viernes, 7 de agosto de 2020

Al final, todo lo que logramos es gracias a Dios

Qué Aprovechará al Hombre si Gana el Mundo Entero y Pierde su Alma? |

Uno de los temas que se han ido convirtiendo casi en tabú para el hombre actual es el de su trascendencia. El empeño por una vida mejor aquí y ahora, el apuntar a un progreso cada vez más avanzado a través de sus conocimientos, del dominio más estricto de la naturaleza, de los adelantos tecnológicos que son casi indetenibles y dan una sensación de que no hay nada que lo pueda frenar, casi lo han hecho llegar a considerarse como un dios sobre el cual no puede existir nada más. Ese reconocimiento de sí mismo como lo máximo, lo ha hecho ensoberbecerse de tal modo que lo ha sustraído de la consideración de su propia realidad como un ser favorecido por alguien superior. La soberbia lo ha llevado a creerse el hacedor de sí mismo, por lo cual nada tiene que agradecer en un negado reconocimiento de que todas las cualidades que lo han llevado hasta allí no son sino donación amorosa del Dios Creador, de las manos de quien ha surgido. El famoso "self-made-man" ha cancelado totalmente la idea de la criatura favorecida por el Todopoderoso, colocándose así en el centro del universo, del cual es su absoluto dominador y quien decide bajo su libre arbitrio las rutas que deben ser transitadas dejándose llevar solo por su criterio ventajista y particularista. No habría nada que agradecer a nadie, si no es a sí mismo, por los beneficios que ha aportado al mundo con su casi infinita sabiduría y su casi infinito poder. En este panorama, introducir la idea de que todo lo que surge de sus manos es pasajero, que su propia vida llegará en algún momento a su fin, y que por lo tanto, fuera de la trascendencia que tendrá toda su obra temporalmente mientras sirva a los demás y no sea introducido algo que lo supere, es impensable. No se puede hablar de eso, pues sería restar todo el mérito que tendría su ingenio y su poder. Y la verdad es que, siendo un espejismo muy atractivo, no deja de ser eso: un espejismo. Por más que el mismo hombre se empeñe en ponerse en lo más alto, siempre le saltará la verdad contundente y se le colocará al frente, claramente a la vista: La realidad no puede acabarse consigo. "Después de mí, la nada", no es una frase que pueda ser sostenida de ninguna manera. No tiene asidero estable, por cuanto la misma razón convence de algo distinto. Todos los grandes inventos han pasado, las grandes inteligencias han desaparecido. De ellos solo queda el recuerdo. Sería muy cruel que todo ese legado, incluso los que han sido obtenidos con oscuras intenciones pero que han tenido resultados beneficios para todos, simplemente desparezcan y no tengan un sentido de trascendencia en la mente de nadie.

La misma inteligencia de los grandes científicos ha debido rendirse ante lo evidente. No es posible que todo desaparezca. Así como no es posible explicar el origen de todo por un simple acaso fortuito y totalmente inconsciente de la misma naturaleza, tampoco se puede explicar racionalmente el transcurrir de la historia y su final cuando corresponda por un simple guiño de la naturaleza, que se convertiría en absoluta soberana de algo sobre lo que no tiene el mínimo poder ni la mínima conciencia. El orden natural de las cosas, su mismo movimiento, la ley natural que las rige, la infinita diversidad de las interacciones enriquecedoras que las hacen mutuamente dependientes, no puede deberse solo a un capricho, como una carambola en un juego de billar que resultó en el orden perfecto que actualmente posee. Para la filosofía griega, madre de todo el pensamiento racional que buscó denodadamente el origen de todo lo que existe, sin haber recibido la revelación de Dios, la cosa estaba clara: tenía que haber un ser anterior a todo, suficientemente poderoso e inteligente, del cual surgió cada ser actual y el orden que existe en toda la naturaleza. Fue su conclusión y lo aceptaron con toda naturalidad, pues no había otra explicación posible que sustentara racionalmente el origen de todo. Tenía que existir necesariamente una causa final por la que todo existiera. Esta conclusión era totalmente consistente con lo que se vivía y daba una explicación razonable y satisfactoria a la inquietud natural de querer explicar la existencia. Para nosotros, los judeo-cristianos, esta convicción solo racional de los griegos se enriqueció con la revelación del mismo Dios, que nos hizo llegar la verdad absolutamente confiable de la creación surgida de sus manos poderosas, aderezada además con una convicción superior en cuanto nos toca íntimamente en lo más profundo: Dios no es solamente el Todopoderoso que ha creado todo caprichosamente, sino que es además el "Todoamoroso", que ha hecho surgir todo en un arrebato de amor por el hombre, a quien ha colocado en el centro. Es este amor el que hace concluir que el gesto creador no puede tener un final trágico en la nada, desapareciendo todo inexorablemente y cayendo en el vacío sin sentido. Nos hace pensar, entonces, en que todo debe tener una referencia a la trascendencia, a la eternidad.

Por más que el hombre se construya a sí mismo, no debe perder jamás esa referencia a lo superior, a lo que está por encima de él. Los logros que alcance, gracias a su inteligencia y a su voluntad casi sin límites, deben tener siempre una referencia a lo donado. No es él quien se ha dado a sí mismo esas capacidades, aunque sí es él quien las ha potenciado colocándolas en función de un bien mayor para el mismo hombre. Esa referencia a lo que está por encima no puede ser, de esta manera, un tabú. Es absolutamente necesario que el hombre recobre la conexión de su vida y de sus logros al Dios poderoso que le ha donado su capacidad: "Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?" Siempre habrá algo que escapa a su dominio, y es lo que se refiere a su propia eternidad. La vida no se acaba en los días terrenales. Hay que pensar siempre a qué se debe hacer referencia, que le dé pleno sentido a todo lo que se va logrando. No se trata de no hacer lo que corresponda, sino de dar el crédito a quien realmente corresponde. ¿Para qué avanzar tanto? ¿Para qué hacer el bien? ¿Para qué lograr beneficios mayores con mi aporte? La respuesta está en la añoranza de eternidad. Es lo que debe hacerse cada vez más consciente en el hombre que se construye a sí mismo. Hacerle elevar su mira, para que tenga una óptica superior, y pueda ver más allá de lo que lo rodea. Que sea capaz de descubrir un sentido de transcendencia en todo lo que hace. Que lo haga porque añora algo mejor para sí mismo y para la humanidad al término de sus días terrenales. Que considere su labor como una siembra que le hará cosechar eternidad. Y que esa eternidad la asegure en la felicidad eterna escuchando la voz de Dios que le diga: "Siervo bueno y fiel, entra a gozar de la dicha de tu Señor". De ese modo, ya no habrá quien procure el mal con sus acciones, ni quien destruya la idea de eternidad ni para sí mismo ni para los demás: "He aquí sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz. Celebra tus fiestas, Judá, cumple tus votos, que no pasará más por ti el perverso; se acabó la destrucción". No debe ser un tabú hablar de eternidad y de trascendencia. No es razonable. Lo razonable es que el hombre siga adelante en su avance inédito en conocimientos y en tecnología, dándole al Creador el crédito con humildad, y apuntando a la propia trascendencia donde se dará la plenitud absoluta e inabarcable.

