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viernes, 14 de agosto de 2020

Hombre y mujer los creó. Crezcan y multiplíquense

 El misterio del matrimonio « El Imparcial

Uno de los temas más controvertidos que aparecen en las Sagradas Escrituras es el que se refiere a la enseñanza sobre el matrimonio, y sobre todo, respecto a él, a la indisolubilidad del mismo. Es un tema muy sensible por cuanto son cada vez más los matrimonios que se rompen, por razones que pueden ser más o menos válidas y comprensibles, o porque se alega con mayor fuerza la libertad del hombre y de la mujer la cual quedaría "gravemente herida" al ser impedida de poder hacer una nueva elección, o porque la institución matrimonial recibe con más frecuencia ataques externos que la hieren más gravemente de muerte. El carácter de superficialidad que ha ido adquiriendo la vida en general, con su sello de provisionalidad en el que todo es desechable, ha marcado letalmente también a la unión del hombre y la mujer pues el pretender que haya una estabilidad en ella atentaría frontalmente contra el nuevo estilo de vida y "no cuadraría" con los nuevos tiempos que se viven. Lo cierto es que en el fundamento de todo se descubre una cantidad de carencias, que incluso hoy se considerarían "ventajosas", que han desnaturalizado tanto a la institución matrimonial, como a los sexos, como a las mismas categorías de humanización. Ubicándose en la mentalidad actual, escuchar a alguien defendiendo al matrimonio como lo hizo Jesús sería trasladarse en el tiempo, por lo que habría que acusar sus argumentaciones de anacrónicas y poco realistas, de desactualizadas, pasadas de moda y desubicadas: "Se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: '¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?' Él les respondió: '¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: 'Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne'? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre'". El matrimonio, en la descripción que hace Jesús, de alguna manera hace nacer un nueva persona, que es la persona de la pareja. De los dos que se unen hace surgir una nueva realidad, "una sola carne", que no existía antes. Es como la creación de un nuevo ser, que es el ser de la pareja. El fundamento de la indisolubilidad está, en efecto, ni siquiera aún en la realidad sacramental, sino en la capacidad que se ha tenido de hacer existir este nuevo ser de la pareja, capacidad que debe ser puesta en práctica durante toda la vida de ambos componentes de la nueva realidad del ser matrimonial. El matrimonio, de esa manera, debe ser una re-creación cotidiana en la que los miembros de la pareja hacen gala de su poder creador.

El fundamento de esta unión matrimonial tiene dos bases esenciales: el amor y la procreación de los hijos. Si falla alguna de estas dos bases, falla el matrimonio, pues no tendría un fundamento sólido sobre el que apoyarse. Quizá la falla más frecuente para la creación del nuevo ser de la pareja la encontramos en la falta de comprensión de lo que es el amor. La superficialidad en la que vivimos ha hecho que el concepto de amor que se maneja sea el que históricamente haya llegado a lo más bajo. Se considera amor a lo que haga que cualquier cosa guste, atraiga, satisfaga, dé placer. Se "ama" a las cosas: la comida, el vehículo, la casa, la ropa, los zapatos. Y entre esas "cosas" se incluye al novio o a la novia. Se llega a amar solo a lo que hace sentirse bien, y se deja de amar cuando se tiene el primer desencanto. Se confunde amar con sentirse bien, dándole así al amor una connotación de simple romanticismo en el que se excluiría de plano cualquier sentimiento o realidad que desdiga de la "felicidad", como la tristeza, el dolor, la compasión, la enfermedad, la pobreza. Se confunde "amar" con "querer ser feliz", que es prácticamente la única motivación que se tiene para estar con una persona con una cierta estabilidad, pero que al no lograrlo del todo produce una sensación de desencanto que hace que toda la ilusión se venga abajo. El amor verdadero está muy lejos de todo esto. Y no es que no los contemple, pero no conforman lo que es el auténtico amor. Está bien tender a buscar la felicidad, pues para eso nos ha creado Dios. Pero la verdadera felicidad propia nunca puede estar regida por un egoísmo exacerbado que es el que está en la base de todas las actitudes anteriores. Quien ama así no tiene a la vista la felicidad del amado, sino solo la propia, casi sin importarle la del otro. El auténtico amor es el que se parece más al de Dios, que es un amor oblativo y benevolente. Es el amor de donación y que busca el bien del otro. El que ama realmente busca por encima de todo la felicidad de aquel al que ama, y entrega incluso su propia vida para lograrlo. No busca simplemente "querer ser feliz", lo cual encubriría un peligroso egoísmo larvado en el cual no importaría para nada si el otro es feliz, sino simplemente que me haga feliz. Quien ama con amor auténtico buscaría "querer hacer feliz" al otro. Porque se ama se quiere hacer feliz, más que ser feliz. Es el amor que más se parece al de Dios, por lo que es el más auténtico. Al vivir de esa manera el amor, y al comprenderlo así, se está sin duda dispuesto a asumir un compromiso de estabilidad, que es la consecuencia razonable de amar de ese modo. Un amor que se entiende de esa manera no es un amor provisional. No puede serlo, pues es la asunción de un estilo de vida que marcará toda la existencia. Por eso, el amor no "desaparece" sin más, pues esa marca no se borra jamás. Si llegara a desaparecer se puede concluir que nunca existió. Un libro sobre este tema tenía por título "El amor conyugal no termina, se transforma". Una verdad inobjetable y que hay que asumir totalmente como plena realidad, para no sufrir desencantos de inmadurez por los cambios naturales en el amor que va madurando y se va haciendo más sosegado en la vida matrimonial.

