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jueves, 4 de febrero de 2021

El Reino de Dios ya está entre nosotros porque Jesús ya está entre nosotros

 Jóvenes Papones De León - #EvangelioDelDía Lectura del Santo Evangelio  según San Marcos 6, 7-13 En aquel tiempo llamó Jesús a los Doce y los fue  enviando de dos en dos, dándoles

El relato que hace la Carta a los Hebreos sobre el nuevo Sacerdocio de Jesús abarca desde lo que ha sucedido con el antiguo sacerdocio superado por Cristo hasta los tiempos nuevos que serán inaugurados con su presencia que lo abarcará todo y le dará forma a todo el estilo de vida que se vivirá en la eternidad. La acción de Jesús ha sido una acción totalmente renovadora. En ella, aun cuando se habían experimentado acciones similares puntuales en la historia anterior, se va dando ya la confirmación definitiva de lo que se vivirá definitivamente, inmutablemente. Él es quien viene a hacer todo de nuevo y esa novedad será ya la que se tendrá por toda la eternidad. La finalidad de Dios, motivado por su amor a lo creado, es que todo alcance la plenitud. El mal que ha convivido con el hombre desde el principio, empezó a recibir sus derrotas más estruendosas con la obra de renovación del Verbo hecho carne. La muerte del Redentor en la Cruz fue, siendo como fue, cruenta y terrible, la jugada maestra de Dios para dar a entender al demonio que ya su tiempo había pasado. Esa "victoria" obtenida con la muerte de Jesús fue la trampa en la que cayó, pues el resultado de la resurrección posterior del Mesías Redentor logró que el mal, con su jefe al frente, quedara totalmente anulado y vencido para siempre. Aún hoy el gran derrotado es el demonio. Su poder está totalmente anulado cuando contemplamos al Crucificado muerto en el altar de la Cruz, pero luego victorioso y glorioso junto al Padre, habiendo dejado vacío y solitario al sepulcro. Y esa victoria es nuestra, pues así lo ha determinado Dios. El hombre, causante del mal por haberse dejado embaucar por el demonio y por haberse puesto a su servicio en contra de Dios y de sus mismos hermanos, sigue siendo beneficiario de una victoria de la cual había estado tan lejos. La obra de rescate del Salvador es obra de rescate incluso para aquellos que estaban lejos, o porque estaban engañados o porque se habían colocado en una situación de oposición frontal a la voluntad divina. En este caso, todos tienen entrada franca en el camino del restablecimiento de la relación con el Dios del amor. Basta que al percibir las acciones que Dios sigue llevando adelante, se convenzan de que no hay mejor posibilidad para la felicidad eterna que unirse a la obra de amor del Dios que lo quiere con Él.

Esa presencia de Dios en Jesús, nuevo Sacerdote de la nueva etapa de salvación, es una presencia que llena de júbilo. Atrás quedan aquellas acciones estruendosas de Dios, en la que en algunas ocasiones se presentaba ante el pueblo produciendo temor y llenando de portentos todo. Con Jesús las cosas son más sosegadas, pues apuntan a entender que ese nuevo tiempo es el tiempo de la felicidad serena. Hay que empezar a vivir ese gozo de saber que Dios está en medio de nosotros, produciendo todos los beneficios propios del Reino que se va instaurando. Esa presencia de Jesús entre nosotros no anula la presencia del mal, pero sí va haciendo que el hombre se vaya convenciendo cada vez más de que el camino de esa felicidad añorada debe irse avanzando con una mayor unión creciente con Él. Por un lado, el mal seguirá obteniendo algunas victorias pues algunos hombres seguirán estando a su servicio, y aun cuando no tiene ya el poder, tendrá el que el mismo hombre ponga en sus manos para seguir obteniendo victorias. Y por el otro en el presenciar la lucha del mal contra el bien, algunos de esos hombres irán haciéndose a la convicción de que no tiene sentido seguir sirviendo al mal, pues su derrota es evidente: "Ustedes no se han acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni han oído aquella voz que el pueblo, al oírla, pidió que no les siguiera hablando. Y tan terrible era el espectáculo, que Moisés exclamó: 'Estoy temblando de miedo'. Ustedes se han acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel". Quien se acerca así a Jesús, nuevo Sacerdote, se acerca a la fiesta anticipada de la alegría interminable.

