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viernes, 18 de junio de 2021

San Pedro y San Pablo, pilares sólidos de la Iglesia

 Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» , XXI Domingo del Tiempo Ordinario  (Ciclo A) – Parroquia San Miguel

Contemplar nuestra historia de salvación, desde el principio, constatando cómo Dios mismo se convierte en el artista más delicado y amoroso con su obra, nos hace confirmarnos en que todo lo que va bellamente escribiendo el Creador solo busca un objetivo: cortejar al hombre, la criatura por la que se embarcó en esta aventura creadora, a la que ha hecho existir solo por su amor de expansión, en la búsqueda de que fuera solo suyo y poder derramar sobre él todo el bienestar y la felicidad que cupiera, que será siempre mucho más de lo inimaginable, pues proviene de la fuente inagotable de vida y de gozo que es Él mismo. En Dios no se pueden buscar nunca remilgos. Jamás encontraremos un arrepentimiento de haber sido el más generoso. Incluso cuando pudo haber pensado, con dolor, que el hombre en algún momento debía desaparecer por su infidelidad y su traición al amor, a pesar de las innumerables muestras del favor de Dios, o por sí mismo, o por aquellos que intercedía en favor de sus hermanos, cambiaba de parecer y daba paso a su misericordia y a su perdón. Siempre da una nueva oportunidad para el arrepentimiento y la conversión. Es este el primer paso para la serenidad de espíritu en el hombre. No hay como estar seguros de que existe un Dios que ama profundamente, que está siempre dispuesto al perdón, para Él no hay otro valor que el de la vida feliz de su criatura. En efecto, en esa historia de amor que Dios está siempre empeñado a escribir, nos encontramos con  personajes que han tenido una luminosidad clarísima al respecto. Y por haberlo asumido con la radicalidad y pureza de espíritu requerida, no solo estuvieron convencidos de ello, sino que lo vivieron en grado extremo. San Pedro es el primero de ellos, experimentando las maravillas del poder de Dios sobre él: "Las cadenas se le cayeron de las manos, y el ángel añadió: 'Ponte el cinturón y las sandalias'. Así lo hizo, y el ángel le dijo: 'Envuélvete en el manto y sígueme'. Salió y lo seguía, sin acabar de creerse que era realidad lo que hacía el ángel, pues se figuraba que estaba viendo una visión. Después de atravesar la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la ciudad, que se abrió solo ante ellos. Salieron y anduvieron una calle y de pronto se marchó el ángel. Pedro volvió en sí y dijo: 'Ahora sé realmente que el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo de los judíos'". Esta experiencia mística de liberación de Pedro de las cadenas que lo ataban, fue la prueba fehaciente de que su entrega, su disposición al sacrificio, su deseo de fidelidad intachable al Dios que lo había elegido, estaba por encima de todo para sentir el gozo de su compañía. No fueron suficientes los contratiempos con los que se topaba. Esos estaban allí, y seguirían siempre allí. El mérito, en todo caso era el de fidelidad. Solo al Señor había que dar la gloria.

En la misma línea destaca el otro gran apóstol de aquella Iglesia que nacía. En este sentido sus vidas son casi un calco una de la otra. La fidelidad extrema con la que asumió San Pablo su conversión en el Camino de Damasco representó para él una de las experiencias de transformación más dramáticas de la historia de la salvación. De perseguidor obcecado a los pertenecientes a la nueva 'secta' de los cristianos, arrestándolos para facilitar incluso su muerte. El Señor tenía la mira muy buen puesta sobre él. A Pedro lo había elegido para anunciar la salvación a los seguidores provenientes del judaísmo. A Pablo lo elige para asignarle una tarea mucho más amplia: el anuncio del amor de Jesús que se derramaba sobre todo aquel que viniera de la gentilidad, no del judaísmo, lo que ampliaba inmensamente el abanico de la salvación. Consciente de que esa tarea era ingente, la asume, atendiendo a su vez con todas las consecuencias. Este nuevo camino representaba el abandono de una vida anterior que lo llamaba a cosas muy distintas. Era una novedad absoluta en la que se sumía, llamado no a hacerse la ilusión de que las cosas materialmente fueran mejor. Le esperaban en el camino sufrimientos, dolores, persecuciones, azotes, burlas, e incluso la muerte. Y él lo sabía. Pero en atención a su elección, lo asumía con gravedad, e incluso con alegría, pues sabía que ese era el camino de su propia plenitud y la de los hermanos a los que era enviado. Eso bastaba: "Querido hermano: Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación. Mas el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará llevándome a su reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén". Ciertamente, es enternecedora esta conciencia serena y pacífica que ha adquirido, solo motivada por su amor a Dios y a los hermanos a los que ha entregado toda su vida. De nuevo, se constata esta conciencia apostólica de postergarse a sí mismo, con tal de que brille siempre el amor de Dios. Era la seguridad de ellos, y no requerían nada más.

