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domingo, 15 de noviembre de 2020

El mundo es de Dios y Él lo ha puesto en nuestras manos para hacerlo mejor

 Parábola de los talentos - Wikipedia, la enciclopedia libre

Una cosa de la vida de los hombres que marcará definitivamente nuestra existencia no solo para ese futuro grandioso que nos espera a todos, sino que sin duda marcará cada momento, es el aprovechamiento que hagamos de la inmensa cantidad de dones que hemos recibido de Dios nuestro Padre desde el mismo primer momento de existir. El Dios inmensamente dadivoso no ha querido solo favorecernos con la vida que nos ha regalado, desde aquel movimiento absolutamente inusitado de bondad y de beneficios que ha surgido de su corazón, sin que mediara una motivación de obligación y mucho menos de necesidad, ni tan solo por lo extraordinario del derramamiento del amor que dejó surgir desde aquella esencia personal que existía solo para Él, en la plena satisfacción mutua que vivía la Santísima Trinidad, pues era un amor totalmente suficiente para sí, sin ninguna otra necesidad externa y para su propia vida de intimidad divina, es su empeño de favorecer al hombre con todo lo que necesite para existir. Es claro que todos esos movimientos son deseados totalmente por Él, con los que nos creó, nos puso en medio de todo, nos dio todos los medios para que nuestra vida pudiera ser lo mejor que nos podía procurar, nos llenó de un amor que no tiene ni tendrá jamás parangón con cualquier otro amor que nos podamos imaginar. Y con todo, no quiso que esa obra ingente de creación y sostenimiento fuera suficiente con la sola obra de amor y de poder. A cada hombre que estableció en el mundo y que colocó en el centro de todo, nos encomendó una responsabilidad. Puso en nosotros una tarea que debemos cumplir, pues el mundo, habiendo sido hecho perfecto por Él para nosotros, lo hizo propenso de mejoría. El haber sido creados a imagen y semejanza suya no consistió solo en la misma vida donada, en la libertad que nos regaló, en la capacidad de amar y se existir en favor de los otros, sino que lo marcó con su misma capacidad creativa, con su fuerza de hacer mejor las cosas, de añorar el bien no solo para sí mismo, sino asumiéndolo como una responsabilidad en favor de todos los que tenemos como convivientes en el mundo. Somos co-creadores con Dios, porque Él lo ha establecido así. Dios nos ha hecho sus socios en el mundo, y por eso el mundo puede ser mejor. No solo porque Él lo hizo, lo creó y lo sostiene, sino porque nos ha hecho capaces para ello, tal como Él mismo lo es. "Dominen la tierra y sométanla", es una decisión muy concreta de Dios y un mandato expreso que debe ser cumplida a rajatabla. Y a eso agregó por esencia la posibilidad de que ese dominio no fuera un simple cumplimiento formal o individual del hombre, sino una conjunción de intereses y de esfuerzos de todos en el que cada uno tuviera algo que aportar: "No es bueno que el hombre esté solo". Es decir, pudiendo lograr que cada hombre se ocupara de lo suyo única y exclusivamente, decidió que el plan fuera para todos, ejercido en la unidad y en la ocupación de amor mutua que fuera surgiendo de lo que cada uno aportara. En este sentido no es solo importante responder positivamente al diseño divino, sino que es mucho más importante hacerlo en unidad de criterios e intereses, en los que el aporte de cada uno fuera un beneficio para todos.

