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lunes, 14 de junio de 2021

Nuestra novedad de vida debe ser transparentada ante los hermanos

 23 feb 2020 – Mateo 5, 38-48 | Parroquia San Francisco Solano – Bella Vista

La novedad del Evangelio es radical. La lógica del amor está por encima de toda la lógica horizontal que los hombres vivimos con toda naturalidad. La obra de Jesús nos desencaja casi por completo, al ser una obra que en sí misma trasciende la lógica de una vida muelle, sin gran profundidad, casi contenta con la falta de trascendencia, con la autoreferencialidad exclusiva, a decir del Papa Francisco, con la ausencia de la fraternidad a la que nos llama nuestra creación como seres esencialmente comunitarios. La exigencia del amor nos pone el alcance de nuestros logros una meta con una cota mucho más alta. En la dinámica del amor, esto es natural. El sacrificio redentor del Salvador es, en sí mismo, para el mismísimo Hijo de Dios, la exigencia mayor. No la realiza con un gesto que no lo involucrara en lo más extremo. La obra definitiva de Jesús requirió para Él el esfuerzo mayor que ha podido hacer hombre alguno en la historia. No solo por lo terrible de lo que le exigió, que llegó al sacrificio de amor más grande, muriendo en vez de quienes debían morir, y con ello, rescatándolos de la mayor ignominia que podía sufrir la humanidad, sino por la trascendencia que posteriormente tendría esa entrega a la muerte, y que cambia radicalmente el hilo de la historia humana. Su gesto de amor es la muestra de que todo obtenía un nuevo cariz y de que no quedaba en un simple gesto de bondad y de misericordia, sino que se elevaba, imbuido todo en su inmenso amor, en el clima y la realidad de un amor nuevo, más comprometedor, que traslada a todos los salvados. Por eso, en una era en que los minimalismos son la marca común de las actuaciones de los hombres, estos quedan totalmente desplazados, pues el amor da una lógica nueva a ese nuevo estilo de vida que deben vivir todos los que quieran ser auténticos discípulos de Aquel al que atravesaron con la lanza en la Cruz. No hay cabida para las cosas comunes, sino solo para el heroísmo de la vivencia real de la fe y del amor.

Este nuevo estilo de vida, es sin duda, heroico. Muchísimo más comprometedor que el que exigía anteriormente el simple cumplimiento de una ley que podía no llegar a comprometer sino solo en las mínimas exigencias, lo cual hacía correr el riesgo de que ni siquiera el ser del hombre se sintiera exigido. Quien acepta ser transformado por la auténtica experiencia del amor salvador, debe hacerse consciente de que ya no podrá vivir con los mismos criterios y actitudes que lo dejaban personalmente satisfecho en el cumplimiento de las mínimas exigencias. La asunción del verdadero amor lo llama a encaminarse por itinerarios distintos, totalmente nuevos, que, aunque sorprendentes, son realmente los que hay que rescatar, pues son los que exigen la nueva ley del amor. Es lo que ha hecho Jesús, y lo que nos marca la pauta para todos sus seguidores. Sorprende sobre todo la presentación de estas exigencias como lo hace San Pablo a la comunidad de los Corintios, a la que amaba entrañablemente. No esconde nada de la nueva exigencia y del nuevo estilo que es exigido para quienes aceptan a Jesús como su Salvador. El estilo es el del amor, el de la fraternidad, el de la caridad radical, que llama a ese heroísmo de la fe que debe ser característica en el cristiano: "Como cooperadores suyos, los exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice: 'En tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé'. Pues miren: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación. Nunca damos a nadie motivo de escándalo, para no poner en ridículo nuestro ministerio; antes bien, nos acreditamos en todo como ministros de Dios con mucha paciencia en tribulaciones, infortunios, apuros; en golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer; procedemos con limpieza, ciencia, paciencia y amabilidad; con el Espíritu Santo y con amor sincero; con palabras verdaderas y la fuerza de Dios; con las armas de la justicia, a derecha e izquierda; a través de honra y afrenta, de mala y buena fama; como impostores que dicen la verdad, desconocidos, siendo conocidos de sobra, moribundos que vivimos, sentenciados nunca ajusticiados; como afligidos pero siempre alegres, como pobres, pero que enriquecen a muchos, como necesitados, pero poseyéndolo todo". Los criterios simplemente humanos son superados y la mira debe ser colocada en una tesitura ciertamente muy superior. Es el día de la salvación, el tiempo de la novedad radical del amor de entrega a Dios y a los hermanos, sin buscar mínimos, sino con la disposición de la misma radicalidad de Jesús, el Maestro.

