miércoles, 25 de septiembre de 2019

Enviados para hacer lo mismo de Jesús

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La obra de Jesús es la obra de mayor envergadura que se ha realizado en toda la historia de la humanidad. Él se encargó de reconstruir todo lo que estaba destruido. Él lo recreó todo, desde el sinsentido en el que lo había convertido el pecado, colocándolo en el más bajo de los escalones. Él elevó todo lo que estaba caído de la ruina en la que se encontraba por el pecado del hombre, que  lo había arrastrado todo consigo en su debacle. La venida del Hijo del hombre, el Dios encarnado, tenía la finalidad de rescatarlo todo de las garras del pecado y de la muerte. Esa era la misión que le había encomendado el Padre, creador y sustentador de todo lo que existe. Su creación había sido hecha con el signo positivo del amor, y el odio del hombre la había hecho caer. Era necesaria una nueva intervención divina para que todo fuera restablecido. Era la obra esencial del Dios que procura colocar todo en el orden que había sido establecido desde el principio y que había quedado trastocado totalmente por la soberbia humana. El esfuerzo debía de ser el doble. Lo que había surgido de la nada había sido hecho caer a lo más bajo. Ahora, para recolocarlo en su dignidad, el esfuerzo debía ser mayor. El trecho a recorrer era más largo.

En esta obra titánica de rescate, el Hijo de Dios hecho hombre realiza todo desde su condición divina, con su poder y su amor infinitos, con su misericordia y su providencia grandiosas. Para ello, recorre caminos, agota esfuerzos, dirige discursos, realiza portentos. Va preparando el terreno para que los hombres entiendan finalmente quién es ahora, y quién será aquel que verán entregándose inocentemente al sufrimiento y a la muerte, como el cordero del Antiguo Testamento, ofrecido como compensación a Dios por el pecado de todos. Ahora, el Cordero no es un animal que será sacrificado, sino que es el mismo Mesías, el Redentor, que se entrega para satisfacer por los pecados de toda la humanidad, para reconstruir lo que había sido destruido, para lograr la nueva creación como obra encomendada expresamente por el Padre. El nuevo Cordero no hará una obra temporal o pasajera. Esa obra suya será definitiva y no necesitará ser repetida una y otra vez, como el sacrificio de los corderos en la edad antigua. Jesús es quien recupera todo definitivamente para Dios, lo coloca de nuevo en el orden que había sido establecido desde el principio y lo pone de nuevo limpio e inmaculado en las manos del Padre: "He aquí que hago nuevas todas las cosas".

El Redentor, aunque hubiera podido realizar esta obra sin colaboración alguna, con su solo concurso, ha querido realizarla asociando a sí a sus discípulos. Podemos pensar que lo hace, en primer lugar, para que los apóstoles fueran conociendo en profundidad lo que significaba estar unidos a Jesús y todo lo que acarrearía como responsabilidad ante los hombres. Pero también, para que demostraran su confianza y su fe en aquel al que seguían con tanta esperanza. Él no solo los había llamado a acompañarlo, sino que eran objeto de su confianza, pues les encomendaba la misma obra que Él realizaba: "Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos". Es exactamente lo mismo que implicaba su obra de rescate y de redención. Jesús considera a sus discípulos lo suficientemente dignos como para encomendarles la misma obra que Él había venido a realizar.

Pero esto tiene una consideración ulterior: La elección y el envío no son solo signos de la confianza de Jesús hacia sus apóstoles, a los cuales les encomienda su propia obra, sino que debe darse un camino de vuelta. Debe existir en los discípulos una voluntad de abandono radical en la voluntad de quien los elige y envía. Jesús confía radicalmente en ellos, pero espera de ellos la misma confianza hacia Él. Por eso sus exigencias son extremas: "No lleven nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco lleven túnica de repuesto. Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel sitio Y si alguien no los recibe, al salir de aquel pueblo sacúdanse el polvo de los pies, para probar su culpa." Quien sigue a Jesús no lo hace para obtener prebendas o sacar provecho personal. Lo hace porque lo ama, aprecia su obra, conoce su poder y sabe que es quien puede transformar toda la realidad. No se necesitan por ello apoyos extras. Solo ponerse en sus manos y confiar en su amor y en su poder.

