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martes, 8 de junio de 2021

Seamos el sí de Dios al mundo, como lo fue Jesús

 Brille así vuestra luz ante los hombres» - Alfa y Omega

La coherencia de vida, la transparencia, la serenidad que se alcanza al saberse fiel en el cumplimiento honesto de las responsabilidades, sin ocultamientos ni escondrijos innecesarios, es uno de los tesoros que debemos perseguir para poder vivir con la frente en alto, sin necesidad de estar buscando acomodamientos a los criterios del mundo, algunos muy contrarios a los designios divinos. Cuando vamos por caminos retorcidos, podemos vivir en el espejismo de que las cosas pueden ir mejor así, pues nos evitamos conflictos o desencuentros con muchos de los que nos rodean. Sería más cómodo ocultar la cabeza como el avestruz, pues así las dificultades serían menores. Pero también, aunque no hay ausencia de alguna gratificación momentánea, tarde o temprano la realidad nos explota en la cara y se nos pone en toda su crudeza en lo que es real. Se reciben decepciones terribles y dolorosas, pues jamás la acomodación a lo temporal podrá llegar a ser la compensación real a las añoranzas más profundas del hombre. El sentido de la vida del hombre, aun cuando está sustentado en la realidad en la que vive cotidianamente, no se acaba en ella. El hombre ha sido creado para algo superior, que trasciende lo que vive actualmente, y que por lo tanto no se puede acabar en ello. Dios nos ha creado para la felicidad suprema, y aun cuando hay atisbos y adelantos amorosos aquí y ahora, pues su fidelidad es eterna y nos dará siempre y en toda ocasión muestras de ella, la plenitud la tiene reservada para nuestra eternidad feliz, a la que nos dirige inexorablemente con sus dádivas y beneficios. Se hace necesario entonces, que nuestra vida y nuestro corazón mantengan una disposición continua de ser elevados hacia lo infinito, que es donde se encuentra el final de la meta y la plenitud a la que somos convocados al existir. Por ello, para evitar esas decepciones que pueden ser realmente destructivas para alcanzar la felicidad a la que somos llamados, necesitamos colocar nuestra prioridad en esa coherencia a la que nos llama Dios para disfrutar la magnitud de su amor.

San Pablo se lo quiere dejar lo más claro posible a sus oyentes. En el seguimiento fiel del prototipo del cristiano, Jesús de Nazaret, el Salvador del mundo que se convierte en modelo irrefutable e infaltable para todos, pues es el Señor que desde su aparición en el mundo se ha convertido en la referencia obligada para todos sus seguidores, está la manera perfecta de lograrlo. Él es el Dios fiel que lo dará todo, incluso su propia vida, para lograr la felicidad del hombre. Y además, nos mostrará claramente la forma en la que cada uno avanzará por esa misma ruta de realización personal. Así lo entendió el apóstol, cuando en el extremo del convencimiento de que estaba haciendo lo correcto, se propone a sí mismo como seguimiento, no por él mismo, sino porque está consciente de que era fiel a la voluntad de Dios: "Sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo". La causa de la imitación no es él, sino Jesús. Y esto es lo que quiere transmitir a todos: "Hermanos: ¡Dios me es testigo! La palabra que les dirigimos no es sí y no. Pues el Hijo de Dios, Jesucristo, que fue anunciado entre ustedes por mí, por Silvano y por Timoteo, no fue sí y no, sino que en Él solo hubo sí. Pues todas las promesas de Dios han alcanzado su sí en Él. Así por medio de Él, decimos nuestro “Amén” a Dios, para gloria suya a través de nosotros. Es Dios quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con ustedes; y además nos ungió, nos selló y ha puesto su Espíritu como prenda en nuestros corazones". La incolumidad de Jesús en su determinación es la base sólida de toda la misión cumplida. Al haber sido una vez el sí de Dios, lo fue para siempre. Y eso fue lo que hizo válida totalmente su tarea y su misión de rescate. Esa es la solidez firme que tiene todo lo que hizo y lo que le da la consistencia y valor eterno. Ese efecto es eterno, se mantiene para siempre. Y es el modelo de consistencia para la actuación de todos los cristianos. De él debemos asumirlo y asimilarlo como nuestro para que la salvación de Jesús y la llegada a la meta sea una realidad para cada uno. La coherencia en esta vida es fundamental para todos los que queremos ser beneficiados.

Y es en este sentido en que cada discípulo será también vida para el mundo. Jesús nos ha hecho alcanzar el zenit de su rescate. Nos ha puesto de nuevo en el lugar que habíamos perdido. Nos ha alcanzado de nuevo la condición de hijos de Dios salvados desde el principio y nos ha abierto las puertas del cielo que nuestro mismo pecado había clausurado. Estamos, sí, de nuevo en el camino. Pero al haber cumplido Jesús su tarea perfectamente, nos ha trasladado el testigo a cada uno de los rescatados para que seamos rescatadores de los hermanos que están en el mundo y que nos ha dejado como responsabilidad. "Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará". El mundo está en nuestras manos, pues allí nos lo ha dejado Jesús amorosamente. Él nos traslada, en un gesto de confianza infinita de su amor por nosotros, la tarea que vino a cumplir para que la hagamos llegar a ellos. Nuestra actitud ante este gesto extraordinario es hacernos sí como Él, para dar la gloria a Dios, que es a quien le corresponde. El sí nuestro debe ser en el mismo sentido del sí de Jesús. Ser el sí de Dios para nuestro hermanos implica la salvación de todos. No podemos renunciar a esta obligación: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos". Ser la sal y la luz es ser el sabor y la vida del mundo y ser la iluminación de la verdad con la cual Dios quiere favorecer a todos. En esto tenemos que ser coherentes. No buscar arreglos propios, acomodaciones, ocultamientos, pues sabríamos muy bien que no es nuestra esencia. Ser sal y luz es ser el sí de Dios, como el sí de Jesús. Ser coherentes con nuestra tarea es hacerse el sí que necesita el mundo para ser salvado.

