miércoles, 8 de julio de 2020

Nos eliges y nos llamas porque estamos en tu corazón lleno de amor

Cómo murió cada uno de los doce apóstoles?

Un ejercicio interesante que podríamos hacer con cierta frecuencia los cristianos, es repasar la lista de nombres de los doce apóstoles, elegidos desde el principio por Jesús para ser sus aliados en esos alrededor de tres años en los que estuvo realizando su peregrinaje público en medio del pueblo. La elección de cada uno está atestiguada en los Evangelios. Destaca en ella la infinita libertad con la que actúa Jesús, pues no hay en ella un criterio único por el cual debía ser calibrada la calidad de cada uno de los elegidos. Si Jesús hubiera seguido los procedimientos de los expertos actuales de recursos humanos de las empresas interesadas en la selección de personal, podríamos avizorar lo engorroso que hubiera resultado toda esa actividad de reclutamiento. Los candidatos deberían reunir una cantidad de requisitos necesarios que llenaran el perfil deseado, con conocimientos suficientes en el campo para el cual se solicitan, con cualidades humanas que no solo llenen las exigencias profesionales, sino que los impulsen a capacidades gerenciales para el discernimiento y toma de decisiones y para que los hagan de alguna manera personas también agradables para su entorno, con visión de futuro y acuciosidad que le hagan estar abiertos a las novedades relativas a su campo de trabajo y no quedarse anclados en lo de siempre, con un espíritu de fidelidad y compromiso por la empresa que asegure que siempre buscará lo mejor para ella incluso muchas veces por encima de sus intereses personales. Un gerente de recursos humanos jamás podrá dejar de lado estos criterios, y seguramente otros muchos más, que podrían llegar a ser fundamentales para poder realizar bien la tarea que le corresponde. Sin embargo, cuando repasamos la manera en la que actúa Jesús podemos concluir que de técnicas de recursos humanos para la selección de personal no tenía ni idea. No es esta la preocupación de Jesús. No lo mueven a Él esos criterios humanos perfeccionistas. Y ya vemos cómo le fue... Del que puso de primero de todos recibió una de sus mayores traiciones, al negar por tres veces que lo conocía. Ese mismo después de ser alabado por dejarse inspirar por Dios, fue rechazado porque se dejó llevar por Satanás, y además comenzó a hundirse en el mar cuando dejó de confiar absolutamente en su jefe. Otro, aquel en el que había confiado los bienes materiales del grupo, es quien lo vende a sus perseguidores y es el causante instrumental de su muerte. Alguno más lo siguió entusiasmado pues puso en Él su esperanza de hacer de Israel el pueblo dominante sobre todos los demás pueblos, haciéndolo una potencia política y militar sin igual que subyugaría a todo el que no se le sometiera. Otro lo despreció porque provenía de Nazaret. Un par de hermanos del grupo le pidió permiso para hacer caer fuego sobre aquellos que no lo recibían y así exterminarlos, convencidos de que esa era la manera más razonable de actuar contra esos infieles. Esos mismos hermanos, conspirando contra los demás del grupo, se le acercaron furtivamente a Jesús para pedirles formalmente que los colocara siempre en el primer lugar delante de todos, para así dominar sobre ellos. Esto hizo que todos los demás se remordieran de celos y de rabia contra ellos. Y así, pudiéramos seguir refiriendo los desatinos que se dieron en ese grupo original... Por no haber cumplido los cánones básicos de reclutamiento de personal, ese grupo de convocados fue un total desastre. Humanamente, fueron un total desastre.

Es ésta una demostración de que en todo lo que se refiere a Jesús y a su obra, no podremos nunca pretender rebajar el criterio a lo simplemente humano, aunque Él jamás renuncie a hacer del hombre su socio principal. La motivación de la elección que tiene el Señor trasciende con mucho las capacidades humanas. No se basa en lo que posean los hombres, sino en lo que posee Él. Y en eso no habrá nunca duda de que están llenos absolutamente todos los requisitos. Lo único que mueve a Jesús y que será el único criterio que seguirá, es el de su amor. Amor por toda la humanidad, porque la quiere reconquistar, y amor por cada hombre en particular, porque lo quiere tener a su lado para que lo ayude en esa reconquista. Es el criterio de selección que utiliza Jesús con los apóstoles, y es el que utilizará en toda elección que hará en toda la historia, es decir, también en la nuestra. No somos elegidos por los valores que hayamos podido demostrar delante de Él y que, por lo demás, son casi inexistentes, sino por el infinito amor que nos tiene. No son las capacidades que tengamos las que motivan su elección, sino las que estamos dispuestos a recibir, dejándonos llevar de su amor. No existe manera, entonces, en que podamos alimentar nuestro orgullo o nuestra vanidad, al sabernos llamados por Jesús a ser de su grupo. Por el contrario, debemos siempre pensar en que si en aquel grupo de privilegiados sobre los cuales luego construyó la Iglesia, siendo cada uno de ellos una de las columnas que la sostiene como instrumento que lleva adelante para todo lo que resta de historia la obra más delicada que puede jamás pensarse, como es la de la conducción de cada hombre y de toda la humanidad a la salvación, si en ese grupo, decíamos, encontró esa inmensa y desastrosa variedad que hubiera desilusionado a cualquier jefe, nosotros no podremos jamás tener la pretensión de ser mejores que ellos. Seguramente los superaremos, sí, pero en torpeza. "En aquel tiempo, Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. ... A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: 'No vayan a tierra de paganos ni entren en las ciudades de Samaría, sino vayan a las ovejas descarriadas de Israel. Vayan y proclamen que ha llegado el reino de los cielos'". Aquellos pueden cumplir su misión porque tienen el poder de hacerlo, no por ellos mismos, sino por Aquel que los ha elegido y los envía. Se ponen en sus manos y por ello pueden hacerlo. Exactamente así debe suceder con cada uno de nosotros.

No debe preocuparnos el ser idóneos, sino la capacidad de dejarnos hacer idóneos según los criterios de Cristo. Puede llegar a surgir en lo más profundo de nuestro corazón ya conquistado por Jesús la pregunta sobre lo que puede resultar más inquietante para nosotros mismos: "¿Por qué yo, Señor? ¿Por qué me has elegido precisamente a mí? ¿A mí, que no he hecho más que ofenderte, que tengo vergüenza de ti delante de los demás, que soy un cobarde cuando se trata de defenderte a ti y a la Iglesia, que no sé casi nada de ti, que solo busco destacar en mi vanidad, que soy un reincidente continuo en el pecado, que no me atrevo a dar el paso para confiar en ti y en tu amor?" Son las inquietudes más razonables que tiene quien se sabe elegido y que quiere seguir siéndolo, pero en la solidez de la convicción de que es lo que Jesús quiere. Es la búsqueda de cimiento en el cual sentir al menos alguna seguridad. Y la única manera de lograr tenerlo es afinar el oído para escuchar la respuesta que da Jesús a todo el que se pregunta con honestidad lo mismo: "Porque te amo". Al elegirnos como somos, sabiendo nosotros lo que somos, el riesgo lo corre Él y su amor, no nosotros. Esto nos llena de una serenidad inmensa, que nos lanza con tenacidad a la obra que Él quiere que cumplamos. Así como Él nunca dejará de luchar por mantenernos a su lado tampoco lo hará para que nos sintamos seguros en Él. El tiempo de lejanía de Él, de desierto, de sequedad, llega a su fin cuando nos hacemos conscientes de su elección y de la motivación última que tiene para elegirnos, que es su amor eterno por nosotros. La elección no es solo una mirada puesta sobre nosotros o una llamada hecha con nuestros nombres, sino que apunta a algo mayor. Es la posibilidad de ser totalmente suyos, con una vida que estará toda ella traspasada por la presencia compensadora y totalmente satisfactoria de Jesús en la vivencia cotidiana, y que llegará a ser ordinaria a fuerza de ser continua, del amor que todo lo llena y que todo lo explica, y que para todo nos capacita, dejando atrás el tiempo de las imposibilidades. "Siembren con justicia, recojan con amor. Pongan al trabajo un terreno virgen. Es tiempo de consultar al Señor, hasta que venga y haga llover sobre ustedes la justicia". En la elección que hace sobre nosotros Jesús hace gala del mejor criterio que lo motiva, que es el de su amor por nosotros. En la respuesta debemos hacer que se siga el mismo criterio. Si nos hemos dejado elegir por Él es porque además estamos dispuestos a seguir con Él asumiendo todas las consecuencias. Su amor nos elige y nos capacita. Nuestro amor le responde que sí y confía radicalmente en que Él nos hará capaces para hacer lo que nos pide.