Esa instauración del Reino, de sus valores, de las acciones amorosas de Dios, que son preludio de lo que se vivirá eternamente, comienza a tener algunos atisbos en la obra de Jesús. Cada uno de los discípulos de Cristo, aquellos que fueron convocados por Él para acompañarlo, para escuchar su mensaje, para ser testigos de las maravillas que iba realizando, no solo podían ser contempladores pasivos de lo que percibían. En la didáctica de Jesús, llegaba el momento de que también ellos fueran actores en ese Reino nuevo que estaba siendo instaurado. No podían quedarse solo como simple espectadores de lo que hacía Jesús. Jesús los quiso activos, instrumentos eficaces de la renovación. Y por eso los envía con una tarea que era la misma que Él vino a cumplir: establecer el Reino, sembrar sus valores, decir a los hermanos que estaba llegando algo nuevo, anunciar que la alegría prometida era una realidad total, pues ya la estaba viviendo cada uno de ellos con sus acciones. Era Jesús el que lo hacía posible. Ese tiempo ya estaba presente, porque ya estaba presente Jesús: "En aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y decía: 'Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel sitio. Y si un lugar no los recibe ni los escucha, al marcharse sacúdanse el polvo de los pies, en testimonio contra ellos'. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban". Se estaba iniciando ese tiempo nuevo. Era el tiempo del Reino de Dios.

lunes, 20 de julio de 2020

Es bella una fe serena que solo busque amar

Esta generación perversa y adúltera exige una señal | InfoVaticana

El Evangelio de San Juan está compuesto alrededor de los siete milagros que relata el apóstol y evangelista. Claramente su intención está encaminada a presentar la obra de Jesús como la de la plenitud del amor de Dios en favor de los hombres. El número siete entre los hebreos es un número que habla de plenitud, de gloria, de infinitud. Presentar siete milagros revela que se quiere afirmar que Dios está presente, que está ahí, que pone todo su poder y su plenitud en favor de aquellos que son favorecidos por su gracia todopoderosa. Revela, además, que Juan considera suficiente esa presentación para dejar bien establecida la primacía de Jesús, la de su amor y su poder, y que no tiene que resaltar las obras maravillosas que Jesús realiza, pues todo lo que hace, incluso aquello que es ordinario y común, debe ser entendido como revelación también de su presencia. En cierto modo, la falta de insistencia mayor en las obras portentosas podríamos entenderla como una invitación al descubrimiento de la obra de Jesús también en lo ordinario y en lo sencillo que, ciertamente, es el ámbito común de revelación de la obra grandiosa de Cristo. No hay que esperar siempre lo maravilloso o lo portentoso para fundar la alegría o la esperanza de la redención, sino que hay que procurar vivir esa felicidad por las demostraciones perennes en todas las donaciones comunes y ordinarias que sigue Dios permitiendo para nosotros. Es una llamada a la limpieza de la mirada para poder ver con transparencia y sencillez la obra cotidiana de Dios en la propia vida. Una llamada a evitar las contaminaciones que nos permitimos nosotros mismos, invocando siempre lo estrambótico para poder dar fe al Dios que nos demuestra su amor en la sencillez y en la humildad. Al ser fanáticos de lo extraordinario, no nos llegamos a conformar con lo ordinario, sino que queremos poner a Dios también en el predicamento de demostrar incluso su existencia por las obras grandiosas de las que queremos ser testigos. No es extraño, entonces, que muchos basen su criterio de fe, incluso como condición para creer en la existencia de Dios, en la realización de obras portentosas. En el caso de no darse sería para ellos la demostración suficiente de que Dios es simplemente una idea inventada para satisfacer mentes débiles y acomplejadas. Esta exigencia obnubila de tal manera su mente que impide la posibilidad de vivir la fe en la simpleza de lo cotidiano y se guarda solo para lo fantástico. De ese modo llegará a ser una fe que necesita una sobreexcitación continua, lo cual la envilece y la hace prácticamente un narcótico exacerbante.

