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sábado, 30 de noviembre de 2019

Soy discípulo tuyo para ser tu apóstol

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San Andrés, hermano de San Pedro y apóstol de Jesús, fue, junto a su hermano, el primero de todos los convocados por Cristo a pertenecer a ese grupo privilegiado de doce que llamamos Apóstoles. La palabra apóstol designa al que es enviado. Estrictamente hablando habría que decir que este grupo de doce que conformaban los convocados por Cristo para ser sus compañeros de camino, en un primer momento son, realmente, llamados, elegidos, hechos discípulos, y no es sino hasta el final del periplo terrenal de Jesús cuando se convierten verdaderamente en apóstoles, es decir, en enviados a anunciar la Buena Nueva de la Redención. Es un grupo que existe por una expresa voluntad del Señor de crear a este grupo de seguidores que serán testigos de todas sus acciones, presenciarán todas las maravillas que va a realizar y escucharán todas las palabras que va a pronunciar. Irán adquiriendo con esta experiencia todo un patrimonio que les pertenecerá y del cual tendrán que dar testimonio cuando les toque su turno al ser enviados. Sin Jesús son nada. "Llamó a los que quiso para que estuvieran con Él", es una traducción que no hace justicia a lo que estrictamente encierra esta frase. En el espíritu de lo que realmente se quiere significar, tendría que decirse: "Creó a los que quiso para que existieran con Él". Es un grupo que ha creado Jesús para sí, y sin su presencia en medio de ellos, en la esencia fundamental de la existencia del grupo, simplemente no existirían. Existen porque Él los creó y existirán solo en la medida en que el mismo Jesús esté en ellos.

Pensar en ello es percatarse, en primer lugar, de la importancia del discipulado. Es absurdo pensar en la condición de apóstol sin que exista previamente la condición de discípulo. El apóstol es quien comparte su condición de discípulo, su experiencia personal de Cristo, quien es capaz de hablar de su propia experiencia de amor y de salvación con alegría, ilusión y esperanza. Esto no se aprende en los libros o se vive solo en la inteligencia, sino que se da en el día a día del encuentro con el amor. El apóstol habla de su vida, no de memoria, sino de historia personal. "Lo que hemos visto y oído, eso les anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros: y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo". Es la dignidad máxima de haber sido elegidos, por encima de las cualidades o defectos propios, para ser en primer lugar testigos y luego apóstoles. En la elección no pesa lo que se es, sino lo que está en el corazón de Dios. No son las cualidades las que hacen que Cristo elija, sino el amor que Él tiene al que elige y a aquellos a los que van a ser enviados como receptores de la obra de salvación. El encuentro del elegido con el Señor es fundamental para que pueda ser luego anunciador de su persona y de su mensaje. Debe darse una transformación, el discípulo debe dejarse hacer un hombre nuevo, debe dejar atrás su condición antigua de hombre viejo, para pasar a ser un hombre totalmente renovado en el amor, redimido y pleno de la gracia divina y de amor por los hermanos, a los que querrá hacer llegar esa salvación, en lo cual estará su dicha y su plenitud: "Les escribimos estas cosas para que nuestro gozo sea completo".

