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jueves, 24 de junio de 2021

Confianza y humildad, para recibir toda la ternura de Jesús

 La petición de un leproso a Jesús: "Si quieres, puedes limpiarme" -  Evangelio - COPE

Nuestras relaciones con Dios deberían tender siempre a ser lo más fluidas posibles. No está reñido el que sean relaciones serias, maduras, sopesadas, conscientes, con el que tratemos de que sean sencillas, cercanas, tiernas, amorosas, joviales. Tendemos a colocar el listón tal alto, que nuestra relación, siendo seria y profunda, la llevamos muchas veces al extremo de hacerla excesivamente formal, incluso llegando al acartonamiento, logrando con ello un cierto alejamiento de la figura cercana, fresca, amorosa, de un Dios que es Padre amoroso, comprensivo y que busca y lo hace todo para que nos sintamos en absoluta confianza ante Él, pues lo que desea es que estemos siempre a su lado, mientras Él derrama todos sus beneficios sobre nosotros. La clave de la confianza en Dios no está nunca, ni nunca lo estará, en mantenerlo lejos de lo afectivo, tan esencial para la vida de la los hombres. Por ello debemos siempre luchar por ni siquiera dar la impresión de tener a un Dios lejano, que no tiene ternura hacia nosotros, o que es también lejano, como si procurara mantener una distancia que no tiene sentido. El buen estado de ánimo, en este sentido, juega un papel muy importante. Quienes se sienten cercanos a Dios, están siempre bañados por el bienestar. Y ese bienestar Dios lo convierte en alegría, en buen carácter, en jovialidad. Sobretodo en lo que refiere en la relación personal con Él, pero que también tendrá repercusiones en la relaciones con los demás, produciendo en todos una sensación de paz y de serenidad tan necesarias en esas relaciones. El seguidor de Dios se convierte así en factor de armonía que, indudablemente, deja su semilla en otros. Y no es que vaya a vivir en un mundo de fantasía, como queriendo dar a entender que no asume su realidad con la seriedad de cada caso. La asume, y quizás con mayor solidez que cualquiera. Solo que ha añadido el sabroso ingrediente de la confianza en Dios, pues sabe que ante cualquier circunstancia vital, Él está presente con su amor, con su poder, y con la inyección de la esperanza.

Cuando se da esa combinación fabulosa de la confianza extrema en Dios y de la alegría, la ternura, el afecto de saberlo siempre allí y que nunca faltará, se dan los casos de mayores beneficios que compensan infinitamente a quien vive esa fidelidad radical. De nuevo nos sale al encuentro la figura gigante de Abraham, nuestro padre en la fe, que ha llegado a un punto extremo de esto que llevamos diciendo. Es tremenda la cascada de bendiciones que Dios está dispuesto a derramar sobre su elegido. Sorprende la cantidad de detalles que Dios tiene con él. Pero es razonable que así sea, pues es el elegido para la obra augusta de la creación de ese nuevo pueblo que será la puerta de entrada para la bendición de la humanidad entera. No puede Dios actuar de otra manera, sino siempre a favor de ese que será personaje fundamental en esa larga y gloriosa historia de salvación que el Señor va escribiendo. En esta ocasión asistimos a la promesa maravillosa de bendecir a Abraham con descendencia. En su ancianidad, ya había permitido que tuviera un descendiente en Ismael. Condescendiendo por la esterilidad de su mujer, le permite unirse a la esclava y de ella tiene a su primer hijo. Pero Dios adelanta su don y hace que Sara, su mujer, pueda tener un hijo, carne de la pareja, con lo cual quedan bendecidos por partida doble. Un regalo de amor que será quien producirá la existencia de esa pléyade de humanidad que invadirá el mundo con la alegría de la Redención futura. La alianza de esa situación de felicidad plena que hará Dios con Abraham tiene su prenda en Isaac. Es tanta la confianza que tiene el patriarca con Dios que se atreve incluso a sonreír en su presencia, en un gesto de incredulidad por la magnitud de la promesa y de la alianza que Dios está dispuesto a hacer por su elegido: "Cuando Abrán tenía noventa y nueve años, se le apareció el Señor y le dijo: 'Yo soy el Dios todopoderoso, camina en mi presencia y sé perfecto'. El Señor añadió a Abrahán: 'Por tu parte, guarda mi alianza, tú y tus descendientes en sucesivas generaciones. Esta es la alianza que habrán de guardar, una alianza entre yo y ustedes y tus descendientes: sea circuncidado todo varón entre ustedes'. El Señor dijo a Abrahán: 'Saray, tu mujer, ya no se llamará Saray, sino Sara. La bendeciré, y te dará un hijo, a quien también bendeciré. De ella nacerán pueblos y reyes de naciones'. Abrahán cayó rostro en tierra y se dijo sonriendo, pensando en su interior: '¿Un centenario va a tener un hijo y Sara va a dar a luz a los noventa?' Y Abrahán dijo a Dios: 'Ojalá pueda vivir Ismael en tu presencia'. Dios replicó: 'No, es Sara quien te va a dar un hijo, lo llamarás Isaac; con él estableceré mi alianza y con sus descendientes, una alianza perpetua. En cuanto a Ismael, escucho tu petición: lo bendeciré, lo haré fecundo, lo haré crecer sobremanera, engendrará doce príncipes y lo convertiré en una gran nación. Pero mi alianza la concertaré con Isaac, el hijo que te dará Sara, el año que viene por estas fechas'. Cuando el Señor terminó de hablar con Abrahán, se retiró". Las bendiciones sobre Abraham nunca cesaron. Y hoy somos todos beneficiarios de ellas.

