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lunes, 30 de marzo de 2020

El amor nunca pierde, porque Dios nunca pierde

SALVASTE LA MUJER ADÚLTERA JESÚS? « EL BLOG DE CARLOS FERRERAS

La maldad, sin duda, tiene sus triunfos. Y los buenos sufren mucho por ello. Hay quien se rebela ante Dios, pues considera que Él no debería permitirlo. ¿Cómo es posible que triunfe el mal? ¿Por qué los malos ganan y a ellos no les pasa nada malo? ¿Cómo es posible que Dios permita que los malos acumulen cada vez más poder y obtengan cada vez más triunfos, y que no haya nunca un buen escarmiento para su mala conducta? Son inquietudes muy razonables para las que no hay respuesta sencilla. En primer lugar, debemos siempre asumir la diferencia entre los caminos de Dios y los de los hombres: "Porque mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos son mis caminos - oráculo de Yahveh -". Para nosotros, lo lógico sería que Dios encendiera su ira contra los malos y los anulara totalmente, que los eliminara del mundo y dejara reinando solo el bien y quienes le sirvan. Dios no actúa así, pues ante todo es Padre y espera de sus hijos siempre lo mejor. Ofrece siempre nuevas oportunidades de conversión, pues Él "es lento a la ira y rico en clemencia", con todos, incluso con los malos. Esta paciencia y clemencia de Dios es también nuestra, por cuanto también nosotros, no solo los malos, imploramos de Dios su misericordia por nuestras faltas. Dios no puede parcelar su amor, su ternura, su misericordia. Todos hemos surgido de sus manos y a todos nos ama con amor eterno e infinito. En segundo lugar, debemos entender que Dios nos creó libres, y que su actuación unilateral, por encima de esa misma libertad que nos ha concedido, sería ir contra su propio designio al concedernos inteligencia y voluntad para poder actuar libremente. Cuando Dios nos creó, "a su imagen y semejanza", entre todos los beneficios con los cuales nos enriqueció y que eran prerrogativas únicamente suyas, nos regaló la libertad. Somos infinitamente libres como Dios, y podemos usar de esa libertad tal como Él usa de la suya. Evidentemente, en ese uso de nuestra libertad podemos ir por caminos correctos y justos, haciéndonos cada vez más libres en su ejercicio ideal. Pero existe el riesgo de que también podamos usarla equivocadamente, por caminos que nos harán perderla, terminando en la esclavitud que Dios de ninguna manera quiere para nosotros, pues "para vivir en libertad nos liberó Cristo". En tercer lugar, no es cierto que Dios no actúe contra la maldad. La verdad es que no actúa cuando nosotros queremos que actúe, sino cuando Él considera que es el momento de hacerlo. En su misterio profundo e infinito, incomprensible del todo, debemos pensar que es un Dios de amor que quiere que de todo lo que nos sucede podamos nosotros sacar enseñanzas, o podamos hacer ofrenda para nuestra propia purificación, o para la purificación de los nuestros. Quien sufre el mal en su ser puede identificarse con el Jesús sufriente y unirse a Él en la cruz, logrando con eso que sus propios dolores, unidos a los de Jesús se conviertan en dolores redentores. Los dolores personales junto a los de Cristo se convierten en un verdadero tesoro en nuestras manos. No significa que no los sentiremos o que no la pasaremos mal, sino que les daremos pleno sentido y los convertiremos en aquel tesoro escondido o aquella perla preciosa del Evangelio.