La segunda base del matrimonio es la procreación. Es el primer mandato de Dios, de todos los que dio a los hombres: "Crezcan y multiplíquense". Podríamos afirmar que si no existiera la intención firme de procrear en la pareja, no existe matrimonio. La teología sacramental del matrimonio establece la nulidad matrimonial cuando los esposos no tiene la intención de procrear, algo razonable en el contexto de los relatos de la creación. El hombre y la mujer son creados el uno para el otro, para que se unan en el amor y para tener hijos. Si alguna de las dos cosas deja de estar presente, no hay matrimonio. De ahí el absurdo de la propuesta actual del matrimonio homosexual, pues en esa pareja de ninguna manera existiría la capacidad de reproducirse. La misma biología pone su argumento en contra. Dos con el mismo sexo jamás podrán procrear. Tanto el amor como la procreación están, entonces, en el fundamento de la realidad matrimonial. Son los que le dan la estabilidad. Al existir, hacen existir el matrimonio, y por ello lo convierten en indisoluble, no por capricho de nadie, sino por la misma naturaleza del vínculo que llama al compromiso, a la estabilidad, a la continua creación. De allí que no exista en la Iglesia el divorcio. No lo decide nadie, sino que lo da la misma cualidad estable del matrimonio como realidad natural desde el amor. Si la Iglesia declara nulo algún matrimonio, lo hace declarando que ese matrimonio nunca existió por haber faltado alguno de los dos componentes principales. La Iglesia no anula, sino que declara nulo, es decir, declara que nunca existió tal matrimonio al haber habido defecto en el amor o en la intención de procreación. Debe ser de tal manera el compromiso de amor entre los esposos, que debe ser reflejo de ese amor que Dios siempre confesó a su pueblo: "Yo me acordaré de mi alianza contigo en los días de tu juventud, y estableceré contigo una alianza eterna, para que te acuerdes y te avergüences". Él mantiene su fidelidad a su alianza, a pesar de las infidelidades del pueblo: "Se difundió entre las naciones paganas la fama de tu belleza, perfecta con los atavíos que yo había puesto sobre ti —oráculo del Señor Dios—. Pero tú, confiada en tu belleza, te prostituiste; valiéndote de tu fama, prodigaste tus favores y te entregaste a todo el que pasaba". Ni siquiera el oprobio de las ofensas contra Él fueron suficientes para alejar a Dios de Israel. Él había asumido su compromiso de amor y lo mantenía establemente por encima de todo. Por eso, tendía la mano a Israel, su amado, queriéndolo atraer de nuevo para que se mantuviera a su lado, recuperando su fidelidad y huyendo de la vergüenza de estar de nuevo lejos de Él. Así actúa el amor de Dios con todos nosotros. También nosotros debemos actuar con ese amor, que es el auténtico amor.

