sábado, 8 de mayo de 2021

Sin el Espíritu Santo, alma de la Iglesia, somos un cuerpo muerto

 El Periódico de México | Noticias de México | Columnas-VoxDei | "Si el mundo  os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros"

San Lucas, en los relatos de los primeros pasos de la Iglesia que se iba expandiendo por todo el mundo conocido, va dando parte de la acción de cada uno de los apóstoles, centrando su mirada, primero, en Pedro, el primer Papa, y luego en Pablo, el elegido por Jesús para ser su anunciador en tierras de gentiles. Es muy llamativo que hasta este relato de los pasos que van dando, en los que van estableciendo comunidades, iglesias cristianas, con la alegría de los conversos, todo es narrado en tercera persona, como de alguien que ha recibido noticias que simplemente está transmitiendo, por supuesto, con la alegría de servir como multiplicador para el conocimiento de las maravillas que iba haciendo Dios por medio de los enviados, tal como el mismo Lucas lo anuncia en la introducción de su libro. Y lo llamativo es que desde la llegada a Tróade y la visión sobre el macedonio que pide que sus tierras sean visitadas, el relato pasa a ser hecho en primera persona, lo cual indica que desde esos momentos el relator no es un simple narrador de acontecimientos de los cuales va teniendo conocimiento, sino que va narrando ahora lo que él mismo va constatando en su experiencia personal junto a Pablo. La experiencia personal de Lucas va en aumento, pues de ser un narrador de sucesos, pasa a ser actor directo e incluso protagonista. Lo que narrará de ahora en adelante será lo que vivirá personalmente, y lo que experimentará en carne propia. Es un itinerario muy significativo y clarificador, por cuanto nos da a todos una indicación de cómo debemos también nosotros avanzar en nuestra experiencia personal de renovación en el amor, hasta llegar a vernos involucrados esencialmente en ella, en primera persona, para ser verdaderos y legítimos instrumentos en el anuncio de la mejor noticia que puede recibir la humanidad.

La primera y más importante constatación que hacen los enviados es la de la presencia del Espíritu como alma, inspirador y guía de los pasos de esa comunidad de salvación que es la Iglesia. Sin la presencia del Espíritu como vitalizador de esa comunidad, todo quedará simplemente en una experiencia entusiasmante para los anunciadores y en palabras muy hermosas para los que las oigan. Pero sin trascendencia. Si la obra de aquellos primeros anunciadores tuvo alguna trascendencia y logró el cambio en tantas personas que los oían, no era solo por la contundencia de sus palabras, sino por la obra del Espíritu que los impulsaba, los sostenía, los inspiraba, y hacía que el corazón de los oyentes se moviera a aceptarlo. El Espíritu es el alma de la evangelización e indicará qué es lo que hay que decir y dónde y cuándo debe ser dicho. Por eso vemos cómo llega incluso a impedir la entrada en algunas poblaciones y encaminarlos hacia otras. Él tiene muy claro lo más conveniente y los tiempos ideales para realizarlo: "Las iglesias se robustecían en la fe y crecían en número de día en día. Atravesaron Frigia y la región de Galacia, al haberles impedido el Espíritu Santo anunciar la palabra en Asia. Al llegar cerca de Misia, intentaron entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió. Entonces dejaron Misia a un lado y bajaron a Tróade. Aquella noche Pablo tuvo una visión: se le apareció un macedonio, de pie, que le rogaba: 'Pasa a Macedonia y ayúdanos'. Apenas tuvo la visión, inmediatamente tratamos de salir para Macedonia, seguros de que Dios nos llamaba a predicarles el Evangelio". Esa presencia del Espíritu, que inspira la acción de la Iglesia, sigue siendo activa hoy, cuando vemos que va inspirando carismas nuevos que hacen falta en un mundo necesitado, y va lanzando hombres y mujeres como misioneros que se ponen dócilmente a su disposición para lograr llegar a cada vez más hermanos en el mundo.

Nuestro mundo necesita cada vez más de la presencia del amor, de la verdad, de la paz y de la justicia. Debemos cuidarnos mucho de no absolutizarlo, tal como nos pone sobre aviso el mismo Jesús, sin confundir ni concluir en un error al demonizar al mundo, como algo esencialmente malo. Si así fuera no querría Jesús que fuera conquistado para el amor: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación". Lo que quiere Jesús es que el mundo sea el coto para el Reino de Dios que Él ha venido a establecer. Y cada cristiano es un enviado para lograrlo, en medio de todas las posibles contradicciones que se puedan encontrar en la misión: "Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya, pero como no son del mundo, sino que yo los he escogido sacándolos del mundo, por eso el mundo los odia. Recuerden lo que les dije: 'No es el siervo más que su amo'. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la de ustedes. Y todo eso lo harán con ustedes a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió". Es el Espíritu la fuerza de esa comunidad de salvación. El mundo no es malo esencialmente, pues su origen es el amor de Dios por el hombre, al que se lo ha entregado para que sea su casa. Ese mundo, con todo lo natural que el mismo Dios creador ha puesto en él, con todas sus criaturas y todos los seres inanimados, con todo lo que lo conforma, ha sido puesto en las manos del hombre para que se sirva de él y avanzar en su camino hacia la plenitud. Es un mundo que ha avanzado tecnológicamente y en la conformación de instituciones que facilitan la vida social. En ese mundo, la Iglesia tiene que dar su aporte para sembrar en él las semillas de la verdad, del amor y de la justicia. Y lo logrará si cada uno de nosotros, discípulos del Señor, nos dejamos inspirar e impulsar por el Espíritu de Dios, que es quien nos mantiene vivos y nos llena de fuerzas e ilusión para cumplir nuestra tarea.