Esta actuación de Dios la podemos descubrir en la defensa que hace de Susana ante aquellos dos ancianos jueces lujuriosos que quisieron abusar de ella y al no lograrlo, le levantaron una acusación falsa para asesinarla. Susana era muy bella y atractiva, era pura y casta, fiel a su esposo y temerosa de Dios. Era impensable que pudiera vivir un episodio como ese del que se le acusaba. Pero aquellos dos eran jueces famosos, sin duda deshonestos, pero siempre habían logrado salir airosos en sus montajes. Pensaron que podían salir también airosos contra Susana, y casi lo logran, pues la decisión del tribunal fue la muerte de Susana. Ella no tenía ninguna defensa contra la palabra de aquellos dos. Pero es Dios mismo, nada más y nada menos, quien sale en su defensa. Aquellos dos viejos hicieron el mal toda su vida. Y tuvieron triunfos, uno tras otro, por lo que se cimentaban cada vez más sólidamente en su maldad. Ante esto cabe la pregunta: ¿Hasta cuándo ganará el mal de estos dos? Y Dios dio la respuesta. Cuando quisieron pasar por encima de la honestidad y la pureza de Susana y procurar su muerte, quisieron traspasar una línea demasiado sensible. Dios hizo surgir su voz en un niño: "Dios suscitó el espíritu santo en un muchacho llamado Daniel; y este dio una gran voz: 'Yo soy inocente de la sangre de esta'". Y a través de Daniel puso en evidencia a aquellos viejos y cambió radicalmente la suerte de Susana. Fueron los ancianos los condenados a la pena que ellos propusieron para Susana. "Toda la asamblea se puso a gritar bendiciendo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra los dos ancianos, a quienes Daniel había dejado convictos de falso testimonio por su propia confesión, e hicieron con ellos lo mismo que ellos habían tramado contra el prójimo. Les aplicaron la ley de Moisés y los ajusticiaron. Aquel día se salvó una vida inocente". Ante la inocencia de Susana, Dios actuó contra la maldad de los dos ancianos. La inocencia vence. No es la maldad la que tiene la última palabra delante de Dios.

Situación similar vive Jesús, cuando le es presentada una mujer que ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Aunque es similar, tiene diferencias sustanciales. La maldad aquí no solo la ejercen quienes la acusan y quieren matarla apedreada, como mandaba la ley de Moisés, sino que habita en ella misma. Realmente ella estaba cometiendo un pecado gravísimo, por cuanto estaba siendo infiel a su esposo. No es inocente, como sí lo era Susana. Pero tenía a su favor el reconocer su falta y abandonarse con humildad y confianza a los pies de Aquel que podía remediar sus males. No era una mujer mala, sino una mujer buena que había hecho algo malo. Por eso de Jesús no brota ni siquiera una reprimenda, sino solo una mirada amorosa y compasiva, que la invitaba a la conversión y a levantarse de nuevo con la frente en alto, sin sentirse en humillación o exclusión. Jesús se interpone entre ella y quienes quieren condenarla para decirle a todos que ninguno se puede considerar mejor que ella, por cuanto todos son pecadores y todos, también ellos, necesitan de la misericordia de Dios. Jesús se interpone entre la maldad y el arrepentimiento. ¿A cuántas mujeres habrán apedreado estos guardianes de la ley? Pero aparece Jesús, el guardián del amor y de la misericordia de Dios y les enseña un camino diverso y más lleno de ternura con el hombre. Es el camino de la paciencia, del perdón, de la piedad, de la misericordia. Es el camino que eleva al hombre y no lo deja pisoteado tirado en el piso. Es el camino que invita a levantar la frente pues nadie es menos que nadie y delante de Dios solo debemos presentar nuestro corazón humillado y arrepentido, que quiere ser hecho de nuevo en el perdón y en el amor. Por supuesto que Dios actúa contra los malos. Sale en defensa de los inocentes, como Susana, y de los arrepentidos, como la mujer adúltera. E incluso, quiere a esos malos convertidos a su amor, los quiere suyos, para ganarlos para el bien y que sean ya no instrumentos de maldad, sino instrumentos del bien en un mundo en que los malos van teniendo mucho poder. Pero no es el mal el que vence. Jamás el mal tendrá más poder que el bien. Al final, el amor y el bien serán los vencedores. Nunca pierde Dios, por lo que nunca pierde el amor.

miércoles, 25 de junio de 2014

Eres bueno y Dios te hace santo

En el Derecho universal existe una máxima: "El desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento". Evidentemente esto se refiere a las leyes justas que, inculpablemente, son desconocidas por alguien. Tiene sentido cuando la ley está sustentada en el derecho natural, que siempre apunta a la búsqueda del bien, por las vías de la naturaleza humana. La ley será siempre cumplida, aun cuando no se conozca, porque sería lo que exige la naturaleza que es buena en el hombre. Otra cosa es declararse en rebeldía ante una ley injusta. En ese caso, los hombres tenemos siempre el derecho inalienable a desacatarla, por cuanto iría precisamente en contra de la ley natural, de la bondad natural de los actos humanos... Por ejemplo, a un médico jamás se le podrá obligar a ir en contra de su conciencia, obligándolo a practicar un aborto, cuando está plenamente convencido de que es un asesinato vil, "un crimen abominable", como lo llamó el Vaticano II. Pero, en lo que se refiere a las cosas que rigen la vida comunitaria, al cumplimiento de los deberes, al respeto a los derechos de los demás, no se puede alegar jamás el desconocimiento de lo que lo regula, es decir, de la ley civil... Quien va en contra de esto, está yendo en contra de la ley, aunque no la conozca. Y amerita un castigo ejemplar...