Es tal la dignidad del discípulo que es considerado por el Señor suficientemente confiable para poner en sus manos su misma obra de salvación. Aquello que logró Jesús con su entrega, en su itinerario cotidiano, en su pasión y en su muerte, es puesto en las manos del discípulo con la encomienda de hacerlo llegar a sus hermanos. Es hecho apóstol, enviado a llevar la salvación alcanzada por Jesús a todos los hombres. "Vengan y síganme, y los haré pescadores de hombres", es decir: "Ustedes harán lo mismo que he hecho yo, mi misión la dejo en sus manos". Es una inmensa responsabilidad la que corresponde al enviado. El apóstol tiene en sus manos la vida de sus hermanos. Y no tiene derecho a convertirse en dique de esa gracia y de ese amor que Jesús quiere que llegue a todos. "¿Cómo van a invocarlo, si no creen en él?; ¿cómo van a creer, si no oyen hablar de él?; y ¿cómo van a oír sin alguien que proclame?; y ¿cómo van a proclamar si no los envían?" Es la delicada misión que corresponde a todo el que quiere ser apóstol de Cristo. Nada más y nada menos que la salvación de sus hermanos. No existe responsabilidad mayor. Pero tampoco existe tarea más sublime. La alegría del cristiano es hacerse portador de la salvación de Jesús. El apóstol se hace anunciador de Jesús, de su persona, de su mensaje, de su salvación, acunado en los brazos de quien lo elige y envía, y vive su compensación máxima llevando el Evangelio a los demás con alegría y esperanza. Por eso su misión es tan delicada y tan feliz. Es portador de Jesús porque lo vive en lo más íntimo de su corazón. Ama y es amado. Lleva la salvación y es salvado. Presenta a Jesús y lo tiene llenándolo de amor en su corazón. Por eso, ante la tarea que cumple, no cabe otra expresión que la del reconocimiento de la belleza de su labor: "¡Qué hermosos los pies de los que anuncian el Evangelio!"

lunes, 28 de octubre de 2019

Te conozco y te amo, Jesús, te sigo y te doy a mis hermanos

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Ser apóstol de Jesús es ser enviado por Él. Cada uno de los doce apóstoles fue elegido expresamente por Jesús para ser discípulo suyo, para escuchar sus enseñanzas, para ser testigo de sus obras maravillosas y para luego transmitirlas a todos los hombres. El ser apóstol requiere en primer lugar el ser discípulo de Cristo. No es lo mismo ser discípulo que ser apóstol, aun cuando muchas veces ambas cualidades pueden llegar a identificarse. Ser discípulo es absorber todas las enseñanzas del maestro y asimilar sus actitudes y conductas, para reproducirlas en la propia vida. Cuando Jesús elige a quienes serán luego sus apóstoles, lo hace al inicio de su ministerio público, pues pretende que en ese tiempo de su acción concreta estos escuchen, acepten, asimilen y se adhieran de corazón a sus enseñanzas y conductas. Solo después podrán ser enviados para que sean anunciadores de la nueva realidad que traía Jesús. De esta manera, ser discípulo es temporalmente anterior al ser apóstol. Solo se puede ser apóstol, es decir, solo se puede ser enviado, si antes se es discípulo, habiendo transformado la propia vida a la luz de lo que se ha vivido con el maestro. No se puede pretender ser apóstol si aquello a lo que se es enviado a anunciar no ha transformado la propia vida, no la ha hecho ser una vida nueva, traspasada por la novedad radical del Evangelio que vino a proponer y a establecer Jesús.

El apóstol pasa tiempo con su maestro, y le saca todo el provecho. Esta condición es indispensable. Quien quiere ser de verdad apóstol de Jesús necesariamente debe pasar tiempo con Él. No es un tiempo perdido, pues eso luego tendrá una consecuencia muy positiva. Se presentará la figura de Aquel a quien verdaderamente se conoce. No se estaría hablando de un personaje a quien se conoce por informaciones técnicas, por la lectura de una muy buena biografía, por las noticias que llegan de Él. Hay quien puede tener muy buena información de Cristo pues ha leído muchos escritos sobre su vida y obras, pero no puede ser realmente apóstol pues no ha hecho vida en sí mismo todas sus enseñanzas y actitudes. Su conocimiento es vacío, impersonal, no lo implica ni lo compromete. No ha sido discípulo antes que apóstol. Por ello hay que estar con Jesús, dejarse cuestionar, iluminarse con su palabra, sentirse comprometido en sus obras, descubrir todas sus actitudes y desear hacerlas propias, para luego sentirse enviado por Él para llevarlo al mundo. El contacto con Jesús debe ser un contacto vivo, vivificante y vivificador. Ese contacto personal no se reduce solo al pasar tiempo con Él. Eso hizo Judas Iscariote, exactamente en la misma medida de los otros once. Además de pasar el tiempo con Jesús se debe vivir ese tiempo como un tesoro precioso que no se puede desperdiciar. Debe ser un tiempo en el que se sienta que se ha obtenido algo, que ha habido una riqueza recibida y aprovechada, pues algo ha cambiado en uno. Ese contacto personal y enriquecedor se da principalmente en la oración, en la que se da el mejor conocimiento de Jesús, pues se entra en la dinámica del intercambio de amor entre el maestro y su discípulo. El mejor conocimiento de cualquiera se da en el intercambio del amor. Solo el amor nos descubre lo más íntimo del otro, su ser más profundo, y solo él nos hace entrar en la misma onda. El amor nos hace iguales, nos hace asimilar del amado lo mejor que tiene, lo que lo identifica más profundamente. Lo hago muy mío, por cuanto lo considero una riqueza nada despreciable, y por eso me hago igual a quien amo. A esto se añade el acercamiento cordial a los Evangelios, en los cuales descubro, más que noticias de Jesús, su propia persona, la riqueza de su ser y de su mensaje.

