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viernes, 26 de marzo de 2021

La mano de Jesús está siempre tendida para darnos su amor y su consuelo

 Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas  me apedreáis?

El tiempo de la entrega de Jesús se acerca ya rápidamente. Es inminente la resolución de todo, en el camino del rescate que ha establecido el Padre que sea llevado adelante para satisfacer por la traición que había cometido el hombre con su pecado. El amor de Dios por cada uno de los hombres ha sido de tal calidad y de tal cantidad que echa mano al último recurso, el más elevado que le quedaba. Pide a su propio Hijo que asuma la tarea de hacerse hombre para que la naturaleza humana tuviera en Él un representante que estuviera a la altura de la satisfacción que se debía. Una ofensa tan grave a Dios sólo podía ser satisfecha por alguien que estuviera a la misma altura suya. Y el único que estaba en esas condiciones era su propio Hijo. Además, si el Padre demuestra el amor máximo por el hombre donándole a su Hijo, Él también hace gala de ese mismo amor divino. "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad", es su respuesta a la propuesta del Padre. El "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo", se complementa con el "Me amó y se entregó a la muerte a sí mismo por mí", de San Pablo. Todo es una círculo interminable de amor, pues es amor de Dios, que es eterno e infinito. No hay manera posible de que los hombres seamos condenados, a menos que nosotros mismos nos opongamos a ser salvados. "Dios quiere que todos los hombres se salven", dice San Pablo, estableciendo así el concurso del mismo hombre para alcanzar su salvación. Cada hombre que desea la salvación debe demostrarlo con sus acciones, con su rendición a la voluntad divina, con su búsqueda del bien para sí y para los hermanos, con su procura de un mundo mejor para todos. San Pablo no dice "Dios quiere salvar a todos los hombres", aunque seguramente es su deseo más profundo, sino que, como es en realidad, afirma "Dios quiere que todos los hombres se salven". Cada uno hace su parte para llegar a la meta de la plenitud.

Es necesario entrar en esta lógica divina para comprender muchas cosas de nuestra vida personal, de nuestra historia. En ella encontraremos seguramente muchas cosas de las cuales nos quisiéramos deshacer. Muchas de las experiencias personales que vivimos las rechazamos. ¿Cuántas veces nos quejamos de que las cosas no están como nosotros quisiéramos? ¿De cuántos problemas, dificultades, sufrimientos, dolores, enfermedades, no despotricamos pues nos hacen daño y quisiéramos que nos fuera ahorrada tanta molestia? La vida, no Dios, presenta siempre cosas que nos son totalmente desagradables. El mal del hombre tiene consecuencias absolutamente perjudiciales para todos, y todos somos de alguna manera dañados por el mal de unos pocos. Esas experiencias debemos verlas entonces, ya que son insalvables, como oportunidades para confirmar nuestra confianza en el Señor que en ninguna de esas circunstancias nos deja solos. Jesús mismo nos ha confirmado su presencia: "Vengan a mí lo que están cansados y agobiados que yo los aliviaré". En medio de los tormentos que podemos sufrir, está siempre la mano de Jesús tendida para ser nuestro alivio y nuestro consuelo. Siendo inevitable el sufrimiento humano, también es seguro el apoyo de Jesús. Esa es la lógica que Dios quiere que asumamos. Sus criterios no son los nuestros. Nuestro criterio sería no sufrir nunca. El de Jesús es estar presente como alivio en medio de nuestro sufrimiento: "Pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes. Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor del universo, que examinas al honrado y sondeas las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos, pues te he encomendado mi causa! Cantad al Señor, alabad al Señor, que libera la vida del pobre de las manos de gente perversa". Esa fue la experiencia de Jeremías, perseguido, humillado, excluido, pero nunca desesperanzado, pues sabía que Dios estaba con él.

