La existencia del hombre es un verdadero misterio. Buscar su razón última es un verdadero rompedero de cabezas. Podríamos buscar miles de justificaciones para explicar por qué existe el hombre, pero la verdad es que llegar hasta el último escalón de esas razones, nos lleva a un vacío tremendo, si no tomamos el camino correcto... Nada de lo que existe es necesario. Si no estuviera el hombre sobre el mundo, ninguna cosa tendría un sustento racional. Nada lo podría disfrutar conscientemente. No se trata, por supuesto, de hacer caer todo en el nihilismo, que lo echa todo a la nada y pone el final de la historia en un vacío infinito. No... Y esta respuesta negativa es lógica, pues no es posible que saliendo todo de las manos de Dios, no tenga un sentido absolutamente razonable...
Por eso es necesario siempre preguntarse sobre el porqué de nuestra propia existencia. Esta pregunta es la misma que se ha hecho el hombre desde que tiene consciencia de sí mismo. Haya sido por evolución, haya sido por creación, en el momento en que el hombre tuvo consciencia de sí mismo, se hizo la gran pregunta sobre sí mismo: "Quién soy yo? ¿Quién es éste que está pensando? ¿Cuál es el objetivo de mi presencia en este mundo? ¿Para qué estoy aquí y ahora?"... Y en la búsqueda de la respuesta a estas interrogantes se va la vida de tantos... Todos los sistemas filosóficos e ideológicos, en cierto modo, han nacido para buscar e intentar dar las respuestas necesarias a la gran interrogante. E igualmente, todos los entramados sociales, todas las construcciones económicas, todos los sistemas de poder, se han construido sobre una concepción concreta del hombre surgida de las respuestas que se hayan ido dando al respecto...
Evidentemente, como hemos dicho, no hay una respuesta de necesidad absoluta al porqué de la existencia del hombre. Sólo surge una posible: El hombre existe por un designio amoroso, infinito y eterno, de Dios. No hay otra explicación posible, ni siquiera desde una mente absolutamente acuciosa y científica. No es necesario el hombre. No es necesario nada de lo que existe. Sólo es necesario el que es origen de todo. Y por ello, desde ese origen, que es Dios, únicamente se puede explicar que exista todo lo demás sólo desde su libérrima voluntad todopoderosa. Eso que Él ha hecho que exista no aumenta en nada su gloria, su poder, su omnipresencia... Dios mismo no necesita de nada para ser más. Él es suficiente en sí mismo... Y basta... Pero ha querido que su amor "explotara" hacia todo lo creado. Y lo creó todo para llenarlo de su amor. Y en el medio de todo ha puesto al hombre, dándole lo mejor de ese mismo amor. El hombre es el sujeto privilegiado del amor divino... En efecto, el amor es el último porqué de toda la existencia...
Surge, entonces, la segunda pregunta. No es necesario responder sólo al porqué, sino al para qué... Si existo por un designio de amor de Dios, ¿para qué me ha colocado entonces en el mundo, en el centro? ¿Para qué ha querido Dios traerme a la existencia? Y, en base al amor que es la razón y la causa última de mi existencia, la respuesta tiene que ser consecuente con esa causa... El amor siempre quiere el bien del amado. Todo lo ordena en función de que el sujeto amado sea feliz. Y lo hace todo para que así sea. En el amor de Dios, que es puramente oblativo, de donación y de benevolencia, no puede haber una expresión más pura que la de procurar siempre el bien del amado, y con ello, la búsqueda de su felicidad... Dios nos ha creado por amor y para que seamos felices, en función de su ser puro de amor...
La felicidad es el ámbito de nuestra existencia, es el camino por el que andamos, es la meta hacia la cual nos dirigimos. Esta felicidad es lo que Dios quiere siempre para nosotros. Y es en ese ámbito de felicidad donde tendremos la sensación de que nuestra vida tiene sentido. Por eso, en el hombre existe siempre la añoranza de ser feliz, pues él sabe muy bien que esa es su plenitud... Cuando el hombre no es feliz, siente que todo pierde sentido, que su camino no es el correcto, que es necesario tomar una senda que haga retomar la felicidad...
Entonces surge una tercera pregunta, absolutamente razonable: Si Dios me creó por amor y quiere que yo sea feliz, ¿por qué sufro, por qué la tristeza, el dolor, el sufrimiento, los conflictos? ¿No contradice esta experiencia del dolor lo que debería estar en la base de mi existencia, que es la felicidad? Aparentemente sí... ¡Pero no! La felicidad es un estado interior que no depende de momentos tristes o dolorosos que podamos vivir. Si nuestra conciencia de haber sido llamados a la felicidad reposa sobre la convicción de haber sido creados por amor, no dependerá entonces de factores externos. Dependerá de esa profunda convicción. No se trata de que la felicidad se agote en los "momentos alegres" que podamos vivir, sino en algo mucho más íntimo, más profundo, que va más a la esencia profunda de nuestro ser... La felicidad tiene que ver más con lo interior que con lo exterior. La libertad con la que el amor de Dios nos ha dotado, hace que la "alegría" de los hombres esté siempre en la cuerda floja. Por esa misma libertad, que, repito, es consecuencia del amor infinito de Dios desde el cual nos ha creado, los hombres podemos tomar rutas equivocadas. Y podemos con ello, procurarnos a nosotros mismos tristezas y desgracias, y procurarlas también a los demás... En cierto modo, nuestra libertad, con ser un regalo del amor, es una arma de doble filo que, usada de manera equivocada, puede traernos muy buenas o muy malas consecuencias... Y allí ni siquiera Dios mismo puede intervenir. Si llegara a querer impedir el uso de nuestra libertad, la misma que Él nos ha regalado, se estaría negando a sí mismo, siendo infiel a su amor...
Entonces, ¿en qué se basa esa felicidad? Se basa, fundamentalmente, en el amor que Dios nos da y por el cual nos ha creado. No en la inexistencia de tristezas, de sufrimientos o de dolores, sino en la certeza de seguir siendo amados, en medio de ellos. Cristo nunca nos prometió que no sufriríamos. Más aún, nos advirtió que en nuestra vida tendríamos sufrimientos y que en ella tendríamos que enfrentar situaciones muy desagradables... Pero lo más grande de su amor se demuestra en que en medio de esos dolores y sufrimientos nos prometió que jamás nos dejaría solos... "Vengan a mí los que están cansados y agobiados, que yo mismo los aliviaré"... Es la promesa que nos da la certeza más sólida que podemos tener de no estar solos en el dolor. Es la certeza de tener esa mano tendida de la cual siempre podremos tomarnos para resistir los embates del sufrimiento, que pretenderá dañarnos... ¡Qué tristeza la del que, en la tristeza, no tiene quién lo tome, quien lo arrulle, quien lo consuele, quien lo alivie! En una situación así, es verdad que la vida pierde todo su sentido. Es por ello que muchos se suicidan, pues no se han tomado de quien les da un sustento, así sea en el dolor. ¡Y qué felicidad la de saber que en medio del dolor, en medio de cualquier sufrimiento, tenemos la mano firme, sólida, suave y amorosa de Jesús, que jamás nos deja solos! ¡Es el mismo Jesús que murió por mí en la Cruz, y que no sólo entregó su vida por amor a mí, sino que se ha quedado para ser el mejor consuelo y el más suave alivio en medio de mis dificultades! No estoy solo en el dolor. Y eso es lo que me hace feliz. Puedo sufrir. Es seguro que alguna vez sufriré. Pero más seguro que eso es que tengo a Jesús, con la mano tendida por amor hacia mí, para que mi vida no se vaya por el desfiladero, sino para que pueda elevarla por encima del dolor, colocándola a su lado, para sentir que aún así, está en la plenitud...
Ramón Viloria. Operario Diocesano. Ocupado en el anuncio del Amor de Dios y en la Promoción de la Verdad y la Justicia
domingo, 10 de noviembre de 2013
sábado, 9 de noviembre de 2013
La cuestión son los detalles...
Para ser bueno, hay que serlo de verdad siempre... Algunos nos equivocamos y pensamos que es suficiente ser bueno "a lo grande", y que en lo pequeño no es necesario ser "tan bueno". Pero también hay quienes son buenos en lo pequeño, pero les cuesta ser bueno en lo grande, por vergüenza, por miedo o por indiferencia...
Si al caso vamos, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que los hombres somos naturalmente buenos. Aunque es también cierto que desde que el pecado se instaló entre nosotros, también el mal se hizo parte de nuestra naturaleza... No es original en nosotros, pero sí ha sido agregado y lo tenemos como tendencia. Hace algunos años el Papa Pablo VI dijo: "En el corazón del hombre pasa la línea que divide el bien del mal". Nada más real que esto. Cuando los hombres decidimos hacer el bien, llegamos incluso hasta el heroísmo. Pero cuando nos decidimos a hacer el mal, podemos llegar a ser infernales... Así somos...
En efecto, he podido comprobar miles de veces la bondad de la mayoría. Son más los buenos que los malos. No tengo de esto ninguna duda. Lo que sucede es que la maldad hace mucho ruido. Y se nota más. La bondad es más bonita cuando es silenciosa, cuando no hace aspavientos, cuando se queda en la humildad de lo escondido. Total, el mismo Jesús nos dice: "Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha", en una invitación a esa humildad del bien... Y desde esa sencillez de la bondad humilde, se hace muchísimo. Es impresionante cuando uno entra en la intimidad de alguien y se da cuenta de la cantidad de cosas buenas que hace y de las que es capaz de seguir haciendo, asumiendo compromisos futuros que lo empeñan en el bien y como si lo "amarraran", asegurándole a la vez un futuro de bondad....
Ese bien hecho en la sencillez, en el silencio, en la humildad, es el que ha sostenido al mundo... De no existir, la verdad es que nuestro mundo estaría en la debacle total... Los buenos no han dejado que la maldad gane, aunque también sea cierto que aparentemente esa maldad se ha enseñoreado en tantos rincones... Lo repito, la maldad hace mucho ruido. Es más fácil enterarse de las bombas que caen en un poblado civil, matando a miles, que de las miles de personas que se unen para ayudar a los que han quedado heridos en ese mismo ataque. Es más fácil leer las estadísticas de los muertos por hambre en alguna sociedad que vive en la miseria, que de las miles de toneladas de alimentos que se recogen gracias a la bondad y a la solidaridad de tantos hombres y mujeres en todo el mundo para ayudar a esa misma sociedad necesitada... Es más fácil leer en las noticias sobre la cantidad de asesinados en un fin de semana a causa de la violencia social, que de los esfuerzos titánicos de médicos y enfermeras y de otros trabajadores de la salud para atender a los miles que en ese mismo fin de semana se acercan a los centros de salud para ser atendidos por muy diversas causas... El mal es naturalmente ruidoso. Pero el bien es más poderoso. Nunca el mal vencerá ni tendrá más fuerza que el bien...
La demostración más clara de esto está en el que murió en la Cruz. Su aparente derrota ignominiosa, muriendo trágicamente a causa del odio de los hombres que se dejaron dominar por ese mal que se cree poderoso, creyéndose ellos también poderosos, fue, por el contrario, su más grande y magistral victoria. Ese que pendía de la Cruz, muriendo por el odio, estaba venciendo en el amor. Su muerte fue la derrota de todas las fuerzas del mal. Nunca el mal estuvo tan vencido como cuando Jesús estaba muerto en la Cruz, pues con Él murió el poder del demonio, el poder del pecado, el poder del mal... Y esa victoria de Cristo fue refrendada gloriosamente con su Resurrección. El retorno de la muerte fue con el pecado derrotado en sus manos. La gloria de la resurrección implicó directamente la más contundente victoria sobre el demonio, que se había creído ganador... Quedó sin fuerzas, sin poder, sin dominio...
Desde ese momento, el poder del mal está condicionado a que los mismos hombres le permitamos tenerlo. Ya el demonio está vencido. Y su poder está extinguido. Sólo tendrá el poder que nosotros mismos le pongamos en las manos... Por eso, está en nuestro poder el poder del mal. Y por eso somos más poderosos, y compensa infinitamente más, cuando nos ponemos del lado del bien. No existe mayor satisfacción que saber que estamos del lado del que yace en la Cruz y resurgió victorioso de la muerte, pues esa misma fuerza que tiene en esa gloria, la tenemos nosotros. Cristo nos ha puesto su victoria en nuestras manos. Su victoria es la nuestra. Y el poder de ese máximo bien, es ahora nuestro poder...
Ese bien que vence, lo podemos hacer vencer siempre que queramos. Basta que simplemente nos dejemos llevar de esa fuerza del amor que demostró Cristo. Y no es sólo para las grandes cosas, sino también para las más sencillas. No hay que pensar que los detalles no llenan. Es en ellos donde, quizás, demostraremos más claramente el poder de la bondad. En realidad, para muchos que buscan el reconocimiento, les es más fácil hacer el bien "a gran escala". Es en la sencillez, en la humildad, incluso en lo oscuro de la absoluta falta de reconocimiento, donde el bien es más probado... ¡Qué felicidad poder ser bueno en la propia casa, donde casi nos sentimos con derecho a "dejar salir lo que de verdad somos"! Estrictamente hablando, los que más tienen derecho para recibir nuestra bondad, son los nuestros, los más cercanos, los que están siempre con nosotros. Lamentablemente pensamos que nuestra mejor faceta se la deben llevar quienes no nos conocen, los que encontramos por primera vez, los que no son nuestros. Y a los nuestros les reservamos lo peorcito de nosotros. No es justo. Son los nuestros los que tiene más derecho a eso... ¿Por qué nos empeñamos en ocultar lo bueno que tenemos a los más cercanos?
Sonreímos a la persona que nos encontramos en el camino, en el trabajo, en el ascensor... Y nos hemos despedido, quizás cinco minutos antes, con una cara amargada de nuestro esposo, o de nuestra esposa, o de nuestros hijos... ¡No puede ser!. Estos detalles son los que sacan de verdad lo que somos. Es en los detalles donde demostramos quienes somos de verdad. No es en el fingir bondad. Es en el ser buenos de verdad, con todos, principalmente con los más cercanos... El bien es bien siempre. No es bien en las ocasiones en que nosotros decidamos que sea. Por eso, en los detalles es donde mejor habla la bondad que vivimos realmente. No dejemos que esa bondad quede oculta. Dejémosla expresarse siempre, pues es lo que mejor nos describe como verdaderamente buenos...