lunes, 6 de julio de 2020

Por encima de todo, Dios nos ama con ternura infinita

Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado

Definitivamente lo de Dios con los hombres es un idilio interminable de amor. Las Sagradas Escrituras usan para describirlo la imagen de lo que más se le parecería, que es la de la unión por amor de un hombre con su mujer. Aquello que existió desde el primer momento de la existencia de los hombres, surgido de las manos amorosas de Dios, y que fue un mandato también surgido desde ese amor infinito, es lo que serviría mejor para explicar cómo Dios quiere relacionarse con la humanidad. La unión del hombre y la mujer, siendo la consecuencia natural de haber sido creados complementarios el uno para el otro, es la imagen de la unión que Dios quiere vivir con los hombres. Los dos relatos de la creación dejan establecida la necesidad que tiene el hombre de ser completado. Por un lado, los dos son creados como  colofón de toda la obra creadora: "Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza ... Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó". El hombre y la mujer son el punto más alto al que llega toda la creación, en una unión que es reflejo, "imagen y semejanza", de la unidad que vive Dios en sí mismo. Es la premisa que utiliza Yahvé en la creación de ellos. Esa imagen y semejanza divina está en la base de la existencia de la pareja humana. Se fundamenta en la variedad de los sexos y en la unidad esencial que viven ambos para ser ese reflejo divino. Se puede concluir entonces que ni la soledad absoluta y enfermiza ni la complementación distinta a la que se da entre ambos sexos, sostienen esa identificación de la humanidad con Dios. Por otro lado, Yahvé, al ver concluida su obra de creación y al haber colocado al hombre en medio de todo, afirmó que era necesario que el hombre viviera una plenitud humana básica: "No es bueno que el hombre esté solo. Hagámosle una ayuda adecuada". De esa manera surgió la mujer, extraída de la materia noble del hombre, ya existente por la voluntad divina, y en consecuencia, la materia más elevada que existía en todo lo creado. La mujer surge de lo mejor que hay en el mundo, lo cual, de algún modo, supera aquello de lo que surge el hombre, que es la nada. De allí que en esa imagen de unión perfecta con la cual Dios ha diseñado a la unión esponsal entre el hombre y la mujer, es donde Él mismo encuentra el modelo perfecto para dar a entender su pretensión de relación con los hombres.

Es maravilloso, al entender esto así, percatarse de cómo Dios deja más que claro que esa unión no es una simple unión instrumental, sino que surge de lo más profundo de su corazón, pues se sustenta en el amor. El único motor de Dios es el amor. Dios no se mueve hacia fuera por ninguna otra causa. Es solo el amor el que ha sido capaz de lograr que Dios saliera de sí mismo. Y todo lo que no es Dios ha surgido de sus manos, precisamente porque lo ha impulsado a hacerlo su propio amor. Así como esa relación de Dios con la humanidad no es otra cosa que imagen de la unión del hombre con la mujer, así mismo lo más íntimo que la sostiene no es más que imagen del amor profundo que une al hombre con la mujer y los hace una sola cosa: "Por eso dejará al hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne". El amor filial es sustituido en su primacía por el amor conyugal, sin dejar de existir. Ese amor de Dios llega a ser de tal calidad que nada lo resquebraja. La infidelidad, en el caso humano, puede dañar de tal modo a la unión, que se incrusta en el corazón del ofendido al punto de sentir que se resquebraja por completo. Dios, por el contrario, asume la tarea de la reconquista. No se queda en la lamentación de lo sucedido cuando el hombre ha decidido darle la espalda, sino que emprende la tarea titánica de un nuevo cortejo para atraer una vez más, dando a entender que, desde que Él lo decidió así, no desea sustituir ese amor por uno distinto. Es la humanidad su complemento ideal, y su empeño es reconquistarla de ese impulso absurdo de alejarse. Su compromiso es eterno, no accesorio. No depende del otro, sino de Él. Las acciones de su amada, la humanidad, no determinan su deseo de seguir o no con ella, pues ese empeño está incrustado en su corazón y su amor es inmutable. Va de dentro hacia fuera y no al revés. "Yo la persuado, la llevo al desierto, le hablo al corazón. Allí responderá como en los días de su juventud, como el día de su salida de Egipto. Aquel día —oráculo del Señor— me llamarás 'esposo mío', y ya no me llamarás 'mi amo'. Me desposaré contigo para siempre, me desposaré contigo en justicia y en derecho, en misericordia y en ternura, me desposaré contigo en fidelidad y conocerás al Señor". El amor de Dios por su esposa, la humanidad, es el amor más elevado. Sólido como la roca más firme, resiste cualquier embate y está siempre dispuesto a la reconquista para ganar de nuevo el amor y la fidelidad de su amada.