No es éste el caso de la ley de la Iglesia. En el Derecho Canónico jamás aparece esta máxima. La Iglesia es, ante todo, Madre. Y como Madre no podría imputar un delito cuando se desconoce la ley que lo prescribe. Sin embargo, se tiene que aplicar el mismo razonamiento anterior. La ley natural, que es la ley divina escrita en el corazón de los hombres, dicta la bondad o la maldad naturales de los actos humanos, y particularmente de aquellos que se refieren a la relación con Dios y con los demás, en los planos de la filiación y de la fraternidad. En todo caso, el detalle de la ley sería necesario tenerlo a la mano para saber a qué se obliga, bajo qué condiciones se está sometido, qué castigo amerita un delito o pecado... Por ejemplo, el pecado de aborto será excomunión sólo para quien sabe que éste es el castigo merecido. Quien no lo sabe está sometido a la pena que corresponde al pecado de asesinato, que sigue siendo pecado mortal, pero no con la pena mayor de la excomunión... En este caso, el desconocimiento es de la pena por el delito, no del delito en sí mismo. Y también de ella se está eximido. Pero, ¿se puede decir la máxima contraria, es decir, se podría afirmar que en la Iglesia, "el desconocimiento de la ley sí exime de su cumplimiento"? De ninguna manera. Ya hemos dicho que la ley natural, ley divina que yace en el corazón y en la conciencia de los hombres, dicta perfectamente la bondad o la maldad de los actos... El Papa Francisco ha afirmado que aun el ateo, cuando vaya en contra de su conciencia, pecaría... Esto significa que aun cuando la máxima de la ley civil no se aplica del todo, tampoco se puede afirmar que desaparece totalmente... El hombre está siempre sometido a su conciencia, que es templo íntimo e inviolable desde donde se rigen su pensamiento y su conducta moral...

En Israel hubo un tiempo en el que se desconoció la Alianza con Yahvé. Algunos reyes "la archivaron" y en generaciones posteriores fue totalmente desconocida. En un momento de su historia, fueron descubiertos y leídos los libros de la ley, e Israel entendió que por mucho tiempo habían sido infieles a lo que anteriormente vivían naturalmente. Por eso, se decidieron a retomar el conocimiento de la ley y suscribieron un nuevo pacto con Dios... "El rey les leyó el libro de la alianza encontrado en el templo. Después, en pie sobre el estrado, selló ante el Señor la alianza, comprometiéndose a seguirle y cumplir sus preceptos, normas y mandatos, con todo el corazón y con toda el alma, cumpliendo las cláusulas de la alianza escritas en aquel libro. El pueblo entero suscribió la alianza". Los reyes anteriores habían sido objeto de la ira de Dios, pues se habían comportado contrario a lo que les pedía la Alianza con Yahvé, pero este nuevo rey no era culpable, por cuanto desconocía lo que en ella se contenía. Remedió el entuerto dando a conocer a todos la ley y haciendo que todos se comprometieran a cumplir con la ley de Yahvé... Fue una conducta loable, por cuanto retoma el camino de la fidelidad a lo que Dios pedía. Quiere decir que lo movía la buena voluntad, la buena intención, la buena conciencia, aun cuando no conociera la ley de Dios y su Alianza...

Es la bondad natural de los hombres, que está siempre subyacente en su ser. Nadie puede alegar ser totalmente malo. Como tampoco nadie puede aducir que es totalmente bueno. Todos tenemos en el corazón la línea que divide el bien del mal, como dijo Pablo VI. San Agustín hablaba de "las semillas del Verbo" que hay en todo hombre, que son esas realidades esenciales y fundamentales, básicas, de la fe, que se viven naturalmente, y que hacen al hombre tener siempre la posibilidad de tender hacia el bien...Al ser naturales, aseguran la bondad natural. Si se llegan a cultivar, conducen a la santidad, pues se estaría siempre en el camino de dar buenos frutos, que son los que surgen espontáneamente de la bondad natural y se acrecientan con la bondad adquirida al conocer la ley y ser fieles a la alianza con Dios... Jesús nos enseña que "los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos..." Si los hombres somos naturalmente árboles buenos, podremos dar siempre buenos frutos. Y si aumentamos nuestra bondad siendo fieles a Dios, nuestros frutos serán mucho mejores... Procuremos siempre dar frutos buenos, de acuerdo a nuestra naturaleza, elevados por la gracia con la que Dios nos enriquece...