La existencia humana no es, por lo tanto, no puede ser, un simple pasar y ocupar espacios. No es solo que cada uno en su individualidad tenga una tarea que cumplir, sino que en su esencial diversidad y riqueza personal, tiene la obligación hermosa y grandiosa, pues es originalmente de Dios, de servir para que otros reciban también todos los beneficios que el Señor mismo ha diseñado para todos. Por eso es tan importante sentirse llamado y responsabilizado. Al margen de lo concreto, que corresponderá a cada uno, estará el deseo de ser útil, de hacer su parte, de asumir su diferencia que enriquecerá a los demás siempre. La marca no estará, aun siendo muy importante, en si se es hombre o mujer; niño, joven, adulto o viejo; profesional u obrero; sabio o poco agraciado. La marca estará en el ser hombre, en el ser miembro del mundo, en asumir que el mundo ha sido puesto en sus manos para hacerlo mejor: "Una mujer fuerte, ¿quién la hallará? Supera en valor a las perlas. Su marido se fía de ella, pues no le faltan riquezas. La trae ganancias, no pérdidas, todos los días de su vida. Busca la lana y el lino y los trabaja con la destreza de sus manos. Aplica sus manos al huso, con sus dedos sostiene la rueca. Abre sus manos al necesitado y tiende sus brazos al pobre. Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura; la que teme al Señor merece alabanza. Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en público". ¿Qué es entonces lo importante? ¿Es importante la mujer, o cualquier persona, por lo que aparenta, por su belleza, por su sabiduría, por su destreza al hacer las cosas? Para Dios eso es absolutamente secundario. Y para el mundo también, pues lo que Dios quiere del hombre para el mundo no es la superficialidad ni la apariencia, sino que logre que sea el lugar de perfección que Él ha establecido para todos. La bondades de Dios, podemos estar seguros, que no se detienen en pretensiones exteriores, sino en realidades profundas que tienen que ver con lo de dentro más que con lo de fuera. Por eso insiste San Pablo en evitar centrarse en las cosas que pasarán, sino en las que quedarán. Aun siendo el mundo un lugar de tarea actual, en el cual todos debemos esforzarnos al máximo, pues Dios nos quiere felices y gozosos en Él y en su amor, conviviendo lo mejor posible con el aporte que hagamos cada uno en favor de todos, logrando que realmente en ese mundo podamos vivir la solidaridad fraterna que nos sustraiga de tantas calamidades y maldades que lamentablemente por nuestra indolencia y falta de criterio realizamos, el fin no es únicamente un mundo mejor actual, sino una eternidad que nos lleve al gozo que no se acabará jamás en el que ciertamente lograremos la mayor de las felicidades, pues es la plenitud a la que estamos destinados para siempre y que nadie nos quitará. "En lo referente al tiempo y a las circunstancias, hermanos, no necesitan que les escriba, pues ustedes saben perfectamente que el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: 'paz y seguridad', entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero ustedes, hermanos, no viven en tinieblas, de forma que ese día los sorprenda como un ladrón; porque todos son hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Así, pues, no nos entreguemos al sueño como los demás, sino estemos en vela y vivamos sobriamente". Ese es nuestro futuro y jamás podremos desentendernos de él.

Jesús añade un punto más que debe ser asumido también en detalle. Nuestra vida, habiendo sido ese regalo amoroso y lleno de bondades de Dios, ha sido no solo enriquecida con amor y beneficios, sino que aquellas capacidades divinas son también ahora prerrogativas nuestras que nos pertenecen y apuntan a la vida verdadera. Una vida sin capacidades es una vida vacía. Ninguno de los hombres ha sido desfavorecido de ellas. Incluso los que nos imaginamos que puedan haber sido olvidados en esto, sirven a todos, al menos para animarnos a ser mejores en favor de ellos. Hablar de discapacitados es un  absurdo. Son ellos los que nos hacen más capaces para ellos mismos, pues así tienen la tarea hermosa de hacernos para ellos y de llenarnos de su propia capacidad de animación. Por eso Jesús nos invita a nunca dejar de hacer nuestra parte, aunque nos parezca la más superficial y menos fructuosa: "Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: 'Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco'. Su señor le dijo: 'Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor'. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: 'Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos'. Su señor le dijo: 'Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor'. Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: 'Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo'. El señor le respondió: 'Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Conque sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quítenle el talento y dénselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil échenlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes'". Los otros hicieron lo que tenían que hacer, no porque hicieran maravillas, muchas o pocas, sino porque cumplieron su cometido, el que Dios les había dejado en sus manos. Nadie debe dejar de hacer su parte. Dios nos ha colocado el mundo en sus manos. Es el mundo que es el suyo y que nos encargó. Y somos nosotros los encargados de hacerlo mejor, más habitable para todos, lugar de encuentro con los hermanos, para preparar aquel encuentro final maravilloso para el que todos estamos destinados con el amor infinito del Padre.

jueves, 5 de noviembre de 2020

Hemos sido hechos capaces por Dios y para Dios

 ROMPAMOS LAS MEDIDAS: domingo 24C - Juan Carlos de la Riva - Revista de  Pastoral Juvenil

