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viernes, 16 de abril de 2021

Amar a Dios y vivir en su amor le da sentido a estar dispuestos a sufrir por Él

 A LA LUZ DE CRISTO AMIGO: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de  cebada y dos peces;

Sin duda, es extraordinaria la disposición de los apóstoles, enviados por Jesús a anunciar la Buena Nueva a todos los hombres y fortalecidos con la fuerza que les daba el Espíritu Santo recibido el día de Pentecostés, para cumplir la misión que les encomendaba el Señor. Ellos sabían muy bien que la condición de discípulos que les había otorgado Jesús al concederles el triunfo de su propia resurrección, no se quedaba solo en una experiencia intimista, que los encerrara en sí mismos en una auto satisfacción estéril, que no diera frutos. Por un lado, la alegría de la Resurrección los embargaba y era imposible de contener y no buscar compartirla con toda la comunidad, pues era un beneficio que debían disfrutar todos y al que tenían derecho, pues la salvación, así lo hizo entender Jesús, era para todos los hombres del mundo. Y por el otro, habían recibido expresamente de labios de Cristo el mandato misionero para que llevaran la noticia de la salvación a todos, para lo cual les había donado su Espíritu de modo que fuera el motor, el iluminador, el impulsor principal de la obra de la evangelización. Aquella comunidad de apóstoles se había abandonado totalmente en las manos de Dios y pugnaban en su interior por ser radicalmente fieles a la responsabilidad que se les había confiado. No querían desairar nuevamente, como sucedió tantas veces en esa larga historia de salvación, al Dios de amor y de misericordia que solo quería el bien del hombre y que quería que éste avanzara resueltamente hacia la plenitud que les donaba. Y así, habían entendido que si en anteriores oportunidades los elegidos podían haber abandonado su tarea por temor a las represalias, a las persecuciones, al sufrimiento e incluso a las amenazas de muerte, ahora para ellos la actitud era diversa, pues aun existiendo todavía todas esas amenazas, la trascendencia del tesoro que ellos llevaban entre manos era de tal magnitud, que era impensable que una situación contraria pudiera echar un halo de frustración o de abandono. El amor de Dios, la fuerza de la Resurrección de Cristo, la compañía del alma de la Iglesia, es decir, del Espíritu Santo, daba todos los elementos necesarios y suficientes para reponerse ante cualquier obstáculo. Nada los detenía en su empeño. Al contrario, sorprendentemente, se sentían felices de sufrir por cumplir su tarea.

En efecto, habiendo sido hechos presos por anunciar a Jesús, por hablar de sus palabras y de sus obras, por echar en cara la culpa que tenían los que lo habían asesinado, por comunicar la gloria de su victoria sobre el mal y sobre la muerte con su Resurrección, por presentar y dar testimonio de la nueva vida que había recibido cada hombre con el triunfo de Jesús, lo vivieron como una confirmación de que estaban en el camino correcto, pues el mal, en sus estertores de muerte, aún buscaba hacer daño a la humanidad. Esto, lejos de amedrentarlos, servía de acicate para sentir más la fuerza de quien los enviaba y no los dejaba solos en el cumplimiento de su tarea: "'En el caso presente, les digo: no se metan con esos hombres; suéltenlos. Si su idea y su actividad son cosa de hombres, se disolverá; pero, si es cosa de Dios, no lograrán destruirlos, y ustedes se expondrían a luchar contra Dios'. Le dieron la razón y, habiendo llamado a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús, y los soltaron. Ellos, pues, salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por su Nombre. Ningún día dejaban de enseñar, en el templo y por las casas, anunciando la buena noticia acerca del Mesías Jesús". Es impresionante percatarse de que las contrariedades que se les presentaban les servían más bien de acicate y de impulso para afirmarse más en su compromiso y para sentir el consuelo que les daba tener plena conciencia de que lo que tenían que hacer no era motu proprio, sino por encargo del mismo Dios del amor. Era el servicio que debían realizar por amor a Dios y a los hermanos y eso compensaba totalmente y daba sentido a lo que tenían que hacer, desde esos inicios y hasta el fin de los tiempos.