Los apóstoles, confiados radicalmente en Jesús, en su obra, en su amor y en su poder, acogen su encargo: "Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes." Ponerse en las manos de Jesús, abandonarse confiadamente en su voluntad, implicó que su obra tuviera el mismo éxito que la de Él. Su accionar en favor del Reino tenía el mismo efecto que la obra que realizaba quien los había elegido y los había enviado. Jesús no solo los había considerado dignos de poner su obra en sus manos, sino que había hecho que lo que hicieran tuviera el mismo efecto que lo que había hecho Él. Ni más ni menos. Por eso, ser de Jesús, saberse llamados por Él, enviados para realizar su obra, nos eleva a la condición de socios suyos. Y nos confirma en que, aun cuando Él pudiera obrar en solitario, su amor y su misericordia con nosotros, su deseo de llegar a todos con su perdón y su poder, lo hace convocarnos a todos a ser suyos y a estar a su lado para la salvación del mundo.

martes, 24 de septiembre de 2019

Concibo a Dios en mi ser, como María, para darlo al mundo

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La figura del Templo de Israel en el Antiguo Testamento es prefiguración del Templo del Nuevo Testamento. Así como para Israel el Templo de Jerusalén se erigió como centro que aseguraba la presencia de Dios en medio de todos, reafirmando así la alianza de Yavé con el pueblo elegido, el Templo en el Nuevo Testamento adquiere diversas connotaciones que podemos descubrir en la teología que nos presenta la doctrina evangélica y apostólica. Ya no se reduce todo a la edificación sólida y preciosa que dedica Israel a Dios como su morada, como quería David desde el inicio y concretó Salomón con la edificación del primer Templo, sino que trasciende con mucho esta significación. Además de ser, en la nueva era de la Alianza de amor realizada por Jesús, el lugar del encuentro con el Dios creador y todopoderoso, se suman diversas significaciones. En efecto, Jesús mismo defiende en primer lugar al Templo como la casa de Dios, a la cual se va a un encuentro de intimidad con Él, confirmando la importancia primaria que sigue teniendo la edificación como lugar teológico. "Mi casa es casa de oración, y ustedes la han convertido en cueva de ladrones", espeta a los mercaderes que invadían los alrededores del Templo en su tiempo. El edificio como tal tiene su importancia y hay que mantenerlo como lugar privilegiado para el encuentro con Dios.

Pero Jesús asimila otros significados esenciales a la realidad del Templo. No es un sitio que pueda acaparar la presencia de Dios. Dios no puede ser contenido o confinado a las paredes del Templo, por cuanto Él es infinito. Es el dueño de todo y nada de lo que le pertenece lo puede limitar. "Llega el tiempo en el que los que adoren a Dios, lo adorarán en espíritu y en verdad". Los confines del Templo no serán suficientes para restringir su adoración. El Templo de Dios, en todo caso, siendo el edificio el lugar más emblemático, se abre a la realidad del mundo total. Toda la creación es el Templo en el cual puedo encontrar a Dios, descubrirlo, conocerlo y amarlo. Además, por otro lado la presencia en el mundo del Dios que se ha hecho hombre, donde reside Dios en toda su plenitud, eleva la consideración del cuerpo de Cristo como el Templo por excelencia. Él mismo reta a los fariseos: "Destruyan este Templo y en tres días yo lo reconstruiré". Evidentemente la reconstrucción no será de cemento y ladrillos, sino una de mayor significación y trascendencia, por cuanto es con la entrega y recuperación de su vida y su glorificación. "Él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús". Se trata de la ruta de pasión, muerte, resurrección y ascensión que seguirá Jesús. Él se erige en el Templo nuevo que asegura la presencia de Dios en toda la historia, en su Iglesia.

Y San Pablo nos lleva más allá en esta consideración. Su teología sorprendente, basada en las enseñanzas sublimes del Maestro, lo lleva a concluir que el Templo de Dios preferido en el mundo somos los mismos cristianos: "¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo, y eso es lo que ustedes son". Los hombres somos el lugar donde por excelencia Dios quiere habitar. Es allí donde quiere asegurar su presencia en el mundo y desde el cual quiere irradiarse a todos. En nosotros quiere habitar y desde nosotros quiere llegar a los demás. Podríamos afirmar que Dios no tiene ningún interés en habitar en algún templo de piedras, incluso que Jesús no tiene ningún interés en hacerse Templo a sí mismo, si cada uno de nosotros no llegara a hacerse verdadero Templo en el cual Ellos habiten. De nada sirve un edificio, de nada sirve Jesús como Templo, si Dios no llega a reinar en el corazón de cada uno de nosotros.