El discípulo hace su mejor esfuerzo por conocer a su maestro. No desdeña el tiempo que pasa con él, sino que sabe que cada instante es una oportunidad que se abre para obtener más riquezas. Ese conocimiento desemboca en un amor más sólido. Quien conoce, puede amar. No se puede amar lo que no se conoce. Por eso, si realmente se quiere amar a Jesús hay que conocerlo bien. Y si se le quiere amar cada vez más, hay que conocerlo cada vez más. Muchos no aman a Jesús porque no lo conocen. Sin duda, si conocieran realmente a Jesús, hace tiempo ya se habrían dejado conquistar sus corazones por Aquel que los ama más de lo que ni siquiera se pueden imaginar. Quien ama y se sabe amado, es capaz de emprender un camino de seguimiento radical, en el que todo pasa a tener un lugar supeditado al amor que se vive. La realidad del amor vivido y correspondido embarga todo el ser, todos los pensamientos, todas las actitudes y conductas. La vida se hace transcurrir condicionada en todo por el amor que le da forma y energías. El seguimiento de Jesús se hace norma de vida. Y todo se redirecciona para que confluya en la experiencia vital del amor a Él. Ese amor no lo saca de su realidad, haciéndolo vivir en un mundo de utopías absurdas, imaginarias o ilusas. Es un amor que lo hace pisar más firmemente en su propia realidad, lo compromete más con ella, y busca cumplir con  ese compromiso procurando que se dé en ella una presencia más determinante de aquel amor que lo quiere transformar todo. Hacerse instrumento del amor, es decir, hacerse apóstol, lejos de apartarme del mundo, me incrusta esencialmente en él, pues la misión del apóstol es ese mundo que Jesús le pone como tarea: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación". La realidad del apóstol ha adquirido un color universal, el del amor comprometido por el mundo, el de la edificación del Reino en todas las realidades: "Ya no son ustedes extranjeros ni forasteros, sino que son ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular".

A esa edificación construida sobre los primeros apóstoles y los profetas estamos llamados todos. Somos cada uno parte de esa construcción: "Por él (por Jesús) todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también ustedes se van integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu". Integrarse en la construcción es hacerse miembros vivos y activos del mismo edificio de Dios que es la Iglesia. Ella va recorriendo las mismas rutas del mundo para ir colocando el Evangelio como alfombra por la cual va recorriendo sus huellas la historia del hombre. Y esa Iglesia somos cada uno de los enviados de Jesús. A nadie más le corresponde esa tarea de colocar la Buena Nueva del amor y de la salvación al alcance de todos los hombres. La noticia del amor de Jesús la deben dar quienes lo viven con la máxima intensidad. Nuestra misma vida debe ser anuncio del amor de Jesús que está en nuestros corazones. La transformación a la que invitamos debe ser descubierta por todos como un hecho verificado en nosotros. Nuestra conversión continua debe ser evangelización continua. Es en nuestras vidas donde se leerá el mejor Evangelio del amor. La mejor manera de ser apóstoles de Jesús es hacer que lean en nuestras vidas nuestra experiencia personal de amor y de renovación radical. Que vean que vivimos convencidos en el amor, en la fe, en la esperanza. Que sepan que para nosotros nuestra experiencia de amor de Jesús no es un mero ejercicio intelectual, sino que por ella, hemos hecho de nuestro mundo una realidad mejor, una presencia de gracia, de paz, de santidad y de justicia enriquecedora, una convicción personal de solidaridad con los hermanos, principalmente con los más necesitados, una asunción del compromiso por un mundo mejor, más humano y más cristiano, de progreso y fraternidad real.

