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martes, 5 de mayo de 2020

Llamarme cristiano me conecta contigo, Cristo, y me compromete

Vatican News - EVANGELIO DE HOY: MIS OVEJAS ESCUCHAN MI... | Facebook

Muy pocas veces en la Sagrada Escritura se le reconoce a alguien su bondad. Es una curiosidad, por cuanto que al ser un instrumento de la revelación de Dios debería darse ese reconocimiento con mayor profusión. Pero también es natural que así suceda, pues esa misma revelación de Dios se da en medio de un mundo en el que reina la maldad y busca la conversión de los malos en medio de un continuo luchar y enfrentarse con las fuerzas que se le oponen. La consideración de hombre "justo", es decir, santo, se da solo a dos personajes. Uno es José que, "por ser un hombre justo, decidió repudiarla en secreto (a la Virgen María, al enterarse de su embarazo)". Y el otro es Bernabé "por sobrenombre Justo". Una persona justa, en lenguaje bíblico, no refiere solo a quien guía su vida por los senderos de la justicia como virtud humana, que invita a dar a cada quien lo que le corresponde, sino que por encima de todo pone en las manos de Dios toda su vida, por considerar que la mayor justicia que hay que cumplir es la de corresponder a todas las bondades divinas poniendo en sus manos toda la vida propia. Por ello se es inmensamente justo, y en consecuencia, santo. El justo jamás hará algo malo, pues en su esquema vital será ir contra lo que le corresponde a Dios, que es solo lo bueno. Pues bien, los apóstoles, al enterarse de que en Antioquía se estaban dando conversiones de gentiles que iban aceptando a Jesús como su Redentor, deciden enviar a Bernabé a verificar esos hechos. Bernabé es considerado apóstol de la segunda generación, pues no perteneció al grupo de los Doce elegidos por Jesús. Hay quienes lo consideran integrante de aquel grupo de 72 que fueron enviados por Jesús en algún momento a anunciar la llegada del Reino de Dios. Lo cierto es que los apóstoles lo consideran suficientemente preparado y revestido con suficiente autoridad como para encargarle esa misión. Su bondad natural y la capacidad que consideran ellos que tiene, son suficiente aval para dejarlo en sus manos: "Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe". Bernabé era un hombre bueno y estaba lleno de Espíritu Santo y de fe, y desde esas cualidades es capaz de juzgar como maravilloso lo que estaba sucediendo entre los griegos. Había que dar por bueno su dictamen.

En esa Iglesia de Antioquía se dio un crecimiento inusitado de creyentes. Fue una Iglesia con peso propio y que dio luego innumerables frutos al cristianismo. De alguna manera, pasó a ser referente de fe para muchos, sobre todo para los cristianos que venían del paganismo griego. Después de verificar ese desarrollo que se estaba dando allí y de bendecirlo, Bernabé sale en busca de Saulo y lo trae a Antioquía para consolidar esa Iglesia que estaba naciendo: "Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e instruyeron a muchos". De tal manera fue bueno el trabajo de quienes sembraron la semilla de la fe en esas tierras, que se hizo necesario dar una carta de identidad a ese grupo de creyentes de crecía tanto: "Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos". Allí nos dieron nuestro carnet de identidad, y fue allí donde se nos hizo el mayor de los reconocimientos que se nos pudo haber dado. "Cristianos" hace referencia a nuestro origen. La raíz de ese nombre es el mismo Cristo. El que se nos llame así, en un reconocimiento implícito de ser seguidores de Jesús, es el mejor regalo que se nos puede hacer. Nos identifica con el Maestro y nos conecta directamente con Él. Es nuestra mayor dignidad, como lo reconoció el gran Papa San León Magno: "Reconoce, oh cristiano, tu dignidad y, ya que ahora participas de la misma naturaleza divina, no vuelvas a tu antigua vileza con una vida depravada. Recuerda de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro". Nuestro nombre de cristiano nos dice de dónde venimos, la condición de novedad de vida en la que estamos, la dignidad con la cual vivimos en este mundo, la vida de fraternidad que debemos apreciar y llevar a cabo con todos los que llevan nuestro mismo nombre y con todos los hombres, la transformación en novedad absoluta que debemos procurar que se dé en nuestro entorno, y la meta a la que estamos llamados que es a la felicidad de los hijos de Dios en la eternidad. No es, por lo tanto, simplemente una manera de llamarnos, sino algo que nos identifica, que nos dice cuál es nuestra esencia, el compromiso al que estamos llamados al llevar ese nombre. El que seamos reconocidos como cristianos, además de ser un gran orgullo para nosotros, debe hacernos sentir la profunda responsabilidad que tenemos en un mundo que exige cada vez más la presencia de esos cristianos que han entendido lo que son y que procuran que sea siempre nuevo, con la novedad del amor.

