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sábado, 7 de diciembre de 2019

Llegará el Reino definitivo y yo pongo mi parte en él

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La espera del establecimiento definitivo del Reino de los Cielos, que se dará al final de los tiempos, no exime a la humanidad de seguir construyendo un mundo mejor para que sea un lugar ideal para la llegada de aquel imperio de paz, alegría, justicia, amor y armonía inmutables. Podríamos caer en el error de dejar todo en las manos de Dios, pues ya esa tarea ha sido iniciada por Él, y basta con que Él siga en su esfuerzo para que finalmente todo llegue a ese final ideal. No faltarán nunca quienes se dejen llevar por el entusiasmo de ver iniciada la empresa y se echen a esperar que ya no sea un simple espejismo avizorado en el futuro, sino que el mismo Dios fuera el único obrero de todo el entramado. Por eso San Pablo, descubriendo esa actitud en algunos, les llamó la atención y los invitó a reaccionar: "El que no trabaja, que tampoco coma". Todos debían seguir haciendo su parte para que el mundo fuera un sitio mejor para la llegada del Reino definitivo de Jesús. Aquel mundo futuro no quiere vagos entre ellos. Quiere trabajadores denodados que atraigan el bien con la semilla que siembren. Más aún, quienes hayan sembrado serán los únicos que tendrá derecho a disfrutar de la cosecha de amor eterno que se promete para ese tiempo final. El que no ha hecho su esfuerzo, no podrá disfrutar del fruto que otros con el suyo hayan alcanzado. La Ciudad de Dios será construida con aquellos que han entendido que la Ciudad del Hombre tiene tarea principalísima que cumplir. Aquella Ciudad de Dios eterna no será otra cosa que la Ciudad del Hombre que ha trabajado esforzadamente por transformarse en la primera.

Por eso Jesús, que viene a establecer un Reino definitivo echando las bases con su presencia -"Si yo hago estas cosas es porque el Reino de Dios ya está entre ustedes"-, no deja de establecer responsabilidades entre los que Él considera obreros principales en la construcción: "Vayan a las ovejas descarriadas de Israel. Vayan y proclamen que ha llegado el reino de los cielos. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, arrojen demonios. Gratis han recibido, den gratis". Los signos de ese Reino son signos de fiesta, de felicidad, de gozo espiritual, de ausencia del mal, de victoria del bien. No puede ser de otra manera, pues es el Reino del Dios liberador que alcanzará al final el establecimiento de su amor y de su gracia. En el ínterin Jesús da la responsabilidad de echar las bases para su victoria final, a los discípulos. Son todos los redimidos los que tienen esta responsabilidad. Son todos los que han recibido el favor del amor infinito de Dios los que habrán de dar testimonio de ese amor en sus vidas. "Gratis han recibido, den gratis". No se puede pretender acaparar el tesoro que Dios nos ha regalado, pues ese amor derramado necesita ser traspasado a todos. Es imposible contener la difusión natural del amor. Quien recibe amor lo multiplica para sí mismo cuando lo comparte. Y es la manera como la Ciudad de Dios va embargando a la Ciudad del Hombre. El amor va haciendo ósmosis en el mundo y va construyendo el sitio ideal para que aquel Reino futuro vaya siendo una realidad. La vida comunitaria va haciéndose un reflejo de lo que será definitivamente en el futuro. El Reino no será un reino individual, sino que será un Reino comunitario en el que Jesús será el Rey y todos seremos sus súbditos amados.

Dios puede hacerlo todo por sí mismo. De eso no hay ninguna duda. Pero en el diseño de su plan los hombres redimidos jugamos un papel de primera línea. Y ese papel es el de ir echando las bases de un mundo más justo y más humano, más cristiano y más impregnado del amor divino, más justo y más solidario, en el que reine la fraternidad real, en el que no haya divisiones ni enfrentamientos entre hermanos. Es la tarea que nos corresponde a todos, de la cual no podemos abdicar. Si habrá justicia en ese mundo futuro es porque ya la hemos empezado a sembrar aquí y ahora. Si habrá paz, es porque la hemos intentado vivir aquí y ahora. Si lograremos vivir en el amor definitivo, es porque lo hemos sembrado en nuestro días. "La luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol será siete veces mayor, como la luz de siete días, cuando el Señor vende la herida de su pueblo y cure las llagas de sus golpes". Será la experiencia de aquella utopía final que no se quedará solo en un sueño, pues la haremos realidad desde ahora y se mostrará con toda evidencia en la vivencia final de la armonía absoluta que logrará Dios para todos, en la cual habremos tenido parte importante pues habremos puesto las bases para la construcción con nuestro esfuerzo denodado. Somos adelantados del Reino y el Señor nos quiere activos para establecerlo como su regalo de amor infinito para cada uno de nosotros.

martes, 6 de mayo de 2014

Goza y sufre hoy, pero espera en la felicidad eterna

La esperanza escatológica apunta a la eternidad. No se refiere, estrictamente hablando, a los logros actuales o cotidianos, sino a la felicidad que se alcanzará en la vivencia del amor en el cielo, junto al Padre, cuando ya estemos eternamente en su presencia, en ese abrazo de amor que no se acabará jamás y que nos promete Jesús. Todas las promesas de Jesús apuntan a eso. Nunca nos engaña pintándonos una realidad color de rosa en esta vida. Al contrario, es hasta cruentamente realista cuando nos dice: "En el mundo ustedes sufrirán tribulaciones, pero no teman, Yo he vencido al mundo". El llamado "Apocalipsis de San Lucas", en el que Jesús se refiere al final de los tiempos, nos pinta una situación verdaderamente dantesca por la cual pasaremos los hombres antes de pasar a esa felicidad eterna... No hay que montarse en ideas rosadas o en falsas suposiciones de que porque estamos con Dios nada malo nos pasará. No es verdad.