Asimismo fue la experiencia de Jesús, ante las crecientes oposiciones con las que se encontraba. Cuando se atrevió a desvelar su identidad con Dios, fue llamado blasfemo, y por ello la decisión de las autoridades fue asesinarlo. Se plantea entonces una diatriba entre quienes prefieren creer en Jesús, sabiendo que en Él se cumplían las esperanzas de salvación del pueblo, que las cosas anunciadas se estaban empezando a cumplir con su obra y su palabra, que nadie hablaba con la autoridad con la que Él hablaba ni hacía las cosas que Él hacía, que empezaban a sentir la verdadera libertad en la que el hombre estaba en el centro y no era el yugo de la ley lo que más pesaba sobre ellos; y aquellos que veían peligrar sus privilegios de dominio sobre ese pueblo sencillo que sentía el gozo de la presencia de Dios en medio de ellos. A pesar de su sufrimiento cotidiano, que vivían en su día a día de sometimiento, de ruindad, de maldad, sentían el gozo de que la hora de la liberación estaba ya cercana. El mal, a pesar de haberse enseñoreado en el mundo no tenía la última palabra. La última palabra corresponde a Dios, a su amor, a su justicia: "Muchos acudieron a él y decían: 'Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad'. Y muchos creyeron en él allí". Aún así, la suerte estaba echada, pues ya los jefes del pueblo habían decidido la muerte de Cristo. Ese pueblo fiel, que había visto renacer y fortalecerse en la esperanza, sufrirá la gran frustración al ver a Jesús muerto en la Cruz, pero ésta revivirá cuando lo vean resurgir victorioso de la muerte con su resurrección. Por muy dura que sea la experiencia del dolor, la esperanza de la victoria de Dios, del bien y de su amor, jamás debe desaparecer. No podemos quedarnos contemplando solo al crucificado. Asumiendo que su sacrificio fue su mayor demostración de amor y que con ello venció el poder del demonio, debemos mirar al que resurge triunfante del sepulcro, pues es en Él en quien es refrendada también nuestra victoria, la que nos regala Jesús con su resurrección, que será la nuestra.

martes, 12 de enero de 2021

Cristo fue el primero en vencer el sufrimiento con el amor

 Added by @caritasvln Instagram post EVANGELIO Mc 1, 21-28. Lectura del santo  Evangelio según san Marcos. En la ciudad de Cafarnaún, el sábado entra Jesús  en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados

Entre las cosas de las que no encontramos explicación satisfactoria, y quizás nunca podremos encontrarla del todo, aun cuando haya quienes escudriñen cuidadosamente en las Sagradas Escrituras, está la del sentido del dolor y del sufrimiento humano. Las preguntas recurrentes que nos hacemos todos son: ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué el dolor? ¿Cuál es el sentido de la enfermedad? ¿Por qué tiene que haber guerras y enfrentamientos entre los hombres? ¿Por qué no se puede dar una paz estable, en la que brille la armonía entre todos? ¿Por qué no se puede tener una relación armónica con todos y deben presentarse siempre los conflictos entre hermanos? ¿Por qué el bienestar no es una situación general y hay tanta gente que sufre necesidades y son humillados? ¿Por qué se da la falta de solidaridad de los que más poder y bienes poseen ante las tragedias que viven tantos hermanos que están en el hambre, la sed, la ausencia de servicios básicos, la mala atención médica, la falta de medicamentos? Éstas y muchas más inquietudes que se plantean algunos crean angustia en el hombre. Algunos buscan responder poniendo manos a la obra para ayudar a paliar en algo esas situaciones de desgracia en la que se encuentran tantos hermanos. Otros, son indiferentes, mientras esas situaciones no los toquen directamente. Y otros, finalmente, más bien contribuyen a que esas situaciones se mantengan, pues son el caldo de cultivo ideal para avanzar en su empeño de agrandar su poder y sus bienes. Ciertamente podríamos pensar en un "fracaso" de Dios, pues habiéndolo creado todo desde el bien, es espectador de un mundo que se hunde en el abismo. La pregunta crucial será entonces: ¿Cuál es la razón de todo esto? Y la respuesta es paradójicamente sorprendente: Todo sucede porque Dios nos ama infinitamente. Existimos por un gesto de su amor. Recibimos todos los bienes por un gesto de su amor. Nos mantiene en el mundo por un gesto de su amor. Respeta nuestra libertad por un gesto de su amor. El amor es la razón última de todo. Incluso el mal que nos atraemos sirviéndonos a nosotros mismos sucede porque Dios nos ama y es respetuoso al extremo de nuestras decisiones, a pesar de que sabe bien que el camino que hemos elegido nos puede llevar a nuestra propia debacle.

En esa historia, que se repite una y otra vez en la humanidad, se hace presente Dios en Jesús. Él es autor y actor principal de ella. Habiendo surgido todo de sus manos no podía Él mismo extrañarse, pues quiere seguir actuando, realizando sus obras de amor, haciendo presente el amor. El hecho de que haya tanta tragedia en el mundo no significa su ausencia. Al contrario, cada acontecimiento lo hace más presente, pues quiere que en medio de cada uno de ellos se sienta su presencia, su compañía, su acción. Aun cuando en ocasiones parezca que ha volteado su mirada hacia otro lado, sigue allí, pendiente, realizando su obra de amor, que es la del sustento en medio de la debilidad, en la inspiración a hombres y mujeres para que se hagan solidarios con los más necesitados, en las manos anónimas que se tienden para levantar y sostener a quienes están caídos. La obra del bien no descansa. Así como tampoco descansa la obra del mal: "Dios no sometió a los ángeles el mundo venidero, del que estamos hablando; de ello dan fe estas palabras: '¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el ser humano, para que mires por él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, todo lo sometiste bajo sus pies'. En efecto, al someterle todo, nada dejó fuera de su dominio. Pero ahora no vemos todavía que le esté sometido todo. Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Pues, por la gracia de Dios, gustó la muerte por todos. Convenía que aquel, para quien y por quien existe todo, llevara muchos hijos a la gloria perfeccionando mediante el sufrimiento al jefe que iba a guiarlos a la salvación. El santificador y los santificados proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos, pues dice: 'Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré'". La perfección que se persigue pasa antes por la purificación del sufrimiento. Lo vivió Jesús, que goza de la gloria eterna después de haber saboreado lo amargo del sufrimiento y de la muerte. Es el mismo itinerario que seguiremos todos los que hemos estado sometidos al mal y perseguimos la plenitud del bien mayor, que es la salvación.

