miércoles, 14 de mayo de 2014

Si amas, ya eres apóstol

Un apóstol es un enviado de Jesús. Es quien recibe directamente la orden de Cristo de anunciar su nombre a los hermanos, de hablarles de su amor, de su obra redentora, de su entrega hasta el final para rescatarnos de la muerte que nos correspondía, muriendo Él en vez de nosotros. Jesús tuvo en sus apóstoles a los hombres que le fueron más cercanos. Los eligió desde un principio de su manifestación pública para que fueran testigos de todas sus palabras y de todas sus obras, de modo que al ser enviados al mundo "a anunciar la Buena Nueva", tuvieran la experiencia personal de lo que iban a transmitir. De este modo, debe entenderse que el apóstol no es simplemente alguien que da una noticia, como si fuera un noticiero ambulante, sino que es alguien que transmite una experiencia, que habla desde su corazón, que habla de lo que ha vivido y sentido, que busca hacer de todos la riqueza que está viviendo en sí mismo...

Cada uno de los enviados de Jesús lo entendió así. Sólo Judas Iscariote, el traidor fue capaz de mantenerse en su negativa, a pesar de haber tenido la misma experiencia de los otros once. Es impresionante pensar en la ofuscación que tuvo que haber vivido Judas para obcecarse de tal manera, pues él, como todo lo demás, tuvo las mismas experiencias, escuchó las mismas palabras, presenció las mismas maravillas y milagros de Jesús. Y aún así, se mantuvo obstinadamente en su intención traidora. Incluso en el extremo de su afirmación traicionera, ni siquiera tuvo el valor de volver su cara a Jesús y a su misericordia, sabiendo que esa era su esencia, cuando se arrepintió de haber hecho lo que hizo. Prefirió la caricia asesina de la cuerda con la que se ahorcó, que la de las manos misericordiosas y tiernas de Jesús que jamás hubiera dejado de perdonarlo. Lo hizo expresamente desde la Cruz cuando dijo: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen"... Pero ese perdón, aun habiendo sido ya dado, no fue recibido, por lo que no se hizo efectivo... La muerte de Judas Iscariote planteó a los apóstoles la necesidad de completar el número de doce representativo que había fijado Jesús en el grupo de sus íntimos...

El sustituto de Judas tenía que ser uno que hubiera sido testigo como ellos...Pedro toma la palabra y dice: "Hace falta, por tanto, que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompañaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús, desde que Juan bautizaba, hasta el día de su ascensión". Matías no fue de los doce, pero sí fue de los discípulos que se entusiasmaron con la figura, el mensaje y los portentos de Jesús desde el inicio de su obra redentora. Pienso, incluso, que su seguimiento de Jesús, atreviéndome a hacer una afirmación muy osada y seguramente equívoca, fue muy pura, muy desinteresada, pues a pesar de no haber sido llamado directamente por Jesús, sí se sintió convocado por su amor. Y por eso lo siguió entusiasmado por tanto tiempo... "Matías" significa "regalo de Dios", "don de Dios", "hombre de Dios". No dudo en afirmar que Matías fue el regalo que Dios tenía reservado para consolar al grupo de los apóstoles ante la pérdida de uno de ellos... Ese regalo de Dios fue para los apóstoles, pero también lo fue para el mundo. Un nuevo apóstol, que había sido conquistado por el amor de Jesús y que había sido testigo de todas las maravillas de Cristo, para comunicarlas como experiencias propias a los demás...

Y es que el apostolado no se concibe sin la vivencia del amor. Apóstol y amor son palabras que jamás pueden ir separadas. Las palabras de Jesús llaman a la vivencia del amor como esencia propia de sus seguidores: "Como el Padre me ha amado, así los he amado yo a ustedes; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor". Ser de Cristo es vivir en el amor. No es posible vivirlo de otra manera. Quien no ama no es de Cristo. Quien se empeña en guardar rencores u odios, quien está siempre maquinando venganzas y retaliaciones, quien está siempre excluyendo y humillando a los demás, no puede jamás llamarse discípulo de Cristo. Hay quienes prefieren mantenerse en los sentimientos excluyentes que ser realmente de Cristo. Sólo verán satisfechas sus pretensiones cuando vean saciadas su hambre y su sed de venganza. Asesinan en sí mismos su condición de cristianos... Así nunca serán verdaderos anunciadores de Jesús, pues la gran novedad de Cristo, el amor, la están dejando por fuera...

La elección de Cristo se da sobre el amor que tiene a los hombres y sobre el amor que quiere que cada uno viva por los demás. No hay otro camino para el apóstol. Jamás será buen apóstol quien no ame a sus hermanos. Ese amor será el mejor acicate para querer su mejor bien, su salvación. Será el motor para hacer que todos experimenten el mismo amor que vive. De lo contrario, simplemente será un programa, un proyecto, que se estará llevando a cabo. Lo más importante del apostolado es la transmisión de la propia experiencia de amor. Si no es así siempre será vacío, y se estará transmitiendo simple ruido... San Pablo lo entendió perfectamente: "Si no tengo amor, soy como una campana que suena"...

Al contemplar la figura de Matías, sintámonos llamados nosotros mismos por Jesús. También, como Matías, somos "regalo de Dios" para el mundo, para transmitirles ese amor que vivimos. No somos simples "ejecutivos de la fe", somos apóstoles de verdad. Tenemos la tarea de hablarles a todos de nuestra experiencia de salvados y de amados,.de lo que sentimos en nuestro corazón para que ellos lo sientan igualmente. Tenemos que ser capaces de repetirles a los hermanos las mismas palabras que Cristo dijo a sus apóstoles: "Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y esa alegría llegue a plenitud". También llegará la nuestra a esa plenitud, pues estaremos cumpliendo con el mandato del amor, que es el más suave y tierno que jamás podremos estar obligados a cumplir...

martes, 13 de mayo de 2014

"¡Reconoce, oh cristiano, tu dignidad...!"

"Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos cristianos"... Este nombre que nos define y que nos pone en la raíz de lo que somos, fue dado por primera vez en Antioquía, tierra de paganos. Al recibir la noticia de la conversión de muchos gentiles de esas tierras, los apóstoles enviaron a Bernabé, quien antes pasó por Tarso para buscar la compañía de Pablo, el apóstol de los gentiles. Es impresionante cómo va Dios moviendo los hilos de su historia de salvación. "La salvación viene de oriente", pero no se reduce a ella. Incluso el nombre se le pone a los cristianos de boca de quienes a lo mejor ni siquiera habían escuchado antes del judaísmo...

Ser cristiano es una dignidad y un orgullo que no hemos merecido. Sólo nos viene esa carta de identidad por el amor que Dios nos tiene. No hay ninguna otra razón pues, por el contrario, los hombres hemos hecho cada vez más lo que nos aleja de Dios, de su perdón, de su amor. La mano tendida de Dios hacia nosotros la hemos dejado estirada y no nos hemos aferrado a ella para caminar hacia la salvación. Decía el Papa San León Magno: "¡Reconoce, oh cristiano, tu dignidad!" Llevamos en nuestra identidad más profunda el nombre de Cristo, el Hijo de Dios que se entregó por amor para rescatarnos de la muerte.