No hay mayor satisfacción que la de tener una fe serena. Está claro que Dios puede realizar portentos y maravillas cuando quiera. Para Él no hay nada imposible. Pero su objetivo no es mantener al hombre en un estado de ánimo continuamente exaltado, exacerbado, enardecido. Lo quiere con un corazón en paz, sereno, en el que haya un ámbito sencillo y apacible para la recepción de su amor, y en el que se pueda dar una verdadera relación de amistad suave, dulce y tranquila. Sería la respuesta a la petición que hacen los cursillistas de cristiandad en la hora apostólica con la que cierran su experiencia: "Señor, que no necesitemos milagros para tener fe, pero que tengamos tanta, que merezcamos que nos los hagas". Se debe procurar, entonces, tener un corazón tan libre en el amor que sea capaz de descubrir la presencia de Dios en todo lo que acontece alrededor: en la salida del sol que regala Dios día a día, en el aire dulce que se respira y que llena vivificante los pulmones, en la mirada dulce y enamorada de los novios, en el amor sereno que comparten los esposos, en la ternura de los hijos que van creciendo bajo la mirada protectora de sus padres, en la ancianidad sabia y preciosa de los abuelos que tienen siempre tendidas sus manos arrugadas ofreciéndose como apoyo no por ser fuertes sino por ser sabios, en la fidelidad de los animales domésticos que se convierten en unos miembros más de la familia, en la belleza de las plantas y las flores que nos rodean y llenan de color y ricas fragancias todo el entorno, en la vida salvaje de los animales que retozan libres en los bosques y las selvas, en el azul vivo y sereno de los cielos que nos cubren, en el blanco inmaculado de las nubes que se transforma en gris cerrado cuando aparecen para dejar caer el agua que renueva la vida en la tierra, en la magnificencia de los mares, los océanos y los ríos que nos hablan de lo magnífico que es Dios, que es mucho mayor que todos ellos juntos... No hay parangón a lo maravilloso que es tener un espíritu que sea capaz de descubrir a Dios en todo eso. Cada experiencia humana, sea sencilla o portentosa, es una ocasión para poder descubrir a ese Dios que está lleno de amor por nosotros y que en cada acontecimiento que nos rodea quiere hacer que sintamos su caricia en nuestro rostro y en nuestra mirada. Lo extraordinario de las actuaciones de Dios puede llegar a convencernos, mas lo sencillo de descubrir a Dios y su obra en todo lo que acontece, nos conquista y nos enamora.

Debemos evitar entonces esa tentación continua de necesitar portentos: "Algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús: 'Maestro, queremos ver un milagro tuyo'". Jesús pudo haber decidido en ese momento realizar un gran milagro. Pudo haber mandado a oscurecer el sol instantáneamente, pudo haber elevado vuelo sobre todos ellos para posarse nuevamente sobre la tierra, pudo haber secado todas las plantas de alrededor para luego hacerlas revivir de nuevo. Ninguna de esas cosas habría sido imposible para Él. Él es Dios. Pero no quiso hacerlo así. Apeló a lo que ya ellos conocían por experiencias de personajes anteriores y que se habían dejado conquistar previamente, con lo cual les reprochó su dureza de corazón: "Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón". Es el mismo Dios que reclama a todos no haber sucumbido a su amor a pesar de haber realizado portentos y maravillas, con lo cual queda demostrado que no bastan las obras portentosas para lograrlo: "¿Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado? ¡Respóndeme! Yo te saqué de Egipto y te libré de la servidumbre." Lo dijo Abraham al rico epulón cuando estaba en el infierno y le pedía que enviara al pobre Lázaro a su familia para que creyeran: "Si no quieren hacer caso a Moisés y a los profetas, tampoco creerán, aunque algún muerto resucite". Necesitamos rendirnos al amor de Dios, más que a sus portentos. Nuestra fe no puede basarse ni ser ella misma una experiencia exacerbante. Esa fe sería una fe extenuante, sin reposo sereno. Debe ser un encuentro dulce y pacífico en el amor con el corazón de Dios que nos ama más de lo que podemos imaginarnos y, por supuesto, más de lo que nosotros mismos nos amamos. "Hombre, se te ha hecho saber lo que es bueno, lo que el Señor quiere de ti: tan solo practicar el derecho, amar la bondad, y caminar humildemente con tu Dios". Es la respuesta que da el profeta al que se pregunta qué es lo que quiere Dios. No es más. Es lo más sencillo que existe. Dios no quiere corazones alterados a su lado, frutos de una fe lograda a fuerza de portentos. Quiere hombres conquistados, enamorados, frutos de la experiencia gratificante y enriquecedora de un amor que solo quiere la serenidad de un corazón que abra sus puertas para asentarse en él y vivir allí un intercambio de ternuras sin fin.