Por eso ese amor está lleno de detalles. No se queda solo en una declaración de principios, sino en una demostración con las obras del mismo amor. Quien se sabe así amado no debería tener otra opción que el dejarse abandonado en esos brazos robustos y amorosos. Sentirse de tal manera amado trae como consecuencia no añorar ningún otro amor, pues no se necesita. Se está totalmente lleno de él. Y si esa convicción es fundamentada en que quien ama tiene además todo el poder, crece hasta convertirse en confianza absoluta e inquebrantable. Lo experimentó aquella mujer enferma por años. En la más grande humildad, se sabe amada. Y su amor está convencido de que Aquel al que ama jamás se negará a ella. Por eso, en demostración de esa confianza absoluta sorprende a todos: "Una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orla del manto, pensando que con solo tocarle el manto se curaría. Jesús se volvió y al verla le dijo: '¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado'". Esa mirada de Jesús es la mirada del enamorado que, llena de amor y de ternura por el gesto infantil, inocente, absolutamente confiado de la mujer, no tiene otra opción que, dejándose amar al extremo y confiando radicalmente en Él, concede aquello en lo que confiaba esa mujer que le sería concedido. Más que el milagro de su curación, es la corriente inmensa de amor y de ternura lo que la llena. Jesús derrama sus entrañas amorosas sobre ella. Y es el mismo amor que siente el jefe de los judíos que igualmente se acerca confiado a Jesús, pidiendo nada más y nada menos que la resurrección de su hija: "Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá". Tiene la certeza absoluta del amor y del poder de Jesús, que lo hace incluso parecer un iluso engañado que se acerca a Él delante de todos, cuando en verdad está haciendo uso de su mayor convicción: Jesús lo ama, ama a su hija, y puede lograr la maravilla desde su amor todopoderoso. Su amor de padre de la niña lo hace recurrir confiado a Jesús, dando paso a su amor de hijo. Los demás no daban crédito a tamaña credulidad: "Jesús llegó a casa de aquel jefe y, al ver a los flautistas y el alboroto de la gente, dijo: '¡Retírense! La niña no está muerta, está dormida'. Se reían de él". Pero el Esposo hace lo que sea por el amor que le tiene a su esposa, la humanidad: "Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña de la mano y ella se levantó. La noticia se divulgó por toda aquella comarca". El Esposo lo hizo de nuevo. Con sus acciones le dijo a su amada, a la humanidad, "te amo". Así actúa siempre Jesús. Con amor entrañable nos atrae, nos quiere tener junto a sí, por encima de lo que nosotros hagamos. Y será así de tierno eternamente con cada uno de nosotros. Sabernos amados así debe hacernos desear vivir solo para Él, sabiendo que Él vive solo para nosotros. Para llenarnos de su amor y hacernos siempre sentir su poder y su ternura infinita, pues nosotros, la humanidad, somos su esposa amada.

sábado, 4 de abril de 2020

En el pacto de amor con Dios, siempre salgo ganando yo

Archidiócesis de Granada :: - “Conviene que uno muera por el ...

Cuando hablamos de Alianza, hacemos referencia a los pactos que sucesivamente, en la historia de la salvación, ha hecho Dios con el pueblo. Son los compromisos que asume Yahvé con sus elegidos y que tienen una contraparte en el pueblo que debe asumir también los compromisos de fidelidad que se ponen sobre la mesa. La terminología deja constancia de que es una especie de "matrimonio" entre Dios y los hombres. La Alianza es un pacto nupcial en el que las partes se prometen amor y fidelidad eternos e inmutables. Ambos se comprometen a no tener relación de amor nupcial con nadie más. La composición literaria usada por el mismo Dios al declararlo es clara: "Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios". Se usan términos de propiedad que son propios del ritual matrimonial: "Yo..., te tomo a ti ... por esposo (a)... y prometo serte fiel en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza, en la pobreza y en la riqueza". Dios quiere ser el esposo fiel y toma por esposa a la humanidad, que espera que también le sea fiel. Y se compromete a realizar maravillas en su favor: "Haré con ellos una alianza de paz, una alianza eterna. Los estableceré, los multiplicaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y reconocerán las naciones que yo soy el Señor que consagra Israel, cuando esté mi santuario en medio de ellos para siempre". En este pacto la parte que corresponde a Dios se cumplirá de manera absolutamente segura. El Señor es responsable radicalmente y, al asumir su parte, lo hace con un compromiso inmutable. Dios no cambiará jamás en su determinación, pues todo lo que dice lo hace. Su amor eterno e infinito por el pueblo, a pesar de la infidelidad continua de éste, nunca dejará de ser tal. Esa es la característica más atractiva e identificadora del amor divino. Ese amor de Dios no cambia ni se muda jamás. Si cambiara, cambiaría Dios, lo cual es imposible y absurdo. Dios es el mismo eternamente. Si ama hoy, amará siempre. Por lo tanto, si compromete su amor en un pacto de alianza, ese componente estará siempre presente durante la duración del "contrato". La parte de Dios en este pacto es, entonces, definitiva. La dificultad se presenta cuando vemos a la otra parte del pacto, la de la humanidad. 