Llamarse cristiano significa, en primer lugar, aceptar ese nombre como identidad propia. Significa saber que nuestra vida nos viene de Jesús y de nadie más. Él es el Dios que se hace hombre y al hacerse hombre, se hace uno más como nosotros. Así como nos llamamos cristianos al ser de Cristo, Cristo se llama humano al ser el Dios que se hace nuestro. El intercambio para el Verbo Eterno de Dios es, ciertamente, desventajoso. Para nosotros llamarnos cristianos es una elevación infinita.. Para el Verbo, llamarse humano es el rebajamiento total... Ser cristianos es, de esta manera, reconocer al Dios hecho hombre por amor a nosotros. Es saborear ese amor que se hace concreto en cada una de las etapas de la vida del Dios que se encarna para compartir nuestra humanidad y hacer su obra de redención desde la misma intimidad humana. Es quedarse impresionado por el derroche de amor que eso significa, por cuanto es el camino que Él mismo ha elegido para darnos a entender que nos ama por encima de todo, incluso por encima de la vida del hombre que es asumido por el Verbo... Es entender que sin ese gesto de amor no hubiéramos estado tan seguros de ese amor infinito, a pesar de que la historia no es sino un continuo sucederse de gestos de amor divino... Es poder concluir con San Pablo: "Me amó a mí, y se entregó a la muerte a sí mismo por mí"... Ser cristianos es, en definitiva, una cuestión de amor. Es asomarse con nuestra pobre inteligencia y nuestra pobre voluntad al balcón desde el cual podemos atisbar ese misterio profundo e íntimo de Dios: "Dios es amor".

Pero ser cristiano es, además, un camino que compromete profundamente. No se trata sólo de percibir el amor de Dios. El sabio dicho reza: "Amor con amor se paga". Imposible ser testigos del amor de Dios y no sentir simultáneamente que algo debemos hacer desde nosotros.  No es cuestión de "pagar" a Dios su amor, sino de valorar de tal modo lo que Él ha hecho por nosotros que sentimos desde nuestro interior el volcán del deseo de responderle naturalmente. Ser cristiano es, entonces, saberse amado y responder con alegría a ese mismo amor, con la misma calidad, aunque se quede sólo en el intento por cuanto amar infinitamente como Dios lo hace es para nosotros imposible. Nuestra respuesta de amor será igual en cuanto que será al máximo que podamos. Cuando Dios ama al máximo ama hasta el infinito. Cuando los hombres amamos al máximo lo damos todo. Se trata, por lo tanto, de poner en las manos de Dios todo lo que somos y tenemos, de dejar que nuestra vida se guíe sólo por lo que Jesús quiere de cada uno, de hacer que nuestra fraternidad responda a ese llamado que hace de vivir en el amor entre todos, particularmente amando con más ternura a los que Él amó así, a los más pequeños, humildes y sencillos...

Ser cristianos es hacer de Cristo el centro de toda la vida. Es querer que todos los demás vivan la misma dignidad, la misma alegría, la misma entrega que vivimos nosotros mismos. No se puede uno llamar cristiano y quedarse de brazos cruzados ante el compromiso que ese nombre implica. Asumir la condición de cristianos llama a una transformación total de la persona, pues ya no vive para sí, sino para los demás, como lo hizo Cristo. El cristiano es el hombre de la transformación de su realidad. No es un bulto más en la sociedad, sino que es el que hace que la sociedad sea diferente, que en ella se vivan los valores que vino a sembrar Jesús. Se trata de ser sembrador del amor, de la justicia, de la paz, como lo vino a hacer Cristo. No puede el cristiano ser indiferente a lo que pasa en el mundo, pues Cristo no lo fue. Su solicitud por el hombre lo llevó a transformarlo todo mediante la entrega de todo su ser. Así mismo debe hacer el cristiano. No lo será verdaderamente quien llamándose cristiano no vive como Cristo quiere y pasa por el mundo sin hacerse notar ni hacer notar a Cristo...

lunes, 12 de mayo de 2014

El Buen Pastor no deja ninguna oveja fuera

Nada hay impuro para Dios, mucho menos ningún hombre. Una de las grandes sorpresas que se llevaron los primeros discípulos de Cristo en la Iglesia naciente fue la de la apertura de las puertas de la salvación para todos los hombres, incluso para aquellos que no pertenecían al pueblo de Israel... No era una novedad absoluta, por cuanto desde el principio la elección del pueblo de Israel no fue para Dios la cesión exclusiva para ellos de la salvación, sino el servicio de instrumentalidad para la llegada de la salvación para todos los hombres. Los israelitas habían entendido mal la elección, y se creyeron propietarios únicos de la salvación prometida por Dios. No era falso que Dios a través de su revelación se había mostrado siempre grande con el pueblo elegido. En medio de ellos hace los grandes portentos desde que se tiene historia de su elección. Incluso en algunos pasajes de las palabras que dirige se podría llegar equivocadamente a una apreciación de exclusividad más que de instrumentalidad. Pero lo cierto es que hay una cosa clara en la elección del pueblo y en la universalidad de la salvación. Israel es el pueblo mediante el cual la salvación llegará a todos el mundo: "De oriente viene la salvación". Y esa salvación, que llegará a través del Redentor, será para todos los hombres que acepten el mensaje y la invitación de Dios, pues ese Redentor es "La Luz que iluminará a todas las naciones"...

Es absolutamente consecuente, entonces, que Jesús luego de su Resurrección y antes de su Ascensión a los cielos deje bien claro su mandato: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará". La salvación no podía ser, de ninguna manera, para un pequeño resto, para ese pueblo de Israel que en definitiva era un pueblo minúsculo, casi insignificante y desconocido en medio del mundo entero. Incluso para el Imperio Romano dominante, Israel representaba más una carga que una conquista de la cual enorgullecerse... Por ello, pensando casi exclusivamente de modo mercantilista, no era posible que una sangre tan preciosa y tan valiosa como la del Redentor, que un sufrimiento extremo tan de alto nivel como el que sufrió Jesús, quedara reducido a lograr la salvación de unos cuantos miles que eran los que conformaban la raza hebrea de aquel tiempo. No tiene sentido tanto esfuerzo para alcanzar una meta tan mínima...

