lunes, 26 de octubre de 2020

Seamos imitadores de Dios, pues al final viviremos su misma vida

 La Fe nos levanta

Hay una vida que ha sido puesta en nuestras manos con la única razón del amor. Ninguna otra motivación existe que pueda explicar una preferencia tan marcada como esa. La existencia de lo que no era Él no era necesaria para Dios. Y habiendo venido el mundo a existir, Dios ha deseado favorecer, por encima de todo, al hombre, colocándolo en el centro sin ningún merecimiento e incluso dándole el dominio sobre todo. No hay un argumento razonable. Las mentes acuciosas que en todo quieren encontrar la razón del porqué y se devanan los sesos para que la ciencia pueda llegar a satisfacer esa curiosidad, deberán llegar en un momento a deponer su ansiedad de conocimiento absoluto y a bajar la cabeza ante la imposibilidad de saberlo y de explicarlo todo. Los más escépticos se contentarán con un argumento natural. Todo se debería a lo fortuito. La naturaleza misma fue haciendo sus movimientos y ordenando todo de tal manera que finalmente resultó en una perfección conveniente. Todo se fue dando de una manera fortuita hasta que desembocó en la perfecta existencia que conocemos hoy. Esta argumentación, que puede satisfacer a tantos, es totalmente insuficiente para una inmensa mayoría. Llegar a esas conclusiones exigiría imponer en lo creado una capacidad de acción y de arreglos convenientes que jamás por sí mismo puede llegar a poseer. En la argumentación de los grandes pensadores griegos antiguos, los orígenes de todo necesitaron el concurso de una mente superior, preexistente a todo lo que vino posteriormente, capaz de ordenar absolutamente todo, de dar el sustento necesario a lo que fue existiendo, de dar a cada cosa un papel único y necesario. Es imposible hacerse la vista gorda ante esta necesidad. Aceptando, por tanto, ese ser anterior del cual surge todo, debe darse también una aceptación de que ese ser tenía una finalidad al hacerlo existir todo. No podía ser simplemente un empeño de hacer existir lo que no era él. Lo razonable es que la existencia de todo tuviera una razón inicial y una razón final. La creación existe, entonces, porque lo que la hizo existir tenía un fin para ella. Los cristianos aceptamos que ese ser creador de todo es Dios. Y que tuvo como su única motivación para crear, su propio amor. Si no existiera el amor en Dios no tiene sentido que nada más exista. El amor está en la absoluta libertad que existía eternamente en Dios y que hizo surgir todo lo demás que no es Él. La creación, en este sentido, fue el primer paso. Lo creado debe asumir su tarea. El hombre debe asumir su tarea. Dios no solo creó, sino que lanzó su exigencia al hombre, al que colocaba en el primer lugar de todo.

La vida, siendo regalo de Dios, debe ser asumida con la responsabilidad con la que el Señor nos la ha regalado. No debe existir una motivación distinta en nosotros. No se trata, por lo tanto, solo de aceptar la vida recibida, de disfrutarla con todas las prerrogativas con las cuales nos ha sido dada, de hacer avanzar la bondad con la cual el mismo Creador afirma haberla creado, de lograr un mundo mejor por el esfuerzo denodado que se pueda asumir. El compromiso va mucho más allá. Se trata de asumir a quien nos creó no solo como razón de vida, sino como la vida misma, con el objeto de hacernos como Él, de llegar a ser Él mismo, de vivir en nosotros no solo la vida natural que nos regaló en un momento, sino esa vida que es la suya y que en definitiva Él tiene como añoranza final que pase a ser también la nuestra para toda la eternidad. Por ello, en un avance de ese deseo nos enriqueció con algunas cualidades que eran solo suyas, con la intención de que entendiéramos que eso era solo el inicio de la vida total que pondría en nuestro ser. Nuestro paso por la vida terrenal no es más que el ensayo de la plenitud inimaginable que poseeremos en la presencia eterna del Creador. Es el cumplimiento real, sin engaño, de lo que había vaticinado el demonio, embaucando a Adán y a Eva cuando logró alejar al hombre de Dios: "Serán como Dios". Aquel fue un vil engaño tramposo que nos ocasionó el mayor daño que hemos recibido. Pero ahora, con el compromiso divino entendido, no podrá jamás asumirse como ese engaño original mortal, sino como la realidad futura de mayor trascendencia y belleza de la que podremos disfrutar eternamente. La vida de cada uno de nosotros debe ser el camino feliz que tiende a lo glorioso que viviremos. Por eso no podemos faltar a esa cita de plenitud a la que estamos invitados. Eso debemos iniciar a vivirlo ya, sin tardanza, asumiendo el compromiso personal de lograrlo para nosotros mismos, pero haciendo que todos caminen también las mismas rutas. Lo quiere Dios. Lo añora la creación entera. Lo necesita el mundo. Y se lo merece todo hombre al que podamos llegar. En eso insiste San Pablo cuando pone a nuestra vista la altura a la que estamos llamados: "Sean buenos, comprensivos, perdonándose unos a otros como Dios los perdonó en Cristo. Sean imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivan en el amor como Cristo los amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor. De la fornicación, la impureza, indecencia o afán de dinero, ni hablar; es impropio de los santos. Tampoco vulgaridades, estupideces o frases de doble sentido; todo eso está fuera de lugar. Lo de ustedes es alabar a Dios". Lo esencial es ser imitadores de Dios, pues hacia Él nos encaminamos como nuestra meta final.

Esa es nuestra meta, la que debemos tener como añoranza final de nuestra vida, pues Dios será no solo la razón última de nuestra existencia, sino nuestra misma existencia final. Vivir en esa conciencia debe hacernos hombres distintos, que hacen que aquella novedad que logró Jesús con su obra de redención sea una realidad radical que nos va haciendo elevarnos en cualidad humana y cristiana, y por ello debe ser una constante en nuestra ocupación. Nuestra existencia debe adquirir ya una plenitud deseada que la haga avanzar en la experiencia personal de Dios. Esto debe tener efectos inmediatos en nuestra cotidianidad. Si el mundo no va mejor puede llegar a deberse que los hombres no hemos asumido la radicalidad que debe ser asumida. La tarea de un mudo mejor es una tarea real, no es ficticia. Y eso apunta a tomar a los hermanos en serio, a tomar su salvación como compromiso, a verlos a cada uno como hijos de Dios igualmente amados, como nosotros. Es emblemática la llamada de atención de Jesús a los fariseos: "Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y estaba encorvada, sin poderse enderezar de ningún modo. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: 'Mujer, quedas libre de tu enfermedad'. Le impuso las manos, y enseguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, se puso a decir a la gente: 'Hay seis días para trabajar; vengan, pues, a que los curen en esos días y no en sábado'. Pero el Señor le respondió y dijo: 'Hipócritas: cualquiera de ustedes, ¿no desata en sábado su buey o su burro del pesebre, y los lleva a abrevar? Y a esta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no era necesario soltarla de tal ligadura en día de sábado?'" El hermano no es una "cosa" de la que podremos prescindir. Es el que Dios ha puesto en nuestras manos para hacerlo llegar con nosotros a esa vida que será Él mismo. No estamos para cerrar puertas. Estamos para abrirlas a todos y para que lleguemos todos juntos a ser ese Dios que Él quiere que seamos en la eternidad.

