viernes, 8 de mayo de 2020

Mi fe se sustenta en Jesús, que murió y resucitó por mí, porque me ama

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida' V domingo de Pascua. Ciclo ...

La claridad en el anuncio que hacían los apóstoles como enviados al mundo a predicar el Evangelio del amor, la Persona de Cristo, sus palabras y sus obras, era un elemento fundamental para el cumplimiento de esa encomienda. Era muy importante que aquello que ellos estaban transmitiendo quedara bien establecido en sus oyentes, pues ellos como es lógico iban a abrir su corazón solo después de que supieran bien de quién les estaban hablando, cuáles obras había realizado y cuál mensaje era el que transmitía. No iban a dar su asentimiento si no tenían claro el contenido de lo que se les anunciaba. De esta manera, en la mente de los apóstoles debía darse previamente un ordenamiento de las ideas, una sustentación sólida de los argumentos, una elección de palabras convincentes. Contaban, evidentemente, con la promesa cumplida del envío del Espíritu Santo, que los inspiraba, los llenaba de fuerzas, ponía en sus labios las palabras que debían pronunciar, abría los caminos por los que debían transitar. Y que, además, disponía el corazón de los oyentes, como un terreno fértil en el que iba cayendo la semilla que ellos iban dispersando. Había, por lo tanto, un doble esfuerzo cumplido en el cumplimiento de la tarea encomendada: el propio, profundizando en el mismo mensaje para hacerlo cada vez más comprensible para los destinatarios; y el del Espíritu Santo, el cual actuaba con la libertad que le permitían los enviados pues sabían que sin Él todo el esfuerzo sería vano. El Espíritu Santo es el "alma de la Iglesia", es "el protagonista de la evangelización", como lo afirmó el gran Papa San Pablo VI. Se da, entonces, un doble componente que nunca debe faltar en la predicación del Evangelio que debe hacer todo enviado. En primer lugar, una sólida preparación, que es fundamental para hacerse del mismo mensaje, pues no se puede transmitir convincentemente lo que no se conoce en profundidad. El enviado por Jesús debe conocer el contenido básico de lo que va a transmitir. No puede contentarse con un conocimiento superficial que no sustenta bien las exigencias y las argumentaciones teóricas del mensaje. El conocimiento de la propia fe es un exigencia mínima para la experiencia de todo cristiano. Lamentablemente hoy adolecemos mucho de esta responsabilidad, por cuanto los cristianos no nos preocupamos por profundizar en nuestra fe. Nos contentamos con lo mínimo. Y, como no conocemos nuestra fe, no podemos vivirla con mayor profundidad. Es importante, además, que asumamos la importancia de la vivencia que debemos tener de nuestra fe. No basta con conocer. Es necesario vivir. El mensaje transmitido será convincente solo en la medida en que demos testimonio de él con nuestra propia vida. Hablar de sus contenidos y mostrar su vivencia en nuestra vida. Y un segundo componente, que es convencernos de la importancia de la presencia del Espíritu Santo en la tarea que llevamos adelante. Sin ese sustento, de nada sirve que hablemos mucho. Él estará en nosotros, fortaleciendo, enviando, iluminando, inspirando. Y estará también en los destinatarios disponiendo sus corazones para recibir el mensaje.

En los primeros tiempos de la Iglesia no se había desarrollado aún, como era evidente, un cuerpo teológico, fruto de las disgregaciones intelectuales sobre la figura de Dios o de la Iglesia. Aun cuando cada predicador o escritor sagrado iba sustentando sus desarrollos en una rudimentaria teología en ciernes, se centraban sobre todo en lo nuclear del mensaje. No le daban muchas florituras al mensaje transmitido, sino que iban a lo que consideraban central, y que debía quedar claro en los destinatarios. Su empeño era poner el acento en lo que debía ser aceptado como básico. Ya luego vendrían otras disgregaciones posibles. Ese núcleo central, ese centro neurálgico del mensaje, era el que se fijaba principalmente en quién era Jesús, cuál era su origen, de dónde venía su autoridad, qué obra había realizado, cuál mensaje había transmitido y qué había logrado con su obra. Es lo que los teólogos luego han llamado el kerigma. No es otra cosa que el núcleo vital de lo que debe ser siempre transmitido. Todo lo que surja del kerigma básico tendrá un buen sustento. Y todo lo que se salga de este centro nuclear deberá ser desechado. En el centro del mensaje cristiano debe estar siempre Jesús, su palabra y su obra. Y debe estar bien sustentado en lo que correctamente es la comprensión de su misterio. Interpretaciones diversas que se salgan de la línea central y que propongan absurdos teológicos que se alejen de una correcta comprensión de la persona de Jesús, de su obra y de su mensaje, no podrán ser aceptados. No han faltado intentos diversos de desfigurar la persona de Cristo, de desvirtuar su mensaje y su obra. Todos, a lo largo de la historia, han sido echados a un lado. Ciertamente no todos han sido hechos con intenciones retorcidas. Algunos intentos incluso han sido hechos con muy buena intención, buscando aclarar y echar luces para una mejor comprensión del misterio divino. Pero lamentablemente han tomado rutas equivocadas que los han hecho despeñarse por desfiladeros. En ese empeño por acentuar el núcleo central, tenemos un ejemplo magistral en los primeros discursos de los apóstoles. Así, el mensaje de Pablo en la sinagoga de Antioquía, es paradigmático: "Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos ustedes los que temen a Dios: a nosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación. En efecto, los habitantes de Jerusalén y sus autoridades no reconocieron a Jesús ni entendieron las palabras de los profetas que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo. Y, aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar. Y, cuando cumplieron todo lo que estaba escrito de Él, lo bajaron del madero y lo enterraron. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Durante muchos días, se apareció a los que habían subido con Él de Galilea a Jerusalén, y ellos son ahora sus testigos ante el pueblo". El centro es Jesús, enviado por el amor del Padre, cumplidor de la tarea encomendada, muerto por los pecados en vez de los que debían morir, y resucitado por Dios. Ese era el mensaje central que debía ser escuchado y aceptado por todos.

El objetivo final era que quedara claro en la mente de los oyentes que lo fundamental era aceptar a ese Jesús que había venido enviado por el Padre, que había sido anunciado por los profetas, que había convivido entre ellos, que había sido llevado a juicio, que había sufrido la pasión y lo había asumido por amor a los hombres, que había muerto en la cruz, que había resucitado, y que se había presentado a los apóstoles ya vencedor de la muerte. Esa verdad es la fundamental. Cualquier otra verdad que quiera ser transmitida en la Iglesia deberá tener su fuente en esta original. Y aceptarla y vivirla será la salvación del hombre. Así lo da a entender Jesús mismo en la afirmación de su identidad: "Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí". Él es la salvación de los hombres. Y la salvación es que cada uno llegue a la presencia del Padre. Solo Jesús puede servir de instrumento eficiente en esta tarea. Solo Él es el Camino que conduce al Padre. No hay otro camino que pueda ser propuesto o que pueda ser utilizado. Jesús es la Verdad plena. En Él no hay mentira. Sustentarse en Él es estar en la verdad, y rechazar toda mentira o todo intento de manipulación. Jesús es la Vida. En sí mismo, y es el que nos conduce a la vida plena en el Padre. Estar con Él, alimentarse de Él, es tener la vida en nosotros. Por eso Él mismo nos quiere llenar del sosiego de saber que estando con Él nunca estaremos perdidos. Toda la obra que ha realizado la ha hecho para que la vida llegue a nosotros. Llenarse de Él, unirse a Él, vivir con Él y en Él, es el mayor seguro que podemos tener de obtener la vida y la salvación: "No se turbe el corazón de ustedes, crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, se lo habría dicho, porque me voy a prepararles un lugar. Cuando vaya y les prepare un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo estén también ustedes". Esa es la salvación. Jesús ha hecho una obra grandiosa cargando sobre sus espaldas los pecados de toda la humanidad, haciéndolos morir con Él en la cruz y resucitando volviendo victorioso de la muerte. Pero esa obra será definitivamente consolidada cuando ya todos estemos en la presencia del Padre, ocupando la estancia que nos ha preparado Jesús a todos, conduciéndonos por ese que es nuestro Camino para llegar al Padre. Este es el mensaje central que todo enviado debe vivir y transmitir. Es el núcleo de lo que debemos creer y hacer nuestro. Todos somos enviados para anunciarlo. Y todos debemos vivirlo para testimoniarlo con nuestras propias vidas. Es el kerigma. El mensaje central de nuestra fe.