Por esa confianza madura y tierna, serena y feliz, de estos personajes que entendieron que el Señor nunca pone barreras para que nos sintamos a gusto junto a Él, se obtienen los mayores favores de su mano amorosa y poderosa. Tener a Dios en el corazón, en la actitud más cercana que podamos alcanzar, como respuesta a su amor, confiando radicalmente que esa alegría que produce estar seguros de que con Él nunca será traicionada, produce las alegrías mayores. Y nos lanza a manifestar nuestra confianza de que jamás seremos rechazados. Dios nunca rechazará a quien se acerca a Él manifestando la mayor de las confianzas. El amor no actúa así jamás. Más bien atrae y confirma en el amor. Por eso, en esa comprensión clara de quién es Dios, aquel leproso se lanzó en los brazos del amor. Conocedor de su situación legal, que lo lanzaba a la mayor execración legal y social, asumía su condición dolorosa con resignación. Expulsado socialmente, se atrevió a sobrepasar las restricciones que se le imponían, y con la confianza de saber que estaba delante de quien todo lo podía, se le acerca con humildad y confianza a solicitar el mayor  favor que podía recibir: "Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente. En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: 'Señor, si quieres, puedes limpiarme'. Extendió la mano y lo tocó, diciendo: 'Quiero, queda limpio'. Y en seguida quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: 'No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio'". En ese extremo de humildad y confianza, no exige. La decisión final es la de Jesús. Él es el Dios poderoso que tiene el amor suficiente para concederle el don. Y en sus manos lo deja. "Si quieres..." Y por supuesto, Jesús siempre quiere. "Quiero, queda limpio". Jesús ha venido para hacer el bien. Y todo el que se acerca a Él para recibir el beneficio, lo recibirá. A ninguno de nosotros nos dejará a un lado, sin manifestarnos su amor y su ternura. Todos somos beneficiarios de ese amor y de ese poder. Solo que ante Él debemos ser nosotros también tiernos en esa relación, manifestando nuestra madurez en nuestra experiencia, y abriendo nuestro corazón, dispuestos a recibir ese amor profundo, y a responder profundizando cada vez en la confianza y la humildad delante de quien es el más tierno de todos, nuestro Dios de amor.

jueves, 27 de mayo de 2021

Nuestra mayor alegría es haber sido bendecidos por el amor de Dios

 Haced Esto en Memoria de Mí | El deseado de todas las gentes

Dios ha creado al hombre para la felicidad. Su finalidad al hacerlo existir es mantenerlo junto a sí para que experimente su amor y viva continuamente en su presencia, en esa felicidad que le regala y que le pertenece, pues es donación amorosa e irrevocable de la voluntad divina. Al ser ese amor inmutable, pues es la misma esencia divina que no puede cambiar, su donación a los hombres tampoco se transformará jamás. Los hombres podemos vivir seguros eternamente en el amor de Dios, pues una vez que nos lo ha concedido, ya nunca desaparecerá de nuestras vidas, pues "los dones de Dios son irrevocables", a decir de San Pablo. Dios empeña su ser en esa donación, pues donar el amor implica donarse a sí mismo. El amor no es "algo" que Dios cede, sino que es Él mismo, su ser entero, lo que va unido al don, más aun, lo que es el don. Esa experiencia de donación de Dios, siendo el tesoro más valioso en la vida de los hombres, requiere, de parte de los receptores, como es lógico, el hacerlo consciente, aceptarlo, vivirlo, asumir el compromiso al que llama, abrir el corazón a su acción. Es, de alguna manera, hacerse también uno con el amor, viviendo su esencia, cumpliendo el ser "imagen y semejanza" del Creador, con lo cual se eleva sobre la simple condición humana, asumiendo la asimilación a la naturaleza divina, asemejándose cada vez más a la causa de su origen, y haciéndose reflejo del amor divino en el mundo del que es hecho dueño. Ese mundo, por la presencia del hombre que se ha asimilado al Dios del amor, debe estar imbuido todo él en la experiencia del amor de Dios, por la presencia del hombre creado en ese amor. Esa donación de Dios es absolutamente libre y espontánea. No hay nada que obligue a Dios a realizarla, sino solo su ser amoroso y su deseo de beneficiar al hombre eternamente. Dios ama porque Él, en su esencia, es el amor. Nuestra respuesta como beneficiarios del amor, debe ser también una respuesta de amor. "Dios nos amó primero", sin razón alguna que lo moviera a ello. Su amor es amor de pura benevolencia, de donación, de oblación. Es un amor que no exige respuesta. Su corazón ama porque sí, porque no puede hacer otra cosa, porque no quiere hacer otra cosa. Y así debe ser el amor de nuestra respuesta. En ese intercambio somos nosotros los favorecidos pues somos colmados por un amor infinito que no tiene posibilidades de ser equiparado. Lamentablemente, al no hacernos conscientes de esta bendición, nos atrevemos a ser infieles a ese amor con nuestro pecado, alejándonos del mayor beneficio que podemos recibir. Traicionamos al amor. Pero el amor sigue siendo amor y sigue siendo don, transformándose en rescate, en misericordia, en perdón. Dios no puede negarse a sí mismo.

Esa experiencia del Dios misericordioso la vive repetidamente el pueblo elegido en su relación tortuosa con el amor. Y Dios, empeñado en seguir siendo causa de plenitud y de felicidad del hombre, una y otra vez insiste en presentarse como única razón que sustente la felicidad estable de los hombres. Dios creó al hombre, y puso en su naturaleza, como condición para su felicidad, mantenerse unido a Él. En la genética espiritual de la humanidad estará siempre la añoranza del amor y de la felicidad, pues ha surgido de la divinidad y tiene de ella su carga vital. Y Dios ha colocado en ese camino del hombre y en su ser, el que sea Él el único que pueda satisfacer plenamente ese vacío existencial. Por eso se ofrece amorosamente para que el hombre no mire en otra dirección. Respeta su libertad de elección, pero sigue ofreciéndose para ser la causa de la felicidad plena. Así lo dice San Agustín: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti". Y el mismo pueblo de Israel recibe de Dios esta afirmación que llena de esperanza y de agradecimiento al amor: "Ya llegan días - oráculo del Señor - en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No será una alianza como la que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto, pues quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor - oráculo del Señor -. Esta será la alianza que haré con ellos después de aquellos días - oráculo del Señor - : Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y no tendrán que enseñarse unos a otros diciendo: 'Conozcan al Señor', pues todos me conocerán, desde el más pequeño al mayor - oráculo del Señor -, cuando perdone su culpa y no recuerde ya sus pecados". Son palabras que confirman ese amor incondicional y que llenan de esperanza y de confianza en el Dios que es eternamente fiel a su amor.