Es así como nuestra principal meta debe ser hacernos Templos de Dios. Como lo hizo nuestra Madre María, en la cual Dios habitó plenamente. La invitación del Ángel a María era a hacerse Templo privilegiado en el cual se hiciera presente Dios no solo espiritualmente, sino en carne y hueso. "El Espíritu del Señor vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra, y concebirás en tu vientre y darás a luz un Hijo al que pondrás por nombre Emmanuel, Dios con nosotros". Dios entra al mundo por la puerta que abre María. Por ello Ella es Puerta del Cielo, como bellamente la llamamos en las Letanías. Ella era la preferida pues había estado desde siempre a la disposición de Dios: "Aquí está la esclava del Señor, que se cumpla en mí según tu palabra". San Agustín lo describe perfectamente: "María pudo concebir en su seno al Dios Redentor, porque ya lo había concebido antes en su corazón".

Por eso Ella es el modelo perfecto que debemos seguir todos los cristianos que nos queremos erigir en Templos de Dios en este mundo. "Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra". Ella fue la primera que escuchó la Palabra de Dios y la puso en práctica. A tal punto, que la concibió en su vientre: "Y la Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros". María no sólo escuchó al Ángel, sino al mismo Dios. Era la Palabra que se dirigió a Ella y la escogió como su morada privilegiada. La concibió y la regaló al mundo, nos la regaló a todos. Su Sí es el Sí de la humanidad que quiere ser redimida. Y que quiere ser como Ella, Templo en el cual habite Dios y desde el cual llegue a todos los hombres. Escuchando y poniendo en práctica la Palabra de Dios nos convertimos en Templos de Dios, lo concebimos en nuestros cuerpos, nos encontramos con Él en la intimidad de nuestros corazones y lo dejamos llegar a nuestros hermanos. Como lo hizo María.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Desde mí, Dios llega a mi hermano

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El Templo de Jerusalén era el centro desde el cual se irradiaba la fe por todo Israel. Era el emblema del reinado de Dios sobre el pueblo. Israel estaba orgulloso de su templo, pues era la prenda de seguridad de la presencia y de la compañía de Yahvé al pueblo elegido. Su permanencia era la confirmación de que Dios los seguía acompañando en todo su caminar. De la misma manera, su destrucción era la debacle total, pues significaba que Dios de alguna manera había apartado su presencia de ellos, había cesado en su favor, y se encontraban sin guía y sin rumbo. El pueblo de Israel estaba a la deriva. Así sucedió con las invasiones de los imperios poderosos, luego de su entrada a la tierra prometida, cuando ya se había construido el templo como centro de la vida del pueblo. Para someter totalmente a Israel, los imperios invasores le quitaban aquello que los unificaba como roca sólida, aquello que los convocaba y que motivaba su vida como pueblo y como familia. Y eso era el templo. Sin templo, no encontraban nada que los aglutinara, y se hallaban sin motivación. Solo les quedaba la añoranza de lo que había sido gozo y peña de unidad.

Por ello, la reconstrucción del templo era una noticia maravillosa. Era para ellos la voz de Dios que les devolvía la esperanza y la alegría al anunciarles que volvía a ellos, que les renovaba su amor y su elección, que les decía que de nuevo estaba entre ellos para dirigirlos y guiarlos. La noticia que les hace llegar Ciro, rey de Persia -"El Señor, Dios del cielo, me ha encargado construirle un templo en Jerusalén de Judá. Los que entre ustedes pertenezcan a ese pueblo, que su Dios los acompañe, y suban a Jerusalén de Judá para reconstruir el templo del Señor, Dios de Israel, el Dios que habita en Jerusalén"-, era para ellos música celestial. Era la renovación del pacto de amor de Dios con ellos. La presencia del templo era la presencia de Dios. Era el centro de vida que manaba hacia todos.

Jesús, en el ámbito de la Nueva Alianza, traslada la presencia de Dios del templo a sí mismo. Ahora es su persona la que hace presente a Dios en medio del pueblo: "Destruyan este templo y en tres días yo lo reconstruiré". Se refería a sí mismo, a su resurrección. Era el restablecimiento total de esa presencia de Dios, que ya no dependía de la edificación de una estructura, sino de sí, de su gloria presente, de la realidad de su ser como Redentor y Salvador con su entrega a la muerte y su resurrección gloriosa. Es Jesús el templo mismo que asegura que ya Dios jamás abandonará a su pueblo, pues ya nada lo destruirá. Él ha vencido y se ha erigido como esa peña de seguridad de que Dios ya nunca más dejará de estar en medio de ellos. "Llega la hora cuando ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre..., cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad".