Cuando los hombres nos enorgullecemos tontamente de nuestros logros personales, atribuyéndonos a nosotros mismos los méritos de lo que vamos alcanzando, sin colocar nuestro orgullo en la razón verdadera que va haciendo posible que se den, de alguna manera estamos robando esa razón a quien de verdad la tiene toda. Ciertamente los hombres somos capaces de inmensas realizaciones. Lo asegura incluso nuestro mismo origen, que está en el amor divino, del cual hemos surgido portentosamente, y que nos ha colocado en ese primer lugar que nada nos arrebatará, y que nos ha hecho similares a quien es la causa de nuestra existencia, llenándonos de sus mismos atributos de inteligencia y voluntad, de libertad, de poder y de amor. Somos capaces de inmensos logros, nuestra inteligencia y nuestra voluntad son capaces de extraordinarias metas y de infinitos logros. Lo ha demostrado el hombre desde el inicio de su existencia, en la cual ha hecho avanzar al mundo, lo ha hecho más habitable para todos, ha hecho que los avances científicos y tecnológicos sean cada vez más llamativos, los ha colocado a la mano de los que los necesiten. Sin duda, esos avances han demostrado y han dejado claro que el hombre ha sido hecho y ha sido colocado por Dios para avanzar cada vez más. Y lo ha hecho con creces, haciendo que esa intención divina llegara a estar bien cumplida. Pero en muchas ocasiones el hombre ha llegado a considerarse el único artífice de tanta bondad, atribuyéndose a sí mismo todo el mérito, perdiendo la perspectiva de ser receptor de los beneficios, por el amor inmenso que el Dios Creador ha derramado sobre él. Si el hombre ha logrado tantas realizaciones lo ha hecho sin duda por la capacidad que tiene, pero no debe perder la perspectiva de que todo es una donación de Dios que lo ha hecho capaz de ello. Todos estamos llamados a superarnos, dando al mundo lo que le debemos, pero nunca debemos asumir que nuestra propia fuerza sea suficiente, sin dar a quien lo posibilita, que es Dios y su amor, el reconocimiento de hacerlo posible. La creación es un canto de amor de Dios, en la cual ha colocado su mejor empeño, procurando que ese universo sea mejor, haciendo del hombre su primer socio, y en manos del cual ha destinado el avance de los logros que harán a ese mundo mejor y más hermoso, y procurándose a sí mismo los mayores beneficios, para su propio disfrute y el de todos los hombres.

Es por ello que en el camino de nuestra fe es necesario hacerse cada vez más consciente de la justa asunción de las propias capacidades, siendo capaces de dar a quien corresponde realmente el reconocimiento, asumiendo que todas las bondades que poseemos y que somos capaces de originar, siendo prerrogativas humanas por la capacidad que nos ha sido regalada, no tienen un origen distinto que el del mismo Dios que nos ha bendecido con ellas. En ese camino duro de conversión que vivió San Pablo, entre esas durezas que tuvo que vivir y asumir, estuvo el hacerse consciente de su periplo humano, incluso de la fe en la cual se había desarrollado, que tuvo que asumir, no en una gloria que debía darse a sí mismo, sino entendiendo que todo le venía incluso como donación divina, en la que tuvo que entender que esa gloria, incluso la religiosa de la que se jactaba, no valían de nada, si no daba el reconocimiento real a quien era el que estaba convocándolo a ser suyo: "Los circuncisos somos nosotros, los que damos culto en el Espíritu de Dios y ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en la carne. Aunque también yo tendría motivos para confiar en ella. Y si alguno piensa que puede hacerlo, yo mucho más: circuncidado a los ocho días, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo hijo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, irreprochable". San Pablo, en su experiencia personal de fe, tenía sobrados motivos para sentir el orgullo humano, pues su camino llegó a realizarlo llenándose de la satisfacción, incluso justificada sobradamente, de ser supuestamente fiel y servidor del Dios Yhavé. Pero Dios, apuntando a lo que estaba llamado a ser en el futuro, como apóstol de Jesús en aquella Iglesia naciente y figura principal de la Iglesia no solo de ese tiempo primero sino para la que vendría luego en toda la historia, le hizo asumir de manera más que clara dónde debía colocar su orgullo y hacia dónde debía apuntar el deseo de ser verdaderamente fiel y servidor de todos, vaciándose totalmente del orgullo egoísta que destruía toda su convocatoria apostólica: "Sin embargo, todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. Más aún: todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor". Teniendo extraordinarias dotes humanas, que finalmente puso al servicio de la Iglesia y de cada cristiano, lo colocó todo en la justa perspectiva. Todo lo que poseía era para Dios y para el servicio a la Iglesia. Y sabiendo que había sido enriquecido con dotes extraordinarias, las reconoció como dones divinos que debían ser puestas al servicio de todos.