viernes, 7 de mayo de 2021

La autoridad de la Iglesia es para establecer el Reino de amor de Dios

 El Periódico de México | Noticias de México | Columnas-VoxDei | «No me  habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros»

Una de las realidades que mejor debe ser entendida y comprendida, y que más claramente debe ser asumida con humildad en la Iglesia fundada por Jesús, es la del ejercicio de la autoridad. Corremos el riesgo de pensar que al ser una comunidad que apunta a lo espiritual, no necesita tener una cabeza visible que tenga como responsabilidad el establecimiento de unas normas, pues la única cabeza sería Dios. Sin embargo, como es natural, en toda sociedad humana se necesita tener una cabeza visible que lleve adelante la tarea de ordenación y de vigilancia de la disciplina que produzca la consolidación de la unidad y el apuntar juntos a intereses comunes que beneficien a todos. La Iglesia es comunidad espiritual fundada en realidades materiales, y conformada por hombres y mujeres, cada uno con su origen, con sus cualidades, con sus debilidades, con sus pensamientos y valores propios, que hacen que sea un conglomerado muy diverso que necesita de un mínimo de ordenamiento para poder avanzar consolidada en la unidad. La teología enseña que la Iglesia posee, por voluntad divina, tres poderes, a saber: Poder de Gobierno, Poder de Magisterio y Poder de Santificación. Los tres poderes los ejerce en función del bien del mundo, pues provienen del mandato del Señor, que la lanza a anunciar el Evangelio al mundo para su salvación. Son, de esta manera, poderes que no implican dominio o sometimiento de los súbditos, sino elementos que surgen del amor de Dios por los hombres y de la intención última de la voluntad divina de salvar a todos los hombres. La comunidad de la Iglesia, aun estando conformada por una variedad extraordinaria, mantiene la unidad, gracias a estar conjuntada y enlazada por la autoridad que la gobierna desde el amor. No es una autoridad despótica ni opresora. Es ejercida, y así siempre debe ser, desde la suavidad de saberse instrumento del amor. Y es aceptada por todos con humildad desde la conciencia de que es ejercida en nombre de Dios y para el beneficio de todos los hombres.

En aquella Iglesia naciente que comenzaba su periplo por el mundo, esa variedad en la conformación de sus integrantes, fue causa de algún conflicto que necesitaba ser dirimido por quien tenía sobre sus hombros la última responsabilidad de gobierno. Los judaizantes, es decir aquellos conversos al cristianismo que provenían del judaísmo y que buscaban imponer la ley judía a todos, pretendían obligar a los que venían de la gentilidad, considerados paganos pues no eran judíos, que se hicieran judíos para poder ser luego cristianos. Debían aceptar la ley mosaica como condición para gozar de la salvación de Jesús. Los apóstoles entendieron que esto no era concorde con la voluntad de salvación universal que había establecido Jesús. Y por ello, razonablemente, lo ponen en estudio, y disciernen cuál es la verdadera voluntad de Dios, que los iluminaría en la decisión que debían tomar: "Habiéndonos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, los han alborotado con sus palabras, desconcertando sus ánimos, hemos decidido, por unanimidad, elegir a algunos y enviárselos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, hombres que han entregado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo. Les mandamos, pues, a Silas y a Judas, que les referirán de palabra lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponerles más cargas que las indispensables: que se abstengan de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de uniones ilegítimas. Harán bien en apartarse de todo esto. Saludos". Ejerciendo la autoridad pastoral que sabían que tenían, conscientes de la asistencia y de la iluminación del Espíritu Santo que consideraban el alma de esa nueva sociedad de la Iglesia, sin dudarlo, dirimen la cuestión y dan la solución. A esta decisión debían acogerse todos, pues había hablado la autoridad legítima de la Iglesia. Destaca la suavidad en el ejercicio de la autoridad, sin despotismos, dando incluso alguna razón a la facción de los provenientes del judaísmo, asumiendo algunas normas ancestrales, que no afectaban a la raíz de la novedad de vida que significaba seguir a Jesús y a su amor para ser salvados.

La razón última, y la que sustenta todo ejercicio de autoridad, no puede ser otra que el amor. La Iglesia es instrumento del amor y por ello todas sus acciones deben estar enmarcadas en él. Ninguno de los ejercicios que lleva adelante la Iglesia puede estar desvinculado del amor que es su origen, pues surge de Dios y es Él quien la sostiene como instrumento para llevar su salvación a los hombres. Al fin y al cabo, el amor es lo único que exige Jesús a sus discípulos como vivencia esencial. Es el mandamiento que da Jesús a los suyos, por lo cual, no puede la Iglesia vivir algo distinto o lejano al amor: "Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a ustedes los llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a conocer. No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca. De modo que lo que pidan al Padre en mi nombre se lo dé. Esto les mando: que se amen unos a otros". La autoridad de la Iglesia es delegada, proviene de Jesús y de su amor. Ella la ejerce desde la conciencia de ser un instrumento del amor de Dios para la salvación del mundo. No busca la Iglesia un dominio sobre el hombre. Mucho menos busca un poder político que ejercer sobre la sociedad. Es una tentación de la que debe huir siempre, pues nunca faltarán los que quieran lanzarla contra el mundo en una lucha por poderes humanos. Aun cuando debe estar siempre a favor de la justicia y de la paz, y denunciar y anunciar con su palabra y con su obra lo injusto que hay en el mundo, debe tener siempre presente que es instrumento de amor, de paz y de concordia. El ejercicio de la autoridad la debe entender de manera diversa a como la ejercen los que buscan un dominio ilícito sobre la humanidad. Y debe oponerse siempre a la injusticia, a la mentira, a la explotación de los hombres, buscando sembrar la semilla del amor y de la paz.