jueves, 29 de abril de 2021

Dios es siempre para nosotros luz, misericordia y compasión

 LECTURAS DEL SÁBADO XXVI DEL T. ORDINARIO 3 DE OCTUBRE (VERDE O BLANCO) |  MISAL DIARIO

El amor infinito de Dios por su creación, en particular por su criatura predilecta, el hombre, se manifiesta de múltiples maneras. Para constatarlo solo debemos lanzar una ojeada a las Sagradas Escrituras, en las que nos encontraremos con la ingente cantidad de acciones de Dios en favor del hombre, en las que destaca la puesta en marcha de ese amor para colmarlo de sus beneficios, a pesar de que el hombre se hiciera cada vez menos digno de ellos por su pecado y por la continua traición a su voluntad divina. De ninguna manera podemos ser indiferentes a esta constatación, pues ella será la base para nuestra conversión y para el acercamiento que tengamos a fin de disfrutar plenamente de ese amor infinito por nosotros. El amor no será, de esa manera, solo una realidad constatada, sino que tocará la fibra más profunda de nuestro ser, pues logrará desmontar cualquier barrera de desconfianza o de desarraigo. Solo quien ama tanto podrá ser la razón del abandono de una vida de desencuentro o de alejamiento del hombre. El amor es el imán más poderoso que hará que el hombre sucumba dócilmente ante el Dios Creador que solo quiere su bien, pues lo ama infinitamente. Y ese amor, lo decíamos, se reviste de diversas facetas que tocan todo el entramado de la vida del hombre, desde ser la causa última y primera de su existencia, hasta la de su plenitud y su salvación en la eternidad. Todo el abanico de la vida del hombre está sumido en la experiencia del amor de Dios. Tan pronto es amor de creación, como amor de perdón y de misericordia. Tan pronto es amor de defensa, como amor de rescate. Tan pronto es amor de providencia, como amor de iluminación. Tan pronto es amor de compasión, como amor de solidaridad. No hay realidad de la vida humana que no esté subsumida en el amor eterno e infinito que Dios le tiene.

En efecto, no puede ser de otra manera, pues Dios en su esencia es amor. "Dios es amor" nos ha dicho magistralmente San Juan. Es decir, la identidad más profunda de Dios es el amor, y por ello todo lo que hace va bañado en lo que es su propio ser. "La persona se conoce en la acción", dijo el filósofo Karol Wojtyla, luego el Papa San Juan Pablo II. Pues bien, conocemos a Dios por el amor con el que actúa y el que derrama continuamente sobre el hombre y sobre el mundo. En primer lugar, siendo luz que ilumina nuestro caminar: "Este es el mensaje que hemos oído de Jesucristo y que les anunciamos: Dios es luz y en Él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con Él y vivimos en las tinieblas, mentimos y no obramos la Verdad. Pero, si caminamos en la luz, lo mismo que Él está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado". Dios echa luces para que conozcamos la Verdad y vivamos de acuerdo con ella. No quiere de ninguna manera que seamos ignorantes de lo que es Él ni lo de que quiere para nosotros para beneficiarnos al máximo. Quiere que sepamos de dónde venimos y hacia dónde nos dirigimos, a lo que estamos llamados. No nos quiere caminando en las tinieblas y por ello nos llena de su luz. Y da un paso más adelante, pues no nos ofrece solo un amor de iluminación, sino que pone en nuestras manos el amor de misericordia, con el cual se ofrece no solo para darnos su luz, sino para reparar nuestra traición por el pecado: "Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la Verdad no está en nosotros. Pero, si confesamos nuestros pecados, Él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros. Hijos míos, les escribo esto para que no pequen. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero". Es impresionante la medida de este amor, pues no se queda mirando nuestra falta por nuestra debilidad, sino que mira antes a su corazón, donde descubre constantemente el inmenso amor que nos tiene, y por ello nos perdona en el colmo de la misericordia.

Este amor, y las acciones que lo revelan, alcanzan su zenit en Jesús. La concreción más clara está, evidentemente, en el colmo de su entrega al sacrificio por amor. La muerte y resurrección de Cristo es la muestra más clara de un amor que está y estará siempre de parte del hombre. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos", con el añadido de asumir esta entrega siendo totalmente inocente, en favor de los que sí son culpables. Por ello, el amor se convierte fácilmente en compasión por aquellos que son humildes y sencillos, de aquellos que sufren y son desplazados, de aquellos que solo tienen un objeto de confianza que es Dios, pues es el único que se pone a su favor: "Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar". En esta conversación emocionada de Jesús con el Padre, desvela su ternura por aquellos que necesitan más muestras de amor, pues son los olvidados, los desechados del mundo. Solo Dios sale como su valedor. El amor se convierte en compasión y es derramado en sus corazones. Por ello, en el colmo de esa compasión, sabedor de que probablemente sea el único consuelo que recibirán, Él mismo se ofrece como apoyo y sustento de vida: "Vengan a mí todos los que de ustedes están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera". Es la culminación del amor. Es la manifestación más clara de su esencia de amor. En medio de los tormentos de la vida está siempre presente Jesús siendo apoyo y consuelo. Es un Dios que no se ha desentendido de la humanidad, sino todo lo contrario, pues habiéndola rescatado de la muerte, del mal y del pecado, sigue comprometido con ella para servirle de iluminación, de misericordia y de compasión, pues su esencia es la del amor y Él no podrá nunca dejar de actuar según lo que le sugiere siempre el amor.

viernes, 2 de octubre de 2020

Tenemos un ángel que nos guía y nos protege

 Los ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial »

Una de las hermosas tradiciones de nuestra fe que casi todos hemos recibido de nuestros abuelos y nuestros padres es la de la presencia de los ángeles que nos acompañan, nos guían, nos iluminan y nos protegen. Seguramente tenemos en nuestros recuerdos mejor atesorados las veces cuando éramos conducidos a dormir a nuestras camas y nuestros padres nos invitaban a tener un contacto con los ángeles antes de dormir y a dirigirnos a ellos, particularmente a nuestro Ángel de la Guarda, a quien nos dirigíamos con aquella oración que todos tenemos aún en nuestra mente: "Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes solo que me perdería. Hasta que amanezca en los brazos de Jesús, José y María. Amén". Está en el recuerdo de nuestra infancia y puede ser que haya sido de alguna manera una baza para el fortalecimiento de nuestra fe desde esas edades primeras. Esta identificación de la unión de nuestra vida de infancia con los ángeles custodios pudo haber venido al traste cuando ya nos hicimos grandes, pues quizá llegamos a considerarla ya superada en nuestra madurez y habernos mantenido en ella se hubiera podido entender como una falta de crecimiento, por infantil e inmadura. Lamentablemente nuestra pretendida madurez humana pudo habernos hecho una mala jugada haciendo que no solo perdiéramos esa frescura infantil tan entrañable, sino que llegáramos incluso a alejarnos de nuestra conciencia de hijos amados, siempre bien guardados en el corazón amoroso de nuestro Padre Dios. Para Él siempre seremos sus hijos amados, al punto que las imágenes más delicadas que nos expresan esa cercanía de su corazón hacia nosotros son las extraídas de esa relación de ternura de los padres y las madres con sus hijos pequeños: "¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste!" ... "¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, y dejar de amar al hijo que ha dado a luz? Pues, aun cuando ella lo olvidara, ¡yo no te olvidaré! Te llevo esculpido en las palmas de mis manos". La unión entrañable de Dios con nosotros jamás estará desconectada de esa imagen del padre que ama con ternura infinita a sus hijos. Por ello, la madurez humana no debe hacernos perder nunca la conciencia de hijos amados, acunados en los brazos amorosos y poderosos de nuestro Padre. Y si eso implica dar rienda suelta a esa experiencia filial cariñosa, entrañable, cercana, familiar, debemos luchar por vivirla con intensidad de modo que nuestra relación con Dios, apoyada en la cercanía de quienes nos la hacen posible, se mantenga siempre viva.

Esa fe en la que hemos crecido nos enseña que los ángeles forman parte de esa creación espiritual, también surgida de las manos poderosas de Dios, que son parte de ese mundo invisible que escapa a nuestros sentidos, pero que están realmente presentes en el universo, como criaturas que tienen una tarea que llevar adelante. El mismo Jesús lo afirma concretamente cuando se refiere a los niños: "Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque les digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial". Los ángeles son esos seres que acompañan a cada niño y que están además en la eterna presencia de Dios en continua adoración. No significa que su presencia solo está asegurada para la infancia, sino que es una presencia continua para cada hombre, en la que no solo están al servicio suyo para acompañarlo, para iluminarlo, para guiarlo y para protegerlo, sino para servirle incluso de conexión con Dios. El ángel sería, en cierto modo, un puente que une al hombre con Dios, cuando esa presencia se hace consciente y el hombre permite que el ángel cumpla en él su tarea. La Angelología (la disciplina teológica que estudia la doctrina sobre los ángeles), llega incluso a afirmar que Dios a cada realidad humana le ha fijado la protección y el patrocinio de un ángel, llegando a afirmar que las naciones, las ciudades, las instituciones humanas, poseen cada una su ángel protector. Durante toda la historia de la espiritualidad nos encontramos con grandes personajes que promueven la unión a los ángeles del país, de la ciudad, de las instituciones. Esto estaría de acuerdo con la idea del Dios providente que se ocupa del hombre y de todas las cosas que tienen que ver con él y con el desarrollo de su vida. Una corriente materialista, incluso laicista, que ha ido invadiendo cada vez más la espiritualidad cristiana, ha ido haciendo caer en el desprecio a esta espiritualidad que acentúa la infancia espiritual. Solo lo tangible tiene sentido que forme parte del desarrollo actual de la fe, por lo que estas ideas espiritualistas que tienen rancio sabor, deben ir siendo abandonadas. Lo ideal, por supuesto, no sería en ningún modo su desprecio y mucho menos su supresión, sino buscar la manera de rescatarlas para reincorporarlas al bagaje cristiano. Toca discernir cuál sería el camino para que el materialismo no tiranice también las mentes de los cristianos y nos haga sucumbir a la invitación injusta de suprimir la existencia de este mundo espiritual que puede dar mucha riqueza a nuestro tesoro de la fe.

Hay que hacer buenas las palabras que expresamos en el Credo de nuestra fe, en el que afirmamos creer "en un solo Dios ... creador de todo lo visible y lo invisible". Los ángeles son parte de ese mundo invisible que está ahí también para nosotros. Siguen teniendo un papel importante en el desarrollo de nuestra historia de salvación, por cuanto siguen siendo acompañantes de Dios y de sus enviados, pues estando eternamente en la presencia de Dios y en continua adoración a su figura, nos hacen presente ese espíritu de unión con el Señor para que también nosotros podamos unirnos a ellos adquiriendo en nosotros ese gusto por el encuentro continuo con Dios y su amor. Cuando confiamos en su presencia en nuestras vidas, experimentamos de manera maravillosa sus inspiraciones que nos iluminan en la toma de decisiones, nos facilitan las relaciones humanas, nos ponen sobre aviso en los peligros, nos inspiran las mejores rutas, nos fortalecen en las luchas espirituales y morales. Son innumerables las posibilidades de actuación y con ello de beneficios que podemos disfrutar. El camino de una renovación espiritual del hombre de hoy, hijo de un mundo que es heredero y deudor de ese materialismo que aleja de lo espiritual, no puede nunca avanzar por el desprecio del mundo espiritual e invisible de nuestra fe. El tesoro de la fe no se mide por la actualidad que tenga o por la moda imperante. Se debe medir por lo que de contenido de verdad haya en él y lo que de beneficioso pueda tener para cada cristiano. Nada de lo que Dios mismo ha colocado en nuestras manos como riqueza de fe puede ser despreciado y mucho menos desechado, por cuanto cada cosa tiene su sentido y llena de sentido la existencia. Hay que luchar para que en ese retorno espiritual que se está dando en nuestro mundo, que es una especie de convencimiento de que el hombre no tiene todas las respuestas siempre a la mano, se puedan retomar esas experiencias que pudieron haber llegado a ser consideradas pueriles, pero que han demostrado ser una tremenda riqueza que sostuvo y puede seguir sosteniendo la fe de tantos, tal como sostuvo la nuestra cuando nos conectó inocentemente con la presencia de esos seres angelicales que tienen que ver con nosotros y que hicieron que nuestra vida en esos años infantiles se enriqueciera con una sensación de que no nos faltaría nunca su protección y su guía, que nos daban una sensación sólida de firmeza y esperanza. Así se cumple la promesa del Señor: "Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado. Respétalo y obedécelo. No te rebeles, porque lleva mi nombre y no perdonará tus rebeliones. Si lo obedeces fielmente y haces lo que yo digo, tus enemigos serán mis enemigos, y tus adversarios serán mis adversarios. Mi ángel irá por delante". No nos miente Dios ni nos puede engañar. Su promesa es eterna, pues "los dones de Dios son irrevocables".