jueves, 6 de agosto de 2020

Vivamos nuestra Transfiguración, mostrando el amor y la gloria de Dios

La transfiguración del Señor

Uno de los hechos maravillosos de la vida terrena de Jesús es el de la Transfiguración. En la carne mortal que había asumido, haciéndose uno más de entre nosotros, muestra a los tres apóstoles privilegiados, elegidos para ser testigos particulares de ello, su gloria divina, la que había dejado como entre paréntesis cuando asumió la carne humana del vientre de María. "Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él". Suceden en este acontecimiento varias cosas maravillosas. Aquél que había convivido con ellos ya un tiempo significativo, y que había dado muestras de ser una representación superior de Dios en medio de todos, ya no solo lo deja como una sugerencia o una conclusión que había que extraer de sus actuaciones, sino que lo demuestra rotundamente a la vista de estos tres privilegiados. Esa transfiguración, es decir, ese cambio de figura que se percibía, confirma que Aquel que está así a la vista ya no es el simple hombre que han tenido a su lado, sino que en Él hay algo más, muy superior de lo que aparece a simple vista y que es infinitamente más grande de lo que hasta ahora ha aparecido. Mostrar su gloria fue necesario, pues a pesar de que había ya dado demostraciones de su presencia divina, debía esta presencia quedar de tal modo clara que no diera lugar a ninguna duda. El refulgir como la luz era la visión de esa gloria que le correspondía como Dios, similar a la experiencia que había tenido el profeta Isaías cuando fue elegido como voz de Dios para el pueblo: "Yo, Isaías, vi a Dios sentado en un trono muy alto, y el templo quedó cubierto bajo su capa". La visión de Isaías fue la que lo convenció de su elección, y ya no tuvo duda de la misión que le había sido encomendada. En este caso, la elección de estos tres, Pedro, Santiago y Juan, confirmaba la prevalencia de ellos sobre el grupo de los apóstoles, lo cual quedó confirmado luego, en los primeros pasos que daba la Iglesia naciente. Además, fueron considerados dignos de escuchar también la voz de Dios que confirmaba la identidad profunda de Jesús: "Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escúchenlo". Jesús es el Hijo de Dios, Dios Él mismo, enviado por el Padre, por lo cual tiene plena autoridad y debe ser escuchado como la misma voz de Dios.

A esto se añade algo que es realmente muy significativo. En el momento de la demostración maravillosa de su gloria, aparecen dos personajes que son inmediatamente identificados por los apóstoles. Tuvo que haber sido una intuición clara proveniente del mismo Dios, por cuanto no había manera de reconocer a estos personajes que no habían sido vistos previamente por ellos. Los reconocen como Moisés y Elías. Para los judíos, ellos representaban la total revelación de Dios en el Antiguo Testamento. Éste se resumía en la ley y los profetas. Antes que a través de Jesús, Dios se reveló a través de la ley y los profetas. Moisés representa el resumen perfecto de la ley y Elías representa a todos y cada uno de los profetas del tiempo anterior. Ambos, ellos mismos, son el Antiguo Testamento. Y se hacen presentes ante quien concentra en sí el Nuevo Testamento, Jesús. Es como si le dijeran a Jesús: "Ahora te corresponde a ti llevarlo todo a la plenitud. Nosotros ya hemos hecho nuestra parte". Jesús, Nuevo Testamento, la Buena Nueva de la salvación de Dios para todos los hombres, se hace presente en la plenitud de los tiempos: "Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo". La voz del Hijo es la voz de Dios, y por ello Dios mismo nos invita a escucharlo. Podemos imaginarnos el estupor con el que vivieron los apóstoles este acontecimiento tan maravilloso. Lo vemos claramente en la reacción de Pedro: "Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Era de tal manera satisfactorio lo que estaban viviendo, que en el colmo de la felicidad, Pedro, haciéndose la voz de los tres, llega a pedir algo que es totalmente absurdo: quedarse para siempre en ese lugar viviendo esa experiencia continuamente. Es cuando se oye la voz de Dios revelando la identidad profunda de Jesús. Aquello que estaban viviendo era totalmente real, les hacía experimentar en carne propia quién era Jesús, su identidad real y más profunda. Para ellos debía quedar claro que Jesús no era solamente el hombre que habían conocido hasta ahora, sino que era el Dios que estaba mostrando su gloria en ese momento. Esto era necesario por cuanto en un tiempo posterior lo estarán viendo sufrir y hasta morir en un cruz. No se podían quedar solo con esa imagen del hombre que sufre y muere. Ese que estaba pendiendo de la cruz era el mismo que les había mostrado su gloria en la transfiguración.