En ambos apóstoles, los personajes descollantes de la historia de la Iglesia que nacía, nos encontramos el modelo ideal que debemos asumir todos los cristianos. Seguramente nunca llegaremos a este grado supremo de convicción y de entrega. Pero no por ello debemos dejar de pugnar por avanzar en ese camino. No podemos pensar que por hacerlo obtendremos algún beneficio personal o egoísta. Quizás sea más bien lo contrario. En el camino de la fidelidad los escollos están allí. Los que cambiamos somos nosotros. No es el mundo el que cambiará en su empeño por oponernos a Dios. El nuestro debe seguir siendo el de convertir a ese mundo para que mire más a Dios, para que valore lo que Dios ha hecho, para que se entregue también a ese amor misericordioso y poderoso del Señor. Esa debe ser nuestra tarea, en el entendido que hemos comprendido el requerimiento del amor, y que lo hemos puesto por encima de nuestra propia vida, pues es mucho más valioso de lo que poseemos. Al elegir a Pedro como el jefe del grupo de los apóstoles, y consecuentemente, de la Iglesia que está fundando como instrumento de salvación para todos los hombres, está poniendo a un hombre débil, pescador, pudiéramos decir ignorante de las cosas de la fe, pero que fue capaz de identificar la esencia pura del Hijo de Dios, el esperado de las naciones, por el cual suspiró toda su historia el pueblo de Israel, el elegido, por lo cual en esa convicción profunda Jesús se 'arriesgó'. Miró más al hombre de fe, que había sucumbido ante la verdad más luminosa de la historia, para encargarlo de la tarea más majestuosa: la salvación del hombre y del mundo: "En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: '¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?' Ellos contestaron: 'Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas'. Él les preguntó: 'Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?' Simón Pedro tomó la palabra y dijo: 'Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo'. Jesús le respondió: '¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos'". Su elección sobre Pedro, refrendada en este momento de gloria eclesial, y el envío de Pablo a los gentiles, inauguran el nuevo orden establecido por Jesús para la Iglesia. El ejemplo de entrega de ambos, son el modelo de entrega para todos los cristianos. Es el mismo caminar que debemos asumir. Ese nuevo orden nos dice que ya no somos los mismos. Que somos hombres nuevos en las manos de Dios. Es ese el mejor lugar en el que nos podemos colocar, pues en ningún otro podremos encontrar nuestro alivio, nuestro sosiego, nuestro descanso. Debe ser nuestro futuro, pues es el regalo de amor que nos tiene reservado nuestro Dios de amor para toda la eternidad.

domingo, 13 de junio de 2021

Jesús es el único Sembrador y Salvador. Nosotros, sus instrumentos

 El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la  semilla en la tierra – Arquidiócesis de Tijuana

Cuando Dios elige a Abraham para que fuera el padre de naciones, convocándolo a dejar sus tierras y sus posesiones, en una petición inusitada que seguramente el Patriarca no se esperaba de ninguna manera, deja claramente revelada su intencionalidad comunitaria en la elección. El hombre, en su esencia es reflejo de la íntima vida comunitaria divina y esa condición queda reflejada en la expresión clara de Yahvé al crear al hombre: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza". El hombre no es un ser individual, aunque tenga su condición unitaria. El hombre es un ser social, pues está en la razón de su origen, tal como lo es Dios desde toda la eternidad. Por ello, querer deshacerse de esa condición natural es un total absurdo. Dejar de ser hombres sociales, es básicamente dejar de ser hombres. Esto, en la historia de la salvación, tiene consecuencias definitivas. Al estar en aquella raíz original jamás podrá faltar. Y como en todas las actuaciones de Dios, todo cobra sentido por su intencionalidad final: la elección del personaje individual, como en todas las Escrituras antiguas y nuevas, apunta a algo más. Dios nos dice que ellas deben marcar una pauta para el futuro, que al fin y al cabo apunta a los beneficios que Dios quiere seguir derramando. Estas elecciones descubren una intención final y definitiva. En ellas podemos tener un atisbo claro de la Iglesia, comunidad de salvación que Cristo establecerá para hacer llegar a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares, esa salvación que ha logrado con su obra de rescate: "Esto dice el Señor Dios: 'También yo había escogido una rama de la cima del alto cedro y la había plantado; de las más altas y jóvenes ramas arrancaré una tierna y la plantaré en la cumbre de un monte elevado; la plantaré en una montaña alta de Israel, echará brotes y dará fruto. Se hará un cedro magnífico. Aves de todas clases anidarán en él, anidarán al abrigo de sus ramas. Y reconocerán todos los árboles del campo que yo soy el Señor, que humillo al árbol elevado y exalto al humilde, hago secarse el árbol verde y florecer el árbol seco. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré". Esa nueva comunidad de la Iglesia que Jesús fundará en el futuro tendrá la tarea crucial de llevar a todos la salvación. Y lo hará en las mismas condiciones que lo hará Jesús: desde la humildad, el servicio, la entrega de sus miembros, conocedores de su responsabilidad. 