Por supuesto, la corona de la experiencia vital del amor de Dios por los hombres es la entrega del Hijo a la causa del rescate del hombre pecador, decidida por el amor del Padre y secundada por la aceptación voluntaria y también amorosa de parte del Hijo. "Nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos", afirmó Jesús describiendo la medida del amor que Él mismo derramaba sobre la humanidad. También lo describió San Agustín magistralmente: "La medida del amor es el amor sin medida". El zenit es alcanzado, no solo en la pasión cruenta que lo conduce a la muerte, sino también en el gesto amoroso de aceptación del sacrificio, y en el acto sacramental que establece como recuerdo perenne del mismo, con el cual no solo figura su entrega, sino que lo hace presencia hasta el fin de los tiempos, que implica que ese gesto será memoria perenne de su amor y se convertirá para siempre en prenda de su presencia en el mundo, cumpliendo su promesa: "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo". La última cena de Jesús con sus apóstoles es la ocasión de esta confesión de amor eterno: "El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, mientras comían, Jesús tomó pan, y pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: 'Tomen, esto es mi cuerpo'. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron. Y les dijo: 'Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad les digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios". Este gesto de donación será firme hasta la vuelta definitiva del Verbo eterno de Dios, y nos recordará su entrega amorosa. Y se hará real y efectivo cada vez que hagamos memoria de él, actualizando los efectos redentores de la entrega del Salvador por amor. Se confirma una vez más, y cada vez que lo celebramos en la Eucaristía, el amor de benevolencia de Dios hacia los hombres. Con ello, queda confirmado que somos los seres más bendecidos por Dios, pues su amor es siempre nuestra mayor alegría y nos acompañará eternamente, sin tener jamás un final.

sábado, 27 de febrero de 2021

Tenemos un pacto de amor con Dios

 Sed perfectos como vuestro Padre celestial - ReL

Un pacto siempre tiene dos partes. Ambas, después de ver las condiciones del arreglo, se ponen de acuerdo y formulan un compromiso mutuo de cumplimiento en el que se hacen responsables de cumplir lo suyo, de modo que no se presenten inconvenientes, malos entendidos, incumplimientos, o incluso traiciones del acuerdo de parte de uno de los dos. Se asume siempre la seriedad del otro al asumir el compromiso. Dentro de las mismas indicaciones del acuerdo están contempladas las sanciones que debe sufrir la parte que incumpla. En las Sagradas Escrituras es frecuente encontrarse con los pactos que propone Dios a su pueblo. Bíblicamente las conocemos como Alianzas. Dios hace alianzas con su pueblo, en las que Él se compromete a seguir siendo el Dios poderoso y amoroso que guarda a su pueblo, que lo sigue conduciendo amorosamente, que le sigue proveyendo de todos los beneficios, que sigue guiándolo por el camino de la fraternidad y dándoles las herramientas que necesitará para hacerse cada vez más solidario. Es muy interesante que el término Alianza es el mismo que se utiliza para nombrar a la realidad matrimonial, con lo cual podemos colegir que las Alianzas que Dios hace con su pueblo entran en el orden de los compromisos de bodas. Él será el esposo que acoge con su amor esponsal a su pueblo, el cual sería la esposa que asume la relación para lograr una unidad indisoluble con Dios, su esposo. Está claro que la Alianza es entonces un compromiso de crecimiento que se asume con la seriedad de quien se sabe beneficiario principal pues recibirá todos los dones como el tesoro que lo enriquece grandemente. Las exigencias son las naturales, pues se trata de que la vida siga su curso natural, desde la intención que tuvo el mismo Dios al crearlo todo. Y en el discernimiento de lo que representa cada Alianza y sus exigencias, podemos percibir una inmensa ventaja para el pueblo, pues Dios, en su inmutabilidad, nunca cambiará los términos de su compromiso, por lo cual es absolutamente confiable. En todo caso, es el pueblo, la otra parte del pacto, el que pondrá siempre su rebeldía ante las exigencias y será capaz de traicionar a Dios.

Aún así, pese a que el pecado del pueblo y su alejamiento de Dios son una traición evidente a la Alianza acordada, lo cual acarrea el castigo y el escarmiento, Dios tiende de nuevo su mano al traidor procurando atraerlo de nuevo. Los dones de Dios son irreversibles. Nunca dejará de derramarlos sobre su pueblo. Es su parte del pacto y nunca dejará de cumplirla. Así como es eterno su amor por la humanidad y por todo lo creado, así mismo es eterno su compromiso de amor y de salvación por el hombre. Lo quiere con Él y lo quiere eternamente feliz a su lado. La meta que Dios ha diseñado para el hombre es la vida en Él, en la que se viva para toda la eternidad el amor y la felicidad, la filiación gozosa y la fraternidad indestructible. En la esencia de Dios están el amor, la misericordia y el perdón, por lo cual estos forman parte esencial del pacto. Él será siempre misericordioso, pues no puede negarse a sí mismo. Y ese pueblo, aún siendo infiel, si llega a arrepentirse del mal que ha realizado, no podrá nunca dudar de ser recibido de nuevo como un hijo de Dios en plenitud: "Moisés habló al pueblo, diciendo: 'Hoy el Señor, tu Dios, te manda que cumplas estos mandatos y decretos. Acátalos y cúmplelos con todo tu corazón y con toda tu alma. Hoy has elegido al Señor para que Él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos, observes sus mandatos, preceptos y decretos, y escuches su voz. Y el Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió, y observes todos sus preceptos. Él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y serás el pueblo santo del Señor, tu Dios, como prometió'".