Esa experiencia fue real. Absolutamente real. Y necesaria. Absolutamente necesaria. Su espíritu de apóstoles debía pasar por ella para que su futura misión fuera cumplida a cabalidad. Pero no era su realidad cotidiana. Había que volver a la normalidad. Sin duda, con una conciencia mejor de quién era Ese que los había elegido y convocado para que lo acompañaran, pero también con el claro compromiso de vivir cada uno de ellos su propia transfiguración. Los discípulos de Jesús tenían que sentir que su propio espíritu vivía su particular transformación, pasando a la convicción profunda de que seguían al Mesías, al Hijo de Dios, a Aquel que debían escuchar como la voz de Dios. Era ese que Israel había esperado ansiosamente tanto tiempo, por el que las almas de los más fieles y justos suspiraban para que viniera a liberarlos del yugo de la esclavitud del pecado. Habiendo sido presentado por el Padre, con esa voz que vino del cielo, la hacían resonar continuamente en sus mentes y en sus corazones: "Esta misma voz, transmitida desde el cielo, es la que nosotros oímos estando con Él en la montaña sagrada. Así tenemos más confirmada la palabra profética y ustedes hacen muy bien en prestarle atención como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el día y el lucero amanezca en sus corazones". La transfiguración de Cristo fue un paso previo al cumplimiento de su misión de entrega total en favor de la liberación de los hombres. Incluyendo, por supuesto, la muerte en cruz. Aquel que se había transfigurado a la vista de los tres apóstoles, demostraba también su inmenso amor y su poder en el escándalo de la cruz, altar en el que hizo alarde de su mayor poder divino, a pesar de ser la imagen de la mayor debilidad. Quien había mostrado su gloria a través del resplandor de sus vestiduras blancas como la luz, ahora la muestra en la imagen oscura y terrible de las carnes del hombre que está muriendo en la cruz, entregando su espíritu al Padre que lo había enviando a cumplir esta misión de amor. Esa gloria de su divinidad de ninguna manera lo sustrajo de la muestra de amor más grande de cualquier hombre en la historia: "Nadie tiene amor más grande que el que entrega la vida por sus amigos". Así mismo debemos vivir nuestra propia transfiguración. Que nuestro espíritu sea una continua revelación de amor de Dios al mundo, de su gloria y de su misericordia. Que nuestra propia transfiguración nos lleve a mostrar la gloria de Dios, en la entrega fiel y amorosa a Él por el bien de nuestros hermanos.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Mi derecho como hijo de Dios no se traduce en deber de Dios

También los perritos comen las migajas que caen de la mesa del amo ...

Uno de los textos del Evangelio más impresionantes que se pueden leer, aun cuando todos entrañan grandes enseñanzas y contienen palabras de salvación para cada hombre de la historia, es este de la mujer cananea que se acerca a Jesús para solicitar su favor liberando a su hija que está poseída por un demonio. Y es ciertamente muy llamativo porque da la impresión de que se han invertido los papeles en los personajes que lo componen. Nos encontramos con un Jesús aparentemente excluyente, despiadado, xenófobo, indiferente ante la necesidad de esta madre, endurecido de corazón. Definitivamente un Jesús desconocido, según lo que nos ha ido siendo presentado hasta este momento por los evangelistas. La figura de Jesús ha sido hasta ahora la de Aquel que se conduele de la tragedia de los hombres y los cura o los libera. Es el que ha proclamado las Bienaventuranzas como el nuevo orden, elevando la exigencia de los mandamientos del Antiguo Testamento, el que ha liberado poseídos, curado leprosos, devuelto la vista a los ciegos, fortalecido los músculos de los paralíticos... Es el que ha presentado a un Dios que es paciente y misericordioso, y que espera hasta el último momento para desechar a la cizaña que se empeña en servir al mal, el que se sorprende por la fuerza que sale de Él para sanar a la mujer que sufría flujos de sangre, el que sale al encuentro de la hija de Jairo para resucitarla a la vista de todos... Es el que coloca el seguimiento de Dios por encima de cualquier otro interés, por lo cual es preferible dejarlo todo, como el que encuentra el tesoro en el campo o el buscador de perlas, que deciden colocar todo lo que poseen en función de ganar una riqueza mayor... Hasta ahora, Jesús es la encarnación del amor y de la misericordia divina, el que hace presente entre los hombres ese poder sanador, que está basado en el amor, y que cada día se hace presente a través de un portento o de una palabra consoladora. Por el otro lado, nos encontramos con una extranjera, una mujer cananea, perteneciente a un pueblo despreciable y despreciado por los judíos, por lo cual, como reacción, despreciaban a los judíos a los que consideraban invasores y opresores y por ello rechazaban radicalmente todo lo que fuera judío o se acercara a serlo. Esta mujer deja expresar su petición movida por su amor de madre, que solicitaba un favor a este personaje del que tanto se oía. Deponiendo el natural rechazo que podía sentir por todo lo judío se acerca a Jesús, demostrando que su preocupación como madre, pero también su fe en Ese del que seguramente había escuchado tanto, dejaba a un lado orgullos pueriles. Ella confía en Jesús, en su amor, en su misericordia y en su poder. 

Sin duda, los personajes tienen cambiados sus roles. El Jesús misericordioso, el que trae el amor del Padre a todos los hombres, es un personaje cruel. La cananea, despreciadora de los judíos, se acerca confiada totalmente a ese Jesús que hace maravillas. El encuentro entre ellos es impresionante: "Una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: 'Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo'. Él no le respondió nada". Ella reconoce desde un primer momento quién es Jesús. Para ella es el Señor, el Hijo de David, apelando a la tradición judía que vivía en la espera del Mesías, descendiente de David. Demostraba mucha más fe que muchos de los mismos judíos. Pero Jesús se muestra indiferente incluso ante esta demostración grandiosa de fe. Al punto que los mismos discípulos se extrañaban de esta indiferencia de Jesús: "Los discípulos se le acercaron a decirle: 'Atiéndela, que viene detrás gritando'". Interceden por ella, pero quedan aún más sorprendidos con la respuesta de Jesús: "Él les contestó: 'Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel'". ¿Dónde quedaba entonces esa idea de la salvación universal pregonada desde antiguo? ¿Solo los miembros del pueblo de Israel tenían entonces derecho a recibir el favor de Dios? El mismo Jesús, en una ocasión anterior había desdicho esto, cuando curó al criado del Centurión a la distancia. Este Centurión, seguramente "temeroso de Dios", como llamaban los judíos a los que no eran miembros de su pueblo pero que demostraban señales de conversión hacia Yahvé, aun siendo romano, sí había sido considerado digno de recibir el beneficio de la fe, lo cual confirmaba la convicción de todos de que esa salvación alcanzaba a toda la humanidad sin excluir a nadie. Por ello, era extraña esta conducta de Jesús. Y la insistencia de la mujer plantea entonces un diálogo aún más crudo: "Ella se acercó y se postró ante él diciendo: 'Señor, ayúdame'. Él le contestó: 'No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos'". Son inusualmente duras las palabras de Jesús. Nunca antes había sido tan crudo. Los "hijos" serían los judíos y los "perritos" serían todos aquellos que no pertenecen a Israel. Pero la determinación de la madre por lograr el favor para su hija y la fe en el Jesús que salva, están por encima de un orgullo absurdo: "Ella repuso: 'Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos'". Es impresionante esta respuesta que está cargada de humildad, de fe en Jesús y de amor por su hija. Ella no importa nada. Importa la salud de su hija y la fe que la mueve a acercarse al que ella considera pueda ayudarla condoliéndose de su situación. Ella ama. Ama a su hija profundamente y ama a Aquel al que se acerca sabiendo que puede hacer algo. Eso es lo importante. Nada más.