jueves, 7 de mayo de 2020

Me envías a ser anunciador del amor como lo hiciste Tú, Señor

TEMA 3 ¿PARA QUÉ CONOCER A JESÚS?

El concepto de envío es un concepto muy profundo y sólido en el itinerario de la fe. En primer lugar, para el mismo enviado, por cuanto le da un sentido concreto y estricto a la tarea que debe cumplir. Quien es enviado y tiene muy clara su condición, sabe que la tarea que se le encomienda no es suya. Que la iniciativa es de otro. Que incluso los contenidos de lo que es enviado a anunciar no están a su arbitrio, sino que deben enmarcarse siempre y estrictamente en aquello que es enviado a anunciar. Cuando el enviado se siente capaz de dar un contenido diverso al mensaje que debe dar, traiciona a quien lo envía y se hace una cosa diferente. Deja de ser enviado para ser traidor. Deja de anunciar a Dios, y empieza a anunciarse a sí mismo. No busca revelar al Señor, sino que busca darse a sí mismo categoría, haciendo que el mensaje no trascienda sino que se termine en él. De ese modo, el mensaje queda tan vacío que no va más allá, sino que tiene un término inmediato en sí mismo. De estos ha habido ya muchos en la historia de la Iglesia. Nuevos "mesías" que han querido dar categoría de revelación a su mensaje y que, cuando han desaparecido, se han llevado con ellos su mensaje, revelando con eso la vaciedad total que representaba. El peso y la categoría del mensaje que anuncia el enviado no se los da, por tanto, quien anuncia, sino quien envía. El mismo Jesús hace que su obra y su mensaje tengan el verdadero peso que deben tener cuando deja claro que Él mismo es un enviado que hace la obra que ha sido encargado de realizar. Y en esa "cascada" con la que aclara las etapas del envío, incluye a todos los demás que también son enviados, cuya autoridad, en consecuencia, no reposa en ellos mismos, sino en quien es el origen último del envío: "En verdad, en verdad les digo: el que recibe a quien yo envíe me recibe a mí; y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado". El punto final es el Padre, origen de todo lo creado y origen también de la obra de rescate y del mensaje del amor del que es portador Jesús. Jesús mismo tiene muy clara su condición de enviado. Y Él, siendo también Dios como el Padre, jamás se atrevió a hacerse origen del plan de redención diseñado por el Padre. Teniendo una parte esencial en el plan trazado por Dios Padre, se sabe el enviado por éste y el cumplidor fiel de la parte que le correspondía en ese plan. Para el enviado, entonces, lo importante es que brille y resalte quien envía y que se cumpla al pie de la letra aquello que ha sido diseñado y establecido desde el origen. Dar la propia coloración al estilo de ser anunciador tiene sentido. Pero nunca tendrá sentido desvincularse del origen para hacerse a sí mismo la meta.

En segundo lugar, es muy importante la recepción del mensaje y de la obra que realiza el enviado. Es el público beneficiario final del amor que Dios quiere derramar desde sus enviados. Jesús cumplió perfectamente la misión que se le encomendó. Fue el enviado ideal por cuanto jamás se opuso al plan original del Padre, ni le añadió ni quitó nada de lo que Él había establecido. Sus palabras finales en la cruz son reveladoras de una especie de rendición de cuentas que hacía Jesús delante del Padre: "Todo está consumado". Es como si Jesús verificara que se había cumplido perfectamente con la tarea encomendada. Cuando muere en la cruz, Jesús refrenda con este final trágico su condición de enviado. Él ha sido enviado para ofrecerse totalmente en oblación por los pecados de los hombres. En la historia de la salvación esto estaba ya sugerido: "Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz cayó sobre Él, y por sus heridas hemos sido sanados", decía el profeta Isaías. Y esta obra llevada a cabo perfectamente por Jesús debía llegar a cada hombre que debía ser redimido. En cierto modo, todos los beneficiados por la obra de rescate de Jesús deberían concluir lo mismo que concluye el soldado romano tras la muerte de Jesús: "Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios". El envío de Jesús está sustentado en el amor eterno e infinito del Padre por todos nosotros, lo que lo hace realizar la obra de rescate de la manera en que quede más claro ese amor. Y su plan, por ello, contempla la entrega por amor del Hijo: "Nadie tiene más amor que aquel que da la vida por sus amigos". Es lo que deben comprender los beneficiarios del plan de rescate. Que el Padre los ama infinitamente, al extremo de entregar a su propio Hijo -"Tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo"-, y con ello deja saldada la cuenta que tenía cada hombre con Él. Quien comprende ese amor infinito de Dios se deja robar el corazón para el Padre por su enviado. Y de esa manera, él mismo se rinde a ese amor y se hace su enviado. El enviado por el Padre Dios, Jesús, hace discípulos suyos a los beneficiarios del amor, haciéndolos a la vez sus enviados: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación", para que se hagan instrumentos de amor en el mundo y vayan a su vez conquistando nuevos discípulos para Jesús, que, en definitiva, serán discípulos del Padre, quien es el punto final, la meta a la que debemos tender todos los que hemos entendido la obra de amor en favor de nosotros mismos.