Es parte constitutiva del pacto la fraternidad humana. Así como se debe dar esencialmente el reconocimiento de Dios como el único Dios, como ese Padre amoroso del que ha surgido todo, como Aquel que es fuente de todos los beneficios que podemos recibir, como Aquel que nos conoce mejor de lo que podemos conocernos nosotros mismos, como el que sabe qué es lo que necesitamos aun antes de que se lo pidamos, como Aquel que nos indica el camino para nuestra auténtica elevación, también se debe hacer el reconocimiento de que no nos ha hecho seres individuales, islas, que vivan en el egoísmo y en la sola  preocupación de las cosas propias. El Señor nos ha creado en fraternidad, por lo cual dentro del pacto se encuentra la asunción comprometida de la lucha por profundizar en la unidad, en el amor mutuo, en la caridad y la solidaridad en favor de los más necesitados. Un pacto con Dios contempla siempre asumir la condición comunitaria, pues debe tocar a la esencia de lo que es cada uno. Y desde nuestro origen, la condición comunitaria es parte de nuestra esencia. Si queremos ser verdaderamente hombres, hijos de Dios, debemos ser comunitarios y sentirnos profundamente enlazados con nuestros hermanos y con sus necesidades, e incluso con los que nos son menos afectos, al mismo estilo de Dios, que no rechaza a nadie. La exigencia es máxima, pues apunta a la mismísima perfección de Dios. La medida es muy alta. Se trata de que hagamos nuestro mejor esfuerzo para apuntar cada vez más alto. Así nos lo enseña Jesús: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Ustedes han oído que se dijo: 'Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo'. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludan solo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto'". Apuntar a la perfección, como es perfecto el Padre celestial. Su perfección es el amor. Es hacia eso que debemos tender todos, hacia el amor, y debemos entender que es parte esencial del pacto que hemos hecho con nuestro Padre.

domingo, 11 de octubre de 2020

El Padre nos invita a vivir con gozo el banquete de nuestra propia boda

 El Reino de los cielos se compara a un rey que celebra la boda de su hijo”

La imagen de las Bodas es una imagen muy entrañable en la comunicación de Dios con los hombres. Son innumerables las veces en las que Él hecha mano de ella para explicar cómo desea que sea su relación con la humanidad. Prácticamente desde el inicio de su revelación a los hombres, utiliza este acontecimiento natural de la vida humana para poner un parangón de su encuentro con los hombres. Él es el esposo y el pueblo es la esposa. La suya es una relación esponsal en la que ambas partes realizan un pacto de amor, que tendrá como aditamento la fidelidad, la exclusividad, la mutua pertenencia: "Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios". El uso de los términos que describen esta unión es claramente matrimonial. La unión de la humanidad con Dios es una "Alianza", un "Pacto", un "Matrimonio", una "Unión Conyugal". El matrimonio, lo sabemos bien, es una realidad totalmente natural, deseada por Dios desde el principio del tiempo de existencia de los hombres, que se basa en la diversidad de los sexos, en el amor mutuo y exclusivo de los cónyuges, en la tarea de procreación para la existencia de los otros seres. El hombre, Adán, desde ese mismo inicio, fue favorecido por Dios para que no quedara solo sino que recibiera la complementación de un ser similar a él, que le sirviera de compañera de vida y llenara esa vida suya de la alegría de la convivencia: "No es bueno que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda adecuada". En ese momento, el hombre sintió que la existencia de la mujer, de Eva, llegaba para hacerlo completo: "Ahora sí... Esta sí es carne de mi carne y hueso de mis huesos". Era "otro yo" el que estaba ante él, que venía a darle un sentido distinto a lo que había recibido hasta ahora. Todos los otros seres de la creación, habiendo surgido de las manos del Creador, representaban sin duda una riqueza para él, por cuanto venían para llenar la existencia de todo aquello que no era él, y para servirle de apoyo para el desarrollo mejor de su vida, atendiendo al mandato original de Dios: "Llenen la tierra y sométanla". Pero ninguno de esos seres distintos a él iban a ser su complemento ideal, su compañero de lucha, su conviviente, quien vendría a compartir las mismas inquietudes y a emprender las mismas luchas comunes, quien recibiría su experiencia del amor personal, y quien sería quien iba a hacer posible la perpetuación de la propia raza y de la propia naturaleza mediante la procreación de otros iguales a él. El matrimonio es así, la manera perfecta en la que los hombres desarrollarían su existencia y darían pie para aquel dominio de todas las cosas que Dios había puesto en sus manos. Es, de alguna manera, la forma ideal en la que el hombre se hace "imagen y semejanza" de Dios, pues Él en sí mismo es comunidad de amor y de convivencia perfecta. Por ello, para Dios se convierte también en la mejor forma y la más a la mano para describir la relación que Él quiere tener con la humanidad.

En esta relación que Dios quiere tener con los hombres, reflejada perfectamente en la celebración del banquete de bodas del hijo del Rey, la invitación es para todos. Nadie está excluido. El gozo del Rey es total y quiere compartirlo con todos, sin dejar a nadie por fuera. Solo será posible quedarse ausente por la negativa de los mismos invitados al banquete de bodas. El Rey, que es Dios, vive la emoción del acontecimiento más importante en la vida de su Hijo, que es su matrimonio definitivo con la humanidad. Como en el matrimonio humano, el momento determinante se verifica cuando cada uno de los cónyuges coloca toda la vida en las manos del otro, el Hijo va a llevar adelante el mismo gesto, abandonando en las manos de la humanidad su propia vida, en el gesto más determinante de su amor, entregando todo su ser para la vida de la humanidad. El esposo se entrega completamente a la esposa. El Padre ha preparado con ilusión ese gran momento con la celebración del banquete, que es el festejo de la alegría compartida con todos, y no quiere que nadie quede fuera de ese momento crucial y emblemático. No es un "derecho" de los invitados, sino un gesto de amor y de alegría que lleva adelante el gran Señor de la casa. El gran banquete es el gran regalo del Padre a la humanidad que, en definitiva, es también la gran homenajeada. La humanidad es la esposa en la boda y es a la vez la primera invitada. No existe para el Padre una mayor ilusión que la de que la humanidad acepte la propuesta de matrimonio y a la vez la invitación a la celebración del gran banquete que lo festeja. Por ello, la desilusión y la frustración son mayúsculas cuando los invitados comienzan a declinar la invitación: "El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: 'Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Vengan a la boda'. Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: 'La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Vayan ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encuentren, llámenlos a la boda'". Merecer estar en el banquete significa acoger con entusiasmo la invitación del Rey, dejarse invadir con la alegría de la celebración de la boda, asumir que es la boda del Hijo del Padre que será el mayor beneficio que se vivirá no solo por poder disfrutar del gran banquete sino por ser a la vez los llamados a ser los primeros favorecidos pues conforman esa humanidad que llegará a ser la esposa amada del Hijo del Padre.