martes, 9 de junio de 2020

Dar sabor, iluminación y calor a un mundo insípido, oscuro y frío

Catholic.net - Ustedes son la luz del mundo y sal de la tierra

Ser sal y luz en el mundo. Esa es la tarea que describe Jesús como correspondiente a cada cristiano que quiera devenir en buen discípulo suyo. La sal da sabor y la luz ilumina. Cada uno de los seguidores de Jesús debe llevar en sí el sabor de Dios para que los hermanos lo disfruten también, y la luz para que no caminen en tinieblas ni sufran de un frío paralizante. El mundo ha quedado desabrido desde que el pecado excluyó a Dios que con su amor y su gracia lo llenaba todo de un sabor exquisito. No hay sabor mejor que el que da lo que se hace con amor. La sabiduría popular siempre ha afirmado que la comida más sabrosa es la que lleva como ingrediente principal el amor. Es lo que ha hecho Dios con el hombre: le ha preparado un mundo en el que ha colocado al amor como el ingrediente mágico por el que absolutamente toda la realidad que viva en él tendrá un sabor insuperable. Podrán venir momentos malos, dolores, enfermedades, tristezas, pero si se está consciente de que en todo eso nunca deja de estar presente el amor con el que el Señor bendice al hombre, todo será llevadero. "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré", dice Jesús. Ese alivio es el que produce el amor, que es el ingrediente principal que vino Jesús a restituir en el mundo y que se había hecho ausente desde que el hombre decidió echarlo por su soberbia, dejando lo desabrido como la característica principal de un camino sin metas claras ni ilusiones que entusiasmen. Jesús es quien viene a ocupar el lugar de esa sal que faltaba para darle sabor al mundo aburrido, insípido, sin metas altas. El mundo, además, ha quedado a oscuras y frío desde que por el pecado el hombre decidió embarcarse hacia un abismo en el que la luz no podía llegar. En ese abismo profundo ni la luz ni el calor llegan, a pesar de que siguen ahí. No es Dios el que ha decidido estar ausente. Ha sido decisión del hombre que ha tomado la determinación de alejarse de aquel que le daba la iluminación que necesitaba y el calor que le hacía aceptable la vida en medio del frío absoluto del mundo. Esa luz de Dios ilumina el camino, dejando claro hacia dónde se deben dirigir los pasos, y da el calor necesario en medio del invierno continuo en el que el mundo se empeña en embarcar al hombre. Jesús mismo dijo: "Yo soy la luz del mundo". Desde el mismo principio de su existencia humana su lucha fue contra la oscuridad y contra el frío, haciendo que en todo refulgiese su luz y se sintiese su calor. "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz", recuerda el Evangelio haciendo referencia a la profecía de Isaías. Jesús es el sabor de Dios y su luz en medio de un mundo desabrido, oscuro y frío.

Los hombres, sin duda, necesitan del sabor de Dios y de su luz. Algunos se han alejado de Él por decisión propia y por ello viven en la insipidez y en la oscuridad y el frío voluntariamente. Quizá nunca han probado ese sabor de Dios y nunca se han dejado iluminar y calentar por su luz. Algunos nunca lo echarán en falta. Pero seguramente la inmensa mayoría sí sentirá un vacío en su vida, aun cuando no sepan explicar qué es lo que echan en falta. Lo extrañarán porque Dios, además de ser el Creador de todo, ha impreso en todos los hombres la sed de la trascendencia, de lo infinito, del sabor y de la luz divinos. Por ello, aun cuando no hagan consciente qué es lo que les hace falta, sentirán siempre ese vacío de lo eterno. Pero además de estos que lo han asumido voluntariamente, están los hermanos a los que ese sabor y esa luz no les llegan por ausencia de quienes se los hagan llegar. Es a estos que son los responsables de su sabor y de su luz a los que Jesús se dirige: "Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte". Jesús, siendo la sal y la luz de Dios, las ha derramado en los corazones de quienes han aceptado ser sus discípulos. Pero esa aceptación no puede ser jamás una aceptación pasiva. Disfrutar del sabor y de la luz de Dios debe llevar a dar un paso comprometido hacia los hermanos que no los disfrutan. El profeta Elías en el Antiguo Testamento fue una prefiguración de lo que debían hacer los discípulos de Cristo en el futuro: "No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo la harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: 'La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor conceda lluvias sobre la tierra'". Él anunciaba la llegada de la abundancia a la viuda que ya no tenía esperanza alguna, pues era pobre solemne y ya no tenía más comida para ella y su hijo. Esa abundancia que anunciaba Elías exigía de ella la confianza en lo que él le decía y la disposición a abandonarse en Dios para dejar que su sabor y su luz la llenaran. Hay un doble movimiento: el del anunciador que lleva la sal y la luz de Dios, y el del que recibe el anuncio, que abre su corazón para dejarse llenar de ellas. Ser sal y luz es la exigencia que pone el Señor sobre los hombros de cada cristiano. Pero dejarse llenar de su sabor y de su luz es también un movimiento necesario que debe ser hecho desde la humildad del reconocimiento de quien lo necesita.