Es esa "cascada" perfecta por la que ese amor infinito podrá llegar a toda la humanidad. El amor de Dios alcanza para todos y sobra. Es como los cinco panes multiplicados que sacian a todos, de los cuales, además, sobran doce canastos. Así es el amor infinito. No se agota jamás y siempre hay más para todos. Por ello, la historia de la salvación va siendo como ese río por el cual el agua va recorriendo todo el mundo y va empapando de la presencia de Dios y de su amor cada instante y cada ocasión de vida de los hombres. Así lo entendieron perfectamente los primeros apóstoles y de esa manera hicieron comprensible toda esa historia anterior que desembocó en el momento culminante de Jesús, que fue la explosión del amor del Padre. El envío de Jesús es el momento crucial, más alto, de esa historia. Por ello se llamó "la plenitud de los tiempos". Lo dice San Pablo en la Carta a los Gálatas: "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva". Jesús es enviado en la plenitud de los tiempos, pues ya era llegada la hora del cumplimiento de la obra de rescate de Dios, establecida desde el mismo momento del pecado del hombre. Ya estaba presente la hora en que el descendiente (Jesús) de la mujer (María), pisaría la cabeza de la serpiente (Satanás). Toda la historia confluye hacia este momento. Es necesario tener en cuenta que esto no se da sin previo aviso, sin anuncios, sin preparación. La historia de la salvación es una sucesión de hechos que van disponiendo a quienes la siguen a esperar este momento de cumplimiento de las expectativas: "El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros padres y multiplicó al pueblo cuando vivían como forasteros en Egipto. Los sacó de allí con brazo poderoso ... Luego les dio jueces hasta el profeta Samuel. Después pidieron un rey, y Dios les dio a Saúl ... Lo depuso y les suscitó como rey a David ... Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegara Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida, decía: 'Yo no soy quien ustedes piensan, pero, miren, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies'". Todos son enviado en esta historia. Todos venían a anunciar la llegada de la salvación por el amor del Padre. Todos debían anunciar a ese Padre amoroso. Y todos lo hicieron. Hasta que llegó Jesús, enviado ya no solo a anunciar, sino a cumplir. Y lo hizo. Y ahora nos toca a nosotros. Somos enviados al mundo a anunciar a Dios, a anunciar su amor, a anunciar que hemos sido salvados por su amor eterno e infinito.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Como tú, Jesús, soy elegido y enviado como instrumento del amor

3.- EL ESPÍRITU SANTO ES SEÑOR Y DADOR DE VIDA | Padre Uriel ...

Entre los conceptos fundamentales que se manejaban, y se manejan aún hoy, en la vida apostólica de la Iglesia naciente, sobresalen dos: el de elección y el de misión. La obra que ha realizado Jesús con su encarnación, su pasión, su muerte y su resurrección, es una obra que favorecía a toda la humanidad, elegida desde el principio para ser beneficiaria de esta acción que surgía del corazón amoroso del Padre. El pecado original había trastocado el designio original del Creador de tener a esa humanidad surgida de sus manos amorosas y todopoderosas como su amiga cercana. No fue suficiente para el hombre la gran demostración de amor y de poder que había hecho el Padre para mantenerse cerca de su corazón, sino que azuzado por el rey de la intriga, el demonio, decidió excluir a Dios de su vida y colocarse él en el centro del universo creado, en un gesto extremo de soberbia. Ante ello, Dios debió diseñar entonces un plan de rescate de aquellos a quienes quería tener como amigos. Y eligió a su propio Hijo para enviarlo y que fuera el artífice de ese gran plan de restauración. Con ello demostraba su inmenso amor por aquellos que habían surgido de sus manos, por cuanto fue capaz de despojarse de su propio Hijo, el amado, que copaba todas sus preferencias, para entregarlo en favor de ese plan de rescate. Así, se escuchó de los cielos aquella voz de Dios que presentaba su Hijo al mundo: "Este mi Hijo amado, el predilecto, en quien tengo todas mis complacencias. Escúchenlo". Pues bien, ni siquiera ese amor infinito por su Hijo, fue óbice para detener a Dios Padre en su empeño de rescatar al hombre para que siguiera a su lado. "Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo, para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna". Nadie puede dudar de ese inmenso amor del Creador, cuando fue capaz hasta de entregar a su Hijo por amor a la humanidad. No hay gesto de amor mayor. Como tampoco lo hay en el mismo Hijo, también Creador como Verbo eterno, que se ofrece como voluntario para cumplir el designio del Padre: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad" ... "Yo entrego mi vida para recuperarla de nuevo". Jesús es enviado por el Padre a cumplir una misión específica, y tiene un papel activo, pues se ofrece también voluntario para ella. Él es elegido y es enviado. Él es el origen de la elección y de la misión. Y con ello marca ya la pauta para todo el estilo de la Iglesia que será el instrumento de salvación para la humanidad entera.

Jesús no se arroga a sí mismo el protagonismo de la obra redentora, aunque es el actor esencial y fundamental para que se dé. Él se sabe elegido por el Padre para llevarla adelante. Y sabe muy bien que tiene entre manos la encomienda de una misión concreta: Nada más y nada menos que arrebatar a toda la humanidad de las garras del demonio, que la había llevado al abismo y a la muerte: "El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas". El ser enviado por el Padre es lo que tiene el peso. El valor lo da la elección que ha hecho el Padre sobre el Hijo y la encomiendo de la misión que ha puesto en sus manos. Por ello, Jesús ni habla ni hace obras por cuenta propia, sino que lo hace en cumplimiento de la encomienda original. Es ello lo que da el valor mayor a su obra de rescate: "Yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre". Para Jesús es fundamental que quede claro que, aun cuando Él se ha ofrecido voluntario para la obra de rescate de la humanidad, el cumplimiento de ella tiene valor estricto solo porque es un mandato del Dios que ha creado y que ahora quiere redimir y rescatar. No es que Jesús sea simplemente una especie de marioneta manejada desde fuera por las manos del Padre. No es este el sentido. Todo tiene su origen en el Padre. Él es el artífice y el diseñador de la obra de rescate, que debe ser una demostración de amor poderosa aún mayor que la de la primera creación, por cuanto se trata de un rescate heroico de las manos de quien ha pretendido arrebatar de las manos del amor su creación, con un poder que la misma soberbia del hombre ha puesto en sus manos. Por ello debe quedar en las mentes de los rescatados que nadie los amará más pues nadie ha dado mayores demostraciones de amor. El demonio se ha valido de la soberbia humana para tener poder. Dios usará el poder del amor que toca el corazón de la humanidad. Dios busca el bien del hombre. El demonio busca su propio bien. Es ante esta contraposición que el hombre tomará su decisión. Se dejará arrebatar del corazón amoroso de ese que no escatima ni a su propio Hijo, quedando en la intemperie de su propia y fría soberbia, o se dejará resguardar en ese corazón amoroso que no pide nada sino solo dejarlo amar. Por eso es elegido el Hijo. Y por eso es enviado. Y por eso el mismo Hijo se ofrece voluntariamente. Es la obra amorosa del Padre que viene a llevar adelante.

El hecho de que Jesús hubiera sido elegido y enviado nos da una idea de que ese será el estilo que estará impreso para siempre en la vida de la Iglesia. Ella es el instrumento diseñado por Jesús para llevar la salvación a todos los hombres. Por ello, como Él fue elegido y enviado, así será la misma Iglesia y cada uno de sus integrantes. La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, tal como lo experimentó Pablo en su encuentro místico con Jesús en el camino de Damasco: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues". Él es la cabeza de esa Iglesia que deberá cumplir su tarea en toda la historia. Y cada uno de sus miembros es seguidor fiel de Jesús. No solo de sus enseñanzas y de sus indicaciones. Antes debe serlo de su ser, de su persona, de sus pasos. De las huellas que ha ido dejando. Un discípulo no es solo el que se deja conquistar por las enseñanzas de su Maestro, sino que es quien ha decidido seguir sus mismos pasos y vivir su mismo estilo de vida. Por lo tanto, el discípulo de Cristo sabe que, además de acatar su palabra y enriquecerse con sus obras, debe decidirse a vivir su vida, tal como lo entendió San Pablo: "Vivo yo, mas ya no soy yo, es Cristo el que vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí". Con su propio estilo de vida personal, en el desarrollo de su vida cotidiana, en el cumplimento de sus actividades ordinarias, asume para sí la vida de Cristo y se hace su discípulo fiel. Y al seguirlo, sabe que como Él, será elegido y enviado, como lo experimentaron concretamente los primeros discípulos de Cristo, los apóstoles. Cada uno de ellos fue llamado por su nombre y se decidió a seguirlo. Y al final del periplo público de Jesús, cada uno fue enviado al mundo a cumplir la misión: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación". Y luego de su ascensión a los cielos, después de haber recibido el don del Espíritu Santo como alma de la Iglesia, cada discípulo fue viviendo en carne propia el hecho de la elección y del envío. Así sucedió con Bernabé y Pablo: "'Apártenme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado'. Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los enviaron. Con esta misión del Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí zarparon para Chipre. Llegados a Salamina, anunciaron la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos". Cada discípulo de Cristo es elegido y es enviado. También cada uno de nosotros. Y lo somos porque desde el principio lo fue Jesús mismo. Los pasos de Jesús los debemos dar también nosotros. Somos elegidos y enviados a nuestras realidades para hacer presente a Jesús, para hacer presente su amor y su salvación. Para hacer de cada hermano y de cada situación algo nuevo, sondeado por el amor redentor de Cristo.

