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miércoles, 16 de junio de 2021

Que brille la luz de Cristo desde nosotros al mundo

 El evangelio del 3 de marzo: "Cuando recéis, no uséis muchas palabras" -  Evangelio - COPE

El Señor nos hace siempre la llamada a la humildad, a la entrega y al servicio. No dejará nuca de hacerlo, por cuanto es condición desde que somos sus criaturas amadas, para avanzar en el camino de la felicidad que nos tiene reservada. Su deseo más profundo es el de que seamos felices, llenos de su amor eterno, y apuntando con ilusión a alcanzar la meta de la plenitud. Ese es el verdadero camino de la felicidad y no existe una alternativa distinta. Por eso, una y otra vez insiste sobre el mismo punto. En nuestra comprensión y en la asunción de este hecho está el sentido de nuestra vida. En medio de sus situaciones tan variantes, aun de las que más nos pueden trastocar, siendo experiencias a veces terribles de dolor y sufrimiento, de enfermedad y de desprecio de los hermanos, de las mayores injusticias que podamos sufrir, de las experiencias de miseria y destrucción personales o de las que podamos ser testigos, debemos siempre reponernos, pues sabemos que no pueden ser situaciones que Dios desee para nadie. El hecho del respeto solemne que Dios tiene por la libertad que nos ha concedido como seres creados a su imagen y semejanza, nos hace a todos esa mala jugada, pues todo lo ha dejado a nuestro arbitrio, y ni siquiera Él puede hacer nada contra ello. Nos sorprendemos, pues ante un Dios que sin duda es todopoderoso, asistimos prácticamente a la confesión de su debilidad total ante la libertad que ha cedido al hombre, dejándose llevar por su inmenso amor por la criatura. Más que confesión de debilidad sería entonces de su poder, que es capaz de respetar, cuando lo más sencillo para Él sería forzar a que las cosas se den todas en un sentido positivo, con ausencia de sufrimiento y de dolor. Él sabe que aun cuando tenemos en nuestra genética la bondad natural, ella ha sido envenenada por la tragedia del pecado y del gen del mal, que nos hace tanto daño a todos. Si nos rendimos ante él, seremos inexorablemente siempre vencidos. Pero si nos dejamos llenar de su fuerza de espíritu, tenemos la seguridad de la victoria, pues Él nunca se dejará vencer sin luchar ni trasladar a nosotros esa misma fuerza suya.

En este sentido, la comprensión de los primeros anunciadores del amor de Dios al mundo en Jesús, fue la de la asunción de su absoluta necesidad de abandonarse a sí mismos, sin poner su confianza en ellos, sino abandonando toda pretensión de personalismo, aun cuando aparentemente fuera lícito, pues lo que debía brillar era Jesús, su amor y su salvación, y su deseo de que esa salvación que había procurado no fuera eclipsada ni por asomo por tentaciones de individualismos estériles. Si era necesario ceder el paso a la voluntad amorosa de Jesús, había que hacerlo sin dudarlo un instante. Es el reconocimiento de la extrema debilidad por nuestra condición de criaturas. Saber que aun cuando somos capaces de cosas extraordinarias, que incluso pueden llegar a ser cada vez mayores, no nos podemos atribuir a nosotros lo que corresponde a su amor y a su poder. De tal manera, que en ese reconocimiento encontremos incluso nuestro sosiego, pues lo dejaremos todo en las manos amorosas de nuestro Dios que siempre inspirará lo mejor para sus hijos. Por ello, San Pablo fue capaz y sabio al abandonar completamente su voluntad a las inspiraciones de Dios en favor del pueblo al que amaba entrañablemente. Sabía muy bien qué era lo mejor para ellos, y se postergó a sí mismo en favor de su bienestar, sabiendo que lo que ofrecía Dios era con mucho lo mejor. Pudiendo alzarse con su personalidad, con sus conocimientos, con su deslumbrante manera de ser, siempre consideró mejor lo del Señor: "Hermanos:¡Ojalá me tolerasen algo de locura! Aunque ya sé que me la toleran. Tengo celos de ustedes, los celos de Dios; pues los he desposado con un solo marido, para presentarlos a Cristo como una virgen casta. Pero me temo que, lo mismo que la serpiente sedujo a Eva con su astucia, se perviertan sus mentes, apartándose de la sinceridad y de la pureza debida a Cristo. Pues, si se presenta cualquiera predicando un Jesús diferente del que les he predicado, o se propone recibir un espíritu diferente del que recibieron, o aceptar un Evangelio diferente del que aceptaron, lo toleran tan tranquilos. No me creo en nada inferior a esos súper apóstoles. En efecto, aunque en el hablar soy inculto, no lo soy en el saber; que en todo y en presencia de todos se lo hemos demostrado. ¿O hice mal en abajarme para elevarlos a ustedes, anunciando de balde el Evangelio de Dios? Para estar a su servicio tuve que despojar a otras comunidades, recibiendo de ellas un subsidio. Mientras estuve con ustedes, no me aproveché de nadie, aunque estuviera necesitado; los hermanos que llegaron de Macedonia atendieron a mis necesidades. Mi norma fue y seguirá siendo no serle gravoso en nada. Por la verdad de Cristo que hay en mí: nadie en toda Grecia me quitará esta satisfacción. ¿Por qué?, ¿porque no los quiero? Bien sabe Dios que no es así". El amor de Dios en el corazón de Pablo era su último y su único motor.