Es la misma exigencia que ya había hecho Jesús a sus oyentes. El amor apunta a lo más alto. Está en continuidad con esa enseñanza y esa exigencia. No hay novedad en la exigencia, sino en la búsqueda de la respuesta honesta y humilde de los discípulos. Ciertamente la respuesta no es sencilla, por cuanto exige la asunción de una conducta totalmente distinta a la que normalmente se daba a la llamada del amor. Se trata de asumir que la novedad de vida que exige el amor, aunque va en consecuencia a lo que se había exigido desde el origen, que existe ahora una disciplina nueva. Sorprendente en cuanto busca que esa novedad transforme desde la raíz el ser del hombre que acepta la salvación. Es desmontar lo que se es para pasar a ser un hombre nuevo, que muestra con su conducta y su experiencia vital que yo no es el mismo, pues ha sido realmente renovado por el rescate de Jesús: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Ustedes han oído que se dijo: 'Ojo por ojo, diente por diente'. Pero Yo les digo: no hagan frente al que los agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas'". Los minimalismos no son cristianos. Hemos sido llamados a los maximalismos. No a los mínimos de una conducta normal. Incluso a renunciar a la defensa que consideraríamos justa de nuestra integridad. De lo que se trata es de que demos muestras de que tenemos valores superiores por los cuales estamos dispuestos incluso a dar la vida. Es dar demostración de ese amor que nos mueve y que nos motiva, ante lo cual nos rendimos, pues asumimos que es el camino por el cual se nos llama a la perfección. Jesús lo asumió como parte de su misión. Nos toca a nosotros asumirlo, para demostrar la valoración que hacemos de la novedad que hemos adquirido al aceptar la obra de amor de Cristo en nosotros, y para demostrar a todos que ese es ahora nuestro mayor tesoro.

domingo, 9 de mayo de 2021

Si eres cristiano, debes amar y vivir en el amor

 Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado» –  Reporte Católico Laico

La Constitución de la Nación cristiana tiene prácticamente un solo artículo: "Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado". Partiendo de este precepto, nacen luego todas las obligaciones cristianas. Evidentemente, en la exposición de motivos previa, está el fundamento de todo: La esencia del convocante, que es Dios. Dios es quien elige a su pueblo, sobre el cual tiene la autoridad suave con la que se erige sobre él y con la que los invita a ser suyos, dándoles no solo la existencia, sino proponiendo la forma concreta en la que se alcanzará la felicidad plena y la eternidad que podrán vivir gozosamente junto a Él: "Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor". Así como la esencia de Dios es la del amor, así mismo debe ser la esencia de los convocados. Quien se quiera integrar a esta Nación cristiana, debe necesariamente asumir la esencia de quien los convoca. No es un capricho de Dios, sino que es la necesidad de quien quiera vivir el gozo de ser cristiano. Solo la vida que le da Dios, será vida que justifica su pertenencia al pueblo de Dios. En el genoma humano del cristiano está el amor como parte integrante esencial. Si este gen no está presente en él, no se podrá llamar nunca cristiano. No es un amor de romanticismo bobalicón, que no compromete más allá. Es un amor que transforma el ser propio, que hace nueva a la persona, que la impulsa a querer hacer nuevas las relaciones con Dios y con los hermanos, que lo compromete en la búsqueda de un mundo mejor en el que se viva esa realidad del amor divino que lo transforma todo. El amor es esencia y no simple sentimiento. Lleva al compromiso de la donación incluso de la propia vida, pues tiene como único modelo la entrega de Jesús. Como afirmó San Agustín: "La medida del amor es el amor sin medida". Ya lo había sentenciado Jesús: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos". Si se quiere vivir auténticamente en el amor, no podemos ponerle límites.

Para la persona que no entra en la comprensión de la auténtica dinámica del amor, y que vive más centrada en sí misma que en Dios y en los hermanos, esto resultará incomprensible. Para estos, el amor tendrá compensación solo en cuanto contemple algún beneficio de vuelta, sea espiritual o material. El amor de donación o de oblación, no entra como posibilidad cercana en sus vidas. Solo entrará el amor de concupiscencia, que es el amor que da algún rédito personal y compensa según lo que se ha dado. Aun cuando es un amor natural en el hombre, el amor al que nos llama Jesús es un amor que trasciende a éste, pues nos invita a una elevación de la mirada y del espíritu para fijarla en la única compensación legítima del amor, que es el mismo amor. El cristiano no ama para que lo amen. El cristiano ama porque lleva la esencia del amor de Dios, que ama por encima de todas las contradicciones y negativas, pues no espera nada a cambio. En la comprensión de esta autenticidad del amor está la base de la felicidad del cristiano, y solo así podrá vivir la plenitud a la que es llamado. Sin duda, el avance en este camino será un proceso exigente y costoso, pues implica el abandono de una tendencia natural para sustituirla por una distinta, pero que al fin será mucho mas satisfactoria, pues apunta a la plenitud del gozo que se vivirá en la eternidad. De esta manera, es adelantar en la vida actual, aquí y ahora, la felicidad plena a la que estamos todos llamados. Solo esto explica la felicidad que han vivido tantos santos en toda la historia. Fuera de este ámbito es imposible su comprensión, pues la han vivido en medio de muchas dificultades y contradicciones, incluso en medio del martirio con el que han sellado su convicción en la vivencia de este amor superior. Así lo afirmó Jesús: "Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud". 