martes, 7 de julio de 2020

Mirarnos hacia dentro, convertirnos y dejarnos hacer obreros de la mies del Señor

Catholic.net - La mies es mucha y los obreros pocos

En la psicología se insiste mucho en la tendencia al reflejo en los otros. Lo que criticamos en los demás, muchas veces son críticas a nosotros mismos. Nos vemos reflejados en las malas prácticas y las malas actitudes y comportamientos de los que tenemos alrededor. En cierta manera, cuando manifestamos nuestro malestar por ellos, manifestamos el malestar de saberlos también nuestros. De allí viene la molestia. No es muy satisfactorio descubrir en sí mismos aquello que nos molesta tanto de los demás. Por ello, al criticarlos, nuestro desasosiego incluso aumenta, pues lejos de poner manos a la obra para poder anularlos, se magnifican al hacer de nuestra crítica nuestra confesión de debilidad ante ellos. Si echamos la mirada sobre las veces que criticamos a los otros, al no actuar como consideramos que es la mejor manera, nos damos cuenta de que nosotros hacemos exactamente lo mismo. Queremos erigirnos en modelos de los demás sin dejar opción a reconocer en nosotros la necesidad de un cambio. Somos lo mejores en todo. Hacemos todo mejor que lo que hace cualquiera de los que tenemos a nuestro lado. Todos deberían aprender de nosotros la manera de hacer mejor las cosas. Incluso en los sufrimientos, somos nosotros los que hemos sufrido más que nadie. Que no nos vengan con cuentos... Si se acerca uno que ha pasado un mal día y por ello no tiene en ese momento la mejor actitud, inmediatamente pensamos que es un pusilánime pues cualquier cosa lo echa abajo. Por el contrario, nosotros somos como columnas inconmovibles y sólidas que resisten cualquier embate. Si nos relatan el sufrimiento que han vivido por alguna enfermedad o algún problema, inmediatamente pensamos que son unos débiles pues nosotros hemos pasado por cosas peores de las que siempre hemos salido victoriosos, por lo cual deben aprender de nosotros y seguir nuestras huellas. Somos los perfectos que se empeñan en que los demás sean tan perfectos como nosotros. Colocarnos delante de los demás se convierte, de esa manera, en un verdadero viacrucis por cuanto nos exige el mantenernos en una imagen de perfección que de ninguna manera tenemos y que por lo tanto es absolutamente fantasiosa. No damos pie, así, a lo que es el primer paso para avanzar en la verdadera perfección, que es al reconocimiento de lo que somos realmente, de nuestras capacidades verdaderas y de nuestros terribles lastres, para emprender valientemente la hermosa tarea del perfeccionamiento, adquiriendo virtudes y desechando pesos muertos.

Así somos. Y lamentablemente así se empeñan en seguir siendo muchos, a pesar de las claras evidencias que se les presentan de la necesidad de un cambio. Le sucedió a los fariseos que estaban delante de la obra inmensa que realizaba Jesús a la vista de todos y que convencía de la llegada de un tiempo nuevo que anunciaba el cumplimiento de la promesa de aquel momento en que se daría la presencia diáfana y renovadora del Mesías, el Enviado de Dios, que venía a hacer nuevas todas las cosas, incluso a los hombres que lo necesitaran más. "Le llevaron a Jesús un endemoniado mudo. Y después de echar al demonio, el mudo habló. La gente decía admirada: 'Nunca se ha visto en Israel cosa igual'. En cambio, los fariseos decían: 'Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios'". Es de tal magnitud su empeño en reflejarse en los demás y en despreciar la invitación a creer, incluso ante las evidencias más contundentes, que su corazón ya se había convertido en una roca inexpugnable contra la cual ni siquiera esas claras evidencias podían hacer nada. El considerarse superiores despreciando al ese pueblo sencillo que recibía entusiasmado las pruebas de amor y de poder de Dios en Jesús, les cerró toda posibilidad de conversión, y con ello de la propia experiencia del amor y de la misericordia divinos. Su egocentrismo clausuró su camino a la plenitud. "Nunca se ha visto en Israel cosa igual", proclamaban entusiasmados todos. Y en ese entusiasmo se estaban haciendo el terreno fértil para la siembra de amor y de verdad, de justicia y de salvación que venía a hacer Jesús. Por el contrario, los fariseos se atrevieron a decir: "Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios", tildando a Jesús de ser un demonio más y de actuar diabólicamente, llegando a la máxima de las ofensas que se le puede hacer al Dios que se hizo hombre. Es la táctica del reflejo psicológico, por cuanto al calificar a Jesús de esa manera lo hicieron usando la categoría que se aplicaban ellos a sí mismos. Eran ellos los que, al no reconocer la obra de Dios a través de lo que hacía Jesús, se convertían en el mismo demonio mudo que expulsaba Jesús. Eran ellos los que se empeñaban en seguir actuando con el poder del jefe de los demonios, estorbando el camino de los demás hacia el encuentro con el Dios que venía a salvarlos. Ni siquiera sucumbían ante el hecho de que "Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia".

Pero Jesús tenía muy clara su misión y no se detenía ante las críticas, por muy duras que fueran: "Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, 'como ovejas que no tienen pastor'". Vivía en carne propia la necesidad de su pueblo, que quería ser llevado a los campos del sosiego y de la paz, para descansar en el amor de Dios. Por eso Él mismo se empeñó en llegar a todos los que fuera posible. Y, consciente de su limitación física, abrió las puertas a la asociación de otros para que cumplieran su misma misión de llevar a los hombres al reposo ante la extenuación y el abandono, diciendo a los discípulos: "La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies". Aquellos discípulos presentes se hicieron muy conscientes de que los primeros asociados a esa tarea serían ellos mismos, por cuanto habían sido convocados por el mismo Jesús. Pero ahora Jesús les encomendaba rogar al Señor para que enviara más obreros, es decir, no solo a ellos, sino a muchos más que vinieran luego después de ellos. Y muchos más. Jesús no quiere nuevos fariseos que desprecien su obra ni sean reflejo de la obra del demonio. Quiere discípulos seguidores suyos, replicadores de su obra, instrumentos del amor para hacerlo llegar a todos. Hombres que sean capaces de verse hacia adentro y descubran la necesidad de todo el cambio que deben hacer de sí mismos, para hacerse instrumentos del Reino de Dios. Serán los futuros sacerdotes, sí. Pero no solo ellos. Será cada cristiano que pueda vaciar su corazón de todo lo desechable y lo llene del amor de Dios. Aquel que ande por todos los caminos posibles y vaya sembrando la semilla de la salvación en el campo del ser de cada hermano. Los que evitarán que se reproduzca la historia en la que el Señor amenazó a Israel: "Puesto que siembran viento, cosecharán tempestades; 'espiga sin brote no produce harina'". Los fariseos fueron los que sembraron vientos. Ahora, los discípulos sembrarán amor. Y procurarán que todo el que los escuche se asocie también a ellos, y en ellos a Jesús, para sembrar la semilla del amor. Esa mies de Dios será sembrada. Y deberá ser cosechada. No lo harán los que se consideren superiores o mejores que nadie. Ni los que desprecien la obra de amor de Dios, viéndose reflejados en la obra destructiva del demonio. Lo harán los que se hayan convertido, los que hayan dejado que Dios los transforme, los que hayan echado fuera todo su lastre y hayan permitido que venga a ellos el amor y los transforme, los que se hayan enriquecido de la semilla del amor de Dios y se hayan dejado conquistar de tal modo por Él que no podrán hacer otra cosa que gritar a los cuatro vientos que ese amor de Dios es de ellos también y que quiere derramarlo en cada corazón de cada hombre de su gran campo, lleno de su mies.