Quienes tenemos la sal de Dios y su luz no podemos ocultar el tesoro que poseemos. En medio de un mundo que se empeña en vivir la insipidez, la oscuridad y el frío, tenemos una gran responsabilidad. Un mundo así es un mundo triste, oscuro, robótico. Las respuestas que da son todas prefabricadas. Pierde la ilusión y la novedad continuas que significan la aventura genial de colocarse en las manos de Dios y de su amor. Nuestro mundo se aprovecha de lo que está programado en el ser del hombre, acentuando las necesidades de las compensaciones materiales, insistiendo en una supuesta libertad que desemboca en la peor esclavitud de la que el hombre luego no podrá zafarse, poniendo el acento en el hedonismo para dar satisfacción solo a los placeres corporales, insistiendo en la supremacía individual y en el egoísmo y la vanidad, echando mano de la soberbia por la que se coloca al individuo en el centro alrededor del cual todo debe girar. Esta supremacía de lo superficial terminará con toda seguridad en la peor de las desilusiones, por cuanto todo es pasajero y desaparecerá en algún momento, dejando al hombre en el vacío total, sin un sustento sólido en el que fundamentar su vida. Es allí donde tendrá pleno sentido la labor que realicemos los discípulos de Jesús. Gritaremos al mundo con nuestra tarea y con nuestra ilusión vivida que hay algo más, que existen valores y metas mucho más elevadas, que hay algo que tiene más sentido y que es duradero y trascendente. Es lo que nos ofrece el mismo Dios, que nos ha creado y lo ha colocado como necesidad absoluta en nuestro ser, de la cual Él mismo es la respuesta. Él nos ha hecho necesitados de su sal y de su luz y se ofrece para llenar siempre esa necesidad. Y nos coloca a cada uno de sus discípulos en el mundo para que seamos portadores de ellas y las llevemos haciéndolas llegar a cada hermano que lo necesite. Ellos deben ser conscientes de esa necesidad y deben hacerse dóciles, demostrando la confianza en Dios con humildad, que quiere ver sus corazones llenos de su sal y de su luz. Nosotros debemos hacerles ver que llevamos con alegría ese sabor y esa iluminación y que sabemos bien que son los mejores fundamentos para llevar una vida con sentido en este mundo, y que luego serán la prenda que nos harán llegar con alegría a la eternidad feliz junto a Dios nuestro Padre, quien nos da su sabor y nos llena de su luz.

miércoles, 29 de abril de 2020

Tú, Jesús, eres mi consuelo, mi fortaleza, mi luz y mi perdón

legalismos | De la mano de María

"La vida del hombre en la tierra es milicia", dijo el sabio y paciente Job. Sin duda, la lucha cotidiana por proveer lo necesario para una vida cómoda, el enfrentamiento de las dificultades naturales que se presenten, los conflictos personales con otros, son circunstancias que están aseguradas en la vida común de cualquiera. Por eso la vida es un eterno combate, una milicia, que nos llama a estar siempre dispuestos a enfrentar esas realidades. La búsqueda de la felicidad no está exenta de la posibilidad de tener que sobreponerse a dolores, a sufrimientos, a persecuciones, a crisis. Desde que el hombre pecó el dolor es una realidad segura. Antes del pecado, cuando el hombre seguía al pie de la letra las indicaciones divinas, se aseguraba una vida de armonía absoluta pues todos los hombres eran iguales y todos seguían el mismo interés de ser fieles a Dios. Cuando entró el pecado en el mundo los hombres empezaron a verse como adversarios, como competidores. Todos seguían un interés personal, que era el de lograr la felicidad propia, sin importar ni los medios ni los métodos a usar. Lo que importaba era lograr esa felicidad, sin más. La única medida a tener en cuenta era el esfuerzo personal por sobreponerse a los otros, con tal de llegar a la meta. La soberbia se enseñoreó en el corazón del hombre, por lo cual él pasó a ser el centro de todo, y todo debía girar en torno a él y a sus intereses. Todo lo que no fuera en esa línea o se opusiera a ella, debía ser echado a un lado y eliminado. Esto, evidentemente, para una vida social, aseguraba la existencia de conflictos. A las dificultades naturales que se presentaban en torno a la vida de los hombres, se sumó el conflicto interpersonal, en el cual el hombre se convierte para el otro en un estorbo, o en el mejor de los casos, en un instrumento del que me valgo para alcanzar mis metas. De allí la frase terrible: "El hombre es lobo del mismo hombre". En todo caso, esa vida de combate es una realidad absoluta para la humanidad. Unas veces se saldrá triunfante. Otras, se saboreará lo amargo de la derrota. Esta es una verdad que viviremos todos. Y ante ella, Jesús nos pone sobreaviso. No quiere engañarnos Jesús dibujándonos un mundo color de rosa. Nos hace pisar firme en la realidad que viviremos cotidianamente: "En el mundo encontrarán tribulaciones, pero no teman, Yo he vencido al mundo".

Alguna vez se escuchó la especie de que Jesús jamás se anunció a sí mismo, como si en su intención solo hubiera el deseo de predicar la realidad del amor y del perdón de Dios, sin predicarse a sí mismo como el Redentor. Nada más lejos de la realidad, por cuanto, en efecto, son varias las ocasiones en las que Jesús se ofrece a sí mismo como el mejor apoyo que podemos tener los hombres en la milicia que es para nosotros la vida. Al decirnos "no teman, Yo he vencido al mundo", no nos está diciendo otra cosa que al ir al mundo no vamos solos, sino que Él nos envía y se embarca con nosotros en la misma tarea. Por un lado, su fuerza será la nuestra, pues Él la coloca en nuestras manos. Es lo que entendió perfectamente San Pablo, cuando habló de sus propias fuerzas: "Muy a gusto presumo de mis debilidades, pues entonces residirá en mí la fuerza de Cristo". La compañía de Jesús, siendo una compañía espiritual, es totalmente real. El enviado por Cristo sentirá en el cumplimiento de su tarea, inusitadamente una fuerza que no es la suya, una iluminación sobrenatural que pondrá palabras en sus labios que jamás pensó que podría pronunciar, ideas en las cuales nunca antes había pensado. Sin duda, es el cumplimiento estricto de esa promesa de Jesús. Pero más allá de esa presencia suya en el cumplimiento de la misión apostólica, está su presencia que consuela y alivia en el dolor y en el sufrimiento. No es una promesa de que no tendremos dificultades ni una fortaleza que promete para enfrentar fuerzas contrarias, sino que es un alivio sentimental y afectivo que hará sentir un sosiego real, una frescura que serena y llena de paz interior a quien sufre el agobio de las dificultades y conflictos personales. Es el ofrecimiento que hace Jesús de sus brazos en los cuales nos podemos refugiar para sentir el calor de quien nos ama de verdad y quiere nuestra paz. Es el oasis que viene a nuestro encuentro en medio del desierto del dolor y del sufrimiento. No es su compañía para enfrentar al mundo. Es su compañía en la intimidad del corazón que se siente agobiado y casi vencido en el desasosiego de la realidad cotidiana. Es la dulzura del consuelo y de la serenidad en medio del tormento de un corazón que tiene muchas heridas. Es la certeza de tener un fundamento sólido en su amor, a pesar de que todo lo que está alrededor se tambalee. Los brazos de Jesús son poderosos y suaves a la vez. Sostienen en el dolor y simultáneamente llenan de paz y de consuelo: "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera".