miércoles, 26 de febrero de 2014

Haz el bien, no sólo evites el mal

Lamentablemente muchas personas tienen la impresión de que la moral cristiana es simplemente una "colección de prohibiciones". No niego que la misma Iglesia tenga su responsabilidad en ello, pues es cierto que a veces, sobre todo en épocas muy concretas, el anuncio de la fe era prácticamente poner el acento en "la ira de Dios", en "el fuego del infierno", en el "castigo debido y atroz por los pecados". Y se insistía muchísimo en lo que no se debía hacer para evitar caer en las garras de esa realidad tan terrible... Los cristianos, los que querían huir del castigo eterno, simplemente debían hacer caso a las prohibiciones y todo estaba logrado... Fue la respuesta de una espiritualidad de "fuga", en la que "casarse" con el mundo era simultáneamente ganarse la condena eterna... Por supuesto, esto es una caricaturización de lo que realmente pasaba... Los que atacan a la Iglesia hacen fiesta cuando se reconoce esto. Pero sería una injusticia afirmar que esto era absoluto. Esa misma vida de la Iglesia de esos tiempos concretos presentó obras inmensas en favor de los más sencillos y oprimidos y testimonios extraordinarios de grandes santos y otros personajes que entendieron que debían basar su vida no en el temor a los castigos, sino en el amor que debían a Dios y a los hermanos. La realidad, en general, nunca es en blanco y negro únicamente. En ella siempre hay matices que enriquecen y embellecen esa misma vida...

En todo caso, en la comprensión de la belleza del mensaje cristiano que, más que en las prohibiciones se basa en las invitaciones al amor, la moral ha dado un vuelco nuevo, que ha presentado unas exigencias mucho más atractivas para el hombre de nuestros tiempos. No es nada nuevo, pues está contenido en el mensaje de Cristo y de la Iglesia desde los primeros tiempos. Así nos lo hace ver Santiago cuando nos dice: "Al fin y al cabo, quien conoce el bien que debe hacer y no lo hace es culpable". No se coloca el acento en la prohibición de lo malo, sino en la necesidad de hacer el bien para salvarse, para no ser considerado culpable, para no pecar...

El acento es colocado en lo que sabe hacer el amor, no en lo que se debe evitar hacer desde "la maldad intrínseca del hombre". Es impresionante como muchos estamos marcados por esto último. Todos nos confesamos de lo malo que hemos hecho, de los "pecados de comisión". Pero son contadísimos, casi inexistentes, los que se confiesan del bien que han dejado de hacer, que no han hecho o que no han hecho todo lo bien que han debido, de los "pecados de omisión". Y esto, por una razón muy sencilla: No estamos en la linea de hacer el bien a los demás como hermanos, por amor, sino en evitar lo malo que me condenará si lo hago... Es una razón, finalmente, egoísta...

Los hombres hemos sido creados intrínsecamente buenos, tendientes al bien. El mal es un "añadido", aunque se ha hecho también consustancial a nosotros. Decía el Papa Pablo VI: "Por el corazón del hombre pasa la línea que divide el bien del mal", con lo cual confirmaba esta doble tendencia natural, una original, la del bien, y la otra añadida por el mismo hombre, la del mal. De lo que se trata es que nos pongamos en la línea de lo que es realmente natural y original,  no en la de lo que es también natural pero añadido. Es razonable que en nosotros haya una fortaleza mayor para lograr lo bueno que para lograr lo malo. Al fin y al cabo, colocarse en la línea de lo original debe ser más sencillo que colocarse en la línea de lo que hemos añadido, aunque se haya hecho natural...

Es lo que nos lanza a ponernos como "socios" de Jesús en hacer el bien a todos. Se trata, aunque sea anónimamente, de colocarnos entre los que se unen a Jesús haciendo el milagro del amor que procura el bien para todos, pues "el que no está contra nosotros está a favor nuestro", como lo afirma Él mismo. Quien se coloca en la línea de hacer el bien por amor y no sólo de evitar lo malo por temor, se pone junto a Jesús siempre. Se une a Él en la búsqueda de la paz, de la armonía, de la justicia, de la verdad. Se une a Él en la procura de que sea una vivencia para todos, tratando de multiplicar el bien y de hacerlo llegar a la mayor cantidad de personas posible. Es un constructor de un mundo nuevo en el que el imperio sea el de la originalidad, el de la bondad, y no el del añadido, el de la maldad, que no es otra cosa que el asesinato del amor, por envidia, por egoísmo, por soberbia...