El cristiano es quien tiene como sustento principal de su vida a Jesús. Él es esa "piedra angular" sobre la que se sustenta la propia vida. Es la roca que hace inconmovible la casa, pues ha sido construida sobre Él. Al reconocer a Jesús como el sustento de su vida, lo reconoce también como el que le da sentido a todo. Nada de la propia vida tiene sentido sin la presencia de Jesús. Él le da color, sustancia, dirección, contenido. Hacia Él está dirigido cada esfuerzo y cada palabra. Absolutamente todo lo cotidiano, lo que en general debe ser realizado en una vida normal y corriente, se hace bajo la inspiración y la motivación de Cristo. De esa manera, si la vida tiene su sustento en Jesús, se hace totalmente cierta la afirmación de San Pablo: "Vivo yo, pero ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí". En ese sentido, el cristiano es el que ha permitido que Cristo invada todo su ser y sea su motor vital. Ha resuelto en su abandono la gran duda que tuvieron algunos delante de la figura de Jesús y de sus obras: "¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente". Aquellos hubieran querido dar el paso definitivo de dejarse invadir por Cristo, pero querían tener una absoluta seguridad para hacerlo. La respuesta que les da Jesús es la perfecta descripción de quién es y de lo que pretende: "Se lo he dicho, y no creen; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno". Aceptar a Jesús, para ser verdaderamente cristianos, es aceptar esta descripción que Él hace de sí mismo, identificándose plenamente con el Padre, haciéndose uno con Él. Es hacerse miembro del rebaño de Jesús, uno más de sus ovejas, procurando conocerlo perfectamente y dejándose conocer en lo más profundo de nuestro ser, siendo totalmente transparentes, sin resquicios ni ocultamientos, sabiendo que en Él está la vida y lejos de Él está la muerte. Es aferrarse de tal manera a su mano que jamás podamos ser arrebatados de ella. Saber que de Él viene nuestra savia y podremos vivir cada instante de nuestra vida en la alegría de sabernos suyos y de estar caminando hacia una eternidad que con Él será siempre de felicidad y de amor eternos. 

domingo, 11 de mayo de 2014

Un Pastor bueno de verdad...

La figura del Pastor es una de las figuras más entrañables que usa Jesús para definirse a sí mismo. En el pueblo de Israel era una de las figuras más conocidas, por cuanto el pastoreo era de las profesiones comunes que se ejercían. Desde la época en que eran nómadas en el desierto, los pastores se encargaban de atender a los rebaños de animales que les servían de alimento a todos los miembros del pueblo. Desde el principio, el pastor era muy apreciado. Recordemos que el libro del Génesis coloca el ser pastor como la primera actividad laboral, junto a la de agricultor. Caín y Abel eran, uno, agricultor, y el otro, pastor. Por una razón misteriosa -seguramente basada en la intención pura de corazón en las ofertas-, Yahvé prefirió los sacrificios de Abel por encima de las dádivas de Caín, por lo cual éste sintió celos de su hermano pastor y llegó incluso a asesinarlo. De alguna manera, podemos decir que el pastoreo era de las labores preferidas de Dios desde el principio...

