jueves, 27 de mayo de 2021

Nuestra mayor alegría es haber sido bendecidos por el amor de Dios

 Haced Esto en Memoria de Mí | El deseado de todas las gentes

Dios ha creado al hombre para la felicidad. Su finalidad al hacerlo existir es mantenerlo junto a sí para que experimente su amor y viva continuamente en su presencia, en esa felicidad que le regala y que le pertenece, pues es donación amorosa e irrevocable de la voluntad divina. Al ser ese amor inmutable, pues es la misma esencia divina que no puede cambiar, su donación a los hombres tampoco se transformará jamás. Los hombres podemos vivir seguros eternamente en el amor de Dios, pues una vez que nos lo ha concedido, ya nunca desaparecerá de nuestras vidas, pues "los dones de Dios son irrevocables", a decir de San Pablo. Dios empeña su ser en esa donación, pues donar el amor implica donarse a sí mismo. El amor no es "algo" que Dios cede, sino que es Él mismo, su ser entero, lo que va unido al don, más aun, lo que es el don. Esa experiencia de donación de Dios, siendo el tesoro más valioso en la vida de los hombres, requiere, de parte de los receptores, como es lógico, el hacerlo consciente, aceptarlo, vivirlo, asumir el compromiso al que llama, abrir el corazón a su acción. Es, de alguna manera, hacerse también uno con el amor, viviendo su esencia, cumpliendo el ser "imagen y semejanza" del Creador, con lo cual se eleva sobre la simple condición humana, asumiendo la asimilación a la naturaleza divina, asemejándose cada vez más a la causa de su origen, y haciéndose reflejo del amor divino en el mundo del que es hecho dueño. Ese mundo, por la presencia del hombre que se ha asimilado al Dios del amor, debe estar imbuido todo él en la experiencia del amor de Dios, por la presencia del hombre creado en ese amor. Esa donación de Dios es absolutamente libre y espontánea. No hay nada que obligue a Dios a realizarla, sino solo su ser amoroso y su deseo de beneficiar al hombre eternamente. Dios ama porque Él, en su esencia, es el amor. Nuestra respuesta como beneficiarios del amor, debe ser también una respuesta de amor. "Dios nos amó primero", sin razón alguna que lo moviera a ello. Su amor es amor de pura benevolencia, de donación, de oblación. Es un amor que no exige respuesta. Su corazón ama porque sí, porque no puede hacer otra cosa, porque no quiere hacer otra cosa. Y así debe ser el amor de nuestra respuesta. En ese intercambio somos nosotros los favorecidos pues somos colmados por un amor infinito que no tiene posibilidades de ser equiparado. Lamentablemente, al no hacernos conscientes de esta bendición, nos atrevemos a ser infieles a ese amor con nuestro pecado, alejándonos del mayor beneficio que podemos recibir. Traicionamos al amor. Pero el amor sigue siendo amor y sigue siendo don, transformándose en rescate, en misericordia, en perdón. Dios no puede negarse a sí mismo.

Esa experiencia del Dios misericordioso la vive repetidamente el pueblo elegido en su relación tortuosa con el amor. Y Dios, empeñado en seguir siendo causa de plenitud y de felicidad del hombre, una y otra vez insiste en presentarse como única razón que sustente la felicidad estable de los hombres. Dios creó al hombre, y puso en su naturaleza, como condición para su felicidad, mantenerse unido a Él. En la genética espiritual de la humanidad estará siempre la añoranza del amor y de la felicidad, pues ha surgido de la divinidad y tiene de ella su carga vital. Y Dios ha colocado en ese camino del hombre y en su ser, el que sea Él el único que pueda satisfacer plenamente ese vacío existencial. Por eso se ofrece amorosamente para que el hombre no mire en otra dirección. Respeta su libertad de elección, pero sigue ofreciéndose para ser la causa de la felicidad plena. Así lo dice San Agustín: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti". Y el mismo pueblo de Israel recibe de Dios esta afirmación que llena de esperanza y de agradecimiento al amor: "Ya llegan días - oráculo del Señor - en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No será una alianza como la que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto, pues quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor - oráculo del Señor -. Esta será la alianza que haré con ellos después de aquellos días - oráculo del Señor - : Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y no tendrán que enseñarse unos a otros diciendo: 'Conozcan al Señor', pues todos me conocerán, desde el más pequeño al mayor - oráculo del Señor -, cuando perdone su culpa y no recuerde ya sus pecados". Son palabras que confirman ese amor incondicional y que llenan de esperanza y de confianza en el Dios que es eternamente fiel a su amor.

Por supuesto, la corona de la experiencia vital del amor de Dios por los hombres es la entrega del Hijo a la causa del rescate del hombre pecador, decidida por el amor del Padre y secundada por la aceptación voluntaria y también amorosa de parte del Hijo. "Nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos", afirmó Jesús describiendo la medida del amor que Él mismo derramaba sobre la humanidad. También lo describió San Agustín magistralmente: "La medida del amor es el amor sin medida". El zenit es alcanzado, no solo en la pasión cruenta que lo conduce a la muerte, sino también en el gesto amoroso de aceptación del sacrificio, y en el acto sacramental que establece como recuerdo perenne del mismo, con el cual no solo figura su entrega, sino que lo hace presencia hasta el fin de los tiempos, que implica que ese gesto será memoria perenne de su amor y se convertirá para siempre en prenda de su presencia en el mundo, cumpliendo su promesa: "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo". La última cena de Jesús con sus apóstoles es la ocasión de esta confesión de amor eterno: "El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, mientras comían, Jesús tomó pan, y pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: 'Tomen, esto es mi cuerpo'. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron. Y les dijo: 'Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad les digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios". Este gesto de donación será firme hasta la vuelta definitiva del Verbo eterno de Dios, y nos recordará su entrega amorosa. Y se hará real y efectivo cada vez que hagamos memoria de él, actualizando los efectos redentores de la entrega del Salvador por amor. Se confirma una vez más, y cada vez que lo celebramos en la Eucaristía, el amor de benevolencia de Dios hacia los hombres. Con ello, queda confirmado que somos los seres más bendecidos por Dios, pues su amor es siempre nuestra mayor alegría y nos acompañará eternamente, sin tener jamás un final.