jueves, 6 de mayo de 2021

Solo seremos auténticos hombres siendo hombres libres

 Parroquia Inmaculada a Twitter: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus  discípulos: "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi  amor." #EvangelioDelDia… https://t.co/S8Wkeo1VXP"

La libertad que produce Jesús en la persona humana es uno de los tesoros más valiosos entre los que nos ha legado el Señor. La marca del pecado es la esclavitud, pues arrebata al hombre la capacidad de acercarse a Dios con confianza desde el amor y lo encadena a sí mismo o a los ídolos que se haya construido, buscando una satisfacción que jamás encontrará allí, pues el mismo Dios creador ha puesto en el hombre la semilla de la añoranza de trascendencia que solo puede ser satisfecha con aquello que nunca pasará, que es Él mismo, y nunca lo será con las cosas pasajeras y temporales, ni siquiera sirviéndose a sí mismo. La esclavitud incapacita para tomar decisiones en favor del bien, oscurece el panorama de la eternidad pues impide elevar la mirada a lo trascendente. Quien se empeña en atarse a lo inmanente frustra en sí mismo la búsqueda de aquello único que lo hace elevarse, despegándose de su limitada realidad, que es en definitiva el objetivo que persigue Dios para el hombre, al ofrecerle la plenitud. Ella será lograda solo siguiendo la ruta propuesta por el Dios del amor. Se trata de que el hombre sea capaz de romper las cadenas que lo esclavizan, se haga dueño de sí mismo, y de que, siendo poseedor absoluto de su propio ser, decida ponerlo en las manos del amor, donde alcanzará su mayor elevación y donde se hará absolutamente libre, pues ha llegado al lugar de la felicidad y de la paz duraderas. Los hombres hemos sido creados para la libertad, y la obra de rescate que Jesús ha llevado a cabo apunta a la rotura total de nuestras cadenas. Si el pecado se empeña en mantenernos atados, la obra de la Gracia divina es deshacer esas cadenas y elevarnos, alcanzando de nuevo la libertad originaria. Por ello, la vida de todo cristiano debe ser un reflejo de esa libertad, don que nos eleva a la condición del mismo Dios, el verdaderamente libre. Es libertad para el bien, como es la libertad de Dios. Él, siendo el ser más libre que existe, nunca usa la libertad para el mal o para imponer sus criterios, sino que usa su libertad buscando siempre el bien y respetando la libertad de todos. No hay formulismos, normas, imposiciones, obligaciones, que estén por encima de la libertad que da el amor.

Por ello, al comprender lo que es ser libre en el Señor, los primeros discípulos, al encontrarse con un conflicto interno en la comprensión de la ley y de las tradiciones hebreas, apelaron a la correcta comprensión de la libertad. Por un lado, acertaron al reconocer que Dios es absolutamente libre. El Espíritu Santo sopla donde quiere, pues no está conminado a nada. Y esa misma libertad la transmitía a quienes se pusieran a su disposición como alma de la Iglesia. No tenía límites esa libertad del amor y por ello se manifestaba como el viento, llegando hasta donde la libertad los lanzaba. Él era el que dirigía los pasos de aquella Iglesia que nacía, y hacía que las obras que realizaban todos fueran las obras del amor y produjeran la sensación de libertad que llenaba a todos de alegría. Era el don de Dios que disfrutaban al máximo: "Después de una fuerte discusión, se levantó Pedro y dijo a los apóstoles y a los presbíteros: 'Hermanos, ustedes saben que, desde los primeros días, Dios me escogió entre ustedes para que los gentiles oyeran de mi boca la palabra del Evangelio, y creyeran. Y Dios, que penetra los corazones, ha dado testimonio a favor de ellos dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros. No hizo distinción entre ellos y nosotros, pues ha purificado sus corazones con la fe. ¿Por qué, pues ahora intentan tentar a Dios, queriendo poner sobre el cuello de esos discípulos un yugo que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar? No; creemos que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús". Basta dejarse bañar por la gracia de Cristo para ser salvados y vivir según lo que esa gracia exige. No hay más. Basta cumplir con requerimientos mínimos para vivir en la libertad de los hijos de Dios: "Santiago tomó la palabra y dijo: ... A mi parecer, no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios; basta escribirles que se abstengan de la contaminación de los ídolos, de las uniones ilegítimas, de animales estrangulados y de la sangre. Porque desde tiempos antiguos Moisés tiene en cada ciudad quienes lo predican, ya que es leído cada sábado en las sinagogas". Imperó el respeto a la libertad del Espíritu Santo en su acción y la que quería el Espíritu que viviera cada uno de los convertidos a Jesús.