Si al caso vamos, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que los hombres somos naturalmente buenos. Aunque es también cierto que desde que el pecado se instaló entre nosotros, también el mal se hizo parte de nuestra naturaleza... No es original en nosotros, pero sí ha sido agregado y lo tenemos como tendencia. Hace algunos años el Papa Pablo VI dijo: "En el corazón del hombre pasa la línea que divide el bien del mal". Nada más real que esto. Cuando los hombres decidimos hacer el bien, llegamos incluso hasta el heroísmo. Pero cuando nos decidimos a hacer el mal, podemos llegar a ser infernales... Así somos...
En efecto, he podido comprobar miles de veces la bondad de la mayoría. Son más los buenos que los malos. No tengo de esto ninguna duda. Lo que sucede es que la maldad hace mucho ruido. Y se nota más. La bondad es más bonita cuando es silenciosa, cuando no hace aspavientos, cuando se queda en la humildad de lo escondido. Total, el mismo Jesús nos dice: "Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha", en una invitación a esa humildad del bien... Y desde esa sencillez de la bondad humilde, se hace muchísimo. Es impresionante cuando uno entra en la intimidad de alguien y se da cuenta de la cantidad de cosas buenas que hace y de las que es capaz de seguir haciendo, asumiendo compromisos futuros que lo empeñan en el bien y como si lo "amarraran", asegurándole a la vez un futuro de bondad....
Ese bien hecho en la sencillez, en el silencio, en la humildad, es el que ha sostenido al mundo... De no existir, la verdad es que nuestro mundo estaría en la debacle total... Los buenos no han dejado que la maldad gane, aunque también sea cierto que aparentemente esa maldad se ha enseñoreado en tantos rincones... Lo repito, la maldad hace mucho ruido. Es más fácil enterarse de las bombas que caen en un poblado civil, matando a miles, que de las miles de personas que se unen para ayudar a los que han quedado heridos en ese mismo ataque. Es más fácil leer las estadísticas de los muertos por hambre en alguna sociedad que vive en la miseria, que de las miles de toneladas de alimentos que se recogen gracias a la bondad y a la solidaridad de tantos hombres y mujeres en todo el mundo para ayudar a esa misma sociedad necesitada... Es más fácil leer en las noticias sobre la cantidad de asesinados en un fin de semana a causa de la violencia social, que de los esfuerzos titánicos de médicos y enfermeras y de otros trabajadores de la salud para atender a los miles que en ese mismo fin de semana se acercan a los centros de salud para ser atendidos por muy diversas causas... El mal es naturalmente ruidoso. Pero el bien es más poderoso. Nunca el mal vencerá ni tendrá más fuerza que el bien...
La demostración más clara de esto está en el que murió en la Cruz. Su aparente derrota ignominiosa, muriendo trágicamente a causa del odio de los hombres que se dejaron dominar por ese mal que se cree poderoso, creyéndose ellos también poderosos, fue, por el contrario, su más grande y magistral victoria. Ese que pendía de la Cruz, muriendo por el odio, estaba venciendo en el amor. Su muerte fue la derrota de todas las fuerzas del mal. Nunca el mal estuvo tan vencido como cuando Jesús estaba muerto en la Cruz, pues con Él murió el poder del demonio, el poder del pecado, el poder del mal... Y esa victoria de Cristo fue refrendada gloriosamente con su Resurrección. El retorno de la muerte fue con el pecado derrotado en sus manos. La gloria de la resurrección implicó directamente la más contundente victoria sobre el demonio, que se había creído ganador... Quedó sin fuerzas, sin poder, sin dominio...
Desde ese momento, el poder del mal está condicionado a que los mismos hombres le permitamos tenerlo. Ya el demonio está vencido. Y su poder está extinguido. Sólo tendrá el poder que nosotros mismos le pongamos en las manos... Por eso, está en nuestro poder el poder del mal. Y por eso somos más poderosos, y compensa infinitamente más, cuando nos ponemos del lado del bien. No existe mayor satisfacción que saber que estamos del lado del que yace en la Cruz y resurgió victorioso de la muerte, pues esa misma fuerza que tiene en esa gloria, la tenemos nosotros. Cristo nos ha puesto su victoria en nuestras manos. Su victoria es la nuestra. Y el poder de ese máximo bien, es ahora nuestro poder...
Ese bien que vence, lo podemos hacer vencer siempre que queramos. Basta que simplemente nos dejemos llevar de esa fuerza del amor que demostró Cristo. Y no es sólo para las grandes cosas, sino también para las más sencillas. No hay que pensar que los detalles no llenan. Es en ellos donde, quizás, demostraremos más claramente el poder de la bondad. En realidad, para muchos que buscan el reconocimiento, les es más fácil hacer el bien "a gran escala". Es en la sencillez, en la humildad, incluso en lo oscuro de la absoluta falta de reconocimiento, donde el bien es más probado... ¡Qué felicidad poder ser bueno en la propia casa, donde casi nos sentimos con derecho a "dejar salir lo que de verdad somos"! Estrictamente hablando, los que más tienen derecho para recibir nuestra bondad, son los nuestros, los más cercanos, los que están siempre con nosotros. Lamentablemente pensamos que nuestra mejor faceta se la deben llevar quienes no nos conocen, los que encontramos por primera vez, los que no son nuestros. Y a los nuestros les reservamos lo peorcito de nosotros. No es justo. Son los nuestros los que tiene más derecho a eso... ¿Por qué nos empeñamos en ocultar lo bueno que tenemos a los más cercanos?
Sonreímos a la persona que nos encontramos en el camino, en el trabajo, en el ascensor... Y nos hemos despedido, quizás cinco minutos antes, con una cara amargada de nuestro esposo, o de nuestra esposa, o de nuestros hijos... ¡No puede ser!. Estos detalles son los que sacan de verdad lo que somos. Es en los detalles donde demostramos quienes somos de verdad. No es en el fingir bondad. Es en el ser buenos de verdad, con todos, principalmente con los más cercanos... El bien es bien siempre. No es bien en las ocasiones en que nosotros decidamos que sea. Por eso, en los detalles es donde mejor habla la bondad que vivimos realmente. No dejemos que esa bondad quede oculta. Dejémosla expresarse siempre, pues es lo que mejor nos describe como verdaderamente buenos...
viernes, 8 de noviembre de 2013
Jesús no quiere tontos
El mensaje del Evangelio puede prestarse para muchos a entender la vida de los cristianos como un llamado a ser tontos. Las cosas que pide Jesús para que seamos buenos discípulos suyos, a muchos le saben a llamados a perder la personalidad, a dejarse perjudicar por cualquiera, a deponer siempre la propia voluntad, sea la que sea, para vivir sólo en función de lo que digan o hagan los demás... Es cierto que Jesús nos pide que pongamos por encima de todo al amor. En nuestras relaciones humanas no debe haber otra norma que esa. Por eso debemos estar siempre bien dispuestos a a la ayuda a los hermanos, al perdón, a la caridad, al asumir sufrimientos y dolores en función de la paz, de la misericordia, de la concordia... Pero esto no contradice para nada el que Jesús quiera a su lado hombres y mujeres valientes, bien dispuestos a la lucha por imponer la justicia, por oponerse a lo malo del mundo con todas las fuerzas, por no callar ante lo que haya que denunciar y enfrentar por ser injusto y dañino para el hombre. El mensaje de Jesús es pacifista, sobre todo en lo que se refiere a la convivencia en situaciones límite, pero no es un llamado a callar ante lo injusto. Él mismo jamás lo hizo...
Jesús invitó a los hombres a poner la otra mejilla cuando fuéramos golpeados, pero también reclamó al soldado cuando le pegó en un momento de su pasión. "Si he dicho algo malo, está bien que me pegues. Pero si nos es así, ¿por qué me pegas?" El poner la otra mejilla no significa hacerse la vista gorda. Jesús pide cuentas al que le ha pegado. Esto significa que la comisión de una injusticia no debe quedar sin reclamo ni sin ser enfrentada... El mensaje evangélico quedaría en el vacío si sólo pidiera cerrar los ojos ante lo malo. No es así. Sería desvirtuar y vaciar totalmente de contenido el mensaje del amor. Ese amor que es el centro del mensaje de Jesús busca el bien. Y buscar el bien significa e implica el enfrentamiento y la anulación del mal. Y en esa lucha habrá momentos en los que el litigio puede llegar a ser feroz...
Si repasamos bien los textos evangélicos, Jesús hace una invitación expresa a "ser mansos como palomas, pero astutos como serpientes". Esa astucia es una invitación clarísima a dejar el ser tontos a un lado. Y no se trata de una astucia maliciosa, como generalmente la entendemos en nuestras mentes maquinadoras, sino a una astucia puesta a favor del bien. También el amor es astuto y debe apuntar al bien con esa misma astucia... De lo contrario, como dice Jesús, "los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz", y así ganarán todas las batallas... En el caso del administrador infiel, Jesús no alaba la infidelidad que comete, sino la astucia con la que actúa para lograr el bien para sí mismo. De ninguna manera está bien que no haya cumplido correctamente con su trabajo. Ni siquiera está bien lo que hace para salvar el pellejo, pues estaría disponiendo de bienes que no son suyos, para ganarse la amistad de los deudores del amo, que podrán luego servirle de apoyo en su situación de necesidad... Ellos son beneficiados de algo que en sí mismo es malo, pero que para ellos, al final, se ha convertido en un bien...
Pero es que esta no es la única vez que Jesús nos invita a actuar con astucia. Cuando habla de las vírgenes prudentes, nos dice que debemos actuar con astucia, no dejando que se nos acabe el aceite, sino teniendo una buena cantidad en depósito para cuando lo necesitemos y no pasar apuros... Cuando nos habla de aquel al que le van a hacer juicio, nos recomienda adelantarnos a hablar con quien denuncia para llegar a acuerdos previos, evitando así perder y ser metido en la cárcel hasta que hayamos pagado... Cuando nos habla del jefe que debe enfrentar a un ejército doblemente poderoso que el propio, nos dice que debemos negociar una paz que conviene más que la derrota. Cuando nos habla del juez que es importunado repetidamente por la viuda, nos dice que debemos atender esos ruegos para que no nos llegue a pegar la viuda... Son todas cosas recomendadas por el miso Jesús. Junto a la invitación a vivir en el amor, en la paz, en el perdón a toda costa, está el mensaje a no dejarse pisar por nadie, a no ser tontos, a avanzar en la inteligencia de vida que es condición indispensable para poder vivir en un mundo que quiere llevarse a cualquiera por delante...
Se equivoca quien piensa que Jesús quiere cristianos tontos, callados, sufrientes, sólo dispuestos a asumir los sacrificios, de cualquier signo, que se le presenten. No es falso que nos pide sobrecogernos ante lo que nos exija el amor. Y hacerlo a toda costa. Esa invitación está, sin duda. Pero no contradice en nada a la petición que nos hace a no dejarnos montar la pata en aras de una verdadera justicia. Esto apunta a una manera más viva de anunciar el Evangelio, aprovechando todas las ocasiones que se presenten... Llevando al extremo esta afirmación, podríamos pensar que se enlaza perfectamente con la llamada que nos hizo el Papa Beato Juan Pablo II ante la llegada del Tercer Milenio del cristianismo, a realizar una "Nueva Evangelización", que fuera nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión... Se trata de que nuestro mensaje no suene a viejo, a pasivismo, a rancio... Sino de que sea plenamente vigente. Y para ello, debe ser utilizada la astucia que hará que la Iglesia y que cada cristiano utilice las mismas armas que usa el mundo para hacer llegar el Evangelio a todos... Tiene mucho sentido ir al mismo ritmo del mundo, para que el mensaje les llegue a tiempo. Por no haber sido astutos a tiempo, hemos perdido muchas batallas. No podemos seguir permitiéndolo... O nos hacemos cristianos del siglo XXI y luchamos por ir al mismo ritmo que va el mundo, o Cristo va a pasar a ser un gran desconocido, o peor, despreciado por obsoleto...
De ninguna manera nos entendamos nosotros mismos como tontos... Nada más lejos que eso en la vida del cristiano. Sólo asumir el estilo de vida del cristiano en un mundo en el que el mensaje del amor suena a lenguaje desaparecido, ya es signo de heroísmo. No es tonto quien se decide a amar y a vivir según lo que ese amor exige. Es, realmente, un héroe. Quienes nos critican por vivir así, tildándonos de bobos, deberían asumir el reto de vivir así, a ver si aguantan... No les deparo muchos éxitos en el futuro... Pero, más allá, del heroísmo que implica vivir en cristiano en un mundo que va por rutas muy distintas, Cristo nos invita a mantenernos en la astucia siempre. A actuar en función de asumir caminos asequibles para poder llegar más fácilmente a todos, para poder acceder al bien con mayor ligereza e igualmente poderlo hacer llegar a los demás... No dejemos de aceptar esta invitación de Jesús. Y entendamos nuestra vida cristiana como un reto atractivo, el más atractivo que podemos asumir para ser verdaderos héroes en un mundo que nos quiere echar a un lado...
Jesús invitó a los hombres a poner la otra mejilla cuando fuéramos golpeados, pero también reclamó al soldado cuando le pegó en un momento de su pasión. "Si he dicho algo malo, está bien que me pegues. Pero si nos es así, ¿por qué me pegas?" El poner la otra mejilla no significa hacerse la vista gorda. Jesús pide cuentas al que le ha pegado. Esto significa que la comisión de una injusticia no debe quedar sin reclamo ni sin ser enfrentada... El mensaje evangélico quedaría en el vacío si sólo pidiera cerrar los ojos ante lo malo. No es así. Sería desvirtuar y vaciar totalmente de contenido el mensaje del amor. Ese amor que es el centro del mensaje de Jesús busca el bien. Y buscar el bien significa e implica el enfrentamiento y la anulación del mal. Y en esa lucha habrá momentos en los que el litigio puede llegar a ser feroz...