Y nosotros, pueblo de Dios, convocados a la Iglesia y puestos en medio del mundo para hacer presente a ese Dios Salvador y Redentor, somos hechos también cada uno templo en el que Dios habita para que todos vean y sientan la presencia del Dios de amor y de misericordia. "Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz". Nosotros, hechos templos de Dios en nuestro bautismo, transformados en hijos del Padre, hermanos del Hijo y amigos del Espíritu Santo, y miembros del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, hemos sido llenados de la luz de Dios para iluminar. Hemos sido constituidos templos de Dios, desde los cuales se irradie su presencia y haga sentir su amor a cada hombre y a cada mujer del mundo. No podemos claudicar de nuestra responsabilidad de ser esos templos desde los cuales Dios quiere seguir haciendo sentir a todos su compañía y su guía, su iluminación y su amor. No podemos tapar la luz que Dios ha encendido en nosotros para no alumbrar. Sería la negación de nuestro ser y la traición a lo que Dios espera que hagamos con la luz que nos ha regalado.

Dejar de ser templos desde los cuales Dios siga acompañando a los hombres de nuestro tiempo, nos acarrea graves consecuencias: "Al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener". No se trata solo de no ser luz para los otros, desde nuestra condición de templos de la presencia de Dios en el mundo, sino de llegar incluso a dejar de tener a Dios en nosotros. No dejar que Dios se irradie significa la ausencia de Dios en nuestro ser. Nos quedaríamos sin el tesoro más grande que jamás podremos tener en nosotros. Dios en mi corazón, Dios en mi ser, Dios en mi plenitud. Por el contrario, transparentar a Dios, dejar que desde mí se irradie y enriquezca a mi hermano, lo hace más mío. Me afianzo más en su amor y en su salvación. Me asegura su presencia dichosa y redentora en mi corazón y en todo mi ser.

domingo, 22 de septiembre de 2019

Mi realidad es trampolín para mi eternidad

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Hay quienes sostienen que la realidad cotidiana en la que desarrollamos nuestra vida no tiene nada que ver con el desarrollo de nuestra fe. Afirman que debemos deslastrarnos de ella para poder avanzar en la fidelidad a nuestro Dios, y que ella serviría más bien para distraernos del camino que debemos seguir. Hubo un tiempo en el que la misma Iglesia valoró ese camino casi como el único auténtico, en el que se consideraba la cotidianidad como un "mal menor" que había que aceptar con resignación, asumiendo incluso que era un signo de la imperfección que habíamos adquirido gracias a nuestro pecado. Depender de lo pasajero sería entonces una consecuencia de haber dado la espalda a Dios en el momento en que Adán y Eva decidieron desobedecer a Dios. "Ganarás el pan con el sudor de tu frente" y "parirás con el dolor de tu vientre" se convirtieron entonces, así, en la bandera que explicaba nuestra ruina de vivir el día a día. Existió la espiritualidad de "fuga mundi", en la cual se promulgaba la búsqueda de la perfección huyendo de la realidad cotidiana, apartándose de todos los avatares de la vida, que fue seguida por innumerables personajes que llegaron a ser santos con esta práctica: anacoretas, estilitas, peregrinos, padres del desierto... Sin embargo, no podemos caer en el anacronismo, condenando o desvalorando a priori esta espiritualidad, pues en la mentalidad de aquellas épocas tenía un sentido razonable.

Una de las bazas usadas por los hipercríticos de la religión y por los ateos tenía su fundamento en esta espiritualidad, pues entendían que las religiones invitaban a los hombres a abandonar su realidad cotidiana, a desentenderse del mundo que los rodeaba y a fijar su mirada en un futuro eterno prometido de felicidad, pues a este mundo se venía solo a sufrir y no había nada que hacer por mejorarlo y, al contrario, había que despreciarlo para demostrar que lo único que se valoraba era ese futuro. Había que asumir el sufrimiento sin desdeñarlo y casi más bien añorarlo para poder tener la seguridad de gozar de la consolación que prometía en la eternidad un Dios que estaba solo al final del peregrinar terreno. No había nada que hacer por mejorar las condiciones de los hombres, sino asumir el mal actual como condición para el disfrute del bien futuro y eterno. De allí la afirmación: "La religión es el opio del pueblo", promulgada por el marxismo rancio de la época. Había que luchar frontalmente contra esta mentalidad y por ello se justificaba la eliminación de cualquier religión que sirviera de "narcotizante" de los hombres con estas ideas.