Para que esta nueva comunidad de salvados, la Iglesia, ejerza de la mejor manera su misión, debe asumir desde su modelo, Jesús, sus cualidades y características. Él la realizó desde la humildad y la entrega, sin renunciar a las exigencias propias de lo que la otra parte del pacto debía también asumir. Sin duda, la creación de la Iglesia es un gesto de amor infinito, pues el objetivo es el de que todos los beneficios sean derramados sobre los hombres. Pero, como es natural, debe ser también asumido con la buena disposición por los integrados a la comunidad. Por un lado, abriéndose cada uno a la salvación que Dios regala, y al mismo tiempo, haciéndose activo en la actuación de esa nueva comunidad en favor de los hermanos. Quien no cumpla, tal como el árbol que no dé fruto, será echado fuera. Por el contrario, quien se integra con alegría e ilusión, obtendrá la salvación y la alcanzará para los suyos: "Hermanos: Siempre llenos de buen ánimo y sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, estamos desterrados lejos del Señor, caminamos en fe y no en visión. Pero estamos de buen ánimo y preferimos ser desterrados del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarlo. Porque todos tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir cada cual por lo que haya hecho mientras tenía este cuerpo, sea el bien o el mal". La vida de la Iglesia es vida de profunda actividad. Es incansable, por cuanto llama al abandono de la pasividad, ya que se encuentra en juego no solo la propia salvación, sino la de todos los hermanos a los que la comunidad pueda alcanzar. Saberse responsable de la condición eterna que podrán alcanzar nuestro hermanos, debe bastar para abandonar el inmovilismo, si hemos sido convencidos de que nuestro rescate ha sido motivado solo por el amor infinito que Dios nos tiene a todos. Es la siembra que Jesús ha realizado como sembrador de su Reino en el mundo, y que necesariamente debe dar fruto en todos. Y Él nos ha asociado a esa obra de siembra, aunque realmente el único que realiza la siembra sea Él. A nosotros nos asocia, como miembros de su Iglesia, instrumento de salvación eterna.

En efecto, la Iglesia, comunidad de elegidos y convocados, y de enviados al mundo para anunciar el evangelio de salvación, tiene su tarea muy específica. En el reconocimiento de que existe un solo Salvador y un solo Sembrador, y asumiendo la humildad de su tarea de anuncio y de instrumento de salvación del mundo entero, está su gala y su orgullo. El cumplimiento tesonero y responsable de esa tarea le asegura el sentido de su existencia. Dios, a través de Jesús, seguirá realizando su obra amorosa de salvación. Pero requiere de esa comunidad de salvados que se convierte en antena y vector de salvación para todos los hombres. La Iglesia ha sido enriquecida con todos los bienes que necesita el mundo para salvarse. A través de ella, vivimos en una comunidad estructurada, que nos asegura seguir la Verdad de Dios, que nos pone bajo la cascada que nos baña de vida eterna, de santidad y de gracia, y que nos ilumina con la experiencia de vida que sabemos que es nuestro mayor tesoro y que nos hará llegar a la vida eterna feliz e inmutable: "En aquel tiempo, Jesús decía al gentío: 'El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega'. Dijo también: '¿Con qué compararemos el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden anidar a su sombra'. Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos les explicaba todo en privado". Todo está en las manos de Dios, y nadie puede arrebatárselo. Sería pretencioso. El único Salvador es Él. Y en sus manos están todos los destinos. Nosotros, desde la humildad que nos debe caracterizar, solo debemos ponernos a su disposición absoluta. Y esa será nuestra salvación y la que procuraremos para nuestros hermanos.

sábado, 15 de mayo de 2021

Dios sigue contando con nosotros para salvar al mundo

 Salí del Padre y vine al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre

En el libro del Profeta Isaías nos encontramos con una frase pronunciada por Dios, que describe perfectamente el itinerario que sigue su Palabra, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Jesús de Nazaret, Dios que se encarna para rescatar a la humanidad perdida: "Así como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será próspera en aquello para lo que la envié". Es el periplo exacto que sigue Jesús. Él es la Palabra de amor pronunciada por el Padre sobre el mundo, con lo que cumple su promesa hecha desde el principio, con la cual se compromete a llevar adelante la gesta de recuperación del hombre que se había perdido por el pecado. Es la promesa que sustenta la esperanza que motiva al pueblo elegido a querer seguir siendo suyo, a pesar de la cantidad de incongruencias vitales que una y otra vez demuestran, con lo que se confirma la obcecación que produce el pecado cometido. Durante toda la historia de salvación narrada por los autores divinos, nos encontramos con todos los esfuerzos realizados por Dios para mantener a ese pueblo cercano a sí. No es otra cosa que la certificación de que ese Dios no ha dejado al hombre a su propio arbitrio, el que ha demostrado que sin la conducción del mismo Dios será como dar coces contra el aguijón, como el camino del ciego que no sabe hacia dónde avanzar, por lo cual es absolutamente necesaria la pronunciación de su Palabra de amor sobre la humanidad añorante del cumplimiento de la promesa. Pues bien, esa Palabra es Jesús, Dios que se hace hombre, que asume sobre sus espaldas la responsabilidad de fertilizar la tierra que es el hombre, para que reciba la salvación y la plenitud que Dios quiere para él.

