer partícipes de esa misma noticia a los hermanos es alcanzar la plenitud de la felicidad. Si ya se es feliz por haber sido salvados y por haber sido integrados a la familia de los redimidos con Dios a la cabeza, esa felicidad se alcanzará plenamente sólo en la medida que hagamos partícipes de esa misma felicidad a los que tenemos a nuestro alrededor... Anunciar la salvación a los demás e integrarlos a nuestra misma familia de redimidos, nos dará mayor felicidad...Por eso San Juan dice: "Les escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa..." No existe felicidad mayor que la de comunicar la propia alegría. En la medida en que le digamos a los demás la felicidad que vivimos, en esa misma medida aumentará la nuestra, pues estaremos haciendo que más y más se quieran integrar a los salvados que quieren vivir esa misma felicidad...

San Juan Evangelista sintió, en su ancianidad, que todo lo que había vivido le había dado sentido a su existencia. Y que lo había hecho inmensamente feliz. Ser discípulo de Jesús, "el más amado", y haber vivido y comprobado la experiencia de su resurrección, lo hizo ascender a las máximas alturas del gozo espiritual. Y lo quiso compartir con todos en su apostolado y en sus escritos, con lo cual vivió más intensamente su felicidad...