martes, 5 de mayo de 2020

Llamarme cristiano me conecta contigo, Cristo, y me compromete

Vatican News - EVANGELIO DE HOY: MIS OVEJAS ESCUCHAN MI... | Facebook

Muy pocas veces en la Sagrada Escritura se le reconoce a alguien su bondad. Es una curiosidad, por cuanto que al ser un instrumento de la revelación de Dios debería darse ese reconocimiento con mayor profusión. Pero también es natural que así suceda, pues esa misma revelación de Dios se da en medio de un mundo en el que reina la maldad y busca la conversión de los malos en medio de un continuo luchar y enfrentarse con las fuerzas que se le oponen. La consideración de hombre "justo", es decir, santo, se da solo a dos personajes. Uno es José que, "por ser un hombre justo, decidió repudiarla en secreto (a la Virgen María, al enterarse de su embarazo)". Y el otro es Bernabé "por sobrenombre Justo". Una persona justa, en lenguaje bíblico, no refiere solo a quien guía su vida por los senderos de la justicia como virtud humana, que invita a dar a cada quien lo que le corresponde, sino que por encima de todo pone en las manos de Dios toda su vida, por considerar que la mayor justicia que hay que cumplir es la de corresponder a todas las bondades divinas poniendo en sus manos toda la vida propia. Por ello se es inmensamente justo, y en consecuencia, santo. El justo jamás hará algo malo, pues en su esquema vital será ir contra lo que le corresponde a Dios, que es solo lo bueno. Pues bien, los apóstoles, al enterarse de que en Antioquía se estaban dando conversiones de gentiles que iban aceptando a Jesús como su Redentor, deciden enviar a Bernabé a verificar esos hechos. Bernabé es considerado apóstol de la segunda generación, pues no perteneció al grupo de los Doce elegidos por Jesús. Hay quienes lo consideran integrante de aquel grupo de 72 que fueron enviados por Jesús en algún momento a anunciar la llegada del Reino de Dios. Lo cierto es que los apóstoles lo consideran suficientemente preparado y revestido con suficiente autoridad como para encargarle esa misión. Su bondad natural y la capacidad que consideran ellos que tiene, son suficiente aval para dejarlo en sus manos: "Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe". Bernabé era un hombre bueno y estaba lleno de Espíritu Santo y de fe, y desde esas cualidades es capaz de juzgar como maravilloso lo que estaba sucediendo entre los griegos. Había que dar por bueno su dictamen.

En esa Iglesia de Antioquía se dio un crecimiento inusitado de creyentes. Fue una Iglesia con peso propio y que dio luego innumerables frutos al cristianismo. De alguna manera, pasó a ser referente de fe para muchos, sobre todo para los cristianos que venían del paganismo griego. Después de verificar ese desarrollo que se estaba dando allí y de bendecirlo, Bernabé sale en busca de Saulo y lo trae a Antioquía para consolidar esa Iglesia que estaba naciendo: "Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e instruyeron a muchos". De tal manera fue bueno el trabajo de quienes sembraron la semilla de la fe en esas tierras, que se hizo necesario dar una carta de identidad a ese grupo de creyentes de crecía tanto: "Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos". Allí nos dieron nuestro carnet de identidad, y fue allí donde se nos hizo el mayor de los reconocimientos que se nos pudo haber dado. "Cristianos" hace referencia a nuestro origen. La raíz de ese nombre es el mismo Cristo. El que se nos llame así, en un reconocimiento implícito de ser seguidores de Jesús, es el mejor regalo que se nos puede hacer. Nos identifica con el Maestro y nos conecta directamente con Él. Es nuestra mayor dignidad, como lo reconoció el gran Papa San León Magno: "Reconoce, oh cristiano, tu dignidad y, ya que ahora participas de la misma naturaleza divina, no vuelvas a tu antigua vileza con una vida depravada. Recuerda de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro". Nuestro nombre de cristiano nos dice de dónde venimos, la condición de novedad de vida en la que estamos, la dignidad con la cual vivimos en este mundo, la vida de fraternidad que debemos apreciar y llevar a cabo con todos los que llevan nuestro mismo nombre y con todos los hombres, la transformación en novedad absoluta que debemos procurar que se dé en nuestro entorno, y la meta a la que estamos llamados que es a la felicidad de los hijos de Dios en la eternidad. No es, por lo tanto, simplemente una manera de llamarnos, sino algo que nos identifica, que nos dice cuál es nuestra esencia, el compromiso al que estamos llamados al llevar ese nombre. El que seamos reconocidos como cristianos, además de ser un gran orgullo para nosotros, debe hacernos sentir la profunda responsabilidad que tenemos en un mundo que exige cada vez más la presencia de esos cristianos que han entendido lo que son y que procuran que sea siempre nuevo, con la novedad del amor.

El cristiano es quien tiene como sustento principal de su vida a Jesús. Él es esa "piedra angular" sobre la que se sustenta la propia vida. Es la roca que hace inconmovible la casa, pues ha sido construida sobre Él. Al reconocer a Jesús como el sustento de su vida, lo reconoce también como el que le da sentido a todo. Nada de la propia vida tiene sentido sin la presencia de Jesús. Él le da color, sustancia, dirección, contenido. Hacia Él está dirigido cada esfuerzo y cada palabra. Absolutamente todo lo cotidiano, lo que en general debe ser realizado en una vida normal y corriente, se hace bajo la inspiración y la motivación de Cristo. De esa manera, si la vida tiene su sustento en Jesús, se hace totalmente cierta la afirmación de San Pablo: "Vivo yo, pero ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí". En ese sentido, el cristiano es el que ha permitido que Cristo invada todo su ser y sea su motor vital. Ha resuelto en su abandono la gran duda que tuvieron algunos delante de la figura de Jesús y de sus obras: "¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente". Aquellos hubieran querido dar el paso definitivo de dejarse invadir por Cristo, pero querían tener una absoluta seguridad para hacerlo. La respuesta que les da Jesús es la perfecta descripción de quién es y de lo que pretende: "Se lo he dicho, y no creen; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno". Aceptar a Jesús, para ser verdaderamente cristianos, es aceptar esta descripción que Él hace de sí mismo, identificándose plenamente con el Padre, haciéndose uno con Él. Es hacerse miembro del rebaño de Jesús, uno más de sus ovejas, procurando conocerlo perfectamente y dejándose conocer en lo más profundo de nuestro ser, siendo totalmente transparentes, sin resquicios ni ocultamientos, sabiendo que en Él está la vida y lejos de Él está la muerte. Es aferrarse de tal manera a su mano que jamás podamos ser arrebatados de ella. Saber que de Él viene nuestra savia y podremos vivir cada instante de nuestra vida en la alegría de sabernos suyos y de estar caminando hacia una eternidad que con Él será siempre de felicidad y de amor eternos. 

lunes, 4 de mayo de 2020

Derramaste tu sangre y entregaste tu cuerpo por todos sin dejar a nadie por fuera

Mundo Niggle: Catequesis Petrinas 2015, 08. “Lo que Dios ha ...

