jueves, 12 de noviembre de 2020

La alegría del Reino de Dios es para vivirla ya aquí y ahora

 DONDE ESTÁN LOS QUE “SE VAN”?. Seguramente alguna vez hemos llegado a… | by  Héctor Blizzard | Medium

El Reino de Dios es una realidad que define toda nuestra vida. Es la definitiva presencia de Dios en el mundo, la que marca la pauta de toda la vida. No tiene que ver con estruendos o maravillas, sino sobre todo con ese amor que se hace concreto y real en cada instante de la vida del hombre, y que no se inscribe solo en un momento o en un aspecto específico, pues tiene que ver con todo. Todos somos muy dados a perseguir lo extraordinario, como añorantes de que aquello que viene de lo desconocido se nos presente con absoluta claridad como para terminar de convencernos de que ese algo es real. En lo que es de Dios las cosas no se mueven así. Aun cuando Él es el Padre de la Maravilla de todo lo que existe, pues ha surgido todo de ese amor suyo que es en sí mismo maravilloso, ha querido demostrarnos que nuestra vida humana no se debe mover en eso que solo el estrambótico, pues Él mismo no es así. A pesar de lo que aparenta, Dios es el infinitamente sencillo. Nos hemos mal acostumbrado a pretender descubrir a Dios solo en lo portentoso, aun cuando en Él ciertamente eso se puede hacer también presente, pues no está atado a nada de las circunstancias humanas conocidas, ya que al fin y al cabo todas han surgido de Él. Y es que el Señor, desde que nos ha creado, ha mostrado una inmensa delicadeza hacia nosotros, haciéndonos vivir su amor infinito en lo sencillo, solo mostrando su portento cuando ha sido absolutamente necesario, para convencer radicalmente o defender a los suyos, o encaminarlos claramente cuando equivocaban gravemente el camino. Del resto, su acción es la del Padre que quiere convencer más que subyugar, cortejar más que imponer, demostrar más que apabullar. Dios se mueve en todo por su amor, que nunca busca ni esclavizar ni humillar, sino al contrario, elevar de modo que la convicción se haga propia en el corazón del hombre y que el convencimiento surja de una estabilidad amorosa también en la vida humana. Paradójicamente la presencia más hermosa de Dios en la vida de los hombres no se da en que llame excesivamente su atención, sino en lo extraordinariamente maravillosa que es la presencia de su amor que se nos hace evidente en cada segundo de nuestra existencia, que nos llena de sosiego, de alegría, de gozo y de paz.

Esa experiencia de la suavidad divina que se hace evidente desde el origen, pugna por hacerse nuestra en cada instante de nuestro día a día. Nuestra lucha debe estar marcada por disponer nuestra mente y nuestro corazón por quedarnos no solo en lo evidentemente claro de lo que puede demostrarnos Dios en la maravilla, sino en la capacidad suave y bien dispuesta para poder poseer esa buena disposición de entender a Dios en lo más sencillo y cercano. Es un amor que ha creado, que sostiene, que anima, que acerca, que enamora, que ilusiona, que hace solidarios, que hace fraternos. No está fuera de nada de eso. Y para ello lo único necesario es que Él esté y que nosotros seamos capaces de descubrirlo en ese día a día hermoso que nos ofrece nuestra propia vida y que pone el mismo Dios en nuestras manos. De ser necesario, debemos llegar a ser capaces de dar cabida en nosotros a aquello que marca con los hilos de amor lo que debemos vivir, incluso sobreponiéndonos a lo que entenderíamos como lo ordinario. Así lo entendió San Pablo en esa hermosísima carta a Filemón, dueño del esclavo Onésimo, sobre quien tenía derechos de posesión, pero que se había escapado y se había ido con Pablo. Ambos, seguramente convertidos al cristianismo por la predicación del Apóstol, son invitados por Pablo a aceptar esa presencia superior de Dios en sus vidas, por encima de las convenciones humanas, dejándose llevar más por las del amor: "Te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien engendré en la prisión, que antes era tan inútil para ti, y ahora en cambio es tan útil para ti y para mí. Te lo envío como a hijo. Me hubiera gustado retenerlo junto a mí, para que me sirviera en nombre tuyo en esta prisión que sufro por el Evangelio; pero no he querido retenerlo sin contar contigo: así me harás este favor, no a la fuerza, sino con toda libertad. Quizá se apartó de ti por breve tiempo para que lo recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino como algo mejor que un esclavo, como un hermano querido, que si lo es mucho para mí, cuánto más para ti, humanamente y en el Señor. Si me consideras compañero tuyo, recíbelo a él como a mí. Si en algo te ha perjudicado y te debe algo, ponlo en mi cuenta: yo, Pablo, te firmo el pagaré de mi puño y letra, para no hablar de que tú me debes tu propia persona. Sí, hermano, hazme este favor en el Señor; alivia mi ansiedad, por amor a Cristo". El Reino de Dios, en este caso concreto, estás expresado no en nada extraordinario, sino en lo más ordinario, suave y ejemplar que es la vivencia profunda del amor mutuo, por encima de cualquier otra cosa. Es el amor que Dios pone en el corazón de cada hombre y que quiere que viva cada uno de nosotros.