Ellos tenían plena conciencia de que servían no a una autoridad temporal o pasajera, sino al Dios eterno e infinito, todopoderoso y creador, que a su vez era el Dios del amor, de la misericordia y del perdón, el que había restaurado a la humanidad acercándola de nuevo a la raíz con su entrega en la Cruz, su ocultamiento en el sepulcro y su victoria contundente en su Resurrección. Ellos habían sido testigos de las maravillas que surgían de sus manos, y aun cuando su convicción iba en crecimiento, no alcanzó totalmente su consolidación hasta que tuvieron la experiencia de la Resurrección. Muchos fueron los signos que realizó Jesús en su presencia. No era un personaje más: "Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: 'Recojan los pedazos que han sobrado; que nada se pierda'. Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido". Era evidente que no era un hombre más. Se atisbaba en Jesús la presencia del Dios poderoso que tenía en sus manos todo lo creado. Por eso, asombrados, los presentes no atinaban más que a reconocer su grandeza: "La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: 'Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo'". Es ese Dios al que ellos estaban convencidos que servían. No es un Dios que puede ser vencido. Es el Dios victorioso sobre la muerte, sobre el mal, sobre el pecado. Es el Dios en cuyas manos está la naturaleza entera y que pone toda su virtud a favor de los hombres necesitados. Esa humanidad es el objeto de su amor y por ella está dispuesto a hacer todo lo que sea necesario para favorecerla. Por eso, unirse a Él para anunciarlo a todas las generaciones, hablándoles de su amor, de su providencia, de su deseo de que todos lleguen a la plenitud, es lo más razonable que pueden hacer los discípulos de Cristo. Lo más acertado es ponerse a su servicio, por encima de cualquier contingencia, disponibles e ilusionados, pues será la manera segura de sentir ese amor que Él derrama sobre el mundo, siendo testigos de sus maravillas.

martes, 6 de abril de 2021

Resucitamos con Jesús, y nos hacemos resucitadores de los hermanos

 La Biblia: reflexiones y curiosidades: ¿Contradicciones en los relatos de  la resurrección?

Las experiencias que van teniendo los discípulos de Jesús al verificar el cumplimiento de su palabra acerca de su propia resurrección, se van sucediendo una tras otras, cada una más maravillosa que la anterior. María Magdalena es la primera testigo de estos acontecimientos grandiosos que establecen una novedad absoluta en la vida de la humanidad y del mundo entero. Su fidelidad y su amor a Jesús son mantenidos más allá de la muerte del Señor. Ella mejor que nadie había probado el amor infinitamente misericordioso que podía desplegar Jesús sobre los pecadores. Ella misma había escuchado de los labios del Redentor la sentencia que da la auténtica identidad al Dios del amor: "Porque ha demostrado tanto amor, perdonados son todos sus pecados". De ella expulsó los siete demonios que la azotaban, y por ello se hizo discípula fiel del Señor. Ya no se despegaría más de quien había sido tan benévolo y había derramado toda su misericordia sobre ella. No habría otra realidad que la ocupara. No valía la pena servir a nadie más, mucho menos al pecado al que antes ella estaba entregada y era su servidora. Nada le daría más plenitud que el perdón que había recibido, y por ello era absurdo alejarse de nuevo de Aquel que le había aportado tanto gozo y la había hecho sentirse otra vez digna a los ojos del mismísimo Dios. Por eso, ella, entregada al amor hacia Jesús, es la primera que se acerca al sepulcro apenas pasó el sábado para cumplir con el ritual que no había sido concluido por ser el día santo del reposo. Su sorpresa es que se encuentra el sepulcro vacío y por eso entra en tristeza. El cuerpo de Aquel que había transformado su vida y trastocado todas sus prioridades, había desaparecido. No se imaginaba ella que no estaba por la virtud de la resurrección, sino que pensó que habían robado el cuerpo.

Y para aclararle lo que estaba sucediendo, en atención al cumplimiento de la palabra de Dios anunciada desde antiguo, se le aparecen los dos ángeles que le preguntan por la razón de su llanto, y después, el mismo Jesús, al que ella confunde con el hortelano y que luego se hace identificar al llamarla por su propio nombre. Suponemos que la figura del Cristo resucitado tenía algo que lo diferenciaba de su figura anterior a la muerte, pues son varias las ocasiones en que no es reconocido a la primera, sino solo cuando Él mismo se identifica. María lo reconoce al escuchar su voz y su nombre pronunciado por sus labios. Quizá al nombrarla daba una entonación propia que ella reconoció inmediatamente. A cada discípulo suyo, Jesús lo llama de una manera particular, propia, que pertenece solo a él. Y así, con toda seguridad, nos llama a cada uno de los que queremos ser sus seguidores. Podemos distinguir la voz del Señor por encima de cualquier otra voz. Jesús, habiéndola contado entre sus seguidores, al revelarse en sí mismo, la hace la primera anunciadora de la Resurrección: "Jesús le dice: '¡María!' Ella se vuelve y le dice: '¡Rabbuní!', que significa: '¡Maestro! Jesús le dice: 'No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes”'. María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: 'He visto al Señor y ha dicho esto'". Una mujer, para despecho de quienes tildan a Jesús, a la Iglesia, a la fe cristiana, de machistas, es la primera anunciadora de la Resurrección del Salvador. Es la mayor dignidad que se puede imaginar sobre algún anunciador de Cristo. Los apóstoles reciben la primera noticia de la Resurrección, de una mujer, más aún, de una que había sido rescatada del lodo del pecado y liberada de los demonios que la azotaban.