Y por ser un amor esencial en Dios, pues "Dios es amor", es un amor para todo el hombre y para todos los hombres. No puede haber exclusión de nadie, pues el amor no es exclusivista. El verdadero amor no tiene preferidos, pues no tiene fronteras. Cuando se ama con amor auténtico no se mira a la carta de identidad del que va a ser amado. Solo se mira a su existencia, a su ser. El amor no hace elección de los amados. O mejor, de una vez los elige a todos, pues no hace nunca una acción excluyente. Esa fue la razón de la alegría de los paganos, conversos provenientes de la gentilidad, que originalmente se creían excluidos del amor del Dios de los judíos y luego del Dios de los cristianos. Cuando el Espíritu les hace entender que ellos eran también beneficiarios de la salvación, alcanzan el zenit del gozo, pues entendieron que ellos también eran sujetos del amor de ese Dios que había demostrado tanto poder y tanta preferencia por todos los judíos y que ahora lo estaba demostrando por los cristianos: "Bajó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban la palabra, y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles, porque los oían hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios. Entonces Pedro añadió: '¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?' Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo. Entonces le rogaron que se quedara unos días con ellos". Así es el amor de Dios. Así fue y así será siempre. Y es el amor que nos pide que vivamos todos sus discípulos. Solo en la vivencia de ese amor justificaremos nuestro ser cristiano. Solo el amor nos debe caracterizar y solo en esa vivencia seremos realmente hombres nuevos que llevarán la novedad de vida que nos regala Jesús a todos los que tengamos a nuestro alrededor: "No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca. De modo que lo que pidan al Padre en mi nombre se lo dé. Esto les mando: que se amen unos a otros". Nuestra marca genética es la del amor. Sin ella, no seremos nunca verdaderos cristianos ni podremos hacer un mundo nuevo como lo quiere Jesús.

jueves, 15 de abril de 2021

Vivir la novedad que Jesús da, para hacerla llegar a todo hombre

 Nicodemo acude a hablar con Jesús - Primeros Cristianos

Ante el que quiere ser discípulo de Jesús se presentan dos caminos. Uno es el de la asunción de un compromiso serio y responsable que le haga vivir una renovación interior total en la que, asumiendo la realidad de su situación vital, lo haga con la conciencia clara de que es un hombre nuevo, distinto del que era antes de resucitar a la vida que Jesús le dona, y que por ello tiene una responsabilidad ante el mundo de anunciar la necesidad de que todos vivan esa renovación y de que el mismo mundo sea una realidad nueva en la que reinen Dios y su amor. Entiende, así, que esa nueva vida que él vive con el gozo del amor, experimentando la presencia de Dios que le da un cariz nuevo a toda su vida y a todas sus circunstancias, además de producir en él el cambio radical y de procurarle el gozo mayor que pueda experimentar jamás, lo lanza hacia fuera de sí, para dar testimonio de la novedad de la cual es poseedor y procurar para los demás y para el mundo una novedad también radical, que haga que todas las cosas sean renovadas en el amor. Ese es el objetivo del nuevo nacimiento de quien resucita con Jesús, porque es el objetivo que persigue Dios desde el momento en que todo lo que existe surgió de sus manos creadoras y todopoderosas: que todo viva la plenitud de su presencia y experimente su amor. El segundo camino que se presenta ante los discípulos es el de la vivencia de la renovación, pero sin asumir un auténtico compromiso ante sí mismo, ante los demás o ante el mundo. Es el camino del que busca contemporizar con lo que no es de Dios, aun a sabiendas de que es un camino de destrucción de la vida de plenitud a la que está llamado. Evitando problemas y dificultades, ante las situaciones tensas que pueda vivir personalmente, que lo pueden dañar, quizá haciendo que pierda privilegios o que sufra persecuciones y hasta violencia, prefiere mantenerse "indiferente", tratando de compaginar lo que no es compaginable, como sería vivir el amor y el bien, dejando siempre un resquicio, cuando haya riesgo, de salir incólume de esas contrariedades, huyendo mediante la unión ocasional con el mal.