lunes, 6 de julio de 2020

Por encima de todo, Dios nos ama con ternura infinita

Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado

Definitivamente lo de Dios con los hombres es un idilio interminable de amor. Las Sagradas Escrituras usan para describirlo la imagen de lo que más se le parecería, que es la de la unión por amor de un hombre con su mujer. Aquello que existió desde el primer momento de la existencia de los hombres, surgido de las manos amorosas de Dios, y que fue un mandato también surgido desde ese amor infinito, es lo que serviría mejor para explicar cómo Dios quiere relacionarse con la humanidad. La unión del hombre y la mujer, siendo la consecuencia natural de haber sido creados complementarios el uno para el otro, es la imagen de la unión que Dios quiere vivir con los hombres. Los dos relatos de la creación dejan establecida la necesidad que tiene el hombre de ser completado. Por un lado, los dos son creados como  colofón de toda la obra creadora: "Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza ... Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó". El hombre y la mujer son el punto más alto al que llega toda la creación, en una unión que es reflejo, "imagen y semejanza", de la unidad que vive Dios en sí mismo. Es la premisa que utiliza Yahvé en la creación de ellos. Esa imagen y semejanza divina está en la base de la existencia de la pareja humana. Se fundamenta en la variedad de los sexos y en la unidad esencial que viven ambos para ser ese reflejo divino. Se puede concluir entonces que ni la soledad absoluta y enfermiza ni la complementación distinta a la que se da entre ambos sexos, sostienen esa identificación de la humanidad con Dios. Por otro lado, Yahvé, al ver concluida su obra de creación y al haber colocado al hombre en medio de todo, afirmó que era necesario que el hombre viviera una plenitud humana básica: "No es bueno que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda adecuada". De esa manera surgió la mujer, extraída de la materia noble del hombre, ya existente por la voluntad divina, y en consecuencia, la materia más elevada que existía en todo lo creado. La mujer surge de lo mejor que hay en el mundo, lo cual, de algún modo, supera aquello de lo que surge el hombre, que es la nada. De allí que en esa imagen de unión perfecta con la cual Dios ha diseñado a la unión esponsal entre el hombre y la mujer, es donde Él mismo encuentra el modelo perfecto para dar a entender su pretensión de relación con los hombres.

Es maravilloso, al entender esto así, percatarse de cómo Dios deja más que claro que esa unión no es una simple unión instrumental, sino que surge de lo más profundo de su corazón, pues se sustenta en el amor. El único motor de Dios es el amor. Dios no se mueve hacia fuera por ninguna otra causa. Es solo el amor el que ha sido capaz de lograr que Dios saliera de sí mismo. Y todo lo que no es Dios ha surgido de sus manos, precisamente porque lo ha impulsado a hacerlo su propio amor. Así como esa relación de Dios con la humanidad no es otra cosa que imagen de la unión del hombre con la mujer, así mismo lo más íntimo que la sostiene no es más que imagen del amor profundo que une al hombre con la mujer y los hace una sola cosa: "Por eso dejará al hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne". El amor filial es sustituido en su primacía por el amor conyugal, sin dejar de existir. Ese amor de Dios llega a ser de tal calidad que nada lo resquebraja. La infidelidad, en el caso humano, puede dañar de tal modo a la unión, que se incrusta en el corazón del ofendido al punto de sentir que se resquebraja por completo. Dios, por el contrario, asume la tarea de la reconquista. No se queda en la lamentación de lo sucedido cuando el hombre ha decidido darle la espalda, sino que emprende la tarea titánica de un nuevo cortejo para atraer una vez más, dando a entender que, desde que Él lo decidió así, no desea sustituir ese amor por uno distinto. Es la humanidad su complemento ideal, y su empeño es reconquistarla de ese impulso absurdo de alejarse. Su compromiso es eterno, no accesorio. No depende del otro, sino de Él. Las acciones de su amada, la humanidad, no determinan su deseo de seguir o no con ella, pues ese empeño está incrustado en su corazón y su amor es inmutable. Va de dentro hacia fuera y no al revés. "Yo la persuado, la llevo al desierto, le hablo al corazón. Allí responderá como en los días de su juventud, como el día de su salida de Egipto. Aquel día —oráculo del Señor— me llamarás 'esposo mío', y ya no me llamarás 'mi amo'. Me desposaré contigo para siempre, me desposaré contigo en justicia y en derecho, en misericordia y en ternura, me desposaré contigo en fidelidad y conocerás al Señor". El amor de Dios por su esposa, la humanidad, es el amor más elevado. Sólido como la roca más firme, resiste cualquier embate y está siempre dispuesto a la reconquista para ganar de nuevo el amor y la fidelidad de su amada.

Por eso ese amor está lleno de detalles. No se queda solo en una declaración de principios, sino en una demostración con las obras del mismo amor. Quien se sabe así amado no debería tener otra opción que el dejarse abandonado en esos brazos robustos y amorosos. Sentirse de tal manera amado trae como consecuencia no añorar ningún otro amor, pues no se necesita. Se está totalmente lleno de él. Y si esa convicción es fundamentada en que quien ama tiene además todo el poder, crece hasta convertirse en confianza absoluta e inquebrantable. Lo experimentó aquella mujer enferma por años. En la más grande humildad, se sabe amada. Y su amor está convencido de que Aquel al que ama jamás se negará a ella. Por eso, en demostración de esa confianza absoluta sorprende a todos: "Una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orla del manto, pensando que con solo tocarle el manto se curaría. Jesús se volvió y al verla le dijo: '¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado'". Esa mirada de Jesús es la mirada del enamorado que, llena de amor y de ternura por el gesto infantil, inocente, absolutamente confiado de la mujer, no tiene otra opción que, dejándose amar al extremo y confiando radicalmente en Él, concede aquello en lo que confiaba esa mujer que le sería concedido. Más que el milagro de su curación, es la corriente inmensa de amor y de ternura lo que la llena. Jesús derrama sus entrañas amorosas sobre ella. Y es el mismo amor que siente el jefe de los judíos que igualmente se acerca confiado a Jesús, pidiendo nada más y nada menos que la resurrección de su hija: "Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá". Tiene la certeza absoluta del amor y del poder de Jesús, que lo hace incluso parecer un iluso engañado que se acerca a Él delante de todos, cuando en verdad está haciendo uso de su mayor convicción: Jesús lo ama, ama a su hija, y puede lograr la maravilla desde su amor todopoderoso. Su amor de padre de la niña lo hace recurrir confiado a Jesús, dando paso a su amor de hijo. Los demás no daban crédito a tamaña credulidad: "Jesús llegó a casa de aquel jefe y, al ver a los flautistas y el alboroto de la gente, dijo: '¡Retírense! La niña no está muerta, está dormida'. Se reían de él". Pero el Esposo hace lo que sea por el amor que le tiene a su esposa, la humanidad: "Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña de la mano y ella se levantó. La noticia se divulgó por toda aquella comarca". El Esposo lo hizo de nuevo. Con sus acciones le dijo a su amada, a la humanidad, "te amo". Así actúa siempre Jesús. Con amor entrañable nos atrae, nos quiere tener junto a sí, por encima de lo que nosotros hagamos. Y será así de tierno eternamente con cada uno de nosotros. Sabernos amados así debe hacernos desear vivir solo para Él, sabiendo que Él vive solo para nosotros. Para llenarnos de su amor y hacernos siempre sentir su poder y su ternura infinita, pues nosotros, la humanidad, somos su esposa amada.

