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lunes, 23 de septiembre de 2019

Desde mí, Dios llega a mi hermano

Resultado de imagen de construccion del nuevo templo de jerusalen

El Templo de Jerusalén era el centro desde el cual se irradiaba la fe por todo Israel. Era el emblema del reinado de Dios sobre el pueblo. Israel estaba orgulloso de su templo, pues era la prenda de seguridad de la presencia y de la compañía de Yahvé al pueblo elegido. Su permanencia era la confirmación de que Dios los seguía acompañando en todo su caminar. De la misma manera, su destrucción era la debacle total, pues significaba que Dios de alguna manera había apartado su presencia de ellos, había cesado en su favor, y se encontraban sin guía y sin rumbo. El pueblo de Israel estaba a la deriva. Así sucedió con las invasiones de los imperios poderosos, luego de su entrada a la tierra prometida, cuando ya se había construido el templo como centro de la vida del pueblo. Para someter totalmente a Israel, los imperios invasores le quitaban aquello que los unificaba como roca sólida, aquello que los convocaba y que motivaba su vida como pueblo y como familia. Y eso era el templo. Sin templo, no encontraban nada que los aglutinara, y se hallaban sin motivación. Solo les quedaba la añoranza de lo que había sido gozo y peña de unidad.

Por ello, la reconstrucción del templo era una noticia maravillosa. Era para ellos la voz de Dios que les devolvía la esperanza y la alegría al anunciarles que volvía a ellos, que les renovaba su amor y su elección, que les decía que de nuevo estaba entre ellos para dirigirlos y guiarlos. La noticia que les hace llegar Ciro, rey de Persia -"El Señor, Dios del cielo, me ha encargado construirle un templo en Jerusalén de Judá. Los que entre ustedes pertenezcan a ese pueblo, que su Dios los acompañe, y suban a Jerusalén de Judá para reconstruir el templo del Señor, Dios de Israel, el Dios que habita en Jerusalén"-, era para ellos música celestial. Era la renovación del pacto de amor de Dios con ellos. La presencia del templo era la presencia de Dios. Era el centro de vida que manaba hacia todos.

Jesús, en el ámbito de la Nueva Alianza, traslada la presencia de Dios del templo a sí mismo. Ahora es su persona la que hace presente a Dios en medio del pueblo: "Destruyan este templo y en tres días yo lo reconstruiré". Se refería a sí mismo, a su resurrección. Era el restablecimiento total de esa presencia de Dios, que ya no dependía de la edificación de una estructura, sino de sí, de su gloria presente, de la realidad de su ser como Redentor y Salvador con su entrega a la muerte y su resurrección gloriosa. Es Jesús el templo mismo que asegura que ya Dios jamás abandonará a su pueblo, pues ya nada lo destruirá. Él ha vencido y se ha erigido como esa peña de seguridad de que Dios ya nunca más dejará de estar en medio de ellos. "Llega la hora cuando ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre..., cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad".

Y nosotros, pueblo de Dios, convocados a la Iglesia y puestos en medio del mundo para hacer presente a ese Dios Salvador y Redentor, somos hechos también cada uno templo en el que Dios habita para que todos vean y sientan la presencia del Dios de amor y de misericordia. "Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que los que entran tengan luz". Nosotros, hechos templos de Dios en nuestro bautismo, transformados en hijos del Padre, hermanos del Hijo y amigos del Espíritu Santo, y miembros del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, hemos sido llenados de la luz de Dios para iluminar. Hemos sido constituidos templos de Dios, desde los cuales se irradie su presencia y haga sentir su amor a cada hombre y a cada mujer del mundo. No podemos claudicar de nuestra responsabilidad de ser esos templos desde los cuales Dios quiere seguir haciendo sentir a todos su compañía y su guía, su iluminación y su amor. No podemos tapar la luz que Dios ha encendido en nosotros para no alumbrar. Sería la negación de nuestro ser y la traición a lo que Dios espera que hagamos con la luz que nos ha regalado.