martes, 14 de enero de 2020

Tu amor es todopoderoso y está siempre a mi favor

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Una máxima cristiana es la afirmación de que para Dios no hay nada imposible. Esta expresión la usó el Arcángel Gabriel en su visita a María para solicitar su aquiescencia para ser la Madre de Dios, ante su pregunta de cómo se iba a dar tal suceso sin conocer varón: "Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios". Podríamos decir que para muchos hombres y mujeres en la historia ha sido también experiencia personal, pues han tenido la vivencia de hechos maravillosos que, por extraordinarios, dejan la convicción de haber sido intervenciones claras de Dios. Por un lado, existen lo que conocemos comúnmente como "milagros", en los que las leyes naturales y ordinarias quedan como en suspenso, pues no tienen explicación racional, y por el otro, hechos asombrosos que, sin llegar a considerarse milagros, sí entran dentro de la categoría de portentosos por lo extraordinarios, convenientes y oportunos que pueden resultar en una situación de necesidad extrema, y en cuya esperanza de cumplimiento de parte de Dios se ha colocado una expectativa única. Se podría decir que el mismo Jesús ha empeñado su palabra en que estas cosas puedan llegar a suceder cuando afirma rotundamente: "Les aseguro que, si tienen confianza y no dudan del poder de Dios, todo lo que pidan en sus oraciones sucederá. Si le dijeran a esta montaña: 'Quítate de aquí y échate en el mar', así sucedería. Sólo deben creer que ya está hecho lo que han pedido". Así lo ratifica Juan: "Y esta es la confianza que tenemos delante de Él, que si pedimos cualquier cosa conforme a su voluntad, Él nos oye". En todo caso, Santiago nos pone la advertencia: "Piden y no reciben, porque piden mal". Esa confianza en Dios debe estar puesta sobre la base de asumir que Él sabe mejor que nosotros mismos lo que nos conviene y cuál es el momento más oportuno para concedérnoslo. Esto es concorde con lo que sabemos de Dios, en cuanto a su amor todopoderoso que actúa siempre en favor del hombre, su criatura predilecta. De nuevo, brillan como elementos esenciales en esto, la confianza en Dios y en su amor y la humildad necesaria ante Él, al que no podemos exigirle sino solo implorarle para que tenga en cuenta la necesidad en la que nos encontramos.

Un caso claro de esto que llevamos dicho es el de Ana, la mujer de Elcaná, estéril, humillada y burlada, y añorante de darle descendencia a su esposo. Ella pone su confianza radicalmente en el Dios que todo lo puede y con la mayor humildad se coloca ante Él y le plantea su necesidad: "Señor del universo, si miras la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mí y no olvidas a tu sierva, y concedes a tu sierva un retoño varón, lo ofreceré al Señor por todos los días de su vida, y la navaja no pasará por su cabeza". Es una mujer necesitada que se pone con total transparencia delante de Dios, confiada y humildemente. Su petición no fue desechada por Dios y le fue concedido lo que pedía: "Elcaná se unió a Ana, su mujer, y el Señor se acordó de ella. Al cabo de los días Ana concibió y dio a luz un hijo, al que puso por nombre Samuel, diciendo: 'Se lo pedí al Señor'". Su abandono en Dios tuvo su recompensa. Se cumplió en ella perfectamente lo que ofreció Jesús con posterioridad: "Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre". Se debe producir en nosotros una convicción profunda de que el amor de Dios todopoderoso jamás dejará de actuar convenientemente en nuestro favor, pues es ese Dios de amor y de misericordia que nos ha creado y se mantiene en su providencia eternamente en favor nuestro. No puede ese Dios de ternura infinita desentenderse de quienes han salido de sus manos.