miércoles, 26 de mayo de 2021

La oración nos une al Señor y nos llena de su vida

 Evangelio del domingo para niños: S. Marcos 10,35-45.(21/10/18) – Sobre roca

Los discípulos de Jesús deben buscar siempre un contacto vivo y vivificante con Él. Deben tener plena conciencia de estar siempre en su presencia y vivir en la normalidad de su encuentro. Cuando se asume la vida de la fe, se asume que Él será el compañero de camino, tal como lo prometió al decir que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos, y lo figuró concretamente cuando pidió a los apóstoles que remaran mar adentro, pero no los dejó ir solos, sino que se embarcó también, de modo de darles a entender que siempre estará presente en todas las empresas que la barca de la Iglesia deba asumir. Él se encargará de indicar las rutas, de fortalecer en la debilidad, de calmar las tormentas. Lo hará a través de su Espíritu, donación amorosa a esa comunidad que nacía y que se convertía en su alma y en su razón de vida. Esa experiencia vital de acompañamiento seguro del Señor debe ser motivo suficiente para los discípulos a fin de hacer de esa experiencia una forma de vida que, dentro de lo sobrenatural que resulta, pasa a ser para ellos algo natural. Y hacerlo vida cotidianamente implica vivir en su presencia sin ambages, haciendo del contacto con el Señor la forma de vida ordinaria. Esto se concretiza fehacientemente en la vida de oración de los discípulos, que debe ser reclamo continuo en la vida de quien se sabe del Señor. Para hacer cada vez más consciente su pertenencia al Señor, para reflejar la vida que recibe por su unión con Dios, para llevar adelante la tarea que se le encomienda, debe alimentarse del contacto continuo con quien lo ha convocado y se ha convertido en su razón vital. Es la manifestación práctica que refleja y confirma que se tiene la vida. Si no hay vida de oración en el discípulo, hay que desconfiar seriamente de que este tenga verdadera vida. Debe ser una oración que refleje la relación de amor que existe entre Dios y el discípulo, que alimente las ansias de querer seguir siendo suyos, que reconozca el amor y el poder de nuestro Dios que están por encima de todo, que le dé el lugar primacial que le corresponde, que refleje la confianza absoluta que se tiene en Él por lo cual se da un abandono total a su voluntad y a su amor. Es la oración de reconocimiento de la necesidad de estar unidos a Él para seguir teniendo su vida.

Atisbos firmes de esta conciencia que debe tener el discípulo del Señor, ha habido durante toda la historia de salvación, prácticamente desde el inicio de la existencia. Adán ya tenía momentos de intimidad y de encuentro con Dios, que descendía al Jardín del Edén para encontrarse con él. Mientras se mantuvieron esos encuentros amorosos se mantuvo la amistad y la vida que se había recibido. Cuando se detuvieron al cometer la traición, Adán se escondió de Dios para que no lo viera desnudo. Se perdió la vida que había recibido y renunció a la confianza en el Señor. Sin embargo, muchos de los elegidos posteriormente, entendieron que la única manera de mantener la vida, era mantenerse en contacto íntimo con el Señor. Así, nos encontramos con Abraham, Noé, Moisés, los profetas, David, José, y tantos otros. Era una conciencia que se hizo cada vez más sólida y vivencial en los elegidos por el Señor. Por ello, en su oración fue progresivamente más clara la necesidad de mantener el contacto con Dios, a fin de recibir la vida y la fuerza que necesitaban para crecer sólidamente en la fe: "Sálvanos, Dios del universo, infunde tu terror a todas las naciones, para que sepan, como nosotros lo sabemos, que no hay Dios fuera de ti. Renueva los prodigios, repite los portentos. Reúne a todas las tribus de Jacob y dales su heredad como antiguamente. Ten compasión del pueblo que lleva tu nombre, de Israel, a quien nombraste tu primogénito; ten compasión de tu ciudad santa, de Jerusalén, lugar de tu reposo. Llena a Sión de tu majestad, y al templo, de tu gloria. Da una prueba de tus obras antiguas, cumple las profecías por el honor de tu nombre, recompensa a los que esperan en ti y saca veraces a tus profetas, escucha la súplica de tus siervos, por amor a tu pueblo, y reconozcan los confines del orbe que tú eres Dios eterno". Es una oración que reconoce sin sombras la primacía del Señor, su poder, su amor y su misericordia, sin el cual no tiene ningún sentido la vida, por lo que es imprescindible mantener un contacto filial y vital con Él, que es razón de vida.