En la Iglesia naciente se van dando cosas absolutamente novedosas que van sorprendiendo incluso a los mismos apóstoles. La novedad radical de vida, que ha alcanzado su punto culminante en la entrega de Jesús a la muerte y en su resurrección, va trastocando actitudes, pensamientos y conductas profundamente arraigadas en las prácticas religiosas, deudoras del judaísmo más rancio. Ese cristianismo naciente va echando luces distintas a las que se habían ido añadiendo al judaísmo, muchas de ellas no por revelación divina, sino por intereses de grupos de dominio y de poder, nacionalistas, llegando incluso al chauvinismo y a la xenofobia, excluyentes, y con pretensiones de exclusividad y de superioridad. Es una tentación que se presenta a lo largo de toda la historia en los diversos grupos humanos. Quienes pertenecen a alguno, llegan a considerarse superiores y mejores que los otros. Tomar partido por algún grupo humano llega a comprometer a tal punto que invita al rechazo y al desprecio de los demás. En ocasiones este rechazo muta en pena, en compasión o en lamentación de los otros pues se estarían perdiendo la riqueza que representa pertenecer al grupo propio. Así, la humanidad añade un argumento más para su propia división, haciendo más difícil que se llegue a cumplir la añoranza de Jesús, la que expresa al Padre en su oración sacerdotal, el deseo de "que todos sean uno, como tú y yo, Padre, somos uno". La unidad de los hombres es la meta que persigue Jesús. Somos los hombres quienes encontramos siempre argumentos para que esa unidad no sea fácilmente asequible, y colocamos obstáculos para que no se alcance. Pesan más los intereses grupales o personales, los deseos de dominio de unos sobre otros, las capacidades de aprovechamiento de otros grupos humanos en favor de pretensiones interesadas. No obstante, Jesús, en esa Iglesia naciente, apoyado por supuesto, por su enviado para sustentar su obra, el Espíritu Santo, sigue insistiendo en crear de los hombres un sola gran comunidad que persiga los mismos intereses y se esfuerce con un solo corazón por alcanzarlos. Respetando la diversidad natural que es deseada por Él mismo, pues Dios nos ha creado diversos a todos, sí insiste en que la unidad en la fe, en la confesión de un solo origen y de una sola meta, en el disfrute de una misma redención que ha realizado para todos, debe ser la realidad que nos aglutine y nos consolide a todos como el único pueblo por Él elegido y redimido.

Tomando al primero de los apóstoles, a Pedro, para hacer clara su intención de salvación universal, que considera a todos los hombres como una única y misma comunidad por la cual se ha entregado, quiere dejar claro que todos los hombres son igualmente amados en su corazón. La visión que tiene Pedro en su oración es determinante: "Estaba yo orando en la ciudad de Jafa, cuando tuve en éxtasis una visión: una especie de recipiente que bajaba, semejante a un gran lienzo que era descolgado del cielo sostenido por los cuatro extremos, hasta donde yo estaba. Miré dentro y vi cuadrúpedos de la tierra, fieras, reptiles y pájaros del cielo. Luego oí una voz que me decía: 'Levántate, Pedro, mata y come'. Yo respondí: 'De ningún modo, Señor, pues nunca entró en mi boca cosa profana o impura'. Pero la voz del cielo habló de nuevo: 'Lo que Dios ha purificado, tú no lo consideres profano'". La obra de Jesús había hecho a todos puros. Ya nadie puede ser considerado excluido de su amor, como había sido ya práctica común en el judaísmo, del cual era deudora esta Iglesia naciente. Pedro había recibido el reproche de sus correligionarios, defensores de la circuncisión: "Cuando Pedro subió a Jerusalén, los de la circuncisión le dijeron en son de reproche: 'Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos'", en un intento de mantener la actitud excluyente anterior. El nuevo orden era distinto y lo había dejado bien claro Dios: Ya nadie puede ser excluido por ninguna razón de la salvación que había alcanzado Jesús para la humanidad. La salvación de Jesús es para todo el que quiera abrir su corazón a su amor, sea de Israel o de cualquier otro pueblo sobre la tierra. Evidentemente, quien dicta las pautas en esta salvación es el mismo Dios. No pueden los hombres ser los que establezcan criterios, mucho menos si esos criterios fueran en contra de lo que es el deseo expreso divino. La argumentación de Pedro, basada en la experiencia que tuvo en el éxtasis de su oración, abre la perspectiva a la salvación universal. Esto fue comprendido por todos, quienes finalmente debieron deponer su actitud de exclusión y se pusieron en la misma línea divina, entendiendo perfectamente lo que Pedro les decía: "Si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?' Oyendo esto, se calmaron y alabaron a Dios diciendo: 'Así pues, también a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida'".

La salvación se basa en el criterio del amor que no excluye a nadie. Nadie tiene poder de abrir o cerrar la posibilidad para otros, pues es Dios mismo el que ha manifestado el deseo de que sean todos los hombres los beneficiarios de su amor de entrega. Es Dios el que ha abierto la puerta de los cielos a todo hombre y mujer que se abra a su amor y se deje llenar el corazón con el amor misericordioso y redentor de Jesús. Él es la puerta por la que se puede entrar a disfrutar de los mejores pastos, en las praderas del cielo: "En verdad, en verdad les digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante". Jesús no ha venido para negar la vida a nadie. Por el contrario, su obra es vivificadora para todos. El mismo periplo que ha cumplido Él en su entrega, de muerte y resurrección, es el que debe vivir cada hombre que quiera recibir esa salvación, que quiera entrar por esa puerta que es Él mismo y que lleva a la salvación eterna. Quien quiera recibir esa salvación debe vivir la novedad radical de vida que Jesús ha procurado para todos, de manera que como Jesús, muera a su antigua vida de pecado para resucitar a la vida nueva, en la que todo redimido vivirá la alegría de ser nueva criatura en el amor. Y en esa absoluta novedad que gana Jesús para él, todo redimido debe tener en su conciencia el ser miembro de un gran pueblo único, que es toda la humanidad, que ha sido toda ella redimida por el mismo sacrificio que él disfruta, por lo cual no tiene cabida la exclusión. Sentirse superior o con derecho a excluir a alguien desdice totalmente de la intención salvífica universal de Jesús. Nadie es superior o mejor que otro. Todos ocupamos el mismo espacio en el corazón amoroso de nuestro Dios. Y el mismo Dios deja claro que Jesús ha derramado su sangre y ha entregado su cuerpo por todos y cada uno de los hombres de toda la historia, sin dejar a nadie fuera. Cada gota de sangre y cada milímetro de carne de Jesús vale como sacrificio por todos. No tiene sentido pensar que pueda haber alguien que no sea beneficiario de ese augusto sacrificio. Por eso debemos vernos todos como hermanos, digno cada uno de la sangre que Jesús derramó. Por ese hermano que tengo a mi lado, por el que me cruzo en el camino a diario o que nunca veo, por el que me cae mal o muy bien, por el que me hizo daño o me tendió la mano en mi problema, por el que no me saluda o me sonríe cada vez que me lo encuentro... por todos y por cada uno murió Jesús en la cruz. Somos todos parte de la humanidad, el único pueblo de Dios.