Por eso Jesús quiere también insistir a todos, especialmente a aquellos que estaban más dispuestos a recibir manifestaciones gloriosas casi como la única manera de aceptar a Dios, a que cambien esa disposición y se hagan a esa sencillez agradable e ilusionante del Dios que debe marcarlo todo y no hacerlo presente solo en lo que llame ostentosamente la atención. Si Dios no se hace presente en eso ordinariamente, difícilmente se podrá hacer presente y convincente en todo lo demás, a menos que lo que persiga sea solo subyugar sin convencer ni confirmar su amor. Esperar de Dios solo lo llamativo, lo lleva a una consideración inabarcable para muchos que nunca a lo mejor podrán tener la posibilidad de hacer descubrimientos de otro tipo. No está mal encaminado el deseo de conocer profundamente a Dios en esos sentidos maravillosos. Al fin y al cabo Él es Dios y siempre será atractivo. Pero Él mismo tiene en mejor consideración presentarse en la suavidad, en la sencillez, en la delicadeza, en la pureza limpia y pura del amor que ilusiona. Por ello, ante la insistencia de quienes se empeñaban en conocerlo solo en lo grandioso, les sale al paso: "En aquel tiempo, los fariseos preguntaron a Jesús: '¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?' Él les contestó: 'El reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: 'Está aquí' o 'Está allí', porque, miren, el reino de Dios está en medio de ustedes'. Dijo a sus discípulos: 'Vendrán días en que desearán ver un solo día del Hijo del hombre, y no lo verán. Entonces se les dirá: 'Está aquí  o 'Está allí'; no vayan ni corran detrás, pues como el fulgor del relámpago brilla de un extremo al otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día. Pero primero es necesario que padezca mucho y sea reprobado por esta generación'". Es así como quiere que lo recibamos. Él, por amor a nosotros y en consideración a su poder infinito, tiene absoluta libertad de acción. Pero en ese mismo amor que nos ha regalado desde nuestro origen, por el que hemos sido creados y por el que somos sostenidos, ha entendido que ese amor no debe apabullar, sino que debe cortejar. Él es Padre creador, todopoderoso, omnipotente y providente. Pero es también como aquel novio que quiere tener sobre todo, nuestro amor, por el que nos creó y nos reconquistó, liberándonos de la muerte y del pecado, con la finalidad de que vivamos en ese mismo amor que ilusiona y llena de alegría. Por eso, más que conquistar quiere enamorar. Más que obligar a un seguimiento brutal, quiere una donación personal. Quiere que el amor nos llene, nos dé la pauta, nos dé la suavidad que da la mano serena de quien nos quiere para sí y consigo por encima simplemente de una tarea o de una obligación que puede no terminar de cortejarnos sino de sostenernos incluso a veces a regañadientes del amor. El Reino de Dios es para el amor. Así lo quiere Dios. Es ello lo que debe llenar nuestra ilusión y lo que debe motivarnos al máximo. Por encima incluso de nosotros mismos, de nuestros intereses, de nuestras preocupaciones. Porque al fin y al cabo, vivirlo desde ahora, y asegurarlo para toda la eternidad, es la mejor manera de empezar a experimentar esa plenitud absoluta que llena y satisface al mismo Dios, cuando nos lo quiere regalar con todo su amor.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Seremos sanados de todo mal para vivir en la experiencia única y total del amor

 Curación de diez leprosos, Lucas 17, 11-19 | eBooks Católicos

Nuestra constante de vida cristiana apunta a la renovación total. Quien ha recibido el efecto del amor de Jesús, su salvación, su condición de vida nueva, debe dar también los pasos adelante que esa nueva vida le exige y responder ordinariamente a aquello que esa misma novedad exige. Un hombre renovado por Jesús, por esa obra infinitamente grande y esencial lograda por el efecto de la mayor entrega que el Hijo de Dios realizó de sí mismo, inusitada e inédita en toda la historia, no puede pretender seguir viviendo una vida de desapego a Dios, a su amor, a la unidad añorada por Él y que debe ser signo de todos y cada uno de los receptores de esa salvación. La vida del amor es exigente, máxime cuando esa vida ha sido adquirida por una regalo inesperado y que apunta sobre todo a la misma bondad del hombre. Y es inesperada sobre todo porque en el planteamiento original de quien no la ha vivido desde el principio, se plantea un conflicto inusual, pues su estilo anterior no se planteaba un ámbito distinto al de la vida simplemente individual, egoísta, centrado solo en sí mismo y en el aprovechamiento que podría extraer solo para sus propias conveniencias. La novedad que trae Jesús apunta principalmente a un encuentro con una realidad infinitamente superior a la simplemente vivida en lo cotidiano y en la que tendrán parte importante los demás. Se acaba la soledad lejana a Dios y la falta de unidad y de solidaridad con todos los demás beneficiados, lo que finalmente redundará en una ingente cantidad de beneficios que lo enriquecerán infinitamente y que dará a su vida una marca totalmente nueva y enormemente positiva. No se trata de que la persona favorecida y bendecida por la novedad de vida de Jesús vaya a ser un ser definitivamente distinta a la anterior. Su vida seguirá siendo la misma, él seguirá siendo el mismo de antes, seguirá teniendo las mismas ocupaciones anteriores, seguirá viviendo la misma vida familiar que poseía originalmente, deberá cumplir con las mismas responsabilidades comunes y sociales que siempre tuvo, vivirá con las mismas personas con las que convivía originalmente, deberá seguir ocupándose de procurar los bienes necesarios para su propia vida y para la de los demás. La novedad radical estará principalmente en el sentido nuevo que todo eso adquirirá, por cuanto quedará marcado por el amor, por la bondad, por la solidaridad y por la conciencia clara de que aquello que vive en lo cotidiano no es el final de la vida, sino el preludio de lo que alcanzará en el futuro eterno en el que la bendición de Dios dará la pauta mayor y final a toda la existencia.