domingo, 5 de julio de 2020

El hombre es superior no por sí mismo, sino por su unión a Dios

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os ...

La confesión de nuestra propia debilidad y la asunción humilde de ella reconociendo a la vez la absoluta superioridad de Dios, puede llegar a ser la clave de la propia plenitud y de la verdadera felicidad. Esta lógica para el racionalista puede resultar totalmente absurda, por cuanto para él solo sirve para elevar al hombre su exaltación sobre todo, su colocación como eje central de lo que existe, su condición de astro alrededor del cual gira todo el universo. No es que la consideración del hombre como ser superior sea errada, pues de alguna manera fue determinado así por el mismo Dios desde el primer instante de su creación. Incluso la formulación de la frase con la cual Dios manifiesta su intención creadora del hombre descubre esa condición elevada: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza". Es una frase que desvela realidades incontestables. Por un lado, Dios se involucra directamente. Se convierte en el artesano del hombre al hablar en primera persona. Y se involucra en la totalidad de la Trinidad Santa: "Hagamos". Es un plural de primera persona, no un simple plural mayestático que denotaría la grandiosidad de Dios. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo impregnan sus manos del barro con el que el hombre será construido. No es solo el espectador creador que hace impersonalmente que todo vaya apareciendo sobre el mundo, como en los días previos de la creación: "Exista... Hágase... Pulule la tierra..." Con el hombre todo es diferente. El creador ya no es espectador, sino que pasa a ser incluso modelador y arquitecto. Y por otro lado, diseña al hombre siguiendo un modelo exclusivo, no usado con anterioridad en los otros seres que fueron poblando la tierra, que es Él mismo: "A nuestra imagen y semejanza". Dios deja su sello personal en el hombre, donándole y marcándolo con los regalos de su inteligencia y su voluntad, de su libertad, de su capacidad de amar. No es la materialidad lo que lo hace superior, sino esos tesoros espirituales con los que llega a adornar el alma humana. Aun cuando existe también una corriente teológica que afirma que ese modelaje se da también en la corporalidad material, pues el Padre tenía a la vista, en su eterno presente, la figura del Hijo encarnado, que es en sí mismo prototipo también del hombre corporal. Para esta corriente, la afirmación básica es que Jesús es revelador no solo del Padre, sino también del hombre en la plenitud que debe alcanzar, incluso en la materialidad de su cuerpo. En todo caso, a pesar de que todo lo creado en cierto modo revela a Dios, como lo afirma rotundamente San Pablo: "Partiendo de la creación del universo, la razón humana puede descubrir, a través de las cosas creadas, las perfecciones invisibles de Dios: su eterno poder y su divinidad", es el hombre el que lo revela de la mejor manera, pues es su "imagen y semejanza".

No es, por tanto, la afirmación contundente de la superioridad del hombre sobre todo lo demás lo que está errado, pues se inscribe en lo que es la voluntad de Dios. La equivocación se alcanza cuando, en esa afirmación se concluye la absoluta autosustentación única y excluyente del hombre en sí mismo, descartando en ella la posibilidad de una necesidad de referencia a algo mayor, causa de la propia existencia. El error está en desconectar al hombre de aquella realidad espiritual que en definitiva es la que lo hace realmente superior. Eliminando la conexión con el que lo hace verdaderamente superior, se elimina la añorada superioridad. Esa empeñada autoafirmación absoluta y excluyente, en la búsqueda de una superexaltación a sí mismo, llega a ser, más bien, el perjuicio mayor, porque lo deja en la indigencia de lo que representa sustentarse en su propia debilidad ausente de Dios. Lo que hace al hombre grande no es la elevación que por sí mismo quiera alcanzar, sino la conexión con Aquel del cual le viene su grandeza. Paradójicamente el reconocimiento de la debilidad propia es la entrada de la superioridad que Dios quiere que poseamos, pues es abrir espacio en el propio ser para su entrada, abriendo para Él la posibilidad de que entre en nosotros y nos haga poseedores definitivos de todas sus grandezas, enriqueciéndonos con lo que por nosotros mismos jamás podremos alcanzar. Reconocer lo que somos y lo que no somos, nos hace ser verdaderamente lo que debemos ser. No es en el orgullo malsano ni en la soberbia donde nos hacemos grandes, sino en la pequeñez delante de Dios, como lo dice Jesús: "Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien". El pequeño se hace grande delante de Dios. Es la imagen del que siendo Dios se presenta a los hombres en la figura de aquel rey triunfador que no hace ostentación de su triunfo, sino que reconoce su pequeñez a la vez que el poder y la fuerza del Dios que lo ha hecho vencedor: "¡Salta de gozo, Sion; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna". Teniendo el pleno derecho y la justificación de demostrar ostentoso su trofeo de vencedor, hace lo correcto siendo humilde y dándole todo el reconocimiento al Dios poderoso. Con ello "proclamará la paz a los pueblos. Su dominio irá de mar a mar, desde el Río hasta los extremos del país", haciendo que el Dios justo sea el que reine verdaderamente.

Cuando desde la humildad de nosotros mismos hacemos el reconocimiento de que la única grandeza es la que nos viene de nuestra fuente de existencia, del mismo Creador, no solo nos colocamos en el lugar que nos corresponde, sino que desde ese mismo lugar podemos acceder a los mayores beneficios que nuestro Dios de amor y misericordia nos quiera regalar. No se trata de complacencias materiales que, en todo caso vendrán también de esa infinita generosidad de Dios, sino de las que certifican nuestra grandiosidad al haber sido creados no para desaparecer, como cualquiera de los otros seres de la creación, sino para permanecer eternamente, entrando en la perfección de la naturaleza divina de la cual participamos muy parcialmente en nuestra existencia terrena pero que será participación total en ese futuro de eternidad feliz junto al Padre Dios: "Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en ustedes". Hemos sido enriquecidos con atributos divinos, dejando en nuestro espíritu la marca divina de posesión plena. Pero nuestra riqueza está llamada a ser mayor, pues no será solo una marca en el alma, sino plenitud de participación en la divinidad. "Somos deudores, pero no de la carne para vivir según la carne. Pues si viven según la carne, morirán; pero si con el Espíritu dan muerte a las obras del cuerpo, vivirán". La materialidad nos puede hacer una malísima jugada, cerrándonos el camino a la plenitud. Es necesario que esa materialidad, hoy y siempre, la pongamos bajo el dominio del amor y la potencia divina, bajo su resguardo, no en la búsqueda de darle las mayores satisfacciones sensibles, sino aquellas que por provenir del amor, de la comprensión, de la misericordia, solo pueden venir de Aquel que es su fuente, de Dios. Por eso Jesús mismo nos invita a no dejarnos engañar por falsas voces que proclaman la paz que jamás podrán darnos, y a acercarnos a Él: "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera". Él es el Rey triunfante que viene pobre y humilde montado sobre el borrico, y que nos ofrece el consuelo y el amor de Dios, y que nos dice que solo en el reconocimiento de esa debilidad que poseemos por nosotros mismos, podremos hacernos grandes, pues Dios entra en nosotros haciéndonos superiores por Él.