No se trata de ser fatalistas sino realistas. Nuestro bienestar, al fin y al cabo, no depende de nosotros exclusivamente. Sin duda, tenemos derecho a forjarnos una vida que queremos desarrollar en paz y en armonía, en justicia y en progreso justo. Pero hay otros factores que también influyen en nuestro entorno, que no podremos siempre dominar. Es una realidad que el mal existe y que trabaja incansablemente. Es una realidad que hay hombres que actúan a las sombras, dejándose llevar por los intereses egoístas y que lo harán todo, sin importar los métodos y las consecuencias para otros, con tal de lograr sus objetivos. Es una realidad que el diablo sigue campante, a pesar de que no tiene ya poder, pero que va por el mundo tratando de conquistar incautos que le pongan en sus manos el poder que ya no tiene para poder seguir haciendo daño a los hombres... El misterio de la iniquidad sigue trabajando, pues se niega a renunciar a su imperio, el que perdió en la Cruz con la muerte de Cristo...

Por eso, al considerar la vida en Cristo debemos apuntar a otra cosa, no simplemente al logro de metas humanas, a las cuales tenemos absoluto derecho y ante las cuales debemos sentirnos profundamente responsables. El hecho de que el mal siga en la lucha pretendiendo vencer a pesar de que ya está vencido, no nos releva del compromiso que tenemos ante la capacidad que nos ha dado Dios de conquistar el bien y de lograr para nosotros y para los hermanos lo bueno. La esperanza escatológica, siendo referida a la eternidad en el cielo, nos conecta con nuestra realidad actual. No se podrá cumplir la gran esperanza, si no cumplimos con las esperanzas menores que debemos llenar en nuestra vida hoy y aquí. Está fundada en esas pequeñas esperanzas el poder hacer el mundo mejor, más justo, más humano, más santo. Está también el querer hacer una sociedad más fraterna, más solidaria, más caritativa. También el deseo de que los bienes alcancen a todos los hermanos y que no sean para disfrute de unos pocos exclusivamente. Está la defensa de la vida, de la honestidad, de las posibilidades para todos... Está el querer que todos conozcan a Jesús, lo sepan Dios amoroso, se sientan amados por Él, lo amen y lo quieran seguir... Son todas esperanzas que debemos procurar cumplir hoy y cada día de nuestra vida. Y cumpliendo esas esperanzas es que podremos tener lícita expectativa de ver cumplida en el futuro eterno nuestra esperanza en la felicidad que nunca se acaba en el cielo con el Padre....

Y esto se alimenta de Jesús. Él es el alimento que se ofrece hoy para saciar el hambre y la sed para toda la eternidad. No hay otra fuente posible de la cual podamos extraer la savia de la vida: "Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed". Para caminar en esas esperanzas menores, cumpliéndolas y sintiendo que tienen sentido, sólo tenemos una fuente y esa es el mismísimo Jesús. El que apunta a la esperanza escatológica y vive de las pequeñas esperanzas cotidianas, sólo podrá mantenerse firme en su camino estando al lado de Jesús, amándolo, dejándose llenar de su amor y alimentándose de Él para no desfallecer. Toda experiencia personal que viva en su diario caminar quedará en cierto modo relativizado por ese alimento que lo fortalece y que lo hace apuntar a la eternidad en la que todo dolor, todo sufrimiento, será sólo un recuerdo. Más bien será también fortaleza, pues curtirá en el camino del logro de la felicidad...

Por eso, en este sentido, todo será relativo, pues la mirada estará fija en la meta. Si se viven alegrías, se referirán siempre a la meta, en la cual la felicidad será inigualable, incomparable con las alegrías menores que se viven aquí y ahora. De igual manera, los dolores se podrán relativizar y tomar en su justa medida, pues serán sustituidos por el gozo indescriptible que compensará infinitamente, por toda la eternidad, los sufrimientos que pueden ahogarnos hoy y que pensamos que no podemos aguantar más. Si asumimos todo, alegrías y tristezas, gozos y dolores, con la condición de pasajeros que tienen, pues serán todos sustituidos por la dicha infinita de estar junto al Padre viviendo de su amor, estaremos en la senda justa. No se trata de no vivir la realidad que nos reclama hoy, sino de no perder la perspectiva de eternidad que tiene nuestra vida... Todo cobra sentido en Jesús. Es Él el contenido y la forma de nuestra vida actual, como lo será plenamente en el futuro eterno... Así lo vivió San Esteban que, ante la inminente muerte que se le venía, no pudo más que exclamar: "Veo el cielo abierto y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios". Tenía plena conciencia de lo que le esperaba. Sus esperanzas menores se vieron colmadas y recompensadas por el Dios que lo esperaba con los brazos abiertos. Supo relativizar su estado actual por el que viviría eternamente al morir. Es lo mismo que debemos hacer todos. No se trata de despreciar las alegrías o los dolores actuales, sino de saber que hay una realidad futura en la que todas esas experiencias quedarán minimizadas, pues pesará sólo el amor, la felicidad, el abrazo eterno de amor con el Padre, junto a Jesús...