Por ello es tan clara la enseñanza de San Pablo, que da las pautas para que todo esto sea muy bien comprendido, no como una separación final de la vida del cristiano de aquello que le ha indicado Dios desde el principio, sino como la verdadera bendición que representa la riqueza de la presencia de Dios en la vida que no puede resultar en otra cosa que en algo mucho mejor, pues surge de Aquél que quiere todo lo bueno, lo mejor para los suyos, sobre todo en la experiencia de un amor que lo llena todo y le da un sentido de eternidad que le da la mejor perspectiva posible. La vida vivida solo en lo cotidiano es muy bella, pues la hace posible Dios, pero es mucho más bella cuando Él se pone de por medio para hacernos llegar a la plenitud de la experiencia del amor y de la felicidad: "Recuérdales que se sometan a los gobernantes y a las autoridades; que obedezcan, estén dispuestos a hacer el bien, no hablen mal de nadie ni busquen riñas; que sean condescendientes y amables con todo el mundo. Porque antes también nosotros, con nuestra insensatez y obstinación, andábamos por el camino equivocado; éramos esclavos de deseos y placeres de todo tipo, nos pasábamos la vida haciendo el mal y comidos de envidia, éramos insoportables y nos odiábamos unos a otros. Mas cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al hombre, no por las obras de justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino, según su propia misericordia, nos salvó por el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo, que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, seamos, en esperanza, herederos de la vida eterna." Es la culminación de aquella experiencia futura que tendremos al final de nuestros días, cuando ya estemos finalmente en esa presencia gloriosa y gozosa de nuestro cielo añorado, pero ya hecha una realidad actual en todas las obras nuevas que podremos emprender en favor nuestro y de nuestros hermanos. Vivir en esa conciencia de hombres nuevos es nuestra verdadera plenitud. Mantenernos en el dolor continuo de la lejanía del amor a Dios y a los hermanos, nos hace los hombres más tristes de todos. Por el contrario, vivir en la novedad del amor y de la salvación y dándole a toda nuestra existencia esa marca original, nos llena de una esperanza y de un gozo que no tienen parangón de ningún tipo.

Esa experiencia del amor es la que quiere Jesús que todos vivamos, y no nos la negará a ninguno. Como afirma San Pablo: "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". Nadie está excluido. Ese amor y esa salvación ya nos las ha ganado Él. Basta que nos dispongamos llenos de ese conocimiento, de esa disposición de amor de Dios por nosotros, con un corazón que está conquistado por la ilusión y la esperanza con las que Él nos favorece, a dejarse llenar y a dejarse encaminar hacia Él. Está claro que esa añoranza divina se mantendrá para siempre, aun enfrentando a quienes no lo tomarán con la seriedad debida. Y que incluso habrá quienes se querrán seguir aprovechando solo de la bondad sin comprometerse a la novedad de vida necesaria. Le sucedió a Jesús en el encuentro con aquellos diez leprosos. Todos quisieron obtener el beneficio mayor, que para ellos era su curación, y que Jesús no les negó. Pero al final solo uno fue capaz de entender que ese beneficio era para una novedad realmente nueva. Solo ese reconoció el amor y la bondad de Dios para con él. Nótese que todos recibieron el beneficio que Jesús quería comunicarles. A ninguno se lo negó. Pero aquellos, habiendo recibido ese beneficio se quedaron solo con lo pasajero. Obtuvieron su salud, pero no se apuntaron a lo superior. Era muy bueno tener la salud de nuevo, pero se quedaron solo con eso, despreciando el beneficio del derramamiento del amor y la potencia de la espera de la eternidad que ya se había abierto previamente, pero que ellos dejaron a un lado. Fue muy bueno que obtuvieran la salud querida por Dios para ellos, pero se quedaron con la parte pequeña del premio y dejaron a un lado lo más importante, la salud que no solo abarcaba lo físico, sino la vida entera, sobre todo lo que apuntaba a la eternidad en la que ya nada, ni lepra ni ningún otro dolor, podrá impedir: "Vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: 'Jesús, maestro, ten compasión de nosotros'. Al verlos, les dijo: 'Vayan a presentarse a los sacerdotes'. Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús, tomó la palabra y dijo: '¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?' Y le dijo: 'Levántate, vete; tu fe te ha salvado'". La fe lo salvó no solo de la lepra, sino que le abrió la perspectiva de la eternidad, hecha concreta en su día a día, en la que ya nada lo podrá separar de la conciencia de salvación y de amor que Aquél Jesús le había regalado. Su vida ha quedado marcada. Ya no se quedó solo con la curación corporal, sino con la total. Quedó sanado en su cuerpo y en su espíritu. Toda su vida empezó a ser de Dios, la llevó a los suyos, le dio un sentido de novedad total, y la hizo avanzar por las rutas de la plenitud que da solo la experiencia de la vida recibida en la entrega de Jesús por amor a él. Que esa sea nuestra propia experiencia personal. Apuntemos a vivir nuestra vida total en Jesús y miremos hacia lo mejor, que es esa eternidad en la que la curación total será nuestra única perspectiva, viviendo en el amor y en la bendición que nunca se acabará.