Esa libertad, siendo don valioso de Dios a los hombres, es el fruto de la liberación de la esclavitud del pecado que logra Jesús con su obra redentora. No quiere decir que a partir de ese momento el hombre puede hacer lo que le venga en gana. No es esa la verdadera libertad, sino aquella que surge del corazón liberado del pecado que busca siempre el bien. No se es libre para hacer lo que nos viene en gana, sino para hacer el bien, porque nos viene en gana. Nada nos impele al mal, solo una voluntad desencaminada víctima del imperio del mal, de la oscuridad y de la muerte. Solo el hombre libre puede vivir realmente en el amor. "Para vivir en libertad nos liberó Cristo", nos enseña San Pablo. Es tarea del hombre libre defender su libertad. Y para ello, tiene el mejor aliado, que es el mismo Jesús liberador, que enriquece con el tesoro del amor, que es el que nos hace totalmente libres: "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 'Como el Padre me ha amado, así les he amado yo; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud". Esta libertad está en el culmen de los tesoros que Dios nos dona a los hombres, pues es el signo evidente de la experiencia personal del amor. Solo el amor nos hace libres. Cualquier otro sentimiento opuesto, nos esclaviza. Debe ser, de esa manera, un tesoro que nos enriquece personalmente, pero que es a la vez patrimonio de todos, pues la verdadera libertad y el verdadero amor serán auténticos y plenos solo en la ocasión de que sean compartidos con los demás. No vivimos ni la libertad ni el amor para nosotros solos, sino para convivirlos con nuestros hermanos.

miércoles, 5 de mayo de 2021

La Iglesia está viva porque está unida a Cristo que vive eternamente

 Sin mí no podéis hacer nada - ReL

La Iglesia, que nace como instrumento de salvación de Jesús para el mundo, es la estructura humano-divina que establece el Señor para hacer llegar a todos los rincones de ese mundo los efectos de su obra de amor para rescatar al hombre. De no haber sido fundada por su voluntad expresa, -"Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación... Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia"-, la Verdad del amor salvífico de Dios hubiera quedado restringida a unos pocos, limitados totalmente en el tiempo y en el espacio. Porque Cristo fundó la Iglesia, la envió al mundo entero y la hizo un ser vivo con el envío de su Espíritu, que es su alma, hoy el Evangelio es conocido y vivido en todo el mundo y sigue siendo proclamado en todas partes. De esto fueron conscientes los apóstoles y los primeros discípulos, que entendieron perfectamente la obligación de la tarea que el Señor ponía en sus manos. En un primer momento se entregaron de lleno a procurar la conversión de los más cercanos, los que venían del judaísmo y los que se acercaban al Dios de Israel como prosélitos provenientes de la gentilidad, es decir, no originarios del pueblo elegido. Posteriormente, impulsados por el Espíritu y dóciles a sus inspiraciones, abrieron el abanico a nuevas tierras, las de los gentiles, donde se encontraban a gente entusiasmada que recibía con alegría la noticia del amor y de la salvación de Dios. Al ser una sociedad humano-divina, se percataban de la presencia del mismo Dios en esta obra de anuncio, y aceptaban con naturalidad la actuación divina, pero también adolecían de esa carga humana que en ocasiones se tornaba oscura, en su imperiosa necesidad de destacar imponiendo criterios personales que poco denotaban una cercanía a las disposiciones divinas. Por ello, a pesar de que la Iglesia crecía y se expandía, y de que vivía en general un clima de paz, la componente humana, marcada por egoísmos, vanidades y ventajismos, dejaba también su impronta. Es un mal que al parecer nunca podremos superar ni extirpar de una sociedad como la Iglesia que mantiene su componente esencial humano.

De esa manera, nos encontramos en la historia de esa Iglesia que nacía y que se desarrollaba en general en armonía, con episodios en los que constatamos crisis que tenían que ser enfrentadas y resueltas. Es admirable cómo, en medio de una comunidad claramente humana, destaca sobre todo la docilidad de los principales responsables a las inspiraciones divinas. En primer lugar en el reconocimiento de la autoridad que reposaba sobre los primeros elegidos y enviados por Jesús al mundo, y en segundo lugar, en la aceptación por parte de los "subordinados" de la palabra y la decisión de los primeros. En toda sociedad humana debe haber principales que iluminan la conducta de la entera comunidad. En este caso de la Iglesia naciente, se añade además la subordinación a la autoridad suprema que es el mismo Dios. Por ello, con toda naturalidad, cuando se presenta un conflicto en el discernimiento de la conducta a seguir con los gentiles, recurren a la autoridad de los apóstoles primeros, y se convoca de esa manera a la realización de un concilio, el primero de toda la historia de la Iglesia: "En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más de entre ellos subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre esta controversia. Ellos, pues, enviados por la Iglesia provistos de lo necesario, atravesaron Fenicia y Samaría, contando cómo se convertían los gentiles, con lo que causaron gran alegría a todos los hermanos. Al llegar a Jerusalén, fueron acogidos por la Iglesia, los apóstoles y los presbíteros; ellos contaron lo que Dios había hecho con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron, diciendo: 'Es necesario circuncidarlos y ordenarles que guarden la ley de Moisés'. Los apóstoles y los presbíteros se reunieron a examinar el asunto". La autoridad suprema era la de Dios. Pero Él la había delegado en su Iglesia a los primeros apóstoles, asistidos directamente por su iluminación. La decisión correspondía a la autoridad, y todos debían someterse a ella, por muy genial que pareciera la idea propia.