Si repasamos bien los textos evangélicos, Jesús hace una invitación expresa a "ser mansos como palomas, pero astutos como serpientes". Esa astucia es una invitación clarísima a dejar el ser tontos a un lado. Y no se trata de una astucia maliciosa, como generalmente la entendemos en nuestras mentes maquinadoras, sino a una astucia puesta a favor del bien. También el amor es astuto y debe apuntar al bien con esa misma astucia... De lo contrario, como dice Jesús, "los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz", y así ganarán todas las batallas... En el caso del administrador infiel, Jesús no alaba la infidelidad que comete, sino la astucia con la que actúa para lograr el bien para sí mismo. De ninguna manera está bien que no haya cumplido correctamente con su trabajo. Ni siquiera está bien lo que hace para salvar el pellejo, pues estaría disponiendo de bienes que no son suyos, para ganarse la amistad de los deudores del amo, que podrán luego servirle de apoyo en su situación de necesidad... Ellos son beneficiados de algo que en sí mismo es malo, pero que para ellos, al final, se ha convertido en un bien...
Pero es que esta no es la única vez que Jesús nos invita a actuar con astucia. Cuando habla de las vírgenes prudentes, nos dice que debemos actuar con astucia, no dejando que se nos acabe el aceite, sino teniendo una buena cantidad en depósito para cuando lo necesitemos y no pasar apuros... Cuando nos habla de aquel al que le van a hacer juicio, nos recomienda adelantarnos a hablar con quien denuncia para llegar a acuerdos previos, evitando así perder y ser metido en la cárcel hasta que hayamos pagado... Cuando nos habla del jefe que debe enfrentar a un ejército doblemente poderoso que el propio, nos dice que debemos negociar una paz que conviene más que la derrota. Cuando nos habla del juez que es importunado repetidamente por la viuda, nos dice que debemos atender esos ruegos para que no nos llegue a pegar la viuda... Son todas cosas recomendadas por el miso Jesús. Junto a la invitación a vivir en el amor, en la paz, en el perdón a toda costa, está el mensaje a no dejarse pisar por nadie, a no ser tontos, a avanzar en la inteligencia de vida que es condición indispensable para poder vivir en un mundo que quiere llevarse a cualquiera por delante...
Se equivoca quien piensa que Jesús quiere cristianos tontos, callados, sufrientes, sólo dispuestos a asumir los sacrificios, de cualquier signo, que se le presenten. No es falso que nos pide sobrecogernos ante lo que nos exija el amor. Y hacerlo a toda costa. Esa invitación está, sin duda. Pero no contradice en nada a la petición que nos hace a no dejarnos montar la pata en aras de una verdadera justicia. Esto apunta a una manera más viva de anunciar el Evangelio, aprovechando todas las ocasiones que se presenten... Llevando al extremo esta afirmación, podríamos pensar que se enlaza perfectamente con la llamada que nos hizo el Papa Beato Juan Pablo II ante la llegada del Tercer Milenio del cristianismo, a realizar una "Nueva Evangelización", que fuera nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión... Se trata de que nuestro mensaje no suene a viejo, a pasivismo, a rancio... Sino de que sea plenamente vigente. Y para ello, debe ser utilizada la astucia que hará que la Iglesia y que cada cristiano utilice las mismas armas que usa el mundo para hacer llegar el Evangelio a todos... Tiene mucho sentido ir al mismo ritmo del mundo, para que el mensaje les llegue a tiempo. Por no haber sido astutos a tiempo, hemos perdido muchas batallas. No podemos seguir permitiéndolo... O nos hacemos cristianos del siglo XXI y luchamos por ir al mismo ritmo que va el mundo, o Cristo va a pasar a ser un gran desconocido, o peor, despreciado por obsoleto...
De ninguna manera nos entendamos nosotros mismos como tontos... Nada más lejos que eso en la vida del cristiano. Sólo asumir el estilo de vida del cristiano en un mundo en el que el mensaje del amor suena a lenguaje desaparecido, ya es signo de heroísmo. No es tonto quien se decide a amar y a vivir según lo que ese amor exige. Es, realmente, un héroe. Quienes nos critican por vivir así, tildándonos de bobos, deberían asumir el reto de vivir así, a ver si aguantan... No les deparo muchos éxitos en el futuro... Pero, más allá, del heroísmo que implica vivir en cristiano en un mundo que va por rutas muy distintas, Cristo nos invita a mantenernos en la astucia siempre. A actuar en función de asumir caminos asequibles para poder llegar más fácilmente a todos, para poder acceder al bien con mayor ligereza e igualmente poderlo hacer llegar a los demás... No dejemos de aceptar esta invitación de Jesús. Y entendamos nuestra vida cristiana como un reto atractivo, el más atractivo que podemos asumir para ser verdaderos héroes en un mundo que nos quiere echar a un lado...
jueves, 7 de noviembre de 2013
Dejemos a Dios hacer su fiesta
En nuestra vida espiritual un gran maestro es San Pablo. Su propia experiencia vital nos dice a todos que nuestro itinerario no es invariable, pues él mismo es producto de una conversión impresionante. Y no es que él fuera malo, como conocemos la maldad pura, sino que simplemente estaba en el camino equivocado. Y creía firmemente que por el camino por el que andaba estaba siendo radicalmente fiel a Dios... Era, pudiéramos decirlo, consecuente con lo que confesaba con los labios...
Pero no es sólo su conversión lo que nos pone a la vista un camino que todos podemos recorrer. Es, después de ella, la impresionante profundidad que fue adquiriendo en su meditación sobre la figura de Jesús, sobre su mensaje, sobre su entrega, sobre el amor que lo motivó en la base para realizar la obra que realizó... Fue entrando cada vez más en esa profundidad, percatándose sólidamente de lo que creyó desde un principio y asentándose cada vez más firmemente en la conciencia de que era amado inmensamente, de que fue por él que se entregó Jesús. En fin, de que la experiencia de salvación no era una simple idea etérea que se quedaba flotando, sino que se hacía absolutamente real y práctica en la vida de cada uno, y en particular en la suya... "Me amó a mí, y se entregó a la muerte a sí mismo por mí", llegó a decir, en esa convicción clarísima del amor personal de Cristo por él, por Pablo de Tarso... No era Pablo un idealista tonto, que se quedara contemplando el misterio desde lejos, como con miedo de entrar en él. Se adentró, lo masticó, lo saboreó, lo experimentó y lo hizo completamente suyo... Ese misterio no se quedó en la oscuridad de lo desconocido, sino que se hizo claro, permaneciendo misterio, en la experiencia personal y el abandono a pesar de las sombras que lo cubrían...
Por eso Pablo ha iluminado con luces esplendorosas el camino de cualquier cristiano con frases impresionantes que nos dan la clave para la comprensión del misterio del amor, de la figura y el mensaje de Jesús, del sentido de la vida en Cristo, de la experiencia de la fraternidad cristiana, de la pertenencia a la Iglesia como a un cuerpo, de la expectación del hombre y de todo lo creado de la redención de Cristo... "Amar es cumplir la ley entera", "Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir", "Todo lo puedo en Aquél que me conforta"... Podríamos citar innumerables frases que en una buena meditación nos harían llegar a una madurez de fe de mucha altura...
En ese caminar de la mano de San Pablo, la conclusión lógica es la de la pertenencia total de cada uno a Cristo... "Si vivimos, vivimos para el Señor. Si morimos, morimos para el Señor... En la vida y en la muerte somos del Señor" ¡Es impresionante esta conclusión! La vida de los cristianos debe estar toda ella, completamente, en las manos del Señor... Es la meta a la que debemos llegar todos. Y no sólo se trata de llegar a ella al final de nuestros días, sino de hacerla realidad desde ya. La vida entera adquiere su pleno sentido sólo en las manos de Dios. Es paradójico que sólo será plenamente nuestra la vida cuando la hayamos puesto completamente en las manos del Señor. Perderla en Él es ganarla por entero...
Tiene sentido... Sólo se puede uno donar a Jesús, sólo se puede uno poner en sus manos, si uno mismo se posee plenamente. Quien no se posee no tiene su vida en sus manos y por lo tanto no se puede dar. Ya ha perdido la vida en las manos de otra realidad que lo destruye y que se la roba. Por eso, quien se dona a Jesús demuestra su madurez, su pertenencia a sí mismo, su capacidad de entrega probada en su capacidad de autoposesión... Cuando no tenemos nuestra vida en nuestras manos, no tenemos nada que donar a Jesús. Es nuestro mayor tesoro y lo ponemos en las manos de quien le puede dar su plenitud... Por eso, donarse no es perderse, sino ganarse completamente...
Si combinamos esta sólida realidad con la expectativa de Dios de que cada uno la asuma como una necesidad hacia la cual hay que dirigirse, dejando atrás todo lo que la impedía, se da entonces la alegría de Dios. Dios hace fiesta cuando uno se percata de que ese es el camino mejor, el de la plenitud, el de la suprema elevación y posesión.Y hace fiesta porque nos ama y nos quiere tener cerca de Él, haciéndose realmente el padre de la parábola del Hijo pródigo... Pero, sobre todo, hace fiesta por nosotros, porque nos convencemos de cuál es el sitio que nos corresponde y en el cual seremos plenamente felices. Nunca fuera de Dios estará la felicidad plena. Podrá haber momentos felices, pero no la plenitud de la felicidad... Dios hace fiesta no por Él, sino por nosotros... "La misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un pecador que se convierta..." Y en otra parte el Evangelio dice: "Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse..." La alegría de Dios es la conversión del pecador, porque así el pecador arrepentido estará en el lugar que Dios le ha reservado. Al extremo de que ha enviado a su Hijo para que lo coloque en ese sitio. Y de que el mismo Hijo ha dicho: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". Tanto el Padre como el Hijo se han asociado en la obra de rescate de los perdidos... Somos la oveja descarriada, somos la moneda perdida... Y Dios ha querido rescatarnos. Y no va a dejar de luchar por nosotros. Hará lo que sea necesario para tenernos con Él... Su alegría es que nosotros tengamos la plenitud a la que hemos sido llamados por Él mismo, que es estar en Él... "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti...", entendió San Agustín...
Intentemos siempre tener la plena posesión de nosotros mismos. No dejemos que nada nos arrebate nuestro propio ser. Y, después de poseernos plenamente, dejemos nuestro ser en las manos de Dios, démosle nuestra vida entera, para que la haga tener pleno sentido. Sólo en sus manos se logrará. No seremos plenos autoposeyéndonos y sosteniéndonos con soberbia, en una autodeterminación egoísta e individualista. Con eso, lejos de ser más, nos disminuimos. Entreguemos nuestra vida a Jesús... Vivamos y muramos sólo para Él. Seamos de Él en la vida y en la muerte, y seremos de verdad, existiremos de verdad... Y así, estaremos permitiendo a Dios hacer fiesta por nosotros, por tenernos, por habernos hecho llegar a la plenitud que Él añora para nosotros...
Pero no es sólo su conversión lo que nos pone a la vista un camino que todos podemos recorrer. Es, después de ella, la impresionante profundidad que fue adquiriendo en su meditación sobre la figura de Jesús, sobre su mensaje, sobre su entrega, sobre el amor que lo motivó en la base para realizar la obra que realizó... Fue entrando cada vez más en esa profundidad, percatándose sólidamente de lo que creyó desde un principio y asentándose cada vez más firmemente en la conciencia de que era amado inmensamente, de que fue por él que se entregó Jesús. En fin, de que la experiencia de salvación no era una simple idea etérea que se quedaba flotando, sino que se hacía absolutamente real y práctica en la vida de cada uno, y en particular en la suya... "Me amó a mí, y se entregó a la muerte a sí mismo por mí", llegó a decir, en esa convicción clarísima del amor personal de Cristo por él, por Pablo de Tarso... No era Pablo un idealista tonto, que se quedara contemplando el misterio desde lejos, como con miedo de entrar en él. Se adentró, lo masticó, lo saboreó, lo experimentó y lo hizo completamente suyo... Ese misterio no se quedó en la oscuridad de lo desconocido, sino que se hizo claro, permaneciendo misterio, en la experiencia personal y el abandono a pesar de las sombras que lo cubrían...
Por eso Pablo ha iluminado con luces esplendorosas el camino de cualquier cristiano con frases impresionantes que nos dan la clave para la comprensión del misterio del amor, de la figura y el mensaje de Jesús, del sentido de la vida en Cristo, de la experiencia de la fraternidad cristiana, de la pertenencia a la Iglesia como a un cuerpo, de la expectación del hombre y de todo lo creado de la redención de Cristo... "Amar es cumplir la ley entera", "Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir", "Todo lo puedo en Aquél que me conforta"... Podríamos citar innumerables frases que en una buena meditación nos harían llegar a una madurez de fe de mucha altura...
En ese caminar de la mano de San Pablo, la conclusión lógica es la de la pertenencia total de cada uno a Cristo... "Si vivimos, vivimos para el Señor. Si morimos, morimos para el Señor... En la vida y en la muerte somos del Señor" ¡Es impresionante esta conclusión! La vida de los cristianos debe estar toda ella, completamente, en las manos del Señor... Es la meta a la que debemos llegar todos. Y no sólo se trata de llegar a ella al final de nuestros días, sino de hacerla realidad desde ya. La vida entera adquiere su pleno sentido sólo en las manos de Dios. Es paradójico que sólo será plenamente nuestra la vida cuando la hayamos puesto completamente en las manos del Señor. Perderla en Él es ganarla por entero...
Tiene sentido... Sólo se puede uno donar a Jesús, sólo se puede uno poner en sus manos, si uno mismo se posee plenamente. Quien no se posee no tiene su vida en sus manos y por lo tanto no se puede dar. Ya ha perdido la vida en las manos de otra realidad que lo destruye y que se la roba. Por eso, quien se dona a Jesús demuestra su madurez, su pertenencia a sí mismo, su capacidad de entrega probada en su capacidad de autoposesión... Cuando no tenemos nuestra vida en nuestras manos, no tenemos nada que donar a Jesús. Es nuestro mayor tesoro y lo ponemos en las manos de quien le puede dar su plenitud... Por eso, donarse no es perderse, sino ganarse completamente...