Esta conciencia es necesaria para ser discípulos del Señor. Es progresiva, en los casos en que los hombres lo necesiten, de modo de llegar no solo a una convicción intelectual, sino a la misma experiencia vital que la sustenta. En el itinerario de formación que Jesús emprendió con los apóstoles, esta era una etapa crucial. Ellos debían asumir la vida que venía del Salvador y entender que se alejaba mucho de consideraciones humanas alejadas del amor y del poder divinos. Necesitaban experimentar que el camino que se les proponía era un camino que tomaba distancia de la búsqueda de prerrogativas humanas, de prestigios, de dominio de unos sobre otros. No era el camino para el que estaban naturalmente hechos, sino un camino nuevo, el del amor, del servicio, de la entrega, de la verdadera vida. Era necesario que en esa unión íntima con Jesús desmontaran ideas prefabricadas y asumieran las de la renovación total: "Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: -'Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.' Les preguntó: -'¿Qué quieren que haga por ustedes?' Contestaron: -'Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.' Jesús replicó: -'No saben lo que piden, ¿son ustedes capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizarse con el bautismo con que yo me voy a bautizar?' Contestaron: -'Lo somos'. Jesús les  dijo:-«El cáliz que yo voy a beber lo beberán, y se bautizarán con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado'. Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: -'Saben que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Ustedes, nada de eso: el que quiera ser grande, sea su servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos'". Esto solo lo da el contacto frecuente, amistoso, amoroso y confiado con el Señor. Y es lo que se obtiene de la oración. Por tanto, si queremos tener la vida que el Señor dona a sus discípulos, la única vía por la que la obtendremos es la de la relación filial que nos posibilita la oración.

martes, 25 de mayo de 2021

Hoy, o somos místicos, o dejamos de ser cristianos

 El Periódico de México | Versión para imprimir | Columnas-VoxDei | «Muchos  primeros serán últimos y muchos últimos, primeros»

En la liturgia de la Iglesia, el tiempo ordinario es el tiempo que no posee en sí mismo un acontecimiento de la vida de Jesús que centre la atención y la espiritualidad que se debe acentuar en su recorrido, tal como sucede en los tiempos de Pascua o de Navidad, en los que, respectivamente, se ponen ante nuestra vista la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, y su nacimiento del vientre de la Virgen María. Ambos, por ser tiempos densos en la liturgia y en la espiritualidad, tienen a su vez, tiempos de preparación previa para lograr una experiencia más enriquecedora en la vida de quienes los viven, que son la Cuaresma y el Adviento. No obstante, esto no va en detrimento de la importancia y del peso específico que tiene el Tiempo Ordinario, por cuanto éste se centra en el misterio nuclear de la fe cristiana, que es la celebración del Domingo, día del Señor, en el que se recuerda cada semana el acontecimiento central de nuestra fe, que es la Pascua de Jesús. La celebración de la liturgia dominical actualiza los efectos de la redención en nosotros, en cumplimiento de lo que Jesús anunció en la Última Cena: "Tomó pan, y, después de dar gracias, lo partió y dijo: 'Este pan es mi cuerpo, que por ustedes entrego; hagan esto en memoria mía'. De la misma manera, después de cenar, tomó la copa y dijo: 'Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; hagan esto, cada vez que beban de ella, en memoria mía". De esa manera, cada Domingo los cristianos actualizamos el recuerdo y la realización del sacrificio redentor, y renovamos el don amoroso de Jesús. No es, por lo tanto, de ninguna manera, un tiempo sin densidad ni peso propio. La finalidad que tiene es que cada cristiano actualice el efecto salvífico del sacrificio del Redentor, vaya profundizando en su compromiso de crecimiento en la fe, en su experiencia de amor a Dios y a los hermanos, viéndose de esa manera, más imbuido en su realidad cotidiana que lo llama a dar cada vez más vivencialmente testimonio del amor que vive y de la fe que lo motiva. No puede quedarse todo en una simple experiencia personal que lo enriquezca individualmente, pues la fe debe tener siempre resonancias comunitarias. Por eso su práctica externa es necesaria y debe servir para el enriquecimiento de todos, siendo un reflejo de lo que el cristiano vive en lo más íntimo de su corazón.

Esta experiencia de la fe personal con resonancia en la comunidad, fue animada desde siempre por Yahvé, para que su pueblo lo viviera como marca propia: "Quien observa la ley multiplica las ofrendas, quien guarda los mandamientos ofrece sacrificios de comunión. Quien devuelve un favor hace una ofrenda de flor de harina, quien da limosna ofrece sacrificio de alabanza. Apartarse del mal es complacer al Señor, un sacrificio de expiación es apartarse de la injusticia. No te presentes ante el Señor con las manos vacías, pues esto es lo que prescriben los mandamientos. La ofrenda del justo enriquece el altar, y su perfume sube hasta el Altísimo. El sacrificio del justo es aceptable, su memorial no se olvidará. Glorifica al Señor con generosidad y no escatimes las primicias de tus manos. Cuando hagas tus ofrendas, pon cara alegre y paga los diezmos de buena gana. Da al Altísimo como Él te ha dado a ti, con generosidad, según tus posibilidades. Porque el Señor sabe recompensar y te devolverá siete veces más. No trates de sobornar al Señor, porque no lo aceptará; no te apoyes en sacrificio injustos. Porque el Señor es juez, y para Él no cuenta el prestigio de las personas". Todo sacrificio, hecho desde la convicción de fe de un corazón sincero, adquiere en la presencia del Señor un valor incalculable. No puede ser de ninguna manera despreciable, a pesar de una corriente inmanentista que ha ido calando cada vez más en el corazón de los cristianos, en la cual se echa al total desprecio la realización de sacrificios agradables a Dios. Debiendo ser reveladores del amor del cristiano a su Creador, y de la importancia de manifestar exteriormente su deseo de sumisión a Él, no tienen por qué ser despreciados. Más aún, se necesita urgentemente rescatar su vigencia ante un mundo que promueve cada vez más el hedonismo y que minusvalora todo lo que tenga que ver con el cultivo del espíritu. Los cristianos hoy están llamados con más urgencia a ser místicos, a vivir el ascetismo, luchando contra las tendencias absolutistas que desprecian lo espiritual, a riesgo de perder la fe. O promueven una vida mística y ascética, o dejan de ser cristianos. Urge la renovación de la fe y la expresión externa de la misma como testimonio que procure la renovación del hombre en el mundo.