Los cristianos judaizantes, que eran unos cuantos que procedían del pueblo de Israel y defendían a toda costa la continuidad radical del judaísmo, pretendían que aquellos hombres y mujeres que se convertían al cristianismo desde el paganismo, no del judaísmo, asumieran las tradiciones hebreas sin discernimiento alguno. Ya que la salvación era de los judíos exclusivamente, debían entonces asumir el judaísmo para poder salvarse realmente. En cierto modo, pensaban que era una concesión que se hacía, pues estaban siendo aceptados a una salvación que procedía sólo para los hebreos y para los que seguían fielmente la ley de Moisés... La conversión de San Pablo, que hubiera podido haber sido uno de los judaizantes más recalcitrantes por su origen farisaico, dio al traste con esta posición. Y Dios mismo, moviendo los hilos de su historia de salvación, fue haciendo entender a todos, apóstoles incluidos, que quería "que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad"... La experiencia de Pedro, en la cual Dios declara puro todo lo que pertenece a la creación y, por supuesto, en primer lugar al hombre, es el inicio de esta apertura a todos los pueblos... Dios mismo le dice a Pedro: "'Lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú profano'. Esto se repitió tres veces, y de un tirón lo subieron todo al cielo". Pedro entendió perfectamente que el Señor los estaba enviando a ellos al universo entero para anunciar el Evangelio. No quedaba nada por fuera. Era absurdo, entonces, pensar en reducir la pretensión salvífica universal de Dios y también colocar camisas de fuerza para obligar a nadie a asumir costumbres y tradiciones que no les pertenecían... La conclusión de Pedro es absolutamente clara: "Si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros -el Espíritu Santo-, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?" La cosa estaba clara... Los gentiles también estaban llamados a la salvación, Dios los había destinados a ellos también a recibir el don del Espíritu como lo habían recibido los apóstoles el día de Pentecostés, y, como consecuencia, nadie tenía autoridad para oponerse a la acción clara de Dios en favor de la salvación de todos...

Y es que Jesús es el Buen Pastor para todos. Él mismo dijo en una oportunidad: "Tengo otras ovejas que no son de este redil", dando a entender que el pueblo de Israel no conformaba en exclusividad al rebaño que venía a pastorear. También a esas ovejas las conoce por su ombre y las llama. Y también esas ovejas lo conocen a Él y confían en su amor, en su cuidado, en su guía. Todas las ovejas, del rebaño de Israel y las de otro redil, quieren recorrer el camino que las lleve a los buenos pastos, que las haga llegar a las verdes praderas en las que recostarse... Quieren sentirse seguras aun cuando caminen por cañadas oscuras, pues saben que la mano del Buen Pastor que es Jesús está a favor de ellas y las defenderá y protegerá siempre de la mano del malo, del demonio... "Las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz"... Es el Buen Pastor que no deja anadie fuera de su conducción y de su amor, que no excluye a ninguna de las ovejas de la salvación queha venido a traer enviado por el Padre. Es el Dios que ha diseñado un plan de amor y de salvación para todos y no quiere que nadie quede fuera de esa posibilidad. Quiere que todos entren y salgan por Él, que es la puerta de la salvación: "Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos"...

domingo, 11 de mayo de 2014

Un Pastor bueno de verdad...

La figura del Pastor es una de las figuras más entrañables que usa Jesús para definirse a sí mismo. En el pueblo de Israel era una de las figuras más conocidas, por cuanto el pastoreo era de las profesiones comunes que se ejercían. Desde la época en que eran nómadas en el desierto, los pastores se encargaban de atender a los rebaños de animales que les servían de alimento a todos los miembros del pueblo. Desde el principio, el pastor era muy apreciado. Recordemos que el libro del Génesis coloca el ser pastor como la primera actividad laboral, junto a la de agricultor. Caín y Abel eran, uno, agricultor, y el otro, pastor. Por una razón misteriosa -seguramente basada en la intención pura de corazón en las ofertas-, Yahvé prefirió los sacrificios de Abel por encima de las dádivas de Caín, por lo cual éste sintió celos de su hermano pastor y llegó incluso a asesinarlo. De alguna manera, podemos decir que el pastoreo era de las labores preferidas de Dios desde el principio...

Tiene mucho sentido que Jesús se identificara con ella... El pastor tiene una identificación extrema con su rebaño. Y no con el bulto, con el conglomerado, sino con cada una de las ovejas del rebaño. La misma descripción que da Jesús sobre la relación entre las ovejas y el pastor, habla ya de una relación que va más allá de la simple conducción. Es una relación de intimidad en la que ambos se reconocen mutuamente, confían radicalmente, se abandonan sin ocultamientos uno en el otro... "Las ovejas atienden a sus voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz". Era normal que en un mismo aprisco convivieran rebaños pastoreados por pastores diferentes. Por ello, dice Jesús que el pastor conoce "a las suyas", y "las suyas" lo conocen a él. Las llama por el nombre, lo cual sugiere que el pastor ponía nombre a cada una, y que cada una se reconocía en el nombre que les había puesto el pastor y por el que las llamaba...

Ese es Jesús. Para Él cada uno de nosotros es una individualidad a la que convoca. No somos una masa informe, sino personas que conforman una comunidad que es el rebaño, a las que convoca para que sigan siendo suyas. Día a día nos llama por nuestro nombre y nos saca del aprisco para conducirnos "hacia fuentes tranquilas" y hacernos recostar "en verdes praderas"... La función del pastor es múltiple, y Jesús la cumple a la perfección. Por un lado, conoce a cada oveja que le pertenece, se gana su confianza, se hace el verdadero líder... De no ser así, no tendría nada que hacer. Ese hacerse conocer es el paso fundamental para poder ejercer de pastor. Las ovejas deben saber que el pastor es de confianza, que hace cualquier cosa que sea necesaria para resguardar el rebaño. Jesús se ha dado a conocer a cada hombre y a cada mujer de la historia, y les ha dicho, con sus palabras y con sus obras, lo que es capaz de hacer por cada oveja de su rebaño. No dejará de hacer nada de lo que sea necesario para que las ovejas estén bien. Hasta entregar la vida en el extremo del amor...

El pastor conduce a las ovejas por los caminos que cree son los mejores. Donde hay buenos pastos, agua fresca, tranquilidad. Donde no hay peligros ni asechanzas de los malos que quieran venir a destruir o a robar alguna oveja. El pastor conduce por caminos de paz y de sosiego. Y de presentarse algún peligro, se interpone para que ese peligro no alcance ni dañe a ninguna de las ovejas. Eso fue lo que hizo Jesús. Nos convocó a los caminos de la paz y la fraternidad, nos llamó a la vida fraterna y de solidaridad, particularmente con los más débiles y humildes, con los sencillos y los más pequeños. Y se colocó en medio cuando llegó el momento de salir a dar frente al demonio, muriendo Él en vez de todos aquellos a los que venía a buscar la muerte. Murió en vez de las ovejas que debían morir. Y cuando vio que una oveja necesitaba de mayor amor, no dudó en dárselo. Sale en búsqueda de la oveja perdida, pues es ella la que más necesita sentirse amada. A todos nosotros, los que estábamos perdidos, salió a buscarnos y nos hizo sentir su infinito amor...

Pero Jesús, además de pastor, es la puerta del aprisco. Por Él se entra a la vida... "Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos". El Buen Pastor es quien da la entrada y la salida necesarias a cada oveja del rebaño. Entrar y salir por Jesús, que es la puerta, significa tener segura la vida, los buenos pastos, el agua fresca, la vivencia del amor y de la fraternidad. No hay posibilidades de entrar o de encaminarse a buenas tierras si no se pasa por la puerta que es Jesús... Quien lo asume a Él como a su Buen Pastor y su Buena Puerta, tendrá la salvación. Él no dudará jamás de hacer lo que hacen los pastores: conducir, resguardar, llevar a los buenos pastos y a las aguas refrescantes, defender de los peligros y hacer reposar buenamente. "Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas". Haberlo tenido a Él, y seguirlo teniendo como Buen Pastor y Puerta, es lo mejor que nos puede haber pasado. Ha ofrecido su vida por sus ovejas y nos ha dado la vida que nunca imaginamos, que ni siquiera nos merecíamos. "El Buen Pastor da la vida por sus ovejas". Y ese es Jesús, el Pastor que Dios ha querido para su rebaño y quien ha llevado a plenitud la obra de nuestra conducción a los pastos celestiales en los que nos encontraremos con el Padre del Amor y de la Vida...

sábado, 10 de mayo de 2014

¿También tú quieres abandonar a Jesús?