Al fin y al cabo es el mismo reconocimiento que nos invita a hacer Jesús, cuando nos reconocemos solo de Él. Nosotros somos como aquella oveja que se pierde o aquella moneda que no se encuentra. En el reconocimiento de la necesidad de estar en las manos de Jesús estará nuestra posibilidad de ser recuperado por su amor. Cuando nos colocamos en el exclusivo reconocimiento de nuestro valor, que al fin y al cabo es fruto de un orgullo absurdo e inexistente, nos hacemos como aquella oveja que se pierde, lo que nos coloca en la necesidad de esa acción divina que nos buscará para colocarnos de nuevo en el sitio que corresponde a quienes dan el reconocimiento al mismo Creador. Jesús es el artífice de los que se ponen delante de Dios y hacen su reconocimiento del valor propio de lo que han recibido, pero que son muy conscientes de que sin la donación amorosa de parte de Dios de las propias capacidades, son absolutamente nada. El gozo de Dios está no solo en hacernos capaces de sí, con las cualidades con las que nos ha enriquecido, sino en el reconocimiento que hagamos de Él como nuestro artífice al, que debemos dar todo nuestro reconocimiento, pues su regalo es el que hace posible nuestras realizaciones. La oveja perdida que se ha recuperado y la moneda que se ha encontrado, somos los cristianos que nos sabemos favorecidos por Dios, que asumimos nuestra tarea en el mundo con gozo y alegría, que sabemos que el mundo será mejor con nuestra responsabilidad, y que todo lo hacemos en la conciencia clara de que todo es beneficio de Dios que nos ha hecho sus socios y nos ha puesto la misión de llevar adelante toda la obra de bien y de amor que Él ha previsto para todos. "¿Quién de ustedes que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: '¡Alégrense conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido'. Les digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: 'Alégrense conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido'. Les digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta". Ese reconocimiento es el que debemos hacer cada uno de nosotros. Somos la oveja recuperada y la moneda encontrada. Reconocemos a nuestro Dios como el artífice de nuestras capacidades. No nos damos a nosotros el reconocimiento. Nos sabemos capaces de hacer un mundo mejor, pero conscientes de que es el mismo Dios quien nos ha hecho capaces.

lunes, 19 de octubre de 2020

Todo es de Dios, nos ha sido donado, y todo debe volver a Él

 Atesorar - Alfa y Omega

Dios hizo todo lo que existe. Todo ha surgido de su mano poderosa y amorosa. Y asumió el hacerlo todo como su gesto de compromiso con todo lo que no es Él. Sin necesitar de nada fuera de sí, decidió necesitarlo, no como algo inherente a su esencia, sino como algo que lo comprometía. Desde que todo lo creado existe, Dios necesita saber que todo está bien. Por eso, cuando el autor sagrado afirma que Dios "vio todo lo que había hecho y era muy bueno", no solo se refiere a la bondad que poseía en sí la creación, sino a aquello que estaba Él mismo dispuesto a asumir en la subsistencia de todo. Todo estaba muy bien, ciertamente, pero iba a seguir estando muy bien por cuanto Él, dador de todos los bienes, asumía necesariamente su compromiso de percatarse de que se mantuviera así. Está claro que la razón última de esa bondad de lo creado era aquella criatura en la mano de quien lo colocaba todo, es decir, del hombre. Nada de lo que existe tiene sentido sin él. Todo existe para él. Todo se explica en él. Si no está el hombre en el universo no hay razón para la existencia de las cosas, de las plantas, de los animales. En cierto modo, la presentación que hace el autor del gesto creador de Dios, al colocar al hombre en el último día de la creación, luego de que ya todo lo demás ha venido a la existencia, es como la confirmación de que el hombre es el colofón de todo, el punto más alto, el que lo va a disfrutar todo, para el que ha sido creado todo. La creación del hombre es la gala y el orgullo del mismo Dios creador. Y por ser así, estará siempre dispuesto no solo a producir su existencia, sino a procurarle lo que necesite. No escatimará nada de cuanto lo podrá beneficiar, por cuanto además de todo lo que significa su vida, lo enriquecerá con los infinitos bienes que pondrá en sus manos, incluso con aquellos que son originalmente solo suyos. Así, le dará su inteligencia y su voluntad, su libertad absoluta, su capacidad de amar, su esencia comunitaria. Todas esas son prerrogativas divinas que, en el gesto creador y amoroso, Dios está dispuesto, sin ninguna dificultad, a colocar en las manos del hombre, su criatura predilecta. Esa preferencia de Dios es clarísima, pues nos percatamos de que a ninguna de las otras criaturas del universo ha beneficiado con dones tan extremos, que eran solo originalmente suyos. Dios se ilusiona con el hombre y en su deseo de beneficiarlo al máximo, lo llena de los bienes que son solo suyos, haciéndolo partícipe de su naturaleza divina. Sin embargo, en este idilio divino las cosas no son solo hermosas, pues el hombre, habiendo recibido todos los beneficios divinos, llegó a considerarse más que Dios y capaz de desplazarlo de su corazón, creyendo en su absurdo que podía vivir sin la unión con el que era el origen de todos sus beneficios. Confundió el amor con la traición.