Desde la elección que hizo Jesús de cada uno de los apóstoles, acentuó la necesidad de colocarlo a Él en el primer lugar de todas las preferencias. Seguir a Jesús comporta una exigencia extraordinaria. Quien se decide a seguirlo debe hacer un acto de abandono total, poniéndolo todo a sus pies. La propia vida pasa a ser vida de Jesús, y Él es quien dará sentido y dirección a todo lo que se viva. Es la convicción que vivió con toda profundidad San Pablo, cuando afirmó: "Vivo yo, pero ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí". Y no es que sea necesario abandonar la propia vida y dejar de vivir en lo cotidiano las obligaciones naturales de cualquier hombre o de cualquier mujer. Habrá algunos que sí estarán dispuestos a hacerlo, y lo hacen. Pero a un laico que tiene obligaciones familiares, laborales, comunitarias, lo que se le pide es que en todo lo que haga coloque al Señor en el primer lugar, que sean sus criterios los que prevalezcan en sus acciones, que sea el amor de Dios y el amor comunitario la medida de su accionar, que procure en todo hacer presente el Reino de amor, de justicia y de paz de Dios. Es lo que exige el testimonio externo de la fe. El mejor sacrificio es el que se hace desde un corazón que vive con plena convicción su abandono en Dios y en su amor: "En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: 'Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido'. Jesús dijo: 'En verdad les digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más - casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones -, y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros". La compensación es segura. Posponerlo todo por Jesús es el camino de la felicidad. Quien solo busca beneficios materiales, recibirá solo eso. No se hará rico en el amor. Pero quien pospone su propio ser a fin de colocar a Jesús en el lugar privilegiado y se entrega plenamente a su servicio y al de sus hermanos, no sólo recibirá probablemente compensación material, sino que sentirá el gozo espiritual de saber que vive ya en la felicidad plena y en el más alto sentido de su vida y se encamina por ello a alcanzar la plenitud añorada del amor eterno que nunca se acabará.

lunes, 24 de mayo de 2021

María es Madre de la Iglesia y de cada uno de los discípulos de su Hijo

 Celebración de la fiesta de 'Virgen María, Madre de la Iglesia' - ZENIT -  Espanol

La importancia de la figura de la Mujer en la historia de la Iglesia es incontestable. Desde el mismo principio de la historia de la salvación, la mujer adquiere un papel relevante, equiparado con el papel del varón: "No es bueno que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda adecuada". De la parte noble del hombre, surge la mujer. Podríamos afirmar que Dios da un cierto cariz de superioridad a la creación de la mujer, pues eleva la calidad de la materia de la cual es hecha. Del barro del cual ha surgido el hombre pasa a la carne extraída de él, que ya había sido enriquecida con el soplo del aire vital que Yahvé había insuflado en sus narices, para hacer existir a la mujer. Y desde ese principio es proclamada "Eva", es decir "la Madre de todos los que viven". A lo largo de esa misma historia nos encontramos con mujeres destacadas que resaltan la figura femenina, siendo algunas incluso verdaderas heroínas en la historia del pueblo elegido. En una sociedad tendiente hacia el machismo ancestral, como lo era la sociedad judía, en la cual la mujer jugaba un papel muy secundario, el hecho de que la mujer destacara como adalid de libertad, de fuerza, de esperanza, es realmente significativo. Por ello, es necesario colegir que su relevancia como personaje principal de la historia era imposible de ocultar. Así ha sido durante toda la historia, en la cual la mujer ha luchado a brazo partido por el reconocimiento de su figura. No en el sentido en que se quiere implantar casi con violencia en nuestros días, con un falso feminismo que propugna más bien una superexaltación de la figura femenina, en detrimento de la unidad de los sexos y de la humanidad. Este feminismo absurdo busca pisotear al varón en aras de una superioridad, echando por tierra la colaboración, la unión, la igualdad de derechos. Es decir, que la mujer no sea ya más la pisoteada, sino que sea ella la que ahora pisotee. Es cierto que todo movimiento que promueva la igualdad, la equiparación de derechos, el respeto a la individualidad y la promoción de la mujer, se hace necesario. Pero no que sea una reivindicación que busque ahora el dominio y el pisoteo de los otros.