El secreto de la solidez de esa autoridad estaba en la conciencia de unión que tenían no solo entre ellos, sino con Dios. Sería absolutamente vacua si no tuviera un sustento superior que el simplemente humano. Estaban muy conscientes de que existían por un expreso deseo divino y de que se mantenían en vida por la voluntad de Dios. Despegarse de esa fuente de vida será su desaparición. A lo largo de la historia ha quedado demostrado que quien se separa de la Iglesia se pierde en el abismo de la oscuridad y se aleja de la salvación. Lo sentenció Cristo con la alegoría de la vid y los sarmientos. Si es una realidad que afecta al hombre personalmente, también lo afecta como miembro de la comunidad de la Iglesia. El hombre es un ser social, y como tal, al pertenecer a la Iglesia, todo lo que le afecte a ella también a él le afecta, y viceversa, todo lo que a él le afecte, afecta a la Iglesia: "Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no pueden hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que desean, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que den fruto abundante; así serán discípulos míos". En el nivel personal se cumple estrictamente esta palabra de Jesús. Cada cristiano, para permanecer con vida, debe estar unido esencialmente a Jesús como a la fuente de la vida. Y también la Iglesia, para seguir siendo la sociedad que salva al mundo, debe hacerlo con la conciencia de que su propia vida dependerá siempre de estar unida a quien es la razón de su existencia. Una Iglesia sin unión con Cristo es una sociedad muerta. Una Iglesia unida vitalmente a Jesús, es una sociedad viva, que lleva la vida de Dios a los hombres.

martes, 4 de mayo de 2021

La Paz que nos da Cristo no es pasividad, sino búsqueda de la unidad en el amor

 El Evangelio del 12 de mayo: "La paz os dejo, mi paz os doy" - Evangelio -  COPE

Entre la inmensa cantidad de regalos que deja Jesús a la humanidad, en los que nos encontramos su propio Cuerpo y su propia Sangre como alimento para la Vida eterna y compañía para fortalecer el caminar de la vida de todos, el rescate del hombre que estaba perdido con su entrega a la muerte y su resurrección, el mandamiento del amor fraterno para una vida comunitaria solidaria y en caridad, la posibilidad de perdón y salvación para todos los hombres mediante el bautismo que da la nueva vida, hallamos también desde Él el regalo de la Paz. En su vida previa al sacrificio final, y luego, en sus apariciones como el Resucitado a los discípulos, su saludo es siempre proverbial: la entrega de su paz y el deseo de que sea también patrimonio de todos los que se encuentran con Él. Ciertamente el saludo de paz, y ese deseo hermoso de que lo viva cada uno, es tradicional en el pueblo hebreo. Cuando dos personas se encuentran siempre manifiestan este deseo de paz para su amigo. Pero en Jesús es más que un mero formalismo. No es un  simple saludo que se da para cumplir con una tradición social. Es un verdadero deseo que surge del corazón de quien realmente lo añora para los suyos y llega al extremo de buscar que se haga realidad con las obras que lleva adelante y con las palabras que pronuncia. Jesús manifiesta a los suyos y a todo con el que se encuentra, el deseo de que tenga paz, y da un paso más, realizando la obra que hará que esa paz se logre verdaderamente, que es su entrega a la muerte para suprimir todo aquello que pueda perturbar la paz de los hombres. En este sentido, la verdadera paz es la que surge de un corazón que ha sido tocado por la armonización interior que produce en el espíritu la entrega del Hijo de Dios. Jesús es el Príncipe de la Paz, y está en sus manos hacerla llegar a todos, y en la decisión de cada hombre dejarse llenar de ella.

Es tan claro que el saludo de Jesús huye del mero formalismo, que incluso llega a explicar a los discípulos el alcance de ese deseo expresado al darlo: "La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe su corazón ni se acobarde. Me han oído decir: “Me voy y vuelvo al lado de ustedes”. Si me amaran se alegrarían de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda crean. Ya no hablaré mucho con ustedes, pues se acerca el príncipe del mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo yo". La paz que entrega Jesús al mundo no es un "falso irenismo" que consistiría en la simple ausencia de conflictos y en procurar que todo siga igual para evitar problemas. Es una auténtica búsqueda de la unidad de espíritus, en la que la lucha por lograr el bienestar de todos, en persecución del Bien Común, elimine los egoísmos y las soberbias propias de quien no vive la paz interior sino que está en constante lucha contra quienes considera que ponen en riesgo la satisfacción de su vanidad. La paz de Jesús es una paz que acerca, que avecina, que promueve el amor fraterno. En esa búsqueda no dejará de haber contratiempos, pues "el príncipe de este mundo", que no es otro que el demonio, necesita del clima de conflicto para sustentar su dominio. "Divide y vencerás", es su lema preferido. Mientras que el de Jesús es: "Une y tendrás la paz". Es la paz que se busca aun en medio del conflicto y que se vive espiritualmente en la unión íntima con el Dios que nos ha lanzado al mundo para que lo hagamos el lugar de su Reino de Paz, en donde Él sea el principal actor, alrededor del cual nos reunimos todos y vivimos el idilio del amor con Él y entre los que perseguimos esa Paz como estilo esencial de vida.

En efecto, la Paz no se puede confundir con pasividad. Si hay algo que moviliza a los enviados del Señor es su deseo de hacer llegar a todos los hombres el mensaje de salvación, de rescate de la muerte, de novedad radical de vida. Y esto, por encima de todo interés personal, pues lo que pesa es el ser instrumentos dóciles de la voluntad salvífica del Señor y el sentirse felices de servir a la causa que renueva la vida de la humanidad. La Paz de Jesús es la consecuencia última de la redención. Es alcanzar un grado de elevación sublime en la cual se vive la armonía espiritual total al saber que se está en la presencia más valiosa del tesoro del amor. Quien se sabe amado con la calidad de amor eterno e infinito, no necesita ninguna otra seguridad para sentir y vivir la Paz que da Jesús. Por eso se entrega sin ambages a la causa de la Paz, asumiendo con la mayor naturalidad todas las circunstancias por las que atravesará al hacerse su instrumento: "En aquellos días, llegaron unos judíos de Antioquía y de Iconio y se ganaron a la gente; apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, dejándolo ya por muerto. Entonces lo rodearon los discípulos; él se levantó y volvió a la ciudad. Al día siguiente, salió con Bernabé para Derbe. Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y de ganar bastantes discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios". Así es. Vivir en la Paz que da Jesús no asegura la ausencia de conflictos. Casi podríamos decir que es todo lo contrario, pues el mal tratará siempre de sacudirse todo lo que ponga en lisa su hegemonía. Por ello, hay que comprenderla como el estado de quien vive una concordia esencial que le da la fe y el saber que está en las manos de Príncipe de la Paz, quien lo ha convocado para hacerlo suyo y enviarlo al mundo entero como embajador de su Paz. Eso lo debemos vivir todos los que nos sabemos enviados del Señor de la Paz.