Cuando la Iglesia naciente asume ya, llena de gozo y de confianza en la fuerza de la Resurrección, la verdad irrefutable del triunfo de Cristo sobre el pecado, sobre la muerte y sobre el mal, pierde todo el temor. Esa semilla había que sembrarla. Esa noticia había que darla a conocer. Es lo mejor que le ha sucedido a la humanidad en toda su historia y no puede ser callado. La felicidad de esa Iglesia, para ser completa, debía ser gritada a los cuatro vientos. A medida que va siendo conocido por todos, esa misma felicidad aumenta y se consolida. Quien se hace anunciador de la verdad de la Resurrección de Cristo, va aumentando su gozo y se va consolidando más en su propia convicción. Sabe que él mismo ha resucitado con Jesús y que como resucitado, debe llevar esa resurrección a todos para que la vivan también los hermanos. Se convierte en resucitado y en resucitador. Fue lo que vivieron los apóstoles que, cuando recibieron la fuerza del Espíritu Santo como alma y propulsor de todo anuncio, fueron por todo el mundo a predicar el amor de Jesús. Así hizo Pedro apenas vivió el gozo de la resurrección: "El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos: 'Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías'". Y así, fue haciendo que todos los oyentes se convirtieran y resucitaran también a la nueva vida que Jesús proporcionaba con su propia resurrección: "Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: '¿Qué tenemos que hacer, hermanos?' Pedro les contestó: 'Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para ustedes y para sus hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro'. Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo: 'Sálvense de esta generación perversa'. Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas". Los resucitados con Jesús se convierten en resucitadores de sus hermanos. De esa manera el tesoro de la plenitud es puesto en las manos de todos. Cada cristiano, resucitado por Jesús, se debe hacer resucitador de los demás, pues su gozo está en hacer llegar la nueva vida a sus hermanos, beneficiarios también de la Redención de Cristo.

jueves, 4 de febrero de 2021

El Reino de Dios ya está entre nosotros porque Jesús ya está entre nosotros

 Jóvenes Papones De León - #EvangelioDelDía Lectura del Santo Evangelio  según San Marcos 6, 7-13 En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue  enviando de dos en dos, dándoles

El relato que hace la Carta a los Hebreos sobre el nuevo Sacerdocio de Jesús abarca desde lo que ha sucedido con el antiguo sacerdocio superado por Cristo hasta los tiempos nuevos que serán inaugurados con su presencia que lo abarcará todo y le dará forma a todo el estilo de vida que se vivirá en la eternidad. La acción de Jesús ha sido una acción totalmente renovadora. En ella, aun cuando se habían experimentado acciones similares puntuales en la historia anterior, se va dando ya la confirmación definitiva de lo que se vivirá definitivamente, inmutablemente. Él es quien viene a hacer todo de nuevo y esa novedad será ya la que se tendrá por toda la eternidad. La finalidad de Dios, motivado por su amor a lo creado, es que todo alcance la plenitud. El mal que ha convivido con el hombre desde el principio, empezó a recibir sus derrotas más estruendosas con la obra de renovación del Verbo hecho carne. La muerte del Redentor en la Cruz fue, siendo como fue, cruenta y terrible, la jugada maestra de Dios para dar a entender al demonio que ya su tiempo había pasado. Esa "victoria" obtenida con la muerte de Jesús fue la trampa en la que cayó, pues el resultado de la resurrección posterior del Mesías Redentor logró que el mal, con su jefe al frente, quedara totalmente anulado y vencido para siempre. Aún hoy el gran derrotado es el demonio. Su poder está totalmente anulado cuando contemplamos al Crucificado muerto en el altar de la Cruz, pero luego victorioso y glorioso junto al Padre, habiendo dejado vacío y solitario al sepulcro. Y esa victoria es nuestra, pues así lo ha determinado Dios. El hombre, causante del mal por haberse dejado embaucar por el demonio y por haberse puesto a su servicio en contra de Dios y de sus mismos hermanos, sigue siendo beneficiario de una victoria de la cual había estado tan lejos. La obra de rescate del Salvador es obra de rescate incluso para aquellos que estaban lejos, o porque estaban engañados o porque se habían colocado en una situación de oposición frontal a la voluntad divina. En este caso, todos tienen entrada franca en el camino del restablecimiento de la relación con el Dios del amor. Basta que al percibir las acciones que Dios sigue llevando adelante, se convenzan de que no hay mejor posibilidad para la felicidad eterna que unirse a la obra de amor del Dios que lo quiere con Él.