sábado, 4 de julio de 2020

Odres nuevos para el amor, reconstruyéndonos en el amor

Oración del viernes: «¡A vino nuevo, odres nuevos!» - MVC

Existen dos actitudes consecutivas para las cuales debemos estar preparados siempre los cristianos, que vivimos tiempos de esperanza y de cumplimiento, de avizoramiento y de llegada, de añoranza y de plenitud. Nos lo exige nuestra condición de hombres en el tiempo, para los cuales la historia sigue adelante y no se detiene, y se mantendrá en movimiento total hasta tanto no se llegue a la meta definitiva, por lo cual tenemos la condición de trashumantes con la mochila siempre pronta y el espíritu siempre bien dispuesto, pero con la mirada elevada a la realidad superior que nos ha sido prometida y nos espera. La primera actitud es la de la expectativa ilusionada y feliz. Nos ha sido prometida una realidad por la que debemos suspirar, que será sin duda infinitamente más compensadora de la que vivimos actualmente. Es la utopía que nos señala Dios en la que todo será transformado en Él, en la que Él "será todo en todos" y en la que por lo tanto se vivirá la total armonía. Se da en esta actitud de esta primera etapa una paradoja, por cuanto lo que se añora ya se ha vivido. Fueron los tiempos idílicos del Edén que se perdieron por la poca vigilancia del hombre y su torpeza confiando en la voz engañosa del demonio. Y tuvieron su reposición parcial con la entrada triunfal de Israel en la tierra prometida, aquella que "manaba leche y miel", en la que incluso se reservó el espacio privilegiado y principal para Yahvé en el glorioso Templo de Salomón, emblema para la vida de Israel, con lo cual se confirmaba la centralidad de Dios en la vida del pueblo y su decisión voluntaria de que, siendo Él el centro de todo, fuera el que determinara las rutas por las que se debía caminar. Pero que también, por esa conocida y repetitiva torpeza humana, se perdió y se comenzó a sufrir grandemente por la pérdida de esas bendiciones alcanzadas de la mano de Dios. La expulsión del Edén y el destierro de Jerusalén marcaron con tinta oscura la experiencia espiritual de Israel y lo abatieron en la tristeza y en la desesperanza. Aparece, entonces, el actor principal de toda la historia. Conocedor como lo es perfectamente del hombre, de su debilidad, de su torpeza, de su capacidad de ser engañado, hace gala de lo que más sabe hacer: amar. Ese amor necesariamente desemboca en la concesión de nuevas oportunidades, de hacer borrón y cuenta nueva, de aplicar compasión y misericordia, de elevar al hombre desde el abismo en el que se encuentra.

Por ello, en su consabida preferencia por el hombre surgido de sus manos amorosas, no se lo dejará arrebatar, pues es su criatura predilecta y única a la cual ama por sí misma, y le anuncia la llegada del tiempo futuro en el que será recuperada la alegría inicial: "Repatriaré a los desterrados de mi pueblo Israel; ellos reconstruirán ciudades derruidas y las habitarán, plantarán viñas y beberán su vino, cultivarán huertos y comerán sus frutos. Yo los plantaré en su tierra, que Yo les había dado, y ya no serán arrancados de ella —dice el Señor, tu Dios—". Aunque Israel, en el tiempo del destierro, sufra las amarguras de la situación que él mismo se ha provocado, deberá tener la capacidad de guardar la esperanza en lo más íntimo de su corazón, pues el Dios que lo ha elegido no se ha olvidado de él. Su amor y su predilección es tal que prefiere echar mano de lo bueno que existe en su propio corazón y no seguir dando rienda suelta al escarmiento que la mala conducta de Israel se mereció y que, siendo lo más razonable posible, es lo que le correspondía por haber despreciado la vida en el amor de Dios. En la mente de Dios el razonamiento hecho para actuar no es el de la venganza sino el de la misericordia. Como lo dice el salmista: "La misericordia vence sobre la justicia". Dios, antes de mirar al pecado o a la traición, se mira a sí mismo, y descubre el amor infinito y eterno que lo movió a crear al hombre y a elegir a su pueblo, y deja que su motor sea su corazón y no lo que el hombre se merece. El corazón de Dios nunca queda vacío de amor y jamás deja espacio para el odio. Y hace la promesa de lo que sucederá en ese futuro, que de este modo, enciende la ilusión esperanzada y la añoranza de habitar y de ser actor en el idilio futuro con Dios, que tendrá un nuevo comienzo, pero que ya jamás finalizará: "Aquel día levantaré la cabaña caída de David, repararé sus brechas, restauraré sus ruinas y la reconstruiré como antaño, para que posean el resto de Edón y todas las naciones sobre las cuales fue invocado mi nombre —oráculo del Señor que hace todo esto—". Dios se ofrece como el reconstructor de Israel, de su grandiosidad, de su estancia divina. Se convierte en el arquitecto, en el obrero, en el albañil, que reconstruirá ese pueblo que está postrado. Y evidentemente, esperará de ese pueblo una respuesta de amor comprometido en el cual se dé ya no la falta de vigilancia, sino el gozo infinito que procurará ya jamás volver a perderlo.

La segunda actitud es la del gozo cumplido al haber alcanzado la meta. Todo lo prometido por Dios, aquello por lo cual se suspiró y que se deseó ardientemente, llega a su cumplimiento. Es el arribo a ese tiempo de utopía que se hace totalmente real y vivencial. Es la entrada en el triunfo de Jesús que es regalado a los hombres. Es ese tiempo que tuvo su adelanto en la experiencia que vivieron los apóstoles junto al Jesús de la historia que les hizo saborear la dulzura de aquello que se vivirá en plenitud en el futuro, por lo cual entendieron que será de ausencia de sufrimientos y penurias y presencia del absoluto gozo pleno, y que llamó la atención a los discípulos del Bautista, por lo que se acercaron a Jesús a preguntarle extrañados: "Los discípulos de Juan se acercan a Jesús, preguntándole: '¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?' Jesús les dijo: '¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?'" Quedaba claro entonces que ese tiempo para los apóstoles fue el adelanto de la gloria final. No tiene sentido asumir dolores cuando la razón de la felicidad absoluta está en medio de ellos. Esa será la experiencia que se vivirá en el futuro. Será la dicha inacabada para la cual debemos disponernos. Por ello se nos invita a hacernos hombres nuevos para poder ser capaces de vivir una felicidad de la cual jamás antes hemos tenido experiencia: "Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan". Necesitamos adelantar esta experiencia en la unión aquí y ahora, cotidiana, con Jesús y su amor. Si no lo hacemos así, la experiencia futura podrá hacernos reventar, pues no nos hemos hecho hombres nuevos aún. El hombre nuevo es quien ha dejado atrás sus actitudes de muerte y de odio, de egoísmo y de violencia, de irrespeto y de desamor, y se ha hecho a sí mismo odre nuevo y vacío para ser llenado solo del amor de Dios. Un odre hecho de amor podrá ser llenado con amor. Nos corresponde a nosotros esa parte. No lo podrá hacer todo solo Dios. Él quiere que nuestro amor nos lleve a añorar ese futuro de ilusión total, de utopía cumplida, de idilio sin fin, y que cada uno tome el barro de su propio ser y se reconstruya en el amor, quitando todas las adherencias indeseables, para poder albergar eternamente el amor infinito de Dios y ser eternamente felices en Él.

