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sábado, 26 de junio de 2021

Llamados a una eternidad final de felicidad y plenitud

 Talitha kum"

"Talita Kumi", "Niña, a ti te lo digo, levántate y anda". Es la invitación acuciante de Jesús a la niña muerta. Y es la misma invitación que nos hace a todos. Ninguno de nosotros deja de escucharla, pues los seguidores de Cristo estamos llamados a la verticalidad, no a la postración destructiva de nuestro ser. La verdad más relevante que surge luminosa en esta liturgia es la de una situación final a la que todos estamos llamados: No somos seres para la muerte, sino que hemos sido creados para la vida eterna. Nuestro final no es de postración sino de elevación. No puede ser de otra manera, pues de las manos de Dios nunca podrá surgir la frustración de la vida de sus hijos, en la desaparición oscura, sino que de ellas brota solo vida en abundancia, llena de amor y de eternidad. El fin de los hombres es el fin de la gloria. Es el mismo recorrido que ha realizado Jesús. Y ese mismo recorrido es el que está marcado para cada uno de nosotros. En nada seguiremos un itinerario distinto. Él nos abre el camino, y es el mismo que, paso a paso, seguiremos cada uno. La claridad con la que lo expresa el autor del libro de la Sabiduría es meridiana. Somos los seres de la luz y de la vida. La convicción es tal, que pugna por hacerlo entender a todos. No hay verdad más iluminadora que esta. Porque Dios nos ha creado para sí, nuestra solidez se basa en que nunca desapareceremos, pues estamos llenos de la genética espiritual de eternidad. Somos les seres de la resurrección, y eso jamás podrá cambiar, pues el signo será siempre el de la trascendencia. Solo quien se sustraiga a sí mismo de una luminosidad tan clara, despreciando la llamada a ese levantamiento del espíritu, y se quede en el absurdo de la horizontalidad mortal, sirviéndose a sí mismo, quedándose tontamente en el servicio egoísta y narcisista, verá frustrada la invitación hecha por el Señor, y caminará directamente a su destrucción, prefiriendo la total inmanencia y despreciando la llamada a ser más, a llegar a la plenitud: "Dios no hizo la muerte ni se complace destruyendo a los vivos. Él todo lo creó para que subsistiera y las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo reina en la tierra. Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los de su bando". El camino es claro y luminoso. No puede haber extravíos. No hay posibilidades para ello.

En este sentido, la marca es la de la caridad mutua. La Iglesia, instrumento de salvación, insiste una y otra vez en que nuestra vida de fe nada tiene que ver con la individualidad. Más aún, si existen dificultades entre los hermanos más necesitados, a lo cual podemos percibir que muchos insisten en hacerse la vista gorda, sin duda influidos por un mundo que mira con muchísima más atención los intereses mal sanos a los que lo lanza a un entendimiento incorrecto del progreso humano, que pone el acento en un autoservicio quizá individualmente satisfactorio, pero que no tiene en cuenta el amor y la solidaridad, pues se basa en un egoísmo exacerbado, que es lo más destructivo contra la misma humanidad. Esos mismos terminarán siendo víctimas de su propio desatino. No hemos sido creados para el individualismo y todo lo que lo favorezca será siempre destructivo. Más aún, autodestructivo: "Hermanos: Lo mismo que sobresalen en todo - en fe, en la palabra, en conocimiento, en empeño y en el amor que les hemos comunicado -, sobresalgan también en esta obra de caridad. Pues conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por ustedes para enriquecerlos con su pobreza. Pues no se trata de aliviar a otros, pasando ustedes estrecheces; se trata de igualar. En este momento, su abundancia remedia su carencia, para que la abundancia de ellos remedie la carencia de ustedes; así habrá igualdad. Como está escrito: 'Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba'". Es la solidaridad en la que todos somos iguales, y en la que todos los hermanos ponen el hombro, de modo que podamos vivir en un mundo más justo y más humano. ¡Cuántas injusticias, cuánta miseria, cuántas soluciones a los problemas del mundo, desaparecerían si nos esforzáramos por entender y por vivir esta realidad tan sencilla!