domingo, 25 de octubre de 2020

El amor a Dios nos exige amar a los que más necesitan

 El Gran Mandamiento | La weblog espirita de Mari

En la asunción de los compromisos de nuestra fe muchas veces nos ocupamos de cosas accesorias, que no dejan de ser importantes, pero que deben ser siempre superadas por las que verdaderamente apuntan a lo esencial. En primer lugar debe haber en nosotros una disposición real y continua de centrarnos en lo que nunca debe faltar. Dos son las insistencias principales que pone Jesús, cuando es consultado por el doctor de la ley: '"Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?' Él le dijo: 'Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente'. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: 'Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas'". Según esto que afirma Jesús, absolutamente todo lo demás, aunque sea realmente importante, queda en un segundo lugar. Lo que debe ocupar el corazón de los cristianos, por encima de todo, es el amor, al punto que no se puede pretender vivir una fe auténtica, buscando el cumplimento de normas, actitudes, conductas o ideas, si antes no se da en el corazón la conquista del amor. Lo verdaderamente esencial es el amor y sin él todo lo demás es vacío y sin sentido. En esa exigencia hay una doble vertiente que debe estar siempre unida y nunca debe ser mutuamente excluyente. El amor primero lo debemos a Dios. No es una cuestión de opción personal, pues debe estar en la convicción total por ser respuesta deseada al amor que se recibe de Él como de la fuente. Nuestra conciencia total nos coloca en la idea real de ser amados. Nuestra misma existencia no tiene otra razón de ser que la del amor, por cuanto es ese amor divino el que ha deseado hacernos surgir de la nada y sostenernos en la existencia. Sin ese amor de origen nosotros no somos nada, ni siquiera existiríamos, por lo cual debemos rendirnos a la evidencia de que es solo por el amor que ha lanzado a Dios a la aventura de la creación por lo que nosotros existimos y somos bendecidos con todo lo que necesitamos para subsistir. Sabernos fruto del amor de Dios nos eleva a lo más alto, pues no somos fruto simplemente de un acaso del espacio o del tiempo, en el que se haya conjugado una serie de movimientos naturales que dieron como resultado nuestra existencia. Los hombres no somos el punto final de una serie de acontecimientos naturales que terminaron en lo que ahora somos. Nuestra existencia es fruto de un movimiento querido por Dios que dejó en un momento de su eternidad su individualidad absolutamente plena y satisfactoria, y que permitió que ese amor íntimo que Él mismo vivía se desplazara fuera de sí y se abriera a la existencia de lo que ya no era Él mismo y empezara a disfrutar de esa misma experiencia de amor que era únicamente suya. Solo porque Dios fue capaz de salir del amor a sí mismo y desplazar su riqueza a lo distinto de Él, ese amor que era Él, pasó a ser amor a lo que no es Él. Es el amor que se convierte así en razón de nuestra existencia. Existimos por un movimiento esencial de Dios, que nos llenó de su amor y nunca dejará de hacerlo, pues lo ha asumido ya como parte fundamental para cualquier ser distinto de Él.

Cuando Jesús responde al doctor de la ley sobre el mandamiento más importante no hace sino poner sobre el tapete lo natural que debe suceder al sabernos amados por el Dios creador y sustentador. Lo lógico que debe suceder es que sabiendo que de su amor nos ha venido nuestra existencia y que ese mismo amor es el que nos sostiene, es decir, que sin ese amor de origen seríamos absolutamente nada, nuestra respuesta debe ser en primer lugar dejarnos conquistar por ese amor que es razón de nuestra existencia y responder igualmente en un compromiso de amor por Él. "Amor con amor se paga", decimos normalmente. Y el agradecimiento es la primera manera de compensar al amor recibido. La razón última del amor de Dios es solo nuestro bien, por cuanto nada añadimos a su ser. Somos nosotros los únicos beneficiarios. Por ello es que al menos, en el reconocimiento de nuestro origen y de los beneficios que recibimos, debe surgir en nuestro corazón una respuesta de amor agradecido y comprometido con el que nos ha regalado amorosamente nuestra existencia. 'Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente', es lo mínimo. Es la respuesta de un corazón que ha sido conquistado por el amor de origen, que está plenamente consciente de que sin ese amor no es nada. Ese amor no pasa a ser solo una "adquisición" valiosa para los cristianos, sino que debe llegar a ser un compromiso que llega a responsabilizar, dando a la propia vida un estilo que debe ser concorde a lo que llama el amor. Saberse amados por Dios y amarlo en consecuencia no puede simplemente ser un aditivo a la vida personal hacia dentro, sin una expresión exterior que tenga una repercusión. El amor debe vivirse y debe ser responsable. Debe apuntar a la asunción de ciertas responsabilidades razonables: "La fe de ustedes en Dios se ha difundido por doquier, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la visita que les hicimos: cómo se convirtieron ustedes a Dios, abandonando los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro". Ese amor que se tiene a Dios tiene consecuencias de vida, que influirán ya no solo en una vida personal mejor, sino en una que da testimonio a todos de lo importante que es el amor para sí mismo y que quiere hacerse propiedad para todos. Quien se sabe amado por Dios por haber surgido de Él, le responde con amor y añora que ese amor sea de todos.

Y ese amor de Dios que debe ser respondido por el amado, da un paso más, que es también muy comprometedor: "El segundo -mandamiento- es semejante a él: 'Amarás a tu prójimo como a ti mismo'". El amor no solo exige una respuesta hacia Dios. Si así fuera podría ser mal entendida como un amor narcisista que solo busca una compensación egoísta. Aunque Dios quiere ser amado por encima de todo, quiere que ese amor se manifieste en el amor hacia todo lo que surgido de Él. La creación del hombre por encima de todo tiene una cualidad fundamental que es la comunitaria, que no es otra cosa que el reflejo de lo que Dios mismo es en su intimidad. Por ello, al crear al hombre con su misma capacidad de amar, lo ha querido hacer compartiendo esa misma intimidad de amor que Él vive hacia dentro. Así como la Santísima Trinidad se ama en su intimidad más profunda, así quiere que se amen también sus criaturas predilectas. Esto estaría, de este modo, en el mismo nivel del amor a Dios. Es tan importante amar a Dios como amar al prójimo. Más aún el verdadero amor a Dios será demostrado en el amor que se le tenga al hermano. No es real un amor a Dios que no lance a los demás. Es el contrasentido del amor y finalmente sería su muerte real. Así lo afirma San Juan: "Nadie puede decir que ama a Dios a quien no ve, si no ama a su hermano a quien ve". El amor a los hermanos es la confirmación del amor a Dios. Mienten los cristianos que dicen amar a Dios, pero no son solidarios con los pobres, con los más necesitados, con los que necesitan de una mano cariñosa, que huyen de acercarse a quien sufre y tiene hambre y voltean su mirada con la excusa manida de que esos no buscan más que aprovecharse. Es muy triste y desolador encontrar cristianos muy cumplidores en lo formal pero que desprecian a los que sufren y necesitan, buscando las excusas más vanas con tal de no comprometerse. Así es la insistencia de Dios desde el principio: "No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fueron ustedes en la tierra de Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos. Si los explotas y gritan a mí, yo escucharé su clamor, se encenderá mi ira y los mataré a ustedes a espada; las mujeres de ustedes quedarán viudas y sus hijos huérfanos. Si prestas dinero a alguien de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo". El amor no es romanticismo. Es un verdadero compromiso con Dios y con el hermano.