Jesús "llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles... Bajó del monte con ellos y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón". Podemos pensar que nuestros nombres están también en esa lista de convocados por Jesús y posteriormente enviados al mundo a proclamar su mensaje de amor y a llevar su obra de salvación a todos. Hemos sido hechos sus discípulos y hemos sido enviados como sus apóstoles. El mundo está en nuestras manos. El mismo Jesús lo ha colocado allí como tarea obligatoria para cada uno de nosotros. Él "bajó del monte con ellos", es decir, no quiso mantenerlos en la montaña, separados del mundo. Quiso involucrarlos directamente en su obra en favor del mundo. Cuando bajó, "venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos". Y Jesús quiso que esa obra fuera presenciada por los que luego serían sus apóstoles. Es la misma obra que le correspondería hacer luego a ellos. Para eso fueron hechos testigos: Para saber qué era lo que debían hacer cuando ya el Maestro no estuviera con ellos. A nosotros, nuevos discípulos y apóstoles de Jesús, también convocados por Él, nos corresponde la misma tarea: Hacer presente a Jesús, llevar su amor a todos, anunciarles la salud y la salvación. Decirles a cada uno que Jesús los ama infinitamente, como ven que nos ama a nosotros, y que se deben sentir tan arrebatados por ese amor, como nos ven arrebatados a cada uno de nosotros.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Si amas, ya eres apóstol

Un apóstol es un enviado de Jesús. Es quien recibe directamente la orden de Cristo de anunciar su nombre a los hermanos, de hablarles de su amor, de su obra redentora, de su entrega hasta el final para rescatarnos de la muerte que nos correspondía, muriendo Él en vez de nosotros. Jesús tuvo en sus apóstoles a los hombres que le fueron más cercanos. Los eligió desde un principio de su manifestación pública para que fueran testigos de todas sus palabras y de todas sus obras, de modo que al ser enviados al mundo "a anunciar la Buena Nueva", tuvieran la experiencia personal de lo que iban a transmitir. De este modo, debe entenderse que el apóstol no es simplemente alguien que da una noticia, como si fuera un noticiero ambulante, sino que es alguien que transmite una experiencia, que habla desde su corazón, que habla de lo que ha vivido y sentido, que busca hacer de todos la riqueza que está viviendo en sí mismo...

Cada uno de los enviados de Jesús lo entendió así. Sólo Judas Iscariote, el traidor fue capaz de mantenerse en su negativa, a pesar de haber tenido la misma experiencia de los otros once. Es impresionante pensar en la ofuscación que tuvo que haber vivido Judas para obcecarse de tal manera, pues él, como todo lo demás, tuvo las mismas experiencias, escuchó las mismas palabras, presenció las mismas maravillas y milagros de Jesús. Y aún así, se mantuvo obstinadamente en su intención traidora. Incluso en el extremo de su afirmación traicionera, ni siquiera tuvo el valor de volver su cara a Jesús y a su misericordia, sabiendo que esa era su esencia, cuando se arrepintió de haber hecho lo que hizo. Prefirió la caricia asesina de la cuerda con la que se ahorcó, que la de las manos misericordiosas y tiernas de Jesús que jamás hubiera dejado de perdonarlo. Lo hizo expresamente desde la Cruz cuando dijo: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen"... Pero ese perdón, aun habiendo sido ya dado, no fue recibido, por lo que no se hizo efectivo... La muerte de Judas Iscariote planteó a los apóstoles la necesidad de completar el número de doce representativo que había fijado Jesús en el grupo de sus íntimos...