Son los gestos que nos pide Jesús que demos ante un mundo que está perdiendo el valor de la solidaridad y del amor. Es en la confianza serena y segura donde está nuestra solidez. No somos débiles al abandonarnos en ese amor y en esa confianza. Al contrario, nos transformamos en los hombres más poderosos, pues se coloca a nuestro lado todo el poder del amor de Jesús por los hombres, lo cual ha sido ya demostrado en toda su magnificencia, con su muerte aparentemente débil en la cruz, pero convertida en la fuerza más poderosa, pues en ese gesto de entrega y de muerte traía consigo la muerte de la misma muerte, lo cual refrendó gloriosamente con su resurrección. Ese poder, Jesús está dispuesto a demostrarlo cada vez que sea necesario: "En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al mar. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: 'Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva'. Se fue con Él y lo seguía mucha gente. Llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: 'Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?' Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: 'No temas; basta que tengas fe'. No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo: '¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida'. Se reían de Él. Pero Él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: 'Talitha qumi' (que significa: 'Contigo hablo, niña, levántate'). La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña'". Delicadeza extrema del amor de Jesús. Los detalles nos hablan de que no quiere ser un simple mago que cura, sino alguien que toma a la persona para sí y se ocupa de todos los detalles. Hasta del gesto de pedir que le dieran de comer para que tuviera las fuerzas necesarias. Es un Dios detallista que nos ama al extremo, y que cada detalle de nuestra vida lo tiene presente. Por eso, tiene sentido que nos invite a lo trascendente. Que nos elevemos. Que miremos hacia arriba siempre, sin quedarnos solo en lo horizontal. Nuestra vida está llamada a la trascendencia y no podemos estorbar ese camino. Nuestra existencia debe vivir, sí, pisando firmemente en la realidad que nos circunda, pero siempre suspirando por esa eternidad a la que somos todos convocados.

viernes, 18 de junio de 2021

La plenitud es segura. Es el regalo amoroso de Dios

 Buscad primero el Reino de Dios

La lógica del amor y de la fe supera con mucho a la lógica simplemente humana. Para nosotros es especialmente importante tratar de cuadrar todas las cosas en explicaciones razonables que nos dejen satisfechos, con una conciencia de claridad y de tranquilidad, pues de lo contrario siempre estaremos caminando inseguros, con la sensación de que no estamos pisando en firme, y por lo tanto, con la intranquilidad de un posible desequilibrio que nos crea desasosiego. En cierto modo, es esto lo que nos motiva a mejorar y a procurar que nuestro mundo y nuestros hermanos mejoren, pues hemos sido creados para la felicidad y para procurar la felicidad de los demás. Es nuestra tarea y no podemos renunciar a ella. Dios nos ha hecho responsables de ello, y en procurarlo se nos debe ir la vida. Junto a esto, es necesario que tomemos la trascendencia de nuestras acciones, pues al ser llamados a la eternidad, este progreso no se puede detener cuando aparezcan los obstáculos que seguramente nos encontraremos en el camino. Los primeros serán los que ponemos nosotros mismos, al considerarnos incapaces de llevar adelante semejante tarea. Sin embargo, esto, más que escollos en el camino son la verdadera oportunidad que nos pone el Señor para que asumamos que esa lógica, la del amor y de la fe, supera nuestra simple expectativa humana que, al ser limitada, porque lo somos naturalmente, nos llama a precisar nuestra mirada más allá de lo natural. Nuestra condición de seres complejos, que se mueven ante su propia naturaleza regalada por el amor al haber surgido del amor infinito de Dios, y la de nuestra trascendencia que nos tira hacia la eternidad divina, en el regalo de la participación de la naturaleza divina que nos enriquece extraordinariamente de parte del amor de Dios, debemos aplicar la sabiduría que se nos ha regalado. Por ello, debemos apuntar siempre hacia arriba, sin quedarnos varados en la realidad tangible de nuestra vida ordinaria. Teniéndola en cuenta, pues es la parte natural que nos toca asumir, debemos hacernos dóciles a las inspiraciones divinas que nos llaman a no quedarnos en lo horizontal, sino a apuntar a lo que permanecerá eternamente. Es la docilidad necesaria para poder asumir correctamente el ser también cada uno elevado a la lógica de Dios.