Esa presencia de Dios en Jesús, nuevo Sacerdote de la nueva etapa de salvación, es una presencia que llena de júbilo. Atrás quedan aquellas acciones estruendosas de Dios, en la que en algunas ocasiones se presentaba ante el pueblo produciendo temor y llenando de portentos todo. Con Jesús las cosas son más sosegadas, pues apuntan a entender que ese nuevo tiempo es el tiempo de la felicidad serena. Hay que empezar a vivir ese gozo de saber que Dios está en medio de nosotros, produciendo todos los beneficios propios del Reino que se va instaurando. Esa presencia de Jesús entre nosotros no anula la presencia del mal, pero sí va haciendo que el hombre se vaya convenciendo cada vez más de que el camino de esa felicidad añorada debe irse avanzando con una mayor unión creciente con Él. Por un lado, el mal seguirá obteniendo algunas victorias pues algunos hombres seguirán estando a su servicio, y aun cuando no tiene ya el poder, tendrá el que el mismo hombre ponga en sus manos para seguir obteniendo victorias. Y por el otro en el presenciar la lucha del mal contra el bien, algunos de esos hombres irán haciéndose a la convicción de que no tiene sentido seguir sirviendo al mal, pues su derrota es evidente: "Ustedes no se han acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni han oído aquella voz que el pueblo, al oírla, pidió que no les siguiera hablando. Y tan terrible era el espectáculo, que Moisés exclamó: 'Estoy temblando de miedo'. Ustedes se han acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel". Quien se acerca así a Jesús, nuevo Sacerdote, se acerca a la fiesta anticipada de la alegría interminable.

Esa instauración del Reino, de sus valores, de las acciones amorosas de Dios, que son preludio de lo que se vivirá eternamente, comienza a tener algunos atisbos en la obra de Jesús. Cada uno de los discípulos de Cristo, aquellos que fueron convocados por Él para acompañarlo, para escuchar su mensaje, para ser testigos de las maravillas que iba realizando, no solo podían ser contempladores pasivos de lo que percibían. En la didáctica de Jesús, llegaba el momento de que también ellos fueran actores en ese Reino nuevo que estaba siendo instaurado. No podían quedarse solo como simple espectadores de lo que hacía Jesús. Jesús los quiso activos, instrumentos eficaces de la renovación. Y por eso los envía con una tarea que era la misma que Él vino a cumplir: establecer el Reino, sembrar sus valores, decir a los hermanos que estaba llegando algo nuevo, anunciar que la alegría prometida era una realidad total, pues ya la estaba viviendo cada uno de ellos con sus acciones. Era Jesús el que lo hacía posible. Ese tiempo ya estaba presente, porque ya estaba presente Jesús: "En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y decía: 'Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel sitio. Y si un lugar no los recibe ni los escucha, al marcharse sacúdanse el polvo de los pies, en testimonio contra ellos'. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban". Se estaba iniciando ese tiempo nuevo. Era el tiempo del Reino de Dios.

martes, 9 de junio de 2020

Dar sabor, iluminación y calor a un mundo insípido, oscuro y frío

Catholic.net - Ustedes son la luz del mundo y sal de la tierra

Ser sal y luz en el mundo. Esa es la tarea que describe Jesús como correspondiente a cada cristiano que quiera devenir en buen discípulo suyo. La sal da sabor y la luz ilumina. Cada uno de los seguidores de Jesús debe llevar en sí el sabor de Dios para que los hermanos lo disfruten también, y la luz para que no caminen en tinieblas ni sufran de un frío paralizante. El mundo ha quedado desabrido desde que el pecado excluyó a Dios que con su amor y su gracia lo llenaba todo de un sabor exquisito. No hay sabor mejor que el que da lo que se hace con amor. La sabiduría popular siempre ha afirmado que la comida más sabrosa es la que lleva como ingrediente principal el amor. Es lo que ha hecho Dios con el hombre: le ha preparado un mundo en el que ha colocado al amor como el ingrediente mágico por el que absolutamente toda la realidad que viva en él tendrá un sabor insuperable. Podrán venir momentos malos, dolores, enfermedades, tristezas, pero si se está consciente de que en todo eso nunca deja de estar presente el amor con el que el Señor bendice al hombre, todo será llevadero. "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré", dice Jesús. Ese alivio es el que produce el amor, que es el ingrediente principal que vino Jesús a restituir en el mundo y que se había hecho ausente desde que el hombre decidió echarlo por su soberbia, dejando lo desabrido como la característica principal de un camino sin metas claras ni ilusiones que entusiasmen. Jesús es quien viene a ocupar el lugar de esa sal que faltaba para darle sabor al mundo aburrido, insípido, sin metas altas. El mundo, además, ha quedado a oscuras y frío desde que por el pecado el hombre decidió embarcarse hacia un abismo en el que la luz no podía llegar. En ese abismo profundo ni la luz ni el calor llegan, a pesar de que siguen ahí. No es Dios el que ha decidido estar ausente. Ha sido decisión del hombre que ha tomado la determinación de alejarse de aquel que le daba la iluminación que necesitaba y el calor que le hacía aceptable la vida en medio del frío absoluto del mundo. Esa luz de Dios ilumina el camino, dejando claro hacia dónde se deben dirigir los pasos, y da el calor necesario en medio del invierno continuo en el que el mundo se empeña en embarcar al hombre. Jesús mismo dijo: "Yo soy la luz del mundo". Desde el mismo principio de su existencia humana su lucha fue contra la oscuridad y contra el frío, haciendo que en todo refulgiese su luz y se sintiese su calor. "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz", recuerda el Evangelio haciendo referencia a la profecía de Isaías. Jesús es el sabor de Dios y su luz en medio de un mundo desabrido, oscuro y frío.