Para los apóstoles, el Nombre de Cristo era su tesoro. Y cuando se dice el Nombre, se dice todo lo de Jesús: su persona, su mensaje, sus obras, su vida entera. Su Pasión, Muerte y Resurrección, como momentos culminantes de la obra redentora que vino a realizar, eran las perlas preciosas de sus posesiones... Para ellos, Jesús pasó a ser el centro de sus vidas, y todo lo que se refería a vivir en su amor y en la obediencia a su mandato de darlo a conocer llegó a ser la razón de sus vidas. No entendían ellos ya la vida de otra manera que sirviendo a Jesús y a su causa de salvación del mundo. Su vida, estrictamente hablando, ya no les pertenecía, sino que le pertenecía a Jesús. Así lo habían decidido ellos mismos y así lo estaban cumpliendo al pie de la letra...

Las obras de los apóstoles, luego de la ascensión del Señor, demuestran claramente que ellos no entendían su accionar sino como una extensión de lo que inició Jesús. Por los caminos que andaban ya no eran ellos los que andaban, sino que era Jesús. Tan profundamente lo entendieron así, que San Pablo llega a decir: "Vivo yo, mas ya no soy yo. Es Cristo quien vive en mí". Jesús era el que les daba la vida, las fuerzas, la ilusión. Era Jesús el que actuaba desde ellos en favor de la salvación de los hermanos. Se cuidaban muy bien de pretender ser ellos los protagonistas, pues estaban muy claros en establecer firmemente que la acción era la de Jesús. Pedro, en sus andanzas maravillosas lo decía expresamente... "No tengo plata ni oro; pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar", le dice al paralítico apostado pidiendo limosna en la puerta Hermosa del Templo. Era el nombre de Jesús, es decir, el mismo Jesús, el que hacía los portentos. De ninguna manera eran ellos mismos. Ellos no hacían más que ser portadores de la virtud de Cristo que actuaba en favor de los hombres... Esa conciencia de ser instrumentos del Señor hacía verdaderas maravillas: "Pedro recorría el país y bajó a ver a los santos que residían en Lida. Encontró allí a un cierto Eneas, un paralítico que desde hacía ocho años no se levantaba de la camilla. Pedro le dijo: 'Eneas, Jesucristo te da la salud; levántate y haz la cama'. Se levantó inmediatamente. Lo vieron todos los vecinos de Lida y de Saron, y se convirtieron al Señor". Se sabían instrumentos y no hacían más que lo que el mismo Jesús les inspiraba, sin tomar nunca ellos la iniciativa. Habían puesto su libertad en las manos de Jesús. Nunca antes fueron más libres que cuando se dieron plenamente a Cristo y a los hermanos... Haberse puesto libremente en sus manos no destruyó su libertad, sino que la potenció. Los hizo más libres que nunca... "Para vivir en libertad nos ha liberado Cristo", sentenció San Pablo... Y es que la propia libertad puesta en las manos del gran Libertador, de Jesús, es la libertad mayor...

Esta libertad es la que da el Espíritu de Dios. Excelente y absoluta, por la cual todo seguidor de Cristo se abandona completamente en Él. "Si ustedes se dejan guiar por el Espíritu, no está bajo el dominio de la ley". Y ese camino del Espíritu es el de la absoluta libertad que invita siempre a hacer el bien. La libertad jamás será conducida por el Espíritu por caminos escabrosos, sino por los caminos raudos del amor... Y en el amor está la libertad plena... Ante la propuesta de Jesús cada uno debe tomar su propia decisión, sabiendo que en la docilidad ante las sugestiones del Espíritu está la mayor libertad y por consecuencia, el mayor beneficio para sí y para los hermanos. Esa libertad sugerirá siempre el camino correcto. Puede ser incluso que en algún momento no se termine de comprender lo que se debe hacer. No es extraño que esto suceda. En muchos acontecimientos humanos la perplejidad se hace presente. Con mayor razón es auspiciable en las cosas del Espíritu, que es superior a nuestra inteligencia. En estos casos, nuestro discernimiento debe conducirnos por el camino más seguro, el de la experiencia, el que nos dice que el Espíritu siempre ha hecho lo bueno en favor de nosotros y que jamás nos conducirá a despeñaderos indeseables...

Fue lo que hicieron los apóstoles en uno de los momentos más álgidos del seguimiento de Jesús. En el discurso del Pan de Vida, en el que Cristo se dirigía a ellos en palabras misteriosas, la mente de ellos no daba para comprender totalmente lo que estaba diciendo. Y ante el reto de Jesús: "¿Esto los hace vacilar?, ¿y si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de ustedes no creen", que produjo lo que los escrituristas llaman "la crisis de Cafarnaúm", en la que muchos de los seguidores de Jesús se decidieron a abandonarlo, al quedar prácticamente sólo los apóstoles, Jesús les preguntó directamente a ellos: "¿También ustedes quieren marcharse?", a lo que Pedro, con sabiduría y seguramente inspirado por ese Espíritu que les daba el mejor discernimiento, respondió: "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios"... La libertad, fruto de la inspiración del Espíritu y ese discernimiento en el que no es necesaria la comprensión absoluta sino el abandono en la convicción de que lo de Jesús es lo mejor, le hizo tomar la mejor decisión: seguir con Jesús. Y con él, los demás. Y así fue realmente libre. El abandono en las manos de Jesús les hizo ser verdaderamente libres, no tener ninguna atadura que les impidiera seguirle con exclusividad, y así alcanzar su verdadera felicidad y su salvación. Y hacerse instrumentos de salvación para todos los hermanos en el futuro...

viernes, 9 de mayo de 2014

Jesús convierte a los malos y espera a los buenos

Dios suma "efectivos" a la causa de la salvación. Convierte a los malos y espera a los buenos. Se presenta como el Salvador del hombre, le explica qué es lo que quiere para él, trata de convencerlo de su amor y de su misericordia, le dice claramente que necesita unirlo a su causa para que su salvación alcance a todos... Y para ello utiliza métodos innumerables. El mismo hombre es su primer instrumento. "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará". La salvación consiste simplemente en aceptar a Jesús, en servir a su nombre, en dejarse amar por Él y en vivir como rescatados en favor de todos los hermanos para rescatarlos a ellos también... Eso fue lo que hicieron los primeros apóstoles y los primeros discípulos. Ahí vemos a los once, a los 72, y luego a los siete diáconos. Cada uno cumpliendo perfectamente con la tarea encomen. Y logrando conversiones impresionantes con lo cual los seguidores de Jesús eran cada vez más. La persecución, lejos de amilanarlos, los acicateó. El nombre de Jesús fue más conocido a medida que los discípulos eran perseguidos, pues en todas las ciudades a las que huían se pronunciaba ese nombre salvador y se les hacía conocedores a todos del amor del Dios Redentor...