martes, 10 de noviembre de 2020

Somos socios de Dios para un mundo que ha surgido de su amor

 Catholic.net - Siervos inútiles ante el Señor

Dios ha hecho cosas maravillosas en la historia de cada hombre. Nada hay que tengamos que no sea fruto de su amor, pues nuestra misma existencia es un arrebato incontenible desde el cual ha empezado a surgir luego todo lo que de bello, de atractivo, de bondadoso y de fraterno que tenemos como propiedad amorosa, no dada por nosotros mismos, sino extraída naturalmente de su movimiento exclusivo de donación, que no dejó nada por fuera de todas las bondades posibles que surgen de su corazón de amor hacia nosotros. Ese regalo eterno y continuo es un regalo que no se detiene, que avanza continuamente, incluso en ocasiones dependiente exclusivamente de su arbitrio en cuanto a la comprensión completa y clara que podamos tener. Es decir, en ocasiones esas inmensas bondades que Dios tiene establecidas para cada hombre pueden llegar a ser en algún momento incomprensibles, pues no terminamos de coger el sentido pleno de ellas, a menos que entremos de lleno en la mente divina, en la que por supuesto, toda bondad está meridianamente clara. Hay bondades que no están manifestadas instantáneamente, sino que necesitan ir siendo asumidas, vividas, discernidas, iluminadas desde la mente divina, en medio incluso de circunstancias que pueden ser duras y dolorosas momentáneamente, pero que finalmente resultarán en estruendosas manifestaciones del amor, pues el Señor jamás se dejará ganar en generosidad. Por ello, aun siendo en ocasiones experiencias dolorosas ante las que hasta incluso llegamos a revelarnos delante del Dios de puro amor y bondad, nunca podremos dejar a un lado aquella natural bondad divina, aquel amor infinito que sabemos que nos tiene, que nos asegura que nos ama con amor eterno, infinito e inagotable. La convicción profunda que tengamos de ese amor que Dios nos ha donado y que ya es ineluctablemente nuestro, nos dará la perspectiva correcta para vivir en medio de las dificultades y tristezas que vengan, pues sabemos que Dios, en su infinita bondad, ya ha establecido perfectamente la consecuencia favorable que en su plan de amor tendrá para cada uno todo lo que permita que suceda. El amor es hermoso siempre. La vida es hermosa siempre. Pero la hermosura no la da solo el recibir lo evidentemente favorable, sino la disposición para poder descubrir esa bondad cuando aún no está claramente asumida y manifestada totalmente. Llegará esa luz, y será Dios el que hará que brille en todo su esplendor llenándonos una vez más de la convicción de un amor infinito que nunca falta.

Esa belleza de la vida que ha creado Dios y que ha puesto en nuestras manos, tiene un añadido extra que la hace aún más bella para cada uno de nosotros, pues ha hecho que seamos sus aliados ideales. Dios es infinitamente bueno, pero hace nuestra vida más hermosa cuando nos hace entender que cada uno de nosotros es también artífice de esa hermosura de la vida, dándonos responsabilidades concretas en acciones que corresponderían solo a Él como autor de todo. Nos hace socios suyos, artesanos con Él, para que también lo hermoso de la vida surja de nuestras manos servidoras a su amor. Y en esa tarea somos todos convocados. Dios cuenta con nosotros como el Padre amoroso que añora de sus hijos que asuman sus compromisos en atención al amor que ha derramado en cada uno de ellos. No hay acción de Dios que Él espere más de nosotros que la de asumir nuestra parte en la procura de un mundo bello para todos, con la bondad como beneficio general, como solidaridad que sea marca de vida fraterna. No todos tendrán la misma tarea, la misma responsabilidad, los mismos momentos. La vida es una amalgama de bondad que se va haciendo concreta y va adquiriendo los matices que le permiten el mismo desarrollo de cada hombre, incluso en los diversos momentos que le corresponde avanzar. Por eso San Pablo, experto muy delicado de la humanidad, lo enseña así claramente a los fieles: "Querido hermano: Habla de lo que es conforme a la sana doctrina. Que los ancianos sean sobrios, respetables, sensatos, sanos en la fe, en el amor y en la paciencia. Las ancianas, igualmente, sean, en su comportamiento, como conviene a personas religiosas; no sean calumniadoras, ni se envicien con el vino; sean maestras del bien, que inspiren buenos principios a las jóvenes, enseñándoles a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser sensatas, puras, a cuidar de la casa, a ser bondadosas y sumisas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea maldecida. A los jóvenes exhórtalos también a que sean sensatos. Muéstrate en todo como un modelo de buena conducta; en la enseñanza sé íntegro y grave, irreprochable en la sana doctrina, a fin de que los adversarios sientan vergüenza al no poder decir nada malo de nosotros". Es impresionante la cantidad de tareas hermosas que corresponden a quien tienen que dar su testimonio como socios de Dios en su mundo. Es una responsabilidad que atañe no solo a la espera de una eternidad futura en la que la belleza tendrá su momento culminante e inexorable, sino en todos los momentos que corresponden a esa vida hermosa que nos toca vivir hoy y ahora.

Esa insistencia de San Pablo tiene la doble vertiente de la belleza comprendida en nuestra vida actual, con todas las acciones de bondad que derrama Dios en nosotros y que nos hace vivir en nuestros días, y que tienen algunas veces connotaciones incomprensibles humanamente por ahora, pues se marcan con las tintas negras del dolor o el sufrimiento, pero que al final serán transformadas con toda seguridad en ese amor y bondad que es marca divina de todo: "Pues se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, llevemos ya desde ahora una vida sobria, justa y piadosa, aguardando la dicha que esperamos y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, el cual se entregó por nosotros para rescatamos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo de su propiedad, dedicado enteramente a las buenas obras". Es de tal manera hermosa la vida, que en cada tarea que nos corresponda llevar adelante hemos sido asumidos por el mismísimo amor de Dios que nos ha convocado y nos ha enviado. Ningún otro ser de la creación tiene en sus manos una responsabilidad tan grandiosa como la de hacer del sitio de Dios, su propio sitio, haciéndolo vivir en él como en su tesoro, principalmente el mismo corazón del hombre que Él se ha construido como lugar propio, como su ámbito preferido, a lo cual podemos todos colaborar para que sea nuestro propio corazón y el de todos los hermanos ese habitáculo en el que Él se asiente como Dios y Señor y como causa de amor, de alegría y de vida para todos, sin dejar a nadie por fuera. Es su amor el que lo desea y es su amor el que lo hace posible: "En aquel tiempo, dijo el Señor: '¿Quién de ustedes, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: 'Enseguida ven y ponte a la mesa'? ¿No le dirán más bien: 'Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú'? ¿Acaso tienen que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo ustedes: cuando hayan hecho todo lo que se les ha mandado, digan: 'Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer'". Es a lo que hemos sido convocados. Criados desde el amor, para el amor. Criados para vivir en Dios y llevar a los hermanos y a todos en el mismo mundo hacia ese Dios que es solo amor. En todo, dando gloria a Dios que nos bendice y que ni siquiera en la tribulación nos deja de mostrar ese amor infinito que quedará completamente claro en su momento. Y somos sus socios en esa tarea grandiosa de presentar su amor a todos mediante nuestras acciones de fidelidad y de alegría. Para ellos somos sus socios. Para ello somos sus siervos. Quizá inútiles, porque no aportamos nada nuevo, sino solo la bondad del amor que Dios pone en nuestro corazón y quiere que lo hagamos propiedad de todos, hoy y aquí, y en ese futuro de eternidad feliz que nos espera.