Esa victoria final del bien en Jesús es algo de lo que podemos estar absolutamente seguros. Dios no podrá ser vencido jamás, aunque el mal obtenga sus victorias. Forma parte todo de ese diseño original creador de Dios que contempla la presencia del mal en el mundo, envalentonado con las victorias que le da el mismo hombre que se asocia a él, en la pretensión de ponerse por encima de Dios. Lo logrará en ocasiones. Y tendrá victorias estruendosas. Pero sucederá igual que sucedió con el Redentor "vencido" en la Cruz, pero victorioso definitivamente al dejar vacío el sepulcro. Ese será también el mismo itinerario que seguiremos cada uno de los hombres. Podremos ser vencidos por el mal y sufrir su tortura temporalmente. Pero nos podemos ver en la imagen del resucitado victorioso. Es lo que le da sentido al sufrimiento. Sufrir por sufrir simplemente no tiene ningún sentido. Sufrir asumiendo que viene la victoria final, le da todo el sentido al sufrimiento. Es guardar siempre la esperanza que vivió el pueblo ante la llegada del Mesías. Él viene a vencer al mal, viene a vencer al demonio. Y ya está aquí, ayer y hoy, haciendo la obra del amor todopoderoso de Dios: "En la ciudad de Cafarnaún, el sábado entra Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: '¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios'. Jesús lo increpó: '¡Cállate y sal de él!' El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos: '¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen'. Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea". El amor de Dios en Jesús actúa en contra del mal y de su guía, el demonio. Así sigue actuando en favor nuestro. Cada uno puede sentir el alivio de la victoria del bien sobre el mal que vive, pues Cristo ha venido para él y no lo dejará defraudado. El amor de Jesús sana y salva. Y lleva a la eternidad.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Con Jesús somos una fortaleza indestructible

 EL PESO DEL AMOR

Entre las sensaciones que podemos vivir los cristianos en el mundo, teniendo la conciencia de que el Señor nos ha creado para ser felices y nos ha puesto en el mundo como sus criaturas predilectas para procurar avanzar en ese camino de felicidad que Él mismo nos señala y en el cual Él es también la meta, está el de vivir en una angustia espiritual y a veces hasta física, de sentirnos abandonados y no saber descubrir esa dicha a la que estamos llamados. Son a veces tantas las experiencias contrarias a la felicidad que llegamos incluso a dudar de la promesa divina de felicidad: "Al Señor no le importa mi destino, mi Dios pasa por alto mis derechos". Es un reclamo que casi hasta legítimamente le hacemos a Dios en ocasiones en las que sentimos que aquella promesa de felicidad está muy lejos de cumplirse. Un mundo que ha sido puesto en nuestras manos para hacer nuestra vida feliz, para hacer las vidas de los hermanos felices, para hacer que en cada estructura que lo conforma se haga todo lo posible por lograr que todos puedan acceder a esa ruta de felicidad, es lo que Dios nos ha encomendado. La tarea de la humanidad entera debería estar centrada en la búsqueda de esas rutas que el Señor ha establecido. Nuestra grandiosidad como criaturas está en que Dios nos ha asociado a Él en esa tarea. No lo ha querido asumir Él solo sobre sus espaldas y nos ha dotado de las suficientes capacidades para avanzar en ello. El gozo de cada uno de nosotros está en unir nuestro hombro al de Dios para hacer que el mundo avance.

