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miércoles, 28 de mayo de 2014

Quiero hacerme comprender porque te amo

San Pablo, el gran evangelizador de la gentilidad, el "Apóstol de los Gentiles", desarrolló toda una extraordinaria teología sobre la salvación, llamada "soteriología", que no ha sido aún superada. Su convicción profunda de que la salvación de Jesucristo era universal, rompió un celofán extemadamente delicado en la mentalidad hebrea de la época, sobre todo en aquellos que consideraban a Israel, como ciertamente lo era, el único "Pueblo Elegido", pero con la absurda pretensión de que esa unicidad era también referida a la salvación. Por lo tanto, aquellos radicales afirmaban que Israel, único "Pueblo Elegido", era también único "Pueblo Salvado". Pablo magistralmente concluyó: "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad", con lo cual derrumbó el muro casi incólume de los radicalismos salvíficos, cualquiera de ellos... La salvación que vino a traer Jesús, aunque surgiera desde el seno más íntimo de Israel, de uno de sus miembros, descendiente de David, se esparcía por todo el mundo y sobre todos los hombres...

Esto en sí mismo planteó una dificultad de base: ¿Cómo hacerle llegar a aquellos que no conocían la historia de Israel, que es historia de salvación, la convicción de que Jesús era el "Mesías prometido", el "Esperado de las Naciones"? Aquellos que escuchaban el Evangelio sobre Jesús y que venían de la gentilidad, no tenían idea de lo que sí sabía perfectamente cualquier miembro del pueblo de Israel... Los judíos estaban a la espera de la "plenitud de los tiempos", en la que se daría la llegada del Salvador, del Mesías Redentor... Pero, ¿a quién esperaba un gentil? Ellos tenían una vida religiosa absolutamente distinta a la que vivía cualquier israelita. ¿Cómo fundamentar una doctrina sobre la esperanza a quienes no estaban esperando nada, pues ya tenían sus dioses, no tenían el desarrollo de la teología del pecado y de la gracia, no sabían que debían ser rescatados de una situación de muerte espiritual...? La cosa no era tan sencilla. Hoy nosotros lo vemos con sencillez desde la óptica de todo lo logrado. Pero en aquellos tiempos se trataba de echar las bases de un edificio que no existía ni siquiera en sus fundamentos...

Por eso, asumir lo de los gentiles era fundamental para poder entrar en la dinámica de la evangelización de la mejor manera. Hoy a eso lo llamamos "Inculturación del Evangelio". De nuevo, San Pablo se erige en el mejor maestro de cómo se debe hacer. Cuando llega al Areópago, descubre el monumento al "Dios desconocido", y con una visión sorprendente y una extraordinaria inteligencia dice: "Atenienses, veo que ustedes son casi nimios en lo que toca a religión. Porque, paseándome por ahí y fijándome en sus monumentos sagrados, me encontré un altar con esta inscripción: 'Al Dios desconocido'. Pues eso que ustedes veneran sin conocerlo, se lo anuncio yo". Es impresionante cómo Pablo utiliza lo del pueblo que va a evangelizar para hacer su anuncio... E incluso llega a utilizar literatura que ellos conocen y que le viene muy bien para el objetivo que él persigue: "(Dios) Quería que lo buscasen a él, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban; aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos; así lo dicen incluso algunos de sus poetas: 'Somos estirpe suya'". La manera de predicar de Pablo en este caso es totalmente distinta a la que hubiera hecho con los israelitas, en la que habría echado mano a la creación, al pecado, a la gracia, a las promesas de envío del Mesías... Con los gentiles no podía hacerlo, pues desconocían totalmente sobre esto...

La inculturación es esencial en la evangelización. Los hombres nos movemos en categorías específicas, propias de cada una de las mentalidades diversas. Es necesario que Dios sea hecho llegar a todos de manera comprensible, asequible. El mejor modelo lo tenemos en el Verbo, que realizó el gesto de inculturación más dramático de la historia, al encarnarse. Siendo Dios, "se despojó de su rango, pasando por uno de tantos". La encarnación es la inculturación más perfecta, pues para hacerse asequible, el Hijo de Dios, el Verbo eterno, el que está por encima de la historia, se hizo historia, se metió de lleno en la humanidad haciéndose un hombre más como cualquiera, naciendo de una mujer, criado por unos padres, creciendo en estatura, en edad y en gracia... Nada de esto lo necesitaba, pues nada de eso era de su naturaleza. Pero en atención a la salvación del hombre lo realizó radicalmente... La raíz está en el amor. No hay encarnación posible si no hay amor. La verdadera inculturación tiene su base sólida en el amor por aquellos a los que se quiere llegar. Jesús se inculturó encarnándose porque ama a la hombre. Quien quiera inculturar el Evangelio en una sociedad específica debe amar a cada uno de los miembros de esa sociedad. De lo contrario, siempre habrá una manipulación, una sensación de superioridad, una actitud que se cree por encima de aquellos a los que se quiere llevar el Evangelio...