sábado, 24 de octubre de 2020

Somos la higuera de la cual Dios espera fruto, y Jesús nos ayuda a darlo

 III Domingo de Cuaresma (ciclo C) | Archidiócesis de Sevilla

Los hombres no podemos pasar por la vida sin dejar trascendencia. No hemos sido colocados en nuestra historia simplemente para vegetar, esperando el transcurrir del tiempo como un eterno repetirse, un momento tras otro, sin que haya de nuestra parte una intencionalidad de enriquecimiento personal o comunitario, dando muestras de las capacidades que poseemos, que han sido donadas a nosotros no para que fueran riquezas solo personales sino para que tuvieran una explícita consecuencia para todos. La tarea del hombre en este sentido puede ser considerada de las más sublimes, por cuanto el Creador ha puesto en sus manos la más alta, que es la de elevar lo creado a la condición de servidor de Dios, en lo que a cada criatura corresponda. Sin duda, el hombre posee la más alta de las responsabilidades por cuanto el mismo Dios puso en él la tarea primordial de hacer del mundo su lugar de habitación, en lo cual debe írsele la vida entera, hasta alcanzarlo plenamente. El mundo ha sido creado por Dios en una autonomía de acción, en la que cada una de las criaturas debía cumplir el programa que le correspondía. En la armonía de lo creado está, por lo tanto, que cada uno cumpla su parte. El bienestar en general consiste en que todos asuman su parte y la cumplan perfectamente. Así fue establecido, y es ese el deseo de Dios. Cada ser creado debe hacer su parte perfectamente, y al hacerlo así, el mundo sigue avanzando hacia donde debe dirigirse. Si se diera el caso de que alguna de las criaturas se negara a hacer lo que le corresponde, sucedería una debacle total y el mundo pasaría a ser una cosa distinta de lo que debe ser en su origen. No es eso lo que está en el plan original de Dios. El avance del mundo hacia Dios, que es la meta final hacia la cual se dirige todo, se dará solo en la medida en que el mundo asuma el diseño original y se encamine fielmente hacia Él. Podríamos decir que, en general, todo lo creado ha cumplido con ese plan divino. Excepto uno de ellos. Solo el hombre ha sido capaz de atreverse a ponerse en una tesitura diversa a la que Dios deseaba. Su capacidad de libertad y su cualidad de inteligencia y de voluntad, han jugado un papel de rebeldía en la finalidad última que persigue Dios para todo. Todos los demás seres cumplen perfectamente con lo que Dios ha establecido. Solo el hombre es capaz de oponerse y colocarse en una circunstancia diferente. Esas capacidades que fueron donadas por Dios con el objeto de que fueran el mejor apoyo que tendría el hombre para hacer avanzar el mundo hacia su Creador, fueron asumidas para el fin contrario. La soberbia humana sirvió para desvirtuar la armonía total, con la pretensión malsana de desbancar a Dios y ponerse a sí mismo en el centro y en el primer lugar. Con ello atrajo ilegítimamente a los demás seres creados y los puso también a ellos, sin culpa individual, en contra de Dios.

En eso consistió el pecado. Y fue eso lo que atrajo al mundo la debacle. Al empezar a servir todo al mismo hombre, desplazando a Dios que era la meta final, el mismo mundo quedó desvirtuado y se rebajó a lo mínimo, perdiendo el gozo de la espera de la eternidad para sí mismo. Por ello se hizo necesario el gesto de rescate que realizó el mismo que había creado todo. Esa acción concordaba perfectamente con la finalidad original. Si todo era suyo y todo se tenía que dirigir hacia Él, Él mismo diseñaría el plan para lograr su cometido. No se iba a quedar de brazos cruzados. Y lo logró con Jesús, su Hijo enviado que haría que todo retomara la normalidad, no sin antes cumplir la obra inmensa de su entrega, que era la única forma de arrebatar al mal lo que hasta ese momento había logrado. Luego de lograrlo tocada la tarea de sostenerlo en su bondad. Y para ello, paradójicamente contaría con aquel que en su origen había sido causa de que todo se hubiera perdido. La lealtad de Dios es infinita y la demuestra poniendo en las manos del que todo lo había destruido la tarea de consolidación del orden nuevo que su redención había retomado. La motivación de Dios no es otra que la del amor. De no ser así, la solución más sencilla y a la mano hubiera sido la de hacer desaparecer todo lo que ya había dado muestras de no servir. Pero porque amaba al hombre y amada por él a todo lo que había creado, lo rehace y lo restablece. Es la actuación del Hijo de Dios representado en el viñador de la parábola, que detiene la mano del dueño de la viña, que es Dios, cansado de buscar infructuosamente frutos en la higuera: "Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: 'Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?' Pero el viñador respondió: 'Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar'". Jesús es el viñador que detiene la mano del Padre que con toda lógica se cansa de esperar frutos. Jesús es quien intercede y está dispuesto a seguir dando oportunidades. El amor no se cansa. Y sabe que ese amor también hará su parte cuando es atraído con las manos suaves que lo quieren a su lado. Jesús no hará lo más fácil, que es desistir. Ya lo demostró muriendo en la cruz. Y está siempre dispuesto a dar nuevas oportunidades, hasta que el amor haga reaccionar. Característica del amor es la insistencia. Y no va a ser Jesús quien dejará de insistir. Le hemos costado mucho. Y no renunciará nunca a su amor por nosotros.

Esa es la obra del rescate que ha realizado Jesús. Es una obra inusitada que descubre lo alto del lugar en el que nos ha colocado, por lo cual nunca desistirá del empeño de tenernos. La obra creadora del Padre fue una obra grandiosa. El hecho de que existiera en un momento del inicio de la historia temporal todo lo que surgió de sus manos, colocando en medio de todo al hombre, fue un momento inédito. único, crucial en la vida del mismo Dios, por cuanto empezó a surgir todo lo que no era Él. Pero el paso subsiguiente, realizado por Jesús en la segunda creación, en la que se dio el rescate de todo lo existente, que había perdido su esencia por culpa de la misma criatura, fue infinitamente superior por cuanto implicaba casi hacerse la vista gorda ante el mal procurado y restablecerlo todo desde ese mismo corazón que lo había traicionado. Y aún así, el amor quiso hacerlo de esa manera: "Dice la Escritura: 'Subió a lo alto llevando cautivos y dio dones a los hombres'. Decir 'subió' supone que había bajado a lo profundo de la tierra; y el que bajó es el mismo que subió por encima de los cielos para llenar el universo. Y Él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud". Es el punto más alto de la creación. Lo que había sido perdido por el pecado es ahora rescatado por el amor a aquellos que lo habían destruido todo. Es el colmo del amor y del favor. Y ese es ahora nuestro compromiso. No podemos permanecer impávidos ante las más grandes demostraciones de amor: "Hagamos crecer todas las cosas hacia Él, que es la cabeza: Cristo, del cual todo el cuerpo, bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte, se procura el crecimiento del cuerpo, para construcción de sí mismo en el amor". Es la experiencia del amor lo que importa. Es el amor el que debe prevalecer sobre todo.