Para obtener esta acción de Jesús en nosotros debemos estar dispuestos a abrir el corazón para reconocer que solos no podemos. No podremos anunciarlo de manera individual, sin su fortaleza y sin su iluminación, ni podremos recibir el consuelo necesario como lo ofrece el mismo Cristo ni de nosotros mismos ni de nadie cercano. Necesitamos deponer nuestra actitud de soberbia y declararnos absolutamente necesitados de Él, de su fuerza, de su amor y de su consuelo. Es necesario que asumamos una actitud de humildad, que es imprescindible para que el Señor vea las puertas de nuestro corazón abiertas a su presencia y se decida a venir a nosotros. Es la única manera en la que obtendremos su favor, nos llenará de su fuerza y nos iluminará en el cumplimiento de nuestra tarea. Y es también la manera en la que manifestaremos nuestra determinación de acercarnos a Él confiados para recibir el consuelo y el alivio que nos promete. De esa manera seremos campo fértil para la siembra que quiere hacer Dios: "Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar". Si mantenemos una actitud soberbia, estaremos cerrando las puertas a la acción divina en nosotros. Esa actitud de humildad nos llevará a reconocernos en lo que somos y a declararnos necesitados del amor y la misericordia divinas: "Si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros. Hijos míos, les escribo esto para que no pequen. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo". Acercarnos humildemente a Dios por Jesús, reconociendo lo que somos, es dejarnos llenar de su luz, permitir su entrada que nos purifica, y dejarnos hacer de nuevo, llenos de la iluminación que nos deja su presencia: "Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con él y vivimos en las tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado". Sin duda, en medio del tráfago de la vida, nos encontramos con la posibilidad del acompañamiento de Jesús que nos limpia, nos capacita para la misión, nos da su fuerza y nos ilumina, y tiene sus brazos extendidos hacia nosotros para aliviarnos y consolarnos en toda ocasión.

domingo, 22 de marzo de 2020

Vences mis tinieblas y me haces Luz como Tú

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De entre las imágenes a las que recurre más la Escritura para describir la acción de Dios en nosotros encontramos la de la Luz. Ella se contrapone a la oscuridad. La dialéctica Luz-oscuridad, noche-día, iluminación-penumbra, busca describir la lucha entre el bien y el mal, la gracia y el pecado, la vida y la muerte. Todo lo que es tenebroso, que está envuelto en penumbras, sería la representación del pecado, del dominio de satanás. Es el mundo de la perdición del hombre, en el cual éste se encamina por una ruta contraria a la del encuentro con el Señor, alejándose cada vez más de Aquel que es el origen de su propia existencia, por lo cual estaría cada vez más perdiendo el sustento de su vida. El resultado de este periplo fatal será, sin duda, el vacío total. Quien se sume en las sombras de la lejanía del amor de Dios, pierde absolutamente todo sustento y por ello se encuentra en la oscuridad más profunda. No hay una perspectiva de esperanza, sino solo la seguridad de encontrarse con la nada en la que está sumido todo lo que prescinde de Dios. La oscuridad lo envuelve de tal modo que lo único que se puede esperar es dar pasos inciertos y sin brújula hacia la debacle total, lo que lo hará caer en el abismo más profundo. La belleza y la frescura que se pudo haber vivido manteniéndose unido a quien es la fuente de la vida, se pierde totalmente, teniendo como consecuencia una vida triste, sin norte, sumida en la más cerrada penumbra. Es la ceguera espiritual que borra todo panorama de frescura y de esperanza. Por el contrario, lo que es luminoso, lo que está lleno de la Luz de Dios, es una vida que está llena de esperanza, de ilusión, de gracia, de paz y de felicidad. La Luz que Dios provee a quien se mantiene cerca de Él y lucha por mantener continuamente esa cercanía, llena de un sentido pleno la vida, pues se establece en la certeza de haber alcanzado el camino hacia la plenitud a la que está llamado y que es la meta para la cual ha sido creado. Unirse a Dios y luchar por ocupar siempre ese lugar privilegiado constituye la acción más importante del hombre.

La obra grandiosa que Jesús ha realizado se resume en haber arrancado nuestras vidas del imperio de las tinieblas, llevándonos a la Luz con la que Dios quiere proveernos. Es la Luz de su vida y de su amor, que nos ilumina el camino desarraigándonos de las sombras y de las obras de la oscuridad. Jesús vence al demonio, padre de las tinieblas, quien lucha por mantenernos en su reino de oscuridad. Con su poder divino, Jesús lucha por ganarnos para el Padre y lo logra victoriosamente: "Ustedes antes eran tinieblas, pero ahora, son luz por el Señor. Vivan como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Busquen lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas". Jesús vence, y con ello nos regala su victoria. Y a la vez, nos compromete a que nosotros nos mantengamos como hijos de la Luz. Si hemos sido arrancados de las tinieblas y hemos sido llevados al reino de la Luz admirable de Dios, mediante una lucha que tanto le costó a Jesús, al extremo de morir en ella, no podemos quedarnos de brazos cruzados ante los nuevos embates que seguramente sufriremos desde el reino de las tinieblas que no se conformará con perdernos. Nos corresponde unirnos de tal manera a esa Luz, que de ella misma saquemos las fuerzas para seguir venciendo a la oscuridad e ir progresivamente haciéndola desaparecer, por la iluminación que llevemos en todos nuestros ámbitos con la Luz de la que Dios mismo nos provee. Esa Luz de Dios es poderosa, por cuanto vence a la oscuridad que propicia el demonio y nos fortalece para que nosotros hagamos lo mismo.