La alegría es mayúscula cuando somos considerados dignos de estar presentes en el gran banquete. Pero más aún cuando entendemos que aquel banquete es el que ha sido preparado para festejar nuestra propia boda. Dios se alegra cuando aceptamos estar presentes en el gran banquete: "Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo —lo ha dicho el Señor—. Aquel día se dirá: 'Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor'". Será la gran celebración de la vida, en la que triunfará el amor de Dios sobre todos los males y nos llevará a todos a vivir de la opulencia de sus manjares de vida. Esa que nos da Dios por ser la humanidad su esposa amada, a la que favorecerá por encima de todo, cuya alegría no quedará en ningún momento frustrada. La celebración de la boda llenará todo de sentido pleno y producirá la alegría mayúscula que no podrá ser despreciada en ningún momento, pues ser los agraciados del amor de Dios compensa absolutamente todo lo demás. Nada habrá que pueda frustrar el gozo que se experimente al saberse los bendecidos por el amor y los invitados a vivir la alegría sin fin: "Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, ustedes hicieron bien en compartir mis tribulaciones. En pago, mi Dios proveerá a todas sus necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús. A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén". No hay frustración en quien se sabe amado. Ninguna de las experiencias personales podrá jamás deshacer la alegría de ser llamados para celebrar la boda del Hijo que se entrega por amor radical a quienes ama. El esposo jamás dejará de amar a su esposa, la humanidad. El Padre jamás dejará de invitar a todos para que celebren la boda feliz de su Hijo. Somos los invitados los que nos podremos negar alguna vez a asistir a nuestra propia boda. La humanidad es la que puede dejar frustrada la intención del Padre que lo ha preparado todo para festejarnos y seguir haciéndonos los seres más felices en sus manos.

domingo, 2 de agosto de 2020

Junto a Dios siempre hay fiesta

Pensamientos real de Jesucristo detrás de "Cinco panes y dos peces"

No existe nada comparable con la dicha de saber que tenemos a un Dios que nos ama por encima de todo, que ese amor es la razón última de nuestra existencia, que por amarnos no solo nos ha creado sino que se ocupa de nosotros en cada instante de nuestra vida y se convierte de nuestro Creador en nuestro Sustentador proveyendo para nosotros todo lo que necesitamos, que la única manera de no hacerlo presente es dándole nosotros la espalda pues Él nunca se alejará de nosotros, y que aun dándosela mantendrá siempre su mano tendida a la espera de que retornemos a ese amor original que nunca disminuye ni se contamina, pues está siempre dispuesto a olvidar y mirar hacia adelante, no quedándose jamás en el recuerdo del desprecio que ha recibido sino en el idilio que propone para hacer feliz a quien se toma de ella. No hay en Dios un espíritu vengador. Quien se aleja de Él no sufrirá desprecios de su parte, pues Él no se comporta como los hombres, que hacen gala de su resentimiento y al sufrir el rechazo caen en depresión y buscan la manera de retornar algo similar. Dios "no guarda rencor perpetuo", aunque sí siente el dolor por el desprecio sufrido, no por un sentimiento de lástima personal, sino por una compasión hacia quien lo rechaza, pues al hacerlo está rechazando la posibilidad que le da de ser plenamente feliz. La víctima no es el rechazado, sino quien rechaza, al sustraerse de la plenitud que tiene a la vista prefiriendo la oscuridad y el mal. No hay castigo de parte de Dios, sino un escarmiento que es consecuencia de preferir la tristeza y la soberbia, creyéndose autosuficiente. La suficiencia no se la proporciona el hombre a sí mismo. Él será suficiente solo cuando esté conectado con Dios, que le proporciona absolutamente todo lo que necesita para ser feliz y hombre en plenitud. Al unirse a Dios vitalmente, el hombre pasa de ser criatura, ciertamente la más alta de todas las surgidas de las manos poderosas y amorosas del Creador, a ser hijo amado colocado en el primer lugar de su corazón. La imagen del Dios castigador, vengador de los males, desalmado contra sus víctimas, no se corresponde con las actuaciones que nos revelan las Escrituras, pues ellas nos presentan siempre a un Dios que es "lento a la cólera y rico en clemencia", que se pone siempre al lado de quienes son sus amados, aun cuando estos los rechacen, ofreciéndoles siempre la posibilidad de retornar a su amor. Los "castigos" que reciben quienes los rechazan no son más que las terribles consecuencias que se acarrean para sí mismos quienes prefieren alejarse de la plenitud de la felicidad cuando se vive en su amor.