En su obcecación el hombre llegó a confundir los beneficios con el fin. Todos los bienes con los cuales Dios lo había favorecido llegó a confundirlos con lo único. Y la verdad es que esos bienes jamás fueron considerados por Dios como un fin que ponía en las manos de los hombres, sino que en realidad siempre fueron el medio que Él les procuraba para que sirvieran para su subsistencia, y que finalmente les ayudaran a consolidar su supremacía sobre toda la creación, en el entendido de que todo debía retornar a su dueño original, Él mismo, por lo cual el hombre, para poder disfrutar eternamente de ellos, debía mantener su unión a Él, debía vivir siempre en su amor, debía procurar una vida continua de reconocimiento y de servicio en su amor. No hacerlo así fue la debacle, pues el hombre se obstinó erróneamente en creerse autosuficiente, desconectándose de quien era su único sustento vital, el que le daba incluso el motivo de su existencia. No quería Dios, de ninguna manera, impedir el progreso del hombre. Ese progreso, por el contrario, era el signo de que su obra tenía sentido. Por él, el hombre confirmaba su superioridad sobre todo. Cuando el hombre cumple con la impronta de superioridad pautada por Dios, hace lo que Dios quiere. La indicación divina para el desarrollo de su vida fue tajante: "Dominen la tierra y sométanla". No hay confusión en eso. El hombre tiene como tarea, por las cualidades donadas por Dios, llevar todo lo creado a su superación. A sí mismo y a todo lo creado. No hacerlo sería una traición al objetivo de su existencia. Pero no es una tarea unívoca ni que lo desconecta de la conciencia plena de la unión con su origen. La autosuficiencia humana es una realidad por la voluntad divina, pero no es absoluta, por cuanto siempre deberá estar, para que sea legítima, unida a quien es la fuente que nunca puede faltar. El ejemplo claro lo pone Jesús en su diálogo con la gente: "Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: '¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha. Y se dijo: 'Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente'. Pero Dios le dijo: 'Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?' Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios". Ese hombre asumió la acumulación de bienes como su fin, sin apuntar más alto, al servicio debido a Dios y a la vida en función de los demás, en especial de los necesitados. Lo malo de él no fue haber puesto a producir sus bienes, sino haber creído que la vida se agotaba en eso. Se enriqueció a sí mismo, sin enriquecerse delante de Dios ni de los hermanos.

Es necesario, por lo tanto, asumir todos los beneficios que nos regala Dios para nuestra vida, que son muchos e inmensos, pero sin perder la perspectiva más rica de nuestra existencia que no se agota en los beneficios materiales que nos da el Señor. Somos capaces de transformar el mundo. Nuestras capacidades han demostrado hasta ahora que aparentemente cada vez son mayores y tienen menos impedimentos para brillar. La inteligencia y la voluntad con las cuales nos ha enriquecido el Señor nos hacen casi invencibles. Nuestra libertad aparentemente no tiene límites. Pero todo eso nos ha sido donado no para que nos lleguemos a creer totalmente poderosos, sin referencias superiores. Todas las cualidades que poseemos por el amor generoso de Dios son para aplicarlas en primer lugar a Él. Para que lo conozcamos mejor, para que le sirvamos con fidelidad, para que lo amemos por encima de todas las cosas, para que hagamos del servicio a los demás nuestra alegría. Si esas capacidades no sirven para eso, no sirven para nada. Si se quedan solo en el regalo a sí mismo, con vanidad y soberbia, terminaremos en la indigencia total. El amor de Dios por nosotros es grandioso. Más aún, es el único, por cuanto es a nosotros a los únicos que Él ama por nosotros mismos. Así es, y así seguirá siendo siempre hasta la eternidad. Nuestra existencia se explica solo en ese arrebato de amor en la eternidad que tuvo en favor nuestro. Pero ese amor será realidad en nosotros solo si somos capaces de responder en esa misma ilusión, con la misma capacidad de idilio que Él la vive hacia nosotros. Vivir en el idilio con Dios es fundamental para nuestra existencia legítima en Dios y para alejarnos de las pretensiones de soberbia que siempre estarán entre nuestras tentaciones. Jesús ha venido para rescatarnos de ese mal: "Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo —ustedes están salvados por pura gracia—; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con Él, para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. En efecto, por gracia están salvados, mediante la fe. Y esto no viene de ustedes: es don de Dios". Nuestra conciencia debe estar siempre fundada en la realidad de que todo nos ha venido de Dios. De que incluso las cosas que logramos son posibles gracias a las capacidades que Él ha puesto en nosotros. Solo siendo conscientes de que todo lo que tenemos es por la gracia divina, más aún, que son realidades suyas que Él ha querido compartir con nosotros, podremos dar a nuestra vida la realidad justa que debe tener. Somos de Dios, venimos de Él, todo lo que poseemos es gracias a Él, y al final de nuestra vida lo justo es que lo retornemos todo a Él, dador de todos los bienes, y el único al que es justo que todo torne.