La figura ideal de la Mujer la tenemos en la Virgen María. Dios mismo le da una relevancia extrema, cuando desde el primer momento de su existencia la preserva de la culpa original, pues ha sido la elegida para ser la Madre de Aquel que vendrá a rescatar a la humanidad, prometido desde el mismo momento del primer pecado. Todo los hombres que esperaban el cumplimento de esa promesa de amor, miraban esperanzados hacia la figura de esa Mujer que sería la puerta de entrada del Redentor. Yahvé la anuncia desde el primer momento: "El Señor Dios dijo a la serpiente: 'Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza, cuando tú la hieras en el talón'. Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven". El descendiente de la Mujer es Jesús, encarnado en el vientre de María. Y esa Mujer es María, la Madre del Redentor, a la cual Dios coloca en el puesto más relevante de todos, por encima de cualquier otra criatura del mundo, pues será el habitáculo del Hijo de Dios, de donde tomará la carne que ha venido a redimir. Si la Mujer tiene relevancia en toda la historia, con María llega al zenit de esa relevancia. Nadie más, ningún otro ser de la creación, llega a las alturas a las que llega María. Y en el reconocimiento de su grandeza y de su dignidad, el mismo Dios es reverente en el respeto de Ella. No la "utiliza" como una herramienta en su gesta libertaria, sino que solicita su concurso libre y voluntario en ella, para que sea un elemento esencial en la historia de la salvación de todos los hombres. La respuesta de disponibilidad de María ante la propuesta divina, la hace elevarse a la vista de todos los hombres como el personaje humano más importante de toda la historia, solo superado por su Hijo, Dios hecho hombre. Su respuesta: "Aquí está la esclava del Señor, que se cumpla en mí según tu palabra", cambia el curso de la historia, y abre las puertas del cielo para el derramamiento del amor de Dios sobre el mundo y sobre toda la humanidad, por la obra que cumplirá su Hijo.

Esa disponibilidad de la Madre de Jesús no ha tenido final. Así como Jesús ha dicho a todos los hombres "Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos", podríamos decir que la tarea encomendada por Jesús a su Madre tampoco tiene fin. Jesús no nos ha dejado huérfanos, pues se ha cuidado muy bien de dejarnos a su propia Madre como Madre nuestra: "Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: 'Mujer, ahí tienes a tu hijo'. Luego, dijo al discípulo: 'Ahí tienes a tu madre'. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio". Es el regalo póstumo, el más entrañable de todos los que nos dejó Jesús, pues implica a la Mujer que lo había dado a luz, de la que recibió los primeros cuidados amorosos, la que con la mayor ternura lo vio crecer, la que lo cuidó con auténtico amor de Madre, la que lo acompañó desde la sombra hasta el último momento de su existencia, la que lo enseñó a amar con amor realmente humano. Y es en sus manos en las que nos pone para que sea la continuación hacia nosotros de esa ternura maternal que nos cuida y nos sostiene. En Juan, al pie de la Cruz, estamos representados todos los hombres. No tenía sentido no llamarlo Juan, sino hijo, si no hubiera habido una intencionalidad de generalización de la humanidad en la persona del discípulo amado. Por ello, es Madre de la Iglesia. Una concreción en el tiempo de lo que se vivió también el día de Pentecostés, en el cual los apóstoles reciben al Espíritu Santo, con María a la cabeza, pues Ella estaba cumpliendo fielmente la tarea que amorosamente le encomendó Jesús desde la Cruz. Nace la Iglesia, y María está presente cumpliendo su papel maternal. Así como el Espíritu la invadió en la encarnación del Verbo, cabeza de la Iglesia, ahora la invade también en Pentecostés, para seguir encarnando en cada cristiano a Jesús y a su amor. Así, resuenan en nuestros oídos las palabras de nuestra Madre, que nos sigue invitando a cada uno: "Hagan lo que Él les diga". 

domingo, 23 de mayo de 2021

El Espíritu Santo consolida la obra de rescate de Jesús en el mundo

 Pentecostés: Claves para entender la solemnidad

El día de Pentecostés es el día del nacimiento de la Iglesia. Jesús cumple su promesa de enviar su Espíritu para que sea el alma de su Iglesia, con lo cual esta pasa a ser una entidad viva y que lleva la Vida a todos desde ese momento, pues la recibirá de Jesús y la llevará por todo el mundo, a través de cada uno de los elegidos y enviados por el Señor. La obra de Jesús, que sin duda es completa en sí misma, es consolidada por la acción de la Iglesia, animada por el Espíritu, que inspira, ilumina y fortalece a cada uno de los anunciadores y los llena de ilusión para que cumplan su tarea y su misión, y dispone los corazones de los hombres para que la acepten y la vivan. Han pasado cincuenta días -Pentecostés- desde la Pascua. El ciclo de la salvación y del rescate de la humanidad culmina con la nueva vida que se ha adquirido, ya no solo con la novedad radical que ha logrado inyectar Jesús con su entrega, con su resurrección, y con su ascensión a los cielos, sino que llega a su zenit con la presencia de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, que toma el testigo, después de que lo han tenido el Padre y el Hijo, y emprende así, la carrera que inicia la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Cada una de las Personas de la Trinidad ha tenido su tarea concreta. El Padre ha creado y sostenido todo lo que existe. El Hijo ha realizado la obra redentora. Y ahora corresponde al Espíritu Santo asumir la tarea de consolidación de la obra salvífica, hasta que todo sea puesto como escabel de los pies del Padre, en la acción de la Iglesia en el mundo, de la cual Él será protagonista principal. El Espíritu toma el papel protagónico. No es que Padre y el Hijo se desentiendan, pues al fin y al cabo es un único Dios el que realiza toda la gesta salvadora. Ellos actúan al unísono y con total acuerdo. Por ello, los tres son creadores, los tres son redentores y los tres son santificadores. Pero en cada etapa de acción divina, destaca uno de los tres: Creación -Padre-, Redención -Hijo- y Santificación -Espíritu Santo-. Es la obra unívoca que realiza el único Dios en concordancia total, dejando la prevalencia, en cada etapa, sobre uno de los tres.