Los hombres, sin duda, necesitan del sabor de Dios y de su luz. Algunos se han alejado de Él por decisión propia y por ello viven en la insipidez y en la oscuridad y el frío voluntariamente. Quizá nunca han probado ese sabor de Dios y nunca se han dejado iluminar y calentar por su luz. Algunos nunca lo echarán en falta. Pero seguramente la inmensa mayoría sí sentirá un vacío en su vida, aun cuando no sepan explicar qué es lo que echan en falta. Lo extrañarán porque Dios, además de ser el Creador de todo, ha impreso en todos los hombres la sed de la trascendencia, de lo infinito, del sabor y de la luz divinos. Por ello, aun cuando no hagan consciente qué es lo que les hace falta, sentirán siempre ese vacío de lo eterno. Pero además de estos que lo han asumido voluntariamente, están los hermanos a los que ese sabor y esa luz no les llegan por ausencia de quienes se los hagan llegar. Es a estos que son los responsables de su sabor y de su luz a los que Jesús se dirige: "Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte". Jesús, siendo la sal y la luz de Dios, las ha derramado en los corazones de quienes han aceptado ser sus discípulos. Pero esa aceptación no puede ser jamás una aceptación pasiva. Disfrutar del sabor y de la luz de Dios debe llevar a dar un paso comprometido hacia los hermanos que no los disfrutan. El profeta Elías en el Antiguo Testamento fue una prefiguración de lo que debían hacer los discípulos de Cristo en el futuro: "No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo la harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: 'La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor conceda lluvias sobre la tierra'". Él anunciaba la llegada de la abundancia a la viuda que ya no tenía esperanza alguna, pues era pobre solemne y ya no tenía más comida para ella y su hijo. Esa abundancia que anunciaba Elías exigía de ella la confianza en lo que él le decía y la disposición a abandonarse en Dios para dejar que su sabor y su luz la llenaran. Hay un doble movimiento: el del anunciador que lleva la sal y la luz de Dios, y el del que recibe el anuncio, que abre su corazón para dejarse llenar de ellas. Ser sal y luz es la exigencia que pone el Señor sobre los hombros de cada cristiano. Pero dejarse llenar de su sabor y de su luz es también un movimiento necesario que debe ser hecho desde la humildad del reconocimiento de quien lo necesita.

Quienes tenemos la sal de Dios y su luz no podemos ocultar el tesoro que poseemos. En medio de un mundo que se empeña en vivir la insipidez, la oscuridad y el frío, tenemos una gran responsabilidad. Un mundo así es un mundo triste, oscuro, robótico. Las respuestas que da son todas prefabricadas. Pierde la ilusión y la novedad continuas que significan la aventura genial de colocarse en las manos de Dios y de su amor. Nuestro mundo se aprovecha de lo que está programado en el ser del hombre, acentuando las necesidades de las compensaciones materiales, insistiendo en una supuesta libertad que desemboca en la peor esclavitud de la que el hombre luego no podrá zafarse, poniendo el acento en el hedonismo para dar satisfacción solo a los placeres corporales, insistiendo en la supremacía individual y en el egoísmo y la vanidad, echando mano de la soberbia por la que se coloca al individuo en el centro alrededor del cual todo debe girar. Esta supremacía de lo superficial terminará con toda seguridad en la peor de las desilusiones, por cuanto todo es pasajero y desaparecerá en algún momento, dejando al hombre en el vacío total, sin un sustento sólido en el que fundamentar su vida. Es allí donde tendrá pleno sentido la labor que realicemos los discípulos de Jesús. Gritaremos al mundo con nuestra tarea y con nuestra ilusión vivida que hay algo más, que existen valores y metas mucho más elevadas, que hay algo que tiene más sentido y que es duradero y trascendente. Es lo que nos ofrece el mismo Dios, que nos ha creado y lo ha colocado como necesidad absoluta en nuestro ser, de la cual Él mismo es la respuesta. Él nos ha hecho necesitados de su sal y de su luz y se ofrece para llenar siempre esa necesidad. Y nos coloca a cada uno de sus discípulos en el mundo para que seamos portadores de ellas y las llevemos haciéndolas llegar a cada hermano que lo necesite. Ellos deben ser conscientes de esa necesidad y deben hacerse dóciles, demostrando la confianza en Dios con humildad, que quiere ver sus corazones llenos de su sal y de su luz. Nosotros debemos hacerles ver que llevamos con alegría ese sabor y esa iluminación y que sabemos bien que son los mejores fundamentos para llevar una vida con sentido en este mundo, y que luego serán la prenda que nos harán llegar con alegría a la eternidad feliz junto a Dios nuestro Padre, quien nos da su sabor y nos llena de su luz.

jueves, 21 de mayo de 2020

Tú transformas cualquier tristeza en alegría. Tu Espíritu es el Espíritu de la alegría

El Periódico de México | Noticias de México | Columnas-VoxDei ...