Esa postergación de sí mismo es la clave de comprensión para hacerse anunciador del amor. No hay otro camino, sino solo el de abandonarse totalmente, en criterios y en voluntad, al arbitrio de Dios. No se debe buscar hacerse brillar a sí mismo, sino que se debe apuntar a que sea el Señor el que brille. Al fin y al cabo, es su luz la inmarcesible, no la nuestra. Nuestra luz, en muchas ocasiones, logrará el efecto contrario, pues es luz de criatura, no de fuente, y llevará más bien la oscuridad que no seremos capaces jamás de cubrir, a menos que sea luz que adquiramos de Aquél que es la fuente de toda iluminación. Seremos luz que valga la pena si llegamos a ser verdaderos reflejos de la luz de Cristo y la de su amor. No por nosotros mismos, que solo lograremos, si nos quedamos aislados, sin echarnos nosotros mismos a un lado, oscurecer siempre el panorama. Y no es que no sea importante lo que podamos hacer, pues Jesús nos ha dejado el mundo como tarea, pero eso importante no es lo que nosotros hagamos, sino lo que Él hará a través de nosotros, abandonados a su amor: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Cuando recen, no usen muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No sean como ellos, pues su Padre sabe lo que les hace falta antes de que lo pidan. Ustedes oren así: 'Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal'. Porque si perdonan a los hombres sus ofensas, también los perdonará su Padre celestial, pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas'". Es la parte que nos corresponde: sucumbir al amor a Dios y a los hermanos, haciendo desaparecer nuestras apetencias en función de la transparencia, de la fraternidad, del amor mutuo. Es a lo que estamos llamados: a desaparecer nosotros mismos a fin de que aparezca Jesús y su amor desde nosotros. Camino de justicia y de amor, por el cual debemos transitar sin dudar para alcanzar la felicidad verdadera.

martes, 7 de enero de 2020

Creer en Jesús y amarnos los unos a los otros. Por eso soy cristiano

Resultado de imagen de al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea.

"Este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó". San Juan nos pone la clave de las dos verdades esenciales que fundamentan la vida de los cristianos. La fe en Jesús y el amor mutuo. Ambas cosas deben ir juntas, son coesenciales, inclusivas. No valen nada separadas. Un verdadero cristiano, en primer lugar, cree en Jesús. La Verdad de Jesús tiene mucha amplitud y trae consigo muchas exigencias. Si recordamos el encuentro de Pilato con Jesús, en el cual le pregunta "¿Qué es la Verdad?", Jesús guarda silencio. No le responde nada. Y Pilato da la vuelta como despreciando la supuesta ignorancia de Cristo. No se percata que quien demuestra la ignorancia suma es él, pues la Verdad es el mismo Jesús que tiene frente a sí. Jesús guarda silencio como diciéndole con su gesto: "La tienes frente a ti y no eres capaz de reconocerla". Esa Verdad de Cristo ha sido revelada por el mismo Padre: "Este es mi hijo amado, escúchenlo". Él es el anunciado desde antiguo, el que pisará la cabeza de la serpiente, sufriendo los embates que esa misma serpiente infligirá mientras se defiende de su muerte segura. En Él se cumplen las Escrituras, pues todo lo que han ido anunciando los profetas se va verificando en su vida. Es quien lleva en su vientre la Virgen que está encinta y que "tendrá un hijo al que pondrá por nombre Emmanuel, Dios con nosotros". Naciendo en Belén cumple la profecía: "Y tú, Belén, tierra de Judá, de ningún modo eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un Gobernante que pastoreará a mi pueblo Israel". Jesús es aquel sobre el que está el Espíritu del Señor, "porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor". Es el que con su mensaje de amor de Dios convence a los corazones más duros. Él mismo habla del inmenso amor de Dios al enviar a su Hijo al mundo: "De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, sino que tenga vida eterna". Jesús es quien carga sobre sus espaldas los pecados de toda la humanidad y se entrega totalmente sin dejarse nada para sí para satisfacer por los culpables hasta la muerte en Cruz, arrancando del soldado romano aquella expresión definitivamente clarificadora: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios". Creer en Jesús no es un ejercicio solo del intelecto. Tiene una componente esencial en el aspecto afectivo. La fe sin amor es incompleta. Para San Juan este creer en el nombre de Jesucristo comprende todo el contenido de lo que implica su persona, su obra, las maravillas de sus mensajes. No es simplemente la confesión de la fe en Él, sino el dejarse arrebatar de su amor por su entrega por cada uno. "Nadie tiene más amor que aquel que la da la vida por sus amigos". Es el escuchar la voz que nos dice: "El Maestro está aquí y te espera".