viernes, 23 de octubre de 2020

Debemos apuntar siempre al amor, que el nuestra felicidad plena

 Lecturas y comentario del Viernes XXIX del T.O. - Obispado Segorbe-Castellón

La vida humana está íntimamente marcada por la experiencia de comunidad. No existe la posibilidad en el hombre de desarrollar su vida en la absoluta individualidad. Ninguno de nosotros se da a sí mismo la vida. En la mayor pequeñez de nuestra posibilidad de existencia necesitamos de un padre y de una madre que nos den esa posibilidad. El primer momento de nuestra existencia es una explosión vital en la cual no tenemos nosotros ningún concurso. Ni nos damos la vida, ni tenemos ninguna implicación en ello. Existimos incluso por encima de nuestra propia voluntad de existencia. No hemos sido consultados sobre nuestro deseo de existir o no. Alguno incluso podría sentir algo de rebeldía ante eso, pues lo han hecho existir sin contar con su asentimiento. Ante ello, podemos asumir dos actitudes opuestas. La primera, una rebeldía como estilo vital mediante el cual seremos unos continuos insatisfechos, inconformes de nuestro propio ser y opuestos eternamente a quien llegue a ser la causa de nuestra existencia. O la segunda, asumir la existencia que poseemos y que nos ha sido donada, como una posibilidad que nos enaltece, por cuanto sin ella ni siquiera tendríamos la conciencia de haber podido existir y nos hubiéramos quedado eternamente en la no existencia. Al fin y al cabo ella sería una concesión que no merecíamos pues ni siquiera existíamos, y llegaría a ser la posibilidad de crecimiento y de disfrute de sus regalos sin haber tenido ningún papel previo. Podemos disfrutar de una vida que no tenía razón para ser nuestra, podemos crecer en humanidad, podemos desarrollar acciones en favor propio y de los demás. Podemos hacer de la vida que hemos recibido gratuitamente una ocasión insuperable para hacerla mejor, para gozar, para disfrutar de todo lo que la misma vida nos ofrece. Es la elevación que podemos alcanzar en algo que ni siquiera estaba en nuestras manos si no hubiéramos llegado a existir. Esta segunda actitud es, con mucho, muy superior en calidad que la sola rebeldía. Si a esto le añadimos que en la base de todo hay una razón superior, infinitamente valiosa, que está en el ser del cual ha surgido todo, esa existencia nuestra adquiere un tinte que la llena no solo de una razón de existencia, sino que le da una coloración, un gusto, una belleza insuperable. Esa razón es el amor. El amor pasa a ser no solo razón de existencia, sino asiento para lo bello que se adquiere al vivir, para la recepción de miles de bendiciones, para la posibilidad de esforzarse en hacer una vida feliz para sí y para todos, para el progreso material y espiritual de la propia existencia y de la de todos los hermanos. Porque llegamos a existir enriquecidos por la razón suprema del amor, la vida se embellece, se llena de luz y calor, de abre a perspectivas superiores. Y todo se da gracias a que existimos. Si no existiéramos ni siquiera tendríamos idea de todo lo hermoso que perdemos. La vida vale la pena vivirla, aun cuando no hayamos sido nosotros los que nos la hayamos dado.

En esa existencia que nos ha sido donada, en la cual no hemos tenido ningún concierto, está una marca indeleble que la hace aún más hermosa y más atrayente. Hemos sido colocados junto a otros hombres que han recibido exactamente el mismo regalo que nosotros. Nadie ha recibido más que otros. Se nos ha dado la misma vida terrena, se nos ha regalado la misma vida divina, hemos recibido las mismas cualidades de inteligencia y voluntad, se nos ha donado la misma libertad, nuestro corazón ha sido llenado de la misma capacidad de amar. Lo lógico es que seamos capaces de vivir la misma belleza de vida de la que todos somos beneficiarios. Pero lamentablemente la realidad es distinta. Aquella rebeldía que pudieron haber llegado a sentir aquellos insatisfechos de existir, la han trasladado a hacer de su existencia un lugar de insatisfacción para todos, procurando en vez de la experiencia gozosa de la vida, algo de lo que sentir pesar, dolor, sufrimiento, daño. Aquel signo esencial de vida comunitaria que favoreciera a todos, se llega a convertir más bien en predicamento doloroso para los que estén a su alrededor. Es la pérdida total de la posibilidad de disfrutar razonablemente de lo que ya se tiene, para pasar a impedir absurdamente el propio gozo y la propia alegría, con el daño consecuente para todos los demás que estén a su lado. Esa rebeldía es una negación a sí mismo de lo bello que pueden vivir y a lo que tienen derecho por ser parte de la misma humanidad que ha sido favorecida con ello. Lo más razonable es procurar que esos tales que así viven, sean atraídos a la bondad y a la belleza de la vida. Esa deberá ser la tarea de quienes sí se han enriquecido del amor recibido, llevándolo a la altura del amor superior que implica la fraternidad, la experiencia de salvación de Jesús, la unidad armónica y totalmente compensadora del amor de Dios y de los hermanos. Así lo anima a vivir San Pablo: "Les ruego que anden como pide la vocación a la que han sido convocados. Sean siempre humildes y amables, sean comprensivos, sobrellévense mutuamente con amor, esforzándose en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que han sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos". La unidad llega a ser el tesoro de los que existen sin concurso de sí mismos. La belleza de la vida no se la dan a sí mismos al existir, pero sí la pueden asumir como estilo de vida, al hacerse conscientes de venir de Dios y de vivir para los hermanos.

En esta misma insistencia se coloca Jesús, que lo ha hecho todo para que nuestra vida sea lo mejor para nosotros. Él es el Dios que ha estado a nuestro lado desde que existimos. También de sus manos hemos surgido. La intención divina al habernos hecho existir no perseguía otra cosa que nuestra felicidad. Si existimos por un decreto eterno de amor por nosotros, en Él está muy lejos la perspectiva que haya en nosotros solo rebeldía por habernos hecho existir. No es razonable que en vez de vivir la alegría, de disfrutar de todas las bellezas, de aprovechar de todos los beneficios y bondades, nos coloquemos en una tesitura absolutamente contraria que nos haga perder toda la bondad de nuestra propia existencia, aderezada por la existencia de todos nuestros hermanos. Es un sinsentido absurdo encerrarse en la lamentación de una existencia no deseada ni pedida, perdiendo con ello todo lo que de bello y beneficioso puede tener existir sin concurso propio, comprendiéndolo más bien como un regalo inmerecido infinito de amor que nos enaltece y que nos coloca en una altura insospechada pues nos une al que es más que todo lo que existe y que nos da más de lo que nada podrá darnos jamás. Por eso, hasta por una simple razón de conveniencia personal, apuntando a la obtención de los mayores beneficios, debemos hacer caso de la invitación que nos hace el mismo Jesús: "Cuando ustedes ven subir una nube por el poniente, dicen enseguida: 'Va a caer un aguacero', y así sucede. Cuando sopla el sur dicen: 'Va a hacer bochorno', y sucede. Hipócritas: saben interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, pues ¿cómo no saben interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no saben juzgar ustedes mismos lo que es justo?". Ser expertos en discernir los fenómenos naturales nos hace ciertamente muy inteligentes. Es una riqueza que el mismo Dios ha puesto en nosotros. Pero Él ha colocado en nosotros aptitudes más elevadas, por cuanto nos ha colocado en la capacidad de discernir la realidad espiritual, aquella que tiene que ver no solo con las grandes realidades terrenales, sino con las que apuntan a nuestra elevación mayor y llevan a la verdadera plenitud humana. Son las que apuntan a la verdadera belleza, a la real promoción humana, que va más allá de lo simplemente material y nos introduce en la realidad espiritual cuya primera riqueza es la del amor de Dios y el amor a los hermanos. Esa es nuestra verdadera riqueza. Lo otro es la capacidad que nos da Dios para seguirlo. Lo primero es el amor. Sin eso, se pierde toda la belleza. Y es a la que debemos apuntar para vivir en nosotros, con Dios y con los hermanos.