domingo, 3 de mayo de 2020

Tú eres la puerta del redil y por ti entraré a la vida de eternidad feliz

Quien entre por mí encontrará pastos - ReL

Jesús se define a sí mismo de muchas maneras, según la acción o la conducta que quiere resaltar en sus intervenciones. Para nosotros es fundamental siempre saber quién nos habla, quién se dirige a nosotros. Más aún cuando ese que nos dirige la palabra pone exigencias o limitaciones a nuestro actuar. Es una cuestión natural. De alguna manera, conocer el nombre de alguien nos echa luces de su estatus o su rango de autoridad, de su origen o su razón de vida. Y, dependiendo de que eso nos deje más o menos satisfechos, aceptaremos o no esa palabra dirigida a nosotros. Nos sucede siempre que hacemos algún trámite, que recibimos una indicación que disminuya nuestro posible accionar, que nos sintamos amenazados de recibir algún escarmiento. Pero más compensador es saberlo cuando recibimos algún beneficio, alguna dádiva, o cuando se nos concede algún favor o somos beneficiados por algún gesto que nos facilite las cosas. Nuestro sentido de agradecimiento nos impulsa a saber de quién está viniendo el beneficio para expresar nuestra gratitud. Quedamos de alguna manera en deuda con aquel que nos está favoreciendo y esperaremos a la primera oportunidad que se nos presente para compensar el beneficio que hemos recibido. Para bien o para mal, estamos marcados todos por ese deseo natural que nos lanza a conocer a nuestro interlocutor, sea porque queremos saber de dónde viene alguna indicación, sea porque queremos saber de dónde viene algún beneficio. Esta inclinación natural se exacerba aún más en la cultura oriental, de la que es natural Jesús. Conocer el nombre de alguien no es solo poder tener una manera de llamarlo, sino entrar en la esencia de lo que lo define. El nombre de alguien es una descripción de esa persona. En esa cultura cada nombre tiene un significado y expresa en cierta manera lo que esa persona tiene como misión en su vida. Desde el mismo principio, esto fue fundamental para la cultura oriental por donde empezó la revelación divina. Moisés pregunta a Dios su nombre, para sustentar sólidamente la autoridad de quien lo está enviando con el encargo de los diez mandamientos al pueblo de Israel, el elegido de Yahvé. "Yo soy el que soy", le responde Dios. Si otros sustentan su autoridad o el beneficio con el que han favorecido al interlocutor en el nombre de un tercero, Dios no necesita hacerlo, por cuanto Él mismo es ese sustento, Él es la autoridad suprema, el origen de toda limitación, de todo beneficio y de todo don que quiere que le llegue a la humanidad. No necesita sustentar su persona en un tercero.

Por ello, en la paulatina revelación que Jesús va haciendo de sí mismo, reconociendo esta necesidad de conocimiento de los hombres, va definiéndose poniéndose nombres que van aclarando su misión y que van echando luces para que el hombre comprenda mejor quién es y cuál es la tarea que ha venido a cumplir entre nosotros. Así, vemos que Jesús se define como Luz: "Yo soy la Luz del mundo", como comida: "Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo", como la razón última de la vida: "Yo soy la resurrección y la vida", como el Rey de los judíos, ante la pregunta de Pilato sobre si Él lo era: "Yo soy, tú lo has dicho, para eso he venido, para ser Rey", como la razón por la cual todo hombre debe seguirlo: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida", como el pastor que cuida de las ovejas: "Yo soy el buen pastor que da la vida por sus ovejas", como el sembrador que lanza la semilla: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre", como el dador de la savia de la vida: "Yo soy la vid, ustedes los sarmientos", como el grupo de los cristianos a los que perseguía Saulo: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues", como el preexistente eternamente: "Antes de que Abraham existiese, Yo soy"... Son infinidad de veces y de maneras en las que Jesús se autodefine y describe así su identidad y la misión que le ha sido encomendada por el Padre. Conocer a Jesús por estos nombres que Él mismo se da, por los cuales quiere darse a conocer, es quizás una de las mejores maneras de lograrlo. Un estudio de cada nombre y de cada una de las tareas que esos nombres significan, nos dan una perspectiva casi perfecta de lo que es Jesús y de su acción. Entre las imágenes quizás más entrañables para el mismo Jesús, por la carga de ternura con la que las expresa, están las que se refieren al pastoreo. Así, destaca la figura del pastor que conoce a sus ovejas y es conocido por ellas: "El que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz". Es una imagen conocida por quien está familiarizado con la vida de pastoreo. Las ovejas irán solo con su propio pastor y nunca irán detrás de uno que no es el suyo. Confían radicalmente en él y en sus manos se abandonan, pues saben que las ama y las defenderá con su propia vida.

Pero Jesús añade desde este ambiente pastoril otra imagen que se quedará grabada en sus oyentes. Ya no es solo el buen pastor, sino que es la puerta del redil. Por Él entran y salen las ovejas: "En verdad, en verdad les digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante". Él es la puerta que permitirá la entrada y la salida a sus ovejas y que no permitirá nunca que pase alguien que quiera hacerles daño. Tener a Jesús como esa puerta es asegurarse la entrada a los mejores pastos. Es una puerta que milagrosamente asegura las mejores condiciones para quien la use. No es una puerta cualquiera, sino una que transforma todo lo malo en bueno, que hace que todo sea de provecho. Detrás de esa puerta que es Jesús se encontrarán solo beneficios y nunca nada dañino. Lo que quiere es que cada uno reciba la vida que Él ha traído, y que la reciba en abundancia. Preferirá cargar sobre sus espaldas todo lo malo, con tal de que para nosotros se reserve todo lo bueno: "Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fueron ustedes curados. Pues andaban errantes como ovejas, pero ahora se han convertido al pastor y guardián de sus almas". Él alcanza para todos el más grande beneficio de la vida eterna de gozo y de amor junto a Dios Padre. Por eso, la invitación insistente de quienes se convirtieron en sus mejores anunciadores, los apóstoles, era a abrir el corazón para recibirlo y dejarse llenar de su vida: "Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para ustedes y para sus hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro". Jesús es la puerta del aprisco. Entrar por Él es estar seguros, defendidos por su amor omnipotente. Y salir desde Él es asegurarse los mejores pastos, las mejores comidas que nos darán la fuerza para encaminarnos hacia el cielo. Él es la puerta de ese cielo en el que habita Dios Padre y al que quiere llevarnos a todos para que disfrutemos a su lado del gozo de vivir en un abrazo eterno de amor y de dicha.