El sustituto de Judas tenía que ser uno que hubiera sido testigo como ellos...Pedro toma la palabra y dice: "Hace falta, por tanto, que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompañaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús, desde que Juan bautizaba, hasta el día de su ascensión". Matías no fue de los doce, pero sí fue de los discípulos que se entusiasmaron con la figura, el mensaje y los portentos de Jesús desde el inicio de su obra redentora. Pienso, incluso, que su seguimiento de Jesús, atreviéndome a hacer una afirmación muy osada y seguramente equívoca, fue muy pura, muy desinteresada, pues a pesar de no haber sido llamado directamente por Jesús, sí se sintió convocado por su amor. Y por eso lo siguió entusiasmado por tanto tiempo... "Matías" significa "regalo de Dios", "don de Dios", "hombre de Dios". No dudo en afirmar que Matías fue el regalo que Dios tenía reservado para consolar al grupo de los apóstoles ante la pérdida de uno de ellos... Ese regalo de Dios fue para los apóstoles, pero también lo fue para el mundo. Un nuevo apóstol, que había sido conquistado por el amor de Jesús y que había sido testigo de todas las maravillas de Cristo, para comunicarlas como experiencias propias a los demás...

Y es que el apostolado no se concibe sin la vivencia del amor. Apóstol y amor son palabras que jamás pueden ir separadas. Las palabras de Jesús llaman a la vivencia del amor como esencia propia de sus seguidores: "Como el Padre me ha amado, así los he amado yo a ustedes; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor". Ser de Cristo es vivir en el amor. No es posible vivirlo de otra manera. Quien no ama no es de Cristo. Quien se empeña en guardar rencores u odios, quien está siempre maquinando venganzas y retaliaciones, quien está siempre excluyendo y humillando a los demás, no puede jamás llamarse discípulo de Cristo. Hay quienes prefieren mantenerse en los sentimientos excluyentes que ser realmente de Cristo. Sólo verán satisfechas sus pretensiones cuando vean saciadas su hambre y su sed de venganza. Asesinan en sí mismos su condición de cristianos... Así nunca serán verdaderos anunciadores de Jesús, pues la gran novedad de Cristo, el amor, la están dejando por fuera...

La elección de Cristo se da sobre el amor que tiene a los hombres y sobre el amor que quiere que cada uno viva por los demás. No hay otro camino para el apóstol. Jamás será buen apóstol quien no ame a sus hermanos. Ese amor será el mejor acicate para querer su mejor bien, su salvación. Será el motor para hacer que todos experimenten el mismo amor que vive. De lo contrario, simplemente será un programa, un proyecto, que se estará llevando a cabo. Lo más importante del apostolado es la transmisión de la propia experiencia de amor. Si no es así siempre será vacío, y se estará transmitiendo simple ruido... San Pablo lo entendió perfectamente: "Si no tengo amor, soy como una campana que suena"...

Al contemplar la figura de Matías, sintámonos llamados nosotros mismos por Jesús. También, como Matías, somos "regalo de Dios" para el mundo, para transmitirles ese amor que vivimos. No somos simples "ejecutivos de la fe", somos apóstoles de verdad. Tenemos la tarea de hablarles a todos de nuestra experiencia de salvados y de amados,.de lo que sentimos en nuestro corazón para que ellos lo sientan igualmente. Tenemos que ser capaces de repetirles a los hermanos las mismas palabras que Cristo dijo a sus apóstoles: "Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y esa alegría llegue a plenitud". También llegará la nuestra a esa plenitud, pues estaremos cumpliendo con el mandato del amor, que es el más suave y tierno que jamás podremos estar obligados a cumplir...

lunes, 28 de octubre de 2013

Elígeme a mí...