Por eso San Juan Pablo II acertadamente llamó a la Iglesia a una "Nueva Evangelización", pues se necesita de una nueva inculturación del Evangelio. Nos lo reclama cada hombre y cada mujer del mundo. Nos lo pide la misión que debemos cumplir en el mundo. Y nos lo posibilita el Espíritu Santo, único protagonista de la evangelización, y por lo tanto, de la inculturación del Evangelio, quien nos fue donado para guiarnos "hasta la verdad plena"...

lunes, 12 de mayo de 2014

El Buen Pastor no deja ninguna oveja fuera

Nada hay impuro para Dios, mucho menos ningún hombre. Una de las grandes sorpresas que se llevaron los primeros discípulos de Cristo en la Iglesia naciente fue la de la apertura de las puertas de la salvación para todos los hombres, incluso para aquellos que no pertenecían al pueblo de Israel... No era una novedad absoluta, por cuanto desde el principio la elección del pueblo de Israel no fue para Dios la cesión exclusiva para ellos de la salvación, sino el servicio de instrumentalidad para la llegada de la salvación para todos los hombres. Los israelitas habían entendido mal la elección, y se creyeron propietarios únicos de la salvación prometida por Dios. No era falso que Dios a través de su revelación se había mostrado siempre grande con el pueblo elegido. En medio de ellos hace los grandes portentos desde que se tiene historia de su elección. Incluso en algunos pasajes de las palabras que dirige se podría llegar equivocadamente a una apreciación de exclusividad más que de instrumentalidad. Pero lo cierto es que hay una cosa clara en la elección del pueblo y en la universalidad de la salvación. Israel es el pueblo mediante el cual la salvación llegará a todos el mundo: "De oriente viene la salvación". Y esa salvación, que llegará a través del Redentor, será para todos los hombres que acepten el mensaje y la invitación de Dios, pues ese Redentor es "La Luz que iluminará a todas las naciones"...

Es absolutamente consecuente, entonces, que Jesús luego de su Resurrección y antes de su Ascensión a los cielos deje bien claro su mandato: "Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará". La salvación no podía ser, de ninguna manera, para un pequeño resto, para ese pueblo de Israel que en definitiva era un pueblo minúsculo, casi insignificante y desconocido en medio del mundo entero. Incluso para el Imperio Romano dominante, Israel representaba más una carga que una conquista de la cual enorgullecerse... Por ello, pensando casi exclusivamente de modo mercantilista, no era posible que una sangre tan preciosa y tan valiosa como la del Redentor, que un sufrimiento extremo tan de alto nivel como el que sufrió Jesús, quedara reducido a lograr la salvación de unos cuantos miles que eran los que conformaban la raza hebrea de aquel tiempo. No tiene sentido tanto esfuerzo para alcanzar una meta tan mínima...

Los cristianos judaizantes, que eran unos cuantos que procedían del pueblo de Israel y defendían a toda costa la continuidad radical del judaísmo, pretendían que aquellos hombres y mujeres que se convertían al cristianismo desde el paganismo, no del judaísmo, asumieran las tradiciones hebreas sin discernimiento alguno. Ya que la salvación era de los judíos exclusivamente, debían entonces asumir el judaísmo para poder salvarse realmente. En cierto modo, pensaban que era una concesión que se hacía, pues estaban siendo aceptados a una salvación que procedía sólo para los hebreos y para los que seguían fielmente la ley de Moisés... La conversión de San Pablo, que hubiera podido haber sido uno de los judaizantes más recalcitrantes por su origen farisaico, dio al traste con esta posición. Y Dios mismo, moviendo los hilos de su historia de salvación, fue haciendo entender a todos, apóstoles incluidos, que quería "que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad"... La experiencia de Pedro, en la cual Dios declara puro todo lo que pertenece a la creación y, por supuesto, en primer lugar al hombre, es el inicio de esta apertura a todos los pueblos... Dios mismo le dice a Pedro: "'Lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú profano'. Esto se repitió tres veces, y de un tirón lo subieron todo al cielo". Pedro entendió perfectamente que el Señor los estaba enviando a ellos al universo entero para anunciar el Evangelio. No quedaba nada por fuera. Era absurdo, entonces, pensar en reducir la pretensión salvífica universal de Dios y también colocar camisas de fuerza para obligar a nadie a asumir costumbres y tradiciones que no les pertenecían... La conclusión de Pedro es absolutamente clara: "Si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros -el Espíritu Santo-, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?" La cosa estaba clara... Los gentiles también estaban llamados a la salvación, Dios los había destinados a ellos también a recibir el don del Espíritu como lo habían recibido los apóstoles el día de Pentecostés, y, como consecuencia, nadie tenía autoridad para oponerse a la acción clara de Dios en favor de la salvación de todos...

Y es que Jesús es el Buen Pastor para todos. Él mismo dijo en una oportunidad: "Tengo otras ovejas que no son de este redil", dando a entender que el pueblo de Israel no conformaba en exclusividad al rebaño que venía a pastorear. También a esas ovejas las conoce por su ombre y las llama. Y también esas ovejas lo conocen a Él y confían en su amor, en su cuidado, en su guía. Todas las ovejas, del rebaño de Israel y las de otro redil, quieren recorrer el camino que las lleve a los buenos pastos, que las haga llegar a las verdes praderas en las que recostarse... Quieren sentirse seguras aun cuando caminen por cañadas oscuras, pues saben que la mano del Buen Pastor que es Jesús está a favor de ellas y las defenderá y protegerá siempre de la mano del malo, del demonio... "Las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz"... Es el Buen Pastor que no deja anadie fuera de su conducción y de su amor, que no excluye a ninguna de las ovejas de la salvación queha venido a traer enviado por el Padre. Es el Dios que ha diseñado un plan de amor y de salvación para todos y no quiere que nadie quede fuera de esa posibilidad. Quiere que todos entren y salgan por Él, que es la puerta de la salvación: "Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos"...