Dejar de ser templos desde los cuales Dios siga acompañando a los hombres de nuestro tiempo, nos acarrea graves consecuencias: "Al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener". No se trata solo de no ser luz para los otros, desde nuestra condición de templos de la presencia de Dios en el mundo, sino de llegar incluso a dejar de tener a Dios en nosotros. No dejar que Dios se irradie significa la ausencia de Dios en nuestro ser. Nos quedaríamos sin el tesoro más grande que jamás podremos tener en nosotros. Dios en mi corazón, Dios en mi ser, Dios en mi plenitud. Por el contrario, transparentar a Dios, dejar que desde mí se irradie y enriquezca a mi hermano, lo hace más mío. Me afianzo más en su amor y en su salvación. Me asegura su presencia dichosa y redentora en mi corazón y en todo mi ser.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Reconstruir nuestro Templo interior

La historia de Israel es una historia de encuentros y desencuentros, de fidelidades e infidelidades, de premios y castigos... Desde su elección como pueblo, hecha la alianza de Yahvé con Abraham, al que Dios exigió que dejara sus seguridades, pasando por la portentosa liberación de la esclavitud en Egipto y la entrada en la Tierra prometida, hasta la deportación y la posterior recuperación de Jerusalén como ciudad santa, simbolizada por el hecho maravilloso de la reconstrucción del Templo, percibimos a grandes rasgos lo que es la historia de la misma humanidad en su relación con Dios...

En esa historia hay personajes radicalmente fieles al Señor, que no dejan ver jamás un atisbo de alejarse de Él. Los hay que, habiendo sido extremadamente fieles, en un momento se dejan llevar por sí mismos, por las voces de la soberbia, y le dan la espalda a Dios. Y, como es natural, existen en esa historia los que jamás fueron conquistados por el amor de Yahvé... Del otro lado de entre los protagonistas de esta historia nos encontramos con Yahvé, que jamás dejó de ser fiel a su pueblo, que jamás dejó de amarlo, que siempre tuvo tendida su mano a los israelitas para que se tomaran confiadamente de ella. Destaca sobre todo, el empeño de los escritores sagrados por mostrar los rasgos "humanos" de Yahvé, al describir su ira por las infidelidades del pueblo, su dolor, su decepción (actitudes extremadamente humanas, "antropomorfizaciones" -dirían los sabios-, con las cuales poder comprender algo de las reacciones divinas), pero inmediatamente hacen brillar la actitud realmente divina, que es la del perdón, la de la reconciliación, la de la misericordia, la de la comprensión, la de la exculpación justificándolas por la libertad y la debilidad del hombre... Muchas veces encontramos a Yahvé "arrepentido del castigo que había decidido dar a Israel"...

Y, como decíamos, en esta historia del pueblo de Israel, descubrimos la historia de la humanidad, la historia del hombre concreto... En cada instante de esa historia, tenemos, por un lado, a Dios que está siempre del lado de la humanidad. Es el Dios Creador de todo y de todos, que en el inicio de cada historia personal espera confiadamente que cada uno le sea verdaderamente fiel. Que le demuestra su amor cotidianamente al hombre, con los milagros diarios que hacen salir el sol para iluminarlo, que hacen surgir el oxígeno para su respiración, que lo llenan de ideas en su mente para emprender proyectos nuevos, que dan vigor a sus músculos para llevar adelante sus obras... Que lo mira siempre como su criatura predilecta, por la cual fue capaz de llegar al extremo de donarle a su propio Hijo para que ofreciera el sacrificio póstumo al entregarse a la muerte para servir de propiciación por sus pecados... Que luego de la gesta redentora sigue ofreciendo su amor reconciliador y llamándonos a todos a vivir como hermanos... Y de la otra parte, en los mismos instantes de esa historia, encontramos al hombre que se toma amorosamente de la mano de Yahvé, y que se deja conducir por Él y por su amor, que realiza acciones heroicas en favor de sus hermanos en nombre del amor, que lucha por construir un mundo mejor basado en la vida y en la justicia que ofrece Dios. Y junto a ellos, encontramos hombres que "se cansaron" de ser fieles a Dios y prefirieron la suerte de los malos "a los que todo les sale bien y la pasan mejor que los buenos", que se dejan ganar por su soberbia, por su materialismo, por su egoísmo, por la idolatría absurda de las cosas, del poder o del placer, y se dejan embaucar por los "cantos de sirenas" del mundo, y se van hacia las tinieblas... Y a los que, con culpa propia o sin ella, jamás escuchan la llamada del amor de Dios y viven su vida simplemente como "criaturas predilectas", pero no como "hijos de Dios"...