sábado, 2 de mayo de 2020

Solo tú tienes Palabras de Vida eterna, Jesús. Por eso me quedo contigo

Sin saber alabar serás mudo para la eternidad” - Tribuna Campeche

A medida que Jesús avanza en la revelación de sí mismo, de su persona y de su misión, necesariamente tiene que entrar en mayores profundidades del misterio que todo ello representa. Él es el Dios que se hace hombre, por lo cual no todo lo que vaya revelando tendrá fácil comprensión y por lo tanto tampoco tendrá fácil aceptación. El halo del misterio estará siempre presente y se estará haciendo cada vez más oscuro, pues profundizar en el misterio de Dios nunca será de fácil inteligencia. Aún las mentes más acuciosas, a lo largo de la historia, tendrán que llegar al momento de rendirse, sin tener todas las evidencias a la mano. Les tendrá que llegar a bastar la convicción firme del amor y el convencimiento de que toda obra y toda revelación de Dios surgen de un corazón que solo busca el bien del hombre, que solo quiere rescatarlo para tenerlo para siempre consigo, por lo que su único interés es abrirles de nuevo las puertas del cielo, que es el lugar original que le pertenecía al hombre y que había perdido por su pecado. En ese proceso de revelación, por tanto, habrá siempre zonas oscuras que permanecerán en la oscuridad y que serán iluminadas solo en el abandono de la fe y del amor, y en la confianza de que nunca podrá engañar quien ama con amor eterno e infinito. Y ese asentimiento de fe solo lo podrá alcanzar el corazón que se caracterice por la humildad y deponga actitudes de sospecha, de soberbia, de intelectualidad superlativa. Estos últimos perderán la riqueza más grande de la revelación pues confían más en sus propias convicciones que en las convicciones que pueda ofrecer el amor. Estos hombres supraracionalistas son víctimas de sí mismos y pierden el tesoro mayor, que es la posesión del mismísimo Dios, que sí entra fácilmente en el corazón de quien con humildad se ha dejado llevar por el amor y la fe, y se ha dejado conducir por la mano suave y convincente del Dios del amor. Los que mejor viven el misterio profundo de Dios no son los que se lo han llegado a explicar más sabiamente, sino los que se han dejado conquistar por el amor. La mejor convicción no es la que da el razonamiento sino la que da el amor. No significa esto que el que asiente de corazón no ha comprendido nada del misterio divino. También estos tienen derecho a conocer cada vez mejor con su mente a Dios, pero llegado el punto en el que la mente no puede avanzar más, prefieren escuchar los argumentos del amor y de la salvación.

Este proceso es el que queda en evidencia en Cafarnaúm, cuando Jesús da su famoso discurso del Pan de Vida. Habiendo previamente entusiasmado a muchos con sus palabras y sus obras, con los mensajes de amor y de la exigencia que debía cumplir cada discípulo suyo, con las obras portentosas que iba realizando a su vista, con lo cual los testigos iban entrando cada vez con más seguridad en la convicción de que Jesús era un enviado de Dios, llega un punto en esta ocasión en el que se hace necesario dar un paso más adelante. Ser discípulo de Jesús no significa sencillamente escuchar su palabra y haber sido testigo de sus milagros, sino que es algo mucho más comprometedor, pues apunta a lo esencial, es un cambio radical de esencia. De ser simplemente un hombre entusiasmado por un gran personaje, hay que pasar a ser un hombre que lo sigue tan cercanamente que se identifica con Él, que es capaz de hacerse un hombre nuevo revistiéndose de Él, buscando una identificación tan plena que ya no valora lo propio sino lo suyo, y por ello llega a hacerse uno con Él incluso alimentándose para asimilarlo y hacerse parte suya. Así lo afirma Jesús. Ser discípulo suyo significa tener el deseo de comerlo para alcanzar la vida eterna: "Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos de entre ustedes que no creen". Aceptar su revelación como el Pan Vivo bajado del cielo por el cual se tiene vida eterna, es fundamental para devenir en auténtico discípulo, por lo cual debe darse la aceptación de la invitación a comerlo: "El que come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna". Es un misterio profundo que hace incluso que algunos, por no entenderlo, pierdan el entusiasmo original y desistan de seguir siendo discípulos suyos. "'Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?' ... Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él". No fueron capaces de oír los argumentos del amor sino que se quedaron solo con la repugnancia intelectual que les producía lo que les decía Jesús: "¿Esto los escandaliza?, ¿y si vieran al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada ... Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede". Los argumentos intelectuales vienen de la carne. Los argumentos de la fe vienen del Espíritu y los hace posible el Padre. En ese proceso hay que saber cuándo seguir profundizando acuciosamente en lo intelectual y cuándo abandonarse en Dios y en su amor.

Ese momento vivido en las etapas de revelación de Jesús se conoce como "La crisis de Cafarnaún". Jesús se queda prácticamente solo con los doce apóstoles originales. Todos los demás discípulos lo dejaron. La crisis llegó a tener tal profundidad que "entonces Jesús les dijo a los Doce: '¿También ustedes quieren marcharse?'" Jesús abre las puertas para que solo queden con Él los que estén dispuestos a embarcarse en esta aventura de amor que los llevará a identificarse con Él, al extremo de estar dispuestos a comerlo para asimilarse a Él. Si no hay una comprensión total de la revelación, pide al menos que haya un abandono radical en su amor, confiando en su palabra y deponiendo actitudes de soberbia. La respuesta la da, como siempre, Pedro. Es el primero en todo, por ser impulsivo y poco racional, pero sobre todo por tener un deseo extremo de ser discípulo auténtico de Cristo y dejarse robar el corazón por el amor: "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios". No es una respuesta que indique una comprensión perfecta de lo que Jesús ha revelado, sino una confianza extrema en quien lo ha hecho. Es Jesús, ese que no ha demostrado más que amor, que no ha hecho más que obras de bien, que ha revelado sobre todo que es un instrumento de Dios que quiere derramar su corazón en el corazón de todos los hombres. ¿Cómo no confiar en Él y seguir a su lado, si todo lo que ha hecho es bueno? También esto que está diciendo, aunque no se comprenda del todo, debe ser bueno, y bueno para los hombres. Por haberlo asumido así, siguieron siendo los Doce, aunque uno sería el traidor, "pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar". Y a la cabeza de todos estuvo Pedro, el primer Papa de la Iglesia y el primero de todos los discípulos. Así lo vivió en el periodo pascual, después de la resurrección de Cristo. Hizo el primer milagro de resurrección de la Iglesia naciente, en la persona de Gacela: "Pedro, mandando salir fuera a todos, se arrodilló, se puso a rezar y, volviéndose hacia el cuerpo, dijo: 'Tabita, levántate'. Ella abrió los ojos y, al ver a Pedro, se incorporó. Él, dándole la mano, la levantó y, llamando a los santos y a las viudas, la presentó viva". Su identificación con Jesús, ese que lo invitaba a comerlo para tener vida eterna y para hacerse uno con Él, fue de tal profundidad que llegó incluso a hacer sus mismas obras. Esa revelación la hemos recibido todos. Todos estamos invitados a comer a Jesús para tener la vida eterna y para ser uno con Él. Dejémonos robar el corazón y asintamos desde la fe a esas revelaciones profundas que nos dicen quién es Jesús y nos hacen dignos de recibir todo el amor que quiere derramar en nuestros corazones.

viernes, 1 de mayo de 2020

Me has elegido para anunciarte como el Pan vivo que da la Vida al mundo

Admamontilla on Twitter: ""El que come mi carne y bebe mi sangre ...