No obstante, sabemos también que esta finalidad que ha perseguido Yhavé cuando nos regaló el mundo y puso todas las cosas en nuestras manos, tiene su lado oscuro. La creación, habiendo surgido de las manos amorosas de Dios y siendo radicalmente buena por su origen glorioso en Dios, empezó a albergar la fuerza más destructiva que se podía imaginar. No podemos decir que Dios hubiera sido ignorante de esta posibilidad. Dios es todopoderoso y omnisciente. Para Él todo lo que sucede es sabido y por lo tanto la ingenuidad nunca estará entre sus debilidades. La creación del hombre trajo sus bemoles de amor y de capacitación. Y también trajo aquella libertad que Dios respeta reverencialmente. Por ello, nos encontramos en esa ya larga historia las ocasiones en las que el mal hace su tarea. Y vemos con dolor el empeño del hombre contra el mismo hombre, para dañarlo, irrespetando sus derechos, pisoteando su dignidad, aprovechándose de cualquier circunstancia para adquirir más poder y obtener mayores riquezas personales. Es largo el rosario de los males que el mismo hombre ha ido sumando a esas desgracias. En esta línea de males se encuentran muchos que no ven la luz, pues están agobiados realmente por sus situaciones particulares. Pero son realidades muy concretas que no pueden ser dejadas a un lado.

Y aunque no entendamos aún del todo, pues es el futuro prometido que definitivamente se dará y triunfará ya que es la promesa firme de Dios, nuestra tarea como cristianos es poner el oído atento y el corazón bien dispuesto para nunca dejar morir esa esperanza. Dios es un Dios fiel y jamás dejará una sola de sus promesas sin cumplir. Las promesas del idilio final de Dios con los hombres y con el mundo son un futuro incuestionable. A pesar de los dolores y las angustias que sobrevengan, Él está siempre en medio de todo sosteniendo a cada hombre y a cada mujer en sus avatares. Él está inspirando al hombre a que haga su parte. La fatiga no es una opción para el cristiano. Por eso surge su palabra que anima e impulsa: "El Señor es un Dios eterno que ha creado los confines de la tierra. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia. Fortalece a quien está cansado, acrecienta el vigor del exhausto. Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan". Nunca dejará de estar presente en esa historia que al fin y al cabo es la suya. Y, si acaso se sintiera que fuera poco esta promesa, ha venido Él mismo a tendernos la mano para que tuviéramos el más sólido apoyo en nuestra lucha cotidiana: "En aquel tiempo, Jesús tomó la palabra y dijo: 'Venid a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera'". Es la más feliz de las ofertas que podremos recibir jamás. En medio de tantas tribulaciones y dolores que cotidianamente podemos vivir y que seguramente seguiremos viviendo, jamás estaremos solos, pues además de todas las manifestaciones de amor y de poder que nos ha dado Dios en la historia, en este momento de esta historia que escribimos, Jesús se sigue poniendo a la vera del camino con su mano tendida para que nos agarremos a ella y no la soltemos. Nadie conoce mejor de cansancios, agobios y tribulaciones que el Hijo de Dios hecho hombre. Y aún así, sigue siendo el Dios poderoso que sigue a nuestro lado. Con ese auxilio suyo nuestra esperanza se afianza y seremos capaces de vivir el consuelo que en cada segundo de nuestras vidas podremos recibir de ese Dios que nos ama con amor infinito.

miércoles, 29 de abril de 2020

Tú, Jesús, eres mi consuelo, mi fortaleza, mi luz y mi perdón

legalismos | De la mano de María

"La vida del hombre en la tierra es milicia", dijo el sabio y paciente Job. Sin duda, la lucha cotidiana por proveer lo necesario para una vida cómoda, el enfrentamiento de las dificultades naturales que se presenten, los conflictos personales con otros, son circunstancias que están aseguradas en la vida común de cualquiera. Por eso la vida es un eterno combate, una milicia, que nos llama a estar siempre dispuestos a enfrentar esas realidades. La búsqueda de la felicidad no está exenta de la posibilidad de tener que sobreponerse a dolores, a sufrimientos, a persecuciones, a crisis. Desde que el hombre pecó el dolor es una realidad segura. Antes del pecado, cuando el hombre seguía al pie de la letra las indicaciones divinas, se aseguraba una vida de armonía absoluta pues todos los hombres eran iguales y todos seguían el mismo interés de ser fieles a Dios. Cuando entró el pecado en el mundo los hombres empezaron a verse como adversarios, como competidores. Todos seguían un interés personal, que era el de lograr la felicidad propia, sin importar ni los medios ni los métodos a usar. Lo que importaba era lograr esa felicidad, sin más. La única medida a tener en cuenta era el esfuerzo personal por sobreponerse a los otros, con tal de llegar a la meta. La soberbia se enseñoreó en el corazón del hombre, por lo cual él pasó a ser el centro de todo, y todo debía girar en torno a él y a sus intereses. Todo lo que no fuera en esa línea o se opusiera a ella, debía ser echado a un lado y eliminado. Esto, evidentemente, para una vida social, aseguraba la existencia de conflictos. A las dificultades naturales que se presentaban en torno a la vida de los hombres, se sumó el conflicto interpersonal, en el cual el hombre se convierte para el otro en un estorbo, o en el mejor de los casos, en un instrumento del que me valgo para alcanzar mis metas. De allí la frase terrible: "El hombre es lobo del mismo hombre". En todo caso, esa vida de combate es una realidad absoluta para la humanidad. Unas veces se saldrá triunfante. Otras, se saboreará lo amargo de la derrota. Esta es una verdad que viviremos todos. Y ante ella, Jesús nos pone sobreaviso. No quiere engañarnos Jesús dibujándonos un mundo color de rosa. Nos hace pisar firme en la realidad que viviremos cotidianamente: "En el mundo encontrarán tribulaciones, pero no teman, Yo he vencido al mundo".