jueves, 22 de octubre de 2020

El fin es la plenitud del amor. Mientras, nos preparamos para ello

 Parroquia de Lardero

Existe una idea generalizada entre los cristianos de que la vida de fe es solo vida de armonía total, de paz y serenidad inmutables. Muchos afirman que aceptar a Jesús, vivir junto a Él, seguir su voluntad, hacer caso a sus indicaciones de vida, es ya un seguro de total armonía en la propia vida. No es que sea falso creerlo, sino que hay que saber ubicar correctamente dicha afirmación, por cuanto, siendo verdad, es necesario matizarla justamente. Si quien afirma esto considera que la experiencia personal de unión con Jesús es una especie de seguro contra las dificultades en la vida, no lo ha entendido bien. Para muchos Jesús no solo sería el Redentor, el Dios que se ha hecho hombre, el enviado del Padre para rescatarnos del mal, de la muerte y del pecado, sino que sería una especie de talismán protector, algo así como un elemento mágico que lograría excluir de nosotros toda posibilidad de problema, de dolor, de enfermedad, de sufrimiento. Incluso llegan a a afirmar que basta con unirse a Cristo para que desaparezcan milagrosamente todas las dificultades, los desasosiegos, los sufrimientos, los malestares, los dolores, las enfermedades. Es muy loable, sin duda, que alguien coloque su fe en estas expresiones maravillosas. Está claro que no hay una negación inmediata es que esta posibilidad se dé en la realidad. Pero también es cierto que estas actuaciones de Dios son más bien las extraordinarias, pues Él prefiere actuar de otra manera. Dios no está atado a una forma de actuación particular. Nada le impide la posibilidad de actuar siempre de manera portentosa. Él es Dios y puede hacer lo que le plazca, pues es todopoderoso e infinitamente libre. Pero habiendo sido esa su manera de actuar ordinariamente, desde que decidió colocar al hombre en el medio de toda la existencia, y habiéndolo llenado y capacitado con sus propias cualidades y prerrogativas, ha puesto en él también el mando de la realización, incluso del alcance de la bondad material de las cosas y la lucha contra la maldad y contra el poder de lo negativo. Esta actuación contra el mal es originalmente una acción divina. Pero desde que el hombre ha sido capacitado por Dios, habiendo surgido y habiendo sido enriquecido desde el amor con todas las cualidades necesarias, Dios mismo ha puesto en sus manos la capacidad para la lucha contra el mal. Los hombres fuimos colocados en el mundo y favorecidos por Dios con todas nuestras cualidades no solo para hacer del mundo un lugar mejor para todos, favoreciendo el alcance y el disfrute del bien común para todos, sino para que tuviéramos la fortaleza necesaria para enfrentar el mal que se haría presente por nuestra propia torpeza que llegaría a alejarnos del amor. La raíz del mal está en nosotros mismos, cuando preferimos atender a las incidias demoníacas y ponernos a su servicio, en vez de seguir viviendo en la armonía original que Dios había diseñado para nosotros. Pero el amor de Dios no nos ha dejado abandonados en esa lucha y nos ha capacitado para vencer con su amor y su poder, que pondremos en acción oportunamente y confiados en Él.

San Pablo ponía claramente esta realidad en la mente de los primeros cristianos, por cuanto se debía evitar esta mentalidad mágica de acción portentosa continua de parte de Dios. Él es generoso y poderoso, utilizando siempre su accionar en favor de cada hombre salvado. Pero los hombres seguimos en el mundo sufriendo los embates de nuestro propio pecado, por lo cual la ausencia de dificultades no es una posibilidad real actualmente. Lo que sí es posible, siendo una realidad total, es la presencia de Dios que está y estará siempre en el mundo a nuestro favor. Él no puede eliminar el mal de raíz por cuanto ese mal no tiene su origen en Él, ni Él es su causante. El mal tiene su origen en la misma libertad humana que ha sido regalo de Dios a los hombres, y Él, en definitiva, no se le puede oponer, pues implicaría eliminar un don con el cual nos ha favorecido desde el inicio. Hemos sido los hombres los que hemos procurado desvirtuar esa libertad que es don del amor. Así afirma San Pablo: "Doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, pidiéndole que les conceda, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su Espíritu en su hombre interior; que Cristo habite por la fe en sus corazones; que el amor sea su raíz y su cimiento; de modo que así, con todos los santos, logren ustedes abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento. Así llegarán a su plenitud, según la plenitud total de Dios". La libertad donada apunta por lo tanto, no solo a procurar los bienes de subsistencia material pasajera, ni siquiera solo a la procura de los bienes espirituales que nos llevarán paulatinamente a la asunción de nuestra meta final en la eternidad, sino que se inscribe también en la procura de los medios necesarios para emprender la lucha contra el dolor y el sufrimiento, contra las dificultades y los males que se presenten, ante los cuales deberemos hacer frente y que no dejarán de estar en nuestras vidas. Si algo tiene Jesús es una honestidad sin tacha, con la que jamás dejará de ponernos en la realidad. No nos engaña ni nos miente acerca de lo que viviremos, pero tampoco nos niega que estará presente como apoyo infaltable: "En el mundo sufrirán tribulaciones; pero no teman, Yo he vencido al mundo" ... "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo". La presencia del mal, del dolor, de la enfermedad, del pecado y de la muerte, habiendo sido causadas por la obcecación del hombre que fue engañado por el demonio, y siendo una realidad actual en su vida, no lo ha dejado totalmente desvalido. El hombre sigue siendo el preferido de Dios y sigue contando con su amor y su poder. Y jamás será abandonado por ese amor original y comprometido. Por eso, los embates del mal podrán ser combatidos con las mismas armas que Dios ha colocado en manos del hombre, y en última estancia por el mismo poder amoroso de Dios.

El mal podrá estar enseñoreado en el mundo con ocasión de la lucha que emprenda el demonio, al cual se unirán los que se conviertan en sus servidores. Y será sin duda una lucha cruenta en la que estarán enfrentados los que sean de Cristo contra los que lo rechacen y se nieguen a ser suyos. Incluso será una lucha en ocasiones tremendamente dolorosa por cuanto se verá el enfrentamiento de los más cercanos a nosotros y de los que menos nos imaginemos, contra el mismo amor. Es la posibilidad que debe ser considerada posible hoy y siempre, hasta que se dé la victoria final del bien, que se dará sin duda. Pero en el ínterin hay que asumirla. Es por ello que en nuestra vida actual no podemos engañarnos pensando que se dará actualmente la utopía deseable de la armonía total, la ausencia de tristezas o de desavenencias. Una cosa es que vivamos el gozo de sabernos de Jesús, de estar en  su amor, de saber que avanzamos hacia la plenitud de su amor por ser de Él, y otra muy distinta es asumir la realidad del conflicto en medio de la experiencia de fidelidad a Él. Ser de Jesús no nos da la seguridad de la ausencia de conflictos. Pero sí nos da la certeza de saber que estamos haciendo lo correcto y de estar viviendo en la compensación total de su amor. Nos asegura que nuestro final es el de la felicidad que entonces sí será definitiva: "He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! ¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra". Nuestro bautismo en Jesús nos hará definitivamente suyos. La victoria final será nuestra. De eso no hay ninguna duda. Pero el camino será arduo. El engaño podrá venir cuando el malo nos quiera convencer de que todo dolor desaparecerá sirviéndole a él, cuando la realidad será que así alcanzaremos la derrota más estruendosa, pues nos colocará en la realidad más apabullante de dolor, ya que será la ausencia total del amor, de la paz final, de la armonía universal que será una realidad cuando Cristo sea todo en todos, y estaremos viviendo la totalidad de la paz posible en la libertad absoluta de Dios y de sus hijos.

miércoles, 21 de octubre de 2020

Somos responsables no solo de nuestra propia salvación, sino de la de nuestros hermanos