viernes, 3 de julio de 2020

Vivir la felicidad plena creyendo en lo que no se ha visto

Vespertina, la Fiesta de Santo Tomás, Apóstol – Los Oficios diarios

Una de las corrientes filosóficas que ha adquirido mucho peso en nuestra época actual de emancipación humana, en la que se exalta al hombre por encima de toda realidad, incluso por encima de los demás hombres, cuando darles cabida implicaría el rebajamiento de alguna de las propias libertades o apenas la sensación de impedir el desarrollo de cualquiera de los derechos individuales que, según ese movimiento hiperhumanista, nunca deben ser conculcados, ni siquiera en favor de un bien común que ha quedado de tal modo difuminado que no se sabe qué es realmente, y que, por lo tanto, desemboca en la no asunción de deberes cuando estos se refieren a ese bien común que no se conoce bien y que por lo tanto no tiene nada de común, es el positivismo. En su declaración básica el positivismo promulga la existencia solo de aquello que puede ser demostrado científicamente. Solo lo que es evidente a los sentidos tiene entidad. Lo intangible, lo que no es sensible, la realidad espiritual, al no ser posible comprobar su existencia racionalmente ni con un método científico básico, debe ser desechado. Aceptar su existencia implicaría un retroceso a lo primitivo, por cuanto se estaría vaciando de su absoluta y única grandeza a la mente humana, que sería de esta manera la gran juez que dictaminaría lo que existe y lo que no existe. El hombre, de esta manera, es quien dictamina, en el ejercicio de un discernimiento mental basado en la ciencia, que al no existir un mundo distinto que el evidente a los sentidos, no existe Dios. Nada hay, entonces, por encima del hombre. Se proclama así la plena soberanía del hombre que ha llegado a ese lugar por el evidente juego de la naturaleza, en el que solo tendría cabida una explicación de ello por la teoría de la evolución, desechando de esa manera cualquier otro tipo de intervención que pudo haberse dado. De esta manera hay vía libre para declarar al "superhombre", que se ha hecho a sí mismo, y que tendría todo el derecho de seguir dando pasos para que esa autoafirmación sea cada vez más firme. 

Si pudiéramos poner un personaje que tipifique al positivista, lo encontramos rápidamente en Santo Tomás. Su actitud ante los apóstoles que felices le informaban sobre la presencia de Cristo resucitado ante ellos, "Hemos visto al Señor", en la oportunidad que se les apareció estando él ausente, es la típica del positivista: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo". El apóstol requería de esa comprobación de los sentidos para creer aquello de los que los otros ya estaban convencidos por cuanto lo habían vivido. Y estaban llenos de alegría, lo cual ni siquiera sirvió para crear en él una inclinación a creer. Es impresionante que ni siquiera el testimonio de sus amigos, que eran más bien casi hermanos, sirvió para que su mente pensara en la posibilidad de que fuera verdad lo que le decían. La mente positivista no se satisface por el testimonio de terceros, pues ello es solo confianza o fe, lo cual no entra en sus criterios de veracidad. Santo Tomás no es el único. De alguna manera todos somos herederos de una mentalidad similar, cuando pretendemos que en el orden espiritual se presenten evidencias físicas que nos terminen de convencer. Cuando necesitamos de acciones evidentes de Dios para sustentar mejor nuestra fe lo demostramos. Incluso cuando sentimos que Dios no escucha nuestros ruegos y "se olvidó" de nosotros, sucumbimos en cierta manera a esta mentalidad positivista. Lo contrario de la mente positivista es la fe, que se basa, no en criterios de comprobación física para la veracidad, sino en "creer en lo que no se ve", basando su conclusión, no en la evidencia científica, sino en la confianza. La fe requiere de una experiencia que va mucho más allá de lo cotidiano y lo normal, y se remonta a lo emocional. No deja de ser racional, pues no se basa en absurdos, sino en lo más razonable que existe que es lo que se alinea con la realidad espiritual que hay en el hombre, lo cual es incontestable. Esa realidad espiritual está toda ella traspasada también por la racionalidad. Es la mente la que hace que el hombre pueda remontarse a las alturas que van más allá de lo simplemente material. Lo despega de la corporalidad, lo que en cierta manera sustenta el mejor argumento contra un positivismo radical. La mente es capaz de "imaginarse" lo que para la materia es imposible de alcanzar. Y en las cuestiones de fe, esto pasa a ser no solo "imaginación" sino absoluta realidad espiritual.

Las cosas espirituales no son, como lo declara el positivismo, cosas absurdas o sin sentido. Son absolutamente reales, aunque no puedan ser comprobadas científicamente. Así como la existencia del amor no puede ser negada ni siquiera por los positivistas, aunque trataran de explicarlo por la vía hormonal o de decisión voluntaria de la mente, siempre quedará la penumbra del sentimiento que no tiene explicación definitiva de la ciencia. Por ello, lo más razonable para la mente positivista es aceptar lo complejo que resulta el esfuerzo por querer explicarlo todo científicamente, cuando la evidencia lo hace imposible, y que existe aun aquello que no se puede explicar. Tuvo que aceptarlo Santo Tomás: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente'. Contestó Tomás: '¡Señor mío y Dios mío!' Jesús le dijo: '¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto'". La bienaventuranza se sustenta en el reconocimiento de la alegría de abandonarse confiadamente en el Dios que no necesita probar su existencia, pues es evidente y se hace más clara no solo por el reflejo que hay de Él en todo lo creado, sino por la experiencia de amor que tiene quien se acerca a Él con confianza, sabedor de que quiere llenarlo de felicidad y que quiere regalarle su salvación. La alegría está en saber que hay algo superior que da la plenitud en todo. En el amor, en la felicidad, en el poder, en la eternidad. No puede sentirla quien quiere tener todas las pruebas, por lo cual quedará de alguna manera siempre en la ansiedad y en la angustia de la autosatisfacción que no llega y por lo tanto no lo complace del todo, pues siempre quedará un vacío natural por llenar, que es el que ha dejado Dios en el hombre para llenarlo Él mismo. Cuando Santo Tomás comprendió esto no tuvo otra opción que caer de rodillas: "¡Señor mío y Dios mío!", haciendo la confesión de fe más profunda que existe. Jesús es el Señor y el Dios de Tomás. El hombre positivista pasó a ser el hombre de la fe. De modelo para el incrédulo devino en modelo para el que cree. Y nos dejó en herencia esa frase que resume perfectamente lo que creemos. Así, extrajo de Jesús una alabanza para todos los que vendríamos tras él: "Bienaventurados los que crean sin haber visto". Somos privilegiados por creer en lo que no hemos visto. Pero también porque experimentamos el amor infinito y eterno de Dios por nosotros, absolutamente real y presente en nuestras vidas, aunque no lo podamos demostrar científicamente.