La Luz con la que nos enriquece Jesús elimina nuestra ceguera. Al ciego de nacimiento le eliminó la ceguera física: "En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: 'Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)'. Él fue, se lavó, y volvió con vista". A nosotros nos elimina la ceguera espiritual, por la que nos hemos hecho incapaces de percibir su presencia en nuestras vidas y todas las riquezas con la que ha llenado nuestra existencia. No se trata simplemente de que seamos capaces de percibir lo que hay a nuestro alrededor, sino que seamos capaces de ver con los ojos del corazón, haciéndonos así conscientes de toda la riqueza espiritual con la que el Señor nos favorece continuamente. Lo decía el Principito: "Lo esencial es invisible a los ojos". Debemos evitar la tentación de quedarnos solo con lo evidente. Cuando el Señor elimina nuestra ceguera, nos está abriendo la posibilidad de ir más allá, a la sustancia, a lo esencial. Descubrir la presencia de Dios en nuestras vidas y los inmensos tesoros con los que nos enriquece es imposible solo con la vista material. Hay que ser acuciosos en procurar abrir los ojos espirituales para poder hacerlo. Y eso solo lo podremos lograr con la obra amorosa de Jesús que con su barro de ternura eliminará nuestra ceguera espiritual y abrirá los ojos de nuestro corazón. Miles de años antes que el Principito, lo dijo Dios: "No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón". Él nos da la capacidad de mirarnos hacia dentro, hacia lo que es esencial, hacia nuestro corazón. Y nos invita a descubrir en él el verdadero tesoro: la Luz con la que nos quiere envolver para que podamos vencer al demonio y a su reino de tinieblas, y hagamos que venza esa Luz que iluminará toda nuestra existencia y nos servirá para eliminar las sombras que haya en nuestra realidad.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Llegar a ser más grande que Juan Bautista

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La historia de la salvación está impregnada de personajes estelares que Dios va colocando como hitos para indicarnos las rutas por las cuales Él quiere ir conduciendo nuestros pasos y para que comprendamos cada vez más claramente su intención de rescatarnos de aquella penumbra en la que nosotros mismos nos hemos sumido. Desde la elección de los Patriarcas hasta la aparición de los Profetas, cada uno de ellos fue como una luz que Dios iba encendiendo y que se sumaba a las anteriores, dejándonos cada vez más iluminada la posibilidad de comprender su designio amoroso, con el cual quería cumplir estrictamente su decreto de salvación. Igualmente, cada una de esas luces, iluminando y aclarando con suavidad su misterio, eran un indicativo de aquel camino que Dios mismo ponía como sugerencia amorosa delante de nosotros para que entendiéramos que no eran caminos cerrados, calles ciegas, sino rutas a través de las cuales nosotros mismos podíamos optar si seguir o no. Las luces no eran enceguecedoras, sino sugestivas. Las voces por las cuales Dios se dirigía a los hombres, aquellas de los patriarcas, los jueces, los reyes o los profetas, no eran voces tiránicas, hegemónicas o impositivas, sino que contaban con la calificación más propia del Dios amoroso, que respeta reverentemente la libertad que Él mismo había donado a los hombres. No podía ser de otra manera por cuanto ellas eran instrumentos del mismo Dios amante de la libertad. En efecto, la obra salvífica es una obra que tiene como fuente única, absoluta y original a Dios y a su amor, pero que además presupone la activación de la voluntad humana en una acción tendiente a la participación activa abriendo el corazón y poniendo la voluntad a la disposición de salvarse que Dios espera en cada uno: "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". 

Así, en el repaso de todos esos personajes iluminadores, nos encontramos con Juan Bautista, quien recibe de Jesús los más grandes elogios: "En verdad les digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista". Escuchar de los labios del Dios que se hace hombre, de aquel que viene al rescate de la humanidad perdida y postrada, esta alabanza de este personaje, nos hace entender la centralidad de su obra y de su misión. Juan Bautista representa el gozne entre la Antigua y la Nueva Alianza, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Con él se inaugura la nueva economía en la historia de la salvación, pues con él se abre ya camino entre los hombres "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo". Él lo anuncia y lo presenta a los hombres. Su concepción portentosa en el vientre de su anciana madre Isabel, incluso, llega a ser el signo que le sirve a María de seguro para entender que para Dios no hay nada imposible, y es así como Ella podrá llegar a ser la Madre de Dios. Por ello, en medio de todos aquellos personajes, de aquella ingente cantidad de luces que Dios había encendido en la ruta de la salvación, Juan es el último faro luminoso con el cual se abre la puerta para que la obra de redención comience a surtir el efecto definitivo. La luz que Dios enciende con Juan Bautista se podría decir que es la última y la determinante: "Él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia". La actitud de este Juan Bautista, última luz encendida por el Dios de amor, es la perfecta que debe tener cualquier discípulo. Simplemente la de la instrumentalidad dócil y humilde: "Ustedes mismos son testigos de que he dicho: Yo no soy el Mesías, pero he sido enviado delante de él. En las bodas, el que se casa es el esposo; pero el amigo del esposo, que está allí y lo escucha, se llena de alegría al oír su voz. Por eso mi gozo es ahora perfecto. Es necesario que él crezca y que yo disminuya". Su conciencia clara era la de ser heraldo, un adelantado, que invitaba a abrir los corazones para recibir al Redentor que viene. Él es la "voz (que) grita en el desierto: preparen el camino del Señor, allanen sus senderos". 