Es tan radicalmente cierto esto que ni siquiera el demonio, que se ha puesto frontalmente en contra de Dios, lo pone en duda. En el encuentro de Jesús con los presentes en la sinagoga de Cafarnaún, a quienes ya había sorprendido con su enseñanza y su manera de hacerlo, "porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas", se da también un encuentro con el demonio que tenía poseído a un hombre de los presentes, y que lo reconoce inmediatamente: "¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios". Hasta el mismo demonio, evidentemente muy a su pesar, demuestra que sabe bien quién es Jesús, el Dios humanado. Satanás y sus ángeles han surgido también de las manos del Dios todopoderoso, y en el uso de la libertad absoluta con la cual fueron creados se atrevieron a oponerse a su Creador y a proponer una vía de rebeldía y de destrucción del orden creado con la pretensión de hacerse ellos mismos los nuevos dioses. Pero tenían la plena conciencia de que ese Dios estaba muy por encima de todo, en poder y en amor por su creación, principalmente del hombre, la criatura que ocupa su corazón de amor y su providencia infinita. No tiene otra opción sino simplemente que la de probar su derrota una y otra vez, a pesar de sus repetidas andanadas contra Dios y su poder. La voz estruendosamente poderosa de Jesús resuena y lo domina totalmente: "¡Cállate y sal de él! El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él", con lo cual este pobre hombre es liberado de la cadena diabólica que lo esclavizaba. Jesús demuestra que es ese Dios del origen que nunca ha dejado de dejar claro que no hay nada imposible para Él. El poder más grande que se le enfrenta, el del diablo en rebeldía, que en su momento fue el ángel predilecto surgido de su mano creadora, es vencido totalmente. Incluso en aquellos momentos en los que obtiene aparentes victorias, realmente está obteniendo sus mayores derrotas. Es el caso de la muerte en cruz de Cristo, aparente victoria demoníaca, pero que muta en su más estruendosa derrota. En efecto, ante este acto portentoso que acaban de presenciar, en el que Jesús muestra su poder y su autoridad, los presentes no tienen más remedio que reconocer: "¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen". Es el poder de Dios que actuó en ese momento y que sigue presente hoy en el mundo. Es el mismo Dios que no ha cambiado, pues Él es eterno e inmutable. Y es el Dios que nos sigue acompañando. Es el Dios que sigue hoy en el mundo y que sigue y seguirá demostrando eternamente su amor por nosotros. Y es ese Dios todopoderoso, para el cual nada hay imposible, que sigue y seguirá actuando a nuestro favor. Es nuestro Dios de amor. Y su omnipotencia es nuestra, pues Él la coloca siempre providencialmente en nuestras manos porque nos ama con amor eterno e infinito.

martes, 15 de julio de 2014

El amor es siempre milagroso

Existe una bella oración que dice: "Señor. que no necesitemos milagros para creer, pero que tengamos tanta fe, que merezcamos que nos los hagas". Es una fe firme, sólida, que se basa no en la evidencia -como debe ser-, sino en la confianza ciega en lo que el Señor hace, dice y pide. Los milagros son acciones maravillosas de Dios, en los cuales Él demuestra su infinito poder y su infinita libertad. Pero son hechos en el ámbito de esa libertad infinita de Dios. Él mismo discierne cuando son necesarios y cuando no. Él demuestra su poder maravilloso cuando sabe que definitivamente no hay otra salida. Los hechos portentosos no son más que una demostración extraordinaria del amor que Dios tiene a los hombres. Son ellos los beneficiarios principales de cada una de esas obras extraordinarias que salen de las manos de Dios.

Estas obras maravillosas de Dios se iniciaron con la misma creación del universo. La existencia de todo lo que hay no es otra cosa sino un gran milagro. Dios ha hecho que todas las cosas vengan a la existencia de la nada, cuando en realidad, siguiendo su naturaleza suficiente y no necesitada de nada, quiso salir de sí en un gesto inusitado de amor. El que eternamente se había bastado a sí mismo, el que existía desde siempre, permitió que su amor no sólo fuera corriente divina, íntima, enteramente satisfactoria para sí, sino que se hiciera don para otros seres distintos de Él. Es el milagro del amor que explota, que se dona, que se convierte en amor creador y sustentador. Ya no es el amor íntimo el único que satisface a Dios, sino que por elección libre y personal, Dios hace que el amor a las criaturas llegue a ser para Él también motivación principal. El que no necesitaba amar más nada, pues estaba satisfecho amándose a sí mismo en movimiento natural de su divinidad que no necesitaba de más, eligió amar a lo que estaba fuera de sí mismo... Al ser un gesto de amor, de libertad, de poder infinito, se convierte así en un milagro. Convencerse de esto, para nosotros, criaturas que existen por esa "salida" de Dios de sí mismo, es convencerse de que existimos por un milagro de Dios. Es la acción extraordinaria que Dios ha elegido realizar sin ser necesario para Él, pero sí absolutamente necesario para nosotros, pues de lo contrario, no existiríamos de ninguna manera. He ahí el milagro que necesitamos para convencernos de la existencia del Ser superior, del poder de Dios, de su providencia infinita y, sobretodo, de su amor por nosotros. Es, podríamos decir, el milagro "natural" de Dios. Él sólo debe permitir que ese amor creador y todopoderoso se manifieste. Pero para nosotros sí que es extraordinario, pues es lo que nos hace existir y mantenernos en la vida como Dios mismo quiere y posibilita...