jueves, 2 de julio de 2020

Dios no es una "cosa" o una "energía". Es el Ser con el que entro en relación

Curación del paralítico | Radio Pentecostés RD

Una de las armas de las que debemos echar mano con muchísima más frecuencia de la que nos imaginamos los cristianos es de la del discernimiento. Esto significa que debemos tener siempre un espíritu pronto para poder descubrir la voz de Dios en las personas y los acontecimientos que nos rodean, con el objetivo no solo de identificar su origen, sino más allá, de entender lo que pretende Dios que hagamos al dirigirnos su Palabra. En los últimos tiempos los pastoralistas han insistido mucho en saber descubrir "los signos de los tiempos", a través de los cuales Dios nos habla y nos manifiesta su voluntad. Es exactamente lo que les transmitió Jesús a sus oyentes: "Cuando ven una nube que se levanta en el oeste, al instante ustedes dicen: 'Viene un aguacero', y así sucede", invitándolos a aplicar esta misma sabiduría que se tiene respecto a los fenómenos naturales a lo que se refiere a las cosas del espíritu. También fue un punto importante en las enseñanzas espirituales que nos dejó San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios espirituales, cuando hablaba de discernir las inspiraciones que vienen del "espíritu bueno" y diferenciarlas bien de aquellas que vienen del "espíritu malo". En nuestros tiempos han surgido miles de voces que pretenden erigirse en superiores que indican caminos a seguir, haciéndose a sí mismos representantes divinos, o incluso autoridades espirituales, casi como dioses, que tendrían la capacidad de decidir la suerte de la humanidad o al menos de una buena porción de ella. El criterio básico de discernimiento para poder descubrir la veracidad o no de esas voces multitudinarias es tan sencillo como lo que nos propone el mismo Jesús. Para Él bastaría con aplicar la lógica: Si se ven nubes, lo más probable es que habrá lluvia. Ni más ni menos. Esa misma sencillez la aplicó San Ignacio: si da paz, viene de un espíritu bueno; pero si por el contrario, crea desasosiego y quita la paz, viene de un espíritu malo. Lo más importante es que se atienda a lo que atrae realmente hacia Dios y hacia lo que se sabe que es de Él y que, por lo tanto, da la sensación de que se está donde se debe estar por la paz y la felicidad que se pueda alcanzar en Él. Y de esa manera, descubrir por oposición todo lo que pretenda alejar de Dios, o expulsarlo de la propia vida, llegando incluso a revestirlo de algo muy atractivo, aprovechando sobre todo la falta de vigilancia y el atractivo a veces narcotizante que producen las ideas espirituales bellamente manipuladas presentándolas como fórmulas para "atar" a Dios.

En nuestros tiempos de "Nueva Era", que se caracterizan por un retorno espiritual del hombre que quiere bucear en su realidad más profunda, se presenta un caldo de cultivo maravilloso para aquellos que quieren confundir a los hombres. Ese "retorno espiritual" del hombre es, en sí mismo, un "signo de los tiempos" que, si no se sabe aprovechar, puede resultar peligrosamente perjudicial para él mismo. Si aquellos que pretenden confundir tienen éxito al presentar sus opciones, el hombre se agarrará del "súper ego" como nuevo dios, de una "energía" divina, del universo holístico en el cual se encuentra un dios de tal modo difuminado en "energía" que termina en nada o por el contrario que lo es todo y está en todo, sin una concreción en un ser personal con el cual se puede entrar en una relación de intimidad, lo que desemboca en una soberbia extrema afirmando: "yo soy dios", y sus sucedáneos: "yo soy salud", "yo declaro sanidad", "yo tengo el poder", "yo atraigo a las fuerzas del universo", haciendo innecesario al Dios verdadero, pues supuestamente ya se tiene todo resuelto por sí mismo. Evidentemente, estos que promueven esta confusión actúan al amparo de hombres y mujeres absolutamente necesitados de una referencia espiritual, aprovechándose de su buena fe pero también de sus mínimos conocimientos, utilizando palabras conocidas en la espiritualidad, manipulándolas a su favor, como "Dios", "oración", "meditación", "contemplación", "creación", "interioridad", "espíritu", revistiéndolas de "bondad", pues es el mismo vocabulario que siempre se ha utilizado en la espiritualidad cristiana... Demuestran lo ciertas que fueron las palabras de Jesús cuando ponía sobre aviso a sus seguidores: "Los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz". Por otro lado, buscan poner en ridículo a los auténticos mensajeros de Dios, tildándolos poco menos de manipuladores, de esclavistas, de castradores de las iniciativas humanas, de irrespetuosos de la libertad absoluta, de opresores. Todo lo que llame a exigencia personal, a asunción de compromisos, a búsqueda de plenitud en Dios a fuerza de rebajamiento de sí mismo, a cumplimiento de responsabilidades, a vida comunitaria de solidaridad y fraternidad, al servicio desinteresado por amor a los hermanos y particularmente a los más necesitados, será tildado de invasión al Yo superlativo.

Podemos descubrir en esto algo de lo que se ha servido el demonio desde muy antiguo. Las ansias de trascendencia del hombre, esa búsqueda insaciable de lo eterno, característica de su condición natural de ser espiritual y religioso, es un campo de batalla en el cual él puede resultar aventajado cuando logra hacerse del mismo hombre como cómplice: "Amasías dijo a Amós: 'Vidente: vete, huye al territorio de Judá. Allí podrás ganarte el pan, y allí profetizarás. Pero en Betel no vuelvas a profetizar, porque es el santuario del rey y la casa del reino'". Amasías, envuelto de soberbia y echando mano de su condición sacerdotal de Betel, en nombre del rey, expulsa a Amós, enviado por Dios para hacerle ver su infidelidad, pero éste lo rechaza. Y Amós le transmite la reacción de Dios contra Jeroboam, rey de Israel: "Esto dice el Señor: Tu mujer deberá prostituirse en la ciudad, tus hijos y tus hijas caerán por la espada, tu tierra será repartida a cordel, tu morirás en un país impuro e Israel será deportado de su tierra". Rechazar al enviado de Dios y el mensaje que viene a trasmitir atrae las consecuencias más trágicas para Israel. La misma experiencia prácticamente la vivió Jesús cuando hizo el milagro en favor del paralítico que le presentaron para curarlo: "Dijo al paralítico: '¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados'. Algunos de los escribas se dijeron: 'Este blasfema'. Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: '¿Por qué piensan mal en sus corazones? ¿Qué es más fácil, decir: 'Tus pecados te son perdonados', o decir: 'Levántate y echa a andar'? Pues, para que vean que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados —entonces dice al paralítico—: 'Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa'". Jesús es el mismísimo Dios que ha venido a realizar maravillas en favor de los hombres. Y aun cuando va demostrando el inmenso poder y amor de Dios con los portentos que va realizando, que sin duda le atrajeron también seguidores entre los presentes, el demonio hacía que hubiera corazones duros que no se dejaran conquistar, ensoberbecidos, buscando más bien que nadie sucumbiera ante Jesús. Con argumentos atractivos, los fariseos y escribas buscaban seguir engañando incautos para que los siguieran a ellos. Obtuvieron algunas victorias. Pero finalmente quedaron en el ridículo mayor, pues el amor de Dios es todopoderoso y jamás será vencido. El demonio vence solo cuando se le abre la puerta del corazón y se le pone poder en sus manos. Mientras el hombre se acerque a Dios y se mantenga abierto a su amor y a su poder, jamás dejará que el mal invada su corazón, ni siquiera revestido y disfrazado de bondad. Ojalá tengamos siempre esa capacidad para saber discernir el buen espíritu del cual nos viene la inspiración de ser fieles a Dios y nunca traicionar su amor yendo detrás de otras ofertas, aunque sean muy atractivas.