En efecto, habiendo cumplido Jesús su parte, corresponde ahora al Espíritu prometido, y hasta el fin de los tiempos, asumir su tarea de ser alma de la Iglesia. Y ejercerá su acción en la línea en que lo había anunciado Jesús: Él es el que da vida a la nueva comunidad de salvados, los animará para que cumplan el mandato misionero a los discípulos, los fortalecerá contra los embates del mal, les inspirará y consolidará en la verdad y en el amor, inspirará las palabras justas y necesarias que deberán pronunciar en cada momento, los defenderá y llenará de valentía ante ataques crueles e incluso sanguinarios, hará que entiendan el sentido del dolor y del sufrimiento en la tarea misionera, hará que nunca dejen de mirar al cielo como la meta última con esperanza, abrirá los caminos a los corazones de los hombres para que sientan, acepten y vivan el amor infinito que Dios les tiene. Su obra es la de la novedad absoluta que ha traído Jesús con su redención. Es una total novedad, por lo que la antigua ley muta completamente a la ley del amor. Por ello, el nuevo día es el Día del Señor, día de resurrección del Redentor y de vivificación por la llegada del Espíritu, por lo cual el día principal no es ya el sábado, que era santo para los judíos, sino el domingo, día de resurrección y de descenso del Espíritu sobre el mundo: "Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse. Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma". La universalidad de la salvación es uno de los hechos que quedan claros con la venida del Espíritu. Serán todos los hombres los beneficiarios del amor redentor divino. Con el Espíritu queda asegurada la salvación de toda la humanidad. Aquella Iglesia que nacía tenía ya todos los elementos necesarios para cumplir su misión en el mundo. Incluso posee no solo lo que necesita, sino también aquello que la llena de alegría y de dulzura, que es la presencia de María, la Madre del Señor y Madre nuestra por voluntad de su Hijo que nos la regaló, y que nos sostiene con mano suave, dulce, entrañable y amorosa, y al recibir también Ella la fuerza del Espíritu, nos sigue invitando a hacer lo que su Hijo nos diga.

Es el Espíritu que nos vitaliza y nos motoriza en el mundo. Sin Él, la Iglesia no puede hacer absolutamente nada. A pesar de que hoy en muchos lugares del mundo aún resuenan en los oídos de muchos aquellas palabras dolorosas, transidas de frustración de los que añoraban la salvación: "Nunca hemos oído nada acerca de un supuesto Espíritu Santo", podemos decir que la Iglesia lo lleva a todos. La corriente de renovación, en la que la Iglesia ha dado la relevancia que debe tener la presencia y la acción del Espíritu en el mundo, ha hecho que sea más conocido y añorado. El Espíritu ha ido adquiriendo importancia en la conciencia de los cristianos. Su obra se hace ahora más evidente, pues sigue inspirando carismas cada vez más actuales y necesarios en el mundo, sigue purificando los corazones de los hombres, los hace más solidarios y caritativos, sigue iluminando en la verdad para que Dios sea más conocido y aceptado, hace llegar con más claridad el mensaje del amor, anima al uso de los medios y recursos de modo que la forma de anunciar se haga más actual, inspira a los pastores y responsables para lograr una inculturación necesaria del mensaje a fin de hacerlo más inteligible para todos, ilumina para que se dé respuestas razonables a los graves problemas de la humanidad evitando el quedarse en las ramas, dando respuestas a preguntas que ya nadie se hace o hablando de cosas que no tienen ya ninguna trascendencia. El Espíritu es libre, y es actual, e impulsa a la acción que se necesita en el momento: "Hermanos: Nadie puede decir: 'Jesús es Señor', sino por el Espíritu Santo. Y hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común. Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu". Es el mismo Espíritu que nos donó Jesús. Y que sigue actuando hoy. Él es libre. Abrámosle camino para que siga siendo vida, animación e inspiración de todos los cristianos en el mundo.

sábado, 22 de mayo de 2021

Sigamos a Jesús dejándonos llenar de la libertad que nos da el amor

 A ti qué? Tú sígueme - ReL

No se le pueden poner límites a la acción del Espíritu Santo. Fue la experiencia que vivió cada uno de los enviados al mundo a anunciar la buena nueva de la salvación. El Espíritu es sutil, se mueve con toda libertad. Como el viento, sopla donde quiere. Es el Enviado por el Padre y el Hijo para ser el alma de la Iglesia, aquella comunidad de salvados que fue la encargada de buscar la integración de todos los hombres a esa salvación que cada uno de los que se iban agregando, recibían, vivían y procuraban para todos los hermanos. Su tarea es la de completar la obra de extensión del rescate que había logrado Jesús con su gesta maravillosa de entrega a la muerte y de resurrección, venciendo así a la misma muerte y al pecado, que acechaban a la humanidad. La fuerza y el poder de un solo hombre, en el que habitaba Dios, Jesús de Nazaret, fue suficiente para alcanzar la victoria más estruendosa sobre el mal en el mundo. Y, en atención a toda la humanidad, que se extendía por todo el mundo y por todo el tiempo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad es encomendada de la obra de consolidación de la salvación alcanzada por Jesús en cada hombre, haciendo además que aun aquellos que físicamente no habían estado en contacto con Él, sí lo estuvieran en el amor y en la esperanza. La obra redentora no era exclusiva para los coterráneos o contemporáneos del Salvador, sino que, por la acción del Espíritu que tomaba el mando de esta nueva etapa de la historia de la salvación, se iba a extender por todo el universo conocido. Los avatares por los que transcurre la vida de aquella primitiva comunidad de salvados, confirman que los caminos los va marcando ese Espíritu, que no podía ser limitado y que hacía gala de su absoluta libertad. Él inspiraba lo que había que hacer, susurraba al oído lo que había que decir, indicaba las rutas que había que recorrer, fortalecía a los discípulos en la debilidad, daba valentía a los que sufrían la tentación de abandonar, movía los corazones de los oyentes. Quienes se ponían en sus manos, sabiendo que era el Enviado del Padre y del Hijo, y confiaban radicalmente en la promesa de que sería el Paráclito, es decir, el inspirador y defensor principal de la Iglesia, jamás quedaron defraudados. Aquellos primeros gloriosos días de la Iglesia fueron de acción clara y evidente del Espíritu de Dios, don de amor al mundo y a la Iglesia. Porque cada enviado se confiaba radicalmente en su amor y en su acción, la Iglesia pudo llegar a donde llegó. "Somos de ayer y lo llenamos todo", decían entusiasmados los primeros cristianos, apenas unos años después del inicio de la gesta evangelizadora. Hoy nos falta esta convicción y esta confianza radical de aquellos cristianos. Estamos demasiado pagados de nosotros mismos y nos dejamos dominar fácilmente por la desesperanza. Necesitamos cristianos convencidos y abandonados en Dios, para lograr seguir conquistando el mundo para Jesús.