Jesús asume que ha sido enviado a cumplir una misión. Es la misión del amor misericordioso del Padre que procura el rescate de la humanidad. Al Padre lo mueve el amor que tiene a sus criaturas. No las ha creado para que lleguen a una condenación absurda, sino para que, avanzando junto a Él, lleguen a la plenitud de su amor y de su alegría. Y el Hijo se sabe pieza esencial en este itinerario de salvación de la humanidad, por lo que acepta con agrado la encomienda. No es un simple instrumento para la salvación de los hombres, sino que asume activamente la parte que le corresponde. Sencillamente porque también Él ama con intensidad al hombre, sujeto y último beneficiario de su entrega. Por eso llega a acometer el absurdo de una entrega que no le beneficiaba en nada, sino que, al contrario, lo hace víctima de algo en lo que no tiene ninguna culpa: "En verdad, en verdad les digo: si piden algo al Padre en mi nombre, se lo dará. Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre; pidan, y recibirán, para que la alegría de ustedes sea completa. Les he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que les hablaré del Padre claramente. Aquel día pedirán en mi nombre, y no les digo que yo rogaré al Padre por ustedes, pues el Padre mismo los quiere, porque ustedes me quieren y creen que yo salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre". La tarea de Jesús, siendo principalmente la del rescate de los hombres de su situación de postración, es finalmente la de revelar a todos el amor original del Padre, que no quiere que se pierda uno solo de sus hijos, y que, al contrario, está dispuesto a hacer todo en favor de su rescate y de su salvación. Por ello, el Padre será siempre fuente de beneficios para los hombres y jamás dejará de serlo. Lo ha demostrado fehacientemente en la entrega de su propio Hijo al mundo. Por ello, teniendo al Padre de nuestra parte, nunca dejará de responder a nuestras peticiones en nombre de Cristo, cuando nuestras peticiones sirvan para mantenernos cercanos a Él.

Luego de la partida de Jesús, este favorecimiento total de Dios hacia aquellos que se decidían a ser sus discípulos, dejándose conquistar por el amor y haciéndose anunciadores de ese amor, se hizo cada vez más evidente. El Espíritu Santo, también enviado por el Padre y el Hijo como alma de la Iglesia naciente, y razón de vida de todos los anunciadores, llevaba a plenitud la obra de Cristo, suscitando cada vez más seguidores, conquistados por la noticia feliz del rescate de la humanidad en cumplimiento de las promesas hechas por Dios desde aquel principio de la historia de salvación. Tanto en Jerusalén como en todas las ciudades por las que pasaban y en las que anunciaban el amor de Dios a todos, cada vez más hombres y mujeres se iban agregando a ese nuevo pueblo de salvados, y asumían también su tarea de multiplicadores de la alegría por todos lados. Se preocupaban porque la noticia estuviera sólidamente fundada en la verdad del mensaje de amor. Y así, conquistaban y formaban a aquellos que se disponían a ser instrumentos eficientes en la obra de salvación de Dios: "Pasado algún tiempo en Antioquía, Pablo marchó y recorrió sucesivamente Galacia y Frigia, animando a los discípulos. Llegó a Éfeso un judío llamado Apolo, natural de Alejandría, hombre elocuente y muy versado en las Escrituras. Lo habían instruido en el camino del Señor y exponía con entusiasmo y exactitud lo referente a Jesús, aunque no conocía más que el bautismo de Juan. Apolo, pues, se puso a hablar públicamente en la sinagoga. Cuando lo oyeron Priscila y Áquila, lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios. Decidió pasar a Acaya, y los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos de allí que lo recibieran bien. Una vez llegado, con la ayuda de la gracia, contribuyó mucho al provecho de los creyentes, pues rebatía vigorosamente en público a los judíos, demostrando con la Escritura que Jesús es el Mesías". La fuerza del Espíritu era incontenible. Y las conversiones se multiplicaban por donde era anunciada la verdad de Jesús y de la salvación por amor. Por ello, para demostrar todos nuestra sumisión a quien nos ha elegido, debemos dejar que el Espíritu siga actuando, siendo nosotros instrumentos en sus manos para seguir anunciando el amor y la salvación de Cristo, que tanto necesita nuestro mundo hoy.

viernes, 14 de mayo de 2021

Elegidos y enviados para vivir la alegría del amor, como San Matías

 Dios escogió al apóstol Matías

La elección de San Matías para ocupar el lugar que había dejado el traidor Judas Iscariote, es una muestra más de la acción del Espíritu en aquella comunidad de cristianos que nacía, bajo la guía y la vigilancia de los apóstoles, que habían entendido y asumido su tarea de gobierno de aquellos primeros cristianos para dar a conocer la verdad, hacerlos experimentar el amor eterno de Dios y conducirlos mejor por las rutas que llevaban a la salvación alcanzando la plenitud que Dios quería otorgar a sus salvados. Inmediatamente después de la ascensión de Jesús a los cielos, recuperando la gloria que le correspondía, y del descenso del Espíritu Santo sobre todos ellos como colegio apostólico, y sobre María, la Madre del Señor, toman sobre sus hombros la conducción de la Iglesia naciente, y su tarea de llevar adelante con toda seriedad la misión que les había sido encomendada. "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación", lo entendieron no solo como proclamar discursos que presentaran la hermosa noticia de la salvación de la humanidad por amor, sino que ello incluía, y así lo entendieron ellos, la consolidación de una estructura que sostuviera todos los esfuerzos, que los hiciera conscientes de conformar un cuerpo que viviera en la unidad en medio de la diversidad, que velara por mantener una unidad básica y esencial, que vigilara por la pureza de la fe y de la conducta de los nuevos cristianos. Por ello, en la primera oportunidad que tienen, asumen que deben mantener la estructura originaria que había diseñado Jesús para ese cuerpo nuclear que conformaban los primeros apóstoles. La traición de Judas atentó contra aquella disposición originaria e hizo necesaria la recuperación del orden. Habiendo convocado a aquel grupo original, se deciden a buscar quien ocupara su lugar. Y se confían en la inspiración del Espíritu, alma de aquella Iglesia, comunidad nueva de salvación.