La promesa del Señor es perpetua. No es un Dios que cambie continuamente. No existe la volubilidad en el Dios que vive un eterno presente, que es el mismo siempre y jamás cambiará. Jesús, que es su imagen perfecta, quien nos hace ver quién es el Padre, a decir de San Pablo, "es el mismo ayer y hoy y para siempre". Por eso, lo que dice en un momento, lo está diciendo siempre. Sus palabras, aun cuando hayan sido pronunciadas miles de años atrás, resuenan hoy con toda actualidad: "Oigan, sedientos todos, acudan por agua; vengan, también los que no tienen dinero: compren trigo y coman, vengan y compren, sin dinero y de balde, vino y leche. ¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura? Escúchenme atentos y comerán bien, saborearán platos sustanciosos. Inclinen su oído, vengan a mí: escúchenme y vivirán. Sellaré con ustedes una alianza perpetua, las misericordias firmes hechas a David". La alianza de Dios con los hombres, aun cuando es un pacto que incluye a dos partes activas, no dejará de ser cumplida por parte de Dios. La parte correspondiente a Él en el contrato sellado jamás dejará de honrarla, pues Él es un Dios fiel y leal, cumplidor de sus compromisos y jamás engañador. Esta condición de inmutabilidad del actor principal del pacto que se ha sellado debe llamar a la otra parte a sentirse aún más comprometida a cumplir. Experimentar la plenitud ofrecida en el contrato debe servir en sí misma a querer profundizar en el compromiso de unión para poder vivir cada vez más en esa sensación de plenitud que es vivencia normal al estar unidos esencialmente a quien es razón de la existencia y de la dicha. Solo un absurdo podrá colocarse como obstáculo a la vivencia de la plenitud personal. Solo un engaño basado en una pretendida dicha mayor, que por lo demás no existe, puede embaucar al hombre, ávido de experiencias siempre mejores. Por ello, al percatarse de la imposibilidad de que ello exista, surge el convencimiento final, totalmente pacificador del ánimo, de que no hay otra plenitud que llene más o que dé mayor satisfacción: "¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a Aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor". Esa es la plenitud. Y al experimentarla, ya no se necesita más. Solo el hombre mismo, por su propia estupidez, puede alejarse de ella.

De tal manera es gratificante la experiencia del amor de Dios y es de tal modo satisfactoria, que la sensación en la que se vive es la de la continua fiesta en su presencia. El espíritu se llena de una alegría tal que es imposible pensar en algo que llene más. La imagen perfecta es la del banquete en el que se da toda clase de manjares y de los que se pueden disfrutar sin detenimiento. Estar con Dios en Jesús, sentir su amor a favor siempre, poder contar con su consuelo en medio de las tribulaciones, saberse fortalecidos cuando se experimentan las propias debilidades, tener la seguridad de que Él está en nuestra barca y utiliza su poder para calmar las tempestades, escuchar su voz que nos perdona nuestros pecados, que nos libera de nuestros demonios, que nos limpia la piel de nuestras lepras, que fortalece nuestros huesos para hacernos caminar, que limpia nuestros ojos sin visión, que abre nuestros oídos sordos; saber que Él se convierte en quien se compadece de nuestra desgracia como la que vivió la madre que perdió a su hijo único y que lo resucita para que ella no quedara sola, que es ese buen pastor que es capaz de salir en nuestra búsqueda y no se quedará satisfecho hasta que nos monte amorosamente en sus hombros para traernos de nuevo al redil, que se hace el buen samaritano que sana nuestras heridas y se asegura de que seamos bien atendidos en la posada, que se coloca al lado de aquellos discípulos que caminaban hacia Emaús ensombrecidos por la tristeza de haber perdido al Maestro, que se presenta a los apóstoles glorioso y les deja el regalo de su paz como don invaluable, que hace descender desde el seno del Padre al Espíritu Santo para ser el compañero de camino de la Iglesia que nacía... Todo eso es lo que nos procura la plenitud. No tiene sentido buscarla en otra parte. Es el mismo Jesús siempre, el que no cambia, el eterno. Hoy es todo eso. Sigue siéndolo. No cambia jamás. Sigue procurándonos todos los bienes para que sigamos viviendo la fiesta del amor: "Tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños". Es la abundancia y la sobreabundancia del amor que nunca dejará de saciarnos. La fiesta de Dios es eterna, si nosotros decidimos que sea así, manteniendo firme el cumplimiento de la parte que nos corresponde del pacto. Dios cumple siempre. Nunca dejará de hacerlo. Nos toca a nosotros honrar nuestra parte de la alianza.

sábado, 4 de abril de 2020

En el pacto de amor con Dios, siempre salgo ganando yo

Archidiócesis de Granada :: - “Conviene que uno muera por el ...

Cuando hablamos de Alianza, hacemos referencia a los pactos que sucesivamente, en la historia de la salvación, ha hecho Dios con el pueblo. Son los compromisos que asume Yahvé con sus elegidos y que tienen una contraparte en el pueblo que debe asumir también los compromisos de fidelidad que se ponen sobre la mesa. La terminología deja constancia de que es una especie de "matrimonio" entre Dios y los hombres. La Alianza es un pacto nupcial en el que las partes se prometen amor y fidelidad eternos e inmutables. Ambos se comprometen a no tener relación de amor nupcial con nadie más. La composición literaria usada por el mismo Dios al declararlo es clara: "Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios". Se usan términos de propiedad que son propios del ritual matrimonial: "Yo..., te tomo a ti ... por esposo (a)... y prometo serte fiel en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza, en la pobreza y en la riqueza". Dios quiere ser el esposo fiel y toma por esposa a la humanidad, que espera que también le sea fiel. Y se compromete a realizar maravillas en su favor: "Haré con ellos una alianza de paz, una alianza eterna. Los estableceré, los multiplicaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y reconocerán las naciones que yo soy el Señor que consagra Israel, cuando esté mi santuario en medio de ellos para siempre". En este pacto la parte que corresponde a Dios se cumplirá de manera absolutamente segura. El Señor es responsable radicalmente y, al asumir su parte, lo hace con un compromiso inmutable. Dios no cambiará jamás en su determinación, pues todo lo que dice lo hace. Su amor eterno e infinito por el pueblo, a pesar de la infidelidad continua de éste, nunca dejará de ser tal. Esa es la característica más atractiva e identificadora del amor divino. Ese amor de Dios no cambia ni se muda jamás. Si cambiara, cambiaría Dios, lo cual es imposible y absurdo. Dios es el mismo eternamente. Si ama hoy, amará siempre. Por lo tanto, si compromete su amor en un pacto de alianza, ese componente estará siempre presente durante la duración del "contrato". La parte de Dios en este pacto es, entonces, definitiva. La dificultad se presenta cuando vemos a la otra parte del pacto, la de la humanidad. 