En el corazón de los hombres está la lucha continua entre el bien y el mal, entre el atractivo del amor a Dios y el atractivo que ejercen las criaturas sobre su corazón, entre la fidelidad a Aquel que es amoroso y providente eternamente y aquellas realidades que dan compensaciones sabrosas y placenteras aunque sean temporales. Esta tensión hará que la esposa, la humanidad, caiga repetidamente en infidelidades y se aleje de la promesa que ha asumido y de la exigencia que hace Dios. Muchísimas veces la humanidad prefiere lo pasajero, lo temporal, lo que pasa y se acaba, a lo que permanece para siempre. Es más "sabroso" lo prohibido, lo dañino, lo que da placer, que la paz, la serenidad, la sensación de compensación de eternidad que se encuentran en Dios. Satisfacer los sentidos de cualquier manera, dejando a un lado el cuidado de lo interior, de lo espiritual, de lo eterno, apetece más cuando se vive solo en el ámbito de la horizontalidad. Se necesita un itinerario de aprendizaje para empezar a valorar justamente lo que tiene más valor. No obstante, a pesar de esta historia de infidelidades de la humanidad, podemos ver la obstinación de Dios en mantener su promesa. Él no echa por la borda su amor y repite incesantemente su invitación al arrepentimiento para que la humanidad retome el camino hacia Él en la fidelidad. Son muchos los pactos de alianza que podemos encontrar en las Escrituras, en los que, una y otra vez, Dios invita al cambio de conducta, a vivir en el amor a Él, a retomar las rutas de su encuentro. Se muestra como un Dios condescendiente, que está siempre dispuesto al perdón, que no se deja llevar por su ira, que es clemente y piadoso. A eso lo invita el amor al que se ha comprometido al cumplir su parte de la Alianza. Aun cuando tendría todo el derecho a dejar a un lado su compromiso pues la otra parte ha incumplido el suyo, no lo hace, y obstinadamente sigue ofreciendo oportunidades, sencillamente porque ama, y el amor lo invita a ello. Su determinación es hacerse propiedad de la humanidad, como esposo. Y todo lo hará por ser suyo. No hará nada que lo aparte de esa voluntad inmutable. Por eso llega al máximo de su donación. La encarnación del Verbo no es otra cosa sino la confirmación final de esta voluntad de entrega. Se hace uno con la humanidad. Se repite la fórmula del matrimonio: "Serán los dos una sola carne..."

La venida del Hijo del Hombre en carne mortal es el culmen de la Alianza. "Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo", se ha traducido totalmente en: "Yo, Dios, me he hecho hombre como mi esposa, para hacer a mi esposa como yo, Dios". Lo entendió San Agustín cuando lo afirma en su frase magistral: "Dios se ha hecho hombre para que el hombre se hiciera Dios". Es el paso final de la Alianza definitiva, en el que ya no habrá diferenciación entre Dios y los hombres, pues ambas partes del pacto estarán viviendo las misma realidad, ya que Dios "se ha hecho todo en todos". La parte dominante del contrato asume la totalidad, con el beneplácito de la otra parte, que se entrega eternamente en sus manos. Para ello se debe pasar por la crisis de cambio radical. Todo paso adelante representa siempre una crisis de crecimiento. Se da también mediante el dolor, que igualmente es asumido por el Dios de la Alianza. El que no tenía por qué sufrir, en el cumplimiento de su parte del pacto, lo asume. Avizora, al final de este itinerario que contempla también el dolor, la llegada a la meta de la suprema unión, de la llegada a la cima, a la plenitud del pacto total, a la unión esencial ya sin cambios. Quienes serán sus verdugos lo anuncian proféticamente: "Ustedes no entienden ni palabra; no comprenden que les conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera". Morir por el pueblo... Es la misión de Jesús, para que no muera la nación entera. Con ello, el pacto alcanza su punto máximo. De esa manera Dios se hace absolutamente propiedad de la humanidad, que lo llevará al sacrificio cruento de la Cruz. De tal manera se hace Dios del pueblo que hasta asume la muerte como parte de ese compromiso. "Yo seré su Dios", es decir, "Yo me entrego radicalmente, hasta la muerte, con tal de hacerlos mi pueblo, nación de mi propiedad. Pasaré por este bautismo de sangre, pero con ello lograré que mi esposa sea para mí eternamente, solo para mí". El anuncio profético de su muerte, con ser una terrible noticia para Jesús, era la mejor noticia para la esposa, pues esa voz anunciaba "que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos". Es la llegada a la cima de la historia de la salvación, en la que todos seremos ya definitivamente propiedad de Dios y estaremos viviendo la plenitud de nuestra condición. Es la jugada magistral de Jesús: entregarse para tenernos eternamente. Divinizados y en el cielo, a la derecha del Padre, como Jesús.