En efecto, después de orar, poniendo en las manos de Dios la decisión final, echan la suerte, implorando la asistencia del Espíritu, sobre dos de los discípulos de Cristo que, como afirmaban los principales, habían estado junto a ellos desde el principio, desde que Jesús fue bautizado en el Jordán por el Bautista, y fueron acompañantes consecuentes del grupo de Jesús y de sus apóstoles, siendo testigos de todas las palabras y las acciones del Señor. Los dos candidatos reunían esas condiciones. Se suponen hombres buenos, responsables, conquistados por el amor de Dios y bien dispuestos a seguir el camino de la verdad por encima de todas las dificultades: "Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho, en la Escritura, acerca de Judas, el que hizo de guía de los que arrestaron a Jesús, pues era de nuestro grupo y le cupo en suerte compartir este ministerio. Y es que en el libro de los Salmos está escrito: 'Que su morada quede desierta, y que nadie habite en ella', y también: 'Que su cargo lo ocupe otro'. Es necesario, por tanto, que uno de los que nos acompañaron todo el tiempo en que convivió con nosotros el Señor Jesús, comenzando en el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue quitado y llevado al cielo, se asocie a nosotros como testigo de su resurrección'. Propusieron dos: José, llamado Barsabá, de sobrenombre Justo, y Matías. Y rezando, dijeron: 'Señor, tú que penetras el corazón de todos, muéstranos a cuál de los dos has elegido para que ocupe el puesto de este ministerio y apostolado, del que ha prevaricado Judas para marcharse a su propio puesto'. Les repartieron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles". Impresiona ver que la suerte recae en Matías, el nuevo apóstol, por encima de José, que tenía el sobrenombre de "Justo". Llamar Justo a alguien es el reconocimiento de su bondad. Un justo es un santo. Pero no fue sobre él que recayó la elección del Espíritu Santo, sino sobre Matías, de quien no se dice nada más. La elección de Dios no es caprichosa, sino que apunta al cumplimiento de la misión que debe llevar adelante la Iglesia. Es así la convocatoria que hace Dios sobre cada uno de sus discípulos. Requiere ser seguidor suyo, tener la convicción y la experiencia de su amor, y asumir con todas las consecuencias la misión que se debe cumplir en el mundo.

Es lo que manifiesta Jesús a aquellos que quieren ser discípulos suyos. La elección es suya. Cada seguidor de Jesús se acerca a Él porque Él los atrae. Ciertamente Él "quiere que todos los hombres se salven", pero esta salvación será una realidad cuando Él lance la llamada a ser suyos y, luego de ser elegidos, sean enviados al mundo a ser causa que procure la salvación de los hermanos. Quien toma la iniciativa es el Señor. Y lo hará, como hemos visto, por sí mismo, o por la Iglesia en cuyas autoridades ha delegado su autoridad. En el tiempo de su periplo terrenal Él mismo tomaba la iniciativa personalmente. Después de su ascensión y del descenso del Espíritu, la toma a través de aquellos a quienes ha transmitido su autoridad: "Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a ustedes los llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a conocer. No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca. De modo que lo que pidan al Padre en mi nombre se lo dé. Esto les mando: que se amen unos a otros". Esa elección es nuestra plenitud y nuestra alegría auténtica. El Señor nos hace suyos, y no hay mejor condición para el cristiano que ser de Cristo y servirle en los hermanos. Así lo entendieron los primeros apóstoles, y así lo entendió San Matías, el sustituto del traidor.

jueves, 13 de mayo de 2021

El apóstol es feliz haciendo lo que Dios espera de él

 Oración del jueves: “Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se  convertirá en alegría” - MVC

Luego de su conversión, San Pablo se convierte en apóstol incansable de Jesús en tierras de paganos. Si echamos la mirada a la obra que este realiza a partir de su envío por el Señor a dar a conocer su nombre y su amor a todos los hombres, impresiona ver la cantidad de kilómetros que recorre y el número de conversiones que, siendo instrumento del Espíritu Santo que lo ha poseído totalmente, logra con su testimonio de palabra y de obra. San Pablo vive para Jesús, y el Señor se convierte en su razón de vida. Ya no tiene otro interés sino solo el de dar a conocer la obra de rescate que emprendió el Padre por mediación de su Hijo, enviado para lograr una victoria contundente sobre la esclavitud que azotaba al hombre creado para ser libre. "Para mí la vida es Cristo" ... "Vivo yo, pero ya no soy yo. Es Cristo quien vive en mí". Pablo había puesto su vida entera en manos del Señor, y había entendido así, que solo podía vivir para Él, y que lejos de Él tendría solo oscuridad y tristeza. Era una convicción vital. Cuando se asume la vida de la fe con tal radicalidad, no existen otras opciones. Ser fieles al Señor y a los hermanos, asumiendo la vida del amor que enriquece más que cualquiera de los más grandes tesoros humanos, y que lanza por ese amor al rescate de la humanidad por la que se entregó el Señor, se convierte en razón de vida. Solo entendiendo el abandono en las manos de Dios que radicalmente asume San Pablo, se puede comprender cómo pudo llegar a tales empresas. Tenía la fuerza de su propia convicción de fe, pero por encima de ello, tenía también la certeza de ser de Dios y de contar con su fuerza que lo acompañaba, lo iluminaba, lo fortalecía y lo llenaba de la ilusión de llegar a cada vez más hermanos para procurar su salvación. Por eso su propia vida pasaba a un segundo plano, pues en el primero estaba Jesús y su amor, y la búsqueda de la salvación de los hermanos.