miércoles, 1 de julio de 2020

El demonio solo tendrá el poder que nosotros le pongamos en sus manos

Curación de los dos endemoniados de Gadara - 20170705

A los hombres nos encanta estar en la cuerda floja. Muchas de las situaciones que vivimos, en las que nos encontramos entre la espada y la pared, son provocadas por nosotros mismos, pues creemos que somos invencibles y saldremos siempre incólumes del peligro en el que nos colocamos. Lejos de estar vigilantes ante el mal que puede acarrearnos ponernos en el candelero, lo hacemos como para probar que somos fuertes o como para disfrutar en algo del sabor de lo prohibido, con la falsa idea de que luego podremos volver al camino de la normalidad. Lo cierto es que no somos tan fuertes y muchas veces el sabor del mal nos deja marcados y nos arrastra de tal modo que llega el punto en el que ya no nos será posible desencadenarnos de él. El deseo de probar algo nuevo y desconocido se da por creer con falsa ilusión que podremos encontrar algo en lo que sintamos mayor satisfacción que la que nos ofrece Dios mismo cuando disfrutemos del gozo de estar con Él, cuando tengamos la experiencia profunda y totalmente gratificante de su amor. Somos hombres en continua búsqueda de la felicidad y cuando no la vivimos en plenitud con Dios, no por su causa sino por no abandonarnos total y confiadamente en sus manos, surge siempre la añoranza de algo mejor, de algo más plenificante, de algo más satisfactorio. En vez de profundizar en la felicidad que el mismo Dios nos provee y que es mayor a medida que nos entregamos a Él, volteamos la mirada hacia otro lado y nos vamos irreflexivamente detrás del mal. El regalo a los sentidos, las satisfacciones pasajeras, los gustos irrefrenados, nos van conduciendo a un abismo en el que llegamos a pensar que se está muy bien pero en el que además vamos sintiendo mayor necesidad de ello, por lo que nos hundimos aún más y se nos hace casi imposible salir de él, pues nos va envolviendo de tal manera que sucumbimos totalmente. Se llega a necesitar más y más, y cada gusto complacido es una nueva cadena que nos ponemos y que nos inmoviliza, hasta dejarnos totalmente inútiles y secuestrados. Llegamos a la condición de aquellos endemoniados que salen al encuentro de Jesús en el camino de los gadarenos: "Desde los sepulcros dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino. Y le dijeron a gritos: '¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?'" Nuestra condición de esclavizados nos hace imposible ver que Jesús se acerca para ofrecernos la recuperación de nuestra dignidad, tendiendo su mano para que nos tomemos de Él y nos pueda sacar del abismo en el que nos encontramos.

Pero el demonio conoce muy bien su limitación ante Jesús. Llama mucho la atención que sin ni siquiera ofrecer resistencia, prácticamente implora misericordia de Jesús: "A cierta distancia, una gran piara de cerdos estaba paciendo. Los demonios le rogaron: 'Si nos echas, mándanos a la piara'. Jesús les dijo: 'Vayan'. Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo al mar y murieron en las aguas". Es la prueba irrefutable que nos da la Palabra de Dios de que delante de Cristo, el Hijo de Dios, Dios Él mismo que se ha hecho hombre, el demonio no tiene ninguna opción. La fuerza del demonio es inexistente cuando Jesús está presente. Él lo ha vencido siempre y jamás dejará de hacerlo. Así ha sido y lo será siempre, desde que el demonio se rebeló delante de Dios y provocó la ruptura de la armonía total que existía en aquella creación de orden espiritual que estaba toda ella en la absoluta concordia por la plenitud del gozo que vivían todos los seres espirituales en la presencia de Dios. El hermoso Arcángel Luzbel -"Luz Bella"-, el más hermoso de todos, pretendiendo acoger en sí un poder mayor que el de Dios su Creador, demostró su poco juicio, quedando en el mayor ridículo y en la mayor de las debilidades. Desde ese momento contaba solo con su propio poder delante de Dios y comenzó su historia de derrotas incontables. No le quedó más remedio que buscar aliados, y los encontró en quienes demostraron también poco juicio delante de Dios, en los hombres que, conquistados por sueños de grandeza sin fundamento, se dejaron engañar por esta criatura espiritual, que tenía mayor inteligencia. Se comprueba que ni Luzbel ni el hombre, por sí mismos, tienen poder. Delante de Dios jamás lo tendrán. La historia del demonio es historia de derrotas. Nunca podrá vanagloriarse de haber vencido a Dios. Ni siquiera en aquella aparente derrota ignominiosa que procuró a Jesús, haciéndole llegar a la muerte en Cruz, pues esa supuesta victoria suya fue su derrota más contundente, ya que al morir Jesús, arrastró a la muerte su poder demoníaco, lo cual quedó refrendado por la resurrección gloriosa del que supuestamente había sido vencido, que resurgía triunfante de la muerte. Esa fue su derrota final. Ante esto, cabe preguntarnos entonces, ¿de dónde le viene el actual poder al demonio, si ha sido, como en efecto fue, ya derrotado por Jesús y no tiene más poder en sí mismo?

La respuesta es muy sencilla. Y por ser tan sencilla es a la vez muy sorprendente. El poder que tiene el demonio actualmente, habiendo sido vencido totalmente por Jesús y habiendo quedado en el mayor ridículo de la historia, lo obtiene de aquellos a los que asoció a su absurdo desde el principio, es decir, de los hombres. No teniendo poder en sí mismo, pues delante de Dios nunca tuvo un poder mayor que el de Él, y habiendo sido vencido en la Cruz quedando totalmente debilitado y sin fuerza, perdiendo la poca que tenía, saca su poder del poder que le pongamos los hombres en sus manos. Es de nosotros mismos que toma oxígeno y se engrandece. Se vanagloria porque aún los hombres, en la experiencia más absurda de nuestra supuesta emancipación de Dios, preferimos dejarnos seguir dominando por él y le permitimos actuar a sus anchas en nosotros. El poder que tiene el demonio será solo el que nosotros le pongamos en sus manos. Ya él fue vencido por Jesús y eso no cambiará jamás. Él está totalmente postrado a los pies de Cristo, que le tiene pisoteada la cabeza. Así lo reconoce él mismo cuando, como en el caso de los endemoniados, implora que no lo humille. Pero la desgracia mayor para nosotros es que en muchas ocasiones, así lo preferimos nosotros. En vez de rendirnos al poder, al amor y a la misericordia de Dios, preferimos dejar que Luzbel siga andando a sus anchas. Sucedió también con los paisanos de aquellos endemoniados: "Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados. Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país". En vez de alegrarse por el triunfo contundente de Jesús sobre el demonio, le piden que se marche de allí. Prefieren la presencia del demonio que la de Jesús, pues Jesús los compromete a seguirlo. Para ellos resultaba más satisfactorio estar encadenados al demonio que liberados en Jesús. A ese punto había llegado su enajenación. El hambre de pecado les había enturbiado el alma y el corazón. La plena libertad la desechaban prefiriendo la esclavitud, y pusieron por encima la oscuridad sobre la luz, el abismo sobre la cima, la tristeza sobre el gozo pleno. Sin embargo, el trueque que nos propone Dios es el mismo de siempre: "Busquen el bien, no el mal, y vivirán, y así el Señor, Dios del universo, estará con ustedes, como pretenden. Odien el mal y amen el bien, instauren el derecho en el tribunal. Tal vez el Señor, Dios del universo, tenga piedad del Resto de José". Lo sigue proponiendo a cada uno de nosotros. Lo tomamos o lo dejamos. O nos ponemos del lado del que ya ha vencido, de Jesús y de su amor, o seguimos poniendo en las manos del demonio el poder que ya no tiene y le permitimos seguir venciendo sobre nosotros y haciéndonos daño. Con mucho, dejarse vencer por Jesús no poniendo ya más poder en las manos del demonio, será nuestra mayor victoria.