Un testimonio fehaciente de esto es San Pablo. Desde que fue elegido por el Señor para ser su apóstol entre los gentiles, y desde que libremente decidió ponerse radicalmente al servicio de la gesta salvadora de la humanidad, asumió con todas las consecuencias su tarea. Dejó de vivir para sí mismo y empezó a vivir solo para Jesús: "Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo". Su decisión vital fue vivir solo para Jesús, valorando al máximo el tesoro de su amor y de su salvación. Por ello, se puso dócilmente en las manos del Espíritu, y se dejó conducir libremente por Él: "Cuando llegamos a Roma, le permitieron a Pablo vivir por su cuenta en una casa, con el soldado que lo vigilaba. Tres días después, convocó a los judíos principales y, cuando se reunieron, les dijo: 'Yo, hermanos, sin haber hecho nada contra el pueblo ni las tradiciones de nuestros padres, fui entregado en Jerusalén como prisionero en manos de los romanos. Me interrogaron y querían ponerme en libertad, porque no encontraban nada que mereciera la muerte; pero, como los judíos se oponían, me vi obligado a apelar al César; aunque no es que tenga intención de acusar a mi pueblo. Por este motivo, pues, los he llamado para verlos y hablar con ustedes; pues por causa de la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas'. Permaneció allí un bienio completo en una casa alquilada, recibiendo a todos los que acudían a verlo, predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos". Pablo era libre, aun en la cárcel. Su libertad no era la de la ausencia de cadenas, sino la del amor infundido por el Espíritu que guiaba su vida.

Lo importante para el discípulo de Cristo es el abandono en su amor, decidido libremente. La libertad que da ese amor está por encima de toda otra consideración. Y es consolidada por la obra del Espíritu que es el compañero de camino y el inspirador de la entrega confiada a Dios. Así lo dio a entender Jesús a Pedro en la conversación final que sostuvieron ambos antes de la Ascensión. La entrega a la obra de salvación del mundo debe ser asumida con plena libertad, la libertad de los hijos de Dios, la que es hecha sólida en la libertad del Espíritu, que Él hace patrimonio de todos los seguidores del Señor. Por ello, Jesús sentencia esa libertad del discípulo como una prerrogativa característica de quien quiera serlo de verdad. La invitación final que hace a Pedro es la misma invitación que nos hace a cada cristiano que lo quiera ser de verdad: "En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: 'Señor, ¿quién es el que te va a entregar?' Al verlo, Pedro dice a Jesús: 'Señor, y éste, ¿qué?' Jesús le contesta: 'Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú, sígueme.' Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: 'Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?' Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero". Lo esencial es el seguimiento de Jesús, dejarse arrebatar por su amor, el deseo de ser salvado y conducido a la meta de la plenitud de la felicidad eterna, dejarse llenar de su Espíritu para embarcarse en la aventura totalizante del amor, que buscará no solo vivirlo más conscientemente sino hacerlo vivencia común a todos. En el "Tú, sígueme", de Jesús a Pedro está la confirmación de la confesión de amor más grande de Cristo, realizada desde la Cruz. Ha muerto y ha resucitado, en la demostración más clara de su amor, para que al final nosotros nos decidamos a seguirlo, hasta llegar a vivir eternamente en su amor infinito.

viernes, 21 de mayo de 2021

La lógica del amor está por encima de la lógica natural

 Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? - Templo de San Francisco -  Celaya, Gto.

El amor está por encima de todo. Fue lo que motivó al Padre a salir de sí mismo, donde tenía una plenitud que no necesitaba de más y que era totalmente satisfactoria para sí, y emprender la obra creadora que hizo que existiera todo lo que no es Él, en cuya existencia se explica la aparición de su criatura predilecta, el hombre, al que destina desde el primer momento a vivir en la plenitud de su amor eternamente. Todo, en ese gesto creador, se explica desde el amor, pues no tiene sentido la existencia de lo que Dios no necesitaba, sino solo desde lo que lo hizo capaz de salir de sí mismo para derramarse en lo que había surgido de sus manos poderosas. Solo el amor explica el empeño firme de recuperar a quien voluntariamente había decidido alejarse de Él, cuando el camino más fácil y sencillo era simplemente dejarlo a su arbitrio o hacerlo desaparecer de la misma manera que lo había creado. Solo el amor hace comprender la epopeya que asume llevar adelante el Hijo, atendiendo a la voluntad del Padre, llegando incluso a colocarse en medio del camino para recibir los embates de la muerte y del pecado, poniéndose en medio para que el hombre quedara incólume y no sufriera lo que le correspondía sufrir, en vez del enviado de Dios. Solo el amor explica el que, habiendo cumplido la tarea encomendada perfectamente, dejara en las manos de aquellos culpables la misión de llevar adelante su salvación, mediante su testimonio por palabras y obras, a fin de que le llegara su efecto a todos los hombres, considerando de esa manera, dignos de la misma tarea que Él había cumplido a quienes habían sido la razón última de su sacrificio cruento. Los culpables pasaban a ser ahora sus aliados en la salvación del mundo. Humanamente es el absurdo mayor. Pero en la lógica del amor, no existía otro camino, pues el amor sobrepasa la consideración de lo pasado, y mira hacia adelante, fundando la esperanza en la ilusión que se adquiere con la conversión. Es la oportunidad que nos da a todos el Señor. Arrepentidos de nuestro pecado, el que llevó a Jesús a la muerte, sobreponernos y retomar el camino perdido desde el inicio, para ganar a todos para la conversión y para la salvación, fundados en el amor eterno e infinito de Dios por nosotros.