El Espíritu, en efecto, era el que marcaba las pautas de su vida. Arrancado de su vida cotidiana, fue siendo conducido por su fuerza a los parajes menos pensados, corriendo toda clase de suertes. No era él el que decidía. Decidía el Señor. Y él, en uso de su libertad absoluta, dejó su voluntad en las manos de quien lo había elegido, sintiéndose con ello aún más libre, pues alcanzaba la altura más grande, ya que era libre en el Señor. Y por eso, conducido por las inspiraciones del Espíritu de Dios, encontraba la mejor manera de vivir y de ser apóstol. Nos falta a nosotros esa disponibilidad, y comprender que la verdadera libertad no está en solo tomar decisiones que nos favorezcan exteriormente, sin influencias, sino el poner nuestra vida en las manos de Dios para que nos conduzca por los caminos que verdaderamente nos dan la plenitud y la auténtica felicidad: "Pablo dejó Atenas y se fue a Corinto. Allí encontró a un tal Áquila, judío natural del Ponto, y a su mujer, Priscila; habían llegado hacía poco de Italia, porque Claudio había decretado que todos los judíos abandonasen Roma. Se juntó con ellos y, como ejercía el mismo oficio, se quedó a vivir y trabajar en su casa; eran tejedores de lona para tiendas de campaña. Todos los sábados discutía en la sinagoga, esforzándose por convencer a judíos y griegos. Cuando Silas y Timoteo bajaron de Macedonia, Pablo se dedicó enteramente a predicar, dando testimonio ante los judíos de que Jesús es el Mesías. Como ellos se oponían y respondían con blasfemias, Pablo sacudió sus vestidos y les dijo: 'La sangre de ustedes recaiga sobre su cabeza. Yo soy inocente y desde ahora me voy con los gentiles'. Se marchó de allí y se fue a casa de un cierto Ticio Justo, que adoraba a Dios y cuya casa estaba al lado de la sinagoga. Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su familia; también otros muchos corintios, al escuchar a Pablo, creían y se bautizaban". El Espíritu iba conduciendo a Pablo para que cumpliera con su tarea, para la cual había sido elegido, que era la de llevar la salvación a los hombres que no pertenecían al pueblo hebreo.

Se cumplía así su añoranza más profunda: "Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios quien me amó y se entregó a sí mismo por mí". San Pablo tenía plena conciencia de pertenecer a Jesús, y por eso no duda un segundo en entregar su vida para que sea totalmente suya. Así entendía que estaba siempre en Él, y vivía la alegría de esa presencia continua del Señor, que ya no se ocultaba a su vista: "Dijo Jesús a sus discípulos: 'Dentro de poco ya no me verán, pero dentro de otro poco me volverán a ver'. Comentaron entonces algunos discípulos: '¿Qué significa eso de “dentro de poco ya no me verán, pero dentro de otro poco me volverán a ver”, y eso de “me voy al Padre”?' Y se preguntaban: '¿Qué significa ese “poco”? No entendemos lo que dice'. Comprendió Jesús que querían preguntarle y les dijo: '¿Están discutiendo de eso que les he dicho: “Dentro de poco ya no me verán, y dentro de otro poco me volverán a ver”? En verdad, en verdad les digo: ustedes llorarán y se lamentarán, mientras el mundo estará alegre; ustedes estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría". En sentido estricto, el "dentro de un poco no me verán", se refiere a su muerte y al ocultamiento en el sepulcro, y el "dentro de otro poco me volverán a ver" se refiere a la resurrección gloriosa. Pero en sentido amplio, se refiere a la alegría que produce esa presencia asegurada por el mismo Jesús en esa comunidad que estaba naciendo con el envío a la misión y con la presencia del Espíritu Santo en ella: "Yo estaré con ustedes hasta el fin del tiempo". Es la alegría de saber que la misión que se ha emprendido no es una iniciativa personal, sino que se ha asumido como lo que es: encomienda directa del Dios del amor que quiere salvar a todos los hombres y que para ello cuenta con los enviados. Y es eso lo que puede producir la mayor alegría del apóstol: Saber que Jesús cuenta con él y que él se pone con la mayor disponibilidad en sus manos.