Cada vez que celebramos la fiesta de algún apóstol, debo confesar que me entra una envidia santa inmensa... El privilegio que ellos vivieron al ser testigos de primera línea de Jesús, oyendo cada una de las palabras que pronunció, siguiendo los mismos pasos que Él siguió, pisando las mismas huellas que dejó, viendo las maravillas que realizó en cada uno de sus milagros... ¡Tuvo que haber sido una experiencia que los marcó...! Por supuesto, se explica luego que ellos hayan sido fieles -menos uno, lamentablemente- hasta el final, entregando sus propias vidas por anunciar el mensaje de salvación del cual ellos mismos habían sido testigos...

Me gusta imaginarme los tiempos "normales" que vivieron los apóstoles con Jesús. Esos de los cuales no queda memoria en los Evangelios, que, por otro lado, tuvieron que haber sido lógicamente muchos más que los conocidos. Lo que nos relata el Evangelio en sus cuatro versiones, si lo concentráramos en una línea temporal continua, quizá no llegue a un mes... Y no es tan grande el esfuerzo que hay que hacer para imaginarlos, pues se trata de una vida cotidiana, que cobraba aspavientos sólo cuando se trataba de un gran discurso o de un milagro o de un enfrentamiento -tan frecuentes- con los fariseos o los detractores de Jesús...

Cierro los ojos y me imagino a Jesús en casa de su Madre María, visitándola con sus nuevos amigos, los doce, a los cuales invitó a comer un día, sorprendiendo a la pobre mujer con ese regalito en el que debe ingeniárselas para poder satisfacer a todos... Y en esa visita, hablando con todos, pendiente de lo que hace su mamá, quizás sentado a las puertas de la casa, escuchando los chistes o las bromas o los pesares o los reclamos de los doce... Queriendo ser todo para todos. Y descubro a Jesús que escucha con atención lo que dice alguno, sonriéndose a lo mejor de sus ocurrencias, sorprendiéndose de que no haya entendido alguna cosa de su mensaje que estaba tan claro, interesándose en lo que decía alguno sobre su familia o sobre los de su casa o sobre algún amigo... Todo esto, mientras espera que la comida esté lista. Luego, gustando de lo sabroso que ha preparado María, alabando su buena mano, y viendo cómo los apóstoles hambrientos dan buena parte de todo... Pensar en esas cosas cotidianas es verdaderamente entrañable... Jesús fue el Dios que se hizo hombre, y que haciéndose hombre quiso asumir todo lo bueno de lo humano: la familia, las amistades, los momentos entrañables... ¡Y cada uno de los apóstoles fue parte de eso!

Estoy seguro que Jesús disfrutó al máximo su ser hombre. Gozó cada momento, bueno y malo, pues era la experiencia que tenía cada uno de sus amados, aquellos a los que vino a rescatar. Quiso entrar en lo más profundo de su experiencia vital para asumirlo plenamente. Conociéndolo, podía verdaderamente hacerse el Redentor. Por eso, atendiendo a lo que dijo San Ireneo, si "lo que no es asumido, no es redimido", Jesús tuvo que asumir cada risa, cada carcajada, cada caricia, cada lágrima, cada dolor, cada caída, cada logro, de aquellos a los que vino a redimir. Y, evidentemente, en lo humano, este conocimiento fue más concreto en los que estaban con Él, acompañándolo en esa aventura salvadora que había emprendido.

Imagino que el haber convivido por tres años, sirvió para que Jesús profundizara en el conocimiento de cada uno y del grupo... Era importante para Él ese conocimiento, pues ellos serían los que se encargarían luego de ser transmisores de lo que quería hacerles llegar a todos los hombres... No para rechazar las peculiaridades que tuvieran, sino para aprovecharlas y ponerlas bien encaminadas a la misión que debían cumplir en el futuro... Eso significaba que, además de sus relaciones generales con el grupo, en aquellas reuniones en las que se encontraban después de la jornada del día, contándose sus experiencias si no habían estado juntos, Jesús tenía que tener encuentro personales con cada uno...