Si combinamos esta sólida realidad con la expectativa de Dios de que cada uno la asuma como una necesidad hacia la cual hay que dirigirse, dejando atrás todo lo que la impedía, se da entonces la alegría de Dios. Dios hace fiesta cuando uno se percata de que ese es el camino mejor, el de la plenitud, el de la suprema elevación y posesión.Y hace fiesta porque nos ama y nos quiere tener cerca de Él, haciéndose realmente el padre de la parábola del Hijo pródigo... Pero, sobre todo, hace fiesta por nosotros, porque nos convencemos de cuál es el sitio que nos corresponde y en el cual seremos plenamente felices. Nunca fuera de Dios estará la felicidad plena. Podrá haber momentos felices, pero no la plenitud de la felicidad... Dios hace fiesta no por Él, sino por nosotros... "La misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un pecador que se convierta..." Y en otra parte el Evangelio dice: "Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse..." La alegría de Dios es la conversión del pecador, porque así el pecador arrepentido estará en el lugar que Dios le ha reservado. Al extremo de que ha enviado a su Hijo para que lo coloque en ese sitio. Y de que el mismo Hijo ha dicho: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad". Tanto el Padre como el Hijo se han asociado en la obra de rescate de los perdidos... Somos la oveja descarriada, somos la moneda perdida... Y Dios ha querido rescatarnos. Y no va a dejar de luchar por nosotros. Hará lo que sea necesario para tenernos con Él... Su alegría es que nosotros tengamos la plenitud a la que hemos sido llamados por Él mismo, que es estar en Él... "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti...", entendió San Agustín...
Intentemos siempre tener la plena posesión de nosotros mismos. No dejemos que nada nos arrebate nuestro propio ser. Y, después de poseernos plenamente, dejemos nuestro ser en las manos de Dios, démosle nuestra vida entera, para que la haga tener pleno sentido. Sólo en sus manos se logrará. No seremos plenos autoposeyéndonos y sosteniéndonos con soberbia, en una autodeterminación egoísta e individualista. Con eso, lejos de ser más, nos disminuimos. Entreguemos nuestra vida a Jesús... Vivamos y muramos sólo para Él. Seamos de Él en la vida y en la muerte, y seremos de verdad, existiremos de verdad... Y así, estaremos permitiendo a Dios hacer fiesta por nosotros, por tenernos, por habernos hecho llegar a la plenitud que Él añora para nosotros...
miércoles, 6 de noviembre de 2013
Una deuda que se paga solo con amor
Hoy en día, muchos hablan de crisis. Porque existe de verdad. En muchos de nuestros países se está viviendo una situación que raya en el dramatismo... Millones de desempleados, deudas exorbitantes, expulsión de las propias casas por falta de pago, reducción de presupuestos, devaluación de la moneda, control de cambio de divisas, inflación galopante, escasez de productos y de servicios públicos, quiebras de empresas, fallas en la atención de salud, escasez de medicinas, carencia de viviendas, expropiaciones, persecución a la inversión privada, corrupción, inseguridad, violencia social, huelgas, protestas, deudas externas astronómicas... Los entendidos dan muchos nombres técnicos a todo lo que está faltando: estanflación, default, quiebra técnica, explosión social, paternalismo del gobierno... Se dan estas situaciones en nuestras sociedades, algunas o todas, y se ve afectada la vida social, la convivencia, la armonía, pues las poblaciones deben centrar su atención en la búsqueda de soluciones para su situación personal... Paradójicamente, en algunos otros países se vive una bonanza que contrasta frontalmente con la de los que viven la crisis...
Esto significa que estamos en un mundo de contrastes, en los que según la política que se aplique, según la ideología que impere, se privilegiarán unos aspectos sobre otros... Para unas ideologías, el centro es el mercado, apuntar a la ganancia crematística, y que ésta sea cada vez mayor para el empresario... Apuntan al bienestar en cuanto sea rentable, pues no es tan importante el que esté bien la gente, sino el que ofrece el producto y tenga cada vez mayores beneficios. Los bienes son ofrecidos para ser comprados y producir renta... El hombre no es una persona importante en sí misma, sino en cuanto consume, compra y paga... Es un billete andante...
Para otras ideologías el hombre se pierde en el conglomerado social, al cual se le quiere controlar al extremo mediante la inyección de una idea social exacerbada, poniendo el centralismo del poder por encima de todo... Esta vertiente busca que la persona dependa cada vez más del poder central, quien sería el que pone los productos a consumir en las manos de la población o quien pondría el dinero en sus manos para que se pueda acceder a esos productos. No interesa en absoluto que la persona progrese, sino que cada vez vaya teniendo menos poder de decisión sobre sus acciones, que no tenga la posibilidad de escoger entre diversas opciones, que se centre sólo en la búsqueda de dádivas para acallar sus necesidades básicas. Revestida de una promoción social o de procurar el bienestar de todos por igual, el hombre pasa a ser simplemente un número, ya no consumidor, sino receptor, al cual se le controla mediante este mecanismo paternalista... Si en esta sociedad así diseñada a alguien se le ocurriera tener la idea de progresar, y de dar algunos pasos en esa dirección, se le frustra totalmente y se le impide el avance, en aras de una supuesta igualdad social, en la que los menos iguales son los mismos que gobiernan. Lo expresó magistralmente el Card. Bergoglio en Buenos Aires, antes de ser elegido Papa: "Obligan a todos a recibir el pescado; y si a alguno se le ocurre aprender a pescar, le quitan la caña y lo que ha pescado, para que tenga que seguir recibiendo el pescado desde el poder"...
En la base de ambas ideologías está la perversidad... Una sirve al capital y la otra al poder... Al final ambas se escudan en un disfraz de lo que realmente son. En la primera, se da la supuesta defensa de la libertad absoluta del hombre, con lo cual se justificaría la explotación de los más débiles, se echaría sobre los hombres de los más humildes la "culpa" de no poder acceder a los bienes por su pereza al no procurar su propio progreso. Y se relevaría a los últimos responsables de un justo y deseado compromiso social... Y en la segunda, se da una supuesta preocupación social en la que se buscaría la igualdad esencial de todos, lo cual se justificaría pasando la rasante por debajo, haciéndolos a todos igualmente pobres, no igualmente ricos, en una supuesta distribución más justa de la riqueza. Y en este proceso, los que gobiernan se hacen más poderosos mediante el dominio crematístico de la población, y se hacen más ricos por los ardides que ofrece la posibilidad de manejar absolutamente todos los bienes...
Es la realidad que se vive en nuestras sociedades... En ambas corrientes se pretendería exaltar la figura del hombre, pero lamentablemente esa figura ha quedado sólo como una bandera muy atractiva que embelesa a millones, pero que es traicionada en aras del capital o del poder. El hombre se ha convertido simplemente en el sostén de ambas, sin importar lo que de verdad lo beneficia. Es el más puro maquiavelismo que ha desvirtuado y pervertido totalmente lo que deberían ser sus más puras preocupaciones...
El Beato Papa Juan Pablo II, en su Encíclica Redemptor Hominis, afirmó lo que ha sido la verdad fundamental de la preocupación social de la Iglesia: "El hombre es el camino de la Iglesia". En el centro de todas las preocupaciones de la Iglesia debe estar siempre el hombre, su ser personal, su ser comunitario, sus gozos y sus esperanzas, sus temores y sus preocupaciones. Si esto no es así, se estaría traicionando al mismísimo Dios, que colocó al hombre en el centro de todo lo creado y lo puso todo a su servicio, para que él dominara todo lo creado... Así mismo, en cualquier ideología, en cualquier corriente de pensamiento, por ser el hombre el que da sentido a todo, debe estar igualmente el hombre. No existe absolutamente nada más que le dé el verdadero sentido a todo lo que existe. Incluso las corrientes ecologistas deben centrar su mirada en el hombre, para el cual existe la naturaleza.. Al final, todos los beneficios y los perjuicios se miden en cuanto ayudan o afectan al hombre...
Por eso, estando en el centro de todo, la medida del máximo bien que debe vivir el hombre, a lo cual tiene derecho absoluto, pues ha sido creado por Dios para que sea así, es el amor. El amor real al hombre es lo que debe estar siempre en el centro. De esta manera, cualquiera que sea la ideología que impere, si está en la base de todo el amor al hombre como criatura predilecta de Dios, colocada en el centro por Él mismo, hágase lo que se haga, en la búsqueda del bien personal conjugado con el bien comunitario, todo estará bien encaminado... Es el amor el que impulsa y anima a la búsqueda del mayor bien del hombre. En el amor está la fuente de toda preocupación personal y social, la vivencia de la armonía, de la concordia y de la paz de todos, la experiencia más sublime de la solidaridad humana particularmente con los más pequeños, con los más humildes, con los más necesitados, con los más pobres... Cuando hay amor no hay exclusión, no hay división, no hay soberbia, no hay sospechas... Cuando hay amor real hay bien. En él en sí mismo está el mayor bien, y se apunta siempre a la búsqueda de ese bien... Por eso, para San Pablo estuvo tan clara la idea: "Amar es cumplir la ley entera"... Y lo expresó tan claramente también San Agustín: "Ama y haz lo que quieras". Cuando se ama, la única ideología que importa, la única meta que domina, es procurar el bien para el amado... No importa más nada.
Por eso, en la vida social debemos procurar siempre sobreponernos a cualquier crisis colocando al hombre en el centro del cual jamás debió haber salido. La mayor deuda que tenemos todos, gobierno, empresarios, gente de a pie, es la del amor... Podremos tener deudas de cualquier tipo, e incluso estar en la crisis social y económica. Pero procuremos jamás tener la deuda del amor hacia los demás. Más aún, en la búsqueda de la cancelación de esa deuda de amor al hombre, estoy seguro que está la solución a cualquiera de las crisis, tenga el signo que tenga...
Esto significa que estamos en un mundo de contrastes, en los que según la política que se aplique, según la ideología que impere, se privilegiarán unos aspectos sobre otros... Para unas ideologías, el centro es el mercado, apuntar a la ganancia crematística, y que ésta sea cada vez mayor para el empresario... Apuntan al bienestar en cuanto sea rentable, pues no es tan importante el que esté bien la gente, sino el que ofrece el producto y tenga cada vez mayores beneficios. Los bienes son ofrecidos para ser comprados y producir renta... El hombre no es una persona importante en sí misma, sino en cuanto consume, compra y paga... Es un billete andante...
Para otras ideologías el hombre se pierde en el conglomerado social, al cual se le quiere controlar al extremo mediante la inyección de una idea social exacerbada, poniendo el centralismo del poder por encima de todo... Esta vertiente busca que la persona dependa cada vez más del poder central, quien sería el que pone los productos a consumir en las manos de la población o quien pondría el dinero en sus manos para que se pueda acceder a esos productos. No interesa en absoluto que la persona progrese, sino que cada vez vaya teniendo menos poder de decisión sobre sus acciones, que no tenga la posibilidad de escoger entre diversas opciones, que se centre sólo en la búsqueda de dádivas para acallar sus necesidades básicas. Revestida de una promoción social o de procurar el bienestar de todos por igual, el hombre pasa a ser simplemente un número, ya no consumidor, sino receptor, al cual se le controla mediante este mecanismo paternalista... Si en esta sociedad así diseñada a alguien se le ocurriera tener la idea de progresar, y de dar algunos pasos en esa dirección, se le frustra totalmente y se le impide el avance, en aras de una supuesta igualdad social, en la que los menos iguales son los mismos que gobiernan. Lo expresó magistralmente el Card. Bergoglio en Buenos Aires, antes de ser elegido Papa: "Obligan a todos a recibir el pescado; y si a alguno se le ocurre aprender a pescar, le quitan la caña y lo que ha pescado, para que tenga que seguir recibiendo el pescado desde el poder"...
En la base de ambas ideologías está la perversidad... Una sirve al capital y la otra al poder... Al final ambas se escudan en un disfraz de lo que realmente son. En la primera, se da la supuesta defensa de la libertad absoluta del hombre, con lo cual se justificaría la explotación de los más débiles, se echaría sobre los hombres de los más humildes la "culpa" de no poder acceder a los bienes por su pereza al no procurar su propio progreso. Y se relevaría a los últimos responsables de un justo y deseado compromiso social... Y en la segunda, se da una supuesta preocupación social en la que se buscaría la igualdad esencial de todos, lo cual se justificaría pasando la rasante por debajo, haciéndolos a todos igualmente pobres, no igualmente ricos, en una supuesta distribución más justa de la riqueza. Y en este proceso, los que gobiernan se hacen más poderosos mediante el dominio crematístico de la población, y se hacen más ricos por los ardides que ofrece la posibilidad de manejar absolutamente todos los bienes...
Es la realidad que se vive en nuestras sociedades... En ambas corrientes se pretendería exaltar la figura del hombre, pero lamentablemente esa figura ha quedado sólo como una bandera muy atractiva que embelesa a millones, pero que es traicionada en aras del capital o del poder. El hombre se ha convertido simplemente en el sostén de ambas, sin importar lo que de verdad lo beneficia. Es el más puro maquiavelismo que ha desvirtuado y pervertido totalmente lo que deberían ser sus más puras preocupaciones...
El Beato Papa Juan Pablo II, en su Encíclica Redemptor Hominis, afirmó lo que ha sido la verdad fundamental de la preocupación social de la Iglesia: "El hombre es el camino de la Iglesia". En el centro de todas las preocupaciones de la Iglesia debe estar siempre el hombre, su ser personal, su ser comunitario, sus gozos y sus esperanzas, sus temores y sus preocupaciones. Si esto no es así, se estaría traicionando al mismísimo Dios, que colocó al hombre en el centro de todo lo creado y lo puso todo a su servicio, para que él dominara todo lo creado... Así mismo, en cualquier ideología, en cualquier corriente de pensamiento, por ser el hombre el que da sentido a todo, debe estar igualmente el hombre. No existe absolutamente nada más que le dé el verdadero sentido a todo lo que existe. Incluso las corrientes ecologistas deben centrar su mirada en el hombre, para el cual existe la naturaleza.. Al final, todos los beneficios y los perjuicios se miden en cuanto ayudan o afectan al hombre...