sábado, 31 de agosto de 2019

Mis talentos son para mis hermanos

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Dios creó al hombre en el sexto día de la creación. Fue el último en ser creado. Después que había llenado ya el universo entero de los demás seres, puso la guinda de su obra poniendo al hombre en el centro, y entregándole todo lo creado para que lo dominara y se sirviera racionalmente de ello. Así reza el libro del Génesis: "Cuando Dios creó al hombre, lo creó a su imagen; varón y mujer los creó, y les dio su bendición: 'Tengan muchos, muchos hijos; llenen el mundo y gobiérnenlo; dominen a los peces y a las aves, y a todos los animales que se arrastran'. Después les dijo: 'Miren, a ustedes les doy todas las plantas de la tierra que producen semilla, y todos los árboles que dan fruto. Todo eso les servirá de alimento. Pero a los animales salvajes, a los que se arrastran por el suelo y a las aves, les doy la hierba como alimento.' Así fue, y Dios vio que todo lo que había hecho estaba muy bien. De este modo se completó el sexto día". En ese designio creador, Dios estableció una sociedad perfecta entre los hombres, para lo cual tenían que ser ayuda adecuada unos para otros. La sociedad humana naciente, así, funcionaría con el aporte de cada uno. "Luego, Dios el Señor dijo: 'No es bueno que el hombre esté solo. Le voy a hacer alguien que sea una ayuda adecuada para él.'"

Dios creó al hombre libre, inteligente y con voluntad, capaz de amar. "A nuestra imagen y semejanza". Lo hizo "poco inferior a los ángeles", con lo cual puso en él cualidades divinas, inéditas en todos los demás seres de la creación. Por eso con el hombre, la creación alcanza su zenit, su punto más alto. El Señor había bordado su creación, derramando todo el amor de su corazón en el hombre, al cual ama por sí mismo, por encima de todos los demás seres de la creación, a los cuales ama en cuanto sirven al hombre. Para que esta obra llegara a su plenitud, deja al hombre la responsabilidad de seguir adelante. Aun cuando la creación es el reflejo concreto de la inmensidad y la belleza del mismo Dios, el hombre, hecho socio de Dios, es responsabilizado de mantener las cosas en el orden deseado por Dios. Para ello, el Señor da a cada uno los talentos, que son cualidades específicas que servirán a cada uno para lograr ese cometido. Se los da de acuerdo a las capacidades que tiene cada uno, de modo que no todos tendrán los mismos talentos ni servirán para lo mismo, pero sí tendrán que poner el máximo esfuerzo por colocar su capacidad en orden a lograr el bien común, para beneficiar a todos.

Ser siervo bueno y fiel del Señor es hacerse consciente de las propias cualidades, de los propios talentos con los cuales nos ha enriquecido el Señor, y ponerlos a funcionar, sin esconderlos ni inutilizarlos. Todos los tenemos y nadie puede aducir que no los posee. Es una cuestión de justicia, para con el Señor y los hermanos. Los talentos no son para beneficio personal o para un goce absurdamente egoísta. Son dones que nos ha regalado el Señor para ponerlos a producir en función de los demás. Toda la humanidad se enriquece con los talentos que nos han sido regalados. Sería muy deshonesto recibirlos, reconocerlos y no sentirnos responsables de hacer que todos los disfruten. Dios no nos ha dado sólo la vida, sino que se ha ocupado de que, a través del aporte de los mismos hombres, con la puesta en práctica de los talentos recibidos, la vida sea mejor para cada uno.