No es este segundo el camino que asumieron los apóstoles y los primeros discípulos del Resucitado. Para ellos estuvo claro desde casi el principio que no podían traicionar en lo más mínimo la exigencia a la que los llamaba su nuevo nacimiento en Jesús. Se debía tomar todo el conjunto, o se debía rechazar del todo. No podía haber término medio. Cuando son hechos presos por predicar a Jesús, su verdad, su amor, su victoria sobre la muerte con la Resurrección, la necesidad de la conversión de corazón para resucitar con Él y ser hechos hombres nuevos, y además, echando en cara a las autoridades religiosas la culpa ignominiosa de la muerte del Redentor, lo cual, además, apoyaban con prodigios que salían de sus manos gracias a la fuerza que poseían por tener a Jesús y a su Espíritu, estas autoridades, que debían haber sido conquistadas por la realidad irrefutable de la Resurrección de Cristo y de su presencia en la vida y el testimonio que daban los apóstoles, lejos de haber sido así, se cerraron de plano y les prohibieron hablar de la experiencia más maravillosa que estaba viviendo el mundo entero en toda su historia. Evidentemente, los discípulos que estaban experimentando en sus propias vidas esa presencia de Dios y que, dejándose llevar por Él, eran instrumentos de su amor y su poder, no podían dejar de hablar de aquello que para ellos era la verdad más sólida y contundente que jamás existirá: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron, colgándolo de un madero. Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que lo obedecen". No son ellos quiénes para oponerse a la fuerza de la verdad ni al poder del amor. Solo saben que deben obedecer a Aquel que los ha elegido, los ha hecho hombres nuevos, y los ha enviado al mundo para hacer llegar su amor todopoderoso a todos.

Estaban convencidos de que por encima de toda circunstancia, la realidad que estaban viviendo era una realidad superior, que elevaba la calidad de la vida humana a alturas inimaginables, pues la hacía despegar desde la realidad cotidiana, que seguirían viviendo en lo ordinario, hacia la realidad infinita y eterna de la presencia de Dios que lo llenaba todo, sus vidas, sus pensamientos y sus acciones, llevándolos a la cota insospechada que les haría compensar incluso las experiencias de dolor, de persecución, de sufrimiento a las que se dirigieran al dar testimonio de Jesús. Todo cobraba sentido, pues no era un sufrimiento exento de compensación, sino que, por el contrario, echaba luces relucientes para que todo fuera comprendido desde la óptica de la plenitud a la que estamos todos llamados. No se agotaba la experiencia personal propia en la vida del día a día, sino que se añadía a ella la presencia gozosa de Dios y de su amor, y la presencia del auxilio y el consuelo que continuamente daba ante la irrupción del dolor y de las dificultades. Estar en medio de sufrimientos, sabiendo que en ellos se está sostenido por el amor de Dios, cambia totalmente la perspectiva de la experiencia. Sería totalmente sin sentido el sufrimiento sin la certeza del consuelo que da el amor de Dios. Esa experiencia es la que debe tener todo discípulo del Resucitado, y así quiso Jesús dejarlo claro a Nicodemo en su diálogo en la intimidad de la noche: "El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él". Jesús quiere convencer de la necesidad de nacer de nuevo para ser hecho hombre nuevo. Pero para que, como Él, que viene del cielo y habla palabras de Dios, también cada uno que es hecho hombre nuevo como Él, hable igualmente palabras de Dios y dé siempre testimonio de lo que viene de arriba y ayude a que todo sea hecho nuevo por el amor y el poder del Resucitado.

jueves, 8 de abril de 2021

Jesús resucitado nos da una nueva perspectiva de vida

 El Periódico de México | Noticias de México | Columnas-VoxDei | «Echad la  red a la derecha de la barca y encontraréis»

El encuentro con Jesús resucitado es totalmente renovador. La Resurrección en sí misma representa el paso gigantesco de la Nueva Creación que viene a realizar Jesús por encargo del Padre. Toda la realidad es renovada. Principalmente la criatura que está en el centro de todo, por designio amoroso del Padre Creador, que es el hombre, causa final de la gesta gloriosa del rescate que emprende el Verbo de Dios al hacerse carne. Su muerte, paso previo y necesario, es la acción primordial en la que el Verbo, haciéndose víctima del odio de los hombres, toma sobre sí todo el mal del hombre y del mundo, y lo hace morir con Él en la Cruz. La derrota del mal tiene cariz de situación final para Jesús, pero en realidad es el principio del final de ese poder que poseía el demonio y la muerte, con su consecuente perjuicio humano, que es el pecado. La victoria de Jesús, refrendada con su resurrección, es el punto más alto de la historia humana, y es la confirmación del camino de plenitud por el que se encamina la humanidad para llegar a la eternidad feliz que no tendrá final. Es esta la convicción en la que se consolidan cada uno de los que tienen el encuentro con el hecho portentoso de la Resurrección de Jesús. La realidad ya no se reduce a la sola vivencia cotidiana del día a día, sino que se da una convicción profunda, íntima, indestructible, de que la realidad ha alcanzado una cuota de altura insuperable, pues el que vive de la Vida de Jesús no podrá ya reducirse solo a esa vivencia rutinaria, sino que deberá referirlo todo a la presencia de la Vida interminable de Jesús, que es la que transmite a todos sus seguidores, que son los que han resucitado con Él. No se da un cambio en lo rutinario, pues la realidad seguirá siendo la misma: casa, hogar, familia, trabajo, amigos, diversiones, vecinos. Todo seguirá su camino habitual. Pero sí se da un cambio profundo, íntimo, esencial, en lo profundo del corazón de cada hombre resucitado, pues lo afrontará todo con una actitud diversa, la actitud del Hombre Nuevo que regala Jesús, el nuevo Adán. Habiendo sido vencido el mal, en el corazón y el ser entero de los resucitados vivirá el bien, el amor, la justicia, que serán las fuerzas para afrontar los embates que aún dará el mal en los estertores de su muerte.