lunes, 3 de mayo de 2021

Confiemos en el que nunca nos engaña y nos ama eternamente

 El Evangelio del 9 de mayo: "Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí.  Si no, creed a las obras" - Evangelio - COPE

Para tener confianza en alguien es fundamental tener la certeza de que no engaña, de que vive en la verdad y la transmite, de que no juega ni manipula con la mentira, de que cumple siempre la palabra empeñada, de que se compromete a hacer reales las promesas que realiza. Hace falta también el conocimiento de lo que es, los rasgos básicos de su persona, la capacidad de hacer lo que promete y un acercamiento básico a su esencia. En el caso del Dios de Israel, Él procuró siempre dejar claro que su pueblo no tendría por qué tener jamás dudas sobre su intención de favorecerlo. Desde su propia revelación a sus elegidos no hubo ocasión para la frustración, por cuanto, basándose en el amor eterno que tenía por su pueblo, todas las acciones y las palabras que erigía como enseña, apuntaban a la obtención de una confianza en que nunca dejaría de cumplir con su palabra, pues Él es Dios, es el amor, tiene el poder absoluto y el dominio sobre todo lo creado, y había elegido a su pueblo para no dejarlos en la estacada. Por ello, es muy importante que el hombre beneficiario de todo ese amor, esté sólidamente convencido de que el Dios que desde el principio ha actuado siempre en favor de beneficiarlo con todas las dádivas que necesita para vivir cotidianamente y para apuntar a la plenitud en la vida eterna, no dejará nunca de actuar de la misma manera. Lo experimentaron los apóstoles, pues echando la vista sobre todos los acontecimientos que se habían sucedido en Jesús, constataron  que ninguno de ellos había dejado de ser anunciado en el pasado, por lo cual quedó demostrado que Dios es un Dios fiel, que cumple su palabra, y que en su empeño lo hace todo por favorecer al hombre, su criatura predilecta. Nada de lo que sucede, por lo tanto, en la vida de los hombres deja de tener como objetivo favorecerlo y asentarse cada vez mejor en el amor que Dios le profesa. Nada hay que Dios permita en nuestras vidas que no sea al final bueno para nosotros. Esa fue la experiencia de los primeros discípulos, que fueron capaces de descubrir en todos los avatares que vivieron, la riqueza de la voluntad divina de salvación de toda la humanidad.

Esta convicción profunda que tuvieron desde el mismo principio de la Nueva Vida que Dios había procurado a la humanidad y a todo lo creado con la obra de rescate de Jesús, marcó huella en el espíritu de todos ellos y se vieron impelidos a hacer partícipes a todos los hombres beneficiarios con ese amor infinito. Habiendo experimentado ellos mismos esa renovación total, la quisieron llevar a sus hermanos. Para ello, echaron mano de todo lo que había sido anunciado para poner frente a todos la evidencia de que Dios es un Dios fiel, que cumple lo que anuncia, que no deja en el aire su palabra empeñada: "Les recuerdo, hermanos, el Evangelio que les anuncié y que ustedes aceptaron, en el que además están fundados, y que les está salvando, si se mantienen en la palabra que les anunciamos; de lo contrario, creyeron en vano. Porque yo les transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí". La salvación alcanzada por Jesús, con su entrega a la muerte y su resurrección, había sido ya anunciada y hasta prefigurada en la antigüedad. No es que no sea nada nuevo lo que ha sucedido, pues la novedad del rescate y del perdón por el sacrificio de Cristo es absoluta. Pero ya había sido anunciada, por lo que todos vivían en la esperanza del cumplimiento de esa promesa extraordinaria. La espera de la venida del Mesías fundamentaba y daba solidez a la vida del pueblo de Israel que era el beneficiario primero de todas las gracias divinas. Por eso era muy importante el recurso a la historia anterior de encuentros del pueblo con el Dios del amor. Todo lo que estaba sucediendo había sido anunciado, de alguna manera había sido prefigurado en numerosos personajes de esa historia de Israel, y lo que los discípulos estaban anunciando ahora no era más que el cumplimiento de lo que todos habían escuchado previamente.

Jesús es la culminación del cumplimento de las promesas hechas desde el principio. Él es el descendiente de la mujer que pisará la cabeza de la serpiente, el hijo de la joven que está encinta, el descendiente de David que reunirá a todos desde todos los confines de la tierra, el siervo sufriente que tomará sobre sus espaldas los pecados de todos, el que hará que con sus llagas seamos todos curados, el nuevo Isaac que será ofrecido en sacrificio a Dios, el nuevo José que será vendido para la salvación del pueblo que moría de hambre y sed en el desierto, quien salvará del veneno a quienes sean picados por las serpientes cuando levanten su mirada y lo vean. Estas, y muchas más, son prefiguraciones que están en la historia de la relación de Dios con su pueblo, y que eran entendidas por ellos como anuncios. Todas fueron cumplidas por Dios, reverentemente respetuoso de su palabra dada, con el envío de su Hijo a la misión de rescate y de renovación que cumple perfectamente. Por eso es tan importante que quede claro que hay una continuidad en la acción de Dios desde el principio. Jesús no es distinto al Dios que hipoteca su palabra. Es Él mismo el protagonista de todo: "'Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocen a mí, conocerán también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto'. Felipe le dice: 'Señor, muéstranos al Padre y nos basta'. Jesús le replica: 'Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo les digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras, Créanme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, crean a las obras". La identidad de Jesús es la misma del Padre. No son distintos. Todo lo sucedido desde el principio fue diseñado por el único Dios. Y lo transmite para que lo conozcamos en profundidad y para que, haciéndonos poseedores de esas maravillas y viviéndolas, tratemos también nosotros de reproducirlas y llevarlas a nuestros hermanos.