Por eso, estando en el centro de todo, la medida del máximo bien que debe vivir el hombre, a lo cual tiene derecho absoluto, pues ha sido creado por Dios para que sea así, es el amor. El amor real al hombre es lo que debe estar siempre en el centro. De esta manera, cualquiera que sea la ideología que impere, si está en la base de todo el amor al hombre como criatura predilecta de Dios, colocada en el centro por Él mismo, hágase lo que se haga, en la búsqueda del bien personal conjugado con el bien comunitario, todo estará bien encaminado... Es el amor el que impulsa y anima a la búsqueda del mayor bien del hombre. En el amor está la fuente de toda preocupación personal y social, la vivencia de la armonía, de la concordia y de la paz de todos, la experiencia más sublime de la solidaridad humana particularmente con los más pequeños, con los más humildes, con los más necesitados, con los más pobres... Cuando hay amor no hay exclusión, no hay división, no hay soberbia, no hay sospechas... Cuando hay amor real hay bien. En él en sí mismo está el mayor bien, y se apunta siempre a la búsqueda de ese bien... Por eso, para San Pablo estuvo tan clara la idea: "Amar es cumplir la ley entera"... Y lo expresó tan claramente también San Agustín: "Ama y haz lo que quieras". Cuando se ama, la única ideología que importa, la única meta que domina, es procurar el bien para el amado... No importa más nada.
Por eso, en la vida social debemos procurar siempre sobreponernos a cualquier crisis colocando al hombre en el centro del cual jamás debió haber salido. La mayor deuda que tenemos todos, gobierno, empresarios, gente de a pie, es la del amor... Podremos tener deudas de cualquier tipo, e incluso estar en la crisis social y económica. Pero procuremos jamás tener la deuda del amor hacia los demás. Más aún, en la búsqueda de la cancelación de esa deuda de amor al hombre, estoy seguro que está la solución a cualquiera de las crisis, tenga el signo que tenga...
martes, 5 de noviembre de 2013
Si eres mediocre, no sirves
Hace algunos años empecé a escuchar mucho de "La Calidad Total". Se afincaba el tema, sobre todo, en la tecnología, que debía no sólo avanzar en logros y conquistas, sino en calidad, la cual tenía cada vez que ser mayor. Incluso se puso como "prototipo" de esa excelencia la "Calidad Toyota", por el alto nivel que se imponía para lograr los mejores productos en la inmensa gama que esta marca ofrece... Recuerdo que se hablaba de que los carros Toyota eran de los mejores, porque se imponían un nivel de tolerancia mínimo en el ajuste de sus partes, lo cual exigía una precisión milimétrica en la fabricación y el ensamblaje de cada carro y de cada una de sus partes... Esta exigencia no se quedó sólo en lo tecnológico, sino que empezó a dar color a prácticamente todo lo que tenía que ver con el hombre. En el campo estrictamente humano, hubo muchos escritores, de esos de autoayuda, de autoestima y de promoción humana, que se dedicaron a escribir prolíficamente páginas y páginas sobre la necesidad que tiene el hombre de apuntar a la excelencia en todo, particularmente en la consideración y en la exigencia de sí mismo...
Fue, y sigue siendo aún, prácticamente una revolución en el campo humano. La autoestima de los hombres corre ciertamente grandes peligros. Y es necesario apuntalarla. Por la baja autoestima de muchos, sin duda, se ha dado paso a la permisividad en el abuso de los poderosos, de los políticos, de los ricos, hacia los que son más débiles, menos decisivos, más desposeídos... Esa baja autoestima los lanza a añorar las limosnas que se les ofrecen, las cuales perciben como grandes dádivas, surgidas de los "corazones generosos" de quienes se las aportan... Por esa baja autoestima el mundo sigue siendo un espacio con dos realidades realmente opuestas: Ricos-Pobres, Poderosos-Débiles, Soberbios-Humildes... No es equivocado el camino de promover esta subida de la autoestima de todos, buscando que la meta sea la igualdad, la mutua consideración, el respeto y la ayuda justa a los necesitados...
Pero, lamentablemente, somo sucede en todo lo que el hombre tiene metida la mano, esta ola novedosa de la promoción de la excelencia, buena en sí misma, ha servido a muchos para descentrar el verdadero objetivo, que debería apuntar al servicio del hombre, a la búsqueda del bien para todos, basados en una igualdad de base en la dignidad y con un objetivo de vida comunitaria con más sentido. Esta conciencia de excelencia personal ha servido para una superexaltación del ego, que ha sido caldo de cultivo ideal para alimentar la soberbia, el egoísmo, el endiosamiento del mismo hombre. Y han surgido líneas de pensamiento, organizaciones, escuelas, pseudo religiones, que han colocado al hombre como el ídolo al que hay que adorar, haciéndolo dios, y haciendo que él mismo se coloque para ser "adorado". Todas esas tendencias han servido para que el hombre, haciéndose dios a sí mismo, se aleje más de sus hermanos y los considere a todos casi como súbditos que deben servirle... Las ideas de "Tú eres insuperable", "Tu eres dios", "Todo gira alrededor de ti", "Nada tiene sentido sin ti", "Sólo con pensarlo lo haces posible", "Atrae para ti las buenas energías", "Puedes si crees que puedes"..., que son, verdaderamente muy atractivas, no se diferencian en casi nada de la voz seductora de la serpiente en el Paraíso que embaucó a Adán y a Eva: "Ustedes serán como dioses"... Es la exacerbación de la buena consideración sobre sí mismo, hasta hacerla explotar en una soberbia impresionante...
El camino debe tomar otra dirección... Si seguimos por esas sendas, el individualismo será cada vez peor, la explotación de los débiles será una tragedia más dolorosa, la separación de los hermanos será más tormentosa... Se debe apuntar a la excelencia, por supuesto... Pero esa excelencia no deberá jamás alimentar mi ego hasta hacerme soberbio, sino lanzarme a ser excelente con los demás y para los demás. Debe apuntar a hacerme consciente de que jamás seré verdaderamente excelente sin contar con los demás, principalmente con Dios. Jamás una excelencia será tal sin Dios. Sólo Dios es quien da la excelencia al hombre. Fuera de Él todo es mediocridad... Y en esa conciencia, el cristiano debe apuntar a ser el mejor, y a hacer las cosas de manera insuperable... No es cristiano ser mediocre. Recuerdo una frase que le escuché al P. Hermógenes Castaño, en una de las excelentes charlas que daba: "Está mal lo que estando bien, puede estar mejor..." Es tremendo esto...
El cristiano no puede quedarse contento con hacer las cosas simplemente bien. Su misma experiencia de Dios y su experiencia de fraternidad, deben hacerlo buscar cada vez lo más alto, lo mejor. No debe nunca apuntar a los mínimos, pues eso lo dejaría simplemente en la mediocridad. Y eso no lo quiere Jesús. Por eso al joven rico le puso la exigencia mayor. Este joven era muy bueno -¡ya quisiera cualquiera de nosotros poder decir lo que él dijo sobre el cumplimento de los mandamientos desde niño! ¡Yo, no me atrevería!-. Y, sin embargo, siendo bueno, Jesús le puso la marca más arriba... "Dale todo a los pobres y vente conmigo". Para Jesús no existen los términos medios, las medias tintas, las mediocridades... Jesús lo quiere todo. Y esto mismo nos lo exige a cada uno de los que queremos seguirle... En nuestra vivencia de fe, debemos apuntar a la excelencia. Cuando el tirador de arco apunta al blanco, debe hacerlo algo más arriba... El peso de la flecha la hace descender un poco en su recorrido. No se puede apuntar directamente, sino algo más arriba. Así mismo debemos hacer nosotros. Hay que apuntar más alto para dar en la diana. No podemos apuntar simplemente a ser buenos, pues quizás sólo llegaremos a mediocres. Debemos apuntar a ser excelentes para quizás llegar a ser buenos...
Y todo, en función del amor, que es la condición indispensable del que quiere ser excelente. El amor es la excelencia mayor, si cabe la expresión comparativa. El cristiano debe ser excelente porque tiene el amor de Dios, porque debe responder con el mismo amor a ese Dios que lo ama, y porque debe amar intensamente a los hermanos. Y esa excelencia apunta, entonces, a lo mismo que apunta el amor: Al servicio, a la donación, a la entrega de sí mismo. A apuntar al bien para todos y a un bien que sea cada vez mejor para ellos... Si no se vive en esta tensión hacia la exigencia, la mediocridad consumirá el ser del cristiano. Será como el cáncer que mata al hombre. La mediocridad es el cáncer del cristiano. Poco a poco lo consume, hasta que lo hace desaparecer... Luchemos contra este cáncer... Apuntemos a la Calidad Total cristiana, viviendo el amor a tope y dando lo mejor de nosotros, de manera que la excelencia sea nuestro sello...
Fue, y sigue siendo aún, prácticamente una revolución en el campo humano. La autoestima de los hombres corre ciertamente grandes peligros. Y es necesario apuntalarla. Por la baja autoestima de muchos, sin duda, se ha dado paso a la permisividad en el abuso de los poderosos, de los políticos, de los ricos, hacia los que son más débiles, menos decisivos, más desposeídos... Esa baja autoestima los lanza a añorar las limosnas que se les ofrecen, las cuales perciben como grandes dádivas, surgidas de los "corazones generosos" de quienes se las aportan... Por esa baja autoestima el mundo sigue siendo un espacio con dos realidades realmente opuestas: Ricos-Pobres, Poderosos-Débiles, Soberbios-Humildes... No es equivocado el camino de promover esta subida de la autoestima de todos, buscando que la meta sea la igualdad, la mutua consideración, el respeto y la ayuda justa a los necesitados...
Pero, lamentablemente, somo sucede en todo lo que el hombre tiene metida la mano, esta ola novedosa de la promoción de la excelencia, buena en sí misma, ha servido a muchos para descentrar el verdadero objetivo, que debería apuntar al servicio del hombre, a la búsqueda del bien para todos, basados en una igualdad de base en la dignidad y con un objetivo de vida comunitaria con más sentido. Esta conciencia de excelencia personal ha servido para una superexaltación del ego, que ha sido caldo de cultivo ideal para alimentar la soberbia, el egoísmo, el endiosamiento del mismo hombre. Y han surgido líneas de pensamiento, organizaciones, escuelas, pseudo religiones, que han colocado al hombre como el ídolo al que hay que adorar, haciéndolo dios, y haciendo que él mismo se coloque para ser "adorado". Todas esas tendencias han servido para que el hombre, haciéndose dios a sí mismo, se aleje más de sus hermanos y los considere a todos casi como súbditos que deben servirle... Las ideas de "Tú eres insuperable", "Tu eres dios", "Todo gira alrededor de ti", "Nada tiene sentido sin ti", "Sólo con pensarlo lo haces posible", "Atrae para ti las buenas energías", "Puedes si crees que puedes"..., que son, verdaderamente muy atractivas, no se diferencian en casi nada de la voz seductora de la serpiente en el Paraíso que embaucó a Adán y a Eva: "Ustedes serán como dioses"... Es la exacerbación de la buena consideración sobre sí mismo, hasta hacerla explotar en una soberbia impresionante...
El camino debe tomar otra dirección... Si seguimos por esas sendas, el individualismo será cada vez peor, la explotación de los débiles será una tragedia más dolorosa, la separación de los hermanos será más tormentosa... Se debe apuntar a la excelencia, por supuesto... Pero esa excelencia no deberá jamás alimentar mi ego hasta hacerme soberbio, sino lanzarme a ser excelente con los demás y para los demás. Debe apuntar a hacerme consciente de que jamás seré verdaderamente excelente sin contar con los demás, principalmente con Dios. Jamás una excelencia será tal sin Dios. Sólo Dios es quien da la excelencia al hombre. Fuera de Él todo es mediocridad... Y en esa conciencia, el cristiano debe apuntar a ser el mejor, y a hacer las cosas de manera insuperable... No es cristiano ser mediocre. Recuerdo una frase que le escuché al P. Hermógenes Castaño, en una de las excelentes charlas que daba: "Está mal lo que estando bien, puede estar mejor..." Es tremendo esto...
El cristiano no puede quedarse contento con hacer las cosas simplemente bien. Su misma experiencia de Dios y su experiencia de fraternidad, deben hacerlo buscar cada vez lo más alto, lo mejor. No debe nunca apuntar a los mínimos, pues eso lo dejaría simplemente en la mediocridad. Y eso no lo quiere Jesús. Por eso al joven rico le puso la exigencia mayor. Este joven era muy bueno -¡ya quisiera cualquiera de nosotros poder decir lo que él dijo sobre el cumplimento de los mandamientos desde niño! ¡Yo, no me atrevería!-. Y, sin embargo, siendo bueno, Jesús le puso la marca más arriba... "Dale todo a los pobres y vente conmigo". Para Jesús no existen los términos medios, las medias tintas, las mediocridades... Jesús lo quiere todo. Y esto mismo nos lo exige a cada uno de los que queremos seguirle... En nuestra vivencia de fe, debemos apuntar a la excelencia. Cuando el tirador de arco apunta al blanco, debe hacerlo algo más arriba... El peso de la flecha la hace descender un poco en su recorrido. No se puede apuntar directamente, sino algo más arriba. Así mismo debemos hacer nosotros. Hay que apuntar más alto para dar en la diana. No podemos apuntar simplemente a ser buenos, pues quizás sólo llegaremos a mediocres. Debemos apuntar a ser excelentes para quizás llegar a ser buenos...