El compromiso del amor cristiano es altamente exigente, por cuanto no busca que los hombres simplemente eviten hacer el mal, sino que sean activos en la vivencia del bien y en la procura del mismo para todos. Es la búsqueda de la vivencia del cielo en la tierra. Es adelantar la armonía absoluta, el amor, la paz, la justicia y la verdad en este mundo, sin esperar a que se dé plenamente en la eternidad junto a Dios. Es querer sembrar de cielo nuestro mundo. En cierto sentido es "fácil" evitar el infierno dejándose llevar simplemente por las prohibiciones. Lo realmente loable es responder afirmativamente a la invitación de salir de sí mismo y proyectarse en el amor hacia los demás, procurándoles el bien, sobre todo el bien mayor, que es la vivencia de cielo en la tierra para que adelanten la felicidad plena que experimentarán en la eternidad.

Un mundo como el nuestro, hoy y al parecer más que nunca, grita a los cristianos la necesidad de esta respuesta. Las convulsiones que sufre lo están destruyendo. Necesita ser reconstruido. Ya es demasiado el "fruto" que se ha derramado por los odios, por los rencores, por los deseos de venganza, por dejarnos llevar por la irracionalidad de la violencia. La herida es tan amplia que no basta pedir que dejen de hacer el mal. Es necesario que la respuesta sea más comprometedora. Se trata de que todos dejemos a un lado los egoísmos, la soberbia, las iras, los rencores, los odios, la venganza, y nos decidamos a ponernos del lado de la luz, de la bondad, del amor, de la paz, de la justicia... Que nos constituyamos en constructores en positivo. Que nos unamos a Jesús para hacer lo que Él hizo. Y nadie, pues es la obra del Señor, podrá oponerse a que lo hagamos...

sábado, 9 de noviembre de 2013

La cuestión son los detalles...

Para ser bueno, hay que serlo de verdad siempre... Algunos nos equivocamos y pensamos que es suficiente ser bueno "a lo grande", y que en lo pequeño no es necesario ser "tan bueno". Pero también hay quienes son buenos en lo pequeño, pero les cuesta ser bueno en lo grande, por vergüenza, por miedo o  por indiferencia...

Si al caso vamos, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que los hombres somos naturalmente buenos. Aunque es también cierto que desde que el pecado se instaló entre nosotros, también el mal se hizo parte de nuestra naturaleza... No es original en nosotros, pero sí ha sido agregado y lo tenemos como tendencia. Hace algunos años el Papa Pablo VI dijo: "En el corazón del hombre pasa la línea que divide el bien del mal". Nada más real que esto. Cuando los hombres decidimos hacer el bien, llegamos incluso hasta el heroísmo. Pero cuando nos decidimos a hacer el mal, podemos llegar a ser infernales... Así somos...

En efecto, he podido comprobar miles de veces la bondad de la mayoría. Son más los buenos que los malos. No tengo de esto ninguna duda. Lo que sucede es que la maldad hace mucho ruido. Y se nota más. La bondad es más bonita cuando es silenciosa, cuando no hace aspavientos, cuando se queda en la humildad de lo escondido. Total, el mismo Jesús nos dice: "Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha", en una invitación a esa humildad del bien... Y desde esa sencillez de la bondad humilde, se hace muchísimo. Es impresionante cuando uno entra en la intimidad de alguien y se da cuenta de la cantidad de cosas buenas que hace y de las que es capaz de seguir haciendo, asumiendo compromisos futuros que lo empeñan en el bien y como si lo "amarraran", asegurándole a la vez un futuro de bondad....