Lo primero que debemos asumir es nuestra propia debilidad. No somos súper hombres. El mundo de los súper héroes es un mundo de fantasía que nos hemos forjado para vivir en el espejismo de lo que por nosotros mismos somos incapaces de lograr. Es el ideal del hombre: llegar al punto en el que nada nos podrá vencer, que nada nos puede dañar, que somos inmunes a cualquier ataque o persecución, que somos poderosos ante cualquier dolor o sufrimiento. Es el ideal de la incolumidad, en el que somos inmunes a todo, pero que lamentablemente no es el mundo real. Ese mundo es muy distinto a este que nos podemos forjar. El mundo real, aun cuando tiene hermosas compensaciones, es en ocasiones un mundo cruel e inhumano. Muchas veces por responsabilidad de lo que nosotros mismos hacemos, pero frecuentemente más por lo que otros cargan sobre nuestras vidas. Todo esto nos dice que nuestra condición pasajera marca la pauta con nuestra debilidad: "Hermanos: ¿Hay que gloriarse?: sé que no está bien, pero paso a las visiones y revelaciones del Señor. Yo sé de un hombre en Cristo que hace catorce años - si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe - fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé que ese hombre - si en el cuerpo o sin el cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe - fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables, que un hombre no es capaz de repetir. De alguien así podría gloriarme; pero, por lo que a mí respecta, sólo me gloriaré de mis debilidades. Aunque, si quisiera gloriarme, no me comportaría como un necio, diría la pura verdad; pero lo dejo, para que nadie me considere superior a lo que ve u oye de mí. Por la grandeza de las revelaciones, y para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría. Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido: 'Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad'. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte". Esta es la clave del sosiego. Lejos de lo que podemos imaginarnos, en la añoranza del ser poderosos para poder vencer en todo por la propia virtud, la experiencia espiritual del encuentro con el amor y la fe, nos da esa sensación de seguridad, pues nos ponemos en las manos del realmente poderoso y el que nos enriquece con su fuerza y la ilusión de ser de Él. Incluso las sublimes experiencias espirituales que podamos vivir, que el amor de Dios nos pueda regalar en su inmenso amor por nosotros, deben desencajarnos de nuestra experiencia vital ordinaria, pues en todo caso serán siempre dádivas de su amor, sobre las cuales nunca podremos tener el control. Hay que asumirlas como lo que son, es decir, como dones extraordinarios que nos son regalados misteriosamente.

Lo propio del hombre de fe, el que ha sido arrebatado por el amor infinito, es saber reconocer estos dones, no para engreírse, sino para vivir agradecido por ellos. Nuestra parte humana, necesariamente limitada, puede llegar a ser incapaz de reconocer este efecto de la gracia, y pretender atribuirse el mérito. Es una tentación natural. Llegar a creer que ha sido el esfuerzo personal el que ha logrado llegar a esa altura. El hombre de fe debe saber discernir bien el origen de la gracia. Y éste está en el deseo divino de superación que ha puesto en su criatura, en el cual el hombre, sin duda, tiene participación, pero cuya causa final es la capacidad que el mismo Dios coloca en el espíritu acucioso y fiel que busca ser solo de Él. Por eso Jesús insiste en la necesidad de discernimiento correcto que se debe tener en el acento exacto. Es desplazar todo lo que pueda estorbar en el camino hacia la conciencia de esa plenitud a la que estamos convocados. Y en sustraer de ese caminar todo lo que pueda ser incómodo para avanzar en el camino. El tesoro que se debe perseguir es el más valioso. Y nunca lo encontraremos por nosotros mismos, aunque tengamos el derecho de hacer nuestra parte. La condición es la de que sepamos descubrir la verdadera riqueza del abandono en Dios, en su amor y en su providencia augusta en favor de nosotros. La torpeza puede darse cuando no damos instancia a lo que nos propone Jesús, sabiendo que será siempre mucho mejor que lo que nosotros mismos podamos proponernos: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No pueden servir a Dios y al dinero. Por eso les digo: No estén agobiados por su vida pensando qué van a comer, ni por su cuerpo pensando con qué se van a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Miren los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, su Padre celestial los alimenta. ¿No valen ustedes más que ellos? ¿Quién de ustedes, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué se agobian por el vestido? Fíjense cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y les digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? No anden agobiados, pensando qué van a comer, o qué van a beber, o con qué se van a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se les dará por añadidura. Por tanto, no se agobien por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia". Nuestra vida está en las manos de Dios. Y es maravilloso cuando lo hacemos más consciente y experiencial, pues entramos en el sosiego mayor que es el del amor de Dios. Es nuestro tesoro. Al que tenemos derecho, pues es el regalo amoroso de nuestro Dios. Nunca tengamos la tentación de desaprovecharlo.

jueves, 10 de junio de 2021

Nuestra fraternidad es trampolín de eternidad

 Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no  entraréis en el reino de los cielos" - Evangelio - COPE