La verdad es que no hay nada más lejano a estas concepciones que nuestra religión cristiana. Nadie ha invitado más a los hombres a inmiscuirse en su propia realidad, en su cotidianidad, que Jesús. La bandera de Jesús es la de la solidaridad real entre los hombres. Y lo afirma como necesario para esta realidad hoy, para la cotidianidad actual. Más aún, hace depender el disfrute del futuro eterno feliz, del cumplimiento aquí y ahora de un compromiso real con los hermanos, principalmente con los más necesitados, en la persona de los cuales se encuentra Él mismo: "Vengan, benditos de mi Padre, entren a gozar de la dicha de su Señor. Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estuve desnudo y me vistieron, estuve enfermo y me visitaron, estuve preso y vinieron a verme". Es a este mundo, a esta realidad, a la que nos envía claramente: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación". El mundo es todo el mundo, sin dejar nada por fuera.

La realidad actual nos llama a todos a comprometernos con ella. Es en ella donde sembramos para la cosecha de eternidad futura. Sin esa siembra no tiene sentido ni siquiera pensar en una posible cosecha. Por ello es tan importante tener en la mente y en el corazón todo lo que vivimos. Pablo escribe a Timoteo al respecto: "Ruego, lo primero de todo, que se hagan súplicas, oraciones, peticiones, acciones de gracias, por toda la humanidad, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y respeto". Dios mismo sale en defensa de los más pobres y desposeídos, contra los cuales se cometían las peores injusticias: "Escuchen esto, los que pisotean, al pobre y eliminan a los humildes del país, diciendo: '¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el grano, y el sábado, para abrir los sacos de cereal —reduciendo el peso y aumentando el precio, y modificando las balanzas con engaño— para comprar al indigente por plata y al pobre por un par de sandalias, para vender hasta el salvado del grano?' El Señor lo ha jurado por la Gloria de Jacob: 'No olvidaré jamás ninguna de sus acciones'". Dios quiere que se acabe la injusticia y que reine la solidaridad entre todos los hombres. Dios quiere una sociedad justa y fraterna. Y nos invita a luchar por implantarla.

En nuestra vida aquí y ahora debemos vivir los valores de la fidelidad, de la solidaridad, del servicio, de la caridad. Debemos enriquecernos de lo que verdaderamente vale la pena, sin perseguir solo el aprovecharnos de los demás o desdeñando la búsqueda de la justicia. Nuestro corazón debe servir exclusivamente a los valores del Reino de Dios, procurando implantarlos en nuestra realidad actual, con un corazón indiviso. Es al Dios justo y misericordioso, "que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad", al único que debemos servir. Por eso la máxima de Jesús a los hombres: "Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. Ustedes no pueden servir a Dios y al dinero".

sábado, 21 de septiembre de 2019

Soy pecador y Jesús me quiere con Él

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En la mentalidad de la gente hay una idea muy arraigada: Solo los santos son tomados en cuenta por Jesús y solo ellos son los convocados para ser suyos. Solo los que están a su servicio exclusivo, como los sacerdotes y las religiosas, son santos. Ellos tienen el privilegio casi único de ser escuchados y atendidos por Cristo. Mucha gente se acerca a los sacerdotes y a las religiosas y, con la mayor naturalidad, le dicen: "Le pido, Padre (o hermana), a usted que está más cerca de Dios y es más escuchado por Él, que ore por mí, que ore por esta necesidad que tengo". Da la impresión de que quien pide esto tuviera una especie de barrera que le impide comunicarse con Dios por no ser sacerdote o religiosa, por no ser "santo". Jesús, así, daría preponderancia y privilegios a esos "santos" de la mentalidad popular. Existe una idea de separación total concebida de manera incorrecta. Una vez le dije a una persona: "Pero usted también puede hacerlo. Usted es Iglesia igual que yo", a lo que me respondió: "¡No! Yo soy bautizado. ¡Usted es Iglesia!" Una concepción errada que nos colocaba en bandos casi opuestos.

Pero cuando uno escudriña en el Evangelio y va extrayendo de él la correcta concepción de Jesús, se va dando cuenta de lo que hay en su mente y en su corazón. A los que lo criticaban por la elección que había hecho de Mateo, publicano y, por lo tanto, pecador público, y de los peores, pues era un judío que había traicionado a su pueblo colocándose al servicio del imperio romano invasor como cobrador de impuestos -"¿Cómo es que su maestro come con publicanos y pecadores?"-, el mismo Jesús les responde: "No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Vayan, aprendan lo que significa 'misericordia quiero y no sacrificios': que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores". Jesús entiende su misión como la llamada a los que están más lejos, no a los que están más cerca. A estos ya no necesita llamarlos porque ya están con Él. Él ha venido a rescatar a los que estaban perdidos. La parábola del pastor que va en busca de la oveja perdida, dejando las otras noventa y nueve seguras en el redil, es perfectamente ilustrativa. Quizá hoy haya que hacerle una corrección de forma, aunque el fondo sea el mismo. Hoy el pastor iría a buscar a las noventa y nueve que están fuera, perdidas, dejando una sola segura en el redil. La proporción ha cambiado radicalmente.