Y todo, en función del amor, que es la condición indispensable del que quiere ser excelente. El amor es la excelencia mayor, si cabe la expresión comparativa. El cristiano debe ser excelente porque tiene el amor de Dios, porque debe responder con el mismo amor a ese Dios que lo ama, y porque debe amar intensamente a los hermanos. Y esa excelencia apunta, entonces, a lo mismo que apunta el amor: Al servicio, a la donación, a la entrega de sí mismo. A apuntar al bien para todos y a un bien que sea cada vez mejor para ellos... Si no se vive en esta tensión hacia la exigencia, la mediocridad consumirá el ser del cristiano. Será como el cáncer que mata al hombre. La mediocridad es el cáncer del cristiano. Poco a poco lo consume, hasta que lo hace desaparecer... Luchemos contra este cáncer... Apuntemos a la Calidad Total cristiana, viviendo el amor a tope y dando lo mejor de nosotros, de manera que la excelencia sea nuestro sello...
lunes, 4 de noviembre de 2013
Te amo a ti, porque no puedes pagarme
El amor perfecto es el amor de donación, el de oblación, el de benevolencia... Es el amor que vive Dios. Dios ama porque el objeto amado existe, sin más... No busca ninguna retribución. Si Dios esperara que lo amáramos en respuesta a su amor, estaría siempre en la frustración, pues son tantos los que no lo aman, a pesar de que Él nos sigue amando indefectiblemente. Ese amor de Dios es el perfecto porque no depende del amor con que se le retribuya, sino de la propia capacidad de amar.
En Dios el amor es infinito, como lo es todo en Él. Es infinito en gloria, en poder, en sabiduría, en presencia. En esa misma medida, infinito es su amor. Por eso el que Dios ame no depende de factores externos, sino de sí mismo. Y al ser su esencia pura sólo amor, no puede actuar de una manera diversa a su propio ser. Se le ame o no, Él siempre amará, pues no puede negarse a sí mismo. Y no se trata de un amor "fatalmente" real u obligado, sino de un amor que se complace en sí mismo. Es decir, la alegría de Dios es amar, es desarrollar su propia existencia en lo que es. No puede dejar de hacerlo, y es absolutamente feliz haciéndolo. Si lo dejara de hacer, si Dios dejara de amar en algún momento, dejaría de existir, lo cual es imposible, y significaría la desaparición de todo lo que existe. Dios es amor, y en amar está representada su forma más pura de existencia, su plenitud, su felicidad y el sentido de su vida.Y no es para Él ningún peso, pues es la expresión natural de su ser...
Ese amor perfecto se manifiesta plenamente en la búsqueda del bien del amado. Se quiere su bien porque se le ama. La felicidad de quien ama no está en la respuesta que pueda recibir al amor que da, sino en la satisfacción de buscar y de hacer el bien al amado. Es decir, su satisfacción es siempre plena, pues solo se basa en el bien que hace al amado, y ese bien siempre será su objetivo y su alegría. No espera respuesta y no se crea "expectativas" que puedan quedar frustradas. El amor real no espera, sino que da. Y así es feliz y alcanza la plenitud...
Los hombres participamos de ese amor perfecto de Dios. Basta ver el amor de la madre o del padre por su hijo. Es tal que es capaz de asumir incluso el sacrificio propio en función de restar males y procurar el bien para su hijo. Una vez escuché a mi mamá decir: "Si llegara a ser necesario, me quito la comida de la boca, para dártela a ti,si tienes hambre"... No le importaba pasar hambre, con tal de que su hijo estuviera satisfecho... Y así vemos también ejemplos de este amor oblativo, de benevolencia, en la historia de la Iglesia... ¿Cómo se explica, si no, la entrega de un Maximiliano Kolbe, ofreciéndose a morir en vez de un padre de familia? ¿O la vida de olvido de sí de una Madre Teresa de Calcuta, con tal de hacer que los pobres de las calles no murieran como perros, sino con la certeza de que alguien los había amado? ¿Cómo entender cuando un hombre o una mujer abandonan una vida de comodidad y de holgura, para irse a recorrer mundo dando a conocer a los hermanos amados el amor que Jesús les tiene? Los hombres somos capaces de obras maravillosas y heroicas cuando nos dejamos conducir por ese amor perfecto, y dejamos que nuestra "imagen y semejanza" de Dios en nosotros se manifieste plena y libremente. Y no hay en esos que aman así absolutamente ninguna frustración, pues no buscan nada sino sólo dar rienda suelta al amor que viven...
En el hombre existe otro amor, menos perfecto, que es el amor de concupiscencia. No es que sea malo, sino menos perfecto. Es también natural, y exige, en cierto modo, una compensación. Es el que hace sentir una especie de "propiedad" sobre el objeto amado.Y para sentirse satisfecho exige alguna respuesta. En los esposos se da el modelo perfecto de ambos amores... El esposo y la esposa se mueven, principalmente, por el amor de benevolencia. Se ama al otro por lo que es, y se está dispuesto a querer el bien suyo siempre. Por eso se es capaz de sacrificar los propios gustos, los propios criterios, a ceder en las propias pretensiones... Pero junto a eso, se espera que el otro esté también dispuesto a ello. Se desea que en el otro este amor de benevolencia también esté activo, con lo cual se da una mezcla del amor de benevolencia y el de concupiscencia. Se ama en cuanto el otro representa un bien para quien ama, por el beneficio que produce, por las satisfacciones que pueda dar... Muchas veces, los esposos fracasan porque han dejado que el amor de concupiscencia derrote al de benevolencia. Sufren grandes frustraciones al no recibir aquello sobre lo cual se han creado muchas expectativas...
En el camino de la perfección cristiana, Jesús nos invita a vivir el amor de benevolencia a tope... Al decirnos: "Cuando des un banquete invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte...", nos está diciendo que nuestra felicidad plena no estará jamás en recibir la compensación de lo que hemos dado, sino precisamente en lo contrario. Estará en el no recibir nada a cambio, sino sólo en la satisfacción de ser movidos por el amor a los más débiles, a los pobres, a los humildes y sencillos. En ellos está Él presente, y al hacerle un bien a cualquiera de ellos, se lo estamos haciendo directamente a Jesús. No se trata de "pagar" nada, sino de saber que al no esperar nada, estoy haciendo lo que el mejor amor puede hacer: simple y llanamente el bien al otro, al que se ama, al que más lo necesita, al que tiene representación directa de Jesús...
En el puro amor de benevolencia está basada la más pura vida cristiana. Por ese amor se valora lo que es el otro, se busca siempre el bien de los hermanos, se está dispuesto a entregarse por ellos, a darle el tesoro que se lleva dentro. Es el amor que Jesús vivió y manifestó plenamente por nosotros, que no nos exige nada a cambio... Si Jesús sólo hubiera esperado nuestra respuesta de amor, seguramente no hubiera llegado al extremo que llegó. Pero como su satisfacción era hacer lo que tenía que hacer por el hombre, porque lo amó infinitamente, y lo ama siempre así, hizo lo que hizo. En cierta manera, Jesús nos está diciendo con su modelo lo que todos debemos hacer. Si lo hiciéramos todos, si nos decidiéramos a hacerlo así, el mundo sería un lugar muy distinto al que es hoy. Por no haberlo hecho, impera la búsqueda de los beneficios personales, sacar provecho de todo sin importar el otro, la búsqueda de la imposición de los proprios criterios o modelos... Basta con que experimentemos lo sublime que es querer siempre hacer feliz al otro, buscando su bien sin esperar nada a cambio, para darnos cuenta de dónde está la verdadera felicidad, la más plena, la perfecta... Y experimentándolo, no habrá obstáculos que nos impidan avanzar en ese camino de plenitud. Todo obstáculo será pequeño. Y siempre será sorteado. Ser felices así es el verdadero camino para alcanzar el sentido pleno de la vida...
En Dios el amor es infinito, como lo es todo en Él. Es infinito en gloria, en poder, en sabiduría, en presencia. En esa misma medida, infinito es su amor. Por eso el que Dios ame no depende de factores externos, sino de sí mismo. Y al ser su esencia pura sólo amor, no puede actuar de una manera diversa a su propio ser. Se le ame o no, Él siempre amará, pues no puede negarse a sí mismo. Y no se trata de un amor "fatalmente" real u obligado, sino de un amor que se complace en sí mismo. Es decir, la alegría de Dios es amar, es desarrollar su propia existencia en lo que es. No puede dejar de hacerlo, y es absolutamente feliz haciéndolo. Si lo dejara de hacer, si Dios dejara de amar en algún momento, dejaría de existir, lo cual es imposible, y significaría la desaparición de todo lo que existe. Dios es amor, y en amar está representada su forma más pura de existencia, su plenitud, su felicidad y el sentido de su vida.Y no es para Él ningún peso, pues es la expresión natural de su ser...
Ese amor perfecto se manifiesta plenamente en la búsqueda del bien del amado. Se quiere su bien porque se le ama. La felicidad de quien ama no está en la respuesta que pueda recibir al amor que da, sino en la satisfacción de buscar y de hacer el bien al amado. Es decir, su satisfacción es siempre plena, pues solo se basa en el bien que hace al amado, y ese bien siempre será su objetivo y su alegría. No espera respuesta y no se crea "expectativas" que puedan quedar frustradas. El amor real no espera, sino que da. Y así es feliz y alcanza la plenitud...
Los hombres participamos de ese amor perfecto de Dios. Basta ver el amor de la madre o del padre por su hijo. Es tal que es capaz de asumir incluso el sacrificio propio en función de restar males y procurar el bien para su hijo. Una vez escuché a mi mamá decir: "Si llegara a ser necesario, me quito la comida de la boca, para dártela a ti,si tienes hambre"... No le importaba pasar hambre, con tal de que su hijo estuviera satisfecho... Y así vemos también ejemplos de este amor oblativo, de benevolencia, en la historia de la Iglesia... ¿Cómo se explica, si no, la entrega de un Maximiliano Kolbe, ofreciéndose a morir en vez de un padre de familia? ¿O la vida de olvido de sí de una Madre Teresa de Calcuta, con tal de hacer que los pobres de las calles no murieran como perros, sino con la certeza de que alguien los había amado? ¿Cómo entender cuando un hombre o una mujer abandonan una vida de comodidad y de holgura, para irse a recorrer mundo dando a conocer a los hermanos amados el amor que Jesús les tiene? Los hombres somos capaces de obras maravillosas y heroicas cuando nos dejamos conducir por ese amor perfecto, y dejamos que nuestra "imagen y semejanza" de Dios en nosotros se manifieste plena y libremente. Y no hay en esos que aman así absolutamente ninguna frustración, pues no buscan nada sino sólo dar rienda suelta al amor que viven...
En el hombre existe otro amor, menos perfecto, que es el amor de concupiscencia. No es que sea malo, sino menos perfecto. Es también natural, y exige, en cierto modo, una compensación. Es el que hace sentir una especie de "propiedad" sobre el objeto amado.Y para sentirse satisfecho exige alguna respuesta. En los esposos se da el modelo perfecto de ambos amores... El esposo y la esposa se mueven, principalmente, por el amor de benevolencia. Se ama al otro por lo que es, y se está dispuesto a querer el bien suyo siempre. Por eso se es capaz de sacrificar los propios gustos, los propios criterios, a ceder en las propias pretensiones... Pero junto a eso, se espera que el otro esté también dispuesto a ello. Se desea que en el otro este amor de benevolencia también esté activo, con lo cual se da una mezcla del amor de benevolencia y el de concupiscencia. Se ama en cuanto el otro representa un bien para quien ama, por el beneficio que produce, por las satisfacciones que pueda dar... Muchas veces, los esposos fracasan porque han dejado que el amor de concupiscencia derrote al de benevolencia. Sufren grandes frustraciones al no recibir aquello sobre lo cual se han creado muchas expectativas...
En el camino de la perfección cristiana, Jesús nos invita a vivir el amor de benevolencia a tope... Al decirnos: "Cuando des un banquete invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte...", nos está diciendo que nuestra felicidad plena no estará jamás en recibir la compensación de lo que hemos dado, sino precisamente en lo contrario. Estará en el no recibir nada a cambio, sino sólo en la satisfacción de ser movidos por el amor a los más débiles, a los pobres, a los humildes y sencillos. En ellos está Él presente, y al hacerle un bien a cualquiera de ellos, se lo estamos haciendo directamente a Jesús. No se trata de "pagar" nada, sino de saber que al no esperar nada, estoy haciendo lo que el mejor amor puede hacer: simple y llanamente el bien al otro, al que se ama, al que más lo necesita, al que tiene representación directa de Jesús...
En el puro amor de benevolencia está basada la más pura vida cristiana. Por ese amor se valora lo que es el otro, se busca siempre el bien de los hermanos, se está dispuesto a entregarse por ellos, a darle el tesoro que se lleva dentro. Es el amor que Jesús vivió y manifestó plenamente por nosotros, que no nos exige nada a cambio... Si Jesús sólo hubiera esperado nuestra respuesta de amor, seguramente no hubiera llegado al extremo que llegó. Pero como su satisfacción era hacer lo que tenía que hacer por el hombre, porque lo amó infinitamente, y lo ama siempre así, hizo lo que hizo. En cierta manera, Jesús nos está diciendo con su modelo lo que todos debemos hacer. Si lo hiciéramos todos, si nos decidiéramos a hacerlo así, el mundo sería un lugar muy distinto al que es hoy. Por no haberlo hecho, impera la búsqueda de los beneficios personales, sacar provecho de todo sin importar el otro, la búsqueda de la imposición de los proprios criterios o modelos... Basta con que experimentemos lo sublime que es querer siempre hacer feliz al otro, buscando su bien sin esperar nada a cambio, para darnos cuenta de dónde está la verdadera felicidad, la más plena, la perfecta... Y experimentándolo, no habrá obstáculos que nos impidan avanzar en ese camino de plenitud. Todo obstáculo será pequeño. Y siempre será sorteado. Ser felices así es el verdadero camino para alcanzar el sentido pleno de la vida...
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domingo, 3 de noviembre de 2013
Lo perdonas todo, porque todo lo puedes
En general, cuando hablamos de perdón, el común de la gente lo categoriza como un gesto que se basa solo en un acto entrañable, sentimental, que se concede en una especie de "debilidad" no necesariamente negativa, sino alcanzada en el corazón de quien perdona por un acto de misericordia movido por no hacer simplemente lo que la justicia exigiría...