lunes, 10 de mayo de 2021

El gozo del anuncio se basa en la profundidad del amor de Dios

 Cuando venga el Paráclito dará testimonio de mí

No hay duda de que la vida de la Iglesia naciente, en la que eran tan activos los apóstoles y los primeros discípulos de Jesús, estaba toda ella surcada por la presencia del Espíritu del Señor, que Él había prometido para que fuera su alma y su razón de vida. Sin ese Espíritu, que es donación amorosa de Dios a esos primeros hombres y mujeres que creyeron y que fueron enviados al mundo para anunciar la Buena Nueva de la Redención, el cuerpo de la Iglesia habría sido un cuerpo inerte, sin vida, pasajero, intrascendente. Porque el Espíritu era su vida y porque iluminaba e inspiraba todas las ideas, las acciones, las rutas que debía seguir, se puede afirmar que era un ente con vida y con influencia en los hombres que recibían el anuncio que les llevaban los enviados. Él no solo inspiraba lo que debía ser anunciado sino que disponía el corazón de los oyentes para que, abriéndolos, aceptaran ese amor derramado sobre ellos y vivieran luego de acuerdo a él. Los apóstoles y discípulos que tenían la tarea del anuncio de la noticia más maravillosa que se podía escuchar, aun cuando lo hacían con el concurso de su voluntad y de su propio discernimiento, por lo cual eran hombres y mujeres convencidos de lo que estaban viviendo, se sabían principalmente instrumentos en las manos del Espíritu, que era finalmente el verdadero protagonista de aquella primera evangelización. Por ello, con la máxima docilidad, se dejaban llevar, iluminar y conducir por Aquel que daba la fuerza y que le daba todo el sentido a la tarea que ellos llevaban adelante. Sin esta doble realidad, por un lado la propia experiencia de salvación que vivían los mensajeros, y por la otra, la presencia del Espíritu que daba la vida, hubiera sido imposible aquella ingente tarea que llevó adelante la Iglesia en aquellos primeros días de su existencia y de su misión.

Atendiendo precisamente a esa inspiración del Espíritu, Pablo y sus compañeros se lanzan a la aventura apostólica de conquista de otras tierras para Jesús. El Espíritu los conduce a esas tierras prácticamente desconocidas, tierras de paganos, de hombres y mujeres que podían ser judíos, pero que vivían entre paganos, y en muchas ocasiones habían abandonado la ley de Moisés. Por un lado, este abandono de los antiguos judíos y la ausencia absoluta de conocimiento del judaísmo de parte de los paganos, hacía que la empresa fuera muy cuesta arriba. Ciertamente había un resto de fieles al judaísmo, más bien prosélitos, es decir, cercanos a Yhavé, que mantenía viva su experiencia de fe, y eran el mejor caldo de cultivo para el anuncio de la nueva ley: "El sábado salimos de la ciudad y fuimos a un sitio junto al río, donde pensábamos que había un lugar de oración; nos sentamos y trabamos conversación con las mujeres que habían acudido. Una de ellas, que se llamaba Lidia, natural de Tiatira, vendedora de púrpura, que adoraba al verdadero Dios, estaba escuchando; y el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo. Se bautizó con toda su familia y nos invitó: 'Si están convencidos de que creo en el Señor, vengan a hospedarse en mi casa'. Y nos obligó a aceptar". Son las primeras conversiones fuera de las tierras israelitas, que acogen entusiasmados aquellos que se dejaron arrebatar por el amor de Cristo, y se sintieron ilusionados con su seguimiento. El Espíritu, fortaleza y vida de la Iglesia, hacía su parte inspirando e iluminando a los enviados, y moviendo el corazón y el espíritu de los oyentes. Aquellas fueron las primeras conversiones en el continente europeo. La primera cristiana de Europa fue una mujer, Lidia de Tiatira, precursora de los conversos y cristianos europeos.

Esta expansión de la nueva ley del amor, que era el fundamento de aquella nueva religión que se extendía por el mundo entero, en la que Dios mismo tomaba papel protagónico vivificando a sus elegidos y siendo el alma de esa nueva comunidad de salvados y de salvadores, había sido anunciada en las palabras de despedida de Jesús. En sus discursos finales, en los que pone la verdad diáfana a la vista de los apóstoles, anuncia el envío del Espíritu, que será al fin la causa de vida para todos como Iglesia que iba naciendo y se consolidaba en el mundo: "Cuando venga el Paráclito, que les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí; y también ustedes darán testimonio, porque desde el principio están conmigo. Les he hablado de esto, para que no se escandalicen. Los excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que les dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Les he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, se acuerden de que yo se lo había dicho". Jesús es brutalmente claro en el anuncio del futuro que les espera a los enviados. No pone paños tibios para que crean algo distinto. La realidad será de dolor y de persecución, incluso de muerte. Pero tendrán la fuerza del Espíritu para ser guiados y consolidados en su tarea. El sufrimiento es parte del anuncio. Quien asume esta responsabilidad debe asumir también sus consecuencias. El dolor no deslegitima la misión. Al contrario, confirma que se está en el camino correcto hacia la plenitud. Un  tiempo de dolor preludia la llegada a la meta de la felicidad plena y a la experiencia ya inmutable del amor en la eternidad. La compensación no es la ausencia de purificación en el dolor, sino la confirmación de la experiencia del amor de Dios sobre los enviados y sobre aquellos que recibirán el anuncio, y la llegada a la meta final del gozo eterno, en el que solo habrá experiencia de amor y de felicidad.