Por ello, a Jesús no le queda más remedio que deponer su dureza y cambiarla radicalmente por una dulzura sin par. Podemos imaginarnos la mirada de Jesús ante esta mujer que no pone nada por encima de su fe ni de su amor, ni siquiera su propio orgullo o su dignidad: "Jesús le respondió: 'Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas'. En aquel momento quedó curada su hija". La humildad de ella arrancó de Jesús el gesto poderoso, que no era otra cosa que el signo de su amor por la demostración que había hecho aquella extranjera. Por ello, la conclusión que podemos sacar de este rol que cumple Jesús, es de que, previendo cómo se desarrollarían los acontecimientos, aprovechó para enseñarnos a todos cómo debemos comportarnos delante de Dios. Ante Él todos tenemos los derechos de hijos, pero no podemos exigirlos con soberbia. Lo que debe movernos es el amor. Y el amor exige la humildad y la fe. El mismo Jesús nos animó: "Pidan y se les dará, toquen y se les abrirá". Jesús fue "duro", "crudo" y "cruel", de manera pedagógica, para que asumiéramos que delante de Dios tenemos que ser como esa mujer cananea, confiada en su poder y su amor, pero sobre todo, humilde. Nuestro derecho no se convierte en el deber de Dios. Él actuará siempre con amor y misericordia, pero esto requiere de nosotros el ser humildes, como lo fue aquella mujer que arrancó de Jesús su favor, conmovido por su humildad y su fe. Jesús cumple así lo que estaba anunciado desde antiguo: "'Es de día' gritarán los centinelas arriba, en la montaña de Efraín: 'En marcha, vayamos a Sion, donde está el Señor nuestro Dios'. Porque esto dice el Señor: 'Griten de alegría por Jacob, regocíjense por la flor de los pueblos; proclamen, alaben y digan: ¡El Señor ha salvado a su pueblo, ha salvado al resto de Israel!'" El motivo final de la venida del Hijo de Dios al mundo es la salvación de todos los hombres. La sangre que derramará será suficiente y abundará para el beneficio de cada hombre de la historia. Nadie queda excluido. Solo se requiere de cada uno de nosotros la demostración de nuestra confianza en su amor y su poder, la humildad extrema y el abandono en sus brazos amorosos, y el amor entrañable, como el que demostró aquella cananea por su hija y por Jesús, y que fue suficiente para que ese Hijo de David, el Mesías redentor, se conmoviera en lo más profundo de sus entrañas y le concediera el favor que ella pedía con la máxima humildad.

martes, 4 de agosto de 2020

Seamos inteligentes. No escojamos guías ciegos

La parábola de los ciegos (Brueghel, 1568) | Fragments de vida

Las experiencias de otros suelen ser pedagógicas. De ellas podemos extraer enseñanzas y sugerencias de actuación para nosotros mismos. Ellas van quedando como señas en el camino de cada uno. Más aún, de esas experiencias nos vamos aprovechando no solo en el orden intelectual o espiritual, sino incluso en el material, en cuanto que las cosas que van creando cada uno de los hombres, sus inventos o instrumentos pioneros, suelen servir luego a todos para un mejor aprovechamiento de la materia y del tiempo. Somos hijos del pasado, vivimos nuestro presente aprovechando lo aprendido y miramos hacia el futuro queriendo dejar también nuestro aporte para las generaciones que vengan. Cuando somos sabios y nos apropiamos de las experiencias positivas que otros han tenido, podemos enriquecer nuestra propia existencia, pues no debemos empezar de cero, sino de donde otros han dejado su tesoro. Y lo propio es que esa conciencia de riqueza que cada hombre puede aportar a sus hermanos sea un norte de vida que la oriente siempre hacia el bien. Incluso los que actúan mal desean dejar, por encima de su maldad, un legado positivo. El mal, aunque sea vivido en un momento como forma egoísta y soberbia de surgir por encima de los otros, nunca es pretendido como aporte a dejar para otros. Incluso el que lo usa como forma de vida se avergonzaría de que ello fuera así. Si cayera en cuenta de que estaría dejando como herencia para otros, incluso para los suyos, lo que pueda perjudicarlos, quizá pensaría mejor seguir actuando desalmadamente. Sin embargo, a pesar de que estas consideraciones sean acertadas, surge desde el corazón del hombre aquella semilla del mal que ha sido incrustada y provoca conductas nada deseables. Por un lado, está el que se vanagloria de su maldad y se sustenta cada vez más empecinadamente en ella, sin importarle la valoración de lo que está dejando como legado personal para el futuro. Y por el otro, el que vive en la ignorancia y la inconsciencia del peso histórico que puede tener lo que vive y hace para los que vengan después de él. Ambos se han colocado una venda totalmente oscura que los hace despreciar las consecuencias que podrán acarrear sus conductas. De ese modo, lo pedagógico de su accionar puede resultar en tragedia o desgracia para quienes quieran fijarse en ellos y en sus experiencias de vida.

La responsabilidad no solo recae en quien llega a ser "modelo" a seguir, sino también, en buena parte, en quien corresponde hacer la elección de su maestro. Cada hombre, además de ser responsable de su propia conducta, atendiendo a normas superiores y a lo que de aprendizaje puede obtener de la conducta de otros, es también responsable de la elección de su propio modelo. Cada uno se va construyendo su experiencia vital recibiendo diversos aportes. Está el aporte de la lay superior, la ley natural, lo que va imprimiendo Dios mismo en la conciencia del hombre, lo que le dice naturalmente lo que es mejor para él y para los otros, lo que es bueno y lo que es malo. De allí extrae normas razonables de conducta e indicaciones por las cuales hará mejor su propia vida y procurará que sean también mejores las vidas de los demás. Está el aporte de la ley positiva de Dios, que surge de alguna manera de esa misma ley natural que tiene también como fuente al mismo Creador, en la que entra un actor principal que es Él mismo. De esta manera, queda regulada también la existencia en cuanto relación no solo con los hombres, sino con el que representa la transcendencia a la que está llamado cada sujeto, por lo cual entiende perfectamente que su paso por esta vida no está solo bajo el signo de la temporalidad sino que se eleva al signo de la eternidad. Está también el aporte del entorno, de los otros actores de la vida, de su experiencia, sus pensamientos y sus conductas, de los cuales puede extraer también enseñanzas para conocer los mejores caminos para perseguir el bien para sí mismo y evitar el mal que nunca se desea. Y por último, está la propia capacidad de discernimiento, por la que se es capaz de argumentarse a sí mismo y de discurrir acerca de la conveniencia o no de cada uno de los diversos caminos que se presentan. No empieza, como hemos apuntado, del vacío total, desde cero, sino del inmenso bagaje que le aporta lo positivo de las normas naturales o las divinas, la experiencia de vida de los demás, y el propio raciocinio. Cuando se desprecia este aporte, se está cerrando a sí mismo la posibilidad sólida de acierto dejándolo solo al acaso de lo fortuito, arriesgando además que surja la posibilidad más que cierta de errar.