El Papa Francisco ha dicho cosas maravillosas al respecto, en la comprensión correcta de lo que es la intención de Jesús. Nos ha invitado a "hacer ruido" en el mundo para atraer a los que han caído en la sordera del pecado, a los guías los ha conminado a "tener olor a oveja" por el contacto cercano y paternal con los rebaños que les han sido encomendados y a los que deben servir. Ha dicho que prefiere "una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades", pues ella debe saber "adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos". Es lo que hizo Jesús que, por cumplir con esta misión primaria en su interés, llegó a sufrir el peor accidente que se puede sufrir, como lo es la propia muerte por parte de quienes no comprendían esa manera de actuar.

La misión de Jesús implica el abandono de la propia seguridad. Quien se quiere implicar en ella como su socio no puede pretender aislarse de esta consecuencia. "No es el discípulo más que su maestro". Como tampoco puede pretender ser perfecto para ser convocado. Jesús llama al hombre normal, al de a pie, al del día a día. Si no fuera así, seríamos muchísimos los que no podríamos unirnos a Él. Lo mejor de todo es que, porque Jesús no ha venido "a llamar a los justos, sino a los pecadores", puedo sentirme llamado yo y puedes sentirte llamado tú. No nos llama por ser santos, sino para que lo seamos. No nos llama por ser perfectos, sino para que avancemos en la perfección a la que nos invita. Por eso Pablo escribiendo a los efesios, les recuerda cuál es el itinerario que se debe seguir al ser elegidos por Jesús: "Les ruego que anden como pide la vocación a la que han sido convocados. Sean siempre humildes y amables, sean comprensivos, sobrellévense mutuamente con amor; esfuércense en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz".

Nadie, por lo tanto, debe sentirse excluido del llamado de Jesús. Nadie debe sentirse excluido de ser parte de la Iglesia. Nadie debe sentirse indigno como para ni siquiera poder dirigirse a Dios. Jesús nos abre su corazón a todos, especialmente a los que se consideran menos, pues es por ellos por lo que ha venido al mundo. Es a los excluidos, a los lejanos, a los menos santos, a los que Él acerca su corazón para que oigan que late por amor a ellos. El amor de Jesús, que ya está en el corazón de los justos, pugna por salir de Él para derramarse también con más fuerza y unción en el corazón de los más endurecidos. Añora que cada corazón que no lo posee, se deje invadir por su amor, y en la experiencia de ese amor sublime, claudique y se entregue a Él.

viernes, 20 de septiembre de 2019

Soy más libre si soy lo que debo ser

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Entre los ataques más recalcitrantes contra el cristianismo está el de ser una religión machista. Esto se ha agudizado más en nuestros tiempo, cuando una ideología de género totalizante se ha ido imponiendo tiránicamente, por encima de consideraciones tan objetivas como las científicas que basan sus conclusiones no en prejuicios mentales, religiosos o afectivos, sino en afirmaciones irrefutables por el mismo método científico. Según el itinerario de muestra de esta ideología, bastaría con "sentir" que se es algo, para serlo, sin importar si las muestras objetivas afirman una cosa diferente. De esta manera, sería tiránico o dictatorial oponerse razonablemente a lo que dicta el "sentir", pues se entraría en el terreno de la fobia o la intolerancia. Así, si alguien "siente" que es un dálmata, habría que comprarle su casita de perro, sacarlo a pasear al parque y alimentarlo con Dog Chow, para respetar su poder de decisión. Es una locura que se impone en aras de esa supuesta libertad y del supuesto respeto a la persona. Hay que preguntarse si esto es verdadera libertad o si es un capricho o un desencaje total del concepto correcto de libertad. Según la inteligencia más rancia, la libertad es aquello que me permite y me facilita ser más lo que debo ser, deslastrándome de lo que me impide llegar a esa meta. No sería, por lo tanto, violar la libertad impedir que la persona llegue a ser lo que no debe ser. Por el contrario, es un apoyo y un sustento para la misma libertad.