El perdón es, sin duda, un acto del amor. Jamás perdonará quien no ama. El que no ama lo máximo que puede tener es una compasión "generosa" que se basaría sólo en no dejar que el poder que posee "aplaste" al penitente. Es casi un gesto que hay que agradecer, pues no se habría aplicado la justicia que arrasaría al que hubiera cometido un delito...
Ambos movimientos, el del perdón sólo sentimental y el del perdón sólo como concesión de dominio del propio poder, son, sin duda, componentes del perdón en general. Quien perdona, o se deja llevar por un sentimiento de afecto profundo hacia el penitente o deja a un lado las implicaciones que hubiera tenido la falta cometida, dejando a un lado la aplicación del poder para aplicar el castigo merecido...
En Dios, estos movimientos existen, pero en un sentido muy diverso a esta aplicación lógica del razonamiento humano... El perdón que Dios aplica se basa, sí, en un movimiento de su afecto profundo por sus criaturas predilectas. Ese afecto es el amor más alto y puro que se pueda uno imaginar. Se trata de estar incrustados en el corazón de Dios tan profundamente, que al haber sido creados hemos quedado allí establecidos para siempre. Él es el amigo más íntimo del hombre, que lo ha creado, lo sostiene, lo protege, lo anima, lo ilusiona, lo guía y lo espera para tenerlo eternamente con Él... De tal manera es ese amor de Dios por el hombre, que el profeta para ejemplarizarlo usa el modelo de la madre que nunca dejará de cuidar a su hijo pequeño: "¿Es que acaso puede una madre olvidarse de su niño de pecho? Pues, aunque ella se olvidara, Yo jamás te olvidaré". Estamos tatuados en las palmas de las manos de Dios, por lo cual nunca dejaremos de estar delante de Él.
También el movimiento de dominio de su propio poder es característico del perdón que Dios concede. Muchas veces en las Escrituras hemos leído cómo Dios ha dominado su ira, ha frenado su deseo de venganza, ha dejado sin efecto el castigo que se merece una infidelidad, simplemente dominando su poder. Si Él dejara que ese poder se manifestara plenamente, muchas veces los hombres habríamos sufrido verdaderas tragedias. Ciertamente es una manera muy "humanizada" de describir a Dios, dejándose llevar fácilmente por pasiones que son típicamente humanas, no divinas. Lo que los autores quieren destacar en este sentido es que Dios no hubiese cometido ninguna injusticia si hubiera dejado andar un escarmiento que educara a quien ha cometido la falta...
Pero lo más grande que existe en el perdón de Dios, lo que es más de destacar, se puede describir con esta frase: "Te compadeces de todos, porque todo lo puedes... Amigo de la vida"... Es la descripción perfecta del perdón que Dios da... Dios ama todo lo que ha creado. "Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho". Si Dios hubiera odiado algo, no lo habría creado. Al existir todo lo que existe, se da la demostración más evidente del amor de Dios. Y ese amor, por supuesto, es mayor por aquel al que le ha concedido la libertad incluso de ponerse de espaldas a Él... El perdón no es, por lo tanto, una demostración de una "debilidad" de Dios, sino una consecuencia lógica de ese amor preferencial por quien está en el escalón más alto de su amor, el hombre, hecho a su imagen y semejanza, partícipe de su naturaleza espiritual, capaz de amar como Él, libre plenamente... Dios es amigo de la vida: "A todos perdonas porque son tuyos, amigo de la vida". Al haber vida, hay frescura, hay lozanía. Y esa frescura y lozanía se basan en la relación de armonía que existe entre Dios y lo creado. Dios quiere mantener siempre ese clima, y por eso, pone el remedio para que así sea. La ausencia de perdón en Dios pondría en la creación un clima de pesadez, de tinieblas, que en nada hablaría de esa belleza de la vida que debe haber...
Y aún más... El perdón en Dios no es sólo movimiento natural y consecuencia de su amor por el hombre, sino clara demostración de su poder... Si, como hemos dicho, algunos pueden entender el perdón como una manera de "dominar" el propio poder para no dar el castigo merecido, en una especie de concesión graciosa de quien lo tiene, en Dios se da la paradoja de que el perdón lo da precisamente porque es infinitamente poderoso. Dios no "domina" su poder para poder perdonar, sino que deja que su poder se exprese plenamente cuando perdona. Perdona porque es infinitamente poderoso. El perdón es algo natural del Todopoderoso... Y es que amor y poder en Dios no pueden estar desvinculados. Por amor, el Todopoderoso pudo crear todo lo que existe, colocando en el centro al hombre. Por su infinito poder, Dios-Amor es capaz de sostener en Él, en su providencia eterna, en su protección continua, todo lo que ha creado, en primer lugar, al hombre, objeto de todas sus complacencias...
En efecto, el que Dios sea infinitamente poderoso y se describa en lo que su esencia más profunda, el amor, es lo mejor que podemos tener los hombres a nuestro favor... Porque nos ama, nos perdonará siempre... Y porque es todopoderoso, jamás dejará de perdonarnos. Su amor todopoderoso es una fuerza en favor del hombre. Ama la vida, ama al hombre, y por eso perdona sus faltas, esperando siempre su conversión y su acercamiento, para que definitivamente llegue a habitar en su corazón, el sitio que le tiene reservado desde la eternidad... Es todopoderoso, y por eso siempre tendrá a la mano el remedio que se necesite para enderezar los entuertos que el mismo hombre ponga en su vida, sin impedir nunca que ese poder infinito se exprese... Nos ama y por eso nos perdona siempre y enfrenta cualquier fuerza negativa. Es poderoso y por eso nos perdona reparando los daños que causamos... Lo mejor que nos puede haber pasado es haber sido creados en el amor. Haber sido creados por el que es infinitamente poderoso. Nos ama y tiene todo el poder. Nos perdona y nunca dejará de expresar su amor y su poder a favor nuestro...
El perdón es, sin duda, un acto del amor. Jamás perdonará quien no ama. El que no ama lo máximo que puede tener es una compasión "generosa" que se basaría sólo en no dejar que el poder que posee "aplaste" al penitente. Es casi un gesto que hay que agradecer, pues no se habría aplicado la justicia que arrasaría al que hubiera cometido un delito...
Ambos movimientos, el del perdón sólo sentimental y el del perdón sólo como concesión de dominio del propio poder, son, sin duda, componentes del perdón en general. Quien perdona, o se deja llevar por un sentimiento de afecto profundo hacia el penitente o deja a un lado las implicaciones que hubiera tenido la falta cometida, dejando a un lado la aplicación del poder para aplicar el castigo merecido...
En Dios, estos movimientos existen, pero en un sentido muy diverso a esta aplicación lógica del razonamiento humano... El perdón que Dios aplica se basa, sí, en un movimiento de su afecto profundo por sus criaturas predilectas. Ese afecto es el amor más alto y puro que se pueda uno imaginar. Se trata de estar incrustados en el corazón de Dios tan profundamente, que al haber sido creados hemos quedado allí establecidos para siempre. Él es el amigo más íntimo del hombre, que lo ha creado, lo sostiene, lo protege, lo anima, lo ilusiona, lo guía y lo espera para tenerlo eternamente con Él... De tal manera es ese amor de Dios por el hombre, que el profeta para ejemplarizarlo usa el modelo de la madre que nunca dejará de cuidar a su hijo pequeño: "¿Es que acaso puede una madre olvidarse de su niño de pecho? Pues, aunque ella se olvidara, Yo jamás te olvidaré". Estamos tatuados en las palmas de las manos de Dios, por lo cual nunca dejaremos de estar delante de Él.
También el movimiento de dominio de su propio poder es característico del perdón que Dios concede. Muchas veces en las Escrituras hemos leído cómo Dios ha dominado su ira, ha frenado su deseo de venganza, ha dejado sin efecto el castigo que se merece una infidelidad, simplemente dominando su poder. Si Él dejara que ese poder se manifestara plenamente, muchas veces los hombres habríamos sufrido verdaderas tragedias. Ciertamente es una manera muy "humanizada" de describir a Dios, dejándose llevar fácilmente por pasiones que son típicamente humanas, no divinas. Lo que los autores quieren destacar en este sentido es que Dios no hubiese cometido ninguna injusticia si hubiera dejado andar un escarmiento que educara a quien ha cometido la falta...
Pero lo más grande que existe en el perdón de Dios, lo que es más de destacar, se puede describir con esta frase: "Te compadeces de todos, porque todo lo puedes... Amigo de la vida"... Es la descripción perfecta del perdón que Dios da... Dios ama todo lo que ha creado. "Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho". Si Dios hubiera odiado algo, no lo habría creado. Al existir todo lo que existe, se da la demostración más evidente del amor de Dios. Y ese amor, por supuesto, es mayor por aquel al que le ha concedido la libertad incluso de ponerse de espaldas a Él... El perdón no es, por lo tanto, una demostración de una "debilidad" de Dios, sino una consecuencia lógica de ese amor preferencial por quien está en el escalón más alto de su amor, el hombre, hecho a su imagen y semejanza, partícipe de su naturaleza espiritual, capaz de amar como Él, libre plenamente... Dios es amigo de la vida: "A todos perdonas porque son tuyos, amigo de la vida". Al haber vida, hay frescura, hay lozanía. Y esa frescura y lozanía se basan en la relación de armonía que existe entre Dios y lo creado. Dios quiere mantener siempre ese clima, y por eso, pone el remedio para que así sea. La ausencia de perdón en Dios pondría en la creación un clima de pesadez, de tinieblas, que en nada hablaría de esa belleza de la vida que debe haber...
Y aún más... El perdón en Dios no es sólo movimiento natural y consecuencia de su amor por el hombre, sino clara demostración de su poder... Si, como hemos dicho, algunos pueden entender el perdón como una manera de "dominar" el propio poder para no dar el castigo merecido, en una especie de concesión graciosa de quien lo tiene, en Dios se da la paradoja de que el perdón lo da precisamente porque es infinitamente poderoso. Dios no "domina" su poder para poder perdonar, sino que deja que su poder se exprese plenamente cuando perdona. Perdona porque es infinitamente poderoso. El perdón es algo natural del Todopoderoso... Y es que amor y poder en Dios no pueden estar desvinculados. Por amor, el Todopoderoso pudo crear todo lo que existe, colocando en el centro al hombre. Por su infinito poder, Dios-Amor es capaz de sostener en Él, en su providencia eterna, en su protección continua, todo lo que ha creado, en primer lugar, al hombre, objeto de todas sus complacencias...
En efecto, el que Dios sea infinitamente poderoso y se describa en lo que su esencia más profunda, el amor, es lo mejor que podemos tener los hombres a nuestro favor... Porque nos ama, nos perdonará siempre... Y porque es todopoderoso, jamás dejará de perdonarnos. Su amor todopoderoso es una fuerza en favor del hombre. Ama la vida, ama al hombre, y por eso perdona sus faltas, esperando siempre su conversión y su acercamiento, para que definitivamente llegue a habitar en su corazón, el sitio que le tiene reservado desde la eternidad... Es todopoderoso, y por eso siempre tendrá a la mano el remedio que se necesite para enderezar los entuertos que el mismo hombre ponga en su vida, sin impedir nunca que ese poder infinito se exprese... Nos ama y por eso nos perdona siempre y enfrenta cualquier fuerza negativa. Es poderoso y por eso nos perdona reparando los daños que causamos... Lo mejor que nos puede haber pasado es haber sido creados en el amor. Haber sido creados por el que es infinitamente poderoso. Nos ama y tiene todo el poder. Nos perdona y nunca dejará de expresar su amor y su poder a favor nuestro...
sábado, 2 de noviembre de 2013
Próxima Estación: La Vida
No son compartimientos absolutamente independientes, sin relación. Entre los tres niveles de Iglesia hay una comunicación continua, que conocemos como "Comunión de los Santos", que es una estrecha ligazón en la cual nos mantenemos en un contacto íntimo, querido expresamente por Dios, y que da la sensación de no estar solos. Todos tenemos que ver con todos y nos apoyamos en las oraciones, en las inspiraciones, en la inyección de ilusión y de esperanza. Los santos oran continuamente por nosotros delante del Padre y de Jesús. Jesús, como único intercesor, presenta las oraciones de los santos al Padre, como es natural, pues no se puede desentender, ni Él ni todos los santos, de aquellos que aún están a la espera de entrar en la gloria ni de aquellos que aún están el lucha cotidiana de la vida terrena...Los Difuntos que están en el Purgatorio, al ser almas justificadas que están a la espera de la entrada definitiva al cielo del amor, también hacen sus oraciones pos nosotros, nos cuidan y nos protegen, y al mismo tiempo, son objeto de nuestras oraciones, que sirven de sufragios ante Dios para que su tiempo de purificación sea más corto...Y nosotros, los vivos, sentimos el apoyo, la protección, el modelaje de quienes ya están disfrutando del abrazo amoroso y eterno del Dios de la Misericordia, principalmente en Jesús y su Madre María, y de todos los santos, que de alguna manera nos dicen que sí es posible hacer una andadura que tiene el final feliz que todos añoramos. Y hacemos oraciones continuas por todos los que ya han muerto y están a la espera de su paso glorioso, apoteósico, a la gloria celestial, para que el Señor reduzca ese tiempo, e igualmente nos confiamos a sus oraciones por nosotros, pues habiendo ellos vivido lo mismo que nosotros, saben bien cuáles son los avatares por los cuales todos transcurrimos...
Ese tiempo intermedio, el de purificación, el del Purgatorio, es el que se nos pone a la vista en el día de los Fieles Difuntos. ¿Quiénes son ellos? Ya hemos dicho que son los que están a la espera de cumplir su limpieza para entrar ya sin mancha alguna, a la presencia absolutamente entrañable y compensadora del Dios del amor. Han fallecido -a esta vida- justificados, es decir, sin pecados graves que puedan haber sido anotados a una cuenta pendiente. Pero sí han sido, como cualquier humano, pecadores. Su vida ha transcurrido en la confianza en Dios, en su amor y su perdón, sabiendo que es infinitamente misericordioso. Al fin, sabemos muy bien que el santo no es el que no peca, sino el que habiendo pecado, ha reconocido su falta y se ha colocado en las manos amorosas del Dios de la misericordia y del perdón, que es quien puede arreglar todos los entuertos... Entre aquellos pecados que hemos cometido y que han sido perdonados, seguramente ha habido algunos que han tenido consecuencias, más o menos graves, y que han dañado a terceros. En el perdón sacramental de la confesión, se perdona el pecado, pero no se pueden reparar sus consecuencias. El daño queda. Es ese daño el que hay que, de alguna manera, "purificar". Es lo que los teólogos llaman "el reato de culpa". Es decir, aun cuando se ha perdonado el pecado, la culpa imputada por el daño cometido permanece...