Jesús, en su rica enseñanza, nos dejó un llamado de atención ante esto. "Se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y le preguntaron: '¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?' Y, llamando a la gente, les dijo: 'Escuchen y entiendan: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre'. Se acercaron los discípulos y le dijeron: '¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?' Respondió Él: 'La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. Déjenlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo'". Es este el ejemplo perfecto de lo que llevamos dicho. Existe una conducta previa, tradicional, que interesadamente, con el objeto de ridiculizar a los discípulos de Jesús, y en ellos al mismo Cristo, es esgrimida como argumento. Existe el criterio divino, que expresa claramente Jesús. Y finalmente existe el propio discernimiento sobre la oportunidad de la conducta asumida previamente. La conclusión apunta a la soberanía de la libertad del hombre, que debe mantenerse siempre por encima de la tiranía de la ley opresora, máxime cuando el mismo autor de la ley suprema está presente y sentencia a favor del hombre, en contra de lo que pretende encadenarlo, invitando a despejar la visión para poder seguir al bien y no a quien pretenda llevarlo al abismo. Por encima de todo, hay que quitar la venda de los ojos para poder ver la claridad y no quedarse en lo tenebroso de la sola ley opresora de la libertad que da el amor. Todo apunta a la supremacía del hombre, a la procura de su plenitud, la que da solo la unión estrecha con Dios que indicaría siempre cuál es el camino correcto para alcanzar el mayor bien posible: "Cambiaré la suerte de las tiendas de Jacob, voy a compadecerme de sus moradas; reconstruirán la ciudad sobre sus ruinas, su palacio se asentará en su puesto. De allí saldrán alabanzas, voces con aire de fiesta. Haré que crezcan y no mengüen, que sea reconocida su importancia, que no sean despreciados. Serán sus hijos como antaño, su asamblea, estable en mi presencia; yo castigaré a sus opresores". La experiencia de los buenos será buena maestra. La historia demostrará que seguir ese camino propuesto por Dios, como lo han hecho los que se han querido mantener fieles a Él, son los que han probado la miel de su amor todopoderoso y se han beneficiado llegando a asumir el verdadero bien y no el espejismo que han seguido, y que pretendan que otros sigan, los que han servido al mal y han vivido la tragedia del desamor en su propia existencia.

lunes, 3 de agosto de 2020

Confiar en Dios más que en nosotros mismos, nos salva

Libros Amor de Dios » Palabra de Vida » HOMBRES DE POCA FE

La lucha planteada en la historia de la salvación es clara. Es una lucha entre Dios y el demonio, entre los discípulos de Aquél y los discípulos de éste, entre el bien y el mal, entre la confianza en Dios y la confianza en sí mismos, entre la esperanza de eternidad y el disfrute de lo solo temporal. Los hombres debemos tomar partido por una de las partes. O nos ponemos de parte de Dios o nos ponemos de parte del demonio. O apuntamos a una realidad de trascendencia, sembrando en nuestra vida cotidiana esa semilla de eternidad en una vivencia cotidiana del amor, de la obediencia a Dios, de la fraternidad y la justicia, de la solidaridad y del progreso beneficioso para todos, o apuntamos a un disfrute banal y hedonista que satisfaga los sentidos, añorando solo lo que pasará y desaparecerá, sin importar nada más sino solo lo que hagamos para procurarnos placeres aun cuando ello signifique el desprecio a Dios y el aprovecharse de los otros en la búsqueda desenfrenada de los regalos a los sentidos. Es lo que está planteado desde el inicio de la historia de la salvación. Desde el mismo momento en el que el hombre se dejó engañar por la voz seductora del demonio, que le ofrecía desbancar a Dios para colocarse a sí mismo en el centro del universo, "ustedes serán como dioses", como si eso fuera una liberación de un yugo bajo el que estaría sometido el hombre por un dios egoísta y vanidoso que no quería que nadie más estuviera por encima de él, y resultara entonces en una emancipación absoluta en la que los hilos de la historia serían manejados solo por la criatura, dejando fuera al Creador, quien había establecido, por el contrario, un orden totalmente justo que colocaba al hombre en un primer lugar que perdía automáticamente al revelarse contra el orden primacial del amor, comenzó la tragedia del enfrentamiento que ha dejado tantas víctimas en el camino. La supremacía del hombre en el corazón de Dios nunca ha tenido discusión. Es clara desde el mismo principio de su existencia. Lo impersonal de toda la creación deviene en tremendamente personal cuando toca crear al hombre. Del "hágase", Dios pasa al "hagamos". Del "exista" totalmente arreferencial, Dios pasa al "a nuestra imagen y semejanza". Del "pulule la tierra", Dios pasa al "no es bueno que el hombre esté solo". Del "hiervan las aguas y pueblen las tierras", Dios pasa al "crezcan y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla". Está claro que la voluntad divina colocaba al hombre en lugar privilegiado. Él está en la cima de todo lo creado. Y está en el primer lugar de su amor.