La libertad del hombre consiste en avanzar hacia la plenitud de su propia humanización. No lo es tomar caminos distintos que lo llevarían a ser cada vez menos hombre. No lo sería si en el uso de su supuesta libertad, se permite odiar más, ser más egoísta, pisotear cada vez más los derechos y las libertades de los demás, desentenderse de las necesidades de los más desposeídos, esclavizar más, humillar más. Esta sería la ruta de la deshumanización. Ser plenamente hombre es hacer totalmente lo contrario a eso. La libertad apunta a la búsqueda del bien. Nunca del mal. Quien escoge ese camino del mal no se está haciendo más libre. Se está haciendo más esclavo de sí mismo, de sus caprichos, de sus propios ídolos. Y les estaría sirviendo, cada vez más alejado de lo que debe ser.

En ese sentido, Jesús marca muy bien la aceptación del otro como una muestra de su respeto a lo que verdaderamente es, y como una invitación realmente sentida a ser cada vez más lo que se debe ser. Por eso, su aceptación de la mujer es clara. La trata con la mayor dignidad y nos invita a todos, con su actitud, al respeto y a la admiración de lo que ella es. A ellas mismas las invita a ser más mujeres, siendo cada vez más personas, más femeninas, respetándose a sí mismas y dándose ellas mismas el lugar que les corresponde en todo el entramado social y religioso. Cuando se encuentra con la samaritana al borde del pozo de Jacob le recrimina el pisoteo que ella misma hace de su dignidad: "Has tenido cinco maridos y el que tienes ahora tampoco es tu marido". Es una llamada de atención para que se respete a sí misma y deje de ser el "instrumento" de placer y de satisfacción de los "machos". Así mismo, en el entrañable encuentro con la mujer adúltera, hace su defensa de la manera más inesperada, colocándola a ella al mismo nivel de dignidad de quienes pretendían erigirse en sus verdugos: "Quien esté libre de pecados, que tire la primera piedra". Y, al dejar en evidencia a sus acusadores y quedarse cara a cara con ella, le demuestra su amor profundo y le perdona su pecado -"Yo tampoco te condeno"-, no sin dejar de conminarla a darse su puesto y a mantenerse en la dignidad de lo que debe ser como mujer -"Vete, y no peques más-".

Es la libertad y la dignidad superior de quien se sabe a los pies de Cristo, cada uno en lo que es. El hombre, como hombre. La mujer, como mujer. A todos nos invita a avanzar hacia la plenitud. A la mujer pecadora la ama, reconociéndole el amor profundo que ella tiene por Él. "Porque ha demostrado tanto amor, sus muchos pecados quedan perdonados... Mujer, vete en paz". Nunca invita a ser lo que no se es. Al hombre jamás lo invita a dejar de serlo para ser mejor. A la mujer nunca la invita a dejar de serlo para ser mejor. Su invitación es a ser cada vez más lo que se es, para avanzar hacia la plenitud. Esa es la verdadera realización de la humanidad. Dios no creó a nadie para que se convirtiera en otra cosa y así llegara a su supuesta plenitud. La plenitud la alcanzaremos siendo cada vez más lo que somos, sin los obstáculos que impedirían que lo alcanzáramos.

Así, la mujer queda plenamente reivindicada ante Jesús. Como todos los seres humanos. Por eso, se sentían cómodas con Él, quien las había aceptado y defendido como eran. Y Él mismo se sentía cómodo con ellas. "Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes". Eran compañeras de camino y sostenes en su itinerario. La más importante, su propia madre, María, elegida por Dios para ser el vientre que lo recibiera, puerta de entrada del cielo a la tierra, alcanzando con ella el zenit de la humanidad en su humanidad sencilla y humilde, convirtiéndose así en "el orgullo de nuestra raza". Nos invita, así, Jesús a valorar a la mujer por lo que es y por todo lo que nos regala con su ser: su feminidad, su delicadeza, su ternura, su amor, su detallismo, su maternidad, su dignidad.

jueves, 19 de septiembre de 2019

Dos mundos opuestos

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En los diversos encuentros que tiene Jesús con personajes del Evangelio se da casi siempre una pugna entre dos mundos que coexisten. Por un lado, el que viene a combatir Jesús, que está lleno de egoísmo, de apariencia, de censura, de hipocresía, de falsedad... El mundo del mal. Y el otro, el que viene a promover incluso con su propia vida, el del amor, el servicio, la humildad, el arrepentimiento, el perdón, la conversión... El mundo del bien. El primero, se retuerce ante los embates del bien que ha venido a instaurar Cristo con su predicación y sus obras maravillosas. No está dispuesto de ninguna manera a dar su brazo a torcer y se empeñará en seguir reinando en el corazón de los hombres, ganando adeptos con su publicidad engañosa de prestigio, de alegría vana, de dominio, de realización personal, de reconocimiento. El segundo, callada y silenciosamente, sin aspavientos y con la mayor sencillez, va presentando lo que verdaderamente vale, lo que significa crecer desde dentro y no desde fuera, lo que satisface en cuanto se logra cimentar la propia vida en las bases sólidas del amor y del servicio, en las bases del reconocimiento de lo que se es realmente y no en espejismos ganados con disfraces falsos.