Alguna vez se escuchó la especie de que Jesús jamás se anunció a sí mismo, como si en su intención solo hubiera el deseo de predicar la realidad del amor y del perdón de Dios, sin predicarse a sí mismo como el Redentor. Nada más lejos de la realidad, por cuanto, en efecto, son varias las ocasiones en las que Jesús se ofrece a sí mismo como el mejor apoyo que podemos tener los hombres en la milicia que es para nosotros la vida. Al decirnos "no teman, Yo he vencido al mundo", no nos está diciendo otra cosa que al ir al mundo no vamos solos, sino que Él nos envía y se embarca con nosotros en la misma tarea. Por un lado, su fuerza será la nuestra, pues Él la coloca en nuestras manos. Es lo que entendió perfectamente San Pablo, cuando habló de sus propias fuerzas: "Muy a gusto presumo de mis debilidades, pues entonces residirá en mí la fuerza de Cristo". La compañía de Jesús, siendo una compañía espiritual, es totalmente real. El enviado por Cristo sentirá en el cumplimiento de su tarea, inusitadamente una fuerza que no es la suya, una iluminación sobrenatural que pondrá palabras en sus labios que jamás pensó que podría pronunciar, ideas en las cuales nunca antes había pensado. Sin duda, es el cumplimiento estricto de esa promesa de Jesús. Pero más allá de esa presencia suya en el cumplimiento de la misión apostólica, está su presencia que consuela y alivia en el dolor y en el sufrimiento. No es una promesa de que no tendremos dificultades ni una fortaleza que promete para enfrentar fuerzas contrarias, sino que es un alivio sentimental y afectivo que hará sentir un sosiego real, una frescura que serena y llena de paz interior a quien sufre el agobio de las dificultades y conflictos personales. Es el ofrecimiento que hace Jesús de sus brazos en los cuales nos podemos refugiar para sentir el calor de quien nos ama de verdad y quiere nuestra paz. Es el oasis que viene a nuestro encuentro en medio del desierto del dolor y del sufrimiento. No es su compañía para enfrentar al mundo. Es su compañía en la intimidad del corazón que se siente agobiado y casi vencido en el desasosiego de la realidad cotidiana. Es la dulzura del consuelo y de la serenidad en medio del tormento de un corazón que tiene muchas heridas. Es la certeza de tener un fundamento sólido en su amor, a pesar de que todo lo que está alrededor se tambalee. Los brazos de Jesús son poderosos y suaves a la vez. Sostienen en el dolor y simultáneamente llenan de paz y de consuelo: "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera".

Para obtener esta acción de Jesús en nosotros debemos estar dispuestos a abrir el corazón para reconocer que solos no podemos. No podremos anunciarlo de manera individual, sin su fortaleza y sin su iluminación, ni podremos recibir el consuelo necesario como lo ofrece el mismo Cristo ni de nosotros mismos ni de nadie cercano. Necesitamos deponer nuestra actitud de soberbia y declararnos absolutamente necesitados de Él, de su fuerza, de su amor y de su consuelo. Es necesario que asumamos una actitud de humildad, que es imprescindible para que el Señor vea las puertas de nuestro corazón abiertas a su presencia y se decida a venir a nosotros. Es la única manera en la que obtendremos su favor, nos llenará de su fuerza y nos iluminará en el cumplimiento de nuestra tarea. Y es también la manera en la que manifestaremos nuestra determinación de acercarnos a Él confiados para recibir el consuelo y el alivio que nos promete. De esa manera seremos campo fértil para la siembra que quiere hacer Dios: "Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar". Si mantenemos una actitud soberbia, estaremos cerrando las puertas a la acción divina en nosotros. Esa actitud de humildad nos llevará a reconocernos en lo que somos y a declararnos necesitados del amor y la misericordia divinas: "Si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros. Hijos míos, les escribo esto para que no pequen. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo". Acercarnos humildemente a Dios por Jesús, reconociendo lo que somos, es dejarnos llenar de su luz, permitir su entrada que nos purifica, y dejarnos hacer de nuevo, llenos de la iluminación que nos deja su presencia: "Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con él y vivimos en las tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado". Sin duda, en medio del tráfago de la vida, nos encontramos con la posibilidad del acompañamiento de Jesús que nos limpia, nos capacita para la misión, nos da su fuerza y nos ilumina, y tiene sus brazos extendidos hacia nosotros para aliviarnos y consolarnos en toda ocasión.