Relativizar la experiencia de la fe es uno de los grandes males que vivimos en nuestro tiempo. No es algo que sea nuevo, pues esa tentación ha estado siempre presente en la historia. Todos los hombres hemos tenido la tentación de poner toallas tibias a las exigencias de la fe, como buscando una justificación para poder realizar acciones en la que nos ponemos en la cuerda floja, de modo de sentir alguna sensación de libertad, de autodeterminación, de autonomía, de emancipación, contra alguna fuerza externa que pareciera querernos oprimir. Los últimos Papas han querido iluminar el camino de los cristianos para echar luces, de modo que se pueda encontrar un camino que, respetando el sentido de la justa libertad que Dios nos ha donado, no colija con ese don amoroso e inmutable. El Papa Benedicto XVI habló claramente de "la dictadura del relativismo", que se ha ido inoculando al hombre, al extremo de cambiar incluso la manera de pensar de muchos. La afirmación común: "Quien no vive como piensa, termina pensando como vive", se ha hecho una realidad contundente. Las presiones externas de un mundo que promulga "el dejar hacer", sin tener en cuenta a los hermanos, sino que invita solo a pensar en la conveniencia personal, en el disfrute que exaspera al hedonismo, que promulga el desentenderse totalmente de la necesidad de los demás, que, en definitiva, enarbola y promueve la vanidad, el egoísmo, el individualismo, es el seguro camino para la debacle de la humanidad. Jamás podrá ser bueno un mundo en el que nos desentendamos de los hermanos. Hemos sido creados para la felicidad, y esa felicidad solo está en la ruta de la unión con Dios y la de la fraternidad. Es la plenitud. Encerrarse en sí mismo es el camino errado, aunque en apariencia sea ese el de procurar alcanzar una supuesta libertad, ciertamente mal entendida, pues la libertad no está en hacer lo que venga en ganas, sino en lo que nos hace más humanos, no en lo que nos quita la riqueza del ser hombre, que está en el ser hermanos.

La realidad es que convertirnos en hombres que pierdan su referencia a las alturas, que fijen sus miradas solo en la realidad tangible e inmanente, la que con toda seguridad desaparecerá tarde o temprano, es reducir al mínimo la experiencia humana, llamada a mucho más. No es posible que nos conformemos con la idea de que "esta vida es una sola y hay que gozarla". Básicamente es cierta la afirmación, pero no en el sentido en que lo quieren hacer entender los que con más fuerza la promueven, sino en el de que es una vida que nunca se acaba, pues trasciende cualquier realidad que nos podamos imaginar. Somos y existimos para la eternidad. No vamos a desaparecer jamás, pues somos los seres creados para la resurrección, siguiendo los mismos pasos de nuestro Salvador. Él nos ha abierto ya el camino para esa eternidad. Por eso, el cristiano está llamado cada vez más, a no conformarse con mínimos. Los regalos del amor son lo suficientemente valiosos como para que valga la pena colocarlos en la prioridad. Y en este esfuerzo no debemos sentir ni temores, ni perplejidad, ni suspicacias, pues está claro que es el camino que nos lleva a lo que tenemos que ser, y que Dios ha establecido para nuestra felicidad. Debemos rasgar toda sombra de cualquier duda. No puede haber dudas en el camino hacia la plenitud: "Hermanos: Hasta hoy, cada vez que se lee a Moisés, cae un velo sobre los corazones de los hijos de Israel; 'pero cuando se conviertan al Señor, se quitará el velo'. Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad. Mas todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; por la acción del Espíritu del Señor. Por esto, encargados de este ministerio por la misericordia obtenida, no nos acobardamos. Y si nuestro Evangelio está velado, lo está entre los que se pierden, los incrédulos, cuyas mentes ha obcecado el dios de este mundo para que no vean el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y nosotros como siervos de ustedes por Jesús. Pues el Dios que dijo: 'Brille la luz del seno de las tinieblas' ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo". El camino es iluminado por la luz del Espíritu de Dios. Y donde está Él, solo hay luz, vida, confianza.