En el corazón de los hombres está la lucha continua entre el bien y el mal, entre el atractivo del amor a Dios y el atractivo que ejercen las criaturas sobre su corazón, entre la fidelidad a Aquel que es amoroso y providente eternamente y aquellas realidades que dan compensaciones sabrosas y placenteras aunque sean temporales. Esta tensión hará que la esposa, la humanidad, caiga repetidamente en infidelidades y se aleje de la promesa que ha asumido y de la exigencia que hace Dios. Muchísimas veces la humanidad prefiere lo pasajero, lo temporal, lo que pasa y se acaba, a lo que permanece para siempre. Es más "sabroso" lo prohibido, lo dañino, lo que da placer, que la paz, la serenidad, la sensación de compensación de eternidad que se encuentran en Dios. Satisfacer los sentidos de cualquier manera, dejando a un lado el cuidado de lo interior, de lo espiritual, de lo eterno, apetece más cuando se vive solo en el ámbito de la horizontalidad. Se necesita un itinerario de aprendizaje para empezar a valorar justamente lo que tiene más valor. No obstante, a pesar de esta historia de infidelidades de la humanidad, podemos ver la obstinación de Dios en mantener su promesa. Él no echa por la borda su amor y repite incesantemente su invitación al arrepentimiento para que la humanidad retome el camino hacia Él en la fidelidad. Son muchos los pactos de alianza que podemos encontrar en las Escrituras, en los que, una y otra vez, Dios invita al cambio de conducta, a vivir en el amor a Él, a retomar las rutas de su encuentro. Se muestra como un Dios condescendiente, que está siempre dispuesto al perdón, que no se deja llevar por su ira, que es clemente y piadoso. A eso lo invita el amor al que se ha comprometido al cumplir su parte de la Alianza. Aun cuando tendría todo el derecho a dejar a un lado su compromiso pues la otra parte ha incumplido el suyo, no lo hace, y obstinadamente sigue ofreciendo oportunidades, sencillamente porque ama, y el amor lo invita a ello. Su determinación es hacerse propiedad de la humanidad, como esposo. Y todo lo hará por ser suyo. No hará nada que lo aparte de esa voluntad inmutable. Por eso llega al máximo de su donación. La encarnación del Verbo no es otra cosa sino la confirmación final de esta voluntad de entrega. Se hace uno con la humanidad. Se repite la fórmula del matrimonio: "Serán los dos una sola carne..."

La venida del Hijo del Hombre en carne mortal es el culmen de la Alianza. "Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo", se ha traducido totalmente en: "Yo, Dios, me he hecho hombre como mi esposa, para hacer a mi esposa como yo, Dios". Lo entendió San Agustín cuando lo afirma en su frase magistral: "Dios se ha hecho hombre para que el hombre se hiciera Dios". Es el paso final de la Alianza definitiva, en el que ya no habrá diferenciación entre Dios y los hombres, pues ambas partes del pacto estarán viviendo las misma realidad, ya que Dios "se ha hecho todo en todos". La parte dominante del contrato asume la totalidad, con el beneplácito de la otra parte, que se entrega eternamente en sus manos. Para ello se debe pasar por la crisis de cambio radical. Todo paso adelante representa siempre una crisis de crecimiento. Se da también mediante el dolor, que igualmente es asumido por el Dios de la Alianza. El que no tenía por qué sufrir, en el cumplimiento de su parte del pacto, lo asume. Avizora, al final de este itinerario que contempla también el dolor, la llegada a la meta de la suprema unión, de la llegada a la cima, a la plenitud del pacto total, a la unión esencial ya sin cambios. Quienes serán sus verdugos lo anuncian proféticamente: "Ustedes no entienden ni palabra; no comprenden que les conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera". Morir por el pueblo... Es la misión de Jesús, para que no muera la nación entera. Con ello, el pacto alcanza su punto máximo. De esa manera Dios se hace absolutamente propiedad de la humanidad, que lo llevará al sacrificio cruento de la Cruz. De tal manera se hace Dios del pueblo que hasta asume la muerte como parte de ese compromiso. "Yo seré su Dios", es decir, "Yo me entrego radicalmente, hasta la muerte, con tal de hacerlos mi pueblo, nación de mi propiedad. Pasaré por este bautismo de sangre, pero con ello lograré que mi esposa sea para mí eternamente, solo para mí". El anuncio profético de su muerte, con ser una terrible noticia para Jesús, era la mejor noticia para la esposa, pues esa voz anunciaba "que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos". Es la llegada a la cima de la historia de la salvación, en la que todos seremos ya definitivamente propiedad de Dios y estaremos viviendo la plenitud de nuestra condición. Es la jugada magistral de Jesús: entregarse para tenernos eternamente. Divinizados y en el cielo, a la derecha del Padre, como Jesús.

jueves, 6 de febrero de 2020

Has hecho, Señor, una alianza de amor conmigo

Resultado de imagen para llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos

El término "Alianza" es un término muy frecuente en la relación entre Dios y los hombres. Estrictamente, Alianza hace referencia a la acción que llevan a cabo dos o más personas, organizaciones o naciones al firmar un pacto, un acuerdo o una convención, según el caso.  Normalmente, la propuesta de la alianza se da cuando los actores están más o menos igualados. Esta igualdad se puede dar en lo económico, lo político, lo militar, lo social, lo ambiental, lo ideológico. De alguna manera debe darse un cercanía en algunos de estos ámbitos y una comunión de intereses en los que se da la búsqueda de un fin común. Cuando se forma una alianza, todos lo actores deben salir beneficiados. Nunca se firmará si desde uno de ellos solo habrá donación sin que reciba nada a cambio o en compensación. En nuestro caso, es una acción de la que Dios es el actor principal y el promotor ante el pueblo. Y sorprendentemente la propuesta de la alianza de parte de Dios se da desde la posición de absoluto privilegio y superioridad que le corresponde naturalmente, por lo que llama la atención que surja de Él, quien hubiera podido más bien hacer sus exigencias como una imposición desde esa misma superioridad en la que se encontraba. De esta manera podemos entender, en primer lugar, que desde Dios no existe un interés distinto al del amor para acercarse al pueblo que Él se escoge. Es el amor el que hace que Dios, además de crear y de facilitar todas las condiciones para la vida de sus criaturas, se acerque para ofrecerse y pedir un trato diverso del que pudiera tener un propietario sobre su propiedad. Él quiere tener un trato prácticamente de iguales en el que rija una relación personal que se base en el respeto mutuo, en la confianza, en la compensación. En definitiva, en el amor. Y en segundo lugar, entendemos que Dios al proponer un pacto, está elevando al hombre a una condición de cierta igualdad con Él, asumiendo que aquella frase que Él mismo utilizó en la creación: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza", debe ser una realidad y debe hacerse efectiva. El hombre ha sido creado con las mismas cualidades divinas. El hombre es libre, tiene inteligencia y voluntad y es capaz de amar. Como Dios. Allí está el interlocutor válido, el que tiene una cierta igualdad con Dios, por lo cual está la base ideal para la propuesta de una alianza entre ambos.

De esta manera, todas las relaciones de Dios con los hombres, desde el origen, se dan bajo el principio de la alianza, en la que ambas partes hacen sus aportes y ambas reciben sus beneficios. Dios, al hombre, su contraparte en el acuerdo, le pide que lo coloque siempre en el primer lugar y no lo sustituya con otros dioses, le pide el cumplimento de su voluntad, le pide que lo ame sobre todas las cosas y con todas las fuerzas. Y se compromete a estar siempre de su lado, a apoyarlo en todas sus empresas, a darle sentido a todos sus esfuerzos, a seguirlo amando por encima de todas las demás criaturas, a seguir siendo providente y generoso, a ser misericordioso y clemente ante el arrepentimiento y la humildad de su criatura. Podemos verificar que estas son las pautas propuestas por Dios siempre. Las dos partes se comprometen a cumplirlo, de manera que hacerlo es mantener una relación mutuamente enriquecedora. Paradójicamente, en esta alianza solo una de las partes tiene la capacidad de incumplir. El compromiso que Dios asume es invariable. La voluntad de Dios es inquebrantable, pues su naturaleza es la inmutabilidad. Una vez asumido un compromiso, jamás será infiel. Por el contrario, el hombre sí es capaz de incumplir su parte. Y allí reside el pecado. La tragedia humana se verifica cuando usando mal de su libertad decide ir por caminos diversos al acordado en la alianza. El reclamo absurdo de una autonomía ilegítima, lejos de elevar al hombre, lo lleva a su propia perdición. Es la pérdida de todos los beneficios por el incumplimiento de la alianza, cuyo cumplimiento, por el contrario, lo haría más hombre, más libre, más persona. Así lo entendió el Rey David, cuando al final de sus días le dice a su hijo Salomón: "Guarda lo que el Señor tu Dios manda guardar siguiendo sus caminos, observando sus preceptos, órdenes, instrucciones y sentencias, como está escrito en la ley de Moisés, para que tengas éxito en todo lo que hagas y adondequiera que vayas. El Señor cumplirá así la promesa que hizo". El acuerdo contempla la fidelidad a lo que Dios pide y la compensación por el éxito en todas las empresas. Es un acuerdo razonable en el que ambas partes se benefician.

Punto fundamental y exigencia básica para llegar a los acuerdos que propone una alianza es la confianza mutua. Dios confía en que el hombre cumplirá su parte y el hombre confía en que Dios hará la suya. Es la fidelidad que se espera siempre. Y por eso se basa en el amor y no simplemente en un intercambio "mercantil". Los beneficios aquí no son principalmente materiales, sino que apuntan a una riqueza infinitamente superior. Si se obtienen algunos beneficios materiales es porque antes ha habido el beneficio del amor que llena completamente el corazón de ambas partes. Es la espera confiada de que desde ambas partes se dará un abandono radical pues habrá una confianza absoluta e indestructible. Dios confía radicalmente en el hombre y espera nunca ser traicionado. Por eso lo vemos siempre esperando del hombre casi empecinadamente una respuesta positiva a su voluntad, y dando una y otra vez nuevas oportunidades a pesar de las continuas traiciones que recibe. Y el hombre espera de Dios siempre su amor y su comprensión, su favor y su providencia para llevar adelante todas sus iniciativas. Así se pueden afrontar empresas que para la parte más débil pueden llegar a pensarse imposibles. Jesús da una muestra clara de esa fidelidad divina en la alianza prometida: "Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. y decía: 'Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel sitio. Y si un lugar no los recibe ni los escucha, al marcharse sacúdanse el polvo de los pies, en testimonio contra ellos'". Está totalmente dispuesto a cumplir la parte que le correspondía. La de los apóstoles era la de ir confiados a la tarea que se les encomendaba, por encima de las aparentemente negativas condiciones de inferioridad en las que iban. Y la cumplieron, confiando en el poder de quien los enviaba. Por eso la empresa fue cumplida perfectamente: "Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban". Solos, era imposible hacerlo, pues es un poder que tenía solo Dios. Pero confiados en Dios, cumpliendo su parte de la alianza, Él hizo su parte. Y así la alianza producía los mejores frutos para todos. Dios podía derramar todo su amor y el hombre podía confiar totalmente en ese amor todopoderoso y providente del Dios de la Alianza. Es lo que podemos vivir todos. Si hacemos nuestra parte en el pacto con el Dios de amor, Él hará la suya. Y saldremos siempre ganando pues la parte que ponemos es ínfima comparada con la que somos compensados por Dios, quien nos llena de todo su amor y pone todo su poder en nuestras manos.