Fue lo que experimentaron los apóstoles que vivieron en primera persona la experiencia de la Resurrección de Cristo. Emprendieron con la mayor ilusión, con la mayor alegría, el anuncio al mundo de la noticia más gloriosa que podrían escuchar. Salieron entusiasmados a todos los caminos dando a conocer la noticia del amor, de la verdad y de la vida a todos. Pero su entusiasmo no era antídoto suficiente para vencer en los que servían al mal. Muchos sí daban el paso, y por eso preguntaban qué debían hacer para resarcir el daño que había producido su pecado. Se seguía planteando, entonces, la diatriba entre el bien y el mal, con la diferencia de que ahora se tenía el fundamento sólido de la victoria de Cristo y de la liberación cumplida del Dios de Israel: "Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogan ustedes hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos ustedes y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante ustedes. Él es 'la piedra que desecharon ustedes, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular'; no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos". La Resurrección, siendo la victoria de la vida sobre la muerte, no eliminó del todo la acción de quienes seguirían sirviendo al mal, pues siguió respetando reverentemente la libertad del hombre. Pero sí transformó el interior de los convertidos, que asumieron su tarea de anunciar al amor con la convicción profunda de que estaban fundados en el poder omnímodo del amor y de la resurrección. Debe ser la experiencia de todo el que vive la victoria de Cristo. Probablemente nada cambie a su alrededor, pero sí debe tener conciencia de que dentro de sí se ha dado una transformación radical, pues ya no estará fundada su vida en la propia fuerza, sino en la fuerza del Resucitado, lo que dará una perspectiva nueva a la vida personal, fundada en la certeza de la presencia y la compañía del Resucitado que ya nunca más dejará de estar con él en todo lo que emprenda.

Esa fuerza del Resucitado podrá incluso llegar a hacer maravillas a sus discípulos, tal como lo vivieron los apóstoles que regresaban frustrados de una noche de pesca infructuosa: "Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: 'Me voy a pescar'. Ellos contestan: 'Vamos también nosotros contigo'. Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada". No pescar nada para un pescador es una decepción total. Pero se les aparece Jesús, el Resucitado y les hace ver una perspectiva diversa: "Él les dice: 'Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán'. La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces". Jesús les invita a encaminarse de manera diversa para obtener buenos frutos. Es lo que hace con cada uno de nosotros: Nos invita a arriesgarnos a tomar la novedad que Él nos ofrece para vivir una vida distinta, con una actitud diferente, mucho mejor que la que tenemos entre manos, confiados en su amor y en su poder. Es el reconocimiento de la presencia de Jesús en nuestras vidas, que hace que nuestras perspectivas cambien, que pone nuevas metas a nuestra existencia, que nos impulsa a reconocerlo presente en todo lo que hacemos, que nos conecta con la alegría y la esperanza de tenerlo siempre con nosotros, haciéndonos capaces de las mismas maravillas que Él realiza. Es una confesión de fe que debe ser definitiva y determinante en nosotros y en todos sus discípulos. Así como lo reconoció Juan al identificarlo en quien los invitaba a pescar a la derecha y lograr el milagro de la aparición de los peces que no habían estado durante toda la noche: "Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: 'Es el Señor'". Debe ser nuestra propia confesión: Es el Señor Jesús el que está a nuestro lado. Es el Resucitado el que nos da la nueva fuerza y la nueva perspectiva de vida. Es Jesús resucitado el que ha transformado nuestra vida, el que hace que las relaciones entre nosotros sean más fraternas, fundadas en el amor y la solidaridad, en la búsqueda del bien para todos, y nos hace tener una nueva perspectiva y una nueva actitud de vida, en la que nos hacemos conscientes de que no todo se va a acabar, sino que apunta más bien a lo eterno, a lo que nunca se acaba, a lo que será la plenitud que nunca termine, en la felicidad y en el amor vividos eternamente con el Padre, junto a nuestro hermano resucitado, Jesús de Nazaret.

lunes, 5 de abril de 2021

Todos hemos resucitado con Jesús

 El Evangelio del 13 de abril: "No temáis, id a comunicar a mis hermanos que  vayan a Galilea" - Evangelio - COPE