martes, 15 de octubre de 2019

Conozco mejor a Dios cuando me dejo amar por Él

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El tema de la humildad es un tema recurrente en los labios de Jesús. No se cansa de repetir su exigencia una y otra vez. Es que no hay nada que nos aleje más del amor de Dios, de su misericordia y de su obra de salvación, que la soberbia, el egoísmo y la vanidad. Creernos autosuficientes, desligados totalmente de la Gracia divina, de la providencia de Dios, de la misericordia y el perdón que Él quiere derramar en nosotros, cierra todas las posibilidades de gozar ahora y por toda la eternidad de la dicha de sabernos suyos. Al que así obra le tocará buscar satisfacer esas ansias de eternidad que por naturaleza, por la voluntad eterna del Creador, tiene como semilla en su ser, únicamente en sus propios logros, mediante su propia sabiduría. El esfuerzo apuntaría a buscar la trascendencia no en sí mismo, en su referencialidad al Dios eterno y todopoderoso, sino en sus obras, en su descendencia, en la memoria colectiva. Evidentemente, para el que tiene en su ser esas ansias de trascendencia naturales, esa referencia esencial a lo eterno, la autoreferencialidad será siempre insatisfactoria, incompleta, y por lo tanto, frustrante. Desconectar al hombre de Dios es la tarea que se ha impuesto el demonio. Él, maestro de soberbia, de egoísmo y de vanidad, no quiere estar solo en esta batalla en la que será a todas luces perdedor. Quiere sumar más adeptos a su causa y por eso alimenta esa soberbia, haciéndonos creer que no necesitamos de Dios para nada, mucho menos para trascender. Fue su soberbia la que lo hizo ponerse de espaldas a su Dios y desobedecerlo en la raíz de su voluntad. Y desde aquel fatídico momento ha querido infestar al mundo y al hombre con su misma actitud.

El antídoto para este veneno es muy simple. Sorprendentemente simple, tomando en cuenta lo complejo en que puede derivar la contaminación que logra ese veneno. Dios nos invita a la sabiduría. No a una sabiduría como la entendemos normalmente, basada en la acumulación de conocimientos, de conceptos, de información, sino en lo que, incluso etimológicamente, significa la misma palabra. Es una sabiduría que apunta a saborear, a probar el sabor, a disfrutar realmente de ese sabor de Dios. Así, la mejor sabiduría es la que se basa en el tener en el corazón la experiencia sabrosa de Dios, de su amor, de su misericordia, de su perdón, de su providencia, de su voluntad salvífica. Es saborear el camino de felicidad que nos sugiere el sabernos amados infinitamente y conducidos por su mano paternal al logro de esa experiencia para toda la eternidad. Es el saber que jamás se tendrá una experiencia más gratificante que abandonarse en Aquél del cual solo obtendremos satisfacciones, alivio, consuelo, dicha. Es tener la sensación de que estando en sus manos incluso las experiencias dolorosas adquirirán sentido y nos dejarán siempre alguna riqueza. Que la propia existencia alcanza el culmen de su sentido pues está encaminada irrefutablemente hacia la vida plena en Él, que lo llenará todo, y "será todo en todos", dándole su plenitud.

La Sabiduría "le sale al encuentro como una madre y lo acoge como una joven esposa. Lo alimenta con pan de inteligencia y le da a beber agua de sabiduría. Si se apoya en ella, no vacilará, si se aferra a ella, no quedará defraudado. Ella lo ensalzará sobre sus compañeros y en medio de la asamblea le abrirá la boca. Lo llenará del espíritu de sabiduría y de inteligencia y lo revestirá con un vestido de gloria. Encontrará gozo y corona de júbilo, y un nombre eterno recibirá en herencia". En este sentido la sabiduría, que se basa en una vivencia espiritual muy intensa, será la experiencia más gratificante y compensadora. Jesús mismo la alaba como la condición para gozar de su dicha y de su cercanía: "Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar." La sabiduría del que se une íntimamente a Dios no es la de los sabios y entendidos según el mundo, sino la de los humildes que han depuesto su soberbia, se han deslastrado de su egoísmo y de su vanidad, y han abandonado todo su ser, sus deseos y conductas en favor de lo que es mejor, que es, con mucho, el sabor que Dios pone en su propia vida.