No contento con eso, el amor de Dios se sigue manifestando en maravillas cotidianas que no por ser "normales" dejan de ser milagrosas. El orden continuo de lo natural, las leyes que vemos que se cumplen sin cambios, las conductas inmutables que percibimos en la naturaleza, lo que sucede fuera de nosotros y sobre lo cual no tenemos control, sigue sucediendo invariablemente, sin que nosotros siquiera podamos oponernos a que así sea. Es el continuo orden establecido por Dios y que posibilita y facilita nuestra vida. Son los portentos cotidianos que a veces no percibimos en su justa dimensión. A fuerza de habernos acostumbrados a ellos, dejamos de asombrarnos. Que una sola cosa de esas cambie representaría para nosotros una debacle. Si el sol dejara de brillar todos los días, la vida desaparecería. Si las plantas dejaran de producir oxígeno, nuestra muerte sería segura... Tantos fenómenos naturales siguen siendo milagros del amor. Y debemos percibirlos como tales, para poder responder a Dios con cada vez más amor...

Y Dios va aún más allá. Al pecado del hombre responde con más amor. A la destrucción que ha procurado el hombre para sí mismo y para todo lo creado, Dios responde con más portentos. Podría dejar a un lado aquello que no es necesario para Él y hacerlo simplemente desaparecer, pues ha representado sólo problemas y conflictos. Pero no. No quiere actuar en contra de su naturaleza amorosa, sino que una y otra vez da nuevas oportunidades. A la destrucción de la primera creación, responde maravillosamente con la Nueva Creación lograda por el Verbo hecho hombre. Supera infinitamente lo que ha hecho en su primer movimiento de amor, con el segundo movimiento realizado por el Hijo. La nueva creación es confesión de amor del corazón enamorado de Dios hacia el hombre.

Por eso Dios se duele de que el hombre no sucumba definitivamente convencido de su amor y termine de creer vencido en sus brazos. La dureza del corazón del hombre le hará más daño que todo lo malo que pueda hacer. Dejar al amor de Dios a un lado le crea el vacío mayor que pueda vivir. No existe más absurdo para el hombre que la no aceptación de lo que es tan evidente. El milagro cotidiano del amor debe ser aceptado para llegar a la plenitud a la que está llamado todo hombre. En este transitar Dios verá si es necesario sustentar su pedagogía de amor en los milagros. Sólo Él sabe si lo será. Pero para nosotros debería bastar saber del amor infinito que nos tiene, convencernos de que quiere nuestro bien como lo ha demostrado desde el primer momento de nuestra existencia, percibir que no quiere nuestra muerte o nuestra desaparición sino que nos tiende la mano repetidamente, cuantas veces sean necesarias., De lo contrario, ya no estuviéramos aquí... Esa es nuestra salvación: "Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en ustedes, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Les digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a ustedes. Y tú, Cafarnaúm, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy. Les digo que el día del juicio le será más llevadero a Sodoma que a ti". Escuchar la Palabra de Dios, que nos invita a creer por encima de todo, por los milagros que hace el amor, y por los que seguirá haciendo para atraernos...

viernes, 6 de diciembre de 2013

Si realmente confías, lo tendrás

En los Evangelios con frecuencia encontramos los "retos" de Jesús a los que les piden favores... "Que les suceda conforme a la fe que tiene ustedes", le dice a los dos ciegos... Y en casi todos los prodigios que realiza encontramos la condición de la fe que debe existir previamente a la recepción de algún favor... Quien pide a Jesús su acción a favor de alguna necesidad que tenga, ya, por el gesto de acercarse, realmente demuestra en algo la confianza que tiene en que puede hacer algo... La fe es la condición indispensable para la realización de los prodigios...