Pero así como es injusto no ponerlos a producir en beneficio de los hermanos, es igualmente injusto exigirlos a quien no los ha recibido o exigirlos en cantidad mayor a la recibida, o lo que es lo mismo, no se le pueden pedir peras al olmo. "No todos servimos para todo, pero todos servimos para algo". Exigir fuera de ese "algo" para el que servimos, no tiene sentido. Exigirle un bello canto al que es mudo, es absurdo. De igual manera exigir cien al que puede dar solo ochenta (en lo que sea), carece de sentido. Eso sí, es igualmente injusto exigir solo sesenta a quien puede dar cien. Sobre todas nuestras capacidades pesa la responsabilidad de querer el bien de los hermanos. Nunca podemos dejar a un lado este sentido de responsabilidad con el Dios que nos ha hecho socios suyos en la procura del bienestar general. Todos debemos responder al máximo en esta sociedad. Debemos dar lo mejor de nosotros y debemos exigírselo con justicia a todos, haciéndonos conscientes de que si alguien no hace las cosas como yo creo que deben ser hechas, no significa que no esté poniendo su mejor empeño en hacerlo. No todos tenemos las mismas capacidades. Decía Gabriel García Márquez, respecto al amor: "El que alguien no te ame como tú quieras que te ame, no significa que no te esté amando con todo su corazón".

Ser siervo negligente y holgazán es echar en saco roto las exigencias que conlleva el ser enriquecido con los talentos. Es haber perdido el sentido de la propia existencia. Es no actuar con la justicia de quien se debería sentir responsable de las riquezas que ha recibido pero sólo en función del beneficio de los hermanos. Es defraudar la confianza del Creador, que te ha hecho socio suyo, elevándote infinitamente de categoría, y para ello se hace además Providente para ti mismo y, a través de ti, para los demás. Por eso, por deshonesto, por injusto, por defraudador, merece el castigo eterno. "Y a ese siervo inútil échenlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes..."

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Ni sumar, ni conservar... ¡Multiplicar!

Dios es el Dador de todos los bienes del hombre. Desde su creación, lo colocó en medio de todas las cosas para que le sirvieran de apoyo, de sustento, de herramienta para su desarrollo y promoción personal y comunitaria. Todas las cosas Dios las hizo pasar en frente del hombre para que les fuera poniendo su nombre, con lo cual, en la mentalidad del escritor sagrado, era como un paso del dominio a las manos del hombre. Colocar el nombre a todo lo que existe hacía del hombre el "propietario", el "administrador" de todo lo creado. El Creador eterno ponía en las manos del creado predilecto todo lo que había surgido de sus manos. El hombre, así, tenía todo el control de la creación. Y podía usar de ella a su placer... En ese uso absolutamente libre, el hombre podía avanzar correctamente o equivocar el camino. El avance correcto sería adelantar en el camino de la perfección, de la plenitud, hacia la meta de la felicidad eterna... Equivocar el camino significaría el pecado, el apartarse de la voluntad de Dios, es decir, de Dios mismo, y atrasar cada vez más la llegada a esa meta final de la felicidad...

Ese Dios sigue siendo siempre providente. No hay un solo momento en el cual Dios no esté proveyendo para el hombre lo que necesita. En la parábola de las aves del cielo y los lirios del campo, Jesús lo explica perfectamente. Si Dios se ocupa de ellas, que son criaturas simples, que ha puesto en las manos del hombre para su disfrute, ¿cómo no se va a ocupar del hombre, que es su criatura predilecta, la más amada, la que ha llamado al compartir final y eternamente su amor para ser plenamente feliz? El Dios providente provee para el hombre todo lo que necesita para vivir bien, y el hombre debe reconocer que el origen de todos los bienes que recibe es el Dios del Amor que lo ha creado...

En ese doble reconocimiento, en el del origen de todos los bienes y el para qué son donados cada uno de ellos, está, podríamos decir, la lógica para poder llegar a vivir en la satisfacción plena, en lo razonable del ser las criaturas predilectas de Dios, en la añoranza de llegar a la meta feliz y eterna de vivir en el amor junto a Él...Cuando el hombre hace así, puede decirse que ha comprendido perfectamente cómo desarrollar su vida en concordancia con lo que Dios quiere... Es el reconocimiento de lo grandioso de Dios, que merece un agradecimiento continuo y un compromiso de respuesta de fidelidad a lo que Él quiere que hagamos para ser verdaderamente felices...