Conocer a Dios, tener su sabor, es una experiencia ante todo de amor. No conoce más a Dios el que se ha llenado de ideas teológicas, profundizando en los escritos de los más grandes teólogos de la historia, sino el que ha abierto su corazón a la experiencia profunda, gratificante y dichosa de su amor. A Dios lo conocemos en el amor. Conoce a Dios mejor solo el que entra en la misma dinámica de su amor, amando y dejándose amar. Por eso Jesús invita a todos a acercarse a su corazón amoroso: "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera". No promete Jesús el cese de todas las circunstancias negativas, sino el alivio y el consuelo en medio de ellas recibiendo su amor. La felicidad no está en la ausencia del dolor, sino en la convicción de que en Jesús tendremos siempre un consuelo y un alivio y en que no caeremos en el vacío del dolor sin sentido. Es saber que siempre podremos contar con Él y con su amor en medio de cualquier sufrimiento.

Para vivir esta experiencia tan hermosa y tan entrañable es necesaria la humildad, la verdadera sabiduría. Es necesario hacerse pequeños, conscientes de que nosotros no tenemos todas las respuestas y de que no podremos darnos nosotros mismos las satisfacciones que solo pueden venir de Aquél que nos promete el ser felices. Es tener la suficiente confianza en el que no nos puede engañar diciéndonos que seremos felices en Él, pues nos ha demostrado la sinceridad de su amor por nosotros entregándose a un sufrimiento trágico y a una muerte atroz, sin tener que haberlo hecho, movido solo por ese inmenso amor que nos tiene. Esa ha sido la prueba contundente de que su amor es absolutamente sincero y cierto, y de que todo lo que surja de sus labios como promesas de felicidad para quien lo siga, será siempre verdadero. Lo mejor para nosotros es hacernos pequeños y humildes, abriendo nuestro corazón a la experiencia del amor, para hacernos verdaderamente sabios, pues tendremos el sabor dulce y gratificante del amor infinito de Dios en nuestros corazones y ese será el combustible que nos conducirá a la eternidad, donde tendremos la experiencia interminable del abrazo eterno de amor que Dios nos dará.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

No nos hundiremos

En ningún momento los hombres estamos solos. El problema radica en que teniendo la mano de Dios tendida hacia nosotros, miramos hacia otra parte y despreciamos muchas veces ese apoyo que es seguro e indudable, y preferimos pasar a confiar en otras realidades que no son tan sólidas como el amor... Una vez escuché a un charlista diciendo que Jesús en el Evangelio nunca habló de sí mismo, en el sentido de que nunca se hizo propaganda. Y lo decía como queriendo acentuar la absoluta humildad de Jesús, sobre la cual no tengo ninguna duda, cuando presentaba al Padre como Aquél al que había que seguir, al que había que amar, al que había que servir... En ese sentido, tenía razón, pues Jesús tenía muy clara su misión, la que le había encomendado el mismo Padre y que Él había aceptado con obediencia y sumisión total de Hijo... "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad", dijo eternamente el Verbo de Dios ante el Padre... Y, como dijo San Pablo, Jesús "aprendió, sufriendo, a obedecer". Y por esa obediencia extrema alcanzó la Redención de los hombres y con ello, cumplió perfectamente la misión que le había sido encomendada... En ese sentido, Jesús es el modelo perfecto de obediencia, que nos sirve a todos para avanzar por las mismas rutas para perfeccionarnos...

Pero aun cuando la afirmación en el sentido que hemos dicho es cierta, no lo es en el sentido general, pues Jesús en el Evangelio sí habla de sí mismo, y, en cierto modo, se hace propaganda para acompañar al hombre, si éste lo acepta, en el camino del crecimiento, de la fe, de la confianza, del alivio y del consuelo... La obra de Jesús no terminó con su muerte en la Cruz, ni con su gloriosa resurrección. No hay que pensar que después de culminada la obra redentora, Jesús "se fue", desentendiéndose del mundo y del hombre. Es imposible que así sea, pues la obra de Cristo no fue sino el primer paso en la ruta de la plenitud que, aun cuando se alcanzó con su Pascua, necesita ser aún llevada a su desarrollo total, pues se dio, pero aún falta... Es el "Ya pero todavía no", del que habla tan acertadamente Pablo... La Redención es ya una realidad alcanzada, pero tiene que llegar a todos y a todo, hasta ser vivencia de plenitud al final de los tiempos...