Esos encuentros tenían que ser como direcciones espirituales del que era el Maestro. Interesándose personalmente por lo que había en la mente y en el corazón de quien estaba hablando con Él, escudriñando en sus motivaciones más profundas, tratando de descubrir sus temores y sus seguridades, invitándolo a superarse apoyándose en la Gracia y en el amor de Dios, dándole consejos para enfrentar mejor una situación particular en la que se encontrara, animándole a dejarse llevar de la alegría de estar con Dios y de vivir según lo que Él le pide...

Y me pongo yo entre ellos... Y es allí donde la santa envidia se hace más fuerte... Quiero estar con Jesús en la casa de su mamá María, disfrutando de esos momentos de intimidad, saboreando la comida que Ella prepara para su Hijo, para sus amigos, para mí... Quiero caminar junto a Jesús, ver cómo suda bajo el calor abrasador del mediodía en el verano, o bien abrigado porque tiene frío en el invierno... Quiero fijarme bien cómo mira con amor a todo el que se encuentra en el camino, al niño que está jugando en la esquina con otros de su misma edad, a la mujer que está a la puerta de su casa hablando con la vecina en un momento de descanso del trajín diario de la casa, al borrachito que va tambaleándose tratando de recordar si ese es el camino para su casa donde dormirá su borrachera, al señor que está en su taller trabajando la madera como José, su padre, tratando de hacer la silla más bonita para venderla al mejor precio... Quiero vivir lo cotidiano con Jesús, saborear esas mismas experiencias por las cuales nos amó más a todos. Saber que no nos amó sólo por el pecado que cometimos, sino también por esas cosas sencillas que son los signos de nuestro vivir cotidiano...

Quiero estar contigo, Jesús, bajo un árbol, como seguramente muchas veces estuviste con cada uno de los apóstoles. Quiero estar allí hablando de mí contigo. Diciéndote mis cosas, mis temores, mis alegrías. Quiero poner mi vida entera en tus manos, para que tú me la sanes. Quiero hablar contigo del amor de Dios. Quiero que me convenzas de él para ya no tener ninguna duda. Quiero hablar contigo de las cosas de Dios, que me digas lo que necesito para ser buen instrumento tuyo. Quiero, principalmente, que me digas a mí que me vaya contigo. Que quieres que yo sea tu apóstol, para llevar a los hermanos tu mensaje de amor. Quiero estar tan seguro de tu amor y tan feliz por vivirlo, que yo mismo me sienta lanzado a llevarlo a los hermanos, para hacerlo crecer cada vez más en mi corazón... ¡Elígeme a mí, Jesús, y envíame a todos, como enviaste a los apóstoles, para hablarles de ti!

lunes, 2 de septiembre de 2013

"El Espíritu del Señor me ha enviado"

Al terminar su tiempo de "preparación" en el desierto, después de haber sido tentado por el demonio, Jesús empezó el anuncio del Evangelio. Se templó en la experiencia del desierto como para fortalecerse para los tiempos duros que le venían en sus andanzas interminables, sobre todo, para el fin de sus días, cuando tendrá que sufrir la Pasión y la Muerte afrentosa a las que será sometido...

El mensaje de Jesús es la Buena Nueva que viene a anunciar a todos: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor." Es un mensaje de esperanza pura, de salvación, de liberación. Es lo que resume la misión que le ha sido encomendada al Redentor. Es verdaderamente la Buena Nueva para los afligidos.

Jesús es el "Cristo", el Ungido por el Espíritu con el óleo de alegría, para derramar su unción sobre el mundo, particularmente sobre los más necesitados. Es el Enviado por el Padre para rescatar al que se había perdido en su soberbia y en su autosuficiencia. Es quien cumple la promesa que había hecho el Padre desde el mismo pecado de Adán y Eva, cuando dijo a la serpiente: "Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre su descendencia y la tuya. Ella te pisará la cabeza, mientras tú le muerdes el talón". Aun cuando fue el hombre el que decidió colocarse de espaldas a Dios, Él, que lo había creado por amor, no se iba a quedar de brazos cruzados si el objeto de su amor estaba lejos. Salía a su rescate. Y para ello enviaba a su propio Hijo, al Verbo, que se encarnaba asumiendo nuestra naturaleza caída, para, desde dentro mismo de nuestra penumbra, levantarnos... El Verbo "se anonadó", se hizo nada, para llevarnos a ser algo... Y fue ungido por el Espíritu para llevar adelante la misión encomendada por el Padre.