Es precisamente esa primacía en el amor la que hace que Dios no dé por perdida la batalla. Y es eso lo que centra entonces la historia de la salvación, que es una declaración clarísima de intención de parte de Dios de hacer todo lo que sea necesario para traer de nuevo al hombre a su lado. Y su lucha no está solo en la demostración de poder, sino en la insistencia de colocar a la vista del hombre todos los gestos y actos que Él ha realizado para demostrarle su amor y su preferencia. Dios busca dejar en evidencia la mala jugada que ha hecho el demonio que, presentándose como el gran "liberador" del yugo divino, ha provocado más bien que el hombre cayera en la peor debacle de su vida y en el abismo más profundo de oscuridad y de perdición. Al haber perdido su conexión directa al yugo suave y amoroso de Dios, que no lo sometía sino que lo mantenía vivo, porque el amor era lo que le proporcionaba el oxígeno vital de su espíritu, quedó sin aire y se procuró a sí mismo la muerte espiritual. No solo perdió la supremacía sobre todo lo creado, sino que quedó por debajo de todo ello, pisoteado en la materialidad de su existencia. Las demás criaturas reciben, sin duda, su existencia de Dios, pero lo hacen sin la conciencia de lo trascendental que es para ellas mantenerse unidas a su fuente vital. No tienen la preocupación de ser más o menos. Simplemente existen, sin la libertad que les pueda poner en riesgo en una negada posibilidad de rebeldía. Mientras en el hombre, su conciencia de poder existir solo unido a Dios y la de la posibilidad de alejarse en un gesto de rebeldía, lo coloca en una situación de responsabilidad consigo mismo sin precedente en otros seres de la creación. Así, el hombre puede mantener su unión vital con Dios o pretender absurdamente en su rebelión alcanzar una vida que por sí mismo jamás podrá obtener. Dicha desconexión es la pérdida total de su supremacía, pues le quita el sustento vital y produce su muerte espiritual, lo que jamás podrá suceder con las otras criaturas pues nunca podrán tener la capacidad de ni siquiera querer desconectarse. Es esto lo que hace grandioso al hombre. No su capacidad de desconectarse, sino la capacidad de luchar por mantenerse conectado y seguir estando en el primer lugar donado por el amor divino. Solo conectado con el amor de Dios podrá el hombre seguir siendo el primero. Desconectarse lo hace perder ese primer lugar y pasar al último, por debajo de todo lo demás.

En efecto, la historia es un continuo sucederse de acontecimientos en los que Dios quiere atraer de nuevo a su amor al hombre. Así, mientras Israel se empeñaba en mantenerse alejado de Dios, Él enviaba a su profetas para que fueran su voz que los alertaba de esa pérdida de supremacía si seguían en esa actitud: "Esto dice el Señor: Tú has roto un yugo de madera, pero yo haré un yugo de hierro. Porque esto dice el Señor del universo, Dios de Israel: Pondré un yugo de hierro al cuello de todas estas naciones para que sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y se le sometan. Le entregaré hasta los animales salvajes". Ese empeño era el causante de la debacle del pueblo. No era razonable que siendo advertidos por la misma voz de Dios mantuvieran su obstinación en el mal. Pero la libertad del hombre actuaba así. La consecuencia fue la dominación total de los pueblos poderosos y el sometimiento de Israel al poder de esos imperios. Se simbolizaba la tragedia con la deportación de la tierra prometida y con el terrible desvalijamiento y destrucción del templo. Declararse rebelde ante Dios lo hizo sufrir la más grande humillación y la pérdida de todas sus prerrogativas como pueblo elegido. Por el contrario, la cara feliz de la moneda la ofrecía Jesús con sus gestos de amor poderoso: "Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: '¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!' Pedro le contestó: 'Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua'. Él le dijo: 'Ven'. Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús". El estar conectados al amor de Dios logra hasta lo imposible. Pedro camina sobre las aguas, al igual que lo hace Jesús. No hay nada imposible para el amor, y tampoco para el que se mantiene conectado a él. Pero eso requiere de la confianza extrema en ese amor y en ese poder, sin llegar a confiar en sí mismo más que en él: "Al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: 'Señor, sálvame'. Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: '¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?'" Cuando confió mas en sí que en Jesús, Pedro empezó a hundirse. Desconectarse del amor fue su debacle. Pasó de primero a último, hundiéndose en las aguas. Solo el amor poderoso lo pudo salvar. Así debe ser nuestra convicción. Solo el amor de Dios nos mantiene vivos, nos coloca en el primer lugar, y nos salva. Fuera de él jamás seremos primeros. Sin él nos hundiremos inexorablemente: "En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: Realmente eres Hijo de Dios'". Solo así mantendremos nuestra supremacía y ganaremos la batalla contra el mal.

domingo, 2 de agosto de 2020

Junto a Dios siempre hay fiesta

Pensamientos real de Jesucristo detrás de "Cinco panes y dos peces"

No existe nada comparable con la dicha de saber que tenemos a un Dios que nos ama por encima de todo, que ese amor es la razón última de nuestra existencia, que por amarnos no solo nos ha creado sino que se ocupa de nosotros en cada instante de nuestra vida y se convierte de nuestro Creador en nuestro Sustentador proveyendo para nosotros todo lo que necesitamos, que la única manera de no hacerlo presente es dándole nosotros la espalda pues Él nunca se alejará de nosotros, y que aun dándosela mantendrá siempre su mano tendida a la espera de que retornemos a ese amor original que nunca disminuye ni se contamina, pues está siempre dispuesto a olvidar y mirar hacia adelante, no quedándose jamás en el recuerdo del desprecio que ha recibido sino en el idilio que propone para hacer feliz a quien se toma de ella. No hay en Dios un espíritu vengador. Quien se aleja de Él no sufrirá desprecios de su parte, pues Él no se comporta como los hombres, que hacen gala de su resentimiento y al sufrir el rechazo caen en depresión y buscan la manera de retornar algo similar. Dios "no guarda rencor perpetuo", aunque sí siente el dolor por el desprecio sufrido, no por un sentimiento de lástima personal, sino por una compasión hacia quien lo rechaza, pues al hacerlo está rechazando la posibilidad que le da de ser plenamente feliz. La víctima no es el rechazado, sino quien rechaza, al sustraerse de la plenitud que tiene a la vista prefiriendo la oscuridad y el mal. No hay castigo de parte de Dios, sino un escarmiento que es consecuencia de preferir la tristeza y la soberbia, creyéndose autosuficiente. La suficiencia no se la proporciona el hombre a sí mismo. Él será suficiente solo cuando esté conectado con Dios, que le proporciona absolutamente todo lo que necesita para ser feliz y hombre en plenitud. Al unirse a Dios vitalmente, el hombre pasa de ser criatura, ciertamente la más alta de todas las surgidas de las manos poderosas y amorosas del Creador, a ser hijo amado colocado en el primer lugar de su corazón. La imagen del Dios castigador, vengador de los males, desalmado contra sus víctimas, no se corresponde con las actuaciones que nos revelan las Escrituras, pues ellas nos presentan siempre a un Dios que es "lento a la cólera y rico en clemencia", que se pone siempre al lado de quienes son sus amados, aun cuando estos los rechacen, ofreciéndoles siempre la posibilidad de retornar a su amor. Los "castigos" que reciben quienes los rechazan no son más que las terribles consecuencias que se acarrean para sí mismos quienes prefieren alejarse de la plenitud de la felicidad cuando se vive en su amor.