El anuncio del Evangelio se realiza en medio de una inmensa cantidad de vicisitudes y realidades humanas. Es todo un abanico de sentimientos, una montaña rusa, en la que está montada la presentación de la salvación que quiere hacer llegar a Jesús a los suyos. El paso de la alegría a la tristeza, de la esperanza a la desilusión, de la dicha al sufrimiento, está a pedir de boca. Es el espíritu humano el que entra en juego y es en él donde se encuentra este sube y baja de actitudes. Mientras no se consiga llegar a la convicción absoluta de la felicidad plena en Cristo, las pasiones estarán desbordadas y serán tan cambiantes que parecerá un carnaval de sentimientos. Será necesario tener la experiencia sublime del encuentro definitivo con Jesús, experimentando en lo más profundo del propio ser su amor infinito y la salvación que regala, para poder llegar a la estabilidad emocional que da solo el sosiego de saberse amado y salvado. Mientras tanto, el intercambio de sentimientos, la variabilidad extrema en el que se encuentra quien va en búsqueda de Jesús, marcará su itinerario. Súmese a esto la diversidad extraordinaria de ofertas de felicidad que presenta el mundo en el que se encuentra quien quiere ser agraciado por la sensación de paz y de tranquilidad. Todo hombre y mujer de la historia debe vivir esto en su espíritu, pues será su propia experiencia la que dictará la pauta para encaminarse hacia la plenitud. Es una variable con la que contó el mismo Jesús y de la que tuvo experiencia personal con el grupo de los apóstoles. Quizá fue en ellos donde lo vivió más claramente y donde percibió que esa sería la marca en la experiencia de toda la humanidad: "En verdad, en verdad les digo: ustedes llorarán y se lamentarán, mientras el mundo estará alegre; ustedes estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría". El mundo ofrecerá la alegría de su supuesto triunfo ante Jesús, que con su mensaje de amor y bien se oponía a la maldad y al odio que quería imperar en el mundo. La muerte de Cristo es el triunfo del mal. De allí su alegría. Esa realidad de la muerte de Jesús es la victoria del empeño de quitar de en medio a quien lo ponía en evidencia, quien debilitada sus fortalezas y dinamitaba sus fundamentos. Esa será la razón de la alegría del mundo y de la tristeza de los discípulos. Pero será también razón futura para el cambio radical de sensaciones. Ese aparente triunfo del mundo será trastocado totalmente en su derrota más estruendosa. La victoria será la de Jesús. Y esa será la razón última de la alegría de los seguidores de Cristo.

Jesús cuenta con esta variabilidad del espíritu humano. Está claro que debe ser así, pues de sus manos creadoras hemos surgido todos, y nos conoce mejor que nosotros mismos. Sabe bien cuáles son nuestras expectativas, por dónde nos movemos, cuáles intereses nos motivan más. Y nos ha enriquecido además con nuestra componente espiritual, en la cual ha colocado añoranzas superiores que no se satisfacen solo con logros meramente materiales o humanos, sino que ha elevado su caracterización a realidades espirituales y sobrenaturales. Si el mundo se queda solo en la expectación de metas horizontales, Jesús invita a los hombres a la búsqueda de metas más elevadas. Cuando Jesús dice: "Su tristeza se convertirá en alegría", está invitando a no quedarse solo en las consideraciones horizontales, más a la mano, sino a una búsqueda más profunda, que no se queda solo en la obtención de compensaciones inmediatas. Lo estable, lo eterno, lo definitivo, llega por vías diferentes a las ordinarias. Llega por la experiencia de lo interno, de lo íntimo, de lo espiritual, de lo que no pasa y se acaba. Es definitivamente más estable, pues no depende del aire del momento. La experiencia que tendrán los apóstoles será la del prendimiento de Jesús, de su humillación al extremo, de la demostración máxima de debilidad al contemplarlo pendiente inerte en una cruz, de su abandono en un sepulcro solitario y oscuro. Era la tristeza máxima, por cuanto ese era el líder espiritual al que habían decidido seguir y en el que habían colocado sus esperanzas. Todo eso se venía abajo. Pero Jesús, vaticinándoles el cambio de tristeza a gozo, los invita a no quedarse solo en la búsqueda de compensaciones materiales o mundanas y por lo tanto esperando solo manifestaciones inmediatas, sino a elevar las expectativas y esperar en lo que es superior. Lo que dará satisfacciones no pasajeras, sino estables y permanentes. Esa alegría será la que procurará la victoria de Jesús sobre el poder del mundo. Pero vendrá también potenciada por el cumplimiento de la promesa de Jesús, en la que pone el futuro de los discípulos y de la Iglesia en la obra tremendamente sólida que llevará adelante su Espíritu de amor. El envío del Espíritu Santo como alma de la Iglesia, y como prenda de la alegría que vivirán los discípulos del Señor, será una obra épica que llevará adelante Dios en toda la historia futura. El Espíritu Santo completará la revelación, acompañará a los apóstoles en su misión, abrirá los corazones de los destinatarios, y será el encargado de hacer vivir esa alegría definitiva anunciada por Jesús.