lunes, 9 de noviembre de 2020

El Templo es el lugar de Dios y el lugar de mi encuentro con Él

 Lectio Divina 2014-11-09: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.  | Crismhom

Hablar del Templo de Dios es hablar del sitio por antonomasia para el encuentro con el Señor. Desde el principio el mismo Yahvé quiso tener un sitio para encontrarse con su pueblo. Recordemos la petición que hace Moisés al faraón para que dejara salir al pueblo al desierto para orar a Dios, a lo cual aquél empecinadamente se negó y le acarreó a Egipto todas las desgracias que vinieron sobre la nación. Ciertamente Dios puede encontrarse siempre con sus amados en el lugar en que le plazca, pero sin duda, disfruta con ese encuentro de intimidad que se puede dar en el lugar que Él designa como particularmente propicio para hacerlo. Toda la historia narrada en el Antiguo Testamento supone el empeño de los elegidos de Yahvé por lograr para Dios un sitio digno en el que habitar junto a su pueblo. La lucha de cada uno de esos enviados insistió siempre en dar a Dios ese lugar central, el más importante de los caminos que seguía Israel, en el cual ubicar a Dios, poder tener la seguridad de su presencia. Los reyes de Israel, entre las tareas de dirección que les correspondían, tuvieron como primera de ellas edificar para Yahvé el sitio donde viviera, donde se ubicaba la Palabra que dirigía al pueblo, donde el mismo pueblo tuviera la posibilidad de encontrarse con Él para recibir su amor y poder compartir sus alegrías, sus anhelos y sus preocupaciones. La realidad del Templo es, sin duda, parte de la historia de amor de Dios con su pueblo. Y de eso somos todos deudores, pues la llegada de Jesús y el nacimiento y crecimiento posterior de la Iglesia heredó de Israel la consideración de centralidad que tenía la experiencia del Templo y la aplicó también a la nueva cristiandad. No es lícito, por lo tanto, como en muchas ocasiones de parte de algunos supuestos hombres de fe, el que se haga una especie de desprecio al Templo como lugar de encuentro con Dios, pues toda la historia religiosa, tanto del judaísmo como del cristianismo, dejan claramente establecido este expreso deseo de Dios de tener un sitio propio en el cual encontrarse con su pueblo, a menos que se tenga un interés espurio que persiga malintencionadamente desacreditar a la institución religiosa que propicia la existencia del Templo como sitio central y esencial de la vida de fe. Dios quiere tener su sitio central en la vida del pueblo, donde poder encontrarse con cada uno, donde dirigir su Palabra y manifestar su voluntad, donde derramar su amor, donde recibir una respuesta de alegría y de amor de cada uno de los suyos, donde escuchar su diálogo, su peticiones, sus deseos, sus anhelos, sus dolores y sus alegrías.

Las imágenes del Antiguo Testamento nos ponen en la línea de una correcta comprensión del sentido de ese encuentro con Dios en el Templo, que es vivificante, santificador, gratificante, entusiasmante: "De debajo del umbral del templo corría agua hacia el este —el templo miraba al este—. El agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar. Me hizo salir por el pórtico septentrional y me llevó por fuera hasta el pórtico exterior que mira al este. El agua corría por el lado derecho. Me dijo: 'Estas aguas fluyen hacia la zona oriental, descienden hacia la estepa y desembocan en el mar de la Sal. Cuando hayan entrado en él, sus aguas serán saneadas. Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque la corriente, tendrá vida; y habrá peces en abundancia. Porque apenas estas aguas hayan llegado hasta allí, habrán saneado el mar y habrá vida allí donde llegue el torrente". El agua que Dios derrama hace que todo lo que surja del Templo se llene de vida, por cuanto es un agua que sana y hace surgir nuevos peces y frutos. Todo es hecho de nuevo por el agua vivificante de Dios. Es el signo de la novedad que produce la presencia de Dios, que luego será elevada a la consideración de la novedad de vida no solo material, sino espiritual que se dará en la vida de cada hombre que reciba de esa agua a la que hay que acercarse para disfrutar. Es claro que esa presencia de Dios y esa riqueza que quiere transmitir no se refiere solo a una cuestión de estructuras físicas edificadas materialmente, sino que apunta a la elevación de una vida personal que sea transformada y enriquecida por esa agua vivificante de Dios. Para Dios es muy importante el Templo material y por ello pide y desea que se establezca como sitio suyo, pero Él quiere ir más allá, y hacer de cada hombre, de cada corazón suyo, de cada vida vida vivida, su sitio personal, su Templo particular, en el cual vivir y en el cual establecer su lugar perfecto para el intercambio de amor mutuo. La insistencia de San Pablo al acentuar la importancia de cada uno como Templo, así lo afirma: "Mire cada cual cómo construye. Pues nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo. ¿No saben ustedes que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: y ese templo son ustedes". Cada uno de nosotros ha recibido la vida que nos ha dado Jesús. Esa vida es el agua que ha derramado Dios sobre nosotros, que somos su Templo, con lo cual hemos sido saneados, vivificados, llenos de amor y hemos sido salvados. Destruir lo que es el Templo de Jesús, que somos nosotros, equivaldría a destruir conscientemente la obra del mismo Jesús.