 Lectura del Santo Evangelio según San Lucas (12, 32-48) - El Diario

El mundo es una realidad extraordinariamente rica. Surgido de la mano del Creador, ha sido colocado para el servicio del hombre, puesto en el centro y por encima de todo por la voluntad amorosa de Dios, convirtiéndose para él no solo en el lugar donde desarrollará su vida, sino en la tarea encomendada por el mismo Señor para su dominio, su disfrute y, más allá, para hacerlo cada vez mejor estancia para sí mismo y para todos. Habiendo sido un don de Dios, ha llegado a ser, por esa misma voluntad divina, la tarea más importante que debe llevar adelante en su periplo terreno. El mundo es, así, regalo y misión, don y tarea del hombre. Por su acción logrará que cada criatura llegue a ser un aliado suyo para avanzar en su cualidad humana, disfrutando de todos los beneficios que puede extraer de él, haciendo que las cosas estén legítimamente a su servicio, procurando que los bienes sean cada vez mayores y de mejor calidad, logrando con su obra cumplir con aquel primero de los mandatos divinos: "Dominen la tierra y sométanla", dejándose conducir por el amor y siguiendo la indicación clara de quien es el Providente primero de todo. Pero esto no se refiere solo a una vida personal sin incidencia comunitaria, pues el disfrute de todo lo que existe apunta a una condición esencial que el mismo hombre posee desde el inicio, que es su cualidad fraterna. El hombre no ha sido creado solo, sino en comunidad. Y todo lo que realice en su vida personal tendrá una repercusión directa en los demás hombres que con él conviven. Su acción afectará indefectiblemente la vida de la comunidad, de los suyos y de todos. Su responsabilidad no se circunscribe solo entonces a lo suyo, sino que apunta y se inscribe en una responsabilidad social clarísima que lo convoca y lo llama a responder. El mundo, por su obra, deberá ser mejor no solo para sí mismo, sino para todos, y por ello, jamás dejará de tener una responsabilidad directa y e inmediata en el bienestar de todos. No puede desentenderse de ello. Y la responsabilidad no acaba en la procura de un mundo mejor en cuanto lugar de vida terrenal, sino que esa responsabilidad se inscribe también en un aspecto trascendente en cuanto el hombre debe asumir que su realidad no acaba con el tiempo que pasa sino que se eleva a una condición atemporal que no será ya medida por el tiempo pasajero, sino que se medirá por lo que ya no tiene fin y que sobrepasa lo conocido y lo concedido materialmente. En esa realidad pasajera que es sobrepasada por la eternidad también cada hombre tiene una responsabilidad. No debe buscar solo un mundo mejor, sino que debe también procurar que en ese mundo todos valoren lo que viene en el futuro que no se acabará. Y esa será también tarea que lo ocupe. Allí habrá también responsabilidades diversas que deberán ser asumidas por cada uno a los que les corresponda y que serán tareas esenciales a cumplir.

Lo pasajero es, sin duda, una responsabilidad directa de cada hombre. A ello se suma la realidad que trasciende en la que también cada uno tiene un lugar esencial activo. Pero en esa procura de lo trascendente hay una sutilidad propia que debe ser tenida en cuenta con seriedad. En la convocatoria a unirse a la obra divina, el Señor puede comprometer de manera diversa a cada uno. Siendo todos beneficiarios de su amor y de su salvación, que es a lo que tiende aquello trascendente que sobrepasa lo simplemente material, puede haber actores y responsabilidades diversas. Así lo entendió muy bien San Pablo: "Ustedes han oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor de ustedes, los gentiles ... A mí, el más insignificante de los santos, se me ha dado la gracia de anunciar a los gentiles la riqueza insondable de Cristo; e iluminar la realización del misterio, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todo. Así, mediante la Iglesia, los principados y potestades celestes conocen ahora la multiforme sabiduría de Dios, según el designio eterno, realizado en Cristo, Señor nuestro, por quien tenemos libre y confiado acceso a Dios por la fe en Él". En la tarea secular de los hombres, algunos, como San Pablo, no han sido llamados solo para procurar en la realidad temporal el bien del mundo y de procurarlo para todos, sino que se les ha encomendado una tarea extra, más sublime en cuanto trasciende lo temporal, revelándole a los hombres cuál es el fin que tendrá todo, y que irá mucho más allá de lo que desaparecerá, pues será lo que perdurará para siempre. Así, habiendo sido beneficiados cada uno por la obra de salvación, ellos son elegidos para ser anunciadores de esa salvación para los demás. Esos beneficiados serán beneficiadores para todos los otros. En el mundo habrá quienes lleven los beneficios, habiéndolos recibidos previamente, y quienes serán solo beneficiarios de ellos, pues aquellos habrán asumido seriamente el haber sido elegidos para hacer llegar la salvación a los hermanos. Y lo deben asumir como tarea propia a la cual no podrán negarse, pues Dios mismo les ha colocado esa responsabilidad en las manos: "Ay de mí si no predico el Evangelio", ha dicho San Pablo. Si procurar un mundo mejor para todos es tarea primordial para cada hombre, procurando además que todos sean beneficiarios de lo que cada uno hace no solo para sí, sino para todos, la realidad de la tarea no termina con la procura del bien material, sino que se eleva a lo que trascenderá a lo pasajero y apuntará a lo eterno. Y en ello, algunos tienen una responsabilidad crucial.

Los cristianos de hoy, aquellos que conocen a Jesús y luchan por ser fieles a Él, no son, de este modo, solo beneficiarios de la obra de amor de Dios. Asumiendo la doble responsabilidad que tiene todo hombre desde el origen, es decir, el compromiso de procurar un mundo mejor para sí y para todos, y el de recibir los beneficios del amor y de la salvación que ha regalado Jesús para cada hombre y mujer de la historia, deben también hacer orbitar su vida alrededor del compromiso al que son llamados, por haber sido beneficiados en el amor que los convoca a la eternidad y elegidos para ser causa de beneficios para sus hermanos. Su responsabilidad no es solo lograr un mundo mejor para todos, ni siquiera asumir como propia la salvación que trajo Jesús, sino que apunta a algo más sublime y que lo eleva en su misma dignidad, pues lo conecta a la obra más elevada que puede llevar entre manos, como es la procura de la salvación de los demás. Así lo sentencia Jesús delante de los discípulos: "¿Quién es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas? Bienaventurado aquel criado a quien su señor, al llegar, lo encuentre portándose así. En verdad les digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes". El cumplimiento de su responsabilidad es la mejor manera de asegurarse su propia entrada al gozo de la eternidad. El cristiano que lo asume así ha asegurado no solo la salvación de los suyos, lo cual lo hace un fiel cumplidor de la tarea encomendada, sino que obtiene como consecuencia para sí mismo el mayor beneficio del amor eterno. Por el contrario, el cristiano que se cree solo beneficiario y considera que no tiene ninguna responsabilidad en la salvación de los otros, arriesga incluso su propia salvación: "Si aquel criado dijere para sus adentros: 'Mi señor tarda en llegar', y empieza a pegarles a los criados y criadas, a comer y beber y emborracharse, vendrá el señor de ese criado el día que no espera y a la hora que no sabe y lo castigará con rigor, y le hará compartir la suerte de los que no son fieles". Ninguno está exento de su compromiso. No podemos creernos solo beneficiarios, pues todos tenemos un compromiso con los hermanos delante de Dios. A todos el Señor nos ha llenado de su amor, nos ha convocado a ser suyos, nos convoca a ser obreros de su reino para el beneficio de todos. Pero a todos también nos eleva la responsabilidad no solo a lo que pasa y se acaba, sino a lo eterno, a lo trascendente, a lo que es el regalo final que quiere Jesús que disfrutemos todos, por el cual se entregó y murió por nosotros: "El criado que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara ni obra de acuerdo con su voluntad, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, ha hecho algo digno de azotes, recibirá menos. Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá". Somos todos responsables y todos estamos llamados a responder, a riesgo de que al final seamos excluidos.

martes, 20 de octubre de 2020

Hemos sido creados para ser salvados, para vivir la salvación eterna

 Catholic.net - ¡Estad en vela no sabes el día ni la hora!