Las verdades más profundas de nuestra fe son verdades arcanas, misteriosas y, por ello, algunas son incomprensibles del todo para nuestra mente humana tan limitada ante las verdades divinas. El solo hecho de la aceptación de la existencia de un Dios eterno e infinito, creador y sustentador de todo, omnipotente y omnisciente, absolutamente trascendente, que sin embargo se hace tan cercano a sus criaturas haciéndose uno más como ellos y queriendo habitar en ellos, requiere de un ejercicio de humildad extremo, pues es tan increíble todo que se hace totalmente imposible para un razonamiento humano ordenado y objetivo. Puede llegar a ser razonable, si llegamos a aceptar que para ese Dios nada hay imposible, pero nunca, de ninguna manera, podrá llegar a ser racionalizable. Se puede aceptar, pero jamás se lo podrá explicar satisfactoriamente. Por supuesto, cuando ese Dios se encarna en Jesús, esa enorme trascendencia divina desaparece casi totalmente, pues está perfectamente oculta en las carnes de aquel que nace de la Virgen María y convive naturalmente con los suyos por el tiempo anterior a su revelación pública, con toda normalidad. Cuando empieza a revelar quién es, empieza también el choque con la inteligencia humana que busca explicaciones y razonamientos objetivos. Es lo que sucede con los entendidos en la ley hebrea, cuando Jesús les quiere hacer entender su preexistencia. Él es anterior a Moisés y a todos los patriarcas y profetas. Ellos anunciaron su venida al mundo y hablaban con gozo del momento para ellos futuro, pero que ya estaban viviendo estos maestros de la ley. Estos, evidentemente, no podían entenderlo ni aceptarlo, y por ello lo tildaban de loco. El profundo misterio de lo que era Jesús, Dios verdadero de Dios verdadero, Dios hecho hombre como cualquiera, ese que estaba frente a ellos como un maestro de la fe, sobrepasaba sus reducidas mentes y lo único que les quedaba por hacer era acusar de absurdas tales afirmaciones. Y así como las tildaban de absurdas, igualmente en sus oyentes quedaba la sensación del absurdo en lo que enseñaba sobre la conducta y las acciones de quienes se decidieran a seguirlo: No bastaba con perdonar siete veces sino que hay que perdonar hasta setenta veces siete, hay que perdonar y amar al enemigo, hay que nacer de nuevo para recibir la nueva vida que Él venía a traer, los que sufren y los que lloran deben estar siempre muy felices en medio de su sufrimiento y su dolor, para ganar la vida hay que perderla... La verdad es que no las ponía fácil ese Dios que se estaba revelando en su humanidad como el Mesías anunciado.

Un punto culminante en esta revelación misteriosa que hace Jesús en su trayecto terrenal se alcanza en su discurso sobre el Pan de Vida que nos refiere el Evangelio de San Juan. Después de su afirmación sobre sí mismo como el Pan de Vida, "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo", se suscitó una reacción de incredulidad y de absurdo entre sus oyentes: "¿Cómo puede este darnos a comer su carne?" Era una reacción lógica en la mente de quien quiere ser totalmente objetivo. La propuesta de Jesús rayaba en lo estrambótico, por cuanto era casi una propuesta a devenir hacia el canibalismo. Comer la carne de alguien es uno de los mayores absurdos en los que se puede caer. Para cualquiera es repugnante. Quien llegara a hacerlo, como en efecto ha sucedido alguna vez, se convertiría en un criminal. Se ha justificado solo en el caso de extrema necesidad y en la búsqueda de la supervivencia, como sucedió con el equipo de deportistas en las inmensas alturas de Los Andes. Pero en una situación de normalidad es impensable y ni siquiera se puede aceptar como simple sugerencia. No obstante, la realidad es que solamente pensar que el Dios hecho hombre, quien es la suma de la inteligencia y la perfección de persona que está en sus cabales, pudiera proponer algo que va en contra del pensamiento normal de los hombres es absolutamente imposible. Si ese Dios encarnado propone algo sorprendente es porque entra dentro de todas las posibilidades. Una cosa es que esté revestido de misterio, y otra muy distinta es que sea absurdo. Por ello, antes de sacar conclusiones es mejor esperar a ver cuál es la propuesta completa y la forma de desarrollarla. Cuando Jesús se propone a sí mismo como carne para la vida del mundo, lo está haciendo muy en sus cabales. Ni está loco ni es absurdo. Es misterioso. En su infinita inteligencia ya encontrará la manera de llevarlo a cabo y hacerlo una realidad para todos. Y solo entonces se comprenderá que Él verdaderamente se convierte en el Pan vivo que ha bajado del cielo, que le ha dado el Padre al mundo para que tenga la vida, y que comerlo es el mejor regalo que se puede recibir para obtener esa vida eterna: "Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día". Un misterio grande que no por ser misterio es falso. Es una verdad inmensa. Un gran misterio que es una gran verdad y que se convierte en el gran regalo para los hombres que lo acepten.

Esas actuaciones misteriosas de Jesús no se quedan solo en el ámbito de su propia revelación, sino que van más allá, al escoger y elegir a sus discípulos. Un ejemplo claro lo tenemos en la elección de Pablo como apóstol, al cual llama en medio de una manifestación maravillosa y misteriosa. Es ya en sí misma un misterio la elección que recae sobre uno de los peores perseguidores de los cristianos. Pablo tenía fama por su ensañamiento contra los cristianos. Celoso judío y fariseo no se quedó solo en la censura de aquellos que abandonaban el judaísmo para seguir a Jesús, sino que tomó cartas en el asunto para perseguirlos y ponerlos en las manos de sus ejecutores. Pero es en este en quien se fija el Señor pascual: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?'. Dijo él: '¿Quién eres, Señor?'. Respondió: 'Soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer'". Es ciertamente una elección sorprendente, por cuanto esta hubiera podido recaer en otro o en otros que ya eran fieles seguidores de Jesús, de su amor, de su redención. Podemos pensar que Jesús no sigue nuestra lógica, sino la de Él, que es la lógica misteriosa del amor. "Mis pensamientos no son sus pensamientos, mis caminos no son sus caminos", ya nos ha dicho Dios anteriormente. Los mismos discípulos de Cristo en Damasco se sorprenden ante esta elección que ha hecho. Ananías argumenta ante Jesús: "Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén, y que aquí tiene autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre". Pero para el Señor esos argumentos no tienen fuerza, pues ya la elección estaba hecha. Pablo ha sido el elegido para obras grandes. Su mismo celo por el judaísmo lo mutará en celo por dar a conocer a Jesús a todos los que no son de Israel y a los mismos israelitas: "Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre". Ese misterio que es Dios será anunciado a todos los hombres por estos elegidos de Jesús. El "absurdo" divino tendrá en ellos a sus principales aliados. Ese "absurdo" será la salvación del mundo. Por ese "absurdo" somos salvados tú y yo. Y Jesús quiere hacernos a nosotros también instrumentos que hagan llegar su misterio de amor y de salvación a todos los hombres. Nos quiere hacer caer en nuestro camino, como a San Pablo, para llamarnos y elegirnos, para que seamos anunciadores de la salvación y la vida que quiere que todos tengan al comer su carne y beber su sangre.