El celo de Jesús es claro por lo suyo y por los suyos. Así como quiere que su obra salvadora llegue a todos, y por eso se entrega completamente a su misión, hasta la muerte, así mismo quiere que el Templo, como casa de Dios, sea un lugar de verdadero encuentro con Dios. Se equivocan quienes quieren entender este enfrentamiento de Jesús en el Templo con los mercaderes como un desprecio al Templo. La preocupación de Jesús es precisamente la de conservar al Templo en su pureza como lugar de encuentro don Dios, y por ello enfrenta a quienes quieren darle una connotación rastrera de usufructo malsano. El Templo es lugar de Dios, no de aprovechamiento. Al Templo se va a ese encuentro de intimidad con el Señor, a recibir la dulzura de su amor, a dejarse llenar de esa agua de vida que limpia y purifica, a recibir los frutos y los peces que nos alimentan y nos enriquecen. Y por supuesto, al Templo se va a vivir personalmente la riqueza que el Señor quiere, no solo como un lugar externo del que se sale ya para otras cosas distintas que no tengan nada que ver con la vida que se ha recibido al encontrarse con Dios. No son sitios desconectados, sino íntimamente unidos. En el Templo se recibe la riqueza que se manifestará como vida para todo lo cotidiano. Lo recibido en el Templo es para toda la vida, para todo lo que me corresponda hacer en el día a día: "Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: 'Quiten esto de aquí: no conviertan en un mercado la casa de mi Padre'. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: 'El celo de tu casa me devora'". Jesús es celoso de lo suyo y de los suyos. La casa de Dios es sagrada. Es para el hombre, no para el mercadeo. Y así lo es la vida de cada hombre. En el corazón y en la vida de cada uno, el Templo se convierte en el lugar por preferencia de Dios. El ataque de Jesús no es un ataque al Templo, sino a lo que se pretendía hacer contra el Templo. Es la defensa más clara que hace Jesús del lugar en el que quiere Dios habitar en medio de su pueblo. Es el sitio que quiere tener para encontrarse con su pueblo y con cada hombre. Y es el lugar desde el cual quiere seguir dándose para que cada uno lo siga recibiendo y haciendo presente en su día a día. No se equivocan quienes afirman que a Dios lo podemos encontrar en todas partes y que nos podemos poner en contacto con Él en cualquier lugar. Ciertamente Dios no está preso en el Templo y está en todas partes. Pero sí se equivocan quienes pretenden colocar al Templo como sitio sin importancia, cuando está muy claro que el mismo Dios, desde el principio y luego Jesús en su propia Iglesia ha establecido al Templo como el sitio de preferencia para procurarse su lugar de encuentro íntimo, su lugar de donación ideal por su agua de vida y de alimento, su lugar de diálogo sabroso y amoroso, su lugar de alegrías, de anhelos y de dolores compartidos, por su lugar de vida convivida, fraterna y amorosa con todos los hermanos con los cuales compartimos ese encuentro de amor y de gozo que es signo del encuentro que viviremos todos en ese Templo final que jamás se acabará y del que es signo nuestro Templo hoy.

domingo, 8 de noviembre de 2020

La sabiduría nos llena de la belleza de hoy y nos hace añorar la belleza de la eternidad

 Las vírgenes necias y las prudentes.

Para los estructuralistas, los intelectualistas puros o los positivistas, la sabiduría se reduce simplemente a la adquisición de conocimientos, a lo que vaya añadiéndose al acerbo de cultura, con los más altos conocimientos, las más sólidas ideas, las más firmes argumentaciones. Para ellos, basta que una idea sea razonable, atraiga a la mente, posea excelentes solidez de argumentos, para que ya pase a formar parte del entramado cultural mental de los hombres y sea propuesta como verdad absoluta para todos. En cierto modo, esto es coherente con el origen que hay en la cantidad de dones con los que Dios ha favorecido amorosamente a los hombres. Los conocimientos que puede tener e ir adquiriendo el hombre en el ejercicio de esas cualidades que Dios le ha regalado y que no son de ninguna manera desechables, por cuanto están considerados en el el desarrollo posible de su vida, forman parte del deseo de Dios y de lo que quiere Dios que el hombre tenga para avanzar. Desde que Dios le dio la orden inicial: "Dominen la tierra y sométanla", tenía plena claridad en lo que estaba haciendo y de la riqueza que estaba poniendo en las manos de todos los hombres. Todos están llamados a vivir, a ser los primeros de toda la creación, a desarrollar su vida en la unión con los otros seres que eran como él, a procurar los propios bienes con los que haría su vida mucho mejor, a unir en esa procura de los bienes a los hermanos, de modo que ellos no solo fueran beneficiarios de todo, sino también artífices de los bienes que debían disfrutar todos, con la finalidad altísima y feliz de hacer del mundo un lugar mucho mejor para todos, de modo que la vida fuera más hermosa,  más atractiva, más a propósito para avanzar a una realidad futura que estuviera marcada por la bendición de Dios que en todo caso lo que busca es que todos estén llenos y sean receptores de la mayor bendición que podría recibirse jamás, que es la vida eterna en la que vivirá la humanidad entera y que será definitivamente el regalo final de la vida humana que haya avanzado con fidelidad e ilusión hacia lo mejor que Dios haya querido para todos. El enriquecimiento de los conocimientos que ha hecho posible Dios, de ninguna manera desprecia o desdeña la posibilidad que Él mismo ha regalado. De manera clara más bien ha hecho posible el avance del hombre cuando logra amar más al mismo Creador, lo une más a sus hermanos y lo hace responsabilizarse con más seriedad en la procura de un mundo mejor para sí mismo y para todos.