Esto tiene consecuencias para toda la vida del cristiano. Esta certeza de la felicidad futura no es para un disfrute egoísta, que compense solo a quien la recibe. Sería absurdo pensar que quien nos ha creado para el amor a Él y a los hermanos, vaya a estar satisfecho con la sola experiencia del hombre. Evidentemente está feliz de que cada uno la disfrute, y de que lo haga al máximo. Pero la intención es que aquello trascienda y se comunique a todos, pues esa es la verdadera base de la felicidad en la fe. Debe ser una fe convivida, en la que se asuma incluso que la salvación propia llegará a depender de la colaboración que ponga cada uno por salvar a los demás. No hay salvación individual. Hemos sido creados seres comunitarios, y en hacer eso cada vez más consciente y comprometido está nuestra salvación. Así lo enseñó Jesús a todos, seguramente con la sorpresa de quienes lo escuchaban y pensaban que bastaba con mantenerse siendo buenos íntimamente, para alcanzar la salvación. Cristo hace caer esa conciencia egoísta y establece el amor al hermano como única condición: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Si la justicia de ustedes no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos. Han oído que se dijo a los antiguos: 'No matarás', y el que mate será reo de juicio. Pero yo les digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano 'imbécil', tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama 'renegado', merece la condena de la 'gehenna' del fuego. Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras van todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo". Lo que importa es amar, a decir del hermano Carlo Carreto, gran misionero en el desierto. Nada mueve más al cristiano que el amor. Alejarse del excesivo inmanentismo que nos está destruyendo, y elevar nuestra mirada y nuestro corazón a lo trascendente, pisando sólidamente en nuestra realidad que, más que freno, se convierte en trampolín de nuestra salvación. Solo ese es el camino.

jueves, 17 de septiembre de 2020

La experiencia más entrañable que podemos vivir es la del perdón por amor

 Sus pecados le han quedado perdonados, porque ha amado mucho» – Reporte  Católico Laico

Los peores jueces de nosotros somos nosotros mismos. Cuando toca el momento de juzgarnos, de hacer valoraciones sobre nuestra conducta, podemos asumir dos posturas que, por ser tan distintas, llaman la atención al presentarse como alternativas. O nos vemos extraordinariamente buenos, o nos vemos extraordinariamente malos. La primera actitud nos coloca casi en la categoría de la perfección, de personajes impolutos, seudo-divinos, en la que nadie puede jamás superarnos, pues estamos en las alturas del Olimpo, donde solo residen los dioses, los perfectos. La segunda, por el contrario, nos hace considerarnos los peores seres de la creación, los insalvables, los que ya no tienen remedio, y que deben esperar solo el juicio terrible de la historia y ser lanzados sin apelaciones al infierno. Ambos extremos se presentan entre nosotros, con matices y variables distintas, y aunque ésta sea una presentación caricaturesca de la realidad, no deja de estar bien encaminada. Entre estos extremos podemos buscar nuestra propia ubicación, la que seguramente estará entre el ser muy buenos o el ser muy malos, lo que tendrá como consecuencia inmediata la asunción de un estilo de vida que estará marcado por el optimismo utópico o el pesimismo destructivo. La realidad es que ninguno de nosotros es puramente bueno ni puramente malo. Si tuviéramos que categorizarnos con total objetividad tendríamos que asumir la realidad: somos esencialmente buenos, pero en muy numerosas ocasiones podemos ser traidores de nuestra bondad natural. En alguna ocasión se ha escuchado afirmar que, después de haber hecho nuestro examen personal sobre nuestra propia calidad, si nos vemos muy buenos debemos rebajar un poco en esa bondad, y si nos vemos excesivamente malos, también debemos rebajar esa supuesta maldad, por lo que la realidad, normalmente, sería un promedio entre ambos extremos. Y dando un paso más allá en este proceso, se dice que hay cuatro maneras diversas de asumir el examen sobre sí mismo, basados cada uno en un espectador distinto. Esos espectadores serían: nosotros, los demás, la misma realidad y Dios. Generalmente las percepciones de cada uno son distintas. Una manera será en la que nos vemos nosotros; otra, como nos ven los demás; otra más, la que en realidad somos; y la última y más perfecta, como es natural, la manera como nos ve Dios que, además de ser la más perfecta, está aderezada por su inmenso amor por nosotros y por su justicia infinita.