Ese bien hecho en la sencillez, en el silencio, en la humildad, es el que ha sostenido al mundo... De no existir, la verdad es que nuestro mundo estaría en la debacle total... Los buenos no han dejado que la maldad gane, aunque también sea cierto que aparentemente esa maldad se ha enseñoreado en tantos rincones... Lo repito, la maldad hace mucho ruido. Es más fácil enterarse de las bombas que caen en un poblado civil, matando a miles, que de las miles de personas que se unen para ayudar a los que han quedado heridos en ese mismo ataque. Es más fácil leer las estadísticas de los muertos por hambre en alguna sociedad que vive en la miseria, que de las miles de toneladas de alimentos que se recogen gracias a la bondad y a la solidaridad de tantos hombres y mujeres en todo el mundo para ayudar a esa misma sociedad necesitada... Es más fácil leer en las noticias sobre la cantidad de asesinados en un fin de semana a causa de la violencia social, que de los esfuerzos titánicos de médicos y enfermeras y de otros trabajadores de la salud para atender a los miles que en ese mismo fin de semana se acercan a los centros de salud para ser atendidos por muy diversas causas... El mal es naturalmente ruidoso. Pero el bien es más poderoso. Nunca el mal vencerá ni tendrá más fuerza que el bien...

La demostración más clara de esto está en el que murió en la Cruz. Su aparente derrota ignominiosa, muriendo trágicamente a causa del odio de los hombres que se dejaron dominar por ese mal que se cree poderoso, creyéndose ellos también poderosos, fue, por el contrario, su más grande y magistral victoria. Ese que pendía de la Cruz, muriendo por el odio, estaba venciendo en el amor. Su muerte fue la derrota de todas las fuerzas del mal. Nunca el mal estuvo tan vencido como cuando Jesús estaba muerto en la Cruz, pues con Él murió el poder del demonio, el poder del pecado, el poder del mal... Y esa victoria de Cristo fue refrendada gloriosamente con su Resurrección. El retorno de la muerte fue con el pecado derrotado en sus manos. La gloria de la resurrección implicó directamente la más contundente victoria sobre el demonio, que se había creído ganador... Quedó sin fuerzas, sin poder, sin dominio...

Desde ese momento, el poder del mal está condicionado a que los mismos hombres le permitamos tenerlo. Ya el demonio está vencido. Y su poder está extinguido. Sólo tendrá el poder que nosotros mismos le pongamos en las manos... Por eso, está en nuestro poder el poder del mal. Y por eso somos más poderosos, y compensa infinitamente más, cuando nos ponemos del lado del bien. No existe mayor satisfacción que saber que estamos del lado del que yace en la Cruz y resurgió victorioso de la muerte, pues esa misma fuerza que tiene en esa gloria, la tenemos nosotros. Cristo nos ha puesto su victoria en nuestras manos. Su victoria es la nuestra. Y el poder de ese máximo bien, es ahora nuestro poder...

Ese bien que vence, lo podemos hacer vencer siempre que queramos. Basta que simplemente nos dejemos llevar de esa fuerza del amor que demostró Cristo. Y no es sólo para las grandes cosas, sino también para las más sencillas. No hay que pensar que los detalles no llenan. Es en ellos donde, quizás, demostraremos más claramente el poder de la bondad. En realidad, para muchos que buscan el reconocimiento, les es más fácil hacer el bien "a gran escala". Es en la sencillez, en la humildad, incluso en lo oscuro de la absoluta falta de reconocimiento, donde el bien es más probado... ¡Qué felicidad poder ser bueno en la propia casa, donde casi nos sentimos con derecho a "dejar salir lo que de verdad somos"! Estrictamente hablando, los que más tienen derecho para recibir nuestra bondad, son los nuestros, los más cercanos, los que están siempre con nosotros. Lamentablemente pensamos que nuestra mejor faceta se la deben llevar quienes no nos conocen, los que encontramos por primera vez, los que no son nuestros. Y a los nuestros les reservamos lo peorcito de nosotros. No es justo. Son los nuestros los que tiene más derecho a eso... ¿Por qué nos empeñamos en ocultar lo bueno que tenemos a los más cercanos?

Sonreímos a la persona que nos encontramos en el camino, en el trabajo, en el ascensor... Y nos hemos despedido, quizás cinco minutos antes, con una cara amargada de nuestro esposo, o de nuestra esposa, o de nuestros hijos... ¡No puede ser!. Estos detalles son los que sacan de verdad lo que somos. Es en los detalles donde demostramos quienes somos de verdad. No es en el fingir bondad. Es en el ser buenos de verdad, con todos, principalmente con los más cercanos... El bien es bien siempre. No es bien en las ocasiones en que nosotros decidamos que sea. Por eso, en los detalles es donde mejor habla la bondad que vivimos realmente. No dejemos que esa bondad quede oculta. Dejémosla expresarse siempre, pues es lo que mejor nos describe como verdaderamente buenos...