Por ello hay una insistencia básica en la Escritura que anima a los hombres a entender en el sentido correcto lo que es la sabiduría. No se queda en una comprensión reductiva de los conocimientos intelectuales, que son también válidos pero que se arriesgan a ser parciales. En Dios la Sabiduría no se reduce simplemente a las ideas intelectuales, sino que va a lo vital. La sabiduría llena de ideas, sin duda, pero se enriquece con la vida. Se conoce y se vive. No se conoce solo para aumentar el acerbo cultural, sino que aquello avanza a lo que debe ser vivido. Se conoce para vivir. Si el conocimiento se queda solo en lo intelectual es incompleto. La inteligencia debe manifestarse en la vida. El hombre puede conocer mucho y mejor, pero puede también no vivir nada de lo que ha adquirido en su mente. Incluso puede llegar a darse una injusticia aún más destructiva que es la del uso del conocimiento y de la sabiduría que incumple el bien para el que ha sido donado, y busca solo un aprovechamiento egoísta, incluso en daño de quienes deberían ser los primeros beneficiarios por voluntad divina. Una cosa es quedarse vacío en el solo conocimiento sin vida, pero otra peor y absolutamente dañina es no rendirse ante el bien que desde la sabiduría debe surgir para todos. Estas dos monedas del mal pueden hacer, y en efecto lo han hecho, mucho mal al mundo que Dios quiere que sea mejor para todos. El libro de la Sabiduría nos pone en la comprensión correcta de lo que debe ser esa sabiduría que enriquece al hombre y da de su riqueza a todos: "Radiante e inmarcesible es la sabiduría, la ven con facilidad los que la aman y quienes la buscan la encuentran. Se adelanta en manifestarse a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa, pues la encuentra sentada a su puerta. Meditar sobre ella es prudencia consumada. La sabiduría, evidentemente, no es solo entendimiento formal o intelectual de quien sabe mucho, sino que apunta a algo superior, que lo enriquece a sí mismo, pero que sale de sí hacia el otro y hacia el mundo, que serán definitivamente beneficiados de todo. La sabiduría no se queda solo en la actual, en la realidad de vida cotidiana, sino que nos hace elevarnos a lo eterno y nos ubica correctamente en la experiencia de eternidad a la que está llamado el hombre y el mundo. Así lo enseña San Pablo: "No queremos que ignoren, hermanos, la suerte de los difuntos para que no se aflijan como los que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual modo Dios llevará con Él, por medio de Jesús, a los que han muerto".

Jesús nos llama a esta vivencia de la sabiduría de la manera que debe servirnos para la comprensión de nuestra realidad cotidiana, en la que cada hecho de nuestra vida en el mundo debe apuntar a la obtención de una riqueza no material exclusivamente, sino vital, que nos haga mejores personas que nos lleven a disfrutar más bellamente de la propia vida en el disfrute de todos los regalos que el Señor ha puesto en nuestras manos, sino en la procura de que todos los beneficios que adquiramos se conviertan en riqueza para todos los nuestros, y haciendo que el mundo sea un lugar más hermoso, feliz y atractivo para todos. llenándonos de las riquezas que ha colocado Dios para nosotros. Se trata de no vivir con la inconsciencia de quien solo vive el día a día, sino asumiendo cada uno la responsabilidad que ha sido puesta en nuestras manos por el Dios del amor, no solo para nosotros, sino para cada uno, en lo cual todos tenemos la misión de multiplicar y de hacer llegar a todos. Es vivir en la alegría del hoy tan hermoso que Dios nos regala día a día, pero con la idea segura de que viene algo superior, que será infinitamente más rico y más hermoso y a lo que también estamos llamados como la culminación de todo lo bello y lleno de esperanza que nos espera en esa eternidad infinitamente hermosa que está preparada para todos. Así nos lo explica Jesús: "Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: '¡Qué llega el esposo, salid a su encuentro!' Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: 'Dennos de su aceite, que se nos apagan las lámparas'. Pero las prudentes contestaron: 'Por si acaso no hay bastante para ustedes y nosotras, mejor es que vayan a la tienda y se lo compren'. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: 'Señor, señor, ábrenos'. Pero él respondió: 'En verdad les digo que no las conozco. Por tanto, velen, porque no saben el día ni la hora". La sabiduría es la belleza que podemos vivir aquí y ahora, y la que nos abre las puertas para la experiencia sublime de la belleza eterna. No caigamos en su desprecio y hagamos de ella nuestra mejor aliada hoy y para la eternidad.

sábado, 7 de noviembre de 2020

Solo Jesús da sentido a la vida en el mundo y a todo lo que viene

 Catholic.net - No podéis servir a Dios y al dinero

Asumir la vida como don de Dios, en la cual Él mismo nos ha colocado al hacernos existir, creando todas las condiciones que necesitamos para desarrollar la vida, no solo en el sentido material de la propia existencia sino incluso en la comprensión del avance hacia una realidad superior que nos sobrepasa y que llegará a no tener fin al terminar nuestro periplo terreno, es clave para poder vivir la verdadera alegría humana apuntando a algo que escapa a nuestro dominio y que nos puede llenar de una serenidad sin par cuando lo asumimos con toda la fortaleza. Habiendo sido creados para este mundo, colocados en él para aportar lo que nos corresponde en el logro de un mundo mejor, de mayor bondad, de mejores beneficios para todos, no solo para nosotros, es una tarea hermosa, atractiva, ilusionada. Sabernos convocados por Dios no solo para existir y llenos de las capacidades con las que Él nos ha favorecido, es ciertamente muy compensador. El hecho de que Dios haya contado con nosotros para que se fuera avanzando en la bondad del mundo nos reconcilia en la apreciación del valor de lo que somos nosotros mismos. No hemos sido simplemente creados y colocados en el primer lugar de todo lo que existe, sino que Dios ha confiado en nosotros lo que originalmente debía corresponder solo a Él por ser el Creador y Sustentador de todo. Los hombres amados y creados han sido considerados dignos de hacerse como Dios, no solo en la respuesta de amor que le pueden dar, sino que han sido elevados a la categoría de co-creadores y en cierto modo también sustentadores de aquello que ha surgido del mismo Dios. No ha sido colocado en el mundo simplemente para pasar como algo más, sino para marcar la existencia de todo lo creado. Él ha recibido de Dios un regalo superior al que debe responder. En cierto modo, es necesario asumir que el hombre se debe a Dios y en la misma medida se debe al mundo. Así como todo ha surgido de Dios y ha sido colocado en las manos del hombre, ese mundo que se le da como responsabilidad es su tarea, y debe cumplirla con denuedo y hasta con ilusión, sin permitir que haya nada que lo distraiga o le obstaculice su tarea. Su servicio debe ser cumplido con el mayor compromiso. En este sentido no importaría lo que le facilite o le favorezca en su misión, ni tampoco lo que aparezca como dificultad o incluso como impedimento. Lo que lo mueve y lo motiva es la búsqueda de la meta cumplida de lo que debe hacer.