lunes, 30 de noviembre de 2020

San Andrés: Solo un amado puede sentirse enviado por el amor

 Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres

La figura de los apóstoles es una figura ciertamente entusiasmante. Ellos representan para nosotros lo que todos estamos llamados a ser de alguna manera. Todo cristiano es un apóstol elegido por Jesús y enviado por su amor al mundo. Y entre las cosas más atractivas que poseen y que se convierten en riquezas sin duda para la comprensión del desarrollo de nuestra vida cristiana, es su profunda humanidad. No puede ser de otra manera, por supuesto. Entre los integrantes de ese grupo de íntimos que se eligió Jesús para ser sus seguidores, nos encontramos con una tremenda variedad de personalidades, de orígenes, de formaciones, de familias, de intereses, de comprensiones de la vida. En Jesús la motivación fue la de encontrar para que fueran sus seguidores no a grandes personajes eruditos, perfectos conocedores de doctrinas, elocuentes oradores, sino hombres del día a día, quienes convivieran con aquellos a los que iba a transmitir su mensaje de amor. La motivación última de Jesús era el amor. Y en eso puso todo el empeño. Y en esa motivación, por supuesto, estaba establecido que al elegirlos para derramar su amor sobre todos los hombres, también en su corazón hubiera amor inmenso y muy especial por aquellos a los que elegía para ser sus apóstoles. Por eso, es imposible que exista un cristiano que sepa que ha sido convocado por Jesús para ser su apóstol y no reciba con inmensa alegría la llamada, pues ésta es signo inequívoco de un amor similar al que tuvo a los doce primeros. Descubrir en cada apóstol cómo hubo sido su experiencia personal de ese amor se convierte en una tarea ilusionante, pues nos abre la perspectiva de nuestra propia experiencia personal en la vivencia de ese amor de convocatoria.

Hoy nos encontramos con el personaje de Andrés, hermano del Papa San Pedro. La explicación del encuentro de Jesús con ellos es tan vivaz que nos hace pisar las playa del encuentro. Los hermanos están en su faena y se acerca Jesús: "En aquel tiempo, paseando Jesús junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores". Hombres de faena, estaban en sus labores naturales de trabajo. La presencia de Jesús es el de uno que pasa, y para ese momento no tiene absolutamente ninguna trascendencia. Pero por supuesto, Jesús no tiene miras tan cortas. Los sorprende con una propuesta que de ninguna manera se podían esperar: "Les dijo: 'Vengan en pos de mí y los haré pescadores de hombres'". ¿Qué significaba eso? Esa expresión tuvo que haber resultado incomprensible para ellos. Pero más impresionante aún es la reacción que se produce en ellos: "Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron". Cómo se explica esta respuesta inmediata. Casi no ha mediado ningún diálogo y la decisión implica en sí misma un cambio radical de vida. Pasarán de pescadores comunes, a pescadores de hombres. Hay quien afirma que ya Jesús había tenido algunos encuentro previos con estos a los que elegiría y por ello se explica una reacción tan súbita y favorable. En todo caso, de eso no tenemos ninguna constancia. Lo cierto es que surge espontáneo el pensamiento de esa experiencia de amor que vivieron los apóstoles. Es imposible dar una respuesta tan clara y contundente si no se valora por muchísimo más lo que se nos está proponiendo. Y en este caso estamos hablando nada más y nada menos del amor divino. De ese modo, se da también la llamada a la otra pareja de hermanos presentes, Santiago y Juan: "Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron". La respuesta es la misma entusiasmada.

Esa es nuestra experiencia de vida como apóstol. Los apóstoles no hacen otra cosa que ponernos a la vista lo que tiene que ser también nuestra propia experiencia de discípulos de Jesús. También nuestra elección se da por amor a los hermanos, al mundo, al que Jesús quiere salvar. Jesús ama con amor infinito y eterno y por eso elige a cada hombre y mujer para que sea su instrumento. De alguna manera debemos entender que Jesús quiere amar desde nosotros. Pero más allá de esa convicción íntima, también se debe dar la convicción del amor al elegido, a cada hombre y mujer que Jesús hace su apóstol. Si ama al mundo y al hombre y por eso quiere salvarlo, cada apóstol debe saber que es elegido también porque se le ama profundamente. De nuevo hay que insistir que no tiene sentido saberse enviado por el amor si antes no se tiene la experiencia personal de ese amor por uno. El apóstol sabe bien que en ese orden de salvación pasa a ser de los primeros. Solo los salvados pueden colaborar a la salvación de sus hermanos. Solo quien se sabe profundamente amado sabe que podrá ser buen instrumento del amor en el mundo. Por ello, necesitamos contemplar cada vez mejor y profundamente la figura de los apóstoles para convencernos de lo que nosotros mismos debemos ser. Hombres y mujeres del amor, que han surgido del amor, que son convocados desde el amor, que deben tener la experiencia del amor en sus vidas, para poder ser los mejores instrumentos posibles de ese amor para los hermanos.