Evidentemente, esta tarea fue asumida con plena libertad. Era la fe lo que los movía. No había en ellos presión, obligatoriedad, sumisión vil... Lo que había era fe. Y por la fe había plena convicción en el amor de Dios, en la obra grandiosa de la redención por la pasión, muerte y resurrección de Cristo, en la destrucción total del poder del demonio, del pecado y del mal, en el triunfo total de la luz sobre las sombras, de la gloria sobre el abismo, de la vida sobre la muerte... Las evidencias eran tan claras que era innecesario obligar a nadie. Cuando uno se convencía del poder infinito del amor redentor de Jesús, simplemente caía rendido a sus pies y se ponía a su servicio.... No hay como una experiencia personal de amor para saberse subyugado, conquistado y totalmente entregado a la obra de ese mismo amor... El amor te une a tu salvador y te lanza a la vivencia de la fe con los hermanos...

Pero para Dios no todo fue siempre tan fácil. Ciertamente fueron muchísimos los conquistados a través de terceros. "Somos de ayer y lo llenamos todo", decían los cristianos entusiasmados de los primeros años cuando veían que eran cada vez más lo seguidores de Jesús. El mismo Libro de los Hechos de los Apóstoles constata que "el Señor agregaba cada día los que se iban salvando al grupo de los creyentes", por lo que eran cada vez más... Pero la respuesta a la fe seguía siendo libre. Si alguien respeta la libertad es quien la ha dado al hombre. No puede Dios violentar el libre albedrío con el que ha creado a los hombres, pues de hacerlo, se estaría negando a sí mismo... Y eso es absurdo... La fe es, sin duda, propuesta. Con evidencias irrefutables de la obra de salvación que realizó Jesús, ante las cuales es casi imposible negarse... Pero es propuesta al fin... Requiere una respuesta que parta de la convicción y del amor. De no darse la respuesta en este orden de la libertad, no tiene absolutamente ninguna validez. Y más duros para dar esta respuesta libre ante una propuesta diversa son los "buenos", pues consideran que no tienen por qué cambiar... Se aferran a su "bondad" para no aceptar otras verdades que son, inclusive, más sólidas...

Fue el caso de Pablo. Suponemos que era bueno... Él mismo se define como fariseo -santo, puro-, discípulo de Gamaliel, seguidor fiel y celoso de Yahvé... ¿Quién iba a convencerlo de que estaba equivocado? Nadie podía venirle con cuenticos bonitos de alguien que murió y resucitó, que se opuso a la autoridad religiosa en favor del amor, que decía que venía a establecer un nuevo orden en las relaciones de fraternidad y solidaridad... No podía permitir ser convencido de eso, y mucho menos que envenenaran a otros con esas ideas. Por eso había que perseguirlos y "neutralizarlos". Eso era lo que hacía el buen Pablo. No era malo. Estaba convencido que estaba en lo correcto. Por eso no aceptaba la fe cristiana... Hasta que Dios lo permitió... Usó mediaciones humanas hasta que pudo. Y tuvo que presentarse Él mismo para lograr la respuesta positiva de Pablo a la causa del cristianismo... La conversión de Pablo no fue obra de nadie más sino del mismo Jesús. La respuesta de Pablo fue arrancada por el mismo Jesús al que Pablo perseguía... Jesús logró la conversión del bueno de Pablo. No era malo. Sólo estaba equivocado. Y su intensidad en la vivencia de sus ideas fue excelente para la causa del cristianismo de los primeros tiempos...

Pablo se hizo discípulo de Jesús. De los mejores. Probablemente nunca lo vio físicamente, pero su experiencia de Jesús fue de las más intensas. Para Pablo Jesús pasó a ser la razón de su exsitencia. Empezó a vivir para Él, pues Él pasó a ser su vida para siempre. Se cumplió en Pablo lo que dijo Jesús a sus discípulos: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí". Desde el momento en que fue subyugado y conquistado por Jesús, no existió para Pablo otra razón de vida. Lo fue Jesús. Y se convirtió para todos nosotros en el modelo perfecto del convertido, del seguidor de Jesús, del que no deja nada para sí y lo entrega todo para dar a conocer el nombre de Cristo salvador a los hermanos...

jueves, 8 de mayo de 2014

No te contentes con felicidades tontas

Jesús es la alegría del mundo y de cada hombre de la historia. Cuando se acepta su amor, cuando se conoce de la obra que realizó en favor de la salvación de la humanidad, cuando se renueva el ser por la Nueva Creación que realizó, cambia completamente la perspectiva de la vida. Ella adquiere una luz esplendorosa que no tiene ninguna sombra y una fuerza tan poderosa que no es detenida por ninguna potencia... La vida de los hombres que abren su corazón a la presencia del Dios del amor, que envió a su Hijo para la salvación del mundo, adquiere una plenitud que no podrá ser jamás superada por ninguna otra realidad. La divinidad, vivir para ella, el amor de Dios que inunda el ser, no dejan espacios para nada más. Más aún, no se necesita, pues la complementación es absoluta. Haber experimentado esa plenitud hace que se tenga la certeza de que nada más podrá equiparársele... Es imposible que exista algo más que, como Dios, llene tanto...

Por eso, los primeros discípulos tenían claro que su tarea era la de hacer que todos los hombres que estaban a su alrededor, que eran también hermanos por los cuales Jesús entregó su vida, conocieran los acontecimientos grandiosos que los harían vivir esa misma plenitud que ellos vivían. Quien no los conoce, no los echa conscientemente en falta, aunque sabe que algo falta. No sabe bien qué es, pero sabe que debe haber algo que lo haga llegar a la cima de esa plenitud a la que todo hombre añora llegar. Puede ser que haya quien viva con mucha felicidad. Pero esa misma experiencia de la felicidad que tiene lo hace añorar la felicidad mayor, la felicidad plena, que aun cuando tenga alguna experiencia -en esas felicidades "parciales"- no la tiene en plenitud... Muy bien lo entendió San Agustín, quien fue un arduo buscador de esa felicidad y en cuya búsqueda probó infinidad de caminos errados que recorrió con la consecuente frustración: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti". Podemos probar muchas "recetas" de felicidad, pero sólo una nos dará la felicidad plena. Esa es la que nos da Jesús, la que nos hace sentir su amor de donación, oblativo, de entrega total por nosotros...