En segundo lugar, un verdadero cristiano cumple con la exigencia del amor mutuo. "Que nos amemos unos a otros tal como Él nos mandó". Creer en Jesús es "fácil". Basta con leer el Evangelio y dejarse integrar en esas verdades que vamos descubriendo en él y que son razonables en el Dios que nos va describiendo. Mientras lo vamos leyendo vamos siendo conquistados por ese Dios que se ha hecho hombre y que hace tales maravillas. Mas, cuando vamos siendo integrados en las exigencias que nos va poniendo el mismo Evangelio, vamos como poniendo distancia. Cuando comprendemos que creer en Cristo y que llamarse cristianos no es contentarnos con contemplar lejanamente aquella figura de Cristo, sino que es identificarse con Él, imitar sus actos, seguir sus mismas huellas, ya la cosa al parecer no nos resulta tan sencilla. Cuando leemos que un verdadero cristiano debe perdonar setenta veces siete, que debe colocar la otra mejilla, que debe devolver bien por mal, que debe dar sin esperar nada a cambio, que debe dejarlo todo para seguir a Jesús, que debe amar más a Dios que a sus padres o a sí mismo, que debe dar la vida por los hermanos... sentimos que esa medida es demasiado alta. Este segundo paso del mandamiento es realmente exigente. Y es el resumen que hace Jesús al maestro de la ley: "Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo". Él mismo eleva la categoría de la exigencia cuando nos dice "Ámense los unos a los otros como yo los he amado". El amor mutuo es exigencia cristiana. Y no es un amor romántico en el que basta con sentir  una cierta empatía o una cierta ternura. Es un amor que exige lo más práctico posible. Que debe hacerse tangible en acciones concretas que no se queden en simples declaraciones de buenas intenciones. Es el amor que exige el amor hacia todos, pero principalmente hacia los más odiosos, hacia los que nadie quiere, hacia los más rechazados y despreciados. Esos son los que nos deja Dios encargados. Decía Santa Teresa de Calcuta: "Aquellos que nadie quiere, que todos desprecian y rechazan, esos son los nuestros, esos son los que nos deja Jesús encargados". Hay que tener mucho amor en el corazón para asumirlo de verdad...

Es el mensaje cristiano. Es el mensaje de la fe. Es la invitación a esa perfección que nos hace Jesús. "Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto". No existe otro camino para el hombre de fe. Pero también debemos tener cuidado con el pesimismo, pues podemos llegar a pensar que nunca llegaremos a llenar ese requisito. Es un camino que hay que emprender y en el que debemos esforzarnos en avanzar. La meta es esa perfección. El camino es el avance en él. Dar el primer paso es ya empezar a cumplirlo. "Ve tú y haz lo mismo", nos dice Jesús. Nuestra naturaleza humana no está siempre ganada a avanzar y se resistirá. Nuestra debilidad es extrema y debemos confesar que nos frenará en nuestra intención. Por eso debemos confesar que sin la Gracia de Dios, sin la fuerza que Él nos pueda dar y sin la ilusión con las que nos pueda llenar, jamás podremos hacerlo. Solos nunca. Con Él siempre. "Todo lo puedo en Aquel que me conforta". Es su fuerza la que lo puede. Los grandes santos no fueron superhéroes. Fueron como tú y como yo, gentes normales, pero se pusieron en las manos de Jesús que sí puede. "Cuando soy débil, soy fuerte", se dijeron con San Pablo. La descripción del verdadero cristiano no es la descripción de un extraterrestre, sino la de un hombre normal, con condiciones normales de vida, con vida cotidiana absolutamente igual que la de cualquiera. Solo que le ha añadido a su ser la confianza en Dios, la desconfianza en sí mismo y en su únicas fuerzas, para vivir abandonado y confiado en Dios, en ese que le ofrece no dejarlo solo, en ese que le pide que lance la red a la derecha, que le dé sus cinco panes y sus dos peces, que le invita a caminar sobre las aguas confiado en su mano tendida, que Él hace el resto. El verdadero cristiano confía y ama. Confiesa a Jesús como su Dios y Señor y ama al extremo como lo invita Él a hacerlo. Y lo hace todo en su nombre. Nunca en el suyo propio...