Pues bien, en esta historia la presencia del Dios reconciliador es y será eterna. Es la misma presencia del Dios que movió el corazón de Ciro, Rey de Persia durante la deportación de Israel, para permitirle al pueblo volver a Jerusalén y reconstruir su Templo. Y que puso todo a la disposición del pueblo para que esa reconstrucción llegara a buen término... ¡Qué alegría la de Israel al ver su Templo, símbolo de la presencia de Dios en medio de ellos, reconstruido! Ese fue un signo inequívoco de que Dios no se había olvidado de ellos. De que a pesar de los "castigos" que habían sufrido por sus infidelidades, la misericordia, como expresión del amor infinito de Dios, no la habían perdido... De que Dios no se había olvidado de ellos y, al contrario, se había valido incluso de un "pagano" para hacerles ver que Él seguía allí, amándolos, demostrando su preferencia por sus elegidos, llevándolos a la plenitud de su felicidad... Ese Dios es el mismo de hoy. El que nos ve a cada uno "deportado", fuera del camino de la salvación, entregado a placeres, egoísmos, soberbia, materialismo... idolatrías... Añorantes, quizás inconscientemente, de algo más, de algo superior... Pensando que la realidad no se puede agotar en "esto que vemos y tocamos", sino que tiene que haber algo más, que dé la plenitud, que dé la felicidad mayor...

Y Dios se vale de lo "pagano" para eso. Los hombres se cansan de lo que viven. Se dan cuenta de que su añoranza no se sacia con lo horizontal. Es lo "pagano" los que los convence de ello. Llega un momento en que el mismo hombre se da cuenta de que la vida entera no puede consistir sólo en eso... Llega el momento de la reconstrucción del Templo interior...

Reconstruir el Templo interior significa echar abajo todos los añadidos indeseables a lo que Dios colocó en el origen. Y poner de nuevo lo que lo hace hermoso, lo que hace vivible, lo que lo hace divino... Los hombres necesitamos sacar de nosotros todo lo que no es de Dios. Debemos expulsar los odios, los rencores, las suspicacias, las injusticias, la falta de solidaridad... Debemos poner freno y encaminar bien las pasiones desenfrenadas. Debemos poner nuestra esperanza en lo que es absoluto y no en lo que es pasajero. Y debemos poner en la base de nuestro Templo, de nuevo, a Jesús. Él es "la piedra que desecharon los arquitectos y es ahora la piedra angular"...Debemos poner las paredes de las virtudes teologales de la Fe, la Esperanza y la Caridad; la vivencia de los valores más sólidos; la experiencia de los principios constructores de una sociedad mejor. Debemos poner en el techo de todo, como defensa sin la cual no podemos vencer, al amor: el amor de Dios por nosotros, que saldrá siempre a nuestro favor, como lo ha demostrado en toda nuestra historia; nuestro amor a Él, que nos motiva siempre a serle fiel, a valorarlo como lo mejor que podemos experimentar, a sentirnos preferidos por encima de todo, incluso por encima de nuestro propio pecado; y el amor a los hermanos, que nos hará entregarnos en el servicio desinteresado a todos, buscando para ellos los bienes superiores, los más valiosos, todos los bienes, lo cual revertirá en beneficio de nosotros mismos...

Sí es posible reconstruir nuestro Templo interior. Dios mismo está de por medio para hacerlo posible. Y donde esta Dios y su amor, nada es imposible... Sólo se necesita que nos decidamos a dejarnos reconstruir y a poner nosotros mismos nuestro aporte para lograrlo portentosamente...