domingo, 2 de mayo de 2021

Solo unidos a Jesús tendremos vida en nosotros y viviremos para el amor

 Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» - Un mensaje cada día - YouTube

La imagen agrícola de la vid es una de las más socorridas por Jesús en sus enseñanzas. Para un pueblo en el cual la labor agrícola, y más concretamente, la del cultivo de la uva para su sustento, recurrir a ella es una muestra de la sabiduría pedagógica de Jesús, que echa mano frecuentemente de imágenes cotidianas para dejar claro el mensaje que quiere hacer llegar a sus oyentes. En este caso ya no se trata solo de una parábola, sino de una alegoría, pues apunta a la identidad de Jesús en concreto. Ya no es la imagen de la semilla que se echa en el campo, o la de la oveja perdida que es recuperada por el pastor, o la de la sal y la luz con la que se da sabor a la comida o se ilumina una estancia. Se trata ahora del mismísimo Jesús que es quien sustenta la vida de la planta entera, y para la cual es esencial mantenerse unida a Él a riesgo de que si no lo hace, inexorablemente muere y es echada al fuego eterno. Los judíos conocían perfectamente esta realidad pues, o eran ellos los mismos agricultores y viñadores, o eran asistentes frecuentes a las acciones de ellos. En todo caso, Jesús deja bien clara la necesidad de la unión estrecha y vital de sus discípulos con su persona y con su palabra para mantenerse vivos en la fe: "Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Ustedes ya están limpios por las palabras que les he hablado; permanezcan en mí, y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no pueden hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que desean, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que den fruto abundante; así serán discípulos míos". La vida del discípulo tiene su fuente en Jesús. Separado de Él, solo obtendrá la muerte.

Esta vida que da Jesús es una vida que plenifica a cada discípulo. Lo llena de la plenitud de la gracia, lo encamina por la ruta de la fidelidad, lo que le da la razón sólida de la felicidad total, lo hace entender en lo más profundo la riqueza del amor de Dios en su corazón. Es una experiencia que trasciende la del simple conocimiento personal o la de la compensación afectiva que pueda requerir el discípulo. No se trata solo de una experiencia romántica en la profundidad del espíritu humano, aunque tenga visos de amor entrañable y totalmente compensador. Por ser una experiencia del amor de Dios por todos los hombres, trasciende la experiencia personal. Siendo una riqueza que se vive en lo más íntimo del corazón humano, va más allá, pues el amor es naturalmente difusivo, a riesgo de que se quede estático y muera a fuerza de la inacción. El amor vivido y compartido hace que desaparezca el peligro del anquilosamiento y del entumecimiento del corazón, con la consecuente muerte del amor y la pérdida de la experiencia más sublime que puede tener el hombre. Es la salida hacia el hermano, en la vivencia compartida del amor fraterno, la que asegura la solidez del amor que se vive y su crecimiento en la compensación personal: "Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. En esto conoceremos que somos de la verdad y tranquilizaremos nuestra conciencia ante Él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo. Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Y cuanto pidamos lo recibimos de Él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio". El mandamiento del amor es doble: creer en Jesús como enviado por amor del Padre para nuestra salvación, y amarnos los unos los otros con la misma calidad con que Cristo nos amó.

Este mandamiento sencillo de Dios y la exigencia que acarrea para los cristianos, fue asumido por los primeros discípulos de Cristo, que se lo tomaron muy en serio y muy responsablemente. Sabían que incluso su propia salvación dependía de que aceptaran su compromiso con seriedad y procuraran dar a conocer la Verdad luminosa de Cristo, de su amor y de su salvación, y dejaran que el amor que había sido derramado en sus corazones se expresara libremente hacia todos, de manera que ese amor fuera el atractivo mayor para que los otros también se atrevieran a dar el salto de la fe. Su testimonio convincente y su estilo de vida confiado en el amor era lo que se presentaba a la vista de todos. Y era eso precisamente lo que lograba que más y más se unieran al bando de los creyentes. Y se daba entre judíos y paganos. No había exclusividad, pues la salvación de Dios es universal. Bastaba que todos se sintieran convocados por el amor para gozar de la novedad de vida que los llevaría a la salvación eterna: "Saulo les contó cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había predicado públicamente el nombre de Jesús. Saulo se quedó con ellos y se movía libremente en Jerusalén, predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron suprimirlo. Al enterarse los hermanos, lo bajaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso. La Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba, animada por el Espíritu Santo". La obra de aquellos primeros enviados fue realmente ingente. Se dificulta mucho imaginar la cantidad de avatares por los que tuvieron que pasar. Solo se explica si nos percatamos de que ellos tenían su vida fundada en la promesa de Jesús y en la fuerza del Espíritu. Jesús para ellos era la vid de la cual no podían despegarse jamás si se querían mantener con vida y con la ilusión necesaria para ser testimonios del amor de Dios. Es lo mismo que debemos asumir los cristianos de hoy.