La historia de la salvación tiene su momento culminante en la venida de Jesús. Habiendo sido diseñada por Dios desde el momento en que decidió que viniera a la existencia todo lo creado, comenzó su desarrollo con los pasos que se fueron dando desde la presencia del hombre en el mundo. Podríamos decir que desde que Dios insufló en las narices del hombre el hálito de vida, donándole su propia vida, es decir, su Gracia, de modo que la vida del hombre llegó a ser no solo la natural que Dios había establecido originalmente -"Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza"-, sino que lo llevó a la altura que era solo prerrogativa suya, haciéndolo participar de su naturaleza divina, regalándole su propia vida, la altura del hombre llegó a ser insuperable. Ninguna de las otras criaturas había llegado a tan grande calidad vital. Se podría afirmar que el hombre fue creado y sostenido por Dios, por su propio don de amor, en la posibilidad de ser salvado. El hombre fue creado para ser salvado. No podía ser de otra manera, por cuanto la existencia del hombre no tenía otra razón que la vida en el mismo Dios Creador. No tendría sentido en Dios haber creado todo para el hombre, colocándolo en el centro de todo, para el disfrute de todo, regalándole absolutamente todo lo que necesitaba, incluso su propia vida, para que luego su existencia se perdiera en la nada en que se pierde todo lo demás. No es razonable en el amor de Dios que el hombre terminara su existencia en la nada total. La gesta creadora que Dios ha emprendido tiene una razón absolutamente lógica en el amor, que es la de la vida. El hombre existe para la vida, no para la muerte o para la desaparición. En toda esa historia de amor Dios fue dando pasos para que los hombres fueran comprendiendo su dignidad infinita. Por eso todas las acciones de Dios en el Antiguo Testamento no son otra cosa sino la confirmación de esta voluntad salvífica. Al final, Dios quiere que los hombres nos incorporemos definitivamente a su vida. No será una experiencia única la de la vida terrena, sino que apunta a la experiencia vital que no tendrá fin, y se encamina hasta la eternidad en su amor. Todo lo que se refiere a la elección de su pueblo, a la presencia en esa historia de los grandes personajes, a las acciones grandiosas y épicas ante los otros pueblos, dejan muy en claro que la presencia de Dios busca encaminar al hombre elegido hacia la vivencia radical y eterna en su Gracia.Y hay algo que también se suma a la intención divina: Dios no quiere que esa sea una prerrogativa solo de unos pocos, sino que pertenezca a todos los hombres. Todos han sido creados, todos han sido favorecidos por su amor, y a todos los quiere llevar a la plenitud de la vida en la eternidad.

Aun cuando esa historia se desarrolla concretamente en un ámbito específico, bajo una característica única y englobante, que le da una forma incluso nacional en el pueblo elegido, esa salvación que Dios quiere que sea para todos debe poder llegar a toda la humanidad. La obra de Jesús no podía circunscribirse a un pueblo único, pequeño, casi insignificante. La dadivosidad de Dios no podía quedar reducida a lo mínimo. La obra de Jesús tenía suficiente entidad para ser de todos y para alcanzar a todos, los de entonces y los de todos los tiempos. El amor de Dios no podía quedar circunscrito a unos cuantos y rechazar a los demás que eran infinitamente más que ellos. No es razonable un amor discriminatorio en Dios que favorezca a unos muy pocos y rechace a la inmensidad de los hombres que conforman la humanidad. Jesús deja claro que, aun cuando Dios utilizó al pueblo elegido para revelar su amor salvador y estableció incluso un protocolo casi nacional para el desarrollo original de su obra salvadora, esa redención que Él vino a realizar no hacía ninguna discriminación. Aun cuando los otros pueblos no hubieran recibido esa revelación, ni hubieran conocido al Dios Creador y sustentador previamente, Jesús dejaba claro que ninguno de ellos quedaba fuera de ese amor salvador. También los hombres de esos pueblos desconocedores de Dios eran objetos de la salvación amorosa del Señor que los había creado también a ellos. El pueblo de Israel debía cumplir los protocolos que Yahvé había establecido. Ellos debían ser fieles a lo que Él quería que fuera asumido. Pero los otros pueblos, desconocedores de esa historia de salvación, no tenían esa obligación. Sí asumían la que era razonable: Conocer a Dios, aceptar su amor, mantener su fidelidad a lo que era su voluntad, dejarse amar por el Dios que se hacía presente en Jesús, reconocer la necesidad de ser perdonados por cuya razón Jesús muere en la cruz, ser convocados a vivir unidos al Salvador y a caminar siempre en su presencia, dejarse integrar en esa comunidad de amor que es la Iglesia de Cristo, vivir la fraternidad que es característica primordial de los discípulos de Jesús, y ser dóciles a la conducción que Dios hace para llevarlos a la salvación eterna. Todo lo anterior a Cristo, por desconocerlo, no entra en sus obligaciones. Pero la obra de Jesús, que sí comienzan a conocer, sí debe ser profundizada y aceptada, para ser vivida y dejarse llevar a esa salvación que Él quiere para todos: "Entonces ustedes vivían sin Cristo: extranjeros a la ciudadanía de Israel, ajenos a las alianzas y sus promesas, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Ahora, gracias a Cristo Jesús, los que un tiempo estaban lejos están cerca por la sangre de Cristo. Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos, para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo, haciendo las paces". Ya no hay separación, sino una unión absoluta, hecha posible por el amor.

Por encima de todo estará siempre el deseo eterno de Dios de tenernos a su lado, ahora y para toda la eternidad. No hay nada que distraiga a Dios de esa finalidad con la cual nos ha creado. Ciertamente Dios ha puesto a nuestro favor todo lo creado. Nos llenó de las cualidades con las que nos enriqueció para proveernos de todo lo que necesitáramos para vivir, puso en nuestras manos todas las cosas, nos hizo un pueblo solidario y fraterno para que no viviéramos en la soledad absurda y llena de riesgos. Pero por encima de todo nos llenó de su propia vida para que viviéramos siempre en su presencia, haciéndonos partícipes de su naturaleza divina que nos haría dignos de estar en la eternidad junto a Él. Nosotros podemos vivir en la plena conciencia de ello, haciéndonos merecedores hoy y para toda la eternidad de esa condición de salvados. Pero también, lamentablemente, podemos cometer el absurdo de pensar que no necesitamos de nada de eso y que somos autosuficientes. Solo quien quiere despreciar esa salvación eterna prometida lo hace. Y tristemente son muchos los que se atreven a ello. Por eso Jesús nos pone sobreaviso ante ello: "Tengan ceñida su cintura y encendidas las lámparas. Ustedes estén como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad les digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos". Todo lo que ha sido establecido en la historia de la salvación, sea lo que fue relevado por Yhavé en el Antiguo Testamento para el pueblo de Israel, sea lo que apenas fue conocido por los extranjeros por la presencia de Jesús, y que fue llevado a cabo por Él en su entrega a la cruz, por la entrega de su cuerpo a la muerte y el derramamiento de su sangre salvadora, absolutamente todo, está diseñado como gesta salvadora. Todos fuimos creados para la salvación. Todos fuimos creados para ser salvados. Pero todos estamos llamados a manifestar nuestro deseo de ser salvados. La salvación no es una acción automática en la que no tengamos ninguna responsabilidad. Todos debemos empeñarnos en hacernos dignos, pues aun cuando esa salvación será siempre una donación amorosa de Dios, debemos manifestar que la deseamos y que deseamos ser salvados para entrar en esa eternidad que será plenitud en el amor y en la felicidad que no se acaban. Dios nos quiere con Él. Pero nos quiere con plena conciencia de lo que estamos obteniendo. Nuestra vida aquí y ahora no es otra cosa que la construcción que vamos haciendo cada uno de nuestro futuro de eternidad. Es una eternidad de plenitud que ya tenemos asegurada, pero que debemos hacerla realidad por nuestra añoranza de futuro en el amor de Dios.