En esa lógica de providencia de Dios, Él se preocupa, por lo tanto, de que cada uno tenga lo necesario para adelantar. En ocasiones, da todo lo que se necesita, cuando sabe que los hombres por nosotros mismos no podemos alcanzar la plenitud en aquello que se dona. Pero en otras ocasiones, nos da lo que necesitamos para "arrancar" y seguir adelante, haciendo crecer los dones que pone en nuestras manos, de manera que sea nuestro esfuerzo el que finalmente haga que todo llegue a donde debe llegar... Es lo que se conoce en el Evangelio como "talentos"... Son las riquezas, las capacidades, que Dios pone en nuestras manos para que podamos usar de ellas para nuestro bien y el de los demás. La felicidad consiste en hacer que los talentos crezcan, produzcan, procuren el bien para uno mismo y para los demás... Y serán mejor usados en cuanto los hagamos funcionar y multiplicar según las mismas capacidades que tenemos... Un talento es un don de Dios que debe ser puesto al servicio, pues será la única manera de hacerlo crecer. No es para esconderlo o para ponerlo a funcionar a lo mínimo, de manera que "no se pierda". Eso sería su muerte... Si el talento tuviera vida por sí mismo, quisiera siempre ser donado para mantenerse vivo y multiplicarse...

En esa lógica, los grandes talentos se multiplicarían dándolos: El amor crece cuando se ama, la fe crece cuando se da, la esperanza crece cuando se infunde en los demás, la valentía crece cuando se comporta uno valientemente... Los talentos no "se gastan", no "disminuyen" cuando se dan. Al contrario, se solidifican y crecen, y hacen que quien los vive y los dona. los multiplique en sí mismo... En contraposición, quien tiene amor y no ama asesina ese amor, quien tiene fe y no la transmite la pierde, quien tiene esperanza y no la infunde se frustra, quien es valiente y no se comporta valientemente se vuelve cobarde...

Esa misma lógica se vive en las demás cualidades con las que Dios nos ha enriquecido: inteligencia, voluntad, don de gentes, simpatía, facilidad de palabra, poder de convencimiento, solidaridad, caridad, consejo, piedad, justicia, prudencia, templanza... Cada una es un talento que es necesario fortalecer y multiplicar, practicándolo. No basta con sólo "querer mantenerlo", sino que es necesario por todos los medios practicarlos y darlos a los demás. Es la única manera como las haremos más y que se hagan beneficio para todos. Los talentos no nos han sido dados para un disfrute egoísta... Es absurdo, por ejemplo, tener facilidad de palabra para usarla en el espejo... Es absurdo haber recibido el sentido de la justicia para no aplicarlo en la búsqueda de la justicia para todos... No tiene sentido un talento escondido, enterrado, envuelto en un pañuelo... Ni se aprovecha, ni se permite que otros se aprovechen...

En la lógica de las capacidades no se puede un contentar con sólo sumar, aunque ya eso es bueno. ¡Qué extraordinario cuando uno pone sus talentos junto a los de los demás para que se sumen y hagan bien! Pero Jesús quiere que no sea sólo el resultado de una suma, sino que se multipliquen. Ponerlo junto al de los demás, de modo que no resulte una simple sumatoria, sino un inusitada multiplicación. No será un dos, como resultado de uno más uno... Será miles, cuando sumo mi talento al del otro, y al del otro, y al del otro...

No hacerlo producir nada es ya trágico... Y no hacerlo multiplicarse también... Debemos apuntar siempre a lo máximo. A la multiplicación... Nuestro talento debe unirse a los de los miles que también los han recibido.Resultará en una extraordinaria multiplicación... Y si unimos nuestros talentos, los que nos ha regalado Dios, a las mismas capacidades divinas, ya no será una simple multiplicación, sino que se irán al infinito, pues lo de Dios es siempre infinito. Unirse a Dios es la mejor multiplicación de los talentos que podemos hacer... No nos quedemos en los mínimos que significaría una terrible mediocridad. Vayamos a los máximos, a los niveles del mismo Dios, multiplicando nuestros talentos uniéndolos a los de los hermanos, y más, uniéndolos a las capacidades infinitas que Dios mismo tiene...