lunes, 7 de julio de 2014

Dios quiso y eligió necesitarnos

Es impresionante pensarlo... Dios es suficiente en sí mismo. No necesita de nada ni de nadie para ser Él, para ser infinito, para ser todopoderoso, para ser omnisciente... Todo esto reside en Él naturalmente, por lo que aún viviendo en soledad absoluta, es completamente Él, sin ninguna necesidad de más... Y vive plenamente satisfecho, pues su ser trinitario llega a llenar la condición de relación personal que necesita cualquier ser pensante, cualquier persona. Él es tres personas que se relacionan, que intercambian, que dialogan, y entre ellos se establece la corriente de amor que necesita todo ser para sentirse vivo... Es plenamente libre, sin que haya absolutamente nada que lo pueda limitar en esa condición. De llegar siquiera a pensarse en esa posibilidad, Él mismo se encargaría de quitar de en medio lo que pueda llegar a intentarlo... Más aún, ya que todo tiene en Él su origen, tendríamos que admitir el absurdo de que Él mismo habría creado aquello que podría llegar a limitarlo en su propia libertad... Y eso es imposible. Nadie sería capaz de interponer en su propio camino aquello que lo perjudicara o que le hiciera perder su propia esencia... Es, realmente, absurdo...

¿Es, realmente, absurdo? ¿De verdad creemos eso? En Dios, esta afirmación es absoluta. Dios nunca crearía nada que fuera en contra de su ser, que lo disminuya, que lo reduzca en su esencia amorosa, libre, eterna e infinita... Cuando Dios ha creado todo lo que existe no ha hecho más que colocar su impronta en todo lo que ha creado. Nada de lo que existe ha servido para disminuirlo. Al contrario, todo es reflejo de su esencia de eternidad, de infinitud, de poder... De amor... La creación es un canto sonoro que dice a quien la contempla lo que es Dios, lo que es su poder, lo que es su amor. Más aún cuando contemplamos al hombre, creado a su imagen y semejanza, con las mismas prerrogativas suyas de libertad y de amor. El hombre, la huella más entrañable que Dios ha dejado fuera de sí en lo creado, es la suma del ser que atrae sobre sí los amores divinos... El Dios que no necesitaba de nada ni de nadie para ser Él mismo, ha optado por crear un ser que lo revelara perfectamente... En Jesús tenemos al mejor "revelador" de Dios para los hombres. Pero también tenemos al mejor "revelador" del hombre para los mismos hombres. Lo que es Jesús, el Verbo encarnado como hombre, es lo que debe ser cada hombre. Como Jesús, todos los hombres deben reconocer a Dios como Padre, deben hacer todo en función de reconocer su gloria infinita, deben santificar su nombre en todo lo que emprenden, deben dirigir al mundo hacia el punto de la perfección que es el encuentro con su Creador...