Quizás nuestro mundo adolece de la felicidad mayor porque se ha hecho indiferente ante ella. La realidad es que Jesús ha venido para todos. Y para que todos sean felices no es necesario solamente que Jesús sepa que vino a salvarlos, sino que ellos mismos sepan que Jesús es su salvación. Los caminos deben encontrarse para que se dé la plenitud. El amor tiene que tener destinatarios dispuestos a abrir el corazón para que entre. De lo contrario, siempre seguirá habiendo amor, pero ese amor no será recibido por quien debe vivirlo. El amor surge de la persona, para dirigirse al objeto amado. Pero, lamentablemente, muchas veces el amor parte, pero no tiene punto de llegada, aunque esté claro cuál sea su itinerario deseado... La labor de los anunciadores del amor es advertir a los hombres que hay un amor superior que está esperando que el destino esté bien dispuesto a abrirse para recibirlo... Y eso fue logrado en muchísimas ocasiones. Quienes tienen hambre de amor, de vida, de salvación, de felicidad plena, no tienen empacho en aceptar aquello que están esperando ansiosos. Todo el mundo es el objeto del amor de Dios, pero sólo quien se dispone a recibirlo lo vive personalmente. Es todo el mundo el que debe abrirse a esa vivencia de le felicidad plena y no dejarse embaucar por pequeñas felicidades que empañan al amor mayor. Engañan a los hombres haciéndoles tener la sensación de que ya no hay más, de que eso es suficiente, de que su búsqueda debe terminar... Y no es cierto. Queda siempre al insatisfacción. Se percibe que debe haber "algo más". Se tiene la impresión de que se nos ha creado para una experiencia de mayor plenitud que la de las simples felicidades pasajeras y momentáneas...

Es lo que experimentó el eunuco etíope con el que se encontró Felipe en su camino, y al que lo condujo el Espíritu para que le abriera el entendimiento y el corazón para que aceptara a Jesús como su Salvador... Iba en búsqueda. Leía la Escrituras y pugnaba en su interior por entender de quién hablaba el profeta Isaías. Felipe anduvo con él un trecho del camino y lo dispuso bien para que aceptara que su Salvador era Jesús. Tan bien dispuesto estaba que inmediatamente aceptó a Jesús y pidió ser bautizado... Felipe, después de esto, es arrebatado por el Espíritu, desaparece y el eunuco siguió su camino... "El eunuco no volvió a verlo, y siguió su viaje lleno de alegría". Jesús se había convertido para él en la alegría plena. Estaba lleno de esa felicidad que Dios quiere que viva todo salvado. Felipe lo invitó a abrirse y él se dispuso bien a vivir la experiencia de la felicidad en plenitud... El eunuco es cualquier hombre del mundo, que está esperando que alguien le anuncie la verdadera alegría, el amor de Dios, la salvación alcanzada por la entrega total de Cristo... Todos los cristianos estamos llamados a ser sus anunciadores...

Es el apuntar a la vida eterna que ofrece Jesús, el pan del cielo. Nuestra felicidad apunta a lo eterno, no a lo pasajero, a lo efímero. Aun cuando tenemos derecho a vivir la felicidad plena hoy, ella será inmutable en la eternidad, cuando ya vivamos en la presencia amorosa de Dios junto a nuestro hermano mayor, Jesucristo: "Se lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo". Jesús es nuestra vida, nuestro amor, nuestra salvación, nuestra plenitud, nuestra felicidad. Jamás nos permitamos perder la plenitud contentándonos con alegrías que pasan... Sólo Dios es la plenitud...

miércoles, 7 de mayo de 2014

"No hay mal que por bien no venga..."

El Evangelio va a ser siempre perseguido. Jesús vaticinó a quienes lo predicaran que serían perseguidos, maltratados, vejados. "Bienaventurados serán ustedes cuando los persigan por causa de mi nombre", dijo Jesús. Incluso, llegó a decir que aquellos que mataran a uno que anunciaba el Evangelio, llegarían a pensar que estaban haciendo algo bueno. A ese extremo llegará la persecución. Y hemos sido testigos de eso. Desde el inicio de la evangelización los cristianos han sido execrados, martirizados, asesinados. Paradójicamente, eso no ha amilanado a ninguno de los anunciadores de Jesús. Al contrario, la persecución ha servido para confirmar que se está en el camino correcto, pues es lo que estaba anunciado... La fe de los que eran perseguidos por el nombre de Cristo, lejos de debilitarse, se fortalece. El colocarse en la misma posición de Jesús, que sufrió su pasión y su muerte a causa del mensaje de salvación, es más bien una dignidad, un honor. El evangelizador debe tener, así, como meta, el asimilarse de tal manera y hasta tal punto al Jesús que vino a salvar al mudo, que mientras más sufra vejaciones, más será su reflejo... La conciencia de que sólo con la sangre se logra la redención se hace más firme, y por lo tanto, más motivadora... Es, realmente, impresionante...

¡Cuántos hombres y cuántas mujeres durante toda la historia han comprendido esto perfectamente! Han asumido su propia pasión personal como parte integral de su misión apostólica. Lejos de producirse una reducción en el ánimo y hasta en el número de los anunciadores, el testimonio de asimilación plena a la persona de Jesús, incluso en el sufrimiento, más bien ha producido un fortalecimiento y una aumento del número de los apóstoles. Ya lo dijo en aquellos tiempos de persecución terrible el gran Tertuliano: "La sangre de los mártires es semilla de cristianos". Y esa semilla seguía siendo sembrada y regada con más sangre...

Nuestros días no son distintos. Los últimos Papas, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, han afirmado que nuestro mundo de hoy es mundo de mártires. Que estos tiempos son de una persecución similar o mayor que la de los tiempos del Coliseo Romano, donde matar cristianos era un espectáculo que se ofrecía al pueblo para que se divirtiera viendo cómo corría su sangre. Hoy, en muchos países los cristianos son martirizados, perseguidos, execrados socialmente, excluidos de todo derecho... Comunidades enteras son exterminadas por el delito de ser cristianas. Personas son puestas presas porque no abdican de su fe. Sólo poseer una Biblia o un Evangelio es causa suficiente para encarcelar de por vida a alguien. Nuestro mundo occidental muchas veces no tiene conciencia de lo terrible que lo pasan nuestros hermanos cristianos de la otra parte del mundo...

Pero lo grande está en que lo viven con gozo. Su signo es la alegría y la esperanza. De ninguna manera se amilanan ante la experiencia de persecución y de execración... Para ellos esa es su gala y su orgullo. Las heridas, lejos de ser dolorosas, son los estigmas que le han dejado su fidelidad, y se sienten orgullosos de ellas pues así se han asimilado al Jesús que ha sufrido su pasión por amor... Y más aún, Esa misma persecución ha servido a expandir el anuncio, ha hecho que el nombre de Cristo sea más conocido, que la obra de la salvación se extienda a más hombres y mujeres. Ha sucedido lo mismo que sucedió en aquella Iglesia naciente que era sometida a persecución y dolor: "Al ir de un lugar para otro, los prófugos iban difundiendo el Evangelio". Dios, experto en sacar cosas buenas de lo malo que hace el hombre, no se iba a dejar ganar la mano. El hecho de que los cristianos fueran perseguidos y excluidos, hacía que su palabra de amor y de salvación fuera conocido por muchos más. Se cumplía así lo que había ordenado Jesús: "Prediquen el Evangelio a toda la creación".