La semana siguiente al Domingo de Resurrección la vivimos en la Iglesia como un gran Domingo que se extiende por ocho días. El gozo que sentimos los cristianos al ver a Jesús resucitado, vencedor del demonio, de la muerte y del mal, lo expresamos de manera indetenible y es necesaria toda una semana para poder darlo a conocer y manifestarlo de la manera más visible. La tristeza al ver la semana anterior toda la urdiembre que se lanza sobre Jesús, en la que se le somete a la persecución, al escarnio, al dolor, al sufrimiento y a la muerte, a causa de solo haber hecho el bien, pero con la consecuencia de dejar en evidencia el mal que propugnaban los poderosos, las autoridades religiosas que oprimían al pueblo, se trastoca en la alegría mayor al comprobar que el mal no tiene la última palabra, que la vencedora no es la muerte, sino que, por el contrario, es la Vida la que sale victoriosa, el bien el que triunfa, el amor el que lanza su grito de victoria. La resurrección de Cristo es la sentencia final de la realidad en la que sobresale el poder omnímodo de Dios, pero sobre todo su amor infinito por el hombre, por el cual decidió realizar la gesta más maravillosa de toda la historia: la entrega de su Hijo en manos de aquellos mismos a los que venía a vencer, pues el amor lo impulsaba a ello, ya que no podía dejar al hombre, la criatura a la que más amaba y la que daba sentido a todo lo que existe, a expensas del demonio, del mal, del pecado. La resurrección de Jesús es la victoria más contundente de Dios. Paradójicamente, su muerte representó nuestra vida. Cristo muere y resucita para donarnos a nosotros de nuevo la vida y la plenitud.

Fue lo que vivió esa Iglesia que nacía y por lo que se sintió con el poder que provenía del mismo Dios para seguir encarando al mal, pues a pesar de haber sido herido de muerte, sus estertores podían seguir haciendo daño. Aquellos que se negaban a la evidencia de la realidad, buscaban por todos los medios minimizar lo que era imposible minimizar, inventando excusas absurdas, como las que se ingeniaron los sumos sacerdotes: "Digan que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras ustedes dormían. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y los sacaremos de apuros". La fuerza de la evidencia era imposible de contrarrestar. Y el gozo que sentían los discípulos del Resucitado era imposible de contener. Aun cuando ese mal aún buscaba hacer daño, la fuerza de la alegría de los testigos de la resurrección era aun mayor que la suya. Los apóstoles y las mujeres del grupo, testigos privilegiados de la maravilla, estaban muy bien sustentados en la certeza de la victoria de Jesús sobre la muerte, como para dejarse intimidar por los débiles embates del mal y de la muerte. De esa certeza de la victoria de la Vida sobre la muerte sacaban las fuerzas para seguir venciendo, aun cuando sufrieran algún daño por proclamar lo que era la Verdad absoluta: "Judíos y vecinos todos de Jerusalén, entérense bien y escuchen atentamente mis palabras. Israelitas, escuchen estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante ustedes con milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de Él, como ustedes saben, a este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y provisto, lo mataron, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio". Esa era la Verdad. Ellos la habían vivido. Y no habrá fuerza sobre la tierra que impida que esa Verdad quieran transmitirla a todos los beneficiarios de esa gesta divina, que son todos los hombres de todos los tiempos.

Pedro y los demás apóstoles, y luego todos los discípulos y seguidores de Jesús, no vivieron esto como una simple noticia que se transmitía a los hombres. Era para ellos la transmisión de la verdadera vida, la Verdad que trastocaba toda la historia, la realidad que transformaba la vida de todos los hombres y le daba ese tinte nuevo de novedad total, de Nueva Creación, que llega hasta lo más íntimo de la vida. La realidad del mundo no es ya la misma que la de antes de la muerte y resurrección de Jesús. Hay todo un mundo nuevo que hay que dar a conocer y que hay que hacer vivir a todos los hombres. Cada uno es resucitado con la fuerza del Resucitado. El hombre del tiempo posterior de la resurrección no es el mismo que el de antes de la resurrección. El aire nuevo que da el aliento del Resucitado transforma todo. Aun cuando todo aparenta normalidad, todo ha sido hecho nuevo. Y al anuncio que emprenden gozosos los discípulos de Jesús debemos unirnos todos. La noticia de lo más extraordinario que ha sucedido en nuestra historia no puede quedar en un gozo intimista en el que nos sintamos muy satisfechos. La alegría es naturalmente difusiva, y por ello, quien vive la resurrección de Jesús y la hace suya, no puede sino explotar también en el gozo de ella. Los cristianos debemos vivir como resucitados y transparentar con nuestras palabras y acciones ese gozo que vivimos por sabernos hechos hombres nuevos. Es un anuncio que debe llegar a todos: "A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que ustedes están viendo y oyendo". Todos debían recibir el anuncio de la noticia más feliz de la humanidad. Y los apóstoles entendieron que únicamente podían hacerlo no solo con su palabra, sino también con la experiencia de vida que transparentaba que cada uno había resucitado con Cristo. Así mismo debemos actuar todos los cristianos que hemos resucitado con Jesús. Somos los discípulos del Resucitado.