La Iglesia naciente, sin duda, tuvo esta experiencia de acompañamiento del Espíritu. No se puede explicar de otra manera la responsabilidad extrema con la que los discípulos de aquella primera hora asumieron su tarea. Su gozo estribaba en la asunción de su misión y en llevarla con la mayor fidelidad. No buscaban su acomodamiento. Nada pesaba su comodidad. Lo que importaba era sentirse útiles y fieles a Dios, por encima de los propios intereses. Es como si ellos hubieran desaparecido y solo existiera Dios y su Reino, su amor y su salvación. El Espíritu los iba llevando, era Él el que permitía entrar en alguna comunidad, el que inspiraba lo que había que decir, decidía cuánto tiempo se debían mantener en medio de una comunidad y cuándo correspondía salir hacia otras tierras. No eran ellos los que tomaban estas decisiones. Su gozo era el estar absolutamente abandonados en sus decisiones. La experiencia de San Pablo es un ejemplo claro de esto. Cuando llega a Corinto está al completo arbitrio de lo que sugiere el Espíritu Santo. En un primer momento vive como uno más de los habitantes, incluso procurándose para su sustento lo necesario por intermedio de su trabajo propio: "Allí encontró a un tal Áquila, judío natural del Ponto, y a su mujer, Priscila; habían llegado hacía poco de Italia, porque Claudio había decretado que todos los judíos abandonasen Roma. Se juntó con ellos y, como ejercía el mismo oficio, se quedó a vivir y trabajar en su casa; eran tejedores de lona para tiendas de campaña". Allí predicó los sábados en la sinagoga a los judíos. Y luego, cuando recibió la oposición de estos, se decidió, inspirado por el Espíritu, irse solo a los paganos a anunciarles a Jesús: "La sangre de ustedes recaiga sobre su cabeza. Yo soy inocente y desde ahora me voy con los gentiles". El Espíritu Santo lanzaba a San Pablo ya definitivamente al mundo pagano. Por eso es conocido como "el Apóstol de los Gentiles". El Evangelio, de esta manera, impulsado por la fuerza del Espíritu Santo, se abría camino de universalidad. "Se marchó de allí y se fue a casa de un cierto Ticio Justo, que adoraba a Dios y cuya casa estaba al lado de la sinagoga. Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su familia; también otros muchos corintios, al escuchar a Pablo, creían y se bautizaban". Sin duda, iba quedando cada vez más claro que esa Palabra de Dios no estaba encadenada, que la compensación no se recibía de las mismas expectativas del mundo sino de algo muy superior, que el Espíritu tenía la última palabra y era el que llenada de gozo al colocarse enteramente en sus manos para recibir sus indicaciones. La alegría es la de Dios, no la del mundo. Y así la debemos vivir todos.

martes, 3 de marzo de 2020

La oración me pone en contacto contigo y consolida mi amor por ti

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La oración es la forma necesaria de mantener un contacto frecuente con Dios. Así como el cuerpo necesita de la respiración para mantenerse con vida, así mismo el cristiano necesita de la oración para mantenerse vivo, alimentando su vida de gracia, es decir, la presencia de Dios en sí. Si ese contacto, además, está sondeado por el sentimiento más puro que podemos guardar, como lo es el amor, ya no solo es una necesidad sino que es la forma más hermosa de vivir ese sentimiento. Los enamorados buscan el contacto frecuente, no por un capricho superficial, sino porque sienten que de esa manera viven con mayor intensidad la felicidad que les proporciona su amor. Dios vive también con intensidad este contacto que los hombres tenemos con Él. Ciertamente, nuestro amor por Dios se consolida en el contacto íntimo con Él en la oración. No sucede esto con Dios, pues su amor por nosotros será siempre sólido e inmutable, como ya lo ha demostrado suficientemente. Pero como nuestro Padre, siente infinita satisfacción cuando buscamos tener contacto con Él, y aprovecha esos momentos para derramar con mayor abundancia ese amor en nuestros corazones. Es la consolación que sentimos cuando nos ponemos ante Él y mantenemos un diálogo de amor mutuo. Santa Teresa de Jesús, maestra de oración, afirmaba que la oración tenemos que verla como el encuentro de dos corazones que se aman, el mío y el de Dios. Está claro que el amor busca la cercanía. Los enamorados quieren verse, hablar, tocarse. Y no es solo una cercanía física, pues el amor trasciende lo material. La cercanía es afectiva, y por lo tanto, espiritual. Si fuera solo física estaríamos dejando al amor solo en el ámbito del hedonismo y de lo pasional, cuando ciertamente va mucho más allá. El amor se consolida en un contacto espiritual y quiere la cercanía, pero no vive solo del contacto físico. Si no fuera así no se explicaría la capacidad que tenemos de amar a un ser querido en su ausencia. Los ojos del amor no son los de nuestro rostro. Se ubican en el corazón y no necesitan de la carne para poder mirar. Ni el tiempo ni el espacio lo condicionan, pues el amor no tiene confines. En la oración vivimos esta realidad en toda su profundidad y en toda su verdad. Dios y yo vivimos y expresamos nuestro amor en esa intimidad de corazones.