lunes, 19 de octubre de 2020

Todo es de Dios, nos ha sido donado, y todo debe volver a Él

 Atesorar - Alfa y Omega

Dios hizo todo lo que existe. Todo ha surgido de su mano poderosa y amorosa. Y asumió el hacerlo todo como su gesto de compromiso con todo lo que no es Él. Sin necesitar de nada fuera de sí, decidió necesitarlo, no como algo inherente a su esencia, sino como algo que lo comprometía. Desde que todo lo creado existe, Dios necesita saber que todo está bien. Por eso, cuando el autor sagrado afirma que Dios "vio todo lo que había hecho y era muy bueno", no solo se refiere a la bondad que poseía en sí la creación, sino a aquello que estaba Él mismo dispuesto a asumir en la subsistencia de todo. Todo estaba muy bien, ciertamente, pero iba a seguir estando muy bien por cuanto Él, dador de todos los bienes, asumía necesariamente su compromiso de percatarse de que se mantuviera así. Está claro que la razón última de esa bondad de lo creado era aquella criatura en la mano de quien lo colocaba todo, es decir, del hombre. Nada de lo que existe tiene sentido sin él. Todo existe para él. Todo se explica en él. Si no está el hombre en el universo no hay razón para la existencia de las cosas, de las plantas, de los animales. En cierto modo, la presentación que hace el autor del gesto creador de Dios, al colocar al hombre en el último día de la creación, luego de que ya todo lo demás ha venido a la existencia, es como la confirmación de que el hombre es el colofón de todo, el punto más alto, el que lo va a disfrutar todo, para el que ha sido creado todo. La creación del hombre es la gala y el orgullo del mismo Dios creador. Y por ser así, estará siempre dispuesto no solo a producir su existencia, sino a procurarle lo que necesite. No escatimará nada de cuanto lo podrá beneficiar, por cuanto además de todo lo que significa su vida, lo enriquecerá con los infinitos bienes que pondrá en sus manos, incluso con aquellos que son originalmente solo suyos. Así, le dará su inteligencia y su voluntad, su libertad absoluta, su capacidad de amar, su esencia comunitaria. Todas esas son prerrogativas divinas que, en el gesto creador y amoroso, Dios está dispuesto, sin ninguna dificultad, a colocar en las manos del hombre, su criatura predilecta. Esa preferencia de Dios es clarísima, pues nos percatamos de que a ninguna de las otras criaturas del universo ha beneficiado con dones tan extremos, que eran solo originalmente suyos. Dios se ilusiona con el hombre y en su deseo de beneficiarlo al máximo, lo llena de los bienes que son solo suyos, haciéndolo partícipe de su naturaleza divina. Sin embargo, en este idilio divino las cosas no son solo hermosas, pues el hombre, habiendo recibido todos los beneficios divinos, llegó a considerarse más que Dios y capaz de desplazarlo de su corazón, creyendo en su absurdo que podía vivir sin la unión con el que era el origen de todos sus beneficios. Confundió el amor con la traición.

En su obcecación el hombre llegó a confundir los beneficios con el fin. Todos los bienes con los cuales Dios lo había favorecido llegó a confundirlos con lo único. Y la verdad es que esos bienes jamás fueron considerados por Dios como un fin que ponía en las manos de los hombres, sino que en realidad siempre fueron el medio que Él les procuraba para que sirvieran para su subsistencia, y que finalmente les ayudaran a consolidar su supremacía sobre toda la creación, en el entendido de que todo debía retornar a su dueño original, Él mismo, por lo cual el hombre, para poder disfrutar eternamente de ellos, debía mantener su unión a Él, debía vivir siempre en su amor, debía procurar una vida continua de reconocimiento y de servicio en su amor. No hacerlo así fue la debacle, pues el hombre se obstinó erróneamente en creerse autosuficiente, desconectándose de quien era su único sustento vital, el que le daba incluso el motivo de su existencia. No quería Dios, de ninguna manera, impedir el progreso del hombre. Ese progreso, por el contrario, era el signo de que su obra tenía sentido. Por él, el hombre confirmaba su superioridad sobre todo. Cuando el hombre cumple con la impronta de superioridad pautada por Dios, hace lo que Dios quiere. La indicación divina para el desarrollo de su vida fue tajante: "Dominen la tierra y sométanla". No hay confusión en eso. El hombre tiene como tarea, por las cualidades donadas por Dios, llevar todo lo creado a su superación. A sí mismo y a todo lo creado. No hacerlo sería una traición al objetivo de su existencia. Pero no es una tarea unívoca ni que lo desconecta de la conciencia plena de la unión con su origen. La autosuficiencia humana es una realidad por la voluntad divina, pero no es absoluta, por cuanto siempre deberá estar, para que sea legítima, unida a quien es la fuente que nunca puede faltar. El ejemplo claro lo pone Jesús en su diálogo con la gente: "Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: '¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha. Y se dijo: 'Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente'. Pero Dios le dijo: 'Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?' Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios". Ese hombre asumió la acumulación de bienes como su fin, sin apuntar más alto, al servicio debido a Dios y a la vida en función de los demás, en especial de los necesitados. Lo malo de él no fue haber puesto a producir sus bienes, sino haber creído que la vida se agotaba en eso. Se enriqueció a sí mismo, sin enriquecerse delante de Dios ni de los hermanos.

Es necesario, por lo tanto, asumir todos los beneficios que nos regala Dios para nuestra vida, que son muchos e inmensos, pero sin perder la perspectiva más rica de nuestra existencia que no se agota en los beneficios materiales que nos da el Señor. Somos capaces de transformar el mundo. Nuestras capacidades han demostrado hasta ahora que aparentemente cada vez son mayores y tienen menos impedimentos para brillar. La inteligencia y la voluntad con las cuales nos ha enriquecido el Señor nos hacen casi invencibles. Nuestra libertad aparentemente no tiene límites. Pero todo eso nos ha sido donado no para que nos lleguemos a creer totalmente poderosos, sin referencias superiores. Todas las cualidades que poseemos por el amor generoso de Dios son para aplicarlas en primer lugar a Él. Para que lo conozcamos mejor, para que le sirvamos con fidelidad, para que lo amemos por encima de todas las cosas, para que hagamos del servicio a los demás nuestra alegría. Si esas capacidades no sirven para eso, no sirven para nada. Si se quedan solo en el regalo a sí mismo, con vanidad y soberbia, terminaremos en la indigencia total. El amor de Dios por nosotros es grandioso. Más aún, es el único, por cuanto es a nosotros a los únicos que Él ama por nosotros mismos. Así es, y así seguirá siendo siempre hasta la eternidad. Nuestra existencia se explica solo en ese arrebato de amor en la eternidad que tuvo en favor nuestro. Pero ese amor será realidad en nosotros solo si somos capaces de responder en esa misma ilusión, con la misma capacidad de idilio que Él la vive hacia nosotros. Vivir en el idilio con Dios es fundamental para nuestra existencia legítima en Dios y para alejarnos de las pretensiones de soberbia que siempre estarán entre nuestras tentaciones. Jesús ha venido para rescatarnos de ese mal: "Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo —ustedes están salvados por pura gracia—; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con Él, para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. En efecto, por gracia están salvados, mediante la fe. Y esto no viene de ustedes: es don de Dios". Nuestra conciencia debe estar siempre fundada en la realidad de que todo nos ha venido de Dios. De que incluso las cosas que logramos son posibles gracias a las capacidades que Él ha puesto en nosotros. Solo siendo conscientes de que todo lo que tenemos es por la gracia divina, más aún, que son realidades suyas que Él ha querido compartir con nosotros, podremos dar a nuestra vida la realidad justa que debe tener. Somos de Dios, venimos de Él, todo lo que poseemos es gracias a Él, y al final de nuestra vida lo justo es que lo retornemos todo a Él, dador de todos los bienes, y el único al que es justo que todo torne.