domingo, 28 de febrero de 2021

Dios hará siempre lo que sea necesario para rescatarnos y tenernos con Él

 La Transfiguración del Señor | Amormeus

Jesús fue arrebatado por el Espíritu y llevado al desierto para ser tentado por el demonio durante cuarenta días. Después de su sufrimiento en la pasión y de su muerte en la Cruz, fue la demostración más clara de haber asumido plenamente nuestra misma humanidad. Los hombres vivimos nuestra vida en medio de tentaciones, del mal que nos acecha y que nos traiciona, que nos quiere alejar de Dios y de su amor. Y al cumplir nuestro periplo terrenal, debemos rendir nuestro tributo a la muerte, que para los hombres de fe es dar por terminada una etapa e iniciar una nueva de plenitud junto a Dios nuestro Padre. El Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo Eterno del Padre, habiendo asumido nuestra humanidad para redimirla, lo hizo con todas las consecuencias. Lo único que dejó a un lado fue la experiencia propia del pecado, aun cuando fue el pecado la causa última de su encarnación, pues eso era lo que venía a vencer. Tomó sobre sus hombros todos los pecados de la humanidad y los borró con su muerte en la Cruz y con su resurrección gloriosa y victoriosa. En el desierto Jesús nos demostró fehacientemente que era un hombre más como cualquiera de nosotros. Por ello, Él consideró necesario mostrar también su primera naturaleza, la divina, a los apóstoles. Llevando consigo a los tres apóstoles privilegiados, sube al monte Tabor. Subir al monte se contrapone a la bajada al desierto. Significa también que de esa manera se inicia el "ascenso" hacia el monte del Gólgota, donde hará ya su gesto de entrega definitiva en la Cruz. Los apóstoles necesitaban un signo que les aclarara que Jesús no era un simple charlatán que decía cosas muy hermosas y que incluso hacía prodigios maravillosos. Por eso Jesús delante de ellos muestra su verdadera divinidad. La Transfiguración es la demostración, en carne humana, de que Él es Dios. Que Dios está en plenitud en ese hombre con el que han convivido ya un cierto tiempo. Y es tan cierto que en Él se resume toda la revelación desde el origen, que se personifica en las figuras de Moisés y Elías. Ellos representan todo el Antiguo Testamento (la Ley y los Profetas), y Jesús mismo es el Nuevo Testamento. Es una nueva etapa la que se está viviendo, la de la instauración del Reino de Dios, en el cual serán hechas nuevas todas las cosas. Jesús da ese paso primero para todo ese itinerario.

La experiencia de los apóstoles es inédita. Nunca antes habían vivido algo tan maravilloso. Por eso su sorpresa es mayúscula y no saben cómo reaccionar. Pedro asume la voz cantante y propone el absurdo: no bajar del cerro y quedarse para siempre allí. No terminaban de comprender lo grandioso de lo que estaba sucediendo y que se les estaba revelando: "En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, subió aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: 'Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías'. No sabía qué decir, pues estaban asustados. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: 'Este es mi Hijo, el amado; escúchenlo'". Jesús ponía en las manos de los apóstoles el regalo del descubrimiento de quién es en su más profunda identidad. Al final, los apóstoles entenderán y vivirán perfectamente esta gran verdad de la fe. Y serán los anunciadores de esa verdad para todos. Dios se ha hecho hombre para salvarnos de la mayor desgracia y darnos la vida eterna que habíamos perdido. Y lo ha hecho con el mayor gesto de amor imaginable, entregando a su propio Hijo, al que ama más que a nadie, para rescatar a todos los hijos que se habían alejado engañados por el demonio. Ya Abrahán había adelantado con su gesto lo que también será Dios capaz de hacer por sus hijos: "Dios dijo: 'Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, y vete a la tierra de Moria y ofrécemelo allí en holocausto en uno de los montes que yo te indicaré'. Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña. Entonces Abrahán alargó la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: '¡Abrahán, Abrahán!' Él contestó: 'Aquí estoy'. El ángel le ordenó: 'No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo'". El amor de Abraham por su hijo Isaac es el amor de Dios por Jesús. Y aún así, porque sirve para el rescate de la humanidad, lo entrega al sacrificio.

Nosotros no somos capaces de comprender en su totalidad y en su profundidad la calidad inalcanzable de ese amor. El que nos creó por amor, que sufre nuestro alejamiento y nuestra traición, que es testigo de nuestra propia destrucción al encaminarnos hacia el abismo y hacia la oscuridad de estar lejos de Él, que sabe que la ruta que llevamos es la de nuestra muerte y nuestra desaparición, nos contempla con los ojos del Padre que ama y se duele de la suerte hacia la que se encaminan aquellos a los que ama tanto, a los que ha hecho existir solo por un gesto amoroso, para tener alguien a quien amar fuera de sí. Por ello, no puede quedarse de brazos cruzados y dejarnos a nuestra suerte. Al extremo de desprenderse de su propio Hijo, su amado, en quien tiene todas sus complacencias, para entregarlo a la muerte que servirá para el rescate de todos los que estaban perdidos. No lo duda. Como tampoco el mismo Hijo de Dios duda en aceptar ese envío, compartiendo el mismo amor del Padre por el hombre: "Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros?". Es el regalo más grandioso de amor que hemos podido recibir. Y que es ya definitivamente nuestro. Y que tenemos para disfrutar para toda la eternidad.