Lamentablemente, este designio divino siendo perfecto, ha sido tergiversado. La misma condición de libertad y de impronta divina que Dios ha regalado al hombre, es el arma de doble filo que ha usado el hombre para ponerse en contra de ese plan divino perfecto. No es absurdo, por lo tanto, pensar que haya quien se oponga a su propia perfección, pues el hombre ha demostrado que es capaz de hacerlo. Desde el mismo principio su condición de ser libre le sirvió para querer rebelarse, para querer hacerse como Dios, con lo cual destruyó su propia esencia. La perfección del hombre se da sólo en el sometimiento amoroso al Dios que es causa de su existencia, que es la razón última de su ser, que es la realidad final a la que debe tender para llegar a la plenitud añorada. Cualquier otro camino es autodestructivo, es negador de la propia esencia, es desviador en la ruta hacia la plenitud. Pero, recordemos siempre que Dios nunca podrá negar su esencia, ni dejará de querer cumplir su voluntad, de hacer que se cumpla su designio, el plan que ha establecido. Por eso, ante la "rebeldía" de su inferior, procura siempre que se retome la ruta correcta. Pero ante su realidad amorosa, que es el poder más grande que tiene, lo hará siempre con la delicadeza que es propia en quien ama de verdad...

Es entrañable la expresión que usa Dios para manifestar su voluntad de rescate de quien se ha alejado de Él: "Yo la cortejaré, me la llevaré al desierto, le hablaré al corazón. Y me responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que la saqué de Egipto. Aquel día -oráculo del Señor-, me llamará Esposo mío, no me llamará Ídolo mío. Me casaré contigo en matrimonio perpetuo, me casaré contigo en derecho y justicia, en misericordia y compasión, me casaré contigo en fidelidad, y te penetrarás del Señor". Dios no es, de ninguna manera, el "castigador" que quiere someter a la fuerza a su amado. Lo quiere cortejar, como el novio que está perdido de amor. Dios vive el amor perfecto, el de benevolencia y oblación, que busca sólo el bien del amado, sin siquiera pensar en sí mismo. Lo importante es que el amado sepa y se sienta amado hasta el infinito. Es lo que Dios quiere. Que cada hombre sienta que su Padre, su Creador, lo ama infinitamente. Que se sienta cortejado, que se sienta entrañablemente colocado en el corazón de quien lo ama por encima de lo que puede imaginarse, aun más de lo que él mismo se podría llegar a amar... Es un Dios que deja que su esencia de amor se desborde totalmente, sin límites, sobre el hombre al que ama y al que le propone matrimonio eterno... Ese es nuestro Dios, el que nos ama por encima de todo, más de lo que nosotros mismos podemos llegar a amarnos. El Dios que, dejándonos amar por Él, llena todas nuestras necesidades, nos compensa totalmente, hace que todo lo demás sea añadidura...

Y que hace realidad concreta su amor en las obras que Jesús realiza a nuestro favor: Cura a la mujer con flujos y resucita a la hija del funcionario, como signos de que jamás dejará de hacer lo que es mejor para nosotros. Las obras de Jesús son las obras que dejan entrever el amor infinito del Dios que se ha casado con nosotros, que nos es fiel, que no nos dejará sin hacernos sentir su amor. Es el Dios que asume nuestra condición, sin ser absolutamente necesario, sólo para dejarnos claro que nos ama infinitamente. Sin necesitar de nadie para ser más poderoso, para ser más infinito, quiso necesitarnos para hacernos sentir su amor. Dios quiso necesitarnos... Es la realidad. Quiso necesitarnos para amarnos, y para que nosotros le respondamos con el mismo amor, entregándonos a Él y a los demás, como Él nos ha enseñado que hace el amor...

viernes, 28 de febrero de 2014

Hasta que la muerte los separe

"Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a una mujer, y serán los dos una sola carne". Es lo que Dios dijo cuando creó a la mujer de la costilla del hombre y la unió a él para formar la pareja natural que Él quería, para poblar la tierra y fecundarla... Esta frase es retomada por Jesús, según el Evangelio de Mateo, con el añadido: "Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre". Por eso, esta unión entre el hombre y la mujer es "hasta que la muerte los separe". Luego, San Pablo en la Carta a los Efesios la retoma, en el paralelismo que hace entre el matrimonio y al unión de Cristo con la Iglesia. Pablo no puede contener su sorpresa ante la realidad que representa el matrimonio, y lo llama "misterio grande"...

El matrimonio es una realidad natural, querida por Dios desde la creación del hombre y la mujer. En su designio eterno, decretó que el hombre y la mujer se sirvieran de apoyo mutuo, como "ayuda adecuada". El hombre, así lo quiso Dios, tuvo la compañía de alguien que estuviera a su misma altura, porque "no es bueno que el hombre esté solo". Es lo que ha sostenido la presencia del hombre sobre la tierra, lo que ha hecho posible el desarrollo de los pueblos, la existencia de hombres y mujeres que investigaran, que fueran creativos, que con su ingenio hicieran la vida mejor para todos. El haber asociado Dios a los hombres a su obra sobre el mundo, hizo posible las grandes realidades que ha desarrollado el hombre a su favor y a favor de todos...