Aun cuando esto suene algo indeseable, no es, en absoluto pesimista o fatal... Quien ha cometido un pecado y se ha arrepentido de él, buscando el perdón sacramental en la confesión, añora también que el daño causado sea borrado. Y al colocarse en las manos del Dios infinitamente misericordioso e infinitamente poderoso, se confía en que Dios sabrá cómo hacer la satisfacción. Esto es, por lo tanto, más bien una experiencia que llena de esperanza, pues pone en Dios una solución que no está en nuestras manos, y que Él asume amorosamente. En sus misteriosos designios, sabrá perfectamente qué hacer. Y eso nos llena de esperanzas...
Los Fieles Difuntos han confiado en la infinita misericordia de Dios y en su poder. Están en esa última estación del tren de la vida, a la espera que se les llame para recorrer el tramo hacia la eternidad feliz junto al Padre. Es, sin duda, tiempo de espera, por lo tanto no es de plenitud. Pero es tiempo de la más sólida esperanza, pues no se está más que seguro de que el último paso vendrá. De que todo lo que se ha vivido será compensado con el abrazo eterno de amor que se tendrá junto al Padre.
Hay quien se me ha acercado a manifestar un temor reverencial a la muerte. Ante la posibilidad, lejana o cercana, de morir, afirman que tienen algún temor, pues no saben qué les espera. Yo les digo a todos: La muerte no es más que la continuación de la vida. Es una paso más, pues el cristiano no muere. El cristiano se eleva a una condición de vida más plena. Y si tiene que pasar por el Purgatorio, está, no en una etapa de sufrimiento, sino de espera. Rechazo totalmente algunas visiones que han tenido algunos que hacen percibir el Purgatorio como un sitio de sufrimiento casi infernal... Y lo rechazo porque no me cabe en la cabeza que quien está a un paso de la felicidad eterna sea sometido por Dios a sufrimientos. Una cosa es deber purificar el daño por el pecado del cual ya se ha recibido el perdón, y otra muy distinta tener que sufrir infernalmente por eso... Dios es un Dios de misericordia, no de venganza. La justicia en Dios no es como la humana. La misericordia de Dios es superior a la justicia. Morir, por lo tanto, habiendo confiado en el amor infinito y piadoso de Dios, no puede ser sino una experiencia de encuentro con ese amor. Quien ha vivido en esa esperanza, jamás podrá quedar defraudado...
Pasar de este mundo es eso, un paso. No es tormentoso. No puede serlo jamás. Haber confiado en Dios, abandonándose a su perdón por haber cometido faltas, no puede quedar sin recompensa. Para quien vive en esta convicción, la muerte debe ser, más bien, una añoranza. Morir será seguir viviendo. Y de una manera más plena, pues ya nada podrá apartar de la vivencia del amor en Jesús, que murió para que tuviéramos la vida eterna...
viernes, 1 de noviembre de 2013
Eternamente felices
Nuestra vida no es más que un peregrinar hacia la casa del Padre. Dios nos ha creado con la idea de que hagamos un recorrido, partiendo desde Él mismo, sosteniéndonos en Él, para llegar a Él... En ese transcurrir, todo podrá ser riquezas, compensaciones, dones. O, por el contrario, todo podrá ser frustraciones, dolores, tristezas... Lo mejor de todo es que esa alternativa está en nuestras manos. Somos nosotros los que las procuramos. O decidimos ser felices, apuntando a la felicidad eterna, o decidimos ignorar esa meta, y creemos que podemos lograrla con nuestras solas fuerzas, excluyendo a Dios de todo el itinerario...
Cuando se habla de la felicidad en Dios, no estamos hablando sólo de las alegrías que podremos vivir en lo cotidiano. Ellas están incluidas, pero la felicidad va más allá. Porque esta felicidad es un estado inmutable, que se sostiene incluso en medio de cualquier dificultad. Se basa, fundamentalmente, en la conciencia clara de la fidelidad de Dios por encima de todo, de su amor, de su auxilio, de su consuelo. Esa que da el saberse jamás abandonado por Él. Es la que le da sentido a todo. De lo contrario, no tendría lógica el programa que propone Jesús a sus discípulos, las Bienaventuranzas... Es difícil entenderlo, si no se está en el ámbito de la fidelidad divina. ¿Cómo aceptar que se puede ser dichoso, bienaventurado, en el dolor, en el sufrimiento, en la pobreza, en la persecución, en las lágrimas, en el hambre, en la sed? Tiene que haber algo que lo haga tener sentido. Jesús no puede engañarnos, pues quien se entregó por amor a nosotros, demostrándonos que ese amor ha sido el más verdadero que nadie ha sentido por nosotros, no puede venir a pretender engañarnos con palabras bonitas. Es necesario que entendamos que esas palabras tienen un sustento sólido y lógico...
Y hablamos de la fidelidad de Dios. Él nos ha creado y nos ha puesto en el mundo para que caminemos sólidamente en Él y teniendo siempre en el día a día su presencia providente. No hay un solo segundo en nuestras vidas en el que no podamos echar mano de su amor, de su consuelo, de su apoyo.Y, por eso, sabiendo que en medio de cualquiera de las dificultades que podamos vivir, podemos saber que habrá siempre la mano consoladora. Jesús no nos promete eliminar el dolor, el sufrimiento de nuestras vidas. Lo que nos promete es que en medio de ellas siempre estará Él como mano que se tiende para servir de consuelo y de apoyo. Tenemos un piso sólido en el que fundarnos para que no seamos destruidos en la tragedia. Y no existe fundamento más sólido que el suyo... Alguno podrá pensar por qué no mejor nos evita todo sufrimiento. No es propio de la mejor pedagogía hacerlo... Los padres saben muy bien que para los hijos crezcan con carácter, sean sólidos para el futuro, adquieran la madurez necesaria para enfrentar lo duro de la vida futura, es excelente que tengan que enfrentrarse a situaciones límite. Están siempre allí para ser apoyo, pero saben muy bien que no deben resolverle todos los problemas a los hijos. Eso, aunque los amen mucho, no les haría ningún bien... Y Dios es el mejor Padre que existe...
Valoramos mucho más lo que ganamos por nuestras propias fuerzas. Estamos más seguros del amor cuando constatamos todo lo que lo ha probado y aún así se mantiene. Sabemos vivir mejor sabiendo que en medio de todo sigue estando Dios en la base, sosteniéndonos, salvándonos, amándonos, entregándose por nosotros... Por eso, el camino de la santidad tiene sentido. Es un camino de abandono en la plena convicción del amor y de la fidelidad de Dios, por encima de todo. Incluso por encima del pecado que cometemos, pues el mismo Dios, a la ofensa contra Él, coloca el remedio. El ofendido, hace que la ofensa sea superada en el amor y en el perdón, cuando hay arrepentimiento...
Es el sentido que han encontrado los santos... Los innumerables personajes que se nos han adelantado en este caminar, nos enseñan que sí es posible vivir ene esa convicción de amor. Imaginemos la inmensa cantidad de mártires, de confesores, de vírgenes, de laicos, que ya están en medio de ese coro celestial cantando la gloria de Dios y contemplándola cara a cara... No han sido distintos ellos a nosotros. Han vivido una vida igual que la nuestra, sólo que en la convicción fija e inmutable de que Dios los amaba infinitamente. No son santos porque hayan hecho maravillas. La única maravilla que han hecho la podemos hacer tú y yo: Amar. Dejarse amar. Vivir en el amor...
Por eso, cada uno puede ser santo ya... Es simple. Sólo vivir en el amor, avanzar hacia él resueltamente. No hay mejor camino que ese. Así se cumplirá perfectamente el plan de las Bienaventuranzas en nosotros. Recibiremos al final -¡que más bien será el principio!- la plena compensación, la de la eternidad en Dios y en su amor. Y encontraremos sentido a todo, pues en Dios todo será comprendido y explicado. No hay otro camino para la plenitud...
Así que estamos llamados a ser Santa Ama de Casa, San Portero, San Obrero, San Oficinista, San Esposo, Santa Esposa, San Papá, Santa Mamá, San Hijo, San Estudiante... No es difícil lograrlo, pues solo requiere vivir en la fidelidad de Dios y en su amor, y hacerse instrumento de eso para todos los hermanos... Cada uno tiene una tarea que cumplir. Y en el cumplimiento de ella estará la verdadera felicidad, la que no cambia, la que no se inmuta, la que llena plenamente, la que sostiene en todas las circunstancias. Esa es la santidad que Dios quiere que vivamos, para llegar a estar eternamente delante de Él, recibiendo la compensación inimaginable de su eterno amor...
Cuando se habla de la felicidad en Dios, no estamos hablando sólo de las alegrías que podremos vivir en lo cotidiano. Ellas están incluidas, pero la felicidad va más allá. Porque esta felicidad es un estado inmutable, que se sostiene incluso en medio de cualquier dificultad. Se basa, fundamentalmente, en la conciencia clara de la fidelidad de Dios por encima de todo, de su amor, de su auxilio, de su consuelo. Esa que da el saberse jamás abandonado por Él. Es la que le da sentido a todo. De lo contrario, no tendría lógica el programa que propone Jesús a sus discípulos, las Bienaventuranzas... Es difícil entenderlo, si no se está en el ámbito de la fidelidad divina. ¿Cómo aceptar que se puede ser dichoso, bienaventurado, en el dolor, en el sufrimiento, en la pobreza, en la persecución, en las lágrimas, en el hambre, en la sed? Tiene que haber algo que lo haga tener sentido. Jesús no puede engañarnos, pues quien se entregó por amor a nosotros, demostrándonos que ese amor ha sido el más verdadero que nadie ha sentido por nosotros, no puede venir a pretender engañarnos con palabras bonitas. Es necesario que entendamos que esas palabras tienen un sustento sólido y lógico...
Y hablamos de la fidelidad de Dios. Él nos ha creado y nos ha puesto en el mundo para que caminemos sólidamente en Él y teniendo siempre en el día a día su presencia providente. No hay un solo segundo en nuestras vidas en el que no podamos echar mano de su amor, de su consuelo, de su apoyo.Y, por eso, sabiendo que en medio de cualquiera de las dificultades que podamos vivir, podemos saber que habrá siempre la mano consoladora. Jesús no nos promete eliminar el dolor, el sufrimiento de nuestras vidas. Lo que nos promete es que en medio de ellas siempre estará Él como mano que se tiende para servir de consuelo y de apoyo. Tenemos un piso sólido en el que fundarnos para que no seamos destruidos en la tragedia. Y no existe fundamento más sólido que el suyo... Alguno podrá pensar por qué no mejor nos evita todo sufrimiento. No es propio de la mejor pedagogía hacerlo... Los padres saben muy bien que para los hijos crezcan con carácter, sean sólidos para el futuro, adquieran la madurez necesaria para enfrentar lo duro de la vida futura, es excelente que tengan que enfrentrarse a situaciones límite. Están siempre allí para ser apoyo, pero saben muy bien que no deben resolverle todos los problemas a los hijos. Eso, aunque los amen mucho, no les haría ningún bien... Y Dios es el mejor Padre que existe...
Valoramos mucho más lo que ganamos por nuestras propias fuerzas. Estamos más seguros del amor cuando constatamos todo lo que lo ha probado y aún así se mantiene. Sabemos vivir mejor sabiendo que en medio de todo sigue estando Dios en la base, sosteniéndonos, salvándonos, amándonos, entregándose por nosotros... Por eso, el camino de la santidad tiene sentido. Es un camino de abandono en la plena convicción del amor y de la fidelidad de Dios, por encima de todo. Incluso por encima del pecado que cometemos, pues el mismo Dios, a la ofensa contra Él, coloca el remedio. El ofendido, hace que la ofensa sea superada en el amor y en el perdón, cuando hay arrepentimiento...
Es el sentido que han encontrado los santos... Los innumerables personajes que se nos han adelantado en este caminar, nos enseñan que sí es posible vivir ene esa convicción de amor. Imaginemos la inmensa cantidad de mártires, de confesores, de vírgenes, de laicos, que ya están en medio de ese coro celestial cantando la gloria de Dios y contemplándola cara a cara... No han sido distintos ellos a nosotros. Han vivido una vida igual que la nuestra, sólo que en la convicción fija e inmutable de que Dios los amaba infinitamente. No son santos porque hayan hecho maravillas. La única maravilla que han hecho la podemos hacer tú y yo: Amar. Dejarse amar. Vivir en el amor...
Por eso, cada uno puede ser santo ya... Es simple. Sólo vivir en el amor, avanzar hacia él resueltamente. No hay mejor camino que ese. Así se cumplirá perfectamente el plan de las Bienaventuranzas en nosotros. Recibiremos al final -¡que más bien será el principio!- la plena compensación, la de la eternidad en Dios y en su amor. Y encontraremos sentido a todo, pues en Dios todo será comprendido y explicado. No hay otro camino para la plenitud...
Así que estamos llamados a ser Santa Ama de Casa, San Portero, San Obrero, San Oficinista, San Esposo, Santa Esposa, San Papá, Santa Mamá, San Hijo, San Estudiante... No es difícil lograrlo, pues solo requiere vivir en la fidelidad de Dios y en su amor, y hacerse instrumento de eso para todos los hermanos... Cada uno tiene una tarea que cumplir. Y en el cumplimiento de ella estará la verdadera felicidad, la que no cambia, la que no se inmuta, la que llena plenamente, la que sostiene en todas las circunstancias. Esa es la santidad que Dios quiere que vivamos, para llegar a estar eternamente delante de Él, recibiendo la compensación inimaginable de su eterno amor...
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