lunes, 25 de enero de 2021

Pablo, apóstol nuevo para el amor nuevo

 La conversión de San Pablo - Enero 25 -

La conversión de San Pablo es la conversión más llamativa del Evangelio. Pablo, judío de raíz, fariseo, es decir observante radical de la ley de Moisés, celoso de su religión, joven impetuoso defensor de lo que para él era la verdadera religión, se encontraba decidido a anular totalmente a quien se opusiera a la su fe. Su sangre hirviente por el celo de Yahvé lo lanzaba a lo que fuera necesario para la defensa de lo que era su religión. Por ello se encuentra en el trance de acercarse hasta Damasco, donde la nueva religión que estaba robando tantos adeptos tenía que ser enfrentada. Incluso con documentos oficiales tenía permiso formal para apresar a los cristianos y llevarlos a juicio para que fuesen castigados. Para él no era posible dejar andar a sus anchas a quienes pretendían destruir la fe original y por ello era absolutamente necesario enfrentarlos y destruirlos. En el espíritu de Pablo, objetivamente, no había maldad. Era movido por su deseo de ser fiel a Dios y no permitir que nada se pusiera en una línea contraria. Para él estaba claro que los cristianos estaban siendo embaucados por ese nuevo personaje que presentaba una nueva ley, absolutamente distinta de la que se había escuchado hasta ese momento, pues promovía una religión que se basaba no solo en el cumplimiento de preceptos externos, sino en la asunción de una vida nueva que representaba algo que antes no había sido tan claramente declarado. Esa nueva ley tenía como norma principal el amor, el perdón, la justicia, la misericordia, la solidaridad, la fraternidad. Y todo eso, sin miramientos ni cálculos. La cosa no se basaba en una sistema premio-castigo, sino en la renovación total de la vida, en la que se buscaba avanzar hacia una plenitud total, que era la meta para todo hombre y para todo el mundo.

El encuentro de Pablo con Jesús no puede ser más llamativo. Aquel que corría detrás de los cristianos, se encuentra con Aquel que es la causa de su persecución: "Yendo de camino, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo me envolvió con su resplandor; caí por tierra y oí una voz que me decía: 'Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?' Yo pregunté: '¿Quién eres, Señor?' Y me dijo: 'Yo soy Jesús el Nazareno a quien tú persigues'. Mis compañeros vieron el resplandor, pero no oyeron la voz que me hablaba. Yo pregunté: '¿Qué debo hacer, Señor?' El Señor me respondió: 'Levántate, continúa el camino hasta Damasco, y allí te dirán todo lo que está determinado que hagas'. Como yo no veía, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano a Damasco. Un cierto Ananías, hombre piadoso según la ley, recomendado por el testimonio de todos los judíos residentes en la ciudad, vino a verme, se puso a mi lado y me dijo: 'Saúl, hermano, recobra la vista'. Inmediatamente recobré la vista y lo vi. Él me dijo: 'El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, veas al Justo y escuches la voz de sus labios, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Ahora, ¿qué te detiene? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre'". Jesús, perseguido en los cristianos, sorprendentemente a su perseguidor lo toma para sí. No lo desecha ni lo deja a un lado. Lo elige, lo escoge, lo llama y lo prepara para que sea suyo, y se convierta en uno de los primeros apóstoles, quien llenará al mundo con el mensaje de amor que vino a traer el Hijo de Dios hecho hombre.

Es la misma llamada que hace Jesús a todos sus discípulos. Jesús no rechaza a nadie. Ni siquiera a quien, como Pablo, se presenta como su más acérrimo perseguidor y destructor. A todos los quiere atraer y poner a su lado. Todo aquel que pretenda alejarse de Jesús será siempre atraído, en medio de cualquier avatar, de cualquier dificultad, de cualquier situación que pueda ser considerada negativa. La obra de la misericordia divina no llega solo al perdón y al rescate del hombre perdido, sino que avanza a asociarlo para lograr que todos los hombres y mujeres, hayan sido fieles o no, hayan sido perseguidores o no, hayan sufrido circunstancias duras o dolorosas o no, pasen a formar parte de todos aquellos que han entendido que el fin del mundo será de absoluta armonía, en el que Aquel que era perseguido, sea aceptado por todos como única norma, que es la ley del amor: "En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: 'Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos'". Ese es el objetivo final de Jesús y de su obra de amor: Que todos gocemos de esa felicidad absoluta, inmutable, en la que estará el mundo y cada hombre eternamente.