Jesús es absolutamente libre. Y es infinitamente poderoso. Es Dios, y posee exactamente las mismas cualidades que el Padre. Él mismo dice: "El Padre y yo somos uno". "Todo lo que es del Padre es del Hijo", y por eso, en sus capacidades son idénticos... Esto quiere decir que Jesús puede hacer los milagros que quiera, pues nada escapa de su poder. Incluso si no se le pide. Pero en su gesto pedagógico con el cual quiere enriquecer a todos los hombres, quiere dejar claro que en los hombres tiene que haber una intencionalidad previa, que es la de dejarse amar de Dios. Los milagros no son gestos mágicos, no son simples portentos para demostrar algo que no es necesario demostrar en Dios, no es una manera de recibir algo maravilloso que no sea necesario y ni siquiera agradecido. Los milagros tienen un fin, que es el de unir más a Dios, el de hacer sentir más su amor, el de asentarse más firmemente en la vida en Él, en su poder, en su providencia. No se reciben favores de Dios para nada. Dios no es un hacedor de milagros, como lo sería un mago en un escenario para dejar sorprendidos y boquiabiertos a los espectadores... Dios tiene otro objetivo al realizar sus portentos. Quien es objeto de un milagro, lo recibe para amarlo más y para sentirse más amado...

La fe, en este caso, no sólo es la confianza en que Dios es capaz de hacerlo, en que es todopoderoso y nada se le resiste, en que como Dios nada hay imposible para Él. La fe es tener la certeza de su amor, de que ese amor provee lo necesario e incluso lo extraordinario, de que siempre estará a favor del indigente, procurando siempre convencerlo de que lo ama y de que por él será capaz de hacer lo que sea, con tal de que con ello sienta ese amor infinito. Para el que se acerca confiado a Jesús a pedir un favor, condición indispensable no es sólo que quiera que su problema sea resuelto, sino saber que en esa solución está la carga de amor más tierno y poderoso que puede existir, y que él debe responder también con un amor más comprometido, más puro, más cercano...

"Anda en paz. Tu fe te ha salvado"... "Les digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe"... "¡Qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que has pedido"... "Que les suceda según la fe que tengan ustedes"...  Son las expresiones que dice Jesús. No se trata sólo de estar convencidos de su poder. Ya ese poder lo ha demostrado Jesús en diversas ocasiones previas, de la cual, a lo mejor, los que solicitan un favor han sido incluso testigos. No se trata, por tanto, de que piensen que Jesús es capaz de hacerlo. Ya lo saben. Se trata de que lo haga conmigo, de que me haga sentir su amor, de que yo sea también objeto de su amor. Y se trata de mi compromiso. De que, al recibir su favor, me comprometeré aún más con Él, le serviré aún más, seré más suyo...

Tan cierto es esto que incluso quien no demuestra mucha fe, puede también recibir un favor, con la condición de que ésta aumente y lo haga servir más a Dios, ser más suyo... Cuando se recibe un favor de Dios, un milagro, se convence uno más de ese poder infinito, y siente con la mayor fuerza su amor que se coloca al lado de uno. Es una experiencia que tienen los que reciben de Dios esos gestos de amor... Ciertamente el hombre mantiene por encima de todo la libertad infinita con la cual Dios mismo lo ha enriquecido, y puede reaccionar desfavorablemente, sin dar el reconocimiento a Dios, como sintiéndose "con derecho" a lo que Dios ha hecho para él.. Recordemos el episodio de los leprosos sanados, de los cuales sólo uno regresó para agradecer a Jesús lo que había hecho... Sólo uno reconoció la mano del Dios amor en lo que había sucedido, y sólo uno le dio la gloria al Señor, como correspondía... Los otros habían recibido exactamente el mismo favor, pero no fueron capaces de reconocerlo. No por ello "se revirtió" el milagro, pues Jesús lo había hecho como un gesto de amor, y Él no dejaría de amarlos igual. Pero sí quedó al descubierto el corazón malagradecido y lejano que aquellos poseían...

En los milagros del Señor, o es necesaria la fe para que se den, como condición previa, o se produce la fe como consecuencia de haber experimentado la providencia todopoderosa de Dios. Pero en la base de todo está la fe que se alimenta del amor. Es el amor el motor principal. Dios ama infinitamente y en su poder hace lo que sea para favorecer a los hombres. Si lo considera necesario, incluso pasará por encima de la normalidad. Y es el amor del hombre que recibe ese favor, el que lo motiva a acercarse a Dios para pedirlo, para dejarse llenar de él. Y al recibirlo, es el amor por Él el que se compromete más a seguirlo, a servirle, a ser suyo. Y a ser instrumento de ese amor para todos los hermanos...