Tiene mucho sentido que Jesús se identificara con ella... El pastor tiene una identificación extrema con su rebaño. Y no con el bulto, con el conglomerado, sino con cada una de las ovejas del rebaño. La misma descripción que da Jesús sobre la relación entre las ovejas y el pastor, habla ya de una relación que va más allá de la simple conducción. Es una relación de intimidad en la que ambos se reconocen mutuamente, confían radicalmente, se abandonan sin ocultamientos uno en el otro... "Las ovejas atienden a sus voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz". Era normal que en un mismo aprisco convivieran rebaños pastoreados por pastores diferentes. Por ello, dice Jesús que el pastor conoce "a las suyas", y "las suyas" lo conocen a él. Las llama por el nombre, lo cual sugiere que el pastor ponía nombre a cada una, y que cada una se reconocía en el nombre que les había puesto el pastor y por el que las llamaba...

Ese es Jesús. Para Él cada uno de nosotros es una individualidad a la que convoca. No somos una masa informe, sino personas que conforman una comunidad que es el rebaño, a las que convoca para que sigan siendo suyas. Día a día nos llama por nuestro nombre y nos saca del aprisco para conducirnos "hacia fuentes tranquilas" y hacernos recostar "en verdes praderas"... La función del pastor es múltiple, y Jesús la cumple a la perfección. Por un lado, conoce a cada oveja que le pertenece, se gana su confianza, se hace el verdadero líder... De no ser así, no tendría nada que hacer. Ese hacerse conocer es el paso fundamental para poder ejercer de pastor. Las ovejas deben saber que el pastor es de confianza, que hace cualquier cosa que sea necesaria para resguardar el rebaño. Jesús se ha dado a conocer a cada hombre y a cada mujer de la historia, y les ha dicho, con sus palabras y con sus obras, lo que es capaz de hacer por cada oveja de su rebaño. No dejará de hacer nada de lo que sea necesario para que las ovejas estén bien. Hasta entregar la vida en el extremo del amor...

El pastor conduce a las ovejas por los caminos que cree son los mejores. Donde hay buenos pastos, agua fresca, tranquilidad. Donde no hay peligros ni asechanzas de los malos que quieran venir a destruir o a robar alguna oveja. El pastor conduce por caminos de paz y de sosiego. Y de presentarse algún peligro, se interpone para que ese peligro no alcance ni dañe a ninguna de las ovejas. Eso fue lo que hizo Jesús. Nos convocó a los caminos de la paz y la fraternidad, nos llamó a la vida fraterna y de solidaridad, particularmente con los más débiles y humildes, con los sencillos y los más pequeños. Y se colocó en medio cuando llegó el momento de salir a dar frente al demonio, muriendo Él en vez de todos aquellos a los que venía a buscar la muerte. Murió en vez de las ovejas que debían morir. Y cuando vio que una oveja necesitaba de mayor amor, no dudó en dárselo. Sale en búsqueda de la oveja perdida, pues es ella la que más necesita sentirse amada. A todos nosotros, los que estábamos perdidos, salió a buscarnos y nos hizo sentir su infinito amor...

Pero Jesús, además de pastor, es la puerta del aprisco. Por Él se entra a la vida... "Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos". El Buen Pastor es quien da la entrada y la salida necesarias a cada oveja del rebaño. Entrar y salir por Jesús, que es la puerta, significa tener segura la vida, los buenos pastos, el agua fresca, la vivencia del amor y de la fraternidad. No hay posibilidades de entrar o de encaminarse a buenas tierras si no se pasa por la puerta que es Jesús... Quien lo asume a Él como a su Buen Pastor y su Buena Puerta, tendrá la salvación. Él no dudará jamás de hacer lo que hacen los pastores: conducir, resguardar, llevar a los buenos pastos y a las aguas refrescantes, defender de los peligros y hacer reposar buenamente. "Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas". Haberlo tenido a Él, y seguirlo teniendo como Buen Pastor y Puerta, es lo mejor que nos puede haber pasado. Ha ofrecido su vida por sus ovejas y nos ha dado la vida que nunca imaginamos, que ni siquiera nos merecíamos. "El Buen Pastor da la vida por sus ovejas". Y ese es Jesús, el Pastor que Dios ha querido para su rebaño y quien ha llevado a plenitud la obra de nuestra conducción a los pastos celestiales en los que nos encontraremos con el Padre del Amor y de la Vida...