Esta experiencia de renovación total la vivió San Pedro cuando, después de la resurrección de Jesús tuvo la experiencia de amor que necesitaba para reponerse del sentido de culpabilidad que lo atormentaba tras la traición en la que había caído durante la pasión del Señor. La cobardía le había hecho una mala jugada y le había hecho caer en la peor traición que él mismo había rechazado cuando Jesús se lo había vaticinado. Pudo más el temor a sufrir, el deseo de evitar todo dolor, que el amor por Jesús. Era muestra de que, aún habiendo convivido con el Señor los tres años anteriores, su fe y su confianza en Él eran todavía muy inmaduras. En todo caso, Jesús en su amor no se consideraba destinado a la censura de aquellos a los que había venido a rescatar. Incluso en el momento de la traición, según el relato del evangelista, Jesús le lanzó su mirada de suave reproche, desnudando también su comprensión y su amor. Y llegó a más, pues habiéndolo elegido como la piedra sobre la cual edificaría su Iglesia -"Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia"-, no podía dejarlo en la postración de la culpa: "Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, le dice a Simón Pedro: 'Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?' Él le contestó: 'Sí, Señor, tú sabes que te quiero'. Jesús le dice: 'Apacienta mis corderos'. Por segunda vez le pregunta: 'Simón, hijo de Juan, ¿me amas?' Él le contesta: 'Sí, Señor, tú sabes que te quiero'. Él le dice: 'Pastorea mis ovejas'. Por tercera vez le pregunta: 'Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?' Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: '¿Me quieres?' y le contestó: 'Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero'. Jesús le dice: 'Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras'. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: 'Sígueme'". La delicadeza de Jesús con Pedro lo lleva a intentar borrar con esta triple afirmación de su amor por Él, aquella terrible triple negación de la pasión. El auténtico Pedro no es el que lo niega, sino el que afirma su amor por Jesús. Y de este modo asume su tarea, llevándola al extremo, cumpliendo su misión y muriendo por el amor a Cristo. El "Sígueme" de Jesús es atendido por Pedro hasta las últimas consecuencias.

La misión de Pedro era de una importancia de primer orden. Era el primer responsable, colocado por el mismo Señor en la posición de prevalencia sobre todos los demás discípulos, y encargado por Él de ser lazo de unión de todos los cristianos, que iban conformando esa comunidad naciente que se reunía alrededor de la vivencia del amor. Y cada discípulo asumía la experiencia del amor como experiencia fundante y como tarea principal ante el mundo que lo reclamaba. San Pablo, elegido por Jesús después de su ascensión a los cielos para ser el apóstol de las gentiles, vive también su experiencia de amor y se entrega radicalmente a su causa de salvación. Esto le acarrea los mayores dolores y sufrimientos, siendo burlado, perseguido, golpeado, apedreado. Pero nada de eso está por encima del amor del que es adelantado y anunciador privilegiado. En las postrimerías de su vida apostólica es hecho preso para ser juzgado, por su petición, por el mismísimo César: "El rey Agripa y Berenice llegaron a Cesarea para cumplimentar a Festo. Como se quedaron allí bastantes días, Festo expuso al rey el caso de Pablo, diciéndole: 'Tengo aquí un hombre a quien Félix ha dejado preso y contra el cual, cuando fui a Jerusalén, presentaron acusación los sumos sacerdotes y los ancianos judíos, pidiendo su condena. Les respondí que no es costumbre romana entregar a un hombre arbitrariamente; primero, el acusado tiene que carearse con sus acusadores, para que tenga ocasión de defenderse de la acusación. Vinieron conmigo, y yo, sin dar largas al asunto, al día siguiente me senté en el tribunal y mandé traer a este hombre. Pero, cuando los acusadores comparecieron, no presentaron ninguna acusación de las maldades que yo suponía; se trataba solo de ciertas discusiones acerca de su propia religión y de un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo. Yo, perdido en semejante discusión, le pregunté si quería ir a Jerusalén a que lo juzgase allí de esto. Pero, como Pablo ha apelado, pidiendo que lo deje en la cárcel para que decida el Augusto, he dado orden de que se le custodie hasta que pueda remitirlo al César". Si Pedro rindió con su vida el homenaje final a Jesús y a su amor, también lo hizo Pablo. Será decapitado por el amor que sintió por Jesús y que se hizo su razón de vida. Su ganancia fue la muerte. También a esto solo le da sentido el amor. El mismo amor que movió a Dios a hacer lo necesario por rescatar de la muerte a los hombres culpables.