Para sentirnos en paz con lo que somos, y siguiendo el itinerario que Dios mismo quiere, en línea con su amor creador y sustentador, lo mejor y más pertinente es dejar en sus manos el juicio final sobre nosotros. No se trata de no hacer nuestro examen personal sobre lo que somos, sino de dejar el dictamen final en sus manos de Padre, llenas de amor y de justicia. Aun cuando nosotros tenemos suficiente entidad para lanzar una conclusión sobre lo que somos y sobre nuestra conducta, lo mejor es, al conocer muy bien nuestra falta de imparcialidad que nos hace ver o muy buenos o muy malos, colocarse en las manos del amor y dejar que sea ese amor el que proceda a emitir su juicio. San Pablo lo entendió y lo hizo maravillosamente bien: "En cuanto a mí respecta, muy poco me preocupa ser juzgado por ustedes o por algún tribunal humano. Ni siquiera yo mismo me juzgo", pues dejaba ese juicio final en las manos de Dios. Y por ello, habiendo tenido la experiencia del amor de Dios que lo juzgaba, entendió que de poco valen las conclusiones que hubieran podido sacar él o los demás, pues se había percatado de que la óptica de Dios era una muy distinta a la que usamos naturalmente los hombres: "(Jesús resucitado) se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí". El que, según lo humano, debía ser radicalmente rechazado pues había sido perseguidor de los cristianos, e incluso del mismo Cristo, por el contrario, según el criterio del amor, había sido elegido, para ser anunciador de la gracia y de la salvación, y se llegó a convertir en el apóstol de los gentiles. El que debió haber sido condenado, llegó a ser una de las columnas del cristianismo naciente. En la base de todo está el saber que el amor se pone de su lado y que es ese amor el que al fin da la calidad del juicio que se pueda emitir. Es el amor de Dios que no busca ni quiere la condenación o la muerte de nadie, sino que por el contrario apunta al rescate de todos, principalmente de los que se encuentran más lejos para tenerlos consigo, pues entiende que debe apuntar al perdón y a la misericordia, que es lo que más necesitan los que están enfermos, para los cuales ha sido enviado por el Padre: "He venido a rescatar lo que estaba perdido ... No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos ... Hay más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse ... El buen pastor deja a las noventa y nueve en el redil y va en busca de la oveja perdida".

En Dios el criterio principal para el juicio sobre cada persona es el del amor. Antes de mirar hacia el pecado, que ve y juzga pues no es ciego, ha visto hacia su propio corazón, y lo que encuentra en él es el amor por el que ha creado al hombre, por el que lo ha acunado, por el que lo ha sostenido y ha procurado para él toda clase de bienes, por el que le ha prometido un rescate glorioso, por el que ha asumido la misión de salvación que le ha encomendado el Padre. Ese amor es muy valioso como para echarlo todo por la borda, y lo llama a nunca abandonar al hombre en su pecado. Lo que buscará es derramar ese amor sobre el corazón del pecador, convencerlo de que su amor jamás cambiará, hacerle sentir su deseo de perdón y de misericordia, atraerlo con suavidad hacia su corazón para que experimente en lo más profundo lo entrañable de ese amor que no está dispuesto a perderlo, por lo que hará lo que sea necesario para rescatarlo, e incluso llegará a estar dispuesto a morir por él. Dios refrena la posibilidad de la ira o de la venganza porque coloca por encima su amor. Ese amor es mayor, es más grande, es infinito y eterno. Y jamás dejará de actuar cuando en el corazón del pecador se siente su dulzura y su ternura, y éste se acerca con ilusión a dejarse llenar, abandonándose en él para sentir la compensación inigualable del perdón que da el amor, pasando incluso por encima de las convenciones humanas: "Una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume ... Jesús dijo: 'Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco'. Y a ella le dijo: 'Han quedado perdonados tus pecados' ... 'Tu fe te ha salvado, vete en paz'". El amor no tiene miramientos ni hace cálculos. Perdona y basta. Quien se acerca confiado, sabiendo lo que es, reconociendo su culpa, asumiendo que es necesaria su transformación, la que lo convence de que es urgente pues en la revisión personal ha reconocido su maldad, y busca con sinceridad de corazón aquello que se le ha prometido desde el amor, añora con intensidad e ilusión vivir ese baño de perdón y de misericordia, abandonándose con humildad en las manos de Aquel que le ha prometido hacerle sentir su amor y abriendo su corazón para ser depositario de él, y vivir la experiencia más extraordinaria que puede vivir cualquier hombre, como es la del amor que perdona, que rescata, que llena de dulzura, que eleva a lo más hermoso y que coloca en el mejor sitio imaginable, que es el mismo corazón de Dios, lugar de la infinita compensación del amor, de la misericordia y del perdón.