En este itinerario de iluminación y anuncio, papel determinante lo jugamos cada uno de nosotros, por cuanto nos corresponde la aceptación o no de la sugerencia de salvación. Ésta no es obligada sino aceptada. No somos receptores pasivos de ella, pues Dios quiere que nos pongamos activamente a favor de ella para que sea una realidad en nosotros. Por ello es tan significativa la expresión que usa Jesús luego de la alabanza al Bautista: "En verdad les digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él". Todos los que aceptan la redención se hacen gigantes. Todos son engrandecidos en dignidad y en amor. Todos viven la vida ideal que corresponde a los salvados, a los que se han dejado hacer hombres nuevos. Cualquiera, de esta manera, se hace tan o más grande que Juan Bautista, con todo lo grande que es él mismo. Es una realidad de oferta y libertad. Dios pone en nuestras manos su regalo de amor para que lo asumamos libremente. Lo tomamos o lo dejamos. Cada uno es libre en su arbitrio. Pudiendo ser todos beneficiarios del rescate de aquellas penumbras en las que nos encontramos, tenemos la posibilidad de negarnos a él. Jesús lo indica claramente: "Los Profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que quieran admitirlo. El que tenga oídos, que oiga". Nuestros oídos están para escuchar. Nosotros los abrimos o no para hacerlo. Si escuchamos esa noticia gloriosa de nuestra salvación y nos colocamos activamente en el deseo de que sea una realidad en nosotros, habremos aprovechado la infinidad de luces encendidas por Dios en nuestro camino de salvación. De lo contrario, nos mantendremos en la penumbra del abismo profundo de nuestro pecado y de nuestra condenación.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Desde mí, Dios llega a mi hermano

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El Templo de Jerusalén era el centro desde el cual se irradiaba la fe por todo Israel. Era el emblema del reinado de Dios sobre el pueblo. Israel estaba orgulloso de su templo, pues era la prenda de seguridad de la presencia y de la compañía de Yahvé al pueblo elegido. Su permanencia era la confirmación de que Dios los seguía acompañando en todo su caminar. De la misma manera, su destrucción era la debacle total, pues significaba que Dios de alguna manera había apartado su presencia de ellos, había cesado en su favor, y se encontraban sin guía y sin rumbo. El pueblo de Israel estaba a la deriva. Así sucedió con las invasiones de los imperios poderosos, luego de su entrada a la tierra prometida, cuando ya se había construido el templo como centro de la vida del pueblo. Para someter totalmente a Israel, los imperios invasores le quitaban aquello que los unificaba como roca sólida, aquello que los convocaba y que motivaba su vida como pueblo y como familia. Y eso era el templo. Sin templo, no encontraban nada que los aglutinara, y se hallaban sin motivación. Solo les quedaba la añoranza de lo que había sido gozo y peña de unidad.

Por ello, la reconstrucción del templo era una noticia maravillosa. Era para ellos la voz de Dios que les devolvía la esperanza y la alegría al anunciarles que volvía a ellos, que les renovaba su amor y su elección, que les decía que de nuevo estaba entre ellos para dirigirlos y guiarlos. La noticia que les hace llegar Ciro, rey de Persia -"El Señor, Dios del cielo, me ha encargado construirle un templo en Jerusalén de Judá. Los que entre ustedes pertenezcan a ese pueblo, que su Dios los acompañe, y suban a Jerusalén de Judá para reconstruir el templo del Señor, Dios de Israel, el Dios que habita en Jerusalén"-, era para ellos música celestial. Era la renovación del pacto de amor de Dios con ellos. La presencia del templo era la presencia de Dios. Era el centro de vida que manaba hacia todos.

Jesús, en el ámbito de la Nueva Alianza, traslada la presencia de Dios del templo a sí mismo. Ahora es su persona la que hace presente a Dios en medio del pueblo: "Destruyan este templo y en tres días yo lo reconstruiré". Se refería a sí mismo, a su resurrección. Era el restablecimiento total de esa presencia de Dios, que ya no dependía de la edificación de una estructura, sino de sí, de su gloria presente, de la realidad de su ser como Redentor y Salvador con su entrega a la muerte y su resurrección gloriosa. Es Jesús el templo mismo que asegura que ya Dios jamás abandonará a su pueblo, pues ya nada lo destruirá. Él ha vencido y se ha erigido como esa peña de seguridad de que Dios ya nunca más dejará de estar en medio de ellos. "Llega la hora cuando ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre..., cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad".

Y nosotros, pueblo de Dios, convocados a la Iglesia y puestos en medio del mundo para hacer presente a ese Dios Salvador y Redentor, somos hechos también cada uno templo en el que Dios habita para que todos vean y sientan la presencia del Dios de amor y de misericordia. "Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz". Nosotros, hechos templos de Dios en nuestro bautismo, transformados en hijos del Padre, hermanos del Hijo y amigos del Espíritu Santo, y miembros del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, hemos sido llenados de la luz de Dios para iluminar. Hemos sido constituidos templos de Dios, desde los cuales se irradie su presencia y haga sentir su amor a cada hombre y a cada mujer del mundo. No podemos claudicar de nuestra responsabilidad de ser esos templos desde los cuales Dios quiere seguir haciendo sentir a todos su compañía y su guía, su iluminación y su amor. No podemos tapar la luz que Dios ha encendido en nosotros para no alumbrar. Sería la negación de nuestro ser y la traición a lo que Dios espera que hagamos con la luz que nos ha regalado.

Dejar de ser templos desde los cuales Dios siga acompañando a los hombres de nuestro tiempo, nos acarrea graves consecuencias: "Al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener". No se trata solo de no ser luz para los otros, desde nuestra condición de templos de la presencia de Dios en el mundo, sino de llegar incluso a dejar de tener a Dios en nosotros. No dejar que Dios se irradie significa la ausencia de Dios en nuestro ser. Nos quedaríamos sin el tesoro más grande que jamás podremos tener en nosotros. Dios en mi corazón, Dios en mi ser, Dios en mi plenitud. Por el contrario, transparentar a Dios, dejar que desde mí se irradie y enriquezca a mi hermano, lo hace más mío. Me afianzo más en su amor y en su salvación. Me asegura su presencia dichosa y redentora en mi corazón y en todo mi ser.