Por un lado, Jesús nos ha prometido su presencia en esta etapa de "desarrollo" de la Redención. Antes de ascender a los cielos Él mismo le dijo a los Apóstoles: "Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos". Pero, además, esa presencia suya se hace real, sacramental, en diversas circunstancias de la vida del cristiano... En primer lugar, en la misma Eucaristía, presencia más densa de Jesús en la historia humana. Según las mismas palabras de Jesús, que no nos puede engañar, el Pan Eucarístico es "Mi Cuerpo que será entregado por ustedes" y el Vino Eucarístico es "El Cáliz de mi Sangre...; Sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por todos los hombres para el perdón de los pecados". No es un mero simbolismo, como lo pretenden algunas seudointerpretaciones vaciadores del sentido sacramental de la Eucaristía. Jesús está realmente presente en el Pan y en el Vino de la Eucaristía, y se sigue entregando, ciertamente ya sin pasión, produciendo los mismos efectos de salvación que los de la Última Cena con los Apóstoles... Pero, además, podríamos hablar de otras dos presencias reales de Jesús: En los pobres y en la oración. En sus mismas palabras nos ha dicho: "Cada vez que lo hicieron con uno de estos pequeños míos, a mí me lo hicieron", con lo cual nos estaba confirmando su presencia en los más humildes y sencillos, y que, por lo tanto, actuar con amor a favor de ellos es hacerlo a favor del mismísimo Jesús. Y nos dijo también: "Cada vez que se reúnan en mi nombre, allí estaré yo en medio de ustedes". La oración hecha en el nombre de Jesús es la seguridad de su presencia entre nosotros. Pobres y oración, además de la Eucaristía, son presencias reales de Jesús en nuestra historia...

Pero, en la dinámica del amor tierno y providente de Jesús por los hombres, es necesario destacar una "cuarta" presencia suya en nuestra historia. La del que está dispuesto siempre a ser alivio, consuelo, apoyo, en las dificultades que tendremos los hombres. Notemos bien que Jesús no ofrece su presencia para hacer desaparecer los problemas. Nos equivocamos cuando decimos que estar con Jesús es asegurar la serenidad plena, en el sentido de que todos nuestros "problemas" estarán resueltos o que Él nos los evitará. Jamás eso nos lo dice Jesús... Si al caso vamos, lo que nos dice Jesús es todo lo contrario. En el "Apocalipsis" de Lucas, en las Bienaventuranzas, y en varias otras oportunidades más bien nos pinta un panorama bastante distinto al de esa supuesta serenidad que muchos piensan... Nuestra fidelidad a Él nos traerá pruebas, persecuciones, dificultades... No nos engaña Jesús, ni quiere "endulzar" nuestra realidad futura si estamos bien dispuestos a seguirle fielmente...

Pero lo que sí nos asegura Jesús es que en ninguno de esos momentos estaremos solos. "Yo los aliviaré", nos asegura. No nos dice: "Yo les evitaré los problemas", sino que se ofrece como apoyo, fortaleza, alivio y consuelo en medio de ellos... Por eso, con Pablo debemos tener la certeza de que "en todo eso vencemos, por Aquél que nos ha amado", y de que "todo lo puedo en Aquél que me da la fortaleza"... No somos muy inteligentes, por lo tanto, cuando preferimos quedarnos solos, no permitiendo a Jesús ser nuestro mejor apoyo. No hacemos las cosas correctamente cuando empezamos a quejarnos de Dios cuando sufrimos, y no le damos la oportunidad de ser de verdad nuestro apoyo. Es posible que lleguemos a un punto en el que pensemos que ya no hay nada de lo cual agarrarse para poder surgir victoriosos de en medio de las pruebas y de las dificultades. No jugaremos bien este juego si nos desligamos del único vínculo que nos puede llegar a quedar en algún momento oscuro... En el peor de los momentos, en el más oscuro de los tiempos, cuando pensamos que ya no hay más nada por hacer, nos queda la mano tendida de Jesús: "Vengan a mí los que están cansados y agobiados, que Yo los aliviaré"... ¿Cómo no aprovechar esa mano poderosa y amorosa que está para agarrarnos y ayudarnos en el peor momento? ¿Cómo no hacer lo que hicieron los Apóstoles cuando vieron que se hundía la barca y clamaron a Jesús: "¡Señor, sálvanos, que nos hundimos y pereceremos!"? ¿Cómo no tener la confianza que tuvo Pedro en Jesús cuando empezó a hundirse al sentir el viento mientras caminaba sobre las aguas: "¡Señor, sálvame!"? La realidad es que Jesús jamás permitirá que nos perdamos, que nos hundamos. Le hemos costado un precio muy alto para dejarnos a la intemperie. Por eso podemos tener la absoluta certeza de que estamos en sus manos. Incluso cuando pensemos que todo está perdido, no es verdad, pues la mano de Jesús está allí, sosteniéndonos. Y esa mano es poderosa, tanto, que venció a la muerte. Y si ha vencido a la muerte, podrá vencer cualquiera de nuestras dificultades. Es el músculo del amor tierno y misericordioso de Dios que está favor de nosotros, por lo cual jamas seremos vencidos... Basta que nos tomemos de Él para experimentar su amor todopoderoso, que vence cualquier sufrimiento, cualquier dificultad. Y que está siempre a nuestro favor... No cometamos la torpeza de quedarnos solos. Sería la peor elección que haríamos en nuestra vida...