"En la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley". Jesucristo vino a dar plenitud a la obra creadora del Padre, realizando una nueva creación y dándole un sustento más sólido que el que tenía en el pasado. La obra redentora que lleva a cabo Jesús eleva de categoría todo lo existente, sondeándola con el mejor de los dones: el del amor divino. Este amor permea, desde la Muerte y Resurrección de Cristo, toda realidad humana. También el matrimonio. Desde la redención de Jesús, el matrimonio fue elevado a una categoría de sacramento, con lo cual pasó de ser una simple realidad natural que une al hombre y a la mujer, a una que, por designio amoroso de Dios, da la capacidad de santificación. Todo sacramento confiere una gracia, que es la presencia de Dios, que sirve para santificar, para llevar adelante una realidad que puede tener dificultades, para avanzar con ilusión por el camino de la santidad, sorteando obstáculos, intensificando los logros y las alegrías, dando la ilusión que fortalece para avanzar siempre, aun en medio de las dificultades, y a veces, gracias a ellas... La presencia de Jesús en cada sacramento es una realidad insoslayable. Es Jesús mismo el que actúa en ellos.

En el matrimonio se hace presente Jesús amando desde el cónyuge al otro, santificando en cada acción matrimonial que se realice, alimentando el amor que los une, bendiciendo a la pareja con la descendencia. En el matrimonio son los esposos los que realizan su propio sacramento, son ellos sus mismos ministros. Por eso, el sacramento no "se celebró" en algún momento pasado, sino que de algún modo "se actualiza" en cada acto matrimonial que se realiza... La fecha del matrimonio es la fecha en que "empezaron a casarse", pues lo siguen haciendo cada día y a cada momento.

En cada matrimonio Dios nos sigue diciendo a cada uno que sigue en el mundo amando, pues cuando un cónyuge ama al otro, es Jesús mismo el que está amando. No hay certeza superior a ésta. Por eso, cada pareja matrimonial nos dice a todos que Dios no se ha olvidado ni se ha alejado del mundo...

Por muchas razones, entonces, vale la pena seguir luchando por salvar todo matrimonio: Porque son testimonio del amor. El que haya dificultades, desencuentros, conflictos..., no elimina esta realidad. El amor no vive sólo en la felicidad. Allí se vive con más facilidad, pero no con más intensidad. El amor exige esfuerzo, exige trasnochos, exige lucha a veces hasta contra sí mismo. El amor exige hacerlo todo para la felicidad del amado, incluso hasta la negación de sí mismo, como lo hizo Jesús. Cuando se ama no se escatiman esfuerzos para hacer feliz al cónyuge...

Vale la pena porque está Jesús en medio de los esposos. En cada uno de ellos y en medio de ellos. Al ser realidad sacramental es imposible eliminar esta verdad. Por eso, basados en ello, es imposible la disolución del vínculo. Desde que ambos empezaron a vivir el sacramento, se hizo presente Jesús. Y Jesús no desaparece. Él se mantiene siempre entre ambos y en cada uno para el otro, aunque físicamente estén lejos. Él los hace "una sola cosa", "carne de mi carne, hueso de mis huesos". No es posible que, porque en algún momento dejó de gustarme mi brazo, yo me lo ampute para ser feliz. Aunque no me guste, debo saber convivir con él. Lo mejor es, por el bien propio y de la pareja, basándose en el amor mutuo, aprender a hacerlo y superar el rechazo...

Vale la pena porque es hermoso ser testimonio del amor. Es hermoso que los esposos nos digan a todos que Dios nos sigue amando. Y que, a pesar de las dificultades que se puedan vivir, que casi nunca superan las alegrías y las ilusiones que se puedan experimentar, es hermoso luchar por el amor, para darlo a conocer al mundo entero. Con ese testimonio todos aprendemos que el amor vale la pena, que es una realidad por la que es bueno luchar, que nos impulsa casi hasta el heroísmo porque es muy valioso. Dios quiere seguir diciendo al mundo, a cada hombre y a cada mujer de la historia, "así somo fulanito y fulanita se aman y luchan por su amor, así mismo, y más aún, te amo yo a ti..."