sábado, 1 de mayo de 2021

Somos capaces de hacer las mismas cosas que hizo Jesús

 Quien me ha visto a mí ha visto al Padre | InfoVaticana

Cada uno de los cuatro evangelistas es un auténtico teólogo. El desarrollo de sus relatos sobre la Buena Nueva de Jesús se va haciendo alrededor de objetivos específicos con los que buscan lo que, según sus criterios, es lo más central e importante que debe ser anunciado. Atendiendo a lo central del mensaje y a las necesidades de las comunidades a las que se dirigen, escriben lo que para ellos es lo fundamental que hay que conocer acerca de la figura de Jesús, de su disponibilidad para realizar la obra redentora y del objetivo que persigue para cada hombre de la historia. Alrededor del hecho central, que es la entrega del Hijo a la muerte y su resurrección, con la cual vence a la oscuridad y al pecado, van desarrollando toda una historia concreta ante la que el lector no puede quedar indiferente. O se pone del lado de la Verdad transmitida, o se opone absurdamente a ella, dejándose llevar por el egoísmo, la envidia o la soberbia, haciéndose esclavo del mal. Por ser teólogo, cada evangelista acentúa el aspecto que cree debe quedar más claro. Así, Mateo acentúa el mesianismo de Jesús, que es cumplimiento del mesianismo anunciado en el Antiguo Testamento; Marcos acentúa la filiación divina de Cristo, enviado por el Padre para el rescate de la humanidad; Lucas destaca la figura misericordiosa de Dios y su amor preferencial por los pobres y los humildes, que no quiere de ninguna manera la condenación del hombre, sino su salvación y su plenitud que lo haga llegar a la vida eterna junto al Padre; y finalmente, Juan destaca la revelación del misterio profundo de Dios, hecho patente en las afirmaciones misteriosas, pero no por eso sin total veracidad, que hace Jesús sobre su intimidad y su identidad con el Padre.

En efecto, al leer el Evangelio de San Juan nos encontramos con los vuelos más altos de aquella teología cristiana incipiente que se empezaba a hilvanar en la Iglesia naciente. Por ello la figura con la que se identifica este Evangelio es la del águila, dando a entender la altura de esta teología, asimilada a las alturas que es capaz de remontar esta ave. Las afirmaciones de Jesús, revestidas del misterio total de Dios, aun cuando buscan aclarar para el oyente lo que es su identidad plena, no dejan de estar envueltas en ese halo misterioso que hace que los discípulos y otros oyentes añoraran mayores aclaraciones. Veíamos a los judíos solicitando de Jesús la confirmación de ser el Mesías esperado. Y ahora es uno de los apóstoles el que solicita la luz que Él puede darles: "Felipe le dice: 'Señor, muéstranos al Padre y nos basta'. Jesús le replica: 'Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo les digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, Él mismo hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, crean a las obras. En verdad, en verdad les digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidan en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me piden algo en mi nombre, yo lo haré". Son, sin duda, verdades absolutas que Jesús va revelando, pero que no dejan de ser complicadas para las mentes de los discípulos que apenas están atisbando una Verdad suprema, y que lo hacen desde casi la frontera del misterio, pues no tienen acceso total a él. Es la exigencia de la fe, en la que se acepta la Verdad no por la contundencia de su contenido, sino por la fuente de la que surge, que es el mismo Dios, y la confianza en su amor y en su poder. Tan diáfana llega a ser que promete tener la mismísima experiencia de Jesús. Quienes crean y se abandonen a la Verdad, podrán hacer las mismas obras que ha hecho Jesús, y aún mayores. Por haberlo creído, los primeros discípulos, vivieron exactamente lo que les había sido anunciado. Nosotros, los discípulos de hoy, somos también depositarios de esa promesa. Los dones de Dios son irrevocables, por lo tanto, aquello que fue prometido sigue siendo una realidad hoy para nosotros.

Esa revelación del amor y del poder de Dios que se ponía en favor de todos los hombres, fue lo que hizo que los anunciadores asumieran la tarea con toda ilusión y confianza. Era la fe la que los impulsaba a dar testimonio de Jesús, en la búsqueda de que todos vivieran la felicidad y la plenitud que ellos mismos experimentaban. El mundo debía conocer esta Verdad fundamental para su vida. Por encima de las contradicciones y las dificultades que se encontraban, estaba la alegría de dar a conocer la obra del amor y del poder de Dios en Jesús, de la cual todos eran deudores: "El sábado siguiente, casi toda la ciudad acudió a oír la palabra del Señor. Al ver el gentío, los judíos se llenaron de envidia y respondían con blasfemias a las palabras de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé dijeron con toda valentía: 'Teníamos que anunciarles primero a ustedes la palabra de Dios; pero como la rechazan y no se consideran dignos de la vida eterna, sepan que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: “Yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra”'. Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y creyeron los que estaban destinados a la vida eterna. La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas, adoradoras de Dios, y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio. Estos sacudieron el polvo de los pies contra ellos y se fueron a Iconio. Los discípulos, por su parte, quedaban llenos de alegría y de Espíritu Santo". Es la misión que entendió aquella Iglesia naciente que tenía que cumplir en el mundo. Aquel hombre que hizo todas esas maravillas, era el Mesías prometido. En Él se cumplían las Escrituras. Él era el enviado del Padre desde su seno de amor, tanto, que Él mismo era Dios y se identificaba plenamente con el Padre Dios. Siendo un gran misterio, lo revela para que todos nos hagamos poseedores de la felicidad eterna y de la plenitud de le Vida.