Por supuesto, la oración nos exige actividad. No es pasiva. Nuestro espíritu se mueve hacia Dios. Y en la medida en que más lo hace, mejor lo hace. Es una práctica que se va haciendo mejor cuando la ejercemos. Vivir la oración nos exige esforzarnos. El diálogo de amor va siendo más vivencial y convincentemente amoroso en la misma medida en que lo experimento. No puede ser ejercitado solo en los momentos de conveniencia, pues entonces deja de ser amoroso. Acercarse a Dios solo cuando lo necesito no es justo. Evidentemente en esos momentos debo hacerlo con mayor razón, pues la necesidad lo exige. Pero debemos cuidar de que no se reduzca a una relación de conveniencia. Aunque sea así, aunque obtengamos los mayores beneficios de Dios en el contacto con Él, el mayor beneficio siempre será el de sentir su amor en nuestro corazón. Y eso se consigue solo en una relación espontánea, motivada solo por el querer sentir la compensación afectiva, que es infinita en una oración íntima y sabrosa. Dios siempre actuará en mí cuando me encuentro con Él. Jamás dejará de proporcionarnos un beneficio. Cuando el hombre ora, algo pasa en su interior. Misteriosa y portentosamente, Dios deja siempre algún efecto positivo en el corazón de quien se abandona en la oración. Así lo afirma el mismo Dios: "Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo". Ese encuentro con Dios será de alguna manera fructífero para quien se acerca a Dios. El primer beneficio será seguramente el de consolidar el amor que sentimos por Él y el de sentirnos cada vez más resguardados en su corazón amoroso y paternal. No existe compensación mayor que el de sabernos amados por Dios. Con esa convicción podemos siempre afrontar cualquier situación que se nos presente en nuestra vida cotidiana, pues "nada nos puede separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro". Esto nos hace sólidos e invencibles, pues el amor de Dios es todopoderoso. Resguardados en Él podemos afrontarlo todo. "Todo lo puedo en Aquel que me conforta". Solo podremos ser vencidos si nos ubicamos lejos de su amor y de su corazón.

Jesús, Señor y Maestro, respondió a la inquietud de sus discípulos. Necesitaban ese contacto con Dios para mantener y solidificar su experiencia de amor. Y les regaló, y nos regaló a todos, la mejor oración que podemos hacer. Si es buena la oración que hacemos nosotros, podemos imaginarnos lo buena que es si es el mismo Jesús su compositor. Con seguridad, de esa manera se dirigió Él mismo a su Padre Dios. Sabemos bien que Jesús fue un hombre de oración. Se retiraba con frecuencia y pasaba noches enteras en ese contacto de intimidad con Dios. Tan bueno fue su testimonio que los mismos apóstoles le rogaron que les enseñara a orar. Y surgió de ese corazón que se mantenía en constante contacto con Dios esta oración: "Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal". Es la oración de los hijos de Dios, en la que se asume la común filiación, la fraternidad global, la alabanza y glorificación de Dios, el abandono en su voluntad, la solicitud de su providencia y la necesidad de su perdón y de su apoyo para vencer en toda ocasión. Cuando en nuestra oración asumimos el Padrenuestro obtenemos la mayor de las riquezas, la mejor manera de comunicarnos con Dios. Y abrimos las puertas de nuestro corazón para que Él se comunique con nosotros. Al hacer nuestra esta oración, y dejarla surgir desde un corazón conquistado por el amor divino, Dios abre el suyo para dejar manar desde él su amor eterno e infinito y derramarlo en nuestros corazones. El Padrenuestro nos vacía de nosotros mismos y coloca a Dios en el lugar que le corresponde. Nos enriquece en nuestra experiencia espiritual, produce los mejores frutos en nosotros, y nos compromete a vivir para Él, para su amor y para el amor a nuestros hermanos.