Cristo ha sido enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, a los necesitados. Es decir, a todos los hombres, pues todos somos pobres, indigentes... Desde que pecamos, nos hemos convertido en los seres más pobres de la creación, pues hemos perdido lo más enriquecedor que teníamos, que era la misma Vida de Dios en nosotros, la Gracia. Por eso, somos también cautivos, ciegos, oprimidos... A nosotros los hombres es enviado el Redentor para sacarlos de la terrible tragedia en la que nosotros mismos nos habíamos sumido.

La Redención es el acto más gratuito de amor que podemos imaginarnos. El único inocente, el que menos tenía culpa en toda la obra, es quien se ofrece para satisfacer. En eso consiste el rescate. En que quien no tuvo culpa, se hizo culpa total, para lavar a los que sí eran culpables, mediante su entrega al sacrificio supremo de la muerte en Cruz... El anuncio de Jesús no fue hecho sólo con su Palabra, sino que fue gritado y refrendado por la potente voz de sus actos, de su vida, de sus gestos y de su conducta. Sobretodo por el gesto sacrificial en la Cruz. No hubo grito de amor más fuerte en Jesús que el que lanzó cuando ya no tenía voz, cuando ya estaba muerto, inerme, clavado en la Cruz...

Con ello, la Buena Nueva se hizo realidad. Ya no era un anuncio de algo que vendrá, sino que se hizo ya efectivo entre nosotros. La salvación es ya un hecho consumado por Jesús. Somos seres salvados, no por los méritos que haya hecho ninguno de nosotros, sino por el gesto sublime de amor y de entrega que realizó Jesús. Es la salvación que debe hacerse plena, que debe llegar a todos, que debe hacerse realidad para cada hombre y para cada mujer de la historia...

Cristo ya hizo su parte, y la hizo perfectamente. Su salvación es ya un hecho que pende sobre la humanidad. Ahora toca al hombre, al redimido, llevar a plenitud esa obra. Debe ser instrumento en la salvación de todos los hombres, sus hermanos. Cada cristiano, en su bautizo, ha sido también ungido, como lo fue Jesús, para ser enviado a sus hermanos. Y, como Jesús, debe sentir que tiene la misión de llevar la Buena Nueva a los demás, a los pobres, a los cautivos, a los ciegos, a los oprimidos. Ninguno debe quedar fuera de la gesta salvadora y redentora de Jesús. Todos los hombres, particularmente los más necesitados, son destinatarios de la salvación de Cristo...

Es una salvación que no apunta sólo a lo espiritual. Apunta a su condición humana general. La pobreza, la miseria, la opresión, la cautividad, deben ser objetos de evangelización. No hay realidad más antievangélica que la miseria, la esclavitud, la humillación del hombre por el mismo hombre. Es una realidad que debe ser redimida y colocada en la línea de la voluntad divina de liberación, de promoción humana, de fraternidad y solidaridad liberadoras... Y por supuesto, en la línea de la integralidad humana que quiere Jesús, debemos también anunciar a los hombres la necesidad de la cercanía a Dios, de la fidelidad a su voluntad, de huir de cualquier ocasión que nos aleje de Él y de su amor.

El Evangelio es una realidad englobante, que nos coloca ante lo más profundo e íntimo de nuestro ser. Nos llama a ser verdaderamente hombres, perteneciendo por completo a Dios y haciéndonos cada vez más hermanos de los demás en el amor. No podemos truncar nada de ese mensaje de Jesús. Él ha sido enviado a los hombres para liberarlos. Nosotros somos los continuadores de su obra liberadora. Y como cristianos, como bautizados no podemos negarnos a ser instrumentos dóciles en sus manos...