Así lo vivió con toda claridad San Pablo que asumió su tarea de apóstol enviado por Jesús a los cristianos sin mirar los problemas que se le podían presentar en el camino, sino solo pensando en la meta que debía ser cumplida y que de ninguna manera quedaba supeditada a lo que se encontrara en el camino. Lo importante era llegar a lo que debía llegar: "Aunque ando escaso de recursos, no lo digo por eso; yo he aprendido a bastarme con lo que tengo. Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta". Se trataba no solo de un bienestar monetario, aunque también de alguna manera era necesario para llevar mejor la obligación del anuncio del Evangelio de salvación a todos, sino de la claridad que tenía sobre a quién servía. Para San Pablo estaba claro que el servicio principal era a Jesús, a su salvación, a cada hermano que debía ser beneficiado por el amor redentor. No estaba por encima de la tarea encomendada la conveniencia personal. La claridad que esgrimía el apóstol de ninguna manera se basada en el pensamiento de su comodidad o de su beneficio. Lo que pesaba era la figura de Jesús y aquellos hermanos que debían recibir todo su beneficio de amor. En la tarea del apóstol el primer lugar no lo ocupa él. Él solo es un instrumento en las manos de quien verdaderamente importa. El servidor no se coloca como el primero en importancia. En ese lugar se encuentran Jesús y los hermanos. No importa para nada la búsqueda de las propias prerrogativas personales, pues al fin y al cabo eso es accesorio. En el anuncio del Evangelio que debe hacer el enviado jamás debe ser colocada por encima la conveniencia personal o las ganancias propias. Eso no pesa nada. Cada cristiano debe colocar a Jesús como el único importante y sobre Él no debe haber nada más. Al punto que la vida propia, en toda su circunstancia cotidiana, siendo vivida naturalmente como la vida que ha regalado Dios a cada uno, solo será realmente fructífera si se gasta en ser fieles a Jesús, al envío que encomienda, en la tarea de darlo a conocer a los demás. Poco importan los grandes logros humanos personales si estos no apuntan realmente a avanzar en la vida divina del hermano, dando a conocer a Jesús y a su amor. Podremos avanzar humanamente en los grandes logros materiales de nuestro mundo, en las tareas que el mismo Dios ha colocado en nuestras manos. Eso es bueno. Pero será mucho mejor y adquirirá su pleno sentido únicamente sin está fundado en el ser solo de Jesús, en el darlo a conocer a los demás, en el servicio de amor y salvación que hagamos en favor de los demás. Nuestro día a día no puede estar desligado de ese testimonio que debemos dar en todo.

En esa misma línea nos llama Jesús a colocar la importancia de las cosas. Nuestra vida debe apuntar a colocarlo a Él, a su amor, a su servicio, por encima de todo. No se trata de un desprecio a la existencia, pues Él mismo nos ha colocado en el orden del bien en el mundo. Todo lo debemos hacer en función de lograr un mundo más hermoso, más habitable, más atractivo para cada hombre. Nuestra tarea en ese sentido nunca deberá ser soslayada. Los hombres debemos lograr que en el mundo vivamos mejor, sin injusticias, sin miserias, sin heridas a la humanidad. Es un camino que nos corresponde llevar adelante, sin descanso. Pero no debemos asumir esta tarea como única y definitiva. La meta final es alcanzar esa bondad sobre todo colocando en el centro de todos los beneficios el amor que Jesús derrama, llegando incluso a ser el punto final de todo el periplo, por cuanto es la llegada a aquella vida definitiva de alegría y plenitud en la eternidad. La vida hay que hacerla más bella para todos, atractiva en la experiencia fraterna, viviendo en la finalidad que debemos perseguir todos en el amor, procurando los beneficios que sean para todos, y que disfruten todos, incluso nosotros mismos los enviados. Pero en la perspectiva definitiva de saber que todo terminará y quedará solo la experiencia de la presencia de Jesús que lo llenará todo de la verdadera y plena alegría: "'El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Pues, si ustedes no fueron fieles en la riqueza injusta, ¿quién les confiará la verdadera? Si no fueron fieles en lo ajeno, ¿lo de ustedes, quién se lo dará? Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No pueden servir a Dios y al dinero?' Los fariseos, que eran amigos del dinero, estaban escuchando todo esto y se burlaban de él. Y les dijo: 'Ustedes se las dan de justos delante de los hombres, pero Dios conoce sus corazones, pues lo que es sublime entre los hombres es abominable ante Dios". Lo verdaderamente importante es ser rico delante de Dios. No es lo material, ni siquiera los gozos simplemente humanos, los que marcarán la pauta final. Es la entrega, lo que hemos colocado en el primer lugar, el servicio y el amor que haya marcado nuestra vida. Es la presencia de Jesús en la propia vida y el servicio de amor que hayamos prestado a todos.