Esta pugna se ha mantenido durante toda la historia. Son muchísimos los "Simón" que invitan a Jesús a su casa, incluso usando un recurso aparentemente bueno, el del ruego, pero motivados más por un deseo de codearse con el personaje de moda para aprovechar su fama y montarse en la misma cresta de la ola que Él, de modo de adquirir prestancia y ser también reconocidos. "Un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él". Jesús es convertido de esa manera en una "herramienta" que sirve para los propios intereses personales, simplemente impulsados por la vanidad y el egocentrismo, muy lejos de la búsqueda de la verdad y del reconocimiento de lo que se es. No se tiene como finalidad colocarse bajo la óptica de la revisión y el cambio, sino bajo la de la justificación y la falsa premisa de la aprobación por haber venido a "mi casa". Suena mucho a quienes "invitan" a Jesús a su casa, porque ponen una bella foto de Él en el lugar más destacado, porque colocan una Biblia en el centro de la sala, porque afirman que son muy religiosos porque estudiaron en un colegio de curas o de monjas... Hechos reales y concretos pero que no son reflejo de lo que hay en el corazón y sirven más bien como tranquilizantes de conciencias.

También son muchísimos los representados en la mujer pecadora que "invade" la estancia donde están Simón y Jesús, absolutamente anónima y cuya presencia es extremadamente sorprendente para todos. Inesperadamente, en medio de la celebración que había preparado Simón para Jesús, irrumpe y realiza los gestos más humillantes que se pueden realizar. Eran gestos de esclavos, con los que se denota la máxima humillación, colocándose a los pies de Jesús, ante el cual considera que es lo que debe hacer para obtener el perdón de sus pecados. "Una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que (Jesús) estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume". Ella había descubierto verdaderamente quién era Jesús. Y reconocía, a pesar de su indignidad, ante quién era el único que valía la pena postrarse. No guardaba formas. Lo importante era estar a los pies de Cristo, sin importar quién estuviera alrededor, para confesar su dolor, para decirle su propósito de cambio y para abandonarse en su misericordia. Su gesto es inmediatamente comprendido por Jesús. Ante Él no hay oculto nada. Él conoce perfectamente lo que hay en el corazón de cada persona.

Simón y la mujer quedan confrontados ante Jesús. Uno, en búsqueda de prestigio y con la intención de aumentar en fama y reconocimiento. La otra, en búsqueda de amor y de misericordia, reconociendo lo que es ella misma delante del único que puede purificarla y salvarla. La soberbia contra la humildad. La apariencia contra la realidad. La mentira contra la verdad. Es evidente de parte de quién se coloca Jesús. La mujer ha comprendido perfectamente su mensaje y ha venido a desmontar totalmente todo el entramado de su vida para que Jesús la reconstruya. Para que Él, con su amor y su misericordia, la haga de nuevo, la haga nueva criatura. "Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama".

"Porque tiene mucho amor". Es la única clave que le importa a Jesús. Por el amor demostrado la mujer pecadora queda justificada. "Tu fe te ha salvado, vete en paz", oye ella de los labios del Salvador. Es el amor que responde al amor redentor de Jesús. Es el amor que hace mirar hacia dentro para descubrir lo que se es delante de Aquél que es solo amor y misericordia. Es el amor que hace que todo lo demás pase a un plano infinitamente inferior, pues lo que importa es vivir la profunda compensación que se tiene al dejar lo que se es en las manos del único que puede transformarlo en gracia y en vida eterna. Es el amor que llena todos los vacíos del alma y que deja una sensación de plenitud que no podrá dejar jamás ninguna otra experiencia que se pueda tener. Es el cumplimiento de la promesa eterna de felicidad que hace Jesús a quienes quieran abandonarse en sus brazos para llegar a la plenitud. Ser Simón o la mujer pecadora está en nuestras manos. Sin duda, será mucho mejor ser la mujer pecadora, dejándonos arrebatar por el amor de Cristo y colocándonos a sus pies con la mayor humildad a fin de que Él nos haga lo que debemos ser para llegar al gozo pleno de ser solo suyos.