La promesa del Señor es perpetua. No es un Dios que cambie continuamente. No existe la volubilidad en el Dios que vive un eterno presente, que es el mismo siempre y jamás cambiará. Jesús, que es su imagen perfecta, quien nos hace ver quién es el Padre, a decir de San Pablo, "es el mismo ayer y hoy y para siempre". Por eso, lo que dice en un momento, lo está diciendo siempre. Sus palabras, aun cuando hayan sido pronunciadas miles de años atrás, resuenan hoy con toda actualidad: "Oigan, sedientos todos, acudan por agua; vengan, también los que no tienen dinero: compren trigo y coman, vengan y compren, sin dinero y de balde, vino y leche. ¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura? Escúchenme atentos y comerán bien, saborearán platos sustanciosos. Inclinen su oído, vengan a mí: escúchenme y vivirán. Sellaré con ustedes una alianza perpetua, las misericordias firmes hechas a David". La alianza de Dios con los hombres, aun cuando es un pacto que incluye a dos partes activas, no dejará de ser cumplida por parte de Dios. La parte correspondiente a Él en el contrato sellado jamás dejará de honrarla, pues Él es un Dios fiel y leal, cumplidor de sus compromisos y jamás engañador. Esta condición de inmutabilidad del actor principal del pacto que se ha sellado debe llamar a la otra parte a sentirse aún más comprometida a cumplir. Experimentar la plenitud ofrecida en el contrato debe servir en sí misma a querer profundizar en el compromiso de unión para poder vivir cada vez más en esa sensación de plenitud que es vivencia normal al estar unidos esencialmente a quien es razón de la existencia y de la dicha. Solo un absurdo podrá colocarse como obstáculo a la vivencia de la plenitud personal. Solo un engaño basado en una pretendida dicha mayor, que por lo demás no existe, puede embaucar al hombre, ávido de experiencias siempre mejores. Por ello, al percatarse de la imposibilidad de que ello exista, surge el convencimiento final, totalmente pacificador del ánimo, de que no hay otra plenitud que llene más o que dé mayor satisfacción: "¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a Aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor". Esa es la plenitud. Y al experimentarla, ya no se necesita más. Solo el hombre mismo, por su propia estupidez, puede alejarse de ella.

De tal manera es gratificante la experiencia del amor de Dios y es de tal modo satisfactoria, que la sensación en la que se vive es la de la continua fiesta en su presencia. El espíritu se llena de una alegría tal que es imposible pensar en algo que llene más. La imagen perfecta es la del banquete en el que se da toda clase de manjares y de los que se pueden disfrutar sin detenimiento. Estar con Dios en Jesús, sentir su amor a favor siempre, poder contar con su consuelo en medio de las tribulaciones, saberse fortalecidos cuando se experimentan las propias debilidades, tener la seguridad de que Él está en nuestra barca y utiliza su poder para calmar las tempestades, escuchar su voz que nos perdona nuestros pecados, que nos libera de nuestros demonios, que nos limpia la piel de nuestras lepras, que fortalece nuestros huesos para hacernos caminar, que limpia nuestros ojos sin visión, que abre nuestros oídos sordos; saber que Él se convierte en quien se compadece de nuestra desgracia como la que vivió la madre que perdió a su hijo único y que lo resucita para que ella no quedara sola, que es ese buen pastor que es capaz de salir en nuestra búsqueda y no se quedará satisfecho hasta que nos monte amorosamente en sus hombros para traernos de nuevo al redil, que se hace el buen samaritano que sana nuestras heridas y se asegura de que seamos bien atendidos en la posada, que se coloca al lado de aquellos discípulos que caminaban hacia Emaús ensombrecidos por la tristeza de haber perdido al Maestro, que se presenta a los apóstoles glorioso y les deja el regalo de su paz como don invaluable, que hace descender desde el seno del Padre al Espíritu Santo para ser el compañero de camino de la Iglesia que nacía... Todo eso es lo que nos procura la plenitud. No tiene sentido buscarla en otra parte. Es el mismo Jesús siempre, el que no cambia, el eterno. Hoy es todo eso. Sigue siéndolo. No cambia jamás. Sigue procurándonos todos los bienes para que sigamos viviendo la fiesta del amor: "Tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños". Es la abundancia y la sobreabundancia del amor que nunca dejará de saciarnos. La fiesta de Dios es eterna, si nosotros decidimos que sea así, manteniendo firme el cumplimiento de la parte que nos corresponde del pacto. Dios cumple siempre. Nunca dejará de hacerlo. Nos toca a nosotros honrar nuestra parte de la alianza.

sábado, 1 de agosto de 2020

Ser fieles a Dios está por encima de todo

La Danza de la Hija | Storacle Lessons | Amazing Facts

Herodes Antipas se conocía por ser un hombre completamente banal. Hijo de Herodes El Grande, el autor de la masacre de los niños en la búsqueda de eliminar a Jesús, nacido como nuevo Rey de Israel, según lo anunciaron los Reyes que vinieron de oriente a adorarlo, heredó de aquél su condición sanguinaria, la cual blandía para demostrar su poder delante de todos. En el ejercicio de su reinado demostró el poco valor que le daba a sus súbditos, manteniendo su poder a través de la subyugación sobre ellos, masacrándolos y oprimiéndolos, sin importarle más nada sino solo la conservación del poder. A esto se unía un hedonismo desatado, por lo que en el ejercicio de su poder no dejaba de dar rienda suelta a su sensualidad. Juan Bautista llegó a enfrentarse a él, por cuanto para darse el gusto de tener a la mujer de la que se había empeñado, le "robó" a su hermano, Herodes Filipo, su esposa Herodías. A pesar de todo, se había sentido intimidado por Juan, pues en medio de su superficialidad percibía en él una cierta autoridad espiritual y por ello demostraba algún respeto por su persona, movido más por el sentir popular en favor del Bautista, al que la gente consideraba profeta, que por su propia convicción. "Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado, por motivo de Herodías, mujer de su hermano Filipo; porque Juan le decía que no le era lícito vivir con ella. Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, que lo tenía por profeta". Así como se mantenía en el poder y se daba todos los gustos placenteros que se le antojaban, hacía gala de una cobardía tremenda. Pero, justamente, ese espíritu hedonista que lo movía, lo obligó prácticamente a hacer lo que no quería. En esa desatada sensualidad que demostraba se presentó la ocasión del baile de la hija de Herodías delante de él en la fiesta de su cumpleaños, que exacerbó sus deseos de placer. Esa danza "le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que pidiera". La desvergüenza de Antipas era extrema, revelada en este desenfreno sensual por el deseo de la hija de quien era su mujer que, a la vez, se supone que era su sobrina, hija de Filipo, el anterior esposo de Herodías. Ella, consultada por su hija acerca de lo que debía pedir a Herodes, vio la ocasión para eliminar a quien les echaba en cara su pecado; así, la joven "instigada por su madre, le dijo: 'Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista'. El rey lo sintió, pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran, y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven y ella se la llevó a su madre. Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron, y fueron a contárselo a Jesús". Así fue el final de Juan Bautista, corriendo todas las consecuencias por mantener la fidelidad a la Verdad.