La fe cristiana para ellos no era para un disfrute personalista, individualista, egoísta... Siendo ellos los beneficiarios personales, sabían que su vivencia sería más intensa y profunda, y que incluso su propia salvación estaba en la capacidad que demostraran de hacer a más hombres y mujeres partícipes del amor salvador de Jesús... Para ellos Jesús era el centro de todo y querían que lo fuera para todos. No existía otra razón de vida que Jesús, su amor, su salvación. Apuntar a conseguir la vida eterna junto a Él, para estar ante el Padre del Amor, era toda su motivación principal. Sabían muy bien que Jesús tenía que ser el centro de sus vidas y que debían procurar que lo fuera para los demás hermanos..."Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed", había dicho. Y ellos pretendían que lo fuera para todos... Sabían muy bien que Él había venido a salvar no a condenar, que toda su obra la había llevado adelante para salvar al mundo, no para condenarlo. Que tenía como tarea el no perder a ninguno, y a eso había que colaborar: "Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día"... Los cristianos, perseguidos o no, tienen la misma tarea de Jesús: Salvar a todos los hermanos, procurar que ninguno se pierda, hacer de todos miembros de la comunidad de salvados que disfruten de la vida eterna junto a Dios y su amor... Lo dijo y había que llevarlo a cumplimiento: "Ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día..."

martes, 6 de mayo de 2014

Goza y sufre hoy, pero espera en la felicidad eterna

La esperanza escatológica apunta a la eternidad. No se refiere, estrictamente hablando, a los logros actuales o cotidianos, sino a la felicidad que se alcanzará en la vivencia del amor en el cielo, junto al Padre, cuando ya estemos eternamente en su presencia, en ese abrazo de amor que no se acabará jamás y que nos promete Jesús. Todas las promesas de Jesús apuntan a eso. Nunca nos engaña pintándonos una realidad color de rosa en esta vida. Al contrario, es hasta cruentamente realista cuando nos dice: "En el mundo ustedes sufrirán tribulaciones, pero no teman, Yo he vencido al mundo". El llamado "Apocalipsis de San Lucas", en el que Jesús se refiere al final de los tiempos, nos pinta una situación verdaderamente dantesca por la cual pasaremos los hombres antes de pasar a esa felicidad eterna... No hay que montarse en ideas rosadas o en falsas suposiciones de que porque estamos con Dios nada malo nos pasará. No es verdad.

No se trata de ser fatalistas sino realistas. Nuestro bienestar, al fin y al cabo, no depende de nosotros exclusivamente. Sin duda, tenemos derecho a forjarnos una vida que queremos desarrollar en paz y en armonía, en justicia y en progreso justo. Pero hay otros factores que también influyen en nuestro entorno, que no podremos siempre dominar. Es una realidad que el mal existe y que trabaja incansablemente. Es una realidad que hay hombres que actúan a las sombras, dejándose llevar por los intereses egoístas y que lo harán todo, sin importar los métodos y las consecuencias para otros, con tal de lograr sus objetivos. Es una realidad que el diablo sigue campante, a pesar de que no tiene ya poder, pero que va por el mundo tratando de conquistar incautos que le pongan en sus manos el poder que ya no tiene para poder seguir haciendo daño a los hombres... El misterio de la iniquidad sigue trabajando, pues se niega a renunciar a su imperio, el que perdió en la Cruz con la muerte de Cristo...

Por eso, al considerar la vida en Cristo debemos apuntar a otra cosa, no simplemente al logro de metas humanas, a las cuales tenemos absoluto derecho y ante las cuales debemos sentirnos profundamente responsables. El hecho de que el mal siga en la lucha pretendiendo vencer a pesar de que ya está vencido, no nos releva del compromiso que tenemos ante la capacidad que nos ha dado Dios de conquistar el bien y de lograr para nosotros y para los hermanos lo bueno. La esperanza escatológica, siendo referida a la eternidad en el cielo, nos conecta con nuestra realidad actual. No se podrá cumplir la gran esperanza, si no cumplimos con las esperanzas menores que debemos llenar en nuestra vida hoy y aquí. Está fundada en esas pequeñas esperanzas el poder hacer el mundo mejor, más justo, más humano, más santo. Está también el querer hacer una sociedad más fraterna, más solidaria, más caritativa. También el deseo de que los bienes alcancen a todos los hermanos y que no sean para disfrute de unos pocos exclusivamente. Está la defensa de la vida, de la honestidad, de las posibilidades para todos... Está el querer que todos conozcan a Jesús, lo sepan Dios amoroso, se sientan amados por Él, lo amen y lo quieran seguir... Son todas esperanzas que debemos procurar cumplir hoy y cada día de nuestra vida. Y cumpliendo esas esperanzas es que podremos tener lícita expectativa de ver cumplida en el futuro eterno nuestra esperanza en la felicidad que nunca se acaba en el cielo con el Padre....

Y esto se alimenta de Jesús. Él es el alimento que se ofrece hoy para saciar el hambre y la sed para toda la eternidad. No hay otra fuente posible de la cual podamos extraer la savia de la vida: "Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed". Para caminar en esas esperanzas menores, cumpliéndolas y sintiendo que tienen sentido, sólo tenemos una fuente y esa es el mismísimo Jesús. El que apunta a la esperanza escatológica y vive de las pequeñas esperanzas cotidianas, sólo podrá mantenerse firme en su camino estando al lado de Jesús, amándolo, dejándose llenar de su amor y alimentándose de Él para no desfallecer. Toda experiencia personal que viva en su diario caminar quedará en cierto modo relativizado por ese alimento que lo fortalece y que lo hace apuntar a la eternidad en la que todo dolor, todo sufrimiento, será sólo un recuerdo. Más bien será también fortaleza, pues curtirá en el camino del logro de la felicidad...

Por eso, en este sentido, todo será relativo, pues la mirada estará fija en la meta. Si se viven alegrías, se referirán siempre a la meta, en la cual la felicidad será inigualable, incomparable con las alegrías menores que se viven aquí y ahora. De igual manera, los dolores se podrán relativizar y tomar en su justa medida, pues serán sustituidos por el gozo indescriptible que compensará infinitamente, por toda la eternidad, los sufrimientos que pueden ahogarnos hoy y que pensamos que no podemos aguantar más. Si asumimos todo, alegrías y tristezas, gozos y dolores, con la condición de pasajeros que tienen, pues serán todos sustituidos por la dicha infinita de estar junto al Padre viviendo de su amor, estaremos en la senda justa. No se trata de no vivir la realidad que nos reclama hoy, sino de no perder la perspectiva de eternidad que tiene nuestra vida... Todo cobra sentido en Jesús. Es Él el contenido y la forma de nuestra vida actual, como lo será plenamente en el futuro eterno... Así lo vivió San Esteban que, ante la inminente muerte que se le venía, no pudo más que exclamar: "Veo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios". Tenía plena conciencia de lo que le esperaba. Sus esperanzas menores se vieron colmadas y recompensadas por el Dios que lo esperaba con los brazos abiertos. Supo relativizar su estado actual por el que viviría eternamente al morir. Es lo mismo que debemos hacer todos. No se trata de despreciar las alegrías o los dolores actuales, sino de saber que hay una realidad futura en la que todas esas experiencias quedarán minimizadas, pues pesará sólo el amor, la felicidad, el abrazo eterno de amor con el Padre, junto a Jesús...

lunes, 5 de mayo de 2014

En la fe tú decides libremente

La condición indispensable para la salvación es la fe. Quien cree, se salva. Quien no cree, no se salva. Lo dice el mismo Jesús al finalizar sus días terrenos: "El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, no se salvará..." No existe otra condición, pues todo lo demás vendrá como consecuencia de la fe. Por la fe somos capaces de creer en el amor. En el que Dios nos tiene y en el que debemos vivir como respuesta a Él y en el que debemos vivir en referencia a los hermanos como prueba de que amamos a Dios... Por la fe somos capaces de esperar lo que no vemos y que se nos ha prometido. Porque tenemos fe añoramos el cumplimiento de la esperanza de la felicidad eterna de la que se nos ha hablado y se nos ha prometido como premio a la fidelidad y que nos ha ganado Jesús con su entrega total por amor.