Muchos años antes, similar suerte corrió otro servidor de la Palabra. Jeremías, elegido profeta por Dios para ser portador de su palabra ante el pueblo, al cual reprochaba su infidelidad y le echaba en cara una y otra vez a magistrados, sacerdotes, supuestos profetas y gente en general, su servicio al mal, también reiteradamente era rechazado y condenado por atreverse a anunciar las desgracias que vendrían sobre el pueblo de mantenerse infieles a Dios y a su voluntad. Por ello, es sentenciado a muerte: "Los sacerdotes y los profetas dijeron a los magistrados y a la gente: 'Este hombre es reo de muerte, pues ha profetizado contra esta ciudad, como lo han podido oír ustedes mismos'". La única defensa que esgrimió el profeta fue la de su servicio a Dios y a la Verdad: "'El Señor me ha enviado a profetizar contra este templo y esta ciudad todo lo que acaban de oír. Ahora bien, si enmiendan su conducta y sus acciones y escuchan la voz del Señor su Dios, el Señor se arrepentirá de la amenaza que ha pronunciado contra ustedes. Yo, por mi parte, estoy en manos de ustedes: hagan de mí lo que mejor les parezca. Pero sépanlo bien: si me matan, se harán responsables de sangre inocente, que caerá sobre ustedes, sobre esta ciudad y sobre sus habitantes. Porque es cierto que el Señor me ha enviado para que les comunique personalmente estas palabras'". No suplicó clemencia ni traicionó su misión. Fue leal a Dios, quien lo había elegido para ser portador de su palabra ante el pueblo, y solo a ella entendió que se debía. Jamás dudó, ni siquiera cuando estaba en peligro su propia vida. Por encima de su seguridad propia estaba el Dios que lo había elegido y lo había enviando con su mensaje de advertencia al pueblo. "Hagan de mí lo que mejor les parezca", es su determinación. Para Jeremías la voluntad de Dios estaba por encima de todo, incluso de su propia vida. Había sido elegido para una misión específica y había asumido con toda responsabilidad que en ello se le podía ir la vida. Lo importante era cumplir con la tarea que el mismo Dios le había encomendado. Ante ello no había para él fuerza que lo desviara. El profeta se sabía la voz de Dios dirigida al pueblo, y no iba a permitir que una conveniencia personal, ni siquiera la de conservar la vida, fuera a servir para traicionar el mensaje que debía transmitir. Era un hombre de una sola pieza que no iba a sucumbir, poniendo en riesgo a un pueblo entero. Su satisfacción plena la entendía en el ser fiel a lo encomendado y no en buscar su propia conveniencia, dando rienda suelta a un egoísmo asesino de la fe.

Tanto Juan Bautista como Jeremías son fiel reflejo de lo que debe ser un discípulo de Dios. Cada uno de ellos debe transparentar al Señor que los ha convocado y les ha encomendado una tarea. El verdadero discípulo de Jesús hace lo que hizo el mismo Maestro. Jesús, enviado por el Padre a cumplir la misión específica del rescate de una humanidad que había sido hecha presa del mal, sabía muy bien que se enfrentaba al demonio que se servía de la misma fuerza que ponían los hombres en sus manos, y que en el cumplimiento de esa misión se iba a enfrentar a él, hasta fatalmente tener que entregar su vida por honrar su labor. Así mismo lo supieron el Bautista y Jeremías. Por ser fieles a Dios y a su Verdad estuvieron dispuestos a asumir el derramamiento de su propia sangre. Su vida fue una entrega leal y total. El Bautista murió por ser fiel a la Verdad. Jeremías sufrió de persecución y hostigamiento continuos haciendo honor a su elección. Jesús llegó a la pasión y a la muerte en cruz. De ninguna manera podemos percibir como halagüeños sus destinos. Pero sí podemos afirmar, con rotunda firmeza, que su orgullo se basó en la fidelidad. No era razonable para ellos poner sobre la obediencia a Dios, la propia conveniencia. Salvar su pellejo hubiera sido una total frustración de su fidelidad, y les hubiera martillado la conciencia por el resto de sus vidas. Si no hubieran sufrido el martirio honroso por su fidelidad a Dios, hubieran sufrido el martirio en vida de la conciencia que los acusaría continuamente y los habría tildado de traidores al amor y a la verdad del Dios que los había elegido para ser sus representantes. Prefirieron morir honrosamente que vivir con el deshonor eterno de haber traicionado a Dios. Por ello, mantenerse en la fidelidad a Dios por encima de todo tiene sentido. Significa la correcta valoración de lo que debe ser valorado por encima de todo. Lo de Dios es de mucho más valor que lo propio, aunque lo nuestro sea de mucho valor. Por haber valorado más lo propio, Herodes asesinó a Juan Bautista, y las autoridades decidieron la muerte de Jeremías. Por lo mismo, los fariseos y los escribas decidieron la muerte de Jesús. Pero por valorar más lo de Dios, el Bautista fue decapitado, Jeremías fue sentenciado a muerte y Jesús entregó su espíritu en la cruz. Para aquéllos, su vanidad y su egoísmo les atrajo la condenación eterna. Para éstos, su fidelidad a Dios y a su misión representó la gloria eterna. Su gala actual es la victoria junto al Padre. La de aquellos es la repulsa de la historia y su condenación eterna. De todo ello aprendamos de qué lado debemos ponernos. Nuestra alegría, por encima de nuestro propio bienestar, está en ser fieles a Dios. Aún más, jamás seremos realmente felices, asumiendo cualquier consecuencia, si no lo somos en los brazos del Dios que nos sostiene y nos fortalece en el camino, que puede llegar a traer consecuencias duras, de la fidelidad a Él y a su amor.