Pero la cosa no es tan fácil como sólo decir: "Tengo fe". Se equivoca quien cree que la fe es un simple acto intelectual del raciocinio, en el cual se está convencido de la existencia de Dios. La fe es exigente, pues tiene una doble componente profundamente comprometedora. Por un lado, ciertamente, está el creer que Dios existe y que en referencia a su persona aceptamos que es el Creador, que el Sustentador, que es el Providente, que es el Juez, que es el Misericordioso. Todas las cosas que nos dice la Escritura sobre Dios son objeto de la fe, pues son las que hemos sido capaces de captar por la Revelación. A ellas se añade las que podemos conocer por nosotros mismos... En ese sentido el contenido intelectual de la fe, pudiéramos decir, no tiene discusión. Somos libres en la opción de creer, pero al aceptar la verdad sobre Dios ya no somos libres de creer de Él lo que nos venga en gana. No es lícito que quien ha aceptado a Dios tal como lo presentan las Escrituras y tal como se descubre a través de la creación, pretenda contaminar una esencia pura como la de Dios con agregados indeseables que desvirtúan esa misma esencia pura e inobjetable... Si se cree en Dios, se cree en el Dios de la Biblia y se cree simultáneamente el que se descubre a través de la obra que ha surgido de sus propias manos. "Desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, todo su poder y su divinidad, se ha hecho visible a través de las cosas creadas", nos dice San Pablo...

Por otro lado, la fe tiene una segunda componente que refiere a la absoluta libertad del hombre en asumirla y en llevarla a cabo, que es la respuesta humana a sus exigencias... Cuando aceptamos la existencia de Dios, aceptamos su esencia amorosa, misericordiosa y bondadosa. Aceptamos que entra en contacto con nosotros, pues su ser personal se define por la relación que entabla en sí mismo, en su intimidad trinitaria, y con las criaturas que ha hecho "a su imagen y semejanza", es decir, con los hombres a los que ha creado con la capacidad de entrar en relación con Él. En ese diálogo de amor, Él se ofrece como la razón última de la felicidad. Creer en Dios se debe complementar, por lo tanto, con el creer a Dios, es decir, creer en las cosas que nos dice, que nos pide, en las indicaciones que nos da para ser verdaderamente felices, pues Él mejor que nadie sabe cuál es el camino que se debe emprender para lograrlo... La fe, en este sentido, no es sólo confesar su existencia, sino confiar en el amor que nos tiene y que quiere lo mejor para nosotros. En que lo que nos pide Dios es lo mejor para nosotros. Las indicaciones que nos da son como señales en el camino que nos van indicando la ruta que debemos seguir parta alcanzar la felicidad plena... En este sentido, la confianza va acompañada de la humildad, pues se debe abandonar la pretensión de que lo mejor es lo que pensamos nosotros, por encima incluso de lo que piensa Dios...

Y en esto, la libertad del hombre juega un papel preponderante e importantísimo. Es la libertad la que decide ponerse en las manos de Dios. Es la libertad la que sopesando los beneficios de creer en toda la extensión de la palabra, "se las juega todas" y se decide a avanzar por esas rutas divinas... No se trata de irse "por lo seguro", que sería confiar sólo en las evidencias, como los hombres que seguían a Jesús, a los que Él les echa en cara el porqué lo buscaban: "Se lo aseguro, ustedes me buscan, no porque han visto signos, sino porque comieron pan hasta saciarse". La fe no es interesada, sino confiada. Ver los signos remite a la realidad que está oculta, no a la evidente. Creer no se basa en el provecho crematístico que se pueda sacar, sino en el beneficio que significa dejarse caer en los brazos de Dios, sabiendo que lo que Él depara es mucho mejor que lo que tengo... La fe, en definitiva, asume todo, no la parcialidad que me conviene. La fe en el Hijo de Dios es aceptar toda su hoja de ruta, que pasó por tantos aspectos diversos y hasta opuestos...

Jesús hizo maravillas, pero también sufrió ostensiblemente. Jesús es Dios, pero se hizo hombre... Y al asumir la humanidad cargó con todo lo de ella, empezando por lo que significaba toda la vida humana en alegrías y en dolores, en dichas y sufrimientos, en vida y muerte... Sin duda asumió la alegría de ser hijo de la mejor Madre, de María, pero también la de pertenecer a un pueblo que no lo aceptaba por conocerlo "demasiado". Vivió y procuró mucha felicidad a muchos, particularmente a aquellos que recibieron los beneficios de alguno de los milagros que realizó, pero también lloró de dolor cuando otros lo condenaron y pidieron su muerte. Se dolió de la indiferencia  y la doble cara delante de Dios de los mas religiosos, pero sintió el gozo de la fidelidad de los más pequeños y sencillos. Experimentó la alegría de la Resurrección gloriosa por la virtud y el amor del Padre, pero sólo después de haber experimentado lo tenebroso del sufrimiento más atroz y la muerte más cruel... Jesús es integral... No podemos quedarnos sólo con "lo bueno", "lo maravilloso", "lo que nos da beneficios". Aceptar a Jesús es aceptarlo todo, no sólo "lo bonito". Creer en Jesús exige tomarlo seriamente en cuenta. Y eso pasa por aceptarlo en su totalidad...

Así lo entendió Esteban, quien sabía muy bien todo lo que había vivido Jesús. Sabía que estaba resucitado, pero que la gloria vino sólo después de la más grande humillación...La fe la demostró Esteban en asumirlo todo, y en entregarse a Jesús por encima de todo. Él decidió ser de Jesús totalmente. Del Jesús integral, del que no ocultaba nada, del que exigía todo o nada...  Los que acusaban a Esteban no encontraban argumentos válidos para condenarlo. Los buscaban desesperadamente, pero no los conseguían. Su pretensión era quitarlo de en medio a como diera lugar. Esteban sabía muy bien cuál era su pretensión. pero jamás desistió. Él ya había tomado su decisión. Y se iba a mantener fiel a ella. Su opción estaba clara y nadie lo iba a separar de ella. Por ello, "todos los miembros del Sanedrín miraron a Esteban, y su rostro les pareció el de un ángel". No hay como la serenidad que da la fe. Esteban había tomado su decisión. Había asumido al Jesús integral y a Él se debía. No había otra ruta para él... Estaba cumpliendo perfectamente su obra. Estaba creyendo en el que el Padre había enviado. En Jesús de Nazaret....